Ricardo Morin « Nuestras historias y su sombra » (Serie de plantillas) 3.ª de seis Cada una mide 76 cm x 56 cm = 167 cm de alto x 167 cm en total Acuarela sobre papel 2005
A la memoria que todos heredamos—capaz de tender puentes entre distancias, aunque con mayor frecuencia las ahonde.
Por Ricardo Morin
12 de agosto de 2025
*
A través de las culturas, los rituales son a la vez recipientes de historia e instrumentos de adaptación. Llevan consigo el peso de la memoria colectiva mientras responden a las cambiantes condiciones del presente, negociando entre las formas heredadas y las realidades en las que se practican.
En una boda reciente dentro de una tradición centenaria, dos miembros de la familia —un rabino y una mujer— compartieron las funciones de oficiar, incorporando adaptaciones contemporáneas a la ceremonia. Los roles compartidos, los gestos y las bendiciones mostraron cómo la continuidad y la innovación pueden habitar en un mismo espacio, entretejiendo memoria y renovación.
Tales ocasiones se desarrollan en atmósferas moldeadas tanto por el discurso público como por la herencia personal. Demuestran que las ceremonias nunca son estáticas: están marcadas por los ecos del pasado, pero se reconfiguran bajo las urgencias y esperanzas del presente.
Este juego entre lo ceremonial y lo político dista mucho de ser único. Las diásporas en todo el mundo han equilibrado por largo tiempo la preservación de formas esenciales con la incorporación de nuevas influencias. Mi propia ascendencia se remonta a comunidades que, a lo largo de generaciones, conservaron elementos de prácticas anteriores mientras se integraban a nuevos entornos —una trayectoria familiar para muchos que han sido moldeados por la migración y las presiones de la asimilación.
La pregunta persistente, visible en ceremonias de muchas culturas, es si las costumbres sobreviven mejor cuando se aferran firmemente a las formas heredadas o cuando se adaptan para acoger la diversidad y salvaguardar la integridad de los demás. Como con muchos legados, la historia responderá a su debido tiempo.
*
Bibliografía anotada
Anderson, Benedict: Comunidades imaginadas: Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo. Londres: Verso, 2006. (En esta obra influyente, Anderson examina cómo las narrativas y rituales culturales compartidos crean un sentido de pertenencia entre poblaciones dispersas. Andersen explora cómo las comunidades sostienen la identidad a lo largo de generaciones, ofreciendo un contexto para comprender la persistencia de la tradición en las diásporas.)
Gerber, Jane S.: Los judíos de España: Historia de la experiencia sefardí. Nueva York: Free Press, 1992. (Gerber rastrea la historia del judaísmo sefardí desde la España medieval hasta la diáspora, detallando cómo las tradiciones culturales y religiosas se adaptaron a nuevos entornos. Ofrece un relato accesible de la resiliencia frente al desplazamiento y la persecución.)
Hobsbawm, Eric, y Ranger, Terence, eds.: La invención de la tradición. Cambridge: Cambridge University Press, 1983. (Hobsbawm y Ranger reúnen estudios sobre cómo las tradiciones a menudo son construidas o adaptadas conscientemente para servir a necesidades contemporáneas. Su análisis invita a considerar cómo la continuidad ritual se moldea bajo contextos políticos y sociales cambiantes.)
Sorkin, David: La emancipación judía: Una historia a través de cinco siglos. Princeton: Princeton University Press, 2019. (Sorkin presenta un amplio relato histórico de los movimientos de emancipación judía en Europa y más allá, mostrando cómo los cambios en climas políticos y culturales influyeron en la práctica religiosa y en la formación de identidades.)
Todorov, Tzvetan: La conquista de América: La cuestión del otro. Nueva York: Harper & Row, 1984. (Todorov explora cómo las culturas se definen en relación con el “otro”, con especial atención a los encuentros entre Europa y América. Su obra ilumina cómo el contacto intercultural transforma tanto la identidad como la tradición.)
Ricardo Morin Still Forty-three Oil on linen 14″ x 18″ x 3/4″ 2012
Para quienes saben que la palabra más tajante no puede sustituir el simple acto de responder con ternura.
~
Ricardo Morin —13 de agosto de 2025— Bala Cynwyd, Pensilvania
*
La ternura —una apertura deliberada que busca el bienestar del otro mediante un simple gesto de acogida, la delicadeza y el respeto— no se sitúa en simple oposición a la agresión, entendida aquí como la afirmación enérgica de la propia voluntad de un modo capaz de herir, coartar o dominar. Ambas pueden existir sin la otra, y sin embargo a menudo se encuentran en un mismo instante, alterando la naturaleza de un conflicto o suavizando su intransigencia.
En un mundo habitado por el resentimiento y el temor a sufrir —sentimientos que pueden ser tan reales como exagerados— la ternura surge no como una negación, sino como una modulación de esas mismas fuerzas, como cuando una discusión acalorada se interrumpe porque una de las personas, de manera instintiva, ofrece una silla a la otra; como en incontables momentos, tanto ordinarios como profundos, en los que la atención y el daño se cruzan.
Allí donde la causalidad pretende imponerse como medida de las emociones humanas, lo que en realidad se manifiesta son preferencias y condicionamientos: hábitos de respuesta que alternan entre la atracción delicada que calma y el impulso que hiere. Como cuando dos adversarios, tras una discusión encendida, bajan la voz para escucharse mejor —un ajuste que atenúa la hostilidad sin borrarla.
La ternura, entonces, no es la ausencia de agresión, sino un espejo que revela el tejido en el que ambas se hallan unidas desde un mismo origen. Puede verse cuando una enfermera agotada, después de un turno interminable, todavía se toma el tiempo de acomodar la manta de un paciente. El gesto es pequeño, pero surge del mismo terreno humano en el que la impaciencia y el cansancio podrían fácilmente inclinarse hacia la aspereza.
Como señuelo, la ternura encierra una ambigüedad que la hace tan irresistible como desconcertante. Su aparente fragilidad desarma sin violencia, obligando a la agresión a contemplarse en un reflejo inesperado: un gesto suave que interrumpe el impulso de dañar y lo deja sin sustento.
No es una estratagema calculada, sino una atracción natural que apela a recuerdos anteriores a la desconfianza, cuando el contacto era una necesidad y no una amenaza. Como cuando, tras años de silencio y ofensa, un hijo acude a cuidar a su padre enfermo. El resentimiento persiste, pero en ese acto de asistencia late la misma raíz que antaño sostuvo la cercanía.
En ese instante suspendido, la locura se suaviza, el miedo se disuelve, y lo que parecía un terreno de conflicto se convierte en un pasaje incierto pero abierto al alivio. En gestos así, la ternura no borra el conflicto, pero muestra cómo, incluso en medio de él, algo más antiguo y profundo sigue uniéndonos. Lo presencié una vez en el metro de Nueva York. Un hombre, molesto por la petición de ayuda de un desconocido con discapacidad, desvió su mirada airada hacia mí al cruzarse con la mía, firme. Se acercó como si fuera a golpearme, acercando su rostro al mío. Cerré los ojos y relajé el gesto. Privado de la mirada que había alimentado su agresión, dio un paso atrás —aún incómodo, pero sin seguir avanzando. Me alejé, el momento ya pasado, marcado por la forma en que un gesto mínimo puede aquietar el arco de una confrontación.
Allí se encuentra un vínculo primario que nos ata a la fuente de la vida, donde la ternura y la agresión no son polos aislados, sino expresiones del mismo tejido humano, como cuando una hermana, en una conversación tensa, le dice a su hermano mayor que aprendió de él su propia actitud combativa. Él se irrita ante la afirmación, pero ambos saben que han llevado consigo esa misma dureza durante años y que ninguno puede culpar del todo al otro. El reconocimiento no trae una reconciliación fácil, pero acorta la distancia entre ellos.
Desde el primer vínculo, el cuerpo aprende a reconocer las señales más mínimas: el calor que acoge, la presión que amenaza, el pulso que se acelera o se calma. Como cuando, en medio de una batalla, un soldado ofrece agua al prisionero que instantes antes era su enemigo. Allí, antes de que existan las palabras, se forman los hábitos que luego llamamos preferencias o temores. Por eso la ternura puede ceder paso a la agresión sin imponer derrota; la expone a un reconocimiento involuntario, devolviéndole la memoria de su propia raíz. Y en ese reconocimiento, incluso el impulso más hostil encuentra, aunque sea por un momento, su desarme.
La ternura no elimina el conflicto ni borra sus causas, pero cambia su rumbo: abre un momento en el que la certeza de la herida deja paso a la posibilidad del esmero afectivo. No es una cura para todo, pero en su sencilla forma de llamar y ser escuchada, revela que incluso la agresión más firme necesita ser reconocida. Y en ese reconocimiento, ambas —ternura y agresión— muestran que brotan del mismo lugar humano.
La presencia de la ternura en nuestros intercambios no es sólo una virtud privada, sino también una necesidad cívica, pues sostiene la confianza y el reconocimiento sin los cuales las comunidades se fracturan y no pueden perdurar.
*
Bibliografía anotada:
Fromm, Erich: El arte de amar. Barcelona: Paidós, 2006. (Erich Fromm examina la naturaleza del amor como acto de voluntad y compromiso, distinguiendo la ternura como expresión madura frente a formas inmaduras de afecto.)
Gilligan, Carol: La moral y la teoría: Psicología del desarrollo femenino. Madrid: Fondo de Cultura Económica, 1993. (Carol Gilligan propone una ética del gsto de atención afectiva que coloca la empatía y la ternura en el centro de las relaciones humanas, en contraste con modelos basados en la justicia abstracta.)
Keltner, Dacher: Nacidos para ser buenos: La ciencia de una vida significativa. Barcelona: Urano, 2010. (Dacher Keltner explora la base evolutiva y neurobiológica de las emociones prosociales, incluida la ternura, como fuerzas que moldean la cooperación y la cohesión social.)
Nussbaum, Martha C.: Las fronteras de la justicia: Consideraciones sobre la exclusión social. Barcelona: Paidós, 2007. (Martha Nussbaum vincula la compasión y la ternura con el reconocimiento de la dignidad humana, subrayando su papel en la superación de la agresión estructural y la marginación.)
Ricardo Morin « La Constitución en nosotros » CGI 2025
Política (del griego politikós, “de, por o relativo a los ciudadanos”) es la práctica y teoría de la influencia de las personas en el ámbito cívico o individual.
~
Por Ricardo Motin
10 de Agosto de 2025; Toronto, Canada
*
Desde sus primeras formulaciones, los marcos constitucionales han sido algo más que pactos jurídicos; han encarnado declaraciones de filosofía política, definiendo cómo debe organizarse el poder, cómo ha de ser contenido y ante quién debe rendir cuentas. La gobernanza contemporánea prolonga, en gran medida, aquellos experimentos, moldeados por siglos de ensayo y adaptación. Sin embargo, esas formas pueden mantenerse en apariencia mientras se vacían de contenido. En no pocos Estados actuales, las constituciones proclaman la libertad al tiempo que la acotan, definen derechos de manera excluyente y preservan los intereses de una élite gobernante. El partidismo explota las limitaciones y vulnerabilidades ajenas como justificación para la exclusión; la autocomplacencia moral se convierte en herramienta de dominación, acallando la oposición y reprimiendo la disidencia. El valor de un marco constitucional, por tanto, no se mide sólo por su letra, sino también por la integridad ética de quienes lo sostienen. Sin ética, la política pierde su sentido; sin virtud cívica, la ley deja de servir a la paz y se convierte en un instrumento de dominio.
La separación de poderes, defendida con vigor por Montesquieu, se sustenta en la convicción de que la libertad sobrevive cuando el poder está obligado a contener al poder. Este principio se desvirtúa cuando las instituciones, aun conservando su fachada, se subordinan a intereses partidistas o personales. En los últimos años, diversos Estados han preservado formalmente un poder judicial independiente mientras lo sometían en la práctica a procesos de designación controlados por el Ejecutivo o el partido gobernante. Este vaciamiento no es sólo una falla técnica; refleja una cultura política en la que la ambición, el miedo o la indiferencia de los ciudadanos permiten la evasión de los mecanismos destinados a protegerlos, desvinculando la solidez institucional y la responsabilidad cívica.
Las constituciones históricas siguen influyendo en la manera en que las comunidades políticas imaginan la autoridad. Legan principios que, en su mejor versión, ofrecen marcos adaptables para afrontar nuevos retos sin renunciar a su núcleo esencial: que la legitimidad de un Gobierno descansa no en la fuerza de sus gobernantes, sino en la solidez de las estructuras que los limitan.
Pero estas estructuras sólo perduran cuando los ciudadanos rechazan la duplicidad y el sectarismo. Las divisiones ideológicas no deben endurecerse hasta convertirse en lealtades exclusivas hacia el propio grupo a expensas de un marco cívico compartido. Sólo perduran cuando los ciudadanos resisten la idolatría del poder, porque la autoridad pierde su legitimidad en el momento en que se la trata como sagrada o incuestionable. Y sólo perduran cuando los ciudadanos repudian el culto a la personalidad, en el cual un líder es elevado por encima de la crítica mediante la construcción de imágenes, la propaganda y la lealtad personal.
La durabilidad del orden constitucional, entonces, no reside únicamente en los textos escritos o en los arreglos institucionales. Descansa por igual en la ética cívica de quienes los habitan. Cuando la ambición, el miedo o la indiferencia llevan a los ciudadanos a tolerar la duplicidad o a rendirse a la lealtad sectaria, los límites al poder se tornan frágiles. En cambio, cuando prevalecen la vigilancia y la responsabilidad, las constituciones conservan su fuerza como escudo y como brújula: protegiendo contra el gobierno arbitrario y orientando la vida política hacia la justicia y la moderación.
La verdadera reforma no es únicamente institucional, sino también interior: una revolución en la esfera íntima y colectiva, en la que cada persona asume la responsabilidad de actuar con integridad, apertura y compromiso con el bien común, en armonía consigo misma y con los demás. Sólo mediante la alineación de las estructuras institucionales con la responsabilidad cívica puede una Constitución conservar su sentido y sostenerse como resguardo frente al poder arbitrario.
*
Bibliografía anotada
Ginsburg, Tom, y Huq, Aziz: How to Save a Constitutional Democracy. Chicago: University of Chicago Press, 2018. (Hinsburg y Huq examinan las vías legales e institucionales por las que las democracias se debilitan, desde la manipulación de la composición de los tribunales hasta la erosión de los organismos de control independientes. A partir de ejemplos comparativos de Estados Unidos, Hungría y otros países, muestra cómo los mecanismos constitucionales pueden emplearse para consolidar el poder preservando una fachada de legalidad.)
Landau, David: “Abusive Constitutionalism.” UC Davis Law Review 47 (1). Davis: University of California, School of Law, 2013. (Landau desarrolla el concepto de “constitucionalismo abusivo” para describir cómo los gobernantes explotan el cambio constitucional para afianzar su poder. Utiliza casos de América Latina y otras regiones para ilustrar cómo las enmiendas y reinterpretaciones debilitan los contrapesos, modifican los sistemas electorales y socavan la independencia judicial.)
Levitsky, Steven, y Way, Lucan: Competitive Authoritarianism: Hybrid Regimes after the Cold War. Cambridge: Cambridge University Press, 2010. (Levitsky y Way analizan regímenes que preservan las instituciones formales de la democracia pero las manipulan para asegurar la supremacía del partido gobernante. Introduce el concepto de “autoritarismo competitivo” como marco para entender cómo las normas constitucionales se vacían de contenido mientras se mantienen las formas democráticas.)
Levitsky, Steven, y Ziblatt, Daniel: How Democracies Die. Nueva York: Crown, 2018. (Levitsky y Ziblatt sostienen que las democracias modernas suelen declinar por el declive gradual de las normas más que por golpes de Estado. Muestra cómo los líderes explotan las ambigüedades constitucionales, manipulan la composición de los tribunales y utilizan la ley como arma para reprimir a la oposición, erosionando tanto la confianza cívica como la integridad institucional.)
Ricardo Morin La séptima guardia (Serie de plantillas, 5.º panel) acuarela sobre papel 56 x 76 cm, 2005
Nota Introductoria
Ricardo Morin es escritor e investigador de la historia del pensamiento como práctica dinámica y en constante evolución —un estudiante de los gestos no dichos, un lenguaje más fuerte que las palabras, especialmente cuando los interlocutores han dejado de escucharse. A partir de reflexiones sobre los ciclos de la vida y una experiencia personal que se acerca a la última etapa, invita al lector a considerar cómo la vigilancia silenciosa y la ternura pueden dar forma a una existencia con sentido. La Séptima Guardia surge de décadas de vivir con atención, y ofrece un testimonio modesto de la dignidad que nace de la perseverancia y la atención afectiva.
*
71 años
He vivido setenta y un años. Eso, por sí solo, aún me sorprende —no porque alguna vez esperara un final prematuro, sino porque cada año me ha exigido más que el anterior. No hubo una caída dramática, ni una crisis puntual que señalar. Sólo una lenta y constante formación —del cuerpo, del temperamento, de la voluntad.
La enfermedad no llegó en la infancia. Llegó más tarde, a mis veintitantos, durante un invierno nevado en Buffalo. Apenas comenzaba a vivir por mi cuenta, lleno de ambiciones y sueños inconclusos. El diagnóstico fue mononucleosis —pero no fue el nombre lo que importó. Fue la forma en que interrumpió mi impulso, desaceleró mi paso y reveló algo más profundo: la tarea de toda una vida de aprender a vivir dentro de mis propios límites.
Ese fue el comienzo —no de una historia clínica, sino de otro tipo de vigilancia. No dirigida hacia fuera, sino hacia dentro. Se arraigó una comprensión silenciosa: que la supervivencia, si iba a tener sentido, requeriría no sólo resistencia, sino también contención. Una manera de protegerme de mí mismo. Esa disciplina no fue severa —se convirtió en una forma de devoción. No hacia la negación, sino hacia la claridad de una mente en paz. Hacía vivir con más atención que urgencia.
No veo la enfermedad como algo noble, pero sí reconozco en ella un espejo —no por el dolor, sino por la verdad que refleja. Lo que puede ser atendido, lo que debe ser soltado, lo que merece atención. No reclamo sabiduría por haber estado enfermo, pero reconozco lo que me ha enseñado a dejar atrás: la ilusión, el orgullo y la carrera frenética por cosas que no perduran —como la acumulación de riqueza o poder.
He llegado a pensar en ello simplemente como resistencia —la que se aprende con la enfermedad cuando se deja de luchar y se empieza a escuchar. Hay una curva ética en esa conciencia —no nacida del dogma ni de la fe, sino formada por la experiencia. No se inclina hacia el triunfo, sino hacia la ternura.
Esto no es una historia de patologías. Es una historia de atención—de refinar el yo sin endurecerlo. De descubrir que madurar significa saber cuándo insistir y cuándo detenerse. Que el acto silencioso de sostener la propia vida —día tras día, con atención— es en sí una forma de coraje.
Nunca me propuse escribir un testamento. Pero a los setenta y un años, veo los contornos con mayor claridad. Y en ello, hay dignidad.
Y sin embargo, la dignidad no es una recompensa. Llega sin anuncio, sin ceremonia. Se construye lentamente —a través de los rituales diarios de levantarse, de elegir qué llevar y qué dejar atrás. No protege del dolor ni aligera el sufrimiento. Pero da a los días cierto peso.
He llegado a apreciar ese peso —no como carga, sino como prueba. Prueba de que he vivido cada estación no intacto, pero sí entero. Y que, incluso ahora, la tarea no es escapar de las exigencias de la vida, sino enfrentarlas con firmeza.
Lo que he aprendido no me pertenece sólo a mí. Cualquiera que viva lo suficiente será llamado a rendir cuentas ante el tiempo —no como ladrón, sino como escultor. La enfermedad, sobre todo, nos enseña cuán poco control tenemos realmente —y cuánta presencia aún somos capaces de ofrecer. Nos humilla y nos une. No en la igualdad, sino en el reconocimiento mutuo.
Resistir, he descubierto, no es pasivo. No se trata de esperar a que pase el dolor. Es un acto activo, silencioso, muchas veces invisible. Significa elegir cómo vivir cuando las opciones parecen estrechas. Significa atender la vida no con prisa, sino con atención.
No hay línea de meta para esta labor. Sólo el acto callado de continuar.
Así que continúo —no porque deba, sino porque la vida, incluso en sus dimensiones reducidas, sigue ofreciendo espacio para el sentido. Algunos días ese sentido es tenue. Otros, es simplemente el hecho de levantarse, de escribir una carta, de recordar la nieve. Pero está ahí. Y mientras lo esté, permanezco.
Foto de Catarina (Kitty) O’Bryan-Erlacher por Ricardo Morin. Kitty sostiene el libro “Steuben Glass: An American Tradition in Crystal” de Mary Jean Madigan—edición revisada y ampliada.
*
Para Kitty O’Bryan-Erlacher, cuya amabilidad innata, lucidez profunda y agudeza entrañable convirtieron un instante fugaz en un regalo duradero.
~
Ricardo Morin — Corning, Nueva York, agosto de 2025
De camino a la boda de nuestra prima Shayna con Johnny, hicimos una parada en Corning, Nueva York, y dedicamos unas horas sin prisa a recorrer las tiendas de West Market Street. El cielo tenía la quietud opaca de un lunes ajeno al apuro. En una esquina tranquila nos encontramos con la tienda Erlacher Steuben Glass, un espacio bañado en una luz propia y delicada.
Allí hallamos lo que acabaría siendo el regalo de bodas: un plato redondo de cristal titulado Vesta Plate (1993), obra de Peter Drobny (nacido en 1958). Estaba expuesto con una sencillez elegante, como una pieza de museo que espera sin urgencia a ser comprendida. Junto a él, dos jarrones de cristal —uno ultramarino translúcido, el otro de un lavanda opaco e intenso— se alzaban con una belleza decidida. No dudamos en llevarnos también esas dos piezas.
Supimos entonces que la tienda había sido fundada en 1960. Hoy está al cuidado de Catarina (“Kitty”) O’Brian-Erlacher, nacida en 1938, una mujer de 87 años con un encanto sereno, aguda inteligencia y una templanza que no necesita alardes. Su esposo, el Sr. Roland (Max) Erlacher (nacido en 1933, Viena y fallecido en 2022, Corning), había llegado de Viena en 1957 para trabajar en Steuben Glass (fundado en 1903 por Frederick Carder). Allí, en Corning, conoció a Kitty. Su historia de amor y oficio se convirtió también en la historia de la tienda—una historia de belleza, artesanía y una custodia constante del vidrio como objeto y como arte.
Al acercarme a Kitty por primera vez, pensé que era una clienta más. Empezamos a hablar con soltura, sin ninguna expectativa. El arte nos llevó a la astrología; y de ahí, a la numerología. Fue una de esas conversaciones que parecen frenar el tiempo —hasta que David, mi esposo, interrumpió insinuando que quizás yo estaba hablando demasiado. Lo tomé con humor y lo llamé “el jefe”. Kitty, sonriendo, comentó: “Eres muy inteligente.” Respondí: “Deberíamos aspirar a ser más inteligentes aún”, y devolví el cumplido. Ella lo rehusó con una elegancia discreta.
Resultó que el importe de nuestras tres piezas, según palabras de Kitty, “cubriría las necesidades de la tienda durante todo el mes de agosto.” Esa pequeña confesión hizo que el encuentro cobrara, de pronto, un peso inesperado. El embalaje de las piezas —especialmente del Vesta Plate— fue complicado. El plato, de grandes dimensiones, no cabía en ninguna de las cajas disponibles. Por intuición, me ofrecí a ayudar y rearmé una de sus cajas para que encajara a la perfección. Kitty, observando entre risas y asombro, lo calificó de brillante.
Sacó entonces un libro de referencia sobre la obra de su esposo. El entusiasmo de sus diseños, herederos del Art Nouveau, parecía llenar el lugar de una energía viva. Pero al hablar de él, las palabras la abandonaron. Se le humedecieron los ojos, y apenas pudo decir: “Fue el hombre más bondadoso.” Yo me quedé en silencio, sosteniendo su mirada con una pausa larga y cómplice—más dispuesto a reconfortarla que a invitar al duelo.
Cuando finalmente nos despedimos, me demoré un instante más en el vaivén callado del adiós. Y al cruzar el umbral, bajando un poco la voz, me giré y le dije:
Líderes y jefes de las 21 Primeras Naciones signatarias del Tratado Robinson Huron en el anuncio del 17 de junio de 2023 sobre el acuerdo propuesto. De pie a la izquierda: Gimaa Craig Nootchtai (Atikameksheng Anishinawbek); en el centro: Gimaa Dean Sayers. Fotografía de Jenny Lamothe. Cortesía de SooToday / Anishinabek News.
~
Introducción
El anuncio del acuerdo del Tratado de Robinson Huron de 2023—captado en una imagen ampliamente difundida de líderes y ancianos reunidos en solidaridad—marca un momento de continuidad en la gobernanza indígena que en su día fue silenciada por el desplazamiento colonial. No escribo como miembro de estas comunidades, ni como ciudadano canadiense, sino como un observador que se apoya en testimonios y en la evidencia documentada. Bajo la serenidad natural de Parry Sound late una herida profundizada por el abandono continuado, una herida que requiere no sólo reconocimiento, sino un cambio estructural.
Los 94 Llamados a la Acción de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación, emitidos en 2015, delinearon un plan integral en materia de justicia, salud y educación. Casi una década después, el Instituto Yellowhead informa que sólo se han completado 13 de los 94—y ninguno en 2023. Esta inacción revela la brecha entre el compromiso y la ejecución, mostrando que la reconciliación sigue siendo más retórica que estructural.
Es revelador que las tensiones entre las tribus de las Primeras Naciones y las instituciones canadienses pongan de manifiesto cómo un país que celebra la diversidad cultural puede seguir en conflicto con sus pueblos originarios.
Por Ricardo Morin, 6 de agosto de 2025; Isla Isabella, Parry Sound, Ontario, Canadá
*
Resumen
Este ensayo examina el legado perdurable de la violencia colonial contra las comunidades indígenas del norte de Ontario, con énfasis en el encarcelamiento y su desproporcionado impacto sobre las mujeres indígenas. Basándose en el testimonio de un especialista en justicia juvenil y en la historia jurídica canadiense reciente, muestra cómo la ley y la política siguen enmascarando los orígenes del daño y perpetuando ciclos de trauma. Al rehusar tomar en cuenta el contexto histórico, el sistema de justicia convierte la neutralidad en complicidad. La sanación, por tanto, exige no sólo resiliencia, sino un cambio político. Bajo la quieta belleza de Parry Sound yace una herida sin tratar—visible en estadísticas, silencios y vidas truncadas. Los encuentros en torno a tratados contemporáneos y las imágenes de solidaridad dan testimonio tanto de la continuidad histórica como de la fuerza emergente de un resurgimiento jurídico indígena.
~
« Una herida que supura »
La barca atraviesa las aguas tranquilas de Parry Sound en dirección sur hacia la Isla Isabella. La belleza circundante—pinos densos, formaciones rocosas dispersas y cielo abierto—contrasta con lo que mi primo Marc revela al desembarcar: que bajo este apacible paisaje del norte de Ontario persiste una historia de abuso, borramiento y abandono sistémico. Marc, especialista veterano en justicia juvenil en el sistema legal de Ontario, ha pasado más de treinta años asesorando a departamentos de policía y a tribunales en causas contra menores. Su experiencia abarca casi todos los casos de homicidio juvenil en la provincia, pero sus observaciones más dolorosas, dice, no provienen de lo que la ley contempla, sino de lo que omite.
Esta omisión no es accidental. Los pueblos originarios de esta región—los Anishinaabeg, incluidos los Ojibway, Odawa y Potawatomi—han vivido durante generaciones bajo políticas que transformaron la violencia colonial en negligencia institucional. Las escuelas residenciales, administradas principalmente por iglesias y avaladas por el gobierno canadiense, buscaban asimilar a los niños indígenas separándolos por la fuerza de sus familias y de su cultura. El abuso físico y sexual, la desnutrición y el trauma psicológico fueron generalizados. La Comisión de la Verdad y la Reconciliación de Canadá, que publicó su informe final en 2015, calificó este sistema como “genocidio cultural”. Sin embargo, pese al reconocimiento oficial, su legado sigue incrustado en la aplicación de la ley, la educación, la vivienda y el encarcelamiento.
Como relata Marc, los efectos actuales no son meros vestigios: son acumulativos. Las comunidades indígenas del distrito de Parry Sound, explica, suelen ser objeto de hostigamiento racista abierto. Menciona casos en que personas indígenas han sido secuestradas por residentes blancos, llevadas a kilómetros de sus comunidades y abandonadas en pleno invierno—semidesnudas, humilladas y en peligro físico; algunas murieron. Estas historias no son excepcionales. Se transmiten en silencio, en la desconfianza, en patrones de desaparición y criminalización. “La depresión y los delitos menores”, continúa Marc, “llevan a los jóvenes indígenas a prisión. Pero son las mujeres indígenas quienes más sufren.”
Hoy, cerca del 70 por ciento de la población femenina encarcelada en Ontario es indígena—una cifra que desafía toda proporcionalidad y exige un escrutinio moral. La cifra equivalente para los hombres es del 20 por ciento, ya de por sí alarmante. ¿Qué explica la extrema sobrerrepresentación de las mujeres indígenas? Los datos apuntan a una convergencia de factores de riesgo: trauma intergeneracional, pobreza, falta de acceso a la atención sanitaria, educación interrumpida y sesgo policial sistémico. Las mujeres indígenas son también las víctimas más frecuentes de violencia doméstica y sexual, a menudo desprotegidas por un sistema de justicia que ignora su vulnerabilidad hasta criminalizar su supervivencia. Es mucho más probable que sean encarceladas por delitos vinculados al trauma—consumo de sustancias, hurtos menores o incumplimiento de medidas cautelares. En estos casos, el encarcelamiento sustituye al cuidado; el silencio sustituye a la rendición de cuentas.
Los marcos legales no reconocen esta cadena de causas. Donde el sistema judicial reclama imparcialidad, con frecuencia actúa como mecanismo de amnesia histórica. La neutralidad política se convierte en indiferencia moral. La sala de audiencias habla en términos de culpabilidad individual, separada del contexto social. Lo que la justicia omite es precisamente lo que la historia insiste en mostrar: que una herida no tratada no cicatriza, sino que se profundiza.
La resistencia no ha estado ausente. Las Primeras Naciones locales se han organizado para reclamar derechos territoriales, restaurar lenguas y establecer servicios de salud basados en el conocimiento tradicional. Movimientos como Idle No More y el trabajo de líderes como Cindy Blackstock y Tanya Talaga han elevado la conciencia nacional. Sin embargo, la maquinaria de reparación avanza con lentitud. Se redactan informes, se emiten disculpas, se concluyen comisiones. Entretanto, las comunidades siguen sin recursos, la juventud sigue siendo vulnerable y las mujeres continúan desapareciendo—unas veces en instituciones, otras veces en la penumbra del silencio.
Este ensayo no acusa a un solo actor. Pretende iluminar lo que las instituciones suelen dejar de ver: que el daño no es sólo histórico, sino estructural; que la sanación no es sólo personal, sino política; y que la justicia, sin historia, corre el riesgo de convertirse en una representación vacía.
Las aguas de Parry Sound parecen pacíficas, pero ocultan la contradicción de una nación que promete reconciliación mientras la deja inconclusa. Entre 2015 y 2023, sólo 13 de los 94 Llamados a la Acción de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación fueron implementados—ninguno en el último año. Tal inacción no borra los testimonios; los amplifica. No puedo pretender hablar por las Primeras Naciones, pero sí dar testimonio del registro, de las palabras de quienes viven estas realidades y del silencio que persiste cuando las promesas no se cumplen. La sanación requiere más que reconocimiento; requiere responsabilidad y el cambio estructural que las voces indígenas han reclamado durante tanto tiempo. El papel de un observador externo, si tiene alguna legitimidad, no es prescribir, sino escuchar, aprender y visibilizar lo que ya está siendo dicho.
*
Apéndice: Fuentes y datos de seguimiento
Comisión de la Verdad y la Reconciliación de Canadá, Informe Final: Volumen 5: El Legado. Montreal y Kingston: McGill-Queen’s University Press, 2015. (Incluye 94 Llamados a la Acción en los ámbitos de la justicia, la educación, la salud, etc.).
[1]. Office of the Correctional Investigator, “Annual Report, 2020–2021.” Ottawa: Office of the Correctional Investigator, 2021. (Este informe documenta que las mujeres indígenas representan más del 50 % de las mujeres encarceladas a nivel federal en Canadá. Contrasta este alarmante aumento con el encarcelamiento de hombres indígenas, que sigue siendo alto pero menos acelerado.)
[2]. Truth and Reconciliation Commission of Canada, Final Report, Volume 5: The Legacy. Montreal y Kingston: McGill‑Queen’s University Press, 2015. (Este volumen establece una continuidad histórica entre el trauma de las escuelas residenciales y las inequidades legales actuales. A partir de testimonios de sobrevivientes, detalla la remoción sistemática de niños, la supresión cultural y los efectos psicológicos intergeneracionales.)
[3]. Statistics Canada, “Women in Canada: A Gender‑based Statistical Report.” Ottawa: Government of Canada, 2020. (Este informe estadístico resalta las tendencias de encarcelamiento específicas por género, enfatizando la sobrerrepresentación de mujeres indígenas en prisión, a menudo por infracciones administrativas o no violentas.)
[4]. Public Safety Canada, “Risk Assessment and Indigenous Offenders.” Ottawa: Government of Canada, 2016. (Este informe gubernamental examina cómo las herramientas estándar de evaluación de riesgo asignan niveles de seguridad más altos a las personas indígenas, especialmente a las mujeres, debido a factores vinculados al trauma interpretados erróneamente como criminógenos.)
[5]. Parliamentary Budget Officer, “Costing Restorative Justice Programs.” Ottawa: Office of the Parliamentary Budget Officer, 2020. (Este estudio señala la disparidad en financiación y acceso a programas de justicia restaurativa, mostrando cómo las mujeres indígenas reciben menos opciones de desvío que los hombres o la juventud, reflejo de una negligencia sistémica.)
[6]. Department of Justice Canada, “Indigenous Overrepresentation in the Criminal Justice System.” Ottawa: Government of Canada, 2018. (Este informe proporciona datos estadísticos sobre la detención previa al juicio, la denegación de fianza y los resultados de las sentencias, subrayando causas administrativas de la sobrerrepresentación indígena en prisión, particularmente entre mujeres.)
[7]. Talaga, Tanya. Seven Fallen Feathers: Racism, Death, and Hard Truths in a Northern City. Toronto: House of Anansi Press, 2017. (A través de la investigación de las muertes de siete jóvenes indígenas en Thunder Bay, este libro expone un patrón de fracaso institucional y racismo sistémico dentro de la policía, la educación y el sistema de justicia canadiense.)
[8]. Idle No More, “About the Movement.” Saskatoon: Idle No More, 2012–presente. https://idlenomore.ca/about-the-movement/. (Esta página web oficial traza los orígenes, objetivos y actividades del movimiento Idle No More, surgido en defensa de la soberanía indígena y el medioambiente. Destaca el papel central de las mujeres indígenas en la movilización y educación pública.)
Ricardo Morin Sonata Series Each 30″x 22″= 60″h x 66″ overall Watercolor on paper 2003
Por Ricardo Morin
3 de Agosto de 2025
El repique de Whittington, aunque enraizado en el contexto histórico y eclesiástico de St. Mary-le-Bow en Londres, habla un idioma mucho más amplio que sus orígenes. Cada quince minutos, su melodía marca el paso del tiempo—no con dominio ni insistencia, sino con una secuencia de tonos que parecen inclinarse hacia la atención, no hacia el control. No llama; invita. Su fraseo en cuatro partes se despliega a lo largo del día, dividiéndolo suavemente en intervalos de conciencia.
La hora no exige ser oída.
Se inclina, se rinde, respira.
En cuatro frases, el tiempo entra en su propia sombra—
No para mandar, sino para dejarse recibir.
La primera frase es escasa y anticipatoria. No anuncia nada—pero abre espacio para que algo comience. La segunda, algo más firme, sugiere que la forma de lo que vendrá ya se insinúa en lo que ha sido. La tercera se colma, como si reconociera que algo no dicho ha tomado forma. Y la cuarta no repite ni concluye—libera. Un cierre suave, un final sin imposición. No hace falta más.
Cuatro frases como huellas.
No hacia adelante, sino hacia dentro.
La última no completa a la primera—
Simplemente continúa sin exigencia.
El tiempo no se proclama ni se convoca—se acoge en silencio. La melodía cumple una función de orientación sutil. No reclama, no impone doctrina, no excluye a nadie. Requiere atención, no creencia. Atraviesa el espacio y entra en quien la permite, y al hacerlo, revela que el tiempo no es una línea a seguir, sino un recipiente por llenar.
No hay mensaje, solo ritmo.
No hay doctrina, solo forma.
No es un sendero que se recorre,
Sino una figura que se habita.
Esta entrega—esta disposición sutil a escuchar—no es debilidad, ni pasividad. Es una forma de disponibilidad interior, una actitud de fe en aquello que no se impone. Al oír la campanada a lo lejos—por una ventana abierta, al cruzar una calle vacía, o en medio de una noche en vela—se vuelve evidente que la fidelidad no es rigidez. Es una manera de anclaje, un pulso que recuerda algo más que la medida: la posibilidad de que el ritmo mismo sea una forma de memoria.
Hay cosas que perduran no porque nos retienen—
Sino porque regresan.
Cada llegada es una súplica suave:
¿Estás escuchando ahora?
Para que el tiempo transforme, el recipiente debe permanecer abierto. Y la apertura no es vacío en sentido negativo, sino la plenitud de una receptividad que escucha antes de responder. Aquí hay patrones, pero no atan. Se despliegan. Cada frase en el repique permite que lo anterior resuene—levemente, sin repetirse—y luego sigue sin imitar. No busca novedad ni se aferra a lo pasado.
Simplemente llega.
Un eco no exige respuesta.
Espera hasta que la forma del silencio
Comience a devolvérselo en canto.
Así, la melodía se vuelve una ofrenda. Y si hay significado en sus intervalos, no se impone desde fuera. Se revela en el acto de escuchar. Cada persona que la oye forma parte de su estructura, no por añadirle algo, sino por recibirla. Y al recibirla, también se transforma.
Algunas preguntas no buscan respuesta.
Buscan un lugar donde descansar.
Llevan sus respuestas plegadas en sí mismas—
Solo esperan ser oídas.
Solemos pensar en la llegada como el final de algo—como la culminación de una búsqueda. Pero quizá no sea el último paso lo que más importa. Quizá lo esencial sea el despliegue silencioso que nos prepara para ese encuentro. El repique no entrega nada. Acompaña. Afirma que el movimiento puede ser suave, que el orden puede servir a la gracia, y que el sentido no se alcanza, sino que se despierta.
Triangulación 40 56 x 76 cm Color de cuerpo, sanguina, sepia y tinta Sumi sobre papel 2008
Por Ricardo Morin
2 de agosto de 2025
*
Hay noches en que el sueño no trae descanso, sino un fuego. El despertar no llega por hábito, sino con la certeza de que algo debe comprenderse. No en un sentido romántico de inspiración, sino por la necesidad de dar coherencia a lo sentido y lo recordado. La escritura se convierte en una forma de descarga: un contrapeso frente al cansancio, un esfuerzo que agota y restituye en igual medida.
Algunos días concluyen en un silencio hueco, especialmente tras confrontar viejas heridas o registrar las tensiones latentes de la historia familiar. Lo que comienza como pensamiento disperso, incluso frenético, va cobrando forma. Aparece una curva: de la confusión al enfoque, y del enfoque a la claridad. En ese avance callado, retorna la paz.
Este ritmo no se elige por comodidad. Viene con el sueño entrecortado, las emociones expuestas y una urgencia nacida no del exceso, sino de la necesidad. Las circunstancias aprietan. Cuando el pensamiento se acelera y la necesidad de darle forma se vuelve insistente, no se trata de exceso, sino de respuesta.
Y sin embargo, nada de este proceso ocurre en aislamiento. Aun cuando no se nombren voces, no hay claridad sin un afinamiento con los demás—algunos cercanos, otros lejanos, otros desconocidos. La labor no surge de una sola mano, sino de una convergencia de atención, reflexión e intercambio. El apoyo no llega como autoría ni posesión, sino como atmósfera, influjo y una presencia que acompaña.
Lo que aquí queda escrito no es un registro para poseer, ni una declaración que deba recordarse. Es una señal—un punto de referencia, colocado no desde el temor, sino con lucidez. Ya sea retomado o dejado atrás, ofrece un lugar al que se puede volver si el trayecto se oscurece otra vez. No se le exige más. No se le debe menos.
No se puede comprender el clima político español sin mencionar el ascenso de VOX, un partido de extrema derecha fundado en 2013 por exmiembros del conservador Partido Popular. Desde 2018, VOX ha ganado apoyo oponiéndose a la autonomía regional, a la legislación feminista y a la inmigración, mientras defiende una agenda nacionalista que incluye la revisión —o incluso la negación— del proceso histórico de reconciliación con el franquismo.
Esto no responde únicamente a una evocación del pasado, sino a un síntoma más profundo de desencanto democrático. No se trata de una memoria histórica que resurge espontáneamente, sino de un marco político e identitario que reaparece cuando los consensos que daban coherencia al presente se debilitan. La referencia al franquismo en el discurso de VOX no suele ser doctrinaria ni explícita, pero es reconocible en su rechazo sistemático a la Ley de Memoria Democrática, en su exaltación de la unidad nacional como principio innegociable, en su condena del Estado autonómico y en su apelación a un “orden natural” que legitima la jerarquía, la familia tradicional y la desigualdad como si fueran datos objetivos de la historia.
Pero lo preocupante no es tanto que existan voces que reivindiquen estas posiciones —han existido siempre—, sino que hayan recuperado poder institucional y legitimidad cultural. El descontento con el sistema político, la fatiga ante el parlamentarismo ineficaz, y la sensación de desarraigo identitario alimentan un malestar transversal. Ese malestar puede ser compartido por sectores muy diversos: desde pequeños empresarios que perciben un Estado hostil hasta jóvenes que no encuentran sentido en una política institucional plagada de lenguaje vacío. Las quejas son múltiples, pero la extrema derecha ofrece un único cauce: la simplificación emocional del conflicto, transformando el miedo en obediencia y la incertidumbre en orgullo herido.
En ese marco, VOX se presenta como el único actor político con una narrativa cohesionada. Su fuerza no reside en la gestión, sino en la afirmación. No propone una política pública sólida, sino una identidad política clara, reactiva y excluyente. Y es allí donde muchas veces la crítica progresista se vuelve insuficiente. Mientras la izquierda institucional —representada por el PSOE y los sectores heredados de Unidas Podemos— recurre a marcos retóricos ya desgastados por el uso burocrático del lenguaje inclusivo, sectores del pensamiento progresista académico (como ciertos institutos universitarios que monopolizan la producción editorial subvencionada) han optado por una defensa casi ritual de la democracia, sin revisar los fundamentos ni renovar los términos con los que se comunica su valor. La repetición de consignas —por muy justas que sean— termina convirtiéndose en eco.
Peor aún, en nombre del pluralismo o del miedo a caer en el “sectarismo de izquierdas”, ciertos espacios culturales (medios como El País, editoriales como Taurus o debates promovidos desde centros como el Círculo de Bellas Artes) han dado cabida a voces reaccionarias bajo el pretexto de abrir el debate. Con ello, han normalizado un lenguaje que desmantela poco a poco los consensos éticos que deberían sostener el espacio democrático. Lo que se presenta como tolerancia puede, en realidad, ser una cesión estructural.
La historia española arrastra heridas que nunca se cerraron del todo. Los pactos de la Transición, por necesidad política, apostaron por el silencio compartido como precio de la estabilidad. Ese silencio permitió una paz institucional, pero dejó sin resolver el relato del pasado. Hoy, cuando ese relato comienza tímidamente a reorganizarse a través de la Ley de Memoria, reaparece el miedo: miedo a que el reconocimiento histórico implique deslegitimar el presente. VOX capitaliza ese miedo con habilidad discursiva, no tanto defendiendo una política concreta como ofreciendo refugio simbólico a una España que se siente perdida.
La responsabilidad intelectual, en este contexto, no consiste en reafirmar las certezas heredadas ni en repetir fórmulas morales. Consiste en sostener la complejidad: resistir la tentación de la consigna, reconocer la fatiga de los marcos progresistas sin entregarse al cinismo, y ofrecer nuevas formas de pensamiento que no renuncien ni al rigor ni a la empatía. Porque mientras el discurso reaccionario avanza a golpe de simplificación, el pensamiento crítico tiene el deber de no renunciar al matiz —aunque no sea viral, aunque no garantice adhesiones inmediatas.
*
Bibliografía anotada
Preston, Paul: The Spanish Holocaust: Inquisition and Extermination in Twentieth-Century Spain. Barcelona: Debate, 2012. (Esta obra ofrece un análisis riguroso de la violencia sistemática del franquismo, y es clave para comprender el trasfondo histórico del revisionismo autoritario que persiste en sectores de la sociedad española.)
Snyder, Timothy: On Tyranny: Twenty Lessons from the Twentieth Century. Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2017. (Un compendio accesible y urgente que advierte sobre los signos tempranos del autoritarismo, trazando paralelismos útiles para interpretar el presente político en Europa.)
Stanley, Jason: How Fascism Works: The Politics of Us and Them. Barcelona: Blackie Books, 2020. (Este análisis de los mecanismos retóricos del fascismo contemporáneo resulta particularmente útil para entender las estrategias discursivas de movimientos como VOX.)
La reciente defensa pública de la censura en los medios de comunicación por parte del actual presidente de la Comisión Federal de Comunicaciones (Federal Communications Commission [FCC])—un funcionario designado durante la administración de Donald Trump—marca un giro inquietante en la estrategia de instrumentalización institucional al servicio de una política de agravios. Amparada bajo el pretexto de combatir la supuesta “ideología insidiosa” asociada a los principios de Diversidad, Equidad e Inclusión (Diversity, Equity, and Inclusion [DEI]), esta postura revela un intento más amplio de depuración ideológica, no para restaurar una supuesta neutralidad, sino para erradicar el pluralismo mismo.
La censura que se presenta como defensa frente al “adoctrinamiento ideológico” constituye, en realidad, una negación explícita de los compromisos democráticos fundamentales, en particular del principio de libertad de expresión. No es la promoción de la equidad lo que amenaza la cohesión democrática, sino el aparato represivo que se consolida para desacreditarla y silenciarla. Esta estrategia no responde a una lógica normativa, sino escénica: se trata de un espectáculo de poder, no de un ejercicio legítimo de gobierno.
En este sentido, la comparación con el reinado de Calígula resulta reveladora. El emperador romano convirtió la política en un teatro personalista, donde el capricho se imponía al derecho y el castigo se escenificaba como afirmación de dominio. Su propósito no era solo gobernar, sino someter: degradar la ley a mero decorado de su voluntad. En la era Trump, la manipulación institucional, la obsesión con la lealtad personal y la teatralización del conflicto reproducen esta misma lógica. Lo que importa no es la verdad ni la legalidad, sino la puesta en escena de una autoridad incontestable.
La transformación de la FCC en un órgano de fiscalización ideológica—lejos de ser una excepción—es parte de un patrón más amplio. La supuesta protección del público frente a contenidos “divisivos” opera como coartada para censurar narrativas que cuestionan la desigualdad estructural, la exclusión racial o los privilegios históricos. Bajo esta retórica, la equidad y la justicia social se convierten en amenazas, y la censura en una forma de salvaguarda cultural.
Si esta deriva continúa, lo que se desmantelará no será únicamente un ecosistema mediático plural, sino la posibilidad misma de un espacio democrático de deliberación. En su lugar, se impondrá un orden comunicativo vigilado, donde solo se autorizarán discursos que reconfirmen la identidad del poder. Lejos de promover la unidad nacional, este régimen de censura construye una uniformidad forzada, disfrazada de patriotismo.
Esto no es un retorno al orden institucional, sino a la arbitrariedad imperial. La pregunta que se impone, hoy más que nunca, es si las instituciones estadounidenses seguirán sirviendo a la rendición de cuentas democrática o si acabarán convertidas, como el Senado romano bajo Calígula, en un simple telón de fondo para un poder que ya no se molesta en disimular su desprecio por la disidencia.