« Melania »

March 10, 2026

El documental Melania se desarrolla dentro del paisaje ceremonial que rodea el regreso de Donald Trump a la presidencia.  La voz de Melania Trump conduce el hilo narrativo.  Comienza con un relato de herencia.  Atribuye a la fortaleza serena y a la devoción de su madre por la familia el haber formado a la persona que ha llegado a ser.  Presenta esa herencia como el fundamento de su papel público.

Esa afirmación de su origen se sitúa dentro de escenarios que despliegan su significado.  En la Catedral de San Patricio un sacerdote ofrece su bendición.  El momento entra en el lenguaje de la ceremonia nacional.  Melania declara que usará su influencia y su poder para defender a quienes lo necesiten.  Vincula esa promesa con la disciplina que guió su carrera anterior en París y Milán, donde altos estándares personales moldearon sus primeras ambiciones.

Desde la catedral la narración pasa a la transferencia de autoridad.  El presidente Joe Biden y Jill Biden acompañan a Donald Trump y Melania Trump hacia la Casa Blanca.  La procesión avanza dentro de la coreografía conocida de la investidura.

En ese momento un reportero irrumpe desde la línea de prensa y lanza una pregunta:  “¿Sobrevivirá Estados Unidos al próximo presidente?”  Su resonancia concede a la secuencia una franqueza inesperada.

La narración vuelve entonces a la voz de Melania cuando entra en la Rotonda del Capitolio.  Describe el momento como el punto de encuentro entre la historia nacional y su propio recorrido como inmigrante.  Habla de derechos que deben protegerse y de una humanidad compartida entre orígenes distintos.

Cuando la ceremonia avanza hacia el juramento presidencial a la Constitución, Jill Biden permanece centrada en el encuadre de la cámara hasta que Tiffany, hija de Trump, da un paso al frente y la bloquea de la vista.

Donald Trump presta entonces juramento.  Anuncia que una edad dorada comienza de inmediato.  Promete prosperidad nacional, respeto internacional y la restauración de una justicia imparcial bajo el estado constitucional de derecho.  Nombra la paz y la unidad como las marcas de su legado futuro.

Aunque la producción lleva el nombre de Melania, el material ante la cámara consiste en ceremonia, lenguaje preparado y exhibición pública.  En tales condiciones un retrato no puede revelar a una figura privada.  Registra el papel simbólico que se le asigna dentro del espectáculo que rodea el regreso de Trump al poder.

Trump le dice que parece una estrella de cine.  La cámara vuelve sucesivamente a su rostro.  El intento de suavizar su belleza no tiene éxito.  Sus ojos se estrechan.  La línea de su boca se tensa en un gesto que rehúsa la facilidad de una sonrisa ceremonial.

La reiterada presencia de zapatos de tacón de aproximadamente doce centímetros pasa a formar parte de la composición visual.  El efecto sugiere un intento de acentuar la presencia física en un entorno donde la estatura ya está construida simbólicamente. 

Vistas desde el segundo año del segundo mandato de Trump, las promesas escuchadas a lo largo del documental:  fidelidad constitucional, respeto por los derechos, orgullo por la contribución del inmigrante a la vida nacional, y la afirmación de que la pluralidad permanece unida dentro de una comunidad cívica común, contrastan con la conducta de gobierno que siguió.

El montaje conserva así algo más que un retrato de Melania Trump.  La ceremonia enmarca el poder con un lenguaje tomado de la herencia, del deber constitucional y de la unidad cívica.  Cuando los acontecimientos ponen a prueba las promesas unidas a ese lenguaje, la ceremonia permanece mientras la sustancia se debilita.

La belleza, la piedad y el simbolismo patriótico ocupan el primer plano de la ceremonia y conceden al momento dignidad y continuidad.  Cuando el registro del gobierno entra en el encuadre, esos mismos elementos permanecen después de que las promesas unidas a ellos han fracasado.  El documental deja la imagen de la superficie sobre la cual esas promesas fueron escritas.

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Epílogo

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El documental no construye un lenguaje capaz de reconocer su propio artificio.  La ceremonia permanece en el nivel de la presentación.  No se transforma en representación consciente.

Precedentes artísticos en el género documental y en el tema literario del poder gubernamental han mostrado que el poder puede ser expuesto a través de su propia teatralidad.  Cuando ese lenguaje se establece, el espectáculo se vuelve legible como construcción.  El artificio deja de ocultarse y pasa a formar parte del significado.

Aquí ocurre lo contrario.  La escenografía, el vestuario, la coreografía y el discurso se presentan sin distancia.  No hay un registro que permita observarlos como construcción.  El resultado no es una interpretación del poder, sino su reiteración.

La condición misma de la obra contribuye a este resultado.  Se trata de una producción comisionada.  Su costo, cercano a los 48 millones de dólares, intensifica la presentación de la superficie sin ampliar el campo del lenguaje.

Esa circunstancia modifica el sentido de lo que se ve.  La ceremonia conserva sus formas, pero pierde la capacidad de producir conciencia sobre sí misma.  El lenguaje sigue enunciando legitimidad, pero no alcanza a examinarla.

La producción, sin proponérselo, deja expuesta esa insuficiencia.  No revela el artificio del poder.  Muestra, en cambio, un poder que no dispone del lenguaje necesario para reconocerse como artificio.

Ricardo F. Morín

10 de Marzo de 2026

Oakland Patrk, Florida

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« Desenmascarar la desilusión: Serie IV »

March 4, 2026

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“Alegoría geométrica”, pintura digital © 2023 de Ricardo Morin (artista visual estadounidense nacido en Venezuela, 1954)

Esta entrega de « Desenmascarar la desilusión » presenta la primera parte del Capítulo XII, « La cuarta señal ».    Abarca las §§ 1–9 bajo el título Autocracia, sentando las bases conceptuales e institucionales necesarias para las secciones siguientes.    El capítulo continúa en entregas posteriores, que abordan « Venezuela » (§§ 10-25) y « La asimetría de las sanciones » (§§ 26-34).

Ricardo F. Morín

25 de diciembre de 2025

Oakland Park, Fl.

La cuarta señal

Autocracia

1

La justificación para un debate sobre la autocracia y la democracia surgió de ideas que emergieron en los siglos XVII y XVIII, las cuales proporcionaron una visión de los fundamentos de la gobernanza contemporánea.    John Locke, en sus Dos tratados sobre el gobierno [1689], sostuvo que la autoridad política legítima se derivaba del consentimiento de los gobernados.    El énfasis de Locke en los derechos naturales (vida, libertad y propiedad) y en su concepto de contrato social —según el cual la función principal del gobierno es proteger esos derechos— sentó las bases de la gobernanza democrática moderna.    Al defender el Estado de derecho, Locke ofreció un claro contraste con la autocracia.    Jean-Jacques Rousseau, en Du contrat social [1762], contribuyó a la teoría democrática con su concepto de voluntad general, en el que sostuvo que la soberanía residía en el pueblo y que los gobiernos debían rendir cuentas ante esa voluntad general.    Rousseau analizó la autocracia como una forma de tiranía que vulneraba los principios de la soberanía popular.   Así anticipó el paso del gobierno monárquico a la democracia participativa.

2

Montesquieu, en De l’esprit des lois [1748], afirmó que los gobiernos democráticos se basaban en la soberanía popular, mientras que los gobiernos autocráticos se fundaban en el miedo y la obediencia.    Introdujo la idea de la separación de poderes, que se convirtió en una arquitectura fundamental de la democracia.    Su énfasis en el sistema de pesos y contrapesos contrastaba con los regímenes autocráticos, en los que el poder se concentraba en un solo gobernante o institución.    Su obra influyó en diseños constitucionales posteriores, en particular en los Estados Unidos de América y en Francia.

3

El siglo XIX estuvo marcado por revoluciones políticas, el auge del nacionalismo y la expansión de las monarquías constitucionales.    Aunque se produjeron desarrollos importantes, como la ampliación del sufragio y la evolución del gobierno representativo, el andamiaje filosófico ya se había establecido en gran medida en el siglo anterior.    El siglo XIX se centró más en la aplicación de estos principios que en su desarrollo teórico.   Pensadores como Alexis de Tocqueville y Karl Marx aportaron análisis críticos, pero su atención a la práctica (la democracia en América o la lucha de clases en general) se construyó sobre teorías previas más que en una nueva comprensión de la gobernanza.

4

Se ha dicho que, en algunos casos, los déspotas benévolos sirven al bien común, aunque John Stuart Mill, en On Liberty [1859] (capítulo 1, “Introductory”, 4–5), aclaró que ello solo podía considerarse cierto, y de manera limitada, en el contexto de las libertades civiles cuando esa supuesta benevolencia favorecía la democracia participativa:

“By Liberty was meant protection against the tyranny of political rulers. . . . Their power was regarded as necessary but also as highly dangerous. . . . The aim, therefore, of patriots, was to set limits to the power which the ruler should be suffered to exercise over the community; and this limitation was what they meant by liberty.”

Mill sostuvo que, desde la Antigüedad, la libertad cívica se ha defendido para impedir la tiranía de la mayoría o el abuso de poder.    Por ello consideró que la autocracia era intrínsecamente defectuosa, al concentrar poder sin responsabilidad.

5

En el siglo XX, Polyarchy [1971], de Robert A. Dahl, introdujo el concepto de poliarquía para describir sistemas de gobierno que, aunque imperfectos, ofrecían mayores niveles de participación ciudadana.    Para Dahl, la democracia no consistía únicamente en la existencia de elecciones; también exigía pluralismo que permitiera a la ciudadanía participar.    Este rasgo distingue a la democracia del autoritarismo.    Su análisis examina el funcionamiento de las democracias e introduce elementos mensurables que diferencian la gobernanza democrática de la autocracia.

6

En el siglo XXI, Juan J. Linz y Larry Diamond han continuado esta línea de pensamiento al explorar las condiciones en las que las democracias fracasan y surgen las autocracias.   La obra de Linz, Totalitarian and Authoritarian Regimes [2000], se ha centrado en el colapso de los regímenes democráticos y en el concepto de autoritarismo.    Ha explicado que la tensión entre democracia y autoritarismo es fundamental para entender la fragilidad de las democracias y cómo pueden degradarse hasta devenir un régimen autocrático bajo un solo líder.   De forma paralela, Larry Diamond, en The Spirit of Democracy: The Struggle to Build Free Societies Throughout the World [2008] y In Search of Democracy [2015], se ha ocupado del retroceso democrático, esto es, del deterioro gradual de democracias que han dado paso a formas de autoritarismo.    Tanto Linz como Diamond han subrayado la importancia de las instituciones, de la sociedad civil y del Estado de derecho para la preservación de la democracia.

Los principios constitucionales expuestos en la discusión anterior establecen un marco en el cual la autoridad se distribuye, se limita y se hace responsable.  Sin embargo, el funcionamiento de ese marco introduce una cuestión distinta:  cómo los sistemas diseñados para limitar el poder se adaptan cuando se enfrentan a condiciones que requieren decisiones inmediatas.  La transición del gobierno monárquico al representativo no eliminó la necesidad de decidir.  Reubicó esa necesidad dentro de una estructura destinada a contenerla.  La tensión entre norma y decisión persiste, por tanto, no como un defecto, sino como una condición inherente al gobierno mismo.

Esta tensión se hace visible en momentos de crisis, cuando el ritmo de los acontecimientos supera la capacidad de los procedimientos.  En Venezuela, los estados de excepción y emergencia económica han sido invocados repetidamente en respuesta a la inestabilidad política y económica, otorgando al poder ejecutivo una autoridad ampliada para actuar sin mediación legislativa ordinaria.  Estas medidas se han justificado mediante referencias a amenazas externas, desorden interno y la preservación de la estabilidad nacional.  En tales circunstancias, la decisión no se sitúa fuera del orden constitucional;  opera dentro de él, aunque bajo condiciones alteradas.  La excepción comienza como una respuesta a la necesidad.

Lo que comienza como una respuesta a la necesidad puede, mediante su repetición, adquirir un carácter distinto.  Las medidas introducidas bajo condiciones de urgencia no siempre desaparecen cuando esas condiciones se estabilizan.  En Venezuela, el uso reiterado de leyes habilitantes y decretos de emergencia ha permitido que la gobernanza se ejerza mediante decisiones ejecutivas en ausencia de acuerdos legislativos sostenidos.  Con el tiempo, la excepción ha pasado de ser una respuesta temporal a convertirse en un instrumento disponible.  El lenguaje de la necesidad se extiende más allá de su ámbito original, y la excepción se convierte en un método de gobierno.

Este desplazamiento no requiere la suspensión formal de la ley.  Las instituciones permanecen y los procedimientos continúan.  Sin embargo, su función comienza a cambiar.  Los órganos administrativos y judiciales participan en esta reorientación, ya que las interpretaciones de la autoridad constitucional permiten la continuidad de medidas excepcionales más allá de su alcance inicial.  La ley persiste, pero su aplicación se vuelve cada vez más dependiente de la dirección ejecutiva.  Lo que surge no es la desaparición de la legalidad, sino su reconfiguración, en la cual la distinción entre autoridad formal e implementación práctica pierde estabilidad.

La extensión de la excepción como método de gobierno introduce un límite que surge de su propio uso.  La distinción entre lo ordinario y lo excepcional es lo que da sentido a la excepción.  Cuando el lenguaje de la necesidad se invoca repetidamente en distintos ámbitos, esa distinción comienza a perder claridad.  Las medidas que antes se justificaban como respuestas temporales aparecen con mayor frecuencia, y su repetición altera el marco en el cual se comprenden.  Lo que se introdujo para enfrentar interrupciones se convierte en práctica habitual.  La discrecionalidad se expande, pero sus criterios se vuelven menos discernibles.  La excepción se debilita por su extensión, a medida que la condición que debía identificar se vuelve indistinguible de la gobernanza ordinaria.

Este límite interno tiene implicaciones que van más allá del diseño institucional.  Cuando la excepción deja de ser temporal, las restricciones que antes regulaban su uso comienzan a debilitarse.  Las decisiones justificadas en el lenguaje de la necesidad dejan de remitirse a un marco estable capaz de evaluarlas.  En tales condiciones, prácticas introducidas bajo alegatos de urgencia —como la restricción de la sociedad civil, la expansión de medidas de seguridad o la concentración de autoridad administrativa— pueden persistir sin criterios claros de limitación.  Lo que sigue no es una transformación inmediata, sino una reorientación gradual en la cual la concentración de la decisión se vuelve más fácil de justificar y más difícil de resistir.

7

Otro pensador, Timothy Snyder, ha enfatizado el papel de la confianza y la transparencia en el funcionamiento de la democracia.    En The Road to Unfreedom [2018] y On Tyranny [2017], Snyder ha argumentado que la erosión de la confianza institucional —tanto en el poder judicial como en los medios de comunicación— es una táctica recurrente del autoritarismo.    Explica cómo los líderes autocráticos manipulan las instituciones sociales al convertirlas en instrumentos de propaganda con una mera fachada de gobierno.

8

La relación entre un gobernante autocrático y el pueblo puede describirse como transaccional:  el autócrata proporciona seguridad y estabilidad a cambio de la lealtad de los ciudadanos y de sus libertades.  Los ciudadanos se convierten en instrumentos para el mantenimiento del poder.  El líder cultiva una imagen que fomenta la devoción y refuerza la dependencia, a menudo mediante el lenguaje de protección y necesidad nacional.  Lo que comienza como una forma de tranquilidad en momentos de incertidumbre reduce gradualmente la rendición de cuentas, en la medida en que la concentración de la decisión se acepta como condición para el orden.

9

Una democracia sigue siendo viable solo cuando el Estado es capaz de limitarse a sí mismo y de no aprovechar su propio poder y privilegio.  Esto nos conduce al tema en cuestión, que es el desafío que enfrentan países como Venezuela, donde los líderes políticos han debilitado la autoridad de la ley al eximirse de sus propias restricciones.  El marco diseñado para contener el poder no se abandona formalmente.  Se reinterpreta gradualmente, hasta que la distinción entre norma y excepción deja de operar como límite y pasa a funcionar como justificación.


« Admitir y negar la alteridad en la vida religiosa y democrática »

March 1, 2026
Ricardo F. Morín
Infinito 32
33 x 39 cm
Óleo sobre lino
2009

Ricardo F. Morín

16 de febrero de 2026

Oakland Park, Fl

La creencia religiosa y la vida democrática suelen encontrarse dentro de sociedades diversas en las que las tradiciones, los rituales y las identidades visibles difieren, aun cuando las personas comparten preocupaciones éticas más profundas.  Las personas recurren a la religión en busca de sentido y conciencia, mientras que la vida democrática les pide convivir con otros cuyas prácticas y expresiones pueden variar.  La tensión se hace visible cuando las distinciones superficiales influyen más en la percepción que aquello que se comparte en términos éticos, y cuando alguien comienza a reclamar autoridad sobre el espacio común de los demás.

La pluralidad constituye una condición constante de la vida democrática.  Las personas hablan, escuchan y responden en reuniones públicas, espacios cívicos, intercambios digitales y encuentros cotidianos donde se cruzan límites y libertad de expresión.  Las formas de expresión que invitan a responder, permiten el desacuerdo o abren espacio para reconsiderar posiciones pueden sostener la convivencia, mientras que aquellas formuladas como acusación, exclusión o certeza moral definitiva tienden a estrecharla.  La vida política cambia según ventajas momentáneas y circunstancias inmediatas, mientras que la conciencia religiosa suele orientar a las personas hacia criterios que no se modifican con cada nuevo conflicto.  Los individuos se desplazan entre estas dos exigencias y rara vez resuelven plenamente la tensión que las une.  El juicio religioso y el juicio político pueden alinearse y permanecer abiertos al desacuerdo, aun cuando las personas recurran a marcos morales que dan forma a su conducta y a sus tradiciones.

La expresión religiosa aparece con frecuencia en la vida pública mediante apelaciones a la equidad, la responsabilidad y la dignidad de las personas.  Tales expresiones influyen en la manera en que se formulan las reivindicaciones sin exigir coincidencia doctrinal ni lingüística.  Cuando el lenguaje religioso participa en la conversación pública como parte de un vocabulario ético compartido, puede ampliar el reconocimiento sin exigir uniformidad de creencias.  Las personas pueden no coincidir en sus convicciones, pero suelen reconocer similitudes en el uso de un lenguaje moral común.  En ocasiones, las comunidades religiosas reconocen similitudes éticas que atraviesan distintas tradiciones y permiten que la pluralidad siga siendo practicable dentro de ese reconocimiento.  Cuando las presiones partidistas reformulan la diferencia como amenaza, elementos como credo, raza o cultura se convierten en líneas divisorias, y la percepción de cualquier terreno compartido se desvanece.

La dificultad surge cuando la identidad religiosa se vuelve inseparable de la identidad partidista y cuando el lenguaje público adopta la forma de acusación en lugar de examen mutuo de las ideas.  En tales circunstancias, la libertad de expresión se interpreta con mayor frecuencia como rechazo personal más que como diferencia cívica.  Los participantes comienzan a tratar la expresión como una ofensa individual en vez de comprenderla como parte del intercambio ordinario de la vida pública.

Otra condición aparece cuando los ciudadanos continúan reconociéndose como participantes legítimos pese a diferencias que permanecen sin resolver.  La convicción religiosa configura la conciencia, mientras que la vida democrática mantiene un espacio donde pueden coexistir reivindicaciones en competencia sin recurrir a la coerción.  Las personas se mueven entre estas esferas, a veces con comodidad y otras con tensión, ajustando límites, ampliando o restringiendo la participación y renegociando la convivencia con el paso del tiempo.

Las personas continúan transitando entre la convicción religiosa y la participación democrática sin resolver definitivamente la tensión que existe entre ambas.  Algunas trazan límites más firmes, otras amplían el espacio para la coexistencia y muchas alternan entre ambas posiciones con el tiempo.  La tensión permanece visible no como un problema que deba resolverse, sino como parte de la forma en que las personas se comprenden a sí mismas, reclaman autoridad y viven con responsabilidad junto a otros dentro de un mundo cívico compartido.


« Vulnerabilidad, Regulación y el Trabajo de la Sanación »

February 28, 2026
Ricardo F. Morín
Ventana I
8” x 10”
Acuarela y tinta sobre papel
2003

Ricardo F. Morín

18 de febrero, 2026

Oakland Park, Fl

1
La mayoría de las personas reconoce primero la vulnerabilidad no mediante una reflexión abstracta, sino cuando las funciones ordinarias cambian.  El sueño se fragmenta.  El movimiento requiere cálculo.  La atención se desplaza hacia señales que antes pasaban inadvertidas.  La vida humana no comienza desde la estabilidad sino desde la exposición.  El cuerpo existe dentro de condiciones que no controla plenamente y debe adaptarse de manera continua a fuerzas que exceden la intención.  La vulnerabilidad no es una excepción sino una condición estructural de estar vivo.  El bienestar no elimina esta condición.  Reorganiza la manera en que uno vive dentro de ella.

2
Los intentos de explicar la sanación suelen apoyarse en narrativas simplificadas de control, positividad o purificación emocional.  Tales narrativas pasan por alto la complejidad mediante la cual los sistemas biológicos se regulan a sí mismos.  Las hormonas, las vías neuronales, las respuestas inmunológicas y los patrones conductuales operan mediante retroalimentación más que por mandato.  El organismo se ajusta a través de la interacción y no mediante un dominio absoluto.  Comprender esta distinción permite ver la sanación menos como conquista sobre la enfermedad y más como participación en un proceso continuo de regulación.

3
Las prácticas mentales como la meditación, la visualización o la respiración estructurada pueden influir en los estados fisiológicos.  Su valor no reside en eliminar la dificultad sino en modificar cómo la percepción interactúa con la respuesta corporal.  La atención puede cambiar la tensión, los patrones respiratorios pueden modificar las respuestas autonómicas y el encuadre emocional puede influir en cómo se interpretan las señales de estrés.  Estas prácticas no sustituyen las realidades biológicas.  Operan dentro de los procesos fisiológicos existentes.

4
Muchas discusiones sobre la vida emocional recurren a un lenguaje familiar acerca del resentimiento o la ira sin examinar cómo funcionan tales patrones en la práctica.  La fijación emocional estrecha la percepción porque reduce el rango de interpretaciones posibles disponibles para la mente.  Cuando la atención se vuelve rígida, el cuerpo suele reflejar esa rigidez mediante contracción muscular, alteraciones respiratorias o interrupciones del sueño.  Reconocer esto no niega agravios legítimos.  Aclara cómo los patrones cognitivos sostenidos moldean la experiencia fisiológica.

5
La sanación también debe reconocer límites.  No toda enfermedad puede rastrearse hasta un origen emocional y no todo sufrimiento ofrece explicación.  La variabilidad biológica, la exposición ambiental y la herencia genética generan resultados que no pueden reducirse a intención o creencia.  La humildad surge al reconocer que la ausencia de explicación no invalida la búsqueda de significado, pero tampoco lo garantiza.

6
La tecnología médica contemporánea introduce una dimensión adicional en este panorama.  Los sistemas adaptativos capaces de medir la actividad neural y ajustar la estimulación en tiempo real demuestran que la regulación nunca ha sido estática.  El sistema nervioso funciona mediante bucles continuos de retroalimentación.  Las tecnologías de neuromodulación de circuito cerrado revelan este principio al hacer visible y medible el ajuste.  En lugar de bloquear el dolor por completo, tales sistemas alteran la forma en que las señales se transmiten e interpretan, permitiendo que el cuerpo reorganice patrones que se han fijado a través de la tensión crónica.

7
La tecnología en este contexto no reemplaza al organismo.  Participa junto a él.  El dispositivo mide respuestas eléctricas, modifica la estimulación dentro de parámetros clínicos y favorece una adaptación gradual en lugar de la eliminación inmediata del malestar.  Esto refleja una transformación más amplia en la medicina.  La sanación implica cada vez más una colaboración entre sistemas biológicos y herramientas adaptativas externas.  El límite entre la regulación interna y la asistencia tecnológica se vuelve relacional en lugar de oposicional.

8
Debido a este cambio, la mejoría puede aparecer de manera indirecta.  Cambios funcionales como un sueño más constante, mayor movimiento o menor vacilación en las tareas cotidianas suelen surgir antes de que la percepción subjetiva del dolor cambie de forma significativa.  El sistema nervioso aprende mediante la repetición a lo largo del tiempo y no mediante una resolución instantánea.  Observar patrones durante días o semanas resulta más significativo que evaluar momentos aislados.

9
El lenguaje de la auto sanación requiere por lo tanto revisión.  La sanación no implica independencia de la vulnerabilidad.  Supone aprender a habitar la vulnerabilidad con mayor precisión, apoyado por prácticas, relaciones y tecnologías que amplían el rango de respuestas posibles.  La fe, la meditación, la ciencia médica y la disciplina personal pueden contribuir, no como explicaciones competidoras sino como modos complementarios de relación con lo desconocido.

10
La experiencia por sí misma no proporciona significado último.  El significado surge de cómo la experiencia se integra en la conciencia.  Cuando la experiencia se trata como prueba de certeza, aparece la rigidez.  Cuando la experiencia se sostiene como información y no como identidad, la adaptación permanece posible.  El objetivo no es silenciar la mente ni eliminar la dificultad, sino permitir que la percepción permanezca lo suficientemente flexible para responder al cambio.

11
La sanación, entonces, no es puramente psicológica ni puramente tecnológica.  Es la negociación continua entre organismo y entorno, percepción y fisiología, vulnerabilidad y adaptación.  Las herramientas modernas pueden refinar esta negociación al ofrecer nuevas formas de retroalimentación, pero la condición subyacente permanece sin cambios.  Los seres humanos continúan viviendo dentro de límites mientras desarrollan nuevas maneras de responder a ellos.  La tarea no consiste en escapar de la vulnerabilidad sino en aprender a regularse dentro de ella.


« Pragmatismo:  Lo que es y lo que no es »

February 28, 2026
Ricardo F Morin
Lo que es y no es
CGI
2026

Axioma aspiracional V

El pragmatismo suele presentarse como realismo.  Aparece como sobriedad, madurez y rechazo de la ilusión.  Habla en el lenguaje de lo viable más que en el de lo deseable.  Al hacerlo, el pragmatismo se distancia de la ideología, al tiempo que reproduce resultados ideológicos. 

Con el tiempo, el pragmatismo deja de describir un método y comienza a funcionar como una postura.  Se convierte en una forma de señalar seriedad.  Los principios se reformulan como lujos y la convicción se recodifica como rigidez.  Los límites éticos no se rechazan de forma explícita.  Se tratan como impracticables.  

Tras la resiliencia, el pragmatismo completa el giro de la resistencia hacia la aceptación.  Donde la resiliencia pide adaptación, el pragmatismo pide acuerdo en que la adaptación es razonable.  La aceptación se elogia como inteligencia y no como rendición.  Objetar pasa a ser una señal de incomprensión del funcionamiento del mundo.  

A medida que el pragmatismo se impone, las alternativas comienzan a estrecharse.  Las opciones se reducen a lo que puede implementarse de inmediato.  Lo posible cede su lugar a lo manejable.  Lo que no puede ejecutarse dentro de las restricciones existentes se descarta como inviable.  

El pragmatismo no niega los límites.  Los aplaza.  A nivel de justificación, se convierte en una forma de decir ahora no.  La demora sustituye al rechazo.  La postergación reemplaza al juicio.  Ambas desplazan los límites de la decisión hacia el tiempo.  

Las consecuencias de esta postura se distribuyen de manera desigual.  Quienes están protegidos de los efectos suelen definir qué cuenta como pragmático.  Quienes quedan expuestos deben vivir con la decisión.  El pragmatismo desciende, mientras la consecuencia no asciende.  

El pragmatismo gobierna por el tono más que por el argumento.  Prefiere la calma a la urgencia y la compostura a la insistencia.  La pasión se considera descalificante, mientras la contención se toma como prueba de razón.  Así, el pragmatismo clausura el debate sin hacerlo de forma explícita.  

Lo que el pragmatismo es, entonces, es un método para elegir entre opciones restringidas.  Es una respuesta a la limitación.  Es una herramienta.  

Lo que el pragmatismo no es es una ética.  No es una justificación para abandonar los límites.  No es prueba de que lo disponible sea suficiente.

Ricardo F Morin

5 de enero de 2026

Oakland Park, Fl

« Observaciones sobre el sistema financiero »

February 25, 2026
Ricardo F. Morín
Proporciones áureas
Cada obra: 22″ x 30″ = 66″ de alto x 30″ de ancho en total
Acuarela sobre papel
2005

Ricardo F. Morín

9 de febrero de 20026

Oakland Park, Florida

Las estructuras financieras contemporáneas se presentan cada vez más de maneras difíciles de seguir con claridad.  Los mecanismos se vuelven más estratificados.  Las explicaciones más técnicas.  Sin embargo, la lógica básica que gobierna el valor, el riesgo y la consecuencia se vuelve más difícil de ver.  La confianza continúa siendo exigida incluso cuando la inteligibilidad disminuye.  

Un sistema financiero permanece inteligible cuando ciertas realidades permanecen visibles.  Estas incluyen cómo se produce el valor, cómo se mueve el dinero, dónde se acumula el riesgo y bajo qué condiciones ocurre el fracaso.  Cuando estos elementos requieren descifrado especializado, la explicación pierde fundamento.  El lenguaje multiplica detalles sin reducir la incertidumbre.  La distancia reemplaza al entendimiento.  

La apariencia y la sustancia comienzan a separarse.  El vocabulario elaborado, el respaldo institucional y el encuadre tecnológico señalan sofisticación sin necesariamente aclarar resultados.  Términos como “innovación” (innovation), “eficiencia” (efficiency) o “diseño algorítmico” (algorithmic design) circulan ampliamente mientras los mecanismos subyacentes permanecen indistintos.  La repetición del lenguaje familiar reemplaza gradualmente la demostración.  El reconocimiento comienza a reemplazar el examen.  

La opacidad se alinea con incentivos estructurales.  Los sistemas difíciles de interpretar trasladan el poder de decisión hacia quienes los diseñan, estructuran o intermedian.  A medida que la claridad disminuye, la autoridad migra hacia la interpretación en lugar de la transparencia.  El proceso no requiere coordinación explícita.  Surge a través de incentivos que se refuerzan entre sí.  La complejidad genera comisiones.  El posicionamiento temprano captura ventaja.  Los intermediarios obtienen beneficios de la actividad independientemente del resultado a largo plazo.  Las instituciones convierten la dificultad técnica en legitimidad.  Los actores políticos se vinculan a sistemas presentados como progreso.  Reducir la opacidad redistribuiría poder y recompensa, por lo que la opacidad persiste.  

Las estructuras regulatorias y los ciclos de desregulación desempeñan un papel central en esta condición.  Los periodos de liberalización financiera fomentan la titulización (securitization), la transferibilidad de la deuda (debt transferability) y las estructuras de propiedad en capas (layered ownership structures).  Los marcos de supervisión suelen retrasarse respecto a nuevos instrumentos.  Las prácticas de documentación se adaptan a la velocidad y escala en lugar de a la claridad.  La exigibilidad legal permanece intacta incluso cuando la transparencia se debilita.  Con el tiempo, los derechos financieros se separan de la relación original de préstamo, permitiendo que las obligaciones sobrevivan en formas fragmentadas o redistribuidas.  

Dentro de este entorno, los artefactos financieros pueden continuar circulando mucho después de que su contexto original parece resuelto.  La deuda hipotecaria ofrece un ejemplo claro.  Los préstamos pueden agruparse, transferirse, titularizarse o reasignarse muchas veces.  La documentación se fragmenta entre instituciones.  Los derechos legales permanecen activos incluso cuando la conciencia práctica se desvanece.  En algunos casos, gravámenes latentes o préstamos secundarios reaparecen mediante reventa o reasignación.  A veces se describen como “hipotecas zombi” (zombie mortgages).  El mecanismo opera dentro de marcos legales, pero sus efectos pueden permanecer invisibles para propietarios que creían sus obligaciones resueltas.  A medida que cambian los valores del mercado, los inversores pueden reactivar estas reclamaciones para extraer valor de contratos históricos.  La estabilidad financiera se vuelve vulnerable a instrumentos arraigados en transacciones pasadas difíciles de rastrear o reconstruir.  

Este patrón refleja una dinámica más amplia.  Los mercados financieros exploran el valor mediante instrumentos que pueden sobrevivir a la claridad de su origen.  La titulización (securitization) y las cadenas repetidas de transferencia separan los derechos de propiedad y ejecución de las relaciones directas entre prestatario y prestamista.  Cuando la opacidad gobierna el movimiento de tales instrumentos, las consecuencias pueden parecer desconectadas de la causa visible.  La seguridad se vuelve contingente no solo a las circunstancias presentes sino también a capas de historia financiera que reaparecen cuando los incentivos se alinean.  

Este patrón se repite en periodos de expansión financiera.  Aparecen nuevos instrumentos.  El lenguaje se expande a su alrededor.  La legitimidad se forma antes de que la comprensión se estabilice.  Las tecnologías cambian.  El ritmo estructural permanece.  La explicación crece mientras la claridad retrocede.  

Ciertas señales acompañan este cambio.  La fuente de valor se vuelve difícil de rastrear hacia actividades tangibles.  La ganancia se alinea más con la expansión que con la permanencia.  La compensación recompensa el momento o la posición más que el resultado sostenido.  La reputación sustituye a la explicación.  El riesgo se dispersa en lenguaje técnico, dificultando localizar la consecuencia.  

La autoridad descansa cada vez más en el prestigio que en la explicación clara.  Las definiciones cambian cuando se cuestionan.  La simplicidad se trata como malentendido.  La explicación se convierte en algo que debe aceptarse en lugar de comprenderse.  La confianza permanece incluso cuando la claridad falta.  

Los efectos se vuelven visibles.  La ganancia se concentra donde existe control estructural.  Quienes diseñan o gestionan sistemas financieros complejos capturan la mayor parte de los beneficios.  Otros experimentan el sistema a través de sus consecuencias más que mediante participación directa en su diseño.  La riqueza extraordinaria se acumula en un número reducido de actores mientras la inseguridad financiera se extiende.  Esta concentración suele justificarse mediante la creencia de que las ganancias en la cima beneficiarán eventualmente a todos.  

Algunas estructuras se construyen intencionalmente como pirámides, dependiendo de nuevas entradas para sostener ganancias anteriores.  Otras llegan a dinámicas similares sin diseño explícito.  Los incentivos recompensan la expansión, el posicionamiento temprano y el crecimiento continuo.  Con el tiempo, el sistema depende de la concentración ascendente y del flujo continuo para mantener la estabilidad.  El resultado se asemeja a una lógica piramidal incluso cuando no se construyó formalmente como pirámide.  

Esta semejanza rara vez aparece abiertamente.  Adopta lenguaje familiar.  Se presenta mediante formas financieras aceptadas, explicaciones técnicas o narrativas de innovación y progreso.  La repetición hace que la estructura parezca natural.  El reconocimiento reemplaza al escrutinio.  La dependencia subyacente de la expansión continua se vuelve más difícil de ver porque parece lo que ya ha existido antes.  

La opacidad y la escala refuerzan este movimiento.  A medida que los instrumentos financieros se desplazan entre instituciones y mercados, la conexión entre causa y resultado se vuelve más difícil de rastrear.  Las obligaciones antiguas reaparecen.  Nuevos riesgos emergen de transacciones pasadas.  Las ganancias se concentran.  Las pérdidas se dispersan.  

La brecha entre explicación y entendimiento permanece.  La confianza continúa siendo exigida incluso cuando la claridad es desigual.  La estructura continúa operando dentro de esa brecha.  


« LA RUPTURA »

February 18, 2026
Ricardo F. Morín
Serie Nueva York, Nº 11
54″ x 84″
Óleo sobre lienzo
1989

Ricardo F. Morín

1 de enero de 2026

Oakland park, Fl

El trabajo comenzó dentro de una relación marcada por la camaradería y la solidaridad.  La atención al lenguaje, la disciplina y la contención se desarrolló mediante un esfuerzo compartido, más que por la imposición de autoridad.  Los estándares se aprendieron a través de la proximidad, la conversación y el tiempo.  Cualquiera que fuera la forma que más tarde asumiera la escritura, no surgió en aislamiento; tomó forma dentro de un intercambio sostenido orientado al oficio.

Durante un tiempo, ese arreglo se sostuvo.  El crecimiento avanzó en una dirección común.  La guía aclaraba en lugar de restringir.  La corrección afinaba en lugar de estrechar.  En esa etapa, no había razón para imaginar que la continuidad exigiría algo distinto a más trabajo.

A medida que la escritura se desarrolló, apareció una fricción sin una fuente clara.  Surgieron preguntas que no se resolvían con facilidad.  Las revisiones se acumularon sin aclarar aquello que pretendían resolver.  Lo que antes se sentía como depuración empezó a sentirse como ajuste, aunque la diferencia no fue inmediata.  El trabajo continuó, pero con mayor vacilación.

La gratitud complicó el reconocimiento.  Lo recibido era evidente y no podía negarse.  Cuestionar la forma presente de la relación parecía prematuro, incluso ingrato.  La resistencia parecía preferible a la interrupción, especialmente mientras la incertidumbre aún podía explicarse como parte del crecimiento.

Con el tiempo, se acumularon pequeños indicios.  Las decisiones se pospusieron.  Las direcciones cambiaron después del acuerdo.  Las sugerencias se reconocieron pero regresaron sin cambios.  La escritura se ralentizó.  No ocurrió nada dramático, pero el progreso dejó de sentirse proporcional al esfuerzo.

Se intentó restablecer el equilibrio.  Se ofrecieron aclaraciones.  Se aceptaron ajustes.  La expectativa era que la afinación de los términos recuperara la fluidez anterior.  En su lugar, la misma tensión reapareció, reformulada, sin resolver aquello que la había provocado.

En cierto punto, la dificultad ya no pudo tratarse como algo temporal.  Continuar comenzó a exigir formas de acomodación que alteraban el modo en que operaba el juicio al escribir.  Se tomaron decisiones para preservar la relación más que el trabajo.  Aquello que se estaba protegiendo se volvió más difícil de nombrar.

El reconocimiento no llegó como certeza.  Llegó como un límite.  Hubo cosas que el trabajo ya no podía hacer sin distorsión.  Hubo direcciones que ya no podía tomar sin una resistencia que no disminuía con el tiempo.

La ruptura siguió a la vacilación, el aplazamiento y la resistencia.  No resolvió nada de manera limpia.  Puso fin a una forma de continuidad que había sido formativa.  Lo que se abandonó no fue la gratitud, sino la dependencia.  Lo que permaneció fue el trabajo mismo, ahora avanzando sin mediación.

El costo de la ruptura no fue el conflicto, sino la exposición.  Los estándares tuvieron que sostenerse sin refuerzo.  Las decisiones ya no pudieron diferirse.  El fracaso, si llegaba, ya no sería compartido.

Nada en la ruptura borró lo aprendido.  Marcó el punto en el que el aprendizaje ya no podía continuar de la misma forma.  Lo que siguió no fue libertad en abstracto, sino autoría en el sentido estricto:  juicio sostenido sin resguardo.


« Desenmascarar la desilusión: Serie III—Parte II »

February 18, 2026

El resentimiento, la fuerza y ​​la arquitectura del poder.


*

“Geometric Allegory”, pintura digital 2023 por Ricardo Morín (artista visual estadounidense nacido en Venezuela–1954)

Ricardo F. Morin

25 de Diciembre de 2025

Oakland Park, Fl

Nota del autor

Los capítulos que siguen parten de la medida establecida anteriormente.    No retoman la virtud como ideal ni la ética como aspiración, sino como conjunto de restricciones cuya ausencia produce consecuencias identificables.    El análisis no se organiza en torno a intenciones ni a programas declarados, sino a procesos de acumulación mediante los cuales esas restricciones fueron desplazadas.

El resentimiento político, una vez movilizado como fuente de legitimidad, dejó de ser una condición social a ser abordada y pasó a operar como instrumento de gobierno.    La autoridad militar, históricamente presente en la formación institucional de Venezuela, dejó de funcionar como elemento de contención y asumió un papel constitutivo en la identidad política del Estado.    Las estructuras partidarias, lejos de mediar entre sociedad y poder, se rigidizaron en asimetrías que neutralizaron la oposición y transformaron el pluralismo en fragmentación.

Estos procesos no se produjeron de forma aislada ni pueden atribuirse a un único actor o momento.    Emergieron a partir de una convergencia de afecto político, coerción y diseño institucional.    La desilusión que aquí se examina no es de orden emocional.    Es estructural:    el resultado de ideales que se mantienen como símbolos una vez que sus límites operativos han sido eliminados.

La « Parte II » sigue estos mecanismos en secuencia.    Lo que se observa no es una ruptura con la geometría ética delineada anteriormente, sino su deformación progresiva.    La virtud persiste en el lenguaje mientras la restricción desaparece en la práctica.    El discurso político conserva pretensiones universales incluso cuando el poder se concentra y la rendición de cuentas se disuelve.    El resultado no es solo un régimen autoritario, sino una forma de organización política en la que la desilusión se vuelve sistémica:    producida, sostenida y normalizada.


*

La primera señal

Sobre el resentimiento político y social

1

Tras la fractura de la democracia venezolana, el resentimiento político y social adquirió centralidad como forma de articulación pública.    Originado en la desigualdad persistente, en agravios históricos y en promesas incumplidas, ese resentimiento pasó a operar como recurso político.    Su movilización permitió a Hugo Chávez reorganizar el descontento social en torno a la Revolución Bolivariana, no como respuesta a la crisis, sino como base de legitimación del movimiento.

2

El discurso de Chávez se apoyó de manera sistemática en referencias a la explotación colonial y a la corrupción política del siglo XX, construyendo una narrativa en la que las élites eran presentadas como responsables del deterioro social.    La desigualdad persistente entre ámbitos rurales y urbanos, entre sectores vinculados a la renta petrolera y comunidades empobrecidas, fue integrada como elemento central de esa formulación.    A través de esta operación retórica, Chávez se posicionó como mediador exclusivo del agravio y como portavoz de una promesa de justicia económica. [1]

3

Detrás del lenguaje de inclusión y equidad se implementaron políticas cuya eficacia dependía de condiciones transitorias.    Los programas sociales conocidos como Misiones produjeron efectos inmediatos, pero carecieron de sostenibilidad estructural.    Financiadas por una renta petrolera volátil, estas iniciativas abordaron consecuencias visibles sin alterar los mecanismos subyacentes y reforzaron la dependencia del Estado respecto a los ingresos petroleros y al control centralizado. [2]

4

Aun cuando gozaron de aceptación inicial, estas políticas introdujeron nuevas formas de desigualdad.    El acceso a los beneficios estatales comenzó a condicionarse por la lealtad política, lo que incentivó la fragmentación y erosionó la confianza entre los mismos sectores a los que se dirigían.    La corrupción administrativa y la ineficiencia operativa limitaron su alcance, acumularon promesas incumplidas y profundizaron la polarización social.

5

El culto a la personalidad

El carisma personal de Chávez facilitó la conversión del resentimiento en capital político.    La identificación progresiva entre el líder y la nación diluyó las distinciones entre disenso y deslealtad, de modo que la crítica comenzó a presentarse como una forma de traición.    Este proceso consolidó un culto a la personalidad que redujo los costos políticos de la centralización del poder.

6

Tal como se examinó en el Capítulo VI, Crónicas de Hugo Chávez, la autoconstrucción de Chávez como representante del pueblo coexistió con prácticas que redujeron el espacio del pluralismo y normalizaron la conformidad.    Esta combinación reforzó su control político al tiempo que erosionó las capacidades institucionales de la democracia.    La reiteración de agravios históricos operó como marco legitimador que desplazó la atención de estos efectos acumulativos.

7

El resentimiento

La Revolución Bolivariana se sostuvo mediante la activación de divisiones culturales preexistentes, en particular aquellas vinculadas a clase, raza y región.    La retórica política, organizada en un esquema de antagonismo binario, amplificó el resentimiento y reforzó la lealtad de la base gobernante al presentar el conflicto social como una oposición irreconciliable.    Este encuadre dificultó la cooperación entre sectores distintos y fragmentó las condiciones necesarias para una supervisión política amplia y sostenida por parte de la oposición.

8

Este encuadre antagonista se proyectó también sobre el sector privado.    Las expropiaciones, los controles de precios y la deslegitimación pública de la actividad empresarial redujeron la capacidad operativa de la empresa privada y reforzaron la dependencia respecto del Estado.    Estas medidas contribuyeron al deterioro económico, reorientaron la atribución de responsabilidades hacia actores definidos como adversarios y mantuvieron activos los ciclos de resentimiento. [3]

9

Su atracción

La movilización del resentimiento no operó únicamente como reacción frente a la desigualdad, sino como un mecanismo que se alimentó de ella.    Al canalizar agravios históricos y contemporáneos, se estructuró un movimiento que ofrecía una narrativa de reparación mientras consolidaba dinámicas de división.    Las referencias a la unidad y al progreso funcionaron como dispositivos legitimadores y produjeron efectos duraderos de desconfianza, expectativas no satisfechas y debilitamiento institucional. [4]

10

Cuando el resentimiento pasa a operar como principio de gobierno, tiende a socavar las estructuras destinadas a sostener la vida institucional.    Aunque el discurso político ofreció expectativas de reparación, el funcionamiento del sistema amplificó las mismas desigualdades que declaraba corregir.


Notas finales – Capítulo IX

  • [1] Luis Vicente León, Chávez: La Revolución No Será Televisada (Caracas: Editorial Planeta, 2008), 112–127.
  • [2] Luis Vicente León, Misiones Sociales: ¿Un gobierno de dependencia? (Caracas: Editorial Alfa, 2011), 45–59.
  • [3] MIchael F. A., Sargeant, The Venezuelan Military Under Chávez: Political Influence and Militarization (Nueva York: Columbia University Press, 2013), 150–165.
  • [4] Gustavo Coronel, Venezuela: The Collapse of a Democracy (Miami: Editorial Santillana, 2015), 203–220.

*

*

La segunda señal

Emblema del Ejército Bolivariano.

El pilar sólido del poder: la fuerza militar

1

La dinámica descrita anteriormente muestra que las fuerzas armadas operaron no solo como institución, sino como eje de articulación política.   Desde la independencia en 1811, la autoridad militar ha desempeñado un papel persistente en la configuración del Estado venezolano, como reflejan las constituciones de los siglos XIX y XX.   Esta continuidad no responde únicamente a coyunturas políticas, sino a una concepción arraigada del poder militar como principio de orden.   A lo largo de casi dos siglos, la vida política se organizó de manera recurrente en torno a figuras caudillistas cuya legitimidad dependía del respaldo castrense.   En este marco, las fuerzas armadas dejaron de funcionar como elemento contingente y pasaron a constituir una estructura estable de gobierno.   La reconfiguración del poder militar emprendida por Chávez se inscribe en esta tradición y debe ser entendida como una adaptación de ese patrón histórico a una nueva forma de control estatal.

2

Tras la independencia, la vida política venezolana se desarrolló bajo condiciones de inestabilidad persistente, en las que el liderazgo militar asumió funciones de orden en un Estado fragmentado.   Las primeras décadas estuvieron atravesadas por disputas entre facciones, desde la rivalidad entre Simón Bolívar y José Antonio Páez hasta conflictos posteriores encabezados por jefes militares, incluidos los enfrentamientos de los federalistas azules en la década de 1860 y el ascenso de Cipriano Castro a finales del siglo XIX y comienzos del XX.   En ese contexto, la jerarquía castrense y su capacidad de acción concentrada consolidaron su posición como fuerza decisiva.   La orientación política del país se definió de manera recurrente fuera de los espacios parlamentarios, mientras que el gobierno civil, marcado por la discontinuidad, mostró una capacidad limitada para articular un orden político duradero.

3

Este legado se manifiesta en figuras contemporáneas como el general en jefe Vladimir Padrino López y el general en jefe Diosdado Cabello, cuya trayectoria refleja la integración sostenida de lo militar en la estructura política del Estado.   Padrino López, en su función como ministro de la Defensa, encarna la continuidad de la autoridad castrense dentro del aparato gubernamental.   Su relación con Nicolás Maduro, fundada en lealtad institucional y afinidad con el proyecto bolivariano, ha contribuido a su posición como actor central en la estabilidad del gobierno.   Diosdado Cabello, cuya carrera transita entre ámbitos militares y civiles, articula su influencia a partir de ese doble registro.   En conjunto, ambas figuras ilustran la persistencia de una lógica política en la que disciplina organizativa y capacidad coercitiva permanecen estrechamente vinculadas.

4

Vladimir Padrino López es descrito con frecuencia como una figura disciplinada y pragmática, capaz de combinar la formación militar con habilidades de gestión política en un entorno institucional inestable.   En su discurso público, ha insistido en el papel de las fuerzas armadas como garantes del orden y de la continuidad del Estado.   Más allá de esa presentación, su posición ha adquirido relevancia en la articulación interna del poder bajo el gobierno de Nicolás Maduro.   Su estilo, caracterizado por una diplomacia medida, contrasta con enfoques más confrontacionales y le ha permitido operar como interlocutor tanto dentro del aparato estatal como en escenarios externos.   De este modo, su influencia se ejerce no solo a través de funciones formales, sino también mediante su capacidad para mediar y adaptarse a tensiones internas del sistema político.

5

El papel atribuido a Padrino López en las prácticas represivas del Estado lo ha situado como una figura controvertida en el análisis político.   Diversas investigaciones y señalamientos lo han vinculado con redes de corrupción militar y con economías ilícitas, incluidas actividades relacionadas con el narcotráfico y la minería ilegal.   Estas imputaciones no permiten establecer responsabilidades judiciales en este contexto, pero sí introducen un grado de opacidad en torno a su posición institucional.   En ese marco, su figura aparece asociada tanto a la noción de estabilidad como a una influencia cuyo alcance efectivo permanece indeterminado.   Algunos observadores han planteado que, en escenarios de crisis, podría desempeñar un papel de intermediación dentro del propio sistema de poder.

6

El análisis de las estructuras contemporáneas de poder requiere situarlas dentro de una secuencia histórica más amplia.   Aunque Hugo Chávez suele ser presentado como el principal artífice del orden autocrático vigente, su trayectoria se inscribe en tradiciones previas de militarización y movilización populista.   Su ascenso no constituyó una anomalía, sino la convergencia de procesos políticos y sociales acumulados a lo largo de casi dos siglos.   Reducir la explicación a su figura individual oscurece las condiciones estructurales que hicieron posible ese desenlace.   En este sentido, el recorrido de Venezuela hacia formas concentradas de poder solo puede entenderse a partir de su evolución institucional y constitucional.


La tercera señal

1

Desde finales del siglo XX, el sistema político venezolano entró en una fase de transformación sostenida, condicionada por una inestabilidad socioeconómica persistente que afectó de manera desigual a distintos sectores sociales.   El orden democrático establecido en 1958 se estructuró inicialmente en torno a un bipartidismo funcional entre Acción Democrática (AD) y el Partido Social Cristiano (COPEI), formalizado a través del Pacto de Puntofijo como mecanismo de estabilización institucional y alternancia en el poder. [1][2][3]    Con el paso del tiempo, ese esquema tendió a concentrar la representación política y a restringir la incorporación de corrientes alternativas, en particular aquellas situadas fuera del consenso dominante.   Esta dinámica redujo la capacidad del sistema para absorber demandas sociales emergentes y contribuyó a una disminución progresiva de su legitimidad. [4]

2

Durante las décadas de 1980 y 1990, una combinación de desequilibrios económicos, aumento de la desigualdad y deterioro de la credibilidad institucional debilitó de manera sostenida el sistema bipartidista.   La expansión de la deuda externa, junto con la caída de los ingresos petroleros, intensificó tensiones sociales preexistentes. [5][6]   En 1989, los acontecimientos conocidos como el Caracazo expusieron de forma abrupta la distancia acumulada entre las estructuras de gobierno y amplios sectores de la población. [7]    Las medidas de ajuste asociadas a ese episodio pusieron de manifiesto límites estructurales del modelo político y económico vigente, así como fracturas persistentes en el entramado social. [8]

3

En este contexto de desgaste institucional y fractura social, el Movimiento V República (MVR), encabezado por Hugo Chávez, se consolidó como fuerza política dominante tras su victoria electoral en 1999.   Su discurso combinó apelaciones redistributivas con la promesa de reorganizar el Estado a partir de los ingresos petroleros.   En 2007, el MVR fue absorbido en el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), un proceso que redujo la pluralidad interna y produjo una estructura partidaria más centralizada, diseñada para disciplinar la toma de decisiones y asegurar la ejecución de políticas. [9][10][11]

4

La muerte de Hugo Chávez en 2013 alteró los equilibrios internos del Partido Socialista Unido de Venezuela y abrió un proceso de disputa por la sucesión.   El ascenso de Nicolás Maduro se produjo en un contexto de faccionalismo persistente, marcado por tensiones entre los sectores civiles y militares del aparato estatal.   Su consolidación en el poder se apoyó en un uso instrumental del marco legal:   reinterpretaciones constitucionales, subordinación del poder judicial y administración estratégica de los procesos electorales para preservar una apariencia de continuidad institucional.   Paralelamente, prácticas extralegales —incluidas la represión selectiva, la restricción del espacio mediático y la cooptación de órganos del Estado— pasaron a desempeñar un papel central en la reproducción del control político. [12] [13][14]

5

Pese a la aparición de nuevas organizaciones opositoras, el Partido Socialista Unido de Venezuela mantuvo su posición dominante dentro del sistema político.   La fragmentación interna de la oposición se consolidó como un factor estructural, alimentado por desacuerdos estratégicos y por divergencias persistentes respecto a las formas de relación con el poder establecido.   De manera simultánea, el aparato estatal desplegó mecanismos judiciales y electorales orientados a dividir, neutralizar o reconfigurar a los actores opositores, lo que redujo de forma sostenida su capacidad de articulación y de competencia efectiva.

6

La incapacidad de los partidos opositores para articular un frente coordinado se mantuvo como una vulnerabilidad persistente dentro del sistema político.   Esta condición fue incorporada de manera recurrente en la práctica gubernamental, lo que limitó la posibilidad de que la oposición se presentara como alternativa operativa.   Episodios clave, como el referéndum revocatorio de 2004 —en el que Hugo Chávez retuvo el mandato— y la Sentencia 156 del Tribunal Supremo de Justicia en 2017, que suspendió las funciones de la Asamblea Nacional controlada por la oposición, profundizaron esta asimetría institucional. [15] [16][17]

7

A medida que la fragmentación del espacio político se intensificó, surgieron nuevas formaciones opositoras y se ensayaron estrategias alternativas.   En un momento dado, el sistema llegó a registrar hasta cuarenta y nueve partidos (véase Apéndice: Ítem B). Sin embargo, esta expansión organizativa no se tradujo en capacidad de coordinación ni en competencia efectiva frente al partido gobernante.   La multiplicación de estructuras partidarias operó, en la práctica, como un factor adicional de dispersión.   Las divergencias estratégicas internas —entre enfoques orientados al diálogo y otros de carácter confrontacional— fueron absorbidas por el funcionamiento del sistema político mediante mecanismos de cooptación, fragmentación inducida y administración selectiva de reglas judiciales y electorales, lo que contribuyó a neutralizar desafíos sostenidos a la posición dominante.


Notas finales – Capítulo XI

  • [1] John D. Martz, Acción Democrática. Evolution of a Modern Political Party in Venezuela (Princeton: Princeton University Press, 1966). Ofrece una historia detallada del partido Acción Democrática (AD) en una tesis doctoral sobre Venezuela. https://doi.org/10.1215/00182168-46.4.468
  • [2] Steve Ellner, “Venezuelan Revisionist Political History, 1908–1958: New Motives and Criteria for Analyzing the Past”, Latin American Research Review (The Latin American Studies Association), vol. 30, núm. 2 (1995): 91–121. El artículo ofrece un contexto crítico para la historia del partido socialcristiano COPEI. https://www.jstor.org/stable/2503835
  • [3] Samuel Paltiel Handlin, “The Politics of Polarization: Legitimacy Crises, Left Political Mobilization, and Party System Divergence in South America” (Tesis doctoral, Ciencia Política: University of California, Berkeley, otoño de 2011), 8, 39–48, 54, 59, 73, 79, 81–86, 91–93, 95, 116, 168, 172.
  • [4] David J. Myers, “The Struggle to Legitimate Political Regimes in Venezuela: From Pérez Jiménez to Maduro”, Latin American Research Review (Cambridge University Press, 23 de octubre de 2017). DOI: https://doi.org/10.25222/larr.240
  • [5] Miriam Kornblith y Daniel H. Levine, “Venezuela: The Life and Times of the Party System”, Kellogg Institute for International Studies, University of Notre Dame, Working Paper núm. 197, junio de 1993. https://pdba.georgetown.edu/Parties/Venezuela/Leyes/PartySystem.pdf
  • [6] Javier Corrales, Fixing Democracy: The Venezuela Crisis and Global Lessons (Cambridge: Cambridge University Press, 2021), 99–133.
  • [7] Margarita López Maya, “The Venezuelan Caracazo of 1989: Popular Protest and Institutional Weakness”, Journal of Latin American Studies (2003), 35, 117–137. DOI: 10.1017/S0022216X02006673
  • [8] Moisés Naím, Paper Tigers and Minotaurs: The Politics of Venezuela’s Economic Reforms (Washington: The Carnegie Endowment for International Peace, 1993). https://observacionessobrelanaturalezade.com/wp-content/uploads/2025/12/ce199-papertigersandminotaurs.pdf
  • [9] “Dossier No. 61: The Strategic Revolutionary Thought and Legacy of Hugo Chávez Ten Years After His Death” (Monthly Review Online, Tricontinental: Institute for Social Research, 1 de marzo de 2023). https://mronline.org/2023/03/01/dossier-no-61-the-strategic-revolutionary-thought-and-legacy-of-hugo-chavez-ten-years-after-his-death/
  • [10] Marta Harnecker, Understanding the Venezuelan Revolution: Hugo Chávez Talks to Marta Harnecker (Nueva York: Monthly Review Press, 2005), 45–47.
  • [11] Barry Cannon, Hugo Chávez and the Bolivarian Revolution: Populism and Democracy in a Globalised Age (Manchester: Manchester University Press, 2009), 101–103.
  • [12] Gregory Wilpert, Changing Venezuela by Taking Power: The History and Policies of the Chávez Government (Londres: Verso Books, 2007), 102–104.
  • [13] Javier Corrales y Michael Penfold, Dragon in the Tropics: Hugo Chávez and the Political Economy of Revolution in Venezuela (Washington: Brookings Institution Press, 2011), 19–24, 30–34.
  • [14] Tiago Rogero, “Evidence shows Venezuela’s election was stolen—but will Maduro budge?”, The Guardian, 6 de agosto de 2024. https://www.theguardian.com/world/article/2024/aug/06/venezuela-election-maduro-analysis
  • [15] Gustavo Delfino y Guillermo Salas, “Analysis of the 2004 Venezuela Referendum: The Official Results Versus the Petition Signatures”, Project Euclid, noviembre de 2011. DOI: 10.1214/08-STS263
  • [16] Rafael Romo, “Venezuela’s high court dissolves National Assembly”, CNN, 30 de marzo de 2017. https://www.cnn.com/2017/03/30/americas/venezuela-dissolves-national-assembly/index.html
  • [17] Margarita López Maya, “Venezuela’s Hugo Chávez: Savior or Danger?”, Latin American Perspectives, vol. 29, núm. 6 (2002): 88–103. Ofrece un contexto crítico para el referéndum revocatorio de 2004. https://www.jstor.org/stable/2692130

« Consenso:  Lo que es y lo que no es »

February 11, 2026
Ricardo F Morin
Lo que es y no es
CGI
2026

Ricardo F Morin

4 de enero de 2026

Oakland Park, Fl

Axioma aspiracional VI

El consenso suele presentarse como un acuerdo alcanzado libremente.  Aparece como resolución del conflicto y suspensión de la disputa.  Señala estabilidad donde había división y cierre donde persistía la incertidumbre.  En este sentido, el consenso se ofrece como logro colectivo.  

Con el tiempo, sin embargo, el consenso deja de describir un resultado y comienza a operar como presunción.  El acuerdo ya no se demuestra, sino que se declara.  La unidad se afirma antes de que la disidencia haya sido abordada.  La apariencia de concordia sustituye el trabajo de la deliberación.  

Una vez supuesto el consenso, el desacuerdo cambia de estatus.  Deja de formar parte del proceso y pasa a interpretarse como interrupción.  La objeción se recodifica como obstrucción y la duda como irresponsabilidad.  La participación se vuelve condicional a la alineación.

El consenso estrecha el campo de lo decible sin recurrir a prohibiciones.  Las posiciones no se prohíben, pero se vuelven inoportunas.  Las preguntas no se silencian, pero se juzgan extemporáneas.  El espacio para la disidencia se contrae sin fuerza visible.  

Esta contracción posee una lógica temporal.  El consenso se presenta como ya alcanzado, incluso cuando sus efectos siguen desplegándose.  El tiempo se invoca para justificar el cierre.  Lo que permanece sin resolver se aplaza en nombre de avanzar.  

El peso ético del consenso se distribuye de manera desigual.  Quienes pueden declarar el acuerdo son quienes menos expuestos están a sus consecuencias.  A quienes soportan los efectos se les pide aceptar que la cuestión está zanjada.  El cierre desciende, mientras la autoría no asciende.  

El consenso gobierna por atmósfera más que por argumento.  Se apoya en el tono, la repetición y la apariencia de unanimidad.  Disentir no se prohíbe, pero se considera innecesario.  El silencio se confunde con asentimiento.  

Lo que el consenso es, entonces, es una condición en la que el desacuerdo se trata como ya resuelto.  Nombra el cierre más que la comprensión.  Estabiliza los resultados limitando la indagación posterior.  

Lo que el consenso no es no es una unanimidad alcanzada libremente.  No es prueba de que las posiciones en conflicto hayan sido reconciliadas.  No es evidencia de que la disidencia haya perdido relevancia.