« Democracia y la gobernanza de la pluralidad »

May 13, 2026

Ricardo F. Morïn
Platónico 4
CGI
2005

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Los sistemas políticos suelen juzgarse por los ideales que proclaman.  Sin embargo, la perdurabilidad no depende únicamente de los principios.  Depende de si los desacuerdos ordinarios pueden tramitarse, día tras día, mediante instituciones que mantengan la vida pública inteligible incluso cuando los ciudadanos no están de acuerdo.

Entre críticos de todo el espectro político, la democracia suele tratarse como una ideología.  Bajo esta interpretación, el lenguaje democrático parece indistinguible de otras doctrinas que reclaman autoridad moral mediante apelaciones a la igualdad, a la soberanía popular o a la voluntad del pueblo.  Sin embargo, el pensamiento político no ha entendido la democracia de una sola manera.  En distintos momentos se la ha concebido como una doctrina que expresa ideales normativos, como un conjunto de procedimientos institucionales que regulan el ejercicio del poder, y como un marco político capaz de sostener la pluralidad dentro de un orden compartido.  Cada una de estas interpretaciones capta una dimensión de la vida democrática.  La dificultad surge cuando una de esas dimensiones se confunde con el todo.  La democracia no perdura porque promueva una doctrina o perfeccione un mecanismo.  Su dificultad reside en el esfuerzo constante por mantener estas dimensiones en equilibrio sin reducir la gobernanza democrática a una sola de ellas.

La interpretación de la democracia como ideología surge del lenguaje mediante el cual se han expresado históricamente los ideales democráticos.  Las apelaciones a la igualdad, a la soberanía popular y a la autoridad del pueblo poseen una fuerza moral que recuerda las pretensiones de las doctrinas políticas.  En el discurso público estos principios se invocan con frecuencia para justificar programas específicos o para conferir legitimidad a movimientos políticos.  Un discurso de campaña puede recurrir al vocabulario de los derechos mientras exige uniformidad.  Una consigna puede invocar al pueblo mientras trata la disidencia como traición.  Cuando el lenguaje democrático se utiliza de esta manera puede parecer indistinguible de la persuasión ideológica.  Los críticos concluyen entonces que la propia democracia funciona como una doctrina que compite con otros sistemas de creencias.  Sin embargo, esta interpretación descansa en una confusión entre los ideales invocados en la retórica democrática y la estructura institucional mediante la cual opera realmente la gobernanza democrática.

Una segunda interpretación aborda la democracia no como doctrina sino como procedimiento institucional.  En esta perspectiva, las características definitorias de la gobernanza democrática son los mecanismos mediante los cuales se organiza y se limita la autoridad:  representación, elecciones periódicas, límites constitucionales y la posibilidad de alternancia política pacífica.  La democracia se identifica menos por los ideales que proclama que por los procedimientos mediante los cuales se ejerce y se transfiere el poder.  Las escenas más ordinarias ilustran este carácter procedimental:  una papeleta impugnada se revisa, se ordena un recuento, se convoca una audiencia y se emite una resolución que resulta vinculante incluso para quienes la desaprueban.  Estos arreglos establecen un marco dentro del cual el conflicto político puede desarrollarse sin disolver la continuidad del Estado.  Al enfatizar el procedimiento más que la doctrina, esta interpretación aclara una dimensión esencial de la vida democrática.  Sin embargo, las definiciones procedimentales por sí solas no explican plenamente por qué los sistemas democráticos siguen siendo difíciles de sostener.

Los mecanismos institucionales describen cómo funcionan los sistemas democráticos, pero no explican completamente las condiciones que permiten que esos mecanismos operen.  Las elecciones y las constituciones pueden persistir incluso cuando la distribución de la autoridad se estrecha gradualmente.  Las instituciones formales pueden permanecer visibles mientras su capacidad para regular el poder se debilita.  El cambio suele ser incremental y práctico más que dramático:  las reglas permanecen impresas, pero las excepciones se multiplican;  existe supervisión, pero los plazos se dilatan;  se abren investigaciones, pero sus conclusiones se retienen;  el vocabulario de la rendición de cuentas persiste, pero el público aprende a esperar demoras.  En tales circunstancias el procedimiento democrático sobrevive en apariencia mientras la práctica democrática se vuelve cada vez más restringida.  La perdurabilidad de las instituciones democráticas depende por lo tanto de algo más que de la existencia de reglas.  Depende de un entorno político capaz de sostener los desacuerdos que esas instituciones fueron diseñadas para gestionar.

Una tercera interpretación aborda la democracia desde una perspectiva diferente.  En lugar de definirla únicamente mediante doctrina o procedimiento institucional, entiende la gobernanza democrática como un marco capaz de sostener la pluralidad.  En las sociedades democráticas individuos y grupos mantienen convicciones divergentes sobre la justicia, la autoridad y la orientación de la vida pública.  Estas diferencias no son desacuerdos temporales a la espera de resolución.  Representan rasgos duraderos de la vida política.  La pluralidad en este sentido no es simplemente la presencia de diversidad sino una condición en la cual los individuos se presentan unos ante otros como participantes distintos dentro de un mundo político compartido.  La evidencia cotidiana es conocida:  un concejo municipal donde los residentes discuten sobre zonificación e impuestos, una junta escolar donde los padres discrepan sobre el currículo, un tribunal donde las partes presentan argumentos incompatibles y aun así aceptan la misma sentencia como resolución final del caso.  Las instituciones democráticas no eliminan el conflicto;  regulan su expresión.  Establecen condiciones bajo las cuales reclamaciones diversas pueden coexistir dentro de un orden político común.  La dificultad de la democracia reside precisamente en esta tarea de mantener la continuidad institucional mientras se permite que el desacuerdo persista.

La pluralidad introduce una tensión persistente dentro de la gobernanza democrática.  Un sistema político debe preservar la continuidad jurídica mientras acomoda interpretaciones contrapuestas de la vida pública.  Las instituciones deben ser lo suficientemente estables para sostener la autoridad, pero también lo suficientemente flexibles para permitir el desacuerdo y el cambio político.  El equilibrio necesario para mantener esta relación es inherentemente frágil.  Los sistemas democráticos a menudo parecen inestables no porque estén fracasando, sino porque operan dentro de un campo de reclamaciones que no pueden reconciliarse por completo.  Los signos de salud y de tensión pueden parecer similares desde cierta distancia:  debates ruidosos, resultados disputados, mayorías cambiantes y escrutinio constante.  La diferencia se vuelve visible cuando la contienda permanece dentro de procedimientos compartidos y cuando quienes pierden conservan un camino creíble para regresar a la vida pública.  Esta tensión estructural también aclara por qué los sistemas políticos organizados en torno a una autoridad centralizada encuentran mayores dificultades para acomodar la pluralidad.

Los sistemas políticos organizados en torno a una autoridad centralizada abordan la pluralidad de manera distinta.  Las formas autoritarias de gobierno dependen de una fuente final de decisión capaz de resolver conflictos mediante poder directivo.  Aunque tales sistemas puedan tolerar una diversidad limitada de opiniones, su estabilidad depende de la presencia de una autoridad capaz de determinar los límites del desacuerdo aceptable.  En términos prácticos esos límites se aplican no solo mediante decretos sino también mediante señales previsibles:  qué temas pueden discutirse sin consecuencias, qué preguntas se consideran desleales, qué asociaciones pueden reunirse y qué reclamaciones públicas pueden circular.  La persistencia de reclamaciones abiertas y competitivas representa por lo tanto un desafío estructural para el orden autoritario.  Mientras que los sistemas democráticos intentan regular el desacuerdo mediante equilibrio institucional, los sistemas autoritarios buscan contenerlo o resolverlo mediante la concentración de la autoridad.

A pesar de esta diferencia estructural, los sistemas autoritarios adoptan con frecuencia el vocabulario de la democracia.  Referencias al pueblo, a la representación y a la legitimidad popular aparecen incluso dentro de órdenes políticos que no sostienen una pluralidad genuina.  El lenguaje democrático funciona en estos contextos como una fuente de legitimidad simbólica.  El vocabulario sugiere participación y consentimiento, incluso cuando las condiciones institucionales necesarias para sostener esos principios permanecen ausentes.  La ambigüedad en el lenguaje democrático puede convertirse también en una forma de acomodación.  Ciudadanos de todo el espectro ideológico pueden adoptar definiciones expansivas de los ideales democráticos porque ese lenguaje permite que sus propias convicciones aparezcan como universalmente justificadas mientras las interpretaciones contrapuestas permanecen sin resolver.  El patrón resulta reconocible:  elecciones sin competencia creíble;  legislaturas que se reúnen para ratificar decisiones ya tomadas;  tribunales que existen pero rara vez contradicen al poder ejecutivo;  periódicos que se publican mientras ciertos temas desaparecen de la esfera pública.  El vocabulario democrático puede así coexistir con prácticas políticas que limitan o dirigen el alcance del desacuerdo público.

La coexistencia del lenguaje democrático con prácticas políticas restringidas produce una tensión recurrente entre forma institucional y función política.  Los códigos legales pueden seguir afirmando la autoridad representativa y el orden constitucional mientras su aplicación se vuelve selectiva, diferida o pospuesta.  Las instituciones permanecen formalmente intactas, pero su capacidad para regular el poder disminuye gradualmente.  Los ciudadanos suelen experimentar este cambio como una transformación de expectativas:  los procedimientos siguen existiendo, pero los resultados se vuelven previsibles;  las reglas siguen vigentes, pero no para todos;  las audiencias se celebran, pero las decisiones parecen resueltas de antemano.  En tales circunstancias la arquitectura exterior de la democracia persiste mientras las condiciones necesarias para sostener la pluralidad se vuelven cada vez más limitadas.

La pluralidad, por lo tanto, hace algo más que describir la diversidad de las sociedades democráticas.  Explica por qué la autoridad en el gobierno democrático no puede permanecer concentrada en un único centro y debe distribuirse entre instituciones capaces de mediar reclamaciones contrapuestas.

A diferencia de formas políticas anteriores organizadas en torno a una única fuente de autoridad, el gobierno democrático distribuye la legitimidad entre instituciones capaces de mediar reclamaciones contrapuestas.

La tendencia recurrente a tratar la democracia como una ideología surge de la prominencia de su lenguaje y de sus ideales.  Sin embargo, la gobernanza democrática no puede reducirse ni a doctrina ni a procedimiento institucional.  Su rasgo definitorio reside en sostener un orden político en el cual la pluralidad permanezca visible y activa dentro de un mundo compartido.  Las instituciones democráticas perduran no porque eliminen el desacuerdo, sino porque preservan el espacio en el cual los individuos pueden seguir apareciendo unos ante otros como participantes de la vida pública.  La democracia sigue siendo por lo tanto menos una doctrina que deba afirmarse que una disciplina política sostenida mediante instituciones capaces de regular la pluralidad sin extinguirla.

En una era en la cual la supervivencia humana depende cada vez más de la cooperación entre sociedades, culturas y tradiciones políticas, la capacidad de mediar reclamaciones contrapuestas deja de ser únicamente una cuestión institucional doméstica.  Se convierte en una condición para la estabilidad de un mundo compartido.  Los sistemas políticos que suprimen la pluralidad pueden imponer un orden temporal, pero permanecen estructuralmente limitados en su capacidad de adaptarse a la escala y diversidad de los desafíos globales contemporáneos.  Los sistemas capaces de sostener la pluralidad poseen, por el contrario, una mayor capacidad para integrar la diferencia dentro de un marco duradero de cooperación.  En este sentido, la disciplina institucional de la gobernanza democrática corresponde no solo a una preferencia política, sino también a un requisito práctico para sostener un mundo compartido.

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Ricardo F. Morín, March 5, 2026, Oakland Park, Florida


« Restricciones institucionales »

May 13, 2026
Ricardo F. Morín
Restricciones
Acuarela, tinta sumi y líquido corrector sobre papel
35,5 x 51 cm
2005

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Este análisis aborda el funcionamiento de la restricción institucional una vez que se produce la recalibración electoral; un diagnóstico previo, « Asimetría temporal » examina lo que puede permitir que la acción ejecutiva se adelante a la respuesta institucional antes de ese momento.

1. Las elecciones legislativas de medio término de los Estados Unidos, programadas para el 3 de noviembre de 2026, determinarán el control de los 435 escaños de la Cámara de Representantes y de 35 escaños del Senado.  Estas elecciones funcionan como puntos de recalibración institucional destinados a verificar si la autoridad ejecutiva permanece sujeta a restricción legislativa, según lo descrito por Ballotpedia en su síntesis de las elecciones legislativas de 2026.

 

2. El análisis histórico indica que las elecciones de medio término reducen con frecuencia el respaldo legislativo del presidente en ejercicio, restableciendo la capacidad de supervisión mediante cambios en la conducción de los comités, la autoridad de citación y el control presupuestario, tal como se documenta en los análisis del Congressional Research Service sobre la rotación congresional en elecciones de medio término y la autoridad de supervisión—un patrón que también se observa en los resúmenes publicados por el Brookings Institution sobre tendencias históricas de elecciones de medio término.

 

3. Cuando la gobernanza ejecutiva se apoya en acciones unilaterales mediante órdenes ejecutivas, aplicación discrecional de la ley y nombramientos basados en lealtad, la supervisión legislativa actúa como contrapeso constitucional que condiciona la autoridad sin eliminarla.

 

4. El control legislativo permite investigaciones, exige la entrega de documentos y desacelera las iniciativas ejecutivas mediante revisión procedimental en lugar de impulso unilateral, reflejando el diseño constitucional más que la intención personal.

 

5. El juicio político funciona como un mecanismo de responsabilidad constitucional y no como un proceso penal.  La Cámara de Representantes ejerce autoridad exclusiva para iniciar procedimientos de destitución ante el abuso de poder o el deterioro sostenido de la gobernanza constitucional, conforme a la interpretación del Congressional Research Service.

 

6. El riesgo principal asociado a las elecciones de noviembre de 2026 se relaciona con la normalización de la acción ejecutiva en ausencia de supervisión legislativa efectiva, y no con la suspensión electoral ni la abolición formal del orden constitucional.

 

7. La reducción de la supervisión produce aplicación selectiva de la ley, protección institucional de la incumbencia y sustitución de la responsabilidad procedimental por lealtad política, modificando la orientación de la gobernanza mientras las estructuras formales permanecen.

 

8. La ausencia prolongada de restricción transforma la estructura partidista, desplazando el énfasis desde la formulación de políticas hacia la protección de la incumbencia, la disciplina interna y el alineamiento defensivo.

 

9. La credibilidad internacional de la gobernanza constitucional depende del funcionamiento visible de los controles y equilibrios, en particular de la supervisión legislativa de la autoridad ejecutiva, como lo analiza State Court Report.

 

10. Los sistemas constitucionales rara vez fallan de forma abrupta.  El debilitamiento institucional avanza mediante la tolerancia de la excepción y la reducción gradual de las expectativas.  Las elecciones legislativas de medio término de noviembre de 2026 determinan si se reanuda la corrección institucional o si persiste el aislamiento ejecutivo.

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Ricardo F. Morín, 12 de enero de 2026, Oakland Park, Fl.

 


« Condiciones de la autoridad »

May 11, 2026

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Ricardo F. Morín
Serie Triangulación Nº 35
13 ½” x 19”
Óleo sobre lino
2009

Habían estado allí el tiempo suficiente como para que nadie marcara un comienzo.

 Los senderos cruzaban la tierra sin límite.  Algunos se usaban con frecuencia, otros sólo cuando era necesario.  Nadie preguntaba quién los había recorrido por primera vez.  Bastaba con poder seguirlos.

 Una mañana, llegaron hombres con documentos.

 No avanzaban por los senderos.  Se detenían en ciertos puntos, desplegaban papeles y leían en voz alta.  Las palabras se repetían más de una vez, como si su repetición asegurara algo que aún no se había establecido.

 Se trazó una línea.

 No seguía los senderos.  Los cortaba.  Quienes habían caminado libremente se detenían antes de cruzarla.  Algunos pasaban.  Otros esperaban.  Nadie podía decir qué ocurriría.

 Los hombres con los documentos regresaron al día siguiente.

 Pidieron nombres.  Los anotaron.  Algunos eran aceptados sin objeción.  Otros eran repetidos de otra forma y luego registrados nuevamente.  Nadie explicaba por qué.

 Un hombre que había cruzado la línea el día anterior fue detenido.

 Le indicaron que regresara.  Señaló el sendero que siempre había usado.  El hombre con el documento miró el sendero, luego la línea, y no dijo nada.  Después de un momento, le hizo un gesto para que retrocediera.

 Al día siguiente, otro hombre cruzó por el mismo lugar y no fue detenido.

 Nadie preguntó qué había cambiado.

 La línea permanecía.

 Las personas ajustaban sus desplazamientos en torno an ella.  Algunos la evitaban.  Otros cruzaban sólo cuando eran observados.  Los senderos no desaparecieron, pero ya no se recorrían de la misma manera.

 Los hombres con los documentos seguían yendo y viniendo.

 Cada vez, leían las mismas palabras.

 Nadie preguntaba quién las había escrito.

 

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Ricardo F. Morín, 19 de abril de 2026, en una sala de espera.


« Libertad de expresión »

May 10, 2026

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Ricardo F. Morin
Serie del búfalo, n.º 2
48″ x 48″
Óleo sobre lienzo
1978

Durante una conversación, uno de los participantes afirma: « Ellos simplemente no comparten nuestros valores ».  De inmediato, otro lo defiende: « Eso es libertad de expresión ».  Sin embargo, nadie pregunta a quién se refiere « ellos », ni qué valores están en juego.  En ese momento, la conversación cambia de dirección y la respuesta pasa a ocupar el centro.

Entonces, un participante, situado a un lado, lo refuerza: « Puede decirlo ».  Al otro extremo de la mesa, otro replica: « No debería decirlo ».  Un tercero interviene y repite: « Es libertad de expresión ».  Pero nadie vuelve a enunciar la frase completa, ni pide al hablante que nombre los valores, ni que identifique a quién incluye « ellos ».  Así, las palabras que dieron origen al intercambio dejan de orientar lo que sigue.

A continuación, alguien intenta volver a la frase y pregunta: « ¿A quién te refieres con “ellos”? ».  El hablante no responde.  En cambio, otra voz irrumpe y repite: « Eso es libertad de expresión ».  La pregunta no se sostiene y el intercambio retoma el curso fijado por la respuesta.

Entonces, un participante restituye la frase: « Ellos simplemente no comparten nuestros valores ».  Otro responde: « Eso es libertad de expresión ».  Por un momento, la frase y la respuesta quedan juntas.  Nadie determina si la respuesta responde a lo dicho.  Nadie pregunta si la afirmación puede examinarse.  El momento pasa.  

Desde ese punto, cada intervención se dirige a la respuesta y no a la frase inicial.  Uno insiste en el derecho a decirlo, mientras otro rechaza esa defensa.  Sin embargo, nadie exige que el hablante defina « nuestros valores », ni que precise en qué consiste la supuesta falta de correspondencia.  La frase deja de regir el intercambio.  Aquellos a quienes se designa como « ellos » no son identificados; quedan separados sin ser nombrados.  La frase los excluye sin precisar quiénes son.

A partir de entonces, la expresión se repite.  Se emplea tanto para amparar al hablante como para oponerse a esa defensa.  Pero no remite a la frase.  Permite que cada participante adopte una posición sin esclarecer lo dicho.  La expresión pasa a funcionar como señal de alineamiento, no como una instancia de examen.

Al final, la frase queda sin resolverse: no se examina, no se sostiene, no se retira.  Se deja atrás.  El rechazo se mantiene.  La expresión permanece en uso y el intercambio continúa a partir de ella.

Ricardo F. Morín
Abril de 2026
En tránsito

« Inmigración »

May 9, 2026

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Ricardo F. Morín
Serie del búfalo, Nº 7
36″ x 78″
Óleo sobre lienzo
1979

En un foro público, un participante dice: « Este país fue construido por personas que llegaron de otros lugares y se establecieron aquí con el tiempo ».  Otro responde: « Las personas que entran sin autorización deben ser expulsadas ».  Ambas afirmaciones permanecen.  Nadie las vincula entre sí.   

Un participante a un lado dice: « Mis padres llegaron aquí y se hicieron ciudadanos ».  Desde el otro extremo, alguien responde: « La ley debe aplicarse ».  Un tercero afirma: « Tiene que haber orden ».  Nadie pregunta cómo fueron recibidas esas personas en su momento.  Las afirmaciones permanecen separadas.

Alguien vuelve al punto anterior: « ¿Cómo se determinaba la situación de las personas cuando ellos llegaron? ».  El interlocutor no responde.  Otra voz responde: « Las personas deben venir por la vía correcta ».  La pregunta no se sostiene.  El intercambio continúa a partir de la respuesta.   

A partir de ese momento, cada intervención se dirige a la aplicación de la ley.  Nadie pregunta bajo qué condiciones se aplica esa ley ni a quién alcanza.  Uno insiste en las fronteras.  Otro rechaza la política.  Nadie pregunta cómo se determina la situación de las personas.  Nadie pregunta cómo se clasifica a quienes están presentes.  Las afirmaciones iniciales permanecen.  No se relacionan entre sí.

Entonces, un participante repite la afirmación inicial: « Este país fue construido por personas que llegaron de otros lugares ».  Otro repite: « Las personas que entran sin autorización deben ser expulsadas ».  Por un momento, ambas afirmaciones quedan juntas.  Nadie determina si las mismas condiciones se aplican a ambas.  Nadie pregunta si una limita o incluye a la otra.  El momento pasa.  

Quienes llegaron bajo condiciones anteriores y quienes ahora están sujetos a controles pueden ser nombrados.  No se emplean los mismos términos para ambos.   

Las frases continúan apareciendo.  Sirven para defender posiciones y para oponerse a ellas.  No regresan a las afirmaciones iniciales.  Permiten que cada participante adopte una posición sin vincularlas.   

Al final, ambas afirmaciones permanecen:  una no se examina frente a la otra, ninguna se retira.  Se dejan en su lugar.  La separación se mantiene.  El intercambio continúa sin vincularlas.  

Ricardo F. Morín

Abril de 2026

En tránsito


« Eso fue lo que se votó »

May 8, 2026

 


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Ricardo F. Morín
Serie del búfalo, n.º 3
32″ x 36″
Óleo sobre lienzo
1978

En un cabildo abierto, un participante dice: « Esta política elimina el acceso a servicios públicos —como la cobertura de asistencia médica y de vivienda— para residentes legales que han dependido de ellos ».  Otro responde de inmediato: « Eso fue lo que se votó ».  Todos saben que el tema es la inmigración.  Nadie vuelve a lo que se está haciendo.  El intercambio se desplaza.  La respuesta pasa a ser el centro de la discusión. 

En otro intercambio, alguien dice: «Esta medida autoriza la detención de personas sin audiencia mientras se revisa su situación».  La respuesta llega de inmediato: « Eso fue lo que se votó ».  La frase no se retoma.  El intercambio sigue desde la respuesta. 

Un participante, a un lado, dice: «Se decidió mediante una votación».  Al otro lado, alguien responde:   « Eso no justifica lo que hace ».  Un tercero repite:   « Eso fue lo que se votó ».  Nadie restituye la frase inicial en su totalidad.  Nadie pregunta qué hace la política.  Las palabras que dieron origen a la discusión dejan de orientarla. 

Alguien intenta volver a la frase:  « ¿Qué parte de esto fue lo que se votó? ».  Quien habló no responde.  Otra voz interviene:   « Refleja la voluntad de los votantes ».  La pregunta no se sostiene.  El intercambio se reanuda desde la respuesta. 

Entonces, un participante restituye la frase inicial:   « Esta política elimina el acceso a servicios públicos para residentes legales ».  Otro responde:   « Eso fue lo que se votó ».  Por un momento, la frase y la respuesta quedan juntas.  Nadie determina si la votación responde a lo descrito.  Nadie pregunta si la respuesta da cuenta de la frase.  El momento pasa.  

A partir de ese momento, cada intervención responde solo a la misma respuesta.  Uno insiste en la votación.  Otro rechaza esa defensa.  Nadie pregunta quién pierde el acceso bajo la política.  Nadie pregunta cómo se lleva a cabo el cambio.  La frase deja de dirigir el intercambio.  Se pueden nombrar titulares de residencia permanente, beneficiarios de medidas diferidas, solicitantes de asilo y ciudadanos por nacimiento, pero no se reincorporan al intercambio. 

La frase se utiliza para defender la decisión y para rechazarla como justificación.  No regresa a la frase.  Permite que cada participante adopte una posición sin precisar lo dicho. 

Al final, la frase queda sin resolver: no se examina, no se sostiene, no se retira.  Se deja atrás.  El resultado mantiene lo que se está haciendo.  La frase sigue en uso, y el intercambio continúa desde ella.

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Ricardo F. Morín
Abril de 2026
En tránsito


« Desenmascarar la desilusión: Serie VIII »

May 6, 2026

“Alegoría Geométrica”, pintura digital 2023 de Ricardo Morín (artista visual estadounidense nacido en Venezuela–1954)

Ricardo F. Morín

13 de enero de 2026

Oakland Park, Florida

Esta serie continúa un examen diagnóstico de la experiencia política venezolana, centrado en las condiciones bajo las cuales la autoridad, la verdad y la responsabilidad institucional dejan de estar alineadas.  Permanece situada dentro de una indagación histórica más amplia, no como un relato cronológico, sino como atención a patrones que aparecen cuando el poder se preserva a expensas de la gobernanza.

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El Segundo Asunto

Sobre Verdades Parciales y Anarquía Represiva

1

La política entendida como una competencia entre verdades parciales resulta pertinente para comprender las dinámicas autoritarias.  Este planteamiento sugiere que la vida política es inherentemente pluralista, y que cada perspectiva capta un fragmento de una realidad más amplia y compleja.  En una democracia funcional, las verdades en competencia—que reflejan valores, necesidades y experiencias distintas—entran en un intercambio abierto y constructivo.  Bajo el autoritarismo, en cambio, los esfuerzos del régimen por monopolizar la verdad suprimen las voces diversas indispensables para un discurso político equilibrado.

2

En Venezuela, el gobierno ejerce un control estricto sobre la información, deslegitima la disidencia y con frecuencia califica las perspectivas opositoras como falsas o peligrosas para el Estado. [1]  Este monopolio de la verdad distorsiona el discurso público y evita que puntos de vista alternativos cuestionen los relatos del régimen.  En lugar de propiciar un espacio para la oposición, las comunidades marginadas y la sociedad civil, el campo político venezolano queda reducido a una única verdad alineada con los intereses del régimen y diseñada para consolidar su poder.

3

Cuando la política se concibe como una negociación continua entre valores en competencia, resulta evidente que el régimen venezolano interrumpe ese proceso al descalificar a la oposición como subversiva.  La idea de que el poder configura el conocimiento ilumina aún más esta dinámica:  en Venezuela, el control estatal de los medios y de la información pública subordina los relatos alternativos y crea un entorno en el que solo prevalece la versión del régimen.

4

Esta supresión de verdades pluralistas invalida el fundamento de la gobernanza democrática, que idealmente depende de la coexistencia y la competencia entre perspectivas diversas.  Al silenciar la disidencia, el régimen transforma la política en un monólogo de propaganda estatal, intensifica el control autoritario al despojar a la ciudadanía de su capacidad de acción, y socava, en última instancia, las bases democráticas necesarias para el funcionamiento de la sociedad.

5

La anarquía represiva revela una contradicción profunda en la estructura del poder, en la que el Estado actúa simultáneamente como fuerza opresiva y como agente de desorden.  En Venezuela, esta tensión entre represión y anarquía pone de relieve un conflicto filosófico más profundo entre las funciones de la autoridad y su disolución.  Mientras que las autocracias tradicionales se apoyan en la centralización del poder para imponer orden, la anarquía represiva señala el colapso de la capacidad del Estado para gobernar, incluso cuando endurece su control sobre la expresión política y la disidencia.

6

En el núcleo de la anarquía represiva se encuentra la paradoja del control sin gobernanza efectiva. [2]  La maquinaria estatal está orientada a suprimir libertades políticas, restringir la oposición y eliminar el pluralismo, y, sin embargo, abandona simultáneamente su responsabilidad de mantener el orden civil o proteger a la población frente al colapso económico, la criminalidad y la descomposición social.  Este ejercicio selectivo del poder expone una soberanía vacía:  un Estado que proyecta autoridad mediante la represión mientras descuida sus funciones esenciales, como garantizar la justicia, la seguridad y el Estado de derecho.  En la práctica, la autoridad del Estado adquiere una forma represiva, pero produce un resultado anárquico, creando una realidad caótica en la que el poder existe sin propósito.

7

Esta condición desafía las nociones clásicas de poder y gobernanza. [3]  En la teoría política, el Estado deriva su legitimidad del contrato social, entendido como una obligación recíproca entre gobernantes y gobernados.  Cuando un Estado prioriza la represión por encima de la administración, disuelve ese contrato y sustituye la confianza por el temor.  La anarquía represiva sugiere que cuando el poder se separa de sus responsabilidades fundacionales, se vuelve a la vez auto-perpetuante y auto-destructivo, reduciendo al Estado a un mecanismo coercitivo en lugar de una fuerza orientada al bien social.

8

Esta dualidad pone en cuestión el supuesto hobbesiano de que el autoritarismo garantiza naturalmente el orden. [4]  En Venezuela, la centralización del poder bajo Nicolás Maduro no ha producido estabilidad, sino un deterioro de las funciones gubernamentales y de la capacidad del Estado para gobernar.  El poder sin control no ha generado unidad ni seguridad, sino fragmentación y caos;  la represión, lejos de compensar las fallas del Estado, las intensifica, acelera la desintegración social y alimenta su propia inseguridad.

9

La anarquía represiva también reconfigura la relación entre miedo y libertad. [5]  En estos sistemas, el miedo no es solo una herramienta de control, sino una condición generalizada que regula la forma en que las personas se relacionan tanto con el Estado como entre sí.  El miedo restringe la participación política, aplasta los espacios de deliberación pública y debilita la posibilidad de una libertad efectiva.  De este modo, la anarquía represiva representa no solo un fracaso de la gobernanza, sino también un fracaso moral, en la medida en que tanto los individuos como la sociedad quedan cargados bajo el peso de una represión persistente.

10

En última instancia, la anarquía represiva enfrenta a la filosofía política con una contradicción que desafía soluciones convencionales. [6]  Expone los límites del poder coercitivo y la vulnerabilidad inherente de los regímenes autocráticos a su propia autodestrucción.  Más importante aún, subraya la necesidad de reconciliar autoridad con gobernanza efectiva—no como instrumentos de mera represión, sino como sistemas éticos que sostengan la dignidad y el bienestar de la población.  La experiencia venezolana demuestra que cuando el poder se separa tanto de la gobernanza como de la responsabilidad moral, no logra imponer orden y, en su lugar, produce un caos inducido institucionalmente que resiste sanciones internacionales o medidas punitivas.

~


 

Endnotes, Chapter XV

§2

§6

  • [2] Corrales, Javier and Penfold, Michael, Dragon in the Tropics: Hugo Chávez and the Political Economy of Revolution in Venezuela (Washington, DC: Brookings Institution Press, 2011); InSight Crime, Venezuela: A Country Run by Criminal Networks, Bogotá, 2023, https://insightcrime.org; United Nations Development Programme, Governance Indicators: Venezuela Country Profile, New York, 2023.

§7

  • [3] O’Donnell, Guillermo “Delegative Democracy,” Journal of Democracy 5, no. 1 (1994): 55–69. (Foundational framework for understanding regimes that retain electoral form while hollowing institutional responsibility.)

§8

  • [4] Hobbes, Thomas, Leviathan (1651; Kindle ed.), chap. 17, loc. 103; United Nations Development Programme, “Governance Indicators: Venezuela Country Profile,” New York, 2023.

§9

  • [5] Arendt, Hannah, The Origins of Totalitarianism (New York: Harcourt, Brace & Company, 1951).

§10

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El Tercer Asunto

~

El Clarín de la Democracia

1

En un mundo que enfrenta amenazas sistémicas —pandemias, guerra, inestabilidad ambiental— la distorsión del lenguaje democrático por regímenes autoritarios introduce un peligro secundario:  el desplazamiento de los estándares compartidos mediante los cuales se evalúa la realidad política.  Cuando los términos democráticos se preservan retóricamente pero se vacían institucionalmente, ya no aclaran los desafíos globales; los oscurecen. [1]  En tales condiciones, el problema no es únicamente la ausencia de democracia, sino el uso indebido de su vocabulario.

2

En este contexto, la democracia puede examinarse no como una aspiración, sino como un conjunto de condiciones operativas mediante las cuales la autoridad se limita y la legitimidad se mide.  Estas condiciones no funcionan simbólicamente; funcionan diagnósticamente.  Cuando están ausentes, sustituidas o aplicadas de manera selectiva, la forma democrática persiste mientras la sustancia democrática queda inoperante.

3

Entre estas condiciones se encuentran el Estado de derecho; elecciones libres y verificables; la protección de las libertades civiles y los derechos humanos; la separación de poderes; la independencia judicial; participación cívica sostenida; capacidad de respuesta gubernamental; protección de minorías; transparencia y rendición de cuentas; y la transferencia pacífica del poder.  No son ideales abstractos, sino condiciones necesarias. [1]  Estas condiciones pueden ser suspendidas, distorsionadas o reemplazadas por formas que las imitan sin funcionar.  La gobernanza persiste como apariencia y, al hacerlo, opera como subterfugio, mientras la democracia deja de operar.

4

En Venezuela, la disyunción entre el lenguaje democrático y la operación autoritaria se ha convertido en un rasgo definitorio de la vida política.  Durante el último cuarto de siglo, la autoridad se ha centralizado de manera progresiva dentro de un marco de partido único, reforzado por participación militar y captura institucional. [2]  Aunque se han conservado formas electorales y constitucionales, sus funciones de limitación han sido neutralizadas, contribuyendo a una pérdida sostenida de capacidad institucional en los planos político, social y económico.

5

El poder judicial ilustra esta sustitución con particular claridad.  En lugar de operar como árbitro independiente, ha funcionado cada vez más como una extensión administrativa del poder ejecutivo; ha legitimado detenciones arbitrarias, restringido la participación política y normalizado la represión mediante mecanismos legales.  Así, los mecanismos del poder judicial se utilizan para autorizar la represión en lugar de restringir el poder. [3]

6

Cuando los tribunales se alinean con la autoridad ejecutiva en lugar de limitarla, la participación cívica y la representación política dejan de funcionar.  Las elecciones, las reclamaciones legales y la impugnación pública pueden continuar en forma, pero ya no permiten a la ciudadanía influir en el poder ni obtener reparación.


 

Endnotes, Chapter XVI

§1-§3

  • [1] Rosanvallon, Pierre,  Counter-Democracy: Politics in an Age of Distrust (Cambridge: Cambridge University Press, 2008); Urbinati, Nadia, Democracy Disfigured: Opinion, Truth, and the People (Cambridge: Harvard University Press, 2014).

§4

  • [2] International Crisis Group, “Venezuela: The Rise of a Militarized State,” Brussels, 2022; Organization of American States, “Report on the Situation in Venezuela,” Washington, 2023.

§5

  • [3] Foro Penal, “Political Prisoners in Venezuela: Annual Report 2025,” Caracas, 2025; United Nations Working Group on Arbitrary Detention, “Opinion No. 44/2023 (Venezuela),” Geneva, 2023; Inter-American Commission on Human Rights, “Democratic Institutions, Rule of Law, and Human Rights in Venezuela,” Washington, DC, 2024.

« El clínico »

April 29, 2026

Ricardo F. Morín
Orfeo
4,47″ x 10,38″
2003

Escena uno:  el lunes por la mañana

¿Sería seguro ducharse entre las 7 y las 8 de la mañana?

Tomará su medicación matutina justo antes de la ducha.  

Afuera hay 43 grados Fahrenheit, que subirán a 64 cuando llegue a Penn Medicine en University City.

Considera pedir un Uber para las 11:45; su esposo dirá que es demasiado temprano.

Son las 7:05.  Oye a su esposo haciendo las camas en la habitación contigua.  Va a ducharse.

Su esposo le pregunta si estaría en condiciones de dar un paseo mañana, el día antes de partir.

Responde que decidirá según cómo se sienta.

Cada decisión ha requerido evaluación.

Dos evacuaciones.  Un patrón conocido, una sensación de evacuación incompleta.  Podría necesitar un antidiarreico.

No es diarrea.  Es un tránsito intestinal acelerado.

No supera los 2 mg a menos que se vuelva continuo.

Propulsión.  Acidez.  Hernia hiatal.  Microaspiraciones.  No ocurren por separado, sobre todo mientras se recupera de una infección respiratoria.

Son las 8:40.  Faltan tres horas para que llegue el Uber.

¿Ayudaría una compresa tibia?

Su esposo lo oye toser y le pregunta si quiere té.

La mascarilla N95 se utilizó recientemente en urgencias.  Las nuevas están en el equipaje de mano.  ¿Es necesario buscarlas?

Su esposo ayuda.  Llevará una mascarilla para el vuelo a Londres.  Resulta tranquilizador, incluso en clase ejecutiva.

¿Debería llevar un limpiador nasal en el crucero por las islas británicas?

Se cambia de zapatos.  El frío en los pies persiste.  Sin mejora apreciable.

Queda una hora y media antes de salir; mejor no ponerse zapatos.  Zapatillas de lana en su lugar.  El frío en los pies persiste.  Decidirá en el momento de salir:  los zuecos.

La temperatura interior es de 66 grados con el humidificador encendido.

Está abrigado, pero el aire se siente frío.

No sube la calefacción.

Apaga el humidificador, apoya los pies sobre un cojín y los cubre con una manta.

Escena dos:  lunes por la tarde

Cuando habló con la médica, ella le preguntó, en un tono cordial, con qué frecuencia visitaba a su familia en Venezuela.  Dijo que no asumía que ella desconociera Venezuela.  Durante más de tres décadas, no había sido seguro para él regresar.*

Ella afirmó que su resistencia era una muestra de hasta qué punto habían avanzado los tratamientos contra el VIH.  No respondió de inmediato.  Cuando lo hizo, no estaba del todo seguro de si la medicación o una disposición genética habían evitado infecciones oportunistas, aunque había desarrollado SIDA en fase avanzada.

Ella quería saber quién era él.  Al mismo tiempo, percibió en ella un grado de vulnerabilidad:  una viróloga joven y entusiasta, madre de un bebé de siete meses.

Le preguntó el nombre del niño.  Ella lo dijo.  Comentó que al niño le costaba caminar y que la intensidad de todo le resultaba abrumadora.

Cuando mencionó a su médica de enfermedades infecciosas antes de mudarse de Nueva York a Florida, señaló que tanto ella como su esposo eran VIH positivos.  Lo había atendido durante veinticinco años.  Su atención no era únicamente clínica.  También estaba marcada por una experiencia vivida, aunque nunca hizo de ella el centro de su cuidado.  Él tomó esa experiencia como una referencia a la que aspiraba.

La médica abrió los ojos.  Dijo que sabía que era su primer hijo y que aún quedaba mucho por delante; en ese momento resultaba abrumador.  Él dijo que con el tiempo recordaría esta etapa con afecto.  Ella completó su frase.

De lo que hablaba ya no era diagnóstico, ni análisis, ni lógica.  Era otra cosa.

Antes de despedirse, ella dijo que esperaba aprender de él.  Él respondió:  aprender el uno del otro.

La médica dirigió la consulta desde el momento en que expuso sus objetivos.  Dijo que quería mostrarse y esperaba que él hiciera lo mismo.  Era inusual.  Estaba centrada, contenida.  No había experimentado antes un grado de entendimiento así.  ¿Había sido su carta de presentación?  ¿La manera en que había organizado su historial clínico y su equipo de atención?

Después, su esposo le pregunta si es la persona adecuada.  Responde con vacilación.  Su entusiasmo se repetía.  El tiempo dirá.

Se pregunta si su esposo se ve reflejado en sus respuestas, y también por su propia percepción, si hay una intención detrás.

Poco después de regresar a casa, su esposo se acerca.  Quiere abrazarlo y besarlo, satisfecho con cómo salió todo.  Dice:  «lo logramos; ahora podemos viajar con todo en orden».  Vuelve segundos después para decirle que fue gracias a él, a su generosidad.

Escena tres:  lunes por la noche

Después de salir de la consulta con el especialista en enfermedades infecciosas en Penn Medicine, y antes de volver a casa pasada las 4 de la tarde, tuvo hambre.  Se detuvieron en la cafetería del hospital, donde tomó una sopa de pollo con fideos cargada de condimentos, más de lo que normalmente habría permitido.

La sopa estaba más salada de lo que prefería.

Al tomar la primera cucharada, la garganta y el esfínter esofágico se contrajeron, y se detuvo.

Recordó que debía tomar sorbos pequeños, espaciados por unos minutos.  Tras varios sorbos, alcanzó un nivel de confort que le permitió terminar la sopa.

Salieron al exterior y, junto a la entrada principal, pidió un Uber para volver a casa.  Llegó justo a tiempo para pensar en la siguiente comida después de la sopa.

Logró hacer dos comidas consecutivas sin acidez.

Había sido pesado en 126 libras.  Perdió entre seis y ocho libras desde que contrajo una infección viral.

A las 9:34 de la noche, veía una película sobre cuerpos que viven con discapacidades severas.

Sintió como si las costillas le presionaran el hígado.

Había estado lidiando con un hígado graso inducido por la medicación y con enzimas elevadas.

Comprendió que una insuficiencia hepática es posible, aunque había vivido durante años con VIH sin haber desarrollado una infección oportunista grave, incluso cuando sufrió el síndrome de desgaste hace treinta años y tenía apenas treinta y cuatro células T.

No puede explicar su buena fortuna, pero sabe que la tiene.

Ricardo F. Morín

29 de abril de 2026

Bala Cynwyd, Pensilvania

Retrato en video ambientado con una composición de tango de Piazzolla. Dibujo de técnica mixta realizado en Maya. Estudio figurativo en rojo y negro con campos rotatorios; cabello y llama se introducen de forma secuencial, inspirándose en un motivo clásico de descenso.

« Oraciones a un tirano »

April 25, 2026

Puede bastar que no apartemos la mirada de lo que tenemos delante, aun cuando exceda lo que creemos poder soportar.  Lo que está por venir no disminuye por nuestra vacilación.  Si queda alguna medida en nosotros, consiste en ver lo que hay sin retirarnos de ello.  Que no pase inadvertido.  Al no enfrentar lo que tememos, algo en nosotros ya ha cedido, aunque continuemos como si no fuera así.  Aun así, algo debe sostenerse, incluso donde no podemos nombrarlo.

Que no se diga que no vimos en lo que nos convertimos.  Ninguna tiranía se sostiene aparte de quienes permiten que se sostenga.  Lo que prevalece no lo hace solo por la fuerza, sino por lo que permanece sin examinar en cada uno de nosotros.  Si hay algo que deba deshacerse, no comienza en otra parte.  Comienza en la negativa a ver lo que somos cuando apartamos la mirada.  Si hay misericordia, no está en el juicio, sino en la posibilidad de que aún se pueda enfrentar lo hecho sin apartarse de ello.

No estamos fuera de esto.  Lo que condenamos no está separado de nosotros.  Si fallamos, no es solo por la acción, sino por lo que dejamos sin examinar.  La indiferencia no permanece contenida.  Se extiende, en silencio, hasta que nada la resiste.  En esa condición, lo que llegamos a ser no es impuesto.  Es permitido.  Y en ese permiso, algo esencial cede.

Antes de que sea demasiado tarde, solo queda esto:  ver lo que hay, dentro y fuera, sin división.  No por partes, no en secuencia, sino de una vez.  Verlo sin convertirlo en otra cosa.  En ese ver, no hay método, ni progreso, ni garantía.  Solo el hecho.  Y donde ese hecho se ve sin distorsión, algo actúa, no como decisión, sino como el fin de aquello que no puede continuar una vez que se ve por completo.

Ricardo F. Morín, refundido de 2014, 25 de abril de 2026, Bala Cynwyd, Pensilvania.


« Desenmascarar la desilusión: Serie VII »

April 22, 2026

“Alegoría geométrica”, pintura digital de 2023 de Ricardo Morin (artista visual estadounidense nacido en Venezuela, 1954).

*

Nota del autor

Esta entrega examina cómo las etiquetas ideológicas, liberal, socialista, democrática, se despliegan como instrumentos de alineación más que como compromisos exigibles.  Venezuela no se aborda como excepción, sino como un caso en el que la práctica administrativa, el posicionamiento internacional y la abstracción partidista convergen para oscurecer la responsabilidad.  Lo que sigue muestra cómo el poder se ejerce por método más que por doctrina, cómo el lenguaje ideológico desplaza la rendición de cuentas y cómo la claridad, más que el consenso, surge como la primera condición de la recuperación.

Ricardo F. Morín, 12 de enero de 2026, Oakland Park, Florida.

Capítulo XIII

LA REPÚBLICA EMPEÑADA

1

La crisis económica venezolana se desarrolló dentro de un entorno político en el que el control sobre la moneda extranjera, el gasto público y los ingresos del Estado se concentró progresivamente en sistemas de asignación controlados por el Estado y mecanismos fiscales fuera de presupuesto. Después de establecerse los controles cambiarios en 2003, el acceso a divisas se asignó de forma centralizada mediante mecanismos como CADIVI, y para 2013 incluso autoridades gubernamentales reconocían públicamente fraudes en la asignación de divisas preferenciales, incluyendo su otorgamiento a empresas de fachada. A nivel fiscal, fondos paralelos como FONDEN manejaron grandes sumas fuera de un escrutinio parlamentario efectivo, mientras la información pública sobre el gasto estatal y los fondos parafiscales dejó de publicarse de forma sistemática. Bajo estas condiciones, la desviación de recursos públicos no apareció como un hecho aislado, sino como una práctica recurrente de gobierno en la que los procedimientos formales de aprobación presupuestaria y rendición de cuentas se mantenían de manera nominal mientras disminuían la verificación independiente y la transparencia pública. Lo que emergió no fue el fracaso de una doctrina declarada, sino la consolidación de un método administrativo en el que el acceso a los recursos públicos dependía menos de procedimientos transparentes que de la concentración del control discrecional.

Los debates que oponen socialismo y capitalismo identifican erróneamente el campo operativo. Estos términos describen creencias sobre la propiedad y la finalidad social, no describen cómo se administran las economías. La estabilidad económica no depende del propósito declarado, sino de límites exigibles sobre la tributación, el gasto y la ejecución contractual. Depende de que la tributación siga reglas, de que los contratos se cumplan sin excepción, de que los presupuestos queden sujetos a procedimiento y de que la autoridad se ejerza dentro de límites respaldados por la ley presupuestaria, la ejecución contractual y la supervisión institucional. Donde estas condiciones faltan, la designación ideológica no fracasa, se vuelve irrelevante.

A medida que la contratación estatal en sectores como el petróleo, la infraestructura y las importaciones de alimentos quedó sometida a discreción política, las funciones de auditoría se debilitaron y los órganos de supervisión perdieron independencia operativa. Los ingresos y contratos controlados por el Estado se utilizaron cada vez más para redirigir recursos mediante asignación discrecional. La autoridad pública dejó de funcionar como estructura mediadora y pasó a convertirse en objeto de apropiación. El resultado no fue una corrupción episódica, sino una configuración estable en la que la desviación operó como resultado esperado del gobierno.

El mecanismo no explicó la acción, desplazó su examen. El lenguaje ideológico no aclaró las operaciones, las volvió inaccesibles. El discurso oficial que invocaba la lucha de clases y el antiimperialismo desvió la atención pública lejos de la asignación de divisas, el gasto público y las prácticas de contratación, y la condujo hacia un conflicto político simbólico. Estos llamados sustituyeron el examen de los procedimientos por relatos de oposición sin capacidad alguna de control.

Esta sustitución se extendió más allá del ámbito nacional. Gobiernos identificados con tradiciones liberales o democráticas respaldaron sanciones presentadas como instrumentos de presión. En la práctica, estas medidas intensificaron las penurias económicas sin alterar la configuración interna del poder.[1] Al mismo tiempo, Estados que mantenían alineación política y económica con el gobierno venezolano, entre ellos China, Rusia y Cuba, toleraron el debilitamiento de la supervisión electoral, la independencia judicial y la autoridad legislativa, y presentaron la inacción como fidelidad al principio.[2] A través de estas posiciones, la designación ideológica no guió la acción. Encubrió una convergencia, medidas que debilitaron a la sociedad sin alterar la autoridad, y posturas que preservaron la autoridad sin atender a la manera en que era ejercida.

2

Lo que se presenta como una división entre sistemas opuestos se resuelve, en la práctica, en una convergencia de procedimientos. La presión externa que debilita a una población sin alterar la autoridad, y la tolerancia externa que preserva la autoridad sin atender al desmantelamiento institucional, producen una misma condición, el aislamiento de la sociedad respecto de medios judiciales, electorales y legislativos para impugnar la autoridad.

3

Dentro de esa condición, la población no queda situada entre modelos de gobierno en competencia. Queda convertida en instrumento de posiciones que no operan sobre los mecanismos que sostienen o limitan el poder. El lenguaje de la alineación, sea en forma de solidaridad, neutralidad o cautela, no altera esta configuración cuando permanece desligado de los procedimientos a través de los cuales la autoridad se ejerce.[3]

Donde la rendición de cuentas no se hace valer, otras formas de organización ocupan su lugar. Redes criminales y economías informales que operan sin cumplimiento judicial ni regulatorio se expanden dentro del espacio dejado sin regulación. Su crecimiento no requiere justificación ideológica, resulta de la ausencia de límites exigibles.[4] Lo que se describe como crisis no comienza con el colapso. Comienza cuando la restricción se retira del ejercicio del poder y permanece retirada sin consecuencia.


Notas del Capítulo XIII

[1] Francisco Rodríguez y Jeffrey Sachs, “Economic Sanctions as Collective Punishment:  The Case of Venezuela,” The Lancet 393, no.  10178 (2019):  2584–2591; Center for Economic and Policy Research, “Sanctions in Venezuela:  Economic and Humanitarian Impacts,” 2019.

[2] R.  Evan Ellis, “The Maduro Regime’s Foreign Backers:  China, Russia, Iran, and Cuba,” Center for Strategic and International Studies (CSIS), 6 de noviembre de 2020; United Nations Human Rights Council, “Report on the Situation of Human Rights in the Bolivarian Republic of Venezuela,” 2022.

[3] Javier Corrales, “Democratic Backsliding Through Electoral Irregularities:  The Case of Venezuela,” Perspectives on Politics 18, no.  2 (2020):  311–327.

[4] Insight Crime, “Venezuela’s Criminal Landscape:  A Country of Collusion,” 2021; Transparency International, “Venezuela:  Corruption Perceptions Index,” 2022.


LA PRIMERA CUESTIÓN

RESISTIR EL CONTROL PARTIDISTA:   LA POSTURA DE LA SOCIEDAD CIVIL EN VENEZUELA

1

La vida democrática no se asegura por un principio único, sino por la interacción de formas distintas:  pluralismo, partidismo, no partidismo y antipartidismo.  Estas formas no se resuelven en una unidad.  Definen cómo la autoridad se organiza, se disputa y se limita dentro de instituciones como partidos, tribunales y legislaturas.

 

El pluralismo establece la condición bajo la cual la diferencia puede aparecer sin ser suprimida.  Su función consiste en asegurar que múltiples posiciones puedan entrar en el espacio público sin requerir alineación previa.  Cuando las instituciones no protegen la participación mediante acceso electoral y garantías jurídicas, la participación se contrae y la representación se estrecha.

 

El partidismo organiza la competencia mediante alineaciones estructuradas.  Su función depende de un límite, que la lealtad a un partido no sustituya la adhesión a las reglas que gobiernan la contienda misma.  Cuando ese límite se disuelve, la competencia persiste en la forma mientras desaparecen sus restricciones.

 

El no partidismo suspende la alineación para preservar el procedimiento.  Su función no es una neutralidad abstracta, sino el mantenimiento de condiciones en las que las decisiones sigan siendo responsables ante la regla y no ante la afiliación.

 

El antipartidismo surge cuando estos arreglos fracasan.  Rechaza a los partidos como vehículos de representación, pero al hacerlo elimina las estructuras mediante las cuales se ejerce la rendición de cuentas.  Cuando este rechazo se vuelve programático, no elimina el poder.  Elimina las estructuras que lo limitan y deja al poder concentrarse sin oposición.

2

En Venezuela, el antipartidismo se convirtió en una estrategia de gobierno mediante la deslegitimación de los partidos establecidos y la centralización de la autoridad en el ejecutivo.  El desencanto público con los partidos establecidos permitió el ascenso de una alternativa política singular que no operó fuera de las instituciones, sino que las reorganizó.  Los límites institucionales fueron presentados como impedimentos y su eliminación como restauración.  Lo que se eliminó, sin embargo, no fue el obstáculo, sino la restricción.[1]

 

Bajo Chávez, este método se extendió mediante la redirección de los recursos del Estado.  Los ingresos petroleros se desplegaron para asegurar alineación política en distintos sectores.  El acceso a recursos distribuidos por el Estado dependió cada vez más de la alineación política, particularmente a través de programas gubernamentales y del empleo público, lo que estableció dependencia en lugar de confianza institucional.  Bajo Maduro, esta estructura persistió bajo contracción, a medida que los recursos disminuyeron, el requisito de alineación se intensificó mientras se preservaba la misma lógica operativa. 

3

Las prácticas clientelares no fueron introducidas, sino ampliadas y centralizadas.  Lo que antes se hallaba disperso se volvió sistémico.  Programas como las Misiones Bolivarianas, financiados con ingresos petroleros y administrados por estructuras alineadas con el Estado, ilustran esta transformación.  Su función declarada era la provisión social, su operación vinculó el acceso con la identificación política.  En programas como Barrio Adentro, la prestación de servicios de salud fue administrada a través de estructuras coordinadas con el aparato gobernante.[2] Los beneficios no siguieron únicamente la necesidad, sino también la alineación.

 

Las políticas de expropiación y control cambiario restringieron aún más la actividad económica independiente.  Al reasignar activos por decisión administrativa, estas medidas redujeron el espacio dentro del cual podían surgir formas alternativas de organización.  La contracción económica siguió como consecuencia de una actividad restringida por control administrativo.

4

El debilitamiento de las estructuras institucionales desplazó la actividad organizada, pero no la eliminó.  Las organizaciones de la sociedad civil asumieron funciones de defensa jurídica, documentación de derechos humanos y provisión de servicios allí donde las instituciones del Estado dejaron de operar con continuidad institucional.

 

Organizaciones como Provea, Foro Penal y Transparencia Venezuela documentan violaciones, ofrecen defensa jurídica y mantienen registros de la conducta administrativa.  Las organizaciones de observación electoral documentan condiciones de votación e irregularidades pese a restricciones jurídicas y operativas.  Las estructuras comunitarias, como las Mesas Técnicas de Agua, coordinan el acceso a servicios básicos como el suministro de agua en ausencia de una provisión estatal confiable.  Estas actividades mantienen un vínculo verificable entre los actos documentados y sus consecuencias, entre las afirmaciones públicas y los registros, y entre la autoridad y sus límites legales.  Allí donde las instituciones ya no aseguran estas relaciones, ellas se sostienen mediante la práctica.

5

Estas formaciones no constituyen un sistema alternativo de gobierno.  Operan dentro de límites que les son impuestos y su continuidad sigue siendo contingente.  Las medidas legislativas que incrementan la supervisión de las organizaciones no gubernamentales han reducido todavía más su espacio operativo.

 

Lo que persiste no es un programa, sino un conjunto de prácticas que mantiene un vínculo verificable entre acción y consecuencia, autoridad y límite y decisión y verificación.  Donde estas relaciones se sostienen, aunque sea de forma restringida, permanece la posibilidad de reconstrucción.

 

La recuperación democrática no comienza con alineación ni con diseño.  Comienza con el restablecimiento de límites exigibles sobre el poder y con la restauración de procedimientos mediante los cuales los actos puedan ser examinados y limitados.  Donde estas condiciones faltan, las declaraciones de principio no fracasan, no operan.

Notas del Capítulo XIV

[1] Javier Corrales y Michael Penfold, Dragon in the Tropics:  Hugo Chávez and the Political Economy of Revolution in Venezuela (Washington:  Brookings Institution Press, 2011), 19–24, 30–34.

[2] “Barrio Adentro:  Complementariedad entre Cuba y Venezuela,” video de YouTube, https://youtu.be/y8GXPozsSWQ.