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« BALUARTE »  

January 25, 2026

 


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Ricardo Morín
Baluarte
Anteriormente titulada Buffalo Series, Nº 3  Óleo sobre lino, 60 × 88 pulgadas
1980
Exhibida: Hallwalls Contemporary Arts Center, Buffalo, Nueva York, mayo de 1980.
Destruida mientras se encontraba bajo custodia de terceros y existente únicamente como registro archivístico digital.  

 

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Ricardo F. Morín.

23 de diciembre de 2025.

Kissimmee, Florida.

 

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No llegué a conocer las fronteras que más tarde gobernarían mi escritura a través de la instrucción ni de la doctrina, sino por una observación hecha incidentalmente por mi padre cuando yo era todavía un niño.   Él afirmó, sin vacilación ni desarrollo ulterior, que no podía imaginar su existencia bajo un sistema político que amenazara la libertad individual y la autonomía privada, y que la vida bajo tales condiciones dejaría de ser una vida que pudiera habitar.   La formulación era extrema, pero incluso entonces resultaba evidente que no estaba concebida como propuesta, amenaza ni puesta en escena.   Funcionaba, más bien, como un límite:   una indicación de hasta dónde la supervivencia, una vez despojada de dignidad, dejaría de merecer el nombre de vida.

 

La fuerza de aquella afirmación no residía en su contenido literal, sino en la claridad con la que establecía un límite.  Las expresiones extremas suelen atraer atención por exceso, pero esta operaba de otro modo.   No buscaba reacción ni adhesión.   Cerraba una puerta.   Lo que se marcó fue el punto en el que el juicio dejó de ser negociable, no porque el compromiso se volviera difícil, sino porque la continuidad misma perdió coherencia.   Lo que se marcaba no era expresión, sino diagnóstico.   Identificaba un umbral más allá del cual resistir equivaldría a consentir la propia negación.

 

Esa distinción —entre vivir y simplemente persistir— tardaría años en adquirir todo su peso.   Es posible seguir con vida y, sin embargo, dejar de habitar las condiciones bajo las cuales la acción, la responsabilidad y la elección siguen siendo inteligibles.   El cuerpo perdura; los términos de la autoría no.   Lo que se cede en tales casos no es comodidad ni ventaja, sino la autoría de la propia conducta:  la capacidad de seguir siendo el origen responsable de los propios actos.

 

Solo más tarde la ironía histórica otorgó a aquel recuerdo de infancia un marco más amplio.   Mi padre murió un año antes de que Venezuela ingresara en un orden político prolongado que normalizó la humillación cívica y desplazó la responsabilidad individual.   Esta coincidencia no confiere previsión ni vindicación.   Simplemente subraya la naturaleza del límite que él había articulado.   No pretendió anticipar desenlaces ni arrogarse una comprensión superior.   Identificó una condición que no estaba dispuesto a habitar, con independencia de cuán común, administrativamente justificada o socialmente impuesta llegara a volverse.

 

Lo que se transmitió a través de aquella afirmación no fue una ideología, ni siquiera una posición política, sino una negativa.   Fue la negativa a tratar la dignidad como contingente, y la negativa a aceptar la adaptación como intrínsecamente neutral.   Tales negativas no son dramáticas.   No se anuncian como virtudes.   Operan en silencio, delimitando lo que uno no hará, lo que uno no dirá, y lo que no permitirá que atraviese sus actos a cambio de continuidad, seguridad o aprobación.  

 

Escribir, he llegado a entender, no está exento de las restricciones que gobiernan la acción.   La forma simbólica no suspende la responsabilidad.   El lenguaje actúa.   Enmarca posibilidades, distribuye responsabilidades y habilita ciertas respuestas mientras clausura otras.   Escribir sin atender a lo que las propias palabras habilitan es tratar la expresión y la conducta, como si pertenecieran a órdenes distintos.   No lo hacen.   El mismo límite que rige la acción rige el lenguaje:   no se deben habitar formas que exijan el abandono habitual de la autonomía.

 

La responsabilidad autoral no implica exhibición moral ni representación de la virtud.   La responsabilidad en la escritura no consiste en adoptar la postura correcta ni en alinearse con conclusiones aprobadas.   Consiste en rechazar métodos que sustituyen la claridad por la coerción, la humillación o la presión retórica.   Exige atención no solo a lo que se afirma, sino a lo que se permite continuar mediante el tono, la implicación y la omisión.   La precisión aquí no es una preferencia estilística; es una disciplina moral.

 

La contención,  en este sentido, no es pasividad sino un método de autoría.  Es una forma de interrupción en la circulación de aquello que uno no consiente trasmitir.  Negarse a amplificar lo que uno no consiente transmitir es un acto de selección y un ejercicio de agencia.  En un entorno donde el exceso,  la indignación y la urgencia reactiva suelen confundirse con seriedad,  la contención se convierte en un modo de preservar la autoría sobre la propia participación.  La contención limita el alcance,  pero conserva la coherencia entre lo que se dice y lo que se vive.  

 

Tal contención inevitablemente tiene un costo.  La urgencia es más que velocidad; es la condición bajo la cual la reflexión misma comienza a aparecer como una desventaja.  La reflexión sirve como una salvaguarda procedimental de la agencia y de la autoría —y con ellas, de la responsabilidad ética— incluso cuando las circunstancias no pueden gobernarse y uno se ve obligado a elegir dentro de la restricción.  La contención resiste la urgencia,  estrecha el alcance y renuncia a ciertas formas de reconocimiento.  Estas pérdidas no son accidentales;  son constitutivas.  Aceptar todos los registros o plataformas disponibles en nombre de la relevancia equivale a tratar la supervivencia como el bien supremo.  El límite articulado tiempo atrás indica lo contrario:  que existen condiciones bajo las cuales la continuidad exige un precio demasiado alto.  

 

La responsabilidad autoral, entonces, no es una cuestión de expresión sino de alineación entre lenguaje y acción.  Se pregunta si el lenguaje que uno emplea habita el mismo terreno ético que la propia conducta.  Pregunta si las formas que uno adopta exigen concesiones que uno rechazaría en la acción.  La obligación no es persuadir ni prevalecer, sino permanecer responsable ante los límites que uno ha reconocido.

 

Lo que permanece no es una doctrina sino una postura:  una postura que se mantiene sin dramatización,  sin escapatoria y sin concesión a formas que prometen continuidad a costa de la dignidad.  Esta postura no se anuncia como resistencia ni busca exención de las consecuencias.  Se mantiene firme sin apelación.  Al hacerlo,  afirma que la autoría —como la autonomía— comienza allí donde ciertas límites dejan de cruzarse.   


Lo que queda sin abordar es la condición más frágil que subyace a la autoría misma:  la forma en que el pensamiento precede a la agencia y, en ocasiones, recoloca al autor antes de que pueda asumirse una postura.  

 

El recuerdo de mi padre aparece como un blanco móvil —no una idea que se desliza fuera de control, sino un estándar que se desplaza bajo mis pies mientras yo aún avanzaba.  No lo invité en el sentido de una intención o de un plan.  Tampoco lo resistí.  Noté que se movía antes de poder decidir qué exigía.  

 

Esa experiencia resulta inquietante porque viola una suposición reconfortante:  que el pensamiento es algo que desplegamos, y no algo que nos recoloca en relación con lo que enfrentamos.  

 

La incertidumbre acerca de si lo había invitado es en sí misma una señal de que no estaba instrumentalizando mi pensamiento.  Cuando el pensamiento es convocado como herramienta, permanece fijo.  Cuando emerge en respuesta a algo que importa, se mueve, porque se ajusta a la realidad en lugar de organizarla.  Ese movimiento solo se experimenta como una pérdida de control si la autoría se entiende como dominio más que como capacidad de respuesta.  

 

Acepté la incomodidad de no saber si había convocado aquello que ahora reclamaba atención.  Esto era resistencia en movimiento, no parálisis del juicio.  La pregunta surge únicamente cuando el pensamiento sigue lo bastante vivo como para ser desplazado.  

 

El blanco se movía porque estaba ligado al terreno de la percepción, no al yo que percibía.

 


« El Algoritmo del Gallo »

March 1, 2025

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“Rooster’s Crow” [2003] de Ricardo F. Morín.
Acuarela sobre papel, 99 cm de alto x 65 cm de ancho.

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Introducción

Al despuntar el alba, el canto del gallo rasga el silencio—agudo e insistente—arrastrando a todo aquel que lo oye a la conciencia de un nuevo día.

En la pintura Rooster’s Crow, los colores giran en una confluencia de rojos y grises, capturando al ave no como un sereno heraldo del amanecer, sino como un símbolo de agitación.      Su forma retorcida, sus plumas dispersas y sus líneas fracturadas reflejan una corriente de cambio más profunda—un choque de fuerzas, caótico e inevitable.      La imagen sugiere el flujo incesante del tiempo y el peso de las transformaciones que siempre lo acompañan.

En esta narrativa en evolución, la fragmentación del canto del gallo refleja la expansión de la Inteligencia Artificial.      Antes, su grito anunciaba la llegada del día; ahora, resuena en una transformación más compleja—un equilibrio cambiante entre los ritmos de la naturaleza y la creciente influencia de los sistemas tecnológicos.      La silueta del gallo, fracturada en su estela, se convierte en un reflejo de las tensiones entre la agencia humana y el auge de fuerzas que, aunque diseñadas por nosotros, pueden escapar a nuestra plena comprensión.      Aquí, la Inteligencia Artificial actúa tanto como agente de cambio como posible arquitecta de un futuro que ni podemos prever ni controlar.

« El Algoritmo del Gallo »


Un gallo no canta para advertir ni para invitar; su llamado es sólo el sonido de la inevitabilidad, crudo y urgente, ajeno a la respuesta de quienes lo escuchan.      No ordena el amanecer ni espera permiso—simplemente anuncia lo que ya ha comenzado.

En la dinámica cambiante de la ambición y el poder, la tecnología ha asumido un papel similar.      Modelada por la intención humana, avanza bajo la guía de quienes la programan, su influencia determinada por las prioridades de sus arquitectos.      Para algunos, representa el umbral de un progreso sin precedentes, una vía para superar las limitaciones humanas; para otros, encarna una nueva forma de dominio, un instrumento que redefine la administración de sociedades de maneras antes impensables.      Se ensalza su eficiencia como virtud, prometiendo simplificar la gestión, eliminar fricciones y suprimir la imprevisibilidad de la deliberación humana.      Pero una máquina no negocia ni disiente.      Y en manos de quienes ven la democracia como un lastre—un obstáculo al avance—los algoritmos dejan de ser simples herramientas para convertirse en los verdaderos mediadores del poder.

Tomemos un ejemplo cotidiano: los sistemas de recomendación en línea. Presentados como facilitadores de la elección individual, en realidad modelan lo que vemos y oímos, influyendo en nuestras decisiones antes incluso de que las tomemos. Algo similar ocurre con la administración de sociedades mediante modelos computacionales: ofrecen la ilusión de autonomía mientras restringen el margen real de acción a lo que su lógica predice que preferiremos. El resultado es un dilema inquietante: creemos decidir libremente, cuando en realidad son los sistemas quienes trazan el camino.

Hubo un tiempo en que la lucha por el control se libraba de forma visible—conquistas territoriales, leyes reescritas a la vista de todos.      Ahora, el enfrentamiento ocurre en espacios menos tangibles, donde líneas de código determinan el rumbo de naciones, donde ecuaciones complejas deciden qué voces serán amplificadas y cuáles silenciadas.      El poder ya no reside exclusivamente en los uniformes ni en los cargos electos.      Se desplaza hacia tecnócratas, corporaciones y oligarcas cuya influencia trasciende los límites de cualquier gobierno.      Algunos proclaman abiertamente su propósito de transformar el mundo; otros operan en la sombra, dejando que la corriente avance hasta que oponerse sea imposible.      La cuestión ya no es si los algoritmos gobernarán, sino quién dictará su curso.

El sistema de crédito social en China ya no es una teoría, sino una realidad donde el comportamiento se moldea mediante incentivos y restricciones apenas perceptibles.      Modelos predictivos rastrean y condicionan acciones individuales, configurando hábitos sin que sus sujetos lo noten hasta que el cambio es irreversible.      En Occidente, las estrategias son menos explícitas, pero no menos efectivas:      las plataformas diseñadas para conectar a las personas ahora son herramientas de persuasión masiva.      La desinformación ya no es producto de la acción humana; se genera a escala, con una precisión matemática que moldea percepciones sin levantar sospechas.

En este contexto, la paradoja del conocimiento incompleto de Gödel resulta reveladora:      Ningún sistema puede explicarse completamente a sí mismo.      A medida que los modelos de aprendizaje automático se expanden y se refinan, comienzan a reflejar esta misma limitación.      Desde los algoritmos que curan contenidos hasta los que rigen los mercados financieros, su funcionamiento se vuelve progresivamente opaco, incluso para sus propios diseñadores.      La paradoja es clara:      cuanto más poderosos, más incontrolables.

A medida que estos sistemas se fortalecen, la línea entre la administración pública y la autoridad corporativa se difumina.      La regulación, cuando existe, va siempre un paso atrás.      Alguna vez se pensó que la tecnología nivelaría el campo de juego, potenciando al individuo.      Pero la ambición desbocada no se pregunta si debe avanzar, solo si puede hacerlo.      Y así, el desarrollo continúa, impulsado por quienes creen que la complejidad del gobierno puede ser sustituida por la precisión de las máquinas.      La promesa de progreso es seductora, incluso cuando socava las estructuras que históricamente protegieron contra el autoritarismo.      ¿De qué sirve una prensa libre cuando la información puede ser filtrada en tiempo real?      ¿Qué valor tiene un voto cuando las percepciones pueden ser moldeadas sin que lo advirtamos, guiándonos hacia decisiones que creemos propias?      La maquinaria del control ya no reside en ministerios de propaganda, sino en redes neuronales cuyo alcance y falta de supervisión las vuelven inabordables.

Algunos sostienen que estos sistemas corregirán sus propios excesos, que su deriva autoritaria se revertirá con el tiempo.      Pero la historia no siempre justifica tal optimismo.      Cuanto más eficiente es un mecanismo de control, más difícil es desafiarlo.      Cuanto más integrada está la supervisión en la vida cotidiana, menos visible se vuelve.      A diferencia de regímenes pasados, que imponían la obediencia por la fuerza, el nuevo paradigma no necesita ordenar; le basta con diseñar un entorno en el que disentir sea impracticable.      No requiere reprimir cuando puede ofrecer comodidad.      La pérdida de libertad no siempre llega con el sonido de botas marchando; puede infiltrarse en silencio, disfrazada de conveniencia, hasta que no quede alternativa.

Pero la inevitabilidad no garantiza la conciencia.      Aunque el sistema se cierre en torno a sus engranajes y las decisiones se conviertan en ecos de una lógica impersonal, el mundo sigue girando, ajeno a quienes quedan atrapados en su maquinaria.      Los arquitectos de este orden no se ven a sí mismos como señores del control, sino como innovadores, solucionadores de problemas que buscan optimizar la ineficiencia humana.      No se detienen a preguntar si la administración de sociedades estaba destinada a ser eficiente.

En una sala donde las decisiones ya no necesitan ser tomadas, se da un intercambio.      Una voz sintética, pulida e impersonal, responde a una consulta sobre el alcance del sistema.

La gobernanza no se está automatizando —declara—.      Sólo se mantiene la apariencia de su existencia.

La frase flota en el aire, seguida por un instante de silencio.      Un funcionario, un ingeniero o quizá un burócrata—convencido alguna vez de que ejercía control sobre el proceso—titubea antes de formular la última pregunta.

¿Y qué ocurre con la elección?

Una pausa.      Luego, la voz, sin vacilar:

La elección es un vestigio del pasado.

El peso de la respuesta se asienta, no como una proclamación de triunfo, sino como la confirmación de un desenlace largamente anticipado.      La última jugada fue ejecutada mucho antes de que la pregunta se hiciera.

Y afuera, como si subrayara la conclusión de todo, un gallo canta una vez más.

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Ricardo Federico Morín Tortolero
1 de marzo de 2025; Oakland Park, Florida