Archive for September, 2025

El mito de la ruptura

September 30, 2025

La continuidad como condición habilitante del cambio


Ricardo F. Morín
El mito de la ruptura
Acuarela, creyón de óleo, pluma sharpie negro y gesso sobre papel
10”x12”
2003

Ricardo Morin — 30 de septiembre de 2025; Bala Cynwyd, Pensilvania

Nada humano comienza desde la nada. Las instituciones, las lenguas, los sistemas de creencias y las obras de arte surgen siempre de aquello que las precede. Crear no significa rechazar la herencia, sino transformarla. Todo acto de creación se nutre de una percepción, una memoria y una experiencia acumuladas. Esta idea resulta crucial para comprender la cultura contemporánea, en la que las proclamaciones de un cambio sin precedentes suelen ocultar profundas continuidades bajo la superficie de la novedad. Los seres humanos, sujetos a la temporalidad, no pueden desprenderse de lo que ha sido; sólo pueden reorganizar y reinterpretar los materiales que ya tienen a su alcance.

La noción de invención suele describirse como una ruptura con el pasado, un salto hacia lo desconocido. Sin embargo, incluso las transformaciones más radicales están modeladas por lo que vino antes. Los ideales de la democracia moderna, por ejemplo, no surgieron espontáneamente. Se construyeron sobre ideas clásicas griegas de ciudadanía entendida como responsabilidad cívica compartida, arraigada en la isonomia —la igualdad ante la ley— y en la convicción de que la autoridad legítima emana de la deliberación y participación de los ciudadanos libres. También se inspiraron profundamente en concepciones romanas del derecho como un orden universal y racional capaz de unir a diversos pueblos en un marco político común, así como en el principio de res publica, que concebía al Estado como una entidad pública orientada al bien común y no a la voluntad de un solo gobernante. Estas ideas fundacionales, adaptadas y reinterpretadas a lo largo de los siglos, proporcionaron la arquitectura intelectual sobre la cual se erigieron las instituciones democráticas modernas. La percepción enmarca la invención: proporciona el vocabulario, los supuestos y las herramientas conceptuales que hacen posible las nuevas ideas. Aquello que parece completamente nuevo aún lleva la huella de aquello que trató de superar. Un examen más detallado revela que los productos de la creatividad no son actos aislados de originalidad, sino reconfiguraciones de estructuras preexistentes. La evolución, más que la aparición espontánea, gobierna la manera en que las ideas, las instituciones y las culturas toman forma.

La memoria sustenta este proceso. No es un registro pasivo de acontecimientos, sino un medio activo a través del cual se conciben posibilidades y las acciones adquieren sentido. La imaginación obtiene su material de la memoria: lo combina y lo reorienta hacia condiciones aún no realizadas. Esto se manifiesta de forma particularmente clara en la idea de libertad, un concepto que resiste definiciones simples pero que desde la antigüedad ha tenido dos significados complementarios. El primero, articulado con mayor claridad en la tradición clásica griega, concibe la libertad como eleutheria: la condición de vivir sin dominación ni restricción externa, un estado en el que los individuos no están sujetos a un poder arbitrario. El segundo, enraizado en la tradición jurídica y cívica romana, entiende la libertad como libertas (del Latín): la capacidad de participar activamente en el gobierno de la comunidad política y de dar forma a sus leyes e instituciones. Ambos significados revelan hasta qué punto la libertad depende de precedentes históricos: requiere un lenguaje que articule sus demandas, instituciones que garanticen su ejercicio y una memoria colectiva que enmarque su significado. Lejos de existir al margen de lo que ha sido, la libertad está modelada y posibilitada por lo que ya ha sido concebido, debatido y puesto en práctica. La experiencia previa proporciona las referencias y alternativas frente a las cuales las decisiones adquieren significado. Sin ese reservorio de conocimiento, la novedad carecería de coherencia y dirección, y el ejercicio de la libertad se reduciría a un impulso arbitrario. Los seres humanos no inventan en el vacío: trabajan dentro de la continuidad del tiempo y adaptan lo vivido y aprendido en formas adecuadas a lo que está por venir.

Esta misma dinámica define la formación de la identidad. El yo no es un acto aislado de invención, sino una negociación continua con lo que se ha recibido. La propia idea del yo ha evolucionado a lo largo de la historia: en la filosofía clásica, a menudo se concebía como psyche, una esencia interior modelada por la razón y la virtud, inserta en un orden cósmico mayor. El pensamiento cristiano reinterpretó esta concepción mediante la noción del alma como portadora única de responsabilidad moral, orientada a la salvación y definida por su relación con Dios. Posteriormente, pensadores de la temprana modernidad, como John Locke, transformaron esta herencia al fundamentar la identidad personal en la memoria y la conciencia —una concepción que influiría en las ideas modernas de autonomía individual. Incluso el impulso por definirse en oposición al pasado depende de categorías heredadas de él. La identidad, por tanto, no es estática ni completamente autogenerada; es un proceso de reinterpretación mediante el cual el individuo sitúa lo dado en relación con lo elegido. Los seres humanos existen en la tensión entre herencia y aspiración, entre el peso de la memoria y el deseo de renovación. Esa tensión no es un obstáculo para la autenticidad, sino su condición, pues sin el marco que proporciona el pasado no habría nada de lo que apartarse. Continuidad y cambio no son fuerzas opuestas. Sin continuidad, no hay base sobre la cual llegar a ser. Sin cambio, la continuidad se endurece en mera repetición. El acto de convertirse depende de la dinámica entre ambas.

Desde esta perspectiva, la condición humana se define menos por la invención pura que por la capacidad de transformar. Lo que se denomina “nuevo” es lo familiar reorganizado con nuevas intenciones, lo establecido redirigido hacia nuevos fines. Reconocer esto no disminuye la creatividad: aclara su naturaleza. Los logros más significativos de la humanidad —en la política, el arte, la ciencia y el pensamiento— no son fugas del pasado. Son reinterpretaciones deliberadas de lo que ha sido, moldeadas para responder a nuevas preguntas y enfrentar nuevas circunstancias. En la ciencia, los cambios de paradigma, a menudo descritos como revoluciones, siguen este patrón. La teoría de la relatividad de Einstein no eliminó la mecánica newtoniana; incorporó y amplió sus principios; una revisión que reveló sus límites al tiempo que preservó su utilidad dentro de una comprensión más amplia del espacio, el tiempo y el movimiento. Este mismo principio rige la innovación artística. El renacimiento de las formas clásicas durante el Renacimiento no se limitó a reproducir la Antigüedad; reinterpretó sus lenguajes visuales antiguos para expresar las preocupaciones espirituales y humanistas de una nueva era. La evolución de la comunicación digital y de la inteligencia artificial refleja una continuidad comparable. Internet no sustituyó la interacción humana; amplió su alcance y escala, una transformación que cambió la forma en que el lenguaje circula, la manera en que se archiva la memoria y el modo en que se forma el conocimiento colectivo. Del mismo modo, la inteligencia artificial —a menudo presentada como autónoma o sin precedentes— se basa en siglos de desarrollos lingüísticos, matemáticos y conceptuales. Estos sistemas amplían, más que reemplazan, la herencia cognitiva de la que provienen. El futuro se construye así: no en el rechazo del pasado, sino en su interacción continua con él.

La resistencia a esta comprensión persiste allí donde se niega la idea de evolución. Tal resistencia rara vez es sólo una cuestión de evidencia. Refleja un deseo de permanencia —de un origen intocado por el cambio y de una verdad que se mantenga al margen del tiempo. Ofrece certeza donde el proceso no la permite y promete estabilidad en lugar de adaptación. Sin embargo, incluso esta resistencia está moldeada por las fuerzas que pretende eludir. Las lenguas evolucionan, las creencias se ajustan y las tradiciones se adaptan, incluso cuando proclaman su inmutabilidad. Quienes defienden lo inmutable lo hacen con conceptos y argumentos que ellos mismos han sido formados por el cambio histórico. Las doctrinas que reclaman autoridad intemporal —como la concepción medieval de la soberanía divina, utilizada en su momento para legitimar las monarquías y luego transformada en el principio de soberanía popular en los sistemas constitucionales modernos— revelan esta dependencia: persisten no permaneciendo inalteradas, sino siendo reinterpretadas continuamente para responder a nuevos contextos. El contraste, por tanto, no es entre evolución y su ausencia, sino entre reconocimiento y negación. La realidad permanece: la existencia se despliega a través de la transformación, y la humanidad, consciente o no, participa en ese despliegue —una verdad con profundas implicaciones para la manera en que las sociedades recuerdan su pasado, configuran su presente e imaginan su futuro.


Lecturas recomendadas:


• Arendt, Hannah: Entre el pasado y el futuro: ocho ejercicios sobre el pensamiento político. Nueva York: Viking Press, 1961.


• Kuhn, Thomas S.: La estructura de las revoluciones científicas. Chicago: University of Chicago Press, 1962.


• MacIntyre, Alasdair: Tras la virtud: un estudio sobre la teoría moral. Notre Dame, IN: University of Notre Dame Press, 1981.


• Floridi, Luciano: La filosofía de la información. Oxford: Oxford University Press, 2011.


• Koselleck, Reinhart: Futuros pasados: sobre la semántica del tiempo histórico. Trad. Keith Tribe. Nueva York: Columbia University Press, 2004.


« Ritual: Una filosofía de la necesidad »

September 20, 2025

*

Ricardo Morín
Serie Nueva York, Nº 5: Ritual
137 × 213 cm
Óleo sobre lienzo
1992

Prefacio

Este ensayo busca definir los rituales sin recurrir a metáforas, abstracciones ni juicios morales.   El método comienza con la etimología, sigue con su fundamento biológico y continúa con la extensión del ritual en la conducta humana.   El ritual se entiende como repetición con forma, llevada a cabo por necesidad para contener fuerzas incontrolables por mandato o intención.

El análisis distinguirá el ritual de la creencia y de la superstición.    La creencia atribuye poder más allá de la función inmediata.    La superstición surge cuando la creencia asigna causalidad donde no existe.    El ritual no es una creencia, sino únicamente un procedimiento.   Su función es regular la vida mediante la repetición ordenada.

Los capítulos que siguen abordan los principales ámbitos en los que opera el ritual.    En la sexualidad, el ritual previene la desestabilización al dar al deseo una forma por la que puede moverse sin derrumbarse.    En la desconfianza, la amistad, la enemistad y el amor, el ritual contiene estados que resisten el control y los hace habitables.    En el gobierno, el ritual mantiene las diferencias ideológicas dentro de límites que preservan la continuidad de la comunidad.

El ritual es necesario para la existencia.   No elimina el instinto, la emoción ni el conflicto.   Les da forma y permite que la vida continúe sin desintegrarse.    Esta necesidad no es externa, sino generada por la propia vida.   Donde las fuerzas exceden el control, el ritual provee orden.

Ricardo Morín. 12 de septiembre de 2025, Bala Cynwyd, Pa.

I

La palabra ritual proviene del latín ritus (acto prescrito realizado de manera ordenada).   Su esencia es la repetición.   Hablar de ritual no es hablar de tradición o de abstracción, sino de una necesidad llevada a cabo por un anhelo primordial.

La base biológica del ritual es clara.    En muchas especies, los impulsos instintivos conflictivos se contienen mediante acciones repetidas que reducen la incertidumbre.   Los pájaros realizan danzas antes de aparearse.   Los lobos muestran sumisión para evitar el ataque.    Los primates se acicalan unos a otros para aliviar la tensión.    Estas acciones no alteran el mundo externo.    No aseguran el apareamiento, ni previenen el peligro, ni eliminan la agresión.   Funcionan regulando la conducta de manera que se evita la desestabilización.   Surgen por necesidad:   sin el ritual, la reproducción, la supervivencia o la cohesión quedarían en riesgo.

La conducta humana prolonga este principio biológico.    El apretón de manos es un acto repetido que señala la no agresión entre desconocidos.   Un funeral ordena el duelo en secuencias y permite a los deudos soportar la pérdida.    Una comida compartida afirma la cooperación y reduce la posibilidad de conflicto.    Ninguna de estas acciones es eficaz por una creencia en la causalidad.   Son eficaces porque son producto de la repetición y del reconocimiento dentro del grupo.   Son necesarias porque, sin ellas, la desconfianza, el duelo o la rivalidad permanecerían sin contención.

El instinto y la emoción generan fuerzas que no pueden controlarse plenamente por mandato o intención.   La repetición les da forma sin eliminarlas. Aquí radica la necesidad: la vida produce fuerzas que exceden el control, y el ritual provee el procedimiento para llevarlas sin colapso.    Sobre este fundamento descansa toda indagación posterior.

II

La creencia comienza donde un acto o un acontecimiento se considera portador de un poder más allá de su función inmediata.   Creer es atribuir un significado no evidente en el acto mismo.    La creencia orienta, pero también crea vulnerabilidad.

De la creencia crece la superstición.   La superstición ocurre cuando un gesto, una señal o un accidente se toma como determinante de buena o mala suerte.   Se dice que romper un vidrio trae desgracia.    Se dice que un número trae fortuna.    El acto o la señal reciben un poder que no poseen.   La superstición es la creencia desviada.    Se apoya en la convicción de que fuerzas ocultas gobiernan los acontecimientos externos y que se vuelven accesibles por medio de signos y gestos.

El ritual no depende de la creencia de que un acto pueda cambiar el destino o invocar un poder oculto.   Su eficacia no descansa en lo imaginado, sino en lo realizado.    Un apretón de manos evita la desconfianza porque se basa en la repetición y el reconocimiento, no en su magia.   Un funeral provee una secuencia ordenada y permite el duelo, pero no altera la muerte.   Una comida compartida asegura cooperación por su mutua realización, no porque invoque la suerte.

La distinción es exacta.   Si el ritual es la forma, el deseo es la corriente que se mueve en ella.   Las tradiciones religiosas han presentado el deseo como déficit, desorden o tentación que debe reprimirse.   Pero el deseo no es déficit ni desorden; es vitalidad misma:    una energía que presiona hacia la expresión.    El ritual no restringe esta fuerza; la restricción pertenece al miedo y al sufrimiento.   El ritual contiene el deseo y mantiene su exceso dentro de los límites de la resistencia y la necesidad.   El ayuno, por ejemplo, no suprime el hambre, sino que la sostiene en ritmo; convierte el apetito en medida y no en castigo.    Por el contrario, una prohibición que niega la legitimidad del deseo transforma la vitalidad en ansiedad.   De este modo, el ritual y el deseo no se oponen, sino que son interdependientes: el primero es el cauce, el segundo la corriente.

III

El impulso sexual es omnipresente en la vida humana.   Sin forma, desestabiliza tanto al individuo como a la comunidad.   Su poder reside en la persistencia.   El mandato no puede suprimir el deseo.   El deseo presiona hacia la expresión.    Toda cultura ha desarrollado rituales para contenerlo y regularlo.

Sin embargo, la base del ritual sexual no es la represión sino la repetición.   El sustento primigenio marca desde el nacimiento la condición humana:   en la lactancia, ese sustento consiste en ser alimentado, sostenido y mantenido por el cuerpo de otro.    En ese estado original, la intimidad asegura la supervivencia.    Más tarde, el deseo repite esa estructura.   La búsqueda de unión es a la vez un retorno a aquella primera condición de dependencia y una transformación de ella en adultez.   El ritual sexual prolonga esa primera experiencia:    lleva dentro de sí la huella de la lactancia.    No es cuestión de vergüenza ni de juicio, sino de continuidad.

El cortejo es el modelo.    Los gestos repetidos marcan el acercamiento a la intimidad.   Las ceremonias (palabras, regalos, danzas) estructuran el encuentro.   El deseo no se elimina, sino que da forma a la sexualidad y le permite avanzar sin conflicto inmediato.    El matrimonio prolonga el proceso y establece reglas para su ejercicio en un marco reconocible.   El ritual transforma una fuerza disruptiva en una relación que puede sostenerse en orden.

Diversos ejemplos culturales muestran la variedad de este proceso.   En Japón, las ceremonias del té y las visitas formales estructuraron las primeras etapas de la negociación matrimonial.   En la Inglaterra victoriana, la presencia de acompañantes cumplía una función de vigilancia y marcaba límites en el cortejo.    Entre los navajos de Norteamérica, la ceremonia Kinaaldá marca la transición de la niña a la mujer y vincula el deseo individual y la fertilidad con la continuidad de la comunidad.   En cada caso, el ritual no extingue el instinto, sino que lo canaliza hacia la vida social.

Cuando el deseo no puede realizarse sin riesgo, las personas recurren a actos repetidos que ofrecen desahogo sin colapso.    Las tradiciones monásticas de diversas culturas desarrollaron rituales de celibato, apoyados en la oración, el ayuno y otras disciplinas, que contienen la fuerza sexual.    En la vida cotidiana, otros recurren a la imaginación (fantasía, sueño o representación artística) y escenifican simbólicamente actos que anhelan pero no pueden llevar a cabo.   Otros más establecen hábitos (ejercicio, meditación o creación artística) que redirigen la energía sexual hacia formas manejables.   El anhelo no desaparece.   Su estructura asegura que el deseo se mueva dentro de parámetros definidos sin volverse abrumador.

La obsesión surge cuando el deseo queda sin resolverse e irrumpe en el pensamiento; se repite sin alivio y amenaza la estabilidad.    El ritual ofrece una forma de contener la obsesión.   Mediante la repetición, reconoce la fuerza y la reconfigura.    No la elimina, pero la delimita.

El ritual en el ámbito de la sexualidad no es opcional sino necesario.    Proporciona una forma allí donde el instinto excedería la medida.

IV

El ser humano no se gobierna sólo por la razón.    Los estados emocionales persisten de modos que resisten el control.   La desconfianza, la amistad, la enemistad y el amor no pueden eliminarse por decreto ni mantenerse sólo con pensamiento.    Cada caso requiere del ritual para asegurar continuidad y encausamiento.

Las palabras solas no borran la sospecha.   La desconfianza es uno de los estados más persistentes.   La sospecha no puede ser borrada por la emoción.   La sospecha permanece y desestabiliza la interacción.   El ritual reduce su alcance.    Un saludo, un juramento o un contrato son actos ceremoniales repetidos en los encuentros; establecen un mínimo terreno sobre el cual puede darse la cooperación.    Estos actos no eliminan la sospecha, pero permiten que la relación prosiga a pesar de ella.

La amistad depende de los sentimientos, pero los sentimientos sin forma se desvanecen.    El ritual da duración a la amistad.   Comidas compartidas, visitas recurrentes, intercambios de favores, entre otros, son actos pautados que afirman una relación.   Por sí solos no crean la amistad, pero sin ellos ésta se debilita.   Los rituales sostienen lo que no puede exigirse:    la persistencia de la confianza y del apego a través del tiempo.

La enemistad no es menos poderosa.   La hostilidad sin límites se intensifica hasta que la destrucción se produce.   Los rituales canalizan la hostilidad en formas acotadas:   un duelo, una competencia, un debate formal—cada uno provee un marco en el que la enemistad puede expresarse sin colapso.    Incluso en la guerra, los tratados funcionan como formas rituales que restringen la violencia a límites reconocibles.    Sin ellos, el conflicto pierde proporción.

El amor en sí mismo es inestable.   Comienza en el impulso y sólo perdura con la repetición.   Gestos diarios, promesas renovadas, aniversarios y actos continuos de ternura le otorgan una forma que lo sostiene.   Estos rituales no garantizan la permanencia, pero dan al amor una estructura dentro de la cual puede perdurar.   Sin estos rituales, el amor se disipa.

En todos estos estados, el ritual cumple la misma función.    Da orden donde la fuerza no puede controlarse directamente.   No elimina la desconfianza, la amistad, la sexualidad, la enemistad ni el amor.   Los hace admisibles.

V

La gobernanza es el ámbito donde las fuerzas humanas se amplifican por la magnitud.    La desconfianza, la enemistad y las lealtades en conflicto aparecen no sólo entre individuos sino entre grupos.    Las diferencias ideológicas no pueden eliminarse; pueden manejarse.   El ritual provee el procedimiento para hacerlo.

Un ejemplo es el procedimiento parlamentario.   El debate, el turno de palabra y la votación son actos repetidos que permiten expresar el conflicto sin que la asamblea se disuelva.   Las formas en sí mismas no crean acuerdo.    Proporcionan límites dentro de los cuales la discrepancia puede persistir.

Las ceremonias cívicas cumplen una función similar.   Inauguraciones, juramentos públicos y conmemoraciones nacionales no cambian en sí mismos las condiciones políticas.    Su repetición afirma la continuidad de la autoridad y confiere reconocimiento a las transiciones de poder.    Los actos son simbólicos sólo en apariencia; su verdadera función es la estabilidad normativa e institucional.

Las elecciones son un caso más directo.   No eliminan la división ideológica.    Proporcionan un método repetido para canalizar el conflicto hacia resultados reconocibles por las partes opuestas.   Sin elecciones, o cuando sus resultados no se reconocen, la división tiende a la ruptura.

El ritual es necesidad.   La gobernanza depende de él.   A través de las especies, el ritual surge de la necesidad de contener fuerzas que exceden el control directo.   La conducta humana continúa este principio.

En la Atenas antigua, la asamblea y el uso del sorteo permitían expresar la oposición sin disolver el orden cívico.   Más tarde, parlamentos y consejos proporcionaron estructuras rituales para la negociación entre monarcas absolutos y súbditos.    En las democracias modernas, constituciones y ciclos electorales mantienen la continuidad repitiendo formas que regulan la transferencia de poder.   Cuando estos rituales fallan, el resultado es previsible.   La gobernanza es un ritual que hace admisibles las diferencias ideológicas.    Sin el ritual, la política se reduce a dominación y resistencia, un ciclo que no puede sostener el orden.

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Bibliografía anotada

  • Arendt, Hannah: On Revolution. New York: Viking, 1963. (Arendt enfatiza el papel de los procedimientos cívicos en el sostenimiento del gobierno; esto fundamenta la afirmación del Capítulo V de que el ritual hace vivible la diferencia ideológica.)
  • Douglas, Mary: Purity and Danger: An Analysis of Concepts of Pollution and Taboo. London: Routledge, 1966. (El trabajo de Douglas sobre los límites rituales informa la discusión del Capítulo IV sobre la desconfianza, la enemistad y la gestión de la inestabilidad mediante actos repetidos.)
  • Durkheim, Émile: The Elementary Forms of Religious Life. New York: Free Press, 1995. (urkheim sostiene que el ritual es la base de la cohesión social, idea reflejada en el Capítulo I, que afirma que los rituales regulan la conducta y previenen la desestabilización.)
  • Freud, Sigmund: Three Essays on the Theory of Sexuality. New York: Basic Books, 2000. (La discusión psicoanalítica de Freud sobre el impulso sexual y la obsesión se corresponde con el tratamiento del Capítulo III sobre rituales privados y la contención del deseo no resuelto.)
  • Geertz, Clifford: The Interpretation of Cultures. New York: Basic Books, 1973. (Geertz considera el ritual como “modelos de” y “modelos para” la realidad; su análisis etnográfico respalda la extensión del ritual de la sexualidad al gobierno en los Capítulos IV y V.)
  • Habermas, Jürgen: Between Facts and Norms: Contributions to a Discourse Theory of Law and Democracy. Cambridge: MIT Press, 1996. (Habermas muestra cómo los procedimientos ritualizados en el discurso y el derecho preservan el gobierno bajo el conflicto, apoyando el tratamiento de este ensayo sobre el debate parlamentario y las elecciones.)
  • Jung, Carl Gustav: Symbols of Transformation. Princeton: Princeton University Press, 1956. (Jung rastrea cómo los impulsos instintivos, especialmente la sexualidad, se ritualizan tanto en la psicología individual como en la cultura colectiva, complementando el Capítulo III.)
  • Turner, Victor: The Ritual Process: Structure and Anti-Structure. Chicago: Aldine, 1969. (El análisis de Turner sobre la liminalidad informa los Capítulos III y IV, donde la sexualidad, la amistad y la enemistad requieren marcos rituales para llevar fuerzas disruptivas sin colapso.)

« Memorias »

September 16, 2025

Nota del autor:

Escritos con años de diferencia, « Intervalos » y « Memorias » reflejan diferentes momentos de ajuste. Cada uno se sostiene por sí solo.

Ricardo Morín, 14 de septiembre del 2016, Nueva York, NY

Somos espejos de las personas en nuestra vida, y a través de ellas nos conocemos a nosotros mismos. Cuando te veo, también me veo a mí mismo. Ser vulnerable es admitir nuestros miedos y limitaciones. Crecer es aceptarlos, y también otras cosas, incluso que nos movemos al ritmo de un universo diverso y caótico. El infinito es vasto y el tiempo cambiante pierde su influencia.

El envejecimiento forma parte del ciclo que nos da nacimiento y muerte. Estas son expresiones de la vida. A cada instante terminamos y comenzamos de nuevo. Renunciamos a nuestras ambiciones para vivir el presente. Nuestra mente se resiste y se aferra a la idea de independencia, de que puede recrearse incluso a sí misma.

Sin embargo, el universo es un todo y nosotros somos parte de él. Somos libres como personas, pero nunca estamos separados de lo que nos rodea. La soledad puede ser inherente a nosotros y la mente puede estar exiliada, pero ninguna barrera nos separa del todo.


« Intervalos »

September 2, 2025

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Portada diseño de Ricardo Morín
Aposento Nº 2: Intervalos
29″ x 36″
Óleo sobre lienzo
1994

Nota del Autor

Intervalos está escrito en una cadencia tensada en el umbral de la vida y la muerte. No se oculta, aunque su lenguaje permanece despojado de explicación. La ambivalencia puede ser ineludible, pero no es la intención. El anonimato de la voz es deliberado, para mantener la atención en lo dicho y no en quién lo dice.

Ricardo Morín, 11 de septiembre de 2025. Bala Cynwyd, Pa.

Intervalos

Para sanarse, solía cubrirse el cuerpo de barro y luego enjuagárselo. Agazapado bajo el sol ardiente, miraba en diagonal desde una esquina hacia el extremo opuesto del patio. De la cuerda de tender colgó un paraguas negro, boca abajo. En él arrojó el último puñado de pócimas. De su derrumbe, pesado, esperaba esquivar su propia muerte.

Cubrió sus libros con una sábana negra; a ciegas sacaba uno por vez y, tras hallar una frase que diera sentido a sus pensamientos, lo devolvía. Esperaba una revelación. Su madre, ya anciana, sacaba otro libro y buscaba una respuesta mejor.

Agotado y sin dormir, se tendió envuelto en una manta roja, de espaldas al espejo. Empapado en lágrimas, yacía deshecho. Escalofríos recorrieron su espalda, como si las entrañas ardieran en fuego.

Despertó con el sonido del agua corriendo. Su madre restregaba las prendas hasta que la tela comenzaba a deshilacharse. Había pintado las paredes de blanco; las puertas dejaron de ser marrones. Un intruso saltó la verja. Luego, con una fuerza que lo sorprendió poseer, arrancó el jardín.

Siguieron noches en vela. No era consciente de sus pómulos hundidos; sólo la mirada de los vecinos lo veía consumirse. Logró volar lejos. Aunque atento a la vida, encontró la decepción.

A su llegada, el hotel llamó a una ambulancia. Tras un vuelo de diez horas, lo asaltó un choque séptico; una enfermera le pidió elegir un destino. Los escalofríos regresaron. Vio morir a muchos, aunque no era su turno. Días después, su carne volvió a la vida.

Con el recuerdo de antiguos lazos, partió de nuevo decepcionado. Cruzó otra distancia y supo cuán frágil era su soledad.

Tú lo rescataste y él a ti. Un puente se levantó desde la nostalgia. Tres años de pasión no remendaron el abismo; él se quitó la vida y tú quedaste.

Un cura romano atendió los clamores de su madre, mientras tergiversaba los de su hijo. Poco sabía el cura que era por su propio designio. El hijo te llamó, a ti, un nuevo amor, para que vinieras. Para amar, para sostener el lazo del momento.


Epílogo

Intervalos descansa sobre nuestra temerosa percepción de la muerte, la soledad, la supervivencia y la fractura (un intervalo es la cadencia del tiempo y su final es el vaciamiento de lo que la conciencia del miedo lleva en sí). Un intervalo no busca consuelo ni resolución; permanece con lo que ocurre, en la intemperie donde la soledad y la fractura revelan la fragilidad de la existencia.