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« Lleno de luz »

November 7, 2026

La puja inicial. Ricardo F. Morín. CGI, 2026.

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Quien escribió aquella página la escribió al cerrar la novela, con la gratitud que despiertan ciertos libros cuando parecen haber esperado a su lector, y con una admiración que llevaba sus frases más lejos de lo que su saber alcanzaba.  Afirmaba en ella que Invisible Man, publicada en 1952, era la primera novela norteamericana que se ocupaba del racismo, y que lo hacía en tiempos en que el asunto no admitía nombre.  Trece años después, al releerla, ninguna de las dos afirmaciones resiste el cotejo con lo que ya estaba escrito.  Un siglo antes, Harriet Beecher Stowe había puesto la crueldad de la esclavitud ante los ojos de una nación que prefería no verla; en los albores del siglo XX, Charles Chesnutt, desde el otro lado de la línea de color, había narrado la matanza con que se arrebató el poder en una ciudad portuaria de Carolina del Norte; Faulkner había dado al Sur un hombre incierto de su propia raza, destruido por la certeza ajena; y Wright, en 1940, había llevado a miles de lectores la historia de un joven moldeado por las condiciones de su nacimiento y condenado luego por lo que ellas habían hecho de él.  De aquello se venía hablando, largamente y desde distintas orillas, desde hacía cien años.

Ellison conocía de cerca esa tradición.  Wright había alentado sus primeros escritos en Nueva York, y años más tarde Ellison rehusó que se lo leyera como heredero suyo, alegando que un artista no elige a sus parientes pero sí a sus antepasados.  Su novela nació, pues, dentro de un linaje y en discusión con él, y desplazó la mirada desde el peso de las condiciones hacia el problema de la percepción:  quién es visto, y por quién.  Lo que la página de entonces tomó por primicia era la impresión de que una puerta se había abierto para su autor, impresión que luego fechó como si la puerta se hubiera abierto para todos.  Un entusiasmo así rara vez yerra sólo por descuido:  a la ignorancia de lo que otros escribieron y a la natural largueza del elogio suele sumarse la necesidad de que lo admirado carezca de precedentes, para que también carezca de ellos el acto de admirarlo.  Despojada de su linaje, la novela pierde la querella que le da su forma.

Tampoco el prólogo lo citó del libro, sino de lo que la memoria retenía de él.  Las palabras de Ellison sufrieron allí pequeños desplazamientos que no mitigaron la exclusión, pues el sótano que en la novela queda clausurado aparecía en la página tapiado, que es un modo más duro todavía de cerrar.  El cambio de mayor alcance ocurrió en otro lugar.  Donde Ellison había escrito hole, agujero, la página decía den, voz que en inglés designa la guarida del animal y que el propio narrador, al llamarse a sí mismo oso en hibernación, parece autorizar.  Pero el narrador no abandona la palabra agujero:  la sostiene aun cuando advierte, contra cualquier imagen sepulcral, que los hay fríos y los hay cálidos, y que el suyo es cálido y está lleno de luz, de modo que en la novela el lugar es a la vez abrigo y agujero.  Al decir guarida, la memoria conservó el abrigo y dejó caer el agujero.  El mobiliario era de Ellison; lo que el lector de entonces puso de su parte fue permitir que el mobiliario ocupara el lugar entero.

La luz, por su parte, no es una figura:  son 1369 bombillas, y el narrador explica que las necesita porque la luz le confirma su realidad y alumbra su forma.  Cuando proclama que la verdad es luz y la luz es verdad, la página de entonces juzgó encomiable esa perspectiva y dejó que en ella concluyera todo, cuando la novela no concluye ahí.  La corriente que alimenta esas bombillas se sustrae sin pago a la compañía que abastece a la ciudad, de suerte que el sustento del narrador procede del mismo orden que se niega a verlo, y su hibernación, según él mismo la define, es la preparación encubierta de una acción más manifiesta.  La luz lo sostiene, pero no obtiene para él la mirada de nadie en la superficie; entre sostenerse y vencer las condiciones que obligan a sostenerse media una distancia que la novela no salva, y en cuya orilla próxima deja al narrador, iluminado, preparándose, invisible todavía.  Acaso el lector de entonces vio la luz y supuso salvada la distancia, como si un libro que conmueve quedara en deuda de consuelo con quien lo lee y la habitación más luminosa de Nueva York pudiera saldar esa deuda.

No todo en aquella página procedía del lector.  Había visto que la sociedad reduce al narrador a un estereotipo antes de que él mismo se tenga por anónimo, y había situado su invisibilidad donde Ellison la sitúa, en la mirada ajena; había advertido que el libro está construido para asemejarse a la vida de su autor sin confundirse con ella, y que un narrador sin nombre no es el hombre que se lo negó.  Había visto la battle royal, donde muchachos negros, con los ojos vendados, son obligados a golpearse entre sí para diversión de los blancos principales del pueblo, y había seguido al narrador por una organización a la que la novela nunca llama comunista, aunque el parecido salte a la vista, y que lo exhibe como orador mientras decide de antemano lo que habrá de decir.  Había comprendido, en fin, que la intolerancia que la novela expone deforma tanto a quien la ejerce como a quien la padece, y que esa condición desborda las fronteras de un país, aun cuando la novela la examine a través de la historia de uno solo, desde el cual únicamente pudo haberse escrito.  En todo esto, la página de entonces leyó con acierto.

Lo que no resistió la relectura procedía del lector, y acaso surgió allí donde la página buscaba reposo:  en el agujero rebautizado por su calidez, en la luz tomada por respuesta.  Toda lectura deposita en el texto las necesidades de quien lee, y queda por saber si al texto se le consiente replicar.  El de Ellison replica en su última línea, cuando el narrador, desde abajo todavía, deja su propio relato para dirigirse a quien sostiene el libro y preguntarle si, en las frecuencias más bajas, no habla por él.  La pregunta no promete que alguien en la superficie vaya a verlo; sugiere, más bien, que quien lee pudo haber sido visto primero, y deja en sus manos sopesar lo que ese reconocimiento le exige una vez cerrado el libro.

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