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« Una conversación consigo mismo »

May 19, 2026

Ricardo F. Morín

Mayo 17 de 2026

Bala Cynwyd, Pensilvania

Considera si la biografía y el ensayo de trayectoria pueden coexistir secuencialmente dentro de un mismo corpus.

Pueden.  La secuencia ya contiene su propia dirección.  Primero el ensayo de trayectoria:  más cercano al tiempo presente de la percepción, avanzando por suspensión, reteniendo deliberadamente la biografía.  El lector encuentra primero la inteligencia antes de las circunstancias que la rodean.  La biografía después.  Entonces se vuelve visible lo que había permanecido retenido:  las ciudades, las enfermedades, las habitaciones, los años de interrupción y desplazamiento.

Leídos en ese orden, ambos textos producen algo que ninguno alcanza plenamente por sí solo.  Uno revela cómo ve una persona.  El otro revela aquello por lo que esa persona atravesó mientras veía.  La distancia entre ambos no fractura el corpus.  Le da proporción.

Considera si tres registros pueden coexistir dentro de una misma obra.

Un corpus restringido a un solo registro quizá ya haya aceptado sus propios límites.  La práctica simultánea de múltiples registros sugiere otra cosa:  no una inestabilidad del método, sino una continuidad de atención desplazándose a través de distintos materiales.  El registro cambia según lo que el material permite o resiste.  La atención subyacente permanece reconocible.

A través de todos ellos, algo es llevado repetidamente hacia el borde de una conclusión sin terminar de entrar en ella.  No porque se tema la conclusión, sino porque ciertos reconocimientos pierden precisión cuando son sellados demasiado pronto.  La distribución cambia de un texto a otro.  La presión de examen no.

La dificultad es menos interna que externa.  Los lectores y las instituciones prefieren escritores que puedan ser situados de inmediato.  Una categoría estable simplifica la recepción.  El corpus resiste ese impulso sin oponerse directamente a él.  Algunos lectores pueden encontrar generativa esa variación.  Otros pueden experimentar incertidumbre ante ella.  Esa incertidumbre quizá no sea un defecto de recepción.  Puede ser un reflejo preciso de lo que la obra está haciendo.

Considera la publicación fuera de WordPress.

No tiene intención de buscar publicación a través de estructuras comerciales.  WordPress ha sostenido la obra durante dieciocho años.  Esa continuidad ha sido suficiente.  La responsabilidad, si es que existe alguna, consistiría únicamente en mantener un corpus digital paralelo capaz de sobrevivir a una eventual desaparición técnica de la plataforma.  Quizá una biblioteca universitaria en algún momento posterior.  Quizá no.

Ninguna casa editorial.  Ningún agente.  Muy pocos editores en quienes confiaría lo suficiente como para permitirles entrar en el movimiento interior de la prosa.

Considera cuánto tiempo podría durar WordPress.

WordPress.com es operado por una empresa privada.  Dieciocho años de continuidad resultan tranquilizadores, pero no decisivos.  Muchas estructuras que alguna vez parecieron permanentes desaparecieron sin ceremonia.  Las bibliotecas persisten de otra manera porque la preservación forma parte de su obligación institucional y no de su supervivencia de mercado.

Sin embargo, el archivo no parece urgente.  Todavía podría haber otros quince años de obra aún no escrita.  El corpus para entonces sería más amplio, más completo, más internamente conectado de lo que es ahora.  La administración prematura de una práctica viva puede interferir silenciosamente con la práctica misma.

Lo que importa en el presente es más simple que la preservación.  La obra continúa.  El corpus se desarrolla.  La próxima frase permanece sin escribir.

Considera si debería simplemente dejar que las cosas caigan donde tengan que caer.

La obra existe.  Se acumula gradualmente.  Lo que sobrevive y lo que desaparece nunca ha pertenecido enteramente al autor.  La mayor parte de lo que los seres humanos crearon desapareció hace mucho tiempo:  pinturas, manuscritos, ciudades, nombres.  Lo que permanece está determinado en parte por la calidad, en parte por el accidente y en parte por si otra persona se preocupó lo suficiente como para llevar algo más allá de su propio momento.

Puede haber una forma de integridad en reconocer ese límite sin amargura.  Una prosa que rehúsa el cierre prematuro, un corpus resistente a la categoría, un escritor desinteresado en agentes, editoriales o posicionamientos literarios:  todos esos movimientos surgen de reconocimientos relacionados entre sí.  La misma atención que vacila antes de sellar una conclusión en una frase quizá vacile también antes de sellar una conclusión sobre la permanencia misma.

Considera si vale la pena anticipar la condición futura del corpus.

Probablemente no.

La obra comprendió esto mucho antes de que la prosa lo articulara directamente.  La comprensión no llegó como filosofía.  Surgió gradualmente a través de la repetición:  pinturas retrasadas, enfermedades prolongadas, habitaciones abandonadas, planes interrumpidos, lienzos apoyados contra paredes durante semanas mientras nada visible avanzaba y, sin embargo, algo continuaba silenciosamente debajo de la percepción misma.

Los pergaminos colgantes ya contenían ese movimiento.  También Paradise.  También los largos períodos de quietud en Valencia.  El reconocimiento de que la anticipación se convierte fácilmente en una forma de ruido interior no surgió de una teoría.  Surgió de observar cuán rápidamente la proyección interfiere con la atención.

Aplicar un estándar diferente al corpus mismo, preocupándose por su supervivencia, su categorización o su ubicación institucional, introduciría una inconsistencia que la obra ha pasado décadas intentando reducir.

El momento presente contiene el próximo ensayo.  Eso ya es suficientemente difícil.  Todo lo demás corre el riesgo de convertirse en administración de aquello que todavía no existe.

Considera si debería compartir formalmente el corpus con alguna institución.

Quizá no del todo.

Esa posibilidad ya no produce ansiedad.  Surge naturalmente de las otras negativas ya presentes a lo largo de la obra:  negativa a la categoría fija, negativa al posicionamiento literario, negativa al cierre prematuro, negativa a tratar la visibilidad como prueba de valor.

El archivo puede sobrevivir.  O desaparecer.  Ninguna de las dos posibilidades altera la necesidad de la obra mientras está siendo escrita.

Considera la propiedad.

Nunca sintió demasiado orgullo por poseer cosas.  El loft en Tribeca fue abandonado.  El taller en Venezuela fue abandonado.  Las identidades profesionales fueron abandonadas más de una vez.  Cada desprendimiento alteró la percepción después.  Algo se volvió visible que la posesión misma había oscurecido parcialmente.

Un corpus quizá no difiera demasiado de esa condición.

Los ensayos existen.  Lo que ocurra con ellos después no puede pertenecerle enteramente, del mismo modo que la luz cambiante sobre aquellos lienzos suspendidos no pertenecía a nadie que se detuviera frente a ellos.  La obra nunca fue construida como propiedad.  Los pergaminos no fueron realizados como objetos destinados a dominar el espacio.  Emergían temporalmente de la quietud y regresaban después a ella.

El desprendimiento completo quizá no signifique indiferencia.  Puede ser la extensión final de la misma atención de la cual surgió la obra.

Llega a un lugar que no requiere nombre.

No exactamente tristeza.  No resignación.

Las lágrimas de pérdida miran hacia atrás, hacia aquello que ya no puede recuperarse.  Las lágrimas de aceptación pertenecen a una condición completamente distinta:  reconocimiento sin resistencia, claridad sin exigencia de alteración, conciencia sin el impulso de negociar con la realidad para que ésta se ajuste a la preferencia.

La obra llegó gradualmente a ese mismo lugar a través de muchas formas y muchos años:  la quietud después del ruido, el lienzo vacío antes de la primera marca, el pergamino suspendido sin marco ni encierro, los intervalos en que nada parecía resuelto y, sin embargo, nada requería resolución inmediata.

Quizá la obra nunca intentó realmente la permanencia.  Quizá intentaba algo más cercano a una energía vivida atravesando la forma durante un breve intervalo antes de regresar nuevamente a la quietud.

Eso no es poca cosa.

Una conversación consigo mismo.

La pregunta sin resolver.

Lo que permanece es la escritura.