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« La ira diagnóstica »

June 10, 2026

Ricardo F. Morín

Mayo de 2026
Bala Cynwyd, Pensilvania

Hace mucho tiempo Venezuela dejó de funcionar como una república reconocible gobernada mediante reciprocidad jurídica.  Lo que permaneció fue el cascarón visible de un Estado ocupado por redes de patronazgo criminal, corrupción militar, estructuras de narcotráfico, violencia paramilitar, operadores ideológicos y figuras políticas cuya supervivencia dependía menos de la responsabilidad constitucional que del acceso protegido a la fuerza, al dinero y al miedo.

Las instituciones gubernamentales continuaron funcionando públicamente mientras perdían legitimidad internamente.  Los tribunales permanecieron.  Las elecciones permanecieron.  Los ministerios permanecieron.  Los discursos oficiales permanecieron.  Sin embargo, la relación entre el lenguaje institucional y la realidad vivida se fracturó.  Los ciudadanos aprendieron a navegar contradicciones que alguna vez habrían parecido intolerables:  corrupción sin consecuencia, violencia sin responsabilidad, elecciones sin confianza, legalidad sin reciprocidad, patriotismo fusionado con extracción.

El país no colapsó hacia el caos mediante una ruptura súbita.  Normalizó la degradación paso a paso mientras preservaba la apariencia de continuidad institucional.  Ese era el verdadero peligro.  No la desaparición de las estructuras, sino su supervivencia después de que la reconocibilidad ya se hubiera deteriorado dentro de ellas.

Hace diez años los estadounidenses todavía podían tratar a Venezuela como una patología distante, un fracaso perteneciente a otra cultura política.  Esa ilusión ya no se sostiene.

La cultura ejecutiva que rodeó a Donald Trump expuso mecanismos que los estadounidenses alguna vez supusieron que la tradición constitucional impediría por sí sola:  ataques contra la legitimidad institucional, presión sobre la credibilidad electoral, exigencias de lealtad personal por encima de la obligación cívica, normalización de la desinformación, desprecio hacia las restricciones procesales, degradación de la independencia judicial y transformación de la identidad política en un agravio permanente movilizado mediante resentimiento, miedo y espectáculo.

El peligro no reside únicamente en la semejanza.  Reside en la normalización.  Los ciudadanos se adaptan.  El lenguaje se adapta.  Las instituciones se adaptan.  Las contradicciones que alguna vez produjeron alarma se vuelven explicables.  Luego tolerables.  Luego rutinarias.  Lo que alguna vez pareció descalificante se incorpora gradualmente a la vida política ordinaria.

Esto no convierte a Estados Unidos en Venezuela.  Las condiciones históricas, las estructuras constitucionales, la distribución federal del poder y las tradiciones cívicas siguen siendo diferentes.  Pero los mecanismos reconocibles no requieren resultados idénticos para seguir siendo peligrosos.

Lo que importa es si el lenguaje conserva la capacidad de nombrar el deterioro antes de que el deterioro complete su normalización.

La ira diagnóstica comienza allí.

No porque la ira posea verdad.  No porque la ira santifique la percepción.  Sino porque ciertas inequidades se vuelven demasiado sustanciales para ser absorbidas interiormente sin falsificación.  Bajo tales condiciones, la indiferencia exige una distorsión mayor que la ira.

Esta ira difiere de la rabia ideológica porque no busca enemigos como alimento emocional.  Busca reconocibilidad.  Intenta restaurar la proporción entre lenguaje y consecuencia después de que el discurso público ha comenzado a disolver esa relación mediante eufemismo, teatro procesal, lealtad tribal, intimidación, propaganda y cobardía institucional.  Confronta condiciones cuya normalización depende precisamente del debilitamiento del reconocimiento directo.

Por eso la ira diagnóstica permanece fundamentalmente distinta de la violencia incluso cuando resulta severa en su expresión.  La violencia busca dominación, humillación, sometimiento o destrucción.  La ira diagnóstica busca exposición.  Intenta invalidar condiciones que permiten que la inequidad se endurezca gradualmente hasta convertirse en realidad aceptada mientras las instituciones continúan hablando el lenguaje de la legitimidad democrática.

Algunas palabras dividen porque deshumanizan.  Otras palabras revelan divisiones que ya operan debajo del lenguaje institucional diseñado para ocultarlas.  Una cultura política puede continuar invocando la democracia mientras se reorganiza alrededor de poder ejecutivo concentrado, legalidad selectiva, desinformación, lealtad personal y miedo administrado mediante agitación permanente.  Bajo tales condiciones, la moderación excesiva del lenguaje se convierte en otra forma de ocultamiento.

Esto no autoriza histeria, fabricación ni totalización.  La prosa debe preservar distinciones dentro de la ira misma.  Los sustantivos deben permanecer ganados.  Los mecanismos deben permanecer observables.  La presión debe permanecer vinculada a condiciones reconocibles y no a intoxicación retórica.  De lo contrario, la ira pierde fuerza diagnóstica y se convierte en espectáculo.

Sin embargo, una vez mantenido el rigor, la ira adquiere otra función.  Protege al lenguaje de rendirse completamente al eufemismo.  Todo orden cívico deteriorado desarrolla vocabularios diseñados para neutralizar el reconocimiento:  estabilidad, seguridad, patriotismo, emergencia, normalización, continuidad procesal.  La ira diagnóstica interrumpe esa sedación.  Restaura desproporción al lenguaje allí donde la desproporción ya existe en la realidad.

El riesgo de expresar tal reconocimiento abiertamente no es meramente reputacional.  El mayor riesgo puede residir en negarse a expresarlo una vez que el reconocimiento ya ha ocurrido.  El eufemismo entonces deja de ser cautela y se convierte en cooperación interior con la distorsión misma.

Ése fue siempre el peligro más profundo.

Venezuela demostró cómo el colapso se normaliza mientras continúa hablando el lenguaje de la legitimidad.  La lección nunca estuvo confinada únicamente a Venezuela.

Algunas divisiones no son creadas por palabras airadas.

Son reveladas por ellas.


« Carta de un Presidente »

May 19, 2026

Durante décadas escribí a distintos presidentes de los Estados Unidos como ciudadano americano-venezolano preocupado por el progresivo deterioro institucional de Venezuela.  La mayoría de aquellas cartas nunca recibió respuesta.  En 2014, en medio de las protestas, detenciones y fracturas políticas que comenzaban a transformar irreversiblemente al país, llegó una respuesta de la Casa Blanca firmada por Barack Obama.

Leída hoy, la carta resulta menos significativa por lo que afirma explícitamente que por la naturaleza misma de su lenguaje.  El texto reconoce el deterioro de las instituciones democráticas venezolanas, menciona la detención de líderes opositores y reclama diálogo, mediación y contención de la violencia.  Sin embargo, como ocurre frecuentemente en el lenguaje diplomático, la precisión disminuye a medida que aumenta la proximidad a las consecuencias que tales afirmaciones podrían exigir.  Vista retrospectivamente, aquella cautela también revelaba la dificultad de una administración norteamericana para reconocer abiertamente hasta qué punto Venezuela había dejado de ser únicamente una crisis interna y comenzaba a formar parte de una disputa más amplia por la influencia hemisférica.

La carta parecía reflejar una contradicción más amplia de la política exterior norteamericana:  la dificultad de sostener un lenguaje democrático mientras crecían dependencias económicas, compromisos energéticos y rivalidades geopolíticas que limitaban la disposición de Estados Unidos a confrontar directamente la expansión de influencias extranjeras sobre América Latina.  Lo que durante años permaneció formulado bajo el lenguaje de la mediación, el diálogo y la estabilidad regional terminaría revelando una tensión más profunda entre los principios declarados de la política exterior estadounidense y la progresiva reconfiguración estratégica del hemisferio.

 

Traducción de la carta de Barack Obama:

Estimado Sr. Morin:

Gracias por escribir.  Mi administración continúa profundamente preocupada por los eventos en curso en Venezuela, y agradezco saber de usted.

Las instituciones democráticas de Venezuela están fallando en proteger a las personas con puntos de vista alternativos al permitir la detención de líderes de la oposición y la expulsión de un funcionario opositor de un cargo electo.  El enfoque del gobierno venezolano debe ser involucrar al pueblo venezolano en un diálogo real y abordar sus quejas legítimas.  He pedido la liberación de los manifestantes detenidos, un paso necesario hacia la paz y el progreso.

Si bien seguimos explorando todas las opciones para enfrentar la situación en Venezuela, nuestro enfoque inmediato es apoyar cualquier esfuerzo de mediación que genere un diálogo honesto entre el gobierno venezolano y la oposición.  Todas las partes tienen la obligación de trabajar juntas para contener la violencia y restaurar la calma.  Con nuestros socios internacionales, Estados Unidos continúa analizando qué más podemos hacer para respaldar ese esfuerzo.

Estados Unidos tiene fuertes lazos históricos y culturales con el pueblo venezolano, y seguimos comprometidos con nuestra relación con ellos.  Sus libertades fundamentales y sus derechos humanos universales deben ser protegidos y respetados.

Nuevamente, gracias por compartir sus pensamientos.

 

Sinceramente,

(Firma ilegible de)

Barack Obama

 

Esta misiva de la Casa Blanca fue enviada el 7 de mayo de 2014 a través de mi dirección de correo electrónico personal.

 

Mi respuesta en la misma fecha:

Honorable Presidente Barack Obama:

Gracias por su amable y generosa respuesta.

Lo que permanece implícito en su respuesta es que Estados Unidos mantiene compromisos económicos y estratégicos que limitan cualquier confrontación directa con el gobierno venezolano.  Una intervención destinada a remover un poder considerado ilegítimo podría alterar acuerdos, contratos y equilibrios internacionales cuya estabilidad forma parte de una economía norteamericana ya sometida a tensiones considerables.

Una dependencia estructural del petróleo parecía encontrarse en el centro de ese dilema y de sus consecuencias no deseadas.  Sin embargo, un país sumido en un proceso creciente de descomposición institucional y económica podía eventualmente dejar de satisfacer tanto las demandas internacionales como las necesidades de su propia población.

En última instancia, la estabilidad regional y la propia seguridad estratégica de los Estados Unidos podían depender no sólo de llamados al diálogo, sino también de una comprensión más clara de las fuerzas externas y dependencias políticas que estaban contribuyendo al deterioro progresivo de Venezuela.

 

Sinceramente de Ud.,

Ricardo F. Morín


« Desenmascarar la desilusión:  Serie V »

March 25, 2026

*

“Alegoría geométrica”,  pintura digital 2023 de Ricardo Morín  (artista visual estadounidense nacido en Venezuela–1954)

 

Nota del autor

 

Esta entrega prolonga el Capítulo XII,  “El cuarto signo”,  tras la exposición inicial sobre la autocracia (§§ 1–9).  Su atención se concentra en Venezuela,  examinando §§ 10–25,  donde el marco previamente establecido se somete a una verificación situada.  El capítulo se cierra en una entrega independiente dedicada a “La asimetría de las sanciones” (§§ 26–34).

Ricardo F. Morín

26 de Diciembre de 2025

Oakland Park, Fl

Capítulo XII:  Parte 2

 

 

Venezuela

 

10

Para comprender las consecuencias prácticas de la autocracia y de la concentración del poder que la acompaña,  me remito a la obra de Rafael Arráiz Lucca,  Venezuela:   1830 a nuestros días:   Breve historia política [2016].  Allí se presenta una reconstrucción continua de la trayectoria venezolana desde la independencia hasta el presente. [1]   El autor examina transformaciones políticas,  económicas y sociales,  atendiendo tanto a los conflictos iniciales como al ascenso de liderazgos militares.  Su análisis incluye la irrupción de Hugo Chávez,  la formulación de su proyecto ideológico y los efectos acumulativos de sus políticas.  Asimismo,  considera la persistencia de ese legado bajo el gobierno de Nicolás Maduro.  En su lectura,  ambas presidencias encarnaron formas de poder que tendieron a centralizar la autoridad y a restringir la disidencia.

 

11

La trayectoria política del país ha quedado marcada por una prolongada impronta militar.  Desde la independencia en 1811,  veinticinco oficiales ocuparon la presidencia,  acumulando 172 años de ejercicio gubernamental y afianzando la gravitación castrense en la vida política. [2]  La transición hacia la democracia representativa en 1961 introdujo un quiebre significativo,  al abrir un período de treinta y ocho años de gobiernos civiles en el marco del Pacto de Punto Fijo (véase el Capítulo XI).  Este ciclo,  sin embargo,  no estuvo exento de tensiones.  Los acontecimientos del Caracazo en 1989 y el intento de golpe de 1992 evidenciaron la fragilidad del orden civil y la persistencia del recurso al liderazgo militar en contextos de crisis. [3][4]

 

12

El Caracazo y la represión que le siguió expusieron fracturas sociales profundas que socavaron la confianza en la gobernanza civil.  Para amplios sectores,  el desorden y la desilusión reactivaron la percepción de las fuerzas armadas como instancia de contención y orden,  una imagen arraigada en la tradición del caudillismo.  El ascenso de Chávez puede leerse como una consecuencia directa de ese trasfondo histórico:  una figura militar que se ofreció como respuesta a los límites de la política civil.  La violencia posterior a los disturbios,  sumada a la incapacidad estructural para responder a las desigualdades que estos condensaban,  preparó el terreno para el retorno de inclinaciones autocráticas,  formuladas ahora en clave populista.  Se inauguró así una etapa autoritaria configurada tanto por las tensiones del presente como por herencias no resueltas del pasado.

 

13

La presidencia de Hugo Chávez prolongó una tradición autoritaria ya visible durante el régimen del general Marcos Pérez Jiménez. [5]  Como en aquella etapa,  el ingreso petrolero constituyó el sostén principal de la acción gubernamental. [6]

 

14

La noción de “democracia participativa” promovida por Chávez se presentó como un mecanismo de incorporación de sectores históricamente excluidos.  Los consejos comunales y las misiones sociales,  concebidos bajo ese principio,  operaron en la práctica como dispositivos de control político asociados a la ideología bolivariana.  El acceso y la participación quedaron condicionados por la lealtad al liderazgo,  lo que derivó en la exclusión sistemática de quienes disentían.  Esta articulación de populismo y autoridad redefinió la disidencia como falta de compromiso nacional y debilitó la centralidad del derecho,  subordinando los poderes legislativo y judicial al ejecutivo.

 

15

El respaldo explícito de Chávez a Nicolás Maduro en 2012 acentuó la deriva autoritaria. [7]  Diversas organizaciones opositoras —Vente Venezuela,  Primero de Justicia,  Un Nuevo Tiempo y Voluntad Popular— denunciaron la instrumentalización del Consejo Nacional Electoral. [8][9][10][11][12]

 

16

Tras la muerte de Chávez,  Maduro enfrentó cuestionamientos similares en los procesos electorales de 2013 y 2018.  Organismos regionales e internacionales coincidieron en sus objeciones,  entre ellos la Organización de los Estados Americanos,  el Grupo de Lima,  el Grupo de Contacto Internacional y el Grupo de los Siete. [13][14][15]  Human Rights Watch y Amnistía Internacional también pusieron en duda la legitimidad del proceso. [16][17]   Una excepción fue el debate en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (comunicado SC/13719),  que sostuvo la primacía de una resolución interna del conflicto. [18][19]

 

17

Tras la suspensión de Venezuela del Mercosur en 2016,  las respuestas regionales variaron y se ajustaron con los cambios de gobierno. [20][21]  Argentina y Brasil modificaron sus posiciones entre el respaldo a medidas de presión y la apelación a la mediación. [22][23]  Colombia osciló entre la ruptura diplomática y el restablecimiento de vínculos bajo un enfoque de no intervención. [24]  Chile mantuvo una postura sostenida a favor de sanciones y remitió el caso venezolano a la Corte Penal Internacional. [25][26]  Perú expulsó al embajador venezolano tras la disolución de la Asamblea Nacional por el Tribunal Supremo de Justicia y regularizó la situación migratoria. [27]  México pasó de la condena inicial a una política de mediación. [28][29][30]

 

18

En el período previo a las elecciones presidenciales de 2024,  María Corina Machado fue inhabilitada tras imponerse en las primarias de su coalición. [31]  El Tribunal Supremo de Justicia fundamentó su decisión en alegaciones de apoyo a sanciones extranjeras,  presuntos actos de corrupción y responsabilidades vinculadas a Citgo,  filial estadounidense de Petróleos de Venezuela,  S.A.  La negativa a permitirle acceso a los cargos formulados constituyó una vulneración manifiesta del debido proceso.  Su exclusión dejó a Edmundo González Urrutia como candidato unitario de la oposición. [32]

 

19

Ambas campañas recurrieron a prácticas de intimidación.  La coalición opositora desplegó observadores en miles de centros de votación,  mientras el gobierno intensificó la censura informativa y las acciones represivas.  Tras la proclamación de resultados,  las protestas derivaron en muertes extrajudiciales,  detenciones y restricciones severas a la prensa independiente. [33]

 

20

La oposición coordinó su labor con observadores internacionales —entre ellos la Organización de los Estados Americanos,  la Misión de Observación Electoral de la Unión Europea,  el Centro Carter y la Misión de Estados Unidos ante las Naciones Unidas— para registrar irregularidades. [34][35][36][37]  El gobierno retuvo datos electorales desagregados,  alegando intrusiones informáticas,  e impuso restricciones a los observadores. [38]  El Centro Carter concluyó que el proceso no alcanzó estándares aceptables de transparencia,  equidad e imparcialidad. [39]

 

21

Maduro acusó a Machado y a González de incitar desórdenes y anunció investigaciones por “usurpación de funciones” e “insurrección militar”.  El 8 de agosto de 2024,  González salió del país rumbo a España tras recibir salvoconducto.

 

22

Para situar el estado institucional venezolano,  resulta pertinente atender a los diagnósticos ofrecidos por índices internacionales.  El Índice de Democracia de The Economist Intelligence Unit,  el Índice Global de Libertad de Freedom House y el Índice de Percepción de la Corrupción de Transparencia Internacional permiten observar,  desde métricas distintas,  el deterioro sostenido del orden democrático.

 

23

El Índice de Democracia asigna valores más altos a sistemas considerados más abiertos.  Freedom House y Transparencia Internacional emplean escalas inversas,  en las que puntajes bajos reflejan restricciones severas y altos niveles de corrupción.

 

24

Según el Índice de Democracia,  Venezuela figuró en 2008 como el país menos democrático de Sudamérica y,  en 2022,  ocupó el puesto 147 de 167. [40]  En 2023,  Freedom House registró niveles mínimos de libertad,  mientras que el Índice de Percepción de la Corrupción asignó al país 13 puntos sobre 100,  situándolo entre los casos más graves a escala global. [41]

 

25

Los informes de Transparencia Internacional correspondientes al período 2012–2023 confirman la persistencia de esa situación. [42]  En 2023,  Venezuela obtuvo 13 puntos sobre 100 y se ubicó en el puesto 177 de 180.  En conjunto,  estos indicadores delinean un panorama coherente de concentración del poder y de deterioro institucional prolongado.


NOTAS FINALES

 

§ 10

  • [1]  Rafael Arráiz Lucca,  Venezuela:  1830 a nuestros días:  Breve historia política (Caracas:  Editorial Alfa,  2016),  15–151,  212–237.  Esta obra ofrece una reconstrucción sostenida de la trayectoria política venezolana desde la independencia.  Su valor reside en mostrar cómo la recurrencia del poder militar,  lejos de ser episódica,  se integra de forma estructural en la formación del Estado.   

§ 11

  • [2]  José Gregorio Petit Primera,  “Presidentes de Venezuela (1811–2012).  Un análisis estadístico-descriptivo”.  Revista Venezolana:  Análisis de Coyuntura (Caracas:  Universidad Central de Venezuela,  XXII-1,  2016),  47–56.  El estudio cuantifica la ocupación militar de la presidencia y permite medir su persistencia como patrón de gobierno.  
  • [3]  El Pacto de Punto Fijo fue un acuerdo político suscrito por Acción Democrática (AD), Comité de Organización Política Electoral Independiente (COPEI) y Unión Republicana Democrática (URD).  Su objetivo fue garantizar alternancia,  estabilidad institucional y contención del autoritarismo tras la caída de Marcos Pérez Jiménez (1952–1958).  Si bien permitió una transición democrática prolongada,  también consolidó estructuras partidarias cerradas y exclusiones acumulativas.  

§ 13

  • [5]  Fredy Rincón Noriega, El Nuevo Ideal Nacional y los planes económico-militares de Pérez Jiménez,  1952–1957 (Caracas:  Ediciones Centauro,  1981).  
  • Judith Ewell, The Indictment of a Dictator:  The Extradition and Trial of Marcos Pérez Jiménez (College Station:  Texas A&M University Press,  1981).  
  • Ambos estudios documentan un modelo de centralización autoritaria sostenido por planificación estatal y control militar.  
  •  [6]  Aunque con orientaciones divergentes,  tanto Pérez Jiménez como Chávez estructuraron su acción gubernamental sobre la renta petrolera.  En el primer caso,  esta sostuvo proyectos de modernización infraestructural.  En el segundo,  permitió programas de redistribución que incrementaron la dependencia estructural del Estado respecto del ingreso energético.  

 § 15

  • [12]  El Consejo Nacional Electoral,  órgano encargado de la supervisión electoral, ha sido objeto de acusaciones persistentes de parcialidad.  Diversos actores opositores sostienen que su composición fue progresivamente alineada con el poder ejecutivo, limitando la credibilidad del proceso electoral.  

 

§ 16

  • [13]  El Grupo de Lima, constituido en agosto de 2017, agrupó a Estados americanos con el propósito de coordinar respuestas diplomáticas frente a la crisis venezolana.  
  • [14]  El Grupo de Contacto Internacional, integrado por la Unión Europea,  Costa Rica,  Ecuador y Uruguay, abogó por elecciones verificables y expresó reservas sobre la imparcialidad del Consejo Nacional Electoral.  
  • [15]  El Grupo de los Siete (G7) condenó irregularidades electorales y reclamó supervisión independiente.  
  • [19]  En este debate,  el Consejo optó por una postura de no intervención directa, ofreciendo mediación sin asumir supervisión electoral.  

 

§ 17

  • [21]  Mercosur, Mercado Común del Sur, bloque regional creado en 1991 para promover integración económica.  
  • [30]  México asumió labores de mediación tras las elecciones presidenciales de julio de 2024,  con respaldo de Brasil y Colombia.  

 

§ 18

 

 

§ 19

 

§ 20

  • [38]  La ausencia de resultados electorales desagregados impide auditorías verificables y debilita la legitimidad del proceso.  
  • [39]  La Organización de los Estados Americanos señaló la falta de verificación independiente de los resultados electorales.  

 

§ 24

 

§ 25