Archive for September, 2026

« El sentido incierto del vínculo »

September 5, 2026

Ricardo F. Morín
22” x 30”
Acuarela y tinta
2010

¿Qué puede confiarse a un vínculo cuando su sentido no es el mismo para quienes lo comparten?

Ninguna relación responde de antemano a esta pregunta.  El afecto puede causar inquietud; el silencio puede preservar una conexión o dejarla desaparecer.  La comunicación comienza antes de que cualquiera de las dos personas sepa qué revelará el encuentro acerca del vínculo que las une.

Dos personas pueden reconocer un mismo vínculo sin darle el mismo sentido.  Para una, la familiaridad permite el contacto espontáneo; para otra, la conexión no concede por sí sola el acceso.  La diferencia permanece oculta mientras la conversación sigue caminos conocidos.  Se hace visible cuando algo inesperado entra en la relación: una confidencia, un recuerdo, una visita o una reflexión escrita.

Cuando una persona comparte algo personal, entre ambas pasa algo más que un contenido.  Una parte de la vida interior se confía al vínculo, y el vínculo mismo queda al cuidado de las dos personas.  Quien recibe encuentra lo compartido junto con la confianza de que la relación puede sostenerlo.  Esa confianza puede conmover y también traer consigo atención, recuerdos u obligaciones para los cuales no se había preparado ningún espacio.

Quien comparte renuncia a controlar cómo será entendido el gesto.  Quien lo recibe debe responder a algo cuyo sentido y cuyas exigencias aún desconoce.  Sus vulnerabilidades se encuentran, pero no coinciden.  Ninguna de las dos posiciones revela por sí sola el sentido completo del intercambio.

La diferencia puede presentarse primero como malestar.  La irritación, la aprensión, la presión o la fatiga buscan una explicación y la encuentran en las circunstancias visibles: un momento inoportuno, una visita inesperada, un mensaje reiterado, un asunto difícil.  Una regla acerca de cómo deberá ocurrir el contacto en adelante da entonces una forma clara a un sentimiento que todavía no se comprende.

Un límite puede conocerse únicamente cuando un encuentro llega hasta él.  Antes de ese momento, quien se acercó no podía preverlo, mientras quien sintió la presión quizá todavía no sabía cómo nombrarlo.  Si después el límite se hace valer como si siempre hubiera estado claro, el encuentro queda juzgado según condiciones que surgieron del encuentro mismo.

Una regla sobre el contacto futuro puede impedir que regrese el mismo malestar.  La visita deberá ser acordada, el mensaje deberá estar precedido por una consulta y el asunto solo podrá plantearse después de recibir permiso.  Estas condiciones pueden hacer posible el contacto y también reducir lo que puede entrar en la relación.  El afecto permanece, pero cada persona confía al vínculo una parte menor de su vida.

El duelo vuelve especialmente visible esta incertidumbre.  Después de una muerte, los familiares se encuentran mientras llevan consigo recuerdos distintos de una misma persona.  El afecto, la ira, la lealtad, el resentimiento, la tristeza y el alivio pueden ocupar el mismo espacio emocional antes de que alguno de ellos encuentre expresión.  Una visita puede llevar consigo cuidado y también acercar la historia emocional de la familia.  Las reglas sobre el momento, la duración, la privacidad o la hospitalidad dan una forma práctica a sentimientos que todavía no han encontrado palabras.

La escritura también confía algo personal a una relación.  Un ensayo llega después de que su autor ya ha convivido con los recuerdos y las decisiones que le dieron forma; quien lo recibe encuentra de una sola vez todo lo que contiene el texto.  Los medios digitales colocan la reflexión íntima junto a avisos, enlaces y comentarios pasajeros.  La frecuencia, la extensión y la ubicación se hacen visibles de inmediato, mientras el trabajo y la confianza depositados en la escritura resultan menos evidentes.

El permiso previo puede proteger el tiempo y la atención de quien recibe.  También cambia lo que se entiende que permite la relación.  Para una persona, consultar primero ofrece una manera de mantener el contacto; para otra, significa que la confianza espontánea ya no forma parte del vínculo.  Una misma regla puede tener, por tanto, un sentido distinto para cada persona sin aclarar en qué se ha convertido la relación que comparten.

Las personas aprenden lo que permite una relación mediante experiencias repetidas, muchas veces antes de que se exprese regla alguna.  Los niños observan qué asuntos cambian el ambiente, qué visitas producen tensión y qué expresiones de necesidad provocan el retraimiento.  Sin que nadie se lo explique, aprenden qué puede compartirse, quién puede acercarse y cuánta cercanía puede sostener la relación.  Mediante la repetición, una respuesta a un solo hecho puede llegar a parecer parte natural del orden familiar.

Las ideas previas pueden entrar en una relación antes de que cualquiera de las dos personas advierta su presencia. Algunas son impuestas desde fuera por los juicios ajenos; otras llegan al encuentro sin haber sido puestas a prueba. El prejuicio puede entonces influir en lo que se percibe antes de que el gesto haya sido comprendido. La cautela puede responder a una circunstancia presente, a una experiencia anterior o a una expectativa que nunca se ha comprobado. La conducta por sí sola no revela cuál de estas posibilidades está actuando.

Cuando las condiciones del vínculo permanecen sin decirse, la anticipación puede ocupar el lugar de la comunicación.  Se evitan ciertos asuntos, se retiran las invitaciones y cada persona actúa según lo que espera que la otra rechace.  Se confía menos a la relación y, por ello, la relación ofrece menos pruebas de lo que puede sostener.  El escaso trato alimenta la cautela; la cautela mantiene el escaso trato.

Dentro de esta reducción, una reacción nacida de la vulnerabilidad puede convertirse en una explicación de la conducta ajena.  Una regla dirigida hacia fuera proporciona una explicación clara mientras permanece sin examinar el sentimiento que la exigió.  Una persona puede saber qué no puede recibir sin saber todavía por qué.  La otra puede saber qué quiso comunicar sin saber cómo llegó.  Cada una conoce solo una parte del encuentro.

El vínculo sigue siendo reconocible aun cuando su sentido ya no sea compartido. Cada nuevo gesto llega marcado por lo que antes fue recibido, rechazado o dejado sin respuesta. Ninguna de las dos personas posee el sentido completo de la relación. Sigue siendo incierto qué puede confiarse a ella, así como lo que otro encuentro podría revelar.

Ricardo F. Morín

5 de septiembre de 2026

Bala Cynwyd, Pensilvania


« La dignidad de la perforación »

September 4, 2026



Ricardo F. Morín
Izquierda: Paisaje del infinito, Triangulation I
22 × 30 pulgadas
Acuarela opaca, sanguina, sepia y tinta Sumi sobre papel
2005
Derecha: Reconstrucción del lienzo perforado confeccionado para televisión
Reconstrucción digital, 2026

En 2007, Thomas A. Walsh me llamó inesperadamente por teléfono desde Los Ángeles.  Para entonces, Tom era el diseñador de producción de Desperate Housewives, la serie de ABC cuyo episodio piloto había diseñado y a cuyo universo visual había dado forma en gran medida.  Quería solicitarme autorización para utilizar la imagen de una de las postales que yo le había enviado como base para una pieza de atrezo.

La llamada no provenía de un contacto profesional circunstancial.  Tom y yo nos conocíamos desde hacía muchos años.  Yo había trabajado con él como asociado en la gira nacional estadounidense de Cabaret de 1989.  Posteriormente fui director artístico de dos producciones televisivas de Turner en las que él ejerció como diseñador de producción: MGM: When the Lion Roars, documental de 1992 sobre la historia de Metro-Goldwyn-Mayer, e In Search of Dr. Seuss, producido para TNT en 1994.  Esta última producción recibió en 1995 una nominación al Emmy por su dirección artística, y yo figuré entre las personas nominadas.

Estas colaboraciones correspondieron al período formativo de mi vida profesional en el ámbito del diseño de producción.  Sin embargo, el interés que Tom mostraba por mí trascendía mis aportaciones como asociado o director artístico.  Llegamos a ser amigos íntimos.

Aquella cercanía se alteró después de que, a causa del sida, me viera obligado a acogerme a una situación de incapacidad laboral.  La vida profesional en cuyo seno se había desarrollado nuestra amistad dejó de estar a mi alcance, y fueron desapareciendo gradualmente los contactos cotidianos que propiciaba el trabajo compartido.  Aun así, continué escribiéndole a Tom cada Navidad.  Con cada carta incluía una postal que reproducía alguna de mis obras recientes.

Las postales se convirtieron en un modesto registro anual de la obra que seguí realizando después de que la enfermedad me apartara del mundo profesional que habíamos compartido.  No pretendían obtener nada de él.  Sencillamente ponían ante sus ojos, una vez al año, constancia de que mi vida artística proseguía.

En cierta ocasión le ofrecí a Tom algunos de mis cuadros.  Me explicó que su casa de Los Ángeles estaba formada en gran parte por paredes de cristal y apenas disponía de superficies donde pudieran colgarse pinturas.  Comprendí aquella imposibilidad práctica.  Los cuadros no podían entrar en su casa, pero sus imágenes siguieron llegando hasta él por medio de las postales.

Años después, una de aquellas imágenes encontró otra casa.

Tom me llamó para preguntarme si Desperate Housewives podía utilizar la imagen reproducida en una de mis postales.  Accedí de inmediato y sin condición alguna.  No solicité remuneración, impuse restricciones ni pregunté qué importancia tendría la obra dentro del episodio.  Un amigo que había seguido mi trabajo durante muchos años había encontrado un lugar para una de sus imágenes en una producción cuyo diseño estaba a su cargo.  Eso era suficiente.

La imagen era Part One (Infinity Landscape, or Triangulation One), perteneciente a un tríptico titulado Triangulations.  El original era un dibujo sobre papel y fue adquirido en subasta por uno de mis primos, residente en Kissimmee, Florida.  ABC amplió su reproducción fotográfica y trasladó la imagen a un lienzo, convirtiéndola en una pintura capaz de existir como pieza de atrezo dentro del mundo ficticio de la serie.

El resultado apareció en el episodio de la cuarta temporada «You Can’t Judge a Book by Its Cover», emitido el 11 de noviembre de 2007.  En la trama, el lienzo pertenece a Carlos.  Cuando se muestra la obra, una gran abertura ha sido practicada a golpes en su superficie.  Edie sostiene ante él el cuadro dañado y comenta: «Yo tampoco entiendo el arte moderno».

La frase convierte el cuadro en objeto de burla, pero la imagen se resiste a ella.

En la imagen resultante, sin embargo, la abertura desgarrada no aparece como un elemento meramente circunstancial ni pasivo.  Las diagonales producidas por el daño atraviesan los campos de color sepia y confluyen con las líneas negras que ya recorrían la composición.  En lugar de presentarse como una ausencia aislada, la perforación se incorpora al entramado de planos, desplazamientos y fuerzas direccionales mediante el cual se había construido la imagen.

Aquello que solo pretendía constituir un daño produjo una relación visual imprevista.

No podía considerar lo ocurrido como un simple agravio.  La reproducción había sido confeccionada para satisfacer las exigencias de una narración, y la abertura formaba parte de la acción dramática para la cual se había realizado.  Sin embargo, la imagen resultante excedía esa función.  La perforación parecía intensificar la geometría interna en lugar de menoscabarla.  Una fuerza exterior había actuado sobre el lienzo, pero la composición conservaba su orden.

Por aquellos años mantenía correspondencia electrónica con el artista William Giles, a quien conocía como Will.  Era el esposo de Lee Bontecou, una de las figuras decisivas del arte estadounidense de la posguerra.  Will y yo nunca llegamos a conocernos personalmente, pero durante una época intercambiamos reflexiones acerca del arte y de la vida, y compartí con él algunos de mis poemas.

Después de emitirse el episodio, le conté a Will lo que había sucedido y le envié las imágenes de las que disponía.  Ya no conservo nuestra correspondencia, y no intentaría reconstruir sus palabras como si pudiera recordarlas literalmente.  Lo que permanece nítido es el sentido de su respuesta.

Will no interpretó el lienzo perforado como una degradación de la obra.  Relacionó la abertura con ciertas condiciones expresivas y materiales presentes en algunas de sus propias creaciones.  La superficie dañada no había perdido su dignidad artística por el mero hecho de que una fuerza ajena hubiese intervenido en ella.  La perforación había pasado a formar parte de las condiciones desde las cuales debía percibirse la imagen.

Su respuesta no negaba la violencia ejercida sobre la reproducción ni elevaba una fugaz aparición televisiva al rango de consagración.  Contempló lo ocurrido como artista.  Reconoció que la abertura había adquirido una función visual y que la imagen había sobrevivido a la intervención sin perder su coherencia.

Su atención me conmovió más profundamente que la propia emisión televisiva.

Durante aquellos años, yo luchaba contra la falta de reconocimiento dentro del mundo artístico neoyorquino.  La dificultad no residía únicamente en la escasez de exposiciones u oportunidades profesionales.  Consistía también en el desgaste más íntimo que se produce cuando una obra sostenida durante decenios tropieza reiteradamente con la indiferencia.  Un artista puede perseverar sin confirmación institucional, pero la independencia no suprime la necesidad humana de ser contemplado con inteligencia.

La llamada de Tom puso de manifiesto que las postales no habían pasado inadvertidas ante sus ojos.  La obra que no podía colgar en las paredes de cristal de su propia casa entró, gracias a su intervención, en una de las casas ficticias que contribuía a crear para la televisión.

Will acogió lo sucedido posteriormente y lo inscribió en otro orden de significación.  Reconoció un acontecimiento material en la vida de una imagen.  Su comprensión me concedió un respiro porque no dependía de la aprobación institucional, de una obligación social ni de la expectativa de obtener provecho alguno.  Miró con detenimiento, y su cuidado permitió que la obra existiera sin verse obligada a justificarse.

Will también me habló de Lee de un modo que permaneció conmigo.  La describió como una fuerza universal cuya intensidad creadora se manifestaba en todos los ámbitos de la vida familiar.  Según su relato, la concentración que dedicaba a preparar una comida participaba de la misma continuidad que aquella mediante la cual concebía y realizaba su arte.  La creación no era una actividad a la que se entregara para abandonarla después.  Era la forma en que su atención habitaba el mundo.

Por la ternura con que la describía comprendí que no estaba reduciendo su arte a la vida doméstica.  Afirmaba precisamente lo contrario.  Una misma fuerza generadora recorría ambos ámbitos, sin someterse a las divisiones con que la cultura suele separar los actos trascendentes de los ordinarios.  Una comida podía recibir la plenitud de su inventiva porque esta no estaba reservada al estudio.

Con el tiempo, Will y yo perdimos el contacto por razones que desconozco.  Ningún desacuerdo señaló el término de nuestra correspondencia.  Sencillamente cesó, como se extinguen ciertos vínculos humanos, sin dejar tras de sí una explicación proporcionada a cuanto habían contenido.  Su presencia en mi vida fue breve, pero permanecieron la compasión y la inteligencia que la distinguieron.

Los correos electrónicos han desaparecido.  Desconozco qué fue del lienzo confeccionado para el episodio después de concluida la escena.

De aquella aparición televisiva subsisten una imagen de Edie sosteniendo la reproducción perforada, el recuerdo de la inesperada llamada de Tom y la memoria de Will contemplando la abertura sin menoscabar la obra ni mi persona.

La aparición televisiva fue pública, pero fugaz.  Los dos actos de atención que la rodearon perduraron.

La perforación entró en la historia de la imagen.  La ausencia cobró forma.  La composición acogió, sin renunciar a su orden interno, una fuerza que nunca había formado parte de su concepción.

Tom dio a la imagen un lugar en el mundo visible.  Will me enseñó a comprender lo que allí le había sucedido.

Ricardo F. Morín

4 de septiembre de 2026

Bala Cynwyd, Pensilvania


Fotograma de Desperate Housewives, «You Can’t Judge a Book by Its Cover», cuarta temporada, episodio 7, ABC, emitido el 11 de noviembre de 2007.

« Una superficie común »

September 3, 2026

“Collage”
2026

Hoy coloqué una imagen impresa sobre varios fragmentos de papel que conservaban huellas de procesos anteriores.  La disposición fue accidental.  Ni la impresión ni los fragmentos habían sido creados en previsión unos de otros.  Yo no había proyectado el modo en que habrían de encontrarse.  Sin embargo, una vez que ocuparon un mismo campo, la imagen dejó de parecer lo que había sido hasta entonces.

La imagen impresa pertenecía a una serie de retratos que había realizado en 2003 para una nueva edición de The Motion of Light in Water: Sex and Science Fiction Writing in the East Village, 1957-1965, de Samuel R. Delany (hoy en día de 84 años).  Una fotografía de Delany en su juventud había servido de modelo.  Para la versión finalmente seleccionada, reforcé la semejanza fotográfica mediante mi dibujo del retrato y permití que la fotografía permaneciera como una superposición transparente.  El resultado se mantuvo lo bastante próximo a su fuente para conservar la inmediatez de la imagen fotográfica, al tiempo que la estructura del dibujo le servía de fundamento.

El retrato por encargo nunca constituyó la base de mi trayectoria.  Sin embargo, este encargo me brindó la oportunidad de explorar diversas variantes.  Incluso cuando trabajé en el diseño comercial o escénico, no suspendí mi identidad para ejecutar la interpretación de otra persona.  La finalidad podía determinar dónde aparecería la obra o para qué habría de servir.  No podía determinar el temperamento desde el cual yo trabajaba.

En una de las variantes, el dibujo original fue procesado digitalmente como una imagen generada por computadora.  El aire parecía contenido dentro de burbujas ascendentes, mientras la luz parecía desplazarse a través de ellas como si la persona estuviera sumergida.  El procedimiento permitió que el título asumiera una forma visual: un cuerpo situado bajo la superficie podía hacer perceptible el movimiento de la luz a través del agua.

Delany eligió finalmente la versión más próxima a la fotografía a partir de la cual se había iniciado la serie.  Una imagen cumplió la finalidad para la cual se habían encargado los retratos; las demás permanecieron como consecuencias materiales de mi propio proceso.

En 2006, Jim Furlong seleccionó esta variante para Unusual Portraits, una exposición colectiva presentada en Hudson Guild, Gallery II, en la ciudad de Nueva York.  Estos hechos pertenecen a la historia del retrato, pero no determinan aquello en lo que ahora se ha convertido.

En 2018, el retrato bajo el agua fue vendido en una subasta realizada desde mi residencia en Massachusetts.  La impresión que permaneció conmigo conservó la imagen después de que la obra saliera de mi posesión.  Su posterior incorporación al collage no alteró, por tanto, el retrato expuesto, sino que confirió a una de sus reproducciones una existencia material independiente.

Al colocar fortuitamente la impresión sobre varios fragmentos de papel marcados, advertí que aquel encuentro alteraba las referencias de la imagen a Delany.  Decidí que la disposición accidental debía perdurar y la fijé a la superficie.

La impresión conservó su predominio visual.  La escala, la figura reconocible, la concentración del color y su emplazamiento continuaron distinguiéndola de los trazos y las abrasiones menos estructurados que la rodeaban.  El retrato seguía rigiendo la superficie como figura.  Lo que ya no regía era el sentido de la superficie en su totalidad.

Antes de reunirlos, los fragmentos de papel conservaban indicios de procesos anteriores.  El retrato remitía a Delany, a la fotografía a partir de la cual lo había dibujado y al título que había suscitado la figura sumergida y sus burbujas ascendentes.  Una vez reunidos, ninguno de estos elementos perdió su carácter visible.  Los trazos siguieron siendo trazos, las abrasiones siguieron siendo abrasiones y el rostro de Delany siguió siendo reconocible.  Lo que cambió fue que ninguno de ellos podía ya decidir lo que significaban los demás.

Los fragmentos dejaron de funcionar únicamente como vestigios de algo que los había precedido.  El retrato dejó de funcionar únicamente como una imagen de Delany o como expresión visual del título de su libro.  Esas referencias permanecieron, pero el collage se había convertido en algo que ya no cabía por entero dentro de ellas.

Las burbujas permiten verlo con mayor claridad.  Surgieron como respuesta directa al título y dieron forma visual a la luz que se desplaza a través del agua.  Todavía pueden evocar el aire, la inmersión y la luz refractada, pero el título ya no nos indica cómo debemos leerlas.  Permanecen como sensaciones dentro de la imagen, y no como instrucciones acerca de lo que esta debe significar.

A esto me refiero cuando hablo de aplanar el sentido de la imagen.  Aplanarlo no iguala visualmente los elementos ni disminuye sus diferencias.  Impide que un orden visible subordine todos los demás a su propio referente.  El retrato conserva su predominio como figura sin conservar su soberanía sobre el sentido.

Yo no había elegido la posición de cada marca ni ajustado los espacios entre ellas.  La disposición había aparecido sin que yo la hubiese previsto.  Mi decisión concernía a su permanencia, no al modo en que debían organizarse sus partes.  Decidí que la relación con la que me había encontrado merecía ser preservada y contemplada de nuevo.

Lo accidental forma parte de mi proceso de creación.  Cuando decido trabajar con aquello que se pone ante mí, descubro un sentido visual que no había previsto.  Mi intención surge dentro de ese descubrimiento: seguir lo que ha aparecido y permitir que sus consecuencias se desarrollen.

Por consiguiente, la colocación accidental ofreció algo más que una disposición.  Permitió que surgiera un nuevo vocabulario.  La imagen figurativa no fue absorbida por las marcas circundantes, ni estas adquirieron la fuerza representativa del retrato.  Sin embargo, una vez reunidas, ya no exigían que el espectador las leyera únicamente a través de lo que cada una había sido antes.

La fotografía, el dibujo, el procesamiento digital, la publicación prevista, la exposición, la venta del retrato, la impresión conservada y los fragmentos de papel marcados de hoy permanecen presentes en la materia o en su historia.  Nada ha sido borrado, corregido ni reemplazado.  Sin embargo, ninguna de esas condiciones anteriores puede determinar por sí sola aquello en lo que se ha convertido el collage.

Lo que permanece no es la conclusión de una secuencia, sino una superficie sobre la cual sus distintos momentos continúan visibles después de haber dejado de guardar el orden que antes los regía.

Ricardo F. Morín

3 de septiembre de 2026

Bala Cynwyd, Pensilvania


« SIN TÍTULO »

September 2, 2026


Ricardo Morín
Sin título 013
22″ × 30″
Acuarelas, carbón, óleo, corrector blanco y tinta sobre papel
2006

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Ricardo F. Morín
23 de diciembre de 2025
Kissimmee, FL
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UMBRAL

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Este texto habla desde antes de saber.  No parte de la oposición ni de la certeza, sino de la atención.  Fue escrito sin un adversario imaginado y sin la expectativa de que la claridad deba imponerse por la fuerza.  Lo que sigue no es un intento de prevalecer, sino un esfuerzo por permanecer íntegro frente a la reducción.  Resiste la prisa no como una preferencia estilística, sino como una necesidad ética.  Si pide algo al lector, es únicamente esto:  permitir que el pensamiento se despliegue sin ser forzado demasiado pronto a una posición, y sin confundir firmeza con dureza.  Lo que sigue fue escrito para responderse a sí mismo antes de ser entregado a otros.

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NOTA DEL AUTOR

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i.  Ciertos hábitos explicativos persisten a través de las culturas con notable resiliencia.  Entre ellos se encuentra la tendencia a atribuir la capacidad intelectual al linaje, a la proximidad al poder o a la autoridad heredada, mientras se trata el orden social como prueba de superioridad cognitiva.  Esta tendencia se presenta como realismo.  A menudo afirma ver más allá del idealismo, del sentimentalismo o de la abstracción, y ofrece en su lugar una jerarquía de quién piensa y quién simplemente sigue.  Sin embargo, esta postura descansa en un atajo conceptual:  confunde inteligencia con autoridad, competencia con legitimidad y eficiencia institucional con autoría cívica.

ii.  Este razonamiento no se limita a una sola sociedad ni a un único sistema político.  Aparece allí donde el éxito técnico se confunde con profundidad intelectual, y donde la restricción de la expresión se interpreta como prueba de inmadurez cultural en lugar de como una condición que exige un examen separado.  En estos contextos, se presume que la inteligencia reside en centros visibles de poder o riqueza, mientras su distribución social más amplia permanece sin examinar.  El resultado es una falacia recurrente:  la reducción de la vida intelectual al pedigrí, la afiliación o el mando, en lugar de a la lenta y acumulativa reproducción de la capacidad cognitiva a través de una sociedad.

iii.  Las páginas que siguen parten de la premisa de que esta falacia puede examinarse sin polémica y sin recurrir a la jerarquización moral.  Para ello separan aquello que con frecuencia se colapsa:  la madurez intelectual, la agencia cívica y la estructura política.  Al atender cuidadosamente a indicadores de escala poblacional y a la continuidad institucional, el análisis busca aclarar cómo circula la inteligencia, cómo se reproduce y bajo qué condiciones se adapta.  El objetivo no es corregir opiniones, sino volver insostenibles ciertas suposiciones una vez que sus términos se hacen explícitos.


1.  Las afirmaciones sobre el carácter intelectual de las sociedades suelen circular sin referencia a cómo podrían ponerse a prueba.  Se apoyan en indicadores superficiales —riqueza visible, orden administrativo o presencia de profesionales extranjeros— y los tratan como evidencia suficiente de jerarquía cognitiva.  De este modo, la inteligencia se infiere a partir de resultados en lugar de examinarse como una condición social.  Lo que permanece sin plantearse es si la capacidad intelectual está estrechamente concentrada o ampliamente reproducida, si es episódica o sostenida, y si pertenece a unos pocos actores visibles o a la estructura misma de la sociedad.

2.  Para abordar este vacío, es necesario separar primero cuestiones que con frecuencia se confunden.  La madurez intelectual se refiere a la distribución de la capacidad aprendida dentro de una población:  alfabetización, competencia analítica y capacidad para interactuar con sistemas complejos a lo largo del tiempo.  La agencia cívica concierne al grado en que los miembros de una sociedad participan en la autoría de normas y decisiones políticas.  La estructura política describe cómo se organiza y ejerce la autoridad.  Ninguna de estas dimensiones puede inferirse de manera fiable a partir de las otras.

3.  Una vez sostenidas estas distinciones, la indagación puede avanzar sobre bases empíricas y no impresionistas.  La cuestión deja de ser quién parece gobernar con eficacia o quién ocupa posiciones visibles de pericia, y pasa a ser cómo se reproduce la capacidad intelectual en el conjunto de la población.  Esto desplaza la atención hacia rasgos medibles:  composición demográfica, acceso a la educación, continuidad del aprendizaje entre generaciones y dispersión de la competencia profesional.

4.  La estructura poblacional es el primero de estos rasgos.  La proporción entre ciudadanos y no ciudadanos, la permanencia de la residencia y las vías mediante las cuales los individuos se integran en las instituciones sociales inciden directamente en las afirmaciones sobre autosuficiencia intelectual.  Allí donde una sociedad depende en gran medida de poblaciones transitorias o de mano de obra calificada importada, la capacidad intelectual puede estar presente sin ser socialmente reproducida.

5.  La educación, en este sentido, no se considera un índice de prestigio ni de clasificación internacional, sino un mecanismo de continuidad.  Lo decisivo no es la existencia de instituciones de élite, sino si el aprendizaje se organiza como un sistema público a través del cual cohortes sucesivas adquieren capacidades comparables.  Cuando el acceso educativo es desigual o discontinuo, la vida intelectual tiende a concentrarse.

6.  Las evaluaciones comparables del aprendizaje, aun con sus límites, ofrecen un punto adicional de orientación.  Su valor reside menos en la clasificación absoluta que en la dispersión de los resultados.  Un sistema en el que el alto rendimiento se concentra en un segmento estrecho difiere fundamentalmente de otro en el que la competencia se distribuye ampliamente y el bajo desempeño es relativamente raro.

7.  La composición de la fuerza laboral extiende este análisis más allá de la escolaridad hacia la vida social adulta.  La cuestión aquí es si la competencia profesional y técnica se genera predominantemente dentro de la sociedad o se provee desde el exterior.  Cuando la pericia se produce internamente, las trayectorias profesionales vinculan educación, formación e integración institucional a lo largo del tiempo.

8.  Considerados en conjunto —estructura poblacional, continuidad educativa, dispersión del aprendizaje y formación de la fuerza laboral— estos elementos permiten delinear con mayor claridad la vida intelectual.  La cuestión ya no es si la inteligencia está presente, sino si se encuentra socialmente anclada.

9.  La restricción política entra en el análisis como una consideración separada.  Los límites a la agencia cívica modelan cómo se expresa la vida intelectual, no si existe.  Allí donde la participación en la autoría política está restringida, individuos e instituciones ajustan sus esfuerzos intelectuales hacia ámbitos accesibles.

10.  Tal adaptación no debe confundirse con pasividad intelectual.  Refleja conciencia de límites más que su ausencia.  En contextos de agencia cívica restringida, la vida intelectual suele adoptar un carácter transaccional.

11.  Estas consideraciones permiten pasar de la estructura general a un caso empírico específico sin alterar los términos del análisis.  Singapur presenta una sociedad en la que la madurez intelectual no se limita a élites visibles ni a enclaves extranjeros, sino que se reproduce internamente a través de trayectorias educativas estables.

12.  Una configuración distinta aparece allí donde la capacidad intelectual no se reproduce socialmente a escala, sino que se ensambla mediante concentración externa.  En Qatar y Dubái, la competencia técnica y profesional es altamente visible, pero demográficamente segmentada.

13.  El contraste entre estas formaciones no remite a refinamiento cultural ni a inteligencia comparada.  Depende de si la madurez intelectual está integrada en la reproducción ordinaria de la sociedad o añadida como recurso funcional.

14.  Es en este punto donde la falacia neocolonial se vuelve plenamente visible.  Al atribuir la capacidad intelectual al origen extranjero o a la autoridad visible, confunde dependencia estructural con superioridad cognitiva.

15.  Una vez mantenidas estas distinciones, ciertas afirmaciones dejan de ser sostenibles.  Las equiparaciones entre orden e inteligencia ya no operan como descripciones, sino como gestos de autoridad.

16.  En ese punto, la indagación se cierra por sí misma.  Cuando la vida intelectual se examina como función de la reproducción social y no del linaje o el mando, los términos que sostienen la comparación neocolonial dejan de aplicarse.

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EPÍLOGO

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Este texto habla desde después de haber visto.  Nada de lo aquí examinado exige asentimiento.  Pero ciertos modos de hablar dejan de ser neutrales una vez que sus condiciones se hacen visibles.  Lo que permanece no es una conclusión que defender, sino un campo más estrecho en el que las afirmaciones quedan expuestas a las estructuras de las que dependen.

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APÉNDICE:  BIBLIOGRAFÍA ANOTADA

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OECD (Organisation for Economic Co-operation and Development).  2019.  PISA 2018 Results (Volume I):  What Students Know and Can Do.  Paris:  OECD Publishing.  
Este informe ofrece una evaluación comparada del rendimiento educativo en lectura, matemáticas y ciencias, con especial atención a la distribución de resultados dentro de cada país.  Su utilidad para este ensayo reside menos en los rangos absolutos que en el análisis de dispersión, continuidad y concentración del desempeño académico.

https://www.oecd.org/pisa/publications/pisa-2018-results-volume-i-5f07c754-en.htm

OECD (Organisation for Economic Co-operation and Development).  2019.  PISA 2018 Results:  Country Profiles—Singapore, Qatar, United Arab Emirates.  Paris:  OECD.  
Los perfiles nacionales permiten contrastar no solo niveles de desempeño, sino también patrones de equidad, consistencia institucional y alcance poblacional de los sistemas educativos.  Resultan esenciales para distinguir entre reproducción social del conocimiento y concentración segmentada de la competencia.

https://gpseducation.oecd.org/

OECD (Organisation for Economic Co-operation and Development).  2023.  Education at a Glance 2023:  OECD Indicators.  Paris:  OECD Publishing.  
Este compendio proporciona indicadores estructurales sobre acceso educativo, permanencia institucional y transición hacia la vida laboral.  Se emplea aquí para evaluar la continuidad intergeneracional del aprendizaje como condición de madurez intelectual socialmente distribuida.

https://www.oecd.org/education/education-at-a-glance/

Singapore Department of Statistics.  2023.  Population Trends 2023.  Singapore.  
Este informe documenta la composición demográfica, los patrones de ciudadanía y la estabilidad residencial de Singapur.  Su relevancia radica en permitir una evaluación empírica de la autosuficiencia intelectual en relación con la reproducción interna de capacidades.

https://www.singstat.gov.sg/publications/population/population-trends

Singapore Ministry of Education.  2022.  Education Statistics Digest.  Singapore.  
El compendio estadístico del Ministerio de Educación ofrece datos sobre cobertura, trayectorias educativas y resultados agregados.  Se utiliza para analizar la difusión social del aprendizaje más allá de instituciones de élite.

https://www.moe.gov.sg/resources/statistics

Qatar Planning and Statistics Authority.  2023.  Qatar Statistical Yearbook.  Doha.  
Este anuario estadístico proporciona información detallada sobre composición poblacional, fuerza laboral y sectores productivos.  Resulta clave para identificar la dependencia estructural de mano de obra y competencia externa en la configuración intelectual del país.

https://www.psa.gov.qa/en/statistics/Statistical%20Yearbook/

Federal Competitiveness and Statistics Centre (United Arab Emirates).  2023.  Statistical Yearbook of the United Arab Emirates.  Abu Dhabi.  
La publicación reúne indicadores demográficos, educativos y laborales que permiten evaluar el grado de segmentación entre población ciudadana y población expatriada.  Se emplea para analizar la concentración funcional de la pericia técnica.

https://fcsc.gov.ae/en-us/Pages/Statistics/StatisticalYearbook.aspx

World Bank.  2023.  World Development Indicators.  Washington, DC.  
La base de datos del Banco Mundial proporciona indicadores comparables sobre educación, empleo y demografía.  Se utiliza como marco de contraste para verificar tendencias estructurales sin recurrir a jerarquías normativas.

https://databank.worldbank.org/source/world-development-indicators

UNDP (United Nations Development Programme).  2022.  Human Development Report 2021/2022.  New York.  
El informe del PNUD ofrece un marco sintético sobre desarrollo humano, capacidades y condiciones estructurales.  Su inclusión permite situar los casos analizados dentro de un contexto comparativo más amplio sin reducir la complejidad a indicadores únicos.

https://hdr.undp.org/content/human-development-report-2021-22

« Eje II: La identidad como construcción mnemónica »

September 2, 2026
Ricardo F. Morín
Plantillas II
101 cm de alto x 76 cm de ancho
Acuarela sobre papel
2003
Ricardo F. Morín
Plantillas II
101 cm de alto x 76 cm de ancho
Acuarela sobre papel
2003

 

Ricardo F. Morín

31 de enero de 2026

Oakland Park, FL

 

Las personas llegan a saber quiénes son con el tiempo,  y no de una sola vez.  Una persona se reconoce a sí misma a través de acciones anteriores,  decisiones recordadas,  y compromisos pasados,  aun cuando las condiciones bajo las cuales ocurrieron esos momentos ya no sean las mismas.  Lo que se siente como continuidad no se encuentra de manera directa,  sino que se recompone mediante la memoria y la interpretación a medida que cambian las circunstancias.  Por ello,  la incertidumbre se introduce en todo esfuerzo por mantener un sentido estable del yo,  no por confusión ni engaño,  sino por el simple paso del tiempo.

 

La relación de una persona consigo misma,  por lo tanto,  nunca queda fijada en su origen.  Está mediada por la memoria,  la revisión,  y la reevaluación a medida que la vida se despliega.  Lo que alguna vez tuvo sentido como respuesta a un momento particular debe ser comprendido nuevamente bajo condiciones distintas.  La identidad no permanece asegurada solo por la intención,  porque la continuidad solo puede reconstruirse a posteriori y no conservarse intacta.

 

Una vez que la identidad debe reconstruirse en lugar de darse por sentada,  comienzan a ejercerse presiones de coherencia.  Las acciones,  declaraciones,  y compromisos pasados se tratan como parámetros con los cuales se mide al yo presente,  aun cuando las circunstancias que los produjeron ya no existan.  Se exige continuidad donde solo es posible la relación.  Aquello que funcionó como respuesta a una situación específica es llamado a servir como prueba de un yo perdurable.

 

Dado que las personas se encuentran con la identidad a través de la memoria y la interpretación y no por acceso directo,  la identidad queda sujeta a exigencias de legibilidad.  Otros se apoyan en patrones familiares de lenguaje,  conducta,  y compromiso para orientar sus expectativas.  Cuando esos patrones persisten,  se asume continuidad.  Cuando se desplazan,  surge la incertidumbre.  Lo que no puede reconocerse con facilidad suele tratarse como ausencia y no como transformación.

 

Bajo estas condiciones,  el ajuste suele leerse erróneamente como transgresión.  Los cambios realizados en respuesta a circunstancias alteradas se interpretan como desviaciones de un núcleo supuesto,  y no como recalibraciones necesarias.  Las expresiones previas del yo se tratan como compromisos vinculantes incluso cuando las condiciones que las produjeron han cambiado.  Lo que internamente se vive como adaptación es recibido externamente como traición,  no porque se haya quebrantado la confianza,  sino porque la expectativa de fijeza ha permanecido intacta.

 

Una vez completada la reconstrucción,  la identidad no ofrece un origen fijo.  Ofrece únicamente una coherencia que debe sostenerse bajo condiciones cambiantes de reconocimiento.  Los intentos de aliviar la inquietud en torno a la identidad fracasan cuando ignoran un hecho simple:  las personas cambian antes de que otros ajusten sus expectativas.  La dificultad no surge del cambio en sí,  sino de la exigencia de permanecer legible conforme a criterios que ya no se aplican.


 

« Una directriz para sobrevivir »

September 1, 2026

Triangulation Series Nº 45
10″ × 16½″
Óleo sobre lino
2009

En una reunión reciente celebrada en el edificio donde vivimos David y yo, me entregué de tal modo a conversar con nuestros vecinos que transcurrieron casi tres horas antes de que se me ocurriera tomar alguna fotografía.  Para entonces, ya estaban recogiendo el bufé y la parrilla, y comenzaban a despejar las mesas que yo había ayudado a disponer.

Durante la reunión, una vecina que había escrito un libro sobre su experiencia con la enfermedad de Parkinson me llamó para que me acercara.  Me presentó a una amiga suya, biógrafa con obra publicada, y luego me preguntó por un amigo de Florida que también padece la enfermedad.  Yo había comprado para él un ejemplar de su libro, y ella quería saber qué había sido de aquel ejemplar.

«No creo que ya recuerde el libro», les dije.  «Sin embargo, todavía tiene muchos momentos de lucidez.  Es un hombre brillante.  En algunas personas, las facultades motrices y cognitivas parecen deteriorarse a la par».

Comenzó a contarnos acerca de una consulta reciente con su especialista.  En cierto momento, la interrumpí.

«Creo que sobrevaloramos la memoria.  Cada vez que recordamos algo, volvemos a interpretarlo».

Los tres nos reímos, en parte porque lo había dicho sin preámbulo alguno.

Mi observación nos condujo de la memoria a la escritura y, de allí, a la instrucción que Kafka dejó para que se destruyera buena parte de su obra inédita.  No podíamos determinar con exactitud sus motivos, pero nos preguntamos si temía que sus textos inconclusos o fragmentarios fueran malinterpretados y acabaran condicionando la lectura de los libros que sí había decidido publicar.

«No gobernamos nuestro destino», dije.  «¿Para qué preocuparse por el legado?».

Antes de despedirnos, añadí:  «Más vale entregarnos a lo que podemos hacer ahora que permitir que el futuro nos distraiga».

Solo más tarde me pregunté si algo de aquella conversación sobreviviría a la velada y quién acabaría dándole continuidad.  Aún no advertía que mi propia presencia allí ya se debía, en parte, a la vida de otra persona.

Una vecina fallecida dos años atrás me había recordado en cierta ocasión la importancia de participar y relacionarme con los demás miembros de nuestra comunidad.  Incluso había propuesto mi nombre como posible voluntario para el comité social.  Comprendí que aquel consejo no era casual, sino fruto de toda una vida.  Ella sabía que permanecer vinculado a los demás exigía un esfuerzo deliberado.

Su sugerencia también me inquietó:  ¿por qué dedicaba tanto tiempo a escribir, una actividad solitaria que podía convertirse a su vez en una forma de retraimiento?  ¿La escritura me mantenía atento a la vida o estaba sustituyendo la cercanía por la reflexión?

No había comprendido del todo su consejo en aquel momento.  Sin embargo, allí estaba yo, colaborando en la organización de una reunión comunitaria y pasando de una conversación a otra hasta casi perder la noción del tiempo.  Ya estaba obrando conforme a su consejo, aunque nunca me hubiera propuesto seguirlo de manera consciente.  Sus palabras se habían incorporado a mi vida sin que ninguno de los dos lo hubiese previsto.

Otra vecina me había confiado su temor de perder la memoria.  Nada en su apariencia permitía advertir con facilidad el cambio que ella ya había empezado a reconocer en sí misma.  Conservaba suficiente lucidez para temer su avance.  Había muerto apenas dieciséis días antes de que yo comenzara a escribir estas páginas.

Mi afirmación de que sobrevaloramos la memoria puede parecer insensible ante semejante temor.  No pretendía decir que perderla fuese irrelevante ni que pudiera explicarse el terror de sentir cómo se aleja el propio pasado.  Quise decir que la medida de una persona no puede reducirse a la continuidad de sus recuerdos.  Mi amigo de Florida sigue siendo brillante aun cuando la memoria le falla.  La memoria no nos restituye intacta la experiencia; todo acto de recordar interpreta el pasado desde el presente.

La vecina que me llamó durante la reunión dio prueba de ello sin proponérselo.  Aunque vive con la enfermedad de Parkinson, recordó a mi amigo, el libro que había escrito y el gesto mediante el cual yo había querido acercar sus experiencias.  Quien podía ser juzgada por las limitaciones de su memoria y de sus movimientos era precisamente quien recordaba a otra persona.

La edad no se manifiesta de igual modo en todos los habitantes del edificio.  Una vecina de ochenta y cinco años parece varias décadas menor, tanto por su aspecto como por su ánimo.  Ha hablado públicamente del compromiso que ha mantenido durante toda su vida con el apoyo a jóvenes emprendedores del ámbito artístico.  La juventud que ella transmite no proviene únicamente de su apariencia, sino también de aquello hacia lo que dirige su interés:  proyectos que apenas comienzan y personas con el porvenir aún abierto.

Durante nuestra conversación, le conté que mi hermana había muerto en febrero de 2025.  Su muerte me había devastado no solo por haberla perdido, sino porque ya no podía seguir definiéndome a partir de mi preocupación por su bienestar.  Ella me contó que su hermano había muerto dos años antes y que había experimentado algo semejante:  «El duelo mengua», me dijo, «pero la tristeza nunca».  En cada caso, la muerte había cambiado también la manera en que cada uno se comprendía a sí mismo.

Sus palabras me llevaron a mencionar una idea que entonces asociaba con la física cuántica; ahora pienso que tenía en mente algo más próximo a lo que algunos físicos, a partir de la relatividad de Einstein, han llamado universo en bloque.  Se trata de una interpretación entre otras posibles, según la cual el pasado, el presente y el futuro no llegan a existir de manera sucesiva, sino que coexisten dentro de un mismo espacio-tiempo, mientras que lo que experimentamos como el paso del tiempo podría ser menos un hecho físico que un hábito de percepción.  Me pregunté, sin insistir en ello, si quienes hemos perdido seguirían ocupando ese mismo continuo dentro de un orden temporal que nuestra experiencia no nos permite percibir en su totalidad.  No supe entonces qué hacer con esa idea, y no estoy seguro de saberlo ahora.

Otra vecina, viuda desde hace apenas unos años y hoy de noventa y tres, ha vuelto a abrir su vida a la compañía de otra persona.  Después de leer mis ensayos de carácter diagnóstico sobre matemáticas, lingüística e inteligencia artificial, me escribió:

«Me hacen pensar de maneras que nunca se me habían ocurrido y considerar ideas que hasta entonces no había contemplado.  Gracias por compartirlos conmigo».

Su mensaje expresaba algo más que gratitud.  A los noventa y tres años, seguía dispuesta a dejar que ideas nuevas ensancharan el horizonte de cuanto había considerado hasta entonces.  Su nueva relación y su respuesta a los ensayos revelaban dos manifestaciones de una misma receptividad:  la disposición a permanecer abierta tanto a un afecto que no daba por concluido como a un pensamiento que no daba por acabado.

La vecina de ochenta y cinco años y la de noventa y tres permanecen abiertas a lo que aún pueda suceder.  Esa apertura no anula las pérdidas sufridas por cada una.  Su vitalidad revela una de las formas que puede asumir la supervivencia cuando la fortuna lo permite.

Solo unos días antes de la reunión, me encontré con otra mujer cuya agudeza y belleza clásica había admirado durante mucho tiempo.  Dos años atrás, había servido de testigo en una elección celebrada en nuestro vecindario.  Hablaba poco, pero cuando lo hacía se comprendía que era una persona seria y de verdadera entidad.  Me intimidaba y temía que cualquier cosa que yo dijera no estuviera a su altura.

En nuestro reciente encuentro junto al ascensor, me miró con una tristeza tan honda que yo no tenía derecho a conjeturar su causa.  Su apariencia había cambiado, y su piel ya no conservaba la luminosidad que yo recordaba.  Sin embargo, la dignidad con que sostuvo mi mirada estaba tan presente como la tristeza de sus ojos.

A la antigua intimidación se sumó entonces el pesar.  La había admirado sin aprovechar la oportunidad de conocerla.  No me correspondía examinar la transformación de su belleza.  Lo que sí me incumbía era la distancia que yo había permitido que subsistiera entre reconocerla y llegar a conocerla.

No puedo ordenar las enfermedades y los duelos de mis vecinos hasta convertirlos en un argumento consolador sobre la capacidad de sobreponerse.  La fortuna no los ha tratado por igual, y sus vidas no existen para impartirme lecciones.  Aun así, todo encuentro tiene consecuencias:  lo que pasa entre las personas puede seguir obrando mucho después de que haya desaparecido la ocasión que lo hizo posible.

No puedo resolver mi incertidumbre acerca de la escritura limitándome a declararla otra forma de atención.  Este ensayo puede dejar constancia de que escuché; también puede ser otro intervalo dedicado a escribir sobre mis vecinos en vez de sentarme con ellos.  El correo de mi vecina de noventa y tres años impide que esa división permanezca intacta.  Unas palabras escritas en soledad habían entrado en una relación y regresado a mí transformadas por el pensamiento de otra persona.  El intercambio no resuelve la cuestión, pero me impide reducir la soledad y el vínculo con los demás a términos excluyentes.

La escritura no puede devolvernos a quienes han muerto ni detener lo que la edad y la enfermedad alteran.  A lo sumo, puede dejar constancia de cuanto sus vidas han modificado en la mía.  Que esa constancia se convierta en participación o en retraimiento dependerá de lo que haga cuando concluya la página.

Kafka había intentado decidir lo que el futuro no recibiría.  Mi vecina me había aconsejado, sencillamente, que permaneciera entre los demás.  Dos años después de su muerte, yo había pasado la velada haciendo precisamente eso, aunque ya no era quien había sido antes de la muerte de mi hermana.

Cuando comprendí lo que aquella velada me había revelado, ya habían recogido el bufé y la parrilla.  Las mesas estaban despejadas, pero las conversaciones permanecían.

Ricardo F. Morín

1 de septiembre de 2026

Bala Cynwyd, Pensilvania