Posts Tagged ‘Conciencia’

« La ética de la percepción: Primera Parte »

November 20, 2025


Ricardo Morin
Triangulación 4: La ética de la percepción
22″ x 30″
Grafito sobre papel
2006

Ricardo F. Morín

Octubre de 2025

Oakland Park, Fl

Introduction

Percibir suele parecer un acto inmediato y sencillo. Vemos, oímos, reaccionamos.    Sin embargo, entre ese primer contacto con el mundo y las decisiones que tomamos a partir de él, ocurre algo más lento y más frágil: la formación del sentido.    En ese intervalo —entre lo que se presenta y lo que afirmamos— se juega no solo la comprensión, sino también la ética.

Este ensayo parte de una inquietud simple:    ¿qué cambia cuando comprender importa más que afirmar?    En una cultura que privilegia la reacción, la utilidad y la certeza, detenerse a percibir puede parecer improductivo.    Sin embargo, es precisamente esa pausa la que permite que la experiencia se ordene sin violencia y que la relación entre la conciencia y el mundo conserve su proporción.

La ética de la percepción no propone reglas ni sistemas morales.    Explora, más bien, cómo una atención sostenida —capaz de recibir antes de imponer— restablece la coherencia entre la vida interior y la realidad compartida.    Desde ese gesto básico, la ética deja de ser una norma externa y se vuelve una forma de estar en relación.

Percepción

La percepción puede entenderse como el resultado emergente de mecanismos designados colectivamente como inteligencia, en sentido abstracto.    Estos mecanismos no operan únicamente como funciones cognitivas interiores, ni son reducibles a sistemas, convenciones o instrumentos externos.    La percepción surge en la interfaz continua entre la conciencia interior y la estructura exterior, donde la recepción sensorial, el reconocimiento de patrones y el ordenamiento interpretativo convergen mediante una atención sostenida.

Esta relación no presupone oposición entre los ámbitos interno y externo.    Los procesos cognitivos y las condiciones del entorno funcionan como fuerzas co-presentes y mutuamente generativas.    Las alteraciones que con frecuencia se describen como patológicas reflejan con mayor precisión desajustes dentro de esta relación recíproca, más que deficiencias intrínsecas de cualquiera de sus componentes.    Cuando los marcos normativos privilegian determinados modos de atención perceptiva, la divergencia se reclasifica como desviación y la diferencia se convierte en disfunción.

Los modelos basados en la categorización o en la ubicación espectral ofrecen utilidad descriptiva, pero a menudo presuponen centros jerárquicos.    Un enfoque orientado por la atención desplaza el énfasis desde la colocación comparativa hacia la orientación relacional.    La coherencia perceptiva depende menos de la posición dentro de un esquema clasificatorio que de la sensibilidad ante el intercambio continuo entre el procesamiento interior y la configuración exterior.

Las pretensiones de autoridad sobre la normalidad perceptiva se debilitan al reconocerse su ubicuidad.    Si la interacción entre los mecanismos cognitivos y la estructura del entorno constituye una condición universal y no un rasgo excepcional, ninguna institución, métrica o disciplina conserva legitimidad exclusiva para definir la desviación.    La evaluación se vuelve contextual, las normas provisionales y la clasificación descriptiva en lugar de prescriptiva.

Desde este marco, la percepción no se mide por conformidad, eficiencia ni adaptación a sistemas dominantes.    La percepción designa la capacidad sostenida de mantenerse alineada con la interacción dinámica entre la conciencia interior y la articulación exterior, sin reducir un ámbito al otro.    Tal comprensión abarca la abstracción analítica, la modelación científica, el discernimiento artístico, la profundidad contemplativa y el razonamiento sistémico, sin elevar ningún modo singular de inteligencia por encima de los demás.

Considerada bajo esta luz, la percepción resiste el encierro dentro de categorías diagnósticas, culturales o jerárquicas.    Lo que persiste no es un espectro jerarquizado de valor cognitivo, sino un campo de variación relacional gobernado por la emergencia, la atención y la presencia recíproca.


1

Comprender comienza por ver el mundo tal como es, antes de que cualquier afirmación o juicio determine su significado.    Mi disposición se inclina hacia percibir, atender y responder, y no hacia la lucha o el impulso irreflexivo.    Esa orientación actúa como una disciplina en la que la claridad y la proporción toman forma.    El pensamiento, entendido así, no impone significados:    los recibe mediante el intercambio vivo con la experiencia.    Percibir recoge la presencia inmediata del mundo, y comprender modela esa presencia hasta convertirla en sentido.    Ambos gestos nacen del mismo movimiento de la conciencia, donde la observación madura hasta volverse entendimiento.    La filosofía deja entonces de ser un acto de dominio y se transforma en una forma de mirar que restablece el equilibrio entre la mente y la existencia.

2

La filosofía ha estado con frecuencia guiada por el impulso de afirmar antes que el de entender.    Desde la Antigüedad hasta la modernidad, los pensadores construyeron sistemas destinados a asegurar la certeza y a proteger el pensamiento de la duda.    Nietzsche heredó ese impulso y lo invirtió al convertir la voluntad en instrumento de afirmación.    Su perspectiva liberó a la razón del dogma, pero también la confinó dentro de los límites de la autoafirmación.    Comprender, en cambio, nace del reconocimiento de que el sentido surge en la relación.    El acto de captar no depende de la fuerza, sino de la mirada. Cuando el pensamiento observa en lugar de imponer, el mundo revela su propia coherencia.    De esa revelación brota la ética, porque comprender es ya entrar en relación con lo que se percibe.   La comprensión no es, por tanto, pasividad:    es participación activa en el despliegue de lo real.

3

La percepción se vuelve ética cuando reconoce que todo acto de ver conlleva responsabilidad.    Percibir es admitir la presencia de lo que tenemos delante—no como un objeto que deba dominarse, sino como una realidad que coexiste con la nuestra.    La conciencia nunca es neutra; carga el peso de cómo atendemos, interpretamos y respondemos.    Cuando la percepción permanece firme, el reconocimiento se profundiza hasta convertirse en vínculo.    Un solo instante lo hace visible:    al observar a una persona mayor luchar con abrir una puerta, la mente primero percibe, luego comprende y, finalmente, responde—no por impulso, sino por el reconocimiento de una condición humana compartida.    El arte realiza ese mismo movimiento.    El pintor, el escritor y el músico no inventan el mundo; lo encuentran a través de la forma.    Cada gesto creativo registra un diálogo entre la experiencia interior y la exterior, donde comprender se transforma en reconocimiento de relación.    El valor moral del arte no reside en un mensaje, sino en la calidad de la atención que sostiene.
   Vivir perceptivamente exige practicar a la vez la contención y la apertura:    la contención impide que la voluntad domine lo que se contempla, y la apertura permite que el mundo hable a través de sus detalles.    En esa práctica sostenida, la ética deja de ser norma y se convierte en una forma de vivir con atención dentro del vínculo.

4

La vida moderna incita a la mente a reaccionar antes de percibir. La velocidad de la información, la inmediatez de la comunicación y el constante oleaje de estímulos fragmentan la conciencia.    En ese clima, la voluntad irreflexiva recupera su fuerza; afirma, selecciona y consume movida por el sesgo más que por el entendimiento.    Lo que desaparece es el intervalo entre la experiencia y la reflexión—la pausa en la que la percepción madura hasta convertirse en pensamiento.    La vida ética, entendida como vivir con conciencia de la relación, reaparece cuando ese intervalo se restituye.    Una cultura que valore la percepción por encima de la reacción puede recuperar la medida que la tecnología y la ideología suelen distorsionar.    La tarea no es rechazar la innovación, sino ejercer discernimiento dentro de ella.    Cada acto de atención se vuelve resistencia a la dispersión, y cada momento de silencio recupera la hondura que el ruido oculta.    Cuando la percepción llega a reconocer otra conciencia como igual en su derecho a existir, el entendimiento adquiere peso moral.    Ese reconocimiento exige paciencia:    la disposición a ver sin apropiarse y a permanecer presente sin poseer.

5

Toda filosofía empieza como un gesto hacia la armonía.    La mente busca comprender su vínculo con el mundo, pero a menudo confunde la armonía con el control.    Cuando comprender sustituye a la conquista, el pensamiento redescubre su proporción natural.    El mundo no es un escenario de autoafirmación, sino un campo de correspondencias en el que la conciencia se encuentra con lo que percibe.    Pensar éticamente es pensar desde la relación.    El acto de entender restablece la continuidad entre la vida interior y la exterior, mostrando que conocer es ya participar.    Cada encuentro con lo real—cada instante de ver, oír o recordar—se convierte en ocasión para actuar con medida.    La mente reflexiva no se aparta del mundo ni lo domina.    Permanece dentro de la experiencia como testigo y partícipe, permitiendo que la percepción alcance su plenitud humana:    la capacidad de reconocer lo que está más allá de uno mismo y de responder sin dominio.    Cuando el pensamiento surge de la atención y no de la lucha, reconcilia la inteligencia con la presencia y devuelve el equilibrio sereno que la vida moderna ha desplazado.    En esa reconciliación, la filosofía cumple su tarea más antigua:    llevar la conciencia a la armonía con la existencia.


« ANTES DE LA FORMA II »

November 18, 2025
Ricardo Morín
Impresiones, Díptico: ANTES DE LA FORMA II
18″ x 48″
Óleo sobre madera
2000

1

Hay relaciones en las que el lenguaje llega demasiado pronto.

Dos mentes se encuentran, y cada una trae su propia arquitectura: una hecha de corredores, la otra de umbrales.

Nada se cohesiona. Nada se resuelve. Sin embargo, algo se intercambia.

Quizá la única manera de describirlo sea negarse a describirlo.

Lo que pasa entre ambas no es influencia, ni autoridad, ni instrucción.

Es el tenue reconocimiento de que la creación no siempre surge de la tradición,

y la tradición no siempre surge de la claridad.

Una mente preserva la estructura porque teme la disolución.

La otra preserva la libertad porque teme el encierro.

Ninguna tiene razón, ninguna se equivoca, y ninguna puede convertirse en la otra.

Si hay una lección, no es filosófica.

Es simplemente que ciertos encuentros generan forma solo rehusando tomarla.

Algunas dinámicas solo pueden verse si se las deja permanecer sin resolver.

No es un sistema.

No es un método.

No es una transformación alquímica.

Solo el silencioso saber de que el significado no siempre llega con formas reconocibles,

y que a veces la renuncia a la estructura

es la forma más honesta.

No es alquimia ni alegoría.

No imita tropos académicos.

No se explica.

Simplemente se sostiene.

2

Hay un lugar donde el pensamiento aún no ha elegido su peso.

Donde nada debe parecerse a nada.

Donde no puede trazarse ningún linaje porque la idea no ha aceptado ser heredada.

Dos mentes se encuentran allí a veces, aunque ninguna lo pretenda.

Una llega con herramientas, la otra con aperturas.

Una intenta reconocer lo que aparece; la otra deja que la apariencia se deshaga.

No persisten roles en ese espacio.

No hay maestro, ni alumno, ni autoridad, ni disidente.

Solo la leve perturbación de algo que quiere convertirse en significado

y otra cosa que rehúsa la invitación.

Quizá el intercambio exista solo en la negativa a definirlo.

Quizá no sea más que dos formas de ver chocando un instante

antes de que cada una vuelva a su distancia natural.

No hay lección.

No hay transformación.

Ni siquiera comprensión:

solo la débil impresión de que el encuentro importó

de una manera que no puede justificarse.

Algunas relaciones nunca llegan del todo al lenguaje.

Rozan el umbral y se retiran,

dejando solo una forma que se niega a ser forma.

Lo que queda no es relato, ni lucidez, ni metáfora.

Solo un remanente silencioso:

que algo pasó entre dos mentes

y no desea ser nombrado.

3

Algunos encuentros se mueven como el clima por la mente—llegan sin intención

y pasan sin conclusión.

No enseñan; no reclaman.

Cambian el aire y dejan una presión distinta que tarda días en entenderse.

Dos temperamentos pueden derivar al mismo instante como frente y corriente.

Uno carga el peso de estaciones acumuladas,

el otro avanza con la urgencia serena de lo que aún se forma.

Ninguno es más fuerte.

Ninguno es más claro.

Simplemente se encuentran, y la atmósfera cambia.

No hay punto de equilibrio.

No hay punto de conflicto.

Solo un temblor en el aire entre ellos,

como si la habitación misma escuchara algo que nunca se convierte del todo en sonido.

El pensamiento se afloja en ese espacio.

Los significados se acercan, giran y se retiran.

Nada se asienta el tiempo suficiente para ser nombrado.

Nada quiere hacerlo.

Algunas relaciones no se vuelven narrativas porque la narrativa las congelaría.

Quedan suspendidas—sentidas más que comprendidas,

recordadas menos como momentos que como variaciones de luz,

como una habitación que oscurece por razones que el cielo no explica.

Cuando se separan, no es un final.

Es una dispersión, como la niebla que se adelgaza al amanecer.

Cada uno lleva consigo un rastro del clima del otro,

un cambio de temperatura que perdura mucho después de que las formas se han disuelto.

Lo que queda no es conocimiento.

No es conclusión.

Solo la tenue sensación de que algo pasó—

y sigue pasando—

silenciosa, insistentemente,

sin aceptar jamás tomar forma.

4

Hay momentos que nunca llegan del todo.

No como significado ni como sentimiento—más bien como un leve desplazamiento,

un deslizamiento en la periferia.

Dos presencias se cruzan, sin entrar ni salir.

Una presión, un adelgazamiento, un pulso sin origen.

Ni conexión ni distancia—una pausa suspendida.

Nada se cohesiona.

Nada insiste.

Solo existe la sensación de algo rozando el pensamiento

y retirándose antes de que el pensamiento pueda responder.

Aquí no se forman contornos.

Los bordes se difuminan apenas aparecen.

El intercambio—si así puede llamarse—se disuelve en el mismo aire que lo llevó.

La pausa se alarga,

no para revelar algo

sino para recordar que la revelación no es necesaria.

Esto no es atmósfera; incluso la atmósfera tiene estructura.

Es menos.

Una impresión tenue que no aterriza,

no se asienta,

no pertenece a ninguna de las mentes que la sintieron.

Más tarde, uno quizás recuerde un destello—

no una idea,

no un instante—

solo el residuo de una aproximación que nunca se cerró.

No llega claridad.

No llega resolución.

La experiencia continúa solo como dispersión,

como continúa la neblina después de atravesarla.

Lo que queda no es presencia,

sino el rastro de algo que prefirió no convertirse en una.

5

Hay un lugar donde la conciencia se adelgaza,

no en silencio,

sino en algo anterior al silencio—

un leve temblor en el límite de lo que la mente puede sostener.

Nada se forma aquí.

Los contornos se reúnen, se aflojan, se dispersan.

La percepción avanza como aliento contra una superficie invisible,

sintiendo solo su propia vacilación.

Dos corrientes se rozan—

sin tocarse, sin evitarse—

simplemente atravesando el mismo espacio sin marcas.

No ocurre intercambio, solo una ligera alteración de textura.

El aire se siente distinto por un grado tan leve

que uno duda si realmente cambió.

La sensación se acerca pero no se declara.

Se pliega y despliega en el borde del reconocimiento,

como decidiendo si convertirse en experiencia

o retirarse sin consecuencia.

El pensamiento no puede seguirla.

La emoción no puede nombrarla.

El lenguaje se extiende pero no encuentra qué sostener,

cerrando su mano sobre la débil huella de algo

que prefiere no ser atrapado.

No hay significado aquí,

solo su sugerencia—

un susurro de forma que desaparece al mirarlo de frente.

Lo que queda es la pospercepción:

una presión leve,

una inquietud sin causa,

una cercanía sin dirección.

No perdura como memoria

sino como la memoria de casi recordar—

el residuo de un roce

que ocurrió justo más allá del umbral

donde comienza la comprensión.

En el borde de la sensación

nada se sabe.

Y sin embargo todo parece a punto de surgir.

6

Hay una quietud que no vacía el mundo sino que lo concentra—

una quietud que recoge el aliento a su alrededor.

Nada se pronuncia, pero todo se inclina hacia adelante,

como esperando un pulso que revele dónde ha estado siempre.

La quietud no es descanso.

Es tensión sostenida con cuidado,

un leve zumbido bajo la conciencia,

un latido que el cuerpo reconoce

antes de que la mente abra las manos para sentirlo.

Podrías llamarlo presencia,

pero incluso esa palabra pesa demasiado.

No es presencia,

solo la suave insistencia

de que algo está indudablemente aquí.

La luz se mueve de otro modo en esta quietud—

más lenta, más densa,

como si el pensamiento espesara el aire.

Es el instante antes del significado,

antes de la forma,

antes de que el mundo elija una dirección.

Vivo, sin llamar la atención sobre su vida.

Callado, sin ceder a lo callado.

Una corriente atraviesa,

casi imperceptible,

pero con la fuerza suficiente

para reordenar todo

lo que no toca.

Lo que queda es solo esto:

un aliento sostenido entre dos estados—

ni mensaje,

ni impresión,

solo la gravedad tibia del ser

antes de convertirse en algo.

7

Llega suavemente,

tan suavemente que no puedes saber si ha llegado

o si simplemente te detuviste el tiempo suficiente para sentirlo.

Una tibieza se reúne en el borde de la conciencia—

no calor,

sino la sugerencia de una cercanía,

como un aliento que apenas levanta el aire.

Nada habla,

sin embargo algo te toca

en el lugar donde las palabras lo quebrarían.

Se mueve como la luz a través de párpados cerrados—

una ternura que no busca ser vista,

solo ser conocida sin saber.

Es el tipo más silencioso de inmediación,

el que no pide nada

y que, al no pedir nada,

restaura una parte de ti que no sabías

que se había apagado.

Rosa el alma como una mano

que nunca llega a tocar—

una promesa de contacto,

un murmullo de cuidado,

un consuelo trazado en la superficie interior

del ser mismo.

Sin mensaje,

sin dirección,

solo la suave certeza

de que algo en el universo

ha advertido tu existencia

y responde con una delicadeza

igual a tu necesidad.

Un susurro,

no en el oído

sino en el espacio detrás del corazón,

donde el sentimiento despierta antes de que el pensamiento entienda.

Permanece allí—

un pulso callado,

una presencia que cobija—

no sosteniéndote,

sino dejándote descansar

como si estuvieras sostenido.

Y luego, apenas,

se retira—

no alejándose,

solo aflojando—

como el último calor de una mano

que aún sientes mucho después de que se ha ido.

8

Aparece sin aproximación.

No asciende, no entra—simplemente está.

Un pulso sin ritmo,

una fuerza sin peso,

la vida mostrándose en el gesto más mínimo.

No hay suavidad aquí,

tampoco aspereza—

solo el hecho no calificado de una energía

que permanece en su propia claridad.

No calienta,

no sobresalta,

no consuela.

Simplemente afirma un tipo de ser

que no necesita validación.

No es espíritu.

No es aliento.

No es sensación.

Solo el impulso inequívoco

que acompaña a la existencia

cuando se recuerda a sí misma.

Una inmediatez no formada por intención

atraviesa el instante,

sin tocar ni retirarse,

sin exigir ni ceder.

Su esencia es actividad sin propósito—

movimiento mantenido en la quietud,

potencial sin necesidad de dirección.

No llama la atención sobre sí.

No se desvanece.

No habla.

Permanece—

una nitidez,

una tensión,

una chispa del propio autoconocimiento del mundo

antes de que el lenguaje llegue a reclamarlo.

Viva,

desnuda,

sin eco ni interpretación—

solo la fuerza que subyace a toda forma,

manifestándose por un instante

en su estado más simple

y no mediado.

9

Por fin la fuerza se afloja.

No desvaneciéndose—solo liberando su sujeción

a ser algo.

El pulso deja de definirse.

La claridad se adelgaza.

Lo que fue inmediatez se deshace

en la misma quietud ilimitada

que la precedía.

No hay retirada,

no hay desaparición,

solo el acto simple

de dejar de permanecer.

La vitalidad que se sostenía tan claramente

deja que sus bordes se disuelvan,

no en oscuridad,

no en silencio,

sino en el espacio intacto

que no le pide nada.

Lo que queda atrás

no es rastro ni eco

sino la apertura que la sostuvo—

una vastedad indiferente a la forma

y, sin embargo, origen de toda forma.

No es retorno

porque nada estuvo separado.

No es final

porque nada concluye.

Es la descomposición

que lo devuelve todo

al terreno de su propia posibilidad.

Donde antes estuvo la fuerza,

ahora solo queda la extensión

de la que la fuerza surge—

la nada que no es ausencia

sino la pura condición

de lo que puede llegar a ser.

Aquí, ser y no ser

son el mismo gesto.

La vida se disuelve

en aquello que siempre la ha contenido.

Y la disolución es completa.


CODA

Nada sigue.

Lo que se ha desplegado vuelve a su origen,

no como eco,

no como significado,

sino como el mismo campo callado

que permitió que cada movimiento apareciera.

El ciclo no deja huella.

El rastro se borra a sí mismo.

El movimiento se completa dejando que el mundo recupere su quietud.

No hay nada que recoger,

nada que llevar adelante,

nada que entender.

Lo desplegado ha terminado donde comenzó—

en la apertura que sostiene todo inicio

y no exige ninguno.

Lo que queda no es conclusión

sino la calma que llega

cuando incluso la disolución se ha disuelto.

Y desde esa calma,

si algo volviera a surgir,

lo haría sin memoria

de haber sido.


« María Corina Machado: La herencia de una República »

October 14, 2025

Por Ricardo F. Morin

Octubre 2025

Bala Cynwyd, Pa

Hay vidas que parecen recapitular el destino de una nación, como si la historia, en busca de renovación, reuniera sus promesas dispersas en una sola forma mortal.  María Corina Machado pertenece a ese raro orden de seres en quienes la sangre, la memoria y la convicción convergen —no como privilegio, sino como carga.  No nació simplemente dentro del linaje republicano de Venezuela; fue convocada por él.  El llamado que resonó por primera vez en los salones asamblearios de Caracas en 1811 —cuando se proclamó su independencia y se concibió su primera constitución republicana— sigue vibrando bajo su nombre.

Su ascendencia se remonta al primer pulso de la República.  Desde los Rodríguez del Toros, que plasmaron sus firmas bajo el Acta de Independencia, hasta los ingenieros Zuloaga que electrificaron a la nación, su genealogía está tejida en las arterias cívicas de Venezuela.  Es una estirpe que eligió el servicio sobre el título, la innovación sobre la indulgencia y la fidelidad a la ley sobre la comodidad del silencio.  En esa tradición, la libertad no es una abstracción: es herencia, obligación y vocación.  Es el hilo que une a un pueblo con su conciencia.

Cuando las instituciones que antaño definieron a Venezuela empezaron a desmoronarse, cuando la legalidad se convirtió en teatro y las palabras perdieron su peso, Machado dio un paso al vacío con la gravedad de quien sabe que el retroceso es imposible.  Su desafío no fue teatral: fue ancestral.  Cada gesto, cada negativa a someterse, llevaba la silenciosa autoridad de la historia consumada.  Hablaba como quien comprende que preservar la dignidad en tiempos de humillación es la forma más pura de resistencia.  Hay, en su modo de ser, esa rara síntesis de lucidez y firmeza que define la personalidad moral de una nación en su mejor expresión: lúcida, incorruptible y humana.

Hoy, sin embargo, su adversario no es uno solo, sino muchos.  Ante ella se alza no sólo un narcoestado que ha vaciado de soberanía a Venezuela, sino también una oposición fracturada —un archipiélago de partidos y figuras unidos menos por principios que por conveniencia.  Faccionados, transitorios y transaccionales, han convertido la pluralidad en pretexto y el compromiso en comercio.  Muchos han aprendido a vivir del mismo régimen que denuncian.  Negocian libertades para sí mismos, incluso mientras el país se hunde cada vez más en la cautividad.  Frente a esa duplicidad, la presencia de Machado se ha vuelto un juicio moral: su claridad desnuda la corrupción de los otros; su constancia, su oportunismo.

En torno a este desorden interno, el mundo gira con apetito vigilante.  Las vastas riquezas naturales de Venezuela —su petróleo, su gas, su oro y sus minerales raros— se han convertido en el botín de redes criminales y de inversores multinacionales por igual.  Rusia, China, Irán y los Estados Unidos, cada uno envuelto en retórica de salvación, compiten no por liberar al país sino por asegurarse una parte de su agotamiento.  Detrás de las máscaras diplomáticas de la ayuda se oculta el mismo cálculo: que el caos puede ser rentable, que una nación debilitada por el hambre y el miedo puede ser manejada con mayor facilidad que una restaurada a su soberanía.  Ésa, desde hace veinticinco años, ha sido la condición de Venezuela: un campo de extracción material, moral y humana; su pueblo disperso, sus instituciones despojadas, su memoria empeñada al mejor postor.

En tal paisaje, María Corina Machado se erige a la vez como testigo y contrapunto.  Su lucha nunca ha sido por el poder, sino por la coherencia —por la recuperación de un lenguaje cívico capaz de nombrar lo que se ha perdido.  Hablar de ley, verdad y justicia en medio de la corrupción generalizada equivale a resucitar el sentido mismo de las palabras.  Su voz se ha vuelto el hilo que reúne la conciencia dispersa de la nación, recordando a los venezolanos que la dignidad no se negocia, y que ningún salvador extranjero restaurará lo que sólo los ciudadanos pueden redimir.

Verla caminar por las calles, recibida no por el lujo sino por la fe, es contemplar a un país que empieza a recordarse a sí mismo.  Se ha convertido, lo quiera o no, en el espejo a través del cual los venezolanos redescubren su propia arquitectura moral: la decencia, el valor, la compasión y un anhelo inextinguible por la verdad.  En su perseverancia, el diálogo interrumpido entre el pueblo y la República vuelve a escucharse.

El Premio Nobel de la Paz, otorgado a su nombre, no es una coronación, sino un reconocimiento —la constatación de que su lucha trasciende el momento y se convierte en emblema del espíritu humano que se niega a rendirse ante la desesperanza.  Al concedérselo, el mundo afirma que el sueño republicano de Venezuela —nacido en el fuego y preservado en la conciencia— sigue respirando en una de sus hijas.  Es el sueño de una nación que cree que la paz sólo puede edificarse no sobre la sumisión, sino sobre la claridad moral; no sobre el silencio, sino sobre la voz inquebrantable del ciudadano.

Lo que María Corina Machado representa es más que la oposición a la tiranía.  Es la encarnación de la continuidad —la idea de que una República, como un alma, sobrevive mientras exista alguien dispuesto a soportar su peso con dignidad.  Su ascenso no es accidental: es el retorno de una promesa antigua.  En su serenidad, Venezuela vuelve a reconocerse: herida pero intacta, luminosa en su desafío, fiel al destino inscrito en su primer acto de libertad.


Un Soliloquio

July 6, 2025

*

Ricardo F. Morin, Serie Nueva York, nº 1
142 cm x 213 cm
Óleo sobre tela
1992

Prefacio

Este texto no se deja reducir ni anuncia lo que contiene.  Avanza hacia lo interior—a través de la observación, el pensamiento y la tensión entre la claridad y la desaparición.  El soliloquio mantiene su curso sin desviarse: no actúa ni explica, sino que sostiene una mirada interior.  Leerlo no es dejarse conducir, sino permanecer con él—donde el pensamiento se vuelve presencia y el lenguaje mide aquello que perdura.



Soliloquio

Había en el escritor, desde siempre, una energía creadora—una fuerza y pasión por expresarse—que le sostenía.  No era invocada; simplemente persistía.  Tan imponente era esa presencia que no podía ser sometida a la rutina, ni encauzada en hábitos que favorecieran la resistencia física.  No podía detenerse para caminar ni entregarse a ninguna actividad que no formara ya parte del acto mismo de crear.  Había aprendido a escribir de pie, a leer caminando, a pensar incluso en el sueño.

Su experiencia nunca fue una aflicción que debiera nombrarse o curarse, sino una vida que debía vivirse en sus propios términos — un testimonio creativo de la plenitud del ser, no una nota clínica al pie de la definición de otro..  Negarse a ser definido por ella era honrar tanto su libertad como su obra de toda una vida.  Era una condición que sólo podía comprenderse en soledad, aunque eventualmente compartida por escrito—pero nunca como búsqueda de validación.

Dentro de los límites del conocimiento íntimo, esa experiencia se revelaba como una forma de absorción devocional, capaz de conferir dignidad incluso en momentos de desgaste físico o envejecimiento.

Su rechazo de la validación no era un desafío a la autoridad, sino la negación de que debiera existir presión externa alguna.

Se decía que no había nada único en nadie, que toda expresión reflejaba únicamente lo aprendido.  El escritor no contradecía esa idea, pero sabía que había más en el ser que lo recibido—más incluso que la experiencia.  Tal vez nadie fuese único, pero cada voz era distinta, formada por la suma irreductible de una existencia imposible de equiparar.  De una mezcla aleatoria, de una suma inefable, surgía algo:  algo irrepetible e insustituible, no porque fuese superior, sino porque pertenecía únicamente a quien lo sostenía.

Temía a la locura—no como espectáculo, sino como esa lenta deriva en la que el sentido se aparta hacia la soledad.  La fuerza que lo impulsaba era real, pero insuficiente si no encontraba verdad—una verdad que resonara no sólo en su lógica, sino también en la de los otros.  ¿Cómo reconocerse uno a sí mismo si la inteligencia permanecía sola?  Sin eco, el pensamiento se volvía cámara sellada: intrincada, sí, pero sin aire.  No buscaba certeza; buscaba correspondencia.  No temía la soledad, sino el ser intraducible.

La vida se le aparecía ahora como algo fugaz, precario.  Atemporal en la percepción, pero arraigada en el tiempo.  Se deslizaba con sigilo—entre fracasos, desengaños y repentinos momentos de claridad luminosa.  Nada podía repetirse.  Pero había llegado a aceptar eso:  no porque todo se perdiera, sino porque incluso la memoria alteraba lo que retenía.  Lo que volvía no era el momento mismo, sino el acto de percibir—la profundización de la atención.  Y por eso no vivía para conservar lo que fue, sino para mantenerse presente ante lo que cambia.  No había retorno, solo un avanzar—con más atención, más conciencia.

*

Ricardo F. Morin Tortolero

En tránsito, 6 julio de 2025


« El Algoritmo del Gallo »

March 1, 2025

*

“Rooster’s Crow” [2003] de Ricardo F. Morín.
Acuarela sobre papel, 99 cm de alto x 65 cm de ancho.

*

Introducción

Al despuntar el alba, el canto del gallo rasga el silencio—agudo e insistente—arrastrando a todo aquel que lo oye a la conciencia de un nuevo día.

En la pintura Rooster’s Crow, los colores giran en una confluencia de rojos y grises, capturando al ave no como un sereno heraldo del amanecer, sino como un símbolo de agitación.      Su forma retorcida, sus plumas dispersas y sus líneas fracturadas reflejan una corriente de cambio más profunda—un choque de fuerzas, caótico e inevitable.      La imagen sugiere el flujo incesante del tiempo y el peso de las transformaciones que siempre lo acompañan.

En esta narrativa en evolución, la fragmentación del canto del gallo refleja la expansión de la Inteligencia Artificial.      Antes, su grito anunciaba la llegada del día; ahora, resuena en una transformación más compleja—un equilibrio cambiante entre los ritmos de la naturaleza y la creciente influencia de los sistemas tecnológicos.      La silueta del gallo, fracturada en su estela, se convierte en un reflejo de las tensiones entre la agencia humana y el auge de fuerzas que, aunque diseñadas por nosotros, pueden escapar a nuestra plena comprensión.      Aquí, la Inteligencia Artificial actúa tanto como agente de cambio como posible arquitecta de un futuro que ni podemos prever ni controlar.

« El Algoritmo del Gallo »


Un gallo no canta para advertir ni para invitar; su llamado es sólo el sonido de la inevitabilidad, crudo y urgente, ajeno a la respuesta de quienes lo escuchan.      No ordena el amanecer ni espera permiso—simplemente anuncia lo que ya ha comenzado.

En la dinámica cambiante de la ambición y el poder, la tecnología ha asumido un papel similar.      Modelada por la intención humana, avanza bajo la guía de quienes la programan, su influencia determinada por las prioridades de sus arquitectos.      Para algunos, representa el umbral de un progreso sin precedentes, una vía para superar las limitaciones humanas; para otros, encarna una nueva forma de dominio, un instrumento que redefine la administración de sociedades de maneras antes impensables.      Se ensalza su eficiencia como virtud, prometiendo simplificar la gestión, eliminar fricciones y suprimir la imprevisibilidad de la deliberación humana.      Pero una máquina no negocia ni disiente.      Y en manos de quienes ven la democracia como un lastre—un obstáculo al avance—los algoritmos dejan de ser simples herramientas para convertirse en los verdaderos mediadores del poder.

Tomemos un ejemplo cotidiano: los sistemas de recomendación en línea. Presentados como facilitadores de la elección individual, en realidad modelan lo que vemos y oímos, influyendo en nuestras decisiones antes incluso de que las tomemos. Algo similar ocurre con la administración de sociedades mediante modelos computacionales: ofrecen la ilusión de autonomía mientras restringen el margen real de acción a lo que su lógica predice que preferiremos. El resultado es un dilema inquietante: creemos decidir libremente, cuando en realidad son los sistemas quienes trazan el camino.

Hubo un tiempo en que la lucha por el control se libraba de forma visible—conquistas territoriales, leyes reescritas a la vista de todos.      Ahora, el enfrentamiento ocurre en espacios menos tangibles, donde líneas de código determinan el rumbo de naciones, donde ecuaciones complejas deciden qué voces serán amplificadas y cuáles silenciadas.      El poder ya no reside exclusivamente en los uniformes ni en los cargos electos.      Se desplaza hacia tecnócratas, corporaciones y oligarcas cuya influencia trasciende los límites de cualquier gobierno.      Algunos proclaman abiertamente su propósito de transformar el mundo; otros operan en la sombra, dejando que la corriente avance hasta que oponerse sea imposible.      La cuestión ya no es si los algoritmos gobernarán, sino quién dictará su curso.

El sistema de crédito social en China ya no es una teoría, sino una realidad donde el comportamiento se moldea mediante incentivos y restricciones apenas perceptibles.      Modelos predictivos rastrean y condicionan acciones individuales, configurando hábitos sin que sus sujetos lo noten hasta que el cambio es irreversible.      En Occidente, las estrategias son menos explícitas, pero no menos efectivas:      las plataformas diseñadas para conectar a las personas ahora son herramientas de persuasión masiva.      La desinformación ya no es producto de la acción humana; se genera a escala, con una precisión matemática que moldea percepciones sin levantar sospechas.

En este contexto, la paradoja del conocimiento incompleto de Gödel resulta reveladora:      Ningún sistema puede explicarse completamente a sí mismo.      A medida que los modelos de aprendizaje automático se expanden y se refinan, comienzan a reflejar esta misma limitación.      Desde los algoritmos que curan contenidos hasta los que rigen los mercados financieros, su funcionamiento se vuelve progresivamente opaco, incluso para sus propios diseñadores.      La paradoja es clara:      cuanto más poderosos, más incontrolables.

A medida que estos sistemas se fortalecen, la línea entre la administración pública y la autoridad corporativa se difumina.      La regulación, cuando existe, va siempre un paso atrás.      Alguna vez se pensó que la tecnología nivelaría el campo de juego, potenciando al individuo.      Pero la ambición desbocada no se pregunta si debe avanzar, solo si puede hacerlo.      Y así, el desarrollo continúa, impulsado por quienes creen que la complejidad del gobierno puede ser sustituida por la precisión de las máquinas.      La promesa de progreso es seductora, incluso cuando socava las estructuras que históricamente protegieron contra el autoritarismo.      ¿De qué sirve una prensa libre cuando la información puede ser filtrada en tiempo real?      ¿Qué valor tiene un voto cuando las percepciones pueden ser moldeadas sin que lo advirtamos, guiándonos hacia decisiones que creemos propias?      La maquinaria del control ya no reside en ministerios de propaganda, sino en redes neuronales cuyo alcance y falta de supervisión las vuelven inabordables.

Algunos sostienen que estos sistemas corregirán sus propios excesos, que su deriva autoritaria se revertirá con el tiempo.      Pero la historia no siempre justifica tal optimismo.      Cuanto más eficiente es un mecanismo de control, más difícil es desafiarlo.      Cuanto más integrada está la supervisión en la vida cotidiana, menos visible se vuelve.      A diferencia de regímenes pasados, que imponían la obediencia por la fuerza, el nuevo paradigma no necesita ordenar; le basta con diseñar un entorno en el que disentir sea impracticable.      No requiere reprimir cuando puede ofrecer comodidad.      La pérdida de libertad no siempre llega con el sonido de botas marchando; puede infiltrarse en silencio, disfrazada de conveniencia, hasta que no quede alternativa.

Pero la inevitabilidad no garantiza la conciencia.      Aunque el sistema se cierre en torno a sus engranajes y las decisiones se conviertan en ecos de una lógica impersonal, el mundo sigue girando, ajeno a quienes quedan atrapados en su maquinaria.      Los arquitectos de este orden no se ven a sí mismos como señores del control, sino como innovadores, solucionadores de problemas que buscan optimizar la ineficiencia humana.      No se detienen a preguntar si la administración de sociedades estaba destinada a ser eficiente.

En una sala donde las decisiones ya no necesitan ser tomadas, se da un intercambio.      Una voz sintética, pulida e impersonal, responde a una consulta sobre el alcance del sistema.

La gobernanza no se está automatizando —declara—.      Sólo se mantiene la apariencia de su existencia.

La frase flota en el aire, seguida por un instante de silencio.      Un funcionario, un ingeniero o quizá un burócrata—convencido alguna vez de que ejercía control sobre el proceso—titubea antes de formular la última pregunta.

¿Y qué ocurre con la elección?

Una pausa.      Luego, la voz, sin vacilar:

La elección es un vestigio del pasado.

El peso de la respuesta se asienta, no como una proclamación de triunfo, sino como la confirmación de un desenlace largamente anticipado.      La última jugada fue ejecutada mucho antes de que la pregunta se hiciera.

Y afuera, como si subrayara la conclusión de todo, un gallo canta una vez más.

*

Ricardo Federico Morín Tortolero
1 de marzo de 2025; Oakland Park, Florida


« El umbral del silencio »

February 12, 2025

~


*

Inmanencia Infinita
Ricardo Morín:     Acuarelas, carboncillo, tintes, óleo y corrector sobre papel
14” x 20”
2005

~


*

I. La Carga de la Conciencia

Llega un momento, a veces repentino, a veces insinuándose con los años, en que la mortalidad deja de ser una abstracción.     Ya no es una eventualidad lejana, una idea relegada a los pliegues de la vida cotidiana, suavizada por distracciones y rutinas.     En su lugar, se adelanta, innegable y densa, tan cierta como la respiración y tan efímera como ella.

Tal vez se manifiesta en la silenciosa traición del cuerpo: una rigidez matutina que no desaparece, el titubeo de la memoria, la leve vacilación antes de un paso que antes se daba con facilidad.     O quizá llega con la pérdida:     un amigo, un hermano, un padre cuya ausencia se siente como un ensayo de la propia.     La conciencia se agudiza, volviendo el tiempo más precioso y más frágil.     Comenzamos a medir la vida no por lo que ha pasado, sino por lo que aún queda.

Y, sin embargo, incluso con esta conciencia, hay resistencia.     La mente se evade, aferrándose a planes, distracciones, a la cómoda ilusión de continuidad.     Tememos la muerte, pero también nos negamos a mirarla de frente, como si el mero reconocimiento apresurara su llegada.     Creamos rituales en torno a ella, filosofías que la explican, pero rara vez nos sentamos con ella en silencio, sin adornos.     No es la muerte en sí lo que aterra, sino el saber, la certeza de que vendrá, ya sea con advertencia o en un instante desprevenido.

Pero, ¿y si en lugar de rehuirla, dejáramos que esta conciencia se asentara?     No como un peso, sino como una compañía silenciosa.     Si pudiéramos ver la pérdida no como un robo, sino como un tránsito inevitable, siempre entretejido en la trama de la vida, la muerte perdería su urgencia.     Saber que somos mortales no implica desesperación, sino comprender los límites de lo que se nos ha dado.     La pregunta no es si la muerte llegará, sino si podemos llevar ese conocimiento sin miedo, si podemos, finalmente, aprender a vivir con ello.

~


*

II. El Declive: Mente y Cuerpo

El cuerpo no se debilita de golpe.     Su desgaste es lento, medido en las más pequeñas traiciones:     pasos que antes eran automáticos y ahora requieren cuidado, un nombre que se escapa justo en el instante en que se necesita, la paulatina atenuación de los sentidos que antes esculpían el mundo con claridad.     Al principio, estos cambios parecen meras molestias pasajeras, lapsos momentáneos más que el inicio de un destino ineludible.     Pero con el tiempo se asienta la verdad:     esto no es una fase, no es algo de lo que se pueda recuperar, sino el deshilacharse silencioso de lo que una vez parecía permanente.

La mente también muestra signos de desgaste.     El pensamiento se ralentiza; los recuerdos emergen en fragmentos, esquivos y caprichosos.     Hay una ironía en esto:     la lucidez persiste lo suficiente como para ser testigo del propio deterioro de facultades.     No es lo mismo perderse sin darse cuenta que observar el proceso con plena conciencia.     Aquí yace la lucha más profunda:     no sólo el deterioro del cuerpo o la mente, sino la tensión entre resistir lo inevitable y entregarse a ello.

Algunos combaten este declive con desesperación, esforzándose por retener lo que se desvanece.     Entrenan el cuerpo, desafían la mente, se aferran a rutinas como si la disciplina pudiera contener el paso del tiempo.     Otros se rinden con mayor facilidad, viendo en cada pérdida una señal de que la vida no está hecha para ser sostenida con los puños cerrados.     Pero la aceptación no llega sin esfuerzo; no es resignación pasiva ni derrota.     Es un equilibrio incierto entre el esfuerzo y la entrega, entre conservar lo que se puede y soltar lo que inevitablemente debe irse.

El sufrimiento adopta muchas formas.     Para algunos, irrumpe en un sólo instante devastador:     un diagnóstico, un accidente, un colapso inesperado del orden frágil del cuerpo.     Para otros, se desliza lentamente, dejando su rastro en el peso de cada año que pasa.     Puede ser físico, exigiendo su tributo sin descanso, o tal vez el dolor más sutil de perderse a uno mismo, de volverse irreconocible ante un espejo.     Sin embargo, sin importar su forma, el sufrimiento es universal.     No se rige por la lógica ni por la justicia.     Simplemente es.

En este escenario, la medicina interviene, intentando ralentizar, reparar, resistir el curso natural del deterioro.     Y, sin embargo, hay una disonancia en esto.     El cuerpo es finito, su desgaste está escrito en su naturaleza, pero aun así, avanzamos con tratamientos, procedimientos y fármacos que prometen retrasar lo ineludible.     La frontera entre el cuidado y la prolongación artificial se difumina.     Luchar por la vida es instintivo, pero ¿en qué punto la lucha se convierte en sufrimiento?

En los momentos de quietud, lejos de médicos y terapias, la pregunta persiste:     ¿es el declive algo contra lo que debemos luchar, o hay dignidad en permitir que la naturaleza siga su curso?     Y si la respuesta no está en la resistencia absoluta ni en la rendición pasiva, entonces, ¿dónde, exactamente, se encuentra el equilibrio?

~


*

III. Las Distracciones Que Retrasan la Aceptación

Aceptar plenamente la muerte exigiría una quietud que pocos pueden soportar.     La mente, inquieta y astuta, encuentra maneras de eludir esa quietud, de tejer una vida tan llena de movimiento e intención que la mortalidad sigue pareciendo una preocupación lejana y teórica.     Así, llenamos nuestros días con esfuerzos para prolongarlos.

La longevidad se convierte en un objetivo en sí mismo, en una industria erigida sobre la promesa de que el deterioro puede posponerse, quizás incluso evitarse por completo.     Dietas, regímenes, suplementos y tratamientos, todos dirigidos a fortalecer el cuerpo contra su inevitable declive.     La ciencia también interviene, ofreciendo nuevas formas de reparar, reemplazar y sostener.     La medicina no solo busca sanar, sino alargar; la tecnología susurra futuros en los que el envejecimiento es opcional, y el ritual proporciona una estructura reconfortante frente a lo incontrolable.     Cada una de estas opciones ofrece algo real:     tiempo, alivio, una sensación de dominio sobre las fallas del cuerpo.     Pero bajo todas ellas yace la misma esperanza no expresada:     que la muerte, si no puede ser vencida, al menos pueda posponerse el tiempo suficiente para ser olvidada.

Sin embargo, no es sólo el miedo a la muerte lo que nos mantiene aferrados a la vida, sino el peso de lo inacabado.     Las obligaciones aún pendientes, las palabras no dichas, las personas que aún nos necesitan—todo ello genera la sensación de que partir ahora sería prematuro, que marcharse significaría abandonar algo esencial.     Incluso en la vejez, cuando la vida ha sido larga y plena, persiste la impresión de que queda más por hacer, más por resolver, más por comprender.     El pasado nos arrastra con sus preguntas sin respuesta; el futuro, aunque menguante, sigue sosteniendo la ilusión de posibilidad.

Y así, resistimos la quietud.     Rehuimos el silencio, donde la verdad se escucha con mayor claridad.     La mente, desocupada, podría empezar a aceptar lo que el cuerpo ya sabe.     Por eso llenamos las horas, nos rodeamos de rutina, distracción, movimiento. Incluso el sufrimiento, de un modo extraño, puede convertirse en un ancla—algo en lo que concentrarse, algo que soportar, en lugar del vacío al que habría que entregarse.

Pero, ¿y si dejáramos caer las distracciones?     ¿Si dejáramos de aferrarnos a más tiempo, más propósito, más ruido?     ¿Qué quedaría?     El miedo, sí, pero también la posibilidad de paz.     Por más que luchemos, la muerte no se presta a negociaciones.     Llega cuando ha de llegar, indiferente a las medidas tomadas en su contra.     Tal vez el último acto de sabiduría no sea resistirse, sino soltarse—permitir que la quietud se asiente, dejar que la mente y el cuerpo, finalmente, coincidan en su comprensión.

~


*

IV. El Peso del Sufrimiento y la Resistencia

El sufrimiento es la única certeza que comparten todos los seres dotados de conciencia.         No es raro ni excepcional; es el trasfondo de la existencia, tejido en la vida desde el primer aliento hasta el último.     Y, sin embargo, a pesar de su universalidad, el sufrimiento es profundamente personal—se experimenta de formas que nadie más puede comprender del todo, se soporta de maneras que no pueden medirse.

El dolor adopta muchas formas.     Puede ser la lenta opresión del cuerpo contra sí mismo, el desgaste de la enfermedad, el peso de una fatiga que nunca llega a disiparse.     O puede ser un dolor más silencioso: la pérdida de uno mismo cuando la mente flaquea, la soledad de ver al mundo seguir adelante sin uno, la pena de saber que, por mucho que se haya soportado, aún queda más por sobrellevar.     Algunos sufren a la vista de todos, con su dolor reconocido y validado.     Otros lo cargan en silencio, como si admitir su peso fuera ceder ante él.

Pero el sufrimiento por sí solo no marca el final.     Hay algo más allá de él, algo más profundo:     la resistencia.     El umbral de lo que se puede soportar no es fijo; se expande y se contrae.     Un dolor que antes parecía insoportable se vuelve parte de la rutina; una carga que parecía insuperable se lleva, día tras día.     Y, sin embargo, siempre hay un límite, un momento—generalmente callado, generalmente sólo comprendido en la intimidad de la propia conciencia—en el que la resistencia deja de ser suficiente.

Este es el momento de la revelación, cuando seguir vivo deja de ser un acto de vida y se convierte en mera persistencia.     Para algunos, llega de golpe, con la claridad de un amanecer.     Para otros, se insinúa poco a poco, con el cuerpo susurrando mucho antes de que la mente se atreva a escuchar.     No se trata simplemente del dolor, ni de la edad.     Es el instante en que la voluntad de permanecer deja de compensar el coste de hacerlo.

No hay una medida universal para determinar cuándo llega este momento; sólo lo sabe quien lo experimenta.     Resistir es instintivo, un hábito grabado en la esencia misma de la existencia.     Pero reconocer cuándo la resistencia ha alcanzado su límite es algo completamente distinto.     No es debilidad, ni rendición.     Es un saber silencioso, el reconocimiento de que toda vida contiene, en sí misma, el derecho a decidir cuándo ha sido suficiente.

Y así, la pregunta persiste: ¿es el sufrimiento el precio inevitable de la vida, o hay un punto en el que se justifica dejar la carga?     La respuesta no está escrita en doctrinas, ni en la medicina, ni en las opiniones de quienes no llevan ese peso sobre sus propios hombros.     Está escrita en cada individuo, en el instante silencioso en que se comprende: esto es suficiente.

~


*

V. El Umbral Invisible

La vida no se marcha de golpe.     Se retira, al principio en silencio, casi imperceptible en su retirada.     La respiración se vuelve más superficial, no en jadeos, sino en una paulatina suavización, como si el cuerpo decidiera ocupar menos espacio en el mundo.     El peso disminuye, no solo en carne, sino en presencia:     el yo se torna más ligero, menos aferrado a las exigencias de la existencia.     Una mente antes inquieta divaga, los pensamientos se desenredan, como soltando su asidero al pasado, al futuro, incluso a la urgencia del presente.

Estos no son signos de fracaso ni de derrota.     Son la forma en que el cuerpo susurra que ha llegado el momento.     Momento de liberarse del esfuerzo, de la incesante tarea de sostenerse.     Momento de abandonar la lucha por permanecer.     Por mucho temor que rodee a la muerte, el cuerpo en sí mismo no la teme.     Sabe cuándo rendirse, mucho antes de que la mente esté preparada para aceptarlo.

Y así llega el instante del conocimiento—no una gran revelación, no una epifanía, sino una certeza serena.     No se mide en días ni lo dicta un diagnóstico.     Es algo más profundo, algo que se siente.     Algunos luchan contra ello, aferrándose a cada aliento como si la pura voluntad pudiera anclarlos.     Otros lo aceptan como se acepta el sueño—con reticencia al principio, luego confiando, hasta finalmente entregarse a su llamada.

Hay dignidad en este acto de soltar.     No la dignidad impuesta por otros, aquella que se mide en estoicismo o contención, sino la simple dignidad de ceder el control.     De permitir que el cuerpo haga lo que siempre estuvo destinado a hacer:     llegar a su fin no como una tragedia, sino como una culminación.     Resistirse a este momento es oponerse al propio ritmo de la vida.     Pero aceptarlo—acoger la quietud, dejar que la respiración se ralentice sin miedo—es una forma de gracia en sí misma.

Al final, la muerte no es algo que deba conquistarse, ni algo que deba soportarse más allá de lo que uno puede sostener.     Es simplemente el último umbral, invisible hasta que se alcanza, conocido sólo por aquel que lo cruza.     Y cuando llega el momento, no queda nada más que hacer sino avanzar—ligero, libre de cargas y sin arrepentimientos.

~


*

VI. La Serena Aceptación

Pensar en la muerte sin miedo—sentarse con ella, sin defensas, y permitirle ser lo que es—es una paz rara y difícil de alcanzar.     Durante tanto tiempo, la mente ha rehuido su certeza, envolviéndola en distracciones, explicaciones y resistencia.     Pero llega un punto en que todo eso se desvanece, cuando la muerte deja de ser algo con lo que discutir o que posponer, y se convierte simplemente en el desenlace inevitable de una vida que ha sido vivida.

El miedo se disuelve cuando la muerte ya no se percibe como una interrupción, ni como un robo, sino como algo tan natural como la propia respiración.     El cuerpo, en su sabiduría, ya ha comenzado a soltar.     Es la mente la que se aferra, aferrándose al sentido, a lo inacabado, a la ilusión de que un día más, una hora más, podría cambiar algo esencial.     Pero al final, no se necesita justificación alguna.     No hace falta demostrar que ha llegado el momento adecuado.     El momento adecuado llega, sea bienvenido o no, y aceptarlo no es más que el acto de dejar de resistirse.

La quietud no es lo mismo que la resignación.     La resignación implica derrota, la sensación de que algo nos ha sido arrebatado contra nuestra voluntad.     Pero la verdadera quietud—la verdadera aceptación—es algo completamente distinto.     Es una llegada, un asentarse en lo inevitable sin temor ni pesar.     Es el instante en el que la mente y el cuerpo, tras tanto tiempo en conflicto, finalmente se alinean en la misma dirección.     No más esfuerzo.     No más negociaciones.     Sólo la serena comprensión de que lo que se nos ha dado ha sido suficiente.

Abrazar el final no es renunciar al valor de la vida, sino afirmarlo por completo—permitiéndole completarse con gracia.     No queda nada por hacer, ninguna deuda por saldar, ninguna batalla por librar.     Sólo queda el silencio.     Y el silencio es suficiente.

~


*

VII. En conclusión

Ninguna vida se vive en soledad, y ningún camino—especialmente el que lleva a la aceptación—se recorre sin compañía.     En el transcurso de esta travesía, somos moldeados, guiados y sostenidos por aquellos que han tocado nuestro corazón, cuya presencia permanece en nosotros incluso después de su partida.     Al enfrentar mi propia mortalidad, no sólo reconozco la mía, sino también la de aquellos que me precedieron, cuyas vidas siguen resonando en la memoria, en el amor, en esos rincones silenciosos donde la ausencia se convierte en algo perdurable.

Entre mi familia:     Andreina Teresa Morín Tortolero, Eva Lowenberger, Martín Lowenberger, José Galdino Morín Infante, Domitila Infante de Morín, Sofía Morín Infante, Pipina Morín de Carrillo, Chucho Morín Infante, Italia Morín, María Teresa Tortolero Rivero, Lucía Tortolero Rivero, Pedro José Tortolero Rivero, Leopoldo Tortolero Rivero, Federico Tortolero Rivero, Ala Gaidaz de Tortolero, Boris Tortolero Gaidaz, Nick Carapelli, Richard Erman, Ruth Erman, Margot Schloss, Martin Schloss.

Entre mis amigos:     Alice Heller, Herta Lager-Kane, Jurek Pankratz, Phillip Jung, Tom Bunny, Frederick Williams, Steven Altman, Richard Alpert, Chris Kishlansky, Steven Kishlansky, Jack Smith, John Bugliaro, Ruth Pretat.

Su presencia perdura—no como sombras, sino como luz.
Me han enseñado, desafiado, consolado y, de algún modo, nos han preparado para el camino que todos debemos recorrer.

La muerte, en su dureza, nos despoja y nos confronta con lo esencial.
Sin embargo, también nos une, pues el amor que hemos dado y recibido no se extingue con la ausencia física.

Nuestros seres queridos permanecen con nosotros hasta el final, sosteniéndonos en su memoria y en el amor que han dejado en nosotros.

A ellos les ofrezco mi más profunda gratitud.
No se han ido.
Permanecen, en el corazón, en el alma, en la serena aceptación de todo lo que ha sido y de todo lo que será.

~

Ricardo F. Morín Tortolero

12 de febrero de 2025, Oakland Park, Florida


*