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« La continuidad de la atención »

September 22, 2026

Ricardo F. Morín.  Autorretrato, 1988. Técnica mixta:  collage, carboncillo y tinta a pluma.  30 × 48 pulgadas.

Las tradiciones y los rituales con los que nos identificamos deberían poder cuestionarse, sobre todo cuando se refieren a la culpa, el arrepentimiento y el perdón.  Una indagación sobre el sentido del ayuno en Yom Kipur me llevó a preguntarme qué relación guarda una práctica de expiación con nuestra conducta cotidiana.  La pregunta puede plantearse ante cualquier práctica de este tipo, dentro o fuera de una religión:  ¿cumplir con ella nos lleva a prestar una atención más cuidadosa a los demás, o puede el cumplimiento del ritual sustituir esa atención?  ¿Por qué habría de reservarse a la reflexión un ámbito separado de la vida, si cada una de nuestras relaciones ya exige que seamos conscientes de cómo actuamos?

La dificultad comienza cuando consideramos que vivir y examinar cómo vivimos son actividades separadas.  Podemos actuar, detenernos, evaluar lo sucedido y buscar la manera de liberarnos del peso de nuestros actos.  Mirar atrás es necesario porque nuestra comprensión es incompleta y las consecuencias suelen hacerse evidentes solo más tarde.  Pero los límites de lo que podemos saber en cada momento no nos eximen de prestar atención mientras actuamos.  La manera en que hablamos, decidimos, escuchamos o decidimos no responder ya tiene importancia para los demás.  La reflexión forma parte de esos actos, mientras todavía podemos influir en lo que sucede, y también del examen posterior de sus consecuencias.

La propia observancia que suscitó esta indagación contiene una advertencia expresa contra la sustitución de la responsabilidad hacia otra persona por el cumplimiento de un ritual.  La Misná, Yoma 8:9 (https://www.sefaria.org/Mishnah_Yoma.8.9), establece que Yom Kipur no expía las faltas cometidas contra otra persona mientras no se haya dado satisfacción a la persona agraviada.  Esta enseñanza exige que nos dirijamos a quien hemos causado daño; la sola observancia de ese día no basta para cumplir tal obligación.  Sin embargo, sigue pendiente la pregunta por el lugar de la reflexión en la vida.  Ocuparse del daño causado es una responsabilidad posterior a la falta.  La relación con otra persona ya requiere atención antes de que se produzca daño alguno.

Un día dedicado al arrepentimiento puede renovar una conciencia de nuestra conducta que se mantenga durante todo el año.  La distinción que me interesa es la que existe entre reflexionar de vez en cuando e incorporar la reflexión a todo cuanto hacemos.  Una observancia puede favorecer la atención en la vida cotidiana.  Hablar, trabajar, comer y convivir ya implican decisiones en las que tenemos en cuenta las circunstancias de los demás o las desatendemos.  Cuando se separa la reflexión de la conducta cotidiana, la sinceridad con que se cumple un ritual no resuelve esa separación.

Cuestionar un ritual puede resultar difícil porque su práctica puede expresar compromisos profundamente arraigados.  Una persona puede cumplirlo por convicción religiosa, por lealtad a las costumbres familiares o por el deseo de ser reconocida como integrante de una comunidad religiosa.  Creer en una enseñanza, ser leal a la propia familia y recibir el reconocimiento de los demás son motivos distintos, aunque conduzcan a una misma observancia.  Si poner en duda la práctica se vive como una traición a la familia o como un riesgo de perder la aceptación de una comunidad, defenderla puede llegar a ser más importante que examinarla.  Un examen cuidadoso también puede expresar un compromiso serio con la comprensión de la propia fe.  Conviene, por tanto, distinguir las razones por las que valoramos un ritual de la cuestión de cómo su práctica afecta a nuestra conducta hacia los demás.

El ayuno puede ayudar a concentrarse al interrumpir hábitos cotidianos.  Aun así, ¿por qué habría de atribuirse a la privación un papel privilegiado en el desarrollo de nuestra conciencia?  La atención que pueda propiciar un ayuno ha de mantenerse en la vida diaria.  Cuando la privación se entiende como castigo, la atención puede desplazarse de la conducta cotidiana a la intensidad del propio sufrimiento.  Mi sufrimiento no repara, por sí solo, el sufrimiento que he causado.  Puedo quedar absorto en cuánto soy capaz de soportar y prestar menos atención a la persona afectada por mi conducta.  El empeño por recuperar mi valía moral puede entonces desplazar la tarea de comprender la experiencia ajena y reparar cuanto sea posible.

La preocupación por recuperar la propia valía moral puede limitar especialmente nuestra atención cuando una mala acción se toma como prueba de una naturaleza humana defectuosa.  Reconocer nuestras limitaciones puede hacernos más receptivos a las correcciones.  Pero creer que somos defectuosos puede mantenernos pendientes de si somos culpables, si nos hemos purificado, si hemos sido perdonados o si estamos rehabilitados.  Nuestra relación con los demás no comienza con un daño por el que debamos responder.  Al escuchar a otra persona, puedo descubrir cuánto han dejado fuera mis suposiciones.  Cuando tomamos una decisión conjunta, necesito considerar las circunstancias de la otra persona tanto como las mías.  La realidad de la otra persona precede a mi juicio sobre cómo he respondido a esa realidad.  La responsabilidad se desarrolla en la relación e incluye responder por el daño cuando se produce.  Un juicio satisfactorio sobre mí mismo no pone fin a mi responsabilidad dentro de la relación.

La confesión puede interrumpir la negación al reconocer un daño que hemos ocultado o nos hemos negado a afrontar.  Expresar en qué ha consistido ese daño puede hacer posible una conversación sincera con la persona afectada.  Pedir disculpas puede aliviar a quien las pide sin resolver la pérdida o la desconfianza de quien ha sufrido el daño.  Al admitir lo que hice, muestro mi disposición a responder por mi conducta.  La sola admisión no basta para establecer que he cumplido con mi responsabilidad.

Nadie está obligado a perdonarme para que yo pueda dar por saldadas mis cuentas morales.  El perdón puede transformar profundamente una relación y hacer de nuevo posibles el afecto o la confianza.  Pero el perdón no borra las consecuencias de lo ocurrido.  Puede ser necesario reconstruir la confianza, una pérdida puede seguir siendo irreparable y la persona agraviada puede seguir necesitando mantener límites en la relación.  Mi responsabilidad continúa aunque no se me perdone.  Tampoco puedo exigir que la reconciliación adopte la forma que yo deseo.

Vivir conscientemente no exige juzgarnos sin cesar.  Ese juicio constante reproduciría el ensimismamiento que puede convertir la penitencia en un obstáculo para comprender a los demás.  Prestar atención a los demás requiere disposición para advertir lo que sucede, escuchar y reconsiderar nuestros juicios.  Nuestras intenciones no explican por completo lo que nuestros actos significan para otra persona.  Mantener la atención supone permitir que lo que aprendemos de alguien influya en nuestra manera de proceder, incluso cuando ese conocimiento cuestione la idea que tenemos de nosotros mismos.  En ocasiones no prestaremos la atención debida.  Reconocer esa falta de atención puede ayudarnos a responder de manera más adecuada sin convertir el reconocimiento en una ceremonia de condena de nosotros mismos.

La separación entre reflexión y conducta cotidiana puede darse en las relaciones más cercanas.  Podemos dar por sentado que conocer a alguien nos permite saber lo que necesita, o que las buenas intenciones nos eximen de reconsiderar una decisión.  La confianza en nuestro propio criterio puede entonces sustituir la atención a una persona cuyas necesidades o puntos de vista quizá hayan cambiado.  La confesión, el perdón y la observancia forman parte de nuestras relaciones, pero ninguno cumple por sí solo con todas las responsabilidades que esas relaciones entrañan.  Los actos cotidianos de escuchar, decidir juntos y responder a los cambios tienen un significado ético propio, se produzca o no algún daño.

No concibo la reflexión como una pausa tras la cual se vuelve a vivir libre de sus exigencias.  La reflexión forma parte de nuestra participación en la vida de los demás, mediante la cual desarrollamos y revisamos continuamente nuestra comprensión.  La importancia de un ritual para nuestros compromisos religiosos o nuestras costumbres familiares no resuelve la cuestión de cómo su práctica afecta a nuestra conducta hacia los demás.  La realidad de la otra persona sigue ante nosotros después de que se hayan pronunciado las palabras y haya concluido el día señalado.