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« Censura, Calígula y el retorno de la propaganda imperial »

July 31, 2025

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Ricardo Morin
Una bandera en apuros
CGI
2025


Autor: Ricardo Morin

31 de Julio de 2025

La reciente defensa pública de la censura en los medios de comunicación por parte del actual presidente de la Comisión Federal de Comunicaciones (Federal Communications Commission [FCC])—un funcionario designado durante la administración de Donald Trump—marca un giro inquietante en la estrategia de instrumentalización institucional al servicio de una política de agravios. Amparada bajo el pretexto de combatir la supuesta “ideología insidiosa” asociada a los principios de Diversidad, Equidad e Inclusión (Diversity, Equity, and Inclusion [DEI]), esta postura revela un intento más amplio de depuración ideológica, no para restaurar una supuesta neutralidad, sino para erradicar el pluralismo mismo.

La censura que se presenta como defensa frente al “adoctrinamiento ideológico” constituye, en realidad, una negación explícita de los compromisos democráticos fundamentales, en particular del principio de libertad de expresión. No es la promoción de la equidad lo que amenaza la cohesión democrática, sino el aparato represivo que se consolida para desacreditarla y silenciarla. Esta estrategia no responde a una lógica normativa, sino escénica: se trata de un espectáculo de poder, no de un ejercicio legítimo de gobierno.

En este sentido, la comparación con el reinado de Calígula resulta reveladora. El emperador romano convirtió la política en un teatro personalista, donde el capricho se imponía al derecho y el castigo se escenificaba como afirmación de dominio. Su propósito no era solo gobernar, sino someter: degradar la ley a mero decorado de su voluntad. En la era Trump, la manipulación institucional, la obsesión con la lealtad personal y la teatralización del conflicto reproducen esta misma lógica. Lo que importa no es la verdad ni la legalidad, sino la puesta en escena de una autoridad incontestable.

La transformación de la FCC en un órgano de fiscalización ideológica—lejos de ser una excepción—es parte de un patrón más amplio. La supuesta protección del público frente a contenidos “divisivos” opera como coartada para censurar narrativas que cuestionan la desigualdad estructural, la exclusión racial o los privilegios históricos. Bajo esta retórica, la equidad y la justicia social se convierten en amenazas, y la censura en una forma de salvaguarda cultural.

Si esta deriva continúa, lo que se desmantelará no será únicamente un ecosistema mediático plural, sino la posibilidad misma de un espacio democrático de deliberación. En su lugar, se impondrá un orden comunicativo vigilado, donde solo se autorizarán discursos que reconfirmen la identidad del poder. Lejos de promover la unidad nacional, este régimen de censura construye una uniformidad forzada, disfrazada de patriotismo.

Esto no es un retorno al orden institucional, sino a la arbitrariedad imperial. La pregunta que se impone, hoy más que nunca, es si las instituciones estadounidenses seguirán sirviendo a la rendición de cuentas democrática o si acabarán convertidas, como el Senado romano bajo Calígula, en un simple telón de fondo para un poder que ya no se molesta en disimular su desprecio por la disidencia.

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« El ritual de pertenencia »

July 16, 2025

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Nota preliminar

La imagen que abre este ensayo fue tomada en el interior del Templo Masónico de Filadelfia, un espacio concebido como recinto cívico de orden simbólico.  A lo largo de uno de sus corredores principales, la frase latina fide et fiducia:  “por la fe y la confianza” aparece inscrita en oro sobre muros pautados y bajo una simetría sostenida.   

Estas inscripciones no son ornamentales.  Condensan una visión del mundo en una frase y en su emplazamiento.  Las palabras no se ofrecen a examen.  Se encuentran ya dispuestas dentro de un entorno ordenado.  El espacio no argumenta a favor de la creencia.  Organiza las condiciones bajo las cuales la creencia resulta adecuada.

 De este modo, el lugar deja de ser un contenedor.  Se vuelve una guía.  Establece ritmo, postura y expectativa.  Indica qué debe afirmarse y cómo debe expresarse esa afirmación.   

Este ensayo examina cómo tales formas persisten más allá de la arquitectura.  Sigue el modo en que la pertenencia se forma por repetición, cómo la virtud se ejecuta por alineación y cómo la apariencia de sentido compartido puede sustituir el trabajo necesario para sostenerlo.  

El ritual de pertenencia

La virtud colectiva no comienza como doctrina.  Comienza como gesto.   

Una sala se pone de pie ante una señal.  Una frase se repite al unísono.  Un participante pronuncia palabras que no ha considerado del todo, pero cuyo ritmo le resulta familiar.  Nada parece coercitivo.  Cada acto es pequeño y justificable.  Sin embargo, la repetición los enlaza.  Lo que primero se ejecuta pasa a esperarse.  Lo que se espera se vuelve difícil de rechazar.   

En estas secuencias, la pertenencia antecede a la comprensión.  El individuo no examina y luego se incorpora.  Se incorpora y aprende a responder.  La diferencia entre lealtad y obediencia no desaparece.  Se desplaza, a medida que afirmar resulta más fácil que dudar y más rápido que examinar.   

Esta disposición no se sostiene por la fuerza, sino por la forma.  Las organizaciones que dependen de la continuidad recurren a esquemas repetidos para estabilizar la identidad.  Las reuniones comienzan con fórmulas conocidas.  Los gestos siguen un orden fijo.  Quien interrumpe la secuencia introduce una demora.  Esa demora se vuelve visible de inmediato.  El costo de interrumpir se hace claro, mientras que el de conformarse permanece difuso.  En estas condiciones, el acuerdo no necesita imponerse.  Se elige.   

El ritual cumple una función.  Vincula a los individuos en un tiempo y en un reconocimiento compartidos.  Sin él, ninguna asociación perduraría.  Pero el mismo mecanismo que sostiene la cohesión limita el examen.  Lo que permite que un grupo se mantenga unido puede impedir que se pregunte por aquello que lo sostiene.   

El tránsito es gradual.  Una afirmación repetida para coordinar se convierte en una afirmación repetida para tranquilizar.  Un valor que fue examinado deja de requerir examen.  El lenguaje permanece.  Términos como deber, servicio u honor continúan circulando.  Lo que cambia es su relación con la experiencia.  Dejan de verificarse en el uso.  Se confirman en la repetición.  

En ese punto, la creencia ya no depende del reconocimiento.  Depende de la alineación.   

Este patrón aparece allí donde la necesidad de coherencia supera la tolerancia a la incertidumbre.  En la vida política contemporánea, ha adquirido una forma visible en el ascenso del Trumpism.  Las concentraciones multitudinarias muestran una secuencia clara.  Desde una tarima se introduce una consigna.  Se repite de inmediato y sin variación.  La repetición no pone a prueba la consigna.  Confirma la participación.  Quien no repite queda señalado al instante, no por lo que dice, sino por su ausencia.   

Aquí, la pertenencia se manifiesta en la respuesta.   

El mecanismo no depende del contenido.  Depende de la secuencia:  señal, repetición, confirmación, exclusión.  No importa tanto lo que se dice como la rapidez con que se adopta y la visibilidad con que se comparte.  En estas condiciones, el lenguaje cambia de función.  Deja de describir y pasa a designar.  Una persona o un grupo es nombrado como amenaza, invasión o corrupción.  Una vez designado, no se requiere descripción adicional.  La designación organiza la percepción de antemano.   

La misma secuencia se extiende a los sistemas digitales.  El lenguaje producido bajo condiciones de velocidad, recompensa y amplificación se convierte en el material con el que se entrenan los modelos.  Sistemas desarrollados por entidades como OpenAI y Google no originan estos patrones.  Los heredan.  Cuando el material de entrenamiento está saturado de repetición, afirmación y carga emocional, los sistemas resultantes reproducen esos patrones con mayor fluidez.  La salida parece coherente porque refleja lo que ya ha circulado.   

En este bucle, la expresión se refuerza al margen de la verificación.   

La máquina no introduce la distorsión.  Estabiliza lo que ya está presente y lo devuelve en una forma más consistente.   

En estas condiciones, la identidad se ofrece como resolución.  El individuo es situado dentro de un relato que asigna sentido y oposición de antemano.  El acuerdo produce reconocimiento.  La vacilación produce distancia.  El aplauso se vuelve una señal medible.  El silencio, una desviación visible.  El individuo deja de preguntarse si una afirmación corresponde a la experiencia.  Registra si corresponde al grupo.   

Pocos de estos cambios se advierten mientras ocurren.  Una afirmación que coincide con la expectativa se procesa con rapidez.  Una que la interrumpe exige tiempo.  La repetición produce familiaridad.  La familiaridad produce confianza.  La confianza pasa entonces por evidencia.   

Esto no se reduce a la ignorancia.  Refleja una reducción en la disposición a permanecer en la incertidumbre.  En muchos entornos, dudar implica exponerse a la separación.  Preguntar implica demorar la secuencia.  En estas condiciones, el espacio en el que podría formarse el juicio se reduce antes de ejercerse.   

Puede seguirse una secuencia.  Una frase se repite sin examen.  Un participante recibe aprobación.  Otro vacila y es recibido con silencio.  La vacilación queda registrada.  El siguiente repite sin pausa.  La secuencia continúa.  No se ha enunciado ninguna regla.  No se ha dado ninguna orden.  Sin embargo, se ha establecido un límite.  Con el tiempo, ese límite se mantiene.   

A partir de estas secuencias se configuran estructuras mayores.  El control no comienza como imposición externa.  Surge de la acumulación de actos ordinarios que favorecen la afirmación y desalientan la interrupción.  Cada acto es defendible por separado.  En conjunto, producen una condición en la que desviarse tiene un costo que afirmar no tiene.   

Por esta razón, las formas autoritarias pueden parecer lo contrario de lo que son.  Adoptan el lenguaje de la continuidad, los símbolos de la tradición y las formas del orgullo colectivo.  Lo que las distingue no es su apariencia, sino la reducción de las respuestas posibles.  Cuando solo queda una forma viable de afirmación, la participación deja de ser voluntaria en sustancia, aunque lo parezca en la forma.   

La resistencia no puede consistir en sustituir unas consignas por otras.  Hacerlo conserva la secuencia.  La interrupción debe producirse antes de la repetición.  Una frase debe examinarse antes de pronunciarse.  Un gesto debe comprenderse antes de ejecutarse.  Esto introduce demora.  La demora introduce fricción.  La fricción restituye las condiciones en las que el juicio puede tener lugar.   

Esa interrupción tiene un costo.  Separa al individuo de las recompensas inmediatas de la alineación.  Lo expone a la incertidumbre sin la garantía del acuerdo.  Sin embargo, sin esa interrupción, no puede sostenerse la diferencia entre creer y actuar como si se creyera.   

Ningún sistema organizado sobre el reflejo resiste la atención sostenida.  Su continuidad depende de la velocidad con la que se producen y confirman las respuestas.  Cuando esa velocidad disminuye, la secuencia se vuelve visible.  Cuando se vuelve visible, deja de operar sin ser reconocida.   

La claridad no aparece como declaración.  Surge cuando la repetición deja de bastar, cuando la aprobación deja de sustituir el reconocimiento y cuando el individuo distingue entre lo que se dice y lo que se ve.  En ese punto, la pertenencia no desaparece.  Cambia de condición.  Ya no antecede a la comprensión.  La sigue.

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