Posts Tagged ‘democracia’

« Censura, Calígula y el retorno de la propaganda imperial »

July 31, 2025

*



Ricardo Morin
Una bandera en apuros
CGI
2025


Autor: Ricardo Morin

31 de Julio de 2025

La reciente defensa pública de la censura en los medios de comunicación por parte del actual presidente de la Comisión Federal de Comunicaciones (Federal Communications Commission [FCC])—un funcionario designado durante la administración de Donald Trump—marca un giro inquietante en la estrategia de instrumentalización institucional al servicio de una política de agravios. Amparada bajo el pretexto de combatir la supuesta “ideología insidiosa” asociada a los principios de Diversidad, Equidad e Inclusión (Diversity, Equity, and Inclusion [DEI]), esta postura revela un intento más amplio de depuración ideológica, no para restaurar una supuesta neutralidad, sino para erradicar el pluralismo mismo.

La censura que se presenta como defensa frente al “adoctrinamiento ideológico” constituye, en realidad, una negación explícita de los compromisos democráticos fundamentales, en particular del principio de libertad de expresión. No es la promoción de la equidad lo que amenaza la cohesión democrática, sino el aparato represivo que se consolida para desacreditarla y silenciarla. Esta estrategia no responde a una lógica normativa, sino escénica: se trata de un espectáculo de poder, no de un ejercicio legítimo de gobierno.

En este sentido, la comparación con el reinado de Calígula resulta reveladora. El emperador romano convirtió la política en un teatro personalista, donde el capricho se imponía al derecho y el castigo se escenificaba como afirmación de dominio. Su propósito no era solo gobernar, sino someter: degradar la ley a mero decorado de su voluntad. En la era Trump, la manipulación institucional, la obsesión con la lealtad personal y la teatralización del conflicto reproducen esta misma lógica. Lo que importa no es la verdad ni la legalidad, sino la puesta en escena de una autoridad incontestable.

La transformación de la FCC en un órgano de fiscalización ideológica—lejos de ser una excepción—es parte de un patrón más amplio. La supuesta protección del público frente a contenidos “divisivos” opera como coartada para censurar narrativas que cuestionan la desigualdad estructural, la exclusión racial o los privilegios históricos. Bajo esta retórica, la equidad y la justicia social se convierten en amenazas, y la censura en una forma de salvaguarda cultural.

Si esta deriva continúa, lo que se desmantelará no será únicamente un ecosistema mediático plural, sino la posibilidad misma de un espacio democrático de deliberación. En su lugar, se impondrá un orden comunicativo vigilado, donde solo se autorizarán discursos que reconfirmen la identidad del poder. Lejos de promover la unidad nacional, este régimen de censura construye una uniformidad forzada, disfrazada de patriotismo.

Esto no es un retorno al orden institucional, sino a la arbitrariedad imperial. La pregunta que se impone, hoy más que nunca, es si las instituciones estadounidenses seguirán sirviendo a la rendición de cuentas democrática o si acabarán convertidas, como el Senado romano bajo Calígula, en un simple telón de fondo para un poder que ya no se molesta en disimular su desprecio por la disidencia.

*


El fracaso de una cultura sin bondad ni civilidad

July 25, 2025
Ricardo Morin
El vacío del símbolo
CGI
2025

A todos quienes sufren

Por Ricardo Morin

Julio de 2025

*

Resumen

Este ensayo examina el declive ético en el corazón de la vida cívica contemporánea y sus consecuencias para la cultura.   Sostiene que la cultura no consiste únicamente en la preservación de formas artísticas o intelectuales, sino en la expresión pública de un propósito moral.   A partir de La condición humana (1958) de Hannah Arendt —en particular, de su crítica a la “ausencia de mundo” de la sociedad de masas— el ensayo rastrea cómo las formas simbólicas e institucionales se han desprendido de la responsabilidad ética.   En lugar de una cultura fundada en compromisos morales compartidos, identifica el surgimiento de la anticultura:   una imitación promovida por el espectáculo sobre la vida cultural, despojada de responsabilidad cívica y profundidad moral.   Rechazando la nostalgia, el ensayo aboga por una renovación cultural basada en la solidaridad, la compasión pública y el compromiso ético.



La vida cultural de una sociedad no se sostiene únicamente por los museos, la literatura o los festivales.   Estos pueden servir como símbolos de identidad o refinamiento, pero la cultura, en su sentido más pleno, exige una orientación moral más profunda.    Si la bondad —entendida como el compromiso con la dignidad de los otros— no anima la vida cívica, la cultura pierde su fundamento y se convierte en una cáscara decorativa.   Puede conservar el lenguaje, los símbolos y los rituales de una sociedad sana, pero sin vitalidad ética esas formas corren el riesgo de volverse performativas o incluso engañosas.   Lo primero que se marchita en tal decadencia no es la expresión, sino la conciencia:  la facultad interior que otorga a la cultura su peso ético.  Sin la participación de la conciencia, la creación persiste como mero adorno, y la inteligencia se convierte en simple actuación.

El estado actual de la vida pública estadounidense ilustra este declive.  El discurso público se ha vuelto grosero.  Es común que los actores políticos califiquen a sus oponentes no solo de equivocados, sino también de peligrosos o depravados.   Durante su primera presidencia —y nuevamente desde su regreso al poder— Donald Trump ha tildado a sus críticos de “traidores”, “escoria” y “malvados”.   En mítines y en las redes sociales, ha llamado “alimañas” a sus adversarios políticos, un lenguaje utilizado históricamente por regímenes autoritarios para deslegitimar a la oposición.   La prensa ha sido repetidamente descrita como “el enemigo del pueblo”, una expresión empleada desde hace mucho para socavar la rendición de cuentas pública.

Este estilo de política se ha normalizado.   En juntas escolares, cámaras legislativas y plataformas de campaña, los funcionarios electos acusan a sus contrapartes de ser “corruptores”, “comunistas” o “antiamericanos”:   un lenguaje que transforma la discrepancia en condena moral.   En 2023, cuando el gobernador republicano de Utah, Spencer Cox, apoyó públicamente la protección de los jóvenes LGBTQ y pidió un diálogo civil, comentaristas de la extrema derecha lo denunciaron como “republicano solo de nombre”, un supuesto traidor a los valores conservadores.   Su llamado a la empatía fue interpretado no como fortaleza de carácter, sino como rendición política.   En un ambiente así, incluso los gestos mesurados de respeto se interpretan como debilidad o, peor aún, como traición.

Las teorías conspirativas que antes quedaban relegadas a panfletos marginales ahora resuenan en audiencias del Congreso.   La representante Marjorie Taylor Greene ha acusado a sus oponentes políticos de organizar “rituales satánicos”, mientras que el senador J.D. Vance ha sugerido que las élites culturales y académicas representan una amenaza existencial para la nación.   En un entorno semejante, la oposición política se redefine como desviación moral.   El resultado no es solo polarización, sino el desmantelamiento sistemático de la imaginación cívica.

Lo que se promueve en este clima no es solo una ideología política, sino también una forma de poder centrada en la humillación del otro:   una postura autoglorificante que se sostiene en la denigración que requiere.  Este tipo de liderazgo no descansa en principios ni en una visión pública, sino en la exaltación de la propia imagen.  Es una forma de poder narcisista —no en sentido clínico, sino como la conversión de la autoridad simbólica en vehículo de agravio, culto a la personalidad y desprecio sistemático por la diferencia.

Las consecuencias de este clima no se limitan a la retórica. En 2022, Paul Pelosi, esposo de la entonces presidenta de la Cámara de Representantes Nancy Pelosi, fue atacado en su casa por un intruso radicalizado por conspiraciones que abundan en las redes cibernéticas. En 2025, la senadora estatal de Minnesota Melissa Hortman y su esposo fueron asesinados por un hombre supuestamente enfurecido por las agendas legislativas progresistas. Por la misma época, un atacante solitario arremetió contra asistentes a un evento del Orgullo (Pride month), alegando agravios ideológicos como justificación. Más recientemente, el 10 de septiembre de 2025, el influyente comunicador Charlie Kirk fue asesinado por un joven radical inflamado por la misma retórica que decía oponerse. Estos actos no son tragedias aisladas: revelan un paisaje cívico en el que la ira no solo se normaliza, sino que también se convierte en arma. El discurso deshumanizador no es palabra ociosa; se transforma en licencia para la violencia.

Las plataformas digitales amplifican estas dinámicas. Lo que comenzó como herramientas de conexión se ha convertido en motores de indignación. Los algoritmos de plataformas como X (antes Twitter) privilegian el contenido que inflama en lugar del que informa. Los ataques verbales, las descalificaciones personales y las afirmaciones tribales generan más interacción que la reflexión o la mesura. Las voces más ruidosas —no las más sabias— son las más amplificadas. Como resultado, la crueldad suele recompensarse como franqueza, y la burla se confunde con lucidez.

Los efectos son tangibles. Un alcalde recibe amenazas de muerte por aplicar políticas de salud pública. Un maestro es hostigado en las redes sociales por adoptar un lenguaje inclusivo. Una bibliotecaria renuncia tras negarse a censurar materiales que afirman el pluralismo. La Universidad de Columbia paga más de 200 millones de dólares en sanciones al gobierno federal bajo presión política de la administración Trump, obligada a exhibir conformidad partidista para poder continuar su investigación contra el cáncer. No se trata de excepciones anecdóticas. Revelan un deterioro más amplio de la sensibilidad democrática: una incapacidad para reconocer a los conciudadanos como dignos de cuidado, diálogo o siquiera respeto básico.

En ninguna parte resulta más visible esta inversión del lenguaje moral que en dos de los fracasos nacionales más persistentes: la ausencia de una cobertura sanitaria universal y la circulación descontrolada de armas de fuego. En ambos casos, el lenguaje de la libertad oculta la lógica del lucro. Las industrias del seguro y de las armas, fortalecidas por inversores y patronos políticos, convierten la dependencia y el miedo en ingresos, mientras los legisladores invocan la “elección” y los “derechos” como coartada moral de su complicidad. El resultado es una inversión cívica: la salud y la seguridad —antes entendidas como responsabilidades morales de una sociedad justa— se administran como mercados de lucro. Cuando el interés se apropia del vocabulario de la conciencia, la democracia empieza a pronunciar su propia negación.

Sin embargo, esta crisis suele caracterizarse erróneamente. Nombrarla no es un ejercicio de nostalgia. El diagnóstico no propone volver a un pasado idealizado, sino exigir un ajuste de cuentas con los fundamentos éticos de la cultura misma. Una sociedad puede erigir monumentos, publicar literatura y preservar archivos; pero si deja de cultivar la compasión, la humildad y el hábito del cuidado, su cultura ya ha comenzado a marchitarse.

Esta decadencia moral da lugar a lo que puede llamarse anticultura: no la ausencia de formas culturales, sino su inversión —su uso como instrumentos de división, mercadotecnia o control. La anticultura ofrece apariencia sin sustancia, herencia sin responsabilidad y visibilidad sin visión ética. Imita el sentido, pero no lo genera. Su lenguaje se halaga en lugar de orientar. Sus relatos entretienen, pero no vinculan.

Reconstruir la cultura es recuperar su esencia moral. No basta con preservar instituciones, patrocinar festivales o financiar las artes si se descuida el espíritu ético. Una cultura sin bondad se vuelve hueca —fácilmente cooptada por el espectáculo, el tribalismo o el poder. Los actos de valentía pública, la rehumanización del discurso y la negativa a normalizar el desprecio no son gestos ornamentales; son condiciones esenciales para la renovación. Como la democracia, la cultura debe cultivarse—no solo heredarse o exhibirse. En su núcleo, cultura y bondad no son separables. Nutrir una da vida a la otra. Donde la bondad decae, la cultura pierde su vitalidad; donde se cultiva, la cultura puede renacer. La labor de rehumanización, por tanto, nunca se completa; debe permanecer como un trabajo continuo de la conciencia.

*


Bibliografía anotada

Arendt, Hannah: The Human Condition. Chicago: University of Chicago Press, 1958. (Arendt explora la distinción entre trabajo, obra y acción, ofreciendo una crítica fundamental de cómo la vida moderna ha erosionado el compromiso público significativo).

Bellah, Robert N., et al: Habits of the Heart: Individualism and Commitment in American Life. Berkeley: University of California Press, 1985. (Este estudio sociológico examina las tensiones entre el individualismo y la responsabilidad cívica en la cultura estadounidense).

Berman, Marshall: All That Is Solid Melts into Air: The Experience of Modernity. New York: Simon & Schuster, 1982. (Berman rastrea la desorientación psicológica y cultural provocada por la modernidad, especialmente en la vida urbana).

Girard, René: Violence and the Sacred. Baltimore: Johns Hopkins University Press, 1977. (La teoría de Girard sobre el deseo mimético y la violencia sacrificial aclara cómo las formas culturales pueden degenerar en mecanismos de exclusión o agresión).

Lasch, Christopher: The Culture of Narcissism: American Life in an Age of Diminishing Expectations. New York: W. W. Norton, 1979. (Lasch critica el auge del individualismo terapéutico y la erosión de la virtud cívica).

MacIntyre, Alasdair: After Virtue: A Study in Moral Theory. Notre Dame: University of Notre Dame Press, 1981. (El argumento de MacIntyre de que el discurso moral moderno está fragmentado y es incoherente proporciona el fundamento filosófico del ensayo).

Nussbaum, Martha C.: Political Emotions: Why Love Matters for Justice. Cambridge: Harvard University Press, 2013. (Nussbaum sostiene que cultivar capacidades emocionales—como la compasión y la solidaridad—es esencial para una sociedad justa).

Putnam, Robert D.: Bowling Alone: The Collapse and Revival of American Community. New York: Simon & Schuster, 2000. (Putnam presenta un estudio integral sobre la decadencia del compromiso cívico en Estados Unidos).

Sandel, Michael J.: What Money Can’t Buy: The Moral Limits of Markets. New York: Farrar, Straus and Giroux, 2012. (Sandel critica la intromisión de la lógica de mercado en esferas de la vida tradicionalmente regidas por normas éticas).

Taylor, Charles: A Secular Age. Cambridge: Harvard University Press, 2007. (Taylor examina las consecuencias morales y culturales de la modernidad secular, en particular la fragmentación del significado compartido).


« La pugna por un acuerdo moral »

June 12, 2025

Hay heridas que permanecen porque aún no hemos forjado un consenso moral:

“…E pluribus unum”

Participantes portando banderas estadounidenses en la marcha por los derechos civiles de Selma a Montgomery, Alabama, 1965.
Fotografía de Peter Pettus; copia en gelatina de plata (reimpresión de 1999–2000).         
Imagen de archivo en dominio público, cortesía de la División de Impresos y Fotografías de la Biblioteca del Congreso.
Participantes portando banderas estadounidenses en la marcha por los derechos civiles de Selma a Montgomery, Alabama, 1965.
Fotografía de Peter Pettus; copia en gelatina de plata (reimpresión de 1999–2000).   
Imagen de archivo en dominio público, cortesía de la División de Impresos y Fotografías de la Biblioteca del Congreso.
Unidades de la Guardia Nacional en formación durante una protesta civil, California, junio de 2025.
Foto de Spencer Platt / Getty Images, vía NPR.
Una imagen contundente de poder enfrentando protesta—donde la disidencia pública se enfrenta con la militarización del Estado.

La imagen pone de relieve un momento decisivo en nuestra vida cívica: aquel en que las expresiones de disenso no se enfrentan con diálogo, sino con la politización de la fuerza militarizada al servicio de la marca del poder ejecutivo.    Refleja una pauta inquietante: cuando las demandas de justicia e inclusión se tergiversan como amenazas partidistas, y la defensa de la pluralidad se toma por una provocación.


Existe una brecha cada vez más profunda en nuestro país, intensificada por el regreso en 2025 de la administración Trump y el proyecto del movimiento M.A.G.A. de “reformar” Estados Unidos mediante la alteración de los principios constitucionales que han sostenido nuestra democracia durante generaciones.    Este movimiento ha envalentonado a algunos que afirman estar bajo asedio—en especial por parte de los afroamericanos—a quienes acusan de albergar un ‘odio irracional’.    Sin embargo, esta acusación ignora una verdad más profunda:    quienes la sostienen suelen negarse a reconocer su propia complicidad en las condiciones que generan sufrimiento e indignación.    Se consideran inocentes mientras desestiman la experiencia vivida de los demás.

Esta disonancia revela un tribalismo persistente—un complejo de superioridad disfrazado de patriotismo, a menudo dirigido contra comunidades marginadas.    Corroe la empatía y sofoca la responsabilidad.

No obstante, disentir es la savia de la democracia.    Y aunque podamos apreciar este país—sus paisajes, su riqueza cultural y sus ideales fundacionales—también debemos enfrentar la tarea inconclusa de la justicia.    Celebrar la Constitución mientras se ignora el legado de la esclavitud, la segregación y la desigualdad sistémica es devaluar tanto nuestra historia como nuestro futuro.

Esto se manifiesta con especial claridad en nuestro sistema de justicia penal.    La necesidad de una reforma ya no es una postura partidista; es un imperativo moral.    Las comunidades racializadas siguen siendo desproporcionadamente vigiladas, criminalizadas y sometidas a violencia bajo el pretexto del orden público.    Muchos departamentos de policía en todo el país han fallado en su deber de proteger a quienes más lo necesitan—quienes han sido excluidos por falta de oportunidades, educación y apoyo.    Cuando estas condiciones se responden no con compasión, sino con brutalidad, presenciamos el rostro más atroz de la crueldad.

Se puede amar profundamente a este país, pero ese amor debe ser activo—comprometido con la equidad, no con la nostalgia.    La justicia y la igualdad no son premios por callar; son el derecho de nacimiento de todas las personas que habitan esta tierra.

El movimiento “Black Lives Matter” no es una amenaza para los valores estadounidenses; es un llamado a cumplirlos.    No es odio protestar contra la injusticia.    El odio reside en silenciar la disidencia, en pisotear los derechos ajenos mientras se reclama superioridad moral.    Una y otra vez, quienes ostentan el poder se han distanciado de los oprimidos, especialmente de aquellos privados del derecho al voto.    Esta indiferencia persiste hasta que la solidaridad se vuelve ineludible.

Relativizar el asesinato de jóvenes afroamericanos—o guardar silencio—es negarse a comprender el largo historial del racismo en Estados Unidos.    Los gestos de inclusión no sustituyen a la verdad.    La justicia real no requiere medias tintas, sino una determinación sincera y valiente.

Y ahora, ese mismo aparato represivo se despliega con renovada contundencia contra las personas inmigrantes, contra quienes forman parte del colectivo LGBTQ en Estados Unidos, y contra el principio mismo de la diversidad.

—como lo demuestra la militarización innecesaria de una milla cuadrada de Los Ángeles en junio de 2025, donde las protestas localizadas fueron amplificadas por el gobierno federal como si se tratara de una insurrección nacional—

La movilización de tropas para sofocar protestas pacíficas —sustituyendo a las fuerzas del orden por despliegues militares—, la criminalización de quienes buscan refugio, y el empeño por revertir los derechos conquistados por las personas homosexuales no son políticas aisladas.    Son síntomas de la misma aberración moral del poder ejecutivo como marca política:    el miedo a la pluralidad.

Este miedo ha tomado como blanco incluso a las iniciativas de Diversidad, Equidad e Inclusión (DEI).       Estos programas, nacidos de las luchas por los derechos civiles y destinados a remediar la exclusión histórica, se han convertido en chivos expiatorios.    La DEI no amenaza el mérito; es una vía hacia la justicia. No se trata de ortodoxia política, sino de garantizar acceso, visibilidad y dignidad para quienes han sido marginados durante demasiado tiempo.    La oposición a la DEI no es un debate neutral—es un intento calculado de suprimir el pluralismo que da sentido a la democracia.

A menudo, ese pluralismo se reduce a una caricatura.    En ciertos círculos partidistas, el término “woke” se ha convertido en un arma para ridiculizar cualquier esfuerzo de inclusión o reparación, tachándolo de absurdo, elitista o peligroso.    Lo que comenzó como un llamado a mantenerse alerta ante la injusticia ha sido degradado hasta convertirse en una burla—menos un argumento que un reflejo automático, utilizado no para esclarecer, sino para silenciar.

Pero la justicia no pierde su urgencia porque se la ridiculice.

Prohibir las oficinas dedicadas a la diversidad, desmantelar los programas de inclusión o etiquetar el trabajo por la equidad como adoctrinamiento ideológico no refleja fortaleza, sino miedo.    Tales acciones socavan los valores fundamentales de libertad y justicia, sustituyendo una ciudadanía inclusiva por una conformidad impuesta.

El afán por revertir los derechos LGBTQ, demonizar los movimientos por la justicia racial y silenciar las iniciativas de diversidad forman parte de una misma lógica.    No son agravios aislados, sino expresiones de una visión del mundo intolerante que busca imponerse a través de la exclusión —ecos del macartismo, aquella campaña de comienzos de los años cincuenta liderada por el senador Joseph McCarthy, cuyas acusaciones televisadas sobre una supuesta infiltración comunista cautivaron a la nación y convirtieron la sospecha en arma política; fue un espectáculo público que transformó el miedo a la diferencia en doctrina nacional.    No son señales de una república fuerte.    Son las marcas de una nación debilitada por el miedo.

A ello contribuye la mayoría republicana en el Congreso—quienes, al respaldar a Trump y las políticas disruptivas del movimiento M.A.G.A., agravan el déficit moral al reducir drásticamente los impuestos a los multimillonarios, mientras desestabilizan la infraestructura social y política del país.    Han contribuido al aumento de la inflación mediante aranceles a importaciones extranjeras y promueven una política exterior que incrementa la inestabilidad mundial, todo ello en beneficio de una ínfima élite oligárquica a costa del bien común.

Amar a este país es rechazar ese miedo y la frágil cobardía que lo sustenta.    Amar esta nación es defender su pluralismo.    Amarla es afrontar sus contradicciones, no con cinismo, sino con determinación.

No somos una unión perfecta, pero seguimos siendo una unión.    El camino hacia adelante no está en el pasado. Comienza donde vive la justicia:    en la búsqueda de la verdad, en la compasión, en la valentía.

~

PostScript

  • Project 2025 y la maquinaria de la conformidad

Entre los ejemplos más claros de cómo el miedo a la pluralidad ha sido codificado como estrategia política figura Project 2025 —un ambicioso plan para reestructurar el gobierno federal de EE.UU., impulsado por The Heritage Foundation (La Fundación del Patrimonio) y ahora activamente respaldada por la administración Trump.    Aunque sus arquitectos invocan el lenguaje de la libertad y la reforma constitucional, su objetivo subyacente no es la renovación democrática, sino la consolidación ideológica.

Project 2025 no se conforma con reducir el tamaño del gobierno.    Pretende desmantelar el Estado administrativo, eliminar las protecciones del servicio civil y sustituir a los funcionarios públicos de carrera por leales partidistas.    Bajo la consigna de “drenar el pantano”, propone una purga —no para restaurar el equilibrio constitucional, sino para empoderar a una elite ejecutiva estrechamente alineada.    Esto deja de ser conservadurismo para convertirse en autoritarismo ejecutivo revestido de populismo.

Incluso su retórica de “recuperar el país” revela su verdadera intención:    no restaurar una democracia pluralista, sino imponer uniformidad —cultural, política y moral.    Las iniciativas DEI deben ser demolidas, la educación pública reconfigurada para reflejar una ideología singular, y la disidencia dentro del gobierno neutralizada.    No son reformas; son instrumentos de control.

Este plan no es una anomalía:    es su culminación.    La nostalgia, el resentimiento y el miedo se han transformado en la materia prima de políticas concretas.    Y lo que revela es una profunda contradicción:    quienes invocan con más fuerza la Constitución ahora buscan reescribirla en la práctica, reemplazando la promesa de We the People con el dominio de We alone.

Esto dejó de ser hipotético esta semana, cuando llegamos al barrio de Capitol Hill.    Frente a la sede de The Heritage Foundation presenciamos una protesta en plena confrontación:    dos bandos opuestos, uno defendiendo los derechos reproductivos, el otro revestido de ira bajo pretexto moral.    El más ruidoso —un grupo de madres conservadoras— no dialogaba, sino que gritaba con desprecio:    no defendían argumentos, sino que condenaban la legitimidad misma del desacuerdo moral.

No eran defensores de la vida.    Eran agentes de control sobre cómo vivir.

Lo que presencié ante la Heritage Foundation no fue un arrebato aislado.    Fue la manifestación local de un proyecto nacional en desarrollo.    The Heritage Foundation ya no solo comenta la política; está construyendo la estructura para un giro autoritario ya en curso.    En estrecha sincronía con la administración Trump —reconocida o no— Heritage no está ofreciendo recomendaciones, está diseñando una maquinaria de conformidad.

Esta máquina no tolera la pluralidad.    Redefine la disidencia como insubordinación, la diversidad como decadencia, y la gobernanza como lealtad a una voluntad única.    No es restauración del orden constitucional, sino una repudiación calculada.

Y lo que propone Project 2025 no es solo un cambio administrativo.    Es un plan para capturar ideológicamente el lenguaje, la ley y la vida pública.    Reemplaza We the People con un mandato desde arriba: Only us.

Esta es la herida que no sanará —a menos que la enfrentemos.

  • De camino a Union Station

Mientras abandonábamos Capitol Hill con destino a Union Station para regresar a Pennsylvania, las calles evidenciaban signos de celebración inminente.    Se levantaron barricadas.    Vehículos militares ocupaban las avenidas.    Los preparativos estaban en marcha para un desfile militar con tanques, tropas y fanfarrias marciales.    Oficialmente, era para conmemorar el 250 aniversario del Ejército de los EE. UU.    Pero el momento (sábado 14 de junio, cumpleaños de Trump), junto con la pompa y el encuadre presidencial, hicieron difícil ver el evento como algo más que un espectáculo orquestado.    El simbolismo desdibujó la línea entre honrar el servicio militar y apropiárselo para la glorificación personal.    Se sintió menos como un cumpleaños y más como una coronación.

Al cruzar uno de los cruces cerrados, un hombre afroamericano en una elegante silla de ruedas motorizada nos adelantó por la derecha.    Sin mediar palabra, nos miró —dos hombres caminando juntos— y, con serena determinación, dijo:    “Cuidado, el Día del Juicio Final está pronto a llegar”.

No respondimos.    Él siguió su camino.

Fue un instante silencioso, pero cargado de significado.    Un juicio —claro y moral— pronunciado sin confrontación, pero con intención.    Una acusación casual, pero escalofriante.    Incluso alguien con visibilidad marcada como vulnerable había interiorizado el reflejo nacional hacia la condena.    Las extremas actitudes ya no se hallan sólo en plataformas o políticas:    están filtrándose en las aceras.

Me volví a mi esposo y le pregunté:    “¿Cuánto crees que durará todo este odio?”

No desvió la mirada.    “Puede que no vivamos para verlo terminar”, dijo, “pero pasará”.

*

Ricardo F. Morín

Capitol Hill, D.C., 10 de junio de 2025


« El Algoritmo del Gallo »

March 1, 2025

*

“Rooster’s Crow” [2003] de Ricardo F. Morín.
Acuarela sobre papel, 99 cm de alto x 65 cm de ancho.

*

Introducción

Al despuntar el alba, el canto del gallo rasga el silencio—agudo e insistente—arrastrando a todo aquel que lo oye a la conciencia de un nuevo día.

En la pintura Rooster’s Crow, los colores giran en una confluencia de rojos y grises, capturando al ave no como un sereno heraldo del amanecer, sino como un símbolo de agitación.      Su forma retorcida, sus plumas dispersas y sus líneas fracturadas reflejan una corriente de cambio más profunda—un choque de fuerzas, caótico e inevitable.      La imagen sugiere el flujo incesante del tiempo y el peso de las transformaciones que siempre lo acompañan.

En esta narrativa en evolución, la fragmentación del canto del gallo refleja la expansión de la Inteligencia Artificial.      Antes, su grito anunciaba la llegada del día; ahora, resuena en una transformación más compleja—un equilibrio cambiante entre los ritmos de la naturaleza y la creciente influencia de los sistemas tecnológicos.      La silueta del gallo, fracturada en su estela, se convierte en un reflejo de las tensiones entre la agencia humana y el auge de fuerzas que, aunque diseñadas por nosotros, pueden escapar a nuestra plena comprensión.      Aquí, la Inteligencia Artificial actúa tanto como agente de cambio como posible arquitecta de un futuro que ni podemos prever ni controlar.

« El Algoritmo del Gallo »


Un gallo no canta para advertir ni para invitar; su llamado es sólo el sonido de la inevitabilidad, crudo y urgente, ajeno a la respuesta de quienes lo escuchan.      No ordena el amanecer ni espera permiso—simplemente anuncia lo que ya ha comenzado.

En la dinámica cambiante de la ambición y el poder, la tecnología ha asumido un papel similar.      Modelada por la intención humana, avanza bajo la guía de quienes la programan, su influencia determinada por las prioridades de sus arquitectos.      Para algunos, representa el umbral de un progreso sin precedentes, una vía para superar las limitaciones humanas; para otros, encarna una nueva forma de dominio, un instrumento que redefine la administración de sociedades de maneras antes impensables.      Se ensalza su eficiencia como virtud, prometiendo simplificar la gestión, eliminar fricciones y suprimir la imprevisibilidad de la deliberación humana.      Pero una máquina no negocia ni disiente.      Y en manos de quienes ven la democracia como un lastre—un obstáculo al avance—los algoritmos dejan de ser simples herramientas para convertirse en los verdaderos mediadores del poder.

Tomemos un ejemplo cotidiano: los sistemas de recomendación en línea. Presentados como facilitadores de la elección individual, en realidad modelan lo que vemos y oímos, influyendo en nuestras decisiones antes incluso de que las tomemos. Algo similar ocurre con la administración de sociedades mediante modelos computacionales: ofrecen la ilusión de autonomía mientras restringen el margen real de acción a lo que su lógica predice que preferiremos. El resultado es un dilema inquietante: creemos decidir libremente, cuando en realidad son los sistemas quienes trazan el camino.

Hubo un tiempo en que la lucha por el control se libraba de forma visible—conquistas territoriales, leyes reescritas a la vista de todos.      Ahora, el enfrentamiento ocurre en espacios menos tangibles, donde líneas de código determinan el rumbo de naciones, donde ecuaciones complejas deciden qué voces serán amplificadas y cuáles silenciadas.      El poder ya no reside exclusivamente en los uniformes ni en los cargos electos.      Se desplaza hacia tecnócratas, corporaciones y oligarcas cuya influencia trasciende los límites de cualquier gobierno.      Algunos proclaman abiertamente su propósito de transformar el mundo; otros operan en la sombra, dejando que la corriente avance hasta que oponerse sea imposible.      La cuestión ya no es si los algoritmos gobernarán, sino quién dictará su curso.

El sistema de crédito social en China ya no es una teoría, sino una realidad donde el comportamiento se moldea mediante incentivos y restricciones apenas perceptibles.      Modelos predictivos rastrean y condicionan acciones individuales, configurando hábitos sin que sus sujetos lo noten hasta que el cambio es irreversible.      En Occidente, las estrategias son menos explícitas, pero no menos efectivas:      las plataformas diseñadas para conectar a las personas ahora son herramientas de persuasión masiva.      La desinformación ya no es producto de la acción humana; se genera a escala, con una precisión matemática que moldea percepciones sin levantar sospechas.

En este contexto, la paradoja del conocimiento incompleto de Gödel resulta reveladora:      Ningún sistema puede explicarse completamente a sí mismo.      A medida que los modelos de aprendizaje automático se expanden y se refinan, comienzan a reflejar esta misma limitación.      Desde los algoritmos que curan contenidos hasta los que rigen los mercados financieros, su funcionamiento se vuelve progresivamente opaco, incluso para sus propios diseñadores.      La paradoja es clara:      cuanto más poderosos, más incontrolables.

A medida que estos sistemas se fortalecen, la línea entre la administración pública y la autoridad corporativa se difumina.      La regulación, cuando existe, va siempre un paso atrás.      Alguna vez se pensó que la tecnología nivelaría el campo de juego, potenciando al individuo.      Pero la ambición desbocada no se pregunta si debe avanzar, solo si puede hacerlo.      Y así, el desarrollo continúa, impulsado por quienes creen que la complejidad del gobierno puede ser sustituida por la precisión de las máquinas.      La promesa de progreso es seductora, incluso cuando socava las estructuras que históricamente protegieron contra el autoritarismo.      ¿De qué sirve una prensa libre cuando la información puede ser filtrada en tiempo real?      ¿Qué valor tiene un voto cuando las percepciones pueden ser moldeadas sin que lo advirtamos, guiándonos hacia decisiones que creemos propias?      La maquinaria del control ya no reside en ministerios de propaganda, sino en redes neuronales cuyo alcance y falta de supervisión las vuelven inabordables.

Algunos sostienen que estos sistemas corregirán sus propios excesos, que su deriva autoritaria se revertirá con el tiempo.      Pero la historia no siempre justifica tal optimismo.      Cuanto más eficiente es un mecanismo de control, más difícil es desafiarlo.      Cuanto más integrada está la supervisión en la vida cotidiana, menos visible se vuelve.      A diferencia de regímenes pasados, que imponían la obediencia por la fuerza, el nuevo paradigma no necesita ordenar; le basta con diseñar un entorno en el que disentir sea impracticable.      No requiere reprimir cuando puede ofrecer comodidad.      La pérdida de libertad no siempre llega con el sonido de botas marchando; puede infiltrarse en silencio, disfrazada de conveniencia, hasta que no quede alternativa.

Pero la inevitabilidad no garantiza la conciencia.      Aunque el sistema se cierre en torno a sus engranajes y las decisiones se conviertan en ecos de una lógica impersonal, el mundo sigue girando, ajeno a quienes quedan atrapados en su maquinaria.      Los arquitectos de este orden no se ven a sí mismos como señores del control, sino como innovadores, solucionadores de problemas que buscan optimizar la ineficiencia humana.      No se detienen a preguntar si la administración de sociedades estaba destinada a ser eficiente.

En una sala donde las decisiones ya no necesitan ser tomadas, se da un intercambio.      Una voz sintética, pulida e impersonal, responde a una consulta sobre el alcance del sistema.

La gobernanza no se está automatizando —declara—.      Sólo se mantiene la apariencia de su existencia.

La frase flota en el aire, seguida por un instante de silencio.      Un funcionario, un ingeniero o quizá un burócrata—convencido alguna vez de que ejercía control sobre el proceso—titubea antes de formular la última pregunta.

¿Y qué ocurre con la elección?

Una pausa.      Luego, la voz, sin vacilar:

La elección es un vestigio del pasado.

El peso de la respuesta se asienta, no como una proclamación de triunfo, sino como la confirmación de un desenlace largamente anticipado.      La última jugada fue ejecutada mucho antes de que la pregunta se hiciera.

Y afuera, como si subrayara la conclusión de todo, un gallo canta una vez más.

*

Ricardo Federico Morín Tortolero
1 de marzo de 2025; Oakland Park, Florida