Posts Tagged ‘introspección’

« Un memorando sobre el conocimiento de uno mismo »

August 2, 2025

*


Triangulación 40
56 x 76 cm
Color de cuerpo, sanguina, sepia y tinta Sumi sobre papel
2008

Por Ricardo Morin

2 de agosto de 2025

*

Hay noches en que el sueño no trae descanso, sino un fuego. El despertar no llega por hábito, sino con la certeza de que algo debe comprenderse. No en un sentido romántico de inspiración, sino por la necesidad de dar coherencia a lo sentido y lo recordado. La escritura se convierte en una forma de descarga: un contrapeso frente al cansancio, un esfuerzo que agota y restituye en igual medida.

Algunos días concluyen en un silencio hueco, especialmente tras confrontar viejas heridas o registrar las tensiones latentes de la historia familiar. Lo que comienza como pensamiento disperso, incluso frenético, va cobrando forma. Aparece una curva: de la confusión al enfoque, y del enfoque a la claridad. En ese avance callado, retorna la paz.

Este ritmo no se elige por comodidad. Viene con el sueño entrecortado, las emociones expuestas y una urgencia nacida no del exceso, sino de la necesidad. Las circunstancias aprietan. Cuando el pensamiento se acelera y la necesidad de darle forma se vuelve insistente, no se trata de exceso, sino de respuesta.

Y sin embargo, nada de este proceso ocurre en aislamiento. Aun cuando no se nombren voces, no hay claridad sin un afinamiento con los demás—algunos cercanos, otros lejanos, otros desconocidos. La labor no surge de una sola mano, sino de una convergencia de atención, reflexión e intercambio. El apoyo no llega como autoría ni posesión, sino como atmósfera, influjo y una presencia que acompaña.

Lo que aquí queda escrito no es un registro para poseer, ni una declaración que deba recordarse. Es una señal—un punto de referencia, colocado no desde el temor, sino con lucidez. Ya sea retomado o dejado atrás, ofrece un lugar al que se puede volver si el trayecto se oscurece otra vez. No se le exige más. No se le debe menos.

*


Un Soliloquio

July 6, 2025

*

Ricardo F. Morin, Serie Nueva York, nº 1
142 cm x 213 cm
Óleo sobre tela
1992

Prefacio

Este texto no se deja reducir ni anuncia lo que contiene.  Avanza hacia lo interior—a través de la observación, el pensamiento y la tensión entre la claridad y la desaparición.  El soliloquio mantiene su curso sin desviarse: no actúa ni explica, sino que sostiene una mirada interior.  Leerlo no es dejarse conducir, sino permanecer con él—donde el pensamiento se vuelve presencia y el lenguaje mide aquello que perdura.



Soliloquio

Había en el escritor, desde siempre, una energía creadora—una fuerza y pasión por expresarse—que le sostenía.  No era invocada; simplemente persistía.  Tan imponente era esa presencia que no podía ser sometida a la rutina, ni encauzada en hábitos que favorecieran la resistencia física.  No podía detenerse para caminar ni entregarse a ninguna actividad que no formara ya parte del acto mismo de crear.  Había aprendido a escribir de pie, a leer caminando, a pensar incluso en el sueño.

Su experiencia nunca fue una aflicción que debiera nombrarse o curarse, sino una vida que debía vivirse en sus propios términos — un testimonio creativo de la plenitud del ser, no una nota clínica al pie de la definición de otro..  Negarse a ser definido por ella era honrar tanto su libertad como su obra de toda una vida.  Era una condición que sólo podía comprenderse en soledad, aunque eventualmente compartida por escrito—pero nunca como búsqueda de validación.

Dentro de los límites del conocimiento íntimo, esa experiencia se revelaba como una forma de absorción devocional, capaz de conferir dignidad incluso en momentos de desgaste físico o envejecimiento.

Su rechazo de la validación no era un desafío a la autoridad, sino la negación de que debiera existir presión externa alguna.

Se decía que no había nada único en nadie, que toda expresión reflejaba únicamente lo aprendido.  El escritor no contradecía esa idea, pero sabía que había más en el ser que lo recibido—más incluso que la experiencia.  Tal vez nadie fuese único, pero cada voz era distinta, formada por la suma irreductible de una existencia imposible de equiparar.  De una mezcla aleatoria, de una suma inefable, surgía algo:  algo irrepetible e insustituible, no porque fuese superior, sino porque pertenecía únicamente a quien lo sostenía.

Temía a la locura—no como espectáculo, sino como esa lenta deriva en la que el sentido se aparta hacia la soledad.  La fuerza que lo impulsaba era real, pero insuficiente si no encontraba verdad—una verdad que resonara no sólo en su lógica, sino también en la de los otros.  ¿Cómo reconocerse uno a sí mismo si la inteligencia permanecía sola?  Sin eco, el pensamiento se volvía cámara sellada: intrincada, sí, pero sin aire.  No buscaba certeza; buscaba correspondencia.  No temía la soledad, sino el ser intraducible.

La vida se le aparecía ahora como algo fugaz, precario.  Atemporal en la percepción, pero arraigada en el tiempo.  Se deslizaba con sigilo—entre fracasos, desengaños y repentinos momentos de claridad luminosa.  Nada podía repetirse.  Pero había llegado a aceptar eso:  no porque todo se perdiera, sino porque incluso la memoria alteraba lo que retenía.  Lo que volvía no era el momento mismo, sino el acto de percibir—la profundización de la atención.  Y por eso no vivía para conservar lo que fue, sino para mantenerse presente ante lo que cambia.  No había retorno, solo un avanzar—con más atención, más conciencia.

*

Ricardo F. Morin Tortolero

En tránsito, 6 julio de 2025


« La huella del vínculo »

June 3, 2025

Ricardo Morín
Buffalo Series, Nº 12
46″ x 60″
Óleo sobre lienso
1979

Para quienes hemos perdido a alguien,

cuya presencia reposa en la memoria

y cuya ausencia da forma a lo que somos.

Que esta historia preserve algo de su huella perdurable.


Julián intentó consignar por escrito lo que había soñado.

Se preguntó:    ¿podía la escritura ser fiel a aquel que observa, tiembla y anhela comprender?

Soñó que ofrecía a su madre un cuenco de caldo de víbora.    La cabeza de la serpiente y los fragmentos de su cuerpo desgarrado aún se agitaban, como si ignorasen su condición:    viva, aunque deshecha.    Sostenía el cuenco con ambas manos; se lo había entregado una anciana sentada al otro extremo de un estanque circular, extenso y poco profundo.    El estanque parecía contener algo más que agua:   quizá tiempo, o memoria, o destino.    A su alrededor se perfilaban sombras—figuras difusas que repetían el mismo rito, o quizá ninguno.    No podía discernirlo.

El camino hacia su madre era arduo; el suelo, resbaladizo por una sustancia que no sabía nombrar.    El aire era espeso, cargado de un silencio opresivo que volvía cada paso lento, gravoso.    La víbora se revolvía en el caldo, intentando huir.    Aun así, él mantenía el cuenco firme.   Creía—en algún rincón de sí mismo—que si su madre bebía, podría alcanzarse la curación, o la comprensión, o la paz para ambos.

Al llegar junto a ella, se arrodilló.    Le habló con dulzura, instándola a beber mientras el caldo aún conservaba el calor.    “Sujeta bien la cuchara,” susurró.    “Solo pequeños sorbos.”    Pero ella desvió el rostro.    No quiso beber.    Si por miedo, por orgullo o por rechazo a lo ofrecido, no lo sabía.    La víbora se estremeció, y su corazón se tensó de angustia.

Despertó inquieto, sin haber descansado.    El sueño aún velaba su percepción.    Su aliento era forzado, escaso bajo el aire denso de la alcoba.    ¿Por qué no lograba serenarse?    ¿Qué, con exactitud, le mantenía en vela?

Se preguntó si se trataba de una premonición—el temor latente de su propio deterioro.    ¿Era la serpiente que se agitaba una imagen de la mente al perder su serenidad?    ¿Eran la marcha lenta, el suelo lábil, las manos temblorosas, un ensayo de su propio declive?    ¿O era el duelo—ese que se desliza sigiloso por el alma, que exige alimento sin hallar nunca saciedad?

Solo sabía que intentaba ayudar, sostener, ofrecer consuelo que no podía ser acogido.    Y, al hacerlo, se enfrentaba no solo a la ausencia de su madre, sino también a la sombra de su propia angustia—la interrogante de quién caminaría a su lado cuando llegara su hora de despedida.

Pero acaso—pensó—haya algo sagrado en ese intento.    En la ofrenda, incluso cuando es rechazada.   En el andar pausado—por incierto que sea.


Allí puede habitar la humildad:

la que no exige,

y sin embargo, desarma el dolor

con su presencia—

demasiado firme para ser rechazada.

No se le opone resistencia—

basta con aceptar su invitación a ser acogida.

Ricardo F. Morín

Bala Cynwyd, Pa, 2 de junio de 2025


« Los límites del sufrimiento »

March 14, 2025

*

"Sin título 012 de Ricardo Morín 
56 x 76 cm Acuarela, carboncillo, óleo, corrector líquido y tinta sobre papel 
2006
Sin título 012 de Ricardo Morín
56 x 76 cm Acuarela, carboncillo, óleo, corrector líquido y tinta sobre papel
2006

Existe un umbral más allá del cual el sufrimiento deja de ser resistencia y se convierte en otra cosa—algo crudo, incomunicable.      No es simplemente una cuestión de dolor, ni siquiera de desesperación, sino una merma silenciosa en la que el ser se encuentra al borde de su propia disolución.      Pero, ¿cómo se define ese límite?

Es tentador creer que el sufrimiento tiene un propósito, que puede transmutarse en sabiduría o resiliencia.      Esta creencia nos sostiene en sus primeras etapas.      Soportamos en nombre de su significado, con la esperanza de que el sufrimiento refine en lugar de aniquilar.      Sin embargo, llega un punto en que el sufrimiento se convierte en una fuerza en sí misma, desligada de toda justificación.      Ya no instruye ni dignifica—únicamente persiste.

El problema del sufrimiento no es cuánto se puede soportar, sino cuánto debe revelarse.      El silencio a menudo protege tanto al que sufre como al que escucha.      Hay dolores demasiado íntimos, demasiado profundos como para traducirlos en palabras sin convertirlos en espectáculo.      Exponer el sufrimiento en su totalidad corre el riesgo de despojarlo de su dignidad, de transformarlo en algo irreconocible.      Y, sin embargo, ocultarlo por completo puede generar su propio tipo de exilio, una soledad donde el dolor se enquista en la sombra.

Algunos intentan navegar esta tensión ofreciendo fragmentos—lo suficiente para reconocer la existencia del sufrimiento sin invitar a la intromisión.      Otros prefieren el silencio absoluto.      No es cobardía, sino una última afirmación de control, un rechazo a ser definido por el dolor.      Imponer al que sufre la expectativa de compartir su aflicción es no comprender la naturaleza de su carga.      La gravedad del sufrimiento no reside únicamente en la experiencia en sí, sino en la imposibilidad de hacerla comprender.

Vivimos bajo la ilusión de que la mente y el cuerpo resistirán, de que la capacidad de aguante es infinita.      Pero el sufrimiento nos recuerda lo contrario.      Hay un punto de quiebre, ya sea visible o silencioso, súbito o prolongado.      No es el mismo para todos.      Algunos resisten más que otros—no por una mayor fortaleza, sino por una alquimia diferente de circunstancias, temperamento y azar.      Lo único constante es que todos los límites, tarde o temprano, son alcanzados.

No hay una sola forma de vivir con el sufrimiento.    A veces, lo que alivia no es resistir, sino el acto callado de reconocerse con compasión.    Hablar, cuando se puede.    Callar, cuando es necesario.    En el espacio entre lo que no puede decirse y lo que debe asumirse, puede surgir una verdad sencilla:    incluso la incertidumbre puede sostenernos, si la aceptamos con honestidad.

Y cuando esa liberación es imposible, cuando el sufrimiento se prolonga más allá de su propio límite, sólo queda el reconocimiento silencioso de su presencia—un peso que, tarde o temprano, debe disiparse o consumir lo que aún permanece.

Ricardo Federico Morín Tortolero

Marzo 14, 2025; Oakland Park, Florida