« Carta de un Presidente »

May 19, 2026

Durante décadas escribí a distintos presidentes de los Estados Unidos como ciudadano americano-venezolano preocupado por el progresivo deterioro institucional de Venezuela.  La mayoría de aquellas cartas nunca recibió respuesta.  En 2014, en medio de las protestas, detenciones y fracturas políticas que comenzaban a transformar irreversiblemente al país, llegó una respuesta de la Casa Blanca firmada por Barack Obama.

Leída hoy, la carta resulta menos significativa por lo que afirma explícitamente que por la naturaleza misma de su lenguaje.  El texto reconoce el deterioro de las instituciones democráticas venezolanas, menciona la detención de líderes opositores y reclama diálogo, mediación y contención de la violencia.  Sin embargo, como ocurre frecuentemente en el lenguaje diplomático, la precisión disminuye a medida que aumenta la proximidad a las consecuencias que tales afirmaciones podrían exigir.  Vista retrospectivamente, aquella cautela también revelaba la dificultad de una administración norteamericana para reconocer abiertamente hasta qué punto Venezuela había dejado de ser únicamente una crisis interna y comenzaba a formar parte de una disputa más amplia por la influencia hemisférica.

La carta parecía reflejar una contradicción más amplia de la política exterior norteamericana:  la dificultad de sostener un lenguaje democrático mientras crecían dependencias económicas, compromisos energéticos y rivalidades geopolíticas que limitaban la disposición de Estados Unidos a confrontar directamente la expansión de influencias extranjeras sobre América Latina.  Lo que durante años permaneció formulado bajo el lenguaje de la mediación, el diálogo y la estabilidad regional terminaría revelando una tensión más profunda entre los principios declarados de la política exterior estadounidense y la progresiva reconfiguración estratégica del hemisferio.

 

Traducción de la carta de Barack Obama:

Estimado Sr. Morin:

Gracias por escribir.  Mi administración continúa profundamente preocupada por los eventos en curso en Venezuela, y agradezco saber de usted.

Las instituciones democráticas de Venezuela están fallando en proteger a las personas con puntos de vista alternativos al permitir la detención de líderes de la oposición y la expulsión de un funcionario opositor de un cargo electo.  El enfoque del gobierno venezolano debe ser involucrar al pueblo venezolano en un diálogo real y abordar sus quejas legítimas.  He pedido la liberación de los manifestantes detenidos, un paso necesario hacia la paz y el progreso.

Si bien seguimos explorando todas las opciones para enfrentar la situación en Venezuela, nuestro enfoque inmediato es apoyar cualquier esfuerzo de mediación que genere un diálogo honesto entre el gobierno venezolano y la oposición.  Todas las partes tienen la obligación de trabajar juntas para contener la violencia y restaurar la calma.  Con nuestros socios internacionales, Estados Unidos continúa analizando qué más podemos hacer para respaldar ese esfuerzo.

Estados Unidos tiene fuertes lazos históricos y culturales con el pueblo venezolano, y seguimos comprometidos con nuestra relación con ellos.  Sus libertades fundamentales y sus derechos humanos universales deben ser protegidos y respetados.

Nuevamente, gracias por compartir sus pensamientos.

 

Sinceramente,

(Firma ilegible de)

Barack Obama

 

Esta misiva de la Casa Blanca fue enviada el 7 de mayo de 2014 a través de mi dirección de correo electrónico personal.

 

Mi respuesta en la misma fecha:

Honorable Presidente Barack Obama:

Gracias por su amable y generosa respuesta.

Lo que permanece implícito en su respuesta es que Estados Unidos mantiene compromisos económicos y estratégicos que limitan cualquier confrontación directa con el gobierno venezolano.  Una intervención destinada a remover un poder considerado ilegítimo podría alterar acuerdos, contratos y equilibrios internacionales cuya estabilidad forma parte de una economía norteamericana ya sometida a tensiones considerables.

Una dependencia estructural del petróleo parecía encontrarse en el centro de ese dilema y de sus consecuencias no deseadas.  Sin embargo, un país sumido en un proceso creciente de descomposición institucional y económica podía eventualmente dejar de satisfacer tanto las demandas internacionales como las necesidades de su propia población.

En última instancia, la estabilidad regional y la propia seguridad estratégica de los Estados Unidos podían depender no sólo de llamados al diálogo, sino también de una comprensión más clara de las fuerzas externas y dependencias políticas que estaban contribuyendo al deterioro progresivo de Venezuela.

 

Sinceramente de Ud.,

Ricardo F. Morín


« Una conversación consigo mismo »

May 19, 2026

Ricardo F. Morín

Mayo 17 de 2026

Bala Cynwyd, Pensilvania

Considera si la biografía y el ensayo de trayectoria pueden coexistir secuencialmente dentro de un mismo corpus.

Pueden.  La secuencia ya contiene su propia dirección.  Primero el ensayo de trayectoria:  más cercano al tiempo presente de la percepción, avanzando por suspensión, reteniendo deliberadamente la biografía.  El lector encuentra primero la inteligencia antes de las circunstancias que la rodean.  La biografía después.  Entonces se vuelve visible lo que había permanecido retenido:  las ciudades, las enfermedades, las habitaciones, los años de interrupción y desplazamiento.

Leídos en ese orden, ambos textos producen algo que ninguno alcanza plenamente por sí solo.  Uno revela cómo ve una persona.  El otro revela aquello por lo que esa persona atravesó mientras veía.  La distancia entre ambos no fractura el corpus.  Le da proporción.

Considera si tres registros pueden coexistir dentro de una misma obra.

Un corpus restringido a un solo registro quizá ya haya aceptado sus propios límites.  La práctica simultánea de múltiples registros sugiere otra cosa:  no una inestabilidad del método, sino una continuidad de atención desplazándose a través de distintos materiales.  El registro cambia según lo que el material permite o resiste.  La atención subyacente permanece reconocible.

A través de todos ellos, algo es llevado repetidamente hacia el borde de una conclusión sin terminar de entrar en ella.  No porque se tema la conclusión, sino porque ciertos reconocimientos pierden precisión cuando son sellados demasiado pronto.  La distribución cambia de un texto a otro.  La presión de examen no.

La dificultad es menos interna que externa.  Los lectores y las instituciones prefieren escritores que puedan ser situados de inmediato.  Una categoría estable simplifica la recepción.  El corpus resiste ese impulso sin oponerse directamente a él.  Algunos lectores pueden encontrar generativa esa variación.  Otros pueden experimentar incertidumbre ante ella.  Esa incertidumbre quizá no sea un defecto de recepción.  Puede ser un reflejo preciso de lo que la obra está haciendo.

Considera la publicación fuera de WordPress.

No tiene intención de buscar publicación a través de estructuras comerciales.  WordPress ha sostenido la obra durante dieciocho años.  Esa continuidad ha sido suficiente.  La responsabilidad, si es que existe alguna, consistiría únicamente en mantener un corpus digital paralelo capaz de sobrevivir a una eventual desaparición técnica de la plataforma.  Quizá una biblioteca universitaria en algún momento posterior.  Quizá no.

Ninguna casa editorial.  Ningún agente.  Muy pocos editores en quienes confiaría lo suficiente como para permitirles entrar en el movimiento interior de la prosa.

Considera cuánto tiempo podría durar WordPress.

WordPress.com es operado por una empresa privada.  Dieciocho años de continuidad resultan tranquilizadores, pero no decisivos.  Muchas estructuras que alguna vez parecieron permanentes desaparecieron sin ceremonia.  Las bibliotecas persisten de otra manera porque la preservación forma parte de su obligación institucional y no de su supervivencia de mercado.

Sin embargo, el archivo no parece urgente.  Todavía podría haber otros quince años de obra aún no escrita.  El corpus para entonces sería más amplio, más completo, más internamente conectado de lo que es ahora.  La administración prematura de una práctica viva puede interferir silenciosamente con la práctica misma.

Lo que importa en el presente es más simple que la preservación.  La obra continúa.  El corpus se desarrolla.  La próxima frase permanece sin escribir.

Considera si debería simplemente dejar que las cosas caigan donde tengan que caer.

La obra existe.  Se acumula gradualmente.  Lo que sobrevive y lo que desaparece nunca ha pertenecido enteramente al autor.  La mayor parte de lo que los seres humanos crearon desapareció hace mucho tiempo:  pinturas, manuscritos, ciudades, nombres.  Lo que permanece está determinado en parte por la calidad, en parte por el accidente y en parte por si otra persona se preocupó lo suficiente como para llevar algo más allá de su propio momento.

Puede haber una forma de integridad en reconocer ese límite sin amargura.  Una prosa que rehúsa el cierre prematuro, un corpus resistente a la categoría, un escritor desinteresado en agentes, editoriales o posicionamientos literarios:  todos esos movimientos surgen de reconocimientos relacionados entre sí.  La misma atención que vacila antes de sellar una conclusión en una frase quizá vacile también antes de sellar una conclusión sobre la permanencia misma.

Considera si vale la pena anticipar la condición futura del corpus.

Probablemente no.

La obra comprendió esto mucho antes de que la prosa lo articulara directamente.  La comprensión no llegó como filosofía.  Surgió gradualmente a través de la repetición:  pinturas retrasadas, enfermedades prolongadas, habitaciones abandonadas, planes interrumpidos, lienzos apoyados contra paredes durante semanas mientras nada visible avanzaba y, sin embargo, algo continuaba silenciosamente debajo de la percepción misma.

Los pergaminos colgantes ya contenían ese movimiento.  También Paradise.  También los largos períodos de quietud en Valencia.  El reconocimiento de que la anticipación se convierte fácilmente en una forma de ruido interior no surgió de una teoría.  Surgió de observar cuán rápidamente la proyección interfiere con la atención.

Aplicar un estándar diferente al corpus mismo, preocupándose por su supervivencia, su categorización o su ubicación institucional, introduciría una inconsistencia que la obra ha pasado décadas intentando reducir.

El momento presente contiene el próximo ensayo.  Eso ya es suficientemente difícil.  Todo lo demás corre el riesgo de convertirse en administración de aquello que todavía no existe.

Considera si debería compartir formalmente el corpus con alguna institución.

Quizá no del todo.

Esa posibilidad ya no produce ansiedad.  Surge naturalmente de las otras negativas ya presentes a lo largo de la obra:  negativa a la categoría fija, negativa al posicionamiento literario, negativa al cierre prematuro, negativa a tratar la visibilidad como prueba de valor.

El archivo puede sobrevivir.  O desaparecer.  Ninguna de las dos posibilidades altera la necesidad de la obra mientras está siendo escrita.

Considera la propiedad.

Nunca sintió demasiado orgullo por poseer cosas.  El loft en Tribeca fue abandonado.  El taller en Venezuela fue abandonado.  Las identidades profesionales fueron abandonadas más de una vez.  Cada desprendimiento alteró la percepción después.  Algo se volvió visible que la posesión misma había oscurecido parcialmente.

Un corpus quizá no difiera demasiado de esa condición.

Los ensayos existen.  Lo que ocurra con ellos después no puede pertenecerle enteramente, del mismo modo que la luz cambiante sobre aquellos lienzos suspendidos no pertenecía a nadie que se detuviera frente a ellos.  La obra nunca fue construida como propiedad.  Los pergaminos no fueron realizados como objetos destinados a dominar el espacio.  Emergían temporalmente de la quietud y regresaban después a ella.

El desprendimiento completo quizá no signifique indiferencia.  Puede ser la extensión final de la misma atención de la cual surgió la obra.

Llega a un lugar que no requiere nombre.

No exactamente tristeza.  No resignación.

Las lágrimas de pérdida miran hacia atrás, hacia aquello que ya no puede recuperarse.  Las lágrimas de aceptación pertenecen a una condición completamente distinta:  reconocimiento sin resistencia, claridad sin exigencia de alteración, conciencia sin el impulso de negociar con la realidad para que ésta se ajuste a la preferencia.

La obra llegó gradualmente a ese mismo lugar a través de muchas formas y muchos años:  la quietud después del ruido, el lienzo vacío antes de la primera marca, el pergamino suspendido sin marco ni encierro, los intervalos en que nada parecía resuelto y, sin embargo, nada requería resolución inmediata.

Quizá la obra nunca intentó realmente la permanencia.  Quizá intentaba algo más cercano a una energía vivida atravesando la forma durante un breve intervalo antes de regresar nuevamente a la quietud.

Eso no es poca cosa.

Una conversación consigo mismo.

La pregunta sin resolver.

Lo que permanece es la escritura.


« Ricardo F. Morín »

May 18, 2026

Durante aquellos primeros años hasta 1976, Buffalo acumuló nevadas más intensas de lo habitual, con tormentas de nieve que superaban las de inviernos anteriores.  En algunos vecindarios la nieve sobrepasaba los techos de las casas.  El viento atravesaba las calles con una intensidad desconocida para alguien que había crecido en Valencia, Venezuela.  En los estudios de arte de Bethune Hall, en la Universidad Estatal de Nueva York en Buffalo, las telas permanecían apoyadas unas contra otras mientras los estudiantes trabajaban durante horas en silencio o bajo conversaciones dispersas.  El olor a aceite, trementina y madera húmeda impregnaba continuamente los interiores.

Había llegado a los Estados Unidos en 1972, a los diecisiete años de edad.  El desplazamiento no consistía únicamente en abandonar un país.  También alteraba la percepción cotidiana de las cosas más simples:  el distintivo aroma de la ciudad, la luz de invierno entrando por las ventanas, la relación entre el cuerpo y el clima, el sonido constante de un idioma todavía parcialmente ajeno.

Antes de Buffalo había existido Valencia.  La Escuela de Bellas Artes Arturo Michelena.  Las primeras horas de dibujo durante la infancia.  Más tarde, durante la adolescencia, los veranos estudiando pintura en el taller privado del pintor húngaro Lazlo Lenyel.  Sin embargo, incluso entonces la pintura parecía menos una profesión futura que una forma de atención.  Preparar la superficie de una tela producía una experiencia difícil de explicar fuera del propio acto de pintar.

Durante aquellos años las telas comenzaron a acumularse rápidamente.  Algunas eran destruidas.  Otras permanecían apoyadas contra las paredes durante meses antes de recibir otra capa de pintura.  El espacio del estudio cambiaba continuamente de organización.  Pintar no seguía todavía una teoría precisa.  Había más bien una insistencia física:  regresar cada día a observar relaciones de color, tensión espacial, superficie y ritmo.

En 1976 regresó brevemente a Venezuela.  Estudió entonces de manera privada con el artista malagueño José Luis Montero antes de retornar nuevamente a Buffalo bajo la tutela de Herta Kane y James Jipson.  Poco a poco comenzaron las primeras exposiciones.  En mayo de ese mismo año realizó “Obras de Ricardo Morin” en la Galería de Villa Maria College.

Las conversaciones sobre el arte durante aquellos años giraban frecuentemente alrededor de movimientos, legitimidad histórica, abstracción, expresionismo o teoría formal.  Sin embargo, muchas de las horas más intensas ocurrían lejos de cualquier discurso.  Permanecer solo en el estudio, observando lentamente cómo ciertas superficies retenían o rechazaban la luz, parecía contener una experiencia más concreta que gran parte de las explicaciones construidas posteriormente alrededor del trabajo.

En 1977 el Ministerio de Educación de Venezuela le otorgó una beca completa para culminar un B.F.A. en SUNY Buffalo.  La exposición de tesis, Buffalo Series 1979, fue posteriormente curada por Seymour Drumlevitch en la Galería Alamo de la Universidad Estatal de Nueva York en Buffalo. [1]  Poco después, Buffalo Series Nº 1, 1980, recibió el premio Birge Wall Covering y el Reed Foundation Award en el 38th Western New York Show de la Albright Knox Art Gallery. [2]

Los reconocimientos institucionales modificaban la percepción de continuidad.  Durante ciertos períodos parecía posible imaginar una trayectoria profesional relativamente estable.  Las exposiciones, las becas y los premios producían una estructura reconocible dentro del mundo artístico.  Sin embargo, esa estabilidad coexistía con otra sensación más difícil de nombrar:  la impresión persistente de que el trabajo real ocurría en otro lugar, lejos de las formas mediante las cuales era interpretado públicamente.

En 1979 asistió en Salzburgo a los seminarios de escenografía impartidos por Gunther Schneider-Siemsen en la Internationale Sommerakademie für Bildende Kunst Salzburg.  Allí recibió el premio Förderungspreis Leistung der Stadt Salzburg.  Poco después Seymour Drumlevitch le recomendó postular al programa de M.F.A. de la Escuela de Drama de Yale.

En Yale los talleres teatrales funcionaban bajo otra escala de producción.  Construcciones, iluminación, arquitectura escénica, maquetas y equipos técnicos ocupaban espacios enormes dentro de edificios industriales adaptados para la escena.  El trabajo físico era continuo.  La escenografía ofrecía también una posibilidad concreta de supervivencia económica dentro de Nueva York.

Durante los primeros años posteriores a Yale trabajó como escenógrafo en el circuito Off-Off-Broadway, colaborando con Irene Fornés y Max Ferrá en INTAR. [3]  Paralelamente trabajaba como asistente principal de diseñadores establecidos en Broadway.  Los talleres, las construcciones y los ensayos ocupaban gran parte de los días y las noches.

A finales de los años ochenta obtuvo un loft en Tribeca dedicado exclusivamente a la pintura.  Las telas de gran formato permanecían apoyadas contra paredes altas mientras la pintura comenzaba nuevamente a ocupar el centro de la vida cotidiana.  El estudio estaba lleno de materiales acumulados:  bastidores, pigmentos, herramientas, fragmentos de telas y dibujos fijados contra las paredes.

En ciertos momentos parecía posible sostener simultáneamente ambas vidas:  el teatro y la pintura.  Nueva York todavía conservaba zonas industriales donde algunos artistas podían trabajar dentro de espacios relativamente amplios.  Sin embargo, incluso durante aquellos años de mayor actividad profesional, persistía una tensión difícil de resolver entre la continuidad pública de una carrera y la experiencia más silenciosa del trabajo mismo.

En 1993 apareció la interrupción.  Debido al SIDA tuvo que abandonar el loft, suspender la actividad profesional y regresar a Venezuela buscando refugio junto a su familia.  El diagnóstico alteró rápidamente la estructura completa de la vida cotidiana.  Muchas de las continuidades anteriores desaparecieron en pocos meses:  trabajo, estabilidad económica, taller, ciudad, ritmo profesional.

Entre 1993 y 1996 la salud se deterioró considerablemente.  Pasaba largos períodos dentro de la casa familiar con poca energía física y frecuentes interrupciones médicas.  Fue entonces cuando comenzó la serie Aposentos.  El segundo cuadro de la serie, Aposento Nº 2, fue seleccionado para el XIV Salón Municipal de Pintura: Homenaje a Carlos Cruz-Diez, celebrado en 1994 en la Galería Municipal de Arte de Maracay. [4]

Pintaba lentamente.  Algunas telas permanecían semanas enteras contra las paredes antes de recibir otra intervención.  El cuerpo se fatigaba rápidamente.  La luz cambiaba dentro de la habitación mientras los cuadros permanecían inmóviles durante horas o días enteros.  En ocasiones el trabajo avanzaba apenas unos centímetros.

La pintura comenzó entonces a adquirir otro ritmo.  Ya no parecía responder únicamente a la continuidad de una carrera o a la posibilidad de exposición.  Algunas obras surgían más como acompañamiento que como afirmación.

Durante esos mismos años trabajó voluntariamente en la Fundación Metaguardia, creada en Valencia como centro de información y apoyo para personas con enfermedades terminales, muchas de ellas viviendo también en condiciones de indigencia.  La fundación integraba apoyo emocional, actividades vinculadas a las artes y servicios médicos pro bono.

Las conversaciones silenciosas, las largas esperas, los cuerpos debilitados y la vulnerabilidad compartida alteraban lentamente la percepción de muchas categorías previas.  La enfermedad parecía volver secundarias muchas diferencias que anteriormente organizaban gran parte de la atención cotidiana.

En 1996 regresó finalmente a Nueva York para acceder al nuevo tratamiento antirretroviral.  La inmunidad era prácticamente inexistente.  Poco después buscó ayuda del Departamento de Recursos Humanos debido a la condición de desamparo.  Pasó primero por el hotel de transición Paradise, en el Bronx, y posteriormente por el programa Common Ground del Hotel Times Square.

Paradise era un lugar profundamente inestable.  Los pasillos estrechos, las habitaciones húmedas y detrioradas y la precariedad constante alteraban la percepción del tiempo.  Algunas personas desaparecían de pronto.  Otras permanecían encerradas durante días enteros.  El ruido de puertas, televisores y discusiones atravesaba continuamente las paredes del edificio.

Aun así continuó pintando.  Algunas telas pequeñas descansaban contra las paredes o sobre muebles improvisados cerca de la ventana.  La continuidad del trabajo ya no dependía de condiciones ideales.  Dependía únicamente de seguir trabajando dentro de cualquier circunstancia disponible.

Durante aquellos años apareció también una sensación inesperada de vacío.  No necesariamente como pérdida absoluta, sino como disminución gradual del ruido interior con el que antes intentaba sostener ambición, identidad o permanencia.  Dentro de ese vacío ciertas formas de atención comenzaron lentamente a adquirir mayor intensidad:  la respiración, la luz sobre las superficies, el ritmo del cuerpo al caminar por la ciudad, el ruido de ciertas habitaciones, la presencia momentánea de caras familiares.

En septiembre de 1998 recibió apoyo de la organización Visual AIDS de Nueva York, que organizó una exposición conjunta basada en retratos en acuarela y óleo junto con Nicolo Cataldi en la Iglesia de San Marcos.  Más tarde participaron otras exposiciones colectivas y plataformas alternativas.  Algunas de las pinturas de principios de los años noventa fueron descritas posteriormente por el artista Jo-ey Tang como “cartas de amor a la ciudad de Nueva York”.

En el año 2000 recibió una beca de rehabilitación VESID que incluía formación especializada en herramientas digitales y equipo informático.  La computadora comenzó entonces a incorporarse lentamente al trabajo visual.  Entre 2000 y 2003 utilizó medios digitales combinados con acuarela y dibujo manual para reinterpretar miniaturas persas del siglo XV mediante procesos geométricos de reconstrucción. [5]

Más tarde, entre 2005 y 2012, impartió en Pratt Institute un curso titulado Pictorial Perspective.  Mientras tanto desarrollaba la Serie Triangulación, trabajando con geometrías suspendidas, espacios reducidos y formatos colgantes. [6]

Después de completar quimioterapia en 2008 para un linfoma Non-Hodgkin asociado al SIDA, comenzaron trastornos musculares sistémicos que impedían incluso estirar grandes lienzos.  Las telas colgantes aparecieron entonces también como consecuencia directa de las limitaciones físicas.  El cuerpo comenzó lentamente a imponer otra relación con el espacio, el tiempo y el trabajo.

Las telas permanecían suspendidas durante semanas mientras la luz variaba sobre las superficies.  Los movimientos físicos eran más lentos.  La reducción material modificaba también la percepción.  El silencio dejaba de sentirse como ausencia y comenzaba a funcionar como otra forma de atención.

Entre 2009 y 2010 inició la serie Metaphors of Silence. [7]  Muchas de las obras surgían lentamente dentro de períodos prolongados de quietud física.  La necesidad de explicar intelectualmente la experiencia estética comenzó gradualmente a perder intensidad frente a la experiencia misma de observar.

Durante esos mismos años colaboró con el Dr. Andrew Irving en un proyecto experimental sobre arte, antropología y experiencia humana relacionado con New York Stories.  Parte de aquellos diálogos fueron incorporados posteriormente en The Art of Life and Death: Radical Aesthetics and Ethnographic Practice. [8]

Con el paso de los años ciertas tensiones comenzaron lentamente a perder nitidez.  La enfermedad seguía presente, aunque ya no organizaba cada momento del día del mismo modo.  Algunas formas de ambición o de ansiedad relacionadas con continuidad profesional, reconocimiento o permanencia parecían disminuir gradualmente sin desaparecer del todo.

La pintura continuó ocupando un lugar central, aunque ya no necesariamente como afirmación exclusiva de identidad.  Permanecían también otras cosas:  las conversaciones, las caminatas, la lectura, los ejercicios físicos, la respiración encontrando ritmo nuevamente, la disminución momentánea de ciertos dolores, la luz cambiando sobre las superficies de la ciudad, encuentros breves durante el día.

Algunas tardes continuaba caminando lentamente mientras la respiración encontraba ritmo y la luz descendía sobre los edificios.  El envejecimiento, la fragilidad y la proximidad de la muerte no desaparecían.  Tampoco permanecían completamente separados del movimiento mismo de existir.


Notas

[1] Buffalo Series 1979:
https://www.ricardomorin.com/l-series-html/62.html

[2] Buffalo Series Nº 1, 1980:
https://www.ricardomorin.com/l-series-html/53.html

[3] Producciones teatrales y referencias periodísticas:
https://www.nytimes.com/1986/04/17/theater/stage-lovers-at-intar.html
https://www.nytimes.com/1986/02/12/theater/the-stage-la-chunga-by-mario-vargas-llosa.html
https://www.nytimes.com/1983/04/17/theater/theater-dario-fo-s-about-face.html

[4] Aposento Nº 2:
https://www.ricardomorin.com/l-series-html/11.html

[5] Serie de Interacciones Platónicas y trabajos relacionados:
https://www.artmajeur.com/en/rfmorin/artworks?page=5
https://www.ricardomorin.com/06_paintings_html/13.html

[6] Serie Triangulación:
https://www.ricardomorin.com/Triangulation_Series.html

[7] Metaphors of Silence:
https://ricardomorin.wordpress.com/2010/11/24/metaforas-del-silencio/

[8] Andrew Irving, The Art of Life and Death: Radical Aesthetics and Ethnographic Practice:
https://www.academia.edu/53478128/The_Art_of_Life_and_Death_Radical_Aesthetics_and_Ethnographic_Practice_Andrew_Irving_Chicago_Hau_Books_2017_264_pp

« La imposibilidad del reconocimiento »

May 17, 2026

 


*

Ricardo F. Morín
$erie del búfalo, n.º 4
32″ x 36″
Óleo sobre lienzo
1978

Nota del autor:

Este texto continúa las condiciones examinadas en « La proporción del aburrimientoy » y « La imposibilidad de la convicción  ». 

*

 Ricardo F. Morín

17 de abril al 14 de mayo de 2026

En tránsito.


Un agradecimiento puede expresarse y aun así dejar muy poco detrás de sí.  Las palabras se dicen,  el gesto se reconoce,  y sin embargo lo que sigue continúa casi sin cambios.

 Aquello que resuelve una necesidad que de otro modo no habría podido resolverse deja algo más que una obligación pasajera.  Modifica la conducta.  La dificultad no siempre consiste en reconocer lo que se ha recibido,  sino en permanecer abiertamente marcado por ello después.

 A veces,  lo que se recibe pasa casi inadvertido.  Se reconoce en el momento,  pero luego queda absorbido por la expectativa habitual.  Nada cambia.

 En otras ocasiones,  el reconocimiento es seguido casi de inmediato por la reanudación de una conducta reservada,  como si nada hubiera ocurrido entre ambas personas que exigiera permanecer transformadas por aquello que se deben mutuamente.

 Algo semejante ocurre cuando el reconocimiento se vuelve rutinario.  Las palabras permanecen intactas mientras su fuerza se debilita.  Lo que alguna vez tuvo peso pasa a formar parte del intercambio habitual.

El resentimiento puede surgir del mismo movimiento.  El retraimiento no siempre aparece porque nada haya sido recibido,  sino porque permanecer abiertamente afectado por ello se vuelve difícil de sostener con el tiempo.

 El cambio no se anuncia de manera directa.  Las respuestas se acortan.  La calidez retrocede hacia la formalidad.  La atención se debilita sin desaparecer.  La continuidad permanece mientras algo dentro de ella se vuelve menos accesible.

 Parte de la dificultad reside en la capacidad humana de estrechar la percepción alrededor de la autopreservación mientras se conserva una conciencia parcial de aquello que está siendo disminuido,  evitado o abandonado.

 Nada de esto demuestra que el reconocimiento haya sido falso.  Sin embargo,  cuando la reserva vuelve a imponerse antes de que el reconocimiento pueda seguir modificando la conducta,  las relaciones terminan sosteniéndose más por la forma que por la apertura que alguna vez les dio fuerza.

 Aquello que permanece activo únicamente a través de la forma puede continuar exteriormente durante largos períodos mientras pierde gradualmente la apertura que permitió en un principio que el reconocimiento modificara la conducta.

 Conservar la capacidad de reconocer no significa magnificar lo que se recibe,  sino permitir que aquello que ha sido recibido continúe modificando la conducta sin reducirlo inmediatamente a equilibrio,  hábito,  irritación o distancia.


« El curso de una carrera »

May 16, 2026

Ricardo F. Morín
Autorretrato: la bolsa de valores
Ciudad de Nueva York
36″ x 74″
Collage con lápiz de carbón  
1987  

 

*

 

No entraba en los estudios de otros artistas si no era invitado.  Si reconocía algo en la obra, lo decía.   

En ese momento, la formación consistía en encontrar un medio de expresión que se ajustara a él.  Era una manera de depurar lo que veía y sentía y de llevarlo a la obra.  El tema era propio, pero se movía dentro de las tradiciones de la pintura y de otras formas de arte.  Lo que importaba era encontrar su voz como pintor, en el uso del color y en la profundidad que este podía articular en los estratos de la imagen. En la superficie, los gestos quedaban inscritos. 

Dentro de eso, se colocaba frente a la obra y miraba, buscando qué podía contener o dónde podía resolverse; si reconocía algo, se detenía en ello, no para explicarlo ni corregirlo, sino para fijarlo mentalmente o desplazarlo dentro de su estructura; se producía una pausa, y volvía a mirar, como si algo ya presente acabara de hacerse visible.  

Otros artistas entraban en su espacio con diferencias legítimas; no alteraban lo que ocurría entre ellos.   

Un momento permanece con él.   

Una estudiante de posgrado trabajaba en una pieza, una estructura que se elevaba como una torre ahusada, brillante, cercana al rojo, quizá fucsia, con vidrio roto a lo largo de sus bordes.  No estaba terminada. Era evidente que aún la estaba resolviendo.   

Se colocó a su lado y dijo lo que le vino.  Le recordaba a lo que había visto al crecer, vidrio colocado en la parte superior de los muros, no como decoración, sino para impedir el paso, para cortar a quien intentara entrar.   

Ella se detuvo, miró la pieza y luego lo miró a él.  No se dijo nada más.   

Se fue.   

Más tarde volvió a ver la pieza cuando abrió su exposición en una galería alternativa después de graduarse.  Había una grabación, una voz que repetía que afuera hay un mundo violento, y la pieza y la voz quedaban juntas sin resolverse.

Su asesor en el departamento de arte se le acercó y le dijo que lo que él había dicho permaneció con ella y pasó a la obra.   

No lo había pensado de ese modo.  Lo dijo y siguió.   

Es lo que permanece con él, no el reconocimiento, sino que algo que uno ve puede retomarse y continuar en otra parte.   

Por ese tiempo su mentor le dijo algo en privado.  Le dijo que no tomara al pie de la letra lo que otros profesores dijeran sobre su trabajo, ni siquiera lo que él mismo pudiera decir.   

Lo escuchó, y no se apartó de él.   

Durante ese mismo periodo viajó a Salzburgo, Austria, para un seminario de escenografía.  No lo había previsto.  Simplemente ocurrió.   

El trabajo allí requería interpretación, y se encontró imponiendo su manera de ver para que la obra se mantuviera coherente; no era algo que se mirara sin más; generaba un ambiente al que otros entraban y respondían.   

Lo que veía seguía siendo válido para el oficio, pero no respondía del modo esperado.   

Continuó con ello.   

Después ingresó en un programa selectivo de posgrado.  Siguió con lo que ya estaba en marcha. 

Allí, las cosas tomaban forma dentro de los límites de interpretación del director.  Terminó el programa, pero la manera en que había venido trabajando ya no continuó.   

Fuera del ámbito académico, lo recibían como forastero; no pasaba de la desconfianza.  La obra permanecía dentro de ese marco.  Podía ver hacia dónde se dirigía la atención; no lo incluía, hiciera lo que hiciera.  En la Ciudad de Nueva York, la visibilidad se abría a los mismos nombres, no a él.

Mientras trabajaba en escenografía para mantenerse, continuaba produciendo su pintura; no se presentaban oportunidades para ninguna.   

Trabajaba en lo que otros presentarían, y eso avanzaba sin él.   

Las horas y las exigencias ocupaban el día y se extendían hasta la noche, y cuando terminaban, no quedaba nada para su trabajo; lo que antes avanzaba dejó de hacerlo, y ya no era recibido del mismo modo; había expectativas en juego, maneras de hacer las cosas, y podía verlas con suficiente claridad para saber dónde estaba.   

De esa situación no salió nada, pero persistió.   

Siguió trabajando.   

Cuando escribe, percibe lo que acaba de pensar y lo observa una vez más sin volverlo una respuesta. 

A veces, un pensamiento tiene más peso que los demás.  Donde los hechos no admiten equivalencia y las distinciones se vuelven incómodas, tienden a borrarse; y donde se borran, el juicio se queda sin base.   

Lo deja ahí.   

Se pregunta si falta algo, no que falta, sino si falta; y casi de inmediato, lo que dice empieza a formarse como respuesta.   

Se detiene.   

Porque no es eso lo que está preguntando.   

Preguntó si falta algo, no qué falta; y lo deja ahí.   

Vuelve a ocurrir; lo que ve empieza a formarse como algo que podría pensar.   

Eso también lo suspende. 

En el acto de trabajar, lo que ve y piensa empieza a tomar forma como respuesta.  A veces, lo que aparece no es suyo, pero se presenta como si lo fuera.  Lo ve y no lo completa.  Permanece y vuelve sin resolverse.  Su atención no se aparta de él.

Permanece en la situación tal como se presenta.   

Hay relaciones en su vida, algunas cercanas, otras no, y llegan como llegan.  En esos momentos responde, no porque lo decida, sino porque la situación lo requiere.  Responde y afronta lo que se deriva de eso.   

No va más allá de ese acto.   

Eso permanece ahí, no como algo a lo que volver, sino como algo que no se disuelve.   

Se ve actuando y, al mismo tiempo, ve el movimiento que sigue a esa acción.   

No resuelve ese movimiento.   

Advierte la inclinación a fijar una conclusión y no la sigue.   

Lo que aparece se presenta con peso de certeza por un momento y luego retrocede.   

No lo incorpora.   

Ese movimiento pierde fuerza.   

Él permanece intacto.   

La pregunta no se resuelve.   

¿Falta algo?   

No responde. 

 

Ricardo F. Morín  

5 de mayo de 2026  

Bala Cynwyd, Pensilvania  


 

« La proporción del aburrimiento »

May 15, 2026

 


*

Ricardo F. Morín
Serie del búfalo, n.º 5
48″ x 48″
Óleo sobre lienzo
1979

 

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Nota del autor

Las condiciones que atraviesan este texto continúan en « La imposibilidad de la convicción » y « La imposibilidad del reconocimiento ».

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Ricardo F. Morín
17 de abril a mayo 14 de 2026
En tránsito


Una conversación,  una preocupación,  una pérdida o una alegría comienzan a diferenciarse cuando permanecen lo bastante presentes como para exigir atención,  modificar nuestra conducta o afectar la relación con los demás.  Nuestras vidas no adquieren forma ni por la intensidad ni por la escasez de lo que ocurre.

Hay días que pasan casi sin dejar huella.  Las conversaciones se olvidan.  Una preocupación cede lugar a otra antes de llegar a modificar lo que prosigue.

En otras ocasiones,  todo exige atención al mismo tiempo.  La atención pasa de un incidente a otro antes de que algo alcance a adquirir consecuencia.  Lo inmediato suplanta lo que necesitaba permanecer presente.  Las prioridades comienzan a confundirse entre sí,  y nada conserva presencia para despertar interés.

Un día vacío desaparece sin resistencia;  un día en el que todo reclama atención se disuelve de manera semejante.  En ambos casos,  una conversación,  una preocupación o una pérdida dejan de modificar la manera en que una persona responde a lo que ocurre a su alrededor.

O nada alcanza a despertar interés,  o aquello que lo despierta pierde fuerza entre demasiadas exigencias que reclaman atención a la vez.  El aburrimiento puede aparecer incluso cuando nada parece faltar.

La proporción permite que una conversación,  una pérdida,  una preocupación o una alegría permanezcan el tiempo suficiente para adquirir consecuencia entre sí.  Sin proporción,  conversaciones,  preocupaciones y responsabilidades comienzan a dispersarse antes de llegar a relacionarse entre sí.  Con proporción,  una conversación,  una pérdida o una responsabilidad pueden conservar presencia suficiente para seguir afectando la manera en que una persona atiende o responde.

Cuando esa relación se debilita,  el juicio se desordena con ella misma.  Lo trivial adquiere urgencia,  mientras una pérdida,  una responsabilidad o una relación importante retroceden sin llamar la atención.  La vida pública termina reflejando la misma condición:  el ruido dificulta distinguir qué exige nuestra atención,  y las personas comienzan a reaccionar más por acumulación que por comprensión.

Lo cercano puede llegar a imponerse hasta ocuparlo todo.  Lo distante puede retirarse hasta perder presencia.  Entre ambos extremos,  conversaciones,  preocupaciones y relaciones todavía logran permanecer separadas.

La proporción cambia con las exigencias de la vida,  con la atención,  con el cansancio,  con la presión y con la capacidad de permanecer afectados por lo que ocurre.  No permanece estática.  Una persona puede llegar a desconocer aquello que antes le importaba,  no porque haya decidido abandonarlo,  sino porque la relación con una pérdida,  una responsabilidad o una persona también cambia bajo ciertas condiciones.

El aburrimiento aparece cuando una conversación,  una preocupación,  una responsabilidad o una relación dejan de permanecer presentes el tiempo suficiente para seguir afectando la manera en que una persona atiende,  recuerda o responde.  Por eso,  el aburrimiento no depende de cuánto sucede o de cuánto falta.

La insatisfacción y el escepticismo surgen cuando una conversación,  una pérdida o una responsabilidad dejan de conservar relación suficiente con lo que ocurre alrededor.  La insatisfacción y el escepticismo no son el origen de esta condición.

A veces,  una persona continúa hablando,  trabajando o respondiendo sin saber qué sigue conservando relación con su vida.  Incluso bajo esas condiciones,  el afecto de otra persona,  una conversación recordada o la presencia de alguien pueden permanecer activos cuando muchas preocupaciones comienzan a perder consecuencia.  A veces,  son lo único que todavía conserva relación con la vida que prosigue.

La proporción existe en permitir que una conversación,  una pérdida,  una responsabilidad o una relación conserven presencia para seguir afectando la manera en que atendemos,  recordamos o respondemos a lo que ocurre.  Mantener la proporción no consiste en reducir la vida.


« La imposibilidad de la convicción »

May 14, 2026

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Ricardo F. Morín
Serie del búfalo, n.º 5
32″ x 36″
Óleo sobre lienzo
1978

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Nota del autor

Las condiciones examinadas en este texto continúan aquellas exploradas en « La proporción del aburrimiento » y « La imposibilidad del reconocimiento ».

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Ricardo F. Morín
Abril 17 a mayo 14 de 2026
En tránsito


1.  Hay personas que aspiran a vivir como individuos de convicción porque la convicción parece inseparable de la dignidad, la seriedad o la sustancia moral.  Permanecer fiel a ciertos principios a pesar de la incertidumbre, la presión o las consecuencias puede parecer necesario para conservar el respeto por uno mismo.  Una persona de convicción puede parecer menos vulnerable a la confusión, al miedo o a las circunstancias que alguien que cambia con demasiada facilidad según los acontecimientos o las opiniones.

2.  Bajo ciertas condiciones, la convicción permite resistir.  Una persona puede continuar actuando a pesar del peligro, el cansancio o el sacrificio porque algo parece más importante que la comodidad, la aprobación o la propia preservación.  Comunidades enteras también pueden permanecer unidas por convicciones capaces de sobrevivir a la pérdida, a la adversidad o a la inestabilidad.

3.  Sin embargo, las convicciones rara vez permanecen privadas durante mucho tiempo.  Influyen en la manera en que las personas juzgan la conducta, la lealtad, la responsabilidad y la confianza.  Lo que para unos parece un principio firme, para otros puede parecer rigidez, intolerancia o peligro.  La misma convicción capaz de sostener el valor también puede estrechar las condiciones bajo las cuales las personas continúan reconociéndose fuera de la sola pertenencia.

4.  A veces, la incertidumbre se vuelve difícil de soportar.  Una persona puede buscar convicciones no sólo porque parezcan verdaderas, sino porque ofrecen continuidad cuando las circunstancias dejan de parecer suficientemente estables para soportarse sin alguna certeza.

5.  Una convicción deja de ser una simple opinión cuando una persona comienza a depender de ella para conservar el respeto por sí misma.  La convicción entra en la conducta.  Determina lo que puede admitirse sin humillación y aquello que debe resistirse para que la persona continúe siendo coherente ante sí misma.  A partir de ese momento, el desacuerdo deja de aparecer únicamente como diferencia.  También puede aparecer como exposición.

6.  Bajo esas condiciones, una persona puede comenzar defendiendo no sólo ciertos principios, sino la imagen de sí misma organizada alrededor de ellos.  La contradicción se vuelve difícil de tolerar porque la incertidumbre ya no amenaza solamente una idea.  Amenaza la sensación de que la propia vida todavía se mantiene unida, la pertenencia, el juicio y la idea de que la propia conducta continúa justificada ante los demás y ante uno mismo.

7.  Sin embargo, las convicciones no se sostienen únicamente a través del conflicto.  También persisten mediante la familiaridad.  Familias, amistades, comunidades religiosas, movimientos políticos y naciones pueden permanecer unidos por convicciones capaces de sobrevivir al sacrificio, a las privaciones o a los cambios históricos.  Una persona puede heredar convicciones mucho antes de examinarlas plenamente, así como otra puede sentirse incapaz de abandonarlas a pesar de la duda o la decepción prolongadas.

8.  Las convicciones no pueden comprenderse únicamente por medio de la lógica.  Las personas pueden continuar defendiendo ideas que ya no corresponden por completo con las circunstancias porque la convicción no depende solamente de las pruebas.  También puede depender de la memoria, la lealtad, el miedo, la gratitud, el sufrimiento o de la necesidad de preservar continuidad con aquellos a través de quienes la vida adquirió sentido por primera vez.

9.  A veces, la convicción permite resistir condiciones que de otro modo reducirían la conducta a la conveniencia o al miedo.  Una persona puede continuar defendiendo a otra frente a la hostilidad pública, mantenerse fiel a una responsabilidad a pesar del cansancio o negarse a participar en aquello que considera degradante incluso cuando conformarse sería más seguro.  Bajo esas condiciones, la convicción puede preservar la dignidad precisamente porque resiste adaptarse únicamente a las circunstancias.

10.  Sin embargo, la misma convicción capaz de sostener el valor también puede estrechar la percepción sin anunciar plenamente el cambio.  Una persona puede comenzar juzgando la conducta a través de la pertenencia antes de atender a la singularidad de quienes tiene delante.  Lo que confirma la convicción parece digno de confianza con mayor facilidad; aquello que la perturba comienza a exigir justificación incluso antes de ser considerado con imparcialidad.

11.  Este cambio no siempre aparece mediante el fanatismo.  También puede surgir a través de hábitos ordinarios de interpretación.  Ciertas palabras comienzan a cargar significados fijos antes de que las conversaciones terminen de desarrollarse.  Ciertas personas parecen previsibles antes de haber hablado lo suficiente como para ser reconocidas fuera de las suposiciones heredadas.  La convicción deja entonces de ser únicamente una forma de juzgar lo que debe confiarse, defenderse o rechazarse.  Comienza a organizar la percepción misma.

12.  Bajo esas condiciones, la pluralidad se vuelve difícil de sostener.  No porque la diferencia desaparezca, sino porque deja de percibirse como algo a través de lo cual el juicio todavía puede ampliarse.  Comienza a percibirse, en cambio, como inestabilidad, confusión o debilidad moral.

13.  Una persona todavía puede considerarse justa bajo esas condiciones.  Puede continuar escuchando, hablando con calma o permitiendo el desacuerdo mientras los límites de lo aceptable ya se han estrechado interiormente.  La convicción no siempre anuncia el momento en que el juicio comienza a organizarse alrededor de la pertenencia.  El cambio puede avanzar con suficiente lentitud como para parecer compatible con la imagen que una persona conserva de sí misma como razonable, íntegra o humana.

14.  A veces, las convicciones sobreviven menos porque permanezcan intactas que porque abandonarlas obligaría a reinterpretar demasiado de la propia vida.  Amistades, sacrificios, lealtades, humillaciones y esperanzas pueden permanecer ligadas a convicciones que ayudaron a organizar el sentido de experiencias anteriores.  Bajo esas condiciones, la duda deja de amenazar únicamente una conclusión.  Amenaza la continuidad con la persona que atravesó esas experiencias.

15.  Por esta razón, las personas pueden continuar defendiendo convicciones que ya no corresponden plenamente con lo que perciben en privado.  La lealtad pública y la incertidumbre interior pueden coexistir durante largos períodos sin reconciliarse del todo.  Una persona puede continuar repitiendo ciertas creencias porque abandonarlas parece más desorientador que conservarlas a pesar de la contradicción.

16.  Sin embargo, la incertidumbre también posee peligros propios.  Una persona incapaz de convicción puede volverse vulnerable a cada presión inmediata, a cada cambio de opinión o a cada promesa de aceptación.  La conducta comienza a adaptarse con demasiada facilidad a las circunstancias porque nada permanece suficientemente estable para resistir la conveniencia, el miedo o la necesidad de pertenecer.  Bajo esas condiciones, la propia apertura puede perder coherencia.

17.  Los seres humanos permanecen expuestos a peligros opuestos que no llegan a resolverse mutuamente.  La convicción puede preservar la dignidad mientras estrecha la pluralidad; la incertidumbre puede preservar la apertura mientras debilita la conducta.  La dificultad no desaparece escogiendo enteramente una condición sobre la otra, porque ambas nacen de necesidades inseparables de la vida humana.

18.  Esta tensión se vuelve visible durante períodos de inestabilidad.  Bajo el miedo, la humillación, los cambios sociales rápidos o la incertidumbre prolongada, las personas suelen buscar convicciones capaces de restaurar continuidad con rapidez.  Un movimiento, una nación, una fe, una ideología o un líder pueden entonces parecer no sólo persuasivos, sino necesarios para preservar coherencia frente a condiciones que ya no parecen soportables sin alguna certeza.

19.  Bajo tales circunstancias, la pluralidad puede comenzar a percibirse menos como una condición de la vida cívica que como un obstáculo para la estabilidad misma.  El desacuerdo comienza a asociarse con fragmentación; la vacilación con debilidad; la ambigüedad con peligro.  Lo que antes parecía compatible con la convivencia puede comenzar a parecer incompatible con el orden, la pertenencia o la supervivencia.

20.  Sin embargo, incluso bajo esas condiciones, las convicciones nunca llegan a completarse plenamente.  Las contradicciones continúan apareciendo dentro de cada sistema de certeza porque la experiencia humana excede las estructuras mediante las cuales las personas intentan mantener unida la experiencia.  Una persona puede defender convicciones públicamente mientras permanece interiormente enfrentada a experiencias que resisten reconciliarse por completo con ellas.

21.  Las convicciones pueden preservar y alterar las relaciones humanas al mismo tiempo.  Permiten sacrificar, resistir, permanecer fieles y actuar con decisión bajo incertidumbre.  Sin embargo, también pueden separar a las personas antes de que hayan llegado a encontrarse fuera de lealtades, creencias o temores heredados.  Las mismas convicciones capaces de sostener la responsabilidad también pueden impedir que las personas se perciban unas a otras fuera de los límites que la propia convicción ya ha establecido.

22.  Las convicciones no desaparecen porque las personas no pueden vivir mucho tiempo sin creer que ciertas cosas deben defenderse, preservarse o permanecer fieles a pesar de la incertidumbre.  Bajo esas condiciones, la convicción puede permitir el valor, el sacrificio o la resistencia allí donde de otro modo prevalecería solamente el miedo.  Sin embargo, esas mismas convicciones también pueden separar a las personas antes de que hayan llegado a encontrarse plenamente fuera de lealtades, creencias o temores heredados.


 

« Democracia y la gobernanza de la pluralidad »

May 13, 2026

Ricardo F. Morïn
Platónico 4
CGI
2005

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Los sistemas políticos suelen juzgarse por los ideales que proclaman.  Sin embargo, la perdurabilidad no depende únicamente de los principios.  Depende de si los desacuerdos ordinarios pueden tramitarse, día tras día, mediante instituciones que mantengan la vida pública inteligible incluso cuando los ciudadanos no están de acuerdo.

Entre críticos de todo el espectro político, la democracia suele tratarse como una ideología.  Bajo esta interpretación, el lenguaje democrático parece indistinguible de otras doctrinas que reclaman autoridad moral mediante apelaciones a la igualdad, a la soberanía popular o a la voluntad del pueblo.  Sin embargo, el pensamiento político no ha entendido la democracia de una sola manera.  En distintos momentos se la ha concebido como una doctrina que expresa ideales normativos, como un conjunto de procedimientos institucionales que regulan el ejercicio del poder, y como un marco político capaz de sostener la pluralidad dentro de un orden compartido.  Cada una de estas interpretaciones capta una dimensión de la vida democrática.  La dificultad surge cuando una de esas dimensiones se confunde con el todo.  La democracia no perdura porque promueva una doctrina o perfeccione un mecanismo.  Su dificultad reside en el esfuerzo constante por mantener estas dimensiones en equilibrio sin reducir la gobernanza democrática a una sola de ellas.

La interpretación de la democracia como ideología surge del lenguaje mediante el cual se han expresado históricamente los ideales democráticos.  Las apelaciones a la igualdad, a la soberanía popular y a la autoridad del pueblo poseen una fuerza moral que recuerda las pretensiones de las doctrinas políticas.  En el discurso público estos principios se invocan con frecuencia para justificar programas específicos o para conferir legitimidad a movimientos políticos.  Un discurso de campaña puede recurrir al vocabulario de los derechos mientras exige uniformidad.  Una consigna puede invocar al pueblo mientras trata la disidencia como traición.  Cuando el lenguaje democrático se utiliza de esta manera puede parecer indistinguible de la persuasión ideológica.  Los críticos concluyen entonces que la propia democracia funciona como una doctrina que compite con otros sistemas de creencias.  Sin embargo, esta interpretación descansa en una confusión entre los ideales invocados en la retórica democrática y la estructura institucional mediante la cual opera realmente la gobernanza democrática.

Una segunda interpretación aborda la democracia no como doctrina sino como procedimiento institucional.  En esta perspectiva, las características definitorias de la gobernanza democrática son los mecanismos mediante los cuales se organiza y se limita la autoridad:  representación, elecciones periódicas, límites constitucionales y la posibilidad de alternancia política pacífica.  La democracia se identifica menos por los ideales que proclama que por los procedimientos mediante los cuales se ejerce y se transfiere el poder.  Las escenas más ordinarias ilustran este carácter procedimental:  una papeleta impugnada se revisa, se ordena un recuento, se convoca una audiencia y se emite una resolución que resulta vinculante incluso para quienes la desaprueban.  Estos arreglos establecen un marco dentro del cual el conflicto político puede desarrollarse sin disolver la continuidad del Estado.  Al enfatizar el procedimiento más que la doctrina, esta interpretación aclara una dimensión esencial de la vida democrática.  Sin embargo, las definiciones procedimentales por sí solas no explican plenamente por qué los sistemas democráticos siguen siendo difíciles de sostener.

Los mecanismos institucionales describen cómo funcionan los sistemas democráticos, pero no explican completamente las condiciones que permiten que esos mecanismos operen.  Las elecciones y las constituciones pueden persistir incluso cuando la distribución de la autoridad se estrecha gradualmente.  Las instituciones formales pueden permanecer visibles mientras su capacidad para regular el poder se debilita.  El cambio suele ser incremental y práctico más que dramático:  las reglas permanecen impresas, pero las excepciones se multiplican;  existe supervisión, pero los plazos se dilatan;  se abren investigaciones, pero sus conclusiones se retienen;  el vocabulario de la rendición de cuentas persiste, pero el público aprende a esperar demoras.  En tales circunstancias el procedimiento democrático sobrevive en apariencia mientras la práctica democrática se vuelve cada vez más restringida.  La perdurabilidad de las instituciones democráticas depende por lo tanto de algo más que de la existencia de reglas.  Depende de un entorno político capaz de sostener los desacuerdos que esas instituciones fueron diseñadas para gestionar.

Una tercera interpretación aborda la democracia desde una perspectiva diferente.  En lugar de definirla únicamente mediante doctrina o procedimiento institucional, entiende la gobernanza democrática como un marco capaz de sostener la pluralidad.  En las sociedades democráticas individuos y grupos mantienen convicciones divergentes sobre la justicia, la autoridad y la orientación de la vida pública.  Estas diferencias no son desacuerdos temporales a la espera de resolución.  Representan rasgos duraderos de la vida política.  La pluralidad en este sentido no es simplemente la presencia de diversidad sino una condición en la cual los individuos se presentan unos ante otros como participantes distintos dentro de un mundo político compartido.  La evidencia cotidiana es conocida:  un concejo municipal donde los residentes discuten sobre zonificación e impuestos, una junta escolar donde los padres discrepan sobre el currículo, un tribunal donde las partes presentan argumentos incompatibles y aun así aceptan la misma sentencia como resolución final del caso.  Las instituciones democráticas no eliminan el conflicto;  regulan su expresión.  Establecen condiciones bajo las cuales reclamaciones diversas pueden coexistir dentro de un orden político común.  La dificultad de la democracia reside precisamente en esta tarea de mantener la continuidad institucional mientras se permite que el desacuerdo persista.

La pluralidad introduce una tensión persistente dentro de la gobernanza democrática.  Un sistema político debe preservar la continuidad jurídica mientras acomoda interpretaciones contrapuestas de la vida pública.  Las instituciones deben ser lo suficientemente estables para sostener la autoridad, pero también lo suficientemente flexibles para permitir el desacuerdo y el cambio político.  El equilibrio necesario para mantener esta relación es inherentemente frágil.  Los sistemas democráticos a menudo parecen inestables no porque estén fracasando, sino porque operan dentro de un campo de reclamaciones que no pueden reconciliarse por completo.  Los signos de salud y de tensión pueden parecer similares desde cierta distancia:  debates ruidosos, resultados disputados, mayorías cambiantes y escrutinio constante.  La diferencia se vuelve visible cuando la contienda permanece dentro de procedimientos compartidos y cuando quienes pierden conservan un camino creíble para regresar a la vida pública.  Esta tensión estructural también aclara por qué los sistemas políticos organizados en torno a una autoridad centralizada encuentran mayores dificultades para acomodar la pluralidad.

Los sistemas políticos organizados en torno a una autoridad centralizada abordan la pluralidad de manera distinta.  Las formas autoritarias de gobierno dependen de una fuente final de decisión capaz de resolver conflictos mediante poder directivo.  Aunque tales sistemas puedan tolerar una diversidad limitada de opiniones, su estabilidad depende de la presencia de una autoridad capaz de determinar los límites del desacuerdo aceptable.  En términos prácticos esos límites se aplican no solo mediante decretos sino también mediante señales previsibles:  qué temas pueden discutirse sin consecuencias, qué preguntas se consideran desleales, qué asociaciones pueden reunirse y qué reclamaciones públicas pueden circular.  La persistencia de reclamaciones abiertas y competitivas representa por lo tanto un desafío estructural para el orden autoritario.  Mientras que los sistemas democráticos intentan regular el desacuerdo mediante equilibrio institucional, los sistemas autoritarios buscan contenerlo o resolverlo mediante la concentración de la autoridad.

A pesar de esta diferencia estructural, los sistemas autoritarios adoptan con frecuencia el vocabulario de la democracia.  Referencias al pueblo, a la representación y a la legitimidad popular aparecen incluso dentro de órdenes políticos que no sostienen una pluralidad genuina.  El lenguaje democrático funciona en estos contextos como una fuente de legitimidad simbólica.  El vocabulario sugiere participación y consentimiento, incluso cuando las condiciones institucionales necesarias para sostener esos principios permanecen ausentes.  La ambigüedad en el lenguaje democrático puede convertirse también en una forma de acomodación.  Ciudadanos de todo el espectro ideológico pueden adoptar definiciones expansivas de los ideales democráticos porque ese lenguaje permite que sus propias convicciones aparezcan como universalmente justificadas mientras las interpretaciones contrapuestas permanecen sin resolver.  El patrón resulta reconocible:  elecciones sin competencia creíble;  legislaturas que se reúnen para ratificar decisiones ya tomadas;  tribunales que existen pero rara vez contradicen al poder ejecutivo;  periódicos que se publican mientras ciertos temas desaparecen de la esfera pública.  El vocabulario democrático puede así coexistir con prácticas políticas que limitan o dirigen el alcance del desacuerdo público.

La coexistencia del lenguaje democrático con prácticas políticas restringidas produce una tensión recurrente entre forma institucional y función política.  Los códigos legales pueden seguir afirmando la autoridad representativa y el orden constitucional mientras su aplicación se vuelve selectiva, diferida o pospuesta.  Las instituciones permanecen formalmente intactas, pero su capacidad para regular el poder disminuye gradualmente.  Los ciudadanos suelen experimentar este cambio como una transformación de expectativas:  los procedimientos siguen existiendo, pero los resultados se vuelven previsibles;  las reglas siguen vigentes, pero no para todos;  las audiencias se celebran, pero las decisiones parecen resueltas de antemano.  En tales circunstancias la arquitectura exterior de la democracia persiste mientras las condiciones necesarias para sostener la pluralidad se vuelven cada vez más limitadas.

La pluralidad, por lo tanto, hace algo más que describir la diversidad de las sociedades democráticas.  Explica por qué la autoridad en el gobierno democrático no puede permanecer concentrada en un único centro y debe distribuirse entre instituciones capaces de mediar reclamaciones contrapuestas.

A diferencia de formas políticas anteriores organizadas en torno a una única fuente de autoridad, el gobierno democrático distribuye la legitimidad entre instituciones capaces de mediar reclamaciones contrapuestas.

La tendencia recurrente a tratar la democracia como una ideología surge de la prominencia de su lenguaje y de sus ideales.  Sin embargo, la gobernanza democrática no puede reducirse ni a doctrina ni a procedimiento institucional.  Su rasgo definitorio reside en sostener un orden político en el cual la pluralidad permanezca visible y activa dentro de un mundo compartido.  Las instituciones democráticas perduran no porque eliminen el desacuerdo, sino porque preservan el espacio en el cual los individuos pueden seguir apareciendo unos ante otros como participantes de la vida pública.  La democracia sigue siendo por lo tanto menos una doctrina que deba afirmarse que una disciplina política sostenida mediante instituciones capaces de regular la pluralidad sin extinguirla.

En una era en la cual la supervivencia humana depende cada vez más de la cooperación entre sociedades, culturas y tradiciones políticas, la capacidad de mediar reclamaciones contrapuestas deja de ser únicamente una cuestión institucional doméstica.  Se convierte en una condición para la estabilidad de un mundo compartido.  Los sistemas políticos que suprimen la pluralidad pueden imponer un orden temporal, pero permanecen estructuralmente limitados en su capacidad de adaptarse a la escala y diversidad de los desafíos globales contemporáneos.  Los sistemas capaces de sostener la pluralidad poseen, por el contrario, una mayor capacidad para integrar la diferencia dentro de un marco duradero de cooperación.  En este sentido, la disciplina institucional de la gobernanza democrática corresponde no solo a una preferencia política, sino también a un requisito práctico para sostener un mundo compartido.

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Ricardo F. Morín, March 5, 2026, Oakland Park, Florida


« Restricciones institucionales »

May 13, 2026
Ricardo F. Morín
Restricciones
Acuarela, tinta sumi y líquido corrector sobre papel
35,5 x 51 cm
2005

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Este análisis aborda el funcionamiento de la restricción institucional una vez que se produce la recalibración electoral; un diagnóstico previo, « Asimetría temporal » examina lo que puede permitir que la acción ejecutiva se adelante a la respuesta institucional antes de ese momento.

1. Las elecciones legislativas de medio término de los Estados Unidos, programadas para el 3 de noviembre de 2026, determinarán el control de los 435 escaños de la Cámara de Representantes y de 35 escaños del Senado.  Estas elecciones funcionan como puntos de recalibración institucional destinados a verificar si la autoridad ejecutiva permanece sujeta a restricción legislativa, según lo descrito por Ballotpedia en su síntesis de las elecciones legislativas de 2026.

 

2. El análisis histórico indica que las elecciones de medio término reducen con frecuencia el respaldo legislativo del presidente en ejercicio, restableciendo la capacidad de supervisión mediante cambios en la conducción de los comités, la autoridad de citación y el control presupuestario, tal como se documenta en los análisis del Congressional Research Service sobre la rotación congresional en elecciones de medio término y la autoridad de supervisión—un patrón que también se observa en los resúmenes publicados por el Brookings Institution sobre tendencias históricas de elecciones de medio término.

 

3. Cuando la gobernanza ejecutiva se apoya en acciones unilaterales mediante órdenes ejecutivas, aplicación discrecional de la ley y nombramientos basados en lealtad, la supervisión legislativa actúa como contrapeso constitucional que condiciona la autoridad sin eliminarla.

 

4. El control legislativo permite investigaciones, exige la entrega de documentos y desacelera las iniciativas ejecutivas mediante revisión procedimental en lugar de impulso unilateral, reflejando el diseño constitucional más que la intención personal.

 

5. El juicio político funciona como un mecanismo de responsabilidad constitucional y no como un proceso penal.  La Cámara de Representantes ejerce autoridad exclusiva para iniciar procedimientos de destitución ante el abuso de poder o el deterioro sostenido de la gobernanza constitucional, conforme a la interpretación del Congressional Research Service.

 

6. El riesgo principal asociado a las elecciones de noviembre de 2026 se relaciona con la normalización de la acción ejecutiva en ausencia de supervisión legislativa efectiva, y no con la suspensión electoral ni la abolición formal del orden constitucional.

 

7. La reducción de la supervisión produce aplicación selectiva de la ley, protección institucional de la incumbencia y sustitución de la responsabilidad procedimental por lealtad política, modificando la orientación de la gobernanza mientras las estructuras formales permanecen.

 

8. La ausencia prolongada de restricción transforma la estructura partidista, desplazando el énfasis desde la formulación de políticas hacia la protección de la incumbencia, la disciplina interna y el alineamiento defensivo.

 

9. La credibilidad internacional de la gobernanza constitucional depende del funcionamiento visible de los controles y equilibrios, en particular de la supervisión legislativa de la autoridad ejecutiva, como lo analiza State Court Report.

 

10. Los sistemas constitucionales rara vez fallan de forma abrupta.  El debilitamiento institucional avanza mediante la tolerancia de la excepción y la reducción gradual de las expectativas.  Las elecciones legislativas de medio término de noviembre de 2026 determinan si se reanuda la corrección institucional o si persiste el aislamiento ejecutivo.

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Ricardo F. Morín, 12 de enero de 2026, Oakland Park, Fl.

 


« Condiciones de la autoridad »

May 11, 2026

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Ricardo F. Morín
Serie Triangulación Nº 35
13 ½” x 19”
Óleo sobre lino
2009

Habían estado allí el tiempo suficiente como para que nadie marcara un comienzo.

 Los senderos cruzaban la tierra sin límite.  Algunos se usaban con frecuencia, otros sólo cuando era necesario.  Nadie preguntaba quién los había recorrido por primera vez.  Bastaba con poder seguirlos.

 Una mañana, llegaron hombres con documentos.

 No avanzaban por los senderos.  Se detenían en ciertos puntos, desplegaban papeles y leían en voz alta.  Las palabras se repetían más de una vez, como si su repetición asegurara algo que aún no se había establecido.

 Se trazó una línea.

 No seguía los senderos.  Los cortaba.  Quienes habían caminado libremente se detenían antes de cruzarla.  Algunos pasaban.  Otros esperaban.  Nadie podía decir qué ocurriría.

 Los hombres con los documentos regresaron al día siguiente.

 Pidieron nombres.  Los anotaron.  Algunos eran aceptados sin objeción.  Otros eran repetidos de otra forma y luego registrados nuevamente.  Nadie explicaba por qué.

 Un hombre que había cruzado la línea el día anterior fue detenido.

 Le indicaron que regresara.  Señaló el sendero que siempre había usado.  El hombre con el documento miró el sendero, luego la línea, y no dijo nada.  Después de un momento, le hizo un gesto para que retrocediera.

 Al día siguiente, otro hombre cruzó por el mismo lugar y no fue detenido.

 Nadie preguntó qué había cambiado.

 La línea permanecía.

 Las personas ajustaban sus desplazamientos en torno an ella.  Algunos la evitaban.  Otros cruzaban sólo cuando eran observados.  Los senderos no desaparecieron, pero ya no se recorrían de la misma manera.

 Los hombres con los documentos seguían yendo y viniendo.

 Cada vez, leían las mismas palabras.

 Nadie preguntaba quién las había escrito.

 

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Ricardo F. Morín, 19 de abril de 2026, en una sala de espera.