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« Cuando todo lo que sabemos es prestado:

August 29, 2025

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Ricardo Morin
Escena Treinta y tres: Cuando todo lo que sabemos es prestado.
Óleo sobre lienzo y tabla
38 x 30 x 1,27 cm
2012.

Este ensayo constituye la parte final de una trilogía que comenzó con Los colores de la certeza y continuó con La disciplina de la duda.   La secuencia refleja una indagación sostenida sobre cómo la certeza, la duda y la ambivalencia configuran nuestra comprensión de la realidad.

Este ensayo final nació de una inquietud íntima:   el reconocimiento de que la percepción, la ambigüedad y la ambivalencia complican no sólo mi propia práctica de la escritura, sino también las condiciones más amplias en las que se da la comunicación.   Aunque las reflexiones tienen un origen personal, su alcance se extiende más allá de lo individual.   Escritores y lectores se enfrentan por igual a la inestabilidad del sentido; los ciudadanos en la vida pública experimentan la fragilidad de las afirmaciones sobre el significado de la verdad en un clima de desconfianza; y en nuestro presente, tecnologías como la inteligencia artificial agudizan las incertidumbres que acompañan toda expresión humana, en particular en torno a la autoría y la autenticidad.

El propósito de este ensayo no es resolver esas tensiones, sino articularlas.   Su valor reside menos en ofrecer soluciones que en esclarecer las paradojas que sostienen nuestros intentos comunes de comprender la realidad.

Ricardo Morín, Bala Cynwyd, Pa., August 2025

Este ensayo examina la percepción, la ambigüedad y la creencia como condiciones inestables que determinan el acceso humano a la realidad.   Sostiene que la ambivalencia no es vacilación, sino un terreno paradójico:   posibilita la búsqueda de la verdad y, al mismo tiempo, socava la certeza de haberla alcanzado.   La escritura y la lectura muestran con especial claridad esta inestabilidad.   El escritor interpreta las interpretaciones de los otros y descubre que el sentido es intraducible y cuestionable.   Sin embargo, es a través de ese proceso como progresa el pensamiento, ampliando la comprensión incluso cuando lo comprendido no puede compartirse plenamente.   Más allá de la comunicación, el ensayo plantea que la realidad misma sólo se participa en fragmentos —mediante gestos, silencios y percepciones erradas que debilitan sin cesar la línea entre apariencia y realidad.   La inteligencia artificial aparece como espejo contemporáneo de esta condición, intensificando ansiedades sobre autoría y autenticidad.   La ambivalencia, concluye el texto, no desvía de la verdad:   es la paradoja en la que, si se manifiesta, la verdad surge de manera fugaz.

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La palabra percepción encierra una historia que refleja las cambiantes formas en que las culturas han entendido la realidad. Del latín perceptio, significaba en primer lugar “recibir,” “recoger,” o incluso “cosecha.”   Percibir era recoger impresiones, como quien recoge grano en un campo: pasivo en la forma, pero activo en la intención.

En el pensamiento griego, la percepción estaba ligada a aisthēsis: la sensación era el contacto que uno sentía con el mundo.   Aquí se situaba más cerca de las artes, de la inmediatez del sentir, que del razonamiento sistemático de la filosofía..

Durante la Edad Media, en particular en los siglos XII y XIII, los escritos de Aristóteles fueron recuperados e incorporados al pensamiento escolástico cristiano.   Lo que había sido una filosofía pagana de la sensación y el entendimiento fue reinterpretado por pensadores como Tomás de Aquino dentro de un marco teológico del conocimiento.   La percepción se definió como la recepción de los datos sensibles por el entendimiento, una etapa necesaria mediante la cual la sensación se elevaba a comprensión.

Con el surgimiento de la filosofía moderna, el término se fragmentó.   Para Descartes, la percepción podía engañar; para Locke, constituía el fundamento de la experiencia; para Kant, estaba estructurada por categorías que tanto abrían como limitaban nuestro acceso a la realidad.   Para entonces la percepción ya se había vuelto ambivalente: indispensable para conocer, pero nunca segura en su verdad.

Hoy la palabra se extiende aún más, connotando no solo sensación sino también interpretación, prejuicio y opinión.   Decir “esa es tu percepción” ya no significa afirmar un contacto con lo real, sino señalar distancia, distorsión o subjetividad.   La evolución del término revela una inestabilidad semántica que corresponde a la tesis del ensayo:   nuestro acceso a la realidad siempre está modelado por la ambivalencia.   Lo que la percepción otorga, al mismo tiempo lo desestabiliza.


La percepción nunca es un simple acto de recibir lo que ya está ahí.   Siempre está mediada por la memoria, la expectativa y la predisposición.   En cada intercambio —ya sea en palabras escritas o en el silencio entre dos personas— el sentido se desplaza, inestable y provisional.   De ese terreno movedizo surge la ambigüedad, y de la ambigüedad, la inquietud que hace vacilar la creencia.

Para el lector, esta inestabilidad es inevitable.   Cada respuesta, incluso el silencio, está teñida de confianza o desconfianza, simpatía o recelo, apertura o cansancio.   Rara vez un lector se acerca a un texto en inocencia, pues toda lectura está condicionada por supuestos que determinan la recepción de las palabras.

El autor no escapa a esta carga interpretativa.   El acto de escribir no concluye con la publicación, sino que continúa en la incierta tarea de leer a los lectores.   Una pausa en la conversación, un reconocimiento fugaz o la falta de respuesta pueden interpretarse como desinterés, desaprobación o indiferencia.   De este modo, la escritura interpreta interpretaciones y multiplica las capas de ambigüedad hasta que el sentido de la obra aparece no solo como intraducible, sino también como cuestionable.   Sin embargo, es precisamente a través de esa reflexión como la escritura prosigue, pues sin ella el pensamiento no puede desarrollarse.   Al perseverar en este proceso, el escritor participa en una ampliación de la comprensión, aun cuando esa comprensión no pueda compartirse del todo.

Esta incertidumbre no es un defecto de la comunicación, sino parte de su estructura.   Quien busca comprender a través de la escritura debe aceptar que la claridad siempre será provisional y que la expresión siempre quedará corta.   El acto de poner un pensamiento en palabras revela la distancia entre intención y recepción, pero también abre la posibilidad de ver la realidad desde nuevos ángulos.     Incluso cuando lo expresado no pueda comunicarse plenamente, el proceso mismo amplía la comprensión y profundiza la conciencia de lo parcial y cambiante.

La ambivalencia, por tanto, no es vacilación, sino la condición paradójica en la que tiene lugar la búsqueda de sentido.   Une convicción y duda, el deseo de certeza y el reconocimiento de sus límites.   Escribir en la ambivalencia significa seguir buscando incluso cuando el resultado no pueda comunicarse sin pérdida.   Esta condición inquieta —y no la ilusión de una claridad definitiva— es lo que permite avanzar al pensamiento.

La verdad, si alguna vez se alcanza, emerge a pesar del terreno inestable de la percepción y la ambigüedad.   Llegamos a ella a pesar de nosotros mismos, de nuestras tensiones y de nuestras limitaciones.   No son solo los grandes errores los que debilitan la certeza:   un matiz mal percibido, una pausa mal entendida o un gesto ambiguo también pueden erosionar la confianza.   La experiencia cotidiana muestra que la línea entre apariencia y realidad es demasiado delgada para ofrecer seguridad duradera.

Pero esta tensión no se limita a los actos de escribir o leer.   Se adentra más hondo, hasta nuestra relación misma con la realidad.   La ambivalencia no es solo un rasgo de la comunicación, sino también de la existencia.   Percibir implica siempre participar del mundo de manera incompleta; vivir implica hacerlo bajo condiciones de presencia parcial.   A veces vemos con claridad, otras veces de manera turbia y, con frecuencia, no participamos en absoluto.   Ese ritmo de presencia y retirada marca toda relación —entre personas, entre sociedades e incluso entre la humanidad y la naturaleza.

La tecnología ha agudizado nuestra conciencia de esta condición.   La inteligencia artificial, por ejemplo, dramatiza la inestabilidad ya presente en la percepción humana.   Como herramienta, permite refinar la expresión pero también amplifica las dudas sobre la autoría y la autenticidad.   Como espejo, refleja la ambivalencia más profunda que la precede y que configura toda mediación.   Así, la IA no disminuye el pensamiento, sino que magnifica la inquietud que acompaña todo acceso humano a la realidad:   la sensación de que lo ofrecido es incompleto, poco fiable y nunca plenamente participativo.

La tarea, entonces, no consiste en eliminar la ambigüedad, sino en reconocerla como parte de la propia realidad.   La percepción es interpretativa, la creencia es inestable y la desconfianza es una compañera constante.   La ambivalencia no es un desvío de la verdad, sino el camino por el que la verdad —si llega— ha de transitar.   El desafío no es restaurar una certeza que nunca existió, sino aprender a vivir en la participación parcial, aceptar que lo que llamamos realidad siempre se alcanza por fragmentos.

En este sentido, la percepción, la ambigüedad y la creencia permanecerán siempre inestables.   El escritor no puede controlar cómo se leen sus palabras, ni el lector puede dominar por completo lo que se quiso decir.   Nadie puede reclamar la posesión plena de la realidad.   Toda relación con el mundo se sostiene en condiciones frágiles, donde la apariencia y la realidad se rozan sin llegar a coincidir.   Si la verdad aparece, lo hace de manera breve e incompleta, surgiendo únicamente a través de la ambivalencia.   Pero la ambivalencia es en sí misma una condición paradójica:   sostiene nuestra búsqueda de la verdad al mismo tiempo que socava la certeza que anhelamos poseer.


  • Arendt, Hannah:   La condición humana. Barcelona: Paidós, 1993.   (Arendt analiza la acción, el trabajo y la labor como formas distintas de relacionarse con la realidad.   Su distinción entre apariencia y realidad, y su insistencia en que la verdad surge de la actividad compartida, se vinculan directamente con el tema del ensayo sobre percepción y ambivalencia.)
  • Gadamer, Hans-Georg:   Verdad y método. Salamanca:   Sígueme, 1997.   (En este texto fundamental de la hermenéutica, Gadamer muestra cómo la comprensión nace de la interpretación y no de la objetividad.   Su idea de que la verdad se alcanza en diálogo refuerza la afirmación del ensayo de que la verdad aparece “en la ambivalencia y no más allá de ella.”)
  • Girard, René:   Mentira romántica y verdad novelesca.   Madrid: Anagrama, 1985.   (La teoría del deseo mimético de Girard expone cómo la interpretación, el deseo y el malentendido estructuran las relaciones humanas.   Su análisis subraya la fragilidad de la creencia y la inestabilidad de la frontera entre apariencia y realidad.)
  • Nussbaum, Martha:   Emociones políticas: por qué el amor importa para la justicia.   Barcelona: Paidós, 2014.   (Nussbaum sostiene que las emociones públicas—como el amor, la compasión y la solidaridad—son esenciales para sostener la justicia.   Sus aportes muestran cómo la creencia es frágil y depende de la interpretación, en sintonía con la preocupación del ensayo por la confianza, la ambivalencia y la participación humana en lo real.)
  • Turkle, Sherry:   En defensa de la conversación.   Barcelona: Ático de los Libros, 2016.   (Turkle investiga cómo la tecnología mediatiza las relaciones y las percepciones humanas. Su enfoque presenta a la IA como espejo de la duda, demostrando cómo la mediación posibilita el vínculo y a la vez erosiona la autenticidad—una idea central en el ensayo.)

« Los colores de la certeza »

August 23, 2025

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Ricardo Morín
Newsprint Series Nº 9: Los colores de la certeza
47” × 74”
Tintas translúcidas, tinta sumi, corrector líquido y óleo absorbido sobre papel de periódico
2006

Ricardo Morín

Agosto 2025

Bala Cynwyd, Pa.

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Este ensayo es la primera parte de una trilogía que explora cómo los seres humanos se acercan a la realidad a través de la certeza, la duda y la ambivalencia. Comienza con la certeza—cómo el deseo de estabilidad impulsa el pensamiento y la creencia, incluso cuando lo que parece seguro ya está abierto al cambio. Aunque escrito desde una indagación personal, su alcance es más amplio: la cuestión de la certeza concierne no solo a una vida, sino a las frágiles condiciones de la realidad compartida. La trilogía continúa con « La disciplina de la duda » y concluye con « Cuando todo lo que sabemos es prestado ».

Los colores de la certeza

Vivimos en una época marcada por la división. Las sutilezas del pensamiento que antes nos permitían detenernos, ponderar y distinguir son arrasadas cada vez más por la exigencia de una claridad inmediata. Todo se empuja hacia los opuestos: sí o no, aliado o enemigo, despierto o dormido. El ritmo de la vida pública, acelerado por la tecnología y amplificado por el conflicto, deja escasa paciencia para el matiz. La contradicción, que antes señalaba el trabajo inquieto de una mente honesta, se trata hoy como traición. En esta atmósfera, admitir la complejidad es arriesgarse a la desconfianza, y hasta la más leve vacilación se juzga como debilidad. Se nos pide, una y otra vez, que nos definamos como si la identidad fuera un solo trazo, y no un dibujo delineado por el transcurso del tiempo.

Los símbolos prosperan en este clima, reduciendo la complejidad a imágenes consumibles. Pocos han resultado tan perdurables como las metáforas de las píldoras extraídas de la película The Matrix. Cuando esta apareció en 1999, la escena de elegir entre la píldora roja y la azul era un recurso cinematográfico que dramatizaba la tensión entre realidad e ilusión. Su influencia creció de forma gradual, a medida que el filme se convirtió en un referente generacional. En las décadas siguientes, sus colores se filtraron en comunidades cibernéticas así como en la retórica política, hasta endurecerse en modos de pensamiento que configuran cómo imaginamos la verdad y la identidad. Tomar la píldora roja se convirtió en una declaración de despertar, en acceso a verdades ocultas. Tomar la azul pasó a ser objeto de burla por complacencia. Con el tiempo apareció incluso la más oscura, la píldora negra, que representaba la desesperanza y el fatalismo asumido como destino.

Una vez que esta lógica se impone, el mundo mismo se reduce a un teatro de absolutos. El desacuerdo se convierte en traición, y la pertenencia se mide no por la vida compartida sino por la lealtad categórica. Lo he sentido incluso en conversaciones con personas a quienes conozco desde hace décadas. En un intercambio, comenté que me indignaba el hábito reciente de Noam Chomsky, incluso en sus noventa años, de oponerse a la hegemonía occidental sobre Rusia como si esa postura pudiera excusar la guerra en Ucrania. Sin embargo, en otro contexto expresé mi admiración por su trabajo sobre la relevancia lingüística en la ciencia hace ya cuarenta años, que aún ilumina cómo el lenguaje configura el conocimiento. Para mi interlocutor, ambas afirmaciones parecían incompatibles, como si no pudieran ser ciertas a la vez. La expectativa era que mi juicio debía ser uniforme: o rechazaba a Chomsky por completo o lo respaldaba sin reservas.

¿Por qué hay que justificar tales distinciones, como si cada juicio tuviera que formar una sola línea de lealtad? Los contextos no son los mismos: uno pertenece a los años ochenta, otro al presente; uno al ámbito de la lingüística, otro al de la geopolítica. Sin embargo, en el clima actual, la exigencia de congruencia es implacable. Refleja la lógica de la píldora que se ha infiltrado en nuestro habla y en nuestros hábitos de pensamiento: uno está despierto o dormido, alineado u opuesto, coherente en todos los dominios o indigno de confianza en todos.

Ese mismo anhelo de certeza también nos dio Infowars. Fundado en 1999, el mismo año en que se estrenó The Matrix, se convirtió en un teatro comercial de la metáfora de la píldora roja. Infowars prosperó dramatizando la crisis, diciendo a su público que las élites, los gobiernos o fuerzas ocultas manipulaban los acontecimientos en cada momento. Lo que las instituciones explicaban como complejidad, Infowars lo simplificaba en traición. La claridad que ofrecía resultaba embriagadora: bien contra mal, libertad contra tiranía, despiertos contra engañados. No eran sólo ideas lo que se vendía, sino la certeza misma: empaquetada en kits de supervivencia, suplementos y consignas. Al pretender liberar a su público de la ilusión, Infowars creó otra nueva, ofreciendo no comprensión sino una representación permanente del despertar.

El estrechamiento del discurso no se limita a la política y la ideología; se extiende también a quién tiene permiso para hablar. Lo recordé en un intercambio privado, donde la escritura misma fue descartada como la obra de un “liberal de sillón” o un “socialista de limusina”. Según esta visión, sólo quienes han sido marcados directamente por la batalla pueden hablar de la guerra, sólo quienes han sufrido prejuicio en carne propia pueden dar voz a la injusticia, y escribir como observador es burlarse de la realidad de la lucha. Es una acusación destinada a desacreditar, como si el acto de “luchar con un teclado” fuese menos real que el campo ensangrentado. Sin embargo, tal sospecha niega lo que la escritura siempre ha sido: un medio de dar testimonio, de preservar la memoria, de configurar la conversación a través de la cual las sociedades se reconocen a sí mismas. La pluma nunca ha reemplazado la experiencia, pero siempre la ha transformado en algo compartible y duradero. Exigir el sufrimiento directo como única credencial para hablar es reducir el testimonio a autobiografía y privar al diálogo de la amplitud que surge cuando se unen voces desde diferentes perspectivas.

Otra dificultad reside en el propio lenguaje. Los escritores que buscan la máxima precisión —que estiran el lenguaje hasta su filo más agudo— suelen descubrir que lo que emerge son metáforas. Incluso cuando se apoyan en términos fundamentados, la descripción requiere figuras del pensamiento, imágenes y analogías que nunca pueden ser del todo exactas. La cuestión es hasta qué punto el lenguaje puede ser realmente preciso. Incluso las mentes más brillantes luchan con las definiciones, porque en sus mejores formulaciones siguen siendo teorías presuntivas. Reconocer esto no es disminuir el lenguaje, sino comprender que nuestra dependencia de los tropos no es debilidad, sino necesidad. Los relatos y las metáforas son los puentes de la comprensión, sin los cuales la complejidad se disolvería en ruido. Apoyarse en la metáfora no es abandonar la verdad, sino aproximarse a ella a través de lo que puede compartirse.

Lo que comenzó como un recurso cinematográfico se ha convertido en un método de pensamiento, y en muchos sentidos en una prisión. The Matrix ofreció a su público una visión de despertar mediante la elección, pero nuestra cultura ha tomado esa imagen y la ha transformado en una cuadrícula de lealtades, donde cada postura se mide según la cápsula que uno haya ingerido. Infowars amplificó esta postura, dramatizando el hambre de certeza hasta que la conspiración se convirtió en sustituto del pensamiento. La sospecha sobre la posición del escritor lo estrechó aún más, ridiculizando la reflexión como inauténtica y exigiendo que el discurso llevara las cicatrices de la experiencia directa antes de poder considerarse legítimo. Y por debajo de todo yace la fragilidad del lenguaje mismo: su incapacidad para definir con precisión absoluta, su dependencia de metáforas que configuran las realidades que describen.

Hablar hoy de píldoras rojas, azules o negras no es sólo referirse a una película o a una subcultura; es reconocer el dominio de una sociedad que prefiere los binarios al diálogo, la antagonía a la complejidad, la representación a la reflexión. Resistir ese dominio es recordar que el pensamiento no es una píldora que deba tragarse, sino una conversación que debe sostenerse, una conversación mantenida en el frágil medio del lenguaje mismo. Por incierta que sea, por provisional que parezca, es en ese acto constante de hablar y escuchar donde la cultura permanece viva: donde la amistad puede perdurar, donde el testimonio puede ser honrado y donde las verdades que ningún color puede contener encuentran todavía su voz.

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**Sobre la imagen de portada:

Pertenece a una serie que transforma fragmentos de material impreso en campos estratificados de color y borradura, esta obra habla de la inestabilidad de la certeza misma. Los pigmentos velan y revelan por turnos, mientras que el papel de periódico recuerda que la verdad es mediada, provisional y nunca libre de interpretación. Como ocurre con el lenguaje en el ensayo, el sentido surge sólo a través del contraste, de aquello que resiste ser contenido.


Bibliografía anotada

  • Cialdini, Robert B. Influence: The Psychology of Persuasion. Nueva York: Harper Business, 2006. (Un estudio clásico de la psicología del comportamiento que muestra cómo la persuasión explota elecciones binarias y señales de autoridad; útil para comprender el atractivo de las metáforas de la píldora y la certeza que prometen los movimientos conspirativos.)
  • Lakoff, George, y Johnson, Mark: Metaphors We Live By. Chicago: University of Chicago Press, 2003. (Texto fundamental sobre la metáfora en la cognición y el lenguaje, relevante para el argumento del ensayo de que incluso el uso más preciso del lenguaje depende de tropos y estructuras figurativas para la comprensión humana.)
  • Marwick, Alice, y Lewis, Rebecca: Media Manipulation and Disinformation Online. Nueva York: Data & Society Research Institute, 2017. (Informe analítico que documenta cómo las narrativas conspirativas se difunden a través de los ecosistemas digitales; destaca el papel de las plataformas en la amplificación de binarios simbólicos como el “despertar” de la píldora roja.)
  • Pew Research Center. “Public Trust in Government: 1958–2023”. Washington: Pew Research Center, 2023. (Presenta datos longitudinales sobre la erosión de la confianza institucional en Estados Unidos y ofrece un contexto empírico para comprender por qué el público recurrió a voces alternativas como Infowars.)
  • Southern Poverty Law Center. Male Supremacy. Montgomery: SPLC, 2019. (Informe que clasifica la subcultura Incel y grupos afines dentro del mayor “ecosistema supremacista masculino,” citado en relación con la ideología de la píldora negra y sus vínculos con la violencia.)
  • Sunstein, Cass R., y Adrian Vermeule: Conspiracy Theories and Other Dangerous Ideas. Nueva York: Simon & Schuster, 2014. (Explora por qué prosperan las teorías de conspiración y las presenta como intentos de generar certeza en momentos de desorientación social. Muy relevante para la discusión de Infowars como teatro comercial de la metáfora de la píldora roja.)
  • Taguieff, Pierre-André: The New Culture Wars. París: CNRS Éditions, 2020. (Tratamiento político-filosófico de la política identitaria y las antagonías binarias en las democracias occidentales; ofrece perspectiva sobre cómo las metáforas de la píldora penetraron en el teatro más amplio de las guerras culturales.)
  • Tversky, Amos, y Kahneman, Daniel: Judgment under Uncertainty: Heuristics and Biases. Cambridge: Cambridge University Press, 1982. (Obra fundacional en la ciencia cognitiva que explica por qué las personas reducen realidades complejas a binarios simplificados; sustenta la meditación del ensayo sobre el atractivo de la certeza.)

« Gestos de lo Inasible »

June 14, 2025

« Una vida entregada al arte »

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Ricardo F Morin
Serie Triangulación Nº 38
9” x 13”
Oleo sobre lino
2009

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In memoriam José Luis Montero


Para él, la inspiración no irrumpía—se asentaba.
Llegaba no con respuestas, sino con permiso para comenzar.

No había ritual.
Ni punto de inflexión dramático.
Solo el lienzo, el olor del óleo, la luz desplazándose por el suelo.
Un día plegándose sobre el siguiente, hasta que el trabajo se convirtió en su propio clima—
a veces despejado, a veces tormentoso, pero siempre presente.

Creía en la atención, no en el dominio.

Lo que le conmovía no era cómo se lograba la pintura en un momento dado,
sino que, al ser deconstruida, tenía que recuperarla—
no por destreza, sino por necesidad—
cuando la mano se adelantaba al pensamiento,
y algo más honesto que la intención comenzaba a conducir.
Y cuando eso ocurría, le exigía todo.

Cualquiera que lo observara—
cualquiera menos él—
habría visto muy poco.
Un rastro.
Una pausa.
Un leve ajuste.
Pero en su interior, algo escuchaba—
no a sí mismo,
sino al mundo, al material, al eco de una forma aún desconocida.

No hacía obras para ser recordado,
aunque cargara cada una como a un hijo.
Las hacía para seguir con vida.
Y cuando se topaba con una pintura acabada años después,
se le agitaba el cuerpo.
No era nostalgia.
Era el olor del pigmento,
el sonido de las cerdas,
el duelo de algo casi logrado—
perdido, y luego vuelto a encontrar.

Algunos días, el trabajo fluía con cierta facilidad.
Otros, se resistía.
Aprendió a no perseguir ninguno de los dos.

Siempre comenzaba sin saber qué buscaba.
Un matiz.
Un destello de transparencia.
Una pincelada que alterara la superficie.
A menudo, el pincel quedaba suspendido en el aire,
esperando que el siguiente gesto se revelara.
A veces, no llegaba nada.
Esas piezas quedaban intactas durante semanas—
una inquietud callada en la esquina del cuarto.

Vivía junto a su silencio.

El estudio nunca estaba limpio, pero siempre ordenado.
Trapos doblados.
Tarros empañados con trementina vieja.
Paredes con siluetas suaves de lienzos pasados.
El desorden no era descuido.
Era habitado—no descuidado, sino vivido.
Notas sobre la armonía piramidal de Goethe colgaban junto a muestras minerales,
bocetos, círculos cromáticos, cartas rasgadas de marchantes.
No por revelación, sino por proximidad.

No todas las piezas se sostenían.
Algunas fracasaban por completo.
Otras, de forma gradual, perdiendo urgencia capa a capa.
También conservaba esas—
no como archivos, sino como recordatorios.
Donde la mano se había vuelto muda.
Donde la obra había dejado de pedir.
Y sin embargo, se convertían en plataformas—
espacios para volver, para entrar más hondo.

Sus días no tenían horario fijo,
aunque con los años surgió un ritmo—
una larga devoción, interrumpida, reanudada, sostenida.

Ahora, llegaba desde la ciudad a media mañana.
El estudio retenía el leve olor a cera y trementina,
entreverado con algo más antiguo—
polvo, tejido, memoria.
Abría una ventana si el clima lo permitía.
No por la luz, sino por el aire.
Por el movimiento.
Por el lento girar de los ventiladores como respiración.

Preparaba té.
A veces ponía a Bach, o a algún pianista,
cuyos dedos presionaban más hondo que los demás.
Otras mañanas:    La estación de radio NPR;
Un poeta, un científico, alguien intentando decir lo imposible a través de lo coloquial.
Le gustaba más el intento que la declaración.

Pintaba de pie—rara vez sentado.
Algunos días se movía sin cesar entre el caballete, el fregadero y la mesa de mezclas.
Otros apenas se movía.
Solo miraba.

El almuerzo era sencillo.
Pan.
Fruta.
Un poco de queso.
A veces huevos, lentejas, sopa durante varios días.
No solía salir a comer—
no por principio, sino porque rompía el hilo.

Si estaba cansado, se tumbaba en el sofá contra la pared del fondo.
Veinte, treinta minutos.
No más.
Y al despertar, la luz había cambiado otra vez—
más oblicua, suavizada, más indulgente.
El lienzo parecía distinto.
Como si hubiese esperado su ausencia.

Las últimas horas de la tarde eran a menudo las mejores.
Recuperaba fuerzas, libre de presión.
El aire tenía una soltura nacida del saber que nadie llamaría ni golpearía la puerta.
Entonces le hablaba a la obra—
no en voz alta, sino hacia dentro.
¿Este tinte? Demasiado cálido.
¿Este trazo? Demasiado seguro.
Déjalo quebrar.
Déjalo respirar.
Déjalo hablar sin decir.

A veces el medio se resistía.
El pincel vacilaba.
Un gesto colapsaba.
No luchaba.
Le daba espacio.
Si se mantenía paciente, el ritmo volvía.

No todo llegaba a completarse.
Algunas obras quedaban abiertas—
no abandonadas, sino suficientemente terminadas.
Otras surgían de golpe, como música que suena sin levantar los dedos.

Al anochecer, limpiaba sus enseres.
Sin apuro.
Limpiaba la paleta.
Enjuagaba los frascos.
Colgaba los trapos para que se secaran.
Era una forma de dar las gracias.
No a la pintura.
Al día.

Luego, las luces apagadas.
La puerta cerrada.
Nada declarado.
Nada concluido.
Y sin embargo, algo siempre avanzaba.

El duelo también permanecía.
Vivía en la sala como el polvo—
acumulado en las esquinas, aferrado a bastidores aún desnudos,
entrelazado en sábanas viejas y blancas.

La enfermedad de su hermana llegó despacio, y luego de golpe—
mientras sonaba el Adagio en sol menor a bajo volumen en el estudio.
Pintó durante todo ese tiempo.
No para evadir, sino porque parar lo habría deshecho.
En el silencio entre pinceladas, sentía cómo se debilitaba su respiración.
A veces imaginaba que ella podía ver su trabajo desde donde estuviera.
Que cada pieza acabada llevaba una palabra que no se atrevía a decir.
Ella lo habría comprendido.
Siempre lo hizo.

Más tarde, cuando su antiguo amante murió—
solo, inesperadamente, en Berlín—
dejó de pintar por completo.
El estudio se volvió quieto de una manera a la que no podía acceder.
Incluso el lienzo se le volvió de espaldas.
Cuando regresó, fue con una paleta apagada.
Seca.
Indiferente.
La primera pincelada se quebró en dos.
La dejó así.
Y continuó.

El deseo también se había aquietado.
No desaparecido.
Solo suavizado.
En su juventud había sido urgente, incontenible.
Ahora flotaba—
un eco que venía y se iba.
No lo avergonzaba ni lo fingía.
Vivía a su lado, como se vive junto a un campo que ardió y ahora reverdece.

El duelo no interrumpió el trabajo.
Lo profundizó.
No en tema, sino en textura.
Algunas de esas pinturas parecían usuales para los demás.
Pero él sabía lo que contenían—
el peso de mantenerse firme mientras se desmoronaba por dentro.

Aún ahora, algunos colores le recordaban un lecho.
Un paseo invernal.
El sonido de alguien que ya no respira.
Un gris plano.
Un azul que antes brillaba, ahora templado entre anhelo y contención.

A veces se preguntaba por esa tensión.

Pero al pintar, volvía la quietud.

Hace diecisiete años, cuando terminó la quimioterapia, los días se volvieron más callados.

No hubo triunfo.
Solo un lento retorno al ritmo—
distinto ahora.
El cuerpo había cambiado.
También la mente.
Ya no podía pintar durante horas sin fatiga.
Los gestos antes fluidos eran más pesados, más vacilantes.

No se resistía.

El estudio seguía, pero el centro de gravedad se desplazó.
Donde antes alcanzaba un pincel, ahora cogía una pluma.
Al principio, solo apuntes.
Fragmentos.
Una forma de sostener el día.
Luego llegaron las frases.
Los párrafos.
No sobre sí mismo, no directamente.
Sobre el tiempo.
La memoria.
La presencia.
Escribir se volvió un consuelo.
Una forma de dar forma a lo que el cuerpo ya no podía cargar.
Un lugar donde aún moverse, con cuidado.

No fue el fin de la pintura.
Solo una pausa.
Una migración.
La escritura exigía su propia atención, su propia paciencia.
Y en eso reconocía una devoción conocida.

A veces, el lienzo aún lo llamaba.
Permanecía intacto durante semanas.
Y un día, sin anuncio, volvía a empezar.

Las dos prácticas vivían una junto a la otra.
Algunos días, el pincel.
Otros, la página.
Sin jerarquías.
Sin arrepentimientos.
Solo la persistencia callada de una vida que aún se despliega.

No hay obra final.
Ni última palabra.

Ahora lo comprende:
una vida no se hace de cosas acabadas,
sino de gestos continuados—
huellas hechas con fe,
incluso cuando nadie mira.
Una frase iniciada.
Un color mezclado.
Un lienzo vuelto hacia la pared—
no por vergüenza, sino porque ya ha dicho lo suficiente.

Ya no se pregunta qué viene después.
Esa pregunta ya no lo inquieta.

Si algo permanece, no será el nombre,
ni el archivo,
ni siquiera los objetos.
Será la integridad callada de la atención—
la forma en que volvió, una y otra vez,
a encontrarse con el momento tal como era.

No para hacer algo duradero.
Sino para vivir, aunque fuese brevemente, en verdad.

*

Ricardo F Morin Tortolero

Bala Cynwyd, Pa., June 14, 2025


Nota del autor

Este retrato está dedicado a David Lowenberger, a José Luis Montero, a mis padres, y a Billy Bussell Thompson.   
A todos los que me han enseñado que vivir con atención es ya una forma de amor perdurable.

*


« La ética de la expresión: Segunda Parte »

June 13, 2025


*

Ricardo Morín
Triangulación 4
22″ x 30″
Grafito sobre papel
2006

Escritura, silencio y el arte de comprender en quietud

A mi hermana Bonnie

Ricardo F. Morín
Noviembre 2025
Oakland Park, Florida

Nota del autor

Este texto fue redactado con anterioridad a « La ética de la percepción, Primera Parte » y forma parte de la misma indagación sobre la atención, la comprensión y la relación ética.


Hay momentos en los que la forma más genuina de intimidad es el silencio.
En otros, es la labor callada de buscar la palabra justa—aunque sea incompleta—lo que nos acerca.   
La expresión, bajo esta luz, no es solo un vehículo de comunicación, sino un acto de cuidado.
Hablar, callar, escribir, escuchar:    cada decisión conlleva un peso particular.
La intimidad habita en esos gestos:    no en las declaraciones grandilocuentes, sino en la ética con que nos revelamos—y con que acogemos lo que otra persona se atreve a ofrecer.
Lo que sigue no es una teoría, sino una reflexión sobre cómo se manifiesta la intimidad en la expresión—y en su ausencia.

Resulta difícil señalar el instante en que algo se vuelve íntimo.
No siempre es un roce, una mirada o una confesión.
A veces es solo una pausa—una pausa compartida—entre una palabra y la siguiente, cuando ambas personas perciben que algo verdadero está a punto de decirse o acaba de decirse, sin llegar a nombrarse del todo.

Una vez, sentados frente a frente, observé a alguien quien contemplaba en silencio el horizonte.
Tampoco yo dije nada.
No hubo gesto, ni revelación, ni palabras aclaratorias.
Y sin embargo, aquel silencio no se sentía vacío—se sentía pleno.
En esa quietud, algo pasó entre nosotres: no es un mensaje, ni siquiera una comprensión, sino una suerte de permiso:
el de existir sin necesidad de explicarse.
El de estar presente sin necesidad de actuar.

Aquel momento permanece no por ser dramático, sino precisamente por no haber sido planificado.
No lo esperaba y no habría sabido recrearlo.
Solo supe, después, que había estado ante algo especial:
una intimidad que no pedía más que ser.

Y sin embargo, no toda intimidad nace del silencio ni de la presencia del otro.
Hay una que llega más tarde, en la escritura—en ese largo intervalo entre sentir y decir.
Otra solo seria posible gracias a la distancia silenciosa con que se permite la reflexión.

La palabra intimidad suele evocar cercanía física:
el ámbito del tacto, la proximidad, los amantes, los secretos susurrados en la oscuridad.
Sin embargo, ¿y si la intimidad tuviese menos que ver con la cercanía y más con el permiso?
El permiso de estar sin defensas.
De moverse con lentitud.
De no ser del todo claro—y aun así ser merecedor de confianza.

Ser íntimo con alguien no es solo ser conocido, sino ser visto—
visto sin la presión de explicarse con rapidez o justificar lo que se siente.
Es una apertura, pero también un riesgo:
el riesgo de ser malinterpretado, y el riesgo más hondo de ser comprendido demasiado bien.

Algunas formas de intimidad se dan cara a cara.
Otras requieren distancia.
Unas surgen en el diálogo.
Otras precisan una sola voz, que hable en soledad desde una habitación en silencio.

Ahí comienza la escritura—
no como puesta en escena, sino como conversación larga e ininterrumpida.

La intimidad cambia según el contexto, el tiempo,
y la forma del yo que entregamos al otro.
No es una sola cosa—
no solo cercanía, ternura o vulnerabilidad—
sino un conjunto de maneras en que nos permitimos ser conocidos
y, a veces, conocer a alguien más.

Está la intimidad corporal—
quizá la más visible y la menos comprendida.
Pertenece al tacto, a la proximidad,
a la atracción instintiva por la presencia del otro.
Pero esta forma puede engañar:
la cercanía física sin resonancia emocional es frecuente—
y fácil de fingir.
No obstante, cuando el cuerpo y la emoción se alinean,
surge una sintonía sin palabras:
una mano que reposa en un hombro el tiempo justo;
una respiración que entra en ritmo sin proponérselo.

Luego está la intimidad emocional:
el valor pausado de decir lo que se siente—
no solo cuando es hermoso o conveniente,
sino cuando es torpe, incompleto o crudo.
Esta forma no se da—se gana.
Puede tardar años, o nacer en una sola noche.
Ahí vive la confianza—o se rompe.

También existe la intimidad intelectual:
la que emerge en la conversación
cuando las ideas fluyen sin que nadie se atrinchere.
Es rara.
La mayoría de los espacios sociales premian la velocidad,
el brillo superficial o la cortesía segura.
Pero a veces, con alguien igualmente curioso,
el pensamiento se expande ante la presencia del otro—
no por coincidencia, sino por resonancia.
Nada hay que demostrar—
solo el placer de descubrir.
Eso es intimidad intelectual.
Genera otro tipo de cercanía—
no de sentimiento, sino de percepción.

Más extraña aún es la intimidad narrativa—
la que se forma no entre dos personas en una misma habitación,
sino entre quien escribe y quien lee,
separados por el silencio y el tiempo.
No es inmediata—
pero no por ello menos real.
Una voz surge desde la página
y parece hablarte directamente,
como si conociera los contornos de tu pensamiento.
Te sientes comprendido—sin haber sido visto.
Quizá nunca llegues a conocer a quien escribió esas palabras,
pero algo en ti se transforma.
Ya no estás solo.

Estas no son categorías rígidas.
Se superponen, se interrumpen, se evocan.
Uno puede profundizar otra.
La presencia física puede generar seguridad emocional.
La cercanía intelectual puede abrirse a una ternura inesperada.
Y aun así, cada una tiene su propio ritmo,
su propia gramática—
y sus propios riesgos.

En esa complejidad, la intimidad deja de ser una condición.
Se convierte en una práctica:
algo que se aprende,
se pierde,
se revisa,
y a veces se escribe
cuando ninguna otra forma es posible.

La escritura, también, es una forma de intimidad—
no solo con los demás,
sino con uno mismo.
Sobre todo cuando se es honesto—
cuando lo escrito no busca solo ser ingenioso o correcto,
sino verdadero.
Ese tipo de escritura no halaga.
No discute.
Revela.

Escribimos para hacer emerger algo—
no solo para una audiencia,
sino para escucharnos pensar,
para ver lo que aún no sabíamos que sentíamos.
Al escribir, nos volvemos testigos de nuestra propia conciencia—
tanto de su lucidez como de sus evasiones.

Seguimos una frase
no solo por su lógica,
sino por la emoción que transporta.
Y cuando esa emoción se quiebra,
sabemos que hemos perdido el hilo.

Entonces volvemos a empezar, una y otra vez—
no solo para explicar,
sino para decir algo que nos parezca justo.

En ese sentido, escribir es un acto ético.
Exige atención.
Requiere paciencia.
Nos invita a habitar nuestra propia experiencia
con precisión—
incluso cuando esa experiencia es fragmentaria o irresuelta.

Y si tenemos suerte—
si somos honestos—
algo en ese esfuerzo llegará a alguien más.
No para impresionar.
No para convencer.
Sino para acompañar.

A veces uno se extiende—con cuidado, con sinceridad—y recibe a cambio silencio, indiferencia o una respuesta tan desentonada que uno se siente ingenuo por haberlo intentado.
Otras veces, el fracaso es más sutil:
una conversación que se dispersa justo cuando algo verdadero empieza a tomar forma—o un oyente que oye tus palabras pero no tu significado.

Esos momentos quedan.
No por dramáticos, sino porque nos recuerdan cuán frágil puede ser la intimidad.
No se puede forzar—igual que no se puede forzar la humildad.
Ambas requieren una entrega callada—una disposición a ofrecer algo sin saber cómo será recibido.
Podemos preparar el terreno, hacer el gesto, arriesgar la verdad—pero lo demás depende del otro:    de su momento, su capacidad, su voluntad de encontrarnos allí.

También está la experiencia de ser malinterpretado—no solo en los hechos, sino en la esencia.
Intentas decir algo que importa, y la otra persona responde a lo que cree que dijiste—o a una versión de ti que nunca fuiste.
Es un golpe—
ese desencuentro entre lo que trataste de compartir y lo que realmente llegó.
El deseo de intimidad se convierte en exposición sin conexión—una herida en vez de un puente.

A veces evitamos la intimidad no porque no la deseemos, sino porque tememos lo que podría costarnos.
Se nos ha hecho sentir torpes—por cuidar demasiado, o por mostrarnos demasiado.
O hemos compartido algo íntimo solo para verlo tratado con ligereza—o analizado sin sentir.
Después de eso, nos volvemos cautos.
Hablamos menos—o en fragmentos—o no hablamos en absoluto.

Es a raíz de esos rechazos—grandes o pequeños—cuando escribir deja de ser una simple expresión.
Se convierte en reparación.
La escritura nos permite recuperar lo que se perdió en el momento—
nombrar lo que nunca llegó a su destino,
terminar el pensamiento que nadie esperó,
decirlo otra vez—esta vez sin interrupciones, sin suposiciones, sin miedo.

Y aunque la escritura no pueda deshacer el fracaso de un momento compartido, sí puede ofrecer otra cosa:
coherencia.
Un registro.
Una forma de verdad que permanece—aunque no haya sido oída.

Así, la escritura se vuelve un acto silencioso de insistencia—
no contra el mundo, sino a favor del autor.
Es una forma de decir:
Lo que traté de compartir sigue importando—aunque no haya sido recibido.

Al final, la intimidad no es un estado, sino un gesto—
repetido una y otra vez—
hacia la comprensión,
hacia la presencia,
hacia un entendimiento compartido que puede llegar… o no.

A veces ese gesto es una palabra dicha en el momento justo.
A veces es un silencio sostenido el tiempo suficiente para que el otro hable.
Y a veces es el acto de escribir—solitario, paciente, inconcluso—
ofrecido no a una multitud,
sino a un solo lector imaginado
que, algún día, tal vez necesite lo que ahora intentas decir.

La escritura, en su raíz, es una forma de escucha.
No solo hacia los demás,
sino hacia el yo que no se apura,
que no actúa,
que no necesita convencer.

Hacia el yo que espera—
que desea ser reconocido no por lo que logra decir a toda prisa,
sino por lo que sigue intentando decir con delicadeza.

Por eso vuelvo a la página:
no porque garantice conexión,
sino porque mantiene la puerta abierta.
Porque en un mundo que exige rapidez, certeza y encanto,
la escritura da lugar a algo más lento y más fiel:
el gesto largo, inacabado, de intentar alcanzar a alguien—
quizá incluso a uno mismo—
con algo resonante.

Y cuando la intimidad sucede—en la página o en la vida—
nunca es por haber encontrado las palabras perfectas.
Es porque alguien se quedó.
Alguien escuchó.
Alguien dejó que el momento se abriera—sin apresurarse a cerrarlo.

Eso es lo que hago ahora:
escribir no para cerrar algo,
sino para dejarlo abierto—
para que algo de mayor hondura pueda entrar.

*

Ricardo F. Morín Tortolero
Capitol Hill, D.C., 9 de junio de 2025