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« Eje II: La identidad como construcción mnemónica »

September 2, 2026
Ricardo F. Morín
Plantillas II
101 cm de alto x 76 cm de ancho
Acuarela sobre papel
2003
Ricardo F. Morín
Plantillas II
101 cm de alto x 76 cm de ancho
Acuarela sobre papel
2003

 

Ricardo F. Morín

31 de enero de 2026

Oakland Park, FL

 

Las personas llegan a saber quiénes son con el tiempo,  y no de una sola vez.  Una persona se reconoce a sí misma a través de acciones anteriores,  decisiones recordadas,  y compromisos pasados,  aun cuando las condiciones bajo las cuales ocurrieron esos momentos ya no sean las mismas.  Lo que se siente como continuidad no se encuentra de manera directa,  sino que se recompone mediante la memoria y la interpretación a medida que cambian las circunstancias.  Por ello,  la incertidumbre se introduce en todo esfuerzo por mantener un sentido estable del yo,  no por confusión ni engaño,  sino por el simple paso del tiempo.

 

La relación de una persona consigo misma,  por lo tanto,  nunca queda fijada en su origen.  Está mediada por la memoria,  la revisión,  y la reevaluación a medida que la vida se despliega.  Lo que alguna vez tuvo sentido como respuesta a un momento particular debe ser comprendido nuevamente bajo condiciones distintas.  La identidad no permanece asegurada solo por la intención,  porque la continuidad solo puede reconstruirse a posteriori y no conservarse intacta.

 

Una vez que la identidad debe reconstruirse en lugar de darse por sentada,  comienzan a ejercerse presiones de coherencia.  Las acciones,  declaraciones,  y compromisos pasados se tratan como parámetros con los cuales se mide al yo presente,  aun cuando las circunstancias que los produjeron ya no existan.  Se exige continuidad donde solo es posible la relación.  Aquello que funcionó como respuesta a una situación específica es llamado a servir como prueba de un yo perdurable.

 

Dado que las personas se encuentran con la identidad a través de la memoria y la interpretación y no por acceso directo,  la identidad queda sujeta a exigencias de legibilidad.  Otros se apoyan en patrones familiares de lenguaje,  conducta,  y compromiso para orientar sus expectativas.  Cuando esos patrones persisten,  se asume continuidad.  Cuando se desplazan,  surge la incertidumbre.  Lo que no puede reconocerse con facilidad suele tratarse como ausencia y no como transformación.

 

Bajo estas condiciones,  el ajuste suele leerse erróneamente como transgresión.  Los cambios realizados en respuesta a circunstancias alteradas se interpretan como desviaciones de un núcleo supuesto,  y no como recalibraciones necesarias.  Las expresiones previas del yo se tratan como compromisos vinculantes incluso cuando las condiciones que las produjeron han cambiado.  Lo que internamente se vive como adaptación es recibido externamente como traición,  no porque se haya quebrantado la confianza,  sino porque la expectativa de fijeza ha permanecido intacta.

 

Una vez completada la reconstrucción,  la identidad no ofrece un origen fijo.  Ofrece únicamente una coherencia que debe sostenerse bajo condiciones cambiantes de reconocimiento.  Los intentos de aliviar la inquietud en torno a la identidad fracasan cuando ignoran un hecho simple:  las personas cambian antes de que otros ajusten sus expectativas.  La dificultad no surge del cambio en sí,  sino de la exigencia de permanecer legible conforme a criterios que ya no se aplican.