Archive for December, 2025

« Retrato de un presidente: Serie II »

December 31, 2025

Ricardo Morín
Retrato de un presidente
14 x 20 pulgadas
Acuarela, tinta sumi, creyones de cera, y gesso sobre papel
2003

Ricardo F. Morín

31 de diciembre de 2025

Oakland Park, Fl.

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Nota del autor

Este ensayo continúa una indagación iniciada en « Retrato de un Presidente: Ensayo diagnóstico sobre poder, postura y patrón histórico », donde los patrones de actuación del Poder Ejecutivo fueron examinados a partir de acciones observables y no de intenciones declaradas.   El presente texto desplaza esa indagación del plano descriptivo al procedimental; toma una orden ejecutiva reciente sobre inteligencia artificial como caso para examinar cómo se determinan, se revisan y se sostienen las decisiones.

El ensayo se publica a continuación de « La aritmética del progreso », que analiza cómo los relatos contemporáneos del progreso suelen disociar el cálculo de la consecuencia.   Leído en secuencia, ese texto establece las condiciones generales bajo las cuales las apelaciones a la inevitabilidad y a la eficiencia adquieren fuerza, mientras que el presente ensayo examina, en cambio, cómo esas apelaciones operan dentro del propio proceso ejecutivo.

Este ensayo se apoya asimismo en « Gobernar por Excepción: El Poder Ejecutivo Estadounidense », publicado a comienzos de este año, donde se examinó la normalización de medidas excepcionales en la presidencia contemporánea.  Mientras aquel texto se centraba en la expansión de la discrecionalidad ejecutiva, el presente ensayo examina las consecuencias procedimentales que se producen cuando la excepción se vuelve rutinaria.

El ensayo también guarda relación con « ¿Convergencia por diseño o por consecuencia?: Sobre Trump, Putin y el eje velado de Kiev a Caracas », dedicado a examinar la alineación entre autocracias contemporáneas en el plano geopolítico.   Aquí, el enfoque se desplaza hacia el interior —al procedimiento ejecutivo doméstico— para considerar cómo métodos similares de ejercicio de la autoridad pueden emerger sin coordinación explícita ni declaración ideológica.

Considerados en conjunto, estos ensayos conforman una secuencia de indagación más que un argumento unificado.  Cada uno aborda el mismo problema desde un registro distinto —excepción, cálculo, procedimiento y alineación— sin requerir continuidad de título ni de tema.

Este ensayo ocupa el centro de esa secuencia.   A lo largo del análisis, la acción designa la acción del Poder Ejecutivo en su relación con las demás ramas del gobierno estadounidense.   Desde ese punto de partida, el ensayo se inicia en una observación sobre la ordenación del ejecutivo bajo condiciones de urgencia y traza cómo la restricción constitucional puede verse desplazada en la práctica sin ser formalmente abolida.


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Dislocación procedimental y la retórica de la dominación

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I

La reciente orden ejecutiva que presenta la inteligencia artificial como una cuestión de “dominación global” ofrece un ejemplo pertinente.   No es necesario compartir los objetivos declarados de la orden ejecutiva para que amerite examen.   Su relevancia no reside en lo que promete alcanzar, sino en la manera en que impulsa el avance de las decisiones.

La inteligencia artificial entra en este análisis no como un asunto técnico, sino como un contexto en el que la acción del Poder Ejecutivo se presenta como urgente.   La orden parte del supuesto de que la rapidez y la dirección centralizada son condiciones necesarias para el éxito.   Como consecuencia, las decisiones avanzan antes de que las formas existentes de revisión, coordinación y elaboración normativa hayan tenido oportunidad de definir sus términos.

Este ordenamiento resulta significativo.  Cuando la autoridad presidencial se afirma en primer lugar, la deliberación queda relegada a condiciones restringidas.  La revisión institucional —entendida aquí como los criterios previos a la acción, los umbrales de evaluación y la secuenciación mediante la cual las decisiones suelen autorizarse— deja de determinar si la acción del Poder Ejecutivo debe proceder y pasa, en cambio, a ajustarse a una acción ya en curso.  Una vez fijada esta secuencia, las formas posteriores de participación —ya provengan de agencias, órganos consultivos o instancias constitucionales— pueden matizar la implementación sin alterar la dirección de los decretos presidenciales.

Este ensayo considera la orden como un caso de ese ordenamiento.  Examina lo que sigue cuando la urgencia gobierna la temporalidad de las decisiones y cuando afirmaciones amplias de propósito comienzan a desempeñar funciones que normalmente corresponden a la revisión, la coordinación y la elaboración normativa.   El interés no es el liderazgo tecnológico en sí, sino lo que sucede cuando las decisiones avanzan antes de que existan medios para evaluarlas, revisarlas o contenerlas.

II

Las decisiones ejecutivas determinan la dirección dentro del ámbito del Poder Ejecutivo; la acción ejecutiva compromete esa determinación a consecuencias institucionales.

Cuando las decisiones se adoptan antes de una revisión sostenida, el orden de la evaluación se invierte.  La revisión procedimental —en tanto condición de pre autorización— deja de regir si la acción del Poder Ejecutivo queda autorizada y pasa, en cambio, a concebirse como un paso anticipado después de que la acción ejecutiva ya ha sido puesta en marcha.  Esta inversión entre inversión y autorización altera la forma en que se distribuye la responsabilidad dentro del proceso ejecutivo.

En esta secuencia, los criterios articulados se difieren en lugar de establecerse.    La revisión judicial existe, pero suele producirse después de la implementación, cuando las políticas ya han comenzado a surtir efecto.   Los controles del Congreso existen, pero dependen de la coordinación, del momento político y de alineamientos que los relatos de urgencia comprimen, desplazan o eluden activamente.    Los remedios constitucionales existen, pero operan en horizontes temporales incompatibles con una acción ejecutiva acelerada.   Los estándares mediante los cuales una decisión podría evaluarse —alcance, límites, parámetros o condiciones de revisión— permanecen indefinidos en el momento de la ejecución.   La ausencia de criterios articulados se presenta como provisional, aun cuando la acción del Poder Ejecutivo avanza como si dichos criterios ya estuvieran ya resueltos.

Este análisis no parte del supuesto de que los controles constitucionales estén ausentes.   En ausencia de criterios articulados, no existe un punto de referencia estable frente al cual una decisión pueda evaluarse, ajustarse o detenerse.    La revisión se vuelve reactiva, encargada de acomodar decisiones ya adoptadas en lugar de someter a examen sus premisas.

Esta secuencia también altera el papel de la participación institucional.   Las agencias y los órganos consultivos quedan situados para responder dentro de instancias de revisión posteriores a la implementación, en lugar de contribuir a la formación misma de la decisión.   Su intervención se desplaza de la deliberación a la implementación, reduciendo el espacio disponible para una participación sustantiva.

Lo que emerge no es la eliminación de la revisión.   Las restricciones permanecen formalmente intactas, pero ya no se determinan si la acción del ejecutivo debe proceder; intervienen sólo después de que la acción ya ha comenzado.

El resultado no es la eliminación de la restricción, sino su desplazamiento:   los mecanismos concebidos para gobernar si la acción del Poder Ejecutivo procede; intervienen únicamente después de que dicha acción ya ha comenzado.

III

La prelación normativa federal se afirma antes de que exista una estructura sustitutiva.   En este caso, la actividad regulatoria a nivel estatal queda desplazada aun cuando todavía no se ha establecido un marco federal integral que asuma su lugar.   El ejercicio del poder por decreto se afirma con anterioridad a los mecanismos que normalmente deberían sostener, coordinar o limitar la acción del Poder Ejecutivo.

No se trata aquí de una cuestión de supremacía constitucional.   La autoridad federal sobre el derecho estatal está bien establecida.   El problema es de secuencia.   La prelación normativa suele desplazar regulaciones existentes al sustituirlas por una alternativa definida mediante la cual se reasignan responsabilidades, supervisión y rendición de cuentas.   Cuando esa sustitución no se produce, el desplazamiento genera un vacío, no una transición.

Ese vacío tiene consecuencias prácticas.   En ausencia de un marco federal asentado, no existe un ámbito claramente definido para la elaboración normativa, la revisión o la apelación.   La responsabilidad aparece centralizada en principio, pero permanece dispersa en la práctica.   Las decisiones del Poder Ejecutivo avanzan, mientras los medios para evaluarlas o corregirlas continúan siendo inciertos.

Esto reconfigura el papel de los estados.   En lugar de servir como espacios de coordinación, experimentación o gobernanza provisional, son tratados principalmente como fuentes de fricción.   Sus esfuerzos regulatorios se caracterizan como interferencia, aun cuando no se haya ofrecido ninguna estructura destinada a absorber las funciones regulatorias que están siendo desplazadas.

Lo que resulta es una forma de autoridad ejercida antes de que existan los apoyos institucionales necesarios para sostenerla.   La prelación opera como afirmación más que como arreglo.   La cuestión que se plantea no es si la autoridad existe, sino cómo se espera que la autoridad ejecutiva funcione una vez ejercida sin las estructuras que normalmente la sostienen.

IV

La orden ejecutiva invoca una “carrera” global por la dominación como justificación de la urgencia.   Esta referencia se introduce sin especificar participantes, alcance ni criterios.   La referencia se presenta como una condición y no como una afirmación que requiera articulación o examen.

Al no estar definida, la carrera no puede ser evaluada desde el punto de vista procedimental.   No se ofrecen parámetros para medir el avance o la demora, ni se establece un horizonte temporal frente al cual puedan pautarse las acciones del Poder Ejecutivo.   Aun así, la invocación se trata como decisiva.

Una vez invocado, este encuadre global reconfigura el tiempo y la secuencia de la revisión y la coordinación internas.   Los procesos de revisión, coordinación y equilibrio federal pasan a medirse frente a un ritmo afirmado externamente.   Las salvaguardas procedimentales comienzan a aparecer como pasivos, no porque hayan fallado, sino porque operan a un ritmo considerado incompatible con la carrera afirmada.

De este modo, la invocación de una “carrera” global no especifica qué está en juego; en su lugar, la apelación a la competencia global reubica el tiempo de la toma de decisiones en un ritmo afirmado externamente.   La ausencia de especificación habilita la aceleración.

La relevancia de esta reordenación procedimental no reside en si existe competencia global, sino en cómo su invocación altera la secuencia interna del Poder Ejecutivo estadounidense.   Una referencia externa se introduce como justificación procedimental y permite que las decisiones ejecutivas avancen antes de que existan una revisión sostenida y una estructura articulada.

V

Junto al encuadre competitivo externo, la presión interna también modifica el momento y la forma en que avanzan las decisiones ejecutivas.   Esta presión proviene de actores privados con una exposición financiera concentrada en el desarrollo y el despliegue de tecnologías de inteligencia artificial.   Sus inversiones dependen de la aceleración, la escala y una limitación de la regulación.

Estos actores no requieren coordinación para ejercer influencia.   Sus intereses convergen de manera estructural.   Las demoras asociadas a una revisión sostenida, a una supervisión escalonada o a una regulación descentralizada introducen incertidumbre en los horizontes de inversión.   La aceleración, por el contrario, estabiliza las expectativas y preserva ingresos potenciales.

Esta presión opera con anterioridad a la deliberación pública.   Se manifiesta a través de funciones de asesoría, consultas de política pública y mecanismos formales de cabildeo que existen fuera de la secuencia de revisión abierta.   La influencia no es ilícita; está institucionalizada.   Lo que distingue a esta influencia es su temporalidad y su asimetría.

Dado que estos intereses no quedan plenamente expuestos en el registro formal de la toma de decisiones y de la revisión, sus efectos aparecen como indirectos.   No obstante, modelan las condiciones bajo las cuales la urgencia se encuadra como necesidad y la prelación ejecutiva como inevitabilidad.   La ausencia de criterios articulados no obstaculiza este proceso; lo facilita al mantener los resultados flexibles mientras la dirección permanece fija.

La competencia externa proporciona una razón para la aceleración, mientras que la presión de la inversión interna la sostiene.   De este modo, la dislocación procedimental se refuerza desde el interior de la propia secuencia ejecutiva.   En conjunto, ambas generan un entorno ejecutivo en el que la aceleración se justifica de manera continua, incluso cuando la revisión institucional y las estructuras de sustitución permanecen diferidas.

VI

Lo que sigue marca un desplazamiento no en el contenido de la política, sino en la manera en que se orienta la acción del Poder Ejecutivo cuando la guía procedimental deja de regir su temporalidad.

Cuando las decisiones continúan avanzando sin criterios articulados ni estructuras de sustitución, el lenguaje comienza a asumir funciones que ordinariamente corresponden a la guía procedimental.  Por guía procedimental, este análisis se refiere a los criterios articulados, los umbrales de revisión, la secuencia institucional y las estructuras de sustitución mediante las cuales las decisiones suelen evaluarse, revisarse o suspenderse antes de que la acción del Poder Ejecutivo proceda.  En lugar de ello, las órdenes ejecutivas se emplean para encuadrar la acción del Poder Ejecutivo y para proporcionar orientación allí donde la guía procedimental está ausente.

En este contexto, términos como “dominación”, “necesidad” o “liderazgo” no operan principalmente como descripciones.  Dichos términos establecen dirección sin especificación.  Su función es hacer avanzar las decisiones mientras dejan sin resolver los objetivos, los límites y las medidas.

Esta ampliación del lenguaje modifica la manera en que se comprende la acción del Poder Ejecutivo.  En lugar de aclarar qué se hace y bajo qué condiciones, el lenguaje organiza la atención en torno al impulso procedimental.  El movimiento mismo pasa a ser la prioridad, aun cuando los fundamentos de la evaluación permanezcan sin asentarse.

El efecto es acumulativo en el tiempo.  A medida que aumenta la dependencia del encuadre retórico, quedan disponibles menos marcadores procedimentales para ralentizar, revisar o redirigir la acción del Poder Ejecutivo.  El lenguaje comienza a asumir responsabilidades que normalmente corresponden a la revisión y a la especificación.

En esta etapa, el lenguaje no ha desplazado por completo a la explicación, pero ha comenzado a excederla.  Este lenguaje continúa remitiéndose a la política, pero ahora desempeña un trabajo adicional al sostener la acción del Poder Ejecutivo en ausencia de un soporte procedimental asentado.

VII

Las solicitudes de especificación dejan de conducir a criterios articulados o a mecanismos de revisión y pasan, en cambio, a producir la reiteración del encuadre original.  La explicación cede ante el énfasis, y el énfasis ante la repetición, sin que se resuelvan los vacíos procedimentales subyacentes.

A medida que el lenguaje comienza a asumir responsabilidades que normalmente corresponden a la revisión y a la especificación, su relación con la explicación se modifica.  Las formulaciones inicialmente destinadas a orientar la comprensión pasan a convertirse en puntos de referencia que se repiten en lugar de ser examinados.

Con el tiempo, este patrón reduce la capacidad de pausar, reconsiderar o revisar decisiones ya en curso.  Cuando el lenguaje pasa a utilizarse para sostener la acción, volver sobre sus premisas se vuelve más difícil.  El ajuste aparece como retroceso y la reconsideración como demora, aun cuando no se hayan articulado estándares asentados.

El efecto de esta sustitución retórica no es una resistencia abierta a la revisión, sino un estrechamiento de su alcance.  La revisión persiste formalmente, pero queda cada vez más encargada de acomodar decisiones ya avanzadas.  El espacio para cuestionar la secuencia, la autoridad o los criterios se contrae sin cerrarse de manera explícita.

En este punto, el lenguaje ya no se limita a impulsar la acción del Poder Ejecutivo; comienza a protegerla.  Las decisiones siguen siendo explicables en términos generales, pero se vuelven menos accesibles a un examen sostenido.  Lo que ha cambiado no es la transparencia, sino las condiciones bajo las cuales la clarificación aún puede producirse.

VIII

Esta sección rastrea las consecuencias de sustituciones procedimentales anteriores, mostrando cómo los puntos de referencia para la evaluación desaparecen incluso mientras la acción del Poder Ejecutivo continúa.

Los resultados se proyectan, pero no se especifican.  Los medios se despliegan, pero no se miden frente a criterios estables.  Está ausente un punto de referencia compartido mediante el cual tanto los medios como los resultados puedan ser evaluados.  Cuando las decisiones se adoptan antes de una revisión sostenida y se mantienen mediante encuadres retóricos en lugar de criterios articulados, las bases disponibles para juzgar esas decisiones se reducen.

En tales condiciones, los resultados proyectados dejan de funcionar como controles sobre la acción ejecutiva presente.  Los beneficios proyectados permanecen abstractos, diferidos o supeditados a una aclaración futura.  En ausencia de parámetros definidos o de mecanismos de revisión, los resultados operan más como justificación que como objetos de evaluación.

Esto desplaza un mayor peso hacia el proceso.  Cuando los fines permanecen indeterminados, la secuencia procedimental se convierte en la única medida disponible de legitimidad.  Si esa secuencia se encuentra dislocada, no queda base alguna para distinguir entre una acción ejecutiva provisional y una dirección asentada.

Las apelaciones a la necesidad adquieren prominencia en estas condiciones.  Estas apelaciones tienden un puente entre medios inciertos y fines no especificados mediante la afirmación de inevitabilidad.  Sin embargo, la inevitabilidad no aporta medida; hace avanzar la acción ejecutiva mientras difiere la evaluación.

El resultado es la suspensión de la evaluación, en la medida en que el juicio se difiere hacia resultados que aún no han sido definidos.  Los medios del Ejecutivo avanzan sin referencia a fines que puedan ser examinados y dejan la evaluación suspendida en lugar de resuelta.

IX

La significación de lo que sigue no reside en la escalada ni en el colapso, sino en la capacidad de este patrón de gobierno para persistir sin desencadenar una ruptura formal.

Considerada a la luz de la secuencia precedente, la orden ejecutiva aparece menos como respuesta a un desafío tecnológico que como expresión de la forma en que la autoridad presidencial opera en la actualidad.

En esta secuencia, la restricción constitucional persiste de manera formal mientras pierde su capacidad para gobernar el momento de la acción presidencial.  Lo que define este modo de operación no es la ambición declarada, sino el ejercicio de la autoridad ejecutiva antes de que existan estructuras, instancias de revisión y criterios de medida asentados.

A pesar de la suspensión de la evaluación procedimental, la acción del Poder Ejecutivo continúa avanzando y se consolida como un patrón de gobierno.  La acción del Poder Ejecutivo avanza sin criterios estables, y la evaluación la sigue en lugar de orientarla.  El encuadre retórico sostiene la continuidad una vez que la autorización, la especificación y la revisión dejan de gobernar el inicio de la acción, y la inevitabilidad pasa a ocupar el lugar de la articulación.

En estas condiciones, la gobernanza conserva movimiento, pero pierde su referencia procedimental.  Las decisiones siguen siendo inteligibles en términos generales, pero resultan cada vez más difíciles de evaluar, revisar o detener.

Más que resolverse en una crisis, la condición persiste mediante la afirmación ejecutiva en lugar de la secuencia procedimental.   La autoridad ejecutiva continúa funcionando, pero lo hace con menos puntos internos de corrección.

La relevancia de esta condición no reside en su novedad, sino en su durabilidad.  Cuando la dislocación procedimental se convierte en un rasgo estable de la acción ejecutiva, reconfigura la manera en que se entiende la legitimidad y cómo puede ejercerse la rendición de cuentas.  Lo que se produce no es una excepción, sino una forma normalizada de proceder.

X

Un orden constitucional presupone la cooperación sin poder imponerla de antemano.  La ley establece procedimientos, umbrales y divisiones de autoridad, pero no puede asegurar la disposición de los actores que deben habitar esos roles.  La responsabilidad de la cooperación queda así situada precisamente en el punto en que la previsibilidad ya no puede asegurarse —el juicio humano, la ambición, el temor, el cálculo, la fatiga, el orgullo.  Esto no constituye un fracaso de la ley como texto; es una condición de la ley como estructura vivida.

Vista de este modo, la inestabilidad no es una aberración introducida únicamente por malos actores.  Es una posibilidad siempre presente, generada por el hecho de que los sistemas constitucionales dependen de una contención ejercida de manera voluntaria, secuencial y, a menudo, contra el interés inmediato.  Allí donde la cooperación falla, los procedimientos permanecen formalmente intactos, pero pierden fuerza operativa en la práctica.  La ley persiste en el papel mientras su capacidad de coordinación se debilita con el tiempo.

Por esta razón, el problema trazado a lo largo de este ensayo es, en última instancia, ético y no moralizante.  No plantea quién tiene razón o quién se equivoca, sino qué puede razonablemente esperarse de agentes humanos que operan bajo presión, asimetría y confianza incompleta.  La gobernanza constitucional presupone una ética mínima de reciprocidad —un acuerdo para esperar, para impugnar, para diferir, para revisar.  Cuando esa ética no logra sostenerse, el sistema no colapsa de inmediato; persiste en una condición en la que la coordinación deja de gobernar la acción.  La autoridad del Poder Ejecutivo llena el vacío que deja la cooperación, a menudo en nombre de la continuidad.

Esto explica por qué el desplazamiento resulta duradero, por qué la contención permanece frágil y por qué los sistemas pueden seguir funcionando incluso cuando sus fundamentos éticos pierden fuerza de sostén.  La ironía que se sostiene aquí no es pesimista; es lúcida como cierre de la indagación.

Los marcos cooperativos son siempre provisionales.   Existen en tensión con la desconfianza, la defección estratégica y la circunstancia cambiante.   Nunca quedan resueltos; sólo se renegocian.   El hecho ético no es que aparezca la desconfianza, sino que la gobernanza debe funcionar a pesar de ella.


Condiciones preprocedimentales de dislocación

La responsabilidad política comienza antes que la gobernanza.  Precede a los programas, a los eslóganes y a la coreografía institucional.  Mucho antes de que la autoridad se ejerza, esta es confiada, y en ese acto ya se emite un juicio—no sobre el detalle de la política, sino sobre el temperamento, la contención y la capacidad de autolimitación.

El centro ético del liderazgo no se revela a través de la ambición ni de la promesa retórica, sino mediante señales inmediatamente legibles:  flexibilidad sin oportunismo, firmeza sin dominación, cautela sin parálisis.  Estas cualidades son visibles casi de inmediato, a menudo en los primeros momentos de exposición.  Pasarlas por alto no es un fallo de inteligencia, sino de atención.

Esta responsabilidad no puede desplazarse hacia las instituciones a posteriori.  Tampoco puede excusarse por urgencia, fatiga o agravio personal.  Una vez conferida la autoridad, el derecho debe gestionar aquello que ya ha sido autorizado, incluso cuando la corrección resulta costosa o se produce con retraso.  Ninguna salvaguarda procedimental puede compensar plenamente la indiferencia ética en el momento de la selección.

Los sistemas políticos no se deterioran únicamente por quienes gobiernan.  También reflejan los criterios —explícitos o tácitos— mediante los cuales se elige a quienes gobiernan.  El bienestar colectivo depende menos de los resultados prometidos que del carácter al que se le permite ejercer el mando.  En este sentido, el liderazgo no se impone a una sociedad.  Es reconocido, aceptado y sostenido por ella.


« La Aritmética del Progreso »

December 24, 2025

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Ricardo Morín
Escena Seis: La Aritmética del Progreso
Óleo sobre lienzo
35,5 x 45,7 x 2 cm
2010

Resumen

Este ensayo examina la suposición de que los avances tecnológicos y científicos han producido una mejora universal en la vida humana.   Aunque el discurso contemporáneo suele equiparar innovación con progreso, la distribución de sus beneficios sigue siendo profundamente asimétrica.   El crecimiento tecnológico aumenta la capacidad, pero no corrige las inequidades estructurales presentes en los sistemas económicos modernos.   Lo que parece un avance colectivo suele reflejar la consolidación de ventajas entre quienes ya estaban posicionados para recibirlas.   Al distinguir capacidad de justicia y tendencias agregadas de condiciones reales, el ensayo sostiene que la idea de un mejoramiento histórico es menos una medida de dignidad compartida que una narrativa que oculta jerarquías persistentes.


1

El argumento moderno del progreso se apoya en una premisa conocida: los avances tecnológicos y científicos han hecho que la vida actual sea mejor que en cualquier otro momento de la historia humana.   Pensadores como Steven Pinker sostienen esta visión con confianza empírica—señalando el aumento de la esperanza de vida, la reducción de la mortalidad, las mejoras médicas y el incremento sostenido de la alfabetización global.   Bajo este marco, la innovación y la expansión macroeconómica constituyen no solo evidencia del mejoramiento histórico, sino los motores que lo producen.

2

Sin embargo, la estructura de este razonamiento es frágil.   Equipara la capacidad técnica con el avance cívico y trata la expansión de herramientas como sinónimo de expansión de dignidad.   Supone que los beneficios de la innovación se distribuyen de manera natural y uniforme.   Sugiere que el progreso es una herencia compartida y no un resultado selectivo.   Estas premisas aplanan las complejidades de la vida económica en una narrativa que oculta las asimetrías de las que dependen los sistemas contemporáneos.

3

El registro histórico ofrece otra imagen.   El crecimiento tecnológico ha aumentado de forma constante la eficiencia de la extracción, la velocidad de la acumulación y el alcance del poder centralizado.   Ha amplificado la productividad sin alterar la jerarquía básica de la distribución.   El conocimiento se expande, pero la arquitectura de la inequidad persiste.   Lo que parece un avance colectivo suele ser una redistribución de ventajas hacia quienes ya estaban en posición de capturarlas.   No es un fallo de la tecnología; es la continuidad de una lógica primitiva incrustada en las estructuras económicas modernas.

4

La promesa ilustrada—que la razón y la innovación elevarían la condición de todos—ha producido, en la práctica, una economía dual.   Una parte se beneficia de la capacidad científica, las mejoras médicas y el acceso informativo.   La otra experimenta precariedad, desposesión y vulnerabilidad estructural, aun viviendo bajo el mismo horizonte tecnológico.   El progreso, en este sentido, no es un hecho universal, sino una abstracción estadística.   Describe promedios, no realidades vividas. Trata la media como medida de lo moral.

5

Algunos defienden la concentración de poder argumentando que un gobernante virtuoso podría lograr lo que las instituciones plurales no pueden.   Sin embargo, este argumento sustituye la estructura por el carácter.   Si la justicia depende del azar de la benevolencia, deja de ser un principio y se convierte en una contingencia.

6

Las narrativas macroeconómicas refuerzan esta ilusión.   El aumento del PIB se interpreta como evidencia de ascenso colectivo, incluso cuando la riqueza se concentra en fracciones cada vez más estrechas.   La producción globalizada se expande, pero sus beneficios se consolidan entre quienes tienen acceso al capital, a la infraestructura y a privilegios amortiguadores.   La apariencia de mejoramiento colectivo oculta la asimetría interna:   crecimiento para algunos, estancamiento o deterioro para muchos.   La aritmética del progreso se convierte en una retórica de consuelo más que en un diagnóstico de la realidad social.

7

Cuestionar este marco no implica negar los logros de la ciencia ni el valor del descubrimiento.   Implica rechazar la confusión entre capacidad y justicia. Implica observar que nuestras herramientas han avanzado mientras nuestras instituciones han permanecido elementales—con frecuencia primitivas—en su distribución del poder y la oportunidad.   La inequidad no está menos arraigada hoy que en épocas anteriores; simplemente ha sido racionalizada bajo el estandarte de la innovación.

8

Si emergen ecos de Thomas Paine en este argumento, no son intencionales.   Surgen de una intuición compartida: los sistemas que se presentan como ilustrados pueden reproducir las mismas condiciones que afirman superar.   Thomas Paine se enfrentó a la monarquía; nosotros enfrentamos la monarquía del capital, que se presenta como progresista mientras opera mediante concentración, asimetría y narrativas manufacturadas de mejoramiento.

9

El desafío no es rechazar el avance tecnológico, sino evaluar sus consecuencias cívicas sin aceptar su mitología.   El progreso existe, pero su distribución no es natural ni inevitable.   Hasta que se reexaminen, en lugar de darlas por sentadas, las estructuras que distribuyen los beneficios, la afirmación de una mejora histórica funciona menos como un relato de justicia que como una historia que las sociedades se cuentan a sí mismas para evitar enfrentarse a la ausencia de la misma.

« La gramática del castigo »

December 17, 2025

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Ricardo Morin
La gramática del castigo
25 x 30 cm
Acuarela
2003

Ricardo F. Morín

Noviembre, 2025

Oakland Park, Florida

Las sociedades responden al daño mediante dos modos de acción fundamentalmente distintos.  Uno se despliega a través de patrones lentos y acumulativos de conducta y creencia que configuran la vida colectiva; el otro, mediante intervenciones deliberadas y codificadas llevadas a cabo por instituciones en nombre del orden.   « La gramática del conflicto » y « La gramática del castigo » son ensayos complementarios, cada uno dedicado a uno de estos modos de acción.   La gramática del conflicto describe cómo el odio, la victimización, la hipocresía, el tribalismo y la violencia se entrelazan hasta formar un sistema autosostenido —un sistema que se mantiene mediante explicaciones reiteradas en cada giro y que perdura no por necesidad, sino por los relatos que las sociedades eligen reproducir.   La gramática del castigo concierne a la autoridad del Estado, es decir, a un ejercicio formal y estructurado del poder que impone consecuencias dentro de límites definidos por la interpretación jurídica.  La gramática del conflicto describe cómo el antagonismo cívico y político se vuelve habitual y se justifica a sí mismo.  La gramática del castigo aborda los casos en los que el Estado, al exceder sus límites, puede convertir la injusticia en un sistema de normas carentes de razón.  Considerados en conjunto, ambos ensayos ofrecen perspectivas complementarias sobre las fuerzas que perpetúan el daño y sobre las decisiones deliberadas que pueden interrumpir su recurrencia.

La gramática del castigo aborda las consecuencias que una sociedad impone frente a la transgresión y la manera en que dichas consecuencias configuran el orden político y el paisaje moral.  El ensayo trata el castigo como un instrumento cívico limitado y, a la vez, como una práctica arraigada. Describe las condiciones bajo las cuales un mismo acto punitivo puede sostener normas compartidas o debilitarlas, cuando el alcance y el propósito del castigo exceden la justificación moral y cívica original para imponerlo.  El desplazamiento más allá de esa justificación suele producirse porque el castigo se extiende más allá de la rendición de cuentas:   cuando el castigo se convierte en un vehículo de venganza, en una demostración de poder y en un medio para perpetuar la autoridad o los relatos morales que permiten su continuidad mucho después de que la infracción original ha sido atendida.  Este ensayo no se opone al castigo; aborda las condiciones bajo las cuales el castigo desplaza a la justicia.   En un momento en que las medidas punitivas configuran cada vez más el discurso político y las políticas públicas, comprender la lógica interna del castigo resulta esencial para preservar la frontera entre justicia y poder.

El ensayo describirá cómo el castigo evoluciona desde una respuesta medida a una infracción específica hasta convertirse en un sistema autosostenido de gobierno.   Mostrará cómo las instituciones creadas originalmente para restablecer la justicia llegan a afirmar autoridad, a sostener relatos de legitimidad y a ocultar los principios que fueron establecidas para defender.   El análisis identificará las condiciones bajo las cuales el castigo conserva credibilidad (cuando el ejercicio de la autoridad punitiva se encuentra delimitado por la razón, el procedimiento, el alcance, la proporcionalidad, el tiempo y la revisión) y los puntos en los que el castigo deja de proteger el orden social y comienza, en cambio, a perpetuar el daño.   El ensayo, sin embargo, no dictará políticas específicas ni condenará el uso de políticas.   Su propósito será aclarar los roles atribuidos al castigo, los puntos en los que dichos roles se descomponen y la forma en que la dependencia continuada de medidas punitivas pone de manifiesto elecciones sociales más profundas relativas a la autoridad, la responsabilidad y el impulso de responder al agravio—elecciones que revelan tanto los valores de una sociedad como sus temores.


1

El castigo es un acto público que impone un costo como respuesta a la infracción de una ley o de una norma compartida.   El castigo marca un límite, declara una regla y demuestra su aplicación.  Esta definición distingue el castigo de la prevención, la restricción, la rendición de cuentas y la reparación.  La prevención se refiere a hechos que aún no han ocurrido.  La restricción limita la capacidad de un individuo o de un grupo para causar daño.   La rendición de cuentas establece hechos y asigna responsabilidad.  La reparación aborda la pérdida e intenta restituir lo que ha sido sustraído.   El castigo se diferencia de estas respuestas porque aborda una violación específica después de ocurrida e impone una consecuencia.

2

Toda evaluación seria del castigo debe responder a tres preguntas:  ¿cuál es el propósito del castigo?, ¿a quién va dirigido el castigo?, y ¿cuál es el resultado del castigo?  La primera pregunta se refiere a una intención razonada, en oposición a una vaga.   La segunda concierne al objetivo y al alcance del acto punitivo.  La tercera se refiere a su manifestación, en contraste con la intención original del castigo.   Un castigo que invoca la disuasión pero produce recurrencia, o que resiste el cumplimiento, yerra no en grado sino en la comprensión del castigo como instrumento.  Al ignorar la causa, la aplicación del castigo puede confundir reacción con resolución y ejecutar justicia sin comprensión —un ciclo que no corrige nada porque no comprende nada.

3

Se reconocen comúnmente cuatro propósitos principales del castigo:   delimitación de fronteras, disuasión, incapacitación y reconocimiento.  La delimitación de fronteras define los límites de la conducta aceptable y afirma que las reglas conservan significado únicamente cuando su violación conlleva una consecuencia; dichos límites deben definirse con claridad.  La disuasión busca prevenir daños futuros haciendo visible y mensurable el costo de la infracción.   La incapacitación protege a la sociedad restringiendo la capacidad del infractor para causar nuevas lesiones.  El reconocimiento satisface la necesidad moral de afirmar que se ha producido una falta y que la comunidad ha respondido a ella.   Estos fines son conceptualmente claros, pero su eficacia depende de la interpretación y de la aplicación —cada una revelando si la búsqueda del orden permanece fiel a la idea de justicia.

4

Una sanción concebida inicialmente para corregir una infracción específica puede, con el tiempo, ser transformada por las instituciones en un instrumento de gobierno.   Esta transformación comienza cuando las autoridades amplían el alcance de la sanción, la aplican de manera reiterada como demostración mecánica y tratan su continuidad como prueba de la autoridad institucional y de la legitimidad del sistema.  Lo que comienza como una reacción dirigida a una violación concreta es repetido, extendido y mantenido más allá de su ámbito original.  Con el tiempo, la expectativa de la acción punitiva adquiere una dinámica propia y el apoyo al castigo se convierte en un marcador de adhesión al orden vigente.   Acciones que en un principio se orientaban a corregir conductas evolucionan hacia afirmaciones de dominio, y la disidencia es reinterpretada como deslealtad.  A medida que este proceso se profundiza, las sanciones se vuelven más severas, el círculo de responsabilidad se amplía y los límites temporales se disuelven.  El castigo, aplicado en un inicio para resolver un conflicto, se mantiene bajo condiciones que reproducen ese mismo conflicto.  Cuando una medida punitiva debe repetirse indefinidamente solo para demostrar que una regla sigue vigente, la medida deja de reforzar la regla; la medida misma se convierte en la regla.  Cuando el castigo se aplica de manera habitual, su función cambia —ya no opera como ley sino como poder.  El hábito otorga al poder un vocabulario moral que disfraza su interés como principio.   Cuando la ley adopta el tono de la justicia misma, el castigo se presenta como restauración.

5

Una vez que el poder comienza a hablar en lugar de la ley, la línea entre lo permitido y lo prohibido puede permanecer oscura, pero la sanción por la transgresión es cierta.   Tal oscuridad transforma la ley de un límite de comprensión en un campo de intimidación.   El poder adquiere elasticidad al rehuir la claridad; recompensa a quienes se conforman y aísla a quienes interpretan con excesiva libertad.  En esta inversión, el Estado de derecho sobrevive solo en la forma, mientras que su gramática—definición, proporción y previsibilidad—ha sido borrada.

6

La legitimidad es el fundamento sobre el cual se sostiene el castigo.  Sin legitimidad, el castigo deja de funcionar como justicia y se convierte en una imposición de poder sin control —un ejercicio de poder sin base jurídica.   La legitimidad exige definición; la tiranía prospera en la ambigüedad.   Para que el castigo sea legítimo, las reglas que impone deben establecerse con antelación, redactarse en un lenguaje comprensible para el público y quedar abiertas al examen y a la revisión mediante procedimientos legales. Redactar las reglas de antemano es vincular el poder a la razón; convierte el castigo en un acto cívico —previsible, responsable y compartido— y no en la decisión de quien detenta el mando.  Cuando se cumplen estas condiciones, el castigo cumple una función cívica, refuerza el Estado de derecho y asegura su propia legitimidad en lugar de debilitarla.

7

Los límites temporales son salvaguardias esenciales que impiden que el castigo se convierta en una condición permanente.   Una consecuencia sin un punto final definido deja de abordar una violación específica y se transforma en una estructura permanente de poder.   Cuando la duración del castigo no está limitada por su propósito, el castigo deja de servir a la ley y la sustituye.   Este principio se aplica tanto dentro de las sociedades como entre ellas:   una sanción impuesta a un individuo, a una comunidad o a un Estado sigue la misma lógica moral y estructural.   En las relaciones internacionales, medidas punitivas como sanciones o embargos funcionan como instrumentos de disciplina entre Estados y corren el mismo riesgo de transformación —de respuesta a dominación— cuando no se define un camino hacia la resolución.   La posibilidad de restauración —ya sea mediante reconocimiento jurídico, reconocimiento político o el fin de las hostilidades— no constituye un acto de indulgencia, sino una condición previa para la estabilidad.   Sin un punto de cierre definido, la parte castigada carece de incentivos para modificar su curso, y la oposición se convierte en la única respuesta racional.  Los órdenes duraderos, cívicos o internacionales, requieren por tanto una salida del castigo si han de asegurar una paz sostenida.

8

La disuasión suele describirse como el propósito más racional del castigo; sin embargo, su lógica se invoca con frecuencia bajo condiciones que incluyen otros motivos.   Bajo estatutos imprecisos, la disuasión deja de advertir y comienza a confundir.  Las autoridades políticas invocan a menudo la disuasión para justificar medidas más severas y sostienen que el temor a la consecuencia evitará daños futuros.   Pero el temor impone cumplimiento sin abordar las condiciones subyacentes que dan origen a la transgresión.   Una política punitiva diseñada para intimidar, en lugar de comprender o corregir dichas condiciones, se convierte menos en un instrumento de prevención y más en un mecanismo de afirmación del control.   No enseña respeto por el Estado de derecho, sino sumisión al poder.  Cuando la disuasión funciona de este modo, deja de servir a la justicia y sostiene, en cambio, la misma inestabilidad que afirma prevenir.

9

La incertidumbre es una condición inherente a todo sistema de castigo.  Los hechos suelen ser incompletos, los motivos se entremezclan y las consecuencias rara vez pueden predecirse con precisión.   Cuando la falta de razón se institucionaliza bajo el pretexto de la incertidumbre, surge la tentación de castigar no por actos ya cometidos, sino por aquellos meramente anticipados.   Medidas como la detención preventiva o la deportación se imponen no sobre conductas verificadas, sino sobre supuestos relativos a comportamientos futuros.  Estas acciones, aunque defendidas como salvaguardias frente a posibles daños, corren el riesgo de convertir la sospecha en veredicto.  Esta forma de castigo preventivo difumina la distinción entre justicia y prevención, sustituyendo la evidencia por la predicción.   A medida que el alcance del castigo se extiende más allá de los actos probados hacia el ámbito de la conjetura, la obligación de justificar su uso debe aumentar de manera proporcional.

10

Existen casos en los que el castigo no solo está justificado, sino que resulta necesario.   Ciertas violaciones —traición, corrupción sistémica, violencia sostenida— quiebran el fundamento del orden compartido.   Ignorar tales violaciones indica que las reglas comunes han dejado de acarrear consecuencias; esta quiebra en la aplicación crea las condiciones para nuevos daños.   En tales circunstancias, el castigo funciona como un acto de preservación:   restablece límites jurídicos y afirma que ninguna persona o grupo se sitúa por encima de las normas que rigen la vida colectiva.  Sin embargo, la legitimidad de esta respuesta depende de la proporción y de la contención.  Cuando el castigo se convierte en la respuesta automática a toda infracción, deja de servir a la justicia y consolida, en su lugar, una cultura de retribución.   El castigo cumple su finalidad únicamente cuando se aplica después de que la explicación razonada, el procedimiento justo y la reparación tangible han fracasado en resolver la violación; bajo esas condiciones, el castigo restituye los límites del orden sin extender el daño más allá de lo necesario.

11

La clemencia funciona como una condición limitante dentro de los sistemas de castigo, más que como una negación de la justicia.  Allí donde los sistemas jurídicos conservan mecanismos de indulto, revisión o ajuste proporcional, el castigo permanece acotado por su propósito cívico original.   Los sistemas que aplican el castigo sin posibilidad de mitigación o terminación tratan la duración como autoridad y convierten la consecuencia en permanencia.   Bajo tales condiciones, el castigo deja de responder a una infracción específica y establece, en cambio, una relación duradera de dominación.

La disponibilidad de la clemencia modifica el funcionamiento del castigo al introducir límites temporales y proporcionales.  Estos límites impiden que la autoridad punitiva se extienda más allá de las circunstancias que justificaron su aplicación inicial.   Cuando el procedimiento jurídico excluye tales límites, la aplicación persiste de manera independiente de la conducta que la motivó, y la legalidad se reduce a repetición en lugar de juicio.   En esa condición, el castigo se administra como una práctica continua más que como una respuesta razonada.

Los sistemas que incorporan la clemencia preservan una distinción entre ley y mando al permitir que el castigo concluya una vez cumplido su propósito declarado.   Allí donde se mantiene esa distinción, el castigo sigue siendo un instrumento dentro de la ley y no un sustituto de ella.  Allí donde no se mantiene, el castigo opera sin referencia a la restauración y la pertenencia cívica es reemplazada por una exposición continuada a la sanción.

12

Estos principios no son abstracciones, sino salvaguardias que mantienen el ejercicio del poder sujeto a la ley.   Cuando las instituciones aplican el castigo dentro de esos límites, la ley conserva su credibilidad porque la consecuencia permanece vinculada a la razón.  Cuando las instituciones exceden esos límites, el castigo reemplaza a la ley como fuente de autoridad y el conflicto se expande en el espacio que la razón ha abandonado.  En esa condición, el castigo ya no resuelve la transgresión; la reproduce.  La justicia subsiste únicamente cuando la ley habla con una claridad que el poder no puede reescribir.


« Una propuesta planetaria »

December 15, 2025
Ricardo Morín
Triangulación 10: Una propuesta planetaria
56 x 76 cm
Acuarela y lápiz de cera sobre papel
2007

Ricardo F. Morín

Noviembre 2025

Oakland Park, Florida

Este ensayo procede de un reconocimiento sencillo:   las estructuras políticas heredadas por la humanidad ya no corresponden a las fuerzas que hoy configuran su supervivencia.   La volatilidad climática, la aceleración digital, la interdependencia económica y la vulnerabilidad transfronteriza operan a escala planetaria.   Atraviesan el aire, el agua, los datos y las cadenas de suministro sin atender a los límites territoriales.    Sin embargo, el mundo continúa organizado como un conjunto de soberanías discretas, cada una responsable de riesgos que no puede ni contener ni resolver por sí sola.

Lo que sigue no procede del optimismo, de la inevitabilidad ni de visiones de armonía.   Parte, en cambio, de la insuficiencia.    Las instituciones que en otro tiempo estabilizaron la vida política no fueron concebidas para condiciones en las que la disrupción se propaga de forma global e instantánea.   La propuesta aquí expuesta —un sistema estratificado de coordinación planetaria, provisión universal y protecciones para la autonomía cultural— no intenta anticipar qué formas políticas habrán de surgir.    Ofrece, más bien, una arquitectura conceptual de aquello que ha pasado a ser pensable si la continuidad humana ha de seguir siendo plausible bajo condiciones de profunda interdependencia.

El ensayo se despliega en tres movimientos.    En primer lugar, perfila un marco proporcional a la escala del riesgo contemporáneo.    En segundo término, enfrenta las objeciones más sólidas —psicológicas, culturales, geopolíticas, económicas e históricas— que limitan cualquier reorganización de este tipo. A continuación, el análisis se orienta hacia formas transicionales a través de las cuales la identidad local puede persistir y la coordinación puede emerger en contextos donde la fragmentación ya ha introducido riesgo.    El trabajo no prescribe un futuro; permanece dentro del horizonte en el que opera hoy la imaginación política.

i

Este ensayo se apoya en un cuerpo creciente de teoría política atento a la brecha cada vez mayor entre las presiones de alcance global y el radio limitado de acción del Estado-nación.    Pensadores como Ulrich Beck (World Risk Society, 1999), David Held (Democracy and the Global Order, 1995), Jürgen Habermas (The Postnational Constellation, 2001) y Saskia Sassen (Territory, Authority, Rights, 2006) han mostrado cómo el cambio climático, los sistemas digitales y la interdependencia económica exceden hoy las capacidades de la gobernanza territorial.    Beck identifica el riesgo mismo como fenómeno global; Held y Habermas examinan formas de gobernanza multinivel; Sassen describe la migración de la autoridad a través de redes que eluden las fronteras.    Este ensayo permanece alineado con estos planteamientos y fundamenta su argumentación no en la probabilidad de que los Estados existentes se unifiquen, sino en condiciones materiales ya en vigor.

ii

Los teóricos del riesgo global —en particular Beck y Anthony Giddens (Runaway World, 1999)— describen un mundo unido por vulnerabilidades compartidas: inestabilidad climática, pandemias, contagio financiero y exposición digital.    Ningún Estado puede contenerlas de manera aislada.    Este ensayo desarrolla ese diagnóstico al tratar el riesgo compartido como la razón central para el rediseño institucional.    Investigaciones sobre soberanía compartida o superpuesta, como las de Anne-Marie Slaughter (A New World Order, 2004) y Neil Walker (Intimations of Global Law, 2015), muestran que la autoridad ya se distribuye en múltiples niveles.    Lo que sigue es una observación:    la dispersión sin estructura produce fragilidad; la autoridad compartida requiere diseño, no mera acumulación.

iii

Filósofos de la justicia global como Martha Nussbaum (Frontiers of Justice, 2006), Amartya Sen (Development as Freedom, 1999) y Thomas Pogge (World Poverty and Human Rights, 2002) sostienen que las capacidades humanas básicas ya no pueden garantizarse exclusivamente dentro de las fronteras nacionales.    El bienestar y la oportunidad se han convertido en hechos transnacionales.    Teóricos de la política ambiental como Bruno Latour (Facing Gaia, 2017) y Robyn Eckersley (The Green State, 2004) muestran además que los sistemas ecológicos imponen exigencias que ningún gobierno aislado puede atender.    Este ensayo toma estas afirmaciones como relevantes y propone instituciones dimensionadas según la interdependencia ecológica y tecnológica, en lugar de apoyarse en jurisdicciones heredadas.

iv

Los debates en torno al poder digital refuerzan esta necesidad.   Autoras y autores como Shoshana Zuboff (The Age of Surveillance Capitalism, 2019), Kate Crawford (Atlas of AI, 2021) y Helen Nissenbaum (Privacy in Context, 2010) documentan cómo la inteligencia artificial, las infraestructuras de datos y los sistemas algorítmicos operan a través de fronteras mientras eluden los marcos nacionales de supervisión.    El poder tecnológico se desplaza hoy con independencia de los dispositivos concebidos para regularlo.    La propuesta sitúa la gobernanza tecnológica en el núcleo de la coordinación planetaria, y no como una preocupación auxiliar.

v

Tomados en conjunto, estos enfoques indican que ni el repliegue nacionalista ni el universalismo abstracto resultan adecuados para las condiciones presentes.    Este ensayo permanece alineado con estos planteamientos y fundamenta su argumentación no en la probabilidad de que los Estados existentes se unifiquen, sino en condiciones materiales ya en vigor.    No se orienta hacia la abstracción, sino hacia una propuesta legible y coherente, calibrada según las realidades que ya se están desarrollando.

1

La humanidad se encuentra hoy en un umbral en el que las formas políticas heredadas ya no logran absorber las presiones que configuran la vida colectiva.    La inestabilidad climática, la aceleración digital, el desplazamiento migratorio y la interdependencia económica operan a escala planetaria.    Atraviesan las fronteras con una velocidad para la cual los sistemas basados en el Estado nunca fueron concebidos.    En tales condiciones, la cuestión de la supervivencia converge con la cuestión del rediseño institucional.

2

La propuesta parte del reconocimiento de que los Estados soberanos fragmentan la responsabilidad precisamente en el momento en que la coherencia se vuelve necesaria.   Los riesgos se propagan de manera global; la rendición de cuentas permanece localizada.   Un marco planetario emerge no como aspiración, sino como respuesta proporcional a vulnerabilidades que exceden la capacidad nacional.

3

Dicho marco se limita a ejercer autoridad únicamente allí donde la fragmentación produce exposición sistémica: a saber, en la salud pública, la estabilización climática, la migración, la gestión de recursos y las tecnologías globales.   La autonomía cultural, jurídica y administrativa permanece firmemente radicada en las instituciones regionales y locales.

4

El bienestar universal constituye la base estructural de este planteamiento.    No opera como caridad, sino como estabilización.    En un mundo interconectado, la privación en una región genera inestabilidad en muchas otras.    El acceso a la atención sanitaria, a los recursos esenciales y a una educación significativa define el umbral mínimo de participación en la vida colectiva.

5

De ello se sigue una reconfiguración del valor.    Los mercados continúan operando, pero ciertos bienes —salud, educación, seguridad ambiental y acceso digital— quedan garantizados como derechos.    El ingreso universal cede su lugar a la provisión universal: un compromiso con las condiciones materiales e intelectuales requeridas para la dignidad y la resiliencia.

6

A medida que estos cambios toman forma, las fronteras asumen una función distinta.    Persisten como marcadores administrativos, pero su capacidad para regular el riesgo disminuye.    Los sistemas climáticos ignoran los límites; los patógenos los atraviesan sin control; las infraestructuras digitales disuelven las restricciones territoriales.    Una arquitectura planetaria aparece así no como un punto de llegada, sino como un ajuste a condiciones ya en curso.

7

Articular un mundo de este tipo no constituye un acto de idealismo, sino de razonamiento proporcional.    Las presiones contemporáneas exigen una imaginación política acorde con su escala.    Esta propuesta no anticipa el futuro; permanece dentro del horizonte.

8

La primera objeción se refiere a la identidad.    La soberanía no funciona únicamente como un orden jurídico, sino también como un depósito de memoria, historia y continuidad afectiva.    Un marco de alcance planetario introduce una capa adicional de identificación para la cual no existe precedente histórico directo.

9

A esta objeción se suma la resistencia geopolítica.    Los Estados —en particular aquellos con mayor capacidad de influencia— disponen de escasos incentivos para diluir ventajas estratégicas ya adquiridas.    Cualquier forma de autoridad global tiende a ser percibida no como coordinación, sino como pérdida relativa de control.

10

Una tercera objeción concierne a la escala.    Las instituciones que operan en un ámbito planetario enfrentan riesgos de opacidad, inercia o captura.    La coordinación a tal magnitud puede introducir nuevas formas de fragilidad allí donde pretende reducirlas.

11

Los argumentos económicos cuestionan la viabilidad.    La provisión universal requiere mecanismos distributivos de una complejidad sin precedentes.    Los mercados, pese a sus distorsiones, conservan capacidad de adaptación; las alternativas, en cambio, suelen ser percibidas como propensas a la ineficiencia o a la coerción.

12

Los planteamientos culturales señalan el riesgo de homogeneización.    Incluso bajo protecciones formales, los sistemas de alcance global pueden ejercer presiones sutiles hacia la uniformidad, debilitando especificidades lingüísticas y culturales sin necesidad de imposición explícita.

13

Las objeciones psicológicas subrayan los límites de la contención.    La cooperación a escala planetaria presupone capacidades de empatía y autocontrol que no siempre se sostienen en ausencia de incentivos claros o de mecanismos de cumplimiento.

14

La memoria histórica refuerza el escepticismo.    Proyectos de integración previos han dado lugar, en numerosos casos, a procesos de fragmentación.    Un marco planetario podría generar resistencia precisamente en razón de su amplitud.

15

Consideradas en conjunto, estas objeciones configuran un campo denso de restricciones —psicológicas, culturales, geopolíticas, organizativas e históricas— que complica cualquier transición hacia formas de organización planetaria.

16

Una resolución que resulte creíble requiere la incorporación de estos contraargumentos, no su desestimación.    La coherencia planetaria no puede construirse allí donde el acuerdo es más sencillo, sino allí donde la resistencia es mayor.

17

El primer elemento adopta una forma arquitectónica.    La gobernanza debe ser estratificada, no monolítica.    La autoridad global queda limitada a ámbitos acotados de vulnerabilidad compartida, mientras que los Estados conservan su autonomía interna.    Los límites jurídicos, la transparencia y la representación distribuida actúan como restricciones frente a la concentración del poder.

18

El segundo elemento concierne al bienestar.    La provisión universal establece una base estructural financiada mediante gravámenes globales y sistemas nacionales coordinados.    Los mercados operan por encima de ese umbral; los bienes esenciales quedan resguardados de la volatilidad.

19

El tercer elemento se refiere a la identidad.    La ciudadanía planetaria funciona como una afiliación complementaria, no como un reemplazo.    La educación y los medios de comunicación fomentan la conciencia de sistemas ecológicos y tecnológicos compartidos sin eliminar la distinción cultural.

20

El cuarto elemento atañe al poder.    Las instituciones se distribuyen por funciones y quedan protegidas mediante rotación en los liderazgos, mecanismos de supervisión independiente y transparencia digital.    La autoridad permanece limitada, visible y divisible.

21

El quinto elemento concierne al ritmo.    La transición se desarrolla a través de disposiciones intermedias:    pactos climáticos exigibles, marcos estandarizados de gobernanza digital, protocolos sanitarios ante pandemias y uniones regionales que experimentan con formas de bienestar transfronterizo.

22

A través de estas disposiciones, la soberanía se vuelve estratificada, el bienestar adquiere carácter fundacional, la identidad se articula de forma dual y la gobernanza se ajusta a la escala de la vulnerabilidad.

23

Lo que emerge no es un diseño utópico, sino un desplazamiento navegable desde la fragmentación hacia la coherencia:    un trayecto mediante el cual la organización se vuelve posible.


*

EPÍLOGO

Este ensayo fue escrito desde una condición de reconocimiento, no desde una expectativa de resultados.    Observó la emergencia de la interdependencia planetaria como un estado de hecho —ambiental, tecnológico y económico— sin asumir que el reconocimiento, por sí solo, conduciría a la coordinación, a la contención o a una acción compartida.    La propuesta se apoyaba en la visibilidad de la escala, no en la presunción de una respuesta.

Lo que con el tiempo se ha vuelto más claro no es que la condición planetaria haya sido mal leída, sino que sus implicaciones fueron sobreestimadas.   La interdependencia no suspende los hábitos políticos.    La exposición global no disuelve el cálculo nacional.    La existencia de un riesgo compartido no neutraliza la desconfianza ni desplaza la lógica mediante la cual los Estados preservan su autonomía a través del aplazamiento, el aislamiento o la participación selectiva.

La ausencia que hoy se hace evidente no es empírica, sino estructural.   Una condición planetaria puede ser reconocida mientras la responsabilidad permanece local, fragmentada o diferida.    Los sistemas se adaptan a la crisis sin reorientar sus prioridades.    La cooperación se vuelve condicional, provisional o transaccional, más que vinculante.    Lo que persiste es el ajuste, no la alineación.

Esto no invalida el marco planetario; aclara sus límites.    El mundo no avanza hacia la coherencia por el reconocimiento tan sólo.    Avanza mediante negociación, repliegue, recalibración y autoprotección —a menudo de forma simultánea.    El equilibrio, cuando aparece, no es diseñado; se alcanza de manera desigual, a través de la restricción más que del consenso.

Vista desde este ángulo, « Una propuesta planetaria » registra un momento de claridad antes que un programa.    Señala el punto en el que la exposición global se volvió innegable, sin presuponer que tal exposición produciría una forma correspondiente de acción.    Lo que sigue en los ensayos posteriores no prolonga esa propuesta.    Estrecha el foco y atiende, en cambio, a las condiciones bajo las cuales el reconocimiento se estanca, la agencia se fragmenta y el ajuste sustituye a la resolución.


« Retrato de un presidente »

December 12, 2025

*

Este texto no es un alegato a favor ni en contra de una figura política, ni un ejercicio de adjudicación moral.    Se trata de un retrato diagnóstico, sustentado en acciones públicamente documentadas, conductas observables y un registro históricamente verificable.    Allí donde las distinciones jurídicas resultan pertinentes, se respetan; cuando la percepción diverge del motivo, dicha divergencia se examina en lugar de ser desestimada.

El propósito del retrato no es invalidar las experiencias de quienes perciben sinceridad o calidez en el sujeto, sino situar tales percepciones dentro de una estructura más amplia de comportamiento a lo largo del tiempo.    El afecto momentáneo (Affekt), el talante privado y los encuentros selectivos no se consideran aquí como prueba de continuidad de carácter, sino como elementos que coexisten —a veces de manera tensa— con patrones que han tenido consecuencias públicas.

Este mismo enfoque rige la manera en que se abordan las afirmaciones sobre capacidades excepcionales.    Las aseveraciones que sustituyen la evidencia por el mito —como las declaraciones de inteligencia casi sobrehumana— no se aceptan sin examen.    Más allá de cómo se interpreten el razonamiento errático, la confusión procedimental o la reiterada incomprensión de los límites legales e institucionales, tales afirmaciones requieren la suspensión de la realidad observable.    En ese sentido, funcionan menos como descripción que como compensación:    intentos de reconciliar una disonancia con una imagen de dominio.    Cuando la coherencia se debilita, el recurso se desplaza hacia otro lugar.    La validación a través de lo falso no esclarece la capacidad; neutraliza la contradicción.

No se formulan afirmaciones de carácter médico, psicológico ni patológico.    El análisis se mantiene estrictamente dentro del ámbito de la conducta, la postura y la recurrencia.    La interpretación se ofrece cuando resulta justificada; se ejerce contención cuando los hechos, por sí solos, deben bastar.

A los lectores inclinados tanto a la afirmación como al rechazo se les invita a suspender ambos impulsos.    El texto solicita únicamente que las acciones se consideren en secuencia y que los patrones se examinen sin premura.    No se presupone el acuerdo; sí una lectura atenta.


Ensayo diagnóstico sobre poder, postura y patrón histórico

Lo que sigue no considera el cuerpo como evidencia de una disposición interior, sino como una superficie pública sobre la cual se han asentado, con el paso del tiempo, hábitos de poder, repetición y afirmación.

En el umbral de su octava década, la fisonomía del presidente no se limita a registrar el curso natural del envejecimiento, sino una separación progresiva entre impulso y contención, entre reflejo y aquellos mecanismos que en otro momento podrían haberlo moderado.    Lo que se manifiesta no es una ausencia, sino una desalineación:    capacidades que persisten sin coordinación, reacciones que proceden sin mediación.

El agotamiento de las reservas mentales se hace visible en el rostro como una tensión sostenida.    En él coexisten —sin reconciliación— ambición y negación, afirmación y fragilidad.    La fricción entre la realidad vivida y una aspiración intransigente se registra como una forma de orgullo endurecido, resistente a la revisión.

Esta disyunción ya era visible décadas atrás.    En 1989, durante el caso de la violación en grupo (gang-rape) ocurrida en Central Park, en la ciudad de Nueva York, actuó públicamente mediante un anuncio a página completa en la prensa que afirmaba la culpabilidad y reclamaba castigos severos para cinco jóvenes que aún no habían sido juzgados.    Esa certidumbre impulsiva contribuyó al endurecimiento de la condena pública y acompañó años de encarcelamiento injusto antes de su posterior exoneración.    Dicho juicio no fue revisado.    El episodio no se limitó a revelar un error; puso de manifiesto una estructura instintiva:    la certeza desplazando a la deliberación, la acusación antecediendo al proceso.

Esta misma insistencia en la continuidad por encima de la corrección se manifiesta en otros ámbitos, no solo en la conducta, sino también en la apariencia.    La cuidada arquitectura de la imagen pública —hasta el elaborado peinado, mantenido con notable constancia a lo largo de las décadas— denota una preferencia por la estabilidad sin alterar el rumbo.    El cambio se absorbe superficialmente; la forma se conserva.

Conviene señalar, no obstante, que muchos entre sus seguidores —e incluso algunos que no se alinean con él políticamente pero se abstienen de oponérsele por razones de autopreservación— lo describen no desde la adulación, sino desde la convicción genuina de que existe en él un aspecto sincero, incluso cálido.    Esta percepción no debe ser descartada de plano.    Refleja una realidad experimentada por quienes lo tratan en contextos limitados o controlados.    Sin embargo, merece ser examinada, precisamente porque tales impresiones pueden confundir el talante momentáneo con el motivo duradero.    La calidez, cuando se halla desvinculada de la consistencia o de la contención, no necesariamente modera el impulso; puede coexistir con él, desplegada de manera selectiva, mientras los patrones subyacentes permanecen inalterados.

Ese mismo reflejo permanece latente en la actualidad, aparentemente sin haber sido atenuado por el paso del tiempo.    Reaparece no como argumento, sino como postura.

La boca, marcada por un labio superior retraído, indica contención más que disposición al habla.    El impulso parece mantenerse en suspensión antes que moderarse.    Los ojos, asimétricos y vigilantes, permanecen orientados hacia el exterior más que hacia el interior, y registran el entorno menos como un espacio de intercambio que como un ámbito a ser evaluado.    Las cejas elevadas ya no transmiten convicción; reaparecen como una afirmación habitual, reiteradamente reafirmada.    La piel, excesivamente oxigenada y revestida de un tono dorado y acerado, enfatiza la continuidad superficial por encima de la variación; presenta la vitalidad como apariencia más que como integración.

La respiración se registra como laboriosa más que relajada, marcada por la insistencia antes que por la soltura.    La leve inclinación hacia adelante de la cabeza no solicita respuesta; la precede, situando al mundo circundante como algo a ser afrontado más que encontrado.

A través de estos gestos, la continuidad sustituye al ajuste.    El cuerpo sostiene la afirmación incluso cuando las condiciones cambian y preserva la postura allí donde podría producirse una recalibración.

Los años posteriores refuerzan la estructura ya visible en conductas anteriores.    Determinaciones civiles, asociaciones documentadas públicamente y acusaciones recurrentes —distintas en su estatus jurídico pero convergentes en su patrón— exhiben de manera consistente la misma secuencia:    el impulso antecediendo al juicio, la dominancia suplantando a la contención, la consecuencia tratada como incidental más que como correctiva.

Considerado en su conjunto, el retrato no describe la desaparición de mejores instintos, sino su desplazamiento.    Estos persisten como restos no operativos —presentes, pero relegados— mientras reflejos más primarios modelan de forma creciente el gesto y la respuesta.    Aquello que en otro momento podría haber moderado la acción permanece ahora al margen, mientras la figura continúa operando por inercia más que por integración.


El término “desequilibrio mental” —derangement— ingresó al discurso público no como diagnóstico, sino como acusación.    Se empleó para explicar la oposición, la disidencia e incluso la tragedia.    Cuando una persona asesinada fue descrita como víctima del llamado “síndrome de desequilibrio mental anti-Trump”, la expresión no buscó describir una creencia.    Operó como desplazamiento.    La atención se apartó del acto violento y se dirigió hacia la lealtad.    La acción no se examinó; el crítico fue patologizado.

Esa inversión plantea una pregunta más amplia:    si la conducta que así se protege tiene precedentes en la historia presidencial estadounidense.

Estados Unidos ha tenido presidentes impulsivos, vengativos y temerarios.    Andrew Jackson gobernó movido por animadversiones personales e ignoró la autoridad judicial.    Richard Nixon cultivó enemigos y actuó en secreto contra límites constitucionales.    Woodrow Wilson reprimió la disidencia e impuso conformidad ideológica en tiempos de guerra.    Cada uno transgredió las expectativas éticas de su época.    Cada uno alteró los estándares del cargo.

Sin embargo, en todos los casos persistía una medida externa.    Jackson sabía qué ley desobedecía.    Nixon ocultó sus actos porque el ocultamiento aún tenía sentido.    Wilson justificó la represión apelando a la unidad nacional y a una necesidad moral.    Sus excesos eran inteligibles porque las normas que quebrantaban seguían siendo reconocidas.

Lo que distingue el caso presente no es la existencia de una falla ética, sino la ausencia de toda referencia ética.

El desacuerdo ya no se trata como oposición, sino como patología.    La responsabilidad no se debate; se traslada.    Los hechos no se refutan; se descartan como invenciones hostiles.    La tragedia no se examina ni se lamenta; se absorbe como agravio.    Las categorías que antes estructuraban el juicio —verdad, responsabilidad, proporción— no son simplemente violadas.    Son deslegitimadas.

Esto no es solo comportamiento autoritario.    Es gobierno por afirmación.    La repetición sustituye a la justificación.    La lealtad sustituye a la evaluación.    El yo se convierte en la medida desde la cual se ordena la realidad.

Las comparaciones históricas resultan tentadoras.    Calígula.    Gengis Kan.    Otros nombres surgen por instinto.    No por equivalencia de escala, sino por afinidad de lógica.

Aun así, incluso los tiranos gobernaron dentro de marcos reconocibles:    derecho divino, conquista, destino, linaje.    Su crueldad operaba dentro de una cosmología que producía sentido, por brutal que fuera.

Aquí no se invoca ningún marco semejante.    La autoridad no se apoya en la ley ni en la tradición.    No apela a teología ni a ideología.    Descansa exclusivamente en la identificación personal.    Quienes se alinean son validados.    Quienes disienten son declarados defectuosos.

El peligro de esta postura no reside en la transgresión de normas —la historia estadounidense ofrece numerosos ejemplos—, sino en la eliminación de los criterios que permiten reconocer una norma.    Cuando la oposición se define como enfermedad, no queda nada que debatir.    Cuando la tragedia se explica por la creencia y no por la acción, no queda nada que examinar.    Al público no se le pide juicio.    Se le pide alineación.

Esta condición no requiere diagnóstico para ser comprendida.    Requiere atención.

Lo observable basta:    el lenguaje empleado, las inversiones reiteradas, la forma en que la responsabilidad se disuelve en acusación.    El retrato que emerge no es el de una inteligencia excepcional ni el de una maldad singular, sino el de una presidencia ejercida sin medida, donde la contradicción deja de registrarse como contradicción y donde el poder se afirma sin referencia externa.

Una presidencia así no solo pone a prueba a las instituciones.    Pone a prueba si aún se distingue entre desacuerdo y desviación, entre explicación y excusa, entre lealtad y juicio.

El retrato no necesita cerrarse con una advertencia.    Basta con observar el resultado:    una escena en la que la autoridad ya no se sostiene por lo que hace, sino por quién se alinea; y en la que el cargo, despojado de medida, termina reflejando únicamente a quien lo ocupa.

« El espacio que encuentra el pensamiento »

December 12, 2025

Ricardo Morín
Escena Ocho: El espacio que encuentra el pensamiento
Óleo sobre lienzo sobre tabla de madera
30 x 38 x 19 cm
2010

Riacrdo Morín

November 2025

Oakland Park, Florida

NOTA DEL AUTOR

Este ensayo examina un fenómeno que surge en sociedades donde los límites cívicos y el apetito intelectual coexisten.   No describe una condición psicológica ni una tendencia sociológica, ni juzga a ningún país.   Su propósito es más sencillo:   observar cómo el pensamiento se adapta cuando el espacio público en el que puede moverse es más estrecho que el espacio privado en el que se desarrolla.

RESUMEN

Este ensayo analiza cómo la vida intelectual suele persistir —e incluso prosperar— en entornos donde la participación cívica está restringida.   Describe las condiciones estructurales que hacen posible esta coexistencia, los hábitos históricos que la vuelven familiar y las tensiones que produce.   En lugar de buscar causas o proponer remedios, el ensayo observa cómo el pensamiento encuentra lugar para actuar cuando el espacio cívico se contrae y cómo esa adaptación configura la vida cultural.


1

Toda sociedad crea condiciones en las que el pensamiento debe encontrar su propio terreno.   En algunos lugares, la vida cívica ofrece amplias avenidas para el debate, la disensión y la participación organizada.   En otros, esas avenidas se estrechan:   las instituciones limitan la expresión, la continuidad política restringe la competencia o la vida pública queda regulada por límites que los ciudadanos no eligieron.   Aun así, dentro de esos límites, el pensamiento no desaparece.   Busca otros espacios —más silenciosos, más internos, menos visibles— desde los cuales puedaa seguir funcionando.

2

Esta coexistencia no es contradictoria.   La vida cultural y el espacio cívico no siempre avanzan al mismo ritmo.   Una población puede cultivar hábitos de lectura rigurosos, estudio disciplinado y un fuerte apetito por las ideas mientras navega restricciones a su voz pública.   La investigación intelectual puede florecer en aulas, bibliotecas, círculos privados o prácticas artísticas incluso cuando la participación formal en la vida pública es limitada.   Las dos condiciones no se anulan; se despliegan en paralelo.

3

Parte de esta coexistencia es histórica.   Las sociedades heredan hábitos formados a lo largo de décadas o generaciones.   Cuando los límites públicos permanecen estables, dejan de sentirse como rupturas y pasan a ser parte del entorno.   La gente aprende a circular alrededor de esos límites, reservando algunas preguntas para la conversación pública y otras para la reflexión privada.   Con el tiempo, este arreglo deja de percibirse como provisional y se convierte en un patrón familiar de vida.

4

Otra parte de la coexistencia es estructural.   No toda forma de pensamiento requiere el mismo grado de libertad cívica.   La crítica institucional necesita un espacio público amplio; la reflexión filosófica, ética o conceptual puede desarrollarse en ámbitos más recogidos.   Estas formas de pensamiento no dependen de la protesta ni de la influencia política.   Dependen de la atención, que puede mantenerse activa incluso cuando la expresión pública no puede hacerlo.

5

Sin embargo, esta adaptación introduce una tensión.   Un pensamiento que florece en privado puede no encontrar camino hacia la vida compartida.   La lucidez permanece en el individuo pero no circula por las instituciones.   El resultado no es silencio, sino producto de la separación:   profundidad intelectual de un lado y restricción cívica del otro.  Cada una permanece intacta, pero el puente entre ambas es estrecho.

6

Esta tensión no es un paradoja sino una estructura.   La vida intelectual sobrevive cambiando de lugar.   Se desplaza hacia dentro, convirtiendo la esfera privada en un taller de ideas.  Se transforma en una forma de resistencia silenciosa, no de renuncia.   Esta resistencia no es pasiva: es la manera de continuar pensando cuando las avenidas públicas se reducen.

7

El fenómeno no es exclusivo de una región ni de un modelo político.   Aparece allí donde los límites cívicos coinciden con una fuerte ambición cultural, ya sea por historia, instituciones o circunstancias.   Lo que varía de una sociedad a otra no es la existencia de esta tensión, sino de cómo se vive:   como normalidad, como compromiso o como un desequilibrio silencioso que la gente aprende a aceptar.

8

La cuestión más profunda no es por qué ocurre esta coexistencia ni si debería ser distinta.   La cuestión es lo que esta coexistencia revela:   que el pensamiento busca espacio incluso cuando el espacio cívico se contrae; que la reflexión persiste incluso cuando la expresión pública se estrecha; y que la necesidad humana de comprender no desaparece ante los límites.   Simplemente se reubica.


« AGENCIA CÍVICA »

December 10, 2025

*

Ricardo Morín
Topografías Teratológicas Serie Uno: AGENCIA CÍVICA
Óleo sobre Lino
Cuádrico: Cada panel: 35,5 x 46,5 x 1,9 cm
2009

Ricardo F. Morín

Noviembre, 2025

Oakland Park, Florida

Este ensayo examina condiciones que con frecuencia se ven distorsionadas por la ideología, la herencia moral o el relato histórico.   Las cuestiones de soberanía, ocupación, revolución, exilio e identidad nacional suelen debatirse a través de afirmaciones que apelan a absolutos —derecho religioso, agravio histórico o legitimidad revolucionaria.   Estas afirmaciones difieren en su lenguaje, pero comparten una misma estructura: sitúan una idea por encima de las realidades cívicas de las personas cuyas vidas quedan organizadas por tales narrativas.

Para abordar lo que dichas narrativas oscurecen, el ensayo se centra en un factor estructural que atraviesa esas diferencias:   la agencia cívica, entendida como la capacidad de las personas para dar forma a las condiciones de la vida cívica mediante su participación, representación y procesos jurídicos.   Cuando la agencia cívica es anulada —ya sea por control externo, autoritarismo interno o políticas de disuasión dirigidas a poblaciones desplazadas—, la forma de la restricción puede variar, pero su efecto cívico permanece constante.

Este ensayo no compara historias políticas.   Examina cómo el poder del Estado, en sus diversas configuraciones, regula la vida cívica.   Considera cómo la ideología oscurece esa regulación y cómo las poblaciones experimentan las consecuencias de decisiones en las que tienen poca o ninguna participación.   El propósito no es reducir el conflicto político, sino señalar las estructuras que determinan si la libertad puede llegar a existir o permanece fuera de alcance.

Este ensayo sostiene que la forma más fiable de comprender situaciones que parecen políticamente incompatibles —como la apatridia palestina y la soberanía autoritaria cubana— es examinar la ausencia estructural de agencia cívica que define a ambas.  Aunque las formas de restricción difieren, la condición cívica converge: el Estado, ya sea externo o interno, limita la capacidad de la población para modelar su propia vida cívica.   Al analizar cómo la regulación estatal restringe la participación, suprime la representación o fragmenta la jurisdicción, el ensayo muestra cómo la agencia cívica se convierte en la medida central de la libertad.   Asimismo, examina cómo las narrativas ideológicas, las políticas de disuasión y las presiones migratorias ocultan esta realidad estructural.   El objetivo no es dirimir reclamaciones políticas, sino hacer visibles las condiciones bajo las cuales la vida cívica puede formarse, protegerse o negarse.


1

Todo intento de comprender la vida política debe comenzar con el reconocimiento de que las poblaciones no experimentan la libertad como una abstracción; la experimentan a través de las estructuras que regulan su existencia cívica.   Estas estructuras determinan cómo se toman las decisiones, cómo se ejerce la autoridad y si las personas pueden participar en la configuración de las condiciones de su propia vida.   La agencia cívica no es, por tanto, un ideal, sino una condición que existe o no existe.   Cuando está ausente, la libertad aparece como una afirmación formal más que como una condición vivida.

2

La agencia cívica se compone de tres elementos: participación, representación y proceso jurídico.   La participación permite a individuos y comunidades influir en las decisiones públicas.   La representación establece una continuidad entre quienes gobiernan y quienes son gobernados.   El proceso jurídico garantiza que la autoridad se ejerza dentro de límites definidos.   Cuando alguno de estos elementos se elimina, la población pierde su capacidad de dar forma al entorno cívico que habita.   Esta pérdida puede producirse por regulación externa, autoritarismo interno o políticas que reducen la vida cívica a un conjunto de restricciones que debilitan el espacio compartido.

3

La ausencia de agencia cívica puede adoptar distintas formas.   Una población puede estar gobernada por instituciones que no reconocen su soberanía y que, por tanto, someten su vida cívica a regulaciones en cuya elaboración no tiene un papel significativo.   Alternativamente, una población puede habitar un Estado soberano que suprime el pluralismo político, restringe la disidencia legal y concentra la autoridad institucional.   En ambos casos, la condición cívica queda anulada: las personas carecen de la capacidad de influir en las normas que las gobiernan.

4

El caso palestino ilustra la primera forma.   Múltiples autoridades regulan el movimiento, el territorio y la vida pública sin ofrecer una jurisdicción unificada ni protección soberana.   Las decisiones tomadas por Estados externos definen la existencia cotidiana y dejan a la población sin derechos cívicos consistentes ni un marco institucional estable.   La ausencia de soberanía no es solo territorial, sino cívica; priva a la población de los mecanismos mediante los cuales la participación y la representación podrían hacerse posibles.

5

La situación cubana representa la segunda forma.   Aunque el Estado posee soberanía, concentra la autoridad política en un único aparato institucional y restringe las vías legales de disidencia, competencia o reforma estructural.   La ciudadanía vive bajo un sistema que mantiene la continuidad política mediante la limitación de las posibilidades de participación.   La soberanía prevalece, pero la agencia cívica permanece restringida.

6

Palestina y Cuba difieren, desde luego, en historia, estructura y origen; sin embargo, coinciden en un aspecto fundamental:   el Estado, ya sea externo o interno, restringe la participación de tal modo que la agencia cívica resulta inalcanzable.   La ausencia de agencia es el elemento común que revela la condición cívica que subyace a los relatos políticos.   También proporciona un marco desde el cual comprender, sin confusión, a poblaciones que experimentan distintas formas de restricción.

7

Las narrativas ideológicas suelen alinearse con las distribuciones existentes del poder.   El derecho religioso sostiene que la tierra está garantizada por mandato divino y no por protección cívica.   La retórica revolucionaria afirma que la autoridad política se justifica por la lucha histórica y no por la rendición de cuentas presente.   Ambas narrativas elevan un absoluto por encima de las realidades cívicas de la población.   Sustituyen la agencia por la lealtad e interpretan la restricción como necesidad, y no como una falla de representación.

8

La migración ofrece un tercer prisma desde el cual se hacen visibles los límites de la agencia cívica.   Las personas abandonan sus países cuando las estructuras que regulan su vida colapsan o se vuelven inhabitables.   Buscan estabilidad, protección y la posibilidad de reconstruir la participación cívica en nuevos entornos.   Sin embargo, las políticas de disuasión en los Estados de acogida suelen reflejar las presiones que provocaron el desplazamiento.   Estos Estados restringen el movimiento de los migrantes, limitan su acceso a las instituciones sociales y reducen las posibilidades de incorporación a un orden cívico.   Tales políticas no reproducen el dilema original, pero reintroducen la experiencia de vivir bajo normas que no pueden influir.

9

Para muchas personas solicitantes de asilo, estas medidas restrictivas acortan la distancia entre las presiones que motivaron su salida y las que encuentran al llegar, un desplazamiento que dificulta distinguir la estabilidad de la exclusión.   Ejemplos europeos como Dinamarca y el Reino Unido muestran cómo la disuasión se utiliza para desalentar el asilo sin reconocer el vacío cívico que produce.   Estados Unidos aplica políticas similares en sus fronteras y presenta la disuasión como un instrumento de orden, lo que deja a las personas migrantes suspendidas entre la exclusión y un estatus cívico no resuelto.

10

El argumento estructural no sostiene que estas situaciones sean equivalentes, sino que la ausencia de agencia cívica genera una condición cívica que trasciende las diferencias políticas.   Las poblaciones gobernadas sin participación, administradas sin representación o confinadas dentro de sistemas que restringen los procesos jurídicos experimentan la libertad como algo externo a su entorno cívico.   Esta condición no puede explicarse mediante la ideología, porque la ideología aborda identidad, justificación o legitimidad, no agencia.

11

Comprender la agencia cívica permite distinguir entre reclamaciones políticas y realidades cívicas.   La soberanía no garantiza la libertad; la revolución no garantiza la participación; el derecho religioso no garantiza la protección.   La agencia cívica solo existe cuando las personas pueden dar forma a las condiciones que las gobiernan.   Cuando esto se vuelve imposible, la población no habita un orden cívico, sino un espacio regulado.

12

Cuando la agencia cívica se convierte en la medida a través de la cual se entiende la vida política, las narrativas ideológicas pierden su autoridad y la estructura de la restricción se vuelve visible.   Esta visibilidad no resuelve el conflicto, pero revela las condiciones bajo las cuales la libertad puede emerger o permanecer inaccesible.   La agencia cívica es el punto donde comienza la posibilidad de la vida cívica, y donde su ausencia se hace estructuralmente evidente.


« Río de Hierba »

December 6, 2025

~

Ricardo Morin
Paisaje II: Río de Hierba
18 x 24 pulgadas
Sepia sobre papel de periódico
2003

~

Ricardo F. Morin

6 de diciembre de 2025

Naples, Florida

~

Este díptico, “Río de hierba” y “Naples por la mañana”, aúna una reflexión sobre la continuidad y una breve observación de la vida cotidiana.   Dos escenas —una sostenida, la otra fugaz— muestran cómo la experiencia, el silencio y la atención dan forma a la presencia.   La primera parte, “Río de hierba”, no presenta un argumento, una confesión ni una teoría.   Ofrece una observación moldeada con el tiempo por la cercanía más que por la distancia.    El enfoque no está en la psicología individual ni en el conflicto relacional, sino en patrones que toman forma a través de las generaciones y persisten silenciosamente en la vida cotidiana.

Lo que sigue evita la explicación moral y la resolución narrativa.    Atiende, en cambio, a la continuidad:  a cómo la contención, la generosidad y la presencia pueden transmitirse no mediante instrucción o memoria, sino a través de la postura, el hábito y la orientación.   La intención es describir sin juzgar, y aclarar sin asignar causas allí donde estas no pueden aislarse con limpieza.   Lo que aquí se traza representa una orientación posible entre muchas, moldeada por la herencia pero no exhaustiva de sus efectos—una invitación a no confundir el cauce con el océano.


Orientación de “Río de Hierba”

Lo que sigue atiende a aquello que persiste cuando las vidas son moldeadas por la continuidad más que por la interrupción.

No toda herencia llega como memoria.   Algunas se transmiten sin relato, sin fecha, sin lenguaje.   Entran por la atmósfera más que por la narración—por el ritmo, la contención, la postura y una preferencia por la continuidad antes que por la exhibición.   En tales casos, la historia no se recuerda; se lleva consigo.

Esta forma de herencia no se anuncia como trauma.   No deja una escena única que revisitar ni un episodio que pueda aislarse y explicarse.   Aparece, en cambio, como una manera de estar en el mundo:   medido, atento, resistente al exceso.  El pasado ejerce su influencia no por instrucción, sino al moldear lo que se siente permitido, sostenible o necesario.

En estas condiciones, la contención no se experimenta como pérdida.  Funciona como orientación.  La acomodación no indica sumisión, sino competencia.   La estabilidad no refleja la ausencia de deseo, sino la colocación silenciosa del deseo entre otras prioridades.   Lo que se transmite no es miedo, sino cautela—una ética de la resistencia afinada con el tiempo.

Como ningún acontecimiento ocupa el primer plano, poco invita a la interpretación.   La ausencia de angustia visible favorece la suposición de facilidad.   La vida parece ordenada, generosa e íntegra.   Sin embargo, la herencia permanece activa, estructurando la conducta sin requerir reconocimiento.  Persiste no como memoria, sino como forma.

Esta herencia suele resistir el reconocimiento precisamente porque ha tenido éxito.  El pasado no se ha repetido.  La continuidad ha sido preservada.  Lo que queda es una postura orientada a sostener esa continuidad—una vigilancia tan normalizada que pasa por temperamento más que por historia.

La contención, en este contexto, no opera como inhibición ni negación.   Funciona como una orientación estabilizadora—una calibración interna moldeada con el tiempo.   La acción se rige menos por la expresión que por la proporción y la durabilidad.   Lo que gobierna la elección no es el juicio moral, sino la coherencia.

Esta contención suele coexistir con claridad y decisión.   Los límites se mantienen sin conflicto; las decisiones se toman sin énfasis excesivo.  Lo que se evita no es la agencia, sino el excedente.  La expresión se modera no por temor a las consecuencias, sino por un sentido interno de suficiencia.

La acomodación aquí suele malinterpretarse.   No surge del cumplimiento pasivo ni de la incertidumbre, sino de una evaluación del impacto.   El espacio cedido a otros refleja confianza en la estructura y no una retirada de la posición.   La presencia permanece intacta incluso cuando no se coloca en primer plano.

Esta orientación produce una estabilidad que puede parecer sin esfuerzo.   La fricción se minimiza.   Las exigencias son escasas.   La ausencia de insistencia se confunde fácilmente con comodidad o satisfacción.   Sin embargo, la contención que opera es activa, no pasiva, y moldea continuamente lo que se articula, se posterga o queda sin decir.

Con el tiempo, la contención se vuelve difícil de distinguir de la identidad.  Deja de experimentarse como una elección entre alternativas y se endurece en postura.  La cuestión de la expresión se desvanece, sustituida por un énfasis en la responsabilidad, la proporción y la no disrupción.

La generosidad moldeada por la contención heredada rara vez se anuncia.   No busca reconocimiento ni reciprocidad, ni depende de la visibilidad para validarse.  Aparece más bien como disponibilidad, como la remoción silenciosa de obstáculos, como la disposición a ceder espacio sin relato ni sacrificio.

En esta forma, el dar no es transaccional.   No se lleva registro de balances ni se anticipa retorno alguno.  Lo que se ofrece es firmeza más que favor.   El apoyo se despliega sin apelación, a menudo sin ser notado, absorbido por la conducta cotidiana.  La ausencia de exigencia es integral, no accidental.

Al no imponer peso alguno, esta generosidad deja poco rastro.  Otros experimentan libertad sin percibir su origen.   La autonomía se habilita sin atribución.  Quien da permanece presente, pero sin marca.

Con el tiempo, el hábito de hacer espacio se vuelve más practicado que el hábito de ocuparlo.   La atención se desplaza hacia afuera, refinando la capacidad de respuesta mientras se estrecha la articulación dirigida hacia uno mismo.  Lo que persiste no es la pérdida, sino la redirección.

Esta configuración resiste lecturas convencionales de desequilibrio.   No surge agravio alguno; ningún conflicto anuncia asimetría.   La generosidad permanece intacta, incluso ejemplar.   Lo que se desplaza sutilmente es el énfasis interno: una presencia ejercida mediante la concesión más que mediante la afirmación.

El deseo, dentro de esta orientación, no es negado ni reprimido.  Es reubicado.   Su legitimidad no se cuestiona, pero su urgencia se atenúa.   Lo que se deja de lado no es el anhelo en sí, sino la expectativa de que el anhelo deba organizar la vida.

El deseo es reconocido, aunque rara vez central.   La expresión se permite más fácilmente hacia afuera que cuando se reclama internamente.   La atención gravita hacia aquello que preserva la estabilidad más que hacia lo que intensifica la experiencia.   La satisfacción surge de la coherencia y no de la culminación.

Esto no produce vacío alguno.   La vida permanece comprometida y disponible.  Lo que disminuye es la insistencia.  La continuidad pasa a importar más que el apetito; la durabilidad más que la inmediatez.

Como este arreglo no se presenta como renuncia, suele pasar inadvertido.   Ningún lenguaje moral lo rodea.   Nada se nombra como sacrificio.   El deseo persiste a cierta distancia—observado, gestionado, postergado sin conflicto.

Con el tiempo, la identidad se modela menos por la búsqueda que por el mantenimiento.   La expresión cede paso a la prudencia.   El sentido se acumula no a través de la llegada, sino evitando la ruptura.

Los patrones organizados en torno a la contención y la continuidad suelen confundirse con logro moral.  La compostura se lee como sabiduría; la acomodación como madurez; el silencio como profundidad.   Al no surgir perturbación alguna, la orientación escapa al examen.  Lo que funciona sin fricción se presume completo.

Esta lectura errónea se refuerza por marcos sociales que recompensan la estabilidad más que la indagación.   La ausencia de conflicto se toma como evidencia de equilibrio.  La generosidad sin exigencia se elogia en lugar de interrogarse.  Sus costos permanecen ocultos precisamente porque no imponen carga alguna a los demás.

La virtud, en este contexto, se vuelve indistinguible del hábito. La orientación adaptativa se solidifica en carácter, y el carácter en expectativa.  La fiabilidad se afirma una y otra vez, profundizando su arraigo.

El resultado no es engaño, sino omisión.  La firmeza es genuina. Lo que no se reconoce es hasta qué punto tal arreglo organiza la vida en torno a la preservación más que a la presencia.   La pregunta por el desplazamiento no se rechaza; simplemente no se formula.

La confusión surge del éxito.  Las relaciones perduran.   Las estructuras se mantienen.  No aparece daño evidente.   Y así, la configuración más profunda—silenciosa, duradera, moldeada por la historia—continúa operando bajo el lenguaje de la virtud.

En cierto umbral, la continuidad deja de ser un medio y se convierte en el fin rector.   La vida se organiza no en torno a la realización, sino a la preservación.  Lo que más importa es que nada esencial quede expuesto a la ruptura, bien sea por una exigencia excesiva o una afirmación no probada.

La realización no se rechaza, pero se subordina.  La satisfacción proviene de la duración más que de la intensidad.   El tiempo se orienta hacia la extensión, no hacia la culminación.   Lo que se valora es la capacidad de seguir adelante sin quebrarse.

Esto resulta eficaz.  El pasado no se repite.  La estabilidad se sostiene.   La pérdida se contiene en lugar de amplificarse.  Los imperativos heredados se honran no mediante el recuerdo, sino a través de la conducta.

Sin embargo, cuando la continuidad ocupa esta posición, el rango de movimiento permitido se estrecha.  El cambio debe justificarse de antemano.  El deseo debe demostrar durabilidad antes de ponerse en acto.  La expresión cede ante el mantenimiento.

El futuro se aborda como responsabilidad más que como terreno abierto.  El sentido se acumula mediante la salvaguarda de lo esencial y no mediante la exploración de posibilidades.  El éxito pasa a ser sinónimo de la preservación de la continuidad.

La presencia, en su forma final aquí, no se organiza en torno a la posición ni a la prioridad.   Funciona de manera lateral y sostiene la estructura sin convertirse en su centro.   La vida se mantiene unida mediante la atención más que mediante reclamaciones de autoridad o legitimidad.  El curso de la vida compartida avanza sin la presión de llegar a una explicación que garantice su coherencia.

Este modo de presencia resiste la visibilidad.  No busca reconocimiento ni afirma precedencia.  Su eficacia reside en aquello que permanece intacto más que en lo que se logra.  Otros se mueven con libertad, a menudo sin advertir el soporte que hace posible esa libertad.

Permanecer fuera del centro no constituye retirada.  La participación continúa—medida, receptiva, íntegra.  Lo que se evita no es la implicación, sino la dominación.  La influencia se ejerce mediante la estabilidad más que mediante la dirección.

La imagen sugerida por el título toma forma aquí.   Un río que avanza sin fuerza, modelando el terreno a través de la persistencia de su cauce.  Movimiento sin espectáculo.   Resistencia sin inscripción.  El curso se mantiene fluyendo alrededor del obstáculo en lugar de enfrentarlo.

Lo que permanece es la continuidad misma—sostenida en silencio, rara vez notada y difícil de nombrar.


*

« Naples por la mañana »

Estaba sentado frente a mi esposo en un lugar de desayunos en Naples, Florida.   En diagonal, detrás de él, se sentaba una pareja joven. La mujer era pequeña—casi infantil en proporción—junto a su esposo, que superaba ampliamente los seis pies de estatura.

Aún ninguno de nosotros había ordenado.   Ella dispuso cuidadosamente los cubiertos y la servilleta, alineándolos con una precisión deliberada, casi ritual. El cabello le caía hacia delante, dividido a ambos lados del rostro como cortinas corridas.   Al levantar el mentón, sus rasgos faciales—de apariencia asiática—quedaron brevemente a la vista.   A pesar de su menudez, su postura sugería control más que fragilidad.

Cuando nuestras miradas se cruzaron, sostuvo la mía más tiempo del esperado, casi fijamente.   Luego bajó la cabeza, ocultándose de nuevo tras el cabello.   Instantes después la alzó una vez más e hizo la señal de la cruz—frente, pecho, hombro a hombro—antes de volver a orientarse por completo hacia su esposo. No se intercambiaron palabras.

Cuando llegó la comida, retomó la misma actitud cuidadosa.   Cortó su omelette en pequeños cuadrados uniformes, dejó el cuchillo y se detuvo.  Cada pieza fue llevada a su boca por separado, lentamente, con una repetición ininterrumpida, como si el gesto hubiera sido ensayado.   La secuencia tenía un carácter performativo.   Aunque permanecía orientada hacia su esposo, el torso se desplazaba intermitentemente, inclinándose levemente en mi dirección.

Cuando terminaron y se dirigieron a la cajera, ella se levantó primero y avanzó delante de él, con el mentón bajo y el cabello volviendo a cubrir su entorno.  Él la siguió—alto, corpulento, desplazándose por el local con visible naturalidad.   Su andar era amplio, desprotegido.

Se marcharon sin hablar.

Díptico.


« Geografías de supervivencia »

December 2, 2025

*

Ricardo Morin
Escena Treinta y Siete: Geografías de supervivencia
Óleo sobre lienzo y tabla
38 x 30 x 1,27 cm
2012

Ricardo F. Morín

Noviembre de 2025

Oakland Park, Florida

Este ensayo examina cómo responden los grupos humanos a la inestabilidad cuando las condiciones que antes los sostenían comienzan a fallar.   Su enfoque no recae en crisis, acontecimientos o regiones específicas, sino en las presiones estructurales que obligan a las poblaciones a desplazarse o a defender su lugar.   Abordo el tema sin interpretación moral y sin atribuir virtud o culpa a las decisiones que toman las comunidades bajo presión.   El propósito es describir las gramáticas de comportamiento que emergen cuando la supervivencia se vuelve incierta y trazar cómo la identidad, las reclamaciones de legitimidad y los patrones de continuidad se reorganizan bajo esas tensiones.   El ensayo no propone soluciones ni anticipa resultados; observa los patrones que surgen cuando la estabilidad se disuelve y la tierra deja de ofrecer garantías.

« Geografías de la supervivencia » explora dos respuestas fundamentales frente a la inestabilidad:   la migración y el atrincheramiento.   Cuando la alteración climática, la escasez o el deterioro cívico superan la capacidad de una comunidad para sostenerse, las poblaciones buscan estabilidad ya sea moviéndose o defendiendo su posición.   La migración reorganiza la identidad mediante la adaptación a nuevas condiciones; el atrincheramiento la intensifica para preservar la continuidad en un mismo lugar.   Estas respuestas surgen de las mismas presiones y funcionan como estrategias paralelas de supervivencia, no como posiciones morales opuestas.   El ensayo examina cómo las reclamaciones de legitimidad, los patrones de identificación y la búsqueda de continuidad se transforman bajo estas presiones, y cómo la fricción entre movimiento y resistencia refleja fuerzas estructurales más que incompatibilidades culturales.   Su propósito es iluminar las condiciones bajo las cuales emergen estas gramáticas de supervivencia y las formas en que transforman el significado de tierra, estabilidad y vida colectiva.

Geografías de la supervivencia explora dos respuestas fundamentales frente a la inestabilidad:   la migración y el atrincheramiento.   Cuando la alteración climática, la escasez o el deterioro cívico superan la capacidad de una comunidad para sostenerse, las poblaciones buscan estabilidad ya sea moviéndose o defendiendo su posición.   La migración reorganiza la identidad mediante la adaptación a nuevas condiciones; el atrincheramiento la intensifica para preservar la continuidad en un mismo lugar.   Estas respuestas surgen de las mismas presiones y funcionan como estrategias paralelas de supervivencia, no como posiciones morales opuestas.   El ensayo examina cómo las reclamaciones de legitimidad, los patrones de identificación y la búsqueda de continuidad se transforman bajo estas presiones, y cómo la fricción entre movimiento y resistencia refleja fuerzas estructurales más que incompatibilidades culturales.   Su propósito es iluminar las condiciones bajo las cuales emergen estas gramáticas de supervivencia y las formas en que transforman el significado de tierra, estabilidad y vida colectiva.


1

La migración suele describirse como el traslado de personas de un lugar a otro, pero esa descripción oculta fuerzas más profundas.   La migración no es solo geografía en movimiento; es también la expresión de una gramática de supervivencia que se hace visible cuando una comunidad enfrenta condiciones que ya no puede absorber.   Los cambios climáticos, los colapsos económicos, el derrumbe institucional y la inseguridad persistente generan presiones que exceden la capacidad de las estructuras existentes.   Bajo esas presiones, una población se enfrenta a una decisión tan elemental que antecede a la ideología:   bien sea al moverse o atrincherarse.

2

No son opciones paralelas.   Son respuestas opuestas construidas con los mismos materiales:   el miedo, la inestabilidad y la búsqueda de continuidad.   La migración busca estabilidad desplazándose; el atrincheramiento busca estabilidad confrontando directamente a los agentes de la inestabilidad.   Ninguna respuesta es superior.   Ninguna es voluntaria.   Ambas emergen de condiciones que comprimen el juicio, reducen las posibilidades y obligan a las comunidades a defenderse de fuerzas demasiado grandes para ser negociadas.

3

La migración comienza cuando un grupo concluye que la geografía que lo sostenía ya no puede garantizar su supervivencia.   La tierra falla, o las instituciones colapsan, o el futuro se estrecha.   El movimiento se convierte en la única forma de protección aún disponible.   Sin embargo, el movimiento no disuelve la identidad:   la reorganiza.   Una población migrante debe redefinir su cohesión interna en relación con entornos desconocidos.   La identidad se vuelve adaptativa no por preferencia, sino por necesidad.   Adaptación no es reinvención:   es supervivencia.

4

El atrincheramiento avanza en dirección contraria.   Cuando un grupo elige permanecer en su lugar, debe defender aquello que el movimiento dejaría atrás:   territorio, memoria, continuidad y la estabilidad que proviene del arraigo.   El atrincheramiento intensifica la identificación en lugar de aflojarla.   Los límites se endurecen.   Los relatos se vuelven rígidos.   El conflicto se convierte en estrategia más que en interrupción.   Una comunidad que lucha por permanecer donde está debe creer que el desplazamiento la borraría.   La confrontación se vuelve un método de preservación.

5

La confrontación cultural surge con mayor fuerza cuando una población migrante se asienta en una tierra que otro grupo interpreta como una extensión de su propia continuidad.   Para la comunidad migrante, la tierra representa seguridad, posibilidad o alivio frente a presiones que hicieron inevitable la partida.   Para la comunidad atrincherada, esa misma tierra representa memoria, herencia y el límite que protege su coherencia histórica.   Cada grupo ve al otro como agente de una posible desaparición:   los migrantes perciben exclusión y hostilidad; los atrincherados perciben invasión y pérdida.   El conflicto escala no porque uno u otro busquen dominación, sino porque cada uno interpreta la supervivencia mediante una gramática distinta:   adaptación para unos, preservación para otros.

6

Las políticas adoptadas en países como Dinamarca y el Reino Unido ilustran cómo responden las sociedades atrincheradas cuando la migración se percibe como una amenaza.   Para muchos solicitantes de asilo, estas medidas disuasorias reducen la distancia entre las presiones que los obligaron a partir y las presiones que encuentran a su llegada —haciendo que la estabilidad sea difícil de distinguir de la exclusión.   Los gobiernos suelen justificar las políticas de atrincheramiento alegando que los recursos necesarios para atender a los solicitantes de asilo son limitados y que ampliarlos pondría en riesgo los sistemas existentes de bienestar, vivienda y orden público.

7

Las respuestas de movimiento y atrincheramiento parecen incompatibles, pero describen una misma realidad:   las poblaciones bajo presión actúan según las estrategias de supervivencia disponibles, no según relatos idealizados de cultura o voluntad.   Cuando migrantes y atrincherados entran en contacto, cada uno ve al otro a través del lente de sus propias presiones.   Los migrantes ven protección; los atrincherados ven amenaza.   Los migrantes cargan adaptación; los atrincherados cargan defensa.   Cada postura malinterpreta a la otra porque cada una responde a formas distintas de vulnerabilidad.

8

El cambio climático intensifica estas respuestas divergentes, no determinándolas, sino estrechando las condiciones dentro de las cuales las comunidades deben decidir.   El clima no genera conflictos por sí solo; modifica los márgenes dentro de los cuales la estabilidad es posible.   Regiones antes previsibles se vuelven irregulares; recursos antes continuos se vuelven intermitentes.   A medida que estos márgenes se reducen, algunas poblaciones interpretan el desplazamiento como la única salvaguarda viable, mientras que otras interpretan permanecer como la única continuidad defendible.   La misma presión expone vulnerabilidades distintas, y cada comunidad responde según su propia historia, su capacidad y sus umbrales de resistencia —no según el clima únicamente.

9

La fricción entre estas gramáticas —movimiento y atrincheramiento— no debe confundirse con un choque de civilizaciones.   Es una colisión entre dos interpretaciones de la amenaza.   Un grupo entiende la supervivencia como reubicación; el otro, como resistencia.   Ambas posturas surgen de la inestabilidad; ambas utilizan la identidad como herramienta moldeada por la circunstancia más que como herencia fija.     La identidad se vuelve instrumento de continuidad, configurada por condiciones que dejan poco espacio para la reflexión o la negociación.

10

El mundo suele interpretar estas colisiones a través de marcos morales, ideológicos o geopolíticos, pero tales marcos ocultan un movimiento más profundo:   la inestabilidad reorganiza la identidad más rápido de lo que la identidad reorganiza el mundo.   Cuando la geografía cambia, las poblaciones se adaptan.   Cuando las poblaciones se adaptan, los significados cambian.   La vida colectiva se vuelve conflictiva no porque las culturas sean inherentemente antagónicas, sino porque las presiones de supervivencia obligan a los grupos a adoptar patrones que no elegirían en condiciones estables.

11

Si existe un carácter universal en el siglo presente, es este:   las presiones que producen migración son las mismas que producen conflicto entre quienes se niegan a migrar.   Comprender una sin la otra es comprender mal ambas.   Movimiento y atrincheramiento no son opuestos, sino consecuencias—expresiones de la inestabilidad estructural que ahora configura cada región, cada cultura y cada reclamación de continuidad.

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La pregunta que sigue no es predictiva ni ideológica.   Es simplemente el siguiente paso lógico de este análisis:   ¿Qué formas de estabilidad se vuelven posibles cuando la migración y el atrincheramiento se entienden no como posiciones morales opuestas, sino como respuestas paralelas ante un mundo que cambia?   La respuesta aún no es visible, pero las condiciones que la harán posible ya lo son.


« La retórica de la amenaza »

December 1, 2025

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Ricardo Morín
Triangulación 9: La retórica de la amenaza
56 x 76 cm
Acuarela y lápiz de cera sobre papel
2007

Ricardo Morin

Noviembre 2025

Oakland Park, Florida

El lenguaje autoritario no aparece como un exceso ni como un accidente; surge como una estrategia deliberada para reorganizar la percepción pública hasta que la diferencia parezca sospechosa y la complejidad se vuelva intolerable.   En ese marco, la frase atribuida al presidente argentino Javier Milei —si el inmigrante no se adapta a tu cultura entonces no es una inmigración, es una invasión” (o https://youtube.com/shorts/EJ9RRC3pyTQ?si=xehJCUD8fIIpaqsw )— opera como un instrumento de reducción extrema.   Sustituye la realidad histórica de la migración por un esquema binario orientado a provocar alarma.   El dirigente no describe un hecho: fabrica un enemigo.

Esa formulación desplaza la experiencia migratoria hacia un imaginario bélico que interpreta toda presencia distinta como una agresión.   La cultura —tratada como un bloque homogéneo y estático— se presenta como un territorio sitiado que exige defensa, y la pluralidad como una amenaza que sólo puede resolverse mediante sometimiento.   Bajo esa lógica, el migrante deja de ser una persona y se convierte en una abstracción funcional al impulso coercitivo.

La paradoja es evidente:   lo que se proclama como defensa de la identidad busca, en realidad, uniformarla; lo que se presenta como advertencia actúa como un dispositivo de miedo.   En lugar de analizar, el lenguaje disciplina.   Y al hacerlo, deja al descubierto su propósito más profundo:   moldear un clima emocional dispuesto a aceptar medidas que, bajo otra luz, resultarían incompatibles con la vida democrática.

Aquí reside la naturaleza más reveladora del dictamen:   no es una reflexión sobre inmigración, sino un mecanismo de ordenamiento afectivo.   Al transformar la convivencia en asimilación obligatoria, introduce una concepción deshumanizada de lo social, donde la diversidad deja de ser un componente constitutivo y pasa a ser un obstáculo a neutralizar.   En última instancia, este discurso no intenta comprender la realidad:   pretende gobernarla.