
Libélula. Broche de porcelana recreado a partir de una fotografía de Ricardo F. Morín. Imagen generada por ordenador (CGI), 2026.
24 de octubre de 2026
Oakland Park, Florida
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Primera parte: La casa del padre
1. La casa de la piscina amurallada
La casa de El Almendral se alzaba en terreno abierto, entre dos caminos. Uno llevaba al pueblo y por él pasaban carretas, bicicletas y un autobús dos veces al día; el otro iba a Arenales y por él pasaban camiones que nunca aminoraban la marcha. Desde el portón, un niño podía oír ambos a la vez, y Karl, antes de saber cómo se llamaba cada uno, había aprendido a distinguirlos por la manera en que le llegaban sus ruidos: el camino cercano a retazos, el lejano como un solo aliento largo que subía y bajaba y no terminaba nunca. Su padre había comprado la tierra porque estaba cerca de todo y no pertenecía a nada. Karl aún no lo sabía. Sabía únicamente que la tierra se extendía más allá de lo que él podía caminar antes de que alguien lo llamara de vuelta, y que en medio de ella, tras un muro más alto que su padre, había agua.
El muro se encalaba todos los años antes de las lluvias. Adentro, la piscina amanecía tan quieta que parecía guardar un segundo cielo, y la altura del muro volvía ese cielo más pequeño y más íntimo que el de arriba, como si la casa se reservara una porción del tiempo para sí misma. La puerta del muro era de hierro y se mantenía cerrada con llave. Sólo los adultos tenían llaves. Que a uno lo dejaran entrar era una concesión, y Karl comprendió pronto que la concesión seguía un orden: primero su padre, cuando estaba en casa; luego su madre; luego Johnathan, que le llevaba un año y ya sabía nadar; luego él; y por último Ruth, que era un año menor y entraba en brazos.
Johnathan se metía en el agua como se metía en todo, sin mirarla antes. Se subía al borde, se quedaba un momento de pie con los brazos un poco separados del cuerpo y se dejaba caer. Karl lo observaba desde los escalones, donde el agua le llegaba al pecho, y notaba que su hermano nunca comprobaba si alguien lo estaba mirando, y que siempre había alguien mirándolo. Su padre, desde la silla bajo el almendro, le gritaba una palabra de aprobación con su voz grande, y la palabra cruzaba el agua, chocaba contra el muro y regresaba. Karl probó el borde una sola vez; se subió y se quedó de pie con los brazos separados del cuerpo, como había visto hacer, y descubrió que el agua, vista desde arriba, parecía más honda que desde adentro, y más oscura, y que no era capaz de obligarse a caer en ella. Se bajó. Su padre no dijo nada. Karl recordó aquel silencio más que cualquier palabra de aprobación, y nunca supo decir si había sido decepción o delicadeza.
Los domingos venían los parientes. Llegaban de Arenales por el camino lejano y del valle por el cercano, y la casa los recibía conforme a reglas que Karl absorbió sin que nadie se las enseñara. La familia de su padre llegaba primero y se quedaba más tiempo. Su abuelo, el director de banda, era un hombre pequeño y erguido que había dirigido la banda militar de la capital y que caminaba como si sonara una marcha justo fuera del alcance del oído; tarareaba valses de su propia composición y les marcaba el compás sobre la mesa con dos dedos, y el padre de Karl, que no se le parecía en nada, lo escuchaba con una deferencia que Karl no le vio mostrar ante nadie más. Había tías en un número que Karl no lograba precisar, y tíos abogados que le hablaban a su padre de casos, y una abuela que hablaba poco y no se perdía nada. La familia de su madre era más escasa. Un tío que tenía una bodega venía con su mujer y traía cosas de la tienda envueltas en papel de estraza. A veces venía una tía que se sentaba muy cerca de su madre y le hablaba en voz baja. Los padres de su madre no venían. Karl entendía que habían muerto, y que ese hecho era de otra índole que el hecho de que los padres de su padre siguieran vivos: le pertenecía sólo a su madre, y nadie más en la mesa parecía tener parte en él.
Fue en una de esas mesas de domingo donde Karl oyó por primera vez el otro nombre.
Tendría cinco años. La comida había llegado a la parte lenta, después de la carne y antes de los dulces, cuando los adultos se recostaban en las sillas y a los niños se les permitía retirarse y no se retiraban. Una de las hermanas de su padre, una mujer de risa fácil a quien le gustaba bromear, alargó la mano hacia Johnathan, le pellizcó la mejilla y lo llamó Julián. Lo dijo a la ligera, como quien dice un apodo cariñoso, y se rió. Johnathan sonrió porque ella se había reído. Pero la mesa no se rió con ella. La madre de Karl dejó el tenedor y, al cabo de un momento, se levantó y entró en la casa, y la puerta de malla se cerró tras ella con su pequeño ruido seco. A la tía se le encendió la cara. La abuela de Karl miró a su hija una sola vez y luego miró su plato. Su padre siguió trinchando lo que quedaba del asado, despacio y con sumo cuidado, como si el cuchillo exigiera toda su atención, y al rato dijo, sin dirigirse a nadie, que la carne había estado bien escogida, y uno de los tíos le dio la razón, y la conversación se reanudó en algún lugar un poco al costado de donde había estado.
Karl miraba la puerta de malla. Su madre no volvió hasta que se sirvieron los dulces y los parientes empezaron a recoger sus cosas.
Esa noche le preguntó a Johnathan por qué la tía lo había llamado Julián. Johnathan, medio dormido ya, le dijo que también era su nombre. Lo dijo sin interés, como quien enuncia un dato sobre sí mismo que nunca le ha exigido pensar: él era Johnathan Julián, igual que Karl era Karl Anselm y Ruth era Ruth Celeste. Karl se quedó despierto dándole vueltas. Era cierto que él tenía un segundo nombre. Nadie se había quedado nunca callado al oírlo.
No le preguntó a su madre. No habría sabido explicar, ni entonces ni después, qué le dijo que no lo hiciera, salvo que la puerta de malla se había cerrado con aquel pequeño ruido seco y ella había tardado mucho en volver.
La respuesta, o la primera parte de una respuesta, le llegó algunos meses después, y por casualidad. Su madre guardaba en la mesa de noche un misal encuadernado en cuero blanco, que en los bordes había tomado el color del marfil viejo, y a Karl, que aún no sabía leer pero que amaba la delgadez de sus páginas y las cintas rojas que las marcaban, a veces le dejaban sostenerlo si tenía las manos limpias. Una tarde, al darle vueltas, lo dejó caer abierto, y de entre las páginas resbaló sobre la colcha una estampita. Tenía impreso un ángel muy pálido, con alas como de polilla, y debajo del ángel había algo escrito con la letra de su madre: un nombre que él no podía leer y, más abajo, dos fechas, que sí podía leer, porque había aprendido los números antes que las letras. Las dos fechas eran del mismo mes y del mismo año. Entre una y otra había ocho días.
Estaba mirando la estampita cuando entró su madre. No se la quitó enseguida. Se sentó en la cama a su lado y la miró también, y Karl tuvo la impresión, que habría de acompañarlo el resto de su vida sin poder demostrarla, de que ella la miraba por primera vez en mucho tiempo y se sorprendía de encontrarla allí.
«¿Quién es?», preguntó.
«Un angelito», dijo ella.
Entonces tomó la estampita, la devolvió entre las páginas, cerró el misal, lo puso sobre la mesa y alisó la colcha donde había estado. No dijo nada más. Karl no preguntó nada más. Entendió que el ángel tenía un nombre, que ese nombre estaba escrito con la letra de su madre, que los ocho días entre las dos fechas eran todo lo que el ángel había sido, y que el asunto estaba cerrado. No lo relacionó con la mesa del domingo. Esa relación tardaría años, y cuando llegara llegaría de golpe, y él descubriría que una parte suya lo había sabido desde la tarde del misal y simplemente se había negado a decirlo.
Su padre habló de ello una sola vez. No fue una conversación; fue una orden, dada en el carro por el camino lejano, con Johnathan dormido contra la ventanilla y Ruth dormida en el regazo de su madre en el asiento delantero, y su madre también dormida, o fingiéndolo. Karl había preguntado, sin venir a cuento, si los ángeles tenían cumpleaños. Los ojos de su padre lo encontraron en el retrovisor y lo retuvieron allí.
«Tu madre ya ha sufrido bastante», dijo. «A ella no le vas a preguntar por eso».
No dijo qué era «eso». Karl tampoco lo había dicho. Le pareció, mientras veía pasar en la oscuridad los camiones con los faros encendidos, que su padre sabía exactamente qué pregunta no había hecho, y que ese saber era en sí mismo una forma de autoridad: la de quien podía responder y elegía no hacerlo. La admiró. Sintió también, por primera vez y sin palabra para nombrarlo, que algo le habían quitado, aunque no habría sabido decir qué, y que se lo habían quitado por el bien de su madre, y que estaría mal guardarle rencor por ello.
Después de aquello miró a Johnathan de otro modo. Sin hostilidad: quería a su hermano con la lealtad sencilla del segundo hijo, que nunca ha conocido el mundo sin alguien delante. Pero notaba cosas. Notaba que la abuela a veces se quedaba mirando a Johnathan un instante más que a los demás, como si lo cotejara con algo. Notaba que su madre, cuando Johnathan se enfermaba, pasaba la noche en vela a su lado sin dejar que nadie la relevara, y que cuando el enfermo era Karl también velaba, pero se iba a acostar en cuanto bajaba la fiebre. Notaba que Johnathan se metía en el agua sin mirar y que todos lo miraban siempre al hacerlo, y empezó a preguntarse si esas miradas eran para Johnathan o para alguien que estaba justo detrás de él, en el lugar donde a Johnathan lo habían puesto.
Se fueron de El Almendral el año en que Karl cumplió seis. Su madre estaba embarazada otra vez; la criatura nacería en Los Mirtos, donde su padre había tomado un despacho más grande y una casa en el pueblo con un patio y sin piscina. La mañana de la partida, los muebles ya se habían adelantado en un camión, y la casa estaba abierta y llena de ecos, y la puerta del muro había quedado sin llave porque ya no había nada adentro que guardar. Karl entró solo. Hacía una semana que habían vaciado la piscina. Era una cuenca blanca con unas cuantas hojas muertas en la parte honda y una mancha donde había llegado el agua, y sin el agua el muro parecía todavía más alto, y la porción de cielo que encerraba no parecía pertenecerle a nadie.
Se paró en el borde donde solía pararse Johnathan, con los brazos un poco separados del cuerpo. No había mucha distancia hasta el fondo. Nunca la había habido. Comprendió que lo que lo había detenido no era la hondura sino la oscuridad del agua vista desde arriba, y que la oscuridad no había estado en el agua. Entonces su madre lo llamó desde el carro, y él fue.
2. El hombre admirado
Josephine nació en Los Mirtos en los meses de calor, en la casa del patio, y dos años después la familia se mudó una vez más, a Nuevo Albor, donde a Henrich le habían ofrecido asociarse a un bufete cuyo nombre se conocía en la capital. Fue en Nuevo Albor donde nació Ludwig, y en Nuevo Albor donde se quedaron. La casa estaba en una calle de casas parecidas, con un jardín delante y un muro detrás, y un portón que daba a una acera por donde pasaba la gente. Karl tenía ocho años. Descubrió que en esa ciudad el nombre de su padre entraba antes que él en los sitios.
Entraba antes que él en la escuela, donde una maestra, al pasar lista la primera mañana, se detuvo ante su apellido, alzó la vista y le preguntó si era hijo del abogado, y cuando Karl dijo que sí, no añadió nada más, pero lo miró un momento como si recalculara algo. Entraba antes que él en las tiendas, donde a su madre la atendían antes que a mujeres que llevaban más tiempo esperando, y en la iglesia, donde el cura saludaba a su padre en la puerta con una calidez que no mostraba a las familias que llegaban antes o después. Karl advirtió que la gente se enderezaba un poco cuando su padre se acercaba, y que algunos, cuando ya había pasado, soltaban el aire que habían estado conteniendo. Aún no conocía la diferencia entre el respeto y el miedo. Sólo sabía que ambos volvían cuidadosa a la gente, y que su padre se movía entre ese cuidado como si fuera el aire del lugar.
No era un hombre apuesto. Karl lo sabía como los niños saben esas cosas, no como un juicio sino como un rasgo del paisaje. Su padre era muy corpulento: pesado de hombros y más pesado aún de cintura, con una cara que parecía demasiado pequeña para la cabeza que la sostenía, y unas manos pequeñas que mantenía limpias y quietas. Sudaba con facilidad y llevaba pañuelos doblados en todos los bolsillos. En las fotografías se quedaba un poco apartado de quien estuviera a su lado, como para darle a su volumen un marco propio. Pero cuando hablaba, algo en la habitación se reordenaba a su alrededor. Karl lo había visto en las mesas de domingo y volvió a verlo en Nuevo Albor, más a menudo y entre desconocidos: el momento en que su padre empezaba a hablar y los demás dejaban de hacerlo, no porque se lo ordenaran sino porque querían oír lo que diría a continuación.
El año en que Karl cumplió nueve, su padre lo llevó a los tribunales.
Eran vacaciones escolares, su madre estaba ocupada con Ludwig, a quien le salían los dientes, y Johnathan se había ido con un tío a la costa. Su padre anunció en el desayuno que Karl iría con él, y lo dijo en el tono que significaba que el asunto estaba zanjado, y Karl se puso los zapatos de ir a misa y lo siguió hasta el carro. El palacio de justicia de Nuevo Albor era un viejo edificio de piedra gris, con una amplia escalinata al frente y columnas que alguna vez estuvieron pintadas y ahora sólo estaban manchadas. Su padre subió los escalones despacio. A mitad de camino se detuvo, con una mano en la baranda y la otra apretando un pañuelo contra la frente, respirando con la boca abierta, y Karl, que se había detenido a su lado, vio que la cara se le había puesto de un color jaspeado y que tenía los ojos fijos en nada. Entonces un hombre de traje oscuro salió de entre las columnas, más arriba, y levantó la mano en un saludo, y su padre se enderezó, guardó el pañuelo, llamó al hombre por su nombre y subió los escalones que faltaban como si no le hubieran costado nada.
Karl nunca habló de aquella pausa. Descubrió, más tarde, que no podía pensar en su padre sin que ella apareciera en algún punto del pensamiento, como un pequeño clima interior: la mano en la baranda, la boca abierta, y luego el enderezarse.
Adentro, los pasillos estaban llenos de gente y olían a cera de piso y a cigarrillo. La gente se volvía al paso de su padre. Algunos lo saludaban y otros sólo miraban. Una mujer de vestido verde se acercó desde un banco junto a la pared, le puso la mano en la manga y le dijo algo que Karl no oyó, y su padre inclinó la cabeza para escucharla y le respondió en voz baja, y la mano de la mujer se quedó en su manga mientras él respondía y un momento después, y entonces ella miró a Karl, sonrió y dijo que tenía los ojos de su padre. Karl no creía tenerlos. Cuando ella volvió a su banco, su padre dijo que era una clienta, con la voz que usaba para las cosas que no requerían más comentario, y Karl no comentó nada. Sólo notó que su padre no volvió la vista hacia el banco, y que la mujer no le quitó los ojos de encima hasta que la puerta de la sala se cerró entre los dos.
De la audiencia no entendió casi nada. La sala era alta y penumbrosa, y el juez estaba sentado por encima de todo como un hombre asomado a una ventana, y el otro abogado habló largo rato con una voz que subía y bajaba sin llegar a ninguna parte. Luego se levantó su padre. Al principio no alzó la voz. Hablaba despacio, casi con suavidad, y Karl vio al juez inclinarse hacia delante para oírlo, y vio que el otro abogado, que había estado escribiendo, dejaba de escribir. Las manos pequeñas de su padre no se movían. Su gran cuerpo estaba completamente inmóvil. Sólo se movía la voz, y se movía como se movía el camino lejano en El Almendral, como un solo aliento largo que subía y bajaba y no terminaba nunca, y Karl, que no entendía las palabras, sintió que la sala se le entregaba. Cuando su padre se sentó hubo un silencio que parecía pertenecerle. Karl sintió un orgullo tan grande que lo asustó. No sabía qué había alegado su padre ni si tenía razón. Sólo sabía que había visto a un hombre que apenas podía subir una escalera adueñarse de una sala y sostenerla, y que ese hombre era suyo.
A mediodía cruzaron la plaza hasta un café donde comían los abogados. El mesonero le trajo a su padre lo de siempre sin que se lo pidiera. Karl tenía sed, el mesonero se había ido, y cerca de la puerta barría un viejo, una especie de portero, con una chaqueta gris que le quedaba grande. Karl se bajó de la silla, fue hasta él y le preguntó, tratándolo de señor, si por favor podía darle un vaso de agua, y el viejo lo miró con sorpresa, luego fue detrás del mostrador y se lo trajo, y Karl le dio las gracias y lo llevó hasta la mesa con las dos manos.
Su padre lo había observado todo sin expresión alguna. Cuando Karl se sentó, no dijo nada durante un rato. Luego dijo que Karl sabía pedir cualquier cosa con respeto y con humildad, y que eso no se podía enseñar. Dijo que era un don. Karl, que nunca lo había considerado nada, se sintió examinado y hallado digno, y la sensación fue tan rara y tan cálida que no pudo mirar a su padre mientras duró. Al cabo de un momento su padre añadió que un hombre también debía saber cuándo no pedir, y cuándo tomar lo que era suyo sin pedírselo a nadie. Karl no entendió esa segunda parte. La guardó, como había aprendido a guardar las cosas, junto a la mano en la baranda y la mano en la manga, para mirarla más adelante.
No fue la única lección que su padre le dio aquel año, ni la que su cuerpo recordó mejor.
En primavera, Karl y Johnathan bajaron al río que corría por debajo de la ciudad con dos muchachos de la calle de al lado, sin permiso y contra una prohibición expresa, y se quedaron hasta que oscureció. Su padre los esperaba en el jardín cuando volvieron. No les preguntó dónde habían estado. Se quitó el cinturón delante del portón, donde los vecinos podían verlo, y les pegó a los dos, primero a Johnathan y luego a Karl, con método y sin hablar, y Karl no lloró, no por valiente sino porque había decidido, en el instante anterior al primer golpe, que no le iba a dar eso a su padre, y la decisión se sostuvo. Johnathan lloró. Después su madre los entró, les lavó las marcas y no dijo nada de su padre, ni nada en su defensa, ni nada en su contra.
Tres horas más tarde Henrich fue al cuarto de Karl. Karl estaba acostado a oscuras, con la cara vuelta hacia la pared. Su padre se sentó en el borde de la cama, que se hundió bajo su peso, y guardó silencio largo rato, y después le puso la mano en la nuca y la dejó allí. La mano era pequeña y tibia y estaba un poco húmeda. Le preguntó si quería ir con él por la mañana a la panadería de la plaza, la del pan azucarado, y Karl le dijo que sí a la pared, y su padre dijo que bien, se quedó un rato más y salió.
Karl no durmió. Descubrió que no odiaba a su padre, que no conseguía obligarse a odiarlo, y que la mano en la nuca había sido tan real como el cinturón. Intentó poner una cosa junto a la otra y no pudo: cada una, cuando pensaba en ella, empujaba a la otra fuera de la vista. A la mañana siguiente, en la panadería, su padre le compró dos panes azucarados en lugar de uno y lo miró comérselos con una atención tan completa que Karl la sentía sobre la piel, y ninguno de los dos mencionó el río, ni el portón, ni a los vecinos que habían mirado.
En años posteriores, muchas veces le preguntarían, personas que lo querían y personas que sólo deseaban entender, cómo podía hablar de su padre con una ternura tan evidente. Nunca encontró una respuesta que las satisficiera. Lo más verdadero que habría podido decir era que su padre había querido que él fuera fuerte, y había valorado en él lo que no era fuerte, y nunca había visto la contradicción; y que a él, por su parte, siempre se le había permitido seguir su propio camino, escoger a sus amigos sin fijarse de quién eran hijos, fracasar y volver a intentarlo sin que nadie lo vigilara demasiado, siempre que eligiera con inteligencia. Era una especie de libertad. La daba la misma mano que sostenía el cinturón. Karl nunca había podido separar el regalo de la mano, y hacía mucho que había dejado de intentarlo, y cuando pensaba ahora en su padre lo veía como lo había visto en la escalinata del palacio de justicia: un hombre de gran fuerza, detenido a mitad de camino, con una mano en la baranda, esperando que alguien apareciera arriba para poder enderezarse y seguir.
3. Las evasivas de la madre
En Nuevo Albor, su madre salía por las noches.
No iba lejos. Las mesas de naipes estaban en casas de vecinas, a tres o cuatro calles, en salas con las persianas cerradas a la calle y las lámparas encendidas temprano, y más tarde en un club cerca de la catedral que se decía social y que servía café y copitas de anís a señoras que jugaban hasta la medianoche. Jennifer se arreglaba para esas noches como no se arreglaba para nada más. Karl, a los once años, se sentaba en el borde de su cama mientras ella se paraba frente al espejo, y la veía trazarse con un lápiz la línea de las cejas, apretar los labios sobre un pañuelito de papel doblado y prenderse en el cuello un broche en forma de libélula, y comprendía que la mujer que se preparaba ante el espejo no era del todo la mujer que esa tarde había estado frente a la cocina, y que la preparaban para gente que no era su familia. Cuando estaba lista, lo miraba en el espejo, sin volverse, y le preguntaba si así estaba bien. Él siempre decía que sí. Ella siempre sonreía ante la respuesta, como si le hubiera confirmado algo que ya sospechaba.
Una vez lo mandaron a buscarla. Ludwig tenía fiebre y la muchacha no lograba bajársela, su padre estaba de viaje en Arenales, y Johnathan, que era el mayor, se negó a ir diciendo que ella se iba a enojar. Fue Karl. La casa era la de la mujer que vendía lotería en la esquina del mercado, una viuda de risa estruendosa, y le abrió la puerta una muchacha que lo miró sin curiosidad y lo dejó pasar. La sala estaba llena de humo y muy callada. Había dos mesas, y en cada una cuatro mujeres con las cartas abiertas en abanico contra el pecho y la cara sostenida en una expresión que Karl nunca le había visto a su madre: una quietud que no era calma, una vigilancia que no parecía tener nada que ver con nadie de la sala. Junto a los codos había montoncitos de monedas. Su madre lo vio en la puerta y no le cambió la cara. Dejó las cartas boca abajo, les dijo una palabra a las otras, se levantó, vino hacia él y le preguntó qué había pasado, y cuando él se lo contó asintió, tomó la cartera del respaldo de la silla y se fue con él. En el camino de vuelta le tomó la mano, cosa que no hacía desde hacía años, y no dijo nada de aquella sala, y él entendió que le agradecía no haber hablado dentro de ella.
También se ausentaba en otras direcciones, y esas eran más difíciles de ver.
Había un cura que iba a la casa los martes, el padre Benigno, un hombre flaco de manos largas y risa nerviosa, que era su confesor desde Los Mirtos y que ahora tenía una parroquia al otro lado de Nuevo Albor. Y había otro, el padre Cayetano, mayor y más grueso, que no iba a la casa pero a quien ella visitaba en la casa parroquial de la catedral. Los dos padecían de la espalda. Karl lo sabía porque su madre lo decía, así como decía que de muchacha había aprendido de las monjas que la criaron a aliviar esos dolores con las manos. Los martes, la puerta del cuartito que daba al patio, al que llamaban el cuarto de costura aunque nadie cosía en él, permanecía cerrada una hora después de que llegaba el padre Benigno. Karl, al pasar una vez por delante, oyó a través de la puerta la voz grave del cura y luego la risa de su madre, breve y queda, y luego nada. No se detuvo. Siguió hasta el jardín, se sentó en el muro y se quedó mucho rato pensando en la puerta cerrada, sin poder dar con qué había en el sonido de aquella risa que lo había hecho seguir caminando.
Su padre estaba al tanto de los martes. Karl tenía la certeza, porque su padre se enteraba de todo lo que pasaba en la casa, y porque una vez, en la cena, su padre preguntó si la espalda del padre Benigno iba mejorando, y lo preguntó con voz corriente, y su madre respondió con voz corriente que mucho mejor, y su padre dijo que se alegraba. Eso fue todo. Karl, que había visto a su padre cerrar la casa contra las sombras e interrogar a la muchacha sobre un hombre visto junto al portón, no entendía cómo el mismo hombre podía preguntar por la espalda de un cura como quien pregunta por el tiempo. Le parecía que los celos de su padre tenían una forma, y que en esa forma había un hueco exactamente del tamaño de una sotana, y no sabía si el hueco era confianza o desprecio o una tercera cosa para la que no tenía nombre.
Estaba también el círculo de los jueves.
Se reunía en casa de una maestra jubilada que había viajado por Oriente, y sus integrantes leían en voz alta libros sobre el progreso del alma a través de muchas vidas y sobre los maestros que velaban por ella desde lugares con nombres que Karl no sabía pronunciar. Su madre traía los libros a la casa. Estaban en el estante de su cuarto junto al misal blanco, y ella no parecía encontrar extraña la vecindad. Creía que veía cosas. Lo decía con sencillez, sin orgullo, como habría dicho que tenía buena vista: que a veces sabía antes de que sonara el teléfono quién iba a hablar, que había soñado la muerte de su madre antes de que le llegara la noticia, que había personas cuyos colores veía a su alrededor como el calor que reverbera sobre una carretera. Venían mujeres a consultarla. Venían por recomendación, discretamente, por las tardes, se sentaban con ella en el cuarto de costura y se iban consoladas o asustadas; Karl no sabía distinguirlo. Una vez se celebró una sesión espiritista en casa de la maestra, y su madre volvió pálida y callada y se fue directo a acostarse, y a la mañana siguiente sólo quiso decir que había sido muy hermoso.
Su padre dijo, delante de Karl, que ella no estaba en sus cabales.
Se lo dijo a uno de los tíos, un domingo, en el patio, con un vaso en la mano, y no lo dijo con enojo sino con una especie de humor cansado, como un hombre describiría una costumbre incorregible en un perro al que le tiene cariño. El tío se rió. Karl, que estaba sentado en los escalones de abajo con un libro que no leía, sintió esa risa atravesarlo como agua fría.
Y sin embargo su padre tenía sus propios ritos. Karl lo había visto, más de una vez, de noche, de pie en la oscuridad del zaguán frente a la puerta principal, con un vaso de agua en la mano, murmurando algo antes de dejar el vaso en el suelo detrás de la puerta, donde a la mañana seguiría intacto hasta que la muchacha lo retirara. Había visto, en la gaveta del escritorio de su padre, una bolsita de tela atada con hilo rojo, y una lista de nombres escrita con su letra, algunos tachados con una raya. Cuando un caso iba mal, a veces llegaba a la casa, no al despacho, algún cliente, un viejo del campo o una mujer con una cesta, y su padre lo recibía en el estudio con la puerta cerrada, y después quedaba olor a algo quemado. Karl nunca preguntó qué eran esas cosas. Entendía que no se hablaba de ellas delante de su madre, como del círculo de los jueves no se hablaba delante de su padre, y que cada uno de sus padres creía en un orden oculto del mundo y tenía por locura el orden oculto del otro.
De noche, a través de la pared que separaba su cuarto del de ellos, los oía usar las palabras que tenían el uno para el otro. Su madre decía que su padre padecía un sentimiento de inferioridad, y que cada mujer que tomaba no era sino un modo de probarse que no era lo que sabía que era. Su padre decía que ella era frígida, y usaba la palabra clínica, y la decía como si la leyera en un informe. Karl, acostado en la oscuridad, escuchaba, y le parecía que las palabras no explicaban nada. Eran demasiado pequeñas para lo que debían contener. Eran como las monedas junto al codo de su madre en la mesa de naipes: fichas de un juego cuya verdadera apuesta estaba en otra parte.
Cuando Karl tenía trece años, eligieron a su madre diputada a la asamblea del estado.
Ocurrió deprisa, y casi sin que su padre lo advirtiera hasta que estuvo hecho. Un tercer sacerdote había entrado en su vida, no un confesor sino un político: monseñor Ibarra, que ocupaba un escaño en el senado nacional por un partido de nacionalistas que muchos en Nuevo Albor admiraban y que muchos otros ni siquiera nombraban, porque sus fundadores habían sido hombres de la antigua dictadura. El monseñor la había oído hablar en un almuerzo benéfico y le había dicho que se estaba desperdiciando. Fue dos veces a la casa. Le habló del deber y de las mujeres de la república, que no tenían voz en la asamblea, y del ejemplo que ella podía dar. Ella lo escuchó como Karl nunca la había visto escuchar a nadie. Al cabo de unos meses su nombre figuraba en una lista, y al cabo de unos meses más aparecía impreso en el periódico bajo una fotografía en la que llevaba el broche de la libélula y miraba de frente a la cámara, y el pie de foto decía que era la primera mujer que se sentaba en la legislatura del estado.
Karl recortó la fotografía y la guardó dentro de un libro. Nunca la había visto mirar a nadie como miraba a aquella cámara.
Su padre no gritó. Eso fue lo extraño, y Karl lo recordaba con precisión justamente porque fue extraño. Henrich leyó el periódico en el desayuno, lo dobló, lo dejó junto a su plato y se terminó el café. Luego le pidió a Jennifer que pasara al estudio, cerró la puerta, y estuvieron allí mucho tiempo. Cuando ella salió tenía la cara serena y muy blanca. Esa noche Karl la vio sentada a la mesa del comedor con una hoja de papel y una pluma, escribiendo despacio, y cuando terminó se quedó mirando lo escrito sin moverse, y luego firmó. A la semana siguiente el periódico informó, en un breve suelto de una página interior, que la diputada había renunciado a su escaño por razones familiares.
Sólo años después, por uno de sus tíos, supo Karl las razones que su padre había dado en el estudio. La antigua dictadura había encarcelado a dos tíos de Henrich y arruinado el bufete de un tercero; su padre había crecido a la sombra de lo que aquellos hombres le habían hecho a su familia, y de joven había jurado no tocar jamás la política, y no iba a permitir que su mujer se sentara en una asamblea en la lista de sus herederos. Era una razón. Karl veía que era una razón. Veía también que su padre no la había dado en público, ni se la había dado a sus hijos, y que lo único que los hijos habían visto era la puerta cerrada del estudio y la cara blanca de su madre.
Al año siguiente ella abrió una tienda, un local estrecho en la calle de detrás de la catedral que vendía telas y perfumes y cositas traídas del extranjero. Iba todas las mañanas y volvía por la tarde con los pies adoloridos y una expresión que Karl no le conocía, cansada y casi contenta. Su padre decía que la esposa de un abogado no se paraba detrás de un mostrador. Lo dijo más de una vez, y delante de invitados, y cada vez Jennifer sonreía y no decía nada y a la mañana siguiente iba igual a la tienda, y Karl empezó a entender que sus silencios no eran todos de la misma clase.
Fue en la tienda, una tarde, cuando él tenía quince años, donde ella dijo lo que él recordaría por más tiempo.
Había ido con Johnathan al salir de la escuela, y estaban sentados en los taburetes junto al mostrador mientras ella doblaba cortes de tela, y Johnathan, que ese año se había vuelto un muchacho rígido y serio y con opiniones, le preguntó a quemarropa por qué no dejaba a su padre si era tan infeliz, y por qué, si no lo era, salía todas las noches. Lo preguntó mal, como una acusación. Karl habría preferido que no lo preguntara. Pero también quería oír la respuesta, y le avergonzaba quererlo.
Jennifer no dejó de doblar. Alisó la tela con la palma de la mano, le dio la vuelta, volvió a doblarla y la puso sobre la pila.
«En esta familia todos esperan que yo me porte como una santa», dijo.
Lo dijo sin amargura, casi a la ligera, como había dicho una vez que el ángel del misal era un angelito. Luego les preguntó si habían comido y mandó a Johnathan al otro lado de la calle a comprar pan, y la pregunta no se respondió, y nadie volvió a hacerla. Karl, sentado en el taburete, miraba sus manos moverse sobre la tela. Se le ocurrió que ella no había dicho que fuera una santa, ni que no lo fuera. Sólo había dicho lo que se esperaba de ella, y que le pesaba, y él no lograba decidir si había respondido a la pregunta de su hermano o si simplemente les había mostrado, una vez más y con gran precisión, la puerta que no pensaba abrir.
4. La mañana junto al guardafango
Karl tenía dieciséis años y la costumbre de despertarse antes que la casa.
Había tomado esa costumbre a los doce sin proponérselo. Algo en él había empezado a preferir la hora anterior a que los demás se levantaran, cuando las habitaciones no eran de nadie y él podía recorrerlas como si fuera su único testigo. Bajaba descalzo a la cocina, se tomaba un vaso de agua de pie junto al fregadero y salía por la puerta de atrás al patio, donde la luz subía gris por encima del muro y los perros de las casas vecinas empezaban, uno tras otro, a ladrarle a nada. Era la única parte del día en que no se sentía observado. No se preguntaba por qué necesitaba una parte así. La necesitaba y la tomaba, y volvía a su cama antes de que entrara la muchacha a encender la cocina.
El garaje estaba a un costado de la casa, abierto por delante, un piso de cemento bajo un techo de zinc, y dentro estaba el largo sedán americano que su padre había comprado el año en que nació Ludwig, azul oscuro, con un guardafango delantero abollado en algún choque antiguo que nadie en la familia admitía y que su padre nunca había mandado a reparar. Karl siempre lo había atribuido a la tacañería. Más tarde se preguntó si a su padre sencillamente le gustaba tener cerca una cosa que estaba dañada y seguía funcionando.
Aquella mañana dobló la esquina de la casa y vio que había alguien acostado en el piso del garaje.
Por un momento no la reconoció. Estaba de costado contra la rueda delantera, con las rodillas recogidas y los brazos cruzados muy pegados al pecho, y apoyaba la cabeza en la cartera, que había dejado sobre el cemento junto al guardafango abollado como quien pone una almohada, y los zapatos estaban juntos un poco más allá, uno al lado del otro, ordenados, como si se los hubiera quitado a la puerta de un cuarto. Llevaba el vestido verde que se ponía para ir al club. El broche de la libélula seguía en su cuello. Su cara, en la luz gris, se veía muy joven y muy cansada, y tenía la boca un poco abierta, y Karl vio en el cemento, bajo su mejilla, una pequeña mancha oscura donde se había juntado el rocío o donde ella había llorado; no supo decir cuál de las dos cosas.
Se quedó inmóvil. Un perro ladró a dos casas de distancia y otro le respondió. Comprendió despacio, como se comprende una frase en una lengua que todavía se está aprendiendo, que la puerta principal estaba cerrada por dentro y con el cerrojo echado, cosa que nunca ocurría, y que lo había echado su padre, y que su madre había vuelto en algún momento de la noche y se había encontrado sin poder entrar en su propia casa, y no había tocado, o había tocado y nadie le había respondido, y había dado la vuelta hasta el garaje y se había acostado en el cemento junto al carro porque no había otro sitio adonde ir que no fuera un escándalo.
No sabía dónde había estado. Nunca lo sabría. Sólo sabía dónde estaba ahora.
Se acercó, se agachó y le tocó el hombro. Ella se despertó al instante, sin sobresalto, como si no hubiera estado profundamente dormida, y lo miró. Él la vio verlo y comprender que era él y no su padre, y vio que algo se le iba de la cara, algo que había estado allí incluso mientras dormía.
«¿Qué hora es?», dijo.
Él se lo dijo. Ella asintió, se incorporó y se llevó una mano al pelo. Él le ofreció el brazo y ella se levantó con dificultad, y se quedó un momento de pie con una mano en el guardafango para no perder el equilibrio, y miró la cartera y los zapatos como si fueran de otra persona. Luego se agachó y los recogió.
La muchacha guardaba una llave de la puerta de la cocina debajo de una maceta de geranios junto al escalón. Karl la sacó, abrió la puerta y se hizo a un lado, y su madre entró delante de él, descalza, con los zapatos en la mano, atravesó la cocina y siguió por el pasillo hacia la escalera sin hacer ruido. Al pie de la escalera se volvió y lo miró. No le dio las gracias. No le pidió que callara. Lo miró con una expresión que él no supo leer y que pasaría años intentando leer, una expresión en la que quizá había vergüenza, o gratitud, o la certeza de que él había visto ahora algo que ya no podría dejar de haber visto y de que ella tendría que vivir en adelante bajo su mirada, y luego subió.
Él volvió a dejar la llave bajo los geranios. Salió al garaje y se paró donde ella había estado acostada. La mancha oscura del cemento ya empezaba a secarse por los bordes. Miró el guardafango abollado y puso la mano encima, y encontró el metal frío y mojado de rocío, y se quedó así, con la mano encima, hasta que bajó la muchacha y se encendió la cocina y el olor del café salió al patio.
En el desayuno, su padre leía el periódico.
Su madre bajó tarde, bañada y vestida, peinada y maquillada, se sentó en su lugar y se sirvió café. Los niños comían. Josephine, que tenía diez años, parloteaba sobre una niña del colegio; Ludwig, que tenía ocho, derramó la leche y la muchacha lo regañó; Ruth comía en silencio, como hacía desde hacía años; Johnathan leía un libro apoyado contra la azucarera. Karl miraba a sus padres. Nunca los había mirado con tanta atención, y sentía que ellos lo sabían, y que ninguno de los dos iba a mirarlo.
Al cabo de un rato su padre bajó el periódico.
«Llegaste tarde», dijo.
Su madre levantó la taza.
«Llegué temprano», dijo. «Fuiste tú el que tardó en abrir».
Su padre la miró un momento por encima del borde de la página doblada. Luego volvió a alzar el periódico, y la conversación terminó, y Josephine siguió con la historia de la niña del colegio, y nadie más en la mesa pareció haber oído nada. Karl miró uno por uno a sus hermanos y no supo si no habían oído o si habían oído y decidido, como él había decidido una vez en la mesa del domingo, que el asunto estaba cerrado. Se preguntó cuál de ellos, si alguno, había estado despierto en la noche y había oído correr el cerrojo.
Era martes.
A las cuatro, el padre Benigno llegó al portón con sus manos largas y su risa nerviosa, y su padre, que había vuelto temprano del despacho, le abrió él mismo, le estrechó la mano, le preguntó por la espalda y estuvo conversando con él amablemente en el sendero unos minutos antes de que el cura entrara y se cerrara la puerta del cuarto de costura. Karl lo observó desde la ventana de su cuarto. Vio a su padre regresar por el sendero hacia la casa con su paso lento y pesado, detenerse a arrancar una flor marchita de un arbusto y dejarla caer, entrar en el estudio y cerrar también esa puerta.
Fue entonces, en la ventana, cuando por primera vez puso las dos cosas una junto a la otra y las sostuvo así. Un hombre capaz de dejar a su mujer fuera de su propia casa por las horas que pasaba en una mesa de naipes, y dejarla dormir en el cemento como un perro. Y el mismo hombre, esa misma tarde, abriéndole el portón con su propia mano a un cura que pasaría una hora con ella detrás de una puerta cerrada. Karl intentó encontrar el principio que las unía, la regla según la cual los celos de su padre decidían qué iban a ver. No lo encontró. Encontró sólo el hueco que ya había notado, el hueco del tamaño de una sotana, y entendió ahora que no era un descuido. Su padre era un hombre que lo veía todo. Si había algo que no veía, era porque había elegido no verlo, y Karl no sabía qué clase de hombre elegía no ver una cosa así, ni qué ganaba con ello, ni qué le costaba, ni a quién.
No le habló a nadie de aquella mañana. Ni a Johnathan, que la habría juzgado; ni a Ruth, que se había vuelto tan callada; ni a los menores, que eran demasiado pequeños. La cargó solo, y descubrió que pesaba de un modo que no esperaba, y que ese peso no era sólo compasión por su madre, aunque también la había, sino algo más cercano a la complicidad: la sensación de que al dejarla entrar por la cocina y devolver la llave bajo los geranios se había sumado al gran acuerdo de la casa de no saber, y lo había hecho con tanta facilidad que no recordaba haberlo elegido.
5. Las clientas
Lo que Karl supo de las mujeres de su padre lo aprendió como una ciudad aprende el curso de un río subterráneo: no viéndolo, sino advirtiendo dónde el suelo cedía.
La primera blandura fue una palabra. Tenía doce años, estaba en el patio de la escuela, y un muchacho cuyo padre tenía una ferretería cerca del palacio de justicia dijo, en medio de una pelea por nada, que todo el mundo sabía dónde estacionaba el padre de Karl el carro por las tardes. Lo dijo con la malicia particular de los niños que repiten lo que han oído en la mesa de su casa, y los demás se rieron, y Karl le pegó, y lo mandaron a casa. Su padre le preguntó por qué se había peleado. Karl dijo que el muchacho había insultado a la familia. Su padre lo miró largo rato y no le preguntó cuál había sido el insulto, y Karl entendió por esa pregunta no hecha que su padre ya lo sabía, o podía adivinarlo, y que adivinarlo no le inquietaba.
Desde entonces Karl empezó, sin querer, a fijarse en dónde estaba estacionado el carro.
No era difícil. Nuevo Albor no era grande, y el largo sedán azul del guardafango abollado era conocido en todas las calles del centro. Karl lo vio en la calle del Pilar, frente a un edificio angosto de persianas verdes, a las tres de la tarde de un día de semana en que su padre debía estar en su despacho. Volvió a verlo allí meses después, y otra vez al año siguiente. Supo, sin preguntarle a nadie, que en el segundo piso del edificio vivía una mujer, una tal señora Varela, cuyo divorcio había ganado su padre unos años antes y que había salido de él con una renta, sin marido y, según se decía, con muy poca familia. La vio una vez en misa, una mujer bien parecida de unos cuarenta años que se sentaba sola cerca del fondo y se iba antes de la bendición final. No miraba a la madre de Karl. La madre de Karl no la miraba a ella. Karl, arrodillado entre Ruth y Josephine, las miraba a las dos por turnos y sentía que era la única persona de la iglesia que estaba mirando algo.
La señora Varela duró. Otras no.
El verano en que cumplió diecisiete, su padre le consiguió trabajo en el bufete, archivando papeles en un cuarto del fondo y subiendo y bajando carpetas por la escalera entre los despachos de los socios. Se suponía que era una forma de educación, y lo fue. Karl aprendió los nombres de los jueces y las costumbres de los escribientes y la manera en que un caso se arma con mil documentos, la mayoría inútiles. Aprendió también el ritmo de la puerta de su padre. Se cerraba para los clientes y se abría cuando se iban, y Karl, en su mesa del pasillo, veía quién entraba y quién salía. La mayoría eran hombres. Algunas eran mujeres, y entre las mujeres había algunas que volvían más de una vez, y algunas que se quedaban más de lo que su asunto podía explicar, y una, una muchacha apenas mayor que el propio Karl, de vestido barato y chillón y con un pleito por las tierras de un padre muerto, que una tarde salió del despacho de su padre con la cara encendida y una mano en el cuello de la blusa, abrochándose un botón, y pasó junto a la mesa de Karl sin verlo.
La secretaria, una mujer gris llamada doña Elvira que llevaba veinte años en el bufete, no levantó la vista de su máquina de escribir. Karl la vio no levantarla. Vio que no le costaba ningún esfuerzo, que había ejecutado ese no mirar tantas veces que le había labrado un surco, y comprendió que todo el edificio lo sabía, y lo había sabido siempre, y se había acomodado alrededor de lo sabido como el agua se acomoda alrededor de una piedra.
No volvió a ver a la muchacha. Buscó su nombre en los archivos y encontró que su caso se había resuelto, deprisa y a su favor, y que no se le habían cobrado honorarios.
Fue ese mismo verano cuando entendió la segunda parte de lo que su padre le había dicho en el café frente al palacio de justicia, ocho años antes. Un hombre también debe saber cuándo no pedir, y cuándo tomar lo que es suyo sin pedírselo a nadie. De niño había guardado la frase, la había sacado de vez en cuando, le había dado vueltas, y nunca había descubierto para qué servía. Ahora lo descubrió. Estaba sentado en su mesa del pasillo con una carpeta abierta delante y oyó la voz de su padre a través de la puerta, no la voz de la sala de audiencias sino otra más baja, la voz que había usado junto a su cama después del cinturón, cálida y paciente y casi tierna, hablándole a una mujer que Karl no podía ver. No distinguía las palabras. No le hacía falta. Conocía esa voz, y sabía lo que podía hacerle a una sala, y se quedó muy quieto y comprendió que su padre se había estado describiendo a sí mismo.
Karl no lo juzgó. Lo intentó, sentado allí, y descubrió que no lo conseguía del todo, y su incapacidad lo perturbó. Veía que no todas las mujeres eran engañadas; que algunas venían por voluntad propia y se iban con lo que habían querido, una renta, un acuerdo, una tarde; que otras, como la muchacha del vestido chillón, habían sido persuadidas de algo por una voz contra la que no tenían defensa, y habían pagado su caso con una moneda que ningún libro de cuentas registraría. Veía que su padre las elegía. Elegía a las que podían ser movidas, a las que estaban solas o asustadas o necesitadas, las maleables, y las elegía, le parecía a Karl, en parte por el placer de moverlas: por la prueba, renovada cada vez, de que la voz seguía funcionando. Karl pensó en la palabra de su madre, la que había oído a través de la pared. Ella había dicho que era una manera de probarse que no era lo que sabía que era. Él había creído que esas palabras eran demasiado pequeñas. Lo seguía creyendo. Pero empezó a ver lo que habían intentado contener.
Él mismo llevaba una especie de libro de cuentas, en la cabeza. Era cuidadoso con él, como empezaba a ser cuidadoso con todo. Estaban las cosas que sabía: el carro en la calle del Pilar, la señora Varela en misa, la muchacha con el botón de la blusa, la voz a través de la puerta. Estaban las cosas que le habían contado: el muchacho del patio de la escuela, comentarios oídos en el club donde jugaba su madre, la manera en que ciertas mujeres de la ciudad pronunciaban el nombre de su padre. Y estaban las cosas que sólo sospechaba, que eran muchas más, y que mantenía aparte de las otras con un escrúpulo que no habría podido justificar ante nadie, porque dejarlas mezclarse con lo que sabía habría sido hacerle a su padre lo que le hacía el pueblo, y él no quería.
El último asiento de ese libro llegó en un entierro, y no fue una mujer.
Su abuelo, el director de banda, murió en el invierno del decimoctavo año de Karl, en la capital, mientras dormía, con un vals a medio terminar sobre el piano. La familia subió a la capital para el entierro. Hacía frío para aquel país, el cementerio estaba en una colina por encima de la ciudad, y la banda que él había dirigido durante veinte años tocó junto a la tumba, mal, porque la mitad de los músicos lloraban. Karl estaba de pie entre Johnathan y su padre. Al otro lado de la fosa abierta, entre los primos y sus familias, había un hombre que Karl no conocía, de unos treinta y cinco años, con un traje oscuro que le quedaba bien, parado junto a uno de los primos mayores de su padre como un hijo se para junto a su padre. No era apuesto. Era ancho de hombros y más pesado de lo que debía, tenía la cara demasiado pequeña para la cabeza, y las manos, juntas delante de él sobre el sombrero, eran pequeñas y limpias y estaban muy quietas.
Karl miró las manos largo rato. Luego miró las de su padre.
Su padre no miró al otro lado de la fosa. Miró el ataúd, y al cura, y a la banda, y una vez al cielo, y una vez a la madre de Karl, pero no al otro lado. Y el hombre del otro lado de la fosa no miró nada más. Permaneció con las manos pequeñas juntas sobre el sombrero y miró a Henrich durante todo el entierro, fijamente, sin expresión, como se mira una casa en la que uno nació y en la que nunca le permitieron entrar.
Fue el hermano mayor de su padre, el boticario, quien se lo dijo dos días después, en la trastienda de la botica de Arenales, entre el olor a alcanfor y los frascos de rótulos en latín. Karl no había preguntado. Sólo había dicho que en el entierro había visto a un hombre que no conocía. Su tío guardó silencio un rato, reordenando frascos que no necesitaban orden. Luego le dijo que cuando él y Henrich eran estudiantes en la capital, alojados en casa de otro tío, Henrich era joven y difícil y el ama de llaves era joven y estaba sola, y de ahí había nacido un niño, y la familia había arreglado las cosas como las arreglan las familias. Un primo se había hecho cargo del niño, le había dado su propio apellido y lo había criado como hijo suyo. Al muchacho se lo dijeron, con el tiempo. Henrich nunca había hablado de él y, que se supiera, nunca le había dirigido la palabra.
«Tu abuelo me hizo responsable de tu padre en esos años», dijo el boticario. «Decía que a Henrich no había manera de disciplinarlo. Tenía razón». Dejó el último frasco. «A veces he pensado que fallé. Pero no sé si alguien lo habría hecho mejor. Viene en la sangre».
Karl preguntó qué era lo que venía en la sangre. Su tío lo miró por encima del mostrador con una expresión que no era poco amable, y le dijo que era joven, que había tiempo, y que el resto lo oiría de otros, como lo oían todos en la familia tarde o temprano, a pedazos. Luego entró un cliente y la conversación terminó.
En el autobús de vuelta a Nuevo Albor, Karl iba junto a la ventanilla viendo pasar las colinas y pensaba en las manos de aquel hombre, y en las suyas, que eran largas y delgadas como las de su madre, y en las de Johnathan, que no lo eran. Pensaba en el libro de cuentas que llevaba en la cabeza, y descubrió que no sabía en qué columna anotar aquello: sabido, contado o sospechado. Había visto al hombre. Le habían contado la historia. Y sin embargo lo que más pesaba era la sospecha, la que su tío había dejado sin decir detrás de las palabras sobre la sangre, la sospecha de que su padre no era el comienzo de nada sino sólo su forma más reciente, y de que el río que Karl había estado siguiendo bajo el suelo blando de la ciudad llevaba corriendo mucho tiempo antes de que ninguno de ellos naciera.
6. Las peleas
Las peleas no tenían comienzo. Eso era lo que Karl recordaba con más claridad, mucho después de que los detalles se hubieran borrado: que nunca lograba dar con el momento en que una noche corriente se torcía. Estaba la cena, y el tintineo de los cubiertos, y su padre contando una anécdota de un juez, y su madre escuchándolo con la cara compuesta, y luego, sin transición alguna, estaba lo otro. Un plato en el aire. El ruido contra la pared del zaguán, que era de azulejos, de modo que la loza no se rompía sino que estallaba, y los pedazos se deslizaban por el piso hasta los rincones, donde la muchacha seguiría encontrándolos durante días.
Su padre tiraba cosas. Era un hecho sin más, y Karl no lo discutió ni entonces ni después. Tiraba platos y vasos y una vez una sopera entera, que dio contra el marco de la puerta, cayó y se extendió por el piso del comedor en una lenta marea amarilla que los niños miraron en silencio, con los pies recogidos en los travesaños de las sillas. Barría la comida de la mesa con la palma de la mano, la carne y el arroz y el pan, como si la comida misma lo hubiera ofendido. Lo hacía con un abandono terrible, el gran cuerpo alzándose de la silla, la cara pequeña ensombrecida, y Karl, mirándolo, nunca podía conciliar al hombre que hacía aquello con el hombre que había sostenido una sala inmóvil con la voz. Era el mismo hombre. Lo sabía. Era la misma voz, incluso, desgarrada y enorme, gritando cosas que no parecían tener que ver con nada de lo que se había dicho.
Su madre no tiraba cosas. Se ponía de pie, palidecía y decía en voz baja cosas que herían más hondo que cualquier grito de su padre, y cuando los gritos llegaban a cierto tono salía del comedor y subía la escalera, y su padre la seguía, y la pelea continuaba encima de sus cabezas, en los cuartos que ellos no podían ver. Una vez, en lo alto de la escalera, Karl la oyó decir con toda claridad que todas las noches le rezaba a Dios para que él se muriera. Lo dijo sin alzar la voz. Lo dijo como quien declara que prefiere un tiempo a otro. Y Karl, al pie de la escalera, con la mano de Ruth en la suya, comprendió que lo decía en serio, que lo decía en serio desde hacía mucho, y que su padre ya lo había oído antes.
Los hijos tenían sus lugares en esas noches. Johnathan se iba a su cuarto, cerraba la puerta y subía el volumen del radio. Josephine lloraba a gritos hasta que alguien se la llevaba. Ludwig era demasiado pequeño para entender y casi siempre ya estaba dormido. Ruth se quedaba muy quieta. Karl se quedaba. No sabía por qué se quedaba. Más tarde se dijo que era para proteger a los demás, o para proteger a su madre, pero sabía que eso no era toda la verdad. Se quedaba porque necesitaba ver. Algo en él no soportaba que aquello ocurriera fuera de su vista, como si mirando pudiera mantenerlo dentro de algún límite, o al menos saber dónde estaba el límite.
Lo que nunca logró descubrir fue la causa. Las peleas parecían ser por dinero, o por las mesas de naipes, o por una mujer, o por una cena que su madre no había organizado para un cliente, o por nada en absoluto. Después se quedaba despierto intentando seguir el hilo hasta el nudo, y sólo encontraba más hilo. Le parecía que sus padres peleaban por algo que ninguno de los dos sabía nombrar, y que los platos y la sopa y las palabras en lo alto de la escalera eran sólo las formas que eso tomaba al subir por el piso de la casa.
*
Cuarenta años después, en la misma casa, Karl estaba de pie con su hermano menor frente a una puerta.
La casa estaba vacía ahora. Su madre llevaba ocho meses muerta, y su padre mucho más, y la casa de Nuevo Albor, que había pasado por los tribunales y el divorcio y el largo reparto de bienes y había vuelto al fin a los cinco hermanos, iba a venderse. Ludwig había ido a esperarlo allí. Él tenía las llaves; siempre las había tenido. Ludwig era quien se había quedado en Nuevo Albor, Ludwig quien había acompañado a su madre hasta el final, Ludwig quien había mantenido la casa ventilada y el jardín cortado durante todos los años en que los demás estaban en otra parte. Era ahora un hombre corpulento y callado, de más de cuarenta años, con la contextura de su padre y la manera de escuchar de su madre, y había recorrido con Karl las habitaciones sin comentarios, abriendo una por una las persianas, dejando que la luz cayera sobre los pisos desnudos donde habían estado sus muebles.
La puerta era la del cuartito del fondo del pasillo de arriba. Había sido el cuarto de su madre en los últimos años antes de que se fuera: el cuarto al que se mudó cuando dejó de dormir en la misma cama que su padre. La puerta estaba pintada de blanco, y la habían pintado muchas veces, y bajo la pintura, a la altura del pecho de un hombre, había una larga cicatriz vertical en la madera, una hendidura limpia y profunda de unos ocho centímetros, que las sucesivas manos de pintura habían suavizado pero no rellenado.
Ludwig la tocó.
«Siempre me pregunté qué era esto», dijo. «Mamá decía que lo hicieron los de la mudanza. Johnathan me dijo una vez que tenía que ver con Papá, pero no quiso decir qué». Miró a Karl. «Tú lo sabes».
No era una pregunta. Karl se quedó mirando la cicatriz y sintió subir en él la vieja renuencia, la renuencia de la mesa del domingo y la puerta de malla y el cerrojo echado de noche: la larga costumbre familiar de dejar que las cosas se cierren. Había vuelto a Nuevo Albor en parte para romper esa costumbre. Se lo había dicho en el avión. Y ahora, frente a la puerta, con la mano de su hermano sobre ella, descubría que la costumbre no era algo que pudiera decidir romper sin más. Estaba en él, como estaba en todos ellos, igual que la forma de sus manos.
«Sí», dijo. «Lo sé».
Ludwig esperó. Sabía esperar; lo había aprendido junto a la cama de su madre.
«Tenías cuatro años», dijo Karl. «Quizá cinco. Era un día de semana, creo, porque Papá había llegado del despacho y todavía tenía puesto el traje. Llevaban peleando desde la cena. Mamá subió aquí y se encerró con llave, y él la siguió y aporreó la puerta, y ella no le abrió. Entonces salió al balcón». Señaló con la cabeza la ventana del fondo del cuarto, donde un estrecho balcón de hierro daba a la calle. «Se paró allí afuera y se puso a gritarles a los vecinos. Al principio no eran palabras. Sólo gritos. Luego palabras: ayúdenme, que alguien me ayude, me va a matar. Me acuerdo de que se encendieron las luces al otro lado de la calle, una ventana y después otra. No vino nadie. De eso también me acuerdo. Se encendieron todas las luces, y no vino nadie».
Se detuvo. Ludwig no dijo nada.
«Él bajó. Creímos que había terminado. Johnathan y yo estábamos en el pasillo, y Ruth, y Josephine lloraba en alguna parte. Y entonces él volvió a subir con la espada».
«¿Qué espada?».
«La espada del general. La de nuestro bisabuelo, de la guerra federal. Estaba colgada en el estudio, encima del escritorio. Tú no te acordarás; después del divorcio se la quedó uno de los primos. Subió la escalera con ella en la mano, sin correr, caminando, despacio, como subía la escalinata del palacio de justicia, y llegó a esta puerta y la clavó». Karl apoyó dos dedos en la cicatriz. «Aquí. Atravesó la madera. Todavía lo oigo. Sonó como cuando alguien muerde una manzana».
A Ludwig no le cambió la cara, pero retiró la mano de la puerta.
«La estaba sacando para volver a clavarla», dijo Karl. «Y nos pusimos delante de él. Johnathan y yo, y Ruth detrás de nosotros. No recuerdo haberlo decidido. Sólo recuerdo estar allí, entre él y la puerta, con la espalda contra ella, y Johnathan a mi lado, y Papá de pie frente a nosotros con la espada en la mano y la cara del color de un moretón, respirando como respiraba en la escalinata. Por un momento pensé que no sabía quiénes éramos. Luego dejó caer la espada al piso, y pensé que otra vez había terminado, y entonces se volvió contra nosotros».
«Te pegó».
«Nos pegó. A los tres. Con las manos, y después con el cinturón. Aquí mismo, en el pasillo, hasta que se cansó. Después bajó y se encerró en el estudio, y al rato Mamá abrió la puerta y salió y nos vio, y nos acostó, y ninguno dijo nada. Y por la mañana hubo desayuno, y él leyó el periódico, y la espada estaba otra vez en la pared».
El cuarto estaba muy callado. Afuera pasó un carro por la calle, y luego otro.
Ludwig fue hasta la ventana y se quedó mirando el balcón, la estrecha baranda de hierro, las casas de enfrente con las persianas cerradas contra la tarde. Se quedó allí mucho tiempo. Karl le miraba la espalda sin saber qué pensaba, y sintió, como había sentido toda la vida con ese hermano, que había en él un país entero que nadie había visitado nunca.
«Me acuerdo de un ruido», dijo Ludwig por fin, sin volverse. «Siempre me he acordado. No sabía qué era. Creí que lo había soñado». Volvió a callar. «Johnathan lo cuenta de otra manera».
Karl sintió que algo se le tensaba por dentro.
«¿Cuenta qué?».
«Me lo contó, hace años. No lo de la espada, nunca mencionó una espada. Pero dijo que hubo una noche en que Papá se fue contra Mamá y él lo detuvo. Dijo que se paró solo delante de la puerta. Dijo que tú estabas escondido en tu cuarto». Ludwig se apartó entonces de la ventana y miró a Karl, no con reproche, sino con la atención paciente de un hombre que ha pasado años escuchando a la gente describir los mismos hechos de maneras incompatibles y ha dejado de esperar que coincidan. «No sé cuál de los dos tiene razón. Yo estaba dormido. O creía estarlo».
Karl abrió la boca para responder y descubrió que no tenía nada que decir que no sonara a defensa. Había estado allí. Sabía que había estado allí; podía sentir la puerta contra la espalda. Pero sabía también, de pie en el cuarto vacío con la cicatriz bajo los dedos, que Johnathan también podía sentirla, que su hermano había contado la historia tantas veces que ya era tan sólida en él como en Karl, y que no había tribunal donde juzgar el asunto, ni testigo que no hubiera sido un niño, ni más registro que la madera.
«¿Y Ruth?», dijo. «¿Johnathan dijo que Ruth estaba allí?».
Ludwig negó despacio con la cabeza.
«No mencionó a Ruth en absoluto».
Karl miró la cicatriz. Pensó en su hermana detrás de él en el pasillo, muy quieta, como se quedaba quieta en todas las peleas, y en que no había llorado cuando su padre se volvió contra ellos, y en que había sido la última de los tres en recibir los golpes y la primera en levantarse después. Siempre la había recordado allí. Nunca se había preguntado por qué Johnathan la había olvidado, ni por qué su padre, por la mañana, los había mirado a todos por encima del periódico menos a Ruth. Se lo preguntó ahora, y la pregunta se abrió sobre algo tan oscuro que dio un paso atrás, apartándose de la puerta como si se hubiera movido.
«Ven», dijo Ludwig con suavidad. «Falta el resto de la casa».
Y Karl, que había vuelto a Nuevo Albor a decir lo indecible, siguió a su hermano por el pasillo y no dijo nada, y se despreció un poco por ello, y comprendió que el resto tendría que decirse en otro cuarto, otro día, a alguien que no querría oírlo.
7. La revelación
Josephine llegó de Buenos Aires tres días después, para la firma.
La venta exigía las cinco firmas ante la notaria, y Josephine había aplazado el viaje hasta la última semana posible, como aplazaba todo lo que la obligaba a volver a Nuevo Albor. Hacía veinticinco años que no vivía en el país. Llegaba ahora con el aire de una mujer que visita una ciudad que amó alguna vez y que ya no puede perdonar: elegante, cansada, rápida para notar lo que se había deteriorado. Se alojaba en el viejo hotel de la plaza, frente al palacio de justicia, y allí fue Karl a verla la víspera de la firma, porque se había dicho en el avión que lo haría, y porque había fracasado con Ludwig y no soportaba fracasar dos veces.
Se sentaron en el bar del hotel, que alguna vez había sido grandioso y ahora sólo era grande, bajo un ventilador de techo que giraba sin convicción. Josephine pidió una ginebra. Le preguntó por el vuelo, y por Toronto, y por la casa, y si Ludwig la había mantenido decentemente, y Karl respondió a cada pregunta y sintió que la conversación avanzaba, como avanzaban siempre sus conversaciones, por la superficie de las cosas hacia un punto en el que uno de los dos diría algo que ya no podría retirarse. Él siempre había sido el que se contenía. Esa noche no pensaba hacerlo.
«Quiero contarte algo de Mamá», dijo. «Y de Papá. Y de Ruth».
Josephine dejó el vaso. No le cambió la cara, pero algo detrás de ella se quedó muy quieto, y Karl reconoció esa quietud. Era la de Ruth.
«¿Qué pasa con Ruth?».
Lo había ensayado. Lo había ensayado durante años, de muchas formas, en cuartos de Toronto con la nieve cayendo afuera, y ninguna de esas formas había sobrevivido al contacto con la cara de su hermana. Descubrió que sólo podía decirlo sin rodeos.
«Abusó de ella», dijo. «Desde que era muy pequeña. Durante años. Y Mamá lo sabía».
El ventilador giraba. Un mesonero cruzó el salón y salió por la puerta del fondo. Josephine lo miró y no habló, y Karl, que esperaba ira o lágrimas o incredulidad, no vio nada de eso. Vio sólo que ella esperaba, como había esperado Ludwig, que él continuara. No sabía si esperaba porque no le creía o porque sí.
«¿Cómo lo sabes?», dijo ella al fin.
Era la pregunta justa. Era la pregunta que él se había hecho todos los días durante treinta años, y había intentado responderla con honradez, y la respuesta honrada no era sencilla.
«No lo vi», dijo. «Quiero que eso quede claro. Nunca vi nada que pudiera jurar. Vi cosas alrededor. Lo vi salir de su cuarto de noche, más de una vez, cuando yo tenía doce o trece años y solía despertarme temprano. Salía y cerraba la puerta muy despacio detrás de sí y se quedaba de pie en el pasillo, y una vez me vio, y no dijo nada, sólo me miró, y luego me dijo que volviera a la cama, y volví. La vi dejar de hablar. Tú te acuerdas. Dejó de hablar en la mesa cuando tenía nueve o diez años y nunca volvió a hacerlo del todo. Vi que por las mañanas nos miraba a todos menos a ella. Vi cómo se quedaba quieta cuando él entraba en una habitación. Vi todo eso, y no lo entendí, o lo entendí y no me permití saberlo. No sé cuál de las dos. Nunca lo he sabido».
La mano de Josephine descansaba de plano sobre la mesa, junto al vaso. No la movió.
«Eso no es saber», dijo.
«No. Eso no es saber». Le sostuvo la mirada. «El saber vino de Mamá».
Le contó entonces lo de la tarde en el despacho del abogado, en las semanas después de que su madre presentara la demanda de divorcio. Karl tenía veintiún años y estaba en casa, de vacaciones de la universidad, y su madre le había pedido que la acompañara al despacho del abogado que había contratado, porque no quería ir sola, y se habían sentado juntos en la sala de espera, en un banco duro bajo un diploma enmarcado, y mientras esperaban ella se lo había dicho. No había bajado la voz. Había hablado como hablaba en la tienda, doblando telas: con calma, como si los hechos fueran cortes de tela que había que medir y poner sobre una pila. Había dicho que el abogado le preguntaría qué causales pensaba alegar y que ella le daría las mujeres, porque las mujeres bastaban y todo el mundo las conocía. Había dicho que no le daría a Ruth. Karl le había preguntado qué quería decir. Y su madre se había vuelto hacia él en el banco y le había dicho que sabía desde que Ruth era pequeña lo que su padre le hacía, y que sabía lo que costaría hablar de ello en aquel país, en aquellos años, ante un tribunal lleno de hombres que bebían con él, y que hacía mucho había decidido que a Ruth le costaría más que a él. Entonces se había abierto la puerta del abogado, y ella se había levantado, se había alisado la falda y había entrado, y Karl se había quedado solo en el banco bajo el diploma durante una hora, y cuando ella salió le preguntó si quería almorzar.
«Nunca volvió a decirlo», dijo Karl. «Lo intenté después, dos o tres veces. Me miraba como si no supiera de qué le hablaba. Una vez me dijo que debía de haberlo soñado. Al final, por supuesto, no recordaba nada. Pero lo dijo, Josephine. Me lo dijo en aquel banco, en aquel despacho, y lo he cargado todos los días desde entonces».
Su hermana se miró la mano sobre la mesa. La volteó despacio y se miró la palma, como si pudiera haber algo escrito en ella.
«Veinte años», dijo.
«Sí».
«Lo supo durante veinte años y se quedó con él».
«Sí».
«Y cuando se fue, se fue por las mujeres».
«Se fue por todo. Pero las mujeres fueron lo que le dio al tribunal».
Josephine alzó los ojos, y Karl vio en ellos por fin lo que había estado esperando, y no era lo que esperaba. No era dolor, ni incredulidad. Era ira, fría y entera, y estaba dirigida contra él.
«¿Por qué me cuentas esto?», dijo.
«Porque es verdad».
«Eso no es una razón. Muchísimas cosas son verdad». Se inclinó hacia él por encima de la mesita. «Mamá está muerta. Papá está muerto. Ruth está viva, y tiene una vida, y nunca me ha dicho una sola palabra de nada de esto, ni a mí ni a nadie, que yo sepa. ¿A ti te ha dicho algo?».
Karl guardó silencio.
«¿Te ha pedido que lo cuentes?».
«No».
«Entonces no es tuyo». La voz de Josephine no subió; bajó, y se endureció, hasta parecerse casi a la de su madre. «Es de ella. Y era de Mamá, y ella decidió qué hacer con eso, y quizá decidió mal, Dios sabe que decidió mal en muchísimas cosas, pero decidió. Tú no estabas cuando decidió. Eras un niño. No sabes lo que era ser mujer en esa casa, casada con ese hombre, en ese país. No sabes qué estaba protegiendo. No eras tú a quien protegía».
«Sé lo que no estaba protegiendo».
«Sabes lo que viste desde el pasillo a las cinco de la mañana». Josephine se echó hacia atrás. «Siempre haces esto, Karl. Siempre lo has hecho. Te paras en la puerta y miras, y le encuentras el sentido, y después vienes a explicárnoslo a los demás como si fueras el único que estuvo alguna vez en la habitación. Y de algún modo, cada vez, resulta que Papá era un gran hombre con defectos y Mamá una mujer que le falló. Siempre le tuviste debilidad. Todo el mundo lo sabía».
«Eso no es verdad».
«¿No?». Tomó el vaso, bebió y lo dejó. «Ruth se fue con él, ¿sabes? En el divorcio. Se levantó en el tribunal y habló a su favor. Lo eligió a él. Se fue a vivir con él a aquel apartamento con su nueva mujer, que tenía su misma edad, y se puso a trabajar en su bufete, y se quedó con él hasta que murió. Si lo que dices es verdad, eso no lo entiendo. Y si yo no lo entiendo, no estoy segura de que tú lo entiendas».
Karl no tenía respuesta. Nunca la había tenido para eso. Era lo que en la historia se negaba a quedarse quieto: que Ruth, precisamente ella, se hubiera ido con su padre, y se hubiera puesto a su lado en el tribunal donde su madre pedía librarse de él, y hubiera elegido, hasta donde cualquiera podía ver, al hombre que le había hecho aquello por encima de la madre que había dejado que se lo hicieran. Le había dado vueltas durante años y no había encontrado ninguna cara de aquel hecho que no cortara.
«No lo entiendo», dijo. «No creo que me toque entenderlo».
Josephine lo miró largo rato. Luego le hizo una seña al mesonero para pedir la cuenta, la pagó antes de que Karl alcanzara la billetera, se levantó y recogió la cartera y el chal.
«Nos vemos donde la notaria», dijo. «A las diez». En la puerta del bar se detuvo y se volvió. «No le digas a Ruth que me lo contaste», dijo. «No se lo digas a nadie. Si le tienes un mínimo de respeto».
Salió. Karl se quedó sentado bajo el ventilador. El bar estaba vacío ahora salvo por el mesonero, que apilaba sillas en el otro extremo con un cuidado exagerado, como para dar a entender sin decirlo que ya era hora. Por los altos ventanales Karl veía la plaza, y enfrente el palacio de justicia, gris a la luz de los faroles, con su amplia escalinata subiendo entre las columnas manchadas.
Se quedó mucho rato mirando la escalinata.
Vio a un hombre corpulento detenido a mitad de camino con la mano en la baranda. Vio una estampita que caía de entre las páginas de un misal blanco, y una puerta de malla que se cerraba con un pequeño ruido seco. Vio un cerrojo echado de noche en una puerta principal, y a una mujer dormida en el cemento con los zapatos puestos en orden a su lado, y la mano de un cura en un portón. Vio a una niña de nueve años en la mesa del desayuno comiendo en silencio mientras su padre leía el periódico y miraba a todos menos a ella. Vio a su madre doblando telas. Vio una espada colgada por la mañana en la pared de un estudio, devuelta a su lugar. Vio a tres niños en un pasillo con la espalda contra una puerta, y vio, ahora, cuál de ellos había estado más atrás, y por qué no había llorado.
El mesonero se acercó y le preguntó, muy cortésmente, si el señor deseaba algo más.
Karl dijo que no. Le dio las gracias. Salió a la plaza en la oscuridad tibia, pasó frente a la escalinata del palacio de justicia, hacia la calle donde la casa esperaba vacía con las persianas abiertas, y no alzó la vista hacia la ventana del cuartito del fondo del pasillo de arriba, aunque sabía sin mirar que Ludwig la habría cerrado.
Segunda parte: Los herederos
8. La demanda
El despacho de la notaria estaba en el segundo piso de un edificio detrás de la catedral, en la calle donde antes había estado la tienda de su madre. La tienda era ahora una farmacia. Karl pasó por delante a las diez menos cuarto y no se detuvo.
Estaban todos allí antes que él menos Ruth. Johnathan ocupaba la cabecera de la larga mesa de la notaria como si fuera suya, lo cual en cierto sentido era cierto, pues él había preparado la mayor parte de los documentos; tenía ya el pelo gris, estaba pesado, y llevaba el traje oscuro y los gestos pequeños y precisos de un hombre que ha pasado cuarenta años en los tribunales, y cuando Karl entró se levantó a medias y le estrechó la mano por encima de la mesa con la cortesía breve y firme que reservaba para el abogado de la parte contraria. Josephine estaba sentada junto a la ventana con lentes oscuros y no se los quitó. Ludwig estaba a su lado, con las grandes manos juntas sobre la mesa, y le dirigió a Karl una mirada que no preguntaba nada ni prometía nada. La notaria, una mujer joven con anteojos de anciana, ordenaba papeles. Un reloj de pared marcaba los segundos con mucha importancia.
Ruth llegó a las diez y cinco.
Karl no la veía desde hacía cuatro años. Entró sin disculparse, una mujer pequeña y erguida con un vestido gris y el pelo recogido, con una carpeta de cuero bajo el brazo, y saludó a cada uno por turno: a Johnathan con una inclinación de cabeza, a Ludwig con una mano en el hombro, a Josephine con un beso en la mejilla que Josephine recibió sin moverse. Llegó a Karl la última. También a él lo besó, y tenía la mejilla fresca, y le dijo que lo veía cansado, y le preguntó si en Toronto hacía mucho frío. Karl le dijo que sí. Le buscó en la cara alguna señal de que Josephine hubiera roto su propia prohibición y no encontró ninguna, y descubrió también que no sabía cómo sería esa señal, porque la cara de Ruth llevaba tanto tiempo compuesta que ya no podía distinguir dónde terminaba la compostura.
Se sentó frente a él. Abrió la carpeta y sacó una pluma.
La notaria empezó a leer.
Leyó la descripción del inmueble, sus linderos y sus medidas y su número de registro, y luego leyó su historia, porque la ley exigía recitar la cadena de títulos antes de prolongarla. Leyó que la casa había sido adquirida por Henrich y Jennifer conjuntamente el año en que la familia llegó a Nuevo Albor. Leyó que había sido objeto de una demanda de partición de bienes conyugales. Leyó la fecha de la demanda, y la fecha de la medida cautelar que había congelado el patrimonio, y la fecha de la sentencia de divorcio cuatro años después, y la fecha del acuerdo definitivo seis años más tarde, por el que la casa había pasado a Jennifer sola. Leyó la fecha de la muerte de Jennifer, y los nombres de los cinco herederos, y sus fechas de nacimiento, y sus lugares de residencia: Nuevo Albor, Toronto, Buenos Aires, Nuevo Albor, Nuevo Albor. Lo leyó todo con voz pareja, sin inflexión, como quien lee una lista de estaciones.
Karl escuchaba pasar las fechas y sentía que cada una se abría bajo sus pies.
*
La demanda había llegado en el otoño de su vigésimo primer año.
Nadie en la familia había creído que ella lo haría. Lo había amenazado tantas veces, en tantas peleas, en lo alto de tantas escaleras, que la palabra se había gastado de tanto uso y ya no significaba nada. Hasta que una mañana salió hacia la tienda como de costumbre y no fue a la tienda. Fue al despacho de un abogado al otro lado de la ciudad, un tal Quintero, de quien se sabía que detestaba a Henrich y que no le tenía miedo, y firmó los papeles, y Quintero los presentó esa misma tarde. Henrich se enteró por un escribiente del tribunal que lo detuvo en la escalinata.
Karl estaba en la universidad de Arenales y lo supo por teléfono, por Ludwig, que tenía trece años y estaba asustado y no sabía explicar qué había pasado, salvo que Papá había vuelto a casa a mediodía y había roto con una silla todas las ventanas de la planta baja. Karl volvió en el autobús nocturno. Cuando llegó por la mañana ya habían barrido los vidrios y tapiado las ventanas con tablas, y su padre estaba en el estudio con la puerta cerrada, y su madre en la tienda, adonde había ido como de costumbre, y la muchacha lloraba en la cocina.
La furia duró meses. No tomó la forma que Karl esperaba. Ya no hubo platos; los platos parecían pertenecer a otro matrimonio, uno que todavía creía que iba a continuar. Esto era más frío. Su padre sólo le hablaba a su madre a través de los hijos, o no le hablaba, y cuando se cruzaba con ella en una habitación miraba a través de ella como si fuera un vidrio. Por las noches hablaba, en el estudio, por teléfono, en voz baja y paciente, y Karl supo después que hablaba con jueces y escribientes y con los hombres que bebían con él en el club, preparando el terreno. En aquel país, divorciarse significaba repartir los bienes, y su padre no tenía intención de repartir nada. Antes había puesto patrimonios fuera del alcance de esposas, por cuenta de maridos que le pagaban bien, y conocía cada pasadizo por el que una casa o una finca o una cuenta bancaria podían hacerse desaparecer.
Pero su madre también los conocía. Se había sentado a su mesa durante veinticinco años y lo había oído contar historias de sus casos, y no lo había escuchado sólo con la cara compuesta. Antes de que Henrich pudiera moverse, Quintero hizo congelar el patrimonio. Cada propiedad, cada cuenta, cada acción del bufete. Karl vio a su padre leer la medida en el desayuno. La leyó dos veces. Luego la dejó junto a su plato, como años antes había dejado el periódico con la fotografía de su mujer, y miró al otro lado de la mesa, al lugar donde ella habría estado sentada si todavía desayunara con ellos, y Karl le vio en la cara algo que nunca le había visto, y no era ira. Era sorpresa.
La primera audiencia fue en invierno. Karl fue porque su madre se lo pidió, y se sentó con ella y con Quintero en el banco a la entrada de la sala, bajo las columnas manchadas, mientras su padre permanecía al otro extremo del pasillo con sus propios abogados y no los miraba. Cuando terminó la audiencia, le había ido mal a su padre; Karl no siguió el derecho del asunto, pero vio la cara del juez y la de Quintero, y vio a su padre salir de la sala con la cara pequeña ensombrecida y la respiración agitada.
Salieron juntos a la escalinata, Karl y su madre y Quintero, al aire frío y luminoso. Quintero era un hombre flaco, ya no joven, y bajaba los escalones delante de ellos con el maletín en una mano, hablando por encima del hombro del siguiente escrito.
Karl oyó detrás el paso de su padre. Lo conocía como conocía el latido de su propio corazón: la pisada lenta y pesada, la pausa, la respiración. Se volvió. Su padre había salido de entre las columnas y bajaba hacia ellos, ya no despacio, con una rapidez que Karl nunca le había visto, y tenía los ojos clavados en la espalda de Quintero. Karl comprendió lo que iba a pasar un instante antes de que pasara. Vio alzarse las manos pequeñas de su padre. Las vio buscar los hombros del abogado en el punto donde los escalones eran más empinados.
No decidió moverse, como no lo había decidido ante la puerta de la espada. Simplemente estaba allí, entre su padre y el abogado, con sus propias manos sobre el pecho de su padre, y el peso de su padre cayó contra él como un muro que se derrumba, y rodaron juntos sobre la piedra, y Quintero, volviéndose al oír el ruido, soltó el maletín y se quedó mirando.
Salió gente corriendo de las puertas. Alguien levantó a su padre. Otro ayudó a Karl. Su padre quedó de pie en la escalinata con dos escribientes sujetándole los brazos, respirando a grandes bocanadas desgarradas, la cara jaspeada como el día en que se detuvo a mitad de camino con la mano en la baranda, y miró a Karl. No era una mirada de ira. Era la mirada que le había dirigido desde el otro lado del pasillo al amanecer, frente a la puerta de Ruth, cuando le dijo que volviera a la cama. Decía que Karl había visto algo, y que su padre lo sabía, y que ese saber quedaría ahora entre los dos.
Nada se puso por escrito. Quintero no presentó denuncia. Los escribientes que habían sujetado a Henrich volvieron adentro y, en menos de una semana, ya no recordaban lo que habían visto. Karl tuvo la rodilla hinchada durante un mes.
*
Ruth tenía veinte años cuando el caso llegó a juicio. Había vivido en la casa durante todo aquello, encerrada en su cuarto, bajando a las comidas y volviendo a subir, y nadie le había preguntado qué pensaba, porque nadie le preguntaba nunca a Ruth qué pensaba. Karl había supuesto, en la medida en que suponía algo de ella, que se mantendría al margen, como Josephine y Ludwig eran demasiado jóvenes para estar dentro y Johnathan demasiado prudente.
La llamaron a declarar los abogados de su padre el tercer día.
Karl estaba en la sala. Estaba sentado detrás de su madre y vio a su hermana subir al estrado con un vestido azul oscuro que él nunca le había visto, prestar juramento con una voz clara y pequeña, sentarse y juntar las manos. No miró a su madre. No miró a Karl. Miraba al abogado que la interrogaba, y le respondía con la misma voz clara y pequeña, y lo que dijo fue que su madre había estado ausente de la casa casi todas las noches durante años; que iba a mesas de naipes y a clubes y a casas de mujeres que celebraban sesiones espiritistas; que recibía a curas por las tardes en un cuarto cerrado; que había descuidado a los hijos menores y los había dejado al cuidado de la muchacha; y que su padre había sido paciente con todo aquello, y los había mantenido a todos, y nunca, que ella hubiera oído, había hablado mal de su madre.
Todo era verdad. Karl escuchaba sentado y no encontraba una sola frase falsa. Eso era lo insoportable. Cada hecho era verdadero, y cada hecho había sido elegido, y la elección componía un retrato de su madre tan falso como cualquier cosa que él hubiera oído jamás, y no habría podido levantarse en aquella sala y decir dónde estaba la falsedad.
Su madre estaba sentada muy derecha y no se movía. Una vez, cuando Ruth habló de los curas, Karl vio sus manos cerrarse sobre el borde de la mesa y volver a abrirse.
Su padre, en la otra mesa, observó a Ruth todo el tiempo. No le quitó los ojos de encima. Era la primera vez, que Karl recordara, que veía a su padre mirar a Ruth durante un rato largo, y Karl lo miraba mirarla, y le vio en la cara una expresión de tanta ternura y tanto orgullo que tuvo que apartar la vista.
Ruth bajó del estrado. Recorrió el pasillo entre los bancos y pasó junto a la mesa donde estaba sentada su madre, y por un instante, al pasar, se cruzaron sus miradas. Karl lo vio. Vio que no pasaba nada entre ellas, absolutamente nada, ni reproche de un lado ni disculpa del otro, sino sólo una mirada larga y pareja de reconocimiento, la mirada de dos personas que comparten un secreto y han convenido, sin palabras, en guardarlo. Luego Ruth siguió y se sentó en el banco detrás de su padre, y no alzó la vista hasta que se levantó la sesión.
La sentencia se dictó cuatro años después. Al año siguiente, Henrich se casó con una mujer de veinticinco años que había sido pasante en su bufete, y tomó un apartamento al otro lado de la ciudad con una terraza y vista a las montañas, y antes de la boda le hizo firmar un acuerdo, redactado de su puño y letra, por el que ella renunciaba a cualquier derecho sobre todo lo que él poseía. Ruth se mudó al apartamento con ellos. Ella también tenía veinticinco años.
*
«Señor Karl».
La notaria le tendía una pluma. La lectura había terminado. Los demás habían firmado; vio las cuatro firmas en columna sobre la página, la de Johnathan grande y segura, la de Josephine rápida e inclinada, la de Ludwig cuidadosa, la de Ruth muy pequeña y muy pulcra, como una línea impresa. La notaria esperaba. Al otro lado de la mesa, Ruth tapaba su pluma y la guardaba en la carpeta, y Karl le miró las manos, que eran pequeñas y estaban quietas, y luego la cara, que estaba vuelta hacia la ventana, hacia la calle donde había estado la tienda de su madre, y no supo qué miraba, ni si miraba algo.
Tomó la pluma y firmó.
9. El alegato de Johnathan
Johnathan lo llevó a almorzar al café frente al palacio de justicia.
Fue elección suya, y Karl lo entendió como una elección. Johnathan había comido allí casi todos los días de su vida profesional, como su padre antes que él; el mesonero le trajo lo de siempre sin que se lo pidiera, como otro mesonero le traía lo suyo a su padre, y cuando Karl miró hacia la puerta casi esperaba ver a un viejo portero con una chaqueta gris que le quedaba grande, barriendo. No había ningún portero. Había un muchacho con un teléfono, recostado en el marco de la puerta, que no levantó la vista.
Al principio hablaron de la venta, y de los compradores, una pareja joven de la capital que pensaba tumbar la pared del fondo y poner vidrio, y del reparto del dinero, que Johnathan había calculado hasta el último céntimo y explicó con evidente gusto por la aritmética. Karl lo dejó explicar. Siempre le había gustado ver a su hermano manejar números; era lo único que Johnathan hacía sin la leve rigidez que lo invadía en todo lo demás, como si las cifras fueran la única compañía en la que podía estar del todo seguro de cómo lo recibirían.
Cuando llegó el café, Karl dijo: «Quiero preguntarte por el acuerdo».
Johnathan removió el café. Lo removió un buen rato.
«¿Por qué parte?».
«Por la parte en que Mamá despidió a Quintero y te dio el caso a ti».
*
Karl estaba en Toronto cuando ocurrió. Se había ido allí el año después de la sentencia, a estudiar y luego a quedarse, y había seguido el largo último acto del matrimonio de sus padres como se sigue una guerra en un país lejano: por cartas, por llamadas en líneas malas y por los silencios entre unas y otras.
La sentencia había resuelto el matrimonio pero no los bienes. Los bienes eran otro proceso, y duró seis años más, y durante todos ellos Quintero lo había peleado con una paciencia que Karl sólo podía admirar desde lejos. Había mantenido congelado el patrimonio. Había rastreado, uno por uno, los pasadizos por los que su padre había intentado poner cosas fuera de alcance: una finca en el valle puesta a nombre de un cliente que le debía favores, un paquete de acciones traspasado a una compañía que sólo existía en el papel, una cuenta en la capital que resultó estar abierta a nombre de un primo. Quintero los encontró todos. Año tras año los sacó a la luz y los puso ante el tribunal, y año tras año el tribunal, despacio, a regañadientes, contra todos los hábitos de sus miembros, falló a favor de su madre.
En la primavera del sexto año el juez dictó un fallo que le daba a Jennifer la mitad de todo. La mitad de la casa, la mitad de la finca, la mitad de las acciones del bufete, la mitad de las cuentas. El propio Quintero le escribió a Karl para contárselo. Fue la única carta que Karl recibió de él, una sola hoja escrita con una letra seca y erguida, y Karl la conservó durante años. Quintero decía que en treinta años de ejercicio nunca le había ganado un caso a Henrich, y que ahora le había ganado éste, y que quería que Karl lo supiera, porque Karl se había interpuesto una vez entre él y el pie de la escalinata del palacio de justicia y él no lo había olvidado.
Tres semanas después su madre lo despidió.
Lo hizo por carta, supo Karl después, una breve carta de agradecimiento con un cheque adjunto, y Quintero devolvió el cheque. Le dio el caso a Johnathan. Johnathan se había graduado apenas dos años antes, tarde, después de una larga temporada incierta en la que empezó y abandonó otras dos carreras y volvió al derecho como quien vuelve a una casa en la que juró no volver a entrar. No tenía experiencia en bienes. Nunca había llevado un caso de envergadura. Y a los cuatro meses de hacerse cargo del caso de su madre había negociado con su padre un acuerdo por el cual Jennifer recibía la casa de Nuevo Albor y una renta modesta de por vida, y Henrich se quedaba con la finca y las acciones y las cuentas y todo lo demás que Quintero había pasado seis años arrastrando de vuelta a la luz.
Karl lo supo por su madre, por teléfono. Se lo contó con la misma voz pareja que había usado en el banco de la sala de espera del abogado. Dijo que se había terminado. Dijo que estaba cansada, que llevaba años cansada, que no quería pasarse el resto de la vida en los tribunales esperando a ver qué le daba un juez. Dijo que Johnathan había sido muy bueno, muy paciente, que había entendido. Dijo que tenía la casa, y que con eso bastaba, y que ahora iba a pensar sólo en sí misma y en su propio futuro. Karl le preguntó por qué había despedido a Quintero, que había ganado. Hubo un silencio en la línea, lleno del siseo de la distancia.
«Porque había ganado», dijo ella. «¿Entiendes? Había ganado, y tu padre jamás lo habría aceptado. Habría apelado, y vuelto a apelar, y habría seguido hasta que uno de los dos se muriera. Johnathan podía hablar con él. Quintero sólo podía vencerlo».
Karl dijo que entendía. No entendía. Colgó el teléfono y se sentó junto a la ventana de su cuarto en Toronto, viendo caer la nieve sobre la calle, e intentó imaginar a su madre entregándole a su hijo mayor los seis años de trabajo de Quintero y viéndolo devolver casi todo, y no lograba que la imagen se quedara quieta. Cambiaba cada vez que la miraba. A veces veía a una mujer tan agotada que entregaría cualquier cosa a cambio de un final. A veces veía a una mujer que no soportaba, después de todo, derrotar al hombre con quien se había casado, y que había encontrado en su hijo una manera de perder que no parecía una derrota. Y a veces veía a Johnathan, sentado a la mesa frente a su padre, con su voz cuidadosa y su amor por las cifras, descubriendo por primera vez que podía sostener una sala.
Al año siguiente, en una visita a casa, Karl fue al bufete a recoger unos papeles y vio el nombre de su hermano en una puerta del pasillo donde él había archivado carpetas de muchacho. Estaba pintado en dorado, con las mismas letras que el de su padre, dos puertas más allá. Doña Elvira, ya muy vieja, seguía sentada ante su máquina de escribir en el pasillo, y levantó la vista hacia Karl cuando él se detuvo ante la puerta, y luego volvió a bajarla sin decir palabra, y él vio que se le había labrado un surco nuevo.
*
«Me lo pidió», dijo Johnathan.
Había dejado la cucharilla. No miraba a Karl sino a la ventana, al palacio de justicia al otro lado de la plaza, a la escalinata.
«Vino una noche a mi apartamento, se sentó en mi sofá y me lo pidió. Dijo que ya no podía más. Dijo que Quintero pelearía hasta el fin del mundo y que ella estaría muerta antes de ver un centavo. Dijo que Papá nunca cedería ante Quintero pero que quizá cediera ante mí». Hizo girar la taza sobre el platillo, un cuarto de vuelta, y otro. «Le dije que no estaba preparado. Le dije que se quedara con Quintero. Lloró. Yo nunca la había visto llorar, Karl, ni una vez, ni siquiera en las peleas. Se sentó en mi sofá y lloró, y volvió a pedírmelo. ¿Qué querías que hiciera?».
«Podías haberte negado».
«¿Y dejarla sin nada más que otros seis años de audiencias?». La voz de Johnathan no subió; se volvió más plana, más precisa, la voz que usaba en los tribunales. «Tú no estabas aquí. Estabas en Canadá, mirando la nieve. Yo estaba aquí. Yo veía lo que eso le estaba haciendo. No dormía. Había dejado de ir a la tienda. Había empezado a decir cosas raras, que Papá le había quemado los poemas, que oía voces. Yo le conseguí la casa. Le conseguí una renta de la que podía vivir. La saqué de ahí. Quintero le habría conseguido la mitad de todo, en teoría, en diez años, si seguía viva y todavía en sus cabales para gastarlo».
«Y tú conseguiste una puerta con tu nombre».
Las palabras salieron antes de que Karl pudiera detenerlas. Las vio caer. A Johnathan no le cambió la cara, pero se quedó muy quieto, y Karl vio en esa quietud algo que había visto en todos ellos alguna vez, en Ruth y en Josephine y en sí mismo, la manera que tenía la familia de quedarse quieta cuando recibía un golpe.
«Papá me ofreció un puesto en el bufete un año después», dijo Johnathan con calma. «No tenía otras ofertas. Tenía treinta y tres años y había perdido diez, y tenía una mujer y un hijo en camino. Lo acepté. No pido disculpas por ello». Se terminó el café y dejó la taza con precisión en el centro del platillo. «Sé lo que piensas. Siempre lo he sabido. Piensas que la vendí. Piensas que me senté frente a él y le di lo que quería para que él me diera lo que yo quería. Josephine piensa lo mismo. Hace veinte años que no me habla como es debido».
«No sé lo que pienso», dijo Karl, y al decirlo descubrió que era cierto. «Llevo años intentando decidirlo y no puedo. Por eso te lo pregunto».
Johnathan lo miró largo rato. Luego algo en su cara cedió, muy poco, como había cedido la cara de su padre la noche del cinturón, cuando fue a sentarse en el borde de la cama.
«Entonces te voy a contar algo que nunca le he contado a nadie», dijo. «Cuando fui a ver a Papá para empezar la negociación, fui al apartamento. El del otro lado de la ciudad, el de la terraza. Me abrió su mujer. Y Ruth estaba allí. Estaba sentada a la mesa del comedor con papeles extendidos delante, los papeles de él, los expedientes, los escritos de Quintero. Había estado trabajando en ellos. Para él. Levantó la vista cuando entré y me dijo buenas tardes, como si yo fuera un cliente. Y Papá salió del estudio y me vio mirándola, y dijo: “Tu hermana me ha sido de gran ayuda”». Johnathan hizo una pausa. «Me senté a esa mesa frente a los dos. Frente a Papá y a Ruth. Y negocié el acuerdo de nuestra madre con los dos, y Ruth tomaba notas».
Karl no dijo nada. El mesonero vino y se fue. Al otro lado de la plaza, un escribiente salió de entre las columnas manchadas del palacio de justicia y bajó la escalinata, despacio, agarrado a la baranda.
«Nunca la he entendido», dijo Johnathan. «A Ruth. No creo que nadie la haya entendido. No creo que Mamá la entendiera». Pidió la cuenta con una seña. «Y te voy a decir otra cosa, ya que estamos contando cosas. Desde que llegaste andas haciéndole preguntas a la gente. Ludwig me lo dijo. Le preguntaste por aquella noche con Papá y la puerta. Sé lo que crees que pasó. He oído tu versión, en una mesa o en otra, durante treinta años». Sacó la billetera de la chaqueta. «Yo estaba allí. Yo estaba en la puerta. No te recuerdo allí, Karl. Lo siento, pero no te recuerdo. Me recuerdo solo».
«Yo estaba allí».
«Quizá sí». Johnathan dejó el dinero sobre la mesa. «Quizá estábamos los dos y ninguno puede ver al otro. Estaba oscuro. Éramos niños. ¿Importa ahora?».
Karl quiso decirle que importaba más que nada. Quiso decirle que si dos hermanos podían estar uno junto al otro contra la misma puerta y cada uno recordarse solo, entonces nada de lo que cualquiera de los dos recordara era fiable, y que eso era todo lo que había vuelto a averiguar a Nuevo Albor. No lo dijo. Miró a su hermano al otro lado de la mesa, el pelo gris y los hombros pesados y el traje oscuro y las manos precisas, y vio, con un sobresalto que lo atravesó como el frío, cuánto había llegado Johnathan a parecerse a su padre: no en un rasgo en particular, sino en la manera de ocupar una silla, como si la hubieran puesto allí para él.
Y se preguntó, por primera vez, si Johnathan, mirándolo desde el otro lado de la mesa, veía lo mismo en él.
Salieron juntos a la plaza. Al pie de la escalinata del palacio de justicia, Johnathan se detuvo y le estrechó la mano, breve y firme, con la cortesía que reservaba para el abogado de la parte contraria, y le dijo que lo vería en la cena en casa de Ludwig el jueves, y subió la escalinata entre las columnas sin detenerse, como su padre nunca había podido hacerlo, y no miró atrás.
10. Los últimos apegos de la madre
Ludwig vivía en las afueras de la ciudad, en un barrio nuevo cuyas calles se habían trazado antes de que nadie decidiera qué poner en ellas, de modo que su casa se levantaba entre solares vacíos y paredes a medio construir, con vista, más allá, a las colinas. La había construido él mismo, o la había mandado construir, cuarto por cuarto a lo largo de veinte años según lo permitía el dinero, y tenía el aspecto de una casa a la que se le ha ido añadiendo y no de una casa diseñada: una cocina que daba a una terraza techada, una terraza que daba a un huerto de frutales, y al fondo del huerto un cuartito aparte donde, durante los tres últimos años de su vida, había dormido su madre.
El jueves estaban todos. La mujer de Ludwig había cocinado; los hijos de Ludwig, ya hombres, trajeron los platos de la cocina y volvieron a salir para comer frente al televisor, dejando a los cinco solos en la larga mesa de la terraza bajo una guirnalda de bombillos desnudos que atraían a las polillas desde la oscuridad. Johnathan había traído vino. Josephine no había traído nada y se bebió sin comentarios, con constancia, el vino de Johnathan. Ruth se sentó en el extremo de la mesa más cercano al huerto, de espaldas al cuartito, y comió poco, y escuchó.
Karl había temido la velada. Había pensado que sería una velada de silencios, después del bar y el café y la puerta. No lo fue. Algo en la ocasión, la casa vendida, los papeles firmados, lo último que los ataba en común ya liquidado, los aflojó a todos, y para la segunda botella estaban contando historias de su madre, y riéndose, y la risa era la vieja risa de las mesas de domingo, rápida y nerviosa y un poco demasiado alta.
Fue Johnathan quien empezó. Dijo, sin venir a cuento: «¿Se acuerdan del hombre del acordeón?».
Josephine soltó un quejido. Ludwig se rió. Karl se acordaba.
*
Tenía dieciséis años, el año del guardafango. Su madre tenía cuarenta y tres. Había una familia a dos calles que daba fiestas los sábados por la noche, una familia ruidosa y alegre con un patio y farolitos de colores, y su madre iba a esas fiestas como iba a las mesas de naipes, arreglada y maquillada y con el broche de la libélula, y a veces se llevaba a Karl, porque su padre no quería ir y a ella no le gustaba volver sola a pie.
En esas fiestas había un hombre que tocaba el acordeón. Entre semana vendía colchones en una tienda cerca del mercado, y los sábados tocaba: un hombre menudo y alegre, de bigotito y camisas blancas muy limpias, que se sentaba en una silla de cocina en un rincón del patio con el instrumento sobre la rodilla y tocaba valses y boleros y las viejas canciones del valle, y cantaba con una voz ligera y afinada, y nunca parecía cansarse. Todos lo querían. La madre de Karl lo quería más que todos.
Karl la veía quererlo. La veía quedarse cerca del rincón del acordeón, con una copa en la mano, balanceándose un poco al ritmo de la música, y reírse con los chistes del hombre entre canción y canción, e inclinarse para hablarle al oído. La veía pedirle canciones y lo veía tocarlas, sonriéndole con una sonrisa dulce y sin complicaciones que a Karl le parecía no tener nada de lo que su madre buscaba. La vio bailar sola delante de él, una vez, tarde, cuando la mayoría de los invitados se había ido, con los ojos entornados y los brazos un poco separados del cuerpo, y vio que el hombre miraba por encima de su hombro hacia el portón del patio, donde otro hombre, más joven, con chaqueta de cuero, había estado esperando toda la noche sin entrar.
En el camino de vuelta su madre iba tomada de su brazo, tarareando una de las canciones, y dijo que el del acordeón era una persona maravillosa, tan dulce, tan sensible, que era una lástima que nunca se hubiera casado, que lo único que le hacía falta era la mujer adecuada para sacarlo de sí mismo.
Karl no dijo nada. Caminaba a su lado por las calles oscuras con la mano de ella en el brazo y sentía que le ardía la cara, y no habría sabido decir con quién estaba avergonzado: con ella, por no ver lo que veían todos en la fiesta; con el hombre del acordeón, por ser visto; o consigo mismo, por verlo con tanta claridad, y por saber, sin poder decir por qué, que la ceguera de su madre en ese único asunto no se parecía a sus otras cegueras, y que le tocaba a él en un lugar que no quería mirar.
*
«Ella iba a salvarlo», dijo Johnathan. «Lo dijo. Una vez me dijo que Dios se lo había mandado para que ella le enseñara lo que era una mujer de verdad».
«Ella nunca dijo eso». Josephine dejó el vaso. «Tú inventas cosas, Johnathan. Siempre lo hiciste».
«Me lo dijo en la cocina. Yo tenía diecisiete años. Me acuerdo perfectamente».
«Te acuerdas de lo que quieres acordarte».
Hubo un breve silencio, en el que Karl tuvo conciencia de la noche más allá de los bombillos y de las polillas que chocaban contra ellos, y de la palabra acordarse dando vueltas alrededor de la mesa como una moneda que nadie quería recoger.
Entonces Ludwig dijo, en voz baja: «Lo dijo también del bailarín».
«¿Qué bailarín?», dijo Josephine.
«Tú no estabas aquí», dijo Ludwig, sin reproche. «Fue después del segundo divorcio. Ella tenía sesenta y ocho, sesenta y nueve años. Había un hombre que había sido un gran bailarín, primera figura, famoso en su época; había bailado en Europa, en los grandes teatros. Volvió a Nuevo Albor cuando se retiró y abrió una academia encima de la panadería de la plaza, y les enseñaba pliés a las niñas. Ella fue a su clase para adultos. Decía que era por la espalda». Ludwig hacía girar despacio el vaso sobre la mesa. «Fue tres veces por semana durante un año. Le llevaba tortas. Le mandaba tarjetas. Me decía que sentía lo solo que estaba, lo mucho que necesitaba a alguien que entendiera el arte. Decía que estaba segura de que, si él pudiera verla con claridad, cambiaría».
«Cambiaría», dijo Josephine.
«Llevaba treinta años viviendo con el mismo hombre. Todo el mundo lo sabía. Fue muy amable con ella. La dejaba ir a clase y comerse sus tortas y conversar con él después, y nunca le dio a entender que le interesara, y ella nunca le creyó». Ludwig alzó la vista. «Cuando él murió, ella fue al entierro y se sentó en la primera fila, como si fuera la viuda. El hombre con quien había vivido se sentó detrás de ella. Yo la llevé a casa. Lloró todo el camino».
Nadie se rió. Las polillas chocaban contra los bombillos. Karl bajó la vista a su plato y sintió subirle a la cara el viejo calor, el calor del camino de vuelta desde el patio, y esperó a que pasara, y no pasó.
*
Hubo otros, entre el acordeón y el bailarín, y esos eran más difíciles de convertir en historias de sobremesa.
En los años anteriores a la demanda, y durante algunos años después, la atención de su madre se había vuelto hacia los jóvenes. No los hombres de su edad, que la aburrían, ni los mayores, que le recordaban con quién se había casado, sino muchachos de veintitantos años, estudiantes, de la edad de Karl y a veces más jóvenes. Los conocía en todas partes: en el club, en la tienda, en el círculo de los jueves, que había empezado a atraer a los jóvenes. Y los conocía a través de Karl.
Él estaba entonces en la universidad de Arenales, compartiendo un piso con otros tres estudiantes encima de una imprenta cerca de la facultad. Su madre empezó a visitarlo. Venía en autobús una vez al mes, en apariencia para traerle comida y dinero y comprobar que comiera bien, y llegaba a media tarde con su vestido bueno y una cesta al brazo, y se quedaba toda la noche, sentada entre sus amigos en la estrecha sala de delante bebiendo el vino barato que compraban en la esquina, y les hablaba como ninguna madre les había hablado nunca. De arte. Del progreso del alma a través de muchas vidas. De los colores que veía alrededor de cada uno, como el calor que reverbera sobre una carretera. Se sentaba muy cerca de ellos en el sofá desfondado. Les tocaba las manos al hablar. Escogía a uno en cada visita y le daba toda su atención, y el escogido se quedaba muy quieto bajo ella, halagado o asustado, y los demás miraban, y Karl los miraba mirar.
Uno de sus compañeros de piso, un muchacho de la costa llamado Tomás que estudiaba arquitectura y se pasaba el día dibujando en una libreta, le dijo a Karl una noche, cuando ella ya se había ido, sin malicia, casi con admiración, que su madre era surrealista. Usó la palabra como la usaría un pintor. Quería decir, entendió Karl, que se parecía a algo de un cuadro de alguno de los españoles o de los franceses sobre los que todos habían estado leyendo ese año: un reloj derretido sobre una rama, una mujer con una gaveta en el pecho, una imagen que obedecía a la lógica de un sueño. Los demás se rieron y adoptaron la palabra. Desde entonces, entre sus amigos, ella fue siempre la surrealista. Ahí viene la surrealista, decían cuando oían sus pasos en la escalera.
Karl se reía con ellos. No sabía qué otra cosa hacer. Se reía, y le avergonzaba reírse, y le avergonzaba ella, y le avergonzaba avergonzarse, y debajo de todo eso había otra cosa, algo a lo que no llegaba: la sensación, cuando la veía inclinarse hacia Tomás en el sofá desfondado y tocarle la muñeca, de que ella buscaba en esos muchachos algo que no había encontrado en su padre y que tampoco encontraría en ellos, y de que él, Karl, sabía qué era, y no habría podido nombrarlo aunque le fuera la vida en ello.
Algunos de los muchachos se sentían halagados y a otros les repelía. Uno de ellos, un estudiante de derecho de la capital, mayor que los demás, no volvió al piso después de una visita en la que ella estuvo sentada a solas con él en la escalera durante una hora. Otro, el más joven, fue a ver a Karl una semana después de una de sus visitas y le preguntó, tartamudeando, si a su madre le molestaría que él le escribiera. Karl le dijo que no lo sabía. Nunca se lo preguntó a ella. Nunca supo si el muchacho llegó a escribirle.
*
«Y después se casó con el profesor», dijo Josephine.
Lo dijo con algo parecido al desafío, como si fuera la respuesta a un argumento que nadie había planteado.
El profesor había llegado después de la sentencia. Su madre había decidido, el año en que se dictó el divorcio, que iba a estudiar derecho. Tenía cincuenta y dos años. Había dejado el colegio a los dieciséis. Para entrar en la facultad de Nuevo Albor necesitaba aprobar los exámenes de matemáticas y ciencias que hacían todos los bachilleres, y lo había olvidado todo, si alguna vez lo había sabido, así que contrató a un profesor particular: un maestro de matemáticas de uno de los liceos públicos, un hombre callado y serio quince años menor que ella, de anteojos y modales suaves, que mantenía con un sueldo de maestro a su madre viuda.
Iba a la casa tres noches por semana. Se sentaba con ella a la mesa del comedor donde alguna vez se habían lanzado platos, y le enseñaba álgebra, con paciencia, con un lápiz y un bloc de papel cuadriculado, y ella aprendió. Aprendió despacio y con gran esfuerzo y con una determinación feroz que ninguno de sus hijos le había visto nunca, y cuando aprobó los exámenes él lloró. Ella se enamoró de él, o decidió que se había enamorado, y él de ella, o se dejó persuadir; y él decidió, a los treinta y cinco años, presentar también los exámenes y entrar en la facultad con ella, y estudiar derecho a su lado. Entraron el mismo año. Se sentaron en las mismas aulas entre estudiantes que por edad podían ser los nietos de ella. Y dos años antes de graduarse, en una pequeña ceremonia en la capilla de la facultad sin más hijos presentes que Ludwig, se casaron.
«Fue bueno con ella», dijo Josephine. «Durante un tiempo. Fue el único que la tomó en serio».
«Lo que tomó en serio fue su dinero», dijo Johnathan.
«Ella no tenía dinero. De eso te encargaste tú».
Esta vez el silencio fue de otra clase. A Johnathan se le quedó quieta la cara. Josephine no le apartó la mirada. Ludwig empezó a decir algo y se calló. Karl, entre los dos, miraba a uno y a otro y sintió que la mesa se inclinaba bajo todos ellos, como se había inclinado el piso del comedor cuando la sopera dio contra el marco de la puerta y la sopa se extendió despacio hacia sus pies.
Fue Ruth quien habló. Casi no había dicho nada en toda la noche. Habló ahora desde el extremo de la mesa, de espaldas al cuartito donde había dormido su madre, con la misma voz clara y pequeña que había usado en el estrado más de treinta años antes.
«Se casó con él», dijo Ruth, «porque fue el primer hombre que le enseñó algo sin pedirle nada a cambio. Al principio, por lo menos». Bajó la vista a su plato. «Eso es todo. No es complicado».
Nadie le respondió. Al cabo de un momento salió la mujer de Ludwig con el café, y la conversación se movió, como se movían siempre sus conversaciones, un poco al costado de donde había estado, y las polillas siguieron chocando contra los bombillos.
Karl miraba a su hermana tomarse el café. Pensaba en lo que había dicho: el primer hombre que le enseñó algo sin pedirle nada a cambio. Pensaba en con quién estaba comparando al profesor cuando lo dijo. Y comprendió que Ruth acababa de decirles algo, delante de todos, bajo los bombillos desnudos, con una voz tan pareja que nadie la había oído, y que lo había hecho a propósito, y que sabía que él era el único que lo oiría.
11. El título y el bufete
Los papeles de su madre estaban en el cuartito del fondo del huerto de Ludwig, en seis cajas de cartón apiladas contra la pared bajo la ventana, donde Ludwig las había puesto después de la clínica y no las había vuelto a abrir. Había preguntado si alguno de ellos revisaría las cajas antes de que todos volvieran a dispersarse. Josephine había dicho que lo haría ella. El sábado por la mañana Karl la encontró ya allí, sentada en la cama estrecha donde había muerto su madre, con la primera caja abierta en el suelo entre los pies y su contenido extendido sobre la colcha.
No alzó la vista cuando él entró. Tenía una fotografía en la mano.
Mostraba a su madre con toga negra y birrete negro con borla, de pie en la escalinata de la facultad de Nuevo Albor bajo un sol radiante, con un diploma enrollado y atado con una cinta en una mano y, en la otra, apretada contra el pecho, una medalla con cordón azul. Tenía sesenta y dos años. El pelo, bajo el birrete, era blanco y estaba cuidadosamente peinado. No sonreía, exactamente; miraba de frente a la cámara con una expresión que Karl sólo le había visto una vez antes, en una fotografía de periódico que él había recortado a los trece años y guardado dentro de un libro. Era la mirada de una mujer a quien toda la vida le han dicho que cierta sala no es para ella y que acaba de entrar en ella.
«Mírala», dijo Josephine.
Karl la miró. Se sentó en el suelo con la espalda contra la pared, se puso la siguiente caja sobre las rodillas y la abrió.
*
Se había graduado el año en que Karl cumplió treinta y cinco. Él no había ido. Estaba en Toronto y no podía costearse el viaje, o se dijo que no podía; y ella le había mandado la fotografía con una nota al dorso con su letra grande y segura, la letra de la estampita del misal blanco, diciendo que lo había logrado, que lo había logrado por fin, que ya nadie podía quitárselo. Él había puesto la fotografía en su escritorio. Se había sentido orgulloso de ella, con un orgullo tan mezclado con otras cosas que no habría podido separar sus hebras: asombro, y algo cercano a la incredulidad, y una pequeña pregunta fría que no le gustaba mirar.
La pregunta era cómo. Había dejado el colegio a los dieciséis. Había necesitado un profesor para aprender álgebra a los cincuenta y dos. Se había sentado en las aulas de la facultad durante siete años, entre estudiantes que podían ser sus nietos, y Karl había sabido por Ludwig que le costaba, que reprobaba exámenes y volvía a presentarlos, que había materias que no parecía dominar por mucho que estudiara. Y luego, en sus dos últimos años, se acabaron los suspensos. Aprobó todo. Aprobó algunas materias con distinción. Se graduó con medalla.
Se había hecho la pregunta. No la había formulado. Era la costumbre de la familia.
*
En la segunda caja, debajo de un fajo de sus viejos apuntes de clase atados con un cordel, encontró la carta.
Estaba en papel membretado de la legislatura del estado, una hoja de papel crema grueso doblada en tres, y estaba dirigida al decano de la facultad de derecho. Tenía fecha de la primavera de su quinto año. La firmaba un diputado cuyo nombre Karl no reconoció, miembro del partido de los nacionalistas, el partido de monseñor Ibarra, que para entonces llevaba quince años muerto. La carta era breve. Le recordaba al decano que la señora Jennifer había sido la primera mujer elegida a la asamblea del estado, que había renunciado a su escaño en circunstancias dolorosas, y que el partido no había olvidado sus servicios. Expresaba la confianza del diputado en que la facultad tendría en cuenta las dificultades excepcionales que afrontaba una mujer de su edad para terminar sus estudios, y le brindaría toda consideración. Concluía con la seguridad de la alta estima del diputado y de su constante interés por los asuntos de la facultad, cuyo presupuesto se encontraba entonces ante la asamblea.
Karl la leyó dos veces. Luego se la tendió a Josephine sin decir palabra.
Ella la leyó. Él le observaba la cara. La vio leerla hasta el final y luego volver al principio, como había hecho él, y leerla otra vez, despacio, y vio cómo se le subían los colores a las mejillas.
«¿Y?», dijo ella.
«Pues creo que ya sabemos cómo aprobó».
«Crees que lo sabes». Josephine dobló la carta por sus viejos pliegues. «Una carta pidiendo consideración. Eso es todo. Todo estudiante de este país con un primo en el gobierno tiene una carta así en una gaveta. No quiere decir que ella no hiciera el trabajo».
«Yo no dije que no lo hiciera».
«No te hizo falta». La dejó sobre la colcha junto a la fotografía. «Llevas toda la semana haciéndolo, Karl. Cada caja que abrimos, cada historia que alguien cuenta, encuentras el punto donde cede. Papá tenía sus defectos pero era un gran hombre. Mamá tenía sus momentos pero era un fraude. Ésa es tu historia. Siempre ha sido tu historia».
Karl no respondió. Volvió a meter la mano en la caja y sacó un fajo de folletos sujetos con una liga que se había podrido y pegado al papel.
*
Había ido a Ginebra el año antes de sus exámenes finales. Karl recordaba la postal: una vista del lago con la gran fuente lanzando su penacho contra las montañas, y al dorso, con la letra grande y segura, que estaba allí para estudiar los derechos de la mujer en su fuente, entre las naciones. Había ido a las oficinas de las Naciones Unidas junto al lago, con una carta de presentación de la facultad, y había pasado una semana en su biblioteca y sus salas de lectura, y había vuelto a casa con una maleta llena de documentos. Después hablaba de aquello como del gran viaje de su vida. Hablaba de él, decía Ludwig, más a menudo que de sus hijos.
Éstos eran los documentos. Karl quitó la liga podrida con todo el cuidado que pudo y los extendió en el suelo. Resoluciones de la Asamblea General. Informes de una comisión sobre la condición de la mujer. Una convención sobre la eliminación de la discriminación, en tres idiomas, con las firmas de las naciones al final. Eran de esas cosas que se pueden recoger a brazadas de cualquier estante de cualquier oficina pública, y él había esperado encontrarlos intactos. No lo estaban. Los habían leído. Había pasajes subrayados a lápiz, con fuerza, a veces dos veces. En los márgenes, con la letra de su madre, había notas: una palabra, una fecha, un signo de interrogación, uno de exclamación. En la convención, junto a un artículo sobre la igualdad de la mujer ante la ley en el matrimonio y su disolución, había escrito una sola palabra en mayúsculas y la había subrayado tres veces. La palabra era SÍ.
Josephine se había bajado de la cama y estaba arrodillada a su lado en el suelo. Pasaba despacio las páginas de la convención, mirando los subrayados, las notas.
«Ahí», dijo en voz baja. «Mira. Mira eso».
Karl miró. Vio los subrayados, y la palabra en mayúsculas, y los signos de exclamación en los márgenes. Vio que ella había leído aquellas páginas con pasión. Vio también que las notas se interrumpían de golpe a un tercio de cada documento, y que las páginas restantes estaban limpias, sin cortar en un caso, como si su pasión tuviera un límite y el límite llegara pronto. Vio que no había nada más en la caja: ningún ensayo, ninguna tesis, ningún artículo, ninguna carta a ningún periódico, ningún registro de ningún caso que ella hubiera llevado por alguna mujer que necesitara lo que esas páginas describían. Los folletos eran todo. El viaje a Ginebra era todo.
«Esto le importaba», dijo Josephine. «Se ve que le importaba».
«Sí», dijo Karl. «Se ve que le importaba».
No dijo el resto, y Josephine lo oyó no decirlo, y se quedaron arrodillados uno junto al otro en el suelo del cuarto donde había muerto su madre, con sus folletos extendidos entre los dos, viendo cada uno en los mismos márgenes escritos a lápiz exactamente lo que había venido a ver.
*
El bufete era el capítulo más extraño, y el que ninguno de ellos había sabido contar nunca.
Cuando su madre obtuvo el título, no abrió despacho propio, ni buscó un puesto en alguno de los bufetes de Nuevo Albor que quizá habrían aceptado a una mujer de sus años por su medalla y la carta de su diputado. Fue al bufete de su exmarido. Fue con su nuevo marido, el profesor, que se había graduado con ella. Y Henrich, que se había sentado frente a ella durante seis años de litigio, que había roto con una silla todas las ventanas de la planta baja de la casa cuando ella presentó la demanda, les dio un despacho.
Karl lo vio en una visita a casa, el año después de su graduación. Estaba al fondo del pasillo donde él había archivado carpetas de muchacho, un cuartito con una ventana a un patio de luces, y en la puerta, con las mismas letras doradas que las de Henrich y las de Johnathan, estaba su nombre. El despacho del profesor estaba al lado. Dos puertas más allá, el de Johnathan. Más allá, el gran despacho de esquina con ventanas a dos lados que había sido de su padre durante treinta años. Y al otro lado del pasillo, en un escritorio frente a la puerta de su padre, donde alguna vez se había sentado doña Elvira ante su máquina de escribir, estaba sentada Ruth.
Karl se quedó en el extremo del pasillo mirando las puertas a todo lo largo. Henrich. Johnathan. Jennifer. Ruth en su escritorio, escribiendo a máquina, con la cabeza inclinada, las manos pequeñas moviéndose sobre las teclas. Tuvo la sensación que a veces tenía en sueños, la de entrar en una habitación donde todos los muertos y los vivos de su vida estaban reunidos como para una fotografía, cada uno en un sitio que no tenía sentido y que sin embargo parecía haberle sido asignado.
Su madre se lo explicó en su pequeño despacho con la ventana al patio de luces. Dijo que se lo había ganado. Dijo que le había dado a aquel hombre veinticinco años y cinco hijos y su escaño en la asamblea y su tienda y su salud, y que se lo habían pagado con un acuerdo que a él le dejaba todo, y que lo mínimo que él le debía ahora era una puerta con su nombre en su propio edificio. Dijo que no se avergonzaba. Dijo que era justicia, de alguna manera. Dijo que pensaba ejercer en la defensa de menores, de niños a quienes sus padres fallaban, y que lo haría bajo su techo para que él tuviera que verlo.
Karl miró por la puerta abierta de su despacho, al otro lado del pasillo, a Ruth escribiendo a máquina en su escritorio frente a la puerta de su padre.
Su madre vio hacia dónde miraba. Dejó de hablar. Por un momento ninguno de los dos dijo nada, y el ruido de la máquina de Ruth cruzaba el pasillo, constante y parejo, como la lluvia.
Luego su madre dijo: «¿Quieres un café?», y se levantó a buscarlo, y el momento pasó, y nunca se mencionó, y Karl se quedó sentado en el pequeño despacho con la ventana al patio de luces preguntándose si la mujer que había vuelto a ese pasillo a defender a los hijos de otros lo había elegido a pesar de lo que sabía, o por eso mismo, o sin permitirse saber que hubiera relación alguna.
*
El segundo matrimonio no duró mucho en aquel pasillo. El profesor se fue; volvió a la enseñanza, y a su madre viuda, y no se le volvió a ver en el bufete. Karl nunca supo por qué. Su madre sólo decía que había sido una decepción, como todos los hombres que había conocido, y que ella había sido una tonta. Josephine decía que lo habían echado. Johnathan decía que se había llevado lo que vino a buscar. Ludwig no decía nada.
Y en la primavera siguiente a su partida, su madre, en un almuerzo en el viejo hotel de la plaza al que había invitado a todos los hijos que estaban en el país, se levantó de la silla al final de la comida con una copa en la mano y anunció que tenía algo que decirles. Dijo que había estado pensando mucho. Dijo que había llegado a comprender que dejar a su padre había sido un error. Dijo que se había equivocado al divorciarse de él, que ojalá no lo hubiera hecho, y que quería que sus hijos lo supieran.
Karl estaba allí. Había bajado en avión para un entierro y se había quedado unos días más. Recordaba el silencio en la mesa, más largo que el silencio después de que la tía dijera Julián, más largo que el silencio después de la medida cautelar. Recordaba a Johnathan dejando el tenedor. Recordaba a Ludwig alargando la mano para tomar la de su madre, con suavidad, como se toma la mano de alguien que ha empezado a decir cosas extrañas. Recordaba a Ruth, en el otro extremo de la mesa, sin moverse en absoluto.
Y recordaba que su madre, después de decirlo, volvió a sentarse, tomó la copa y bebió, y miró alrededor de la mesa a los cinco con una expresión de gran serenidad, como si por fin hubiera dejado algo en el suelo; y que fue la primera vez que Karl se preguntó si ella empezaba a perder la cabeza.
*
Josephine devolvía los folletos a la caja, uno por uno, alisando cada uno antes de dejarlo.
«Fue la primera mujer en la asamblea», dijo, sin mirarlo. «Fue a Ginebra. Sacó un título de derecho a los sesenta y dos. Defendió a niños. Pienses lo que pienses, Karl, ella hizo esas cosas. Son verdad».
«Son verdad», dijo Karl.
«Entonces, ¿por qué no te bastan?».
Él miró la carta sobre la colcha, en su papel crema, con la firma del diputado y el presupuesto ante la asamblea. Miró la fotografía a su lado, el pelo blanco bajo el birrete negro, la medalla con su cordón azul, la cara de una mujer que acaba de entrar en una sala que le dijeron que no era para ella.
«No lo sé», dijo. «No sé por qué no me bastan».
Josephine puso la tapa a la caja y la apretó con las dos manos, y la mantuvo así, como si algo de dentro pudiera escaparse de otro modo.
12. Josephine
La noche antes de volver a Buenos Aires, Josephine le pidió que fuera a su habitación.
Se lo dijo en la puerta de la casa de Ludwig cuando se iban, en voz baja, para que los demás no la oyeran: no en el bar, en su habitación, a las nueve. Karl fue. El pasillo del hotel era largo y penumbroso y olía a cera de piso, como los pasillos del palacio de justicia al otro lado de la plaza, y la habitación al fondo era más grande de lo que él esperaba y casi desnuda, de techo alto y ventanales con persianas, con la maleta ya hecha y cerrada sobre el portamaletas al pie de la cama. Había pedido una botella de vino y dos copas. Las sirvió antes de que él se sentara.
«Te debo algo», dijo, «después de la otra noche. No fui justa contigo».
«Estabas enojada».
«Sigo enojada. Eso no es lo mismo que ser justa». Se sentó en el sillón junto a la ventana y sostuvo la copa con las dos manos. «Tú me contaste lo que sabes. Yo te voy a contar lo que sé. Después puedes hacer lo que quieras con las dos cosas».
*
Era la cuarta hija, nacida en Los Mirtos en los meses de calor, dos años antes de que la familia llegara a Nuevo Albor. Había crecido, dijo, sabiendo que no la esperaban.
«Él me lo dijo. ¿Lo sabías? Cuando yo tenía siete u ocho años. Yo había hecho algo, había roto algo, no me acuerdo, y él estaba furioso, y dijo que nunca había querido un cuarto hijo, que tres eran una familia y cuatro una carga, y que Mamá se había empeñado. Lo dijo en la mesa. Tú estabas. Johnathan estaba. Nadie dijo nada». Bebió. «No te acuerdas».
Karl buscó en su memoria y no encontró nada: una mesa, una voz alzada, quizá un plato, pero nada que pudiera retener. Se lo dijo.
«No. Claro que no. No era la clase de cosa que tú vigilabas». Lo dijo sin amargura, como un hecho. «Tú siempre estabas pendiente de él y de Mamá. Vigilabas las cosas grandes, los platos y las puertas. Nunca vigilaste lo que les hacía a los pequeños. Me llamaba la sobrante. Durante años. La sobrante. No delante de las visitas, sólo en casa, y sólo cuando Mamá no estaba en la habitación. Yo creía que era mi nombre».
Dejó la copa en el alféizar.
«Así que cuando me dices que era un gran hombre con defectos, Karl, tienes que entender que yo nunca conocí al gran hombre. Sólo conocí los defectos. Tú tuviste un padre que te llevaba a los tribunales y te compraba pan azucarado. Yo tuve un padre que me dijo que no debí haber nacido. Las dos cosas son verdad. Sólo que no son el mismo padre».
Karl no dijo nada. Pensó en el café frente al palacio de justicia y en el vaso de agua llevado a la mesa con las dos manos, y en la voz de su padre diciéndole que sabía pedir cualquier cosa con humildad, y que eso era un don. Pensó en el calor que lo había atravesado, la sensación de ser examinado y hallado digno. Había guardado ese calor durante cuarenta años. Nunca se le había ocurrido preguntarse qué les había costado a los demás que el digno fuera él.
*
Se había ido del país en el invierno de su vigésimo año.
Karl conocía el contorno de la historia; todos lo conocían. Fue el año de la devaluación y los toques de queda, cuando el ejército salió a las calles de Arenales y luego a las de Nuevo Albor, y la gente empezó a desaparecer de sus casas por la noche. Josephine estaba en la universidad de la capital, estudiando letras y dirigiendo con unos amigos una pequeña compañía de teatro en el sótano de una iglesia. La compañía había montado una obra de un autor extranjero, una obra sobre un rey que no quería morirse, y alguien del público había decidido que el rey aludía a alguien en particular. A dos de los actores se los llevaron de su apartamento. Josephine volvió a Nuevo Albor en el autobús nocturno, se quedó una semana en su cuarto y luego, una mañana, ya no estaba. Un mes después llegó una carta de Buenos Aires.
Lo que la familia se contó después, a la manera en que las familias se cuentan las cosas, por insinuación y repetición hasta que la insinuación se endurece en hecho, fue que se había llevado el dinero de su madre. El patrimonio estaba congelado; de eso se había encargado Quintero. Pero su madre tenía sus ahorros de la tienda, guardados en un sobre en la gaveta de la cómoda debajo del misal blanco, y sus joyas, que no eran muchas pero eran suyas. Y cuando Josephine se fue, el sobre estaba vacío y las joyas habían desaparecido, todas menos el broche de la libélula, que su madre llevaba puesto.
«Yo no lo tomé», dijo Josephine. «Ella me lo dio».
Karl la miró.
«Vino a mi cuarto la noche antes de que me fuera. Yo no le había dicho a nadie que me iba; ni siquiera lo había decidido. Entró, se sentó en la cama, me puso el sobre en el regazo y encima las joyas en un pañuelo, y me dijo: vete. Me dijo: aquí no hay nada para ti. Me dijo: yo me quedé, y mírame. Vete». La voz de Josephine no cambió, pero sus manos se habían encontrado en el regazo y se aferraban la una a la otra. «Le dije que no podía aceptarlo. Era todo lo que tenía. Me dijo que ella tenía una casa y un marido que tendría que mantenerla le gustara o no, y que yo tenía un cuerpo que el ejército echaría a una zanja. Así me lo dijo. Luego me dio un beso y salió, y yo pasé la noche en vela con el sobre sobre el pecho, y por la mañana tomé el primer autobús a la frontera».
«¿Por qué nunca lo dijiste?».
«¿A quién se lo iba a decir?». Josephine lo miró. «¿A Papá? Él le contó a todo el mundo que yo la había robado. Lo contaba en el club. Fue la mejor historia que tuvo ese año; demostraba todo lo que siempre había dicho de mí. Johnathan le creyó. Ruth creía lo que Papá creyera. Ludwig era un niño. Y tú estabas en Arenales, y luego en Canadá, y cuando venías me mirabas exactamente como me has estado mirando toda esta semana, como si yo fuera un documento que intentabas autenticar». Negó con la cabeza. «Y Mamá nunca dijo nada. Ni una vez. Dejó que todos creyeran que yo lo había tomado. Años después le pregunté por qué, por teléfono, y me dijo que era mejor así. Dijo que si Papá hubiera sabido que ella me lo había dado, habría encontrado la manera de hacérselo pagar. Así que dejó que lo pagara yo».
«¿Y al final?», dijo Karl. «¿Cuando ella no tenía nada?».
Era la pregunta que no había querido hacer. Era la pregunta que había estado debajo de todas las demás. Josephine la oyó, y él la vio oírla, y la vio decidir responderla.
«Yo no estaba aquí», dijo. «Ésa es la verdad y no la voy a adornar. Al final ella no tenía más que la casa, vacía y con goteras, y los médicos y las enfermeras se llevaron todo lo demás; Ludwig tuvo que traspasar el local de la tienda y vender los últimos bonos. Yo mandé lo que pude. No fue mucho. Tenía un marido enfermo y una editorial que nunca dio dinero y dos hijos en el colegio. No volví. Me decía que no podía pagar el pasaje, y era cierto, y también era cierto que no soportaba verla en aquel cuarto al fondo del huerto de Ludwig sin saber quién era yo». Calló un momento. «Le mandé poemas en vez de eso».
*
Había empezado, dijo, con una llamada telefónica el año después de la muerte de su padre. Su madre tenía setenta y un años, ya no ejercía y le asustaba la manera en que los días habían empezado a escapársele. Le había dicho por teléfono que de muchacha escribía poemas, en el convento y en los primeros años de su matrimonio, cuadernos llenos, y que su padre los había quemado todos una noche en el jardín de El Almendral en un arrebato cuyo motivo ella ya no recordaba.
«No sé si era verdad», dijo Josephine. «Nunca lo he sabido. Johnathan dice que se lo inventó. Ruth dice que Papá nunca quemó nada en su vida salvo los nombres de los enemigos de sus clientes. Quizá los quemó. Quizá los quemó ella misma y lo olvidó. Quizá nunca hubo cuadernos. No importa. Ella lo creía. Y yo le dije: entonces escríbelos otra vez. Escribe lo que recuerdes. Escribe otros nuevos. Mándamelos».
Y eso hizo. Durante tres años, hasta que las manos ya no le sostuvieron la pluma, su madre había mandado poemas a Buenos Aires, unos pocos versos cada vez, en papel de correo aéreo, con la letra grande y segura que se volvía más pequeña y menos firme en cada carta. Algunos, decía, eran los antiguos, recordados. Otros eran nuevos. Josephine los había pasado a máquina, los había corregido muy levemente y los había impreso en la pequeña editorial que llevaba con su marido, cincuenta ejemplares, encuadernados en cartulina gris, y le había mandado uno a cada uno de sus hermanos.
«A ti te llegó uno», dijo. «Sé que te llegó. Tengo el recibo del correo».
A Karl le había llegado. Recordaba el sobre de cartulina gris llegando a Toronto con la nieve, y el librito de dentro, y el título en la cubierta, Lo que el fuego no quiso. Recordaba haberlo puesto en un estante. Había tenido la intención de leerlo. Había leído la primera página, de pie junto al estante, y luego había sonado el teléfono, y lo había vuelto a poner en su sitio, y nunca lo había vuelto a sacar. No sabía por qué. Sólo sabía que le había tenido miedo, de una manera que no sabía explicar, como había tenido miedo del agua oscura vista desde el borde de la piscina.
Josephine lo observaba. Vio que no lo había leído. No lo dijo. Se levantó, fue a su maleta, la abrió y sacó, de debajo de la ropa doblada, un ejemplar del libro gris, gastado en las esquinas, con tiras de papel marcando páginas. Se lo tendió.
«Página treinta y uno», dijo. «Léelo esta noche. Aquí no. No quiero verte leerlo».
*
Lo leyó en su propio cuarto, en la pensión cerca de la catedral, a las dos de la madrugada, sentado en el borde de la cama con la lámpara encendida.
En la página treinta y uno había dos poemas. El primero no era de su madre. Una nota en letra pequeña, al principio, la nota de Josephine como editora, decía que lo había escrito la editora a los dieciséis años y que había aparecido entre los papeles de la autora, que lo había guardado treinta y cinco años, y que se incluía porque el poema siguiente era la respuesta de la autora. El poema era breve y torpe, un poema de muchacha, todo pájaros y alas y cielo abierto, y Karl lo leyó y sintió subir la vieja vergüenza, la vergüenza de las mesas de domingo y del camino de vuelta desde el patio, y luego, en los dos últimos versos, sintió que se detenía:
Si vuelo dirán que robé el viento.
Si me quedo dirán que nací para la jaula.
Debajo estaba la respuesta de su madre. Tenía fecha, según la nota de la editora, del mes y el año en que Josephine había cumplido dieciséis años. Karl hizo la cuenta sin querer. Era cuatro años antes de los toques de queda. Era cuatro años antes del sobre y el pañuelo y el autobús nocturno a la frontera.
Vuela, pues, ladronzuela.
Llévate el viento y no lo devuelvas.
Yo le di el mío a una casa de muro alto
y supe tarde que los muros son sólo piedra,
que pude haberlos trepado cualquier noche
y no quise.
Elige.
Karl lo leyó tres veces. Luego apagó la lámpara y se quedó sentado a oscuras.
Pensó en el muro blanco alrededor de la piscina de El Almendral, encalado todos los años antes de las lluvias, y en la porción de cielo que encerraba, que había parecido no pertenecerle a nadie. Pensó en su madre dormida en el cemento junto al guardafango con los zapatos puestos en orden a su lado. Pensó en un sobre en la gaveta de una cómoda debajo de un misal blanco, y en la mano que lo había sacado, y comprendió que durante treinta años había creído, sin examinar nunca la creencia, que la mano era de Josephine. Nunca lo había preguntado. Había oído a su padre contarlo en el club y había dejado que se endureciera en él como todo lo demás, y él, que se enorgullecía de mantener lo sabido aparte de lo contado, lo había archivado como sabido.
Y sin embargo. Sentado a oscuras, se obligó a seguir. El poema tenía fecha de cuatro años antes de la huida; probaba que su madre había deseado que su hija se fuera, no que le hubiera dado el sobre. El relato de Josephine era de Josephine. Su madre nunca lo había confirmado, y ya no podía hacerlo. Su padre había contado otra historia, y su padre había mentido sobre muchas cosas, y también, Karl lo sabía, a veces había dicho la verdad. El poema no lo resolvía. Nada lo resolvería. Sólo estaban los dos versos de la muchacha y los siete de la mujer, uno junto al otro en la página treinta y uno, y el espacio entre ellos, que era el espacio en el que su hermana había vivido toda su vida.
No durmió. A las seis bajó por el pueblo vacío hasta la plaza y se quedó frente al hotel mirando las puertas. A las siete y cuarto salió Josephine con su maleta y un botones que le llevaba el bolso, y el botones le paró un taxi, y ella esperó en la acera con sus lentes oscuros, muy derecha, muy elegante, una mujer que había robado el viento o a quien se lo habían dado, y Karl se quedó al otro lado de la plaza y no fue hacia ella.
Llegó el taxi. Ella subió. Justo antes de que se cerrara la puerta volvió la cabeza y miró al otro lado de la plaza, directamente hacia él, como si hubiera sabido todo el tiempo que él estaría allí. No hizo ningún gesto de despedida. Levantó un poco una mano del regazo y la dejó caer.
Él seguía con el libro gris en la mano. No se le había ocurrido devolverlo.
13. Ruth
La invitación de Ruth llegó en una tarjeta, entregada a mano, dejada en la recepción de la pensión: almuerzo el domingo, a la una, en el apartamento. No decía qué apartamento. No le hacía falta.
Estaba al otro lado de la ciudad, en la ladera que subía hacia las colinas, en un edificio de los que estuvieron de moda en los años posteriores al divorcio: concreto blanco, balcones profundos, un vestíbulo con una pared de espejo y un conserje en una caseta. Karl dio su nombre. El conserje llamó arriba, escuchó, colgó y dijo que la señorita lo esperaba, octavo piso, y Karl subió en un ascensor forrado de madera oscura que olía levemente a la colonia de su padre, o así le pareció, y supo mientras subía que el olor estaba en él y no en el ascensor.
Ruth abrió la puerta antes de que él tocara.
Llevaba un vestido gris, como en la notaría, y un delantal encima, y el pelo recogido. Le dio un beso en la mejilla. Le tomó la chaqueta y la colgó en un armario junto a la puerta, al lado de un abrigo oscuro y pesado que Karl reconoció con una sacudida que le recorrió todo el cuerpo: era de su padre. Estaba colgado allí como si su dueño acabara de llegar y fuera a necesitarlo otra vez por la mañana.
«Pasa», dijo Ruth. «Ya casi está».
*
El apartamento era grande y luminoso. La sala principal daba a la terraza por la que su padre lo había elegido, y más allá de la terraza la ciudad descendía en una larga pendiente de tejados hacia la llanura, y por encima de los tejados, al otro lado, las colinas se alzaban azules en la calina del mediodía. Karl se quedó junto a las puertas de vidrio mirando afuera. Había estado allí una vez, hacía años, en una visita, cuando su padre todavía estaba bien y la segunda mujer de su padre todavía vivía allí, y se había parado en ese mismo lugar y le habían ofrecido un trago y se había sentido examinado por una mujer de su edad que llamaba a su padre por su nombre de pila. La segunda mujer se había ido hacía mucho. El apartamento era ahora de Ruth, y era entera y visiblemente de su padre.
Su sillón estaba junto a la ventana, un gran sillón de cuero gastado y descolorido en los brazos. Sus libros estaban en los estantes, los repertorios de jurisprudencia en sus encuadernaciones rojas, las viejas historias de la guerra federal, una hilera de novelas que había leído de joven y no había vuelto a abrir. Su escritorio estaba en el rincón, con el secante bien alineado y las plumas dispuestas al lado, y sobre el escritorio, en un marco de plata, había una fotografía suya en la cumbre de su carrera, corpulento y apuesto a su manera, ante un atril, a mitad de una frase, con una mano pequeña alzada. En la pared, encima del escritorio, había un diploma enmarcado de la universidad de Arenales: máximos honores, una tesis sobre los fundamentos liberales de los derechos humanos.
No se había movido nada. Karl lo entendió sin que nadie se lo dijera. La sala había sido conservada.
Ruth trajo la comida a la mesa junto a las puertas de vidrio y se sentaron uno frente al otro. Había hecho el plato que su madre preparaba los domingos en El Almendral, arroz y caraotas negras y la carne mechada que llevaba toda la mañana, y Karl, al probarlo, se conmovió tanto que por un momento no pudo hablar, y Ruth lo observó con una expresión de leve interés, como si hubiera tenido curiosidad por ver qué efecto le haría.
«Ella me enseñó», dijo Ruth. «En esta cocina. Cuando vivía aquí».
Karl dejó el tenedor.
*
Lo sabía, por supuesto. Todos lo sabían. Pero saber una cosa en sus líneas generales y estar sentado en el lugar donde ocurrió son dos clases distintas de saber, y descubrió que nunca se había permitido imaginarlo.
El año después de la muerte de su padre, cuando los olvidos de su madre habían empezado a ser algo más que olvidos, fue Ruth quien la acogió. No Johnathan, que tenía mujer e hijos y un bufete. No Ludwig, todavía no; estaba construyendo los cuartos de su casa uno por uno y aún no había sitio para ella. No Josephine, en Buenos Aires. No Karl, en Toronto. Ruth había ido una tarde a la casa de Nuevo Albor, había hecho una maleta y había traído a su madre aquí, a ese apartamento, a las habitaciones donde el hombre del que se había divorciado había vivido con la mujer con quien se casó después, la había instalado en el segundo dormitorio y la había cuidado allí durante cuatro años.
Lo contó con sencillez, entre bocado y bocado, como quien describe los arreglos de una casa corriente. Había bañado a su madre y la había vestido y le había cortado la comida. Se había sentado con ella por las tardes en la terraza y le había nombrado las colinas cuando las olvidaba. Le había repartido las pastillas en una cajita con los días de la semana en las tapas. La había llevado al médico en el ascensor forrado de madera oscura y la había tomado del brazo para cruzar el vestíbulo de la pared de espejo, donde su madre se detenía, cada vez, a mirar a la vieja del espejo y a preguntar quién era.
«Le gustaba estar aquí», dijo Ruth. «Al principio. Se sentaba en su sillón. Decía que era el sillón más cómodo de la ciudad y que él siempre se había guardado lo mejor para sí mismo». Ruth se llevó la servilleta a los labios. «A veces creía que él seguía vivo. Me preguntaba cuándo iba a volver a casa. Yo le decía que pronto. Ella decía: qué bien, tengo algo que decirle. Nunca supe qué».
Karl miró el sillón junto a la ventana, gastado y descolorido en los brazos. Pensó en su madre sentada en él, pequeña y de pelo blanco, esperando que un hombre muerto hacía un año volviera a casa para poder decirle algo. Pensó en el almuerzo en el hotel cuando se había puesto de pie con una copa en la mano y había dicho que el divorcio había sido un error.
«¿Por qué aquí?», dijo. «¿Por qué la trajiste aquí?».
Ruth lo miró como si la pregunta le resultara curiosa.
«¿Adónde más la iba a traer? Aquí es donde vivo».
«Pero era de él».
«Sí», dijo Ruth. «Era de él». No añadió nada.
*
Después de comer hizo café y salieron con él a la terraza. Había plantas en macetas a lo largo de la balaustrada, geranios y un limonero y unas hierbas en una larga jardinera, todo muy bien cuidado. Ruth se sentó en una silla de lona a la sombra del toldo y Karl se quedó de pie junto a la balaustrada, mirando ocho pisos más abajo la calle, la caseta del conserje, a un hombre que paseaba un perro.
Había venido con la intención de decir algo. No sabía qué. Se había dicho por el camino, en el taxi, que no lo plantearía, que Josephine tenía razón, que era de Ruth y no suyo; y se había dicho en el siguiente aliento que había vuelto a Nuevo Albor precisamente para plantearlo, que toda una familia había construido su vida sobre no plantearlo, y que si no lo hacía ahora, con su hermana delante en la terraza del apartamento de su padre, no lo haría nunca. Había ido y venido entre esas dos posiciones durante toda la subida, y había llegado a la puerta sin estar más cerca de ninguna.
Ahora, en la balaustrada, de espaldas a ella, empezó.
«Ruth».
«Josephine me llamó», dijo Ruth. «Desde el aeropuerto. Antes de su vuelo».
Karl se volvió. Su hermana estaba sentada en la silla de lona con la taza de café sobre la rodilla, perfectamente compuesta, mirándolo.
«No me dijo lo que le habías contado. Dijo que te había prometido que no lo haría, aunque no creo que eso sea cierto. Dijo que andabas haciéndole preguntas a todo el mundo. Dijo que tenías buena intención». Ruth bebió un poco de café. «Dijo que fuera delicada contigo».
Karl descubrió que no podía hablar.
«No sé lo que sabes», dijo Ruth. «Ni lo que crees saber. No quiero saberlo. Sea lo que sea, es tuyo, Karl. Viste lo que viste. Lo armaste como armas las cosas. Siempre lo hiciste, incluso de pequeño. Te parabas en una puerta y mirabas, y después tenías una historia de lo que había pasado, y era una buena historia, y a veces hasta era verdad. Pero siempre era tuya». Dejó la taza en las baldosas junto a su silla. «Yo tengo la mía. No necesito que nadie la cuente por mí. No necesito que nadie la cuente en absoluto».
El hombre del perro había doblado la esquina. Pasó un carro por la calle de abajo. Karl seguía de pie en la balaustrada con las manos sobre la piedra tibia.
«En esta familia todos tienen una versión», dijo Ruth. «Johnathan tiene la suya. Josephine tiene la suya. Tú tienes la tuya. Ludwig no cuenta la suya, pero la tiene. Mamá tenía como una docena, y las cambiaba según con quién hablara». Por primera vez algo se movió en su cara, algo muy pequeño, en la comisura de la boca, que podía haber sido el comienzo de una sonrisa. «Yo soy la única que no la necesita. Eso es lo que ninguno de ustedes ha entendido nunca».
«Ruth», dijo Karl. «Sólo quiero saber si estás bien».
No era lo que había querido decir. Fue lo que salió. Y por un momento, mirándolo desde la silla de lona, su hermana pareció casi sorprendida.
«Estoy bien», dijo. «Llevo mucho tiempo estando bien».
Él no sabía si creerle. No sabía si ella se lo creía. La miró, sus manos pequeñas y quietas juntas en el regazo, el vestido gris y el pelo recogido y la cara compuesta durante tanto tiempo que él ya no podía ver dónde terminaba la compostura, y comprendió que le había dicho la verdad, o una verdad, o la única verdad que estaba dispuesta a dejar salir de su custodia, y que él nunca sabría cuál.
*
Pasó una cosa más antes de que se fuera.
Había vuelto a la sala principal a buscar la chaqueta, y Ruth había ido a la cocina con las tazas, y él se encontró solo un momento frente al escritorio del rincón con la fotografía en su marco de plata. Junto a la fotografía había algo que no había notado antes: un objeto pequeño, colocado sobre el secante en el centro exacto, como un pisapapeles. Era un broche en forma de libélula. Tenía el esmalte desconchado en un ala.
No lo tocó. Se quedó mirándolo hasta que oyó los pasos de Ruth detrás de él.
«Me lo dio ella», dijo Ruth. «Cerca del final, cuando todavía estaba aquí. Se lo quitó y me lo prendió en el vestido y me dijo que debía tenerlo yo, porque yo era la que se había quedado». Se acercó y se paró a su lado. «Al día siguiente olvidó que me lo había dado y me acusó de robárselo. Se lo dijo al médico. Se lo dijo a Ludwig por teléfono. Dejé que creyera que yo lo había tomado». Ruth bajó la vista al broche sobre el secante de su padre. «No parecía importar. Era la clase de cosa que siempre creyó de sus hijas».
Karl se volvió hacia ella. Ella no lo miraba. Miraba el broche.
«Mamá dijo algo más, ese último año», dijo Ruth. «Una sola vez. Estaba sentada en su sillón, por la noche, y yo le cortaba la comida, y alzó los ojos hacia mí y me dijo: perdóname. Sólo eso. Perdóname. Le pregunté por qué. Me miró como si no supiera quién era yo, y luego miró hacia las colinas, y no dijo nada más».
«¿Y tú qué le dijiste?».
Ruth guardó silencio largo rato.
«Le dije que no había nada que perdonar», dijo. «No sé si era verdad. No sé si sabía con quién hablaba. No sé si se refería a Papá, o al divorcio, o a Josephine, o al broche, o a otra cosa». Alzó por fin los ojos hacia los de Karl. «Se lo dije de todos modos. Alguien tenía que decírselo, y la que estaba allí era yo».
Le dio la chaqueta. Lo acompañó a la puerta. Le dio un beso en la mejilla, y tenía la mejilla fresca, y le dijo que volviera antes de regresar a Canadá, y que comiera más, que estaba demasiado flaco. Luego se cerró la puerta.
En la calle cruzó a la acera de enfrente y miró hacia arriba. Ocho pisos más arriba, en la terraza, una figura pequeña con un vestido gris recorría la balaustrada con una regadera, atendiendo los geranios y el limonero y las hierbas de la larga jardinera, una maceta tras otra, con cuidado, sin prisa. No miró hacia abajo. Karl se quedó mirándola hasta que terminó y entró, y la terraza quedó vacía, y las puertas de vidrio no reflejaron más que las colinas y el cielo.
14. El viejo
El cementerio de Nuevo Albor estaba en la tierra llana del otro lado del río, adonde la ciudad llevaba a sus muertos desde hacía doscientos años, y la tumba de su padre estaba en la parte nueva, cerca del muro, bajo una losa de granito gris que Johnathan había escogido y Ruth había aprobado. Karl fue el lunes, solo, en un taxi que lo esperó en la entrada con el motor encendido.
No había vuelto desde el entierro. Encontró la tumba sin dificultad; tenía buena memoria para los lugares. La losa estaba limpia. Alguien la había barrido y había puesto un frasco con agua a la cabecera, y en el frasco había flores blancas, todavía sin marchitar, de tres o cuatro días. Karl se quedó mirándolas. No le hacía falta preguntar quién las había traído.
La inscripción daba el nombre completo de su padre, y sus fechas, y debajo una sola línea: Abogado. Nada más. Karl la leyó y pensó que era exactamente justa, y exactamente injusta, y que era la clase de cosa que su padre habría elegido si se lo hubieran preguntado, y quizá se lo habían preguntado.
Se quedó junto a la tumba mucho tiempo. El sol le calentaba la nuca. Al otro lado del muro pasó un camión por la carretera de la capital, un solo aliento largo que subía y bajaba, y Karl se encontró, sin decidirlo, de vuelta en el apartamento de la colina, en el último año, cuando su padre tenía setenta y tres y había empezado, despacio y luego de golpe, a desmoronarse.
*
Había empezado en los tribunales.
Ludwig llamó a Karl a Toronto para darle la noticia, porque Ludwig era el que llamaba. Su padre estaba alegando un caso ante la sala de apelaciones de Arenales, un caso que había alegado muchas veces antes de una forma u otra, una herencia, una finca, una familia en guerra consigo misma. Se había puesto de pie para hablar. Había empezado como empezaba siempre, despacio, casi con suavidad, y los jueces se habían inclinado hacia delante para oírlo. Y entonces, a mitad de una frase, se había detenido. Se había quedado ante el atril con la mano pequeña alzada y la boca abierta, mirando al estrado, y no le salió nada. Ni una palabra. Se quedó así casi un minuto, dijo Ludwig, mientras los jueces esperaban y los escribientes lo miraban y el abogado contrario se levantaba a medias de su asiento. Luego bajó la mano y se sentó, y Johnathan, que estaba a su lado, pidió al tribunal un aplazamiento.
Los médicos de la capital le pusieron nombre. Era algo raro, una degeneración de la parte delantera del cerebro, la que gobierna el habla y el juicio y el freno de los impulsos, y seguiría avanzando. No había tratamiento. Habría días buenos y días malos, y luego sólo habría días malos, y luego no habría ninguno.
Karl volvió. Pidió una licencia en su trabajo, tomó un avión, se instaló en la pensión cerca de la catedral, la misma pensión donde se alojaba ahora, y subía todos los días la colina hasta el apartamento de la terraza. Se dijo que se quedaría un mes. Se quedó once.
*
La mujer de su padre no lo quería allí.
Al principio no fue desagradable; fue correcta. Tenía entonces cuarenta y un años, una mujer bien parecida y serena que le había dado dieciséis años a un hombre más de treinta años mayor que ella y empezaba a ver, con gran claridad, lo que iba a obtener a cambio y lo que no. El acuerdo que había firmado antes de la boda, de puño y letra de su padre, no le dejaba nada. Le había pedido, supo Karl después, muchas veces en los últimos años que lo rompiera. Él se había negado. Y ahora estaba enfermo, y estaba perdiendo la cabeza, y había que consultar a médicos y firmar papeles y tomar decisiones sobre sus cuidados y sus asuntos, y ella no deseaba que el hijo de Canadá estuviera presente mientras se tomaban.
No le dejaba ver los informes de los médicos. Le decía al conserje que el señor estaba descansando y que no se le podía molestar. Llevaba a su padre a las citas sin decirle a Karl cuándo eran, y cambió la cerradura del estudio, y una vez, cuando Karl había conseguido que viniera un especialista de la capital, lo despidió en la puerta. Ruth, que seguía viviendo en el apartamento y trabajando en el bufete y volvía a casa todas las tardes a las siete, no le dijo nada a ella de todo aquello. Tampoco le dijo nada a Karl. Se movía entre los dos por los pasillos del apartamento como alguien que cruza una habitación donde dos personas discuten en una lengua que no habla.
Y su padre, en medio de todo eso, se desmoronaba.
*
No ocurrió como Karl lo había imaginado. Había imaginado un apagarse lento, un hombre que se volvía callado y vago y manso. No fue así. La enfermedad no apagó a su padre; lo dejó al descubierto. Le fue quitando, uno por uno, los frenos que había pasado setenta años construyendo, y lo que había debajo salió a la luz.
Se enfurecía. Siempre se había enfurecido, pero ahora no había razón alguna, ni la sombra de una: un vaso puesto demasiado cerca de la mano, una puerta cerrada con demasiado ruido, una palabra que no encontraba. Volvió a tirar la comida, como en el comedor de la vieja casa, y la segunda mujer se quedaba en la puerta con los brazos cruzados mirando, y Karl se ponía de rodillas a recoger el arroz. Le decía cosas a la enfermera que la hicieron irse y no volver. Le decía cosas a su mujer, delante de Karl y de Ruth, sobre su cuerpo y lo que había pagado por él, que la hacían ponerse blanca y salir de la habitación. Lloraba, de repente y sin remedio, por nada, por una canción en el radio, por las colinas.
Y vivía, cada vez más, en el pasado, o en un presente hecho de pasado. Creía que seguía casado con Jennifer. Preguntaba por ella en el desayuno, y cuando su mujer le decía que Jennifer no estaba, él decía que estaría otra vez en las mesas de naipes y que le iba a cerrar la puerta, y se reía. Creía que sus enemigos conspiraban contra él: le pedía a Ruth que le trajera un vaso de agua por la noche y lo pusiera detrás de la puerta principal del apartamento, y se quedaba de pie ante él en la oscuridad, como Karl lo había visto en el zaguán de la vieja casa cuarenta años antes, murmurando entre dientes. Creía que tenía una audiencia. Se vestía por las mañanas con su traje oscuro y esperaba junto a la puerta con el maletín y preguntaba por qué no había llegado el carro.
Y a veces, sin aviso, volvía a ser él mismo. Levantaba la vista desde su sillón junto a la ventana con los ojos claros y sabía exactamente dónde estaba y quién era Karl y qué le había pasado, y decía algo seco y preciso y demoledor sobre los médicos, o el gobierno, o el derecho, y durante unos minutos era como si nada hubiera ocurrido. Luego la lucidez se le iba de la cara como una luz que se apaga en una ventana, y volvía a irse él.
Karl aprendió a esperar esos minutos. Aprendió a reconocerlos cuando venían. Y a medida que pasaban los meses comprendió que había vuelto a Nuevo Albor no sólo para cuidar a su padre sino para esperar uno de esos minutos, y aprovecharlo.
*
Llegó en el octavo mes, una noche de lluvias.
La segunda mujer se había ido a pasar el fin de semana con su hermana en la capital. Ruth se había quedado tarde en el bufete, preparando una audiencia. Karl estaba solo en el apartamento con su padre, y su padre había estado mal todo el día, enfureciéndose y llorando y preguntando por Jennifer, y luego, hacia las nueve, se había calmado en su sillón junto a la ventana y se había dormido. Karl estaba sentado frente a él con un libro que no leía, mirando la lluvia en las puertas de vidrio.
A las diez su padre se despertó, lo miró, y Karl vio enseguida que estaba allí.
«Karl», dijo su padre. «Sigues aquí».
«Sigo aquí».
«Deberías irte a tu casa. Tienes una vida en Canadá». Su padre se acomodó en el sillón. Tenía la voz débil, pero era su voz. «No me voy a mejorar. Lo sabes».
«Lo sé».
Estuvieron un rato callados. La lluvia caía. Karl sentía el corazón latiéndole en el pecho con tanta fuerza que creyó que su padre tenía que oírlo.
«Papá», dijo. «Quiero preguntarte por Ruth».
Su padre lo miró. Nada cambió en su cara. Miró a Karl con los mismos ojos claros, y Karl, sosteniéndoles la mirada, se obligó a continuar.
«Quiero preguntarte qué le hiciste. Cuando era niña. Te vi salir de su cuarto. Yo tenía doce años. Tú me viste. Me dijiste que volviera a la cama». Oía temblar su propia voz y no podía detenerla. «Mamá me lo dijo. En el banco, donde Quintero, el año en que presentó la demanda. Dijo que lo sabía desde que Ruth era pequeña. Lo llevo cargando veinte años. Necesito que me lo digas».
Su padre no respondió. Miró a Karl largo rato. Luego apartó la vista, hacia la lluvia, hacia las formas oscuras de las colinas.
«Tu madre», dijo, «era una mentirosa. Creía en espíritus. Decía que veía colores alrededor de la gente. Habría dicho cualquier cosa».
«En esto no mentía».
«Eso no lo sabes».
«Te vi».
«Viste a un hombre salir de noche del cuarto de su hija». La voz de su padre subió un poco, y se afirmó. «Un padre entra en el cuarto de su hija. Ella tiene fiebre. Tiene una pesadilla. Llama. ¿Qué viste? Viste una puerta. Eras un niño. Siempre estabas mirando, Karl, siempre en las puertas, siempre inventando historias. Inventaste una sobre mí. Te la llevas contando veinte años. Eso no la hace verdad».
Era la voz de la sala de audiencias. Karl la oyó y la reconoció. Era la voz que había sostenido la sala de Nuevo Albor cuando él tenía nueve años, la voz que se movía y no terminaba; débil ahora, quebrada, pero todavía la voz, haciendo todavía lo que siempre había hecho. Y Karl la sintió obrar sobre él. Sintió, sentado frente a su padre en la oscuridad lluviosa, la vieja sensación de ser examinado y hallado insuficiente, y el viejo anhelo de ser hallado digno, y comprendió con horror que incluso ahora, incluso allí, una parte de él quería que su padre ganara.
«Entonces dime que no es verdad», dijo. «Mírame y dímelo».
Su padre se apartó de la ventana y lo miró.
Y Karl vio que la lucidez empezaba a irse. La vio irse. Se le fue de los ojos despacio, como el agua que se escurre de una pila, y lo que quedó no fue la sala de audiencias ni la voz sino otra cosa, algo que miraba a Karl sin reconocerlo y luego, poco a poco, con una furia naciente y terrible.
«¿Quién te dejó entrar?», dijo su padre.
«Papá».
«¿Quién eres? Fuera de mi casa». Forcejeaba por levantarse del sillón, el gran cuerpo alzándose, la cara pequeña ensombreciéndose. «Fuera. Haré que te tiren por la escalera. Sé quién eres. Eres el hombre de Quintero. Eres uno de los de ella. Fuera».
Se levantó a medias del sillón y le lanzó a Karl un manotazo, a ciegas, y falló, y perdió el equilibrio, y Karl lo sostuvo. Recibió el peso de su padre contra sí, como en la escalinata del palacio de justicia, y lo bajó de nuevo al sillón, y su padre volvió a golpearlo, débilmente, con la palma de su mano pequeña, en el hombro y en un lado de la cabeza, y luego se detuvo, y se quedó respirando con fuerza con la boca abierta, mirando a nada.
Entonces, con otra voz, casi de niño, dijo: «Ella fue la única que nunca me dejó».
Karl se arrodilló junto al sillón. No sabía cuál de los dos hombres lo había dicho. No sabía si era una confesión o una negación o ninguna de las dos, si hablaba el padre o la enfermedad, si la enfermedad había dejado algo al descubierto o lo había inventado, si había alguna diferencia. Siguió de rodillas allí con la mano de su padre caída sobre el brazo del sillón junto a su cara, y esperó a que volviera la lucidez, y esa noche no volvió.
Ruth llegó a medianoche y los encontró así. No preguntó qué había pasado. Ayudó a Karl a acostar a su padre. Le dio las gracias, con mucha cortesía, y le dijo que volviera a la pensión a dormir. En la puerta, cuando él se iba, le puso un momento la mano en el brazo, y la retiró, y no dijo nada, y cerró la puerta.
*
La lucidez volvió tres semanas después, una mañana luminosa, durante quizá un cuarto de hora.
Karl estaba sentado con su padre en la terraza. Su padre había estado mirando las colinas. Se volvió hacia Karl y dijo su nombre, y Karl vio que estaba allí, y esperó, y no sabía qué diría si se mencionaba la noche de la lluvia, y no se mencionó. Su padre lo miró un rato con una expresión que Karl no supo leer.
«Deberías volver a Canadá», dijo su padre. «Vete. Aquí no hay nada para ti».
Karl dijo que se quedaría.
«No». Su padre negó con la cabeza. «Ya has hecho bastante. Más que los otros. Más de lo que merezco, seguramente». Lo dijo con sencillez, sin ironía. «Vete a tu casa. Vive. No te quiero aquí al final. No quiero que lo veas».
Luego volvió a mirar las colinas, y al rato la lucidez se fue, y le preguntó a Karl si había llegado el carro.
Karl se fue un mes después. Se fue porque su padre se lo había pedido, y porque la segunda mujer le había hecho imposible quedarse, y porque estaba agotado de un modo que no sabía que fuera posible, y porque no soportaba seguir esperando un cuarto de hora que quizá no volvería nunca. La última mañana su padre no lo reconoció. Karl le dio un beso en la frente de todos modos, bajó en el ascensor forrado de madera oscura y subió al taxi del aeropuerto.
Cuatro meses después su padre sufrió un derrame una noche, lo llevaron al hospital de Nuevo Albor, vivió nueve días sin despertar, y murió. Ruth estaba con él. Karl voló para el entierro y se quedó junto a la tumba bajo el calor viendo bajar el ataúd, y después, en la casa, recibió el pésame de hombres que habían temido a su padre y de mujeres que lo habían amado y de escribientes que no recordaban lo que habían visto en la escalinata del palacio de justicia.
*
Ahora, junto a la losa de granito, con el taxi esperando en la entrada, Karl pensó en las palabras de la terraza. Vete. Aquí no hay nada para ti. Las había cargado durante años como el último regalo de su padre, el regalo de la liberación. Nunca se las había contado a nadie.
Y pensó en Josephine en la habitación del hotel, dos noches antes, contándole lo que su madre le había dicho sentada en el borde de su cama con el sobre en el regazo. Vete. Aquí no hay nada para ti. Yo me quedé, y mírame.
Las mismas palabras. Las mismas siete palabras, de los dos, a dos de sus hijos, en dos décadas distintas, en dos cuartos distintos. No sabía si alguno de los dos había sabido que el otro las dijo. No sabía si significaba algo, o si era sólo lo que los padres de aquel país les decían a los hijos que no podían retener, como quien dice buenos días. Se quedó junto a la tumba dándoles vueltas a las dos frases, poniéndolas una junto a la otra, y no consiguió que coincidieran.
Las flores del frasco eran blancas, y estaban muy frescas. Se agachó y enderezó una que se había inclinado contra el borde. Luego volvió a cruzar el cementerio hasta la entrada, donde el taxi esperaba con el motor encendido, subió, y no miró atrás.
15. Ludwig
Ludwig fue a buscarlo el martes en una camioneta con el nombre de su negocio pintado en las puertas, un comercio de bombas y tuberías de riego para las fincas del valle, y lo sacó de la ciudad por la vieja carretera hacia las colinas.
No le dijo adónde iban. Karl no preguntó. Anduvieron una hora entre cañaverales y luego entre cafetales, por una carretera que se volvía más estrecha y peor, y Ludwig la manejaba como lo hacía todo, sin prisa y sin un movimiento de más, las grandes manos sueltas sobre el volante. Habló del negocio, un poco, y de sus hijos, uno de los cuales quería estudiar en el extranjero y el otro quedarse y hacerse cargo de las bombas. Habló de las lluvias, que se habían retrasado. No habló de la puerta, ni de la notaría, ni de la cena en la terraza, ni de nada de lo que había pasado entre Karl y los demás esa semana, aunque Karl estaba seguro de que lo sabía todo. Ludwig siempre lo sabía. La gente le contaba cosas, como le habían contado cosas a su madre en el cuarto de costura, y él las guardaba.
En lo alto de una cuesta se salió de la carretera y se detuvo.
Abajo se abría un valle, verde y hondo, con un río al fondo y las ruinas de un molino junto al río, y en la ladera de enfrente, entre árboles viejos, las paredes sin techo de una casa. Ludwig apagó el motor. El silencio entró por las ventanillas abiertas, y con él el ruido del río, muy débil, y de los pájaros.
«Valle de las Albercas», dijo Ludwig. «Ésa era la casa del padre de Mamá. La hacienda. Donde ella nació».
Karl miró las paredes sin techo. Nunca las había visto. Había oído el nombre toda la vida, como se oye el nombre de un país en un cuento, y nunca se le había ocurrido venir.
«Me pidió que la trajera», dijo Ludwig. «El segundo año que estuvo con nosotros. Tuvo una buena semana, estaba lúcida, sabía quién era yo, y dijo que quería verla antes de olvidarla. Así que la traje. Nos sentamos aquí, donde estamos sentados. Ella la miró mucho rato y me contó cosas». Calló un momento. «De su padre. De la otra familia que tenía en el pueblo, los hijos a quienes nunca dejaron venir a la casa. De su madre, que murió cuando ella tenía once años, y de su padre un año después, y del cura que vino y se la llevó a las monjas. Del hombre con quien se casó antes que con Papá, el extranjero, que salió una mañana una semana después de la boda y nunca volvió. Yo no sabía nada de eso. No creo que ninguno de nosotros lo supiera».
«Yo sabía algo», dijo Karl. «Por los tíos. Eso no».
«Dijo que nunca se lo había contado a nadie. Ni siquiera a Papá, no todo». Ludwig miró la ladera de enfrente. «Luego, de vuelta a casa, me preguntó quién era yo. Ya lo había olvidado otra vez antes de llegar al pie de la colina».
Se quedaron en la camioneta mirando la casa. Karl pensó en una niña de once años a la que un cura se llevaba de aquellas paredes. Pensó en el convento, y en los seis años, y en las manos que allí habían aprendido a aliviar la espalda de un cura. Pensó en una novia esperando en un cuarto alquilado a un marido que no volvía. Pensó en una mujer en un banco duro de la sala de espera de un abogado, diciéndole a su hijo con voz pareja que lo sabía desde que Ruth era pequeña, y que había decidido que a Ruth le costaría más que a él. Siempre había pensado en esa decisión como en una falta de valor. Mirando la casa sin techo, por primera vez, se preguntó qué significaría haber aprendido tan pronto, y tan a fondo, que todo lo que uno tenía podía serle arrebatado en una sola mañana, y que la única seguridad era el silencio.
No se lo dijo a Ludwig. Ludwig, sospechaba, lo había pensado hacía mucho.
*
En el camino de vuelta Ludwig habló de los tres años.
Habló de ellos como había hablado de las bombas: con llaneza, con sentido práctico, como de una serie de problemas y de las medidas tomadas para afrontarlos. Cuando Ruth ya no pudo arreglárselas sola, cuando su madre había empezado a salir del apartamento de noche y el conserje la había encontrado dos veces en el vestíbulo en camisón, preguntándole al espejo quién era, Ludwig había ido a buscarla. Había terminado ese mes el cuarto del fondo del huerto, el último que construyó, y lo había construido, entendió ahora Karl, para ella, aunque Ludwig no lo dijo. La había instalado allí con su ropa y sus pastillas y su misal blanco y la fotografía con toga y birrete. Había contratado a una enfermera para las noches. Los días los había cubierto él, y su mujer, y sus hijos cuando estaban en casa.
Le había dado de comer. La había bañado, cuando ella se dejaba, y cuando no se dejaba la había dejado estar sucia un día y lo había vuelto a intentar. Se había sentado con ella en el huerto bajo los frutales por las tardes y la había dejado hablar, porque en ese último tiempo hablaba mucho, de todo y de nada, de gente que había muerto y de gente que nunca había existido, y había descubierto que si no la corregía, si simplemente escuchaba, ella estaba más tranquila. Había aprendido las canciones que le gustaban y se las cantaba mal. Le había leído del misal, que ella ya no podía leer sola, y del libro gris de sus poemas, que ella no reconocía como suyos y elogiaba con exageración, diciendo que quien los hubiera escrito debía de haber sufrido mucho.
«Ésa fue la única vez que estuve a punto de perder la paciencia», dijo Ludwig. «Estaba leyendo uno de sus propios poemas, el del muro, y dijo: “Esta mujer era una tonta. Tendría que haberlo trepado”. Y yo le dije: “Mamá, eso lo escribiste tú”. Y ella me miró como si le hubiera dicho algo cruel, y lloró una hora». Negó con la cabeza. «Nunca más la corregí».
Karl miraba las manos de su hermano sobre el volante. Pensó en sus propias visitas en esos tres años: dos, ¿o fueron tres?, de una semana cada una, volando desde Toronto con regalos que ella no entendía, sentado junto a la cama en el cuarto del huerto una tarde, tomándole la mano mientras ella le preguntaba amablemente si venía por lo de las bombas. Pensó en que cada vez había vuelto a Toronto sintiendo que había hecho algo, y en lo poco que había sido.
«Debí venir más», dijo.
Ludwig se encogió de hombros, muy levemente.
«Viniste cuando pudiste. Josephine no pudo venir nunca. Johnathan venía los domingos y se sentaba una hora y le hablaba del bufete. Ruth venía los miércoles». Manejó un rato en silencio. «No importa quién vino. Alguien tenía que quedarse. Yo era el menor. No había nadie detrás de mí a quien dejárselo».
*
En el cuarto del huerto, cuando volvieron, Ludwig sacó un cuaderno de la gaveta de la mesa de noche y se lo dio a Karl.
Era un cuaderno escolar corriente de tapa azul, de los que se venden en todas las papelerías del país, y cuando Karl lo abrió descubrió que era el primero de varios; Ludwig sacó los otros y los dejó sobre la cama, once en total. Estaban llenos de la letra cuidadosa de Ludwig, la letra que había firmado la escritura en la notaría, y eran un registro. Cada día de los tres años tenía su entrada. La fecha. Qué había comido ella, y cuánto. Qué medicinas había tomado, y cuándo. Si había dormido. Si lo había reconocido. Y luego, en una o dos líneas al final de cada entrada, lo que había dicho.
Karl pasó las páginas. Leyó al azar.
Comió la mitad del arroz. Durmió de dos a seis. Me reconoció por la mañana, no después del almuerzo. Dijo: volvieron las libélulas.
No comió nada. La enfermera dice que estuvo inquieta toda la noche. No me reconoció. Dijo: Henrich, cierra las persianas, los vecinos están mirando.
Comió bien. Cantó los boleros. Me reconoció todo el día. Dijo: dónde está Karl. Le dije que en Canadá. Dijo: siempre tan lejos.
Comió sopa. Preguntó por su madre. Dijo: me llevaron en una carreta con el cura y oí el río todo el camino.
No comió. Lloró. Dijo: debí decirlo. Debí decirlo. Le pregunté qué. No contestó.
Karl se detuvo en ésa. La leyó otra vez. Debí decirlo. Alzó la vista hacia Ludwig, que estaba de pie junto a la ventana de espaldas a la habitación, mirando el huerto.
«¿Llegó a decir qué?», preguntó Karl.
«No».
«¿Volviste a preguntárselo?».
«Una vez. Me miró como si yo fuera un extraño y me preguntó si venía a leer el medidor». Ludwig se apartó de la ventana. «Yo anotaba lo que ella decía. Sólo lo que decía. No anotaba lo que yo creía que significaba. Eso no me correspondía». Miró el cuaderno en las manos de Karl. «Sé que tú lo habrías escrito de otra manera. Lo habrías juntado todo. Le habrías dado sentido».
«No sé si tiene sentido».
«No». La voz de Ludwig era suave. «Yo tampoco creo que lo tenga. Por eso no lo intenté».
*
Karl siguió leyendo, toda la tarde, mientras Ludwig entraba y salía del cuarto y su mujer traía café y luego comida y luego se llevaba los platos intactos. Leyó el segundo año y entró en el tercero. Las entradas se acortaban. Ella comía menos. Lo reconocía menos a menudo. Decía menos cosas, y las cosas que decía se volvían más extrañas, retazos de canciones y oraciones y viejas peleas, nombres que Karl no reconocía y nombres que sí.
En los últimos meses empezó a aparecer un nombre nuevo.
No me reconoció. Me llamó Julián. Me tomó la mano.
Me llamó Julián otra vez. Me preguntó si tenía bastante abrigo. Dijo: eras tan chiquito, no me dejaron cargarte mucho rato.
Julián todo el día. Contenta. Me acarició la cara. Dijo: mi primer varón. Mi primer varón volvió.
Karl alzó la vista. Ludwig estaba sentado en la silla al pie de la cama, con las grandes manos juntas, mirándolo leer.
«Creía que eras Julián», dijo Karl.
«Los últimos cuatro meses». Ludwig asintió despacio. «Al principio no sabía quién era Julián. Le pregunté a Ruth. Ruth me lo dijo. El niño, el de antes de Johnathan. Los ocho días». Calló un momento. «Dejé que lo creyera. La hacía feliz. Era lo único que la hacía feliz, al final. Me tomaba la mano y me decía que había vuelto, y yo le decía: sí, Mamá, he vuelto».
Karl pensó en una estampita que caía de un misal blanco sobre una colcha en El Almendral, un ángel con alas como de polilla, y dos fechas separadas por ocho días con la letra de su madre. Pensó en la mesa del domingo y en la cara encendida de la tía y en la puerta de malla cerrándose con su pequeño ruido seco. Pensó en Johnathan, que había llevado toda la vida como segundo nombre el nombre del niño muerto sin pensar nunca en ello, de pie al borde de la piscina amurallada con los brazos un poco separados del cuerpo. A Johnathan le habían dado el lugar. Y al final no había sido a Johnathan a quien su madre había confundido con su primer hijo, sino al último de ellos, al que se había quedado.
Pasó al último cuaderno, a la última página.
La entrada era muy breve.
No despertó. La respiración cambió a las cuatro. Le tomé la mano. A las seis y diez se detuvo. Empezaban los pájaros. Abrí la ventana.
Debajo, con la misma letra cuidadosa, la fecha. Nada más.
Karl cerró el cuaderno. Lo dejó sobre la cama con los demás. Se quedó mucho rato sin hablar, y Ludwig se quedó con él, y por la ventana del cuarto del huerto los frutales se movían un poco en la oscuridad, y en algún lugar de la casa uno de los hijos de Ludwig se reía frente al televisor.
«¿Me los podrías dar?», dijo Karl por fin. «Copias, quiero decir. No los originales».
Ludwig lo pensó.
«¿Para qué?».
Karl no respondió enseguida. Sabía para qué. Lo había sabido desde la primera página. Había vuelto a Nuevo Albor a averiguar qué había pasado en su familia, y aquí, en once cuadernos escolares azules, estaba el único relato de alguna parte de aquello que nadie había moldeado: ninguna versión, ninguna historia, ningún alegato de la defensa ni de la acusación, sólo lo que ella comía y si dormía y lo que decía. Lo quería como había querido, a los nueve años, llevar el vaso de agua hasta la mesa de su padre con las dos manos. Lo quería para convertirlo en algo. Y vio, mirando la cara paciente de su hermano, que eso era precisamente lo que Ludwig se había negado a hacer, y que esa negativa era todo lo que los cuadernos eran.
«No sé», dijo. «Para guardarlos».
Ludwig lo miró un momento más. Luego recogió los cuadernos, los once, los igualó en una pila, los devolvió a la gaveta de la mesa de noche y la cerró.
«Aquí están», dijo. «Cuando quieras leerlos, ven y léelos. Para eso están».
Se levantó, fue a la ventana y la cerró, y corrió la cortina, como había cerrado la ventana del cuartito del fondo del pasillo de arriba en la vieja casa, como cerraba todas las ventanas tras ellos. Luego apagó la lámpara y se hizo a un lado en la puerta para que Karl saliera primero, al huerto, bajo los frutales, hacia la casa iluminada.
16. El viaje y el perdón
Su vuelo era el jueves, a mediodía, desde el aeropuerto de la llanura, debajo de la ciudad. Lo llevó Ludwig. Se lo había ofrecido en la puerta del cuarto del huerto, la noche de los cuadernos, y Karl había aceptado sin protestar, porque no había nadie a quien prefiriera tener al lado esa última hora y porque entendía que era, a la manera de Ludwig, la única forma de despedirse que su hermano conocía.
Salieron temprano. La carretera bajaba de la ciudad atravesando los barrios viejos y luego los nuevos, las paredes a medio construir y los solares vacíos, y luego salía a la llanura, donde la caña crecía hasta el borde del asfalto a ambos lados y las colinas quedaban atrás, azules, cada vez más pequeñas. Ludwig manejaba con las ventanillas abiertas. No hablaba. Karl iba con el bolso a los pies, y en el bolso, entre la ropa, el libro gris con las tiras de papel marcando las páginas, que no había devuelto.
Pensaba en un tren.
*
Había sido el año después de la muerte de su padre, antes de que los olvidos empezaran de verdad. Su madre tenía setenta y un años. Había dicho por teléfono, con la voz que había usado toda la vida para los deseos que no esperaba ver cumplidos, que antes de morirse le gustaría conocer Europa. No los lugares adonde iba todo el mundo. No quería París ni Roma. Quería ver Viena, de donde venían los valses, y Praga, y el río en Budapest. Lo deseaba desde que era una muchacha en el convento, dijo, mirando las láminas de un libro que las monjas guardaban en la biblioteca. Nunca se lo había dicho a nadie.
Karl la había llevado. Había volado desde Toronto para encontrarse con ella en Viena, y ella había venido sola desde Nuevo Albor, la primera vez que cruzaba un océano en avión, con un abrigo nuevo y el broche de la libélula, y él la había encontrado esperando en el vestíbulo de llegadas con la cartera sostenida delante con las dos manos, muy pequeña, muy erguida, mirando a la multitud con la expresión de una mujer que ha entrado en una sala que le dijeron que no era para ella. Cuando lo vio, se le abrió la cara.
Tuvieron doce días. Estuvo lúcida casi todos. Caminó más de lo que él habría creído posible, despacio, de su brazo, por las calles de la ciudad vieja y los palacios y los jardines; se quedó en la gran catedral con la cabeza echada hacia atrás mirando la oscuridad de las bóvedas, y encendió una vela, y no quiso decirle por quién. Por las noches iban a conciertos, y ella se sentaba con los ojos cerrados y las manos quietas en el regazo, y una vez, durante un vals, Karl le vio moverse los labios, y entendió que tarareaba, y que el vals no era el que tocaba la orquesta sino uno de su abuelo, el director de banda, que ella le había oído marcar sobre una mesa de domingo cuarenta años antes.
En Praga, en el viejo puente de piedra, se detuvo ante una de las estatuas, un santo con un halo de estrellas, y le preguntó quién era. Karl no lo sabía. Un guía que estaba cerca y lo oyó les dijo, en un inglés cuidadoso, que era el santo al que un rey había arrojado desde el puente al río porque no quiso revelar lo que la reina le había dicho en confesión. Era, dijo el guía, el patrono de los secretos guardados. La gente tocaba la placa de bronce bajo la estatua para tener suerte. Estaba bruñida por mil manos.
Su madre escuchó todo aquello sin expresión. Cuando el guía se fue, alargó la mano, la puso de plano sobre el bronce brillante y la mantuvo allí un largo momento, con los ojos cerrados. Luego volvió a tomarse del brazo de Karl y siguieron caminando, y ella no dijo nada, y Karl no preguntó. Pensó en ello a menudo después. Nunca logró decidir si había tocado la placa para tener suerte, o en señal de reconocimiento, o como una especie de súplica.
Y en el tren de Praga a Budapest, la tarde del noveno día, le habló del primer marido.
Tenían un compartimento para ellos solos. El tren corrió largo trecho junto al río, y la luz se extendía sobre el agua y los campos, y su madre iba sentada junto a la ventana mirando afuera. Karl había estado leyendo. Alzó la vista y descubrió que ella no miraba el paisaje sino el vidrio mismo, sus dos reflejos superpuestos a los campos en movimiento, tenues y transparentes, una anciana y un hombre de mediana edad, con el río pasando a través de ellos.
«Era húngaro», dijo ella. «El primero. Antes de tu padre. ¿Lo sabías?».
Karl dijo que no.
«Lo conocí en un pueblo de las colinas, más arriba de Arenales. Yo era secretaria. Él había venido de aquí después de la guerra, sin nada, y hablaba muy poco castellano, y era hermoso». Seguía mirando el vidrio. «Nos casamos por la mañana, en la iglesia, con dos testigos que yo no conocía. A los ocho días salió a comprar cigarrillos y no volvió. Lo esperé en aquel cuarto un mes. Luego fui a ver a un abogado. El abogado era tu padre».
Calló un rato. El río pasaba, y los campos.
«Yo pensaba», dijo, «que si alguna vez venía aquí lo buscaría. En las caras. Que lo reconocería, aunque estuviera viejo». Sonrió un poco a su reflejo. «No lo haré. No lo reconocería. No me acuerdo de su cara. Me acuerdo del cuarto, y de la espera, y del ruido de la calle. Eso es todo».
Karl alargó la mano y tomó la suya. Ella se dejó. Siguieron así, con el tren meciéndose debajo de ellos, y al rato ella dijo, todavía al vidrio: «Me gustaría guardar esto. Me gustaría acordarme de este momento, exactamente de éste, cuando ya no me acuerde de nada más».
«Te acordarás», dijo Karl.
Ella se apartó de la ventana y lo miró, y él vio que sabía que él no podía prometérselo, y que le agradecía que lo dijera de todos modos.
En Budapest pasearon por la orilla del río al atardecer. La última mañana, en el aeropuerto, ella le tomó la cara entre las manos y le dio un beso en la frente y le dijo que le había dado lo único que ella le había pedido a alguien en su vida y había recibido. Luego pasó por la puerta de embarque, muy pequeña, muy erguida, con su abrigo nuevo, y no miró atrás.
Siete años después llamó Julián a Ludwig, le tomó la mano y murió. Karl no sabía si había guardado el momento del tren. Había leído cada entrada de los once cuadernos azules que tocaba los últimos meses, y en ninguna mencionaba un tren, ni un río, ni a un hombre cuya cara no recordaba, ni la mano de su hijo. Se había dicho la noche de los cuadernos que eso no significaba que lo hubiera perdido. Se había dicho que algunas cosas se guardan en un lugar donde nadie puede escribirlas.
*
El aeropuerto surgió de entre la caña, bajo y blanco, con las colinas detrás ya azules y pequeñas.
Ludwig estacionó, sacó el bolso de Karl de la parte de atrás de la camioneta y lo llevó él mismo adentro, aunque Karl habría podido llevarlo sin esfuerzo. Se quedaron juntos en el vestíbulo de salidas bajo los altos ventiladores lentos mientras la cola del mostrador de facturación avanzaba. Quedaba media hora. Ninguno de los dos sabía qué hacer con ella.
«Vas a volver», dijo Ludwig. No era una pregunta.
«Voy a volver».
«Los cuadernos van a estar ahí».
«Lo sé».
Se quedaron en silencio. Pasó una familia, una abuela y una madre y tres niños pequeños, todos cargando algo, y la más pequeña, una niña, lloraba porque se le había caído un juguete y nadie quería detenerse a recogerlo. Karl los vio pasar la barrera. Pensó en su propia familia, los cinco, dispersos otra vez cada uno a su ciudad, Johnathan a su puerta de letras doradas, Ruth a su terraza y sus geranios, Josephine a su editorial en Buenos Aires, Ludwig a sus bombas y a su cuarto del huerto con la gaveta que guardaba los cuadernos, y él a la nieve. Había vuelto a Nuevo Albor a averiguar qué había pasado. Había averiguado muchas cosas. Había averiguado que ninguno de ellos estaba de acuerdo en nada, y que cada uno tenía una versión, y que cada versión era verdadera en sus hechos y falsa en su elección, como la declaración de Ruth había sido verdadera y falsa en el estrado más de treinta años antes. Había averiguado que su propia versión no era distinta.
O había averiguado algo parecido. No estaba seguro. No estaba seguro de haber averiguado nada en absoluto, salvo que las preguntas que había traído eran las mismas que se llevaba, sólo que más pesadas.
«¿Y Josephine?», dijo Ludwig.
Karl lo miró.
«La viste antes de que se fuera», dijo Ludwig. «Dos veces. Ella me lo dijo. Me dijo que fuiste a su habitación. Me dijo que te había dado el libro». Señaló con la cabeza el bolso a los pies de Karl. «No me dijo de qué hablaron. Pero estaba alterada. Más de lo que la he visto en años. Y llamó a Ruth desde el aeropuerto, cosa que nunca hace». Hizo una pausa. «¿Qué vas a hacer con Josephine?».
Karl guardó silencio largo rato. Pensó en su hermana en el bar del hotel bajo el ventilador, fría y furiosa, diciéndole que lo que sabía no era suyo para contarlo. Pensó en ella en el sillón junto a la ventana de su habitación, contándole lo de la sobrante, y lo del sobre en su regazo, y lo del autobús nocturno a la frontera. Pensó en los dos versos de la muchacha en la página treinta y uno, y en los siete de la mujer, y en el espacio entre ellos. Pensó en el broche de la libélula sobre el secante de su padre, y en su madre acusando de robo primero a una hija y luego a la otra.
Y se oyó decir, con una voz que le sonó muy tranquila y muy razonable, la voz de un hombre que ha pensado mucho en algo y ha llegado a una conclusión:
«Me doy perfecta cuenta de que sufre. No puede ver más allá de lo que necesita creer de Mamá, y de Papá, y de mí. No es culpa suya. Es lo que le hicieron». Hizo una pausa. «Sólo puedo perdonarla».
Ludwig lo miró.
Lo miró largo rato, con la atención paciente de un hombre que había pasado tres años anotando lo que decía una mujer moribunda sin decidir qué significaba. No le cambió la cara. Pero Karl, al encontrar los ojos de su hermano, sintió que algo en la voz razonable que acababa de usar flaqueaba y se adelgazaba, como se había adelgazado la voz de su padre en el sillón junto a la ventana la noche de la lluvia.
«Ella dijo casi lo mismo de ti», dijo Ludwig. «Por teléfono. La noche antes de irse».
Los ventiladores giraban. La cola avanzó. Una voz anunció un vuelo por encima de ellos en dos idiomas.
«¿Qué dijo?».
Ludwig levantó el bolso de Karl y se lo tendió.
«Eso es de ella», dijo con suavidad. «Pregúntaselo».
*
El avión se elevó sobre la llanura en una curva larga y lenta, y la caña quedó abajo, verde e interminable, dividida por las líneas rectas y oscuras de los canales de riego que alimentaban las bombas de Ludwig. Karl tenía la ventanilla. Vio aparecer la ciudad en la ladera más allá de la llanura, los barrios viejos y los nuevos, la catedral, la plaza, el palacio de justicia gris con su escalinata, ya demasiado pequeña para verse. Buscó el edificio de la colina con los balcones profundos y creyó encontrarlo, y luego no estuvo seguro. Buscó la casa de las habitaciones vacías y la cicatriz en la puerta del cuartito del fondo del pasillo de arriba, que la pareja joven de la capital pintaría encima, o cambiaría, y no logró encontrarla. Buscó el cementerio al otro lado del río y lo encontró, un rectángulo gris en medio del verde, y no pudo distinguir la tumba.
Luego el avión giró, y las colinas entraron en la ventanilla, y más allá de las colinas, en alguna parte, un valle con un río y una casa sin techo entre árboles viejos, y luego nubes.
Sacó del bolso el libro gris. No lo abrió. Lo sostuvo sobre la rodilla, cerrado, con sus tiras de papel marcando las páginas, y miró la ventanilla, donde las nubes habían formado una superficie blanca y opaca como un muro recién encalado antes de las lluvias. En ella, tenuemente, veía su propia cara, superpuesta al blanco, transparente, un hombre de más de cincuenta años con las manos largas y delgadas de su madre y algo de su padre en la forma de los hombros, que lo miraba con una expresión que no sabía leer.
Pensó en su madre en el tren, mirando no el paisaje sino el vidrio. Pensó en un niño de pie al borde de una piscina amurallada con los brazos un poco separados del cuerpo, mirando un agua que desde arriba parecía más oscura de lo que era. Había comprendido, a los seis años, la mañana en que dejaron El Almendral, que la oscuridad no había estado en el agua. Había creído que esa comprensión era el final de algo. Veía ahora que había sido sólo el primero de muchos bordes, y que se había parado en cada uno de ellos desde entonces, en puertas y en mesas y en escalinatas de tribunales, mirando, y se había dicho que mirar era una forma de valor, y nunca había estado seguro de si era valor o sólo la forma más refinada de la larga negativa de la familia a caer.
Josephine diría una cosa. Johnathan diría otra. Ruth no diría nada, y su nada sería la versión más difícil de responder. Ludwig lo anotaría. Y Karl, que había vuelto a casa a decir lo indecible, y lo había dicho, a una hermana en un bar y a un padre moribundo bajo la lluvia, y había oído de los dos, cada uno a su manera, que no le correspondía decirlo, iba sentado con el libro cerrado sobre la rodilla y la cara en la ventanilla blanca y no habría podido decirle a nadie, si se lo hubieran preguntado, cuál de los cinco había visto con más verdad, ni si ver era lo que importaba, ni qué habría sido quererlos a todos sin necesitar hacerlo.
El avión siguió adentrándose en las nubes. Al rato el muro de la ventanilla se adelgazó y se rompió, y arriba hubo azul, muy alto, y abajo, muy abajo, el brillo de agua abierta. No sabía qué agua era. No intentó nombrarla. Se quedó mirándola mucho tiempo, hasta que cambió la luz y ya no pudo ver su cara en el vidrio.