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« Intervalos »

September 2, 2025

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Portada diseño de Ricardo Morín
Aposento Nº 2: Intervalos
29″ x 36″
Óleo sobre lienzo
1994

Nota del Autor

Intervalos está escrito en una cadencia tensada en el umbral de la vida y la muerte. No se oculta, aunque su lenguaje permanece despojado de explicación. La ambivalencia puede ser ineludible, pero no es la intención. El anonimato de la voz es deliberado, para mantener la atención en lo dicho y no en quién lo dice.

Ricardo Morín, 11 de septiembre de 2025. Bala Cynwyd, Pa.

Intervalos

Para sanarse, solía cubrirse el cuerpo de barro y luego enjuagárselo. Agazapado bajo el sol ardiente, miraba en diagonal desde una esquina hacia el extremo opuesto del patio. De la cuerda de tender colgó un paraguas negro, boca abajo. En él arrojó el último puñado de pócimas. De su derrumbe, pesado, esperaba esquivar su propia muerte.

Cubrió sus libros con una sábana negra; a ciegas sacaba uno por vez y, tras hallar una frase que diera sentido a sus pensamientos, lo devolvía. Esperaba una revelación. Su madre, ya anciana, sacaba otro libro y buscaba una respuesta mejor.

Agotado y sin dormir, se tendió envuelto en una manta roja, de espaldas al espejo. Empapado en lágrimas, yacía deshecho. Escalofríos recorrieron su espalda, como si las entrañas ardieran en fuego.

Despertó con el sonido del agua corriendo. Su madre restregaba las prendas hasta que la tela comenzaba a deshilacharse. Había pintado las paredes de blanco; las puertas dejaron de ser marrones. Un intruso saltó la verja. Luego, con una fuerza que lo sorprendió poseer, arrancó el jardín.

Siguieron noches en vela. No era consciente de sus pómulos hundidos; sólo la mirada de los vecinos lo veía consumirse. Logró volar lejos. Aunque atento a la vida, encontró la decepción.

A su llegada, el hotel llamó a una ambulancia. Tras un vuelo de diez horas, lo asaltó un choque séptico; una enfermera le pidió elegir un destino. Los escalofríos regresaron. Vio morir a muchos, aunque no era su turno. Días después, su carne volvió a la vida.

Con el recuerdo de antiguos lazos, partió de nuevo decepcionado. Cruzó otra distancia y supo cuán frágil era su soledad.

Tú lo rescataste y él a ti. Un puente se levantó desde la nostalgia. Tres años de pasión no remendaron el abismo; él se quitó la vida y tú quedaste.

Un cura romano atendió los clamores de su madre, mientras tergiversaba los de su hijo. Poco sabía el cura que era por su propio designio. El hijo te llamó, a ti, un nuevo amor, para que vinieras. Para amar, para sostener el lazo del momento.


Epílogo

Intervalos descansa sobre nuestra temerosa percepción de la muerte, la soledad, la supervivencia y la fractura (un intervalo es la cadencia del tiempo y su final es el vaciamiento de lo que la conciencia del miedo lleva en sí). Un intervalo no busca consuelo ni resolución; permanece con lo que ocurre, en la intemperie donde la soledad y la fractura revelan la fragilidad de la existencia.


« La Séptima Guardia »

August 6, 2025

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Ricardo Morin
La séptima guardia
(Serie de plantillas, 5.º panel)
acuarela sobre papel
56 x 76 cm,
2005

Nota Introductoria

Ricardo Morin es escritor e investigador de la historia del pensamiento como práctica dinámica y en constante evolución —un estudiante de los gestos no dichos, un lenguaje más fuerte que las palabras, especialmente cuando los interlocutores han dejado de escucharse. A partir de reflexiones sobre los ciclos de la vida y una experiencia personal que se acerca a la última etapa, invita al lector a considerar cómo la vigilancia silenciosa y la ternura pueden dar forma a una existencia con sentido. La Séptima Guardia surge de décadas de vivir con atención, y ofrece un testimonio modesto de la dignidad que nace de la perseverancia y la atención afectiva.


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71 años

He vivido setenta y un años. Eso, por sí solo, aún me sorprende —no porque alguna vez esperara un final prematuro, sino porque cada año me ha exigido más que el anterior. No hubo una caída dramática, ni una crisis puntual que señalar. Sólo una lenta y constante formación —del cuerpo, del temperamento, de la voluntad.

La enfermedad no llegó en la infancia. Llegó más tarde, a mis veintitantos, durante un invierno nevado en Buffalo. Apenas comenzaba a vivir por mi cuenta, lleno de ambiciones y sueños inconclusos. El diagnóstico fue mononucleosis —pero no fue el nombre lo que importó. Fue la forma en que interrumpió mi impulso, desaceleró mi paso y reveló algo más profundo: la tarea de toda una vida de aprender a vivir dentro de mis propios límites.

Ese fue el comienzo —no de una historia clínica, sino de otro tipo de vigilancia. No dirigida hacia fuera, sino hacia dentro. Se arraigó una comprensión silenciosa: que la supervivencia, si iba a tener sentido, requeriría no sólo resistencia, sino también contención. Una manera de protegerme de mí mismo. Esa disciplina no fue severa —se convirtió en una forma de devoción. No hacia la negación, sino hacia la claridad de una mente en paz. Hacía vivir con más atención que urgencia.

No veo la enfermedad como algo noble, pero sí reconozco en ella un espejo —no por el dolor, sino por la verdad que refleja. Lo que puede ser atendido, lo que debe ser soltado, lo que merece atención. No reclamo sabiduría por haber estado enfermo, pero reconozco lo que me ha enseñado a dejar atrás: la ilusión, el orgullo y la carrera frenética por cosas que no perduran —como la acumulación de riqueza o poder.

He llegado a pensar en ello simplemente como resistencia —la que se aprende con la enfermedad cuando se deja de luchar y se empieza a escuchar. Hay una curva ética en esa conciencia —no nacida del dogma ni de la fe, sino formada por la experiencia. No se inclina hacia el triunfo, sino hacia la ternura.

Esto no es una historia de patologías. Es una historia de atención—de refinar el yo sin endurecerlo. De descubrir que madurar significa saber cuándo insistir y cuándo detenerse. Que el acto silencioso de sostener la propia vida —día tras día, con atención— es en sí una forma de coraje.

Nunca me propuse escribir un testamento. Pero a los setenta y un años, veo los contornos con mayor claridad. Y en ello, hay dignidad.

Y sin embargo, la dignidad no es una recompensa. Llega sin anuncio, sin ceremonia. Se construye lentamente —a través de los rituales diarios de levantarse, de elegir qué llevar y qué dejar atrás. No protege del dolor ni aligera el sufrimiento. Pero da a los días cierto peso.

He llegado a apreciar ese peso —no como carga, sino como prueba. Prueba de que he vivido cada estación no intacto, pero sí entero. Y que, incluso ahora, la tarea no es escapar de las exigencias de la vida, sino enfrentarlas con firmeza.

Lo que he aprendido no me pertenece sólo a mí. Cualquiera que viva lo suficiente será llamado a rendir cuentas ante el tiempo —no como ladrón, sino como escultor. La enfermedad, sobre todo, nos enseña cuán poco control tenemos realmente —y cuánta presencia aún somos capaces de ofrecer. Nos humilla y nos une. No en la igualdad, sino en el reconocimiento mutuo.

Resistir, he descubierto, no es pasivo. No se trata de esperar a que pase el dolor. Es un acto activo, silencioso, muchas veces invisible. Significa elegir cómo vivir cuando las opciones parecen estrechas. Significa atender la vida no con prisa, sino con atención.

No hay línea de meta para esta labor. Sólo el acto callado de continuar.

Así que continúo —no porque deba, sino porque la vida, incluso en sus dimensiones reducidas, sigue ofreciendo espacio para el sentido. Algunos días ese sentido es tenue. Otros, es simplemente el hecho de levantarse, de escribir una carta, de recordar la nieve. Pero está ahí. Y mientras lo esté, permanezco.

~

Ricardo Morin Tortolero

4 de Agosto de 2025

Grimsby, Canadá

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« La Mujer de la Tienda de Cristal »

August 6, 2025

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Foto de Catarina (Kitty) O’Bryan-Erlacher por Ricardo Morin. Kitty sostiene el libro “Steuben Glass: An American Tradition in Crystal” de Mary Jean Madigan—edición revisada y ampliada.

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Para Kitty O’Bryan-Erlacher, cuya amabilidad innata, lucidez profunda y agudeza entrañable convirtieron un instante fugaz en un regalo duradero.

~

Ricardo Morin — Corning, Nueva York, agosto de 2025

De camino a la boda de nuestra prima Shayna con Johnny, hicimos una parada en Corning, Nueva York, y dedicamos unas horas sin prisa a recorrer las tiendas de West Market Street. El cielo tenía la quietud opaca de un lunes ajeno al apuro. En una esquina tranquila nos encontramos con la tienda Erlacher Steuben Glass, un espacio bañado en una luz propia y delicada.

Allí hallamos lo que acabaría siendo el regalo de bodas: un plato redondo de cristal titulado Vesta Plate (1993), obra de Peter Drobny (nacido en 1958). Estaba expuesto con una sencillez elegante, como una pieza de museo que espera sin urgencia a ser comprendida. Junto a él, dos jarrones de cristal —uno ultramarino translúcido, el otro de un lavanda opaco e intenso— se alzaban con una belleza decidida. No dudamos en llevarnos también esas dos piezas.

Supimos entonces que la tienda había sido fundada en 1960. Hoy está al cuidado de Catarina (“Kitty”) O’Brian-Erlacher, nacida en 1938, una mujer de 87 años con un encanto sereno, aguda inteligencia y una templanza que no necesita alardes. Su esposo, el Sr. Roland (Max) Erlacher (nacido en 1933, Viena y fallecido en 2022, Corning), había llegado de Viena en 1957 para trabajar en Steuben Glass (fundado en 1903 por Frederick Carder). Allí, en Corning, conoció a Kitty. Su historia de amor y oficio se convirtió también en la historia de la tienda—una historia de belleza, artesanía y una custodia constante del vidrio como objeto y como arte.

Al acercarme a Kitty por primera vez, pensé que era una clienta más. Empezamos a hablar con soltura, sin ninguna expectativa. El arte nos llevó a la astrología; y de ahí, a la numerología. Fue una de esas conversaciones que parecen frenar el tiempo —hasta que David, mi esposo, interrumpió insinuando que quizás yo estaba hablando demasiado. Lo tomé con humor y lo llamé “el jefe”. Kitty, sonriendo, comentó: “Eres muy inteligente.” Respondí: “Deberíamos aspirar a ser más inteligentes aún”, y devolví el cumplido. Ella lo rehusó con una elegancia discreta.

Resultó que el importe de nuestras tres piezas, según palabras de Kitty, “cubriría las necesidades de la tienda durante todo el mes de agosto.” Esa pequeña confesión hizo que el encuentro cobrara, de pronto, un peso inesperado. El embalaje de las piezas —especialmente del Vesta Plate— fue complicado. El plato, de grandes dimensiones, no cabía en ninguna de las cajas disponibles. Por intuición, me ofrecí a ayudar y rearmé una de sus cajas para que encajara a la perfección. Kitty, observando entre risas y asombro, lo calificó de brillante.

Sacó entonces un libro de referencia sobre la obra de su esposo. El entusiasmo de sus diseños, herederos del Art Nouveau, parecía llenar el lugar de una energía viva. Pero al hablar de él, las palabras la abandonaron. Se le humedecieron los ojos, y apenas pudo decir: “Fue el hombre más bondadoso.” Yo me quedé en silencio, sosteniendo su mirada con una pausa larga y cómplice—más dispuesto a reconfortarla que a invitar al duelo.

Cuando finalmente nos despedimos, me demoré un instante más en el vaivén callado del adiós. Y al cruzar el umbral, bajando un poco la voz, me giré y le dije:

—Dios la bendiga, estimada señora.

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« Un memorando sobre el conocimiento de uno mismo »

August 2, 2025

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Triangulación 40
56 x 76 cm
Color de cuerpo, sanguina, sepia y tinta Sumi sobre papel
2008

Por Ricardo Morin

2 de agosto de 2025

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Hay noches en que el sueño no trae descanso, sino un fuego. El despertar no llega por hábito, sino con la certeza de que algo debe comprenderse. No en un sentido romántico de inspiración, sino por la necesidad de dar coherencia a lo sentido y lo recordado. La escritura se convierte en una forma de descarga: un contrapeso frente al cansancio, un esfuerzo que agota y restituye en igual medida.

Algunos días concluyen en un silencio hueco, especialmente tras confrontar viejas heridas o registrar las tensiones latentes de la historia familiar. Lo que comienza como pensamiento disperso, incluso frenético, va cobrando forma. Aparece una curva: de la confusión al enfoque, y del enfoque a la claridad. En ese avance callado, retorna la paz.

Este ritmo no se elige por comodidad. Viene con el sueño entrecortado, las emociones expuestas y una urgencia nacida no del exceso, sino de la necesidad. Las circunstancias aprietan. Cuando el pensamiento se acelera y la necesidad de darle forma se vuelve insistente, no se trata de exceso, sino de respuesta.

Y sin embargo, nada de este proceso ocurre en aislamiento. Aun cuando no se nombren voces, no hay claridad sin un afinamiento con los demás—algunos cercanos, otros lejanos, otros desconocidos. La labor no surge de una sola mano, sino de una convergencia de atención, reflexión e intercambio. El apoyo no llega como autoría ni posesión, sino como atmósfera, influjo y una presencia que acompaña.

Lo que aquí queda escrito no es un registro para poseer, ni una declaración que deba recordarse. Es una señal—un punto de referencia, colocado no desde el temor, sino con lucidez. Ya sea retomado o dejado atrás, ofrece un lugar al que se puede volver si el trayecto se oscurece otra vez. No se le exige más. No se le debe menos.

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Un Soliloquio

July 6, 2025

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Ricardo F. Morin, Serie Nueva York, nº 1
142 cm x 213 cm
Óleo sobre tela
1992

Prefacio

Este texto no se deja reducir ni anuncia lo que contiene.  Avanza hacia lo interior—a través de la observación, el pensamiento y la tensión entre la claridad y la desaparición.  El soliloquio mantiene su curso sin desviarse: no actúa ni explica, sino que sostiene una mirada interior.  Leerlo no es dejarse conducir, sino permanecer con él—donde el pensamiento se vuelve presencia y el lenguaje mide aquello que perdura.



Soliloquio

Había en el escritor, desde siempre, una energía creadora—una fuerza y pasión por expresarse—que le sostenía.  No era invocada; simplemente persistía.  Tan imponente era esa presencia que no podía ser sometida a la rutina, ni encauzada en hábitos que favorecieran la resistencia física.  No podía detenerse para caminar ni entregarse a ninguna actividad que no formara ya parte del acto mismo de crear.  Había aprendido a escribir de pie, a leer caminando, a pensar incluso en el sueño.

Su experiencia nunca fue una aflicción que debiera nombrarse o curarse, sino una vida que debía vivirse en sus propios términos — un testimonio creativo de la plenitud del ser, no una nota clínica al pie de la definición de otro..  Negarse a ser definido por ella era honrar tanto su libertad como su obra de toda una vida.  Era una condición que sólo podía comprenderse en soledad, aunque eventualmente compartida por escrito—pero nunca como búsqueda de validación.

Dentro de los límites del conocimiento íntimo, esa experiencia se revelaba como una forma de absorción devocional, capaz de conferir dignidad incluso en momentos de desgaste físico o envejecimiento.

Su rechazo de la validación no era un desafío a la autoridad, sino la negación de que debiera existir presión externa alguna.

Se decía que no había nada único en nadie, que toda expresión reflejaba únicamente lo aprendido.  El escritor no contradecía esa idea, pero sabía que había más en el ser que lo recibido—más incluso que la experiencia.  Tal vez nadie fuese único, pero cada voz era distinta, formada por la suma irreductible de una existencia imposible de equiparar.  De una mezcla aleatoria, de una suma inefable, surgía algo:  algo irrepetible e insustituible, no porque fuese superior, sino porque pertenecía únicamente a quien lo sostenía.

Temía a la locura—no como espectáculo, sino como esa lenta deriva en la que el sentido se aparta hacia la soledad.  La fuerza que lo impulsaba era real, pero insuficiente si no encontraba verdad—una verdad que resonara no sólo en su lógica, sino también en la de los otros.  ¿Cómo reconocerse uno a sí mismo si la inteligencia permanecía sola?  Sin eco, el pensamiento se volvía cámara sellada: intrincada, sí, pero sin aire.  No buscaba certeza; buscaba correspondencia.  No temía la soledad, sino el ser intraducible.

La vida se le aparecía ahora como algo fugaz, precario.  Atemporal en la percepción, pero arraigada en el tiempo.  Se deslizaba con sigilo—entre fracasos, desengaños y repentinos momentos de claridad luminosa.  Nada podía repetirse.  Pero había llegado a aceptar eso:  no porque todo se perdiera, sino porque incluso la memoria alteraba lo que retenía.  Lo que volvía no era el momento mismo, sino el acto de percibir—la profundización de la atención.  Y por eso no vivía para conservar lo que fue, sino para mantenerse presente ante lo que cambia.  No había retorno, solo un avanzar—con más atención, más conciencia.

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Ricardo F. Morin Tortolero

En tránsito, 6 julio de 2025


« Gestos de lo Inasible »

June 14, 2025

« Una vida entregada al arte »

*

Ricardo F Morin
Serie Triangulación Nº 38
9” x 13”
Oleo sobre lino
2009

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In memoriam José Luis Montero


Para él, la inspiración no irrumpía—se asentaba.
Llegaba no con respuestas, sino con permiso para comenzar.

No había ritual.
Ni punto de inflexión dramático.
Solo el lienzo, el olor del óleo, la luz desplazándose por el suelo.
Un día plegándose sobre el siguiente, hasta que el trabajo se convirtió en su propio clima—
a veces despejado, a veces tormentoso, pero siempre presente.

Creía en la atención, no en el dominio.

Lo que le conmovía no era cómo se lograba la pintura en un momento dado,
sino que, al ser deconstruida, tenía que recuperarla—
no por destreza, sino por necesidad—
cuando la mano se adelantaba al pensamiento,
y algo más honesto que la intención comenzaba a conducir.
Y cuando eso ocurría, le exigía todo.

Cualquiera que lo observara—
cualquiera menos él—
habría visto muy poco.
Un rastro.
Una pausa.
Un leve ajuste.
Pero en su interior, algo escuchaba—
no a sí mismo,
sino al mundo, al material, al eco de una forma aún desconocida.

No hacía obras para ser recordado,
aunque cargara cada una como a un hijo.
Las hacía para seguir con vida.
Y cuando se topaba con una pintura acabada años después,
se le agitaba el cuerpo.
No era nostalgia.
Era el olor del pigmento,
el sonido de las cerdas,
el duelo de algo casi logrado—
perdido, y luego vuelto a encontrar.

Algunos días, el trabajo fluía con cierta facilidad.
Otros, se resistía.
Aprendió a no perseguir ninguno de los dos.

Siempre comenzaba sin saber qué buscaba.
Un matiz.
Un destello de transparencia.
Una pincelada que alterara la superficie.
A menudo, el pincel quedaba suspendido en el aire,
esperando que el siguiente gesto se revelara.
A veces, no llegaba nada.
Esas piezas quedaban intactas durante semanas—
una inquietud callada en la esquina del cuarto.

Vivía junto a su silencio.

El estudio nunca estaba limpio, pero siempre ordenado.
Trapos doblados.
Tarros empañados con trementina vieja.
Paredes con siluetas suaves de lienzos pasados.
El desorden no era descuido.
Era habitado—no descuidado, sino vivido.
Notas sobre la armonía piramidal de Goethe colgaban junto a muestras minerales,
bocetos, círculos cromáticos, cartas rasgadas de marchantes.
No por revelación, sino por proximidad.

No todas las piezas se sostenían.
Algunas fracasaban por completo.
Otras, de forma gradual, perdiendo urgencia capa a capa.
También conservaba esas—
no como archivos, sino como recordatorios.
Donde la mano se había vuelto muda.
Donde la obra había dejado de pedir.
Y sin embargo, se convertían en plataformas—
espacios para volver, para entrar más hondo.

Sus días no tenían horario fijo,
aunque con los años surgió un ritmo—
una larga devoción, interrumpida, reanudada, sostenida.

Ahora, llegaba desde la ciudad a media mañana.
El estudio retenía el leve olor a cera y trementina,
entreverado con algo más antiguo—
polvo, tejido, memoria.
Abría una ventana si el clima lo permitía.
No por la luz, sino por el aire.
Por el movimiento.
Por el lento girar de los ventiladores como respiración.

Preparaba té.
A veces ponía a Bach, o a algún pianista,
cuyos dedos presionaban más hondo que los demás.
Otras mañanas:    La estación de radio NPR;
Un poeta, un científico, alguien intentando decir lo imposible a través de lo coloquial.
Le gustaba más el intento que la declaración.

Pintaba de pie—rara vez sentado.
Algunos días se movía sin cesar entre el caballete, el fregadero y la mesa de mezclas.
Otros apenas se movía.
Solo miraba.

El almuerzo era sencillo.
Pan.
Fruta.
Un poco de queso.
A veces huevos, lentejas, sopa durante varios días.
No solía salir a comer—
no por principio, sino porque rompía el hilo.

Si estaba cansado, se tumbaba en el sofá contra la pared del fondo.
Veinte, treinta minutos.
No más.
Y al despertar, la luz había cambiado otra vez—
más oblicua, suavizada, más indulgente.
El lienzo parecía distinto.
Como si hubiese esperado su ausencia.

Las últimas horas de la tarde eran a menudo las mejores.
Recuperaba fuerzas, libre de presión.
El aire tenía una soltura nacida del saber que nadie llamaría ni golpearía la puerta.
Entonces le hablaba a la obra—
no en voz alta, sino hacia dentro.
¿Este tinte? Demasiado cálido.
¿Este trazo? Demasiado seguro.
Déjalo quebrar.
Déjalo respirar.
Déjalo hablar sin decir.

A veces el medio se resistía.
El pincel vacilaba.
Un gesto colapsaba.
No luchaba.
Le daba espacio.
Si se mantenía paciente, el ritmo volvía.

No todo llegaba a completarse.
Algunas obras quedaban abiertas—
no abandonadas, sino suficientemente terminadas.
Otras surgían de golpe, como música que suena sin levantar los dedos.

Al anochecer, limpiaba sus enseres.
Sin apuro.
Limpiaba la paleta.
Enjuagaba los frascos.
Colgaba los trapos para que se secaran.
Era una forma de dar las gracias.
No a la pintura.
Al día.

Luego, las luces apagadas.
La puerta cerrada.
Nada declarado.
Nada concluido.
Y sin embargo, algo siempre avanzaba.

El duelo también permanecía.
Vivía en la sala como el polvo—
acumulado en las esquinas, aferrado a bastidores aún desnudos,
entrelazado en sábanas viejas y blancas.

La enfermedad de su hermana llegó despacio, y luego de golpe—
mientras sonaba el Adagio en sol menor a bajo volumen en el estudio.
Pintó durante todo ese tiempo.
No para evadir, sino porque parar lo habría deshecho.
En el silencio entre pinceladas, sentía cómo se debilitaba su respiración.
A veces imaginaba que ella podía ver su trabajo desde donde estuviera.
Que cada pieza acabada llevaba una palabra que no se atrevía a decir.
Ella lo habría comprendido.
Siempre lo hizo.

Más tarde, cuando su antiguo amante murió—
solo, inesperadamente, en Berlín—
dejó de pintar por completo.
El estudio se volvió quieto de una manera a la que no podía acceder.
Incluso el lienzo se le volvió de espaldas.
Cuando regresó, fue con una paleta apagada.
Seca.
Indiferente.
La primera pincelada se quebró en dos.
La dejó así.
Y continuó.

El deseo también se había aquietado.
No desaparecido.
Solo suavizado.
En su juventud había sido urgente, incontenible.
Ahora flotaba—
un eco que venía y se iba.
No lo avergonzaba ni lo fingía.
Vivía a su lado, como se vive junto a un campo que ardió y ahora reverdece.

El duelo no interrumpió el trabajo.
Lo profundizó.
No en tema, sino en textura.
Algunas de esas pinturas parecían usuales para los demás.
Pero él sabía lo que contenían—
el peso de mantenerse firme mientras se desmoronaba por dentro.

Aún ahora, algunos colores le recordaban un lecho.
Un paseo invernal.
El sonido de alguien que ya no respira.
Un gris plano.
Un azul que antes brillaba, ahora templado entre anhelo y contención.

A veces se preguntaba por esa tensión.

Pero al pintar, volvía la quietud.

Hace diecisiete años, cuando terminó la quimioterapia, los días se volvieron más callados.

No hubo triunfo.
Solo un lento retorno al ritmo—
distinto ahora.
El cuerpo había cambiado.
También la mente.
Ya no podía pintar durante horas sin fatiga.
Los gestos antes fluidos eran más pesados, más vacilantes.

No se resistía.

El estudio seguía, pero el centro de gravedad se desplazó.
Donde antes alcanzaba un pincel, ahora cogía una pluma.
Al principio, solo apuntes.
Fragmentos.
Una forma de sostener el día.
Luego llegaron las frases.
Los párrafos.
No sobre sí mismo, no directamente.
Sobre el tiempo.
La memoria.
La presencia.
Escribir se volvió un consuelo.
Una forma de dar forma a lo que el cuerpo ya no podía cargar.
Un lugar donde aún moverse, con cuidado.

No fue el fin de la pintura.
Solo una pausa.
Una migración.
La escritura exigía su propia atención, su propia paciencia.
Y en eso reconocía una devoción conocida.

A veces, el lienzo aún lo llamaba.
Permanecía intacto durante semanas.
Y un día, sin anuncio, volvía a empezar.

Las dos prácticas vivían una junto a la otra.
Algunos días, el pincel.
Otros, la página.
Sin jerarquías.
Sin arrepentimientos.
Solo la persistencia callada de una vida que aún se despliega.

No hay obra final.
Ni última palabra.

Ahora lo comprende:
una vida no se hace de cosas acabadas,
sino de gestos continuados—
huellas hechas con fe,
incluso cuando nadie mira.
Una frase iniciada.
Un color mezclado.
Un lienzo vuelto hacia la pared—
no por vergüenza, sino porque ya ha dicho lo suficiente.

Ya no se pregunta qué viene después.
Esa pregunta ya no lo inquieta.

Si algo permanece, no será el nombre,
ni el archivo,
ni siquiera los objetos.
Será la integridad callada de la atención—
la forma en que volvió, una y otra vez,
a encontrarse con el momento tal como era.

No para hacer algo duradero.
Sino para vivir, aunque fuese brevemente, en verdad.

*

Ricardo F Morin Tortolero

Bala Cynwyd, Pa., 14 de junio de 2025


Nota del autor

Este retrato está dedicado a David Lowenberger, a José Luis Montero, a mis padres, y a Billy Bussell Thompson.   
A todos los que me han enseñado que vivir con atención es ya una forma de amor perdurable.

*


« La huella del vínculo »

June 3, 2025

Ricardo Morín
Buffalo Series, Nº 12
46″ x 60″
Óleo sobre lienso
1979

Para quienes hemos perdido a alguien,

cuya presencia reposa en la memoria

y cuya ausencia da forma a lo que somos.

Que esta historia preserve algo de su huella perdurable.


Julián intentó consignar por escrito lo que había soñado.

Se preguntó:    ¿podía la escritura ser fiel a aquel que observa, tiembla y anhela comprender?

Soñó que ofrecía a su madre un cuenco de caldo de víbora.    La cabeza de la serpiente y los fragmentos de su cuerpo desgarrado aún se agitaban, como si ignorasen su condición:    viva, aunque deshecha.    Sostenía el cuenco con ambas manos; se lo había entregado una anciana sentada al otro extremo de un estanque circular, extenso y poco profundo.    El estanque parecía contener algo más que agua:   quizá tiempo, o memoria, o destino.    A su alrededor se perfilaban sombras—figuras difusas que repetían el mismo rito, o quizá ninguno.    No podía discernirlo.

El camino hacia su madre era arduo; el suelo, resbaladizo por una sustancia que no sabía nombrar.    El aire era espeso, cargado de un silencio opresivo que volvía cada paso lento, gravoso.    La víbora se revolvía en el caldo, intentando huir.    Aun así, él mantenía el cuenco firme.   Creía—en algún rincón de sí mismo—que si su madre bebía, podría alcanzarse la curación, o la comprensión, o la paz para ambos.

Al llegar junto a ella, se arrodilló.    Le habló con dulzura, instándola a beber mientras el caldo aún conservaba el calor.    “Sujeta bien la cuchara,” susurró.    “Solo pequeños sorbos.”    Pero ella desvió el rostro.    No quiso beber.    Si por miedo, por orgullo o por rechazo a lo ofrecido, no lo sabía.    La víbora se estremeció, y su corazón se tensó de angustia.

Despertó inquieto, sin haber descansado.    El sueño aún velaba su percepción.    Su aliento era forzado, escaso bajo el aire denso de la alcoba.    ¿Por qué no lograba serenarse?    ¿Qué, con exactitud, le mantenía en vela?

Se preguntó si se trataba de una premonición—el temor latente de su propio deterioro.    ¿Era la serpiente que se agitaba una imagen de la mente al perder su serenidad?    ¿Eran la marcha lenta, el suelo lábil, las manos temblorosas, un ensayo de su propio declive?    ¿O era el duelo—ese que se desliza sigiloso por el alma, que exige alimento sin hallar nunca saciedad?

Solo sabía que intentaba ayudar, sostener, ofrecer consuelo que no podía ser acogido.    Y, al hacerlo, se enfrentaba no solo a la ausencia de su madre, sino también a la sombra de su propia angustia—la interrogante de quién caminaría a su lado cuando llegara su hora de despedida.

Pero acaso—pensó—haya algo sagrado en ese intento.    En la ofrenda, incluso cuando es rechazada.   En el andar pausado—por incierto que sea.


Allí puede habitar la humildad:

la que no exige,

y sin embargo, desarma el dolor

con su presencia—

demasiado firme para ser rechazada.

No se le opone resistencia—

basta con aceptar su invitación a ser acogida.

Ricardo F. Morín

Bala Cynwyd, Pa, 2 de junio de 2025


« Lo que la mente olvida, el corazón lo guarda en el silencio »

April 20, 2025

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Mario Vargas Llosa

*


“Mario Vargas Llosa fue un valiente buscador de la verdad.   También fue mi amigo.”

— Marie Arana, The Washington Post

Lee el artículo completo


*

Le envié a mi hermana el emotivo homenaje de Marie Arana.   Bonnie había dirigido varias obras de Vargas Llosa en teatros madrileños y se había cruzado con él en más de una ocasión.    Sabía que esta noticia tocaría una fibra muy íntima.

“Es evidente cuánto te ha afectado la muerte de Vargas Llosa,” le escribí.

“Lo sentías cercano—no sólo como lectora o dramaturga, sino como alguien cuya voz te acompañó durante muchas etapas de tu vida.    Tu duelo resuena en mí, porque entiendo lo que significa perder a una figura que, sin ser familia, forma parte de nuestro paisaje interior—moldeando nuestras ideas, nuestras convicciones, incluso nuestra manera de ver el mundo.”

Ella respondió:    “la muerte de una mente tan brillante, tan presente durante décadas, deja un vacío difícil de nombrar.”   Esa idea me conmovió.

“Me entristece profundamente,” le contesté,

“pensar en el silencio que ahora lo sigue.    Entiendo por qué esto te duele tanto—quizás porque Vargas Llosa representaba precisamente lo contrario:    un intelecto luminoso, intensamente elocuente.    Imaginar que incluso él ya no está…    duele.”

“Estoy contigo,” añadí.

“Y aunque esté lejos te acompaño en este duelo.”

Estas reflexiones despertaron recuerdos de nuestra propia familia—de nuestro padre, cuya lucidez comenzó a desvanecerse tras un traumatismo cerebral.    Fue perdiendo poco a poco el habla, la claridad, la comprensión del mundo que lo rodeaba.

Y de nuestra madre, que aguantó muchos más, también acabó desvaneciéndose poco a poco—su presencia esfumándose en cámara lenta.

Nuestros tíos, Calixto y Fredy—por parte paterna y materna—vivieron un mismo tipo de despedida silenciosa.    Años de silencio.   Desapariciones graduales.    Pérdidas que no siempre supimos nombrar, pero que nos marcaron a todos.

Es un patrón que no puedo ignorar.

He investigado.    (Tal vez no lo sabías.)   Genéticamente, mi riesgo de atravesar algo similar está en un rango moderado.    No es ni un veredicto ni una certeza—sólo una presencia.    Una sombra que camina a mi lado, sin decir nada, sin revelar nada.

A veces me pregunto si saberlo ayuda o hiere más.

Pero elijo saber.

Elijo mirar de frente.

Porque si algún día me toca recorrer ese camino, quiero hacerlo con la misma dignidad que vi en nuestros padres—aún en la confusión, aún en el silencio—cuando sus ojos aún podían reconocernos con un detello de ternura.

Y quiero que tú lo sepas.

Y que los dos lo recordemos.

*

Ricardo Federico Morín Tortolero

17 de abril de 2025

En tránsito de Florida a Pensilvania