Archive for February, 2025

« Una mesa entre nosotros »

February 27, 2025

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Díptico Silencioso
por Ricardo Morín
Técnica: Óleo sobre lino
Dimensiones: 45,7 × 71,1 × 1,9 cm
Año: 2010

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Prólogo

Díptico Silencioso no es una ilustración, sino una resonancia—una meditación sobre el silencio, no como vacío, sino como un estado de receptividad.     Es el espacio donde el juicio se disuelve, donde la conexión humana persiste entre las palabras, donde el significado se siente más que se expresa.     En su quietud, sostiene lo que permanece irresuelto.     Hay silencios apacibles.     Otros, en cambio, están cargados de historia.

RFMT


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Nuestra cena temprana siguió a una función matinal de Parade, un musical impregnado de historia, de indignidad, del peso de una vida arrebatada y de un veredicto que aún pendía sin resolución.     En la mesa, hablamos de Leo Frank, el judío linchado en Georgia hace un siglo—indultado décadas después, pero nunca absuelto.     Su verdadero asesino jamás fue perseguido.

Éramos seis en la mesa.     Tres de nosotros éramos judíos.     Comprendían, de un modo que los demás solo podíamos reconocer pero nunca encarnar del todo, el dolor particular de ser convertido en chivo expiatorio.     Los otros simpatizaban, pero no podían sentir la misma alienación—no en la médula, no en esa forma heredada en la que la historia se imprime en unos más que en otros.

Era una conversación densa, pero no triste.     Hablábamos con la claridad que llega cuando los hechos llevan mucho tiempo asentados, pero sus ecos persisten.

Entonces, la interrupción:

La mujer en la mesa de al lado se volvió hacia nosotros con una pregunta, su voz atravesando con facilidad nuestra conversación.

—¿Dónde están las chicas?

Miré a mis compañeros, los seis cómodamente instalados en la familiaridad del grupo.

—¿Qué chicas? —pregunté, sin acritud.

Ella parpadeó, como si esperara que la respuesta fuese evidente.

—Ya estamos casados entre nosotros —dije.

Se giró sin decir nada más.

No era necesario detenerse en ello.     El momento era conocido.     Un encuentro menor, el tipo de episodio que apenas registrábamos después de años de saber exactamente cómo el mundo podía inclinarse ante nuestra presencia.

Para desviar la conversación, dije:

—Freud diría que todas las relaciones son intentos de resolver asuntos pendientes con nuestros padres.

Alguien sonrió con ironía.     Un tenedor se posó en el plato.     Un instante de silencio, no de incomodidad, sino de reflexión.

—Los hombres con sus padres, las mujeres con sus madres —continué.

Las respuestas fueron variadas.     Aprobación.     Desvíos.     Un cambio de tono.     Algunos hablaron de no haber cumplido las expectativas de sus padres.     Otros, de odio.     Otros, de desapego.     Algunos, de nada en absoluto.

Mencioné a mi padre.     Su certeza de que nosotros, sus hijos, no sabríamos sobrevivir sin él.     Se refería, por supuesto, a lo económico.     Su generación tenía su propia concepción de lo que significaba perdurar.

—¿Cuántos hermanos tienes? —preguntó alguien.

—Cinco —respondí—. Incluyendo a mi hermana menor, que acaba de fallecer.

Una pausa.

—Era angelical.

—Sesenta y nueve.

Hubo simpatía, cálida e inmediata.     Un momento sostenido el tiempo justo.

Y luego, como si fuese natural, la conversación viró—con facilidad, instintivamente.     Hacia el teatro.     Hacia los Premios Tony.     Hacia la vida y el talento de voces que se han ido, pero que quedaron para siempre registradas.

En la mesa contigua, la mujer reía ahora, el momento entre nosotros ya olvidado de su lado.

Y nosotros también reíamos—por algo más liviano, algo que no pedía ser examinado demasiado de cerca.

El momento permaneció, inadvertido, pero no olvidado.

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Epílogo

Como la pintura, el momento persistió—no exigiendo resolución, sino esperando, en silencio, a ser comprendido.     El peso de la historia, las sutilezas del sentido de pertenencia, las pausas en la conversación donde la verdad se siente, pero no se dice.

El silencio, al final, nunca está vacío.     Es el espacio donde todo permanece.

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Ricardo F. Morín Tortolero

27 de febrero de 2025; Oakland Park, Florida

« Cartas de amor a Nueva York »

February 27, 2025


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Selfie 2024

Viví en Manhattan desde 1982 hasta 2021, aunque nunca planeé quedarme. Inicialmente, debía ser algo temporal, un punto de espera antes del regreso de Jurek.     Pero entonces me dijo que se quedaría en Berlín. Su decisión, no la mía, fue lo que me ancló a la ciudad.     Y cuando supe que la muerte se lo había llevado, la espera se convirtió en duelo, y Manhattan pasó a ser otra cosa—quizás un sustituto, quizás una necesidad.

Nos admirábamos mutuamente.     Nuestras conversaciones me formaron, profundizaron mi comprensión del arte y reforzaron los instintos creativos que me guiaban.     Como en toda relación significativa, nuestros intercambios nos definieron. Jurek tenía un sentido profundo de lo que era el arte elevado, y su visión me desafió a mirar más allá de mis propios límites.     Incluso después de su partida, su influencia persistió, aunque la ausencia es una compañera pobre para la inspiración.

Aún así, tenía que encontrar mi lugar en Manhattan, entre sus corrientes creativas, sus exigencias implacables y sus contradicciones.

Mi formación académica había sido en bellas artes, pero me desviaba hacia el teatro, como ya me había ocurrido años antes en Venezuela.     Durante el tiempo que pasé con Jurek, transité del entorno experimental del Departamento de Arte de la Universidad Estatal de Nueva York en Buffalo (Bethune Hall) al mundo de las convenciones teatrales en el Departamento de Diseño de la Escuela de Drama de Yale.     Entre ambos, viajé con Jurek por Europa y asistí a seminarios de escenografía en la Escuela Internacional de Arte de Salzburgo.

En la bienvenida a los nuevos estudiantes en el Departamento de Diseño de Yale, el director mencionó mi llegada como si fuera “vía Salzburgo”, con un tono que me pareció entre jovial y afectado.     Aquella observación me quedó grabada durante años—nunca supe si era admiración o algo más.     En lugar de cuestionarla, desvié la conversación hacia la influencia de Albert Spaulding Cook en Buffalo, cuyas obras guiaron mi decisión de tender un puente entre las bellas artes y el teatro, pasando de mi propia concepción del arte a la particular visión de Cook sobre el papel interpretativo del diseñador al servicio del dramaturgo.     La reacción del grupo fue inmediata—y reveladora.     Un par de profesores no respondieron a mis objetivos, sino al simple hecho de haber mencionado a Cook, cuestionando si alguna vez había estado en Buffalo.     Yo sabía perfectamente que sí, pero elegí no discutirlo.     No tardé en percibir una sutil resistencia a las ideas que no encajaban con las normas establecidas—quizás un reflejo de las prioridades de la facultad, aunque nunca llegué a determinar del todo cuál era mi lugar dentro de ellas.     Después de mi segundo año, el director me preguntó si deseaba continuar.

Durante los tres años del máster, no encontré el rigor formal que esperaba, pero aun así seguí adelante.     Mis aspiraciones en las bellas artes permanecían intactas, pero mi estabilidad dependía de mi papel como escenógrafo—un rol en el que se esperaba que me ajustara a un oficio interpretativo en lugar de perseguir el arte en mis propios términos.     El programa priorizaba la adhesión a estándares establecidos sobre la exploración de nuevas formas, una estructura que chocaba con mi deseo de elevar la escenografía—de transformarla en un arte capaz de situarse junto a las disciplinas más expresivas, en lugar de quedar relegada a un papel secundario.     El principal consejero del programa, por supuesto, nunca lo habría admitido.     Nunca supe si mi enfoque le inquietaba o simplemente divergía demasiado de sus expectativas.     Permaneció en su cargo hasta bien entrada su vejez, hasta su muerte a los ochenta y tantos años.     A veces me pregunto qué pensó sobre los años de nuestras discusiones—si es que alguna vez pensó en ellas.

En Manhattan, los caminos de la escenografía y la pintura se cruzaban, pero ninguno ofrecía estabilidad ni éxito claro.     Las redes profesionales parecían un caos.     Desde Broadway, donde trabajé como asistente principal, hasta los escenarios experimentales del Off-Off-Broadway, la lucha era la misma.     Tanto en lo personal como en lo profesional, encontraba motivos de inquietud.     También fueron los años marcados por la crisis del SIDA, un tiempo que dejó una huella imborrable en mí.     Atravesé aquellos años, aunque ellos también me atravesaron a mí.

Caminar por las calles de Manhattan en los años ochenta era como recorrer un laberinto sin salida.     El cuchicheo de nuevas ideas, la promesa de la fortuna, pero cada esquina solo conducía a otro callejón sin salida—igual que mi trabajo en escenografía.     Broadway era un campo de batalla, y el Off-Off-Broadway, un laberinto de almacenes olvidados.     Cada callejón que recorría, cada cafetería a la que entraba, resonaba con la falsa promesa de conexión, mientras la ciudad devoraba a los agotados y desechaba a los prescindibles.

La falta de oportunidades para establecerme como escenógrafo reflejaba mi exclusión del circuito de galerías.     Ambas cosas significaban lo mismo:     negarme una oportunidad real para construir una reputación.     Algunas puertas nunca se abrieron; otras se cerraron antes de que pudiera cruzarlas.     Un reconocido diseñador de Broadway solía presentarme como su asociado y como un gran artista, pero jamás me permitió competir con él.     Los ingresos que lograba asegurar eran, en el mejor de los casos, precarios.     La competencia era feroz, impulsada más por intereses comerciales que culturales.     Las galerías, por su parte, estaban dirigidas por oportunistas ansiosos por explotar el talento, mientras que los directores artísticos priorizaban el beneficio sobre la innovación.     La promesa de la fama—efímera o no—resultaba inalcanzable.     La supervivencia dictaba mis decisiones y me obligaba a sortear mis limitaciones en lugar de superarlas.

En una ciudad que se reinventaba sin cesar, donde las calles estaban teñidas con los colores de la adicción y la lucha, parecía que nadie estaba entero.     Las aceras fracturadas bajo mis pies reflejaban mis propias ambiciones fragmentadas.     Había días en los que ni siquiera reconocía los barrios que una vez llamé hogar.     En lugares donde la vida se reducía a la mera supervivencia—donde las aceras estaban sembradas de viales de crack y la gente deambulaba tambaleante—¿cómo podía esperar prosperar, mucho menos crear algo duradero?

La escenografía en el mundo del espectáculo era ardua, y la paga, miserable—pero lo hacía por amor al oficio.     En una ocasión, un productor perspicaz comentó que disfrutar tanto de mi trabajo parecía incompatible con la idea de recibir un salario por ello.     Con el tiempo, busqué seguridad en el diseño comercial y trabajé en documentales cinematográficos y en la industria del juguete.     Pero ni siquiera allí el profesionalismo garantizaba respeto o justicia.     Los mismos desafíos persistían.     El Actors Fund of America y Visual AIDS ofrecían apoyo en tiempos difíciles; brindaban un espacio para recordar a los que se habían ido y reflexionar sobre las luchas artísticas.

En los primeros años, el pulso de Manhattan latía en la noche a través de secretos susurrados entre extraños, unidos por la necesidad de un contacto sin compromisos.     Había seguridad en ese anonimato, pero era un escudo vacío frente a lo que realmente buscaba—algo más allá del siguiente encuentro fugaz, más allá de las paredes de un bar o de un apartamento alquilado por una noche.     Era una ciudad donde el amor parecía evaporarse en cuanto tomaba forma, y la independencia se sentía más como aislamiento que como libertad.

A medida que luchaba en el mundo profesional, descubrí que la falta de plenitud en mi trabajo reflejaba la ausencia de amor en mi vida personal.     Ambas cosas eran el reflejo de un vacío mayor que aún no sabía nombrar.     La inestabilidad no se limitaba al ámbito laboral.     Las amistades y las relaciones amorosas se deshacían con la misma facilidad.     Perdí a muchos amigos a causa del SIDA, lo que profundizó mi sensación de aislamiento.     Más que cualquier revés profesional, fue la ausencia del amor lo que dejó el vacío más hondo.     Seguía debatiéndome con preguntas sobre mi propósito, preguntas que, tras años de reflexión, aún no tenían respuesta.     La búsqueda en sí misma se convirtió en una lucha—tan esquiva como el éxito en un mundo de exigencias desmesuradas.

El olor a decadencia y el sonido de las sirenas nunca estaban lejos.     En barrios donde familias sin hogar vivían a la sombra de edificios que alguna vez fueron gloriosos, la supervivencia se lograba a cualquier precio—ya fuera una mano desesperada extendida para una limosna o una esquina convertida en algo más oscuro.     Había una frialdad en el avance implacable de la ciudad, como si todo fuera desechable.     Mi arte, mis esfuerzos, mis deseos—todos parecían enredados en ese mismo ciclo vicioso de consumo y abandono.

La inteligencia y la honestidad de BBT moldearon mi vida de maneras que, al principio, no supe comprender del todo.     Me sentí atraído por su compañía y busqué en ella el alimento creativo que parecía faltarme en otros lugares.     Por aquel entonces, creía poder sobrellevar los desafíos que enfrentaba—mi salud, afectada por el SIDA; carreras que no habían terminado de desarrollarse; relaciones marcadas por la falta de compromiso o de verdadero entendimiento.     Varios amigos, abrumados por sus propias batallas, optaron por quitarse la vida.     Aquel periodo se vio agravado por un ambiente opresivo y carente de satisfacción.     Seguía echando de menos a Jurek, quien había elegido Berlín para morir lejos de mí.     Nueva York me había mostrado la complejidad del amor en tiempos difíciles:     Sin duda, Manhattan era un lugar difícil para encontrar el amor y aún más para sostener una carrera en el mundo del arte, y sin embargo, aún me fascinaba.

Billy evitó que me retirara por completo; me ofreció tanto una compañía intelectual como la confianza en mi potencial creativo.

Pero nuestra relación no estuvo exenta de tensiones.     A veces, su insistencia en la estructura gramatical parecía más un reflejo de sus propias incertidumbres profundas que una simple demanda de disciplina.     Empecé a ver que, en su afán por impulsarme hacia la maestría, él mismo lidiaba con sus dudas.     Los dos estábamos en la misma búsqueda—tratando de demostrarnos algo, no solo al mundo, sino a nosotros mismos.     Hubo momentos en los que resistí su orientación, al igual que él resistió la mía, pero esa tensión, aunque incómoda, se convirtió en parte del vínculo que nos mantenía unidos.     En esas verdades difíciles comprendí que no éramos adversarios, sino compañeros de viaje, cada uno buscando su lugar en un mundo que rara vez tenía sentido.

La creatividad fue mi ancla, un medio para canalizar mi energía hacia algo significativo.     Incluso en los peores momentos, seguía encontrando consuelo en ella:     El roce de un pincel sobre el lienzo, una frase que cobraba sentido—pruebas de que la creación, y la vida misma, seguían siendo posibles.     La pintura había sido mi compañera de vida, pero cuando un mentor de mi juventud dejó recientemente los pinceles para dedicarse a la escritura, me pregunté:     ¿Por qué no podía hacerlo yo?     Billy me ayudó a reconocer mi potencial como escritor, un camino que había considerado por primera vez en mi infancia, mientras escuchaba a mi padre dictar cartas a su secretaria.     A los dieciséis años, un gramático me dijo que no solo era pintor, sino que tenía el potencial de una voz única, aunque con frecuencia le costaba entender lo que intentaba decir.

Cincuenta y un años de lucha y resistencia como inmigrante moldearon mi perspectiva.     Mi padre una vez calificó a uno de mis apartamentos en Nueva York como desagradable y juró no volver jamás.     Sin embargo, en ese mismo espacio, encontré momentos de conexión en medio de circunstancias difíciles.

Ese contraste nunca me abandonó:     lo que otros veían como miseria, yo lo experimentaba como un espacio de potencial.     Incluso en situaciones complicadas, el amor encontraba una forma de existir.

Manhattan, en su crudeza, me mostró el precio del progreso y el silencio de aquellos que quedaron atrás.     Yo también fui una víctima de ese silencio, vagando por las calles en busca de algo que llenara los espacios que se habían vaciado.     Manhattan era más que un simple telón de fondo; era tanto mi adversaria como mi cómplice.     Me desafió y me sostuvo por igual.     Moldeó mis luchas, pero también reveló momentos de significado, a veces de formas inesperadas.

El romance llegó en mis cuarenta, un intento por encontrar compromiso, pero no resonó de la manera que esperaba.     Cuando mi sentido de autonomía estuvo en peligro, preferí la soledad.     El silencio se instaló entre las paredes—un ritual callado de distancia, incluso de mis propias pasiones.

Recuerdo tanto validaciones como asaltos, de caras familiares y extraños por igual.     Sin embargo, incluso en los malentendidos, en los encuentros accidentales—sin importar su naturaleza—encontré significado.     Estaba aprendiendo de todos ellos.

En algún momento, escribí una carta a un Cardenal, un intento de articular la inequidad frente a la victimización en nuestro mundo.     Fue un ejercicio de gimnasia verbal, una forma de descifrar la realidad que habitaba.     Más tarde, inserté esta carta en una pintura compuesta titulada INRI:     Compuse su encabezado en un collage de billetes de un dólar, que había pegado permanentemente por temor a que fueran desfigurados.

Un museo me invitó a participar en una exposición importante que celebraba a los Artistas en el Mercado, pero solo si reemplazaba INRI con otra pintura, una inspirada por un fax que había enviado a un corresponsal de Newsweek en París.     Ese fax reflejaba mis preocupaciones: sobre el arte, sobre la lucha, y sobre el propio mercado que la exposición intentaba mostrar.     El corresponsal respondió con una postal que mostraba una pintura egipcia antigua de un hombre siendo devorado por una mula.     Una respuesta curiosa, pero adecuada a su manera, así que la hice parte de la pintura.

Sin embargo, ya había comprometido la pintura del fax a una galería de Midtown.     Rechacé la solicitud del museo a menos que aceptaran exhibir INRI.     El curador del museo dudó, incapaz de comprender completamente su significado.     Al final, no participé.     Su comentario de bienvenida en el vernissage fue:     “Eres todo un luchador por asistir”, como si presentarme a pesar de la situación fuera un acto de perseverancia.     Sin embargo, tal vez no fue tan trivial como parecía.

Las galerías, igualmente, operaban dentro de sus propias estructuras opacas.     Tomaban obras en consignación, reclamando el 40% del precio de venta, pero rara vez revelaban quiénes eran los compradores.     Una pintura que vendí desapareció en el anonimato, con solo una vaga garantía de que había sido “colocada bien.”     No había contrato para el comprador, ni registro de negociación más allá de un acuerdo verbal—un arreglo que a menudo dejaba a los artistas vulnerables, dependiendo de la discreción de la galería.     Aprendí que vender arte era tanto sobre confianza como sobre saber negociar el talento.

En otra ocasión, cuando los socios de una galería se separaron, propusieron llevar mi obra a Londres para su nuevo proyecto.     ¿Cómo podría confiar en ellos?

Hubo otros dos incidentes que trajeron tanto frustración como un sentido de ironía.     Una producción de California en los Queen’s Kaufman Studios desplazó cuatro de mis pinturas de mayor formato, que había ofrecido para alquilar.     Un coproductor había comentado inicialmente que mis pinturas parecían valer millones, pero el personal de almacenamiento las descartó.     Su negligencia tardó más de un año en ser compensada con una ínfima parte de su valor, tras una prolongada disputa entre tasadores.     Luego, un asesor de arte corporativo vendió una de mis pinturas y no me pagó el 60% completo de la cantidad acordada.     El mismo abogado voluntario que me representaba permitió que pagara en cuotas durante un año.     Y, sin embargo, sino no hubiese sido por estos eventos, no habría tenido ningún recurso para costear medicamentos experimentales no cubiertos por mi seguro médico.     En un momento dado, mi seguro fue suspendido debido a la falta de contratos sindicales, ya que trabajaba como freelancer sin afiliación sindical.

En los años posteriores, una galería en Dinamarca mostró interés en firmar un contrato de dos años que requería producir 20 pinturas al mes y solo compensaría por el costo de los materiales.     Dije de forma tajante: No, gracias, y el director se sintió ofendido por cómo negocié los términos.

Luego, llevé 25 años de mis pinturas de regreso a Venezuela, las cuales ahora están en almacenamiento—aunque incierto sobre su condición, estoy dispuesto a dejar que mi familia las venda a cualquier precio, siempre que las pinturas sobrevivan—mientras que la obra que evolucionó 18 años después la vendí en subasta—comenzando a $1 por pieza.

Estos momentos pueden parecer separados, pero reconozco su conexión:     Mis elecciones creativas y mi resistencia a las condiciones impuestas—¿fueron simplemente actos de desafío, o revelaron algo más profundo?     ¿Cuánto de mi lucha, mi insistencia en el significado, y mi renuencia a ceder, estuvo atado a la ausencia de amor?     ¿Hizo la ausencia de amor que el compromiso se sintiera como una traición a uno mismo?     ¿O cómo el amor (o su ausencia), dio forma a mi percepción de validación y rechazo?—Aún me lo pregunto.

Si tengo una visión única como artista visual, entonces las oportunidades que se me escaparon nunca fueron mías para sostener.     Mis manos no tuvieron nada que ver con ese conflicto.     Era mi destino.

La naturaleza sinuosa de la experiencia—la forma en que la desesperanza se convierte en arte, cómo un fax de desesperación o una carta se convierte en pintura—me recuerda que la creación y la pérdida siempre han estado entrelazadas.     Manhattan no fue solo un telón de fondo; provocó, dio forma y, en ocasiones, incluso dictó el significado.

Reflexionar sobre el pasado es, muchas veces, un ejercicio de futilidad.     El destino nos recuerda cuán determinados están nuestras vidas por fuerzas incomprensibles.     La agencia, en lo que ya ha pasado, es una ilusión.     Vivimos en una era de incredulidad y especulación, donde la desconfianza y la conflagración coexisten con la histeria de mentes que buscan certeza en la incertidumbre.     Para estas mentes, la vida se convierte en una herramienta de chismes y en una afirmación del miedo.     Son mentes de prejuicio y egoísmo, incapaces de concebir un futuro que no se alinee con sus propios desconciertos.     Es un síndrome de oscurantismo, donde la paranoia y el miedo reaccionario prevalecen sobre la razón, y el confinamiento epistemológico refuerza un estado en el que se desestiman las contradicciones en lugar de examinarlas, y la duda se explota como prueba de conspiración.     Es el rechazo de la complejidad a favor del dogma, un apego a la certeza que convierte la ignorancia en convicción y la especulación en doctrina.     No cambiamos el pasado diseccionándolo—solo agudizamos nuestra conciencia de cuán poco control teníamos en primer lugar.     Equilibrar la incertidumbre es una tarea de tontos.     La única gracia de dignidad que nos queda a los mortales está en aceptar nuestras limitaciones—no como derrota, sino como claridad.     No hay contradicción en esa aceptación.     Si algo, permite una forma diferente de agencia—no en alterar lo que fue, sino en decidir cómo existir dentro de lo que queda.

Mi historia no solo trata de la búsqueda del amor, sino de lo que el amor—ya sea encontrado, perdido o ausente—dejó en su estela.     La creatividad nunca fue separada del anhelo; emergió de él, llenó sus vacíos, y, en ciertos aspectos, se convirtió en la forma más duradera del amor.

Quizás estas conexiones no necesiten ser expresadas de manera directa.     Existen en los espacios intermedios—entre el arte y la supervivencia, entre las vidas con las que me crucé y las que desaparecieron, entre la ciudad que me golpeó y la ciudad que me formó.

Cuando finalmente conocí a David, mi esposo de los últimos diez años—aunque hemos estado juntos por veinticinco—mi vida comenzó a cambiar.     Antes de conocerlo, ya me había resignado a la idea de que ser pareja no era posible.     Luego descubrí que me amaba de verdad y me entendía con una profundidad asombrosa.     Sin intención alguna, su amor curó todas mis cicatrices emocionales y me liberó de la obsesión.     Su amor me permitió descubrir una quietud a la que puedo regresar en un instante—justo como lo hacía antes, pero ahora la compartimos.     Incluso cuando la vida nos desafía con sus vicisitudes, tengo la certeza de una cosa: soy amado—amado de una forma pura y profunda.

Pero el amor no es un acto de borrón y cuenta nueva, ni es simplemente lo contrario del anhelo.     La tentación de ver mi vida en contraste—de decir que la lucha precedió al amor, que la ausencia definió su llegada—siento, en ciertos aspectos, que es una ilusión.     El contraste puede hacer que el significado se vuelva vívido, pero también puede distorsionarlo.     Puede crear división donde debería haber unidad.     He aprendido que el amor no invalida el pasado; lo revela con mayor detalle.     Lo que vino antes no fue un preludio vacío de la presencia de David.     Fue real, vivido y lleno de su propio peso.

Mi historia no es un arco simple de oscuridad a luz.     Es más bien como una serie de ecos, donde el pasado y el presente se informan mutuamente.     La energía creativa del silencio—algo a lo que puedo regresar en un instante—sugiere un tipo de equilibrio.     Siempre estuvo allí, junto a mis luchas.     El amor de David no lo creó, pero me dio la confianza para habitarlo plenamente.

Esa distinción es crucial.     Si definiera mi felicidad ahora en oposición a mi pasado, cometería el mismo error que marcó gran parte de mis años más jóvenes—buscar significado a través del contraste en lugar de la presencia.     El punto de anclaje que encontré en el amor de David no se erige en contra de lo que vino antes, sino dentro de ello.     El amor no niega la lucha; permite que la lucha exista sin consumirlo todo.

Aunque el mundo está lleno de imperfecciones e incertidumbres, el amor las trasciende—no como una fuerza contrapuesta, sino como algo capaz de sostener contradicciones sin disolverlas en opuestos.     Las luchas no disminuyen la riqueza de la vida de uno; le dan textura, profundidad.     Y la realización, ahora entiendo, no se encuentra en resoluciones simples, sino en la confianza que cultivamos.     El amor no divide.     No traza líneas entre el antes y el después.     No hace que el significado dependa del contraste.     En cambio, permite que todo exista a la vez, en el mismo suspiro.

Mi carrera en el arte y el diseño de escenarios ha seguido su propio camino—uno de persistencia más que de reconocimiento masivo.     Mi trabajo ha sido exhibido, apoyado y estudiado, pero su verdadera medida radica en su resistencia.

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Ricardo Federico Morín Tortolero

Febrero 27, 2025; Oakland Park, Florida


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Nota del autor:

Para aquellos interesados en la trayectoria profesional detrás de las experiencias compartidas en « Cartas de amor a Nueva York », el siguiente apéndice ofrece un breve resumen de mi trabajo en bellas artes y diseño de escenarios.

Apéndice:

  • Bellas Artes:

Ricardo Morín, nacido en Venezuela (1954), ha sido exhibido en muestras tanto individuales como colectivas y ha recibido apoyo de Visual AIDS y del gobierno venezolano. Morín también ha colaborado en un proyecto de investigación multidisciplinaria de arte/antropología y ha trabajado como profesor adjunto en el Pratt Institute. Para más información detallada, visite https://ricardomorin.com/Bio.html.

  • Diseño de Escenarios:

Ricardo Morín ha trabajado como asistente principal de diseño de escenarios para diseñadores de Broadway en musicales, dramas y ballets, así como diseñador independiente para varias obras y musicales Off-Off Broadway. Para más información detallada, visite https://ricardomorin.com/PDF/Theater-Resume.pdf.

« El umbral del silencio »

February 12, 2025

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Inmanencia Infinita
Ricardo Morín:     Acuarelas, carboncillo, tintes, óleo y corrector sobre papel
14” x 20”
2005

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I. La Carga de la Conciencia

Llega un momento, a veces repentino, a veces insinuándose con los años, en que la mortalidad deja de ser una abstracción.     Ya no es una eventualidad lejana, una idea relegada a los pliegues de la vida cotidiana, suavizada por distracciones y rutinas.     En su lugar, se adelanta, innegable y densa, tan cierta como la respiración y tan efímera como ella.

Tal vez se manifiesta en la silenciosa traición del cuerpo: una rigidez matutina que no desaparece, el titubeo de la memoria, la leve vacilación antes de un paso que antes se daba con facilidad.     O quizá llega con la pérdida:     un amigo, un hermano, un padre cuya ausencia se siente como un ensayo de la propia.     La conciencia se agudiza, volviendo el tiempo más precioso y más frágil.     Comenzamos a medir la vida no por lo que ha pasado, sino por lo que aún queda.

Y, sin embargo, incluso con esta conciencia, hay resistencia.     La mente se evade, aferrándose a planes, distracciones, a la cómoda ilusión de continuidad.     Tememos la muerte, pero también nos negamos a mirarla de frente, como si el mero reconocimiento apresurara su llegada.     Creamos rituales en torno a ella, filosofías que la explican, pero rara vez nos sentamos con ella en silencio, sin adornos.     No es la muerte en sí lo que aterra, sino el saber, la certeza de que vendrá, ya sea con advertencia o en un instante desprevenido.

Pero, ¿y si en lugar de rehuirla, dejáramos que esta conciencia se asentara?     No como un peso, sino como una compañía silenciosa.     Si pudiéramos ver la pérdida no como un robo, sino como un tránsito inevitable, siempre entretejido en la trama de la vida, la muerte perdería su urgencia.     Saber que somos mortales no implica desesperación, sino comprender los límites de lo que se nos ha dado.     La pregunta no es si la muerte llegará, sino si podemos llevar ese conocimiento sin miedo, si podemos, finalmente, aprender a vivir con ello.

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II. El Declive: Mente y Cuerpo

El cuerpo no se debilita de golpe.     Su desgaste es lento, medido en las más pequeñas traiciones:     pasos que antes eran automáticos y ahora requieren cuidado, un nombre que se escapa justo en el instante en que se necesita, la paulatina atenuación de los sentidos que antes esculpían el mundo con claridad.     Al principio, estos cambios parecen meras molestias pasajeras, lapsos momentáneos más que el inicio de un destino ineludible.     Pero con el tiempo se asienta la verdad:     esto no es una fase, no es algo de lo que se pueda recuperar, sino el deshilacharse silencioso de lo que una vez parecía permanente.

La mente también muestra signos de desgaste.     El pensamiento se ralentiza; los recuerdos emergen en fragmentos, esquivos y caprichosos.     Hay una ironía en esto:     la lucidez persiste lo suficiente como para ser testigo del propio deterioro de facultades.     No es lo mismo perderse sin darse cuenta que observar el proceso con plena conciencia.     Aquí yace la lucha más profunda:     no sólo el deterioro del cuerpo o la mente, sino la tensión entre resistir lo inevitable y entregarse a ello.

Algunos combaten este declive con desesperación, esforzándose por retener lo que se desvanece.     Entrenan el cuerpo, desafían la mente, se aferran a rutinas como si la disciplina pudiera contener el paso del tiempo.     Otros se rinden con mayor facilidad, viendo en cada pérdida una señal de que la vida no está hecha para ser sostenida con los puños cerrados.     Pero la aceptación no llega sin esfuerzo; no es resignación pasiva ni derrota.     Es un equilibrio incierto entre el esfuerzo y la entrega, entre conservar lo que se puede y soltar lo que inevitablemente debe irse.

El sufrimiento adopta muchas formas.     Para algunos, irrumpe en un sólo instante devastador:     un diagnóstico, un accidente, un colapso inesperado del orden frágil del cuerpo.     Para otros, se desliza lentamente, dejando su rastro en el peso de cada año que pasa.     Puede ser físico, exigiendo su tributo sin descanso, o tal vez el dolor más sutil de perderse a uno mismo, de volverse irreconocible ante un espejo.     Sin embargo, sin importar su forma, el sufrimiento es universal.     No se rige por la lógica ni por la justicia.     Simplemente es.

En este escenario, la medicina interviene, intentando ralentizar, reparar, resistir el curso natural del deterioro.     Y, sin embargo, hay una disonancia en esto.     El cuerpo es finito, su desgaste está escrito en su naturaleza, pero aun así, avanzamos con tratamientos, procedimientos y fármacos que prometen retrasar lo ineludible.     La frontera entre el cuidado y la prolongación artificial se difumina.     Luchar por la vida es instintivo, pero ¿en qué punto la lucha se convierte en sufrimiento?

En los momentos de quietud, lejos de médicos y terapias, la pregunta persiste:     ¿es el declive algo contra lo que debemos luchar, o hay dignidad en permitir que la naturaleza siga su curso?     Y si la respuesta no está en la resistencia absoluta ni en la rendición pasiva, entonces, ¿dónde, exactamente, se encuentra el equilibrio?

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III. Las Distracciones Que Retrasan la Aceptación

Aceptar plenamente la muerte exigiría una quietud que pocos pueden soportar.     La mente, inquieta y astuta, encuentra maneras de eludir esa quietud, de tejer una vida tan llena de movimiento e intención que la mortalidad sigue pareciendo una preocupación lejana y teórica.     Así, llenamos nuestros días con esfuerzos para prolongarlos.

La longevidad se convierte en un objetivo en sí mismo, en una industria erigida sobre la promesa de que el deterioro puede posponerse, quizás incluso evitarse por completo.     Dietas, regímenes, suplementos y tratamientos, todos dirigidos a fortalecer el cuerpo contra su inevitable declive.     La ciencia también interviene, ofreciendo nuevas formas de reparar, reemplazar y sostener.     La medicina no solo busca sanar, sino alargar; la tecnología susurra futuros en los que el envejecimiento es opcional, y el ritual proporciona una estructura reconfortante frente a lo incontrolable.     Cada una de estas opciones ofrece algo real:     tiempo, alivio, una sensación de dominio sobre las fallas del cuerpo.     Pero bajo todas ellas yace la misma esperanza no expresada:     que la muerte, si no puede ser vencida, al menos pueda posponerse el tiempo suficiente para ser olvidada.

Sin embargo, no es sólo el miedo a la muerte lo que nos mantiene aferrados a la vida, sino el peso de lo inacabado.     Las obligaciones aún pendientes, las palabras no dichas, las personas que aún nos necesitan—todo ello genera la sensación de que partir ahora sería prematuro, que marcharse significaría abandonar algo esencial.     Incluso en la vejez, cuando la vida ha sido larga y plena, persiste la impresión de que queda más por hacer, más por resolver, más por comprender.     El pasado nos arrastra con sus preguntas sin respuesta; el futuro, aunque menguante, sigue sosteniendo la ilusión de posibilidad.

Y así, resistimos la quietud.     Rehuimos el silencio, donde la verdad se escucha con mayor claridad.     La mente, desocupada, podría empezar a aceptar lo que el cuerpo ya sabe.     Por eso llenamos las horas, nos rodeamos de rutina, distracción, movimiento. Incluso el sufrimiento, de un modo extraño, puede convertirse en un ancla—algo en lo que concentrarse, algo que soportar, en lugar del vacío al que habría que entregarse.

Pero, ¿y si dejáramos caer las distracciones?     ¿Si dejáramos de aferrarnos a más tiempo, más propósito, más ruido?     ¿Qué quedaría?     El miedo, sí, pero también la posibilidad de paz.     Por más que luchemos, la muerte no se presta a negociaciones.     Llega cuando ha de llegar, indiferente a las medidas tomadas en su contra.     Tal vez el último acto de sabiduría no sea resistirse, sino soltarse—permitir que la quietud se asiente, dejar que la mente y el cuerpo, finalmente, coincidan en su comprensión.

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IV. El Peso del Sufrimiento y la Resistencia

El sufrimiento es la única certeza que comparten todos los seres dotados de conciencia.         No es raro ni excepcional; es el trasfondo de la existencia, tejido en la vida desde el primer aliento hasta el último.     Y, sin embargo, a pesar de su universalidad, el sufrimiento es profundamente personal—se experimenta de formas que nadie más puede comprender del todo, se soporta de maneras que no pueden medirse.

El dolor adopta muchas formas.     Puede ser la lenta opresión del cuerpo contra sí mismo, el desgaste de la enfermedad, el peso de una fatiga que nunca llega a disiparse.     O puede ser un dolor más silencioso: la pérdida de uno mismo cuando la mente flaquea, la soledad de ver al mundo seguir adelante sin uno, la pena de saber que, por mucho que se haya soportado, aún queda más por sobrellevar.     Algunos sufren a la vista de todos, con su dolor reconocido y validado.     Otros lo cargan en silencio, como si admitir su peso fuera ceder ante él.

Pero el sufrimiento por sí solo no marca el final.     Hay algo más allá de él, algo más profundo:     la resistencia.     El umbral de lo que se puede soportar no es fijo; se expande y se contrae.     Un dolor que antes parecía insoportable se vuelve parte de la rutina; una carga que parecía insuperable se lleva, día tras día.     Y, sin embargo, siempre hay un límite, un momento—generalmente callado, generalmente sólo comprendido en la intimidad de la propia conciencia—en el que la resistencia deja de ser suficiente.

Este es el momento de la revelación, cuando seguir vivo deja de ser un acto de vida y se convierte en mera persistencia.     Para algunos, llega de golpe, con la claridad de un amanecer.     Para otros, se insinúa poco a poco, con el cuerpo susurrando mucho antes de que la mente se atreva a escuchar.     No se trata simplemente del dolor, ni de la edad.     Es el instante en que la voluntad de permanecer deja de compensar el coste de hacerlo.

No hay una medida universal para determinar cuándo llega este momento; sólo lo sabe quien lo experimenta.     Resistir es instintivo, un hábito grabado en la esencia misma de la existencia.     Pero reconocer cuándo la resistencia ha alcanzado su límite es algo completamente distinto.     No es debilidad, ni rendición.     Es un saber silencioso, el reconocimiento de que toda vida contiene, en sí misma, el derecho a decidir cuándo ha sido suficiente.

Y así, la pregunta persiste: ¿es el sufrimiento el precio inevitable de la vida, o hay un punto en el que se justifica dejar la carga?     La respuesta no está escrita en doctrinas, ni en la medicina, ni en las opiniones de quienes no llevan ese peso sobre sus propios hombros.     Está escrita en cada individuo, en el instante silencioso en que se comprende: esto es suficiente.

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V. El Umbral Invisible

La vida no se marcha de golpe.     Se retira, al principio en silencio, casi imperceptible en su retirada.     La respiración se vuelve más superficial, no en jadeos, sino en una paulatina suavización, como si el cuerpo decidiera ocupar menos espacio en el mundo.     El peso disminuye, no solo en carne, sino en presencia:     el yo se torna más ligero, menos aferrado a las exigencias de la existencia.     Una mente antes inquieta divaga, los pensamientos se desenredan, como soltando su asidero al pasado, al futuro, incluso a la urgencia del presente.

Estos no son signos de fracaso ni de derrota.     Son la forma en que el cuerpo susurra que ha llegado el momento.     Momento de liberarse del esfuerzo, de la incesante tarea de sostenerse.     Momento de abandonar la lucha por permanecer.     Por mucho temor que rodee a la muerte, el cuerpo en sí mismo no la teme.     Sabe cuándo rendirse, mucho antes de que la mente esté preparada para aceptarlo.

Y así llega el instante del conocimiento—no una gran revelación, no una epifanía, sino una certeza serena.     No se mide en días ni lo dicta un diagnóstico.     Es algo más profundo, algo que se siente.     Algunos luchan contra ello, aferrándose a cada aliento como si la pura voluntad pudiera anclarlos.     Otros lo aceptan como se acepta el sueño—con reticencia al principio, luego confiando, hasta finalmente entregarse a su llamada.

Hay dignidad en este acto de soltar.     No la dignidad impuesta por otros, aquella que se mide en estoicismo o contención, sino la simple dignidad de ceder el control.     De permitir que el cuerpo haga lo que siempre estuvo destinado a hacer:     llegar a su fin no como una tragedia, sino como una culminación.     Resistirse a este momento es oponerse al propio ritmo de la vida.     Pero aceptarlo—acoger la quietud, dejar que la respiración se ralentice sin miedo—es una forma de gracia en sí misma.

Al final, la muerte no es algo que deba conquistarse, ni algo que deba soportarse más allá de lo que uno puede sostener.     Es simplemente el último umbral, invisible hasta que se alcanza, conocido sólo por aquel que lo cruza.     Y cuando llega el momento, no queda nada más que hacer sino avanzar—ligero, libre de cargas y sin arrepentimientos.

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VI. La Serena Aceptación

Pensar en la muerte sin miedo—sentarse con ella, sin defensas, y permitirle ser lo que es—es una paz rara y difícil de alcanzar.     Durante tanto tiempo, la mente ha rehuido su certeza, envolviéndola en distracciones, explicaciones y resistencia.     Pero llega un punto en que todo eso se desvanece, cuando la muerte deja de ser algo con lo que discutir o que posponer, y se convierte simplemente en el desenlace inevitable de una vida que ha sido vivida.

El miedo se disuelve cuando la muerte ya no se percibe como una interrupción, ni como un robo, sino como algo tan natural como la propia respiración.     El cuerpo, en su sabiduría, ya ha comenzado a soltar.     Es la mente la que se aferra, aferrándose al sentido, a lo inacabado, a la ilusión de que un día más, una hora más, podría cambiar algo esencial.     Pero al final, no se necesita justificación alguna.     No hace falta demostrar que ha llegado el momento adecuado.     El momento adecuado llega, sea bienvenido o no, y aceptarlo no es más que el acto de dejar de resistirse.

La quietud no es lo mismo que la resignación.     La resignación implica derrota, la sensación de que algo nos ha sido arrebatado contra nuestra voluntad.     Pero la verdadera quietud—la verdadera aceptación—es algo completamente distinto.     Es una llegada, un asentarse en lo inevitable sin temor ni pesar.     Es el instante en el que la mente y el cuerpo, tras tanto tiempo en conflicto, finalmente se alinean en la misma dirección.     No más esfuerzo.     No más negociaciones.     Sólo la serena comprensión de que lo que se nos ha dado ha sido suficiente.

Abrazar el final no es renunciar al valor de la vida, sino afirmarlo por completo—permitiéndole completarse con gracia.     No queda nada por hacer, ninguna deuda por saldar, ninguna batalla por librar.     Sólo queda el silencio.     Y el silencio es suficiente.

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VII. En conclusión

Ninguna vida se vive en soledad, y ningún camino—especialmente el que lleva a la aceptación—se recorre sin compañía.     En el transcurso de esta travesía, somos moldeados, guiados y sostenidos por aquellos que han tocado nuestro corazón, cuya presencia permanece en nosotros incluso después de su partida.     Al enfrentar mi propia mortalidad, no sólo reconozco la mía, sino también la de aquellos que me precedieron, cuyas vidas siguen resonando en la memoria, en el amor, en esos rincones silenciosos donde la ausencia se convierte en algo perdurable.

Entre mi familia:     Andreina Teresa Morín Tortolero, Eva Lowenberger, Martín Lowenberger, José Galdino Morín Infante, Domitila Infante de Morín, Sofía Morín Infante, Pipina Morín de Carrillo, Chucho Morín Infante, Italia Morín, María Teresa Tortolero Rivero, Lucía Tortolero Rivero, Pedro José Tortolero Rivero, Leopoldo Tortolero Rivero, Federico Tortolero Rivero, Ala Gaidaz de Tortolero, Boris Tortolero Gaidaz, Nick Carapelli, Richard Erman, Ruth Erman, Margot Schloss, Martin Schloss.

Entre mis amigos:     Alice Heller, Herta Lager-Kane, Jurek Pankratz, Phillip Jung, Tom Bunny, Frederick Williams, Steven Altman, Richard Alpert, Chris Kishlansky, Steven Kishlansky, Jack Smith, John Bugliaro, Ruth Pretat.

Su presencia perdura—no como sombras, sino como luz.
Me han enseñado, desafiado, consolado y, de algún modo, nos han preparado para el camino que todos debemos recorrer.

La muerte, en su dureza, nos despoja y nos confronta con lo esencial.
Sin embargo, también nos une, pues el amor que hemos dado y recibido no se extingue con la ausencia física.

Nuestros seres queridos permanecen con nosotros hasta el final, sosteniéndonos en su memoria y en el amor que han dejado en nosotros.

A ellos les ofrezco mi más profunda gratitud.
No se han ido.
Permanecen, en el corazón, en el alma, en la serena aceptación de todo lo que ha sido y de todo lo que será.

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Ricardo F. Morín Tortolero

12 de febrero de 2025, Oakland Park, Florida


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« La Arquitecta de la Resiliencia »

February 11, 2025

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Pendular
14” x 20
Ricardo Morín, Acuarela y tinta Sumi sobre papel
2003

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Prólogo

El Giro Silencioso

En la luz menguante de un mundo obsesionado con el espectáculo, ella perdura—no como un vestigio de sacrificios pasados, sino como una fuerza viva y en constante evolución.     El deseo de atención siempre ha sido un arma de doble filo en su vida:     tanto una exigencia impuesta por una sociedad fijada en las apariencias como una herramienta que ha aprendido a manejar con férrea determinación.     Cada mirada pública, cada instante magnificado por el resplandor de la expectativa, ha forjado su camino, moldeando no solo su destino, sino también el del visionario al que ayudó a formar.

No se limita a recordar el peso de la expectativa; lo transforma.     Su vida no es un registro estático de renuncias, sino una crónica dinámica de adaptación—la historia de una mujer cuyas respuestas cambian con el tiempo, cuyas convicciones evolucionan con cada desafío y cuyos conflictos internos son tan fluidos como las mareas cambiantes de la adoración pública.     Hubo momentos en los que la carga del espectáculo pesó sobre ella, pero nunca permitió que la definiera por completo.     En su lugar, aprendió a dejar que las circunstancias hablaran, permitiendo que el mundo en constante cambio refinara su propósito.

En una cultura donde cada gesto es escudriñado y cada acto medido por su capacidad de captar la atención, ella eligió forjar una autenticidad que desafía la actuación constante.     En medio de la búsqueda incesante del reconocimiento, descubrió que la resiliencia no consiste en soportar adversidades inmutables, sino en abrazar el cambio—en ser tanto la luz que guía cuando es necesario como el espíritu adaptable que se reinventa según lo requiera la vida.

Su legado está tejido en la esencia misma del ascenso del visionario, pero no se limita al efímero resplandor del aplauso público.     Vive en las decisiones aún por tomarse, en la callada resistencia contra un mundo empeñado en reducir vidas complejas a meras actuaciones.     Cuando la tormenta de la atención pública se disipe, quedará una verdad inmutable:     si bien el espectáculo puede regresar con renovado ímpetu, también lo hará su luz incansable y cambiante—siempre en respuesta al mundo, siempre fiel a su propio devenir.

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Capítulo 1

Los Orígenes de la Fortaleza

No nació en la abundancia ni transitó un camino fácil.     En su mundo, la fortaleza no era una herencia; se construía pieza a pieza, por necesidad, con la urgencia silenciosa de la supervivencia.     El hogar que conoció era un espacio de expectativas, donde la resiliencia no era una virtud, sino un requisito.

Sus padres, figuras de disciplina y ambición contenida, no hablaban del éxito en términos de indulgencia o grandeza.     Hablaban de perseverancia, de autosuficiencia, de esa firmeza que no espera el permiso del mundo.     Los valores que le inculcaron no eran suaves consuelos, sino verdades firmes e inquebrantables:     que la belleza es efímera, que la inteligencia es un arma que debe afilarse y que el esfuerzo es la única moneda válida para el progreso.

Las primeras adversidades que enfrentó no fueron reveses dramáticos y aislados, sino el incesante desafío de volverse indispensable en un mundo que a menudo ignora a quienes no exigen atención.     Aprendió pronto que la admiración es condicional, que la aprobación debe ganarse una y otra vez y que la única certeza radica en la capacidad de adaptación.

Más allá de los muros de su infancia, el mundo estaba en transformación.     El paisaje socioeconómico ofrecía pocas garantías, especialmente para una mujer decidida a labrarse su propio espacio.     El éxito no dependía sólo del talento o la inteligencia; era un acto de negociación, una prueba de resistencia.     La presión era constante:     debía conformarse, destacar, ser a la vez formidable y grácil, independiente y, sin embargo, admirada.

Pero ella no rehuyó estas exigencias; las absorbió, las estudió y halló en ellas un ritmo que podía dominar.     Mientras otros veían obstáculos, ella veía oportunidades para afinar sus instintos, para convertir la resiliencia en un arma y no en una simple defensa.     Cada puerta cerrada era una lección de persistencia.     Cada rechazo, un ajuste en su estrategia.

No sabía aún qué forma tomaría su vida, ni podía prever la magnitud del camino que le aguardaba.     Pero una verdad ya había echado raíces en su interior:     sobrevivir no era suficiente.     Si debía perdurar, lo haría bajo sus propios términos.

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Capítulo 2

Una Mujer en un Mundo de Hombres

Aprendió rápidamente que el talento no bastaba.     En un mundo donde los hombres dictaban las reglas del poder, una mujer debía estar el doble de preparada, el doble de serena, el doble de implacable.     Sus ambiciones no encajaban con los roles que le habían sido asignados, ni con los susurros de la tradición ni con las imposiciones de una industria que medía el valor de una mujer según la fugaz moneda de la juventud y el atractivo.

Su carrera no le fue concedida; la negoció, la disputó en espacios donde su presencia era tolerada pero no bienvenida.     Tuvo que sortear los sutiles desdenes, los techos invisibles, la expectativa de que debía agradecer cualquier espacio que se le permitiera ocupar.     Ser asertiva significaba arriesgarse a ser calificada de difícil.     Ser estratégica, de calculadora.     Y, sin embargo, ser menos que eso era desaparecer.

Pero ella no desaparecería.

El espectáculo siempre estaba presente, moldeando sus decisiones tanto como sus ambiciones.     La visibilidad era poder, y ella lo comprendía mejor que nadie.     Aprendió a manejar la atención, a controlar la narrativa antes de que la narrativa la controlara a ella.     Si debía triunfar en un mundo de hombres, no bastaba con ser competente—debía ser vista.

Pero la mirada del público era caprichosa.     Admiraba la fortaleza, pero castigaba la rebeldía.     Celebraba la belleza, pero despreciaba el envejecimiento.     Permitía la ambición, pero sólo si no eclipsaba la de los hombres.     Caminaba esta cuerda floja cada día, ajustándose, adaptándose, sin permitirse jamás el lujo de la complacencia.

La independencia fue su rebelión silenciosa.     Cada elección—dónde trabajaba, en quién confiaba, cómo se desenvolvía en una sala—era una declaración.     La tensión entre la expectativa y el deseo era constante.     El mundo quería que se conformara, que se suavizara, que cediera.     Pero ella ya había visto lo que la sumisión ofrecía:     silencio, invisibilidad, irrelevancia.

Así que esculpió su propio espacio, decisión tras decisión.     Jugó el papel cuando fue necesario, supo cuándo actuar, cuándo retirarse, cuándo avanzar.     Pero bajo la cuidadosa fachada, latía una mujer que se negaba a ser reducida a una simple imagen.

Se había convertido en parte del espectáculo.     Pero también era su dueña.

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Capítulo 3

El Nacimiento de un Titán

Ella no se propuso forjar una leyenda.     No imaginó que el niño al que acunaba entre sus brazos sería, un día, un nombre repetido con fascinación y recelo en todos los rincones del mundo.     Su propósito nunca fue la grandeza; era la supervivencia.

Desde el principio supo que la vida no le ofrecería indulgencias a su hijo.     No habría caminos allanados, ni concesiones fáciles, ni destinos garantizados.     La inteligencia sin disciplina es un arma sin filo; la ambición sin resistencia es un fuego que se consume demasiado rápido.     Si debía enseñarle algo, sería el arte de sostenerse en un mundo que no cede ante la fragilidad.

La maternidad, para ella, no fue una pausa en su ambición.     No la transformó en el arquetipo de la devoción dócil, ni la redujo a la sombra de su propio sacrificio.     Fue una extensión de su carácter, una nueva dimensión de su estrategia.     Criar a su hijo no significaba moldearlo según las expectativas de otros, sino fortalecerlo para que las desafiara.

Desde pequeño, le inculcó la idea de que el fracaso no es una derrota, sino un ensayo.     Que la adversidad no es un castigo, sino una prueba.     No suavizó el mundo para él ni lo protegió de sus aristas.     Lo expuso, con la certeza de que cada tropiezo lo haría más fuerte.

Mientras él crecía, ella observaba.     No como una madre que idolatra a su hijo, sino como una arquitecta que mide los materiales con los que construye su obra.     Veía en él el ímpetu, la curiosidad, la impaciencia del que intuye que el mundo es demasiado pequeño para sus aspiraciones.     Pero también veía la fragilidad de quien aún no comprende el peso de su propio deseo.

Le enseñó a negociar con la realidad.     A entender que el talento necesita estructura, que la genialidad sin control es solo ruido.     Que la admiración puede ser volátil y que la lealtad de los demás es una moneda en constante devaluación.

Pero lo más importante que le enseñó fue esto:     nunca esperes que el mundo te entienda.     Si aspiras a cambiarlo, debes estar dispuesto a cargar con su incomprensión.

Cuando llegó el momento de dejarlo ir, lo hizo sin miedo.     No porque no temiera el futuro, sino porque ya le había dado todas las herramientas para enfrentarlo.

Sabía que lo que venía no sería fácil.     Pero también sabía que el titán que había ayudado a forjar no se detendría ante nada.

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Capítulo 4

Entre el Orgullo y la Distancia

El ascenso fue imparable.     Como un cometa ardiendo en el firmamento, su hijo se convirtió en una figura imposible de ignorar.     Las multitudes lo adoraban, los inversionistas lo reverenciaban, los críticos lo diseccionaban con una mezcla de asombro y suspicacia.

Ella lo veía todo desde la distancia.     No porque él la hubiera apartado, sino porque comprendía que el espectáculo no dejaba espacio para los arquitectos.     La luz estaba sobre él, y eso significaba que ella debía permanecer en la penumbra.

El orgullo que sentía era innegable, pero también lo era la inquietud.     El mismo fuego que lo impulsaba podía consumirlo.     La misma independencia que había cultivado en él podía alejarlo más de lo necesario.

Había momentos en los que su hijo parecía un extraño.     Su mente, siempre acelerada, saltaba de una visión a otra con una intensidad casi febril.     Sus palabras, antes cuidadosas, ahora resonaban con la confianza absoluta del que ya no acepta cuestionamientos.     Se preguntaba si, en su afán por enseñarle a no depender de nadie, había creado a alguien incapaz de aceptar límites, incluso los de su propia humanidad.

A veces, en sus raros encuentros, veía destellos del niño que fue.     En un comentario fugaz, en una pausa inesperada, en la sombra de una duda que se le escapaba antes de que pudiera reprimirla.     Sabía que él aún la respetaba, aún la escuchaba, aunque nunca lo admitiera.

Pero también sabía que su camino ya no estaba entrelazado con el suyo.     Él había trascendido la necesidad de sus lecciones.     Había tomado todo lo que ella le enseñó y lo había convertido en su propio dogma.

No lo detendría. No porque no quisiera, sino porque comprendía que las estrellas que arden con más intensidad no pueden ser contenidas.

Lo único que podía hacer era observar.     Y esperar.

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Capítulo 5

El Precio del Legado

El mundo cambia con rapidez, pero la memoria es lenta para olvidar.

Los grandes no sólo son admirados; también son juzgados.     Lo que una vez fue reverencia se convierte en escrutinio.     Lo que antes era innovación se tilda de exceso.     Y los que antes aplaudían, ahora esperan el momento de la caída.

Ella siempre supo que el mundo no es un escenario de gratitud.     No importa cuánto construyas, cuántos avances logres, cuántas vidas transformes:     siempre habrá quienes prefieran señalar los errores antes que reconocer los triunfos.

Su hijo estaba aprendiendo esa lección de la manera más difícil.

Las críticas se acumulaban, los detractores se multiplicaban.     Lo acusaban de ser implacable, de perder el rumbo, de convertirse en prisionero de su propia ambición.     Decían que su genio se había convertido en obsesión, que su visión lo cegaba ante las consecuencias.

Ella observaba en silencio.     No porque no tuviera opiniones, sino porque sabía que él no las pediría.

Sabía que este era el momento en que su hijo decidiría qué tipo de hombre quería ser.

¿Se encogería bajo la presión?     ¿Cedería ante las exigencias del mundo?     ¿O redoblaría su apuesta, demostrando que su legado no dependía de la aprobación ajena?

No intervendría.     No porque no le importara, sino porque su papel ya estaba cumplido.

Ella había plantado las semillas de su fortaleza.     Había sido la arquitecta de su resiliencia.

Lo que él hiciera con ello, ahora, era sólo suyo.

Y en el silencio de la distancia, ella sonrió.

Porque más allá de la duda, más allá del juicio, más allá del peso del mundo…

Sabía que él nunca se rendiría.

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Epílogo

El Hilo Invisible

El mundo sigue girando.     Las olas de la historia suben y bajan, llevando consigo nombres que una vez parecieron inamovibles.     La grandeza es un espejismo inconstante, siempre redefinido por la memoria de quienes la narran.

Ella lo entiende mejor que nadie.     Ha visto cómo su hijo ha trascendido la admiración y el desprecio, cómo ha sido moldeado por el peso de sus propias decisiones.     Lo ha visto tambalearse y recomponerse, desafiar las leyes de lo posible y soportar el juicio de quienes nunca han construido nada.

Nunca le preguntó si era feliz.     No porque no le importara, sino porque sabía que la felicidad no es la vara con la que se mide una vida como la suya.     Su hijo no nació para la tranquilidad.     No nació para el sosiego de los que encuentran paz en la rutina.     Nació para la lucha, para la contradicción, para la incesante búsqueda de lo que aún no existe.

A veces, en la quietud de su propia vida, se pregunta qué habría sido de él si ella hubiera tomado otro camino.     Si en lugar de endurecerlo, lo hubiese protegido más.     Si en lugar de impulsarlo, lo hubiese retenido un poco.     Pero la duda es un lujo inútil, una pregunta sin respuesta.

Él es quien debía ser.     No por azar, no por destino, sino porque ella le enseñó a serlo.

Y en su mirada, cuando se encuentran —pocas veces, siempre breves—, aún ve ese destello.     Ese reconocimiento mudo de que, aunque el mundo lo vea como un titán solitario, hay un hilo invisible que lo une a ella.

No necesita que lo diga en voz alta.

Porque ella siempre lo ha sabido.

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Nota del Autor

Esta no es una biografía ni una crítica disfrazada de ficción.     Es una exploración de las fuerzas que moldean a quienes moldean el mundo.

El poder rara vez surge en el vacío.     Detrás de cada individuo extraordinario hay una historia tejida con triunfos, heridas y una ambición inquebrantable.     En este relato, no he pretendido ni glorificar ni condenar, sino comprender.

Algunos quizá reconozcan ecos de figuras conocidas en estas páginas, pero esta no es su historia.     Es un reflejo, una meditación sobre el peso del legado, la soledad de quienes desafían los límites y la sutil influencia de aquellos que permanecen en la sombra.

Sobre todo, es una historia acerca de los lazos invisibles que nos unen, los reconozcamos o no.

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Ricardo F. Morín Tortolero

Febrero 11, 2025, Oakland Park, Florida

« El sudario de la perfección »

February 10, 2025

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Silence Ten
Oil on linen scroll
43” x 72″ x 3/4″
2012

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Nota del autor

Esta es una obra de ficción inspirada en hechos históricos.    Si bien la historia se basa en dinámicas del mundo real, todos los personajes, diálogos e incidentes específicos son completamente ficticios.     Cualquier parecido con personas actuales, vivas o muertas, es pura coincidencia.

Esta narración no pretende representar, retratar ni comentar sobre ningún individuo o evento real con precisión fáctica.    Es una exploración literaria de temas relevantes para la sociedad, la historia y la experiencia humana.

Ricardo F. Morín Tortolero, 10 de febrero de 2025

Oakland Park, Florida

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Lista de Personajes

1. Los Campeones del Orden y la Esperanza

Aurelia:     Guardiana de principios constitucionales.

Rasgos:     Sabia, firme, compasiva; encarna el orden en tiempos impredecibles.

Marcos:     Servidor público, puente entre tradición y modernidad.

Rasgos: Honesto, diligente, empático; preserva la integridad institucional.

Elena:    Figura unificadora, calma y claridad moral.

Rasgos: Reflexiva, compasiva, inspiradora; brújula moral de su comunidad.

2. Las Figuras de la Disrupción

Soren:    Joven prodigio de la tecnología, amenaza los sistemas fundamentales.

Rasgos:    Inteligente, impulsivo, moralmente ambiguo; expone los riesgos de la innovación descontrolada.

Vera:     Burócrata ambiciosa, usa la tecnología con fines políticos.

Rasgos:    Carismática, calculadora; representa el sacrificio de principios por poder.

Xander:     Agitador populista, promotor de cambios radicales.

Rasgos:    Persuasivo, rebelde, impredecible; fomenta la división en nombre del cambio.

Don Narciso Beltrán:    Antihéroe narcisista, hedonista y egocéntrico.

Rasgos:    Arrogante, autocomplaciente; representa el peligro del narcisismo ilimitado.

Ideología:     Busca imponer su visión de perfección a costa de los marginados; utiliza teatralidad para disfrazar lo absurdo.

3. Los Guardianes del Equilibrio

Renato:     Administrador pragmático entre innovación y tradición.

Rasgos:     Sereno, justo, ingenioso; busca compromisos éticos.

Carmen:    Asesora experimentada con perspectiva histórica.

Rasgos:     Maternal, perspicaz, reflexiva; conecta el pasado con el presente.

Iker:     Técnico meticuloso, esencial para la estabilidad del sistema.

Rasgos: Consciente, metódico, valiente; héroe anónimo de la infraestructura crítica.


Acto I

Una Nación al Borde del Abismo

El aire está impregnado del aroma del cambio—crudo, indómito, eléctrico.    Recorre las avenidas donde las piedras de la historia soportan el peso de antiguos juramentos, testigos silenciosos de promesas que ahora se desmoronan.    Bajo las fachadas de alabastro de las instituciones que, durante mucho tiempo, han templado la ambición con el orden, se propaga un asalto silencioso.     La gente lo percibe en lo más profundo de sus días, en el murmullo inquietante entre los titulares, en el destello de urgencia que brilla tras cada discusión.

Hubo un tiempo en que la nación se movía al compás de una cadencia mesurada, un ritmo marcado por leyes resistentes a los impulsos efímeros.    Ahora, las calles vibran con un pulso distinto—una fiebre que empuja hacia lo nuevo, liberado de la lenta sabiduría del precedente.     Progreso y tradición, cada uno reclamando su espacio, se enfrentan en el polvo de una nación al borde de sí misma.

En los pasillos del poder, donde el mármol solía ser un baluarte contra las mareas incontroladas, se susurran temores—sobre sistemas demasiado rígidos para doblarse, sobre mentes demasiado inquietas para esperar.    El pergamino del gobierno, nítido con siglos de deliberación, se encuentra con la fricción de una innovación sin ataduras.     Algunos lo llaman avance; otros, autodestrucción.

Pero bajo esta contienda subyace una pregunta más profunda:    ¿sobrevive una nación perfeccionando sus cimientos o despojándose de ellos por completo?    La respuesta, suspendida entre el pasado y el futuro, aguarda ser pronunciada—si es que las voces del presente se atreven a elegir.


Acto II

La Ruptura

No comienza con una explosión, sino con una fisura—silenciosa, insidiosa, precisa.    Una puerta entreabierta en los pasillos del poder, una firma puesta donde no debía estar, un sistema que se creía invulnerable, de repente expuesto.     La nación se despierta ante las secuelas, incierta sobre si el suelo bajo sus pies ha cambiado o ha colapsado por completo.

En medio del clamor de la especulación, emergen dos figuras—Soren, el arquitecto del caos controlado, y Don Narciso, el susurrador de engaños dorados.    Uno maneja la disrupción como un bisturí, diseccionando la gobernanza con precisión calculada.    El otro, maestro de la ilusión, reviste el tumulto con el ropaje de la rectitud, manipulando la percepción hasta que incluso los más firmes comienzan a dudar de la realidad.

El pueblo observa, absorto y perplejo.    Algunos ven en su ascenso una salvación, una oportunidad para liberarse del peso de antiguas restricciones.     Otros, aquellos que aún escuchan el latido de la república, sienten el temblor bajo sus pies y se preguntan:    ¿es este el momento en que los cimientos ceden?

El escenario está dispuesto.    La lucha ya no es abstracta.    La grieta es real, y las manos que moldean el futuro ya están en movimiento.


Acto III

La Tormenta se Reúne

La brecha se amplía.    Lo que antes fue una fractura aislada en la estructura de la nación ahora se extiende, recorriendo las instituciones como venas envenenadas.    Los días se tornan pesados con incertidumbre y, en el vacío dejado por un orden tambaleante, surgen nuevas fuerzas:    algunas para defender, otras para desmantelar, y unas pocas para negociar en el terreno cambiante.

La Llamada a la Defensa

Aurelia se adelanta, una voz de claridad en el creciente estruendo.    Donde otros vacilan entre el miedo y el cinismo, ella permanece firme, empuñando la convicción como una antorcha contra la oscuridad inminente.    A su lado, Marcos, hombre de razón, reúne a aquellos que se niegan a dejar que la historia se disuelva en ruinas.    Y Elena, observadora y decidida, afila la verdad como una espada, desgarrando los velos de distorsión creados por aquellos que buscan remodelar la realidad a su antojo.

Las Fuerzas de la Disrupción

Pero contra ellos se levantan los arquitectos del desorden.     Soren, siempre el maestro de la fractura, alimenta la discordia, asegurando que ninguna de las partes gane terreno suficiente para restaurar la estabilidad.     Vera, espectro de una ambición sin fin, convierte la incertidumbre en palanca, asegurando el poder en las sombras, donde el alcance de la ley comienza a desdibujarse.     Xander, carismático y volátil, se presenta a plena vista, revolucionario para algunos, destructor para otros.    Y Don Narciso, siempre tejedor de ilusiones, habla en acertijos que tranquilizan, pero engañan.

Los Buscadores del Equilibrio

Sin embargo, no todos eligen un bando en la batalla.     Renato, el estratega silencioso, observa y espera, buscando los hilos que aún podrían ser retejidos antes de que el tejido se rasgue más allá de toda reparación.     Carmen, siempre pragmática, negocia entre facciones, desesperada por frenar el deslizamiento hacia el caos.     Y Iker, atrapado entre el pasado y el presente, trabaja en las sombras, no para apoderarse del poder, sino para asegurarse de que el futuro que surja conserve aún los ecos de lo que una vez fue íntegro.

La tensión se espesa.    Cada movimiento, cada decisión, inclina la balanza.     Y a medida que la tormenta se acumula en el horizonte, una verdad se hace clara:     nadie saldrá indemne.


Capítulo IV

Las Masas

No lideran; siguen, pero con un fervor que sacude los mismos cimientos de la nación.     Sus gritos resuenan en calles y plazas, atraviesan pantallas resplandecientes y susurran en rincones ocultos.     Lo que comenzó como descontento se ha transformado en algo más:    un himno de ira, sin matices, afilado hasta convertirse en convicción.

Sus quejas, antes ancladas en la realidad, ahora vagan libres, moldeadas por las voces que han decidido escuchar.    La retórica de Soren recorre sus filas como un incendio, sus fracturas calculadas expandiéndose en abismos irreparables.     La ambición de Vera alimenta su hambre de cambio, prometiendo poder a quienes se sienten invisibles.     Xander, provocador implacable, convierte el resentimiento en acción, mientras Don Narciso los envuelve en visiones de grandeza, susurrándoles al oido que la historia se pliega ante la voluntad de los audaces.

No hablan en diálogo, sino en ecos, amplificando lo que avivó su furia,     silenciando todo lo que no lo haga.    Para ellos, el compromiso es traición, y la reflexión, debilidad.    Son la fuerza que hace posible la destrucción, no por diseño, sino por pura y desmedida creencia.

Los Guardianes del Sentido Común

Sin embargo, contra la corriente se alzan quienes se niegan a ser arrastrados.    Son más callados, menos visibles, pero no menos resueltos.     No buscan gloria ni gritan venganza; protegen el suelo bajo sus pies, firmes ante la tormenta.

La voz de Aurelia llega a ellos, medida e inquebrantable, cortando el ruido como una campana distante.    Marcos les da estructura, recordándoles que la razón no es pasividad, sino disciplina.     Elena los arma con la verdad, sabiendo que, en una era de distorsión, la claridad en sí misma es un arma.

Son los que se preguntan:    ¿Qué se gana?    ¿Qué se pierde?    No están cegados por la promesa de un nuevo orden ni sumidos en la complacencia del viejo.     Ven tanto las grietas como la base, y se mantienen firmes, no para defender el poder, sino para defender el sentido.


Capítulo V

El Punto de Ruptura

Las calles tiemblan bajo el peso de la decisión.    Lo que antes hervía en susurros y advertencias, ahora ruge a plena luz:     ideales que ya no se debaten, sino que se blanden como armas.    El aire, denso con el residuo de antiguas promesas y nuevas traiciones, palpita con la certeza de que lo que siga no dejará nada intacto.

Los antihéroes hacen su última jugada.     Soren, siempre el táctico, se mueve como una sombra, orquestando el desorden donde la unidad amenaza con formarse.     Vera se asoma al precipicio, lista para aprovechar el momento, su ambición afilada por el caos que ayudó a encender.     Xander, el incendiario, disfruta de la combustión, su voz resonando sobre las masas mientras se tambalean hacia su destino.    Y Don Narciso, siempre el ilusionista, ofrece la visión de la victoria—sin revelar jamás para quién.

A través de la división, los héroes mantienen su posición.     Aurelia, la última centinela de la razón, se niega a ceder ante la histeria.    Marcos, firme y deliberado, recoge los fragmentos de la ley y el orden, convirtiéndolos en un escudo inquebrantable.     Elena, imperturbable ante la marea de desinformación, lanza la verdad a la tormenta, esperando que aterrice allí donde los ojos aún no se han cerrado.

El Golpe Final

Las masas se agitan, una fuerza que no es completamente controlada ni completamente libre.     La Razón Sin Razón, llevada a sus límites, exige colapso o conquista, su furia inquebrantable ante las consecuencias.    Los Guardianes del Sentido Común, aunque menos numerosos, se mantienen firmes, su resistencia no en la rabia, sino en la determinación.     El peso de su lucha inclina la balanza, sus voces fusionándose en una única pregunta: ¿Rompemos la base o nos erguimos sobre ella?

El Ajuste de Cuentas

Desde las profundidades de la memoria de la nación, el orden constitucional despierta.    La lenta maquinaria de la gobernanza, considerada demasiado débil para resistir la marea, comienza a moverse.     Los controles, largamente ignorados, ahora se hacen sentir.    Las leyes, las instituciones, la silenciosa arquitectura del equilibrio—estos se levantan, no como reliquias, sino como fuerzas en sí mismas.    La batalla ya no es sólo entre los hombres y sus ambiciones; es entre lo transitorio y lo perdurable, el impulso fugaz y la estructura que ha resistido siglos.

En este momento, el resultado no lo dicta únicamente la fuerza, ni la pasión, ni siquiera la estrategia.     Está determinado por lo que la nación recuerda de sí misma—y por si decide preservar esa memoria o arrojarla al vacío.

La elección final se perfila.    Y, una vez tomada, no habrá vuelta atrás.


Capítulo VI

La Restauración

El polvo se asienta, aunque los ecos del alboroto aún perduran en el aire.     Las calles, antes llenas con el clamor de voces irreconciliables, ahora susurran algo más callado—fatiga, reflexión, los pasos vacilantes de un pueblo que está reaprendiendo su propio ritmo.

La batalla no terminó en conquista, ni en ruina, sino en algo más sutil:    la lenta, tenaz reafirmación del orden.    No impuesto desde arriba, ni exigido por la fuerza, sino reclamado—pieza por pieza—por los mecanismos silenciosos que han unido a la nación durante tanto tiempo.

Las instituciones que antes parecían frágiles ahora revelan su fuerza oculta—no en su invulnerabilidad, sino en su capacidad de doblarse sin romperse.    Los controles, desestimados como reliquias, demuestran su propósito, no previniendo la crisis, sino asegurando que ninguna fuerza, por ferviente que sea, pueda ejercer un dominio absoluto.

Los antihéroes no desaparecen.    Soren se retira a las sombras, esperando otra fractura que explotar.    Vera, siempre calculadora, pivota para sobrevivir, adaptando sus ambiciones al nuevo panorama.    La voz de Xander se apaga, pero no desaparece, recordando que el disenso, incluso cuando es imprudente, nunca se extingue por completo.     ¿Y Don Narciso?    Sonríe, siempre enigmático, sabiendo que la percepción nunca está resuelta—solo cambia.

Tampoco los héroes reclaman la victoria.     Aurelia, fatigada pero inquebrantable, entiende que la victoria en la democracia nunca es definitiva.     Marcos, siempre pragmático, se dedica al largo trabajo de reconstruir lo que fue sacudido.    Elena, imparable como siempre, asegura que la verdad siga siendo la base sobre la cual se edifica todo lo demás.

Y el pueblo—las masas que habían sido tanto el combustible como el fuego—se encuentran cambiados.     Algunos permanecen amargados, incapaces de aceptar que el mundo que imaginaron no se ha hecho realidad.    Pero otros, aquellos que se opusieron a la destrucción no por miedo sino por fe en algo más estable, ven que la base sigue en pie.

La nación respira de nuevo.    No en perfecta armonía, ni sin cicatrices, pero con el conocimiento de que ha perdurado.     Que siempre perdurará—no por la fuerza ni por la furia, sino por la resiliencia de los principios que, aunque puestos a prueba, permanecen intactos.

La tormenta ha pasado.    Pero el cielo, aunque despejado, guarda la memoria de lo que ha sido.

Y lo que puede volver a suceder.


Epílogo

El Silencioso Giro

El tiempo no borra el conflicto, pero ofrece distancia:     una perspectiva que revela no solo lo perdido, sino lo que perdura.

La nación sigue, intacta, aunque no inalterada.    Las mareas del extremismo volverán a levantarse, pues no hay victoria definitiva contra el miedo, la ambición y el descontento.    Las masas oscilarán entre los extremos, regresando al equilibrio, como si probaran los límites de la razón antes de encontrar el centro.

Dentro de este movimiento, persiste el ritmo de la renovación.     La responsabilidad reafirmada, el equilibrio precario pero constante, y la esperanza—no como ilusión, sino como elección.

El velo que cubría la perfección ha sido levantado, mostrando no la ausencia de fallos, sino la resiliencia.     No la certeza, sino la voluntad de buscarla.    No un mundo sin discordia, sino uno donde la unidad sigue siendo posible, no en la uniformidad, sino en el compromiso compartido.

La historia no termina.    Continúa, escrita en las decisiones por tomar.    Y en ellas yace la promesa de que, aunque la tormenta regrese, también lo hará la luz.

Ricardo F. Morín Tortolero, 10 de febrero de 2025

Oakland Park, Florida

« La Intersección de las Creencias Supersticiosas en Venezuela »

February 8, 2025

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Triangulación 36
22″ x 30″
Body color, sanguina, sepia y tinta Sumi sobre papel
2008

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El Poder del Mito y el Cuento

El Cuento ha sido durante largo tiempo la forma en que la humanidad intenta dar sentido a lo desconocido, un hilo perdurable que entrelaza aspiraciones, temores y triunfos en una alegoría.    Los mitos, como los de Júpiter, reflejan nuestro deseo de poder, resiliencia y lo divino, sirviendo como ecos de las luchas que nos definen.    Ya sea en las pruebas de dioses y héroes o en las humildes peripecias de la vida cotidiana, estas narrativas nos ofrecen un medio para navegar por la naturaleza desconcertante de la existencia.

El misterio perdura en los pliegues de la naturaleza, provocando el impulso humano eterno de explicar, justificar y creer.    La superstición prospera donde la incertidumbre prevalece, ofreciendo una ilusión de control, una manera de interpretar lo incontrolable.    Pero, ¿adónde nos lleva esto? ¿Susurra la superstición en los oídos del poder, moldeando las visiones de quienes gobiernan?    Incluso en naciones donde los medios de comunicación protegen a los líderes del escrutinio, la fascinación por lo esotérico persiste, con sus expresiones abiertas pero sus mecanismos velados, oscurecidos por el secreto y el temor conspirativo.

Así como las mitologías modelaron a las civilizaciones, la superstición sigue profundamente entrelazada en las culturas modernas.    Se manifiesta en ritos y rituales, en susurros y observancias calladas, en los gestos de aquellos que buscan certeza donde la razón vacila.    Y sin embargo, por mucho que ofrezca consuelo, ¿impulsa o frena?    Una sociedad atrapada entre la superstición y la racionalidad se encuentra en un umbral, vacilante entre el pasado y las demandas de un mundo en evolución.

La Santería y el Espiritismo en Venezuela

La Santería y el Espiritismo han echado raíces en Venezuela, especialmente en tiempos de crisis.    La Santería, una fusión sincrética de tradiciones afrocaribeñas, incorpora elementos del catolicismo, la espiritualidad indígena y las creencias africanas.    Sus rituales suelen buscar la comunicación con los espíritus, un puente entre los vivos y los muertos.    El Espiritismo, por su parte, también se centra en las interacciones con los muertos y lo sobrenatural.    Ambos sistemas de creencias, aunque distintos, se entrelazan a menudo en el diverso paisaje espiritual de Venezuela.

El Culto de María Lionza

En el corazón de las tradiciones esotéricas de Venezuela se encuentra el culto de María Lionza, una figura enigmática que cruza las fronteras entre las creencias indígenas, africanas y católicas.    Es venerada como una diosa de la naturaleza, el amor y la armonía, y su presencia se invoca en ceremonias en las que se canalizan los espíritus de aquellos que han partido, figuras tan diversas como el doctor José Gregorio Hernández, jefes indígenas precolombinos, iconos militares como Simón Bolívar e incluso el difunto Hugo Chávez.

Uno de los medios más prominentes es Edward Guidice, quien canaliza el espíritu de Emeregildo, una figura a la que se le atribuyen habilidades curativas extraordinarias.    El resurgimiento de estas prácticas se debe en parte a la crisis sanitaria de Venezuela, donde el limitado acceso a tratamientos médicos ha impulsado a muchos a buscar sanación espiritual alternativa.

Superstición y Modernización

La superstición y la modernidad coexisten en una proximidad incómoda, siendo la primera un refugio ante la incertidumbre y la segunda una marea imparable.    En Venezuela, estas creencias permeabilizan no solo el ámbito privado, sino también las esferas del gobierno, la salud y el orden social.    Lo esotérico susurra por los pasillos del poder, permanece en las decisiones de quienes lideran y echa raíces donde las instituciones se desmoronan.

Más allá de la superstición se encuentra la brujería, el acto deliberado de inclinar las fuerzas invisibles hacia la voluntad humana.    Es una fuerza temida, hablada en susurros, con sus practicantes siendo tanto buscados como condenados.    A diferencia de la creencia pasiva, la brujería se impone sobre el mundo, modelando los resultados, influyendo en los destinos.    Existen en los márgenes, pero su sombra se extiende por todo el entramado social.

Mientras Venezuela enfrenta sus tribulaciones, la superstición sigue siendo una fiel compañera.    Consuela, explica, llama.    Sin embargo, entre sus consuelos y limitaciones yace una pregunta:    ¿fortalece o limita?    La respuesta, como siempre, queda en los espacios entre la fe y la razón, entre lo visto y lo meramente creído.

Ricardo Federico Morín Tortolero, febrero 8, 2025, Oakland Park, Fl.

« El encanto de Amalfi: un viaje a través de la historia »

February 7, 2025

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Un paisaje sin título
22″ x 30″
Acuarelas, carboncillo, óleo, corrector y tinta sobre papel.
2006

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Prólogo

Esto no es un relato histórico, sino una invención—honesta y emotiva, un ensueño tejido en los pliegues barrocos de la prosa poética.      No es un manifiesto lógico, sino una invocación sensual de un lugar que ha obsesionado mi imaginación.

Ricardo F. Morín Tortolero,

10 de febrero, 2025, Oakland Park, Florida


Ulises la conoció como la tierra de las sirenas, un lugar que, durante la Edad Media, se alzaría hasta convertirse en un gran imperio marítimo.      Resguardado al pie del imponente monte Cerreto, el Ducado de Amalfi halló aquí refugio, como envuelto en el abrazo de un crisálida de musas ancestrales.

La tragedia de La duquesa de Malfi de John Webster, el realismo de Henrik Ibsen y el Gesamtkunstwerk del tantas veces vilipendiado Richard Wagner han resonado en el destino de esta legendaria cariátide del placer, encaramada sobre el Golfo de Salerno.     Entre los acantilados, la danza atronadora de montañas en cascada se despliega con magnificencia; parecen moverse al ritmo de la mariposa Podalirio para evocarnos las menos venerables Cruzadas, claustros y monasterios de tiempos pretéritos.      Las montañas y los farallones exhalan aún el residuo de una metamorfosis bárbara, esculpida por innumerables civilizaciones.      Y, sin embargo, hoy nuestra mirada inquieta traza el génesis del pasado mientras descubre la seductora fragancia de la dolce vita.

Tallado en un promontorio al borde de un precipicio, entre las localidades de Cetara y Vietri—célebres por sus anchoas en aceite y sus cerámicas multicolores—se alza nuestro magnífico hotel, el Cetus. En la cacofonía cromática del arco iris y sus afloramientos rocosos, la brújula eterna guía las regatas de remo que zigzaguean a lo largo del litoral, navegando de sur a noroeste, desde el Tirreno hasta el Liguria.

A poca distancia, el río Canneto desciende a través del Valle de los Molinos, donde el susurro del viento transporta las baladas renacentistas escritas sobre el célebre papel de bambagina.     Como si remontáramos el tiempo, los fiordos se repliegan bajo un cielo radiante, acariciados por la delicada bruma de los vientos fríos.     Oímos el zumbido de las abejas e inhalamos el aroma punzante de los limones sfusato del Etna, mientras el limoncello libera su embriagadora esencia dorada.     Las entrañas de la península exhalan el sabor y la fragancia de sus frutos más cautivadores.

Tan intensa es la esencia de la República Amalfitana que parece sembrar lava en las aguas turquesas y en los acantilados que durante siglos la han protegido del derrumbe.     Cantamos la Falalella bajo la neblina crepuscular y flotamos sobre el litoral centelleante de Salerno, Positano y Ravello, suavemente bañados por una llovizna fresca.      Con el vaivén de la vida, las nubes carmesí se miran en el espejo de las aguas inmóviles y proyectan su fulgor sobre la azulada bahía de Salerno.

Amalfi, joya de Salerno, está enmarcada por la región de Campania, donde los majestuosos santuarios de Herculano y Paestum se alzan con solemnidad para saludarnos.     Y de entre las cenizas que tejieron tiempos míticos, las expediciones arqueológicas del siglo XVIII en Pompeya desenterraron, entre tantos hallazgos, antiguos frescos que representan el Ciclo de los Misterios Romanos, así como las conquistas de Alejandro Magno.

El tacto de manos ancestrales aún reverbera en nuestros sentidos.      Dulce es la visión bajo el sol primaveral, que salta de barranco en valle, y se mece de escalera en cascada hasta alcanzar el ancestral muelle.      Allí habíamos anclado, cerca del embarcadero desde donde partieron las grandes galeras rumbo a tierras desconocidas.     Ellas, como mi amado y yo, se alejaron, dejando tras de sí la visión del paraíso de las sirenas.

Ricardo F. Morín, 7 de febrero de 2025, Oakland Park, Florida

« El Lenguaje del Silencio: Una Elegía a la Nada »

February 3, 2025


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(Un poema en prosa)

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Andreina Teresa Morín Tortolero [1955-2025]

*

Vendrá a mí sin estar encarnada;

No aparecerá en su propia imagen;

Veo y siento su espíritu voluble,

y también la veo sin argumentos ni consejos,

en la resonancia de su corazón sobre el mío.

_

Llega a mí en un flujo incesante de recuerdos, acallando su ausencia.

Regresas a mí en cada latido de mi corazón…

No hay luz ni sombra, ni color ni textura.

No hay dolor en el abrazo de la incertidumbre.

~

Nuestra convivencia deja de existir;

el rencor del miedo se disipa al acogernos la idea.

El dolor se torna silencio, vacío de culpa y arrepentimiento.

Aunque tus pulmones ya no exhalen,

siento el aliento de tu anhelo en busca de la unión.

~

Comprendo mejor tu fe inexorable,

sin la punzada de la duda.

El resentimiento nunca tuvo lugar,

pues la franqueza de tu alma todo lo amó.

Te siento en mi pecho, oprimido por no verte,

te veo en la resonancia de tu mente sobre la mía.


El dolor me quiebra el pecho,

siento que muero también,

temo la mezquindad de no aceptar

tu digna y gloriosa ausencia.

~

¿Cómo ponderar el amor eterno

sin conocer la eternidad?

No comprendo, y el llanto me ahoga.

~

La eternidad es un relato que nos contamos

desde nuestra primera aparición.

Antes, no éramos nada,

y la nada nos impregnó de torpeza

para inventar historias que nos consuelen ante nuestra finitud.

~

Somos nada,

y a la nada regresamos.

~

Creo en la diosa del amor

porque me sostiene,

pero ni la inmortalidad ni la eternidad dependen de ella.

La abstracción es una pretensión que cree curarse a sí misma.

~

No confundas la realidad con la abstracción,

si de ella nada sabes;

la inconsciencia se impregna de lo injustificable.

La contradicción es la realidad más palpable.

La humildad y la neutralidad no existen,

ni pueden ser controladas.

~

La inteligencia es solo una herramienta de ficción.

Somos nada.

~

Las palabras de consuelo rumian en mí y en mi sentir,

presumen llenar el vacío con compasión.

Mas la compasión, como la humildad,

no puede alardear de su ser.

Surgen de la nada

y son nada.

~

La conciencia de la muerte nace con la vejez,

cuando nuestra fragilidad se hace tangible.

“Si acabas de nacer, ¿qué sabes de la vejez?”

¿Cómo enorgullecerse… incluso por la mejor de las razones?

~

Las palabras evocan el vacío del silencio,

pero no dejan de ser una pretensión.

~

El silencio es más profundo que las declaraciones.

Escucha el silencio, colmado de la nada.

Y, sin embargo, una energía inmutable e inalterable.

Persistir es otra vanidad,

un deseo de acumular lo insostenible.

Los paralelismos son paradójicos, y aun así, reales.


~

Editado por Billy Bussell Thompson

*


(Poema de nuestra madre, María Teresa Tortolero Rivero)

Un alma grande me diste
(julio de 1979)

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Una alma grande me diste
pues cabe un mundo en mi pecho,
sin embargo, vago triste
con el corazón desecho,

Como paria en el desierto,
de mi alma peregrina,
siento el punzar de la espina
y la duda de lo incierto.

Solitario está mi nido.
Sólo ausencia existe en él.
¿Por qué señor tanto olvido,
por qué tanta hiel,
si mi hiciste para amar
y a Ese Amor quiero ser fiel?

(Leido por Andreina, enero 10 de 20025, 4:53 pm)


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(Un proyecto en nombre de Nuestra Señora de Coromoto, marzo 21, 2024, 3:42 am)


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In Memoriam Andreina Teresa

~

Nosotros, los hermanos Morín Tortolero:     Alberto José, Ricardo Federico, María Teresa y José Galdino, lamentamos profundamente comunicar a nuestros familiares y amigos el sentido fallecimiento de nuestra amada hermana

ANDREINA TERESA MORÍN TORTOLERO
10 de noviembre de 1955 – 2 de febrero de 2025

El velatorio se efectuó en la Funeraria Tendencia Ecológica, ubicada en la urbanización Las Acacias de Valencia, al lado del CICPC, el lunes 3 de febrero de 2025, a partir de las 12:00 del mediodía.

El sepelio se llevó a cabo en el crematorio Puertas al Cielo, ubicado en La Entrada, Naguanagua, el martes 4 de febrero de 2025.     El Novenario se realiza en la Iglesia El Viñedo de Valencia, Venezuela a partir del 5 de febrero a las 4:30 pm

Agradecemos profundamente su compañía y apoyo en estos momentos de inmensa tristeza.


Entre Valencia, Venezuela y Fort Lauderdale, Fl.

~