Ricardo Morín Triangulación 9: La retórica de la amenaza 56 x 76 cm Acuarela y lápiz de cera sobre papel 2007
Ricardo Morin
Noviembre 2025
Oakland Park, Florida
El lenguaje autoritario no aparece como un exceso ni como un accidente; surge como una estrategia deliberada para reorganizar la percepción pública hasta que la diferencia parezca sospechosa y la complejidad se vuelva intolerable. En ese marco, la frase atribuida al presidente argentino Javier Milei —“si el inmigrante no se adapta a tu cultura entonces no es una inmigración, es una invasión” (o https://youtube.com/shorts/EJ9RRC3pyTQ?si=xehJCUD8fIIpaqsw )— opera como un instrumento de reducción extrema. Sustituye la realidad histórica de la migración por un esquema binario orientado a provocar alarma. El dirigente no describe un hecho: fabrica un enemigo.
Esa formulación desplaza la experiencia migratoria hacia un imaginario bélico que interpreta toda presencia distinta como una agresión. La cultura —tratada como un bloque homogéneo y estático— se presenta como un territorio sitiado que exige defensa, y la pluralidad como una amenaza que sólo puede resolverse mediante sometimiento. Bajo esa lógica, el migrante deja de ser una persona y se convierte en una abstracción funcional al impulso coercitivo.
La paradoja es evidente: lo que se proclama como defensa de la identidad busca, en realidad, uniformarla; lo que se presenta como advertencia actúa como un dispositivo de miedo. En lugar de analizar, el lenguaje disciplina. Y al hacerlo, deja al descubierto su propósito más profundo: moldear un clima emocional dispuesto a aceptar medidas que, bajo otra luz, resultarían incompatibles con la vida democrática.
Aquí reside la naturaleza más reveladora del dictamen: no es una reflexión sobre inmigración, sino un mecanismo de ordenamiento afectivo. Al transformar la convivencia en asimilación obligatoria, introduce una concepción deshumanizada de lo social, donde la diversidad deja de ser un componente constitutivo y pasa a ser un obstáculo a neutralizar. En última instancia, este discurso no intenta comprender la realidad: pretende gobernarla.
Ricardo Morín Newsprint Series Nº 9: Los colores de la certeza 47” × 74” Tintas translúcidas, tinta sumi, corrector líquido y óleo absorbido sobre papel de periódico 2006
Ricardo Morín
Agosto 2025
Bala Cynwyd, Pa.
~
Nota del Autor:
Este ensayo es la primera parte de una trilogía que explora cómo los seres humanos se acercan a la realidad a través de la certeza, la duda y la ambivalencia. Comienza con la certeza—cómo el deseo de estabilidad impulsa el pensamiento y la creencia, incluso cuando lo que parece seguro ya está abierto al cambio. Aunque escrito desde una indagación personal, su alcance es más amplio: la cuestión de la certeza concierne no solo a una vida, sino a las frágiles condiciones de la realidad compartida. La trilogía continúa con « La disciplina de la duda » y concluye con « Cuando todo lo que sabemos es prestado ».
Los colores de la certeza
Vivimos en una época marcada por la división. Las sutilezas del pensamiento que antes nos permitían detenernos, ponderar y distinguir son arrasadas cada vez más por la exigencia de una claridad inmediata. Todo se empuja hacia los opuestos: sí o no, aliado o enemigo, despierto o dormido. El ritmo de la vida pública, acelerado por la tecnología y amplificado por el conflicto, deja escasa paciencia para el matiz. La contradicción, que antes señalaba el trabajo inquieto de una mente honesta, se trata hoy como traición. En esta atmósfera, admitir la complejidad es arriesgarse a la desconfianza, y hasta la más leve vacilación se juzga como debilidad. Se nos pide, una y otra vez, que nos definamos como si la identidad fuera un solo trazo, y no un dibujo delineado por el transcurso del tiempo.
Los símbolos prosperan en este clima, reduciendo la complejidad a imágenes consumibles. Pocos han resultado tan perdurables como las metáforas de las píldoras extraídas de la película The Matrix. Cuando esta apareció en 1999, la escena de elegir entre la píldora roja y la azul era un recurso cinematográfico que dramatizaba la tensión entre realidad e ilusión. Su influencia creció de forma gradual, a medida que el filme se convirtió en un referente generacional. En las décadas siguientes, sus colores se filtraron en comunidades cibernéticas así como en la retórica política, hasta endurecerse en modos de pensamiento que configuran cómo imaginamos la verdad y la identidad. Tomar la píldora roja se convirtió en una declaración de despertar, en acceso a verdades ocultas. Tomar la azul pasó a ser objeto de burla por complacencia. Con el tiempo apareció incluso la más oscura, la píldora negra, que representaba la desesperanza y el fatalismo asumido como destino.
Una vez que esta lógica se impone, el mundo mismo se reduce a un teatro de absolutos. El desacuerdo se convierte en traición, y la pertenencia se mide no por la vida compartida sino por la lealtad categórica. Lo he sentido incluso en conversaciones con personas a quienes conozco desde hace décadas. En un intercambio, comenté que me indignaba el hábito reciente de Noam Chomsky, incluso en sus noventa años, de oponerse a la hegemonía occidental sobre Rusia como si esa postura pudiera excusar la guerra en Ucrania. Sin embargo, en otro contexto expresé mi admiración por su trabajo sobre la relevancia lingüística en la ciencia hace ya cuarenta años, que aún ilumina cómo el lenguaje configura el conocimiento. Para mi interlocutor, ambas afirmaciones parecían incompatibles, como si no pudieran ser ciertas a la vez. La expectativa era que mi juicio debía ser uniforme: o rechazaba a Chomsky por completo o lo respaldaba sin reservas.
¿Por qué hay que justificar tales distinciones, como si cada juicio tuviera que formar una sola línea de lealtad? Los contextos no son los mismos: uno pertenece a los años ochenta, otro al presente; uno al ámbito de la lingüística, otro al de la geopolítica. Sin embargo, en el clima actual, la exigencia de congruencia es implacable. Refleja la lógica de la píldora que se ha infiltrado en nuestro habla y en nuestros hábitos de pensamiento: uno está despierto o dormido, alineado u opuesto, coherente en todos los dominios o indigno de confianza en todos.
Ese mismo anhelo de certeza también nos dio Infowars. Fundado en 1999, el mismo año en que se estrenó The Matrix, se convirtió en un teatro comercial de la metáfora de la píldora roja. Infowars prosperó dramatizando la crisis, diciendo a su público que las élites, los gobiernos o fuerzas ocultas manipulaban los acontecimientos en cada momento. Lo que las instituciones explicaban como complejidad, Infowars lo simplificaba en traición. La claridad que ofrecía resultaba embriagadora: bien contra mal, libertad contra tiranía, despiertos contra engañados. No eran sólo ideas lo que se vendía, sino la certeza misma: empaquetada en kits de supervivencia, suplementos y consignas. Al pretender liberar a su público de la ilusión, Infowars creó otra nueva, ofreciendo no comprensión sino una representación permanente del despertar.
El estrechamiento del discurso no se limita a la política y la ideología; se extiende también a quién tiene permiso para hablar. Lo recordé en un intercambio privado, donde la escritura misma fue descartada como la obra de un “liberal de sillón” o un “socialista de limusina”. Según esta visión, sólo quienes han sido marcados directamente por la batalla pueden hablar de la guerra, sólo quienes han sufrido prejuicio en carne propia pueden dar voz a la injusticia, y escribir como observador es burlarse de la realidad de la lucha. Es una acusación destinada a desacreditar, como si el acto de “luchar con un teclado” fuese menos real que el campo ensangrentado. Sin embargo, tal sospecha niega lo que la escritura siempre ha sido: un medio de dar testimonio, de preservar la memoria, de configurar la conversación a través de la cual las sociedades se reconocen a sí mismas. La pluma nunca ha reemplazado la experiencia, pero siempre la ha transformado en algo compartible y duradero. Exigir el sufrimiento directo como única credencial para hablar es reducir el testimonio a autobiografía y privar al diálogo de la amplitud que surge cuando se unen voces desde diferentes perspectivas.
Otra dificultad reside en el propio lenguaje. Los escritores que buscan la máxima precisión —que estiran el lenguaje hasta su filo más agudo— suelen descubrir que lo que emerge son metáforas. Incluso cuando se apoyan en términos fundamentados, la descripción requiere figuras del pensamiento, imágenes y analogías que nunca pueden ser del todo exactas. La cuestión es hasta qué punto el lenguaje puede ser realmente preciso. Incluso las mentes más brillantes luchan con las definiciones, porque en sus mejores formulaciones siguen siendo teorías presuntivas. Reconocer esto no es disminuir el lenguaje, sino comprender que nuestra dependencia de los tropos no es debilidad, sino necesidad. Los relatos y las metáforas son los puentes de la comprensión, sin los cuales la complejidad se disolvería en ruido. Apoyarse en la metáfora no es abandonar la verdad, sino aproximarse a ella a través de lo que puede compartirse.
Lo que comenzó como un recurso cinematográfico se ha convertido en un método de pensamiento, y en muchos sentidos en una prisión. The Matrix ofreció a su público una visión de despertar mediante la elección, pero nuestra cultura ha tomado esa imagen y la ha transformado en una cuadrícula de lealtades, donde cada postura se mide según la cápsula que uno haya ingerido. Infowars amplificó esta postura, dramatizando el hambre de certeza hasta que la conspiración se convirtió en sustituto del pensamiento. La sospecha sobre la posición del escritor lo estrechó aún más, ridiculizando la reflexión como inauténtica y exigiendo que el discurso llevara las cicatrices de la experiencia directa antes de poder considerarse legítimo. Y por debajo de todo yace la fragilidad del lenguaje mismo: su incapacidad para definir con precisión absoluta, su dependencia de metáforas que configuran las realidades que describen.
Hablar hoy de píldoras rojas, azules o negras no es sólo referirse a una película o a una subcultura; es reconocer el dominio de una sociedad que prefiere los binarios al diálogo, la antagonía a la complejidad, la representación a la reflexión. Resistir ese dominio es recordar que el pensamiento no es una píldora que deba tragarse, sino una conversación que debe sostenerse, una conversación mantenida en el frágil medio del lenguaje mismo. Por incierta que sea, por provisional que parezca, es en ese acto constante de hablar y escuchar donde la cultura permanece viva: donde la amistad puede perdurar, donde el testimonio puede ser honrado y donde las verdades que ningún color puede contener encuentran todavía su voz.
*
**Sobre la imagen de portada:
Pertenece a una serie que transforma fragmentos de material impreso en campos estratificados de color y borradura, esta obra habla de la inestabilidad de la certeza misma. Los pigmentos velan y revelan por turnos, mientras que el papel de periódico recuerda que la verdad es mediada, provisional y nunca libre de interpretación. Como ocurre con el lenguaje en el ensayo, el sentido surge sólo a través del contraste, de aquello que resiste ser contenido.
Bibliografía anotada
Cialdini, Robert B. Influence: The Psychology of Persuasion. Nueva York: Harper Business, 2006. (Un estudio clásico de la psicología del comportamiento que muestra cómo la persuasión explota elecciones binarias y señales de autoridad; útil para comprender el atractivo de las metáforas de la píldora y la certeza que prometen los movimientos conspirativos.)
Lakoff, George, y Johnson, Mark: Metaphors We Live By. Chicago: University of Chicago Press, 2003. (Texto fundamental sobre la metáfora en la cognición y el lenguaje, relevante para el argumento del ensayo de que incluso el uso más preciso del lenguaje depende de tropos y estructuras figurativas para la comprensión humana.)
Marwick, Alice, y Lewis, Rebecca: Media Manipulation and Disinformation Online. Nueva York: Data & Society Research Institute, 2017. (Informe analítico que documenta cómo las narrativas conspirativas se difunden a través de los ecosistemas digitales; destaca el papel de las plataformas en la amplificación de binarios simbólicos como el “despertar” de la píldora roja.)
Pew Research Center. “Public Trust in Government: 1958–2023”. Washington: Pew Research Center, 2023. (Presenta datos longitudinales sobre la erosión de la confianza institucional en Estados Unidos y ofrece un contexto empírico para comprender por qué el público recurrió a voces alternativas como Infowars.)
Southern Poverty Law Center. Male Supremacy. Montgomery: SPLC, 2019. (Informe que clasifica la subcultura Incel y grupos afines dentro del mayor “ecosistema supremacista masculino,” citado en relación con la ideología de la píldora negra y sus vínculos con la violencia.)
Sunstein, Cass R., y Adrian Vermeule: Conspiracy Theories and Other Dangerous Ideas. Nueva York: Simon & Schuster, 2014. (Explora por qué prosperan las teorías de conspiración y las presenta como intentos de generar certeza en momentos de desorientación social. Muy relevante para la discusión de Infowars como teatro comercial de la metáfora de la píldora roja.)
Taguieff, Pierre-André: The New Culture Wars. París: CNRS Éditions, 2020. (Tratamiento político-filosófico de la política identitaria y las antagonías binarias en las democracias occidentales; ofrece perspectiva sobre cómo las metáforas de la píldora penetraron en el teatro más amplio de las guerras culturales.)
Tversky, Amos, y Kahneman, Daniel: Judgment under Uncertainty: Heuristics and Biases. Cambridge: Cambridge University Press, 1982. (Obra fundacional en la ciencia cognitiva que explica por qué las personas reducen realidades complejas a binarios simplificados; sustenta la meditación del ensayo sobre el atractivo de la certeza.)
Ricardo Morín (Serie Triangulation) Musica Universalis Acolchado de seda tensado sobre lino 94 × 152 cm 2013–18
~
Una construcción geométrica de un dodecaedro dentro de una composición de Fibonacci, reforzada por un triángulo rectángulo: una meditación sobre la armonía del universo, donde las matemáticas y el lenguaje convergen sin llegar nunca a encerrar del todo la realidad.
Ricardo Morin, 20 de agosto de 2025
*
Resumen
Este ensayo examina la interdependencia del lenguaje y las matemáticas como los dos pilares del conocimiento, indispensables ambos pero incompletos el uno sin el otro. Mientras las matemáticas aseguran la precisión y la abstracción, el lenguaje vuelve inteligible y comunicable el razonamiento; juntos se aproximan, aunque nunca logran captar plenamente, una realidad más rica que cualquier formulación. El análisis sitúa a la inteligencia artificial como un caso paradigmático de esta condición. Comercializada a un costo elevado pero marcada por deficiencias en coherencia, la IA dramatiza lo que sucede cuando el poder matemático se privilegia sobre el rigor lingüístico. Lejos de sustituir el pensamiento humano, estos sistemas ponen a prueba nuestra capacidad de imponer significado, resistir la vaguedad y refinar las ideas. Entretejiendo reflexión filosófica y crítica contemporánea, el ensayo sostiene que tanto las matemáticas como el lenguaje deben cultivarse de manera continua para que el conocimiento progrese. Su alianza no cierra la brecha entre comprensión y realidad; la mantiene abierta, asegurando que la verdad siga siendo una búsqueda interminable.
Lenguaje, matemáticas y el costo de la inteligencia artificial
Toda sociedad progresa refinando sus instrumentos de pensamiento. Dos se elevan sobre los demás: las matemáticas, que destilan patrones con precisión, y el lenguaje, que da forma y sentido al razonamiento. Ninguno basta por sí solo. Privilegiar uno en detrimento del otro es debilitar la arquitectura misma del conocimiento.
La inteligencia artificial dramatiza tanto sus promesas como sus limitaciones. El anuncio de una cuota mensual de 200 dólares para acceder a ChatGPT-5 es revelador. Comercializado como un servicio de lujo “para quienes puedan permitírselo”, subraya la creciente brecha entre privilegio tecnológico y necesidad cultural. Quienes disponen de recursos afinan su productividad; quienes no, quedan excluidos. Pero incluso para los bien equipados, la pregunta persiste: ¿qué se está comprando realmente?
La máquina deslumbra por su velocidad y escala, pero sus carencias resultan igualmente evidentes. Los ingenieros pueden ser virtuosos de los algoritmos, pero la gramática no es su instrumento. Los resultados son con demasiada frecuencia coloquiales, vagos o carentes de rigor. Para extraer coherencia, el usuario no puede ser un consumidor pasivo: debe actuar como editor, capaz de clarificar, reestructurar e imponer sentido. La paradoja es inequívoca: la herramienta promocionada como liberación exige de su operador la disciplina que ella misma no puede aportar.
Esa paradoja refleja una verdad mayor sobre el conocimiento. El lenguaje y las matemáticas son ambos indispensables y ambos incompletos. Las matemáticas alcanzan la abstracción, pero sus resultados quedan inertes si el lenguaje no los vuelve inteligibles y comunicables. El lenguaje transmite el pensamiento, pero se tambalea sin el rigor que las matemáticas proporcionan. Lo que uno asegura, el otro interpreta.
Sin embargo, ambos están sujetos a una condición más profunda: la realidad excede toda formulación. Nuestras teorías—ya sean modelos matemáticos o descripciones lingüísticas—son aproximaciones moldeadas por el observador. El lenguaje no puede agotar el sentido; las matemáticas no pueden capturar la finitud. El conocimiento nunca es absoluto: es una negociación con una realidad más rica que cualquier modelo o enunciado.
La inteligencia artificial expone con crudeza esta condición. Puede automatizar estructuras, pero no aportar sabiduría; puede reproducir lenguaje, pero no garantizar significado. Su verdadero valor no radica en sustituir al pensador, sino en poner a prueba nuestra capacidad de resistir la vaguedad, de imponer coherencia y de refinar el pensamiento. Lo que se presenta como libertad puede, en realidad, exigir mayor vigilancia.
Desestimar el lenguaje y las humanidades como secundarios, o imaginar que las matemáticas y la computación bastan por sí solas, es malinterpretar su interdependencia. Estas disciplinas no son rivales, sino compañeras que se refinan mutuamente. La IA magnifica tanto sus fortalezas como sus deficiencias, recordándonos que el progreso depende de la depuración constante de ambas: las matemáticas para modelar la realidad, el lenguaje para preservar su sentido.
El camino del conocimiento permanece abierto. El lenguaje y las matemáticas no cierran la brecha entre nuestra comprensión finita y la riqueza inagotable de la realidad; la mantienen abierta. Nos permiten aproximarnos a la verdad sin pretender poseerla. La inteligencia artificial, como todo instrumento del pensamiento, nos muestra no el fin del saber, sino su condición inacabable: un diálogo entre lo que puede medirse, lo que puede decirse y lo que siempre nos excede.
Bibliografía anotada
Arendt, Hannah: The Life of the Mind. Vol. 1: Thinking. Nueva York: Harcourt, Brace, Jovanovich, 1971. (Arendt examina el acto de pensar y los límites de la expresión, mostrando cómo el pensamiento requiere del lenguaje para volverse compartible sin agotar la realidad. Su obra refuerza la tesis del ensayo de que razonar sin expresión no puede hacer avanzar el conocimiento.)
Bender, Emily M., y Koller, Alexander: “Climbing towards NLU: On Meaning, Form, and Understanding in the Age of Data.” Proceedings of ACL, 2020. (Vender and Koller sostienen que los grandes modelos de lenguaje procesan la forma sin verdadera comprensión; esto pone de relieve la brecha entre el reconocimiento matemático de patrones y el significado lingüístico, apoyando la advertencia del ensayo de que la IA deslumbra por la forma pero falla en la coherencia.)
Chomsky, Noam: Language and Mind. 3.ª ed. Cambridge: Cambridge University Press, 2006. (Chomsky explora las estructuras innatas del lenguaje y su papel en la configuración de la cognición; ello afirma que el lenguaje condiciona la posibilidad del pensamiento, aunque sigue siendo limitado a la hora de capturar la realidad.)
Devlin, Keith: Introduction to Mathematical Thinking. Stanford: Keith Devlin, 2012. (Devlin explica cómo el razonamiento matemático destila estructura y patrón, al tiempo que reconoce que la abstracción es una aproximación; refuerza así la idea de que las matemáticas, como resguardo de la precisión, no pueden agotar el mundo que modelan.)
Floridi, Luciano: The Fourth Revolution: How the Infosphere Is Reshaping Human Reality. Oxford: Oxford University Press, 2014. (Floridi sitúa las tecnologías digitales y la IA en una historia más amplia del autoconocimiento, lo que enriquece el argumento del ensayo de que las matemáticas y el lenguaje—extendidos ahora a la computación—siguen siendo aproximaciones de una realidad más allá de todo control pleno.)
Lakoff, George, y Núñez, Rafael: Where Mathematics Comes From: How the Embodied Mind Brings Mathematics into Being. Nueva York: Basic Books, 2000. (Lakoff y Núñez sostienen que las matemáticas surgen de la metáfora y de la cognición encarnada, lo que revela su dependencia de la interpretación humana y confirma que las teorías matemáticas, como las lingüísticas, siguen ligadas al observador.)
Mitchell, Melanie: Artificial Intelligence: A Guide for Thinking Humans. Nueva York: Farrar, Straus and Giroux, 2019. (Mitchell ofrece una visión crítica de las capacidades y límites de la IA, mostrando cómo los avances en el reconocimiento de patrones no cierran las brechas fundamentales de comprensión y paralelizan la crítica del ensayo a la pobreza gramatical de la IA.)
Polanyi, Michael: Personal Knowledge: Towards a Post-Critical Philosophy. Chicago: University of Chicago Press, 1962. (Polanyi enfatiza el conocimiento tácito y la necesidad de articularlo para validarlo; refleja la idea de que las matemáticas y el lenguaje refinan la comprensión pero nunca alcanzan la clausura.)
Snow, C. P.: The Two Cultures. Cambridge: Cambridge University Press, 1993 [1959]. (Snow diagnostica la fractura entre ciencias y humanidades, apoyando el llamado del ensayo a tratar el lenguaje y las matemáticas como pilares complementarios de la comprensión.)
Este texto no se deja reducir ni anuncia lo que contiene. Avanza hacia lo interior—a través de la observación, el pensamiento y la tensión entre la claridad y la desaparición. El soliloquio mantiene su curso sin desviarse: no actúa ni explica, sino que sostiene una mirada interior. Leerlo no es dejarse conducir, sino permanecer con él—donde el pensamiento se vuelve presencia y el lenguaje mide aquello que perdura.
Soliloquio
Había en el escritor, desde siempre, una energía creadora—una fuerza y pasión por expresarse—que le sostenía. No era invocada; simplemente persistía. Tan imponente era esa presencia que no podía ser sometida a la rutina, ni encauzada en hábitos que favorecieran la resistencia física. No podía detenerse para caminar ni entregarse a ninguna actividad que no formara ya parte del acto mismo de crear. Había aprendido a escribir de pie, a leer caminando, a pensar incluso en el sueño.
Su experiencia nunca fue una aflicción que debiera nombrarse o curarse, sino una vida que debía vivirse en sus propios términos — un testimonio creativo de la plenitud del ser, no una nota clínica al pie de la definición de otro.. Negarse a ser definido por ella era honrar tanto su libertad como su obra de toda una vida. Era una condición que sólo podía comprenderse en soledad, aunque eventualmente compartida por escrito—pero nunca como búsqueda de validación.
Dentro de los límites del conocimiento íntimo, esa experiencia se revelaba como una forma de absorción devocional, capaz de conferir dignidad incluso en momentos de desgaste físico o envejecimiento.
Su rechazo de la validación no era un desafío a la autoridad, sino la negación de que debiera existir presión externa alguna.
Se decía que no había nada único en nadie, que toda expresión reflejaba únicamente lo aprendido. El escritor no contradecía esa idea, pero sabía que había más en el ser que lo recibido—más incluso que la experiencia. Tal vez nadie fuese único, pero cada voz era distinta, formada por la suma irreductible de una existencia imposible de equiparar. De una mezcla aleatoria, de una suma inefable, surgía algo: algo irrepetible e insustituible, no porque fuese superior, sino porque pertenecía únicamente a quien lo sostenía.
Temía a la locura—no como espectáculo, sino como esa lenta deriva en la que el sentido se aparta hacia la soledad. La fuerza que lo impulsaba era real, pero insuficiente si no encontraba verdad—una verdad que resonara no sólo en su lógica, sino también en la de los otros. ¿Cómo reconocerse uno a sí mismo si la inteligencia permanecía sola? Sin eco, el pensamiento se volvía cámara sellada: intrincada, sí, pero sin aire. No buscaba certeza; buscaba correspondencia. No temía la soledad, sino el ser intraducible.
La vida se le aparecía ahora como algo fugaz, precario. Atemporal en la percepción, pero arraigada en el tiempo. Se deslizaba con sigilo—entre fracasos, desengaños y repentinos momentos de claridad luminosa. Nada podía repetirse. Pero había llegado a aceptar eso: no porque todo se perdiera, sino porque incluso la memoria alteraba lo que retenía. Lo que volvía no era el momento mismo, sino el acto de percibir—la profundización de la atención. Y por eso no vivía para conservar lo que fue, sino para mantenerse presente ante lo que cambia. No había retorno, solo un avanzar—con más atención, más conciencia.
Ricardo Morín Triangulación 4 22″ x 30″ Grafito sobre papel 2006
Escritura, silencio y el arte de comprender en quietud
A mi hermana Bonnie
Ricardo F. Morín Noviembre 2025 Oakland Park, Florida
Nota del autor
Este texto fue redactado con anterioridad a « La ética de la percepción, Primera Parte » y forma parte de la misma indagación sobre la atención, la comprensión y la relación ética.
Hay momentos en los que la forma más genuina de intimidad es el silencio. En otros, es la labor callada de buscar la palabra justa—aunque sea incompleta—lo que nos acerca. La expresión, bajo esta luz, no es solo un vehículo de comunicación, sino un acto de cuidado. Hablar, callar, escribir, escuchar: cada decisión conlleva un peso particular. La intimidad habita en esos gestos: no en las declaraciones grandilocuentes, sino en la ética con que nos revelamos—y con que acogemos lo que otra persona se atreve a ofrecer. Lo que sigue no es una teoría, sino una reflexión sobre cómo se manifiesta la intimidad en la expresión—y en su ausencia.
I. Preludio: en la pausa entre palabras
Resulta difícil señalar el instante en que algo se vuelve íntimo. No siempre es un roce, una mirada o una confesión. A veces es solo una pausa—una pausa compartida—entre una palabra y la siguiente, cuando ambas personas perciben que algo verdadero está a punto de decirse o acaba de decirse, sin llegar a nombrarse del todo.
Una vez, sentados frente a frente, observé a alguien quien contemplaba en silencio el horizonte. Tampoco yo dije nada. No hubo gesto, ni revelación, ni palabras aclaratorias. Y sin embargo, aquel silencio no se sentía vacío—se sentía pleno. En esa quietud, algo pasó entre nosotres: no es un mensaje, ni siquiera una comprensión, sino una suerte de permiso: el de existir sin necesidad de explicarse. El de estar presente sin necesidad de actuar.
Aquel momento permanece no por ser dramático, sino precisamente por no haber sido planificado. No lo esperaba y no habría sabido recrearlo. Solo supe, después, que había estado ante algo especial: una intimidad que no pedía más que ser.
Y sin embargo, no toda intimidad nace del silencio ni de la presencia del otro. Hay una que llega más tarde, en la escritura—en ese largo intervalo entre sentir y decir. Otra solo seria posible gracias a la distancia silenciosa con que se permite la reflexión.
II. Lo que queremos decir cuando decimos “intimidad”
La palabra intimidad suele evocar cercanía física: el ámbito del tacto, la proximidad, los amantes, los secretos susurrados en la oscuridad. Sin embargo, ¿y si la intimidad tuviese menos que ver con la cercanía y más con el permiso? El permiso de estar sin defensas. De moverse con lentitud. De no ser del todo claro—y aun así ser merecedor de confianza.
Ser íntimo con alguien no es solo ser conocido, sino ser visto— visto sin la presión de explicarse con rapidez o justificar lo que se siente. Es una apertura, pero también un riesgo: el riesgo de ser malinterpretado, y el riesgo más hondo de ser comprendido demasiado bien.
Algunas formas de intimidad se dan cara a cara. Otras requieren distancia. Unas surgen en el diálogo. Otras precisan una sola voz, que hable en soledad desde una habitación en silencio.
Ahí comienza la escritura— no como puesta en escena, sino como conversación larga e ininterrumpida.
III. Las variedades de la intimidad
La intimidad cambia según el contexto, el tiempo, y la forma del yo que entregamos al otro. No es una sola cosa— no solo cercanía, ternura o vulnerabilidad— sino un conjunto de maneras en que nos permitimos ser conocidos y, a veces, conocer a alguien más.
Está la intimidad corporal— quizá la más visible y la menos comprendida. Pertenece al tacto, a la proximidad, a la atracción instintiva por la presencia del otro. Pero esta forma puede engañar: la cercanía física sin resonancia emocional es frecuente— y fácil de fingir. No obstante, cuando el cuerpo y la emoción se alinean, surge una sintonía sin palabras: una mano que reposa en un hombro el tiempo justo; una respiración que entra en ritmo sin proponérselo.
Luego está la intimidad emocional: el valor pausado de decir lo que se siente— no solo cuando es hermoso o conveniente, sino cuando es torpe, incompleto o crudo. Esta forma no se da—se gana. Puede tardar años, o nacer en una sola noche. Ahí vive la confianza—o se rompe.
También existe la intimidad intelectual: la que emerge en la conversación cuando las ideas fluyen sin que nadie se atrinchere. Es rara. La mayoría de los espacios sociales premian la velocidad, el brillo superficial o la cortesía segura. Pero a veces, con alguien igualmente curioso, el pensamiento se expande ante la presencia del otro— no por coincidencia, sino por resonancia. Nada hay que demostrar— solo el placer de descubrir. Eso es intimidad intelectual. Genera otro tipo de cercanía— no de sentimiento, sino de percepción.
Más extraña aún es la intimidad narrativa— la que se forma no entre dos personas en una misma habitación, sino entre quien escribe y quien lee, separados por el silencio y el tiempo. No es inmediata— pero no por ello menos real. Una voz surge desde la página y parece hablarte directamente, como si conociera los contornos de tu pensamiento. Te sientes comprendido—sin haber sido visto. Quizá nunca llegues a conocer a quien escribió esas palabras, pero algo en ti se transforma. Ya no estás solo.
Estas no son categorías rígidas. Se superponen, se interrumpen, se evocan. Uno puede profundizar otra. La presencia física puede generar seguridad emocional. La cercanía intelectual puede abrirse a una ternura inesperada. Y aun así, cada una tiene su propio ritmo, su propia gramática— y sus propios riesgos.
En esa complejidad, la intimidad deja de ser una condición. Se convierte en una práctica: algo que se aprende, se pierde, se revisa, y a veces se escribe cuando ninguna otra forma es posible.
IV. La escritura como intimidad con uno mismo (y con otra persona)
La escritura, también, es una forma de intimidad— no solo con los demás, sino con uno mismo. Sobre todo cuando se es honesto— cuando lo escrito no busca solo ser ingenioso o correcto, sino verdadero. Ese tipo de escritura no halaga. No discute. Revela.
Escribimos para hacer emerger algo— no solo para una audiencia, sino para escucharnos pensar, para ver lo que aún no sabíamos que sentíamos. Al escribir, nos volvemos testigos de nuestra propia conciencia— tanto de su lucidez como de sus evasiones.
Seguimos una frase no solo por su lógica, sino por la emoción que transporta. Y cuando esa emoción se quiebra, sabemos que hemos perdido el hilo.
Entonces volvemos a empezar, una y otra vez— no solo para explicar, sino para decir algo que nos parezca justo.
En ese sentido, escribir es un acto ético. Exige atención. Requiere paciencia. Nos invita a habitar nuestra propia experiencia con precisión— incluso cuando esa experiencia es fragmentaria o irresuelta.
Y si tenemos suerte— si somos honestos— algo en ese esfuerzo llegará a alguien más. No para impresionar. No para convencer. Sino para acompañar.
V. Cuando la intimidad fracasa o es rechazada
A veces uno se extiende—con cuidado, con sinceridad—y recibe a cambio silencio, indiferencia o una respuesta tan desentonada que uno se siente ingenuo por haberlo intentado. Otras veces, el fracaso es más sutil: una conversación que se dispersa justo cuando algo verdadero empieza a tomar forma—o un oyente que oye tus palabras pero no tu significado.
Esos momentos quedan. No por dramáticos, sino porque nos recuerdan cuán frágil puede ser la intimidad. No se puede forzar—igual que no se puede forzar la humildad. Ambas requieren una entrega callada—una disposición a ofrecer algo sin saber cómo será recibido. Podemos preparar el terreno, hacer el gesto, arriesgar la verdad—pero lo demás depende del otro: de su momento, su capacidad, su voluntad de encontrarnos allí.
También está la experiencia de ser malinterpretado—no solo en los hechos, sino en la esencia. Intentas decir algo que importa, y la otra persona responde a lo que cree que dijiste—o a una versión de ti que nunca fuiste. Es un golpe— ese desencuentro entre lo que trataste de compartir y lo que realmente llegó. El deseo de intimidad se convierte en exposición sin conexión—una herida en vez de un puente.
A veces evitamos la intimidad no porque no la deseemos, sino porque tememos lo que podría costarnos. Se nos ha hecho sentir torpes—por cuidar demasiado, o por mostrarnos demasiado. O hemos compartido algo íntimo solo para verlo tratado con ligereza—o analizado sin sentir. Después de eso, nos volvemos cautos. Hablamos menos—o en fragmentos—o no hablamos en absoluto.
Es a raíz de esos rechazos—grandes o pequeños—cuando escribir deja de ser una simple expresión. Se convierte en reparación. La escritura nos permite recuperar lo que se perdió en el momento— nombrar lo que nunca llegó a su destino, terminar el pensamiento que nadie esperó, decirlo otra vez—esta vez sin interrupciones, sin suposiciones, sin miedo.
Y aunque la escritura no pueda deshacer el fracaso de un momento compartido, sí puede ofrecer otra cosa: coherencia. Un registro. Una forma de verdad que permanece—aunque no haya sido oída.
Así, la escritura se vuelve un acto silencioso de insistencia— no contra el mundo, sino a favor del autor. Es una forma de decir: Lo que traté de compartir sigue importando—aunque no haya sido recibido.
VI. El gesto que permanece
Al final, la intimidad no es un estado, sino un gesto— repetido una y otra vez— hacia la comprensión, hacia la presencia, hacia un entendimiento compartido que puede llegar… o no.
A veces ese gesto es una palabra dicha en el momento justo. A veces es un silencio sostenido el tiempo suficiente para que el otro hable. Y a veces es el acto de escribir—solitario, paciente, inconcluso— ofrecido no a una multitud, sino a un solo lector imaginado que, algún día, tal vez necesite lo que ahora intentas decir.
La escritura, en su raíz, es una forma de escucha. No solo hacia los demás, sino hacia el yo que no se apura, que no actúa, que no necesita convencer.
Hacia el yo que espera— que desea ser reconocido no por lo que logra decir a toda prisa, sino por lo que sigue intentando decir con delicadeza.
Por eso vuelvo a la página: no porque garantice conexión, sino porque mantiene la puerta abierta. Porque en un mundo que exige rapidez, certeza y encanto, la escritura da lugar a algo más lento y más fiel: el gesto largo, inacabado, de intentar alcanzar a alguien— quizá incluso a uno mismo— con algo resonante.
Y cuando la intimidad sucede—en la página o en la vida— nunca es por haber encontrado las palabras perfectas. Es porque alguien se quedó. Alguien escuchó. Alguien dejó que el momento se abriera—sin apresurarse a cerrarlo.
Eso es lo que hago ahora: escribir no para cerrar algo, sino para dejarlo abierto— para que algo de mayor hondura pueda entrar.
*
Ricardo F. Morín Tortolero Capitol Hill, D.C., 9 de junio de 2025