¿Quién alimenta el odio?

April 15, 2026

Ricardo F. Morin
Escena treinta y seis
Óleo sobre lino y tabla
12″ x 15″ x 1/2″
2012

Las sociedades rara vez reconocen cuándo el lenguaje empieza a preparar las condiciones del odio.  Mucho antes de que aparezca la violencia, la forma de hablar ya ha alterado lo que las personas ven.  Un grupo deja de describirse por lo que hace y pasa a fijarse por lo que se le hace representar:  una “amenaza,” una “invasión,” una “corrupción.”  La descripción cede al etiquetado.

En « Lenguaje,  juicio  y  libertad  de  conciencia: Sobre  la  arquitectura  de  una  posición  intelectual » examiné cómo la libertad de conciencia depende de un vínculo constante entre lo que se percibe, lo que se dice y cómo se juzga.  Ese vínculo no se sostiene por sí solo.  Ver no asegura nombrar con precisión, y nombrar no asegura juzgar con claridad.  Cuando ese vínculo se rompe, el lenguaje deja de seguir a la experiencia y pasa a dirigirla.  Las palabras ya no vienen después de lo que ocurre; fijan de antemano lo que se debe ver, pensar o concluir.  En ese desplazamiento, la capacidad de juzgar por cuenta propia comienza a debilitarse, mucho antes de que se eludan los tribunales o se dejen de lado los derechos.

Cuando la percepción queda moldeada de antemano, el juicio deja de operar por sí mismo.  La hostilidad deja de aparecer como una ruptura y se presenta como una conclusión contenida en la forma en que se dicen las cosas.  Un vecino pasa a ser “uno de ellos.”  Un desacuerdo pasa a ser “un ataque.”

Las sociedades hablan con facilidad del odio, pero rara vez se preguntan dónde empieza.  Cuando la violencia se hace visible, el impulso es encontrar a alguien a quien culpar.  El tirano parece suficiente.  Sin embargo, esa explicación tranquiliza más de lo que aclara.  Encierra la responsabilidad en individuos y deja intacto lo que la hizo posible:  frases repetidas, etiquetas aceptadas, palabras que ya no se cuestionan.

Les resulta más fácil a los Castro, Putins y Maduros del mundo incitar al odio contra enemigos imaginarios que responder al estado de vergüenza y confusión generado por ellos mismos.

Es necesaria una distinción.  Ver con claridad no es odiar.  Nombrar la brutalidad no es resentimiento, sino claridad.  Decir “este acto destruye una vida” sigue siendo una descripción.  El odio comienza cuando la persona queda reducida a algo que debe ser eliminado.  Quien habla de ese modo adopta el mismo lenguaje que afirma rechazar.

Las ideologías que organizan la hostilidad no surgen de forma aislada.  Cambian de nombre, pero comparten una regla:  las personas definen quiénes son expulsando a otros.  Donde esa regla se impone, la dignidad humana deja de funcionar como medida común.  La vida pública se divide entre quienes pertenecen y quienes no.  El nazismo en Europa, el chavismo en Venezuela, el movimiento MAGA en Estados Unidos y diversas formas de teocracia muestran cómo poblaciones enteras pasan a hablar de otros como enemigos y a tratar esa división como necesaria para el orden o la pureza.

Lo que aparece en Trump no es nuevo.  Es lo que ya no necesita ocultarse.

Una vez que esta forma de hablar se afianza, deja de estar contenida en líderes o doctrinas.  Se extiende.  Algunos la repiten por convicción.  Otros la repiten para evitar problemas, para encajar o para protegerse.  El lenguaje cambia.  Las palabras dejan de señalar a personas y pasan a asignarles un lugar.  El adversario se convierte en una amenaza; la amenaza en alguien a quien despreciar.  Una persona deja de ser llamada por su nombre y pasa a ser designada por una etiqueta:  “ilegal,” “traidor,” “infiel,” “enemigo.”

Aparece entonces otra confusión.  En nombre de la comprensión, algunos describen a quienes defienden esas ideas como incomprendidos o heridos.  Esta postura aparenta equilibrio, pero desplaza la atención hacia quienes ejercen poder y la aleja de quienes viven bajo él.

Esta confusión se apoya en un hábito de pensamiento más profundo.  A menudo se explica la violencia señalando heridas personales o situaciones de exclusión.  Hay algo de verdad en ello.  Pero cuando se aplica sin límite, disuelve la responsabilidad.  Todos son vulnerables.  No todos participan en el daño organizado.  Eso exige decisiones, palabras repetidas y personas dispuestas a actuar.

Aquí aparece la diferencia entre ética y moralismo.  El moralismo clasifica a las personas en buenas y malas.  La ética examina qué permite que ciertas acciones ocurran y se extiendan.  No convierte al adversario en un monstruo, pero tampoco excusa lo que se hace.

Quienes sufren las consecuencias rara vez aparecen en estos argumentos.  No pertenecen a bandos ni a consignas.  Son quienes deben vivir con lo que otros deciden:  la familia obligada a desplazarse, el trabajador excluido, la persona que aprende a guardar silencio.

La pregunta, entonces, no puede responderse señalando a un tirano.  El odio se alimenta cuando se acepta el deterioro del lenguaje, se normaliza la humillación y se permite que el juicio sea sustituido por explicaciones ya hechas.

En ese punto, el odio deja de parecer excepcional.  Se vuelve un hábito.  Se repite en el habla cotidiana:  “así funcionan las cosas,” “todo el mundo lo hace,” “no tenemos otra opción,” “nos obligaron,” “es por la nación.”  Aparece en el lenguaje del orden y la protección:  “para restablecer el orden,” “por su seguridad,” y en la activación constante del miedo:  miedo a perder lugar, miedo a la diferencia, miedo a quienes se perciben como ajenos, incluso en sociedades formadas por múltiples orígenes.

Estas expresiones no se limitan a describir lo que ocurre.  Lo disponen.  Hacen que la exclusión parezca razonable.  Lo que antes requería justificación pasa a recibirse como sentido común.

Cuando esta forma de hablar se instala, la hostilidad deja de requerir defensa.  Se vuelve esperada, repetida, rutinaria.  La responsabilidad no desaparece mediante la negación; se diluye por repetición:  a través de explicaciones que excusan y de temores que nadie examina.

Así es como el odio continúa:  no solo por quienes lo proclaman, sino por quienes lo repiten, lo aceptan o lo dejan pasar sin objeción.

La pregunta permanece.

¿Quién alimenta el odio?

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Ricardo F. Morín, 16 de Marzo de 2026, Oakland Park, Florida.


« La mímesis emocional »

April 15, 2026

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Ricardo Morín
Infinity One: La mímesis emocional
152 x 94 cm
Óleo sobre lienzo
2005

La vida pública hoy está menos determinada por ideas que por señales emocionales.  Las personas no responden al contenido de los argumentos, sino al registro en el que se presentan.  El tono se vuelve sustancia; el afecto, autoridad.  La sustitución de señales emocionales por argumentación no es accidental.  Responde a una gramática cultural en la que los individuos aprenden a reconocerse no mediante el razonamiento, sino a través de la semejanza emocional.  La voz más resonante no es la más coherente, sino la que reproduce el estado emocional de la multitud.  A este fenómeno lo llamo la gramática de la mímesis emocional.  

La prensa desempeña un papel central en el refuerzo de esta gramática.  Los medios contemporáneos no operan como un espacio para el trabajo lento del pensamiento; operan como un mercado de sentimientos.  Los editores seleccionan, encuadran y difunden relatos según su tracción emocional, más que por su claridad intelectual.  Una confesión de angustia se toma como comprensión.  Una manifestación de sufrimiento, como verdad.  La principal moneda de los medios es la resonancia, medida no por su exactitud, sino por la intensidad de la emoción que suscita.  Esto responde a los incentivos de una economía de la atención.  

Autores reconocidos o figuras públicas reciben con frecuencia plataformas amplias para exponer agravios personales carentes de fundamento conceptual.  Afirmaciones como «no hay cierre para el sufrimiento inocente si el universo no responsabiliza a alguien» se presentan como reflexiones morales valientes.  Sin embargo, la premisa se desmorona al primer contacto:  el sufrimiento no se distribuye según el mérito, y la naturaleza no adjudica inocencia.  Aun así, estas narrativas conservan su fuerza porque el mercado premia la vulnerabilidad, no el razonamiento.  

Este patrón de selección y recompensa guarda paralelo con la lógica emocional del populismo.  Los seguidores de figuras políticas no se identifican con sus líderes porque compartan circunstancias materiales o intereses programáticos, sino porque se reconocen en la postura emocional que el líder encarna.  Esto se hace evidente en el movimiento en torno a Donald Trump.  Sus seguidores no imitan sus ideas; imitan su volatilidad emocional, su sentido de agravio y su desafío teatral.  Él se convierte en una superficie de proyección de la vida emocional de la multitud y, a su vez, reproduce su turbulencia.  Es una mímesis en ambas direcciones.  

La convergencia entre las dinámicas mediáticas y las dinámicas populistas no es accidental.  Ambas se sostienen en la misma gramática:  la resonancia emocional como sustituto de la coherencia.  El atractivo de Trump depende de esta correspondencia entre expresión emocional y respuesta pública.  La prensa amplifica su volatilidad porque genera espectáculo; el público interpreta el espectáculo como autenticidad, y la autenticidad se confunde con la verdad.  Lo que aparece como más auténtico es, con frecuencia, lo menos fiable como guía de la verdad.  Este ciclo se mantiene incluso cuando el contenido carece de coherencia.  De hecho, la incoherencia refuerza el vínculo, porque sugiere una liberación de las exigencias del pensamiento disciplinado—exigencias que muchos perciben como elitistas u opresivas.  

Esta gramática no opera únicamente en la política.  Configura la vida cultural en un sentido más amplio.  La producción cultural privilegia cada vez más la exposición emocional frente a la expresión disciplinada.  Las obras se evalúan por su capacidad de suscitar una reacción inmediata, no por la claridad con la que iluminan la experiencia.  El resultado es una contracción de la imaginación pública:  el matiz se vuelve difícil de sostener y la reflexión es desplazada por formas abreviadas de expresión emotiva.  Este entorno favorece a quienes narran sus emociones con intensidad, independientemente de la solidez de sus interpretaciones.  

Las consecuencias para la vida cívica son considerables.  Cuando la mímesis emocional se convierte en el modo dominante de participación, el desacuerdo deja de ser navegable.  Las personas ya no se enfrentan a diferencias de juicio, sino a diferencias de identidad emocional.  Criticar un argumento pasa a ser un ataque a la legitimidad emocional de quien lo expresa.  La conversación pública se transforma en una competencia de agravios, no en un intercambio de ideas.  El resultado es un espacio social frágil en el que la frecuencia emocional más intensa impone los términos del debate.  

Este desplazamiento también borra la distinción entre testigo y participante.  Al buscar relatos cargados de emoción, la prensa se convierte en parte de las mismas dinámicas que describe.  Refuerza los guiones emocionales que las personas ya habitan.  Privilegia la agitación personal como señal de profundidad moral.  Trata el espectáculo como si fuera sustancia.  Al hacerlo, entrena al público para interiorizar la expresión emocional como forma primaria de comunicación.  Los medios no se limitan a reflejar la mímesis emocional; la convierten en hábito.  

La gramática emocional contemporánea difiere en escala y en funcionamiento.  La selección, la repetición y la amplificación operan ahora de forma continua, reduciendo la complejidad de la experiencia a un conjunto limitado de señales—agravio, resentimiento y confesión.  A medida que estas señales circulan, la atención queda capturada por la intensidad, en lugar de orientarse por la coherencia.  No se trata de un colapso moral, sino de un fallo en la forma en que la atención se dirige y se sostiene en la vida pública.  

El desafío no consiste en suprimir la emoción, sino en restablecer la proporción.  La vida emocional es esencial a la experiencia humana, pero no puede constituir una gramática universal para el razonamiento público.  Una cultura que se comunica principalmente a través de la mímesis emocional pierde la capacidad de distinguir entre percepción y proyección.  Se vuelve reactiva, no reflexiva.  Para recuperar la claridad, es necesario volver a separar la vivacidad de la emoción de la validez del pensamiento.  Solo entonces la vida pública recuperará la profundidad que ha intercambiado por resonancia.

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Ricardo Morin, Noviembre, 2025, Oakland Park, Florida.


« Jardines Morakami »

April 10, 2026

En memoria de Andreina

Ricardo F. Morín, 10 de abril de 2026, Oakland Park, Florida

Bosque de bambú, ondulando en el viento. Inhalado y exhalado.

Camino por un túnel columnado de enredaderas, las frondas de una palmera agitándose arriba.

Formas curvadas—Karesansui.

Una huéspeda pasa, buscando su nombre.

Caigo por un monumento al desecho.

Como en un tablero de ajedrez

Te veo. Allá.

Una escalera hacia el jardín.

Un aposento donde me senté junto a ti, ya no más.

Estoy contenido por cinta amarilla de precaución.

Tres bancos contra una pantalla de hojas.

Tu entierro está aquí conmigo.

Los bonsáis que adorabas.

Una sonrisa nacarada murmura en el cielo.

Mi guardián dice: cuidado por dónde pisas.

Dice que tenemos mucho por hacer.

Y los dejo pasar.



Bosque de bambú, respirando.

Karesansui, cinta amarilla, tres bancos—ella ya no está.

Y los dejo pasar.

« Desenmascarar la desilusión:  Serie VI »

April 8, 2026

 


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“Alegoría geométrica”,  pintura digital 2023 de Ricardo Morín (artista visual estadounidense nacido en Venezuela–1954)

 

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Esta entrega cierra el Capítulo XII,  “El cuarto signo”.  Presenta los §§ 26–34 bajo el encabezado “La asimetría de las sanciones”,  y examina la aplicación desigual y los efectos diferenciados de las medidas económicas y políticas externas dentro del marco más amplio establecido por las secciones precedentes sobre la autocracia y Venezuela.

Ricardo F. Morín

13 de Enero, 2026

Oakland Park, Fl

 

 

La asimetría de las sanciones

 

26

Las sanciones se emplean con frecuencia como instrumento diplomático para debilitar regímenes autocráticos.  Sin embargo,  su uso revela una asimetría más profunda en la tensión entre responsabilidad democrática y persistencia autoritaria.  Según datos del V-Dem Institute,  cerca del 72 % de la población mundial vive actualmente bajo formas de gobierno autocráticas,  la proporción más elevada desde 1978.  Esta constatación obliga a reconsiderar las sanciones no como medidas excepcionales frente a regímenes aislados,  sino como políticas aplicadas en un orden global donde la autocracia se ha convertido en la forma predominante de gobierno.

 

27

Por un lado,  las sanciones buscan aislar a las autocracias en los planos económico y político.  Por otro,  regímenes como el de Nicolás Maduro han demostrado una notable capacidad de adaptación frente a tales medidas.  Su perdurabilidad pone de relieve los límites de instrumentos concebidos para un mundo en el que se presuponía la primacía de la democracia.

27a  

Los desarrollos posteriores, incluida la remoción de Nicolás Maduro del poder, alteran el objeto inmediato hacia el cual se dirigían las sanciones, pero no resuelven las condiciones estructurales aquí examinadas.  Las redes de autoridad, los arreglos institucionales y las alianzas externas que sostuvieron su mandato no han sido disueltas por su salida.  Lo que se observa en este caso no es la permanencia de una figura individual, sino la persistencia de una estructura de gobierno capaz de adaptarse más allá de ella.

 

28

Maduro ha tejido alianzas adversariales con el fin de eludir la presión externa y sostener su permanencia en el poder.  Al invocar nociones de soberanía y resistencia frente a la influencia occidental,  ha transformado el aislamiento en un relato de desafío.

 

29

Este relato sirve de base para asociaciones con otros Estados autocráticos,  entre ellos Rusia,  China,  Cuba,  Irán y Turquía. [43] [44] [45] [46] [47]   Impulsadas por intereses pragmáticos más que por una afinidad ideológica estricta,  estas alianzas permiten a Venezuela atenuar los efectos previstos de las sanciones.

 

30

El resultado es paradójico:  mientras las sanciones aspiran a debilitar a las autocracias,  contribuyen de manera involuntaria a su resiliencia.  La dependencia de alianzas alternativas brinda a regímenes como el de Maduro acceso a recursos,  apoyo militar y respaldo político,  lo que a su vez los resguarda de disrupciones económicas severas y del escrutinio internacional.  En un contexto donde la mayoría de la población mundial vive bajo regímenes autocráticos,  la lógica del aislamiento pierde eficacia;  se convierte en una lectura errónea del equilibrio global.

 

31

De este modo,  las sanciones favorecen la persistencia de la autocracia.  Regímenes como el de Maduro explotan su aislamiento para presentarse como defensores de la soberanía nacional y de la resistencia frente a la hegemonía global.  Esta dinámica refuerza la noción de un orden mundial multipolar. [48]   A medida que el poder global se desplaza desde una dominación unipolar,  estos regímenes encuentran nuevas vías para sostenerse.

 

32

Al encuadrar su cooperación como resistencia a la primacía occidental,  los regímenes autoritarios legitiman sus alianzas bajo el estandarte de la multipolaridad.  Este reposicionamiento estratégico no solo elude las sanciones;  reconfigura activamente el orden global.  En la medida en que estos regímenes amplían su influencia,  debilitan las normas democráticas al sustituirlas por un sistema en el que el poder se concentra sin rendición externa de cuentas.

 

33

Este desplazamiento no se limita a regímenes como el de Maduro.  Refleja una tendencia más amplia en la que el autoritarismo avanza aprovechando fracturas ideológicas internas en las sociedades democráticas.  En Europa y Asia,  movimientos nacionalistas y de derecha reproducen cada vez más narrativas alineadas con el Kremlin para intensificar el escepticismo hacia las instituciones occidentales.  El ascenso de estas fuerzas en países como Hungría,  Italia e India no constituye únicamente un giro interno;  señala una convergencia con un marco global en el que la soberanía se invoca no para fortalecer a los ciudadanos,  sino para aislar a los dirigentes de toda exigencia de responsabilidad.

 

34

Contrariamente a la tesis de que el autoritarismo sería solo una reacción a la hegemonía estadounidense,  su expansión revela un impulso propio que persiste al margen de la intervención de Estados Unidos.  China y Rusia no buscan disputar el poder norteamericano en nombre de un orden más equitativo;  aspiran a consolidar su autoridad sin restricciones externas.  En este escenario,  la división ideológica tradicional entre izquierda y derecha pierde centralidad frente a una confrontación más fundamental:  la pugna entre la concentración del poder y la resiliencia democrática. [49]   Ya sea bajo la forma del populismo o del nacionalismo,  el objetivo permanece constante:  debilitar los contrapesos institucionales y concentrar el poder sin una rendición de cuentas suficiente.

 


 

NOTAS FINALES

 

§ 29

  • [43]  En 2019,  la empresa estatal rusa Rosneft gestionó cerca del 70 % de las exportaciones de crudo venezolano,  eludiendo sanciones estadounidenses.  Rusia también suministró equipamiento militar y programas de adiestramiento destinados a reforzar el control de Maduro sobre las fuerzas armadas.
  • [44]  La participación de China incluye empresas mixtas en la Faja del Orinoco,  proyectos de infraestructura como el ferrocarril Tinaco–Anaco y programas habitacionales asociados a la Gran Misión Vivienda.  Pese a dificultades operativas,  estas iniciativas evidencian el interés estratégico chino en el sector energético venezolano.
  • [45]  De acuerdo con el Brookings Institution,  Cuba y Venezuela han mantenido vínculos políticos y estratégicos estrechos,  especialmente durante las administraciones de Chávez y Maduro.  Esta relación ha abarcado cooperación en materia de seguridad e inteligencia.  Instituciones cubanas han aportado formación,  asesoría y apoyo técnico a fuerzas militares y de seguridad venezolanas,  incluida la Dirección de Inteligencia (DI,  G2),  los Comités de Defensa de la Revolución (CDR)  y la Brigada Especial Nacional del Ministerio del Interior.
  • [46]  Irán ha respaldado a Venezuela mediante cooperación energética y militar,  aportando combustible refinado y asistencia técnica para la industria petrolera.  Acuerdos de trueque e intercambios tecnológicos,  incluidos sistemas no tripulados,  reflejan la profundización de esta alianza.
  • [47]  Turquía facilitó el comercio de oro venezolano,  permitiendo al gobierno eludir sanciones.  Este intercambio,  que alcanzó aproximadamente 900 millones de dólares en 2018,  ha sido cuestionado por su opacidad y por su vínculo con la minería ilegal en la región del Arco Minero. 

§ 31

  • [48]  Pérez-Liñán, Aníbal y Mainwaring, Scott,  Democracies and Dictatorships in Latin America:  Emergence,  Survival,  and Fall  (Cambridge:  Cambridge University Press,  2014),  183–187,  199–202.  

§ 34

  • [49]  Levitsky, Steven y Ziblatt, Daniel  How Democracies Die  (Nueva York:  Crown,  2018),  212–215.

« Folie à Deux »

April 1, 2026

Ricardo F. Morín
Naturaleza muerta
22″ x 30″
Técnica mixta sobre papel
2000

Ricardo F. Morin

31 de marzo de 2026

Oakland Park, Florida 

Una relación entre dos individuos puede parecer estable incluso cuando se basa en una premisa falsa.  Una decisión se propone sin fundamento y se acepta antes de ser puesta a prueba.  Uno habla; el otro se ajusta.  Se introduce una afirmación y se adopta sin examen.  Cuando aparece la contradicción, se deja de lado.  La relación se mantiene porque uno afirma y el otro acepta.  El relato de dos personas puede parecer excepcional, pero la relación que pone de manifiesto no se limita a ellas.

 

Una relación más amplia entre individuos, sostenida al excluir la contradicción, no requiere acuerdo.  Requiere dirección y alineación.  Una afirmación se repite como si ya estuviera resuelta y se mantiene como algo que debe sostenerse.  Un interlocutor expone una posición con certeza y sin matices, y otros aceptan esa certeza como prueba de su validez en lugar de examinar la afirmación.  Un relato compartido fija lo que puede decirse; cuestionarlo queda excluido.  Una decisión se sostiene porque confirma lo ya asumido.  La relación continúa sin ser cuestionada.

 

¿En qué momento una relación de este tipo deja de interpretar la realidad y comienza a actuar en su lugar? No cuando aparece una afirmación falsa, sino cuando la relación ya no permite que sea puesta a prueba.  Mientras las afirmaciones sean sometidas a examen, el desacuerdo se examine y el ajuste siga a la evidencia, la relación permanece abierta.  El cambio ocurre cuando la alineación sustituye la puesta a prueba.  Una afirmación se mantiene antes de ser puesta a prueba y deja de presentarse como algo abierto a examen.

 

La contradicción ya no interrumpe la relación.  Se descarta o se aparta y no entra en la decisión.  Lo que no encaja queda excluido de lo que sigue.

 

Una afirmación se sostiene porque repite lo que ya se ha dicho.  La corrección deja de producirse.

 

Una decisión formada dentro de la relación se ejecuta fuera de ella sin ser puesta a prueba, y una persona que no participó en su formación debe acatarla.  El efecto sobre esa persona no se examina y se considera secundario frente a la continuidad de la afirmación.  Cada participante percibe el efecto sobre la persona afectada.  Continúa actuando conforme a la afirmación, dejando de lado ese reconocimiento para mantener la alineación.  La acción continúa antes de que la ley o la ética puedan intervenir.

 

Las decisiones se miden entonces según lo ya afirmado y no según lo presente.  El comportamiento continúa sin ser puesto a prueba.  Los juicios se forman dentro de circuitos cerrados de afirmación.  En una sociedad de inversión, un socio principal propone una tesis bajo presión de tiempo e información incompleta, y los demás comprometen capital basándose en esa autoridad y no en validación externa.  En otro ámbito, bajo incertidumbre no resuelta, en un contexto clínico, las pruebas disponibles no resuelven el diagnóstico y un médico adopta una hipótesis de trabajo; el tratamiento avanza sobre esa base, repitiéndose y confirmándose, mientras se dejan de lado signos contradictorios.  Lo que parece coherente internamente produce acciones que no se ajustan a las condiciones que pretende abordar.

 

Una relación de este tipo también define la responsabilidad de manera limitada.  Cada participante atiende al otro dentro de la relación, pero no a quienes se ven afectados por ella.  El acuerdo entre los participantes no se extiende a quienes están sujetos a lo que la relación produce.  Dentro de la relación, nada se presenta como una ruptura:  la afirmación se sostiene, la decisión sigue, y la alineación se mantiene, de modo que no surge punto de interrupción desde el cual pueda ser juzgada.  La responsabilidad requeriría que cada participante considere cómo la afirmación y la decisión afectan a quienes están fuera de la relación y permita que ese efecto modifique o detenga lo que sigue.  Cuando esto no ocurre, la responsabilidad permanece contenida dentro de la relación y quienes están fuera de ella son afectados sin que su situación entre en la decisión.

 

La diferencia entre creencia compartida y distorsión compartida radica en si la relación permite corrección.  Donde la contradicción puede entrar y ser considerada, la relación permanece abierta.  Donde se excluye, la relación se cierra.

 

El problema no comienza cuando una afirmación es falsa.  Comienza cuando la relación que la sostiene ya no permite que sea puesta a prueba.

 

« La escalera eripto »

April 1, 2026

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Ricardo Morín
Still veintitrés: La Escalera Cripto
Óleo sobre lienzo y tabla
30,5 x 38 x 1,3 cm
2012

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La criptomoneda afirma independencia de la autoridad financiera.  En la práctica,  los tokens se compran,  se venden y se almacenan en plataformas de intercambio centralizadas que controlan la custodia,  ejecutan operaciones y procesan retiros.  Cuando los participantes dejan sus activos en estas plataformas,  la entidad administradora conserva las claves privadas y gestiona el acceso a los fondos.  El control se desplaza de los bancos regulados,  que operan bajo requisitos de capital,  reglas de liquidez y supervisión pública continua,  hacia plataformas privadas constituidas en distintas jurisdicciones y sujetas a normas variables de divulgación,  reservas y cumplimiento normativo.  Las protecciones disponibles dependen de las reglas aplicables en la jurisdicción donde opera la plataforma.  

Antes de que comience la negociación pública,  el acceso a los tokens recién emitidos se limita a fundadores,  inversores privados o participantes en rondas de distribución inicial.  Las transacciones en esta etapa ocurren dentro de ese grupo restringido y los precios reflejan intercambios entre esos titulares de tokens.  

Cuando se abre la negociación pública,  nuevos compradores acceden a través de plataformas de intercambio.  Compiten por adquirir la oferta existente en manos de los titulares iniciales.  Como la oferta no se expande de inmediato,  los compradores elevan sus ofertas de compra entre sí.  A medida que aumentan las ofertas de compra,  el precio de mercado se incrementa.  

Cuando quienes adquirieron tokens antes venden al precio elevado generado por la competencia entre ofertas de compra,  los compradores posteriores transfieren capital mediante esas adquisiciones,  capital que se convierte en la ganancia de los primeros vendedores.  

Los sistemas de tokens pueden distribuir la oferta de manera amplia en la emisión inicial mediante ofertas públicas o asignaciones comunitarias.  Sin embargo,  una vez que comienza la negociación,  los participantes con mayor capital pueden acumular posiciones más amplias comprando a titulares con posiciones más reducidas.  Con el tiempo,  este proceso concentra la oferta en un grupo más reducido de titulares.  El orden de entrada influye así en quién llega a controlar porciones significativas de la oferta.  

Si la demanda continúa superando la oferta disponible,  los compradores elevan el precio de sus ofertas de compra y los precios aumentan.  Si la demanda disminuye y se reducen las ofertas de compra,  cesa el aumento de los precios.  Cuando titulares con posiciones significativas intentan vender en un mercado en descenso,  presentan órdenes de venta de gran volumen en la plataforma.  Esas órdenes deben coincidir con compradores dispuestos a adquirir al precio vigente.  Si los compradores presentan ofertas a precios más bajos,  los vendedores aceptan esas condiciones para completar la operación.  Cada transacción realizada a un precio inferior establece un nuevo precio de referencia.  A medida que el precio cotizado desciende,  otros titulares de tokens deciden vender para limitar pérdidas adicionales.  Esas ventas posteriores se ejecutan a precios inferiores a los de operaciones anteriores.  Cada venta modifica el precio disponible para los demás participantes.  Quienes salen antes lo hacen bajo condiciones distintas de quienes permanecen.  La secuencia de las decisiones altera las condiciones disponibles para quienes actúan después.  

Cuando las solicitudes de retiro superan el efectivo o los activos líquidos que mantiene la plataforma,  esta restringe retiros o suspende operaciones para frenar la salida de fondos.  Cuando los precios cambian de tendencia y numerosos clientes intentan retirar fondos de manera simultánea,  las plataformas que carecen de activos líquidos suficientes no pueden satisfacer todas las solicitudes al mismo tiempo.  Los participantes deben esperar,  y el acceso efectivo a los fondos depende de la capacidad operativa interna de la plataforma y no únicamente del saldo registrado en cada cuenta.  

Incluso cuando los tokens se distribuyen inicialmente entre múltiples carteras,  la actividad de negociación puede generar acumulación desigual.  Los participantes con mayores reservas de capital pueden comprar durante descensos de precio y conservar sus posiciones a través de la volatilidad.  Los titulares con posiciones más reducidas pueden verse obligados a vender bajo presión financiera.  A lo largo de ciclos sucesivos,  la propiedad puede concentrarse pese a una distribución inicial dispersa.  

En estas condiciones,  el orden de entrada determina la distribución de resultados.  Los primeros participantes asumen la incertidumbre de si la demanda se materializará.  Los participantes posteriores asumen mayores costos de adquisición una vez que la demanda ya ha elevado los precios.  Las ganancias y las pérdidas siguen la secuencia en que los participantes asumen riesgo y aportan capital.  

Los bancos tradicionales y las bolsas reguladas operan bajo normas supervisadas por autoridades públicas.  Los bancos deben mantener reservas de capital para absorber pérdidas y colchones de liquidez para atender retiros.  Las empresas que cotizan en bolsa deben divulgar información financiera para que los inversores evalúen el riesgo.  En muchas jurisdicciones,  el seguro de depósitos protege a los depositantes minoristas hasta límites establecidos.  Cuando las instituciones enfrentan tensiones sistémicas,  los bancos centrales proporcionan liquidez para evitar la desestabilización del sistema finaciero.  

Los mercados de criptomonedas no operan de manera uniforme bajo requisitos comparables.  Algunas plataformas publican información financiera limitada.  Las prácticas de reserva no están estandarizadas entre operadores.  El seguro de depósitos no se aplica a la tenencia de tokens.  Cuando una plataforma se vuelve insolvente o administra inadecuadamente los activos,  los clientes se convierten en acreedores sin garantía y asumen las pérdidas de manera directa.  

Quienes buscan evitar la dependencia de instituciones financieras tradicionales recurren a plataformas que combinan custodia,  ejecución y servicios de apalancamiento.  Cuando tales plataformas suspenden retiros o cesan operaciones,  los usuarios disponen de recursos limitados.  La ubicación de la autoridad cambia,  pero la dependencia de intermediarios permanece.  

El orden de entrada continúa influyendo en quién gana y quién pierde.  En mercados regulados,  los requisitos de capital,  los mecanismos de compensación y el seguro de depósitos absorben parte de las pérdidas antes de que alcancen a los participantes individuales.  En los mercados de criptomonedas,  esos mecanismos de estabilización no se aplican de manera uniforme.  Cuando los precios descienden,  las pérdidas se trasladan directamente desde las operaciones a precios decrecientes a los saldos individuales,  sin una capa intermedia que amortigüe el impacto.  

La tecnología asociada a las criptomonedas continúa desarrollándose.  Las aplicaciones más allá de la especulación se expanden cuando los protocolos se adoptan para procesamiento de pagos,  liquidación u otras funciones no especulativas.  Sin embargo,  mientras los precios dependan de la entrada continua de compradores y mientras la propiedad se concentre a través de ciclos sucesivos,  el orden de entrada determinará la distribución de ganancias y pérdidas.  Cualquier reforma que busque una participación más amplia deberá abordar cómo se asignan los tokens en la emisión inicial,  cómo las plataformas gestionan la custodia y la liquidez,  y qué protecciones se aplican cuando dichas plataformas fallan.  

En estas condiciones,  la criptomoneda no constituye una sustitución de la banca ni de los mercados de valores en un sentido institucional estricto.  Las funciones de custodia,  ejecución y provisión de liquidez persisten,  pero se ejercen bajo condiciones distintas y sin marcos homogéneos de protección.

La estructura aquí descrita no elimina la autoridad del sistema de intercambio.  La reubica.  Los bancos operan bajo requisitos de capital,  reglas de liquidez y supervisión pública continua.  Las plataformas de negociación no operan bajo restricciones comparables.  La ubicación de la autoridad cambia,  pero la autoridad permanece.  

El lenguaje de la descentralización coexiste con la dependencia continua de plataformas centralizadas para la custodia,  la liquidez y la ejecución de reglas.  Los participantes depositan fondos,  aceptan las condiciones contractuales de la plataforma y dependen de sus decisiones operativas incluso cuando describen el sistema como independiente de la autoridad institucional.

Ricardo F. Morín

27 de febrero de 2026

Oakland Park, Florida


« La medida del yo »

March 28, 2026
Ascensión-2
CGI 2005

por Ricardo F. Morín

12 de marzo de 2026

Kissimmee, Florida

*

Los jóvenes crecen escuchando un lenguaje de promesa.  Directores escolares, maestros y oradores de graduación presentan el lenguaje cívico de la libertad, la igualdad de valor y la oportunidad en aulas, en asambleas escolares y en ceremonias de graduación. Los jóvenes entran en la vida esperando que la dignidad les pertenezca no por mérito sino por derecho.

El mundo en el que los adolescentes crecen muestra otra medida de valor.  Las universidades seleccionan solicitantes.  Los empleadores eligen candidatos.  Periódicos, medios televisivos y redes sociales presentan la distinción visible como referencia pública.  En este entorno el valor se vincula menos al hecho de estar vivo que a los resultados obtenidos:    calificaciones, admisión, ingresos, reconocimiento.  El lenguaje público afirma la igual dignidad y la oportunidad, mientras la vida cotidiana premia la distinción alcanzada.

Las consecuencias de esta tensión durante la adolescencia no pueden reducirse a una sola causa.  Sin embargo, las estadísticas sobre el suicidio adolescente ofrecen un punto de observación desde el cual examinar las presiones que afectan a la vida de los jóvenes.  En los Estados Unidos, el suicidio figura entre las principales causas de muerte entre los quince y los diecinueve años.  Cada año miles de adolescentes se quitan la vida.  Cifras semejantes aparecen en otros países cuyas leyes y discurso público afirman la libertad y la dignidad.  Estas cifras no revelan los pensamientos de ningún adolescente en particular, pero muestran que muchos jóvenes llegan a un punto en el que la vida deja de presentarse como una posibilidad abierta.

Cada suicidio tiene su propia historia.  Los padres buscan razones en la presión escolar, la humillación, la soledad o una desesperación que nadie reconoció a tiempo.  Los médicos recetan medicamentos.  Los consejeros ofrecen orientación.  Estos esfuerzos ayudan a algunos adolescentes y no alcanzan a otros.  El aumento continuo de estas muertes dirige la atención hacia el mundo en el que los adolescentes crecen.

Desde la infancia muchos estudiantes aprenden que el reconocimiento sigue al éxito visible.  Maestros y escuelas elogian las calificaciones más altas y celebran a los estudiantes más destacados.  Los jóvenes observan a compañeros recibir premios y cartas de admisión mientras otros no reciben ninguno.  En tales condiciones los adolescentes comienzan a medirse según el éxito de los demás.

El carácter adquisitivo y ostentoso de la vida contemporánea se vuelve visible en pantallas, medios de comunicación y redes sociales.  En ellos predominan el dominio y el estatus social.  Los jóvenes aprenden a presentarse como excepcionales antes de conocerse a sí mismos, y aprenden no solo a observar estas imágenes sino también a reproducirlas.  La cultura circundante celebra el logro mientras deja poco espacio para la vacilación o el fracaso, aunque ambos pertenecen al tránsito hacia la adultez.

El fracaso forma parte del aprendizaje, y el descubrimiento comienza con la incertidumbre.  Esa comprensión proviene de la observación repetida a través de la historia y del propio proceso de descubrimiento.  En ese proceso el error se deja atrás hasta dar con lo que resulta inteligible y comprensible.  Sin embargo, el entorno circundante continúa otorgando un honor visible al éxito.  Los jóvenes encuentran así dos mensajes al mismo tiempo: el estímulo para soportar el fracaso y una exhibición pública que celebra el logro.

En este entorno el trabajo de formar relaciones humanas se vuelve difícil.  Las amistades se rompen.  Las relaciones íntimas comienzan con incertidumbre.  La experiencia sexual rara vez coincide con las imágenes que circulan en público.  Estas dificultades forman parte del aprendizaje de la vida adulta.  Sin embargo, el contraste entre las imágenes públicas de plenitud y la experiencia más lenta de la vida real puede llevar a algunos adolescentes a juzgarse como fracasados.

El juicio sobre el propio valor no permanece externo.  Se convierte en vergüenza.  La vergüenza busca ocultarse.  Un adolescente que carga con esa vergüenza puede seguir apareciendo entre amigos, compañeros y familia mientras interiormente se distancia.  El reconocimiento promete confirmar el valor, pero despierta una necesidad de valía que no puede fundarse en el reconocimiento mismo.  Bajo esa vergüenza se encuentra otra ausencia: la ausencia de amor propio.  Sin alguna medida de estima por la propia existencia, el reconocimiento de los demás se convierte en la única fuente de valor, y el fracaso se transforma en un veredicto sobre el yo.

Las expectativas familiares pueden intensificar esta carga.  Los padres suelen transmitir esperanzas formadas por su propia experiencia.  Pueden creer que el éxito protegerá a sus hijos de las dificultades que ellos mismos encontraron.  Cuando los logros de los jóvenes parecen confirmar los sacrificios o aspiraciones de generaciones anteriores, la presión puede volverse más pesada que un simple deseo de bienestar.

La comunicación rodea a los jóvenes de imágenes y actividad.  Un adolescente puede encontrarse entre muchas señales y aun así enfrentar la angustia en soledad. Los encuentros sociales se convierten en ocasiones de exhibición más que en oportunidades para formar confianza con el tiempo.  El adolescente aparece presente en la vida social mientras lleva consigo una sensación de vacío.  Cuando el lenguaje de la dignidad ya no corresponde con la experiencia de la vida, las palabras públicas mismas comienzan a perder su significado.

La adolescencia no crea esta condición; la adolescencia la revela.  Muchos adultos viven bajo la misma presión de demostrar su valor mediante el éxito y el reconocimiento.  El trabajo, la familia y la rutina permiten que la vida continúe, pero el sentimiento de insuficiencia no siempre desaparece.  Algunos lo llevan durante décadas.  Los adolescentes encuentran la condición antes de que esos apoyos se establezcan.  Algunos la enfrentan antes de poseer la fuerza necesaria para soportarla.

Esta condición no pertenece solo al presente.  Registros de siglos anteriores describen la misma desesperación, la misma vergüenza y el mismo acto de autodestrucción entre los jóvenes.  Las formas que rodean la vida han cambiado a lo largo del tiempo.  La autoridad religiosa imponía antes sus juicios.  El honor familiar y el estatus heredado colocaban otras cargas sobre los jóvenes.  La vulnerabilidad humana ha permanecido constante aun cuando el entorno ha cambiado.

La cuestión no reside por lo tanto en si la desesperación entre los jóvenes es nueva.  La cuestión reside en cómo las condiciones del presente moldean esa vulnerabilidad dentro de una sociedad que habla con frecuencia de dignidad y oportunidad y aun así produce circunstancias en las que algunos jóvenes llegan a creer que la vida no les ofrece lugar.

Una sociedad puede crear condiciones que intensifican la desesperación, la vergüenza y la presión.  Esas condiciones merecen examen y crítica.  Sin embargo, el acto de quitarse la vida no puede atribuirse a otros del mismo modo en que esas condiciones pueden examinarse colectivamente.

Con el tiempo muchas personas llegan a reconocer una distinción difícil:  sentir profundamente el dolor de otra persona no es lo mismo que ser responsable de su elección.  Se puede llevar empatía, duelo e incluso una persistente sensación de vínculo con ese sufrimiento sin haber sido el agente del acto mismo.

Cuando estas muertes se acumulan de este modo, los observadores recurren a un lenguaje especializado en busca de explicación.  Los términos académicos intentan describir el problema mediante categorías y teorías.  Ese lenguaje puede organizar la discusión, pero las palabras mismas no eliminan el hecho de que miles de adolescentes se quitan la vida cada año.  Las cifras permanecen visibles sin la ayuda de vocabulario técnico.


« Desenmascarar la desilusión:  Serie V »

March 25, 2026

*

“Alegoría geométrica”,  pintura digital 2023 de Ricardo Morín  (artista visual estadounidense nacido en Venezuela–1954)

 

Nota del autor

 

Esta entrega prolonga el Capítulo XII,  “El cuarto signo”,  tras la exposición inicial sobre la autocracia (§§ 1–9).  Su atención se concentra en Venezuela,  examinando §§ 10–25,  donde el marco previamente establecido se somete a una verificación situada.  El capítulo se cierra en una entrega independiente dedicada a “La asimetría de las sanciones” (§§ 26–34).

Ricardo F. Morín

26 de Diciembre de 2025

Oakland Park, Fl

Capítulo XII:  Parte 2

 

 

Venezuela

 

10

Para comprender las consecuencias prácticas de la autocracia y de la concentración del poder que la acompaña,  me remito a la obra de Rafael Arráiz Lucca,  Venezuela:   1830 a nuestros días:   Breve historia política [2016].  Allí se presenta una reconstrucción continua de la trayectoria venezolana desde la independencia hasta el presente. [1]   El autor examina transformaciones políticas,  económicas y sociales,  atendiendo tanto a los conflictos iniciales como al ascenso de liderazgos militares.  Su análisis incluye la irrupción de Hugo Chávez,  la formulación de su proyecto ideológico y los efectos acumulativos de sus políticas.  Asimismo,  considera la persistencia de ese legado bajo el gobierno de Nicolás Maduro.  En su lectura,  ambas presidencias encarnaron formas de poder que tendieron a centralizar la autoridad y a restringir la disidencia.

 

11

La trayectoria política del país ha quedado marcada por una prolongada impronta militar.  Desde la independencia en 1811,  veinticinco oficiales ocuparon la presidencia,  acumulando 172 años de ejercicio gubernamental y afianzando la gravitación castrense en la vida política. [2]  La transición hacia la democracia representativa en 1961 introdujo un quiebre significativo,  al abrir un período de treinta y ocho años de gobiernos civiles en el marco del Pacto de Punto Fijo (véase el Capítulo XI).  Este ciclo,  sin embargo,  no estuvo exento de tensiones.  Los acontecimientos del Caracazo en 1989 y el intento de golpe de 1992 evidenciaron la fragilidad del orden civil y la persistencia del recurso al liderazgo militar en contextos de crisis. [3][4]

 

12

El Caracazo y la represión que le siguió expusieron fracturas sociales profundas que socavaron la confianza en la gobernanza civil.  Para amplios sectores,  el desorden y la desilusión reactivaron la percepción de las fuerzas armadas como instancia de contención y orden,  una imagen arraigada en la tradición del caudillismo.  El ascenso de Chávez puede leerse como una consecuencia directa de ese trasfondo histórico:  una figura militar que se ofreció como respuesta a los límites de la política civil.  La violencia posterior a los disturbios,  sumada a la incapacidad estructural para responder a las desigualdades que estos condensaban,  preparó el terreno para el retorno de inclinaciones autocráticas,  formuladas ahora en clave populista.  Se inauguró así una etapa autoritaria configurada tanto por las tensiones del presente como por herencias no resueltas del pasado.

 

13

La presidencia de Hugo Chávez prolongó una tradición autoritaria ya visible durante el régimen del general Marcos Pérez Jiménez. [5]  Como en aquella etapa,  el ingreso petrolero constituyó el sostén principal de la acción gubernamental. [6]

 

14

La noción de “democracia participativa” promovida por Chávez se presentó como un mecanismo de incorporación de sectores históricamente excluidos.  Los consejos comunales y las misiones sociales,  concebidos bajo ese principio,  operaron en la práctica como dispositivos de control político asociados a la ideología bolivariana.  El acceso y la participación quedaron condicionados por la lealtad al liderazgo,  lo que derivó en la exclusión sistemática de quienes disentían.  Esta articulación de populismo y autoridad redefinió la disidencia como falta de compromiso nacional y debilitó la centralidad del derecho,  subordinando los poderes legislativo y judicial al ejecutivo.

 

15

El respaldo explícito de Chávez a Nicolás Maduro en 2012 acentuó la deriva autoritaria. [7]  Diversas organizaciones opositoras —Vente Venezuela,  Primero de Justicia,  Un Nuevo Tiempo y Voluntad Popular— denunciaron la instrumentalización del Consejo Nacional Electoral. [8][9][10][11][12]

 

16

Tras la muerte de Chávez,  Maduro enfrentó cuestionamientos similares en los procesos electorales de 2013 y 2018.  Organismos regionales e internacionales coincidieron en sus objeciones,  entre ellos la Organización de los Estados Americanos,  el Grupo de Lima,  el Grupo de Contacto Internacional y el Grupo de los Siete. [13][14][15]  Human Rights Watch y Amnistía Internacional también pusieron en duda la legitimidad del proceso. [16][17]   Una excepción fue el debate en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (comunicado SC/13719),  que sostuvo la primacía de una resolución interna del conflicto. [18][19]

 

17

Tras la suspensión de Venezuela del Mercosur en 2016,  las respuestas regionales variaron y se ajustaron con los cambios de gobierno. [20][21]  Argentina y Brasil modificaron sus posiciones entre el respaldo a medidas de presión y la apelación a la mediación. [22][23]  Colombia osciló entre la ruptura diplomática y el restablecimiento de vínculos bajo un enfoque de no intervención. [24]  Chile mantuvo una postura sostenida a favor de sanciones y remitió el caso venezolano a la Corte Penal Internacional. [25][26]  Perú expulsó al embajador venezolano tras la disolución de la Asamblea Nacional por el Tribunal Supremo de Justicia y regularizó la situación migratoria. [27]  México pasó de la condena inicial a una política de mediación. [28][29][30]

 

18

En el período previo a las elecciones presidenciales de 2024,  María Corina Machado fue inhabilitada tras imponerse en las primarias de su coalición. [31]  El Tribunal Supremo de Justicia fundamentó su decisión en alegaciones de apoyo a sanciones extranjeras,  presuntos actos de corrupción y responsabilidades vinculadas a Citgo,  filial estadounidense de Petróleos de Venezuela,  S.A.  La negativa a permitirle acceso a los cargos formulados constituyó una vulneración manifiesta del debido proceso.  Su exclusión dejó a Edmundo González Urrutia como candidato unitario de la oposición. [32]

 

19

Ambas campañas recurrieron a prácticas de intimidación.  La coalición opositora desplegó observadores en miles de centros de votación,  mientras el gobierno intensificó la censura informativa y las acciones represivas.  Tras la proclamación de resultados,  las protestas derivaron en muertes extrajudiciales,  detenciones y restricciones severas a la prensa independiente. [33]

 

20

La oposición coordinó su labor con observadores internacionales —entre ellos la Organización de los Estados Americanos,  la Misión de Observación Electoral de la Unión Europea,  el Centro Carter y la Misión de Estados Unidos ante las Naciones Unidas— para registrar irregularidades. [34][35][36][37]  El gobierno retuvo datos electorales desagregados,  alegando intrusiones informáticas,  e impuso restricciones a los observadores. [38]  El Centro Carter concluyó que el proceso no alcanzó estándares aceptables de transparencia,  equidad e imparcialidad. [39]

 

21

Maduro acusó a Machado y a González de incitar desórdenes y anunció investigaciones por “usurpación de funciones” e “insurrección militar”.  El 8 de agosto de 2024,  González salió del país rumbo a España tras recibir salvoconducto.

 

22

Para situar el estado institucional venezolano,  resulta pertinente atender a los diagnósticos ofrecidos por índices internacionales.  El Índice de Democracia de The Economist Intelligence Unit,  el Índice Global de Libertad de Freedom House y el Índice de Percepción de la Corrupción de Transparencia Internacional permiten observar,  desde métricas distintas,  el deterioro sostenido del orden democrático.

 

23

El Índice de Democracia asigna valores más altos a sistemas considerados más abiertos.  Freedom House y Transparencia Internacional emplean escalas inversas,  en las que puntajes bajos reflejan restricciones severas y altos niveles de corrupción.

 

24

Según el Índice de Democracia,  Venezuela figuró en 2008 como el país menos democrático de Sudamérica y,  en 2022,  ocupó el puesto 147 de 167. [40]  En 2023,  Freedom House registró niveles mínimos de libertad,  mientras que el Índice de Percepción de la Corrupción asignó al país 13 puntos sobre 100,  situándolo entre los casos más graves a escala global. [41]

 

25

Los informes de Transparencia Internacional correspondientes al período 2012–2023 confirman la persistencia de esa situación. [42]  En 2023,  Venezuela obtuvo 13 puntos sobre 100 y se ubicó en el puesto 177 de 180.  En conjunto,  estos indicadores delinean un panorama coherente de concentración del poder y de deterioro institucional prolongado.


NOTAS FINALES

 

§ 10

  • [1]  Rafael Arráiz Lucca,  Venezuela:  1830 a nuestros días:  Breve historia política (Caracas:  Editorial Alfa,  2016),  15–151,  212–237.  Esta obra ofrece una reconstrucción sostenida de la trayectoria política venezolana desde la independencia.  Su valor reside en mostrar cómo la recurrencia del poder militar,  lejos de ser episódica,  se integra de forma estructural en la formación del Estado.   

§ 11

  • [2]  José Gregorio Petit Primera,  “Presidentes de Venezuela (1811–2012).  Un análisis estadístico-descriptivo”.  Revista Venezolana:  Análisis de Coyuntura (Caracas:  Universidad Central de Venezuela,  XXII-1,  2016),  47–56.  El estudio cuantifica la ocupación militar de la presidencia y permite medir su persistencia como patrón de gobierno.  
  • [3]  El Pacto de Punto Fijo fue un acuerdo político suscrito por Acción Democrática (AD), Comité de Organización Política Electoral Independiente (COPEI) y Unión Republicana Democrática (URD).  Su objetivo fue garantizar alternancia,  estabilidad institucional y contención del autoritarismo tras la caída de Marcos Pérez Jiménez (1952–1958).  Si bien permitió una transición democrática prolongada,  también consolidó estructuras partidarias cerradas y exclusiones acumulativas.  

§ 13

  • [5]  Fredy Rincón Noriega, El Nuevo Ideal Nacional y los planes económico-militares de Pérez Jiménez,  1952–1957 (Caracas:  Ediciones Centauro,  1981).  
  • Judith Ewell, The Indictment of a Dictator:  The Extradition and Trial of Marcos Pérez Jiménez (College Station:  Texas A&M University Press,  1981).  
  • Ambos estudios documentan un modelo de centralización autoritaria sostenido por planificación estatal y control militar.  
  •  [6]  Aunque con orientaciones divergentes,  tanto Pérez Jiménez como Chávez estructuraron su acción gubernamental sobre la renta petrolera.  En el primer caso,  esta sostuvo proyectos de modernización infraestructural.  En el segundo,  permitió programas de redistribución que incrementaron la dependencia estructural del Estado respecto del ingreso energético.  

 § 15

  • [12]  El Consejo Nacional Electoral,  órgano encargado de la supervisión electoral, ha sido objeto de acusaciones persistentes de parcialidad.  Diversos actores opositores sostienen que su composición fue progresivamente alineada con el poder ejecutivo, limitando la credibilidad del proceso electoral.  

 

§ 16

  • [13]  El Grupo de Lima, constituido en agosto de 2017, agrupó a Estados americanos con el propósito de coordinar respuestas diplomáticas frente a la crisis venezolana.  
  • [14]  El Grupo de Contacto Internacional, integrado por la Unión Europea,  Costa Rica,  Ecuador y Uruguay, abogó por elecciones verificables y expresó reservas sobre la imparcialidad del Consejo Nacional Electoral.  
  • [15]  El Grupo de los Siete (G7) condenó irregularidades electorales y reclamó supervisión independiente.  
  • [19]  En este debate,  el Consejo optó por una postura de no intervención directa, ofreciendo mediación sin asumir supervisión electoral.  

 

§ 17

  • [21]  Mercosur, Mercado Común del Sur, bloque regional creado en 1991 para promover integración económica.  
  • [30]  México asumió labores de mediación tras las elecciones presidenciales de julio de 2024,  con respaldo de Brasil y Colombia.  

 

§ 18

 

 

§ 19

 

§ 20

  • [38]  La ausencia de resultados electorales desagregados impide auditorías verificables y debilita la legitimidad del proceso.  
  • [39]  La Organización de los Estados Americanos señaló la falta de verificación independiente de los resultados electorales.  

 

§ 24

 

§ 25


« La lógica de la extracción »

March 18, 2026

Ricardo F. Morín
Serie Triangulación Nº 2
37″ x 60″ x 2″
Óleo sobre lino
2006

Ricardo F. Morín

10 de Marzo de 2026

Oakland Park, Florida

1

Las sociedades modernas describen el progreso mediante un vocabulario de invención y expansión.  Sin embargo, las consecuencias que con frecuencia se observan en la vida económica surgen de arreglos institucionales que preceden a las propias innovaciones.

Las nuevas tecnologías aparecen como descubrimientos; los mercados aparecen como oportunidades; el crecimiento aparece como el resultado natural del ingenio humano.  Este lenguaje crea una imagen del desarrollo que enfatiza la creatividad mientras oculta una estructura más duradera que se encuentra debajo.  Los gobiernos, las autoridades jurídicas y las instituciones comerciales rara vez inician sistemas de crecimiento económico únicamente a partir de la invención.  Comienzan cuando las instituciones convierten condiciones que antes pertenecían a la vida humana compartida en recursos que pueden poseerse, medirse e intercambiarse.

La tierra se convierte en propiedad; el trabajo se convierte en trabajo asalariado; el conocimiento se convierte en datos.  Los ríos que antes suministraban agua libremente a las comunidades cercanas ahora aparecen en los mercados financieros como activos negociables.  Cada transformación amplía el campo de la actividad económica porque reorganiza lo que anteriormente era común.  La narrativa del progreso celebra la innovación que sigue a esta conversión; sin embargo la expansión suele depender primero de la extracción que hizo posible esa innovación.  El desarrollo económico se despliega por lo tanto mediante un acto institucional recurrente:  la conversión de condiciones compartidas en sistemas organizados de propiedad.

2

La primera gran transformación ocurrió cuando la tierra y el trabajo entraron en los sistemas económicos modernos como mercancías.  Las sociedades anteriores cultivaban la tierra y organizaban el trabajo mediante obligaciones locales, derechos consuetudinarios y prácticas comunales.  Las economías modernas introdujeron un arreglo diferente.  Los sistemas jurídicos definieron la tierra como propiedad transferible; esta definición permitió que haciendas, plantaciones y sitios industriales circularan dentro de los mercados.

La producción industrial también requirió un suministro estable de trabajo que pudiera medirse y compensarse en términos monetarios.  Los contratos salariales cumplieron ese requisito.  Los trabajadores intercambiaron horas de esfuerzo por ingresos; los empleadores calcularon la producción mediante unidades previsibles de trabajo.

Esta reorganización institucional creó la base del crecimiento industrial.  Las fábricas y la agricultura comercial no dependían únicamente de la maquinaria; dependían también de sistemas jurídicos y económicos que convirtieron la tierra y el trabajo en insumos capaces de sostener una producción continua.  La Revolución Industrial se expandió por lo tanto no sólo mediante la invención sino también mediante la reorganización sistemática de los recursos humanos y naturales en instrumentos económicos.

3

La expansión industrial pronto exigió recursos que iban más allá de la tierra y el trabajo.  Las fábricas requerían fuentes concentradas de energía capaces de sostener la producción mecánica a gran escala.  El carbón proporcionó la primera solución; el petróleo siguió con una eficiencia aún mayor.

Las industrias extractivas surgieron para suministrar estos combustibles.  Las compañías mineras desarrollaron tecnologías capaces de extraer carbón de capas geológicas profundas; las empresas petroleras perforaron pozos que alcanzaron depósitos bajo tierra y mar.  Ferrocarriles, oleoductos y rutas marítimas conectaron estos sitios de extracción con los centros industriales.

Los gobiernos y las corporaciones aseguraron el acceso a estos recursos mediante acuerdos territoriales, concesiones de perforación y alianzas estratégicas que protegían rutas marítimas e infraestructura energética.  Las potencias industriales negociaron derechos de perforación y controlaron corredores marítimos que transportaban combustible hacia fábricas y ciudades.  Estos arreglos vincularon territorios distantes con las demandas energéticas de las sociedades industriales en expansión.  La energía se convirtió en la sustancia que sostenía las economías industriales; el control de los flujos energéticos se convirtió en una medida de influencia geopolítica.  La expansión económica dependió por lo tanto no sólo de la invención técnica sino también de la capacidad de los Estados para organizar y proteger sistemas de extracción de recursos a través de las fronteras nacionales.

4

A finales del siglo XX apareció una transformación que parecía apartarse de este patrón material.  Las redes digitales crearon entornos en los que la actividad humana podía registrarse, almacenarse y analizarse.  Las empresas que operaban estas redes pronto reconocieron que la información generada por la interacción cotidiana poseía valor económico.

Las búsquedas, las compras en línea, los intercambios sociales, las señales de ubicación y los historiales de navegación formaron registros detallados del comportamiento.  Las plataformas digitales desarrollaron algoritmos capaces de procesar estos registros e identificar patrones dentro de ellos.  Los sistemas publicitarios utilizaron esos patrones para relacionar productos con consumidores probables; las empresas compraron acceso a esas predicciones porque buscaban aumentar las ventas.

Las personas que buscan información, se comunican con amigos o se desplazan por las ciudades rara vez perciben que estas acciones ordinarias generan los flujos de datos que sostienen los mercados digitales.  Estos sistemas parecen impersonales; sin embargo siguen siendo construcciones humanas.  Ingenieros diseñan las plataformas, legisladores autorizan los marcos jurídicos que permiten la recolección de datos, e inversionistas financian la infraestructura que organiza esta información en ganancias.  La autoridad del sistema descansa por lo tanto en decisiones tomadas por actores identificables que participan en su funcionamiento.  El comportamiento humano se convierte en un recurso medible dentro de la economía digital, y la actividad cotidiana entra en sistemas de cálculo que transforman la experiencia ordinaria en insumo económico.

5

La inteligencia artificial extiende este sistema informacional hacia un nuevo dominio.  Los sistemas de aprendizaje automático requieren vastas colecciones de lenguaje, imágenes y actividad registrada.  Los desarrolladores reúnen estos materiales mediante grandes conjuntos de datos que recopilan expresión escrita, material visual y rastros de comportamiento provenientes de numerosas fuentes.

Periódicos, libros, fotografías, investigaciones académicas y conversaciones en línea se convierten en material de entrenamiento para estos sistemas.  Los procesos computacionales analizan estos materiales y ajustan parámetros internos hasta que emergen patrones reconocibles de lenguaje o percepción.  Los modelos resultantes parecen generar conocimiento de manera independiente; sin embargo su estructura depende de las expresiones humanas que formaron el material de entrenamiento.

La actividad intelectual colectiva se convierte por lo tanto en la sustancia a partir de la cual los sistemas de inteligencia artificial derivan sus capacidades.  Las empresas que controlan estos sistemas poseen la arquitectura mediante la cual este conocimiento se transforma en inteligencia computacional.  La creatividad humana permanece como origen; los sistemas propietarios gobiernan el acceso a las capacidades resultantes.

6

La aparente inmaterialidad de este entorno digital oculta una base física sustancial.  La computación requiere hardware capaz de conducir electricidad, almacenar información y realizar cálculos complejos.  Estos dispositivos dependen de minerales extraídos de la tierra.

El cobre conduce la corriente eléctrica a través de circuitos y líneas de transmisión.  El litio y el cobalto estabilizan baterías que alimentan sistemas portátiles.  Los elementos de tierras raras crean imanes que operan dentro de turbinas y componentes electrónicos.  El silicio forma la base de la fabricación de semiconductores.

Las operaciones mineras extraen estos materiales de depósitos geológicos; las instalaciones de refinamiento los separan y procesan en formas utilizables; las plantas de fabricación los ensamblan en procesadores, sistemas de memoria y centros de datos.  La economía digital descansa por lo tanto sobre una cadena de producción material que se extiende desde la extracción mineral hasta la infraestructura computacional.

Los Estados compiten intensamente dentro de este sistema porque el control de las cadenas de suministro mineral influye en la capacidad tecnológica.  Los países ricos en cobre, litio y elementos de tierras raras negocian nuevas asociaciones con potencias industriales que requieren estos materiales.  El desarrollo tecnológico vuelve así a conectar la innovación digital con las realidades geopolíticas de la extracción de recursos.

7

Los sistemas construidos sobre la extracción rara vez se presentan con ese lenguaje.  Los defensores de cada era tecnológica suelen describir el desarrollo como una progresión inevitable que ninguna sociedad puede alterar.  La industrialización llevó esa descripción; la dependencia del petróleo también la llevó; la expansión digital repitió la misma afirmación.  Expresiones como “el futuro digital no puede detenerse” o “la inteligencia artificial transformará todo” presentan los sistemas tecnológicos como resultados inevitables.

Esta descripción cumple una función importante.  Cuando un sistema parece inevitable, la crítica de su estructura pierde urgencia.  La discusión pública se desplaza desde el examen de cómo las instituciones organizan los recursos hacia la adaptación al sistema que esas instituciones ya han creado.

Los ciudadanos repiten estas expresiones en la discusión pública y en la conversación privada; al hacerlo refuerzan la apariencia de que los sistemas tecnológicos operan más allá de la elección humana.  Esta repetición libera a los individuos de la carga de cuestionar las estructuras que gobiernan la vida económica y permite que los sistemas de extracción continúen sin un escrutinio sostenido.  Sin embargo los sistemas tecnológicos no surgen independientemente de decisiones políticas.  Los gobiernos establecen derechos de propiedad, regulan industrias y autorizan estructuras de inversión.  Las empresas diseñan plataformas, infraestructuras y mercados que canalizan recursos hacia sistemas de producción.  La narrativa de la inevitabilidad oculta estos arreglos y alienta a las sociedades a aceptar los sistemas tecnológicos como desarrollos naturales en lugar de instituciones moldeadas por decisiones deliberadas.

8

La secuencia histórica revela un patrón recurrente.  Cada etapa del crecimiento moderno identifica condiciones de la vida que las instituciones pueden reorganizar como recursos económicos.  La tierra, el trabajo, la energía, la información y el conocimiento han entrado en esta secuencia en distintas épocas.

Estos recursos se originan dentro del entorno compartido de la sociedad humana y del mundo natural.  Las comunidades cultivan la tierra; los trabajadores aplican habilidad y esfuerzo; las generaciones contribuyen conocimiento y expresión.  Las instituciones económicas establecen mecanismos que reorganizan estas condiciones compartidas en sistemas de propiedad.  El derecho de propiedad asigna control sobre la tierra; la infraestructura industrial organiza el trabajo y la energía; las plataformas digitales recopilan información conductual; los sistemas computacionales ensamblan el conocimiento humano en modelos propietarios.

La tensión dentro de este proceso se vuelve visible cuando el recurso no puede describirse plausiblemente como de origen privado.  El agua ofrece el ejemplo más claro.  Ningún individuo la produce y toda sociedad depende de ella.  Sin embargo los sistemas financieros y jurídicos tratan cada vez más el acceso al agua como un activo que puede poseerse, negociarse o controlarse mediante estructuras de inversión.  Cuando las instituciones transforman un recurso tan evidentemente común en un vehículo de propiedad, la separación entre origen y control se vuelve inconfundible.

Las instituciones económicas no operan separadas de la autoridad política.  Los Estados establecen los marcos jurídicos que transforman los recursos comunes en sistemas de propiedad y producción.  A través de estos marcos los gobiernos conceden acceso a la tierra, la energía, la información y la infraestructura tecnológica.  Estos arreglos generan riqueza para las empresas y los inversionistas que operan dentro de ellos; también fortalecen la posición estratégica de los Estados que supervisan estos sistemas.

Las comunidades políticas se enfrentan por lo tanto a una responsabilidad difícil.  Deben decidir si los recursos que sostienen la vida colectiva permanecen sujetos a la autoridad pública o se convierten en instrumentos de propiedad concentrada.

Los gobiernos suelen tratar los recursos comunes no sólo como fundamentos de la actividad económica sino también como instrumentos de ventaja geopolítica.  Estados rivales compiten para asegurar el control de estos recursos y de las industrias que dependen de ellos.  Las disputas ideológicas acompañan esta competencia; sin embargo la estructura subyacente permanece similar entre sistemas rivales.  La prosperidad y la influencia surgen de instituciones que convierten recursos comunes en formas concentradas de riqueza y autoridad.

Las sociedades modernas continúan persiguiendo la innovación y la expansión; la historia de su desarrollo muestra que el crecimiento ha dependido repetidamente de esta conversión.  El progreso amplía la producción y el conocimiento; sin embargo con frecuencia separa la propiedad de los recursos comunes que hicieron posible esa expansión.  La pregunta duradera es si las sociedades pueden sostener el avance mientras mantienen la alineación entre los recursos que pertenecen a todos y los sistemas que gobiernan su uso.


« El paradigma de la extracción »

March 18, 2026

Ricardo Morin
Sin título nº 5: El paradigma de la extracción
25,4 x 30,5 cm
Acuarela
2003

Por Ricardo F. Morín

Octubre de 2025

Oakland Park, Florida

1

La historia de la inteligencia artificial (IA) suele contarse como un relato de promesas infinitas: una tecnología destinada a transformar las economías y redefinir el potencial humano.   Sin embargo, bajo ese optimismo se oculta una realidad más antigua:   la conversión de la creatividad humana en riqueza concentrada.   Lo que se presenta como progreso repite el patrón económico más viejo de todos:   extraer valor de muchos para beneficio de pocos.   El lenguaje que rodea a la IA disfraza esta continuidad.   Convierte la innovación en un espectáculo de inevitabilidad, una visión de abundancia que oculta sus cimientos desiguales.

2

Ese espectáculo depende de la persuasión.   Expresiones como inteligencia manifestada, la próxima frontera del billón de dólares o transformación inevitable no son descripciones, sino estrategias de mercadotecnia.   Presentan el beneficio como destino e invitan a participar no en el descubrimiento, sino en la especulación.   Cifras como “80 billones” o “25.000 % de retorno” se repiten en los medios como profecías, transformando las previsiones financieras en certezas morales.   Esta retórica moldea la imaginación pública:   la IA deja de ser una herramienta para resolver problemas humanos y se convierte en un fenómeno financiero—una historia sobre riqueza más que sobre comprensión.

3

Estas promesas no marcan un nuevo comienzo.   Repiten el mismo ciclo que acompañó a cada gran invención.   La Revolución Industrial transformó el trabajo pero profundizó las divisiones sociales.   La revolución digital difundió la información pero concentró la propiedad.   La IA entra ahora en esa historia como su expresión más reciente.   Su capacidad para ampliar el conocimiento y servir al bien común es real, pero su primera lealtad sigue siendo el lucro.   Dentro de las estructuras existentes, acelera la acumulación de capital en lugar de corregir su desequilibrio.

4

Los mecanismos de esa concentración son visibles.   Los modelos propietarios cercan el conocimiento tras muros de pago y patentes.   Los datos recolectados del público se convierten en propiedad privada.   El costo de la potencia informática y del talento especializado limita quién puede participar.   El resultado es previsible:   la mayoría experimentará la IA no como empoderamiento, sino como dependencia.   Lejos de reducir la desigualdad, la incorpora a la infraestructura del futuro.

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Esta dirección resulta más inquietante frente a las necesidades urgentes del mundo.   Miles de millones de personas aún viven sin acceso confiable a alimentos, salud o educación—condiciones que la tecnología podría transformar pero rara vez aborda.   Los usos más rentables de la IA optimizan la publicidad, manipulan el comportamiento y amplían la vigilancia.   No son accidentes; son la consecuencia lógica de un sistema que valora la rentabilidad por encima del bienestar humano.   Cuando el progreso se mide solo por el valor para el accionista, la tecnología pierde su brújula moral y la sociedad pierde su sabiduría.

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Un uso más reciente y peligroso de estos sistemas ha surgido en la esfera política.   Las mismas herramientas que dirigen anuncios ahora dirigen conciencias.   Gobiernos de tendencia autocrática han comenzado a utilizar modelos generativos para inundar el discurso público con contenidos persuasivos, borrar la frontera entre verdad y ficción y cultivar obediencia mediante la simulación.   Informes recientes muestran cómo oficinas ejecutivas emplean la IA para redactar mensajes políticos, amplificar medios afines y silenciar voces disidentes.   Tales prácticas convierten la inteligencia en propaganda y los datos en dominación.   Cuando un Estado puede administrar algorítmicamente la percepción, la democracia se convierte en representación teatral.   La concentración de la riqueza converge así con la concentración de la creencia—cada una reforzando a la otra.

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Ya hemos visto este patrón.   En cada era tecnológica, la riqueza se transforma en poder político y luego utiliza ese poder para protegerse.   Los magnates ferroviarios consolidaron monopolios en el siglo XIX.   Las potencias petroleras moldearon la política exterior en el XX.   Hoy, los conglomerados digitales redactan las reglas que mantienen su dominio.   La IA sigue la misma fuerza gravitacional, guiada menos por visión humana que por la inercia del capital.

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En el orden actual, la unión del poder tecnológico y la especulación financiera ya no produce descubrimiento, sino dependencia.   La riqueza circula dentro de una economía cerrada de influencias, recompensando a quienes diseñan los mecanismos de acceso en lugar de a quienes amplían el alcance del conocimiento.   Lo que aparece como innovación suele ser un ensayo del privilegio:   un intercambio de capital entre los mismos centros de autoridad, cada uno validando al otro mientras la sociedad asume el costo.   Cuando la creatividad se convierte en garantía y la inteligencia en arrendamiento, el progreso deja de servir al público y empieza a servirse a sí mismo.

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La ilusión más seductora que sostiene este orden es la del mito de la inevitabilidad:   la creencia de que el avance tecnológico debe producir desigualdad y que nadie es responsable del resultado.   Es una ficción útil, pues exime a los poderosos del escrutinio moral al convertir la explotación en destino.   Pero la inevitabilidad es una elección disfrazada de naturaleza.   Las sociedades siempre han dado forma al uso de la tecnología mediante sus leyes, sus valores y su coraje para intervenir.   Aceptar la desigualdad como destino es renunciar a esa responsabilidad.

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Rechazar la inevitabilidad implica recuperar la idea misma de progreso.   La innovación no es progreso si no amplía la libertad y la seguridad humanas.   Ello requiere dirección deliberada—mediante inversión pública, impuestos justos, estándares transparentes y cooperación internacional.   No son obstáculos al crecimiento; son las condiciones que lo hacen justo y sostenible.   Los mercados por sí solos no garantizan justicia, y la tecnología sin ética no es avance, sino aceleración sin rumbo.

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Medir el progreso de otro modo transformaría lo que celebramos.   Si un sistema de IA reduce errores médicos en comunidades pobres, fortalece la educación donde faltan recursos o mejora la participación democrática, su valor supera al de aquel que solo aumenta los márgenes de ganancia.   La verdadera medida de la inteligencia—artificial o humana—es el bien que aporta al mundo.   El beneficio es solo una forma de valor; la dignidad humana es otra.

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En el centro de este orden persiste una hipocresía silenciosa.   Se elogia la riqueza como recompensa al esfuerzo y la inteligencia, pero depende de la extracción constante de valor de otros—del trabajador, del consumidor, del entorno.   Lo que parece mérito suele descansar en la desigualdad disfrazada de eficiencia.   El mismo patrón define a la inteligencia artificial.   Construida a partir del conocimiento y la creatividad humanos, se encierra en sistemas que venden el acceso a lo que fue dado libremente.   Ambas formas de acumulación—la financiera y la tecnológica—obtienen su poder de los mismos recursos que agotan:   el trabajo, la atención y la imaginación humanos.   Al pretender impulsar a la sociedad, reproducen la inequidad que convierte la vitalidad en estancamiento—la inversión de lo que el progreso debería ser.

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El discurso febril sobre oportunidades de billones pertenece a un vocabulario antiguo:   el lenguaje de la extracción confundido con el de la evolución.   La cuestión esencial es si la inteligencia seguirá sirviendo a la riqueza o empezará a servir a la humanidad.   La inteligencia artificial ofrece esa elección:   repetir la lógica que durante siglos confundió acumulación con progreso, o construir un futuro en que el conocimiento y la prosperidad se compartan.   Esa decisión no surgirá por sí sola; depende de lo que las sociedades exijan, de lo que los gobiernos regulen y de los valores que definan el éxito.   La ventana para decidir sigue abierta, aunque se estrecha cada vez que el lucro habla más alto que la conciencia.

Las observaciones anteriores se refieren a las consecuencias de la extracción.  La lógica institucional que produce estas consecuencias pertenece a un patrón histórico más amplio dentro del desarrollo económico moderno.  Ese patrón se examina por separado en La lógica de la extracción.