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« El ritual de pertenencia »

July 16, 2025

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Nota preliminar

La imagen que abre este ensayo fue tomada dentro del Templo Masónico de Filadelfia, una estructura concebida por el arquitecto John Mary Gibson y el diseñador de interiores George Herzog como un santuario cívico de orden simbólico.    A lo largo de uno de sus grandes salones, la frase en latín fide et fiducia —“por fe y confianza”— aparece inscrita en oro, presidiendo muros con patrones, simetría abovedada y espacio ritual.

Estas inscripciones, incrustadas en el diseño de las instituciones, no son accidentales.   Destilan una cosmovisión en lemas, gestos y emblemas, invitando a creer sin cuestionamientos.    En esta arquitectura de convicción, los ideales de confianza, honor y fidelidad se codifican mediante la repetición y la reverencia.   El entorno físico se convierte en un modelo moral.

Este ensayo explora la persistencia de tales formas:    cómo se cultiva la pertenencia a través del ritual, cómo se practica la virtud mediante la alineación y cómo, en la vida moderna, la estética de la tradición puede oscurecer la labor del pensamiento.   La fotografía no se explica por sí sola, pero sus símbolos permanecen presentes, inmóviles, persistentes y abiertos a la interpretación.

El ritual de pertenencia

La virtud colectiva suele operar sin ser cuestionada.   Cuando se introducen símbolos —banderas, lemas, saludos— los valores adquieren la forma de fórmulas:    repetibles, ceremoniales, inexploradas. La pertenencia prevalece sobre la comprensión.   Dentro de estas estructuras, la frontera entre lealtad y obediencia se difumina, y los sistemas de representación moral terminan por sustituir al razonamiento moral.

El esquema es reconocible.    Las organizaciones basadas en la tradición —sean cívicas, fraternales o políticas— adoptan posturas de unidad y disciplina, fomentando un sentido de propósito común al tiempo que desincentivan la disensión interna.   Los rituales no acogen la contradicción.    En muchos de estos espacios, la afirmación se convierte en una forma de sublimación, y el ritual, en sustituto del pensamiento.

Este patrón cultural antecede a la política contemporánea.   Su persistencia no depende de una ideología específica, sino de la disposición a cambiar la reflexión por consuelo.   Cuando la creencia se hereda a través del acto repetido, y no del entendimiento, se transforma en superstición.    El lenguaje permanece elevado —deber, servicio, honor— pero el contenido se va vaciando.   Con el tiempo, lo que se repite es lo que se venera, y lo que se venera se vuelve intocable.

En tales condiciones, las figuras autoritarias no necesitan imponer la sumisión; basta con que imiten los rituales de pertenencia.   El auge del trumpismo hizo que esta arquitectura resultara inconfundible.    Armasó la afirmación, convirtió la representación en principio y recodificó la pertenencia como exclusión.    Sus consignas han prosperado gracias al rechazo; sus verdades, gracias al aplauso.    Pero lo que emergió no es solo un movimiento político, sino una plantilla ritual: altamente transferible, guiada por la emoción e indiferente, en lo estructural, a la verdad.    Esa plantilla resuena hoy mucho más allá de la política, infiltrándose en la forma en que se filtra la realidad misma, incluso mediante la inteligencia artificial.    Entrenados con un lenguaje cargado de emoción polarizada y certeza viral, los sistemas de IA están aprendiendo a imitar un mundo modelado por el fervor, no por la reflexión.   Las mismas fuerzas que vacían el discurso en los ámbitos humanos—la velocidad, el espectáculo, la certeza—ahora moldean el espejo que nos devuelve la máquina.   En ese bucle de retroalimentación, se refuerzan las estéticas de la creencia mientras se erosionan las condiciones para el matiz.

La identidad se ofrece como redención.   El individuo queda absorbido en un relato colectivo que le asigna un sentido predefinido y un enemigo designado.   El aplauso sirve de prueba.   El eslogan reemplaza al argumento.    La convicción ocupa el lugar de la claridad.    Los movimientos políticos, que alguna vez nacieron de ideas, reproducen ahora la arquitectura emocional de clubes, cofradías o congregaciones.  

Pocos advierten el giro mientras ocurre.   La coherencia emocional se confunde con la verdad.   La disidencia suena a traición.    La invocación de la tradición parece más confiable que la interrupción de la duda.    La repetición tranquiliza.   El símbolo infunde seguridad.   En este ambiente, los hechos son menos persuasivos que las sensaciones familiares.

No se trata únicamente de ignorancia.    Es el resultado de hábitos culturales que desconfían de la ambigüedad.    En muchos entornos, la incertidumbre se percibe como debilidad.    Preguntar se interpreta como deslealtad.   El espacio para la vacilación moral —donde podría emerger una verdadera claridad ética— es suprimido con sigilio.

El autoritarismo no comienza con la violencia.   Comienza con el ritual.   Su fuerza reside no en la coacción, sino en la coreografía emocional:    el gesto adecuado en el momento preciso, el tono ensayado de la certeza, la recompensa de la aprobación.    Se disfraza de herencia para avanzar como control.    En sus primeras formas, se confunde fácilmente con patriotismo, con tradición, con orgullo.

Una resistencia genuina no puede fundarse en contraeslóganes ni en gritos más fuertes.   Debe iniciarse con la recuperación de la dificultad:   con la negativa a aceptar que pertenecer es más importante que comprender.    La reflexión debe interrumpir el ritual.    La duda debe romper la repetición.   El objetivo no es reemplazar una serie de creencias inexploradas por otra, sino ralentizar la maquinaria el tiempo suficiente para recordar cómo suena el pensamiento cuando no es una mera representación.

Ningún movimiento cimentado en la coreografía emocional resiste por mucho tiempo una atención honesta.   Se alimenta del reflejo, no del reconocimiento.    Y cuando los símbolos pierden su hechizo—cuando el aplauso deja de ser argumento; entonces, la claridad exiliada durante tanto tiempo regresa.   No en el silencio, sino con el peso de la atención.

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Ricardo F. Morin, Bala Cynwyd, Pa., July 16, 2025


Bibliografía anotada

  • Arendt, Hannah:   Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal. Barcelona: Lumen,1963.   (Análisis fundamental sobre cómo individuos comunes participan en sistemas destructivos mediante la obediencia acrítica y la normalización del deber).
  • Arendt, Hannah:   Los orígenes del totalitarismo.   Madrid:   Alianza Editorial 1974.   (Estudio histórico sobre las condiciones sociales e ideológicas que propician regímenes autoritarios, centrado en el aislamiento político y los mitos colectivos).
  • Berger, Peter L., y Luckmann, Thomas:    La construcción social de la realidad:    Un tratado de sociología del conocimiento.    Buenos Aires:    Amorrortu, 1997.    (Explora cómo las creencias sociales se institucionalizan a través de prácticas repetitivas hasta adquirir apariencia de verdad incuestionable).
  • Bermeo, Nancy:   “Retrocesos democráticos”.   Revista de la Democracia 27 2016 (1): 5–19.   (Análisis sobre cómo los regímenes autoritarios modernos avanzan dentro de estructuras democráticas mediante gestos de legitimidad simbólica).
  • Brown, Wendy:   La política fuera de la historia.   Buenos Aires:    Fondo de Cultura Económica, 2009.   (Crítica de cómo los discursos liberales sobre tolerancia y diversidad pueden reforzar formas de exclusión moral y control cultural).
  • Eco, Umberto:   “El fascismo eterno”.   The New York Review of Books, 22 de junio 1995.   (Breve ensayo que identifica los rasgos constantes del fascismo emocional, especialmente su uso de símbolos, mística y nacionalismo).
  • Elias, Norbert:   El proceso de la civilización.   México:    Fondo de Cultura Económica, 1987.   (Análisis del largo desarrollo histórico de la disciplina social y la formación de comportamientos rituales en las relaciones humanas).
  • Frankfurt, Harry G.:   Sobre la manipulación de la verdad. Barcelona:    Paidós, 2006.   (Ensayo filosófico sobre cómo el lenguaje carente de compromiso con la verdad socava el discurso público y permite la manipulación ideológica).
  • Fromm, Erich:   El miedo a la libertad.    Madrid:    Paidós, 2002.    (Estudio clásico sobre las razones psicológicas que llevan a los individuos a renunciar a su libertad a cambio de seguridad y pertenencia).
  • Girard, René:    La violencia y lo sagrado.   Barcelona:    Anagrama 1983.    (Análisis de cómo la violencia ritualizada y el mecanismo del chivo expiatorio sostienen el orden simbólico de las comunidades.
  • Graeber, David:   La utopía de las normas: Sobre tecnología, estupidez y alegrías secretas de la burocracia. Barcelona:    Ariel, 2015.    (Crítica de cómo los sistemas burocráticos reproducen el poder irracional mediante estructuras ritualizadas y repetitivas).
  • Hedges, Chris:    Fascistas estadounidenses: La derecha cristiana y la guerra contra América.    Nueva York:    Free Press, 2007.    (Investigación periodística sobre cómo los rituales religiosos y cívicos se utilizan para normalizar tendencias autoritarias en EE. UU).
  • Hofstadter, Richard:    El estilo paranoico en la política americana.    Madrid:    Capitán Swing, 2006.    (Análisis influyente sobre el pensamiento conspirativo y la teatralización moral en la política estadounidense del siglo XX).
  • Illouz, Eva:    El fin del amor: Una sociología de las relaciones negativas.    Madrid:    Katz Editores, 2020.    (Examina cómo las estructuras afectivas son moldeadas por discursos de mercado, poder e identidad política).
  • Milgram, Stanley:    Obediencia a la autoridad.    Madrid:    Morata, 2005.    (Estudio experimental sobre cómo las figuras de autoridad logran inducir comportamientos éticamente problemáticos mediante encuadres institucionales).
  • Orwell, George:    La política y la lengua inglesa.    En Ensayos, Madrid:    Debate, 2003.    (Ensayo fundamental sobre cómo el lenguaje político puede corromper el pensamiento y ocultar la verdad mediante eufemismos).
  • Putnam, Robert D:    Solo en la bolera:    El colapso y el resurgimiento de la comunidad americana.    Nueva York:    Simon & Schuster, 2000.    (Documenta el declive de la participación cívica y cómo se transforma el sentido de pertenencia colectiva en la sociedad estadounidense).
  • Scott, James C.:    Los legados del autoritarismo: Cómo fracasan ciertos planes para mejorar la condición humana.    México:    Fondo de Cultura Económica, 2000.    (Critica cómo los esquemas centralizados de organización social ignoran la experiencia vivida y refuerzan estructuras opresivas mediante abstracciones rituales).
  • Sennett, Richard:    La corrosión del carácter:    Las consecuencias personales del trabajo en el nuevo capitalismo.    Barcelona:    Anagrama, 1979.    (Estudio sobre cómo la vida pública pierde autenticidad cuando se sustituye el discurso reflexivo por normas de comportamiento escenificadas).
  • Turner, Victor:    El proceso ritual:    Estructura y antiestructura.    Madrid:    Taurus, 1988.    (Obra central en la antropología del ritual, analiza cómo los actos simbólicos organizan tensiones sociales y producen cohesión a costa de la ambigüedad).
  • Weber, Max:    La ética protestante y el espíritu del capitalismo.    Madrid:    Alianza Editorial, 2001.    (Conecta la disciplina religiosa con la racionalidad capitalista, mostrando cómo los hábitos se convierten en estructuras morales).
  • Weil, Simone:    Echar raíces:    Preludio a una declaración de deberes hacia el ser humano.    Barcelona:    Paidós, 2000.    (Reflexión filosófica sobre la necesidad humana de arraigo, justicia y resistencia a la coerción ideológica).
  • Zuboff, Shoshana:    La era del capitalismo de la vigilancia:    La lucha por un futuro humano frente a las nuevas fronteras del poder.    Madrid:    Paidós, 2020.    (Describe cómo las plataformas digitales transforman la conducta en insumo comercial, imponiendo nuevas formas de control envueltas en rituales de personalización).

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¿Convergencia por diseño o por consecuencia?

July 7, 2025

Sobre Trump, Putin y el eje velado de Kiev a Caracas

Ricardo Morin

7 de Julio de 2025

En las últimas semanas, he observado con creciente inquietud cómo ciertas decisiones de política exterior adoptadas bajo la administración de Donald Trump se despliegan con una simetría peculiar:  una que parece resonar, beneficiar o incluso habilitar discretamente las prioridades estratégicas de Vladímir Putin.  Aunque estas decisiones se presentan públicamente como cuestiones de diplomacia, seguridad o control migratorio, el patrón que se dibuja —al considerar la geografía y el calendario— resulta difícil de ignorar.  Sugiere no solo una convergencia de intereses, sino también una convergencia de silencios:  de cosas que no se dicen, no se cuestionan, no se confrontan.

Un artículo de opinión agudo y bien fundamentado publicado en The Washington Post por Marian Da Silva Parra, investigadora del Instituto de Derechos Humanos de la Facultad de Derecho de Columbia, denunció con claridad la ampliación de las restricciones de viaje impuestas por la administración: políticas que penalizan a disidentes venezolanos y refuerzan, de hecho, el control de Nicolás Maduro al permitirle presentar a sus opositores como amenazas extranjeras.  Pero lo más revelador no es el contenido del artículo, sino el hecho de que haya aparecido únicamente como una opinión, y no como objeto de atención periodística sostenida en las páginas principales.  Por sustantiva que sea la crítica, su forma de publicación la reduce a comentario más que a advertencia.

Simultáneamente, el respaldo estadounidense a Ucrania se muestra cada vez más vacilante.  Se pausaron discretamente los envíos de ayuda militar, y solo se reanudaron tras la presión pública provocada por el bombardeo del 4 de julio sobre Kiev.  La coordinación de sanciones internacionales se ha debilitado y ahora se ejerce presión diplomática sobre Ucrania para que acepte un alto el fuego que el Kremlin, hasta ahora, no ha mostrado voluntad alguna de respetar.

No se trata de gestos aislados.  Todos favorecen, una y otra vez, los intereses de Moscú.

Esto plantea una pregunta de mayor alcance:  ¿Estamos presenciando la configuración silenciosa de un desplazamiento geopolítico a dos frentes —de Europa del Este al hemisferio occidental— en el que la política exterior de Estados Unidos, ya sea por intención o por inercia, está facilitando la proyección internacional de Rusia?  ¿O se trata simplemente de decisiones motivadas por cálculos internos, cuyos efectos colaterales en el exterior no han sido medidos?

Cabe decirlo con claridad:  no hay pruebas concluyentes de una coordinación deliberada.  Pero los resultados importan.  Una Ucrania debilitada.  Un Maduro envalentonado.  Una prensa distraída y desmoralizada.  Una opinión pública alimentada más por gestos que por sustancia.  Lo que se configura no es una conspiración, sino una escenografía —no examinada, no cuestionada, y peligrosamente alineada con una visión del mundo en la que la resistencia democrática se considera desestabilizadora y la consolidación autoritaria, restauradora del orden.

En un clima así, la percepción no es una cuestión de imagen.  Se convierte en el único terreno donde aún es posible navegar aquello que el lenguaje oficial se niega a nombrar.

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« El autoritarismo global y los límites del análisis tradicional »

March 15, 2025




La guerra en Ucrania suele presentarse como un enfrentamiento geopolítico entre Occidente y Rusia, pero esta interpretación puede oscurecer una realidad más profunda:     el auge del autoritarismo como fuerza global.     Noam Chomsky, una de las voces más influyentes en la crítica a la política exterior de Estados Unidos, ha argumentado que la hegemonía estadounidense es el factor principal que impulsa el conflicto.     Su enfoque, arraigado en la lógica de la Guerra Fría, ha sido esencial para comprender las dinámicas del poder global.     Sin embargo, cabe preguntarse si este marco sigue siendo suficiente para analizar la expansión coordinada de los regímenes autocráticos en el mundo actual.

La cuestión ya no es simplemente si la política estadounidense contribuyó a la agresión rusa, sino si las democracias pueden resistir el avance deliberado de gobiernos que buscan consolidar su poder a cualquier costo.     Lo que está en juego trasciende la soberanía de Ucrania:     es la supervivencia de la democracia en el mundo.

Chomsky sostiene que la ampliación de la OTAN y el dominio financiero de EE. UU. exacerbaron las tensiones con Rusia y limitaron las posibilidades de diplomacia.     Su visión propone un mundo donde el poder se distribuya entre Estados Unidos, Europa, China y Rusia, lo que, a su juicio, generaría un equilibrio más estable y justo.     Esta perspectiva ha sido crucial para cuestionar los excesos del intervencionismo estadounidense.     No obstante, en el mundo actual, donde el autoritarismo no solo reacciona contra Occidente, sino que busca activamente rediseñar el orden global, ¿basta con un enfoque basado únicamente en la contención de la hegemonía estadounidense?

El auge de los regímenes autocráticos no es solo una respuesta a la influencia occidental; es una estrategia deliberada para consolidar el poder.     Mientras que Chomsky ha enfatizado la importancia de distribuir el poder global, es crucial analizar la naturaleza de quienes ocuparían ese vacío.     Rusia y China no buscan simplemente estabilidad multipolar; sus acciones reflejan un intento de ejercer control absoluto, sin restricciones democráticas.     La crítica de Chomsky nos ayuda a comprender las raíces de los conflictos internacionales, pero tal vez deba ampliarse para incorporar el modo en que estos regímenes están transformando la estructura misma de la política global.

Uno de los desafíos en aplicar el análisis tradicional de Chomsky al presente es que el autoritarismo actual ya no responde únicamente a las divisiones ideológicas del pasado.     Ya no se trata de una lucha entre socialismo y capitalismo, izquierda y derecha.     Más bien, estos regímenes comparten un objetivo común:     desmantelar las instituciones democráticas para garantizar su permanencia en el poder.

Putin, por ejemplo, invoca la nostalgia soviética mientras prohíbe cualquier revisión crítica del estalinismo.     China fusiona el capitalismo de Estado con un control político absoluto.     Hungría e India, que alguna vez fueron consideradas democracias alineadas con Occidente, han adoptado modelos autocráticos.     Al mismo tiempo, la extrema derecha estadounidense, que históricamente se opuso al comunismo, ha comenzado a adoptar la narrativa del Kremlin, presentándolo como un defensor frente a las “élites globalistas”.

Este alineamiento ideológico hace que el autoritarismo moderno sea más peligroso que nunca.     No solo trasciende los bloques de poder tradicionales, sino que también se refuerza mediante alianzas estratégicas, mutuo respaldo y la erosión de las democracias desde dentro.     Ningún lugar ilustra esto mejor que Estados Unidos.     La presidencia de Trump reveló una vulnerabilidad inesperada:     la posibilidad de que el autoritarismo prospere dentro de la democracia más influyente del mundo.     Aquí, el debate ya no se reduce a una cuestión de aislacionismo o intervencionismo, sino al riesgo real de que las tácticas autocráticas se normalicen en la política interna.

La administración Trump envió señales contradictorias respecto al Kremlin, debilitando el principio de disuasión.     En lugar de establecer una línea clara contra la expansión autoritaria, su ambigüedad permitió que regímenes como el de Putin interpretaran la falta de firmeza como una oportunidad para actuar con impunidad.     Mientras figuras como Marco Rubio han defendido una postura inequívoca que refuerce la credibilidad estratégica de EE.UU., la incoherencia en la política exterior de la administración Trump contribuyó a la percepción de que Occidente estaba dividido y vacilante.

Este debilitamiento del liderazgo democrático no ha ocurrido en un vacío.     La globalización del autoritarismo es un fenómeno en el que los regímenes autocráticos no solo desafían directamente a las democracias, sino que también se respaldan mutuamente para eludir sanciones, subvertir la presión internacional y consolidar su dominio interno.     La invasión de Ucrania debe entenderse dentro de este marco:     no es solo un conflicto regional ni una reacción ante la OTAN, sino una apuesta calculada dentro de una estrategia más amplia para debilitar la democracia global.

Durante décadas, críticos como Chomsky han sido fundamentales para evidenciar los efectos del dominio estadounidense en la política global.     Su análisis ha permitido entender cómo la hegemonía de EE.UU. ha influido en múltiples conflictos.     Sin embargo, la evolución del autoritarismo plantea preguntas que requieren ampliar esta perspectiva.     La mayor amenaza para la democracia ya no es exclusivamente el poder estadounidense, sino la consolidación de un modelo autocrático global que avanza con estrategias coordinadas.

Responsabilizar a EE.UU. de cada crisis geopolítica puede pasar por alto un cambio crucial:     los regímenes autocráticos han pasado de ser una reacción ante la influencia de Washington a convertirse en una estrategia activa para reemplazar el modelo democrático occidental.     Reconocer este cambio no significa absolver a EE.UU. de sus fracasos en política exterior, pero sí exige entender que contrarrestar el autoritarismo requiere más que una crítica constante a su hegemonía.     Implica reconocer que la democracia enfrenta una amenaza coordinada y sin precedentes.

La visión de Chomsky sobre un mundo multipolar es, en teoría, atractiva.     Sin embargo, ¿qué implicaciones tendría en la práctica si los actores que llenan el vacío dejado por EE. UU. no están interesados en preservar la democracia?     El verdadero desafío no es solo contener las ambiciones territoriales de Putin, sino evitar que su modelo de gobierno—basado en el desmantelamiento de las instituciones democráticas—gane tracción en el mundo occidental.

Chomsky sigue siendo uno de los críticos más incisivos de la política exterior estadounidense, y su obra ha sido fundamental para comprender los efectos del poder en las relaciones internacionales.     Su análisis ha arrojado luz sobre las fallas del intervencionismo y la dinámica de la hegemonía global.     Sin embargo, el mundo ha cambiado, y con él, los desafíos que enfrentan las democracias.     Hoy, la crisis en Ucrania no se reduce únicamente a un debate sobre la OTAN, la intervención de EE.UU. o la hipocresía de Occidente.     Es parte de una lucha más amplia entre democracia y autocracia, una contienda que no termina en las fronteras ucranianas, sino que se extiende hasta las propias instituciones políticas de Occidente.

Si no reconocemos este cambio, corremos el riesgo no solo de perder a Ucrania, sino también de subestimar el alcance de las amenazas que enfrentan las democracias en todo el mundo.     La neutralidad ya no es una opción cuando el desafío es la supervivencia de las sociedades libres.     Más allá de los errores de Occidente, el ascenso del autoritarismo requiere una respuesta que no se limite a la crítica de la hegemonía estadounidense, sino que asuma la defensa activa de los valores democráticos allí donde estén en peligro.


Ricardo Federico Morín Tortolero

15 de marzo de 2025; Oakland Park, Florida


« El Algoritmo del Gallo »

March 1, 2025

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“Rooster’s Crow” [2003] de Ricardo F. Morín.
Acuarela sobre papel, 99 cm de alto x 65 cm de ancho.

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Introducción

Al despuntar el alba, el canto del gallo rasga el silencio—agudo e insistente—arrastrando a todo aquel que lo oye a la conciencia de un nuevo día.

En la pintura Rooster’s Crow, los colores giran en una confluencia de rojos y grises, capturando al ave no como un sereno heraldo del amanecer, sino como un símbolo de agitación.      Su forma retorcida, sus plumas dispersas y sus líneas fracturadas reflejan una corriente de cambio más profunda—un choque de fuerzas, caótico e inevitable.      La imagen sugiere el flujo incesante del tiempo y el peso de las transformaciones que siempre lo acompañan.

En esta narrativa en evolución, la fragmentación del canto del gallo refleja la expansión de la Inteligencia Artificial.      Antes, su grito anunciaba la llegada del día; ahora, resuena en una transformación más compleja—un equilibrio cambiante entre los ritmos de la naturaleza y la creciente influencia de los sistemas tecnológicos.      La silueta del gallo, fracturada en su estela, se convierte en un reflejo de las tensiones entre la agencia humana y el auge de fuerzas que, aunque diseñadas por nosotros, pueden escapar a nuestra plena comprensión.      Aquí, la Inteligencia Artificial actúa tanto como agente de cambio como posible arquitecta de un futuro que ni podemos prever ni controlar.

« El Algoritmo del Gallo »


Un gallo no canta para advertir ni para invitar; su llamado es sólo el sonido de la inevitabilidad, crudo y urgente, ajeno a la respuesta de quienes lo escuchan.      No ordena el amanecer ni espera permiso—simplemente anuncia lo que ya ha comenzado.

En la dinámica cambiante de la ambición y el poder, la tecnología ha asumido un papel similar.      Modelada por la intención humana, avanza bajo la guía de quienes la programan, su influencia determinada por las prioridades de sus arquitectos.      Para algunos, representa el umbral de un progreso sin precedentes, una vía para superar las limitaciones humanas; para otros, encarna una nueva forma de dominio, un instrumento que redefine la administración de sociedades de maneras antes impensables.      Se ensalza su eficiencia como virtud, prometiendo simplificar la gestión, eliminar fricciones y suprimir la imprevisibilidad de la deliberación humana.      Pero una máquina no negocia ni disiente.      Y en manos de quienes ven la democracia como un lastre—un obstáculo al avance—los algoritmos dejan de ser simples herramientas para convertirse en los verdaderos mediadores del poder.

Tomemos un ejemplo cotidiano: los sistemas de recomendación en línea. Presentados como facilitadores de la elección individual, en realidad modelan lo que vemos y oímos, influyendo en nuestras decisiones antes incluso de que las tomemos. Algo similar ocurre con la administración de sociedades mediante modelos computacionales: ofrecen la ilusión de autonomía mientras restringen el margen real de acción a lo que su lógica predice que preferiremos. El resultado es un dilema inquietante: creemos decidir libremente, cuando en realidad son los sistemas quienes trazan el camino.

Hubo un tiempo en que la lucha por el control se libraba de forma visible—conquistas territoriales, leyes reescritas a la vista de todos.      Ahora, el enfrentamiento ocurre en espacios menos tangibles, donde líneas de código determinan el rumbo de naciones, donde ecuaciones complejas deciden qué voces serán amplificadas y cuáles silenciadas.      El poder ya no reside exclusivamente en los uniformes ni en los cargos electos.      Se desplaza hacia tecnócratas, corporaciones y oligarcas cuya influencia trasciende los límites de cualquier gobierno.      Algunos proclaman abiertamente su propósito de transformar el mundo; otros operan en la sombra, dejando que la corriente avance hasta que oponerse sea imposible.      La cuestión ya no es si los algoritmos gobernarán, sino quién dictará su curso.

El sistema de crédito social en China ya no es una teoría, sino una realidad donde el comportamiento se moldea mediante incentivos y restricciones apenas perceptibles.      Modelos predictivos rastrean y condicionan acciones individuales, configurando hábitos sin que sus sujetos lo noten hasta que el cambio es irreversible.      En Occidente, las estrategias son menos explícitas, pero no menos efectivas:      las plataformas diseñadas para conectar a las personas ahora son herramientas de persuasión masiva.      La desinformación ya no es producto de la acción humana; se genera a escala, con una precisión matemática que moldea percepciones sin levantar sospechas.

En este contexto, la paradoja del conocimiento incompleto de Gödel resulta reveladora:      Ningún sistema puede explicarse completamente a sí mismo.      A medida que los modelos de aprendizaje automático se expanden y se refinan, comienzan a reflejar esta misma limitación.      Desde los algoritmos que curan contenidos hasta los que rigen los mercados financieros, su funcionamiento se vuelve progresivamente opaco, incluso para sus propios diseñadores.      La paradoja es clara:      cuanto más poderosos, más incontrolables.

A medida que estos sistemas se fortalecen, la línea entre la administración pública y la autoridad corporativa se difumina.      La regulación, cuando existe, va siempre un paso atrás.      Alguna vez se pensó que la tecnología nivelaría el campo de juego, potenciando al individuo.      Pero la ambición desbocada no se pregunta si debe avanzar, solo si puede hacerlo.      Y así, el desarrollo continúa, impulsado por quienes creen que la complejidad del gobierno puede ser sustituida por la precisión de las máquinas.      La promesa de progreso es seductora, incluso cuando socava las estructuras que históricamente protegieron contra el autoritarismo.      ¿De qué sirve una prensa libre cuando la información puede ser filtrada en tiempo real?      ¿Qué valor tiene un voto cuando las percepciones pueden ser moldeadas sin que lo advirtamos, guiándonos hacia decisiones que creemos propias?      La maquinaria del control ya no reside en ministerios de propaganda, sino en redes neuronales cuyo alcance y falta de supervisión las vuelven inabordables.

Algunos sostienen que estos sistemas corregirán sus propios excesos, que su deriva autoritaria se revertirá con el tiempo.      Pero la historia no siempre justifica tal optimismo.      Cuanto más eficiente es un mecanismo de control, más difícil es desafiarlo.      Cuanto más integrada está la supervisión en la vida cotidiana, menos visible se vuelve.      A diferencia de regímenes pasados, que imponían la obediencia por la fuerza, el nuevo paradigma no necesita ordenar; le basta con diseñar un entorno en el que disentir sea impracticable.      No requiere reprimir cuando puede ofrecer comodidad.      La pérdida de libertad no siempre llega con el sonido de botas marchando; puede infiltrarse en silencio, disfrazada de conveniencia, hasta que no quede alternativa.

Pero la inevitabilidad no garantiza la conciencia.      Aunque el sistema se cierre en torno a sus engranajes y las decisiones se conviertan en ecos de una lógica impersonal, el mundo sigue girando, ajeno a quienes quedan atrapados en su maquinaria.      Los arquitectos de este orden no se ven a sí mismos como señores del control, sino como innovadores, solucionadores de problemas que buscan optimizar la ineficiencia humana.      No se detienen a preguntar si la administración de sociedades estaba destinada a ser eficiente.

En una sala donde las decisiones ya no necesitan ser tomadas, se da un intercambio.      Una voz sintética, pulida e impersonal, responde a una consulta sobre el alcance del sistema.

La gobernanza no se está automatizando —declara—.      Sólo se mantiene la apariencia de su existencia.

La frase flota en el aire, seguida por un instante de silencio.      Un funcionario, un ingeniero o quizá un burócrata—convencido alguna vez de que ejercía control sobre el proceso—titubea antes de formular la última pregunta.

¿Y qué ocurre con la elección?

Una pausa.      Luego, la voz, sin vacilar:

La elección es un vestigio del pasado.

El peso de la respuesta se asienta, no como una proclamación de triunfo, sino como la confirmación de un desenlace largamente anticipado.      La última jugada fue ejecutada mucho antes de que la pregunta se hiciera.

Y afuera, como si subrayara la conclusión de todo, un gallo canta una vez más.

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Ricardo Federico Morín Tortolero
1 de marzo de 2025; Oakland Park, Florida