Posts Tagged ‘rebelión’

« El principio de Dolos: Primera parte »

October 16, 2026

Ricardo Morin Silencio III 22’ x 30” Acuarela, grafito, yeso, acrílico sobre papel 2010
Silence III de Ricardo Morín
22″ × 30″
Acuarela, grafito, gesso y acrílico sobre papel
2010

I. La ciudad de vidrio y plata

Desde el balcón, la ciudad se le ofrecía a Astra como se ofrecía a todo el que pudiera pagarse la altura:  entera, luminosa, compuesta, como si la hubieran dispuesto esa misma tarde para que ella la inspeccionara y fueran a guardarla otra vez en cuanto entrara.  Las torres guardaban su orden de plata.  La luz corría por las avenidas.  A esa hora, que no era ni tarde ni noche sino el largo crepúsculo que la ciudad había aprendido a sostener, el horizonte ardía con tal constancia que las estrellas, según había comentado ella una vez en una cena, parecían avergonzarse de asomar; y el comentario se había repetido, y admirado, y publicado con su nombre, de modo que hacía tiempo que había dejado de parecerle algo que hubiera visto.

Y sin embargo lo había visto.  En eso consistía la extrañeza de la noche, si es que había alguna:  se sorprendía viendo otra vez lo que ya había dicho.

Abajo, la gente se movía por las calles con la soltura de quienes se creen cuidados.  Durante años sólo la había conocido así, como un movimiento de luz a gran distancia, y había sabido lo que quería porque le habían pagado, de una forma u otra, para decírselo.  Bitcóin había sido la palabra.  La había pronunciado en salones como el que tenía a la espalda y en pantallas que llevaban su rostro a salones donde nunca entraría, y la había pronunciado bien:  libertad sin permiso, riqueza sin amo, las viejas jerarquías disueltas en un registro que no pertenecía a nadie.  Lo había creído como se cree un papel que se representa cada noche, es decir, con una convicción que nunca le exigió mirarla de frente.

Lo nuevo, y ella le daba vueltas a la observación con algo más cercano a la curiosidad que a la alarma, no era que la promesa se hubiera adelgazado.  Siempre había sabido que una promesa, vendida a suficiente gente, tiene que adelgazarse.  Era más bien que ahora podía oír cómo se adelgazaba:  una leve sordina bajo la melodía, una nota sostenida una fracción de más, la clase de defecto que uno advierte primero en una función que uno mismo ha dado.

El aire traía su perfume de siempre.  Era caro, y estaba rancio, y nunca hasta entonces se había permitido juntar las dos palabras.

Nexys había construido la ciudad, o había dejado que se dijera tantas veces que la diferencia ya no importaba.  Su nombre estaba en el vidrio.  El nombre de ella, con su insinuación de estrellas, le había agradado por cómo sonaba; pero era su linaje lo que él había querido, eso siempre lo había entendido:  una historia familiar de hombres que habían gobernado sin que nadie cuestionara su autoridad.  Él la había mirado una vez, al principio, por encima de una mesa, con el interés franco de quien tasa unos cimientos.  Ella había admirado esa franqueza.  La había tomado por una especie de honradez, y quizá lo había sido.

No habría dicho, si alguien se lo hubiera preguntado en el balcón, que algo hubiera cambiado.  Nadie se lo preguntó.  El viento le movía el pelo y ella lo dejaba, porque a los teleobjetivos de las torres de enfrente les gustaba su pelo movido por el viento, y porque hacía tiempo que había dejado de distinguir entre lo que hacía para ellos y lo que hacía.

Había, no obstante, en las calles que sólo últimamente había empezado a mirar de frente, figuras a las que la luz no favorecía:  gente sentada donde nadie se sentaba, en los portales de tiendas que vendían cosas que no podían comprar.  Estaban las casas de cambio bajo las casas de cambio, donde las promesas cambiaban de manos en lugar del trabajo.  Había sabido de ellas como se sabe del tiempo que hace en una provincia lejana.  Ahora sabía de ellas como sabía de los rostros de sus propias recepciones, y la comparación, que no había invitado, se negaba a marcharse.

Lo que más advertía, y lo advertía sin quererlo, era la manera en que la miraban.  Durante años la mirada de la multitud había sido admiración, y ella la había llevado como llevaba el crepúsculo de la ciudad, como una luz que daba la casualidad de caerle encima.  Últimamente había cambiado.  Era más paciente que la hostilidad:  la mirada, según le parecía, que se le dirige a una figura en un escenario cuando uno ha empezado a adivinar el desenlace.

Entró.  La sala estaba templada; el vidrio se cerró a su espalda sin ruido; y la ciudad quedó tan compuesta como antes, cosa que, pensándolo bien, descubrió que esperaba.

II. El espectáculo

El salón estaba iluminado para él, como lo estaban todos.  La luz caía en cantidades medidas sobre el mármol y volvía de él a los rostros, y los rostros se volvían hacia las puertas, como estaba dispuesto que lo hicieran.

Astra estaba cerca del centro y apartada de él.  Hacía mucho que dominaba el arte de ser a la vez el adorno de la ocasión y su testigo, y lo ejercía ahora con la soltura de siempre y una atención nueva.  Oía las voces subir y bajar en su devoción.  Sentía sobre sí la mirada del salón y la medía, como siempre la había medido, por la calidad de su consideración.  Antes había sido luminosa.  Antes no había pedido más que el permiso de admirar.  Esta noche pedía algo que al principio no supo nombrar, y luego, con un pequeño sobresalto interior, sí:  esperaba.

No su ascenso.  Eso ya había ocurrido.

Nexys llegó a la manera de un hombre que ha ensayado la espontaneidad:  una pausa en el umbral, una sonrisa que iba desplegando poco a poco, una mano alzada hacia las cámaras como si acabara de reparar en ellas.  El aplauso creció para recibirlo.  Y entonces, de un extremo a otro del salón, sus ojos encontraron los de ella, y pasó entre ellos algo que ningún otro de los presentes habría podido ver.

No era admiración, y no era una orden.  Ella no habría sabido decir qué era.  Se desvaneció antes de que pudiera intentarlo.

Él vino hacia ella atravesando la gente.  «Estás magnífica», dijo, y dejó que sus ojos se quedaran un momento más de lo que el cumplido requería.  «Como siempre».

«¿Está todo en orden?».

«Va a ser perfecto».  Miró a un lado, no a nadie, simplemente a un lado.  «Siempre lo es».

Perfecto.  La palabra cayó entre los dos como una moneda sobre vidrio y sonó, pensó ella, un poco falsa; y le llamó menos la atención la falsedad que el hecho de haberla oído.  Ella misma había usado la palabra mil veces.  Nunca la había escuchado.

Siguió adelante, y la gente se apartó, y ella la dejó apartarse.  Hubo discursos.  Se oyó elogiada en una frase que reconoció como una que ella misma había escrito, meses atrás, para otra ocasión.  Sonrió donde se esperaba que sonriera.  Fue consciente durante todo aquello de Nexys a su hombro, y de una distancia entre los dos que él no reconocería y que ella, según descubrió, no tenía ningún deseo de medir en voz alta.

Más tarde se quedó junto a la ventana, donde el ruido se adelgazaba.  La ciudad, abajo, era indiferente al salón, como lo son las ciudades, con sus luces que seguían sin referencia al aplauso de nadie, y pensó en cuánto de lo que había llamado su mundo se sostenía con algo no más firme que el acuerdo de seguir mirándolo.

Oyó sus pasos y no se volvió.

«¿Disfrutas de la función?».  Había burla en la pregunta, y bajo la burla algo más quebradizo, como si hubiera querido que saliera más ligera de lo que salió.

Ella se tomó su tiempo.  «Siempre dijiste que todo esto era tu mundo».

«Lo es».

«Quizá nunca lo fue».

No contestó.  Ella lo había visto contestarlo todo; lo había visto contestar cosas que aún no se habían dicho; y ahora estaba a su lado en un silencio que no había elegido, y ella lo vio descubrir que no tenía nada que poner en él.  Volvió al salón.  El aplauso siguió a su espalda sin interrupción.

No sintió, entonces, que hubiera ganado nada.  Sintió más bien que había dicho algo antes de saber que lo creía, y que el decirlo le había informado de que sí.

III. El despacho

El mensaje llegó por la mañana, entre los otros que se habían ido acumulando en su pantalla durante la noche como visitas a las que nadie hubiera avisado de que ella no estaba.  Ven al despacho.  Tenemos que hablar de los próximos pasos.  No había encanto en él.  Había recibido muchísimos mensajes de Nexys y había leído en cada uno los pequeños adornos con que él vestía una orden, y advirtió su ausencia como se advierte una habitación de la que se ha retirado un mueble conocido.

El despacho era suyo en cada línea:  madera oscura, metal frío, ángulos que no admitían la duda.  Él estaba sentado tras el escritorio con una pantalla que le iluminaba la cara desde abajo, y sus dedos se movían sobre la superficie pulida con un ritmo que no parecía oír.  No se levantó.  Le indicó la silla.

«Siéntate».

Se sentó.  Hacía mucho que había aprendido que las palabras eran instrumentos, y que las más eficaces eran las que uno se guardaba; lo había aprendido, reflexionó con un desapego que la sorprendió, sobre todo de él.

«Lo viste», dijo él.  «Anoche.  Cómo miraban».

«Sí».

«Cómo se han vuelto contra nosotros».

No corrigió la expresión.  No era exactamente la expresión, pero se le acercaba bastante, y le interesó descubrir que él también lo había sentido:  que la mirada que ella había supuesto que sólo ella advertía había sido advertida desde el otro lado.

Él empujó una carpeta sobre el escritorio.  Dentro había planes, medidas, el lenguaje del orden:  el murmullo sería atajado antes de crecer, la duda contestada antes de extenderse.  Ella pasó las páginas y vio que los planes eran buenos, como siempre lo habían sido los de Nexys, y que iban dirigidos a una multitud que ya no existía en la forma para la que se habían trazado.

«No van a funcionar», dijo.

Él dejó caer la palma de la mano sobre el escritorio, y el ruido dio la vuelta a la habitación y regresó.  «¿Crees que entiendes esto mejor que yo?  Yo los hice creer.  Yo lo hice todo.  Y tú», y ahí se detuvo.

Ella lo vio detenerse.  Vio llegarle el pensamiento, y vio que le había venido de la cara de ella y no de nada que ella hubiera hecho; y comprendió, un momento después que él, lo que él había visto allí.

«Ya no estás en esto», dijo él despacio.  «¿Verdad?».

Habría sido fácil negarlo.  Había negado cosas más grandes en esa silla.  Lo que la sorprendió fue que la respuesta que le vino no fuera ni negación ni confesión, sino sencillamente la frase más verdadera de que disponía, y que no la hubiera compuesto ella.

«No creo que lo haya estado nunca», dijo.  «No como tú lo entendías».

Se levantó.  Él dijo algo a su espalda, y luego algo más alto, y ella oyó las palabras sin seguirlas, como se oye la lluvia contra una ventana en una habitación donde uno está leyendo.  El ascensor la recibió.  Las puertas se juntaron con su sonido suave, y en su acero pulido vio su propio rostro, compuesto, admirable, exactamente como había sido siempre; y se le ocurrió, mientras bajaba, que nunca lo había mirado todavía como lo miraría una desconocida.

IV. El café

No fue a casa.  No habría sabido decir adónde quería ir; sólo que el ascensor la había dejado en la calle y no en el coche que esperaba bajo el edificio, y ella lo había permitido.

La ciudad en la que entró no era la que había contemplado desde el balcón.  Era la misma ciudad, se recordó, y recordarlo no le sirvió de nada.  Desde arriba las calles habían sido un movimiento de luz; a su propia altura eran estrechas, y estaban mojadas, y llenas de gente que no se movía en absoluto.  Las torres, vistas desde abajo, no eran plateadas sino grises, y su vidrio no devolvía el cielo sino la calle, de modo que mirara donde mirara veía los portales y los desperdicios y, de vez en cuando, a una mujer con un buen abrigo que caminaba entre ellos y que era ella.

Nadie la miraba.  La habían mirado durante tanto tiempo que al principio no supo identificar la sensación, y cuando lo hizo descubrió que no era alivio.

La pantalla se le encendió dos veces en el bolsillo.  El primer mensaje era de él, y no lo abrió; lo que hubiera escrito iría dirigido a la mujer que esa mañana se había sentado frente a su escritorio, y ella aún no sabía si esa mujer era la que ahora caminaba.  El segundo venía de un número que no conocía.  Nombraba una esquina y nada más, y como no tenía ningún sitio adonde quisiera ir, fue.

El café estaba en una esquina donde dos calles se encontraban en un ángulo que los urbanistas de la ciudad, evidentemente, no habían previsto.  Era oscuro, olía a café viejo y a humo más viejo aún, y tenía el aire, que ella reconoció de ciertas habitaciones de su infancia, de un lugar donde al tiempo se le permitía detenerse.  Un letrero de neón en la ventana dejaba una mancha pálida sobre la mesa más cercana, y en esa mesa, de espaldas a la puerta, estaba sentada una mujer a la que Astra conocía.

La conocía como se conoce el mobiliario de una institución.  La mujer había estado durante años en el borde de los actos de Nexys, nunca en el centro, siempre cerca:  un rostro que aplaudía en los momentos oportunos, que sostenía puertas, que anotaba lo que se decía.  Astra nunca había sabido su nombre.  Se le ocurrió, de pie en el umbral, que nunca le había hecho falta, y el pensamiento no le resultó cómodo.

«Llega tarde», dijo la mujer, sin volverse.

Astra se sentó frente a ella.  No se le ocurrió hasta después de haberlo hecho que no la habían invitado, o más bien que la habían invitado de un modo tan seguro que la invitación se había adelantado a su decisión de entrar.

«No sabía que tuviéramos una cita».

«No», convino la mujer.  «No tenía por qué saberlo».  Miró a Astra con un interés franco sin ser amable, el interés de quien confirma una descripción.  «Pensé que a lo mejor huía.  La gente lo hace, más o menos a estas alturas.  Se van al extranjero una temporada, y vuelven, y descubren que nada de lo que dejaron ha cambiado, y lo agradecen».

«¿A qué punto se refiere?».

La mujer consideró la pregunta como si fuera una pregunta de verdad.  «Al punto en que uno empieza a ver la habitación en la que ha estado todo este tiempo».

Astra no dijo nada.  Le habían enseñado, y ella misma lo había enseñado, que el silencio en una negociación pertenece a quien sea capaz de soportarlo más tiempo; pero era consciente de que aquello no era una negociación, o no una cuyos términos entendiera, y de que su silencio era menos una táctica que una falta de algo que decir.

«Usted se cree la primera», siguió la mujer, con más suavidad.  «Todos los que despiertan lo creen.  Es la única vanidad que se nos permite a todos».  Giró la taza un cuarto de vuelta sobre el platillo.  «La vi venderlo, ¿sabe?  Año tras año.  Antes pensaba que usted era la única en esos salones que se lo creía».

«¿Y ahora?».

«Ahora pienso que era la única que lo necesitaba».

Lo dijo sin malicia, y era la ausencia de malicia lo que lo hacía difícil de recibir.  Astra miró las manos de la mujer, que no eran jóvenes, y el puño de su abrigo, zurcido con cuidado, y oyó en lo que le estaban diciendo algo que no pudo descartar de inmediato:  que la creencia había sido para ella y no para ellos; que a la multitud quizá le había bastado la función, y sólo la actriz había necesitado que fuera verdad.

«¿Por qué me dice esto?».

«Porque va a querer hacer algo», dijo la mujer.  «La gente quiere, a estas alturas.  Y prefiero que lo haga sabiendo lo que es».

«¿Y qué soy?».

La mujer casi sonrió.  «Ahí está la pregunta, ¿no?».

Metió la mano en el abrigo y dejó un objeto pequeño sobre la mesa, entre las dos:  un dispositivo oscuro, liso, sin marcas, no mayor que una pitillera.  No lo empujó hacia Astra.  Lo dejó exactamente en medio, donde no pertenecía a ninguna de las dos.

«Hay otros», dijo.  «No muchos.  No los que usted esperaría.  Cuando use eso, sabrán que está lista.  Lo que hagan entonces no depende de mí, y tampoco dependerá de usted».

«¿Y usted?».

«Yo estoy demasiado dentro».  Lo dijo llanamente, como quien nombra una distancia.  «Llevo once años a su lado.  Uno no puede estar tanto tiempo en un sitio y fingir que ese suelo no es suyo».

Astra oyó la frase, y oyó bajo ella que iba dirigida a ella tanto como hablaba de quien la decía; y no se permitió, por el momento, seguirla hasta donde llevaba.

Miró el dispositivo.  Era una cosa pequeña, y fue consciente de querer que fuera más grande:  que estuviera, de algún modo visible, a la altura de la ocasión.  No lo estaba.  Descansaba sobre la mesa en la mancha del neón como descansaba la taza de la mujer, o el azucarero, y el hecho de que fuera un objeto entre objetos le pareció, oscuramente, lo más serio que tenía.

Lo tomó.  Estaba más frío de lo que esperaba, y pesaba menos.

«Estoy lista», dijo, y oyó al decirlo que las palabras le habían salido con la voz que usaba en las pantallas.

La mujer también lo oyó.  Astra la vio oírlo.  Algo le cruzó el rostro que no era decepción, puesto que la decepción habría requerido una expectativa, sino quizá su pariente más paciente.

«Entonces váyase», dijo la mujer.  «No está sola en esto.  Ahí tiene la buena noticia».  Levantó la taza.  «También es la otra».

Fuera había empezado a llover, y el neón yacía roto sobre el pavimento mojado en pedazos que no acababan de encajar.  Astra se quedó bajo el toldo con el dispositivo en el bolsillo junto a la pantalla que no había contestado, dos pesos pequeños de casi el mismo tamaño, y se le ocurrió que no habría podido decir con certeza, sin sacarlos, cuál era cuál.

V. La reunión

Lo pulsó esa noche, sola, en el apartamento que daba a la torre de Nexys, y no ocurrió nada.  No sabía qué había esperado:  una luz, un sonido, algún reconocimiento proporcionado al paso.  El dispositivo seguía en su palma exactamente como antes.  Sólo después de dejarlo sobre el vidrio de la mesa, de ir a la ventana y volver, encontró en la pantalla un mensaje del número que había nombrado la esquina:  una dirección y una hora, y nada más.

Lo que le llamó la atención al leerlo no fue la brevedad sino el tono, que conocía.  Era el tono de una convocatoria que no se molesta en persuadir, y lo había oído por última vez esa misma mañana.

La dirección estaba en el viejo distrito financiero:  un edificio sin letrero entre un banco cerrado y una tienda donde arreglaban relojes.  La hizo pasar un joven que no le preguntó el nombre.  La condujo por un pasillo hasta una sala alargada donde una docena de personas estaban sentadas a una mesa bajo unas lámparas colocadas, lo advirtió enseguida, de manera que la cabecera quedara en sombra.

Lo advirtió porque ella misma había colocado lámparas así.

Todos levantaron la vista.  La habían mirado en muchas salas, y conocía las variedades; aquello no era admiración, ni la espera paciente de la gala, sino una tasación más llana, la mirada que se le echa a una entrega para ver si ha llegado intacta.  La sostuvo.  Descubrió que medía la sala mientras la sala la medía a ella, y que la medida le venía con una facilidad desagradable, como si le hubieran adiestrado los ojos precisamente para eso.

El hombre de la cabecera se puso de pie.  Era alto y ancho, con la cara casi entera en la sombra que las lámparas estaban dispuestas a conservar.  «La estábamos esperando», dijo.

Dos veces en un mismo día le habían dicho que la esperaban.  Se preguntó si quedaba en la ciudad alguna sala en la que pudiera entrar por sorpresa.

«Usted entiende lo que está en juego».  No era una pregunta, y ella no la trató como tal.

Se sentó donde él le indicó, y él habló.  Habló bien, y largo, del miedo:  que el sistema funcionaba con él, que el poder acumulado necesitaba cada vez más para conservarse, que el miedo sólo podía cargar con cierto peso antes de ceder, y que cuando cediera todo se vendría abajo con él.  La sala escuchaba como escuchan las salas una voz que ya han oído.  Astra también escuchaba, y a mitad del discurso fue consciente del placer de oír un discurso bien hecho, el placer del oficio, y luego de dónde había aprendido a sentirlo.

Hacía las pausas donde Nexys las hacía.  Bajaba la voz donde Nexys la bajaba.  No era imitación; estaba casi segura de que él nunca había oído hablar a Nexys sino como todo el mundo, en pantallas.  Era sencillamente que había, al parecer, sólo unas cuantas maneras de dominar una sala, y él había dado con la misma.

Una mujer a su lado se le acercó.  «¿Usted cree que está preparada para esto?», susurró, aunque no lo bastante bajo, de modo que era un susurro hecho para ser oído; y Astra reconoció también eso.

«No creo que nadie lo esté», dijo, a la mesa, y vio que varios aprobaban la respuesta, y la consternó descubrir que la había elegido porque sabía que la aprobarían.

«¿Y ahora qué hacemos?», preguntó alguien, y el hombre de la cabecera sonrió.

«Ahora esperamos.  El momento se mostrará solo».

Pensó que había oído a Nexys decir casi eso, años atrás, antes del primer gran lanzamiento de la ciudad, y que entonces había sido verdad porque él había dispuesto el momento de antemano.

Se abrió la puerta.  Entró un hombre con retraso, ocupó sin disculparse la silla frente a la de ella y se quedó un rato observando a los presentes con una expresión que ella no supo leer:  ni desprecio ni interés, sino algo parecido a la atención de un médico a la cabecera de un enfermo cuyo caso ya conoce.  Por fin sus ojos llegaron a ella.

«No sabe dónde se está metiendo», dijo.

«No tengo miedo».

«No», dijo él.  «Ya lo tendrá».  Y luego, tras un momento, más bajo, como quien corrige una expresión:  «De lo que va a ver».

Ella lo tomó por una amenaza, como parecían tomarlo todos los de la mesa.  La sala se cerró sobre sí misma; el hombre de la cabecera dijo algo cortante; la reunión siguió.

Cuando salió casi amanecía.  La calle estaba vacía.  Volvió la vista hacia el edificio, que no tenía letrero, y hacia el banco de al lado, cuyo letrero habían descolgado, y hacia la relojería, cuyo escaparate estaba lleno de relojes que no coincidían, y comprendió, sin quererlo, que había pasado la noche en una sala construida según el mismo plano que la que había dejado:  sólo que más pequeña, y más oscura, e iluminada por alguien que había estudiado la misma luz.

VI. La señal

El mensaje siguiente llegó cuatro días después y decía sólo:  Es la hora.

Había pasado los cuatro días como había pasado años:  en un almuerzo, en una prueba de vestuario, en un estreno donde la fotografiaron junto a un ministro cuyo nombre luego no fue capaz de recordar.  No había contestado ninguno de los mensajes de Nexys.  Había notado que cesaron el segundo día, y no había logrado decidir qué le costaba más soportar, los mensajes o su ausencia.

La sala esta vez no era la alargada sino una que había debajo, donde las lámparas habían sido sustituidas por pantallas, y donde los de la mesa estaban sentados cada uno ante una pantalla propia, de modo que la luz les llegaba a la cara desde abajo, como le había llegado a Nexys en su escritorio.  Lo vio y lo dejó pasar.  Estaba aprendiendo a dejar pasar muchas cosas, y no estaba segura de que el aprendizaje la honrara.

El hombre de la cabecera tendió la mano, y ella entendió para qué.  Sacó el dispositivo del bolsillo.  Lo había llevado encima cuatro días, y la mano se le había acostumbrado a él, y le sorprendió una resistencia a entregarlo que nada tenía que ver con su propósito.

Él lo dejó sobre la mesa y le pidió la mano.  El dispositivo despertó con el pulgar de ella y con el de nadie más, y ella vio que lo que contenía se había extraído de lugares donde su nombre era la llave:  archivos que podía abrir porque había estado al lado de Nexys, y que nadie en aquella mesa habría podido alcanzar sin ella.  Él lo conectó a algo, y las pantallas cambiaron.

Nunca le habían dicho qué había dentro, y no lo preguntó ahora, porque lo vio.  Columnas, nombres, fechas, las cuentas detrás de las cuentas:  el registro de quién había comprado antes de las palabras que ella pronunciaba y quién había vendido después, y de cómo un mercado del que se decía que no pertenecía a nadie había sido dirigido, desde abajo, por muy pocas manos.  Su propio nombre estaba allí.  No como compradora.  Como fecha:  cada una de sus apariciones anotada junto al movimiento que la seguía, con la regularidad de una tabla de mareas.

Lo había sabido.  No cada cifra, no la aritmética, pero sí la forma; había conocido la forma como se conoce la de una habitación a oscuras, y nunca había encendido la luz porque nunca había necesitado cruzarla.

«Ahora», dijo el hombre, y alguien pulsó una tecla, y los registros salieron:  no hacia ninguna autoridad, ni hacia la prensa, sino a los propios canales de las casas de cambio, donde quienes negociaban los leerían en las mismas columnas que el precio.

En la sala no ocurrió nada.  Era la segunda vez en una semana que algo hecho por ella no producía nada que pudiera ver, y empezaba a entender que así ocurrían esas cosas.  Las pantallas siguieron mostrando sus columnas.  Luego, una a una, empezaron a mostrar otras cosas:  el precio, cayendo; después las casas de cambio, donde las cifras se movían demasiado deprisa para leerlas; después, al cabo de una hora, las calles.

Miró las calles.  Vio a la gente reunirse ante las ventanillas de las casas de cambio bajo las casas de cambio, las que había conocido como el tiempo que hace en una provincia lejana, y la vio quedarse allí con la paciencia que había visto en la gala, que ella había tomado por la paciencia de quienes esperan un desenlace que han adivinado.  Algunos sostenían pantallas.  En algunas de esas pantallas, pequeño y brillante, estaba su propio rostro, de una aparición antigua, diciendo la palabra.

Al otro lado de la sala, el hombre que había llegado tarde no miraba las pantallas.  La miraba a ella.

Lo sintió como se siente una corriente de aire, y se volvió, y le sostuvo la mirada, y él no apartó la suya.  No había en su rostro nada que ella hubiera podido llamar triunfo, ni lástima.  Era otra vez la atención del médico:  el caso seguía su curso previsto, y a él le interesaban los ojos de la paciente.

De lo que va a ver.  Lo oyó como si él lo hubiera dicho por segunda vez, y no oyó en ello más que la amenaza.

Hacia el anochecer se informó de un incendio en el barrio de los viejos mercados, y luego de otro; las pantallas los mostraban pequeños y anaranjados y mudos.  Las luces de la sala vacilaron una vez, como vacilan las luces cuando una ciudad pide más de lo que fue construida para dar, y en ese instante todas las pantallas se apagaron, cada una un cristal negro, y en cada una vio la sala:  las cabezas inclinadas, el hombre de la cabecera, ella misma entre ellos.  Luego volvió la luz, y con ella las cifras, y no habría podido decir si el rostro que había visto en la pantalla más cercana se parecía al suyo.

Se quedaron toda la noche.  Hacia el amanecer la mayoría de los demás se habían ido, escabulléndose de dos en dos, y ella se encontró sola en la sala con el hombre de la cabecera.  Estaba sentado ante las pantallas con las manos planas sobre la mesa.

«Va más deprisa de lo que planeamos», dijo.

«¿Lo planearon?».

Él captó lo que ella quería decir, o algo que podía querer decir, y respondió a eso.  «Planeamos sostenerlo cuando cayera».  Lo dijo sin énfasis, como quien enuncia el siguiente punto del orden del día.  «Alguien tiene que hacerlo.  Si no lo hacemos nosotros, lo hará él, o alguien como él.  De eso se trató siempre».

Ella esperó, y él oyó en la espera de ella lo que había dicho.

«Usted cree que eso nos hace iguales», dijo.

«Yo no he dicho nada».

«No».  Volvió a mirar las pantallas.  «No le hace falta, ¿verdad?  Nunca le hizo falta.  Por eso era tan buena».

No contestó.  Pensaba, con una calma de la que no se fiaba, que él tenía razón, y que lo que él había nombrado no era su silencio sino aquello para lo que su silencio había servido siempre:  dejaba que otros terminaran la frase, y se adueñaran de ella, mientras ella conservaba la cara de alguien que nunca la había pronunciado.

Por la única ventana alta el cielo clareaba en gris sobre los viejos mercados, donde el humo subía recto en el aire sin viento, y pensó, sin ningún sentimiento en particular, que era la primera vez en años que veía la ciudad a una hora en que no estaba iluminada para nadie.

VII. El mediador

En una semana la ciudad había empezado a describir lo ocurrido, y la descripción no era el suceso.

Ella la siguió en las pantallas, como todos.  A la caída se la llamó, en los comentarios, una corrección; al registro, una revelación; a los incendios, lamentables.  Se nombró una comisión.  Sus miembros eran personas junto a las que se había sentado en cenas.  Al noveno día el precio había recuperado un tercio de lo perdido, y las voces que lo anunciaban lo hacían en un tono que ella conocía hasta la sílaba, porque se lo había enseñado a la mitad de ellas:  el tono de la calma restablecida, que siempre es un poco más cálido que la calma a la que sustituye.

Nexys no apareció.  Su ausencia se explicó, y luego se volvió a explicar, y las explicaciones no coincidían, y a nadie parecía importarle.

La convocatoria, cuando llegó, llegó del hombre de la cabecera, y no nombraba el edificio junto a la relojería sino un hotel que ella conocía, uno discreto, donde se cerraban acuerdos que nadie debía ver cerrarse.

Él estaba allí, en una salita de un piso alto, y no estaba solo.  Frente a él había un hombre al que ella no había visto nunca, cuya ropa era demasiado buena para la habitación y cuyo reloj tenía el brillo apagado de las cosas que no necesitan relucir.  Se levantó cuando ella entró, cosa que el otro no hizo, y ella registró la cortesía como se registra una firma.

«Un mediador», dijo, antes de que nadie pudiera presentarlo, y sonrió como si la palabra fuera una pequeña broma entre los dos que ella acabaría por disfrutar con el tiempo.  «Parece que tenemos intereses en común».

Ella se sentó.  Miró al hombre de la cabecera, y él miró la alfombra, y ella entendió la forma de la reunión antes de que se pronunciara una palabra, como había entendido la forma del registro.

El mediador también hablaba bien.  Todo el mundo, le parecía últimamente, hablaba bien.  Habló del desorden de la semana pasada como de algo que había cumplido su propósito, y de una transición, ordenada y gestionada, que conservaría lo valioso y corregiría lo que había sido, concedió, excesivo.  No mencionó a Nexys.  No hacía falta; Nexys estaba en la habitación como está un vacío en una habitación, dando forma a los muebles que lo rodean.

«Y si nos negamos», dijo ella.

Él ladeó la cabeza, con lo que parecía un interés verdadero.  «No me entiende.  No le ofrezco nada.  Le describo lo que ya ha ocurrido, para que pueda decidir qué posición quiere ocupar cuando se anuncie».

Sacó un papel doblado de la chaqueta y lo dejó sobre la mesita, y ella pensó en el dispositivo sobre la mesa del café, puesto exactamente entre dos personas para no pertenecer a ninguna.  Pero el papel lo empujó, con suavidad, hacia ella.

Era una declaración.  Debía leerla ella la noche en que la comisión presentara su informe, y explicaba que había ayudado a sacar la verdad a la luz porque siempre había creído en la promesa y no podía soportar verla traicionada; que la promesa era más grande que cualquier hombre; que ahora, por fin, se cumpliría.

La leyó dos veces.  Era muy buena.  Era mejor de lo que ella la habría escrito.  Tenía sus ritmos, la leve demora antes de una palabra clave, la manera en que dejaba que una frase terminara en algo más suave de lo que el oyente esperaba; y tenía, en el tercer párrafo, una expresión que ella había usado una vez, años atrás, en una cena, sobre las estrellas, ligeramente alterada, de modo que ahora parecía hablar del futuro de la ciudad.

Levantó la vista y encontró al mediador observándola con placer, el placer del artesano cuya obra examina la única persona capaz de apreciarla.

«¿Quién ha escrito esto?».

«¿Importa?  Es suyo».  Abrió las manos.  «Si prefiere no leerlo, hay muchísimas grabaciones.  Casi todo lo ha dicho usted antes».

Entonces oyó lo que le estaban diciendo.  Su voz no era suya.  La habían estudiado, y aprendido, y podía pronunciarse sin ella; la había hecho para que la repitieran, y la habían repetido.

«Usted ganó», dijo el mediador, con amabilidad.  «Simplemente no ha reconocido todavía cómo es ganar».

Ella miró al hombre de la cabecera.  Ahora sí le sostuvo la mirada, y ella vio en su cara no vergüenza sino alivio, el alivio de un hombre al que le han ofrecido mejores condiciones de las que temía, y que, comprendió ella, formaría parte de la comisión.

«Se acabó, Astra», dijo.

Se levantó.  Nadie la detuvo.  El mediador volvió a ponerse de pie, con la misma cortesía, y no recogió el papel; lo dejó sobre la mesa, donde quedó entre los dos hombres, doblado, mientras ella salía.

En el pasillo había un espejo largo, de los que cuelgan los hoteles para que sus pasillos parezcan más anchos de lo que son, y ella pasó ante él sin mirar, y fue consciente de haberlo hecho.

VIII. El vendedor

Había llovido mientras estaba dentro, y había parado, y la calle frente al hotel brillaba como pulida bajo las farolas.  No tomó un coche.  Caminó, como había caminado la mañana en que dejó el despacho de Nexys, y la ciudad la dejó caminar, como entonces; pero era otra manera de dejarla.  Entonces no había reparado en ella.  Ahora, pensó, había reparado, y había concluido que no hacía falta.

Las pantallas en los escaparates de las tiendas cerradas mostraban al presidente de la comisión, luego el precio recuperado, luego, por un momento, su propio rostro, de una aparición antigua, sin sonido.  Vio su boca formar una palabra que ya no podía oír, y siguió andando antes de que terminara.

En una esquina cerca de los viejos mercados, donde el olor a humo flotaba aún en el aire húmedo, un hombre asaba carne en una parrilla bajo una lámina de plástico tendida entre dos postes.  Era viejo, y tenía la cara de quien ha visto empezar muchas cosas y no se ha sorprendido cuando terminaron.  Daba vuelta a los pinchos sin mirarlos.

«Tarde para andar por ahí», dijo.

Ella se detuvo.  Pensó en decir algo.  Tenía frases a su disposición; siempre las había tenido.  Podría haberle preguntado qué se hace cuando uno descubre que la lucha nunca fue suya; podría haber hecho que la pregunta sonara como si se le acabara de ocurrir.  Descubrió que cada una, antes de llegarle a los labios, tenía la leve demora antes de su palabra clave y el final suave, y las dejó ir.

Él le tendió un pincho.  No lo había pedido.  Lo tomó, y su calor en el aire frío la sobresaltó, y comió de pie, como no comía desde hacía años.

Él la miró comer.  No la miraba como la había mirado la multitud, ni como la había mirado el hombre que llegó tarde, con su interés de médico; la miraba como un hombre mira a una clienta, para ver si la comida está buena.  Fue dándose cuenta, despacio, de que él no sabía quién era ella.  Las pantallas a su espalda daban a la calle, y su rostro había pasado por ellas dos veces mientras estaba allí, y él no se había vuelto ni una sola.

«Tiene cara de estar decidiendo algo», dijo.

Ella lo consideró.  No habría sabido decir qué estaba decidiendo; no estaba segura de estar decidiendo nada, ni de que quedara algo que su decisión pudiera tocar.  «¿Sí?».

«Lo he visto».  Se encogió de hombros.  «La gente se para aquí a estas horas con esa cara.  Casi todos comen y se van a casa».

«¿Y los otros?».

«Los otros comen y se van a otra parte».  Dio vuelta a la carne.  «Desde fuera no se sabe cuáles son cuáles».

Sacó la pantalla.  Los mensajes de Nexys estaban allí, sin abrir, de los dos primeros días, y abrió el último.  Decía:  Vuelve.  Nada ha cambiado.  Lo leyó dos veces, y oyó en él no la voz de él sino la de la mujer del café, diciendo que la gente se va al extranjero una temporada, y vuelve, y descubre que nada de lo que dejó ha cambiado, y lo agradece.  Guardó la pantalla sin contestar, y fue consciente de que tampoco eso era una respuesta.

Le pagó.  Él tomó el dinero y le dio el cambio con la misma atención neutral, y cuando ella le dio las gracias asintió como habría asentido a cualquiera.  Se quedó un momento más de lo necesario bajo el borde de su plástico, porque era consciente de algo que no quería perder:  la sensación de haber sido vista por alguien que no tenía ni idea de qué estaba mirando.  Descubrió que quería, más de lo que había querido nada en mucho tiempo, saber qué había visto él.

La parrilla chisporroteó.  Las pantallas a su espalda pasaron al pronóstico del tiempo.  Ella siguió andando, ni hacia las torres ni alejándose de ellas, y la calle la recibió como habría recibido a cualquiera.