El mito de la ruptura

September 30, 2025

La continuidad como condición habilitante del cambio


Ricardo F. Morín
El mito de la ruptura
Acuarela, creyón de óleo, pluma sharpie negro y gesso sobre papel
10”x12”
2003

Nada humano comienza desde la nada. Las instituciones, las lenguas, los sistemas de creencias y las obras de arte surgen siempre de aquello que las precede. Crear no significa rechazar la herencia, sino transformarla. Todo acto de creación se nutre de una percepción, una memoria y una experiencia acumuladas. Esta idea resulta crucial para comprender la cultura contemporánea, en la que las proclamaciones de un cambio sin precedentes suelen ocultar profundas continuidades bajo la superficie de la novedad. Los seres humanos, sujetos a la temporalidad, no pueden desprenderse de lo que ha sido; sólo pueden reorganizar y reinterpretar los materiales que ya tienen a su alcance.

La noción de invención suele describirse como una ruptura con el pasado, un salto hacia lo desconocido. Sin embargo, incluso las transformaciones más radicales están modeladas por lo que vino antes. Los ideales de la democracia moderna, por ejemplo, no surgieron espontáneamente. Se construyeron sobre ideas clásicas griegas de ciudadanía entendida como responsabilidad cívica compartida, arraigada en la isonomia —la igualdad ante la ley— y en la convicción de que la autoridad legítima emana de la deliberación y participación de los ciudadanos libres. También se inspiraron profundamente en concepciones romanas del derecho como un orden universal y racional capaz de unir a diversos pueblos en un marco político común, así como en el principio de res publica, que concebía al Estado como una entidad pública orientada al bien común y no a la voluntad de un solo gobernante. Estas ideas fundacionales, adaptadas y reinterpretadas a lo largo de los siglos, proporcionaron la arquitectura intelectual sobre la cual se erigieron las instituciones democráticas modernas. La percepción enmarca la invención: proporciona el vocabulario, los supuestos y las herramientas conceptuales que hacen posible las nuevas ideas. Aquello que parece completamente nuevo aún lleva la huella de aquello que trató de superar. Un examen más detallado revela que los productos de la creatividad no son actos aislados de originalidad, sino reconfiguraciones de estructuras preexistentes. La evolución, más que la aparición espontánea, gobierna la manera en que las ideas, las instituciones y las culturas toman forma.

La memoria sustenta este proceso. No es un registro pasivo de acontecimientos, sino un medio activo a través del cual se conciben posibilidades y las acciones adquieren sentido. La imaginación obtiene su material de la memoria: lo combina y lo reorienta hacia condiciones aún no realizadas. Esto se manifiesta de forma particularmente clara en la idea de libertad, un concepto que resiste definiciones simples pero que desde la antigüedad ha tenido dos significados complementarios. El primero, articulado con mayor claridad en la tradición clásica griega, concibe la libertad como eleutheria: la condición de vivir sin dominación ni restricción externa, un estado en el que los individuos no están sujetos a un poder arbitrario. El segundo, enraizado en la tradición jurídica y cívica romana, entiende la libertad como libertas (del Latín): la capacidad de participar activamente en el gobierno de la comunidad política y de dar forma a sus leyes e instituciones. Ambos significados revelan hasta qué punto la libertad depende de precedentes históricos: requiere un lenguaje que articule sus demandas, instituciones que garanticen su ejercicio y una memoria colectiva que enmarque su significado. Lejos de existir al margen de lo que ha sido, la libertad está modelada y posibilitada por lo que ya ha sido concebido, debatido y puesto en práctica. La experiencia previa proporciona las referencias y alternativas frente a las cuales las decisiones adquieren significado. Sin ese reservorio de conocimiento, la novedad carecería de coherencia y dirección, y el ejercicio de la libertad se reduciría a un impulso arbitrario. Los seres humanos no inventan en el vacío: trabajan dentro de la continuidad del tiempo y adaptan lo vivido y aprendido en formas adecuadas a lo que está por venir.

Esta misma dinámica define la formación de la identidad. El yo no es un acto aislado de invención, sino una negociación continua con lo que se ha recibido. La propia idea del yo ha evolucionado a lo largo de la historia: en la filosofía clásica, a menudo se concebía como psyche, una esencia interior modelada por la razón y la virtud, inserta en un orden cósmico mayor. El pensamiento cristiano reinterpretó esta concepción mediante la noción del alma como portadora única de responsabilidad moral, orientada a la salvación y definida por su relación con Dios. Posteriormente, pensadores de la temprana modernidad, como John Locke, transformaron esta herencia al fundamentar la identidad personal en la memoria y la conciencia —una concepción que influiría en las ideas modernas de autonomía individual. Incluso el impulso por definirse en oposición al pasado depende de categorías heredadas de él. La identidad, por tanto, no es estática ni completamente autogenerada; es un proceso de reinterpretación mediante el cual el individuo sitúa lo dado en relación con lo elegido. Los seres humanos existen en la tensión entre herencia y aspiración, entre el peso de la memoria y el deseo de renovación. Esa tensión no es un obstáculo para la autenticidad, sino su condición, pues sin el marco que proporciona el pasado no habría nada de lo que apartarse. Continuidad y cambio no son fuerzas opuestas. Sin continuidad, no hay base sobre la cual llegar a ser. Sin cambio, la continuidad se endurece en mera repetición. El acto de convertirse depende de la dinámica entre ambas.

Desde esta perspectiva, la condición humana se define menos por la invención pura que por la capacidad de transformar. Lo que se denomina “nuevo” es lo familiar reorganizado con nuevas intenciones, lo establecido redirigido hacia nuevos fines. Reconocer esto no disminuye la creatividad: aclara su naturaleza. Los logros más significativos de la humanidad —en la política, el arte, la ciencia y el pensamiento— no son fugas del pasado. Son reinterpretaciones deliberadas de lo que ha sido, moldeadas para responder a nuevas preguntas y enfrentar nuevas circunstancias. En la ciencia, los cambios de paradigma, a menudo descritos como revoluciones, siguen este patrón. La teoría de la relatividad de Einstein no eliminó la mecánica newtoniana; incorporó y amplió sus principios; una revisión que reveló sus límites al tiempo que preservó su utilidad dentro de una comprensión más amplia del espacio, el tiempo y el movimiento. Este mismo principio rige la innovación artística. El renacimiento de las formas clásicas durante el Renacimiento no se limitó a reproducir la Antigüedad; reinterpretó sus lenguajes visuales antiguos para expresar las preocupaciones espirituales y humanistas de una nueva era. La evolución de la comunicación digital y de la inteligencia artificial refleja una continuidad comparable. Internet no sustituyó la interacción humana; amplió su alcance y escala, una transformación que cambió la forma en que el lenguaje circula, la manera en que se archiva la memoria y el modo en que se forma el conocimiento colectivo. Del mismo modo, la inteligencia artificial —a menudo presentada como autónoma o sin precedentes— se basa en siglos de desarrollos lingüísticos, matemáticos y conceptuales. Estos sistemas amplían, más que reemplazan, la herencia cognitiva de la que provienen. El futuro se construye así: no en el rechazo del pasado, sino en su interacción continua con él.

La resistencia a esta comprensión persiste allí donde se niega la idea de evolución. Tal resistencia rara vez es sólo una cuestión de evidencia. Refleja un deseo de permanencia —de un origen intocado por el cambio y de una verdad que se mantenga al margen del tiempo. Ofrece certeza donde el proceso no la permite y promete estabilidad en lugar de adaptación. Sin embargo, incluso esta resistencia está moldeada por las fuerzas que pretende eludir. Las lenguas evolucionan, las creencias se ajustan y las tradiciones se adaptan, incluso cuando proclaman su inmutabilidad. Quienes defienden lo inmutable lo hacen con conceptos y argumentos que ellos mismos han sido formados por el cambio histórico. Las doctrinas que reclaman autoridad intemporal —como la concepción medieval de la soberanía divina, utilizada en su momento para legitimar las monarquías y luego transformada en el principio de soberanía popular en los sistemas constitucionales modernos— revelan esta dependencia: persisten no permaneciendo inalteradas, sino siendo reinterpretadas continuamente para responder a nuevos contextos. El contraste, por tanto, no es entre evolución y su ausencia, sino entre reconocimiento y negación. La realidad permanece: la existencia se despliega a través de la transformación, y la humanidad, consciente o no, participa en ese despliegue —una verdad con profundas implicaciones para la manera en que las sociedades recuerdan su pasado, configuran su presente e imaginan su futuro.

Ricardo Morin — 30 de septiembre de 2025; Bala Cynwyd, Pensilvania


Lecturas recomendadas:


• Arendt, Hannah: Entre el pasado y el futuro: ocho ejercicios sobre el pensamiento político. Nueva York: Viking Press, 1961.


• Kuhn, Thomas S.: La estructura de las revoluciones científicas. Chicago: University of Chicago Press, 1962.


• MacIntyre, Alasdair: Tras la virtud: un estudio sobre la teoría moral. Notre Dame, IN: University of Notre Dame Press, 1981.


• Floridi, Luciano: La filosofía de la información. Oxford: Oxford University Press, 2011.


• Koselleck, Reinhart: Futuros pasados: sobre la semántica del tiempo histórico. Trad. Keith Tribe. Nueva York: Columbia University Press, 2004.


« Ritual: Una filosofía de la necesidad »

September 20, 2025

*

Ricardo Morín
Serie Nueva York, Nº 5: Ritual
137 × 213 cm
Óleo sobre lienzo
1992

Prefacio

Este ensayo busca definir los rituales sin recurrir a metáforas, abstracciones ni juicios morales.   El método comienza con la etimología, sigue con su fundamento biológico y continúa con la extensión del ritual en la conducta humana.   El ritual se entiende como repetición con forma, llevada a cabo por necesidad para contener fuerzas incontrolables por mandato o intención.

El análisis distinguirá el ritual de la creencia y de la superstición.    La creencia atribuye poder más allá de la función inmediata.    La superstición surge cuando la creencia asigna causalidad donde no existe.    El ritual no es una creencia, sino únicamente un procedimiento.   Su función es regular la vida mediante la repetición ordenada.

Los capítulos que siguen abordan los principales ámbitos en los que opera el ritual.    En la sexualidad, el ritual previene la desestabilización al dar al deseo una forma por la que puede moverse sin derrumbarse.    En la desconfianza, la amistad, la enemistad y el amor, el ritual contiene estados que resisten el control y los hace habitables.    En el gobierno, el ritual mantiene las diferencias ideológicas dentro de límites que preservan la continuidad de la comunidad.

El ritual es necesario para la existencia.   No elimina el instinto, la emoción ni el conflicto.   Les da forma y permite que la vida continúe sin desintegrarse.    Esta necesidad no es externa, sino generada por la propia vida.   Donde las fuerzas exceden el control, el ritual provee orden.

Ricardo Morín. 12 de septiembre de 2025, Bala Cynwyd, Pa.

I

La palabra ritual proviene del latín ritus (acto prescrito realizado de manera ordenada).   Su esencia es la repetición.   Hablar de ritual no es hablar de tradición o de abstracción, sino de una necesidad llevada a cabo por un anhelo primordial.

La base biológica del ritual es clara.    En muchas especies, los impulsos instintivos conflictivos se contienen mediante acciones repetidas que reducen la incertidumbre.   Los pájaros realizan danzas antes de aparearse.   Los lobos muestran sumisión para evitar el ataque.    Los primates se acicalan unos a otros para aliviar la tensión.    Estas acciones no alteran el mundo externo.    No aseguran el apareamiento, ni previenen el peligro, ni eliminan la agresión.   Funcionan regulando la conducta de manera que se evita la desestabilización.   Surgen por necesidad:   sin el ritual, la reproducción, la supervivencia o la cohesión quedarían en riesgo.

La conducta humana prolonga este principio biológico.    El apretón de manos es un acto repetido que señala la no agresión entre desconocidos.   Un funeral ordena el duelo en secuencias y permite a los deudos soportar la pérdida.    Una comida compartida afirma la cooperación y reduce la posibilidad de conflicto.    Ninguna de estas acciones es eficaz por una creencia en la causalidad.   Son eficaces porque son producto de la repetición y del reconocimiento dentro del grupo.   Son necesarias porque, sin ellas, la desconfianza, el duelo o la rivalidad permanecerían sin contención.

El instinto y la emoción generan fuerzas que no pueden controlarse plenamente por mandato o intención.   La repetición les da forma sin eliminarlas. Aquí radica la necesidad: la vida produce fuerzas que exceden el control, y el ritual provee el procedimiento para llevarlas sin colapso.    Sobre este fundamento descansa toda indagación posterior.

II

La creencia comienza donde un acto o un acontecimiento se considera portador de un poder más allá de su función inmediata.   Creer es atribuir un significado no evidente en el acto mismo.    La creencia orienta, pero también crea vulnerabilidad.

De la creencia crece la superstición.   La superstición ocurre cuando un gesto, una señal o un accidente se toma como determinante de buena o mala suerte.   Se dice que romper un espejo trae desgracia.    Se dice que un número trae fortuna.    El acto o la señal reciben un poder que no poseen.   La superstición es la creencia desviada.    Se apoya en la convicción de que fuerzas ocultas gobiernan los acontecimientos externos y que se vuelven accesibles por medio de signos y gestos.

El ritual no depende de la creencia de que un acto pueda cambiar el destino o invocar un poder oculto.   Su eficacia no descansa en lo imaginado, sino en lo realizado.    Un apretón de manos evita la desconfianza porque se basa en la repetición y el reconocimiento, no en su magia.   Un funeral provee una secuencia ordenada y permite el duelo, pero no altera la muerte.   Una comida compartida asegura cooperación por su mutua realización, no porque invoque la suerte.

La distinción es exacta.   Si el ritual es la forma, el deseo es la corriente que se mueve en ella.   Las tradiciones religiosas han presentado el deseo como déficit, desorden o tentación que debe reprimirse.   Pero el deseo no es déficit ni desorden; es vitalidad misma:    una energía que presiona hacia la expresión.    El ritual no restringe esta fuerza; la restricción pertenece al miedo y al sufrimiento.   El ritual contiene el deseo y mantiene su exceso dentro de los límites de la resistencia y la necesidad.   El ayuno, por ejemplo, no suprime el hambre, sino que la sostiene en ritmo; convierte el apetito en medida y no en castigo.    Por el contrario, una prohibición que niega la legitimidad del deseo transforma la vitalidad en ansiedad.   De este modo, el ritual y el deseo no se oponen, sino que son interdependientes: el primero es el cauce, el segundo la corriente.

III

El impulso sexual es omnipresente en la vida humana.   Sin forma, desestabiliza tanto al individuo como a la comunidad.   Su poder reside en la persistencia.   El mandato no puede suprimir el deseo.   El deseo presiona hacia la expresión.    Toda cultura ha desarrollado rituales para contenerlo y regularlo.

Sin embargo, la base del ritual sexual no es la represión sino la repetición.   El sustento primigenio marca desde el nacimiento la condición humana:   en la lactancia, ese sustento consiste en ser alimentado, sostenido y mantenido por el cuerpo de otro.    En ese estado original, la intimidad asegura la supervivencia.    Más tarde, el deseo repite esa estructura.   La búsqueda de unión es a la vez un retorno a aquella primera condición de dependencia y una transformación de ella en adultez.   El ritual sexual prolonga esa primera experiencia:    lleva dentro de sí la huella de la lactancia.    No es cuestión de vergüenza ni de juicio, sino de continuidad.

El cortejo es el modelo.    Los gestos repetidos marcan el acercamiento a la intimidad.   Las ceremonias (palabras, regalos, danzas) estructuran el encuentro.   El deseo no se elimina, sino que da forma a la sexualidad y le permite avanzar sin conflicto inmediato.    El matrimonio prolonga el proceso y establece reglas para su ejercicio en un marco reconocible.   El ritual transforma una fuerza disruptiva en una relación que puede sostenerse en orden.

Diversos ejemplos culturales muestran la variedad de este proceso.   En Japón, las ceremonias del té y las visitas formales estructuraron las primeras etapas de la negociación matrimonial.   En la Inglaterra victoriana, la presencia de acompañantes cumplía una función de vigilancia y marcaba límites en el cortejo.    Entre los navajos de Norteamérica, la ceremonia Kinaaldá marca la transición de la niña a la mujer y vincula el deseo individual y la fertilidad con la continuidad de la comunidad.   En cada caso, el ritual no extingue el instinto, sino que lo canaliza hacia la vida social.

Cuando el deseo no puede realizarse sin riesgo, las personas recurren a actos repetidos que ofrecen desahogo sin colapso.    Las tradiciones monásticas de diversas culturas desarrollaron rituales de celibato, apoyados en la oración, el ayuno y otras disciplinas, que contienen la fuerza sexual.    En la vida cotidiana, otros recurren a la imaginación (fantasía, sueño o representación artística) y escenifican simbólicamente actos que anhelan pero no pueden llevar a cabo.   Otros más establecen hábitos (ejercicio, meditación o creación artística) que redirigen la energía sexual hacia formas manejables.   El anhelo no desaparece.   Su estructura asegura que el deseo se mueva dentro de parámetros definidos sin volverse abrumador.

La obsesión surge cuando el deseo queda sin resolverse e irrumpe en el pensamiento; se repite sin alivio y amenaza la estabilidad.    El ritual ofrece una forma de contener la obsesión.   Mediante la repetición, reconoce la fuerza y la reconfigura.    No la elimina, pero la delimita.

El ritual en el ámbito de la sexualidad no es opcional sino necesario.    Proporciona una forma allí donde el instinto excedería la medida.

IV

El ser humano no se gobierna sólo por la razón.    Los estados emocionales persisten de modos que resisten el control.   La desconfianza, la amistad, la enemistad y el amor no pueden eliminarse por decreto ni mantenerse sólo con pensamiento.    Cada caso requiere del ritual para asegurar continuidad y encausamiento.

Las palabras solas no borran la sospecha.   La desconfianza es uno de los estados más persistentes.   La sospecha no puede ser borrada por la emoción.   La sospecha permanece y desestabiliza la interacción.   El ritual reduce su alcance.    Un saludo, un juramento o un contrato son actos ceremoniales repetidos en los encuentros; establecen un mínimo terreno sobre el cual puede darse la cooperación.    Estos actos no eliminan la sospecha, pero permiten que la relación prosiga a pesar de ella.

La amistad depende de los sentimientos, pero los sentimientos sin forma se desvanecen.    El ritual da duración a la amistad.   Comidas compartidas, visitas recurrentes, intercambios de favores, entre otros, son actos pautados que afirman una relación.   Por sí solos no crean la amistad, pero sin ellos ésta se debilita.   Los rituales sostienen lo que no puede exigirse:    la persistencia de la confianza y del apego a través del tiempo.

La enemistad no es menos poderosa.   La hostilidad sin límites se intensifica hasta que la destrucción se produce.   Los rituales canalizan la hostilidad en formas acotadas:   un duelo, una competencia, un debate formal—cada uno provee un marco en el que la enemistad puede expresarse sin colapso.    Incluso en la guerra, los tratados funcionan como formas rituales que restringen la violencia a límites reconocibles.    Sin ellos, el conflicto pierde proporción.

El amor en sí mismo es inestable.   Comienza en el impulso y sólo perdura con la repetición.   Gestos diarios, promesas renovadas, aniversarios y actos continuos de ternura le otorgan una forma que lo sostiene.   Estos rituales no garantizan la permanencia, pero dan al amor una estructura dentro de la cual puede perdurar.   Sin estos rituales, el amor se disipa.

En todos estos estados, el ritual cumple la misma función.    Da orden donde la fuerza no puede controlarse directamente.   No elimina la desconfianza, la amistad, la sexualidad, la enemistad ni el amor.   Los hace admisibles.

V

La gobernanza es el ámbito donde las fuerzas humanas se amplifican por la magnitud.    La desconfianza, la enemistad y las lealtades en conflicto aparecen no sólo entre individuos sino entre grupos.    Las diferencias ideológicas no pueden eliminarse; pueden manejarse.   El ritual provee el procedimiento para hacerlo.

Un ejemplo es el procedimiento parlamentario.   El debate, el turno de palabra y la votación son actos repetidos que permiten expresar el conflicto sin que la asamblea se disuelva.   Las formas en sí mismas no crean acuerdo.    Proporcionan límites dentro de los cuales la discrepancia puede persistir.

Las ceremonias cívicas cumplen una función similar.   Inauguraciones, juramentos públicos y conmemoraciones nacionales no cambian en sí mismos las condiciones políticas.    Su repetición afirma la continuidad de la autoridad y confiere reconocimiento a las transiciones de poder.    Los actos son simbólicos sólo en apariencia; su verdadera función es la estabilidad normativa e institucional.

Las elecciones son un caso más directo.   No eliminan la división ideológica.    Proporcionan un método repetido para canalizar el conflicto hacia resultados reconocibles por las partes opuestas.   Sin elecciones, o cuando sus resultados no se reconocen, la división tiende a la ruptura.

El ritual es necesidad.   La gobernanza depende de él.   A través de las especies, el ritual surge de la necesidad de contener fuerzas que exceden el control directo.   La conducta humana continúa este principio.

En la Atenas antigua, la asamblea y el uso del sorteo permitían expresar la oposición sin disolver el orden cívico.   Más tarde, parlamentos y consejos proporcionaron estructuras rituales para la negociación entre monarcas absolutos y súbditos.    En las democracias modernas, constituciones y ciclos electorales mantienen la continuidad repitiendo formas que regulan la transferencia de poder.   Cuando estos rituales fallan, el resultado es previsible.   La gobernanza es un ritual que hace admisibles las diferencias ideológicas.    Sin el ritual, la política se reduce a dominación y resistencia, un ciclo que no puede sostener el orden.

*


Bibliografía anotada

  • Arendt, Hannah: On Revolution. New York: Viking, 1963. (Arendt enfatiza el papel de los procedimientos cívicos en el sostenimiento del gobierno; esto fundamenta la afirmación del Capítulo V de que el ritual hace vivible la diferencia ideológica.)
  • Douglas, Mary: Purity and Danger: An Analysis of Concepts of Pollution and Taboo. London: Routledge, 1966. (El trabajo de Douglas sobre los límites rituales informa la discusión del Capítulo IV sobre la desconfianza, la enemistad y la gestión de la inestabilidad mediante actos repetidos.)
  • Durkheim, Émile: The Elementary Forms of Religious Life. New York: Free Press, 1995. (urkheim sostiene que el ritual es la base de la cohesión social, idea reflejada en el Capítulo I, que afirma que los rituales regulan la conducta y previenen la desestabilización.)
  • Freud, Sigmund: Three Essays on the Theory of Sexuality. New York: Basic Books, 2000. (La discusión psicoanalítica de Freud sobre el impulso sexual y la obsesión se corresponde con el tratamiento del Capítulo III sobre rituales privados y la contención del deseo no resuelto.)
  • Geertz, Clifford: The Interpretation of Cultures. New York: Basic Books, 1973. (Geertz considera el ritual como “modelos de” y “modelos para” la realidad; su análisis etnográfico respalda la extensión del ritual de la sexualidad al gobierno en los Capítulos IV y V.)
  • Habermas, Jürgen: Between Facts and Norms: Contributions to a Discourse Theory of Law and Democracy. Cambridge: MIT Press, 1996. (Habermas muestra cómo los procedimientos ritualizados en el discurso y el derecho preservan el gobierno bajo el conflicto, apoyando el tratamiento de este ensayo sobre el debate parlamentario y las elecciones.)
  • Jung, Carl Gustav: Symbols of Transformation. Princeton: Princeton University Press, 1956. (Jung rastrea cómo los impulsos instintivos, especialmente la sexualidad, se ritualizan tanto en la psicología individual como en la cultura colectiva, complementando el Capítulo III.)
  • Turner, Victor: The Ritual Process: Structure and Anti-Structure. Chicago: Aldine, 1969. (El análisis de Turner sobre la liminalidad informa los Capítulos III y IV, donde la sexualidad, la amistad y la enemistad requieren marcos rituales para llevar fuerzas disruptivas sin colapso.)

« Memorias »

September 16, 2025

Nota del autor:

Escritos con años de diferencia, « Intervalos » y « Memorias » reflejan diferentes momentos de ajuste. Cada uno se sostiene por sí solo.

Ricardo Morín, 14 de septiembre del 2016, Nueva York, NY

Somos espejos de las personas en nuestra vida, y a través de ellas nos conocemos a nosotros mismos. Cuando te veo, también me veo a mí mismo. Ser vulnerable es admitir nuestros miedos y limitaciones. Crecer es aceptarlos, y también otras cosas, incluso que nos movemos al ritmo de un universo diverso y caótico. El infinito es vasto y el tiempo cambiante pierde su influencia.

El envejecimiento forma parte del ciclo que nos da nacimiento y muerte. Estas son expresiones de la vida. A cada instante terminamos y comenzamos de nuevo. Renunciamos a nuestras ambiciones para vivir el presente. Nuestra mente se resiste y se aferra a la idea de independencia, de que puede recrearse incluso a sí misma.

Sin embargo, el universo es un todo y nosotros somos parte de él. Somos libres como personas, pero nunca estamos separados de lo que nos rodea. La soledad puede ser inherente a nosotros y la mente puede estar exiliada, pero ninguna barrera nos separa del todo.


« Intervalos »

September 2, 2025

*

Portada diseño de Ricardo Morín
Aposento Nº 2: Intervalos
29″ x 36″
Óleo sobre lienzo
1994

Nota del Autor

Intervalos está escrito en una cadencia tensada en el umbral de la vida y la muerte. No se oculta, aunque su lenguaje permanece despojado de explicación. La ambivalencia puede ser ineludible, pero no es la intención. El anonimato de la voz es deliberado, para mantener la atención en lo dicho y no en quién lo dice.

Ricardo Morín, 11 de septiembre de 2025. Bala Cynwyd, Pa.

Intervalos

Para sanarse, solía cubrirse el cuerpo de barro y luego enjuagárselo. Agazapado bajo el sol ardiente, miraba en diagonal desde una esquina hacia el extremo opuesto del patio. De la cuerda de tender colgó un paraguas negro, boca abajo. En él arrojó el último puñado de pócimas. De su derrumbe, pesado, esperaba esquivar su propia muerte.

Cubrió sus libros con una sábana negra; a ciegas sacaba uno por vez y, tras hallar una frase que diera sentido a sus pensamientos, lo devolvía. Esperaba una revelación. Su madre, ya anciana, sacaba otro libro y buscaba una respuesta mejor.

Agotado y sin dormir, se tendió envuelto en una manta roja, de espaldas al espejo. Empapado en lágrimas, yacía deshecho. Escalofríos recorrieron su espalda, como si las entrañas ardieran en fuego.

Despertó con el sonido del agua corriendo. Su madre restregaba las prendas hasta que la tela comenzaba a deshilacharse. Había pintado las paredes de blanco; las puertas dejaron de ser marrones. Un intruso saltó la verja. Luego, con una fuerza que lo sorprendió poseer, arrancó el jardín.

Siguieron noches en vela. No era consciente de sus pómulos hundidos; sólo la mirada de los vecinos lo veía consumirse. Logró volar lejos. Aunque atento a la vida, encontró la decepción.

A su llegada, el hotel llamó a una ambulancia. Tras un vuelo de diez horas, lo asaltó un choque séptico; una enfermera le pidió elegir un destino. Los escalofríos regresaron. Vio morir a muchos, aunque no era su turno. Días después, su carne volvió a la vida.

Con el recuerdo de antiguos lazos, partió de nuevo decepcionado. Cruzó otra distancia y supo cuán frágil era su soledad.

Tú lo rescataste y él a ti. Un puente se levantó desde la nostalgia. Tres años de pasión no remendaron el abismo; él se quitó la vida y tú quedaste.

Un cura romano atendió los clamores de su madre, mientras tergiversaba los de su hijo. Poco sabía el cura que era por su propio designio. El hijo te llamó, a ti, un nuevo amor, para que vinieras. Para amar, para sostener el lazo del momento.


Epílogo

Intervalos descansa sobre nuestra temerosa percepción de la muerte, la soledad, la supervivencia y la fractura (un intervalo es la cadencia del tiempo y su final es el vaciamiento de lo que la conciencia del miedo lleva en sí). Un intervalo no busca consuelo ni resolución; permanece con lo que ocurre, en la intemperie donde la soledad y la fractura revelan la fragilidad de la existencia.


« Atado y desatado »

August 31, 2025

La articulación del deseo y del pecado


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Ricardo Morín
00032: Atado y desatado
Óleo sobre lienzo
45,7 x 61 x 1,9 cm
2009

Nota del autor

Este texto examina cómo las culturas han hablado del deseo a través del lenguaje del pecado, de la patología y de la identidad.   No pretende defender ni condenar, sino mostrar cómo las palabras han cargado juicios a lo largo del tiempo y cómo esos juicios continúan configurando nuestra comprensión.   Las reflexiones que siguen buscan recuperar claridad: ver el deseo como parte de la vitalidad de la vida, y no como una distorsión impuesta por vocabularios heredados.

Resumen

Históricamente, el deseo se ha articulado mediante términos como sexualidad, fetichismo, moralidad y religión.   Con el tiempo, estas palabras pasaron de la descripción al juicio, generando una confusión entre naturaleza y cultura.   La evidencia procedente del comportamiento animal, la biología y la salud pública demuestra que la variación del deseo no es anomalía ni patología.   Al fundamentar la ética en la dignidad y el consentimiento en lugar de la vergüenza, el deseo puede reconocerse como una expresión natural de vitalidad, y no como una fuente de sospecha.

La carga de las palabras

Nuestras palabras más familiares ya revelan la historia de nuestra confusión.   Sexualidad, del latín sexus, significaba simplemente diferenciación biológica; sólo en el siglo XIX se convirtió en una categoría amplia que abarcaba deseo, identidad y conducta (Laqueur 1990).   Fetichismo, del portugués feitiço (“hechizo” o “sortilegio”), se aplicó primero a objetos religiosos africanos antes de entrar en la ciencia europea, donde llegó a significar apego sexual irracional (Foucault 1978).   Moralidad, de mores (“costumbres”), describía prácticas comunitarias, pero se endureció en prohibiciones contra el deseo, sobre todo bajo la influencia cristiana.   Religión, de religare (“atar” o “vincular”), significaba originariamente cohesión ritual, aunque con el tiempo pasó a atar a los individuos a la culpa y al recelo de sus propios cuerpos.   Aquí se hace visible la tensión de lo Atado y desatado:   la lengua que ata el deseo a la sospecha y, al mismo tiempo, la posibilidad de desatarlo para verlo como parte de la exuberancia de la naturaleza.   Cada uno de estos términos nació descriptivo y terminó en juicio.   Al usarlos hoy, heredamos sus distorsiones.

La articulación del deseo y del pecado

La cultura ha contemplado el deseo no como parte de la riqueza ordinaria de la vida, sino como una amenaza que vigilar.   Las teologías lo presentaron como pecado; los textos médicos lo clasificaron como patología; los códigos sociales lo encuadraron como peligro (Foucault 1978).   Esto no aclara:   distorsiona.   La sexualidad resulta a la vez sobreexpuesta y reducida:   en lo público es objeto de normas y prohibiciones; en lo privado se convierte en expectativas irreales que inhiben la expresión o la exageran en fetiche.   Lo que debería ser natural se transforma en una negociación con la vergüenza.

La naturaleza ofrece un relato más honesto.   Se han documentado interacciones homosexuales en más de cuatrocientas especies (Bagemihl 1999).   Los carneros forman vínculos duraderos entre machos, rechazando a menudo a las hembras.   Los delfines emplean el contacto genital entre sexos para afianzar alianzas (de Waal 2005).   Cisnes, gaviotas y pingüinos establecen parejas del mismo sexo que crían polluelos con éxito comparable al de las parejas heterosexuales (Roughgarden 2013).   Entre los bonobos, el contacto sexual se da en casi todas las configuraciones y actúa como un mecanismo de pacificación y cohesión social (de Waal 2005).   Incluso en los insectos, las conductas que los humanos describen como “homosexuales” aparecen de forma rutinaria en rituales de dominancia o por la simple abundancia del impulso sexual.   Nada de esto desestabiliza a las especies; al contrario, integra la sexualidad en el entramado de la supervivencia y la afiliación.

Los humanos muestran una variación semejante.   Condiciones cromosómicas como el síndrome de Klinefelter (XXY) o el de Turner (XO) ilustran que el sexo biológico no es un binomio rígido, sino un espectro (LeVay 2016).   Las influencias hormonales durante la gestación moldean la atracción y la conducta antes de que la cultura imponga sus etiquetas (Hrdy 1981).   Estudios neurocientíficos han sugerido correlaciones entre ciertas estructuras hipotalámicas y la orientación, aunque ningún factor único explica el deseo (LeVay 2016).   Lo que surge no es un orden fijo, sino un continuo.   La insistencia en categorías estrictas —heterosexual u homosexual, normal o desviado— no proviene de la naturaleza, sino de la imposición cultural.

Y aun así, la cultura sigue confundiendo deseo con identidad, reduciéndolo a papeles fijos.   Estas categorías pueden tener utilidad política, pero corren el riesgo de oscurecer la fluidez que revela la biología.   Cuando la identidad se convierte en prescripción, los individuos viven su propia vitalidad bajo sospecha, midiéndose contra ideales que niegan la variación.   El resultado es el extrañamiento: un deseo filtrado por la vergüenza.

Ya existe un marco alternativo.   La Organización Mundial de la Salud define la salud sexual como “un estado de bienestar físico, emocional, mental y social” que incluye la posibilidad de experiencias seguras y placenteras (WHO 2006).   La Asociación Mundial para la Salud Sexual ha ido más allá, afirmando que el placer sexual es un derecho humano fundamental (WAS 2019).   Estos marcos no vigilan el deseo:   protegen a las personas contra la coerción y la explotación.   Señalan que el papel de la cultura no es dictar qué deseos son admisibles, sino garantizar dignidad y consentimiento.   Una vez aseguradas estas condiciones, el deseo retoma su papel natural: fuente de intimidad, de vínculo, de creatividad y de equilibrio (Gruskin et al. 2019).

Afrontar la complejidad de la naturaleza es resistir su reducción a dramas morales de vicio y virtud.   El deseo no requiere la validación de la obsesión cultural, ni merece la condena de vocabularios heredados de pecado.   Es un aspecto de la vida, tan ordinario y vital como el hambre o el sueño.   Reconocerlo sin miedo es recobrar la alegría.   Al levantar el peso de la vergüenza, devolvemos al deseo su lugar en el orden viviente:   no una anomalía que deba defenderse, sino una manifestación de vitalidad que nos une entre nosotros y con la exuberancia de la naturaleza.

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Bibliografía anotada

  • Asociación Mundial para la Salud Sexual (WAS):   “Declaración sobre el placer sexual.”   Ciudad de México: WAS, 2019.   (Afirma el placer sexual como un derecho humano fundamental y lo inserta en la agenda de salud y derechos.   Refuerza el argumento de una ética basada en la dignidad y no en la vergüenza.)
  • Bagemihl, Bruce:   Biological Exuberance: Animal Homosexuality and Natural Diversity.   Nueva York: St. Martin’s Press, 1999.   (Estudio fundamental que documenta conductas homosexuales en más de 450 especies.   Refuta la idea de que la homosexualidad es “antinatural” y muestra la amplitud de la diversidad sexual en el reino animal.)
  • de Waal, Frans:   Our Inner Ape:   A Leading Primatologist Explains Why We Are Who We Are. Nueva York: Riverhead Books, 2005.   (A partir de estudios con primates, de Waal demuestra que el sexo funciona como herramienta social entre bonobos y chimpancés, sirviendo a la alianza y a la resolución de conflictos, más allá de la reproducción.)
  • Foucault, Michel:   La voluntad de saber (Histoire de la sexualité, vol. 1).   Trad. de Robert Hurley. Nueva York: Pantheon, 1978.   (Texto fundacional sobre la construcción cultural de la sexualidad. Foucault sostiene que la sexualidad no es una categoría natural intemporal, sino un discurso moldeado por instituciones de poder.)
  • Gruskin, Sofia, et al.:   “Sexual Health, Sexual Rights and Sexual Pleasure.”   Global Public Health, 2019, 14 (10): 1361–1372.   (Este artículo sitúa el placer sexual dentro de los marcos de la salud pública global.   Destaca que la realización y el placer son inseparables de la salud y de los derechos, reforzando la necesidad de una ética basada en la dignidad y no en la prohibición.)
  • Hrdy, Sarah Blaffer:   The Woman That Never Evolved.   Cambridge:   Harvard University Press, 1981. (Hrdy reinterpreta el comportamiento de las hembras primates, mostrando estrategias activas en el apareamiento y en la formación de alianzas.   Su obra desmonta el mito de la pasividad femenina y demuestra que la agencia sexual es parte esencial del éxito evolutivo.)
  • Laqueur, Thomas:   Making Sex: Body and Gender from the Greeks to Freud.   Cambridge:   Harvard University Press, 1990.   (Traza el paso histórico del modelo “unisex” de la Antigüedad al modelo binario moderno.   Su análisis revela cómo el lenguaje científico contribuyó a crear categorías culturales de género y sexualidad.)
  • LeVay, Simon:   Gay, Straight, and the Reason Why:   The Science of Sexual Orientation.   2.ª ed. Nueva York: Oxford University Press, 2016.   (LeVay sintetiza investigaciones sobre estructuras cerebrales, genética e influencias prenatales, y sostiene que la orientación sexual surge de una interacción compleja de factores biológicos.   Útil para contextualizar el continuo del deseo humano.)
  • Organización Mundial de la Salud (OMS):   “Defining Sexual Health.”   Ginebra: OMS, 2006.   (Define la salud sexual como un estado de bienestar que incluye la posibilidad de experiencias seguras y placenteras, libres de coerción o violencia.   Autoridad esencial para afirmar que la realización sexual es un asunto de salud, no de moral.)
  • Roughgarden, Joan:   Evolution’s Rainbow: Diversity, Gender, and Sexuality in Nature and People. 2.ª ed.   Berkeley:   University of California Press, 2013.   (Cuestiona la visión darwiniana tradicional de la selección sexual y resalta la diversidad de género y sexualidad en numerosas especies. Tiende un puente entre la variación biológica y la experiencia humana.)

« Cuando todo lo que sabemos es prestado:

August 29, 2025

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Ricardo Morin
Escena Treinta y tres: Cuando todo lo que sabemos es prestado.
Óleo sobre lienzo y tabla
38 x 30 x 1,27 cm
2012.

Este ensayo constituye la parte final de una trilogía que comenzó con Los colores de la certeza y continuó con La disciplina de la duda.   La secuencia refleja una indagación sostenida sobre cómo la certeza, la duda y la ambivalencia configuran nuestra comprensión de la realidad.

Este ensayo final nació de una inquietud íntima:   el reconocimiento de que la percepción, la ambigüedad y la ambivalencia complican no sólo mi propia práctica de la escritura, sino también las condiciones más amplias en las que se da la comunicación.   Aunque las reflexiones tienen un origen personal, su alcance se extiende más allá de lo individual.   Escritores y lectores se enfrentan por igual a la inestabilidad del sentido; los ciudadanos en la vida pública experimentan la fragilidad de las afirmaciones sobre el significado de la verdad en un clima de desconfianza; y en nuestro presente, tecnologías como la inteligencia artificial agudizan las incertidumbres que acompañan toda expresión humana, en particular en torno a la autoría y la autenticidad.

El propósito de este ensayo no es resolver esas tensiones, sino articularlas.   Su valor reside menos en ofrecer soluciones que en esclarecer las paradojas que sostienen nuestros intentos comunes de comprender la realidad.

Ricardo Morín, Bala Cynwyd, Pa., August 2025

Este ensayo examina la percepción, la ambigüedad y la creencia como condiciones inestables que determinan el acceso humano a la realidad.   Sostiene que la ambivalencia no es vacilación, sino un terreno paradójico:   posibilita la búsqueda de la verdad y, al mismo tiempo, socava la certeza de haberla alcanzado.   La escritura y la lectura muestran con especial claridad esta inestabilidad.   El escritor interpreta las interpretaciones de los otros y descubre que el sentido es intraducible y cuestionable.   Sin embargo, es a través de ese proceso como progresa el pensamiento, ampliando la comprensión incluso cuando lo comprendido no puede compartirse plenamente.   Más allá de la comunicación, el ensayo plantea que la realidad misma sólo se participa en fragmentos —mediante gestos, silencios y percepciones erradas que debilitan sin cesar la línea entre apariencia y realidad.   La inteligencia artificial aparece como espejo contemporáneo de esta condición, intensificando ansiedades sobre autoría y autenticidad.   La ambivalencia, concluye el texto, no desvía de la verdad:   es la paradoja en la que, si se manifiesta, la verdad surge de manera fugaz.

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La palabra percepción encierra una historia que refleja las cambiantes formas en que las culturas han entendido la realidad. Del latín perceptio, significaba en primer lugar “recibir,” “recoger,” o incluso “cosecha.”   Percibir era recoger impresiones, como quien recoge grano en un campo: pasivo en la forma, pero activo en la intención.

En el pensamiento griego, la percepción estaba ligada a aisthēsis: la sensación era el contacto que uno sentía con el mundo.   Aquí se situaba más cerca de las artes, de la inmediatez del sentir, que del razonamiento sistemático de la filosofía..

Durante la Edad Media, en particular en los siglos XII y XIII, los escritos de Aristóteles fueron recuperados e incorporados al pensamiento escolástico cristiano.   Lo que había sido una filosofía pagana de la sensación y el entendimiento fue reinterpretado por pensadores como Tomás de Aquino dentro de un marco teológico del conocimiento.   La percepción se definió como la recepción de los datos sensibles por el entendimiento, una etapa necesaria mediante la cual la sensación se elevaba a comprensión.

Con el surgimiento de la filosofía moderna, el término se fragmentó.   Para Descartes, la percepción podía engañar; para Locke, constituía el fundamento de la experiencia; para Kant, estaba estructurada por categorías que tanto abrían como limitaban nuestro acceso a la realidad.   Para entonces la percepción ya se había vuelto ambivalente: indispensable para conocer, pero nunca segura en su verdad.

Hoy la palabra se extiende aún más, connotando no solo sensación sino también interpretación, prejuicio y opinión.   Decir “esa es tu percepción” ya no significa afirmar un contacto con lo real, sino señalar distancia, distorsión o subjetividad.   La evolución del término revela una inestabilidad semántica que corresponde a la tesis del ensayo:   nuestro acceso a la realidad siempre está modelado por la ambivalencia.   Lo que la percepción otorga, al mismo tiempo lo desestabiliza.


La percepción nunca es un simple acto de recibir lo que ya está ahí.   Siempre está mediada por la memoria, la expectativa y la predisposición.   En cada intercambio —ya sea en palabras escritas o en el silencio entre dos personas— el sentido se desplaza, inestable y provisional.   De ese terreno movedizo surge la ambigüedad, y de la ambigüedad, la inquietud que hace vacilar la creencia.

Para el lector, esta inestabilidad es inevitable.   Cada respuesta, incluso el silencio, está teñida de confianza o desconfianza, simpatía o recelo, apertura o cansancio.   Rara vez un lector se acerca a un texto en inocencia, pues toda lectura está condicionada por supuestos que determinan la recepción de las palabras.

El autor no escapa a esta carga interpretativa.   El acto de escribir no concluye con la publicación, sino que continúa en la incierta tarea de leer a los lectores.   Una pausa en la conversación, un reconocimiento fugaz o la falta de respuesta pueden interpretarse como desinterés, desaprobación o indiferencia.   De este modo, la escritura interpreta interpretaciones y multiplica las capas de ambigüedad hasta que el sentido de la obra aparece no solo como intraducible, sino también como cuestionable.   Sin embargo, es precisamente a través de esa reflexión como la escritura prosigue, pues sin ella el pensamiento no puede desarrollarse.   Al perseverar en este proceso, el escritor participa en una ampliación de la comprensión, aun cuando esa comprensión no pueda compartirse del todo.

Esta incertidumbre no es un defecto de la comunicación, sino parte de su estructura.   Quien busca comprender a través de la escritura debe aceptar que la claridad siempre será provisional y que la expresión siempre quedará corta.   El acto de poner un pensamiento en palabras revela la distancia entre intención y recepción, pero también abre la posibilidad de ver la realidad desde nuevos ángulos.     Incluso cuando lo expresado no pueda comunicarse plenamente, el proceso mismo amplía la comprensión y profundiza la conciencia de lo parcial y cambiante.

La ambivalencia, por tanto, no es vacilación, sino la condición paradójica en la que tiene lugar la búsqueda de sentido.   Une convicción y duda, el deseo de certeza y el reconocimiento de sus límites.   Escribir en la ambivalencia significa seguir buscando incluso cuando el resultado no pueda comunicarse sin pérdida.   Esta condición inquieta —y no la ilusión de una claridad definitiva— es lo que permite avanzar al pensamiento.

La verdad, si alguna vez se alcanza, emerge a pesar del terreno inestable de la percepción y la ambigüedad.   Llegamos a ella a pesar de nosotros mismos, de nuestras tensiones y de nuestras limitaciones.   No son solo los grandes errores los que debilitan la certeza:   un matiz mal percibido, una pausa mal entendida o un gesto ambiguo también pueden erosionar la confianza.   La experiencia cotidiana muestra que la línea entre apariencia y realidad es demasiado delgada para ofrecer seguridad duradera.

Pero esta tensión no se limita a los actos de escribir o leer.   Se adentra más hondo, hasta nuestra relación misma con la realidad.   La ambivalencia no es solo un rasgo de la comunicación, sino también de la existencia.   Percibir implica siempre participar del mundo de manera incompleta; vivir implica hacerlo bajo condiciones de presencia parcial.   A veces vemos con claridad, otras veces de manera turbia y, con frecuencia, no participamos en absoluto.   Ese ritmo de presencia y retirada marca toda relación —entre personas, entre sociedades e incluso entre la humanidad y la naturaleza.

La tecnología ha agudizado nuestra conciencia de esta condición.   La inteligencia artificial, por ejemplo, dramatiza la inestabilidad ya presente en la percepción humana.   Como herramienta, permite refinar la expresión pero también amplifica las dudas sobre la autoría y la autenticidad.   Como espejo, refleja la ambivalencia más profunda que la precede y que configura toda mediación.   Así, la IA no disminuye el pensamiento, sino que magnifica la inquietud que acompaña todo acceso humano a la realidad:   la sensación de que lo ofrecido es incompleto, poco fiable y nunca plenamente participativo.

La tarea, entonces, no consiste en eliminar la ambigüedad, sino en reconocerla como parte de la propia realidad.   La percepción es interpretativa, la creencia es inestable y la desconfianza es una compañera constante.   La ambivalencia no es un desvío de la verdad, sino el camino por el que la verdad —si llega— ha de transitar.   El desafío no es restaurar una certeza que nunca existió, sino aprender a vivir en la participación parcial, aceptar que lo que llamamos realidad siempre se alcanza por fragmentos.

En este sentido, la percepción, la ambigüedad y la creencia permanecerán siempre inestables.   El escritor no puede controlar cómo se leen sus palabras, ni el lector puede dominar por completo lo que se quiso decir.   Nadie puede reclamar la posesión plena de la realidad.   Toda relación con el mundo se sostiene en condiciones frágiles, donde la apariencia y la realidad se rozan sin llegar a coincidir.   Si la verdad aparece, lo hace de manera breve e incompleta, surgiendo únicamente a través de la ambivalencia.   Pero la ambivalencia es en sí misma una condición paradójica:   sostiene nuestra búsqueda de la verdad al mismo tiempo que socava la certeza que anhelamos poseer.


  • Arendt, Hannah:   La condición humana. Barcelona: Paidós, 1993.   (Arendt analiza la acción, el trabajo y la labor como formas distintas de relacionarse con la realidad.   Su distinción entre apariencia y realidad, y su insistencia en que la verdad surge de la actividad compartida, se vinculan directamente con el tema del ensayo sobre percepción y ambivalencia.)
  • Gadamer, Hans-Georg:   Verdad y método. Salamanca:   Sígueme, 1997.   (En este texto fundamental de la hermenéutica, Gadamer muestra cómo la comprensión nace de la interpretación y no de la objetividad.   Su idea de que la verdad se alcanza en diálogo refuerza la afirmación del ensayo de que la verdad aparece “en la ambivalencia y no más allá de ella.”)
  • Girard, René:   Mentira romántica y verdad novelesca.   Madrid: Anagrama, 1985.   (La teoría del deseo mimético de Girard expone cómo la interpretación, el deseo y el malentendido estructuran las relaciones humanas.   Su análisis subraya la fragilidad de la creencia y la inestabilidad de la frontera entre apariencia y realidad.)
  • Nussbaum, Martha:   Emociones políticas: por qué el amor importa para la justicia.   Barcelona: Paidós, 2014.   (Nussbaum sostiene que las emociones públicas—como el amor, la compasión y la solidaridad—son esenciales para sostener la justicia.   Sus aportes muestran cómo la creencia es frágil y depende de la interpretación, en sintonía con la preocupación del ensayo por la confianza, la ambivalencia y la participación humana en lo real.)
  • Turkle, Sherry:   En defensa de la conversación.   Barcelona: Ático de los Libros, 2016.   (Turkle investiga cómo la tecnología mediatiza las relaciones y las percepciones humanas. Su enfoque presenta a la IA como espejo de la duda, demostrando cómo la mediación posibilita el vínculo y a la vez erosiona la autenticidad—una idea central en el ensayo.)

« Influencias desarraigadas »

August 25, 2025

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Diseño de portada compuesta para “Influencias desarraigadas” realizado por Ricardo Morín: presenta pinturas de Renoir (Bañistas), Matisse (Alegría de vivir), Cézanne (Grandes bañistas), Soutine (Naturaleza muerta con faisán) y Picasso (Mujer joven con un cigarrillo), flanqueadas por bisagras de hierro forjado de la colección Barnes, donde obras maestras y objetos cotidianos compartían el mismo plano visual.

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Desde el Museo Alice Maguire en la Universidad de Saint Joseph, en el municipio de Lower Merion, recorrimos sus salas.   Las vidrieras resultaban luminosas e inquietantes:   San Juan Bautista con el Cordero Sagrado, una Virgen con el Niño, una Piedad, un Regreso del hijo pródigo.   Alguna vez incrustadas en los muros de iglesias, aparecían ahora desarraigadas de su ámbito sagrado, con sus narrativas suspendidas.   Liberadas de su función litúrgica, hablaban más bien a través del ritmo puro —cobalto y rubí, esmeralda y oro— colores tan imponentes como los de Veronés o Tintoretto —estructuras tan fracturadas y atrevidas como las de Picasso o Soutine.   En su desplazamiento, su efecto dramático deleitaba tanto a la vista como a la mente por derecho propio.

Otra sala revelaba las Trinidades Celestial y Terrenal del Perú colonial, los pintores anónimos de Bolivia y los escultores barrocos hispano-filipinos:   manos sin nombre que daban forma a imágenes destinadas a complacer el gusto imperial.   Sus obras obedecían a las convenciones de la devoción europea, aunque bajo la superficie corrían otras corrientes.   Una paleta teñida de sensibilidad local, un rostro, un ornamento no hallado en Sevilla ni en Roma —pequeños gestos de persistencia dentro del lenguaje de la conquista.   La ausencia de nombre daba testimonio de un sistema en el que los nombres se borraban, pero la expresión encontraba todavía el modo de abrirse paso entre pinceladas y cinceladas.

Y luego, destacándose aparte, un vargueño mexicano del siglo XVIII.   Un escritorio digno del escriba de un monarca, con la tapa abatible que ocultaba cajones y secretos, sus herrajes y dorados resplandeciendo como una promesa de imperio.   Importado como forma pero transformado por la artesanía del Nuevo Mundo, se convirtió en un híbrido entre el orden español y la riqueza material mexicana.   No era sólo un mueble, sino un escenario portátil de autoridad, que contenía en sí mismo el peso del poder y la callada labor de quienes lo hicieron.

Al salir del museo, entramos en el arboreto.   El cambio fue inmediato.   El césped brillante se extendía ante nosotros, las lilas ya pasadas de flor, el aire guardando la mezcla del fin del verano y el primer aliento del otoño.   A lo lejos vi a David en el borde del bosque, señalando las siluetas quebradas de los árboles —algunos arrancados de raíz, otros marcados por una sierra mecánica.   Era difícil saber si su pérdida se debía al lento proceso de la edad y la decadencia, o a las presiones más violentas del cambio climático.   La visión de aquellos troncos antiguos y magníficos reducidos a tocones y raíces expuestas llevaba el peso tanto de la inevitabilidad como de la advertencia.   Le silbé para alcanzarlo, el sonido tendiendo un puente entre nosotros y el paisaje herido.

Los terrenos mismos albergaban otra ausencia.   Esta tierra, antes propiedad del doctor Albert Barnes, conserva su legado en placas y alabanzas, aunque su presencia ya no esté aquí.   Como los árboles desarraigados, el fundador ha sido arrancado del paisaje —recordado en la palabra, pero no en la carne.   Su visión perdura en las colecciones y en el orden cultivado del arboreto, pero el hombre se ha ido, dejando sólo huellas:   la arquitectura, los jardines, los ecos de su intención.

Incluso la memoria de Barnes está ensombrecida por desacuerdos.   Su decisión de levantar un muro de tres metros, bloqueando la vista de sus vecinos, fue más que un acto de tozuda privacidad:   se convirtió en un testimonio de la discordia entre modos de ver, tanto en el arte como en la vida.   Así como su colección desafió las convenciones museísticas, también su muro impuso su visión sobre el paisaje, arrancando no sólo la visibilidad sino también la armonía con quienes lo rodeaban.

El desarraigo de la colección ha sido documentado no sólo en libros, sino también en el cine.   The Art of the Steal (2009), de Don Argott, recoge el prolongado conflicto entre el testamento de Barnes, sus vecinos de Merion y los poderosos intereses que buscaban el traslado de la colección, presentando la mudanza como triunfo cívico y a la vez como traición cultural.   Más recientemente, el cortometraje documental Donor Intent Gone Wrong (por Philanthropy Roundtable, 2022), enmarca la disputa como advertencia sobre las instituciones que pasan por encima de la visión individual.   En conjunto, estos testimonios revelan que el desplazamiento de la colección nunca fue sólo arquitectónico:   fue un desarraigo de propósito tanto como de lugar.

Una colección de arte moderno —aunque invaluable y gestionada por la Fundación Pew con un valor estimado en sesenta y siete mil millones de dólares —no tiene la misma intensidad que las posesiones privadas de Barnes.   Un nuevo museo dedicado a su colección se levanta hoy en su propio edificio en el museum row de Filadelfia, a lo largo del Benjamin Franklin Parkway, que comienza con el Instituto Franklin de Ciencias y termina con el Museo Barnes hacia el este.   Lo que fue una visión idiosincrática y ferozmente personal existe ahora bajo la tutela de comisarios que inevitablemente imponen otro orden.   Donde Barnes dispuso los cuadros hombro con hombro —Renoirs junto a máscaras africanas, Cézannes y Matisses sobre herrajes medievales— la nueva instalación gravita en desalineación con la gramática de los museos convencionales, categorizada por escuela, cronología o tema, aunque todavía incongruente frente a los artefactos mezclados con ellas.   La intimidad de un espacio doméstico se ha cambiado por la grandeza de una institución pública, y con ello se hace palpable la fricción entre su visión y las normas institucionales.   Los visitantes recorren ahora amplias galerías en lugar de los conjuntos íntimos y casi confrontativos que él defendía.

Lo que perdura, sin embargo, es la percepción de la colección como la propia instalación de Barnes, concebida en el espíritu tanto de la filosofía como de la biografía.   Sus yuxtaposiciones eran composiciones deliberadas:   Renoirs junto a bisagras de hierro, Cézannes sobre cucharones, máscaras africanas flanqueando retratos impresionistas —ya fuera El gozo de vivir [The Joy of Life] de Matisse, Los grandes bañistas [The Large Bathers] de Cézanne o las figuras inquietantes de Soutine y Modigliani.   Tales yuxtaposiciones derrumbaban la cronología y la jerarquía por igual.   Alrededor se agrupaban los objetos que tanto le gustaba reunir —cerrojos, placas de llave, piezas de carreta, arcones germano-pensilvanos, textiles navajos y centenares de herrajes y utensilios forjados.   Nunca fueron curiosidades: para Barnes, cada bisagra, cada utensilio, cada máscara era un actor igual en el conjunto, afinando la percepción de forma y ritmo en los lienzos colocados encima.   Influido por su amigo John Dewey, Barnes creía que el arte debía experimentarse de manera democrática, donde lo humilde y lo exaltado compartieran el mismo plano de indagación visual.

La paradoja es que la colección nunca ha sido tan visible, y sin embargo quizá nunca tan poco ella misma.   En su transformación de santuario privado a museo público, de la excentricidad desafiante de la voluntad de un hombre a la autoridad pulida del Parkway, ha adquirido una nueva capa política.   La alabanza a su accesibilidad es constante, pero también lo es la callada sensación de que algo ha sido desarraigado:   el orden personal sustituido por el institucional, la visión disruptiva suavizada por el compromiso curatorial.   Y aun así, pese a estos cambios, la colección sigue resistiéndose a la plena asimilación.   Las pinturas, las yuxtaposiciones, la pura densidad de presencia conservan su carga, recordándonos a aquel hombre que se atrevió a ver distinto —aunque ello lo enfrentara con sus vecinos, con su ciudad y con las convenciones establecidas del arte.

Ricardo Morín, 25 de Agosto de 2025, Bala Cynwyd, Pa


Bibliografía anotada

  • Argott, Don, dir.   “The Art of the Steal: The Untold Story of the Barnes Collection,” 2009.   Película. Maj Productions y 9.14 Pictures.   (Un documental apasionante que narra la prolongada batalla legal y cívica en torno al traslado de la Fundación Barnes de Merion a Filadelfia.   Destaca la oposición vecinal, las controversias sobre la intención del donante y las fuerzas institucionales que desarraigaron la visión educativa de Barnes —ideal para comprender cómo el desplazamiento físico refleja una disrupción conceptual).
  • Barnes Foundation.   The Barnes Foundation: Masterworks.   Nueva York: Skira Rizzoli, 2012.  (Un volumen ricamente ilustrado que presenta las pinturas, esculturas y conjuntos de la colección Barnes tal como fueron instalados en el Parkway. Demuestra cómo las yuxtaposiciones de Barnes sobreviven en el nuevo espacio, a la vez que refleja la transformación de una visión privada en un contexto institucional).
  • Bernstein, Roberta.   “The Ensembles of Albert C. Barnes: Art as Experience.”   Journal of Aesthetic Education 24 (3), 1–15.   Champaign:  University of Illinois Press, 1990.  (Examina las disposiciones de Barnes a la luz de la filosofía de la experiencia de John Dewey.   Destaca cómo su inclusión de bisagras, cucharones y herrajes no era excentricidad, sino pedagogía, concebida para democratizar la percepción y borrar las jerarquías entre las bellas artes y las artes decorativas).
  • Caamaño de Guzmán, María. El barroco mestizo en América: Escultura y devoción en los Andes. Madrid:   Sílex, 2018.  (Explora los estilos híbridos del barroco hispanoamericano, con especial atención a los Andes y Filipinas. Aporta contexto para los pintores bolivianos anónimos y los escultores hispano-filipinos mencionados en el ensayo, situando su obra como simultáneamente colonial y localmente expresiva).
  • Chidester, David. Religion:   Material Dynamics.   Oakland:   University of California Press, 2018.   (Analiza cómo los objetos religiosos, como las vidrieras, se transforman al ser retirados de los entornos litúrgicos y trasladados a museos.   Útil para enmarcar el carácter “desarraigado” de las vidrieras del Maguire y su recontextualización del culto a la contemplación estética).
  • Fane, Diana, ed.   Art and Identity in Spanish America.   Nueva York:   Brooklyn Museum y Harry N. Abrams, 1996.  (Una referencia clave sobre el arte colonial latinoamericano, que documenta cómo objetos como el vargueño encarnaban tanto formas europeas como aportes indígenas. Proporciona fundamentos académicos para interpretar el vargueño como un escenario portátil de autoridad e hibridez).
  • Fleming, David.   Stained Glass in Catholic Philadelphia.   Filadelfia:   Temple University Press, 2020.  (El texto narra los encargos de vidrieras en las iglesias católicas de Filadelfia, muchas de las cuales terminaron dispersas en colecciones museísticas.   Fleming nos ofrece contexto para la colección Maguire, mostrando cómo el arte sagrado local fue desarraigado hacia entornos seculares).
  • Greenhalgh, Paul.  The Persistence of Craft:  The Applied Arts Today.  Londres:   Bloomsbury, 2020.  (Greenhalgh explora la intersección de las artes aplicadas y la estética moderna.   Su narrativa resuena con la integración de herrajes y utensilios cotidianos en los conjuntos de Barnes, tratándolos no como curiosidades sino como iguales visuales frente a la pintura).
  • Hollander, Stacy C.   American Anthem:   Masterworks from the American Folk Art Museum.   Nueva York:   Harry N. Abrams, 2002.   (Hollander investiga cómo artesanos anónimos o vernáculos contribuyeron al patrimonio artístico nacional. El texto es relevante para la discusión en el ensayo sobre los pintores bolivianos anónimos y los escultores hispano-filipinos, cuya omisión refleja el trato general hacia los artesanos populares y coloniales.
  • Kleinbauer, W. Eugene.   Introduction to Medieval Stained Glass.   Nueva York:   Harper & Row, 1971.   (Kleinbauer nos ofrece una introducción clásica a las vidrieras medievales como arte tanto narrativo como abstracto. Su texto apoya la lectura de las vidrieras del Maguire como color luminoso liberado del símbolo, sin dejar de reconocer sus raíces devocionales).
  • Philanthropy Roundtable.   “Donor Intent Gone Wrong:   The Battle for Control of the Barnes Art Collection. 2022”.   Cortometraje documental.   (En la serie Wisdom and Warnings.   (Un breve documental de 10 minutos que examina cómo las instrucciones explícitas de Barnes para un uso educativo con pequeños grupos fueron anuladas por ambiciones institucionales más amplias. Subraya el tema del desarraigo a través de la traición de la intención, reforzando cómo el desplazamiento fue tanto moral como espacial).
  • Viau-Courville, Olivier.   The Vargueño:   Spanish Colonial Furniture and Power.   Ciudad de México:   Instituto Nacional de Antropología e Historia, 2021.   (Monografía especializada sobre el vargueño, que explica su papel simbólico en el imperio español como emblema de autoridad y artesanía híbrida. Fundamenta directamente la interpretación del vargueño en el ensayo como un escritorio digno de un escriba real y transformado por la artesanía del Nuevo Mundo).

« La disciplina de la duda »

August 24, 2025

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Ricardo Morín
Serie de periódicos Nº 2: La disciplina de la duda
130 × 165 cm.
Tinta, corrector líquido y óleo absorbido sobre papel de periódico
2006

Ricardo F. Morín

August de 2025

Bala Cynwyd, Pa

Este ensayo es la segunda parte de una trilogía que examina la certeza, la duda y la ambivalencia como condiciones que configuran nuestra comprensión de la realidad. Se centra en la duda como disciplina y carga: una práctica que desestabiliza las afirmaciones de conocimiento y, sin embargo, hace posible la comprensión. Aquí la duda no se presenta como debilidad, sino como una postura necesaria dentro de la comunicación humana. Su valor no reside en el cierre, sino en mantener abierta la frágil línea entre apariencia y realidad. La trilogía comienza con Los colores de la certeza y concluye con Cuando todo lo que sabemos es prestado.

El escepticismo y la duda suelen mencionarse como si fueran lo mismo, pero difieren en aspectos esenciales. El escepticismo se inclina hacia la desconfianza: supone que las afirmaciones son falsas hasta que se demuestre lo contrario. La duda, en cambio, no parte del rechazo. Suspende el juicio, reteniendo tanto la aceptación como la negación, para que las preguntas puedan desplegarse. El escepticismo cierra la investigación de manera prematura; la duda preserva su posibilidad. Bien entendida, la indagación pertenece no a la creencia ni a la incredulidad, sino a la duda.

Esta distinción importa porque la indagación rara vez sigue un camino directo hacia la certeza. Con frecuencia es estratificada, inquieta e incompleta. Considérese el caso de la medicina. Un paciente puede recibir un diagnóstico inquietante y consultar a varios médicos, cada uno ofreciendo un pronóstico distinto. Uno puede ser más esperanzador, otro más cauteloso, pero ninguno plenamente concluyente. La tentación en tales circunstancias es aferrarse a la respuesta más tranquilizadora o descartar todas como poco confiables. Ambos impulsos distorsionan la situación. La indagación exige otro camino: comparar, sopesar, poner a prueba y, en última instancia, aceptar que la certeza puede no ser alcanzable. En este reconocimiento, la duda demuestra su disciplina: sostiene la investigación sin prometer resolución y enseña que la ausencia de final no es un fracaso, sino la condición para un entendimiento continuo.

Incluso dentro de la propia medicina, los líderes reconocen esta tensión. Abraham Verghese, junto con otros académicos de Stanford, ha señalado que apenas la mitad de lo que se enseña en las facultades de medicina resulta directamente relevante para el diagnóstico; el resto es especulativo o infundado. Esta observación no pretende desacreditar la formación médica, sino subrayar la necesidad de un método que priorice la verificación sobre la repetición acrítica. El diagnóstico clínico, por tanto, no se apoya en una acumulación de certezas, sino en la práctica constante de la duda disciplinada: cuestionar, descartar lo irrelevante y sostener lo provisional mientras se busca mayor precisión.

La historia ofrece otra lección vívida en la figura de Galileo Galilei. Cuando entrenó su telescopio hacia el cielo en 1609, observó cuatro lunas orbitando Júpiter y fases de Venus que sólo podían explicarse si el planeta giraba alrededor del sol. Estos descubrimientos contradecían el sistema ptolemaico, que durante siglos había colocado la tierra en el centro de la creación. La creencia exigía obediencia a la tradición; el escepticismo podía haber descartado todo conocimiento heredado como corrupto. El camino de Galileo fue distinto. Midió, documentó y publicó, sabiendo que la evidencia debía sopesarse antes de ser afirmada o negada. El costo de esta duda fue severo: interrogatorio, censura y arresto domiciliario. Sin embargo, fue precisamente su negativa a asentir con demasiada rapidez—su suspensión del juicio hasta que la evidencia resultara contundente—lo que hizo posible la indagación. Galileo muestra cómo la duda puede preservar las condiciones del conocimiento incluso bajo la mayor presión para creer.

La literatura ofrece un paralelo. En Hamlet de Shakespeare, el joven príncipe es confrontado por el espectro de su padre asesinado, que exige venganza. Creer significaría aceptar de inmediato la palabra de la aparición y matar al rey sin vacilación. Ser escéptico equivaldría a descartarla como alucinación o engaño. Hamlet no hace ni lo uno ni lo otro. Permite que la duda gobierne su respuesta. Pone a prueba la afirmación del espectro montando una obra que reproduce el supuesto crimen y observa la reacción del rey en busca de confirmación. Su negativa a actuar únicamente con base en la creencia, y su renuencia a descartar al espectro sin más, ilustran la disciplina de la duda. Su tragedia no radica en dudar, sino en llevar la duda más allá de lo proporcionado, hasta que la vacilación misma consume la acción. Shakespeare deja claro que la indagación requiere equilibrio: suficiente duda para poner a prueba lo que se afirma, suficiente resolución para actuar cuando la evidencia habla.

Las exigencias de la vida pública muestran con igual claridad la diferencia. En los primeros meses de la pandemia de COVID-19, se pidió a los ciudadanos confiar de inmediato en los pronunciamientos oficiales o, por el contrario, descartarlos como falsedades deliberadas. La creencia llevó a algunos a aferrarse acríticamente a cada garantía, por contradictoria que fuera; el escepticismo llevó a otros a rechazar todas las orientaciones como propaganda. La duda ofreció otro camino: preguntar qué pruebas sustentaban las afirmaciones, comparar los primeros informes con los estudios posteriores y aceptar que el conocimiento era provisional y cambiante. La incertidumbre era incómoda, pero también la única respuesta honesta a una realidad en rápida transformación.

Un patrón semejante surgió tras los ataques del 11 de septiembre. Los gobiernos urgieron a las poblaciones a escoger: apoyar la intervención militar o ser acusados de deslealtad. La creencia aceptó la justificación de la guerra al pie de la letra; el escepticismo descartó todas las afirmaciones oficiales como manipulación. La duda, sin embargo, preguntó qué pruebas existían sobre armas de destrucción masiva, qué intereses moldeaban la prisa por invadir y qué alternativas se estaban excluyendo. Dudar en tales circunstancias no fue deslealtad, sino responsabilidad: el intento de retener el asentimiento hasta que las afirmaciones pudieran ser verificadas. Estos ejemplos muestran que la duda no es pasividad. Es la disciplina activa de someter a prueba lo que se dice frente a lo que se puede saber, resistiendo la seducción del cierre prematuro.

La verificación exige precisamente esta suspensión: no la comodidad de la creencia, ni el descarte del escepticismo, sino la disciplina de demorarse en la incertidumbre el tiempo suficiente para que la prueba cobre forma. Puede decirse que sólo es posible verificar cuando la creencia queda en suspenso. La creencia anhela un cierre, el escepticismo presume la falsedad, pero la duda aquieta la mente en el intervalo, allí donde la verdad puede aproximarse sin la ilusión de ser poseída.

El mismo principio alcanza a las tentaciones del éxito y del reconocimiento. El éxito y la fama se asemejan a cenizas: restos vacíos de un fuego que alguna vez ardió y que ahora yace extinguido, incapaces de ofrecer verdadero gozo a una mente indagadora. Las cenizas evocan una llama que se consumió en su propio ardor. Así ocurre con la fama: cuando cesa el aplauso, sólo queda el residuo. También la creencia brinda amparo pasajero, pero se vuelve frágil cuando nunca se somete a prueba. El reconocimiento y la convicción prometen permanencia, y sin embargo ambos se quiebran con facilidad. Una mente entregada a la indagación no puede reposar en ellos. Requiere algo menos visible, más perdurable: la negativa a definirse con premura, la disciplina del anonimato.

El anonimato aquí no significa apartarse del mundo. Significa, más bien, contener la afirmación o el propósito hasta que el conocimiento madure. Declarar con exceso de rapidez lo que uno es, o lo que uno sabe, equivale a clausurar el descubrimiento. Por necesidad, la mente indagadora permanece anónima. Se resiste a ser apresada por etiquetas o sostenida en reconocimientos. Su apertura es su fuerza. Permanece atenta a lo que aún no ha sido revelado.

La época presente vuelve aún más apremiante esta disciplina. La tecnología acelera cada demanda de certeza: los titulares han de ser inmediatos, las opiniones instantáneas, las identidades reducidas a perfiles y etiquetas. Las redes sociales prosperan en la afirmación repetida de la creencia, rara vez en la duda considerada y puesta a prueba. Los algoritmos recompensan la prisa y la indignación, castigando la vacilación como debilidad y la contradicción como traición. Cultivar la duda y el anonimato es, por ello, una forma de resistencia. Resguarda la sutileza del pensamiento frente a la presión de la velocidad y el espectáculo. Se niega a que la indagación se reduzca a consignas o a que la certeza se comprima en frases hechas.

La disciplina de la duda enseña que la verdad nunca se posee, sólo se persigue. El éxito, la fama y la creencia pueden fulgurar un instante, pero acaban desmoronándose en cenizas. Lo que permanece es la labor callada de preguntar, la paciencia de permanecer indefinido hasta que el conocimiento tome cuerpo. Creer es instalarse en el residuo; dudar es sostenerse en el fuego vivo. Preguntar es avivar la llama; creer es juntar cenizas.


Bibliografía anotada

  • Arendt, Hannah: Between Past and Future. New York: Viking Press, 1961. (Arendt examina la importancia de pensar sin apoyos absolutos; ilumina cómo la disciplina de la duda resiste certezas políticas y sociales).
  • Bauman, Zygmunt: Liquid Modernity. Cambridge: Polity Press, 2000. (Bauman describe la fluidez y la precariedad de las certezas en la modernidad; refuerza la idea de la duda como condición frente a la volatilidad contemporánea).
  • Berlin, Isaiah: The Crooked Timber of Humanity. Princeton: Princeton University Press, 1991. (Berlin analiza el pluralismo de valores y la imposibilidad de certezas únicas; sostiene la necesidad de vivir con tensiones irresueltas).
  • Bitbol-Hespériès, Annie: Descartes’ Natural Philosophy. New York: Routledge, 2023. (Bitbol-Hespériès examina cómo la filosofía natural cartesiana surge de un ejercicio constante de duda metódica; ofrece una lectura contemporánea que conecta ciencia y metafísica).
  • Han, Byung-Chul: In the Swarm: Digital Prospects. Cambridge, MA: MIT Press, 2017. (Han examina la presión de la transparencia y la aceleración digital; aporta claves para entender cómo la tecnología desvirtua la paciencia de la duda).
  • Croskerry, Pat; Cosby, Karen S.; Graber, Mark; and Singh, Hardeep, eds.: Diagnosis: Interpreting the Shadows. Boca Raton, FL: CRC Press, 2017. (Abordan la complejidad cognitiva del razonamiento diagnóstico; muestra cómo la incertidumbre es inherente a la práctica clínica y cómo la duda disciplinada puede reducir los errores diagnósticos).
  • Elstein, Arthur S. y Schwartz, Alan: Clinical Problem Solving and Diagnostic Decision Making: Selective Review of the Cognitive Literature. New York: Oxford University Press, 2002. (Un estudio fundamental en la toma de decisiones médicas, que muestra cómo el razonamiento diagnóstico depende menos de un conocimiento estático y más de la duda metódica y la verificación).
  • Finocchiaro, Maurice: Retrying Galileo, 1633–1992. Berkeley: University of California Press, 2005. (Finocchiaro explora los juicios y revisiones históricas del proceso contra Galileo; muestra cómo la duda científica chocó con la autoridad religiosa y cómo ha sido reinterpretada).
  • Gaukroger, Stephen: Descartes: An Intellectual Biography. Oxford: Oxford University Press, 2002. (Una biografía intelectual que sitúa a Descartes en el contexto cultural del siglo XVII; ilumina cómo la duda cartesiana fue también estrategia frente a tensiones religiosas y científicas).
  • Garber, Daniel: Descartes Embodied: Reading Cartesian Philosophy through Cartesian Science. Cambridge: Cambridge University Press, 2001. (Garber analiza la estrecha relación entre la ciencia de Descartes y su método filosófico; subraya cómo la práctica científica refuerza la disciplina de la duda).
  • Graber, Mark L.; Schiff, Gordon D.; and Singh, Hardeep: The Patient and the Diagnosis: Navigating Clinical Uncertainty. New York: Oxford University Press, 2020. (Graber explora cómo los médicos gestionan la incertidumbre, subrayando que la precisión en el diagnóstico surge de métodos estructurados más que de un conocimiento incuestionado).
  • Han, Byung-Chul: The Disappearance of Rituals. Cambridge: Polity Press, 2020. (Han explora cómo la sociedad digital erosiona los espacios de repetición y espera; ilumina la urgencia de recuperar anonimato y demora en la indagación).
  • Machamer, Peter, ed.: The Cambridge Companion to Galileo. Cambridge: Cambridge University Press, 1998. (Colección de ensayos actualizados que presentan la obra de Galileo desde la historia de la ciencia, la filosofía y la política; ilumina cómo la duda empírica transformó la cosmología).
  • Nussbaum, Martha: Political Emotions: Why Love Matters for Justice. Cambridge, MA: Harvard University Press, 2013. (Nussbaum examina cómo las instituciones liberales pueden cultivar de manera responsable las emociones públicas—como el amor, la tolerancia y la solidaridad—enriqueciendo así la sección del ensayo sobre la vida cívica, que muestra cómo el cultivo emocional, más allá de la creencia o el escepticismo, sostiene la indagación social).
  • Popkin, Richard: The History of Scepticism: From Savonarola to Bayle. Oxford: Oxford University Press, 2003. (Estudio histórico del escepticismo, mostrando cómo evoluciona entre desconfianza radical y disciplina de la indagación).
  • Shakespeare, William: Hamlet. New Haven: Yale University Press, 2003. (Encarnación literaria de la duda como fuerza ambivalente: motor de la indagación y riesgo de la parálisis).
  • Shea, William, and Mariano Artigas: Galileo in Rome: The Rise and Fall of a Troublesome Genius. Oxford: Oxford University Press, 2003. (Narración accesible y documentada del enfrentamiento de Galileo con la Iglesia; ilustra cómo la persistencia en la duda verificadora tuvo consecuencias vitales y políticas).
  • Verghese, Abraham; Saint, Sanjay; and Cooke, Molly: “Critical Analysis of the ‘One Half of Medical Education Is Wrong’ Maxim.” Academic Medicine 86, no. 4 (2011): 419–423. (Autorizado por académicos vinculados a Stanford en educación médica; argumenta que gran parte de la enseñanza médica carece de relevancia directa para la exactitud diagnóstica, lo que subraya la necesidad de la duda disciplinada y la reevaluación).

« Los colores de la certeza »

August 23, 2025

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Ricardo Morín
Newsprint Series Nº 9: Los colores de la certeza
47” × 74”
Tintas translúcidas, tinta sumi, corrector líquido y óleo absorbido sobre papel de periódico
2006

Ricardo Morín

Agosto 2025

Bala Cynwyd, Pa.

~

Este ensayo es la primera parte de una trilogía que explora cómo los seres humanos se acercan a la realidad a través de la certeza, la duda y la ambivalencia. Comienza con la certeza—cómo el deseo de estabilidad impulsa el pensamiento y la creencia, incluso cuando lo que parece seguro ya está abierto al cambio. Aunque escrito desde una indagación personal, su alcance es más amplio: la cuestión de la certeza concierne no solo a una vida, sino también a las frágiles condiciones de la realidad compartida. La trilogía continúa con « La disciplina de la duda » y concluye con « Cuando todo lo que sabemos es prestado ».

Los colores de la certeza

Vivimos en una época marcada por la división. Las sutilezas del pensamiento que antes nos permitían detenernos, ponderar y distinguir son arrasadas cada vez más por la exigencia de una claridad inmediata. Todo se empuja hacia los opuestos: sí o no, aliado o enemigo, despierto o dormido. El ritmo de la vida pública, acelerado por la tecnología y amplificado por el conflicto, deja escasa paciencia para el matiz. La contradicción, que antes señalaba el trabajo inquieto de una mente honesta, se trata hoy como traición. En esta atmósfera, admitir la complejidad es arriesgarse a la desconfianza, y hasta la más leve vacilación se juzga como debilidad. Se nos pide, una y otra vez, que nos definamos como si la identidad fuera un solo trazo, y no un dibujo delineado por el transcurso del tiempo.

Los símbolos prosperan en este clima, reduciendo la complejidad a imágenes consumibles. Pocos han resultado tan perdurables como las metáforas de las píldoras extraídas de la película The Matrix. Cuando esta apareció en 1999, la escena de elegir entre la píldora roja y la azul era un recurso cinematográfico que dramatizaba la tensión entre realidad e ilusión. Su influencia creció de forma gradual, a medida que el filme se convirtió en un referente generacional. En las décadas siguientes, sus colores se filtraron en comunidades cibernéticas así como en la retórica política, hasta endurecerse en modos de pensamiento que configuran cómo imaginamos la verdad y la identidad. Tomar la píldora roja se convirtió en una declaración de despertar, en acceso a verdades ocultas. Tomar la azul pasó a ser objeto de burla por complacencia. Con el tiempo apareció incluso la más oscura, la píldora negra, que representaba la desesperanza y el fatalismo asumido como destino.

Una vez que esta lógica se impone, el mundo mismo se reduce a un teatro de absolutos. El desacuerdo se convierte en traición, y la pertenencia se mide no por la vida compartida sino por la lealtad categórica. Lo he sentido incluso en conversaciones con personas a quienes conozco desde hace décadas. En un intercambio, comenté que me indignaba el hábito reciente de Noam Chomsky, incluso en sus noventa años, de oponerse a la hegemonía occidental sobre Rusia como si esa postura pudiera excusar la guerra en Ucrania. Sin embargo, en otro contexto expresé mi admiración por su trabajo sobre la relevancia lingüística en la ciencia hace ya cuarenta años, que aún ilumina cómo el lenguaje configura el conocimiento. Para mi interlocutor, ambas afirmaciones parecían incompatibles, como si no pudieran ser ciertas a la vez. La expectativa era que mi juicio debía ser uniforme: o rechazaba a Chomsky por completo o lo respaldaba sin reservas.

¿Por qué hay que justificar tales distinciones, como si cada juicio tuviera que formar una sola línea de lealtad? Los contextos no son los mismos: uno pertenece a los años ochenta, otro al presente; uno al ámbito de la lingüística, otro al de la geopolítica. Sin embargo, en el clima actual, la exigencia de congruencia es implacable. Refleja la lógica de la píldora que se ha infiltrado en nuestro habla y en nuestros hábitos de pensamiento: uno está despierto o dormido, alineado u opuesto, coherente en todos los dominios o indigno de confianza en todos.

Ese mismo anhelo de certeza también nos dio Infowars. Fundado en 1999, el mismo año en que se estrenó The Matrix, se convirtió en un teatro comercial de la metáfora de la píldora roja. Infowars prosperó dramatizando la crisis, diciendo a su público que las élites, los gobiernos o fuerzas ocultas manipulaban los acontecimientos en cada momento. Lo que las instituciones explicaban como complejidad, Infowars lo simplificaba en traición. La claridad que ofrecía resultaba embriagadora: bien contra mal, libertad contra tiranía, despiertos contra engañados. No eran sólo ideas lo que se vendía, sino la certeza misma: empaquetada en kits de supervivencia, suplementos y consignas. Al pretender liberar a su público de la ilusión, Infowars creó otra nueva, ofreciendo no comprensión sino una representación permanente del despertar.

El estrechamiento del discurso no se limita a la política y la ideología; se extiende también a quién tiene permiso para hablar. Lo recordé en un intercambio privado, donde la escritura misma fue descartada como la obra de un “liberal de sillón” o un “socialista de limusina”. Según esta visión, sólo quienes han sido marcados directamente por la batalla pueden hablar de la guerra, sólo quienes han sufrido prejuicio en carne propia pueden dar voz a la injusticia, y escribir como observador es burlarse de la realidad de la lucha. Es una acusación destinada a desacreditar, como si el acto de “luchar con un teclado” fuese menos real que el campo ensangrentado. Sin embargo, tal sospecha niega lo que la escritura siempre ha sido: un medio de dar testimonio, de preservar la memoria, de configurar la conversación a través de la cual las sociedades se reconocen a sí mismas. La pluma nunca ha reemplazado la experiencia, pero siempre la ha transformado en algo compartible y duradero. Exigir el sufrimiento directo como única credencial para hablar es reducir el testimonio a autobiografía y privar al diálogo de la amplitud que surge cuando se unen voces desde diferentes perspectivas.

Otra dificultad reside en el propio lenguaje. Los escritores que buscan la máxima precisión —que estiran el lenguaje hasta su filo más agudo— suelen descubrir que lo que emerge son metáforas. Incluso cuando se apoyan en términos fundamentados, la descripción requiere figuras del pensamiento, imágenes y analogías que nunca pueden ser del todo exactas. La cuestión es hasta qué punto el lenguaje puede ser realmente preciso. Incluso las mentes más brillantes luchan con las definiciones, porque en sus mejores formulaciones siguen siendo teorías presuntivas. Reconocer esto no es disminuir el lenguaje, sino comprender que nuestra dependencia de los tropos no es debilidad, sino necesidad. Los relatos y las metáforas son los puentes de la comprensión, sin los cuales la complejidad se disolvería en ruido. Apoyarse en la metáfora no es abandonar la verdad, sino aproximarse a ella a través de lo que puede compartirse.

Lo que comenzó como un recurso cinematográfico se ha convertido en un método de pensamiento, y en muchos sentidos en una prisión. The Matrix ofreció a su público una visión de despertar mediante la elección, pero nuestra cultura ha tomado esa imagen y la ha transformado en una cuadrícula de lealtades, donde cada postura se mide según la cápsula que uno haya ingerido. Infowars amplificó esta postura, dramatizando el hambre de certeza hasta que la conspiración se convirtió en sustituto del pensamiento. La sospecha sobre la posición del escritor lo estrechó aún más, ridiculizando la reflexión como inauténtica y exigiendo que el discurso llevara las cicatrices de la experiencia directa antes de poder considerarse legítimo. Y por debajo de todo yace la fragilidad del lenguaje mismo: su incapacidad para definir con precisión absoluta, su dependencia de metáforas que configuran las realidades que describen.

Hablar hoy de píldoras rojas, azules o negras no es sólo referirse a una película o a una subcultura; es reconocer el dominio de una sociedad que prefiere los binarios al diálogo, la antagonía a la complejidad, la representación a la reflexión. Resistir ese dominio es recordar que el pensamiento no es una píldora que deba tragarse, sino una conversación que debe sostenerse, una conversación mantenida en el frágil medio del lenguaje mismo. Por incierta que sea, por provisional que parezca, es en ese acto constante de hablar y escuchar donde la cultura permanece viva: donde la amistad puede perdurar, donde el testimonio puede ser honrado y donde las verdades que ningún color puede contener encuentran todavía su voz.

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**Sobre la imagen de portada:

Pertenece a una serie que transforma fragmentos de material impreso en campos estratificados de color y borradura, esta obra habla de la inestabilidad de la certeza misma. Los pigmentos velan y revelan por turnos, mientras que el papel de periódico recuerda que la verdad es mediada, provisional y nunca libre de interpretación. Como ocurre con el lenguaje en el ensayo, el sentido surge sólo a través del contraste, de aquello que resiste ser contenido.


Bibliografía anotada

  • Cialdini, Robert B. Influence: The Psychology of Persuasion. Nueva York: Harper Business, 2006. (Un estudio clásico de la psicología del comportamiento que muestra cómo la persuasión explota elecciones binarias y señales de autoridad; útil para comprender el atractivo de las metáforas de la píldora y la certeza que prometen los movimientos conspirativos.)
  • Lakoff, George, y Johnson, Mark: Metaphors We Live By. Chicago: University of Chicago Press, 2003. (Texto fundamental sobre la metáfora en la cognición y el lenguaje, relevante para el argumento del ensayo de que incluso el uso más preciso del lenguaje depende de tropos y estructuras figurativas para la comprensión humana.)
  • Marwick, Alice, y Lewis, Rebecca: Media Manipulation and Disinformation Online. Nueva York: Data & Society Research Institute, 2017. (Informe analítico que documenta cómo las narrativas conspirativas se difunden a través de los ecosistemas digitales; destaca el papel de las plataformas en la amplificación de binarios simbólicos como el “despertar” de la píldora roja.)
  • Pew Research Center. “Public Trust in Government: 1958–2023”. Washington: Pew Research Center, 2023. (Presenta datos longitudinales sobre la erosión de la confianza institucional en Estados Unidos y ofrece un contexto empírico para comprender por qué el público recurrió a voces alternativas como Infowars.)
  • Southern Poverty Law Center. Male Supremacy. Montgomery: SPLC, 2019. (Informe que clasifica la subcultura Incel y grupos afines dentro del mayor “ecosistema supremacista masculino,” citado en relación con la ideología de la píldora negra y sus vínculos con la violencia.)
  • Sunstein, Cass R., y Adrian Vermeule: Conspiracy Theories and Other Dangerous Ideas. Nueva York: Simon & Schuster, 2014. (Explora por qué prosperan las teorías de conspiración y las presenta como intentos de generar certeza en momentos de desorientación social. Muy relevante para la discusión de Infowars como teatro comercial de la metáfora de la píldora roja.)
  • Taguieff, Pierre-André: The New Culture Wars. París: CNRS Éditions, 2020. (Tratamiento político-filosófico de la política identitaria y las antagonías binarias en las democracias occidentales; ofrece perspectiva sobre cómo las metáforas de la píldora penetraron en el teatro más amplio de las guerras culturales.)
  • Tversky, Amos, y Kahneman, Daniel: Judgment under Uncertainty: Heuristics and Biases. Cambridge: Cambridge University Press, 1982. (Obra fundacional en la ciencia cognitiva que explica por qué las personas reducen realidades complejas a binarios simplificados; sustenta la meditación del ensayo sobre el atractivo de la certeza.)

« La política de represión: … »

August 22, 2025

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Diseño de cubierta para el ensayo «La política de la represión: Autoritarismo y espectáculo». La imagen compuesta yuxtapone vigilancia, militarización, propaganda y espectáculo de masas para subrayar cómo los regímenes autoritarios vuelven las vidas prescindibles mientras legitiman el control mediante la exhibición.

Autoritarismo y espectáculo

Por Ricardo Morín. En tránsito hacia y desde NJ, 22 de agosto de 2025

El autoritarismo en la era actual no se presenta con símbolos uniformes. Surge tanto en democracias como en Estados de partido único, en países con economías en declive y en aquellos que presumen de un crecimiento acelerado. Lo que une estos contextos no es la forma formal de gobierno, sino la manera en que el poder actúa sobre los individuos: la autonomía se restringe, la dignidad se niega y la disidencia se reclasifica como amenaza. El control se mantiene no solo mediante la coerción, sino también mediante la apropiación de valores universales —paz, tolerancia, armonía, seguridad— vaciados de su contenido y reutilizados como instrumentos de silencio. El resultado es una política en la que los seres humanos son tratados como prescindibles y el espectáculo sirve tanto de distracción como de justificación.

En Estados Unidos, la Carta de Derechos garantiza libertades, pero su fuerza práctica se debilita por la desigualdad estructural y el control concentrado de la comunicación. Tras los atentados del 11 de septiembre, la Ley USA PATRIOT autorizó una vigilancia generalizada en nombre de la defensa de la libertad, normalizando el monitoreo de las comunicaciones privadas (ACLU 2021). Movimientos de protesta como las manifestaciones de Black Lives Matter en 2020 llenaron las calles, pero su urgencia fue absorbida por los circuitos de la cobertura mediática, el enfrentamiento partidista y la monetización corporativa (New York Times 2020). Lo que comienza como protesta a menudo concluye como espectáculo: filmado, reproducido y reencuadrado hasta que el mensaje original se desplaza por la circulación. Mientras tanto, la epidemia de opioides, la indigencia masiva y la quiebra médica revelan cómo millones de vidas se toleran como prescindibles (CDC 2022). Su sufrimiento se reconoce en estadísticas, pero rara vez se atiende en políticas, tratado como un daño colateral dentro de un orden que valora la visibilidad más que el remedio.

Venezuela ofrece un caso más directo. La Ley contra el Odio, aprobada en 2017 por una asamblea constituyente sin legitimidad democrática, se presentó como una medida para proteger la tolerancia y la paz. En la práctica, se ha utilizado para procesar a periodistas, estudiantes y ciudadanos por expresiones que en una sociedad democrática pertenecerían de lleno al ámbito del debate (Amnistía Internacional 2019). Más recientemente, la creación del Consejo Nacional de Ciberseguridad ha ampliado esta lógica, colocando a los administradores de grupos de WhatsApp y Telegram en la posición de vigilantes, multiplicando el miedo y la autocensura entre vecinos y colegas (Transparencia Venezuela 2023). Al mismo tiempo, la privación funciona como instrumento de disciplina: el acceso a alimentos y medicinas se distribuye selectivamente, convirtiendo la escasez en un medio de control (Human Rights Watch 2021). Las concentraciones televisadas y los plebiscitos del Estado representan unidad y lealtad, pero la realidad es una sociedad fracturada por el exilio, con más de siete millones de ciudadanos en el exterior y los que permanecen atados más por necesidad que por consentimiento (ACNUR 2023).

Rusia combina la represión con el teatro patriótico. La Ley de 2002 sobre la Lucha contra la Actividad Extremista y el estatuto de “agentes extranjeros” de 2012 han desmantelado sistemáticamente el periodismo independiente y la sociedad civil (Human Rights Watch 2017), mientras que la ley de 2022 contra la “desacreditación de las fuerzas armadas” criminalizó incluso describir la guerra como guerra (BBC 2022). Se ha detenido a ciudadanos por portar carteles en blanco, mostrando cómo cualquier acto, por simbólico que sea, puede ser castigado si se interpreta como disidencia (Amnistía Internacional 2022). La guerra en Ucrania ha revelado el costo humano de este sistema: reclutas provenientes de regiones pobres y de minorías son enviados al frente, consumiendo sus vidas en nombre de la proyección nacional. En el interior, la televisión estatal ridiculiza la disidencia como traición o manipulación extranjera, mientras desfiles, conmemoraciones y elecciones gestionadas convierten la coerción en deber. La promesa oficial de seguridad y unidad se sostiene no en la convivencia, sino en la negación sistemática de voces plurales, reforzada a la vez por la ley, la propaganda y la representación ritual.

China ilustra el modelo tecnológicamente más integrado. La Ley de Ciberseguridad de 2017 y la Ley de Seguridad de Datos de 2021 obligan a empresas e individuos a someterse al control estatal sobre la información digital, extendiendo la vigilancia a todas las capas de la sociedad (Creemers 2017; Kuo 2021). Las plataformas de redes sociales obligan a los administradores de grupos a supervisar contenidos, trasladando la responsabilidad de la conformidad a los propios ciudadanos (Freedom House 2022). Al mismo tiempo, el espectáculo satura el espacio público: el festival de compras del Día del Soltero en noviembre genera miles de millones en ventas, presentado como prueba de prosperidad y cohesión, mientras los medios estatales exhiben logros tecnológicos como triunfos nacionales (Economist 2021). Comunidades enteras, particularmente en Xinjiang, son designadas como objetivos de reeducación y vigilancia. Se cierran mezquitas, se restringen lenguas y se suprimen tradiciones, todo en nombre de la armonía (Amnistía Internacional 2021). Se invoca la estabilidad, pero la realidad es la negación sistemática de la dignidad: la identidad reducida a una categoría administrativa, la vida cultural desmantelada a voluntad y la existencia misma condicionada a la conformidad con los designios del poder estatal.

En conjunto, estos casos revelan una lógica común. Estados Unidos mercantiliza la disidencia y normaliza el abandono como condición permanente de la vida pública. Venezuela utiliza la privación para imponer disciplina y el cumplimiento resultante se presenta públicamente como lealtad al Estado. Rusia exige sacrificio y transforma la coerción en deber patriótico. China fusiona vigilancia y prosperidad e ingenieriza la conformidad. Comunidades enteras son suprimidas en nombre de la armonía. Los registros difieren —comercial, ritual, militarizado, digital— pero el patrón es compartido: la disidencia es despojada de legitimidad, las vidas son tratadas como prescindibles y los valores universales se invierten para justificar la coerción.

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Referencias

  • ACLU: “Surveillance under the USA PATRIOT Act. American Civil Liberties Union, 2021. Expone cómo tras el 11-S se amplió la vigilancia estatal en nombre de la seguridad, reduciendo derechos de privacidad.
  • Amnesty International: Venezuela: “Ley contra el Odio usada para silenciar la disidencia”. Amnesty International, 2019. (Este reporte analiza el uso de la ley de 2017 para procesar ciudadanos y periodistas bajo la retórica de la tolerancia.)
  • Amnesty International: “China: Uighurs and Other Muslim Minorities Subjected to Crimes against Humanity”. Amnesty International, 2021. (Este reporte documenta la represión masiva en Xinjiang, incluyendo detenciones arbitrarias, vigilancia y restricciones culturales.)
  • Amnesty International: “Russia: Arrests for Blank Signs Show Absurd Repression of Dissent”. Amnesty International, 2022. (Este reporte evidencia cómo cualquier acto simbólico puede ser castigado como disidencia en Rusia.)
  • BBC: “Russia Passes Law Banning Criticism of Ukraine War”. BBC News, 2022. (BBC reporta la aprobación de la ley que penaliza críticas a la guerra en Ucrania.)
  • CDC: “Drug Overdose Deaths in the U.S. Top 100,000 Annually”. Centers for Disease Control and Prevention, 2022. (El CDC proporciona datos sobre la epidemia de opioides en EE.UU., mostrando vidas tratadas como prescindibles.)
  • Creemers, Rogier: “Cybersecurity Law of the People’s Republic of China: Translation with Annotations”. Leiden University, 2017. (Traducción y análisis de la Ley de Ciberseguridad china que institucionaliza el control estatal sobre la información digital.)
  • Economist: “China’s Singles’ Day: The World’s Biggest Shopping Festival”. The Economist, 2021. (Este reporte explica cómo el consumo masivo se convierte en espectáculo estatal que exhibe cohesión y prosperidad.)
  • Freedom House: “Freedom on the Net 2022: China”. Freedom House, 2022. (Este reporte detalla cómo se delega la censura a los propios ciudadanos, en particular a administradores de grupos en línea.)
  • Human Rights Watch: “Russia: Government vs. Rights Groups”. Human Rights Watch, 2017. (HRW analiza las leyes de “agentes extranjeros” que desmantelaron el periodismo independiente y las ONG.)
  • Human Rights Watch: “Venezuela’s Humanitarian Emergency: Large-Scale UN Response Needed to Save Lives”. Human Rights Watch, 2021. (HRW expone cómo la escasez de alimentos y medicinas se usa como herramienta de control político.)
  • Kuo, Lily: “China Passes Sweeping Data Privacy Law”. The Guardian, 2021. (Kuo informa sobre la Ley de Seguridad de Datos que amplía el control estatal sobre la información digital.)
  • New York Times: “How Black Lives Matter Changed the Way Americans Fight for Justice”. The New York Times, 2020. (NYT describe cómo las protestas de 2020 fueron absorbidas como contenido mediático y corporativo, perdiendo impacto político directo.)
  • Transparencia Venezuela: “Consejo Nacional de Ciberseguridad: Un Nuevo Mecanismo de Control Ciudadano”. Transparencia Venezuela, 2023. (TV explica cómo el Estado amplía la vigilancia digital y fomenta la autocensura comunitaria.)
  • UNHCR: “Venezuelan Refugee and Migrant Crisis”. United Nations High Commissioner for Refugees, 2023. (UNHCR Ofrece cifras de la diáspora venezolana, destacando el costo humano de la represión y la privación.)