« En defensa de la poesía »


Ricardo F. Morín

Ensayo restaurado del 14 de abril de 2014, Nueva York.

Dante (detalle), Domenico di Michelino, Florencia 1465

¿Puede nuestro pensamiento expresar la verdad absoluta.  O es siempre solamente una aproximación a la realidad.

En La República (circa 380 a. C.), Platón (428–347 a. C.) examina el valor de la literatura didáctica, particularmente en sus dimensiones teológicas y retóricas.  Al mismo tiempo observa que existe una antigua disputa entre la filosofía y la poesía (República, Libro V, 607b5–6).

Desde la perspectiva de la dialéctica platónica, la poesía aparece problemática porque se apoya en la metáfora.  Para Platón el lenguaje poético corre el riesgo de funcionar como un disfraz que oculta en lugar de revelar la realidad.  Si la verdad debe alcanzarse mediante la indagación filosófica, entonces la poesía parecería incapaz de transmitir verdades divinas.

Esta interpretación se extendió a lo largo de las tradiciones grecorromanas de Europa y persistió bien entrado el período medieval.  La expresión literaria se desarrolló con frecuencia en tensión con la doctrina religiosa, a pesar de que el pensamiento religioso mismo dependía ampliamente del lenguaje simbólico.

A partir de los siglos XIII y XIV, sin embargo, los grandes escritores italianos Dante Alighieri (1265–1321), Francesco Petrarca (1304–1374) y Giovanni Boccaccio (1313–1375) comenzaron a articular una concepción más humanizante de la literatura.  Retomando la filosofía platónica, afirmaron la metáfora no como engaño sino como un instrumento significativo de conocimiento.

Aunque profundamente influidos por la antigüedad clásica, estos pensadores también se interesaron en desarrollar nuevas tendencias literarias capaces de ir más allá de las tradiciones heredadas.  Su obra sería posteriormente asociada con lo que los historiadores llaman el Renacimiento.  Este período marcó el surgimiento de la literatura moderna mediante una renovada confianza metafísica en el poder expresivo de la poesía.

En De vulgari eloquentia (circa 1302), Dante Alighieri emprendió un análisis sistemático de los registros lingüísticos y de los estilos literarios.  En la práctica, sin embargo, su atención se orientó hacia lo que él describió como el estilo trágico o sublime.  Dante examinó en particular la poesía de la Escuela siciliana y la tradición amorosa cultivada por los Stilnovisti.

Dentro de este marco Dante reconoció que la poesía también podía transmitir verdad divina.  La expresión alegórica, además de resultar estéticamente agradable, podía cumplir al mismo tiempo una función didáctica.  A través de la representación poética de las pasiones humanas, las intuiciones morales y espirituales podían hacerse accesibles a los lectores.

Francesco Petrarca abordó la función interpretativa de la alegoría en la poesía medieval en Le Familiari, Carta X, 4 (1349).  Para Petrarca la alegoría constituía un puente entre el discurso teológico y el discurso poético.  A su juicio la poesía surgía de un uso particular del lenguaje capaz de dirigirse a lo divino.

Giovanni Boccaccio desarrolló aún más esta defensa de la poesía y dedicó también una cuidadosa atención biográfica a Dante.  Al situarse dentro de una larga tradición de interpretación de textos sagrados y profanos, Boccaccio buscó en ellos un segundo nivel de significado.

En su defensa de la poesía, Boccaccio subrayó el servicio cultural que presta la expresión poética.  Su tratado latino Genealogiae deorum gentilium libri, completado en 1360 y revisado hasta su muerte en 1374, funcionó como una especie de manual para poetas y lectores.  Desempeñó un papel importante en la transmisión de la mitología clásica desde la Edad Media hasta el Renacimiento.

La defensa de la poesía elaborada por Boccaccio se apoyaba en varios principios.  Entre ellos su universalidad, su antigüedad, el respeto que históricamente había suscitado entre los poderosos y su origen divino que la distinguía de las preocupaciones ordinarias del mundo.  Para Boccaccio la poesía reunía tres elementos esenciales.  La verdad.  La belleza.  Y la ficción.

Al mismo tiempo la disciplina, el estudio y el trabajo exigidos al poeta no contradecían la posibilidad de una inspiración divina ni la revelación de aquello que podría considerarse sublime.  Boccaccio intentó demostrar así que incluso los textos seculares, cuando se interpretan alegóricamente, pueden reflejar una verdad moral y religiosa.

Ricardo F. Morín

12 de marzo de 2026

Oakland Park, Florida


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