El Arte como un Derivado del Neocolonialismo

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“Es como una cabra atada a un poste, que puede vagar tan sólo la longitud de su traílla.”

Jiddu Krishnamurti, 1986

Quien aspira a una carrera como artista visual comprende que los constreñimientos para la supervivencia son cuestionables y el reconocimiento esta predicado por una caprichosa cifra del destino. La misión no está en la búsqueda del reconocimiento, ni siquiera en la permanencia, pero en madurar y compartir el talento a través de la exploración e indagación. Congruencia entre la ascendencia, identidad y el trabajo visual no es un asunto de interés comercial a favor de cualquier identidad nacional; éstos son irreduciblemente aspectos de significación que no se pueden definir desde la perspectiva de piedades convencionales. Es una manifestación imponderable del ser: que no esta atada a expectativas externas, ni mucho menos a la expectativa de alguna entidad designada y su modelo económico el cual pueda bien servir en tácticas de mercadeo.

Empecemos por preguntarnos el por qué del desaliento ineludible de artistas visuales con doble nacionalidad, el cual aparenta ser resultado de un impuesto acorralamiento de fundamentalismo latinoamericano. Preguntémonos por qué dicha frustración está a la orden del día impuesta por contemporáneos de Medicis’ quienes procuran comprar una parcela de la historia en una institucionalización parroquial curiosa dentro de sus países de origen, así como también mientras la promueven en los mercados extranjeros de mayor control.

Fundaciones filantrópicas privadas, específicamente la Phelps-Cisneros, empiezan por venderse a museos como influyentes laboratorios darvinianos de especímenes, los cuales claman anunciar “programas innovadores que se centran en asuntos latinoamericanos,” así como claman “fomentar el conocimiento de la herencia cultural de América Latina”. Dirigida por el liderazgo de una rica señora de alta sociedad, esta fundación se jacta que su fundadora es una mezcla entre señoras de sociedad igualmente ostentosas y los incomparables eruditos de nuestro tiempo. En su misión como antropóloga, la fundadora es alabada aún como la personificación del preeminente bio-geógrafo, Alexander von Humboldt; a quien su contemporáneo, Simón Bolívar (el revolucionario y aguerrido libertador latinoamericano) “se cree” haber citado como “el verdadero descubridor de Sudamérica”.

Pero tales retratos no rinden necesariamente un producto equilibrado de visión pluralista. Sólo después de desnudar la confusión entre la arrogancia y pretensiones elegantes, puede uno apreciar que, por ejemplo, su deseo de establecer el diálogo más rico posible entre el arte contemporáneo y un núcleo histórico en Venezuela refleja mas bien un deseo para promover un fundamentalismo aberrante: uno que se propone preservar ciertas tradiciones regionales — o su índole—, lo cual, por supuesto, está de acuerdo con las adquisiciones propias de dicha fundación. Es innegable que la preponderancia de estas adquisiciones representan movimientos significativos en su momento histórico, como lo fue el arte Cinético, Op y sus derivados neo-geométricos: movimientos que, de hecho, siempre han sido complacientemente populares, y sin controversia alguna entre la élite política de Venezuela — desde dictaduras absolutas, a democracias débiles, así como hasta llegar a la emergente cleptocracia del Estado Bolivariano de Hugo Chávez–; y como es muy bien definido por los recurridos temas de esta fundación, sus exposiciones y publicaciones internacionales. No obstante, el arte contemporáneo promovido en dicho contexto ejempla sólo un producto de demagogia de la clase gobernante, cuando la pretensión simplista de “estimular” (castrando más bien) una identidad nacional es impuesta por un historicismo anticuado, uno que es tan espontáneamente atroz cultivarse como los resultados que empobrecen a través de despreciativas tácticas de mercadeo corporativo.

¿Debemos sucumbir a los peligros de cortejar esta cultura divisiva, la cual define artistas aceptables por medio de la enajenación? ¿Deben gravitar dichos artistas hacia un estancamiento sumiso, dictado por semejantes modas institucionales? ¿No es la misma concepción institucional de fronteras culturales una clase de segregación regional e ideológica completamente anacrónica al flujo de una comunidad integralmente global? Reflexionemos en términos prácticos, que la razón de ser de cualquier artista, o de cualquier ser humano, consiste en el anhelo, no de tal negación tan enormemente irreverente del significado personal, tal como es derivado de semejantes dispositivos de medición regresiva; pero del respeto universal de dignidad y libertad que todos poseemos, el cual no puede ser vendido, pero puede y debe ser compartido. Afirmemos que esa injuriosa ansiedad por parte de la autoridad de estas instituciones filantrópicas de hoy en día–a pesar de la influencia de su púlpito, de toda su riqueza mercantil y de toda su gran arrogancia (bien sea por que alcahueteen a una ideología anticuada o las falsedades del nacionalismo, o a una afiliación política o religiosa)–no está sólo fuera del espíritu transformativo de nuestros tiempos, pero ciertamente, no dificultará ni disminuirá una revolución globalizada de la cultura y la humanidad sin el despotismo de fronteras convencionales e identidades preconcebidas. Esta realidad no exige necesariamente una revolución política ni económica, pero una revolución interna: el resultado de una mutación en nuestra percepción de lo que es realmente trascendental, junto con una dispersión del condicionamiento a que nuestras comunidades creativas se han permitido a sí mismas ser subyugadas sumidas en un mercado deletéreo[1]. Esta es la sensibilidad y la percepción que nosotros, tanto el artista como las fundaciones mismas, necesitamos todos abrazar. Porque, aunque, no existen respuestas simples en una cultura continuamente emergente, es de todos la responsabilidad social de respetar el código de conocernos a nosotros mismos en una amplia libertad antes que en un proceso de dominación.

Ricardo Morín

http://www.ricardomorin.com

December 4, 2008

 


 

[1] La base de un deletéreo mercado del arte es la mitomanía propagandística del estrellato la cual se limita a examinar los valores de unos pocos artistas escogidos, como un segmento de inversiones (en la ignorante complacencia de la totalidad de índices de mercadotecnia), que se opone en su auge al 90% de artistas activos quienes tambalean en su auto-subsistencia.

 

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