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« La política de represión: … »

August 22, 2025

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Diseño de cubierta para el ensayo «La política de la represión: Autoritarismo y espectáculo». La imagen compuesta yuxtapone vigilancia, militarización, propaganda y espectáculo de masas para subrayar cómo los regímenes autoritarios vuelven las vidas prescindibles mientras legitiman el control mediante la exhibición.

Autoritarismo y espectáculo

Por Ricardo Morín. En tránsito hacia y desde NJ, 22 de agosto de 2025

El autoritarismo en la era actual no se presenta con símbolos uniformes. Surge tanto en democracias como en Estados de partido único, en países con economías en declive y en aquellos que presumen de un crecimiento acelerado. Lo que une estos contextos no es la forma formal de gobierno, sino la manera en que el poder actúa sobre los individuos: la autonomía se restringe, la dignidad se niega y la disidencia se reclasifica como amenaza. El control se mantiene no solo mediante la coerción, sino también mediante la apropiación de valores universales —paz, tolerancia, armonía, seguridad— vaciados de su contenido y reutilizados como instrumentos de silencio. El resultado es una política en la que los seres humanos son tratados como prescindibles y el espectáculo sirve tanto de distracción como de justificación.

En Estados Unidos, la Carta de Derechos garantiza libertades, pero su fuerza práctica se debilita por la desigualdad estructural y el control concentrado de la comunicación. Tras los atentados del 11 de septiembre, la Ley USA PATRIOT autorizó una vigilancia generalizada en nombre de la defensa de la libertad, normalizando el monitoreo de las comunicaciones privadas (ACLU 2021). Movimientos de protesta como las manifestaciones de Black Lives Matter en 2020 llenaron las calles, pero su urgencia fue absorbida por los circuitos de la cobertura mediática, el enfrentamiento partidista y la monetización corporativa (New York Times 2020). Lo que comienza como protesta a menudo concluye como espectáculo: filmado, reproducido y reencuadrado hasta que el mensaje original se desplaza por la circulación. Mientras tanto, la epidemia de opioides, la indigencia masiva y la quiebra médica revelan cómo millones de vidas se toleran como prescindibles (CDC 2022). Su sufrimiento se reconoce en estadísticas, pero rara vez se atiende en políticas, tratado como un daño colateral dentro de un orden que valora la visibilidad más que el remedio.

Venezuela ofrece un caso más directo. La Ley contra el Odio, aprobada en 2017 por una asamblea constituyente sin legitimidad democrática, se presentó como una medida para proteger la tolerancia y la paz. En la práctica, se ha utilizado para procesar a periodistas, estudiantes y ciudadanos por expresiones que en una sociedad democrática pertenecerían de lleno al ámbito del debate (Amnistía Internacional 2019). Más recientemente, la creación del Consejo Nacional de Ciberseguridad ha ampliado esta lógica, colocando a los administradores de grupos de WhatsApp y Telegram en la posición de vigilantes, multiplicando el miedo y la autocensura entre vecinos y colegas (Transparencia Venezuela 2023). Al mismo tiempo, la privación funciona como instrumento de disciplina: el acceso a alimentos y medicinas se distribuye selectivamente, convirtiendo la escasez en un medio de control (Human Rights Watch 2021). Las concentraciones televisadas y los plebiscitos del Estado representan unidad y lealtad, pero la realidad es una sociedad fracturada por el exilio, con más de siete millones de ciudadanos en el exterior y los que permanecen atados más por necesidad que por consentimiento (ACNUR 2023).

Rusia combina la represión con el teatro patriótico. La Ley de 2002 sobre la Lucha contra la Actividad Extremista y el estatuto de “agentes extranjeros” de 2012 han desmantelado sistemáticamente el periodismo independiente y la sociedad civil (Human Rights Watch 2017), mientras que la ley de 2022 contra la “desacreditación de las fuerzas armadas” criminalizó incluso describir la guerra como guerra (BBC 2022). Se ha detenido a ciudadanos por portar carteles en blanco, mostrando cómo cualquier acto, por simbólico que sea, puede ser castigado si se interpreta como disidencia (Amnistía Internacional 2022). La guerra en Ucrania ha revelado el costo humano de este sistema: reclutas provenientes de regiones pobres y de minorías son enviados al frente, consumiendo sus vidas en nombre de la proyección nacional. En el interior, la televisión estatal ridiculiza la disidencia como traición o manipulación extranjera, mientras desfiles, conmemoraciones y elecciones gestionadas convierten la coerción en deber. La promesa oficial de seguridad y unidad se sostiene no en la convivencia, sino en la negación sistemática de voces plurales, reforzada a la vez por la ley, la propaganda y la representación ritual.

China ilustra el modelo tecnológicamente más integrado. La Ley de Ciberseguridad de 2017 y la Ley de Seguridad de Datos de 2021 obligan a empresas e individuos a someterse al control estatal sobre la información digital, extendiendo la vigilancia a todas las capas de la sociedad (Creemers 2017; Kuo 2021). Las plataformas de redes sociales obligan a los administradores de grupos a supervisar contenidos, trasladando la responsabilidad de la conformidad a los propios ciudadanos (Freedom House 2022). Al mismo tiempo, el espectáculo satura el espacio público: el festival de compras del Día del Soltero en noviembre genera miles de millones en ventas, presentado como prueba de prosperidad y cohesión, mientras los medios estatales exhiben logros tecnológicos como triunfos nacionales (Economist 2021). Comunidades enteras, particularmente en Xinjiang, son designadas como objetivos de reeducación y vigilancia. Se cierran mezquitas, se restringen lenguas y se suprimen tradiciones, todo en nombre de la armonía (Amnistía Internacional 2021). Se invoca la estabilidad, pero la realidad es la negación sistemática de la dignidad: la identidad reducida a una categoría administrativa, la vida cultural desmantelada a voluntad y la existencia misma condicionada a la conformidad con los designios del poder estatal.

En conjunto, estos casos revelan una lógica común. Estados Unidos mercantiliza la disidencia y normaliza el abandono como condición permanente de la vida pública. Venezuela utiliza la privación para imponer disciplina y el cumplimiento resultante se presenta públicamente como lealtad al Estado. Rusia exige sacrificio y transforma la coerción en deber patriótico. China fusiona vigilancia y prosperidad e ingenieriza la conformidad. Comunidades enteras son suprimidas en nombre de la armonía. Los registros difieren —comercial, ritual, militarizado, digital— pero el patrón es compartido: la disidencia es despojada de legitimidad, las vidas son tratadas como prescindibles y los valores universales se invierten para justificar la coerción.

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Referencias

  • ACLU: “Surveillance under the USA PATRIOT Act. American Civil Liberties Union, 2021. Expone cómo tras el 11-S se amplió la vigilancia estatal en nombre de la seguridad, reduciendo derechos de privacidad.
  • Amnesty International: Venezuela: “Ley contra el Odio usada para silenciar la disidencia”. Amnesty International, 2019. (Este reporte analiza el uso de la ley de 2017 para procesar ciudadanos y periodistas bajo la retórica de la tolerancia.)
  • Amnesty International: “China: Uighurs and Other Muslim Minorities Subjected to Crimes against Humanity”. Amnesty International, 2021. (Este reporte documenta la represión masiva en Xinjiang, incluyendo detenciones arbitrarias, vigilancia y restricciones culturales.)
  • Amnesty International: “Russia: Arrests for Blank Signs Show Absurd Repression of Dissent”. Amnesty International, 2022. (Este reporte evidencia cómo cualquier acto simbólico puede ser castigado como disidencia en Rusia.)
  • BBC: “Russia Passes Law Banning Criticism of Ukraine War”. BBC News, 2022. (BBC reporta la aprobación de la ley que penaliza críticas a la guerra en Ucrania.)
  • CDC: “Drug Overdose Deaths in the U.S. Top 100,000 Annually”. Centers for Disease Control and Prevention, 2022. (El CDC proporciona datos sobre la epidemia de opioides en EE.UU., mostrando vidas tratadas como prescindibles.)
  • Creemers, Rogier: “Cybersecurity Law of the People’s Republic of China: Translation with Annotations”. Leiden University, 2017. (Traducción y análisis de la Ley de Ciberseguridad china que institucionaliza el control estatal sobre la información digital.)
  • Economist: “China’s Singles’ Day: The World’s Biggest Shopping Festival”. The Economist, 2021. (Este reporte explica cómo el consumo masivo se convierte en espectáculo estatal que exhibe cohesión y prosperidad.)
  • Freedom House: “Freedom on the Net 2022: China”. Freedom House, 2022. (Este reporte detalla cómo se delega la censura a los propios ciudadanos, en particular a administradores de grupos en línea.)
  • Human Rights Watch: “Russia: Government vs. Rights Groups”. Human Rights Watch, 2017. (HRW analiza las leyes de “agentes extranjeros” que desmantelaron el periodismo independiente y las ONG.)
  • Human Rights Watch: “Venezuela’s Humanitarian Emergency: Large-Scale UN Response Needed to Save Lives”. Human Rights Watch, 2021. (HRW expone cómo la escasez de alimentos y medicinas se usa como herramienta de control político.)
  • Kuo, Lily: “China Passes Sweeping Data Privacy Law”. The Guardian, 2021. (Kuo informa sobre la Ley de Seguridad de Datos que amplía el control estatal sobre la información digital.)
  • New York Times: “How Black Lives Matter Changed the Way Americans Fight for Justice”. The New York Times, 2020. (NYT describe cómo las protestas de 2020 fueron absorbidas como contenido mediático y corporativo, perdiendo impacto político directo.)
  • Transparencia Venezuela: “Consejo Nacional de Ciberseguridad: Un Nuevo Mecanismo de Control Ciudadano”. Transparencia Venezuela, 2023. (TV explica cómo el Estado amplía la vigilancia digital y fomenta la autocensura comunitaria.)
  • UNHCR: “Venezuelan Refugee and Migrant Crisis”. United Nations High Commissioner for Refugees, 2023. (UNHCR Ofrece cifras de la diáspora venezolana, destacando el costo humano de la represión y la privación.)

« Ecos de un decantador: reflexiones sobre Historia y Trabajo »

March 16, 2025


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Decantation [2003], CGI by Ricardo Morín

El aire dentro de la vieja fábrica era denso, cargado de polvo y convicción.      Habían fregado los suelos, repintado las paredes, reclamado el espacio de su pasado, pero el olor a óxido y mugre aún persistía.      El aire conservaba el rastro de un esfuerzo olvidado, de una historia impregnada en el polvo, como una huella que se rehúsa a desvanecerse

Emilio se encontraba sobre un escenario improvisado, elevado por dos palés apilados.      Su voz se proyectaba por toda la sala, cada palabra golpeando con certeza.

—No estamos repitiendo errores pasados.      Estamos forjando un nuevo camino, más allá de los fallos del capitalismo y las traiciones del socialismo.      Esta vez, lo haremos bien.

Aplausos.      Asentimientos de aprobación.      Ya habían escuchado esas palabras antes, pero esta vez, las creían.

Griselda permanecía sentada al fondo, con los brazos cruzados y el rostro inescrutable.      Décadas atrás, había estado en el mismo sitio, escuchando una voz diferente, pero la misma promesa.      La fábrica, resucitada otra vez, parecía distinta, pero el sitio seguía siendo el mismo: un decantador astillado, vertiendo la misma historia, lenta e inexorablemente.

Tras el discurso, mientras la gente se agrupaba en pequeños círculos de conversación animada, Emilio se acercó a ella.

—No pareces convencida.

—La pasión es fácil—dijo ella, tras una breve pausa.      Más exigente es la dirección.

Emilio le sonrió como quien concede indulgencia a un anciano.

—Esta vez es diferente, Griselda.      Hemos estudiado la historia.      No repetiremos sus fallas.

Ella exhaló y dirigió la mirada más allá de él, hacia la multitud.      La fábrica vibraba apacible detrás de ellos, como una máquina empezando a recordar sus ritmos de antaño.

—Malinterpretas la historia —murmuró—.      No es algo que se repite.      Es algo que se te vuelve, lo invites o no.

Él ladeó con la cabeza y dijo:      « No creo en fantasmas ».      Pero el aire, plúmbeo con el peso del pasado, parecía vibrar con una inevitabilidad tácita.      Le hacía recordar a Griselda algo contenido en cristal:      preservado, pero condenado a la fragilidad de quien le observa.


Las primeras semanas fueron como una superficie pulida, sin arañazos, resplandeciente.      Pero las fisuras aparecieron, pequeñas al principio, como una fina línea que se extiende sin que nadie la viera venir.

Cada decisión pasaba por la asamblea.      Cada trabajador tenía voz, parte e interés por igual.      El viejo engranaje rugía de nuevo bajo manos rehabilitadas.      Imprimían nuevos carteles proclamando la abolición del patrón, el renacimiento del trabajo.

Por fin, el trabajo tenía un propósito más justo.

Las primeras fisuras aparecieron, discretas al principio.

Las reuniones se alargaban durante horas, debates circulares sin resolución.      Algunas tareas eran más deseables que otras; algunos evitaban las más arduas, invocando objeciones ideológicas.

—¿Por qué uno debe cargar con el trabajo pesado mientras otro coordina?

—Griselda dejó la pregunta suspendida en el aire.

Luego llegó la primera crisis real:    un pedido grande, una fecha límite, la necesidad de eficiencia.      La fábrica se movía demasiado lento.      La asamblea se estancó.      Estallaron discusiones.

—Necesitamos a alguien que supervise la producción —admitió Emilio—.      Sólo temporalmente!

Se sometió a votación.      Se designó a un mediador.      No era un gerente, se decían a sí mismos, sino un guía.      Pero el equilibrio ya había cambiado.      La fábrica, como un navío atrapado en una marea implacable, comenzaba a cargar más de lo que podía sostener, como el plomo en un decantador de cristal.

Griselda observaba en silencio.


El mediador, para mantener el flujo de trabajo, tomó decisiones rápidas.      La asamblea las aprobaba después.      La diferencia era sutil, pero creció.

Algunos trabajadores eran más hábiles en ciertas tareas, por lo que los roles se solidificaron.      Alguien debía negociar con los proveedores.      Alguien debía asegurarse de que se cumplieran los plazos.      El mediador asumió esas funciones porque era lo más práctico.

—Necesitamos estructura.      No jerarquía, sólo orden—Emilio asintió con un gesto de firmeza—sus ojos vacilaban.

Emilio, agotado, asintió sin convicción, como si el peso de las palabras que acababa de pronunciar le resultara cada vez más ajeno.      El engranaje, que al principio giraba sin trabas, empezó a arrastrarse bajo un peso creciente.      Algo obstinado y transitorio a la vez, reacio a ceder a la voluntad de nadie.      Como el decantador que vierte un líquido pesado, pero nunca termina del todo su confinamiento.

Una noche, solo en su oficina—la oficina que no debía existir—, hojeó viejos libros.      Las palabras le eran familiares, pero ahora las leía de otro modo.      Encontró un pasaje de un antiguo texto revolucionario, subrayado por su propia mano años atrás:

« La gran ilusión del poder es fingir que no existe ».

Cerró el libro, apesumbrado por su claridad irrefutable.      Sus dedos se demoraron en el borde del papel, como si buscasen algo que ya se había escapado, como el agua filtrándose por una grieta.

Emilio cerró los ojos por un momento, como si ese simple gesto pudiera anular la brutalidad de la realidad.      Los pasillos vacíos de la fábrica resonaban con ecos lejanos, ecos de promesas rotas.      ¿Cuánto tiempo había creído que el poder era algo que podía manejar?      Pero la verdad, al final, era innegable.      La gran ilusión del poder, pensó, es fingir que no existe.      Fingir que no es una farsa tan cruda como esta.


La siguiente crisis llegó sin aviso.      Una huelga.      Contra ellos mismos.

Algunos exigían un salario más alto.

—¿No debería el trabajo ser compensado según el esfuerzo?

Eran iguales, pero algunos cargaban más trabajo que otros.

Emilio intentó razonar con ellos.

—Así no funciona esto.      Estamos rompiendo un ciclo.

—¿Rompiendo?— La palabra flotó en el aire como un desafío.      Luego, una sonrisa amarga se formó en sus labios, casi imperceptible.    

—Entonces, ¿por qué tú te sientas en la oficina mientras nosotros sudamos en el taller?

No tuvo respuesta.

Otra votación.      Otra reestructuración.      Una nueva propuesta:     un comité de supervisión.      El comité se convirtió en una junta.      Inversores externos ofrecieron estabilidad financiera.      Una pequeña concesión.      Un mal necesario.

Al cerrar el año, la fábrica era un laberinto de regulaciones.      Justo lo que juraron evitar.

Los pasillos, antes llenos de un bullicioso fervor, ahora eran como túneles de murmullos sospechosos.      Los trabajadores, ya no unidos en su causa, susurraban sobre la ‘junta’ como si fuera una entidad distante, ajena a sus vidas.      La huelga había pasado de ser un grito colectivo a una sombra solitaria, con rostros antes iluminados por la esperanza ahora marcados por la desconfianza.      La solidaridad se deshacía como el polvo bajo sus pies.

Emilio encontró a Griselda en la sala de descanso, tomando té.

—Lo intentamos —dijo él.

—Nosotros también —respondió ella.

Silencio.

—¿Por qué siempre termina así?

Griselda puso la taza sobre la mesa.      Sus ojos, presos del agotamiento, como si cada mirada llevara el peso de promesas rotas.

—Porque somos humanos. . . , imperfectos.


Años después, Emilio pasó frente a la fábrica.      Seguía en pie, funcionando.      No revolucionaria.      No un fracaso.

Dentro, un nuevo grupo de jóvenes activistas se había reunido.      Su líder, apenas mayor de lo que él había sido, hablaba con fervor, de pie sobre palés apilados.

—No estamos repitiendo el pasado.      Estamos forjando un nuevo camino.      Esta vez, lo haremos bien.

Emilio no se detuvo a escuchar.

A la distancia, Griselda observaba.

—Y así otra vez—susurró Griselda, como si las palabras fueran una condena, un eco de todo lo que ya había vivido.


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Ricardo Federico Morín Tortolero
15 de marzo de 2025; Oakland Park, Florida


« El Algoritmo del Gallo »

March 1, 2025

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“Rooster’s Crow” [2003] de Ricardo F. Morín.
Acuarela sobre papel, 99 cm de alto x 65 cm de ancho.

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Introducción

Al despuntar el alba, el canto del gallo rasga el silencio—agudo e insistente—arrastrando a todo aquel que lo oye a la conciencia de un nuevo día.

En la pintura Rooster’s Crow, los colores giran en una confluencia de rojos y grises, capturando al ave no como un sereno heraldo del amanecer, sino como un símbolo de agitación.      Su forma retorcida, sus plumas dispersas y sus líneas fracturadas reflejan una corriente de cambio más profunda—un choque de fuerzas, caótico e inevitable.      La imagen sugiere el flujo incesante del tiempo y el peso de las transformaciones que siempre lo acompañan.

En esta narrativa en evolución, la fragmentación del canto del gallo refleja la expansión de la Inteligencia Artificial.      Antes, su grito anunciaba la llegada del día; ahora, resuena en una transformación más compleja—un equilibrio cambiante entre los ritmos de la naturaleza y la creciente influencia de los sistemas tecnológicos.      La silueta del gallo, fracturada en su estela, se convierte en un reflejo de las tensiones entre la agencia humana y el auge de fuerzas que, aunque diseñadas por nosotros, pueden escapar a nuestra plena comprensión.      Aquí, la Inteligencia Artificial actúa tanto como agente de cambio como posible arquitecta de un futuro que ni podemos prever ni controlar.

« El Algoritmo del Gallo »


Un gallo no canta para advertir ni para invitar; su llamado es sólo el sonido de la inevitabilidad, crudo y urgente, ajeno a la respuesta de quienes lo escuchan.      No ordena el amanecer ni espera permiso—simplemente anuncia lo que ya ha comenzado.

En la dinámica cambiante de la ambición y el poder, la tecnología ha asumido un papel similar.      Modelada por la intención humana, avanza bajo la guía de quienes la programan, su influencia determinada por las prioridades de sus arquitectos.      Para algunos, representa el umbral de un progreso sin precedentes, una vía para superar las limitaciones humanas; para otros, encarna una nueva forma de dominio, un instrumento que redefine la administración de sociedades de maneras antes impensables.      Se ensalza su eficiencia como virtud, prometiendo simplificar la gestión, eliminar fricciones y suprimir la imprevisibilidad de la deliberación humana.      Pero una máquina no negocia ni disiente.      Y en manos de quienes ven la democracia como un lastre—un obstáculo al avance—los algoritmos dejan de ser simples herramientas para convertirse en los verdaderos mediadores del poder.

Tomemos un ejemplo cotidiano: los sistemas de recomendación en línea. Presentados como facilitadores de la elección individual, en realidad modelan lo que vemos y oímos, influyendo en nuestras decisiones antes incluso de que las tomemos. Algo similar ocurre con la administración de sociedades mediante modelos computacionales: ofrecen la ilusión de autonomía mientras restringen el margen real de acción a lo que su lógica predice que preferiremos. El resultado es un dilema inquietante: creemos decidir libremente, cuando en realidad son los sistemas quienes trazan el camino.

Hubo un tiempo en que la lucha por el control se libraba de forma visible—conquistas territoriales, leyes reescritas a la vista de todos.      Ahora, el enfrentamiento ocurre en espacios menos tangibles, donde líneas de código determinan el rumbo de naciones, donde ecuaciones complejas deciden qué voces serán amplificadas y cuáles silenciadas.      El poder ya no reside exclusivamente en los uniformes ni en los cargos electos.      Se desplaza hacia tecnócratas, corporaciones y oligarcas cuya influencia trasciende los límites de cualquier gobierno.      Algunos proclaman abiertamente su propósito de transformar el mundo; otros operan en la sombra, dejando que la corriente avance hasta que oponerse sea imposible.      La cuestión ya no es si los algoritmos gobernarán, sino quién dictará su curso.

El sistema de crédito social en China ya no es una teoría, sino una realidad donde el comportamiento se moldea mediante incentivos y restricciones apenas perceptibles.      Modelos predictivos rastrean y condicionan acciones individuales, configurando hábitos sin que sus sujetos lo noten hasta que el cambio es irreversible.      En Occidente, las estrategias son menos explícitas, pero no menos efectivas:      las plataformas diseñadas para conectar a las personas ahora son herramientas de persuasión masiva.      La desinformación ya no es producto de la acción humana; se genera a escala, con una precisión matemática que moldea percepciones sin levantar sospechas.

En este contexto, la paradoja del conocimiento incompleto de Gödel resulta reveladora:      Ningún sistema puede explicarse completamente a sí mismo.      A medida que los modelos de aprendizaje automático se expanden y se refinan, comienzan a reflejar esta misma limitación.      Desde los algoritmos que curan contenidos hasta los que rigen los mercados financieros, su funcionamiento se vuelve progresivamente opaco, incluso para sus propios diseñadores.      La paradoja es clara:      cuanto más poderosos, más incontrolables.

A medida que estos sistemas se fortalecen, la línea entre la administración pública y la autoridad corporativa se difumina.      La regulación, cuando existe, va siempre un paso atrás.      Alguna vez se pensó que la tecnología nivelaría el campo de juego, potenciando al individuo.      Pero la ambición desbocada no se pregunta si debe avanzar, solo si puede hacerlo.      Y así, el desarrollo continúa, impulsado por quienes creen que la complejidad del gobierno puede ser sustituida por la precisión de las máquinas.      La promesa de progreso es seductora, incluso cuando socava las estructuras que históricamente protegieron contra el autoritarismo.      ¿De qué sirve una prensa libre cuando la información puede ser filtrada en tiempo real?      ¿Qué valor tiene un voto cuando las percepciones pueden ser moldeadas sin que lo advirtamos, guiándonos hacia decisiones que creemos propias?      La maquinaria del control ya no reside en ministerios de propaganda, sino en redes neuronales cuyo alcance y falta de supervisión las vuelven inabordables.

Algunos sostienen que estos sistemas corregirán sus propios excesos, que su deriva autoritaria se revertirá con el tiempo.      Pero la historia no siempre justifica tal optimismo.      Cuanto más eficiente es un mecanismo de control, más difícil es desafiarlo.      Cuanto más integrada está la supervisión en la vida cotidiana, menos visible se vuelve.      A diferencia de regímenes pasados, que imponían la obediencia por la fuerza, el nuevo paradigma no necesita ordenar; le basta con diseñar un entorno en el que disentir sea impracticable.      No requiere reprimir cuando puede ofrecer comodidad.      La pérdida de libertad no siempre llega con el sonido de botas marchando; puede infiltrarse en silencio, disfrazada de conveniencia, hasta que no quede alternativa.

Pero la inevitabilidad no garantiza la conciencia.      Aunque el sistema se cierre en torno a sus engranajes y las decisiones se conviertan en ecos de una lógica impersonal, el mundo sigue girando, ajeno a quienes quedan atrapados en su maquinaria.      Los arquitectos de este orden no se ven a sí mismos como señores del control, sino como innovadores, solucionadores de problemas que buscan optimizar la ineficiencia humana.      No se detienen a preguntar si la administración de sociedades estaba destinada a ser eficiente.

En una sala donde las decisiones ya no necesitan ser tomadas, se da un intercambio.      Una voz sintética, pulida e impersonal, responde a una consulta sobre el alcance del sistema.

—La gobernanza no se está automatizando —declara—.      Sólo se mantiene la apariencia de su existencia.

La frase flota en el aire, seguida por un instante de silencio.      Un funcionario, un ingeniero o quizá un burócrata—convencido alguna vez de que ejercía control sobre el proceso—titubea antes de formular la última pregunta.

—¿Y qué ocurre con la elección?

Una pausa.      Luego, la voz, sin vacilar:

—La elección es un vestigio del pasado.

El peso de la respuesta se asienta, no como una proclamación de triunfo, sino como la confirmación de un desenlace largamente anticipado.      La última jugada fue ejecutada mucho antes de que la pregunta se hiciera.

Y afuera, como si subrayara la conclusión de todo, un gallo canta una vez más.

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Ricardo Federico Morín Tortolero
1 de marzo de 2025; Oakland Park, Florida