« Una directriz para sobrevivir »


Triangulation Series Nº 45
10“ x 16 ½”
Oleo sobre lino
2009

En una reunión reciente celebrada en el edificio donde vivimos David y yo, me entregué de tal modo a conversar con nuestros vecinos que transcurrieron casi tres horas antes de que se me ocurriera tomar alguna fotografía. Para entonces, ya estaban recogiendo el bufé y la parrilla, y comenzaban a despejar las mesas que yo había ayudado a disponer.

Durante la reunión, una vecina que había escrito un libro sobre su experiencia con la enfermedad de Parkinson me llamó para que me acercara. Me presentó a una amiga suya, biógrafa con obra publicada, y luego me preguntó por un amigo de Florida que también padece la enfermedad. Yo había comprado para él un ejemplar de su libro, y ella quería saber qué había sido de aquel ejemplar.

«No creo que ya recuerde el libro», les dije. «Sin embargo, todavía tiene muchos momentos de lucidez. Es un hombre brillante. En algunas personas, las facultades motrices y cognitivas parecen deteriorarse a la par».

Comenzó a contarnos acerca de una consulta reciente con su especialista. En cierto momento, la interrumpí.

«Creo que sobrevaloramos la memoria. Cada vez que recordamos algo, volvemos a interpretarlo».

Los tres nos reímos, en parte porque lo había dicho sin preámbulo alguno.

Mi observación nos condujo de la memoria a la escritura y, de allí, a la instrucción que Kafka dejó para que se destruyera buena parte de su obra inédita. No podíamos determinar con exactitud sus motivos, pero nos preguntamos si temía que sus textos inconclusos o fragmentarios fueran malinterpretados y acabaran condicionando la lectura de los libros que sí había decidido publicar.

«No gobernamos nuestro destino», dije. «¿Para qué preocuparse por el legado?».

Antes de despedirnos, añadí: «Más vale entregarnos a lo que podemos hacer ahora que permitir que el futuro nos distraiga».

Solo más tarde me pregunté si algo de aquella conversación sobreviviría a la velada y quién acabaría dándole continuidad. Aún no advertía que mi propia presencia allí ya se debía, en parte, a la vida de otra persona.

Una vecina fallecida dos años atrás me había recordado en cierta ocasión la importancia de participar y relacionarme con los demás miembros de nuestra comunidad. Incluso había propuesto mi nombre como posible voluntario para el comité social. Comprendí que aquel consejo no era casual, sino fruto de toda una vida. Ella sabía que permanecer vinculado a los demás exigía un esfuerzo deliberado.

Su sugerencia también me inquietó: ¿por qué dedicaba tanto tiempo a escribir, una actividad solitaria que podía convertirse a su vez en una forma de retraimiento? ¿La escritura me mantenía atento a la vida o estaba sustituyendo la cercanía por la reflexión?

No había comprendido del todo su consejo en aquel momento. Sin embargo, allí estaba yo, colaborando en la organización de una reunión comunitaria y pasando de una conversación a otra hasta casi perder la noción del tiempo. Ya estaba obrando conforme a su consejo, aunque nunca me hubiera propuesto seguirlo de manera consciente. Sus palabras se habían incorporado a mi vida sin que ninguno de los dos lo hubiese previsto.

Otra vecina me había confiado su temor de perder la memoria. Nada en su apariencia permitía advertir con facilidad el cambio que ella ya había empezado a reconocer en sí misma. Conservaba suficiente lucidez para temer su avance. Había muerto apenas dieciséis días antes de que yo comenzara a escribir estas páginas.

Mi afirmación de que sobrevaloramos la memoria puede parecer insensible ante semejante temor. No pretendía decir que perderla fuese irrelevante ni que pudiera explicarse el terror de sentir cómo se aleja el propio pasado. Quise decir que la medida de una persona no puede reducirse a la continuidad de sus recuerdos. Mi amigo de Florida sigue siendo brillante aun cuando la memoria le falla. La memoria no nos restituye intacta la experiencia; todo acto de recordar interpreta el pasado desde el presente.

La vecina que me llamó durante la reunión dio prueba de ello sin proponérselo. Aunque vive con la enfermedad de Parkinson, recordó a mi amigo, el libro que había escrito y el gesto mediante el cual yo había querido acercar sus experiencias. Quien podía ser juzgada por las limitaciones de su memoria y de sus movimientos era precisamente quien recordaba a otra persona.

La edad no se manifiesta de igual modo en todos los habitantes del edificio. Una vecina de ochenta y cinco años parece varias décadas menor, tanto por su aspecto como por su ánimo. Ha hablado públicamente del compromiso que ha mantenido durante toda su vida con el apoyo a jóvenes emprendedores del ámbito artístico. La juventud que transmite no proviene únicamente de su apariencia, sino también de aquello hacia lo que dirige su interés: proyectos que apenas comienzan y personas con el porvenir aún abierto.

Durante nuestra conversación, le conté que mi hermana había muerto en febrero de 2025.  Su muerte me había devastado no solo por haberla perdido, sino porque ya no podía seguir definiéndome a partir de mi preocupación por su bienestar.  Ella me contó que su hermano había muerto dos años antes y que había experimentado algo semejante.  En ambos casos, la muerte también había cambiado la manera en que cada uno se comprendía a sí mismo.

Otra vecina, viuda desde hace apenas unos años y hoy de noventa y tres, ha vuelto a abrir su vida a la compañía de otra persona. Después de leer mis ensayos de carácter diagnóstico sobre matemáticas, lingüística e inteligencia artificial, me escribió:

«Me hacen pensar de maneras que nunca se me habían ocurrido y considerar ideas que hasta entonces no había contemplado. Gracias por compartirlos conmigo».

Su mensaje expresaba algo más que gratitud. A los noventa y tres años, seguía dispuesta a dejar que ideas nuevas ensancharan el horizonte de cuanto había considerado hasta entonces. Su nueva relación y su respuesta a los ensayos revelaban dos manifestaciones de una misma receptividad: la disposición a permanecer abierta tanto a un afecto que no daba por concluido como a un pensamiento que no daba por acabado.

La vecina de ochenta y cinco años y la de noventa y tres permanecen abiertas a lo que aún pueda suceder.  Esa apertura no anula las pérdidas sufridas por cada una.  Su vitalidad revela una de las formas que puede asumir la supervivencia cuando la fortuna lo permite.

Solo unos días antes de la reunión, me encontré con otra mujer cuya agudeza y belleza clásica había admirado durante mucho tiempo. Dos años atrás, había servido de testigo en una elección celebrada en nuestro vecindario. Hablaba poco, pero cuando lo hacía se comprendía que era una persona seria y de verdadera entidad. Me intimidaba y temía que cualquier cosa que yo dijera no estuviera a su altura.

En nuestro reciente encuentro junto al ascensor, me miró con una tristeza tan honda que yo no tenía derecho a conjeturar su causa. Su apariencia había cambiado, y su piel ya no conservaba la luminosidad que yo recordaba. Sin embargo, la dignidad con que sostuvo mi mirada estaba tan presente como la tristeza de sus ojos.

A la antigua intimidación se sumó entonces el pesar. La había admirado sin aprovechar la oportunidad de conocerla. No me correspondía examinar la transformación de su belleza. Lo que sí me incumbía era la distancia que yo había permitido que subsistiera entre reconocerla y llegar a conocerla.

No puedo ordenar las enfermedades y los duelos de mis vecinos hasta convertirlos en un argumento consolador sobre la capacidad de sobreponerse. La fortuna no los ha tratado por igual, y sus vidas no existen para impartirme lecciones. Aun así, todo encuentro tiene consecuencias: lo que pasa entre las personas puede seguir obrando mucho después de que haya desaparecido la ocasión que lo hizo posible.

No puedo resolver mi incertidumbre acerca de la escritura limitándome a declararla otra forma de atención. Este ensayo puede dejar constancia de que escuché; también puede ser otro intervalo dedicado a escribir sobre mis vecinos en vez de sentarme con ellos. El correo de mi vecina de noventa y tres años impide que esa división permanezca intacta. Unas palabras escritas en soledad habían entrado en una relación y regresado a mí transformadas por el pensamiento de otra persona. El intercambio no resuelve la cuestión, pero me impide reducir la soledad y el vínculo con los demás a términos excluyentes.

La escritura no puede devolvernos a quienes han muerto ni detener lo que la edad y la enfermedad alteran. A lo sumo, puede dejar constancia de cuanto sus vidas han modificado en la mía. Que esa constancia se convierta en participación o en retraimiento dependerá de lo que haga cuando concluya la página.

Durante la reunión, había preguntado por qué habría alguien de preocuparse por su legado si ninguno de nosotros gobierna su destino.  Después comprendí que el afán de controlar la forma en que seremos comprendidos puede convertirse a la vez en vanidad y autoengaño.  Sin embargo, dos vidas ya concluidas se habían hecho presentes aquella velada de maneras distintas:  el consejo de una vecina había encontrado un porvenir en mi conducta, mientras que la muerte de mi hermana había transformado la manera en que me comprendía a mí mismo.  Ninguna de aquellas consecuencias había sido concebida como legado.

El presente al que había exhortado a entregarnos estaba, por tanto, formado en parte por cuanto aquellas vidas habían dejado en la mía.  El pasado no había llegado intacto hasta mí.  Había sido reinterpretado como conducta y como comprensión de mí mismo, tal como yo había afirmado que la memoria reinterpreta siempre lo vivido.  Si de todo ello llega a surgir un legado, quizá consista en esto:  no en un patrimonio sobre el cual los muertos conserven potestad, sino en una consecuencia que ya no pueden supervisar.

Cuando comprendí lo que aquella velada me había revelado, ya habían recogido el bufé y la parrilla. Las mesas estaban despejadas, pero las conversaciones permanecían.

Ricardo F. Morín

1de Septiembre de 2026

Bala Cynwyd, Pensilvania


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