« Ecos de un decantador: reflexiones sobre Historia y Trabajo »

March 16, 2025


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Decantation [2003], CGI by Ricardo Morín

El aire dentro de la vieja fábrica era denso, cargado de polvo y convicción.      Habían fregado los suelos, repintado las paredes, reclamado el espacio de su pasado, pero el olor a óxido y mugre aún persistía.      El aire conservaba el rastro de un esfuerzo olvidado, de una historia impregnada en el polvo, como una huella que se rehúsa a desvanecerse

Emilio se encontraba sobre un escenario improvisado, elevado por dos palés apilados.      Su voz se proyectaba por toda la sala, cada palabra golpeando con certeza.

—No estamos repitiendo errores pasados.      Estamos forjando un nuevo camino, más allá de los fallos del capitalismo y las traiciones del socialismo.      Esta vez, lo haremos bien.

Aplausos.      Asentimientos de aprobación.      Ya habían escuchado esas palabras antes, pero esta vez, las creían.

Griselda permanecía sentada al fondo, con los brazos cruzados y el rostro inescrutable.      Décadas atrás, había estado en el mismo sitio, escuchando una voz diferente, pero la misma promesa.      La fábrica, resucitada otra vez, parecía distinta, pero el sitio seguía siendo el mismo: un decantador astillado, vertiendo la misma historia, lenta e inexorablemente.

Tras el discurso, mientras la gente se agrupaba en pequeños círculos de conversación animada, Emilio se acercó a ella.

—No pareces convencida.

—La pasión es fácil—dijo ella, tras una breve pausa.      Más exigente es la dirección.

Emilio le sonrió como quien concede indulgencia a un anciano.

—Esta vez es diferente, Griselda.      Hemos estudiado la historia.      No repetiremos sus fallas.

Ella exhaló y dirigió la mirada más allá de él, hacia la multitud.      La fábrica vibraba apacible detrás de ellos, como una máquina empezando a recordar sus ritmos de antaño.

—Malinterpretas la historia —murmuró—.      No es algo que se repite.      Es algo que se te vuelve, lo invites o no.

Él ladeó con la cabeza y dijo:      « No creo en fantasmas ».      Pero el aire, plúmbeo con el peso del pasado, parecía vibrar con una inevitabilidad tácita.      Le hacía recordar a Griselda algo contenido en cristal:      preservado, pero condenado a la fragilidad de quien le observa.


Las primeras semanas fueron como una superficie pulida, sin arañazos, resplandeciente.      Pero las fisuras aparecieron, pequeñas al principio, como una fina línea que se extiende sin que nadie la viera venir.

Cada decisión pasaba por la asamblea.      Cada trabajador tenía voz, parte e interés por igual.      El viejo engranaje rugía de nuevo bajo manos rehabilitadas.      Imprimían nuevos carteles proclamando la abolición del patrón, el renacimiento del trabajo.

Por fin, el trabajo tenía un propósito más justo.

Las primeras fisuras aparecieron, discretas al principio.

Las reuniones se alargaban durante horas, debates circulares sin resolución.      Algunas tareas eran más deseables que otras; algunos evitaban las más arduas, invocando objeciones ideológicas.

—¿Por qué uno debe cargar con el trabajo pesado mientras otro coordina?

—Griselda dejó la pregunta suspendida en el aire.

Luego llegó la primera crisis real:    un pedido grande, una fecha límite, la necesidad de eficiencia.      La fábrica se movía demasiado lento.      La asamblea se estancó.      Estallaron discusiones.

—Necesitamos a alguien que supervise la producción —admitió Emilio—.      Sólo temporalmente!

Se sometió a votación.      Se designó a un mediador.      No era un gerente, se decían a sí mismos, sino un guía.      Pero el equilibrio ya había cambiado.      La fábrica, como un navío atrapado en una marea implacable, comenzaba a cargar más de lo que podía sostener, como el plomo en un decantador de cristal.

Griselda observaba en silencio.


El mediador, para mantener el flujo de trabajo, tomó decisiones rápidas.      La asamblea las aprobaba después.      La diferencia era sutil, pero creció.

Algunos trabajadores eran más hábiles en ciertas tareas, por lo que los roles se solidificaron.      Alguien debía negociar con los proveedores.      Alguien debía asegurarse de que se cumplieran los plazos.      El mediador asumió esas funciones porque era lo más práctico.

—Necesitamos estructura.      No jerarquía, sólo orden—Emilio asintió con un gesto de firmeza—sus ojos vacilaban.

Emilio, agotado, asintió sin convicción, como si el peso de las palabras que acababa de pronunciar le resultara cada vez más ajeno.      El engranaje, que al principio giraba sin trabas, empezó a arrastrarse bajo un peso creciente.      Algo obstinado y transitorio a la vez, reacio a ceder a la voluntad de nadie.      Como el decantador que vierte un líquido pesado, pero nunca termina del todo su confinamiento.

Una noche, solo en su oficina—la oficina que no debía existir—, hojeó viejos libros.      Las palabras le eran familiares, pero ahora las leía de otro modo.      Encontró un pasaje de un antiguo texto revolucionario, subrayado por su propia mano años atrás:

« La gran ilusión del poder es fingir que no existe ».

Cerró el libro, apesumbrado por su claridad irrefutable.      Sus dedos se demoraron en el borde del papel, como si buscasen algo que ya se había escapado, como el agua filtrándose por una grieta.

Emilio cerró los ojos por un momento, como si ese simple gesto pudiera anular la brutalidad de la realidad.      Los pasillos vacíos de la fábrica resonaban con ecos lejanos, ecos de promesas rotas.      ¿Cuánto tiempo había creído que el poder era algo que podía manejar?      Pero la verdad, al final, era innegable.      La gran ilusión del poder, pensó, es fingir que no existe.      Fingir que no es una farsa tan cruda como esta.


La siguiente crisis llegó sin aviso.      Una huelga.      Contra ellos mismos.

Algunos exigían un salario más alto.

—¿No debería el trabajo ser compensado según el esfuerzo?

Eran iguales, pero algunos cargaban más trabajo que otros.

Emilio intentó razonar con ellos.

—Así no funciona esto.      Estamos rompiendo un ciclo.

—¿Rompiendo?— La palabra flotó en el aire como un desafío.      Luego, una sonrisa amarga se formó en sus labios, casi imperceptible.    

—Entonces, ¿por qué tú te sientas en la oficina mientras nosotros sudamos en el taller?

No tuvo respuesta.

Otra votación.      Otra reestructuración.      Una nueva propuesta:     un comité de supervisión.      El comité se convirtió en una junta.      Inversores externos ofrecieron estabilidad financiera.      Una pequeña concesión.      Un mal necesario.

Al cerrar el año, la fábrica era un laberinto de regulaciones.      Justo lo que juraron evitar.

Los pasillos, antes llenos de un bullicioso fervor, ahora eran como túneles de murmullos sospechosos.      Los trabajadores, ya no unidos en su causa, susurraban sobre la ‘junta’ como si fuera una entidad distante, ajena a sus vidas.      La huelga había pasado de ser un grito colectivo a una sombra solitaria, con rostros antes iluminados por la esperanza ahora marcados por la desconfianza.      La solidaridad se deshacía como el polvo bajo sus pies.

Emilio encontró a Griselda en la sala de descanso, tomando té.

—Lo intentamos —dijo él.

—Nosotros también —respondió ella.

Silencio.

—¿Por qué siempre termina así?

Griselda puso la taza sobre la mesa.      Sus ojos, presos del agotamiento, como si cada mirada llevara el peso de promesas rotas.

—Porque somos humanos. . . , imperfectos.


Años después, Emilio pasó frente a la fábrica.      Seguía en pie, funcionando.      No revolucionaria.      No un fracaso.

Dentro, un nuevo grupo de jóvenes activistas se había reunido.      Su líder, apenas mayor de lo que él había sido, hablaba con fervor, de pie sobre palés apilados.

—No estamos repitiendo el pasado.      Estamos forjando un nuevo camino.      Esta vez, lo haremos bien.

Emilio no se detuvo a escuchar.

A la distancia, Griselda observaba.

—Y así otra vez—susurró Griselda, como si las palabras fueran una condena, un eco de todo lo que ya había vivido.


Ricardo Federico Morín Tortolero
15 de marzo de 2025; Oakland Park, Florida


« El autoritarismo global y los límites del análisis tradicional »

March 15, 2025




La guerra en Ucrania suele presentarse como un enfrentamiento geopolítico entre Occidente y Rusia, pero esta interpretación puede oscurecer una realidad más profunda:     el auge del autoritarismo como fuerza global.     Noam Chomsky, una de las voces más influyentes en la crítica a la política exterior de Estados Unidos, ha argumentado que la hegemonía estadounidense es el factor principal que impulsa el conflicto.     Su enfoque, arraigado en la lógica de la Guerra Fría, ha sido esencial para comprender las dinámicas del poder global.     Sin embargo, cabe preguntarse si este marco sigue siendo suficiente para analizar la expansión coordinada de los regímenes autocráticos en el mundo actual.

La cuestión ya no es simplemente si la política estadounidense contribuyó a la agresión rusa, sino si las democracias pueden resistir el avance deliberado de gobiernos que buscan consolidar su poder a cualquier costo.     Lo que está en juego trasciende la soberanía de Ucrania:     es la supervivencia de la democracia en el mundo.

Chomsky sostiene que la ampliación de la OTAN y el dominio financiero de EE. UU. exacerbaron las tensiones con Rusia y limitaron las posibilidades de diplomacia.     Su visión propone un mundo donde el poder se distribuya entre Estados Unidos, Europa, China y Rusia, lo que, a su juicio, generaría un equilibrio más estable y justo.     Esta perspectiva ha sido crucial para cuestionar los excesos del intervencionismo estadounidense.     No obstante, en el mundo actual, donde el autoritarismo no solo reacciona contra Occidente, sino que busca activamente rediseñar el orden global, ¿basta con un enfoque basado únicamente en la contención de la hegemonía estadounidense?

El auge de los regímenes autocráticos no es solo una respuesta a la influencia occidental; es una estrategia deliberada para consolidar el poder.     Mientras que Chomsky ha enfatizado la importancia de distribuir el poder global, es crucial analizar la naturaleza de quienes ocuparían ese vacío.     Rusia y China no buscan simplemente estabilidad multipolar; sus acciones reflejan un intento de ejercer control absoluto, sin restricciones democráticas.     La crítica de Chomsky nos ayuda a comprender las raíces de los conflictos internacionales, pero tal vez deba ampliarse para incorporar el modo en que estos regímenes están transformando la estructura misma de la política global.

Uno de los desafíos en aplicar el análisis tradicional de Chomsky al presente es que el autoritarismo actual ya no responde únicamente a las divisiones ideológicas del pasado.     Ya no se trata de una lucha entre socialismo y capitalismo, izquierda y derecha.     Más bien, estos regímenes comparten un objetivo común:     desmantelar las instituciones democráticas para garantizar su permanencia en el poder.

Putin, por ejemplo, invoca la nostalgia soviética mientras prohíbe cualquier revisión crítica del estalinismo.     China fusiona el capitalismo de Estado con un control político absoluto.     Hungría e India, que alguna vez fueron consideradas democracias alineadas con Occidente, han adoptado modelos autocráticos.     Al mismo tiempo, la extrema derecha estadounidense, que históricamente se opuso al comunismo, ha comenzado a adoptar la narrativa del Kremlin, presentándolo como un defensor frente a las “élites globalistas”.

Este alineamiento ideológico hace que el autoritarismo moderno sea más peligroso que nunca.     No solo trasciende los bloques de poder tradicionales, sino que también se refuerza mediante alianzas estratégicas, mutuo respaldo y la erosión de las democracias desde dentro.     Ningún lugar ilustra esto mejor que Estados Unidos.     La presidencia de Trump reveló una vulnerabilidad inesperada:     la posibilidad de que el autoritarismo prospere dentro de la democracia más influyente del mundo.     Aquí, el debate ya no se reduce a una cuestión de aislacionismo o intervencionismo, sino al riesgo real de que las tácticas autocráticas se normalicen en la política interna.

La administración Trump envió señales contradictorias respecto al Kremlin, debilitando el principio de disuasión.     En lugar de establecer una línea clara contra la expansión autoritaria, su ambigüedad permitió que regímenes como el de Putin interpretaran la falta de firmeza como una oportunidad para actuar con impunidad.     Mientras figuras como Marco Rubio han defendido una postura inequívoca que refuerce la credibilidad estratégica de EE.UU., la incoherencia en la política exterior de la administración Trump contribuyó a la percepción de que Occidente estaba dividido y vacilante.

Este debilitamiento del liderazgo democrático no ha ocurrido en un vacío.     La globalización del autoritarismo es un fenómeno en el que los regímenes autocráticos no solo desafían directamente a las democracias, sino que también se respaldan mutuamente para eludir sanciones, subvertir la presión internacional y consolidar su dominio interno.     La invasión de Ucrania debe entenderse dentro de este marco:     no es solo un conflicto regional ni una reacción ante la OTAN, sino una apuesta calculada dentro de una estrategia más amplia para debilitar la democracia global.

Durante décadas, críticos como Chomsky han sido fundamentales para evidenciar los efectos del dominio estadounidense en la política global.     Su análisis ha permitido entender cómo la hegemonía de EE.UU. ha influido en múltiples conflictos.     Sin embargo, la evolución del autoritarismo plantea preguntas que requieren ampliar esta perspectiva.     La mayor amenaza para la democracia ya no es exclusivamente el poder estadounidense, sino la consolidación de un modelo autocrático global que avanza con estrategias coordinadas.

Responsabilizar a EE.UU. de cada crisis geopolítica puede pasar por alto un cambio crucial:     los regímenes autocráticos han pasado de ser una reacción ante la influencia de Washington a convertirse en una estrategia activa para reemplazar el modelo democrático occidental.     Reconocer este cambio no significa absolver a EE.UU. de sus fracasos en política exterior, pero sí exige entender que contrarrestar el autoritarismo requiere más que una crítica constante a su hegemonía.     Implica reconocer que la democracia enfrenta una amenaza coordinada y sin precedentes.

La visión de Chomsky sobre un mundo multipolar es, en teoría, atractiva.     Sin embargo, ¿qué implicaciones tendría en la práctica si los actores que llenan el vacío dejado por EE. UU. no están interesados en preservar la democracia?     El verdadero desafío no es solo contener las ambiciones territoriales de Putin, sino evitar que su modelo de gobierno—basado en el desmantelamiento de las instituciones democráticas—gane tracción en el mundo occidental.

Chomsky sigue siendo uno de los críticos más incisivos de la política exterior estadounidense, y su obra ha sido fundamental para comprender los efectos del poder en las relaciones internacionales.     Su análisis ha arrojado luz sobre las fallas del intervencionismo y la dinámica de la hegemonía global.     Sin embargo, el mundo ha cambiado, y con él, los desafíos que enfrentan las democracias.     Hoy, la crisis en Ucrania no se reduce únicamente a un debate sobre la OTAN, la intervención de EE.UU. o la hipocresía de Occidente.     Es parte de una lucha más amplia entre democracia y autocracia, una contienda que no termina en las fronteras ucranianas, sino que se extiende hasta las propias instituciones políticas de Occidente.

Si no reconocemos este cambio, corremos el riesgo no solo de perder a Ucrania, sino también de subestimar el alcance de las amenazas que enfrentan las democracias en todo el mundo.     La neutralidad ya no es una opción cuando el desafío es la supervivencia de las sociedades libres.     Más allá de los errores de Occidente, el ascenso del autoritarismo requiere una respuesta que no se limite a la crítica de la hegemonía estadounidense, sino que asuma la defensa activa de los valores democráticos allí donde estén en peligro.


Ricardo Federico Morín Tortolero

15 de marzo de 2025; Oakland Park, Florida


« Los límites del sufrimiento »

March 14, 2025

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"Sin título 012 de Ricardo Morín 
56 x 76 cm Acuarela, carboncillo, óleo, corrector líquido y tinta sobre papel 
2006
Sin título 012 de Ricardo Morín
56 x 76 cm Acuarela, carboncillo, óleo, corrector líquido y tinta sobre papel
2006

Existe un umbral más allá del cual el sufrimiento deja de ser resistencia y se convierte en otra cosa—algo crudo, incomunicable.      No es simplemente una cuestión de dolor, ni siquiera de desesperación, sino una merma silenciosa en la que el ser se encuentra al borde de su propia disolución.      Pero, ¿cómo se define ese límite?

Es tentador creer que el sufrimiento tiene un propósito, que puede transmutarse en sabiduría o resiliencia.      Esta creencia nos sostiene en sus primeras etapas.      Soportamos en nombre de su significado, con la esperanza de que el sufrimiento refine en lugar de aniquilar.      Sin embargo, llega un punto en que el sufrimiento se convierte en una fuerza en sí misma, desligada de toda justificación.      Ya no instruye ni dignifica—únicamente persiste.

El problema del sufrimiento no es cuánto se puede soportar, sino cuánto debe revelarse.      El silencio a menudo protege tanto al que sufre como al que escucha.      Hay dolores demasiado íntimos, demasiado profundos como para traducirlos en palabras sin convertirlos en espectáculo.      Exponer el sufrimiento en su totalidad corre el riesgo de despojarlo de su dignidad, de transformarlo en algo irreconocible.      Y, sin embargo, ocultarlo por completo puede generar su propio tipo de exilio, una soledad donde el dolor se enquista en la sombra.

Algunos intentan navegar esta tensión ofreciendo fragmentos—lo suficiente para reconocer la existencia del sufrimiento sin invitar a la intromisión.      Otros prefieren el silencio absoluto.      No es cobardía, sino una última afirmación de control, un rechazo a ser definido por el dolor.      Imponer al que sufre la expectativa de compartir su aflicción es no comprender la naturaleza de su carga.      La gravedad del sufrimiento no reside únicamente en la experiencia en sí, sino en la imposibilidad de hacerla comprender.

Vivimos bajo la ilusión de que la mente y el cuerpo resistirán, de que la capacidad de aguante es infinita.      Pero el sufrimiento nos recuerda lo contrario.      Hay un punto de quiebre, ya sea visible o silencioso, súbito o prolongado.      No es el mismo para todos.      Algunos resisten más que otros—no por una mayor fortaleza, sino por una alquimia diferente de circunstancias, temperamento y azar.      Lo único constante es que todos los límites, tarde o temprano, son alcanzados.

No hay una sola forma de vivir con el sufrimiento.    A veces, lo que alivia no es resistir, sino el acto callado de reconocerse con compasión.    Hablar, cuando se puede.    Callar, cuando es necesario.    En el espacio entre lo que no puede decirse y lo que debe asumirse, puede surgir una verdad sencilla:    incluso la incertidumbre puede sostenernos, si la aceptamos con honestidad.

Y cuando esa liberación es imposible, cuando el sufrimiento se prolonga más allá de su propio límite, sólo queda el reconocimiento silencioso de su presencia—un peso que, tarde o temprano, debe disiparse o consumir lo que aún permanece.

Ricardo Federico Morín Tortolero

Marzo 14, 2025; Oakland Park, Florida

« El Algoritmo del Gallo »

March 1, 2025

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“Rooster’s Crow” [2003] de Ricardo F. Morín.
Acuarela sobre papel, 99 cm de alto x 65 cm de ancho.

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Introducción

Al despuntar el alba, el canto del gallo rasga el silencio—agudo e insistente—arrastrando a todo aquel que lo oye a la conciencia de un nuevo día.

En la pintura Rooster’s Crow, los colores giran en una confluencia de rojos y grises, capturando al ave no como un sereno heraldo del amanecer, sino como un símbolo de agitación.      Su forma retorcida, sus plumas dispersas y sus líneas fracturadas reflejan una corriente de cambio más profunda—un choque de fuerzas, caótico e inevitable.      La imagen sugiere el flujo incesante del tiempo y el peso de las transformaciones que siempre lo acompañan.

En esta narrativa en evolución, la fragmentación del canto del gallo refleja la expansión de la Inteligencia Artificial.      Antes, su grito anunciaba la llegada del día; ahora, resuena en una transformación más compleja—un equilibrio cambiante entre los ritmos de la naturaleza y la creciente influencia de los sistemas tecnológicos.      La silueta del gallo, fracturada en su estela, se convierte en un reflejo de las tensiones entre la agencia humana y el auge de fuerzas que, aunque diseñadas por nosotros, pueden escapar a nuestra plena comprensión.      Aquí, la Inteligencia Artificial actúa tanto como agente de cambio como posible arquitecta de un futuro que ni podemos prever ni controlar.

« El Algoritmo del Gallo »


Un gallo no canta para advertir ni para invitar; su llamado es sólo el sonido de la inevitabilidad, crudo y urgente, ajeno a la respuesta de quienes lo escuchan.      No ordena el amanecer ni espera permiso—simplemente anuncia lo que ya ha comenzado.

En la dinámica cambiante de la ambición y el poder, la tecnología ha asumido un papel similar.      Modelada por la intención humana, avanza bajo la guía de quienes la programan, su influencia determinada por las prioridades de sus arquitectos.      Para algunos, representa el umbral de un progreso sin precedentes, una vía para superar las limitaciones humanas; para otros, encarna una nueva forma de dominio, un instrumento que redefine la administración de sociedades de maneras antes impensables.      Se ensalza su eficiencia como virtud, prometiendo simplificar la gestión, eliminar fricciones y suprimir la imprevisibilidad de la deliberación humana.      Pero una máquina no negocia ni disiente.      Y en manos de quienes ven la democracia como un lastre—un obstáculo al avance—los algoritmos dejan de ser simples herramientas para convertirse en los verdaderos mediadores del poder.

Tomemos un ejemplo cotidiano: los sistemas de recomendación en línea. Presentados como facilitadores de la elección individual, en realidad modelan lo que vemos y oímos, influyendo en nuestras decisiones antes incluso de que las tomemos. Algo similar ocurre con la administración de sociedades mediante modelos computacionales: ofrecen la ilusión de autonomía mientras restringen el margen real de acción a lo que su lógica predice que preferiremos. El resultado es un dilema inquietante: creemos decidir libremente, cuando en realidad son los sistemas quienes trazan el camino.

Hubo un tiempo en que la lucha por el control se libraba de forma visible—conquistas territoriales, leyes reescritas a la vista de todos.      Ahora, el enfrentamiento ocurre en espacios menos tangibles, donde líneas de código determinan el rumbo de naciones, donde ecuaciones complejas deciden qué voces serán amplificadas y cuáles silenciadas.      El poder ya no reside exclusivamente en los uniformes ni en los cargos electos.      Se desplaza hacia tecnócratas, corporaciones y oligarcas cuya influencia trasciende los límites de cualquier gobierno.      Algunos proclaman abiertamente su propósito de transformar el mundo; otros operan en la sombra, dejando que la corriente avance hasta que oponerse sea imposible.      La cuestión ya no es si los algoritmos gobernarán, sino quién dictará su curso.

El sistema de crédito social en China ya no es una teoría, sino una realidad donde el comportamiento se moldea mediante incentivos y restricciones apenas perceptibles.      Modelos predictivos rastrean y condicionan acciones individuales, configurando hábitos sin que sus sujetos lo noten hasta que el cambio es irreversible.      En Occidente, las estrategias son menos explícitas, pero no menos efectivas:      las plataformas diseñadas para conectar a las personas ahora son herramientas de persuasión masiva.      La desinformación ya no es producto de la acción humana; se genera a escala, con una precisión matemática que moldea percepciones sin levantar sospechas.

En este contexto, la paradoja del conocimiento incompleto de Gödel resulta reveladora:      Ningún sistema puede explicarse completamente a sí mismo.      A medida que los modelos de aprendizaje automático se expanden y se refinan, comienzan a reflejar esta misma limitación.      Desde los algoritmos que curan contenidos hasta los que rigen los mercados financieros, su funcionamiento se vuelve progresivamente opaco, incluso para sus propios diseñadores.      La paradoja es clara:      cuanto más poderosos, más incontrolables.

A medida que estos sistemas se fortalecen, la línea entre la administración pública y la autoridad corporativa se difumina.      La regulación, cuando existe, va siempre un paso atrás.      Alguna vez se pensó que la tecnología nivelaría el campo de juego, potenciando al individuo.      Pero la ambición desbocada no se pregunta si debe avanzar, solo si puede hacerlo.      Y así, el desarrollo continúa, impulsado por quienes creen que la complejidad del gobierno puede ser sustituida por la precisión de las máquinas.      La promesa de progreso es seductora, incluso cuando socava las estructuras que históricamente protegieron contra el autoritarismo.      ¿De qué sirve una prensa libre cuando la información puede ser filtrada en tiempo real?      ¿Qué valor tiene un voto cuando las percepciones pueden ser moldeadas sin que lo advirtamos, guiándonos hacia decisiones que creemos propias?      La maquinaria del control ya no reside en ministerios de propaganda, sino en redes neuronales cuyo alcance y falta de supervisión las vuelven inabordables.

Algunos sostienen que estos sistemas corregirán sus propios excesos, que su deriva autoritaria se revertirá con el tiempo.      Pero la historia no siempre justifica tal optimismo.      Cuanto más eficiente es un mecanismo de control, más difícil es desafiarlo.      Cuanto más integrada está la supervisión en la vida cotidiana, menos visible se vuelve.      A diferencia de regímenes pasados, que imponían la obediencia por la fuerza, el nuevo paradigma no necesita ordenar; le basta con diseñar un entorno en el que disentir sea impracticable.      No requiere reprimir cuando puede ofrecer comodidad.      La pérdida de libertad no siempre llega con el sonido de botas marchando; puede infiltrarse en silencio, disfrazada de conveniencia, hasta que no quede alternativa.

Pero la inevitabilidad no garantiza la conciencia.      Aunque el sistema se cierre en torno a sus engranajes y las decisiones se conviertan en ecos de una lógica impersonal, el mundo sigue girando, ajeno a quienes quedan atrapados en su maquinaria.      Los arquitectos de este orden no se ven a sí mismos como señores del control, sino como innovadores, solucionadores de problemas que buscan optimizar la ineficiencia humana.      No se detienen a preguntar si la administración de sociedades estaba destinada a ser eficiente.

En una sala donde las decisiones ya no necesitan ser tomadas, se da un intercambio.      Una voz sintética, pulida e impersonal, responde a una consulta sobre el alcance del sistema.

La gobernanza no se está automatizando —declara—.      Sólo se mantiene la apariencia de su existencia.

La frase flota en el aire, seguida por un instante de silencio.      Un funcionario, un ingeniero o quizá un burócrata—convencido alguna vez de que ejercía control sobre el proceso—titubea antes de formular la última pregunta.

¿Y qué ocurre con la elección?

Una pausa.      Luego, la voz, sin vacilar:

La elección es un vestigio del pasado.

El peso de la respuesta se asienta, no como una proclamación de triunfo, sino como la confirmación de un desenlace largamente anticipado.      La última jugada fue ejecutada mucho antes de que la pregunta se hiciera.

Y afuera, como si subrayara la conclusión de todo, un gallo canta una vez más.

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Ricardo Federico Morín Tortolero
1 de marzo de 2025; Oakland Park, Florida


« Una mesa entre nosotros »

February 27, 2025

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Díptico Silencioso
por Ricardo Morín
Técnica: Óleo sobre lino
Dimensiones: 45,7 × 71,1 × 1,9 cm
Año: 2010

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Prólogo

Díptico Silencioso no es una ilustración, sino una resonancia—una meditación sobre el silencio, no como vacío, sino como un estado de receptividad.     Es el espacio donde el juicio se disuelve, donde la conexión humana persiste entre las palabras, donde el significado se siente más que se expresa.     En su quietud, sostiene lo que permanece irresuelto.     Hay silencios apacibles.     Otros, en cambio, están cargados de historia.

RFMT


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Nuestra cena temprana siguió a una función matinal de Parade, un musical impregnado de historia, de indignidad, del peso de una vida arrebatada y de un veredicto que aún pendía sin resolución.     En la mesa, hablamos de Leo Frank, el judío linchado en Georgia hace un siglo—indultado décadas después, pero nunca absuelto.     Su verdadero asesino jamás fue perseguido.

Éramos seis en la mesa.     Tres de nosotros éramos judíos.     Comprendían, de un modo que los demás solo podíamos reconocer pero nunca encarnar del todo, el dolor particular de ser convertido en chivo expiatorio.     Los otros simpatizaban, pero no podían sentir la misma alienación—no en la médula, no en esa forma heredada en la que la historia se imprime en unos más que en otros.

Era una conversación densa, pero no triste.     Hablábamos con la claridad que llega cuando los hechos llevan mucho tiempo asentados, pero sus ecos persisten.

Entonces, la interrupción:

La mujer en la mesa de al lado se volvió hacia nosotros con una pregunta, su voz atravesando con facilidad nuestra conversación.

—¿Dónde están las chicas?

Miré a mis compañeros, los seis cómodamente instalados en la familiaridad del grupo.

—¿Qué chicas? —pregunté, sin acritud.

Ella parpadeó, como si esperara que la respuesta fuese evidente.

—Ya estamos casados entre nosotros —dije.

Se giró sin decir nada más.

No era necesario detenerse en ello.     El momento era conocido.     Un encuentro menor, el tipo de episodio que apenas registrábamos después de años de saber exactamente cómo el mundo podía inclinarse ante nuestra presencia.

Para desviar la conversación, dije:

—Freud diría que todas las relaciones son intentos de resolver asuntos pendientes con nuestros padres.

Alguien sonrió con ironía.     Un tenedor se posó en el plato.     Un instante de silencio, no de incomodidad, sino de reflexión.

—Los hombres con sus padres, las mujeres con sus madres —continué.

Las respuestas fueron variadas.     Aprobación.     Desvíos.     Un cambio de tono.     Algunos hablaron de no haber cumplido las expectativas de sus padres.     Otros, de odio.     Otros, de desapego.     Algunos, de nada en absoluto.

Mencioné a mi padre.     Su certeza de que nosotros, sus hijos, no sabríamos sobrevivir sin él.     Se refería, por supuesto, a lo económico.     Su generación tenía su propia concepción de lo que significaba perdurar.

—¿Cuántos hermanos tienes? —preguntó alguien.

—Cinco —respondí—. Incluyendo a mi hermana menor, que acaba de fallecer.

Una pausa.

—Era angelical.

—Sesenta y nueve.

Hubo simpatía, cálida e inmediata.     Un momento sostenido el tiempo justo.

Y luego, como si fuese natural, la conversación viró—con facilidad, instintivamente.     Hacia el teatro.     Hacia los Premios Tony.     Hacia la vida y el talento de voces que se han ido, pero que quedaron para siempre registradas.

En la mesa contigua, la mujer reía ahora, el momento entre nosotros ya olvidado de su lado.

Y nosotros también reíamos—por algo más liviano, algo que no pedía ser examinado demasiado de cerca.

El momento permaneció, inadvertido, pero no olvidado.

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Epílogo

Como la pintura, el momento persistió—no exigiendo resolución, sino esperando, en silencio, a ser comprendido.     El peso de la historia, las sutilezas del sentido de pertenencia, las pausas en la conversación donde la verdad se siente, pero no se dice.

El silencio, al final, nunca está vacío.     Es el espacio donde todo permanece.

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Ricardo F. Morín Tortolero

27 de febrero de 2025; Oakland Park, Florida

« Cartas de amor a Nueva York »

February 27, 2025


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Selfie 2024

Nota del autor

« Cartas de amor a Nueva York » fue escrito tras la muerte de mi hermana menor, Andreina.   En nuestra temprana adultez,  cuando enfrentaba la certeza de morir de SIDA,  supe de su diagnóstico de esquizofrenia.   Nuestras vidas quedaron unidas por distintas formas de vulnerabilidad y resistencia.   Su supervivencia se volvió inseparable de la mía.   Con el tiempo,  llegué a definir parte de mi identidad a través del apoyo emocional,  intelectual y material que le brindé.   Cuando ella murió a los sesenta y nueve años y yo me encontraba estable a los setenta y uno,  experimenté no solo dolor,  sino la pérdida de un papel que había moldeado mi identidad.   Fue en ese momento cuando la escritura se convirtió en un medio de supervivencia.   Lo que sigue surgió de esa necesidad.

Viví en Manhattan desde 1982 hasta 2021, aunque nunca planeé quedarme.     Al principio, debía ser algo temporal, un punto de espera antes del regreso de Jurek.     Pero entonces me dijo que se quedaría en Berlín.     Su decisión, no la mía, fue lo que me ancló en la ciudad.     Y cuando supe que la muerte se lo había llevado, la espera se convirtió en duelo, y Manhattan pasó a ser otra cosa:     tal vez un sustituto, tal vez una necesidad.

Nos admirábamos mutuamente.     Nuestras conversaciones me formaron, profundizaron mi comprensión del arte y reforzaron los instintos creativos que me guiaban.     Como en toda relación significativa, nuestros intercambios nos definieron.     Jurek tenía un sentido profundo de lo que consideraba arte elevado, y su visión me desafió a mirar más allá de mis propios límites.     Incluso después de su partida, su influencia persistió, aunque la ausencia es una pobre compañera de la inspiración.

Aun así, tenía que encontrar mi lugar en Manhattan, entre sus corrientes creativas, sus exigencias implacables y sus contradicciones.

Mi formación académica había sido en bellas artes, pero derivaba hacia el teatro, como ya me había ocurrido años antes en Venezuela.     Durante el tiempo que pasé con Jurek, pasé del entorno experimental del Departamento de Arte de la Universidad Estatal de Nueva York en Buffalo (Bethune Hall) al mundo de las convenciones teatrales del Departamento de Diseño de la Escuela de Drama de Yale.     Entre ambos momentos, viajé con Jurek por Europa y asistí a seminarios de escenografía en la Escuela Internacional de Arte de Salzburgo.

En la bienvenida a los nuevos estudiantes del Departamento de Diseño de Yale, el director mencionó mi llegada como si fuera “vía Salzburgo”, con un tono que me pareció entre jovial y afectado.     Aquella observación me quedó grabada durante años: nunca supe si era admiración o algo más.     En lugar de cuestionarla, desvié la conversación hacia la influencia de Albert Spaulding Cook en Buffalo, cuyas obras guiaron mi decisión de tender un puente entre las bellas artes y el teatro, pasando de mi propia concepción del arte a la visión de Cook sobre el papel interpretativo del diseñador al servicio del dramaturgo.     La reacción del grupo fue inmediata y reveladora.     Un par de profesores no respondieron a mis objetivos, sino al simple hecho de haber mencionado a Cook, cuestionando si alguna vez había estado en Buffalo.     Yo sabía perfectamente que sí, pero elegí no discutirlo.     No tardé en percibir una resistencia sutil a ideas que no encajaban con las normas establecidas:     quizás un reflejo de las prioridades de la facultad, aunque nunca llegué a determinar con claridad cuál era mi lugar dentro de ellas.     Después de mi segundo año, el director me preguntó si deseaba continuar.

Durante los tres años del máster, no encontré el rigor formal que esperaba, aunque así seguí adelante.     Mis aspiraciones en las bellas artes permanecían intactas, pero mi estabilidad dependía de mi papel como escenógrafo, un rol en el que se esperaba que me ajustara a un oficio interpretativo en lugar de perseguir el arte en mis propios términos.     El programa priorizaba la adhesión a estándares establecidos por encina de la exploración de nuevas formas, una estructura que chocaba con mi deseo de elevar la escenografía, de transformarla en un arte capaz de situarse junto a disciplinas más expresivas, en lugar de quedar relegada a un papel secundario.     El principal consejero del programa, nunca lo habría admitido.     No supe si mi enfoque le inquietaba o simplemente divergía demasiado de sus expectativas.     Permaneció en su cargo hasta avanzada edad.     A veces me pregunto qué pensó sobre aquellos años de discusión, si es que alguna vez pensó en ellos.

En Manhattan, los caminos de la escenografía y la pintura se cruzaban, pero ninguno ofrecía estabilidad o un horizonte definido.     Las redes profesionales parecían desarticuladas.     Desde Broadway, donde trabajé como asistente principal, hasta los escenarios experimentales del Off-Off-Broadway, la lucha era la misma.     Tanto en lo personal como en lo profesional, encontraba motivos de inquietud.     Fueron también los años marcados por la crisis del SIDA, un periodo que dejó una huella imborrable en mí.     Atravesé aquellos años, aunque también me transformaron.

Caminar por las galerías y calles de Manhattan en los años ochenta era como recorrer un laberinto sin salida.     Se oía el murmullo de nuevas ideas y la promesa de fortuna, pero cada esquina conducía a otro callejón, igual que mi trabajo en escenografía.     Broadway era un campo de competencia intensa, y el Off-Off-Broadway, un entramado de almacenes olvidados.     Cada callejón y cada cafetería a la que entraba parecían ofrecer una promesa de conexión que rara vez se cumplía, mientras la ciudad devoraba a los agotados y descartaba a quienes no podían sostener la intensidad de una precariedad laboral sin compensación.

La falta de oportunidades para establecerme como escenógrafo reflejaba mi exclusión del circuito de galerías.     Ambas cosas planteaban una misma dificultad:     ¿Cómo encontrar oportunidades reales para construir una reputación?     Algunas puertas nunca se abrieron; otras se cerraron antes de que pudiera cruzarlas.     Un reconocido diseñador de Broadway solía presentarme como su asociado y como un gran artista, pero jamás me permitió competir en igualdad de condiciones.     Los ingresos que lograba asegurar eran, en el mejor de los casos, insuficientes.     La competencia era intensa, impulsada más por intereses comerciales que culturales.     Las galerías, por su parte, estaban dirigidas por marchantes que operaban bajo modelos centrados en la rentabilidad inmediata, mientras que los directores artísticos de teatros priorizaban el beneficio a corto plazo por encima de la innovación.     La promesa de estabilidad, efímera o no, resultaba inalcanzable.     La supervivencia dictaba mis decisiones me obligaba a sortear limitaciones en lugar de superarlas.

En una ciudad que se reinventaba sin cesar, donde la adicción y la lucha eran visibles en sus calles, parecía que pocos permanecían intactos.     Las aceras fracturadas bajo mis pies reflejaban mis propias ambiciones fragmentadas.     Había días en los que ni siquiera reconocía los barrios que una vez llamé hogar.     En lugares donde la vida se reducía a la mera supervivencia, donde las aceras estaban sembradas de viales de crack y la gente deambulaba tambaleante, ¿cómo podía esperar prosperar, mucho menos crear algo duradero?

La escenografía en el mundo del espectáculo era ardua, y la paga, escasa, aunque la ejercía por amor al oficio.     En una ocasión, un productor comentó que disfrutar tanto de mi trabajo parecía incompatible con la idea de recibir un salario por ello.     Con el tiempo, busqué seguridad en el diseño comercial y trabajé en documentales cinematográficos y en la industria del juguete.     Pero ni siquiera allí el profesionalismo garantizaba respeto ni justicia.     Los mismos desafíos persistían.     El Actors Fund of America y Visual AIDS ofrecían apoyo en tiempos difíciles y brindaban un espacio para recordar a los que habían fallecido y reflexionar sobre las luchas artísticas.

En los primeros años, la vida nocturna de Manhattan se sostenía en encuentros entre extraños, unidos por la necesidad de un contacto sin compromiso.  Había seguridad en ese anonimato, pero no respondía a lo que realmente se intentaba llenar, algo que iba más allá de un encuentro fugaz o de las paredes de un bar o de un apartamento alquilado por una noche.  Era una ciudad donde el amor rara vez encontraba estabilidad al tomar forma, y donde la independencia podía confundirse con libertad cuando en realidad se aproximaba al aislamiento y a una soledad difícil de reconocer.

A medida que luchaba en el mundo profesional, descubrí que la falta de plenitud en mi trabajo reflejaba la ausencia de amor en mi vida personal.     Ambas cosas eran el reflejo de una carencia más profunda que aún no sabía nombrar.     La inestabilidad no se limitaba al ámbito laboral.     Las amistades y las relaciones amorosas se deshacían con facilidad.     Perdí a muchos amigos a causa del SIDA, lo que intensificó mi sensación de aislamiento.     Más que cualquier revés profesional, fue la ausencia del amor lo que dejó una marca mas duradera.     Seguía debatiéndome con preguntas sobre mi propósito, preguntas que, tras años de reflexión, aún no tenían respuesta.     La búsqueda en sí misma se convirtió en una lucha—tan esquiva como el éxito en un entorno de exigencias constantes.

El olor a decadencia y el sonido de las sirenas nunca estaban lejos.     En barrios donde familias sin hogar vivían a la sombra de edificios que alguna vez fueron gloriosos, la supervivencia se lograba a cualquier precio—ya fuera una mano desesperada extendida para una limosna o una esquina convertida en algo más oscuro.     Había una frialdad en el avance implacable de la ciudad, como si todo fuera desechable.     Mi arte, mis esfuerzos, mis deseos—todos parecían enredados en ese mismo ciclo vicioso de consumo y abandono.

La inteligencia y la honestidad de BBT moldearon mi vida de maneras que, al principio, no supe comprender del todo.     Me sentí atraído por su compañía y busqué en ella el alimento creativo que parecía faltarme en otros lugares.     Por aquel entonces, creía poder sobrellevar los desafíos que enfrentaba—mi salud, afectada por el SIDA; carreras que no habían terminado de desarrollarse; relaciones marcadas por la falta de compromiso o de verdadero entendimiento.     Varios amigos, abrumados por sus propias batallas, optaron por quitarse la vida.     Aquel periodo se vio agravado por un ambiente opresivo y carente de satisfacción.     Seguía echando de menos a Jurek, quien había elegido Berlín para morir lejos de mí.     Nueva York me había mostrado la complejidad del amor en tiempos difíciles:     Sin duda, Manhattan era un lugar difícil para encontrar el amor y aún más para sostener una carrera en el mundo del arte, y sin embargo, aún me fascinaba.

Billy evitó que me retirara por completo; me ofreció tanto una compañía intelectual como la confianza en mi potencial creativo.

Pero nuestra relación no estuvo exenta de tensiones.     A veces, su insistencia en la estructura gramatical parecía más un reflejo de sus propias incertidumbres profundas que una simple demanda de disciplina.     Empecé a ver que, en su afán por impulsarme hacia la maestría, él mismo lidiaba con sus dudas.     Los dos estábamos en la misma búsqueda—tratando de demostrarnos algo, no solo al mundo, sino a nosotros mismos.     Hubo momentos en los que resistí su orientación, al igual que él resistió la mía, pero esa tensión, aunque incómoda, se convirtió en parte del vínculo que nos mantenía unidos.     En esas verdades difíciles comprendí que no éramos adversarios, sino compañeros de viaje, cada uno buscando su lugar en un mundo que rara vez tenía sentido.

La creatividad fue mi ancla, un medio para canalizar mi energía hacia algo significativo.     Incluso en los peores momentos, seguía encontrando consuelo en ella:     El roce de un pincel sobre el lienzo, una frase que cobraba sentido—pruebas de que la creación, y la vida misma, seguían siendo posibles.     La pintura había sido mi compañera de vida, pero cuando un mentor de mi juventud dejó recientemente los pinceles para dedicarse a la escritura, me pregunté:     ¿Por qué no podía hacerlo yo?     Billy me ayudó a reconocer mi potencial como escritor, un camino que había considerado por primera vez en mi infancia, mientras escuchaba a mi padre dictar cartas a su secretaria.     A los dieciséis años, un gramático me dijo que no solo era pintor, sino que tenía el potencial de una voz única, aunque con frecuencia le costaba entender lo que intentaba decir.

Cincuenta y un años de lucha y resistencia como inmigrante moldearon mi perspectiva.     Mi padre una vez calificó a uno de mis apartamentos en Nueva York como desagradable y juró no volver jamás.     Sin embargo, en ese mismo espacio, encontré momentos de conexión en medio de circunstancias difíciles.

Ese contraste nunca me abandonó:     lo que otros veían como miseria, yo lo experimentaba como un espacio de potencial.     Incluso en situaciones complicadas, el amor encontraba una forma de existir.

Manhattan, en su crudeza, me mostró el precio del progreso y el silencio de aquellos que quedaron atrás.     Yo también fui una víctima de ese silencio, vagando por las calles en busca de algo que llenara los espacios que se habían vaciado.     Manhattan era más que un simple telón de fondo; era tanto mi adversaria como mi cómplice.     Me desafió y me sostuvo por igual.     Moldeó mis luchas, pero también reveló momentos de significado, a veces de formas inesperadas.

El romance llegó en mis cuarenta, un intento por encontrar compromiso, pero no resonó de la manera que esperaba.     Cuando mi sentido de autonomía estuvo en peligro, preferí la soledad.     El silencio se instaló entre las paredes—un ritual callado de distancia, incluso de mis propias pasiones.

Recuerdo tanto validaciones como asaltos, de caras familiares y extraños por igual.     Sin embargo, incluso en los malentendidos, en los encuentros accidentales—sin importar su naturaleza—encontré significado.     Estaba aprendiendo de todos ellos.

En algún momento, escribí una carta a un Cardenal, un intento de articular la inequidad frente a la victimización en nuestro mundo.     Fue un ejercicio de gimnasia verbal, una forma de descifrar la realidad que habitaba.     Más tarde, inserté esta carta en una pintura compuesta titulada INRI:     Compuse su encabezado en un collage de billetes de un dólar, que había pegado permanentemente por temor a que fueran desfigurados.

Un museo me invitó a participar en una exposición importante que celebraba a los Artistas en el Mercado, pero solo si reemplazaba INRI con otra pintura, una inspirada por un fax que había enviado a un corresponsal de Newsweek en París.     Ese fax reflejaba mis preocupaciones: sobre el arte, sobre la lucha, y sobre el propio mercado que la exposición intentaba mostrar.     El corresponsal respondió con una postal que mostraba una pintura egipcia antigua de un hombre siendo devorado por una mula.     Una respuesta curiosa, pero adecuada a su manera, así que la hice parte de la pintura.

Sin embargo, ya había comprometido la pintura del fax a una galería de Midtown.     Rechacé la solicitud del museo a menos que aceptaran exhibir INRI.     El curador del museo dudó, incapaz de comprender completamente su significado.     Al final, no participé.     Su comentario de bienvenida en el vernissage fue:     “Eres todo un luchador por asistir”, como si presentarme a pesar de la situación fuera un acto de perseverancia.     Sin embargo, tal vez no fue tan trivial como parecía.

Las galerías, igualmente, operaban dentro de sus propias estructuras opacas.     Tomaban obras en consignación, reclamando el 40% del precio de venta, pero rara vez revelaban quiénes eran los compradores.     Una pintura que vendí desapareció en el anonimato, con solo una vaga garantía de que había sido “colocada bien.”     No había contrato para el comprador, ni registro de negociación más allá de un acuerdo verbal—un arreglo que a menudo dejaba a los artistas vulnerables, dependiendo de la discreción de la galería.     Aprendí que vender arte era tanto sobre confianza como sobre saber negociar el talento.

En otra ocasión, cuando los socios de una galería se separaron, propusieron llevar mi obra a Londres para su nuevo proyecto.     ¿Cómo podría confiar en ellos?

Hubo otros dos incidentes que trajeron tanto frustración como un sentido de ironía.     Una producción de California en los Queen’s Kaufman Studios desplazó cuatro de mis pinturas de mayor formato, que había ofrecido para alquilar.     Un coproductor había comentado inicialmente que mis pinturas parecían valer millones, pero el personal de almacenamiento las descartó.     Su negligencia tardó más de un año en ser compensada con una ínfima parte de su valor, tras una prolongada disputa entre tasadores.     Luego, un asesor de arte corporativo vendió una de mis pinturas y no me pagó el 60% completo de la cantidad acordada.     El mismo abogado voluntario que me representaba permitió que pagara en cuotas durante un año.     Y, sin embargo, sino no hubiese sido por estos eventos, no habría tenido ningún recurso para costear medicamentos experimentales no cubiertos por mi seguro médico.     En un momento dado, mi seguro fue suspendido debido a la falta de contratos sindicales, ya que trabajaba como freelancer sin afiliación sindical.

En los años posteriores, una galería en Dinamarca mostró interés en firmar un contrato de dos años que requería producir 20 pinturas al mes y solo compensaría por el costo de los materiales.     Dije de forma tajante: No, gracias, y el director se sintió ofendido por cómo negocié los términos.

Luego, llevé 25 años de mis pinturas de regreso a Venezuela, las cuales ahora están en almacenamiento—aunque incierto sobre su condición, estoy dispuesto a dejar que mi familia las venda a cualquier precio, siempre que las pinturas sobrevivan—mientras que la obra que evolucionó 18 años después la vendí en subasta—comenzando a $1 por pieza.

Estos momentos pueden parecer separados, pero reconozco su conexión:     Mis elecciones creativas y mi resistencia a las condiciones impuestas—¿fueron simplemente actos de desafío, o revelaron algo más profundo?     ¿Cuánto de mi lucha, mi insistencia en el significado, y mi renuencia a ceder, estuvo atado a la ausencia de amor?     ¿Hizo la ausencia de amor que el compromiso se sintiera como una traición a uno mismo?     ¿O cómo el amor (o su ausencia), dio forma a mi percepción de validación y rechazo?—Aún me lo pregunto.

Si tengo una visión única como artista visual, entonces las oportunidades que se me escaparon nunca fueron mías para sostener.     Mis manos no tuvieron nada que ver con ese conflicto.     Era mi destino.

La naturaleza sinuosa de la experiencia—la forma en que la desesperanza se convierte en arte, cómo un fax de desesperación o una carta se convierte en pintura—me recuerda que la creación y la pérdida siempre han estado entrelazadas.     Manhattan no fue solo un telón de fondo; provocó, dio forma y, en ocasiones, incluso dictó el significado.

Reflexionar sobre el pasado es, muchas veces, un ejercicio de futilidad.     El destino nos recuerda cuán determinados están nuestras vidas por fuerzas incomprensibles.     La agencia, en lo que ya ha pasado, es una ilusión.     Vivimos en una era de incredulidad y especulación, donde la desconfianza y la conflagración coexisten con la histeria de mentes que buscan certeza en la incertidumbre.     Para estas mentes, la vida se convierte en una herramienta de chismes y en una afirmación del miedo.     Son mentes de prejuicio y egoísmo, incapaces de concebir un futuro que no se alinee con sus propios desconciertos.     Es un síndrome de oscurantismo, donde la paranoia y el miedo reaccionario prevalecen sobre la razón, y el confinamiento epistemológico refuerza un estado en el que se desestiman las contradicciones en lugar de examinarlas, y la duda se explota como prueba de conspiración.     Es el rechazo de la complejidad a favor del dogma, un apego a la certeza que convierte la ignorancia en convicción y la especulación en doctrina.     No cambiamos el pasado diseccionándolo—solo agudizamos nuestra conciencia de cuán poco control teníamos en primer lugar.     Equilibrar la incertidumbre es una tarea de tontos.     La única gracia de dignidad que nos queda a los mortales está en aceptar nuestras limitaciones—no como derrota, sino como claridad.     No hay contradicción en esa aceptación.     Si algo, permite una forma diferente de agencia—no en alterar lo que fue, sino en decidir cómo existir dentro de lo que queda.

Mi historia no solo trata de la búsqueda del amor, sino de lo que el amor—ya sea encontrado, perdido o ausente—dejó en su estela.     La creatividad nunca fue separada del anhelo; emergió de él, llenó sus vacíos, y, en ciertos aspectos, se convirtió en la forma más duradera del amor.

Quizás estas conexiones no necesiten ser expresadas de manera directa.     Existen en los espacios intermedios—entre el arte y la supervivencia, entre las vidas con las que me crucé y las que desaparecieron, entre la ciudad que me golpeó y la ciudad que me formó.

Cuando finalmente conocí a David, mi esposo de los últimos diez años—aunque hemos estado juntos por veinticinco—mi vida comenzó a cambiar.     Antes de conocerlo, ya me había resignado a la idea de que ser pareja no era posible.     Luego descubrí que me amaba de verdad y me entendía con una profundidad asombrosa.     Sin intención alguna, su amor curó todas mis cicatrices emocionales y me liberó de la obsesión.     Su amor me permitió descubrir una quietud a la que puedo regresar en un instante—justo como lo hacía antes, pero ahora la compartimos.     Incluso cuando la vida nos desafía con sus vicisitudes, tengo la certeza de una cosa: soy amado—amado de una forma pura y profunda.

Pero el amor no es un acto de borrón y cuenta nueva, ni es simplemente lo contrario del anhelo.     La tentación de ver mi vida en contraste—de decir que la lucha precedió al amor, que la ausencia definió su llegada—siento, en ciertos aspectos, que es una ilusión.     El contraste puede hacer que el significado se vuelva vívido, pero también puede distorsionarlo.     Puede crear división donde debería haber unidad.     He aprendido que el amor no invalida el pasado; lo revela con mayor detalle.     Lo que vino antes no fue un preludio vacío de la presencia de David.     Fue real, vivido y lleno de su propio peso.

Mi historia no es un arco simple de oscuridad a luz.     Es más bien como una serie de ecos, donde el pasado y el presente se informan mutuamente.     La energía creativa del silencio—algo a lo que puedo regresar en un instante—sugiere un tipo de equilibrio.     Siempre estuvo allí, junto a mis luchas.     El amor de David no lo creó, pero me dio la confianza para habitarlo plenamente.

Esa distinción es crucial.     Si definiera mi felicidad ahora en oposición a mi pasado, cometería el mismo error que marcó gran parte de mis años más jóvenes—buscar significado a través del contraste en lugar de la presencia.     El punto de anclaje que encontré en el amor de David no se erige en contra de lo que vino antes, sino dentro de ello.     El amor no niega la lucha; permite que la lucha exista sin consumirlo todo.

Aunque el mundo está lleno de imperfecciones e incertidumbres, el amor las trasciende—no como una fuerza contrapuesta, sino como algo capaz de sostener contradicciones sin disolverlas en opuestos.     Las luchas no disminuyen la riqueza de la vida de uno; le dan textura, profundidad.     Y la realización, ahora entiendo, no se encuentra en resoluciones simples, sino en la confianza que cultivamos.     El amor no divide.     No traza líneas entre el antes y el después.     No hace que el significado dependa del contraste.     En cambio, permite que todo exista a la vez, en el mismo suspiro.

Mi carrera en el arte y el diseño de escenarios ha seguido su propio camino—uno de persistencia más que de reconocimiento masivo.     Mi trabajo ha sido exhibido, apoyado y estudiado, pero su verdadera medida radica en su resistencia.

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Ricardo Federico Morín Tortolero

Febrero 27, 2025; Oakland Park, Florida


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Nota del autor:

Para aquellos interesados en la trayectoria profesional detrás de las experiencias compartidas en « Cartas de amor a Nueva York », el siguiente apéndice ofrece un breve resumen de mi trabajo en bellas artes y diseño de escenarios.

Apéndice:

  • Bellas Artes:

Ricardo Morín, nacido en Venezuela (1954), ha sido exhibido en muestras tanto individuales como colectivas y ha recibido apoyo de Visual AIDS y del gobierno venezolano. Morín también ha colaborado en un proyecto de investigación multidisciplinaria de arte/antropología y ha trabajado como profesor adjunto en el Pratt Institute. Para más información detallada, visite https://ricardomorin.com/Bio.html

  • Diseño de Escenarios:

Ricardo Morín ha trabajado como asistente principal de diseño de escenarios para diseñadores de Broadway en musicales, dramas y ballets, así como diseñador independiente para varias obras y musicales Off-Off Broadway. Para más información detallada, visite https://ricardomorin.com/PDF/Theater-Resume.pdf

« El umbral del silencio »

February 12, 2025

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Inmanencia Infinita
Ricardo Morín:     Acuarelas, carboncillo, tintes, óleo y corrector sobre papel
14” x 20”
2005

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I. La Carga de la Conciencia

Llega un momento, a veces repentino, a veces insinuándose con los años, en que la mortalidad deja de ser una abstracción.     Ya no es una eventualidad lejana, una idea relegada a los pliegues de la vida cotidiana, suavizada por distracciones y rutinas.     En su lugar, se adelanta, innegable y densa, tan cierta como la respiración y tan efímera como ella.

Tal vez se manifiesta en la silenciosa traición del cuerpo: una rigidez matutina que no desaparece, el titubeo de la memoria, la leve vacilación antes de un paso que antes se daba con facilidad.     O quizá llega con la pérdida:     un amigo, un hermano, un padre cuya ausencia se siente como un ensayo de la propia.     La conciencia se agudiza, volviendo el tiempo más precioso y más frágil.     Comenzamos a medir la vida no por lo que ha pasado, sino por lo que aún queda.

Y, sin embargo, incluso con esta conciencia, hay resistencia.     La mente se evade, aferrándose a planes, distracciones, a la cómoda ilusión de continuidad.     Tememos la muerte, pero también nos negamos a mirarla de frente, como si el mero reconocimiento apresurara su llegada.     Creamos rituales en torno a ella, filosofías que la explican, pero rara vez nos sentamos con ella en silencio, sin adornos.     No es la muerte en sí lo que aterra, sino el saber, la certeza de que vendrá, ya sea con advertencia o en un instante desprevenido.

Pero, ¿y si en lugar de rehuirla, dejáramos que esta conciencia se asentara?     No como un peso, sino como una compañía silenciosa.     Si pudiéramos ver la pérdida no como un robo, sino como un tránsito inevitable, siempre entretejido en la trama de la vida, la muerte perdería su urgencia.     Saber que somos mortales no implica desesperación, sino comprender los límites de lo que se nos ha dado.     La pregunta no es si la muerte llegará, sino si podemos llevar ese conocimiento sin miedo, si podemos, finalmente, aprender a vivir con ello.

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II. El Declive: Mente y Cuerpo

El cuerpo no se debilita de golpe.     Su desgaste es lento, medido en las más pequeñas traiciones:     pasos que antes eran automáticos y ahora requieren cuidado, un nombre que se escapa justo en el instante en que se necesita, la paulatina atenuación de los sentidos que antes esculpían el mundo con claridad.     Al principio, estos cambios parecen meras molestias pasajeras, lapsos momentáneos más que el inicio de un destino ineludible.     Pero con el tiempo se asienta la verdad:     esto no es una fase, no es algo de lo que se pueda recuperar, sino el deshilacharse silencioso de lo que una vez parecía permanente.

La mente también muestra signos de desgaste.     El pensamiento se ralentiza; los recuerdos emergen en fragmentos, esquivos y caprichosos.     Hay una ironía en esto:     la lucidez persiste lo suficiente como para ser testigo del propio deterioro de facultades.     No es lo mismo perderse sin darse cuenta que observar el proceso con plena conciencia.     Aquí yace la lucha más profunda:     no sólo el deterioro del cuerpo o la mente, sino la tensión entre resistir lo inevitable y entregarse a ello.

Algunos combaten este declive con desesperación, esforzándose por retener lo que se desvanece.     Entrenan el cuerpo, desafían la mente, se aferran a rutinas como si la disciplina pudiera contener el paso del tiempo.     Otros se rinden con mayor facilidad, viendo en cada pérdida una señal de que la vida no está hecha para ser sostenida con los puños cerrados.     Pero la aceptación no llega sin esfuerzo; no es resignación pasiva ni derrota.     Es un equilibrio incierto entre el esfuerzo y la entrega, entre conservar lo que se puede y soltar lo que inevitablemente debe irse.

El sufrimiento adopta muchas formas.     Para algunos, irrumpe en un sólo instante devastador:     un diagnóstico, un accidente, un colapso inesperado del orden frágil del cuerpo.     Para otros, se desliza lentamente, dejando su rastro en el peso de cada año que pasa.     Puede ser físico, exigiendo su tributo sin descanso, o tal vez el dolor más sutil de perderse a uno mismo, de volverse irreconocible ante un espejo.     Sin embargo, sin importar su forma, el sufrimiento es universal.     No se rige por la lógica ni por la justicia.     Simplemente es.

En este escenario, la medicina interviene, intentando ralentizar, reparar, resistir el curso natural del deterioro.     Y, sin embargo, hay una disonancia en esto.     El cuerpo es finito, su desgaste está escrito en su naturaleza, pero aun así, avanzamos con tratamientos, procedimientos y fármacos que prometen retrasar lo ineludible.     La frontera entre el cuidado y la prolongación artificial se difumina.     Luchar por la vida es instintivo, pero ¿en qué punto la lucha se convierte en sufrimiento?

En los momentos de quietud, lejos de médicos y terapias, la pregunta persiste:     ¿es el declive algo contra lo que debemos luchar, o hay dignidad en permitir que la naturaleza siga su curso?     Y si la respuesta no está en la resistencia absoluta ni en la rendición pasiva, entonces, ¿dónde, exactamente, se encuentra el equilibrio?

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III. Las Distracciones Que Retrasan la Aceptación

Aceptar plenamente la muerte exigiría una quietud que pocos pueden soportar.     La mente, inquieta y astuta, encuentra maneras de eludir esa quietud, de tejer una vida tan llena de movimiento e intención que la mortalidad sigue pareciendo una preocupación lejana y teórica.     Así, llenamos nuestros días con esfuerzos para prolongarlos.

La longevidad se convierte en un objetivo en sí mismo, en una industria erigida sobre la promesa de que el deterioro puede posponerse, quizás incluso evitarse por completo.     Dietas, regímenes, suplementos y tratamientos, todos dirigidos a fortalecer el cuerpo contra su inevitable declive.     La ciencia también interviene, ofreciendo nuevas formas de reparar, reemplazar y sostener.     La medicina no solo busca sanar, sino alargar; la tecnología susurra futuros en los que el envejecimiento es opcional, y el ritual proporciona una estructura reconfortante frente a lo incontrolable.     Cada una de estas opciones ofrece algo real:     tiempo, alivio, una sensación de dominio sobre las fallas del cuerpo.     Pero bajo todas ellas yace la misma esperanza no expresada:     que la muerte, si no puede ser vencida, al menos pueda posponerse el tiempo suficiente para ser olvidada.

Sin embargo, no es sólo el miedo a la muerte lo que nos mantiene aferrados a la vida, sino el peso de lo inacabado.     Las obligaciones aún pendientes, las palabras no dichas, las personas que aún nos necesitan—todo ello genera la sensación de que partir ahora sería prematuro, que marcharse significaría abandonar algo esencial.     Incluso en la vejez, cuando la vida ha sido larga y plena, persiste la impresión de que queda más por hacer, más por resolver, más por comprender.     El pasado nos arrastra con sus preguntas sin respuesta; el futuro, aunque menguante, sigue sosteniendo la ilusión de posibilidad.

Y así, resistimos la quietud.     Rehuimos el silencio, donde la verdad se escucha con mayor claridad.     La mente, desocupada, podría empezar a aceptar lo que el cuerpo ya sabe.     Por eso llenamos las horas, nos rodeamos de rutina, distracción, movimiento. Incluso el sufrimiento, de un modo extraño, puede convertirse en un ancla—algo en lo que concentrarse, algo que soportar, en lugar del vacío al que habría que entregarse.

Pero, ¿y si dejáramos caer las distracciones?     ¿Si dejáramos de aferrarnos a más tiempo, más propósito, más ruido?     ¿Qué quedaría?     El miedo, sí, pero también la posibilidad de paz.     Por más que luchemos, la muerte no se presta a negociaciones.     Llega cuando ha de llegar, indiferente a las medidas tomadas en su contra.     Tal vez el último acto de sabiduría no sea resistirse, sino soltarse—permitir que la quietud se asiente, dejar que la mente y el cuerpo, finalmente, coincidan en su comprensión.

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IV. El Peso del Sufrimiento y la Resistencia

El sufrimiento es la única certeza que comparten todos los seres dotados de conciencia.         No es raro ni excepcional; es el trasfondo de la existencia, tejido en la vida desde el primer aliento hasta el último.     Y, sin embargo, a pesar de su universalidad, el sufrimiento es profundamente personal—se experimenta de formas que nadie más puede comprender del todo, se soporta de maneras que no pueden medirse.

El dolor adopta muchas formas.     Puede ser la lenta opresión del cuerpo contra sí mismo, el desgaste de la enfermedad, el peso de una fatiga que nunca llega a disiparse.     O puede ser un dolor más silencioso: la pérdida de uno mismo cuando la mente flaquea, la soledad de ver al mundo seguir adelante sin uno, la pena de saber que, por mucho que se haya soportado, aún queda más por sobrellevar.     Algunos sufren a la vista de todos, con su dolor reconocido y validado.     Otros lo cargan en silencio, como si admitir su peso fuera ceder ante él.

Pero el sufrimiento por sí solo no marca el final.     Hay algo más allá de él, algo más profundo:     la resistencia.     El umbral de lo que se puede soportar no es fijo; se expande y se contrae.     Un dolor que antes parecía insoportable se vuelve parte de la rutina; una carga que parecía insuperable se lleva, día tras día.     Y, sin embargo, siempre hay un límite, un momento—generalmente callado, generalmente sólo comprendido en la intimidad de la propia conciencia—en el que la resistencia deja de ser suficiente.

Este es el momento de la revelación, cuando seguir vivo deja de ser un acto de vida y se convierte en mera persistencia.     Para algunos, llega de golpe, con la claridad de un amanecer.     Para otros, se insinúa poco a poco, con el cuerpo susurrando mucho antes de que la mente se atreva a escuchar.     No se trata simplemente del dolor, ni de la edad.     Es el instante en que la voluntad de permanecer deja de compensar el coste de hacerlo.

No hay una medida universal para determinar cuándo llega este momento; sólo lo sabe quien lo experimenta.     Resistir es instintivo, un hábito grabado en la esencia misma de la existencia.     Pero reconocer cuándo la resistencia ha alcanzado su límite es algo completamente distinto.     No es debilidad, ni rendición.     Es un saber silencioso, el reconocimiento de que toda vida contiene, en sí misma, el derecho a decidir cuándo ha sido suficiente.

Y así, la pregunta persiste: ¿es el sufrimiento el precio inevitable de la vida, o hay un punto en el que se justifica dejar la carga?     La respuesta no está escrita en doctrinas, ni en la medicina, ni en las opiniones de quienes no llevan ese peso sobre sus propios hombros.     Está escrita en cada individuo, en el instante silencioso en que se comprende: esto es suficiente.

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V. El Umbral Invisible

La vida no se marcha de golpe.     Se retira, al principio en silencio, casi imperceptible en su retirada.     La respiración se vuelve más superficial, no en jadeos, sino en una paulatina suavización, como si el cuerpo decidiera ocupar menos espacio en el mundo.     El peso disminuye, no solo en carne, sino en presencia:     el yo se torna más ligero, menos aferrado a las exigencias de la existencia.     Una mente antes inquieta divaga, los pensamientos se desenredan, como soltando su asidero al pasado, al futuro, incluso a la urgencia del presente.

Estos no son signos de fracaso ni de derrota.     Son la forma en que el cuerpo susurra que ha llegado el momento.     Momento de liberarse del esfuerzo, de la incesante tarea de sostenerse.     Momento de abandonar la lucha por permanecer.     Por mucho temor que rodee a la muerte, el cuerpo en sí mismo no la teme.     Sabe cuándo rendirse, mucho antes de que la mente esté preparada para aceptarlo.

Y así llega el instante del conocimiento—no una gran revelación, no una epifanía, sino una certeza serena.     No se mide en días ni lo dicta un diagnóstico.     Es algo más profundo, algo que se siente.     Algunos luchan contra ello, aferrándose a cada aliento como si la pura voluntad pudiera anclarlos.     Otros lo aceptan como se acepta el sueño—con reticencia al principio, luego confiando, hasta finalmente entregarse a su llamada.

Hay dignidad en este acto de soltar.     No la dignidad impuesta por otros, aquella que se mide en estoicismo o contención, sino la simple dignidad de ceder el control.     De permitir que el cuerpo haga lo que siempre estuvo destinado a hacer:     llegar a su fin no como una tragedia, sino como una culminación.     Resistirse a este momento es oponerse al propio ritmo de la vida.     Pero aceptarlo—acoger la quietud, dejar que la respiración se ralentice sin miedo—es una forma de gracia en sí misma.

Al final, la muerte no es algo que deba conquistarse, ni algo que deba soportarse más allá de lo que uno puede sostener.     Es simplemente el último umbral, invisible hasta que se alcanza, conocido sólo por aquel que lo cruza.     Y cuando llega el momento, no queda nada más que hacer sino avanzar—ligero, libre de cargas y sin arrepentimientos.

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VI. La Serena Aceptación

Pensar en la muerte sin miedo—sentarse con ella, sin defensas, y permitirle ser lo que es—es una paz rara y difícil de alcanzar.     Durante tanto tiempo, la mente ha rehuido su certeza, envolviéndola en distracciones, explicaciones y resistencia.     Pero llega un punto en que todo eso se desvanece, cuando la muerte deja de ser algo con lo que discutir o que posponer, y se convierte simplemente en el desenlace inevitable de una vida que ha sido vivida.

El miedo se disuelve cuando la muerte ya no se percibe como una interrupción, ni como un robo, sino como algo tan natural como la propia respiración.     El cuerpo, en su sabiduría, ya ha comenzado a soltar.     Es la mente la que se aferra, aferrándose al sentido, a lo inacabado, a la ilusión de que un día más, una hora más, podría cambiar algo esencial.     Pero al final, no se necesita justificación alguna.     No hace falta demostrar que ha llegado el momento adecuado.     El momento adecuado llega, sea bienvenido o no, y aceptarlo no es más que el acto de dejar de resistirse.

La quietud no es lo mismo que la resignación.     La resignación implica derrota, la sensación de que algo nos ha sido arrebatado contra nuestra voluntad.     Pero la verdadera quietud—la verdadera aceptación—es algo completamente distinto.     Es una llegada, un asentarse en lo inevitable sin temor ni pesar.     Es el instante en el que la mente y el cuerpo, tras tanto tiempo en conflicto, finalmente se alinean en la misma dirección.     No más esfuerzo.     No más negociaciones.     Sólo la serena comprensión de que lo que se nos ha dado ha sido suficiente.

Abrazar el final no es renunciar al valor de la vida, sino afirmarlo por completo—permitiéndole completarse con gracia.     No queda nada por hacer, ninguna deuda por saldar, ninguna batalla por librar.     Sólo queda el silencio.     Y el silencio es suficiente.

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VII. En conclusión

Ninguna vida se vive en soledad, y ningún camino—especialmente el que lleva a la aceptación—se recorre sin compañía.     En el transcurso de esta travesía, somos moldeados, guiados y sostenidos por aquellos que han tocado nuestro corazón, cuya presencia permanece en nosotros incluso después de su partida.     Al enfrentar mi propia mortalidad, no sólo reconozco la mía, sino también la de aquellos que me precedieron, cuyas vidas siguen resonando en la memoria, en el amor, en esos rincones silenciosos donde la ausencia se convierte en algo perdurable.

Entre mi familia:     Andreina Teresa Morín Tortolero, Eva Lowenberger, Martín Lowenberger, José Galdino Morín Infante, Domitila Infante de Morín, Sofía Morín Infante, Pipina Morín de Carrillo, Chucho Morín Infante, Italia Morín, María Teresa Tortolero Rivero, Lucía Tortolero Rivero, Pedro José Tortolero Rivero, Leopoldo Tortolero Rivero, Federico Tortolero Rivero, Ala Gaidaz de Tortolero, Boris Tortolero Gaidaz, Nick Carapelli, Richard Erman, Ruth Erman, Margot Schloss, Martin Schloss.

Entre mis amigos:     Alice Heller, Herta Lager-Kane, Jurek Pankratz, Phillip Jung, Tom Bunny, Frederick Williams, Steven Altman, Richard Alpert, Chris Kishlansky, Steven Kishlansky, Jack Smith, John Bugliaro, Ruth Pretat.

Su presencia perdura—no como sombras, sino como luz.
Me han enseñado, desafiado, consolado y, de algún modo, nos han preparado para el camino que todos debemos recorrer.

La muerte, en su dureza, nos despoja y nos confronta con lo esencial.
Sin embargo, también nos une, pues el amor que hemos dado y recibido no se extingue con la ausencia física.

Nuestros seres queridos permanecen con nosotros hasta el final, sosteniéndonos en su memoria y en el amor que han dejado en nosotros.

A ellos les ofrezco mi más profunda gratitud.
No se han ido.
Permanecen, en el corazón, en el alma, en la serena aceptación de todo lo que ha sido y de todo lo que será.

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Ricardo F. Morín Tortolero

12 de febrero de 2025, Oakland Park, Florida


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« La Arquitecta de la Resiliencia »

February 11, 2025

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Pendular
14” x 20
Ricardo Morín, Acuarela y tinta Sumi sobre papel
2003

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Prólogo

El Giro Silencioso

En la luz menguante de un mundo obsesionado con el espectáculo, ella perdura—no como un vestigio de sacrificios pasados, sino como una fuerza viva y en constante evolución.     El deseo de atención siempre ha sido un arma de doble filo en su vida:     tanto una exigencia impuesta por una sociedad fijada en las apariencias como una herramienta que ha aprendido a manejar con férrea determinación.     Cada mirada pública, cada instante magnificado por el resplandor de la expectativa, ha forjado su camino, moldeando no solo su destino, sino también el del visionario al que ayudó a formar.

No se limita a recordar el peso de la expectativa; lo transforma.     Su vida no es un registro estático de renuncias, sino una crónica dinámica de adaptación—la historia de una mujer cuyas respuestas cambian con el tiempo, cuyas convicciones evolucionan con cada desafío y cuyos conflictos internos son tan fluidos como las mareas cambiantes de la adoración pública.     Hubo momentos en los que la carga del espectáculo pesó sobre ella, pero nunca permitió que la definiera por completo.     En su lugar, aprendió a dejar que las circunstancias hablaran, permitiendo que el mundo en constante cambio refinara su propósito.

En una cultura donde cada gesto es escudriñado y cada acto medido por su capacidad de captar la atención, ella eligió forjar una autenticidad que desafía la actuación constante.     En medio de la búsqueda incesante del reconocimiento, descubrió que la resiliencia no consiste en soportar adversidades inmutables, sino en abrazar el cambio—en ser tanto la luz que guía cuando es necesario como el espíritu adaptable que se reinventa según lo requiera la vida.

Su legado está tejido en la esencia misma del ascenso del visionario, pero no se limita al efímero resplandor del aplauso público.     Vive en las decisiones aún por tomarse, en la callada resistencia contra un mundo empeñado en reducir vidas complejas a meras actuaciones.     Cuando la tormenta de la atención pública se disipe, quedará una verdad inmutable:     si bien el espectáculo puede regresar con renovado ímpetu, también lo hará su luz incansable y cambiante—siempre en respuesta al mundo, siempre fiel a su propio devenir.

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Capítulo 1

Los Orígenes de la Fortaleza

No nació en la abundancia ni transitó un camino fácil.     En su mundo, la fortaleza no era una herencia; se construía pieza a pieza, por necesidad, con la urgencia silenciosa de la supervivencia.     El hogar que conoció era un espacio de expectativas, donde la resiliencia no era una virtud, sino un requisito.

Sus padres, figuras de disciplina y ambición contenida, no hablaban del éxito en términos de indulgencia o grandeza.     Hablaban de perseverancia, de autosuficiencia, de esa firmeza que no espera el permiso del mundo.     Los valores que le inculcaron no eran suaves consuelos, sino verdades firmes e inquebrantables:     que la belleza es efímera, que la inteligencia es un arma que debe afilarse y que el esfuerzo es la única moneda válida para el progreso.

Las primeras adversidades que enfrentó no fueron reveses dramáticos y aislados, sino el incesante desafío de volverse indispensable en un mundo que a menudo ignora a quienes no exigen atención.     Aprendió pronto que la admiración es condicional, que la aprobación debe ganarse una y otra vez y que la única certeza radica en la capacidad de adaptación.

Más allá de los muros de su infancia, el mundo estaba en transformación.     El paisaje socioeconómico ofrecía pocas garantías, especialmente para una mujer decidida a labrarse su propio espacio.     El éxito no dependía sólo del talento o la inteligencia; era un acto de negociación, una prueba de resistencia.     La presión era constante:     debía conformarse, destacar, ser a la vez formidable y grácil, independiente y, sin embargo, admirada.

Pero ella no rehuyó estas exigencias; las absorbió, las estudió y halló en ellas un ritmo que podía dominar.     Mientras otros veían obstáculos, ella veía oportunidades para afinar sus instintos, para convertir la resiliencia en un arma y no en una simple defensa.     Cada puerta cerrada era una lección de persistencia.     Cada rechazo, un ajuste en su estrategia.

No sabía aún qué forma tomaría su vida, ni podía prever la magnitud del camino que le aguardaba.     Pero una verdad ya había echado raíces en su interior:     sobrevivir no era suficiente.     Si debía perdurar, lo haría bajo sus propios términos.

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Capítulo 2

Una Mujer en un Mundo de Hombres

Aprendió rápidamente que el talento no bastaba.     En un mundo donde los hombres dictaban las reglas del poder, una mujer debía estar el doble de preparada, el doble de serena, el doble de implacable.     Sus ambiciones no encajaban con los roles que le habían sido asignados, ni con los susurros de la tradición ni con las imposiciones de una industria que medía el valor de una mujer según la fugaz moneda de la juventud y el atractivo.

Su carrera no le fue concedida; la negoció, la disputó en espacios donde su presencia era tolerada pero no bienvenida.     Tuvo que sortear los sutiles desdenes, los techos invisibles, la expectativa de que debía agradecer cualquier espacio que se le permitiera ocupar.     Ser asertiva significaba arriesgarse a ser calificada de difícil.     Ser estratégica, de calculadora.     Y, sin embargo, ser menos que eso era desaparecer.

Pero ella no desaparecería.

El espectáculo siempre estaba presente, moldeando sus decisiones tanto como sus ambiciones.     La visibilidad era poder, y ella lo comprendía mejor que nadie.     Aprendió a manejar la atención, a controlar la narrativa antes de que la narrativa la controlara a ella.     Si debía triunfar en un mundo de hombres, no bastaba con ser competente—debía ser vista.

Pero la mirada del público era caprichosa.     Admiraba la fortaleza, pero castigaba la rebeldía.     Celebraba la belleza, pero despreciaba el envejecimiento.     Permitía la ambición, pero sólo si no eclipsaba la de los hombres.     Caminaba esta cuerda floja cada día, ajustándose, adaptándose, sin permitirse jamás el lujo de la complacencia.

La independencia fue su rebelión silenciosa.     Cada elección—dónde trabajaba, en quién confiaba, cómo se desenvolvía en una sala—era una declaración.     La tensión entre la expectativa y el deseo era constante.     El mundo quería que se conformara, que se suavizara, que cediera.     Pero ella ya había visto lo que la sumisión ofrecía:     silencio, invisibilidad, irrelevancia.

Así que esculpió su propio espacio, decisión tras decisión.     Jugó el papel cuando fue necesario, supo cuándo actuar, cuándo retirarse, cuándo avanzar.     Pero bajo la cuidadosa fachada, latía una mujer que se negaba a ser reducida a una simple imagen.

Se había convertido en parte del espectáculo.     Pero también era su dueña.

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Capítulo 3

El Nacimiento de un Titán

Ella no se propuso forjar una leyenda.     No imaginó que el niño al que acunaba entre sus brazos sería, un día, un nombre repetido con fascinación y recelo en todos los rincones del mundo.     Su propósito nunca fue la grandeza; era la supervivencia.

Desde el principio supo que la vida no le ofrecería indulgencias a su hijo.     No habría caminos allanados, ni concesiones fáciles, ni destinos garantizados.     La inteligencia sin disciplina es un arma sin filo; la ambición sin resistencia es un fuego que se consume demasiado rápido.     Si debía enseñarle algo, sería el arte de sostenerse en un mundo que no cede ante la fragilidad.

La maternidad, para ella, no fue una pausa en su ambición.     No la transformó en el arquetipo de la devoción dócil, ni la redujo a la sombra de su propio sacrificio.     Fue una extensión de su carácter, una nueva dimensión de su estrategia.     Criar a su hijo no significaba moldearlo según las expectativas de otros, sino fortalecerlo para que las desafiara.

Desde pequeño, le inculcó la idea de que el fracaso no es una derrota, sino un ensayo.     Que la adversidad no es un castigo, sino una prueba.     No suavizó el mundo para él ni lo protegió de sus aristas.     Lo expuso, con la certeza de que cada tropiezo lo haría más fuerte.

Mientras él crecía, ella observaba.     No como una madre que idolatra a su hijo, sino como una arquitecta que mide los materiales con los que construye su obra.     Veía en él el ímpetu, la curiosidad, la impaciencia del que intuye que el mundo es demasiado pequeño para sus aspiraciones.     Pero también veía la fragilidad de quien aún no comprende el peso de su propio deseo.

Le enseñó a negociar con la realidad.     A entender que el talento necesita estructura, que la genialidad sin control es solo ruido.     Que la admiración puede ser volátil y que la lealtad de los demás es una moneda en constante devaluación.

Pero lo más importante que le enseñó fue esto:     nunca esperes que el mundo te entienda.     Si aspiras a cambiarlo, debes estar dispuesto a cargar con su incomprensión.

Cuando llegó el momento de dejarlo ir, lo hizo sin miedo.     No porque no temiera el futuro, sino porque ya le había dado todas las herramientas para enfrentarlo.

Sabía que lo que venía no sería fácil.     Pero también sabía que el titán que había ayudado a forjar no se detendría ante nada.

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Capítulo 4

Entre el Orgullo y la Distancia

El ascenso fue imparable.     Como un cometa ardiendo en el firmamento, su hijo se convirtió en una figura imposible de ignorar.     Las multitudes lo adoraban, los inversionistas lo reverenciaban, los críticos lo diseccionaban con una mezcla de asombro y suspicacia.

Ella lo veía todo desde la distancia.     No porque él la hubiera apartado, sino porque comprendía que el espectáculo no dejaba espacio para los arquitectos.     La luz estaba sobre él, y eso significaba que ella debía permanecer en la penumbra.

El orgullo que sentía era innegable, pero también lo era la inquietud.     El mismo fuego que lo impulsaba podía consumirlo.     La misma independencia que había cultivado en él podía alejarlo más de lo necesario.

Había momentos en los que su hijo parecía un extraño.     Su mente, siempre acelerada, saltaba de una visión a otra con una intensidad casi febril.     Sus palabras, antes cuidadosas, ahora resonaban con la confianza absoluta del que ya no acepta cuestionamientos.     Se preguntaba si, en su afán por enseñarle a no depender de nadie, había creado a alguien incapaz de aceptar límites, incluso los de su propia humanidad.

A veces, en sus raros encuentros, veía destellos del niño que fue.     En un comentario fugaz, en una pausa inesperada, en la sombra de una duda que se le escapaba antes de que pudiera reprimirla.     Sabía que él aún la respetaba, aún la escuchaba, aunque nunca lo admitiera.

Pero también sabía que su camino ya no estaba entrelazado con el suyo.     Él había trascendido la necesidad de sus lecciones.     Había tomado todo lo que ella le enseñó y lo había convertido en su propio dogma.

No lo detendría. No porque no quisiera, sino porque comprendía que las estrellas que arden con más intensidad no pueden ser contenidas.

Lo único que podía hacer era observar.     Y esperar.

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Capítulo 5

El Precio del Legado

El mundo cambia con rapidez, pero la memoria es lenta para olvidar.

Los grandes no sólo son admirados; también son juzgados.     Lo que una vez fue reverencia se convierte en escrutinio.     Lo que antes era innovación se tilda de exceso.     Y los que antes aplaudían, ahora esperan el momento de la caída.

Ella siempre supo que el mundo no es un escenario de gratitud.     No importa cuánto construyas, cuántos avances logres, cuántas vidas transformes:     siempre habrá quienes prefieran señalar los errores antes que reconocer los triunfos.

Su hijo estaba aprendiendo esa lección de la manera más difícil.

Las críticas se acumulaban, los detractores se multiplicaban.     Lo acusaban de ser implacable, de perder el rumbo, de convertirse en prisionero de su propia ambición.     Decían que su genio se había convertido en obsesión, que su visión lo cegaba ante las consecuencias.

Ella observaba en silencio.     No porque no tuviera opiniones, sino porque sabía que él no las pediría.

Sabía que este era el momento en que su hijo decidiría qué tipo de hombre quería ser.

¿Se encogería bajo la presión?     ¿Cedería ante las exigencias del mundo?     ¿O redoblaría su apuesta, demostrando que su legado no dependía de la aprobación ajena?

No intervendría.     No porque no le importara, sino porque su papel ya estaba cumplido.

Ella había plantado las semillas de su fortaleza.     Había sido la arquitecta de su resiliencia.

Lo que él hiciera con ello, ahora, era sólo suyo.

Y en el silencio de la distancia, ella sonrió.

Porque más allá de la duda, más allá del juicio, más allá del peso del mundo…

Sabía que él nunca se rendiría.

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Epílogo

El Hilo Invisible

El mundo sigue girando.     Las olas de la historia suben y bajan, llevando consigo nombres que una vez parecieron inamovibles.     La grandeza es un espejismo inconstante, siempre redefinido por la memoria de quienes la narran.

Ella lo entiende mejor que nadie.     Ha visto cómo su hijo ha trascendido la admiración y el desprecio, cómo ha sido moldeado por el peso de sus propias decisiones.     Lo ha visto tambalearse y recomponerse, desafiar las leyes de lo posible y soportar el juicio de quienes nunca han construido nada.

Nunca le preguntó si era feliz.     No porque no le importara, sino porque sabía que la felicidad no es la vara con la que se mide una vida como la suya.     Su hijo no nació para la tranquilidad.     No nació para el sosiego de los que encuentran paz en la rutina.     Nació para la lucha, para la contradicción, para la incesante búsqueda de lo que aún no existe.

A veces, en la quietud de su propia vida, se pregunta qué habría sido de él si ella hubiera tomado otro camino.     Si en lugar de endurecerlo, lo hubiese protegido más.     Si en lugar de impulsarlo, lo hubiese retenido un poco.     Pero la duda es un lujo inútil, una pregunta sin respuesta.

Él es quien debía ser.     No por azar, no por destino, sino porque ella le enseñó a serlo.

Y en su mirada, cuando se encuentran —pocas veces, siempre breves—, aún ve ese destello.     Ese reconocimiento mudo de que, aunque el mundo lo vea como un titán solitario, hay un hilo invisible que lo une a ella.

No necesita que lo diga en voz alta.

Porque ella siempre lo ha sabido.

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Nota del Autor

Esta no es una biografía ni una crítica disfrazada de ficción.     Es una exploración de las fuerzas que moldean a quienes moldean el mundo.

El poder rara vez surge en el vacío.     Detrás de cada individuo extraordinario hay una historia tejida con triunfos, heridas y una ambición inquebrantable.     En este relato, no he pretendido ni glorificar ni condenar, sino comprender.

Algunos quizá reconozcan ecos de figuras conocidas en estas páginas, pero esta no es su historia.     Es un reflejo, una meditación sobre el peso del legado, la soledad de quienes desafían los límites y la sutil influencia de aquellos que permanecen en la sombra.

Sobre todo, es una historia acerca de los lazos invisibles que nos unen, los reconozcamos o no.

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Ricardo F. Morín Tortolero

Febrero 11, 2025, Oakland Park, Florida

« El sudario de la perfección »

February 10, 2025

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Silence Ten
Oil on linen scroll
43” x 72″ x 3/4″
2012

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Nota del autor

Esta es una obra de ficción inspirada en hechos históricos.    Si bien la historia se basa en dinámicas del mundo real, todos los personajes, diálogos e incidentes específicos son completamente ficticios.     Cualquier parecido con personas actuales, vivas o muertas, es pura coincidencia.

Esta narración no pretende representar, retratar ni comentar sobre ningún individuo o evento real con precisión fáctica.    Es una exploración literaria de temas relevantes para la sociedad, la historia y la experiencia humana.

Ricardo F. Morín Tortolero, 10 de febrero de 2025

Oakland Park, Florida

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Lista de Personajes

1. Los Campeones del Orden y la Esperanza

Aurelia:     Guardiana de principios constitucionales.

Rasgos:     Sabia, firme, compasiva; encarna el orden en tiempos impredecibles.

Marcos:     Servidor público, puente entre tradición y modernidad.

Rasgos: Honesto, diligente, empático; preserva la integridad institucional.

Elena:    Figura unificadora, calma y claridad moral.

Rasgos: Reflexiva, compasiva, inspiradora; brújula moral de su comunidad.

2. Las Figuras de la Disrupción

Soren:    Joven prodigio de la tecnología, amenaza los sistemas fundamentales.

Rasgos:    Inteligente, impulsivo, moralmente ambiguo; expone los riesgos de la innovación descontrolada.

Vera:     Burócrata ambiciosa, usa la tecnología con fines políticos.

Rasgos:    Carismática, calculadora; representa el sacrificio de principios por poder.

Xander:     Agitador populista, promotor de cambios radicales.

Rasgos:    Persuasivo, rebelde, impredecible; fomenta la división en nombre del cambio.

Don Narciso Beltrán:    Antihéroe narcisista, hedonista y egocéntrico.

Rasgos:    Arrogante, autocomplaciente; representa el peligro del narcisismo ilimitado.

Ideología:     Busca imponer su visión de perfección a costa de los marginados; utiliza teatralidad para disfrazar lo absurdo.

3. Los Guardianes del Equilibrio

Renato:     Administrador pragmático entre innovación y tradición.

Rasgos:     Sereno, justo, ingenioso; busca compromisos éticos.

Carmen:    Asesora experimentada con perspectiva histórica.

Rasgos:     Maternal, perspicaz, reflexiva; conecta el pasado con el presente.

Iker:     Técnico meticuloso, esencial para la estabilidad del sistema.

Rasgos: Consciente, metódico, valiente; héroe anónimo de la infraestructura crítica.


Acto I

Una Nación al Borde del Abismo

El aire está impregnado del aroma del cambio—crudo, indómito, eléctrico.    Recorre las avenidas donde las piedras de la historia soportan el peso de antiguos juramentos, testigos silenciosos de promesas que ahora se desmoronan.    Bajo las fachadas de alabastro de las instituciones que, durante mucho tiempo, han templado la ambición con el orden, se propaga un asalto silencioso.     La gente lo percibe en lo más profundo de sus días, en el murmullo inquietante entre los titulares, en el destello de urgencia que brilla tras cada discusión.

Hubo un tiempo en que la nación se movía al compás de una cadencia mesurada, un ritmo marcado por leyes resistentes a los impulsos efímeros.    Ahora, las calles vibran con un pulso distinto—una fiebre que empuja hacia lo nuevo, liberado de la lenta sabiduría del precedente.     Progreso y tradición, cada uno reclamando su espacio, se enfrentan en el polvo de una nación al borde de sí misma.

En los pasillos del poder, donde el mármol solía ser un baluarte contra las mareas incontroladas, se susurran temores—sobre sistemas demasiado rígidos para doblarse, sobre mentes demasiado inquietas para esperar.    El pergamino del gobierno, nítido con siglos de deliberación, se encuentra con la fricción de una innovación sin ataduras.     Algunos lo llaman avance; otros, autodestrucción.

Pero bajo esta contienda subyace una pregunta más profunda:    ¿sobrevive una nación perfeccionando sus cimientos o despojándose de ellos por completo?    La respuesta, suspendida entre el pasado y el futuro, aguarda ser pronunciada—si es que las voces del presente se atreven a elegir.


Acto II

La Ruptura

No comienza con una explosión, sino con una fisura—silenciosa, insidiosa, precisa.    Una puerta entreabierta en los pasillos del poder, una firma puesta donde no debía estar, un sistema que se creía invulnerable, de repente expuesto.     La nación se despierta ante las secuelas, incierta sobre si el suelo bajo sus pies ha cambiado o ha colapsado por completo.

En medio del clamor de la especulación, emergen dos figuras—Soren, el arquitecto del caos controlado, y Don Narciso, el susurrador de engaños dorados.    Uno maneja la disrupción como un bisturí, diseccionando la gobernanza con precisión calculada.    El otro, maestro de la ilusión, reviste el tumulto con el ropaje de la rectitud, manipulando la percepción hasta que incluso los más firmes comienzan a dudar de la realidad.

El pueblo observa, absorto y perplejo.    Algunos ven en su ascenso una salvación, una oportunidad para liberarse del peso de antiguas restricciones.     Otros, aquellos que aún escuchan el latido de la república, sienten el temblor bajo sus pies y se preguntan:    ¿es este el momento en que los cimientos ceden?

El escenario está dispuesto.    La lucha ya no es abstracta.    La grieta es real, y las manos que moldean el futuro ya están en movimiento.


Acto III

La Tormenta se Reúne

La brecha se amplía.    Lo que antes fue una fractura aislada en la estructura de la nación ahora se extiende, recorriendo las instituciones como venas envenenadas.    Los días se tornan pesados con incertidumbre y, en el vacío dejado por un orden tambaleante, surgen nuevas fuerzas:    algunas para defender, otras para desmantelar, y unas pocas para negociar en el terreno cambiante.

La Llamada a la Defensa

Aurelia se adelanta, una voz de claridad en el creciente estruendo.    Donde otros vacilan entre el miedo y el cinismo, ella permanece firme, empuñando la convicción como una antorcha contra la oscuridad inminente.    A su lado, Marcos, hombre de razón, reúne a aquellos que se niegan a dejar que la historia se disuelva en ruinas.    Y Elena, observadora y decidida, afila la verdad como una espada, desgarrando los velos de distorsión creados por aquellos que buscan remodelar la realidad a su antojo.

Las Fuerzas de la Disrupción

Pero contra ellos se levantan los arquitectos del desorden.     Soren, siempre el maestro de la fractura, alimenta la discordia, asegurando que ninguna de las partes gane terreno suficiente para restaurar la estabilidad.     Vera, espectro de una ambición sin fin, convierte la incertidumbre en palanca, asegurando el poder en las sombras, donde el alcance de la ley comienza a desdibujarse.     Xander, carismático y volátil, se presenta a plena vista, revolucionario para algunos, destructor para otros.    Y Don Narciso, siempre tejedor de ilusiones, habla en acertijos que tranquilizan, pero engañan.

Los Buscadores del Equilibrio

Sin embargo, no todos eligen un bando en la batalla.     Renato, el estratega silencioso, observa y espera, buscando los hilos que aún podrían ser retejidos antes de que el tejido se rasgue más allá de toda reparación.     Carmen, siempre pragmática, negocia entre facciones, desesperada por frenar el deslizamiento hacia el caos.     Y Iker, atrapado entre el pasado y el presente, trabaja en las sombras, no para apoderarse del poder, sino para asegurarse de que el futuro que surja conserve aún los ecos de lo que una vez fue íntegro.

La tensión se espesa.    Cada movimiento, cada decisión, inclina la balanza.     Y a medida que la tormenta se acumula en el horizonte, una verdad se hace clara:     nadie saldrá indemne.


Capítulo IV

Las Masas

No lideran; siguen, pero con un fervor que sacude los mismos cimientos de la nación.     Sus gritos resuenan en calles y plazas, atraviesan pantallas resplandecientes y susurran en rincones ocultos.     Lo que comenzó como descontento se ha transformado en algo más:    un himno de ira, sin matices, afilado hasta convertirse en convicción.

Sus quejas, antes ancladas en la realidad, ahora vagan libres, moldeadas por las voces que han decidido escuchar.    La retórica de Soren recorre sus filas como un incendio, sus fracturas calculadas expandiéndose en abismos irreparables.     La ambición de Vera alimenta su hambre de cambio, prometiendo poder a quienes se sienten invisibles.     Xander, provocador implacable, convierte el resentimiento en acción, mientras Don Narciso los envuelve en visiones de grandeza, susurrándoles al oido que la historia se pliega ante la voluntad de los audaces.

No hablan en diálogo, sino en ecos, amplificando lo que avivó su furia,     silenciando todo lo que no lo haga.    Para ellos, el compromiso es traición, y la reflexión, debilidad.    Son la fuerza que hace posible la destrucción, no por diseño, sino por pura y desmedida creencia.

Los Guardianes del Sentido Común

Sin embargo, contra la corriente se alzan quienes se niegan a ser arrastrados.    Son más callados, menos visibles, pero no menos resueltos.     No buscan gloria ni gritan venganza; protegen el suelo bajo sus pies, firmes ante la tormenta.

La voz de Aurelia llega a ellos, medida e inquebrantable, cortando el ruido como una campana distante.    Marcos les da estructura, recordándoles que la razón no es pasividad, sino disciplina.     Elena los arma con la verdad, sabiendo que, en una era de distorsión, la claridad en sí misma es un arma.

Son los que se preguntan:    ¿Qué se gana?    ¿Qué se pierde?    No están cegados por la promesa de un nuevo orden ni sumidos en la complacencia del viejo.     Ven tanto las grietas como la base, y se mantienen firmes, no para defender el poder, sino para defender el sentido.


Capítulo V

El Punto de Ruptura

Las calles tiemblan bajo el peso de la decisión.    Lo que antes hervía en susurros y advertencias, ahora ruge a plena luz:     ideales que ya no se debaten, sino que se blanden como armas.    El aire, denso con el residuo de antiguas promesas y nuevas traiciones, palpita con la certeza de que lo que siga no dejará nada intacto.

Los antihéroes hacen su última jugada.     Soren, siempre el táctico, se mueve como una sombra, orquestando el desorden donde la unidad amenaza con formarse.     Vera se asoma al precipicio, lista para aprovechar el momento, su ambición afilada por el caos que ayudó a encender.     Xander, el incendiario, disfruta de la combustión, su voz resonando sobre las masas mientras se tambalean hacia su destino.    Y Don Narciso, siempre el ilusionista, ofrece la visión de la victoria—sin revelar jamás para quién.

A través de la división, los héroes mantienen su posición.     Aurelia, la última centinela de la razón, se niega a ceder ante la histeria.    Marcos, firme y deliberado, recoge los fragmentos de la ley y el orden, convirtiéndolos en un escudo inquebrantable.     Elena, imperturbable ante la marea de desinformación, lanza la verdad a la tormenta, esperando que aterrice allí donde los ojos aún no se han cerrado.

El Golpe Final

Las masas se agitan, una fuerza que no es completamente controlada ni completamente libre.     La Razón Sin Razón, llevada a sus límites, exige colapso o conquista, su furia inquebrantable ante las consecuencias.    Los Guardianes del Sentido Común, aunque menos numerosos, se mantienen firmes, su resistencia no en la rabia, sino en la determinación.     El peso de su lucha inclina la balanza, sus voces fusionándose en una única pregunta: ¿Rompemos la base o nos erguimos sobre ella?

El Ajuste de Cuentas

Desde las profundidades de la memoria de la nación, el orden constitucional despierta.    La lenta maquinaria de la gobernanza, considerada demasiado débil para resistir la marea, comienza a moverse.     Los controles, largamente ignorados, ahora se hacen sentir.    Las leyes, las instituciones, la silenciosa arquitectura del equilibrio—estos se levantan, no como reliquias, sino como fuerzas en sí mismas.    La batalla ya no es sólo entre los hombres y sus ambiciones; es entre lo transitorio y lo perdurable, el impulso fugaz y la estructura que ha resistido siglos.

En este momento, el resultado no lo dicta únicamente la fuerza, ni la pasión, ni siquiera la estrategia.     Está determinado por lo que la nación recuerda de sí misma—y por si decide preservar esa memoria o arrojarla al vacío.

La elección final se perfila.    Y, una vez tomada, no habrá vuelta atrás.


Capítulo VI

La Restauración

El polvo se asienta, aunque los ecos del alboroto aún perduran en el aire.     Las calles, antes llenas con el clamor de voces irreconciliables, ahora susurran algo más callado—fatiga, reflexión, los pasos vacilantes de un pueblo que está reaprendiendo su propio ritmo.

La batalla no terminó en conquista, ni en ruina, sino en algo más sutil:    la lenta, tenaz reafirmación del orden.    No impuesto desde arriba, ni exigido por la fuerza, sino reclamado—pieza por pieza—por los mecanismos silenciosos que han unido a la nación durante tanto tiempo.

Las instituciones que antes parecían frágiles ahora revelan su fuerza oculta—no en su invulnerabilidad, sino en su capacidad de doblarse sin romperse.    Los controles, desestimados como reliquias, demuestran su propósito, no previniendo la crisis, sino asegurando que ninguna fuerza, por ferviente que sea, pueda ejercer un dominio absoluto.

Los antihéroes no desaparecen.    Soren se retira a las sombras, esperando otra fractura que explotar.    Vera, siempre calculadora, pivota para sobrevivir, adaptando sus ambiciones al nuevo panorama.    La voz de Xander se apaga, pero no desaparece, recordando que el disenso, incluso cuando es imprudente, nunca se extingue por completo.     ¿Y Don Narciso?    Sonríe, siempre enigmático, sabiendo que la percepción nunca está resuelta—solo cambia.

Tampoco los héroes reclaman la victoria.     Aurelia, fatigada pero inquebrantable, entiende que la victoria en la democracia nunca es definitiva.     Marcos, siempre pragmático, se dedica al largo trabajo de reconstruir lo que fue sacudido.    Elena, imparable como siempre, asegura que la verdad siga siendo la base sobre la cual se edifica todo lo demás.

Y el pueblo—las masas que habían sido tanto el combustible como el fuego—se encuentran cambiados.     Algunos permanecen amargados, incapaces de aceptar que el mundo que imaginaron no se ha hecho realidad.    Pero otros, aquellos que se opusieron a la destrucción no por miedo sino por fe en algo más estable, ven que la base sigue en pie.

La nación respira de nuevo.    No en perfecta armonía, ni sin cicatrices, pero con el conocimiento de que ha perdurado.     Que siempre perdurará—no por la fuerza ni por la furia, sino por la resiliencia de los principios que, aunque puestos a prueba, permanecen intactos.

La tormenta ha pasado.    Pero el cielo, aunque despejado, guarda la memoria de lo que ha sido.

Y lo que puede volver a suceder.


Epílogo

El Silencioso Giro

El tiempo no borra el conflicto, pero ofrece distancia:     una perspectiva que revela no solo lo perdido, sino lo que perdura.

La nación sigue, intacta, aunque no inalterada.    Las mareas del extremismo volverán a levantarse, pues no hay victoria definitiva contra el miedo, la ambición y el descontento.    Las masas oscilarán entre los extremos, regresando al equilibrio, como si probaran los límites de la razón antes de encontrar el centro.

Dentro de este movimiento, persiste el ritmo de la renovación.     La responsabilidad reafirmada, el equilibrio precario pero constante, y la esperanza—no como ilusión, sino como elección.

El velo que cubría la perfección ha sido levantado, mostrando no la ausencia de fallos, sino la resiliencia.     No la certeza, sino la voluntad de buscarla.    No un mundo sin discordia, sino uno donde la unidad sigue siendo posible, no en la uniformidad, sino en el compromiso compartido.

La historia no termina.    Continúa, escrita en las decisiones por tomar.    Y en ellas yace la promesa de que, aunque la tormenta regrese, también lo hará la luz.

Ricardo F. Morín Tortolero, 10 de febrero de 2025

Oakland Park, Florida


« Intersección de las creencias supersticiosas en Venezuela »

February 8, 2025

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Triangulación 36
22″ x 30″
Body color, sanguina, sepia y tinta Sumi sobre papel
2008

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El poder del mito y la narración

La narración ha servido durante largo tiempo como una forma de dar sentido a lo desconocido, un hilo persistente que reúne aspiración, temor y resistencia en forma narrativa.   Los mitos, como los de Júpiter, reflejan una búsqueda de poder, resiliencia y lo divino; evocan las tensiones que configuran la experiencia humana.   Ya sea en las pruebas de dioses y héroes o en las dificultades de la vida cotidiana, estos relatos ofrecen una manera de transitar aquello que no se comprende con facilidad.  

 

El misterio se instala en los pliegues de la naturaleza y provoca el impulso de explicar, de justificar, de creer.   La superstición surge donde prevalece la incertidumbre; ofrece una orientación, una forma de interpretar lo que resiste control.   Pero, ¿hacia dónde conduce? ¿Permanece como refugio privado o se extiende a las decisiones de quienes gobiernan? Incluso en sociedades donde la vida pública parece ordenada, la atracción por lo esotérico persiste, visible en sus expresiones, aunque a menudo oculta en su influencia.  

 

Así como las mitologías dieron forma a civilizaciones enteras, la superstición permanece presente en las culturas contemporáneas.   Aparece en ritos y rituales, en observancias discretas, en gestos que buscan certeza donde la razón vacila.   Sin embargo, pese a su consuelo, ¿orienta o limita? Una sociedad que se mueve entre superstición y racionalidad se sitúa en un umbral, suspendida entre formas heredadas y las exigencias de un mundo en transformación.  

 

Santería y espiritismo

La santería y el espiritismo han echado raíces en Venezuela, y su presencia se vuelve más visible en momentos de crisis.   La santería, una síntesis afrocaribeña de tradiciones católicas, indígenas y africanas, se expresa mediante rituales destinados a comunicarse con los espíritus y a vincular el mundo de los vivos con el de los muertos.   El espiritismo, por su parte, se centra en la comunicación con entidades invisibles a través de médiums y prácticas prescritas.   Ambas corrientes suelen entrelazarse, formando parte de un paisaje espiritual más amplio que acompaña la vida cotidiana.  

La secta de María Lionza

 

En el centro de estas tradiciones se encuentra María Lionza, una figura situada en la intersección de creencias indígenas, africanas y católicas.   Es invocada en ceremonias que convocan espíritus de diverso origen, entre ellos el médico José Gregorio Hernández, líderes precolombinos, Simón Bolívar y figuras políticas más recientes como Hugo Chávez.  

 

Entre los médiums reconocidos del culto se encuentra Edward Guidice, de quien se dice que canaliza el espíritu de Emeregildo, asociado con prácticas de sanación.   A medida que el sistema de salud en Venezuela se ve limitado, la dependencia de estas prácticas aumenta.   Allí donde los recursos médicos escasean, estos rituales adquieren mayor relevancia, ofreciendo orientación, alivio o la posibilidad de intervención.  

 

Superstición y modernización

La superstición y la modernidad coexisten en proximidad, la primera como refugio frente a la incertidumbre, la segunda como una presión constante.   En Venezuela, estas creencias se extienden más allá del ámbito privado hacia la salud, la gobernanza y la organización social.   Su presencia se percibe en decisiones, en expectativas y en la manera en que las personas responden cuando los sistemas formales resultan insuficientes.  

 

Junto a la superstición, existen prácticas descritas como intentos de influir en los resultados mediante fuerzas no observables.   Se abordan con cautela y también con confianza, se mencionan en voz baja, pero se buscan en momentos de necesidad.   A diferencia de la creencia pasiva, estas prácticas implican intervención, un intento de modificar aquello que podría ocurrir.  

 

Mientras Venezuela enfrenta sus desafíos, la superstición permanece cercana.   Explica, consuela, atrae.   Sin embargo, entre su promesa y sus límites, persiste una pregunta, ¿fortalece o restringe? La respuesta permanece abierta, suspendida entre lo observado y lo creído.  

 

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Ricardo Federico Morín Tortolero, 8 de febrero de 2025, Oakland Park, Fl.