Posts Tagged ‘Reflexión’

« La Séptima Guardia »

August 6, 2025

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Ricardo Morin
La séptima guardia
(Serie de plantillas, 5.º panel)
acuarela sobre papel
56 x 76 cm,
2005

Nota Introductoria

Ricardo Morin es escritor e investigador de la historia del pensamiento como práctica dinámica y en constante evolución —un estudiante de los gestos no dichos, un lenguaje más fuerte que las palabras, especialmente cuando los interlocutores han dejado de escucharse. A partir de reflexiones sobre los ciclos de la vida y una experiencia personal que se acerca a la última etapa, invita al lector a considerar cómo la vigilancia silenciosa y la ternura pueden dar forma a una existencia con sentido. La Séptima Guardia surge de décadas de vivir con atención, y ofrece un testimonio modesto de la dignidad que nace de la perseverancia y la atención afectiva.


*

71 años

He vivido setenta y un años. Eso, por sí solo, aún me sorprende —no porque alguna vez esperara un final prematuro, sino porque cada año me ha exigido más que el anterior. No hubo una caída dramática, ni una crisis puntual que señalar. Sólo una lenta y constante formación —del cuerpo, del temperamento, de la voluntad.

La enfermedad no llegó en la infancia. Llegó más tarde, a mis veintitantos, durante un invierno nevado en Buffalo. Apenas comenzaba a vivir por mi cuenta, lleno de ambiciones y sueños inconclusos. El diagnóstico fue mononucleosis —pero no fue el nombre lo que importó. Fue la forma en que interrumpió mi impulso, desaceleró mi paso y reveló algo más profundo: la tarea de toda una vida de aprender a vivir dentro de mis propios límites.

Ese fue el comienzo —no de una historia clínica, sino de otro tipo de vigilancia. No dirigida hacia fuera, sino hacia dentro. Se arraigó una comprensión silenciosa: que la supervivencia, si iba a tener sentido, requeriría no sólo resistencia, sino también contención. Una manera de protegerme de mí mismo. Esa disciplina no fue severa —se convirtió en una forma de devoción. No hacia la negación, sino hacia la claridad de una mente en paz. Hacía vivir con más atención que urgencia.

No veo la enfermedad como algo noble, pero sí reconozco en ella un espejo —no por el dolor, sino por la verdad que refleja. Lo que puede ser atendido, lo que debe ser soltado, lo que merece atención. No reclamo sabiduría por haber estado enfermo, pero reconozco lo que me ha enseñado a dejar atrás: la ilusión, el orgullo y la carrera frenética por cosas que no perduran —como la acumulación de riqueza o poder.

He llegado a pensar en ello simplemente como resistencia —la que se aprende con la enfermedad cuando se deja de luchar y se empieza a escuchar. Hay una curva ética en esa conciencia —no nacida del dogma ni de la fe, sino formada por la experiencia. No se inclina hacia el triunfo, sino hacia la ternura.

Esto no es una historia de patologías. Es una historia de atención—de refinar el yo sin endurecerlo. De descubrir que madurar significa saber cuándo insistir y cuándo detenerse. Que el acto silencioso de sostener la propia vida —día tras día, con atención— es en sí una forma de coraje.

Nunca me propuse escribir un testamento. Pero a los setenta y un años, veo los contornos con mayor claridad. Y en ello, hay dignidad.

Y sin embargo, la dignidad no es una recompensa. Llega sin anuncio, sin ceremonia. Se construye lentamente —a través de los rituales diarios de levantarse, de elegir qué llevar y qué dejar atrás. No protege del dolor ni aligera el sufrimiento. Pero da a los días cierto peso.

He llegado a apreciar ese peso —no como carga, sino como prueba. Prueba de que he vivido cada estación no intacto, pero sí entero. Y que, incluso ahora, la tarea no es escapar de las exigencias de la vida, sino enfrentarlas con firmeza.

Lo que he aprendido no me pertenece sólo a mí. Cualquiera que viva lo suficiente será llamado a rendir cuentas ante el tiempo —no como ladrón, sino como escultor. La enfermedad, sobre todo, nos enseña cuán poco control tenemos realmente —y cuánta presencia aún somos capaces de ofrecer. Nos humilla y nos une. No en la igualdad, sino en el reconocimiento mutuo.

Resistir, he descubierto, no es pasivo. No se trata de esperar a que pase el dolor. Es un acto activo, silencioso, muchas veces invisible. Significa elegir cómo vivir cuando las opciones parecen estrechas. Significa atender la vida no con prisa, sino con atención.

No hay línea de meta para esta labor. Sólo el acto callado de continuar.

Así que continúo —no porque deba, sino porque la vida, incluso en sus dimensiones reducidas, sigue ofreciendo espacio para el sentido. Algunos días ese sentido es tenue. Otros, es simplemente el hecho de levantarse, de escribir una carta, de recordar la nieve. Pero está ahí. Y mientras lo esté, permanezco.

~

Ricardo Morin Tortolero

4 de Agosto de 2025

Grimsby, Canadá

*


« Gestos de lo Inasible »

June 14, 2025

« Una vida entregada al arte »

*

Ricardo F Morin
Serie Triangulación Nº 38
9” x 13”
Oleo sobre lino
2009

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In memoriam José Luis Montero


Para él, la inspiración no irrumpía—se asentaba.
Llegaba no con respuestas, sino con permiso para comenzar.

No había ritual.
Ni punto de inflexión dramático.
Solo el lienzo, el olor del óleo, la luz desplazándose por el suelo.
Un día plegándose sobre el siguiente, hasta que el trabajo se convirtió en su propio clima—
a veces despejado, a veces tormentoso, pero siempre presente.

Creía en la atención, no en el dominio.

Lo que le conmovía no era cómo se lograba la pintura en un momento dado,
sino que, al ser deconstruida, tenía que recuperarla—
no por destreza, sino por necesidad—
cuando la mano se adelantaba al pensamiento,
y algo más honesto que la intención comenzaba a conducir.
Y cuando eso ocurría, le exigía todo.

Cualquiera que lo observara—
cualquiera menos él—
habría visto muy poco.
Un rastro.
Una pausa.
Un leve ajuste.
Pero en su interior, algo escuchaba—
no a sí mismo,
sino al mundo, al material, al eco de una forma aún desconocida.

No hacía obras para ser recordado,
aunque cargara cada una como a un hijo.
Las hacía para seguir con vida.
Y cuando se topaba con una pintura acabada años después,
se le agitaba el cuerpo.
No era nostalgia.
Era el olor del pigmento,
el sonido de las cerdas,
el duelo de algo casi logrado—
perdido, y luego vuelto a encontrar.

Algunos días, el trabajo fluía con cierta facilidad.
Otros, se resistía.
Aprendió a no perseguir ninguno de los dos.

Siempre comenzaba sin saber qué buscaba.
Un matiz.
Un destello de transparencia.
Una pincelada que alterara la superficie.
A menudo, el pincel quedaba suspendido en el aire,
esperando que el siguiente gesto se revelara.
A veces, no llegaba nada.
Esas piezas quedaban intactas durante semanas—
una inquietud callada en la esquina del cuarto.

Vivía junto a su silencio.

El estudio nunca estaba limpio, pero siempre ordenado.
Trapos doblados.
Tarros empañados con trementina vieja.
Paredes con siluetas suaves de lienzos pasados.
El desorden no era descuido.
Era habitado—no descuidado, sino vivido.
Notas sobre la armonía piramidal de Goethe colgaban junto a muestras minerales,
bocetos, círculos cromáticos, cartas rasgadas de marchantes.
No por revelación, sino por proximidad.

No todas las piezas se sostenían.
Algunas fracasaban por completo.
Otras, de forma gradual, perdiendo urgencia capa a capa.
También conservaba esas—
no como archivos, sino como recordatorios.
Donde la mano se había vuelto muda.
Donde la obra había dejado de pedir.
Y sin embargo, se convertían en plataformas—
espacios para volver, para entrar más hondo.

Sus días no tenían horario fijo,
aunque con los años surgió un ritmo—
una larga devoción, interrumpida, reanudada, sostenida.

Ahora, llegaba desde la ciudad a media mañana.
El estudio retenía el leve olor a cera y trementina,
entreverado con algo más antiguo—
polvo, tejido, memoria.
Abría una ventana si el clima lo permitía.
No por la luz, sino por el aire.
Por el movimiento.
Por el lento girar de los ventiladores como respiración.

Preparaba té.
A veces ponía a Bach, o a algún pianista,
cuyos dedos presionaban más hondo que los demás.
Otras mañanas:    La estación de radio NPR;
Un poeta, un científico, alguien intentando decir lo imposible a través de lo coloquial.
Le gustaba más el intento que la declaración.

Pintaba de pie—rara vez sentado.
Algunos días se movía sin cesar entre el caballete, el fregadero y la mesa de mezclas.
Otros apenas se movía.
Solo miraba.

El almuerzo era sencillo.
Pan.
Fruta.
Un poco de queso.
A veces huevos, lentejas, sopa durante varios días.
No solía salir a comer—
no por principio, sino porque rompía el hilo.

Si estaba cansado, se tumbaba en el sofá contra la pared del fondo.
Veinte, treinta minutos.
No más.
Y al despertar, la luz había cambiado otra vez—
más oblicua, suavizada, más indulgente.
El lienzo parecía distinto.
Como si hubiese esperado su ausencia.

Las últimas horas de la tarde eran a menudo las mejores.
Recuperaba fuerzas, libre de presión.
El aire tenía una soltura nacida del saber que nadie llamaría ni golpearía la puerta.
Entonces le hablaba a la obra—
no en voz alta, sino hacia dentro.
¿Este tinte? Demasiado cálido.
¿Este trazo? Demasiado seguro.
Déjalo quebrar.
Déjalo respirar.
Déjalo hablar sin decir.

A veces el medio se resistía.
El pincel vacilaba.
Un gesto colapsaba.
No luchaba.
Le daba espacio.
Si se mantenía paciente, el ritmo volvía.

No todo llegaba a completarse.
Algunas obras quedaban abiertas—
no abandonadas, sino suficientemente terminadas.
Otras surgían de golpe, como música que suena sin levantar los dedos.

Al anochecer, limpiaba sus enseres.
Sin apuro.
Limpiaba la paleta.
Enjuagaba los frascos.
Colgaba los trapos para que se secaran.
Era una forma de dar las gracias.
No a la pintura.
Al día.

Luego, las luces apagadas.
La puerta cerrada.
Nada declarado.
Nada concluido.
Y sin embargo, algo siempre avanzaba.

El duelo también permanecía.
Vivía en la sala como el polvo—
acumulado en las esquinas, aferrado a bastidores aún desnudos,
entrelazado en sábanas viejas y blancas.

La enfermedad de su hermana llegó despacio, y luego de golpe—
mientras sonaba el Adagio en sol menor a bajo volumen en el estudio.
Pintó durante todo ese tiempo.
No para evadir, sino porque parar lo habría deshecho.
En el silencio entre pinceladas, sentía cómo se debilitaba su respiración.
A veces imaginaba que ella podía ver su trabajo desde donde estuviera.
Que cada pieza acabada llevaba una palabra que no se atrevía a decir.
Ella lo habría comprendido.
Siempre lo hizo.

Más tarde, cuando su antiguo amante murió—
solo, inesperadamente, en Berlín—
dejó de pintar por completo.
El estudio se volvió quieto de una manera a la que no podía acceder.
Incluso el lienzo se le volvió de espaldas.
Cuando regresó, fue con una paleta apagada.
Seca.
Indiferente.
La primera pincelada se quebró en dos.
La dejó así.
Y continuó.

El deseo también se había aquietado.
No desaparecido.
Solo suavizado.
En su juventud había sido urgente, incontenible.
Ahora flotaba—
un eco que venía y se iba.
No lo avergonzaba ni lo fingía.
Vivía a su lado, como se vive junto a un campo que ardió y ahora reverdece.

El duelo no interrumpió el trabajo.
Lo profundizó.
No en tema, sino en textura.
Algunas de esas pinturas parecían usuales para los demás.
Pero él sabía lo que contenían—
el peso de mantenerse firme mientras se desmoronaba por dentro.

Aún ahora, algunos colores le recordaban un lecho.
Un paseo invernal.
El sonido de alguien que ya no respira.
Un gris plano.
Un azul que antes brillaba, ahora templado entre anhelo y contención.

A veces se preguntaba por esa tensión.

Pero al pintar, volvía la quietud.

Hace diecisiete años, cuando terminó la quimioterapia, los días se volvieron más callados.

No hubo triunfo.
Solo un lento retorno al ritmo—
distinto ahora.
El cuerpo había cambiado.
También la mente.
Ya no podía pintar durante horas sin fatiga.
Los gestos antes fluidos eran más pesados, más vacilantes.

No se resistía.

El estudio seguía, pero el centro de gravedad se desplazó.
Donde antes alcanzaba un pincel, ahora cogía una pluma.
Al principio, solo apuntes.
Fragmentos.
Una forma de sostener el día.
Luego llegaron las frases.
Los párrafos.
No sobre sí mismo, no directamente.
Sobre el tiempo.
La memoria.
La presencia.
Escribir se volvió un consuelo.
Una forma de dar forma a lo que el cuerpo ya no podía cargar.
Un lugar donde aún moverse, con cuidado.

No fue el fin de la pintura.
Solo una pausa.
Una migración.
La escritura exigía su propia atención, su propia paciencia.
Y en eso reconocía una devoción conocida.

A veces, el lienzo aún lo llamaba.
Permanecía intacto durante semanas.
Y un día, sin anuncio, volvía a empezar.

Las dos prácticas vivían una junto a la otra.
Algunos días, el pincel.
Otros, la página.
Sin jerarquías.
Sin arrepentimientos.
Solo la persistencia callada de una vida que aún se despliega.

No hay obra final.
Ni última palabra.

Ahora lo comprende:
una vida no se hace de cosas acabadas,
sino de gestos continuados—
huellas hechas con fe,
incluso cuando nadie mira.
Una frase iniciada.
Un color mezclado.
Un lienzo vuelto hacia la pared—
no por vergüenza, sino porque ya ha dicho lo suficiente.

Ya no se pregunta qué viene después.
Esa pregunta ya no lo inquieta.

Si algo permanece, no será el nombre,
ni el archivo,
ni siquiera los objetos.
Será la integridad callada de la atención—
la forma en que volvió, una y otra vez,
a encontrarse con el momento tal como era.

No para hacer algo duradero.
Sino para vivir, aunque fuese brevemente, en verdad.

*

Ricardo F Morin Tortolero

Bala Cynwyd, Pa., June 14, 2025


Nota del autor

Este retrato está dedicado a David Lowenberger, a José Luis Montero, a mis padres, y a Billy Bussell Thompson.   
A todos los que me han enseñado que vivir con atención es ya una forma de amor perdurable.

*


« La ética de la expresión: Segunda Parte »

June 13, 2025


*

Ricardo Morín
Triangulación 4
22″ x 30″
Grafito sobre papel
2006

Escritura, silencio y el arte de comprender en quietud

A mi hermana Bonnie

Ricardo F. Morín
Noviembre 2025
Oakland Park, Florida

Nota del autor

Este texto fue redactado con anterioridad a « La ética de la percepción, Primera Parte » y forma parte de la misma indagación sobre la atención, la comprensión y la relación ética.


Hay momentos en los que la forma más genuina de intimidad es el silencio.
En otros, es la labor callada de buscar la palabra justa—aunque sea incompleta—lo que nos acerca.   
La expresión, bajo esta luz, no es solo un vehículo de comunicación, sino un acto de cuidado.
Hablar, callar, escribir, escuchar:    cada decisión conlleva un peso particular.
La intimidad habita en esos gestos:    no en las declaraciones grandilocuentes, sino en la ética con que nos revelamos—y con que acogemos lo que otra persona se atreve a ofrecer.
Lo que sigue no es una teoría, sino una reflexión sobre cómo se manifiesta la intimidad en la expresión—y en su ausencia.

Resulta difícil señalar el instante en que algo se vuelve íntimo.
No siempre es un roce, una mirada o una confesión.
A veces es solo una pausa—una pausa compartida—entre una palabra y la siguiente, cuando ambas personas perciben que algo verdadero está a punto de decirse o acaba de decirse, sin llegar a nombrarse del todo.

Una vez, sentados frente a frente, observé a alguien quien contemplaba en silencio el horizonte.
Tampoco yo dije nada.
No hubo gesto, ni revelación, ni palabras aclaratorias.
Y sin embargo, aquel silencio no se sentía vacío—se sentía pleno.
En esa quietud, algo pasó entre nosotres: no es un mensaje, ni siquiera una comprensión, sino una suerte de permiso:
el de existir sin necesidad de explicarse.
El de estar presente sin necesidad de actuar.

Aquel momento permanece no por ser dramático, sino precisamente por no haber sido planificado.
No lo esperaba y no habría sabido recrearlo.
Solo supe, después, que había estado ante algo especial:
una intimidad que no pedía más que ser.

Y sin embargo, no toda intimidad nace del silencio ni de la presencia del otro.
Hay una que llega más tarde, en la escritura—en ese largo intervalo entre sentir y decir.
Otra solo seria posible gracias a la distancia silenciosa con que se permite la reflexión.

La palabra intimidad suele evocar cercanía física:
el ámbito del tacto, la proximidad, los amantes, los secretos susurrados en la oscuridad.
Sin embargo, ¿y si la intimidad tuviese menos que ver con la cercanía y más con el permiso?
El permiso de estar sin defensas.
De moverse con lentitud.
De no ser del todo claro—y aun así ser merecedor de confianza.

Ser íntimo con alguien no es solo ser conocido, sino ser visto—
visto sin la presión de explicarse con rapidez o justificar lo que se siente.
Es una apertura, pero también un riesgo:
el riesgo de ser malinterpretado, y el riesgo más hondo de ser comprendido demasiado bien.

Algunas formas de intimidad se dan cara a cara.
Otras requieren distancia.
Unas surgen en el diálogo.
Otras precisan una sola voz, que hable en soledad desde una habitación en silencio.

Ahí comienza la escritura—
no como puesta en escena, sino como conversación larga e ininterrumpida.

La intimidad cambia según el contexto, el tiempo,
y la forma del yo que entregamos al otro.
No es una sola cosa—
no solo cercanía, ternura o vulnerabilidad—
sino un conjunto de maneras en que nos permitimos ser conocidos
y, a veces, conocer a alguien más.

Está la intimidad corporal—
quizá la más visible y la menos comprendida.
Pertenece al tacto, a la proximidad,
a la atracción instintiva por la presencia del otro.
Pero esta forma puede engañar:
la cercanía física sin resonancia emocional es frecuente—
y fácil de fingir.
No obstante, cuando el cuerpo y la emoción se alinean,
surge una sintonía sin palabras:
una mano que reposa en un hombro el tiempo justo;
una respiración que entra en ritmo sin proponérselo.

Luego está la intimidad emocional:
el valor pausado de decir lo que se siente—
no solo cuando es hermoso o conveniente,
sino cuando es torpe, incompleto o crudo.
Esta forma no se da—se gana.
Puede tardar años, o nacer en una sola noche.
Ahí vive la confianza—o se rompe.

También existe la intimidad intelectual:
la que emerge en la conversación
cuando las ideas fluyen sin que nadie se atrinchere.
Es rara.
La mayoría de los espacios sociales premian la velocidad,
el brillo superficial o la cortesía segura.
Pero a veces, con alguien igualmente curioso,
el pensamiento se expande ante la presencia del otro—
no por coincidencia, sino por resonancia.
Nada hay que demostrar—
solo el placer de descubrir.
Eso es intimidad intelectual.
Genera otro tipo de cercanía—
no de sentimiento, sino de percepción.

Más extraña aún es la intimidad narrativa—
la que se forma no entre dos personas en una misma habitación,
sino entre quien escribe y quien lee,
separados por el silencio y el tiempo.
No es inmediata—
pero no por ello menos real.
Una voz surge desde la página
y parece hablarte directamente,
como si conociera los contornos de tu pensamiento.
Te sientes comprendido—sin haber sido visto.
Quizá nunca llegues a conocer a quien escribió esas palabras,
pero algo en ti se transforma.
Ya no estás solo.

Estas no son categorías rígidas.
Se superponen, se interrumpen, se evocan.
Uno puede profundizar otra.
La presencia física puede generar seguridad emocional.
La cercanía intelectual puede abrirse a una ternura inesperada.
Y aun así, cada una tiene su propio ritmo,
su propia gramática—
y sus propios riesgos.

En esa complejidad, la intimidad deja de ser una condición.
Se convierte en una práctica:
algo que se aprende,
se pierde,
se revisa,
y a veces se escribe
cuando ninguna otra forma es posible.

La escritura, también, es una forma de intimidad—
no solo con los demás,
sino con uno mismo.
Sobre todo cuando se es honesto—
cuando lo escrito no busca solo ser ingenioso o correcto,
sino verdadero.
Ese tipo de escritura no halaga.
No discute.
Revela.

Escribimos para hacer emerger algo—
no solo para una audiencia,
sino para escucharnos pensar,
para ver lo que aún no sabíamos que sentíamos.
Al escribir, nos volvemos testigos de nuestra propia conciencia—
tanto de su lucidez como de sus evasiones.

Seguimos una frase
no solo por su lógica,
sino por la emoción que transporta.
Y cuando esa emoción se quiebra,
sabemos que hemos perdido el hilo.

Entonces volvemos a empezar, una y otra vez—
no solo para explicar,
sino para decir algo que nos parezca justo.

En ese sentido, escribir es un acto ético.
Exige atención.
Requiere paciencia.
Nos invita a habitar nuestra propia experiencia
con precisión—
incluso cuando esa experiencia es fragmentaria o irresuelta.

Y si tenemos suerte—
si somos honestos—
algo en ese esfuerzo llegará a alguien más.
No para impresionar.
No para convencer.
Sino para acompañar.

A veces uno se extiende—con cuidado, con sinceridad—y recibe a cambio silencio, indiferencia o una respuesta tan desentonada que uno se siente ingenuo por haberlo intentado.
Otras veces, el fracaso es más sutil:
una conversación que se dispersa justo cuando algo verdadero empieza a tomar forma—o un oyente que oye tus palabras pero no tu significado.

Esos momentos quedan.
No por dramáticos, sino porque nos recuerdan cuán frágil puede ser la intimidad.
No se puede forzar—igual que no se puede forzar la humildad.
Ambas requieren una entrega callada—una disposición a ofrecer algo sin saber cómo será recibido.
Podemos preparar el terreno, hacer el gesto, arriesgar la verdad—pero lo demás depende del otro:    de su momento, su capacidad, su voluntad de encontrarnos allí.

También está la experiencia de ser malinterpretado—no solo en los hechos, sino en la esencia.
Intentas decir algo que importa, y la otra persona responde a lo que cree que dijiste—o a una versión de ti que nunca fuiste.
Es un golpe—
ese desencuentro entre lo que trataste de compartir y lo que realmente llegó.
El deseo de intimidad se convierte en exposición sin conexión—una herida en vez de un puente.

A veces evitamos la intimidad no porque no la deseemos, sino porque tememos lo que podría costarnos.
Se nos ha hecho sentir torpes—por cuidar demasiado, o por mostrarnos demasiado.
O hemos compartido algo íntimo solo para verlo tratado con ligereza—o analizado sin sentir.
Después de eso, nos volvemos cautos.
Hablamos menos—o en fragmentos—o no hablamos en absoluto.

Es a raíz de esos rechazos—grandes o pequeños—cuando escribir deja de ser una simple expresión.
Se convierte en reparación.
La escritura nos permite recuperar lo que se perdió en el momento—
nombrar lo que nunca llegó a su destino,
terminar el pensamiento que nadie esperó,
decirlo otra vez—esta vez sin interrupciones, sin suposiciones, sin miedo.

Y aunque la escritura no pueda deshacer el fracaso de un momento compartido, sí puede ofrecer otra cosa:
coherencia.
Un registro.
Una forma de verdad que permanece—aunque no haya sido oída.

Así, la escritura se vuelve un acto silencioso de insistencia—
no contra el mundo, sino a favor del autor.
Es una forma de decir:
Lo que traté de compartir sigue importando—aunque no haya sido recibido.

Al final, la intimidad no es un estado, sino un gesto—
repetido una y otra vez—
hacia la comprensión,
hacia la presencia,
hacia un entendimiento compartido que puede llegar… o no.

A veces ese gesto es una palabra dicha en el momento justo.
A veces es un silencio sostenido el tiempo suficiente para que el otro hable.
Y a veces es el acto de escribir—solitario, paciente, inconcluso—
ofrecido no a una multitud,
sino a un solo lector imaginado
que, algún día, tal vez necesite lo que ahora intentas decir.

La escritura, en su raíz, es una forma de escucha.
No solo hacia los demás,
sino hacia el yo que no se apura,
que no actúa,
que no necesita convencer.

Hacia el yo que espera—
que desea ser reconocido no por lo que logra decir a toda prisa,
sino por lo que sigue intentando decir con delicadeza.

Por eso vuelvo a la página:
no porque garantice conexión,
sino porque mantiene la puerta abierta.
Porque en un mundo que exige rapidez, certeza y encanto,
la escritura da lugar a algo más lento y más fiel:
el gesto largo, inacabado, de intentar alcanzar a alguien—
quizá incluso a uno mismo—
con algo resonante.

Y cuando la intimidad sucede—en la página o en la vida—
nunca es por haber encontrado las palabras perfectas.
Es porque alguien se quedó.
Alguien escuchó.
Alguien dejó que el momento se abriera—sin apresurarse a cerrarlo.

Eso es lo que hago ahora:
escribir no para cerrar algo,
sino para dejarlo abierto—
para que algo de mayor hondura pueda entrar.

*

Ricardo F. Morín Tortolero
Capitol Hill, D.C., 9 de junio de 2025


« Una mesa entre nosotros »

February 27, 2025

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Díptico Silencioso
por Ricardo Morín
Técnica: Óleo sobre lino
Dimensiones: 45,7 × 71,1 × 1,9 cm
Año: 2010

~


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Prólogo

Díptico Silencioso no es una ilustración, sino una resonancia—una meditación sobre el silencio, no como vacío, sino como un estado de receptividad.     Es el espacio donde el juicio se disuelve, donde la conexión humana persiste entre las palabras, donde el significado se siente más que se expresa.     En su quietud, sostiene lo que permanece irresuelto.     Hay silencios apacibles.     Otros, en cambio, están cargados de historia.

RFMT


*

Nuestra cena temprana siguió a una función matinal de Parade, un musical impregnado de historia, de indignidad, del peso de una vida arrebatada y de un veredicto que aún pendía sin resolución.     En la mesa, hablamos de Leo Frank, el judío linchado en Georgia hace un siglo—indultado décadas después, pero nunca absuelto.     Su verdadero asesino jamás fue perseguido.

Éramos seis en la mesa.     Tres de nosotros éramos judíos.     Comprendían, de un modo que los demás solo podíamos reconocer pero nunca encarnar del todo, el dolor particular de ser convertido en chivo expiatorio.     Los otros simpatizaban, pero no podían sentir la misma alienación—no en la médula, no en esa forma heredada en la que la historia se imprime en unos más que en otros.

Era una conversación densa, pero no triste.     Hablábamos con la claridad que llega cuando los hechos llevan mucho tiempo asentados, pero sus ecos persisten.

Entonces, la interrupción:

La mujer en la mesa de al lado se volvió hacia nosotros con una pregunta, su voz atravesando con facilidad nuestra conversación.

—¿Dónde están las chicas?

Miré a mis compañeros, los seis cómodamente instalados en la familiaridad del grupo.

—¿Qué chicas? —pregunté, sin acritud.

Ella parpadeó, como si esperara que la respuesta fuese evidente.

—Ya estamos casados entre nosotros —dije.

Se giró sin decir nada más.

No era necesario detenerse en ello.     El momento era conocido.     Un encuentro menor, el tipo de episodio que apenas registrábamos después de años de saber exactamente cómo el mundo podía inclinarse ante nuestra presencia.

Para desviar la conversación, dije:

—Freud diría que todas las relaciones son intentos de resolver asuntos pendientes con nuestros padres.

Alguien sonrió con ironía.     Un tenedor se posó en el plato.     Un instante de silencio, no de incomodidad, sino de reflexión.

—Los hombres con sus padres, las mujeres con sus madres —continué.

Las respuestas fueron variadas.     Aprobación.     Desvíos.     Un cambio de tono.     Algunos hablaron de no haber cumplido las expectativas de sus padres.     Otros, de odio.     Otros, de desapego.     Algunos, de nada en absoluto.

Mencioné a mi padre.     Su certeza de que nosotros, sus hijos, no sabríamos sobrevivir sin él.     Se refería, por supuesto, a lo económico.     Su generación tenía su propia concepción de lo que significaba perdurar.

—¿Cuántos hermanos tienes? —preguntó alguien.

—Cinco —respondí—. Incluyendo a mi hermana menor, que acaba de fallecer.

Una pausa.

—Era angelical.

—Sesenta y nueve.

Hubo simpatía, cálida e inmediata.     Un momento sostenido el tiempo justo.

Y luego, como si fuese natural, la conversación viró—con facilidad, instintivamente.     Hacia el teatro.     Hacia los Premios Tony.     Hacia la vida y el talento de voces que se han ido, pero que quedaron para siempre registradas.

En la mesa contigua, la mujer reía ahora, el momento entre nosotros ya olvidado de su lado.

Y nosotros también reíamos—por algo más liviano, algo que no pedía ser examinado demasiado de cerca.

El momento permaneció, inadvertido, pero no olvidado.

*


~

Epílogo

Como la pintura, el momento persistió—no exigiendo resolución, sino esperando, en silencio, a ser comprendido.     El peso de la historia, las sutilezas del sentido de pertenencia, las pausas en la conversación donde la verdad se siente, pero no se dice.

El silencio, al final, nunca está vacío.     Es el espacio donde todo permanece.

*

Ricardo F. Morín Tortolero

27 de febrero de 2025; Oakland Park, Florida

« El umbral del silencio »

February 12, 2025

~


*

Inmanencia Infinita
Ricardo Morín:     Acuarelas, carboncillo, tintes, óleo y corrector sobre papel
14” x 20”
2005

~


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I. La Carga de la Conciencia

Llega un momento, a veces repentino, a veces insinuándose con los años, en que la mortalidad deja de ser una abstracción.     Ya no es una eventualidad lejana, una idea relegada a los pliegues de la vida cotidiana, suavizada por distracciones y rutinas.     En su lugar, se adelanta, innegable y densa, tan cierta como la respiración y tan efímera como ella.

Tal vez se manifiesta en la silenciosa traición del cuerpo: una rigidez matutina que no desaparece, el titubeo de la memoria, la leve vacilación antes de un paso que antes se daba con facilidad.     O quizá llega con la pérdida:     un amigo, un hermano, un padre cuya ausencia se siente como un ensayo de la propia.     La conciencia se agudiza, volviendo el tiempo más precioso y más frágil.     Comenzamos a medir la vida no por lo que ha pasado, sino por lo que aún queda.

Y, sin embargo, incluso con esta conciencia, hay resistencia.     La mente se evade, aferrándose a planes, distracciones, a la cómoda ilusión de continuidad.     Tememos la muerte, pero también nos negamos a mirarla de frente, como si el mero reconocimiento apresurara su llegada.     Creamos rituales en torno a ella, filosofías que la explican, pero rara vez nos sentamos con ella en silencio, sin adornos.     No es la muerte en sí lo que aterra, sino el saber, la certeza de que vendrá, ya sea con advertencia o en un instante desprevenido.

Pero, ¿y si en lugar de rehuirla, dejáramos que esta conciencia se asentara?     No como un peso, sino como una compañía silenciosa.     Si pudiéramos ver la pérdida no como un robo, sino como un tránsito inevitable, siempre entretejido en la trama de la vida, la muerte perdería su urgencia.     Saber que somos mortales no implica desesperación, sino comprender los límites de lo que se nos ha dado.     La pregunta no es si la muerte llegará, sino si podemos llevar ese conocimiento sin miedo, si podemos, finalmente, aprender a vivir con ello.

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II. El Declive: Mente y Cuerpo

El cuerpo no se debilita de golpe.     Su desgaste es lento, medido en las más pequeñas traiciones:     pasos que antes eran automáticos y ahora requieren cuidado, un nombre que se escapa justo en el instante en que se necesita, la paulatina atenuación de los sentidos que antes esculpían el mundo con claridad.     Al principio, estos cambios parecen meras molestias pasajeras, lapsos momentáneos más que el inicio de un destino ineludible.     Pero con el tiempo se asienta la verdad:     esto no es una fase, no es algo de lo que se pueda recuperar, sino el deshilacharse silencioso de lo que una vez parecía permanente.

La mente también muestra signos de desgaste.     El pensamiento se ralentiza; los recuerdos emergen en fragmentos, esquivos y caprichosos.     Hay una ironía en esto:     la lucidez persiste lo suficiente como para ser testigo del propio deterioro de facultades.     No es lo mismo perderse sin darse cuenta que observar el proceso con plena conciencia.     Aquí yace la lucha más profunda:     no sólo el deterioro del cuerpo o la mente, sino la tensión entre resistir lo inevitable y entregarse a ello.

Algunos combaten este declive con desesperación, esforzándose por retener lo que se desvanece.     Entrenan el cuerpo, desafían la mente, se aferran a rutinas como si la disciplina pudiera contener el paso del tiempo.     Otros se rinden con mayor facilidad, viendo en cada pérdida una señal de que la vida no está hecha para ser sostenida con los puños cerrados.     Pero la aceptación no llega sin esfuerzo; no es resignación pasiva ni derrota.     Es un equilibrio incierto entre el esfuerzo y la entrega, entre conservar lo que se puede y soltar lo que inevitablemente debe irse.

El sufrimiento adopta muchas formas.     Para algunos, irrumpe en un sólo instante devastador:     un diagnóstico, un accidente, un colapso inesperado del orden frágil del cuerpo.     Para otros, se desliza lentamente, dejando su rastro en el peso de cada año que pasa.     Puede ser físico, exigiendo su tributo sin descanso, o tal vez el dolor más sutil de perderse a uno mismo, de volverse irreconocible ante un espejo.     Sin embargo, sin importar su forma, el sufrimiento es universal.     No se rige por la lógica ni por la justicia.     Simplemente es.

En este escenario, la medicina interviene, intentando ralentizar, reparar, resistir el curso natural del deterioro.     Y, sin embargo, hay una disonancia en esto.     El cuerpo es finito, su desgaste está escrito en su naturaleza, pero aun así, avanzamos con tratamientos, procedimientos y fármacos que prometen retrasar lo ineludible.     La frontera entre el cuidado y la prolongación artificial se difumina.     Luchar por la vida es instintivo, pero ¿en qué punto la lucha se convierte en sufrimiento?

En los momentos de quietud, lejos de médicos y terapias, la pregunta persiste:     ¿es el declive algo contra lo que debemos luchar, o hay dignidad en permitir que la naturaleza siga su curso?     Y si la respuesta no está en la resistencia absoluta ni en la rendición pasiva, entonces, ¿dónde, exactamente, se encuentra el equilibrio?

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III. Las Distracciones Que Retrasan la Aceptación

Aceptar plenamente la muerte exigiría una quietud que pocos pueden soportar.     La mente, inquieta y astuta, encuentra maneras de eludir esa quietud, de tejer una vida tan llena de movimiento e intención que la mortalidad sigue pareciendo una preocupación lejana y teórica.     Así, llenamos nuestros días con esfuerzos para prolongarlos.

La longevidad se convierte en un objetivo en sí mismo, en una industria erigida sobre la promesa de que el deterioro puede posponerse, quizás incluso evitarse por completo.     Dietas, regímenes, suplementos y tratamientos, todos dirigidos a fortalecer el cuerpo contra su inevitable declive.     La ciencia también interviene, ofreciendo nuevas formas de reparar, reemplazar y sostener.     La medicina no solo busca sanar, sino alargar; la tecnología susurra futuros en los que el envejecimiento es opcional, y el ritual proporciona una estructura reconfortante frente a lo incontrolable.     Cada una de estas opciones ofrece algo real:     tiempo, alivio, una sensación de dominio sobre las fallas del cuerpo.     Pero bajo todas ellas yace la misma esperanza no expresada:     que la muerte, si no puede ser vencida, al menos pueda posponerse el tiempo suficiente para ser olvidada.

Sin embargo, no es sólo el miedo a la muerte lo que nos mantiene aferrados a la vida, sino el peso de lo inacabado.     Las obligaciones aún pendientes, las palabras no dichas, las personas que aún nos necesitan—todo ello genera la sensación de que partir ahora sería prematuro, que marcharse significaría abandonar algo esencial.     Incluso en la vejez, cuando la vida ha sido larga y plena, persiste la impresión de que queda más por hacer, más por resolver, más por comprender.     El pasado nos arrastra con sus preguntas sin respuesta; el futuro, aunque menguante, sigue sosteniendo la ilusión de posibilidad.

Y así, resistimos la quietud.     Rehuimos el silencio, donde la verdad se escucha con mayor claridad.     La mente, desocupada, podría empezar a aceptar lo que el cuerpo ya sabe.     Por eso llenamos las horas, nos rodeamos de rutina, distracción, movimiento. Incluso el sufrimiento, de un modo extraño, puede convertirse en un ancla—algo en lo que concentrarse, algo que soportar, en lugar del vacío al que habría que entregarse.

Pero, ¿y si dejáramos caer las distracciones?     ¿Si dejáramos de aferrarnos a más tiempo, más propósito, más ruido?     ¿Qué quedaría?     El miedo, sí, pero también la posibilidad de paz.     Por más que luchemos, la muerte no se presta a negociaciones.     Llega cuando ha de llegar, indiferente a las medidas tomadas en su contra.     Tal vez el último acto de sabiduría no sea resistirse, sino soltarse—permitir que la quietud se asiente, dejar que la mente y el cuerpo, finalmente, coincidan en su comprensión.

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IV. El Peso del Sufrimiento y la Resistencia

El sufrimiento es la única certeza que comparten todos los seres dotados de conciencia.         No es raro ni excepcional; es el trasfondo de la existencia, tejido en la vida desde el primer aliento hasta el último.     Y, sin embargo, a pesar de su universalidad, el sufrimiento es profundamente personal—se experimenta de formas que nadie más puede comprender del todo, se soporta de maneras que no pueden medirse.

El dolor adopta muchas formas.     Puede ser la lenta opresión del cuerpo contra sí mismo, el desgaste de la enfermedad, el peso de una fatiga que nunca llega a disiparse.     O puede ser un dolor más silencioso: la pérdida de uno mismo cuando la mente flaquea, la soledad de ver al mundo seguir adelante sin uno, la pena de saber que, por mucho que se haya soportado, aún queda más por sobrellevar.     Algunos sufren a la vista de todos, con su dolor reconocido y validado.     Otros lo cargan en silencio, como si admitir su peso fuera ceder ante él.

Pero el sufrimiento por sí solo no marca el final.     Hay algo más allá de él, algo más profundo:     la resistencia.     El umbral de lo que se puede soportar no es fijo; se expande y se contrae.     Un dolor que antes parecía insoportable se vuelve parte de la rutina; una carga que parecía insuperable se lleva, día tras día.     Y, sin embargo, siempre hay un límite, un momento—generalmente callado, generalmente sólo comprendido en la intimidad de la propia conciencia—en el que la resistencia deja de ser suficiente.

Este es el momento de la revelación, cuando seguir vivo deja de ser un acto de vida y se convierte en mera persistencia.     Para algunos, llega de golpe, con la claridad de un amanecer.     Para otros, se insinúa poco a poco, con el cuerpo susurrando mucho antes de que la mente se atreva a escuchar.     No se trata simplemente del dolor, ni de la edad.     Es el instante en que la voluntad de permanecer deja de compensar el coste de hacerlo.

No hay una medida universal para determinar cuándo llega este momento; sólo lo sabe quien lo experimenta.     Resistir es instintivo, un hábito grabado en la esencia misma de la existencia.     Pero reconocer cuándo la resistencia ha alcanzado su límite es algo completamente distinto.     No es debilidad, ni rendición.     Es un saber silencioso, el reconocimiento de que toda vida contiene, en sí misma, el derecho a decidir cuándo ha sido suficiente.

Y así, la pregunta persiste: ¿es el sufrimiento el precio inevitable de la vida, o hay un punto en el que se justifica dejar la carga?     La respuesta no está escrita en doctrinas, ni en la medicina, ni en las opiniones de quienes no llevan ese peso sobre sus propios hombros.     Está escrita en cada individuo, en el instante silencioso en que se comprende: esto es suficiente.

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V. El Umbral Invisible

La vida no se marcha de golpe.     Se retira, al principio en silencio, casi imperceptible en su retirada.     La respiración se vuelve más superficial, no en jadeos, sino en una paulatina suavización, como si el cuerpo decidiera ocupar menos espacio en el mundo.     El peso disminuye, no solo en carne, sino en presencia:     el yo se torna más ligero, menos aferrado a las exigencias de la existencia.     Una mente antes inquieta divaga, los pensamientos se desenredan, como soltando su asidero al pasado, al futuro, incluso a la urgencia del presente.

Estos no son signos de fracaso ni de derrota.     Son la forma en que el cuerpo susurra que ha llegado el momento.     Momento de liberarse del esfuerzo, de la incesante tarea de sostenerse.     Momento de abandonar la lucha por permanecer.     Por mucho temor que rodee a la muerte, el cuerpo en sí mismo no la teme.     Sabe cuándo rendirse, mucho antes de que la mente esté preparada para aceptarlo.

Y así llega el instante del conocimiento—no una gran revelación, no una epifanía, sino una certeza serena.     No se mide en días ni lo dicta un diagnóstico.     Es algo más profundo, algo que se siente.     Algunos luchan contra ello, aferrándose a cada aliento como si la pura voluntad pudiera anclarlos.     Otros lo aceptan como se acepta el sueño—con reticencia al principio, luego confiando, hasta finalmente entregarse a su llamada.

Hay dignidad en este acto de soltar.     No la dignidad impuesta por otros, aquella que se mide en estoicismo o contención, sino la simple dignidad de ceder el control.     De permitir que el cuerpo haga lo que siempre estuvo destinado a hacer:     llegar a su fin no como una tragedia, sino como una culminación.     Resistirse a este momento es oponerse al propio ritmo de la vida.     Pero aceptarlo—acoger la quietud, dejar que la respiración se ralentice sin miedo—es una forma de gracia en sí misma.

Al final, la muerte no es algo que deba conquistarse, ni algo que deba soportarse más allá de lo que uno puede sostener.     Es simplemente el último umbral, invisible hasta que se alcanza, conocido sólo por aquel que lo cruza.     Y cuando llega el momento, no queda nada más que hacer sino avanzar—ligero, libre de cargas y sin arrepentimientos.

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VI. La Serena Aceptación

Pensar en la muerte sin miedo—sentarse con ella, sin defensas, y permitirle ser lo que es—es una paz rara y difícil de alcanzar.     Durante tanto tiempo, la mente ha rehuido su certeza, envolviéndola en distracciones, explicaciones y resistencia.     Pero llega un punto en que todo eso se desvanece, cuando la muerte deja de ser algo con lo que discutir o que posponer, y se convierte simplemente en el desenlace inevitable de una vida que ha sido vivida.

El miedo se disuelve cuando la muerte ya no se percibe como una interrupción, ni como un robo, sino como algo tan natural como la propia respiración.     El cuerpo, en su sabiduría, ya ha comenzado a soltar.     Es la mente la que se aferra, aferrándose al sentido, a lo inacabado, a la ilusión de que un día más, una hora más, podría cambiar algo esencial.     Pero al final, no se necesita justificación alguna.     No hace falta demostrar que ha llegado el momento adecuado.     El momento adecuado llega, sea bienvenido o no, y aceptarlo no es más que el acto de dejar de resistirse.

La quietud no es lo mismo que la resignación.     La resignación implica derrota, la sensación de que algo nos ha sido arrebatado contra nuestra voluntad.     Pero la verdadera quietud—la verdadera aceptación—es algo completamente distinto.     Es una llegada, un asentarse en lo inevitable sin temor ni pesar.     Es el instante en el que la mente y el cuerpo, tras tanto tiempo en conflicto, finalmente se alinean en la misma dirección.     No más esfuerzo.     No más negociaciones.     Sólo la serena comprensión de que lo que se nos ha dado ha sido suficiente.

Abrazar el final no es renunciar al valor de la vida, sino afirmarlo por completo—permitiéndole completarse con gracia.     No queda nada por hacer, ninguna deuda por saldar, ninguna batalla por librar.     Sólo queda el silencio.     Y el silencio es suficiente.

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VII. En conclusión

Ninguna vida se vive en soledad, y ningún camino—especialmente el que lleva a la aceptación—se recorre sin compañía.     En el transcurso de esta travesía, somos moldeados, guiados y sostenidos por aquellos que han tocado nuestro corazón, cuya presencia permanece en nosotros incluso después de su partida.     Al enfrentar mi propia mortalidad, no sólo reconozco la mía, sino también la de aquellos que me precedieron, cuyas vidas siguen resonando en la memoria, en el amor, en esos rincones silenciosos donde la ausencia se convierte en algo perdurable.

Entre mi familia:     Andreina Teresa Morín Tortolero, Eva Lowenberger, Martín Lowenberger, José Galdino Morín Infante, Domitila Infante de Morín, Sofía Morín Infante, Pipina Morín de Carrillo, Chucho Morín Infante, Italia Morín, María Teresa Tortolero Rivero, Lucía Tortolero Rivero, Pedro José Tortolero Rivero, Leopoldo Tortolero Rivero, Federico Tortolero Rivero, Ala Gaidaz de Tortolero, Boris Tortolero Gaidaz, Nick Carapelli, Richard Erman, Ruth Erman, Margot Schloss, Martin Schloss.

Entre mis amigos:     Alice Heller, Herta Lager-Kane, Jurek Pankratz, Phillip Jung, Tom Bunny, Frederick Williams, Steven Altman, Richard Alpert, Chris Kishlansky, Steven Kishlansky, Jack Smith, John Bugliaro, Ruth Pretat.

Su presencia perdura—no como sombras, sino como luz.
Me han enseñado, desafiado, consolado y, de algún modo, nos han preparado para el camino que todos debemos recorrer.

La muerte, en su dureza, nos despoja y nos confronta con lo esencial.
Sin embargo, también nos une, pues el amor que hemos dado y recibido no se extingue con la ausencia física.

Nuestros seres queridos permanecen con nosotros hasta el final, sosteniéndonos en su memoria y en el amor que han dejado en nosotros.

A ellos les ofrezco mi más profunda gratitud.
No se han ido.
Permanecen, en el corazón, en el alma, en la serena aceptación de todo lo que ha sido y de todo lo que será.

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Ricardo F. Morín Tortolero

12 de febrero de 2025, Oakland Park, Florida


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