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« La industria de la sospecha: propaganda y manipulación en la era digital latinoamericana »

October 15, 2025

Por Ricardo F. Morín

16 de octubre de 2025

En el paisaje posverdad de los medios latinoamericanos, donde la indignación se ha convertido en moneda corriente, pocas figuras ilustran con tanta nitidez la fusión entre ideología y mercadotecnia como Inna Afinogenova.    Se ha convertido en la voz más reconocible de la sospecha autoritaria en el ámbito hispanohablante.    Desde plataformas como Canal Red Latinoamérica, su discurso forma parte de una vasta red de desinformación que se expande por la región, envuelta en la retórica del pensamiento crítico y de la emancipación popular.    Estas redes —que abarcan Moscú, Teherán, Pekín y varios gobiernos latinoamericanos— siguen un mismo guion: desmantelar la confianza en la democracia liberal, debilitar las instituciones y convertir la duda permanente en un sustituto de la conciencia.    En nombre de la soberanía informativa, sustituyen el debate por el descrédito, el análisis por la sospecha y la verdad por el relato.    Su poder no reside tanto en la falsedad flagrante como en la manipulación emocional que convierte la confusión en convicción.    En este contexto, Afinogenova no se presenta como una comentarista aislada, sino como el emblema de un aparato de propaganda sofisticado, que disfraza la obediencia a las autocracias del siglo XXI bajo el atuendo de la disidencia.

Inna Afinogenova, nacida en Daguestán en 1989, es una periodista rusa que trabajó como subdirectora de RT en Español hasta mayo de 2022.   Renunció alegando su desacuerdo con la guerra en Ucrania y con la imposición de una narrativa bélica de Estado.  Desde entonces ha colaborado con medios de análisis geopolítico y latinoamericano como La Base, producido por el diario español Público, y participa en Canal Red, un proyecto audiovisual dirigido por Pablo Iglesias (exvicepresidente del Gobierno de España y fundador del partido de izquierda Podemos, actualmente activo en medios políticos).   Allí dirige y conduce programas como CaféInna y participa en análisis centrados en América Latina.   Su audiencia es amplia y su presencia en las plataformas digitales considerable, lo que la convierte en una figura influyente en los debates políticos e informativos del mundo hispano.

Su trayectoria, sin embargo, no ha estado exenta de controversia.   Durante su etapa en RT en Español, fue uno de los rostros más visibles del canal en América Latina, amplificando narrativas que presentaban a las potencias occidentales como intrínsecamente engañosas y depredadoras.   Una columna de opinión en The Washington Post la describió como “la voz española de la propaganda rusa”, aludiendo a su defensa reiterada de posturas favorables al Kremlin.   En diciembre de 2021, dos meses antes de la invasión de Ucrania, utilizó su programa Ahí les va para burlarse de las advertencias de los servicios de inteligencia occidentales sobre un ataque inminente, prediciendo que “llegará enero, luego febrero, y no habrá invasión”, insinuando que la histeria mediática respondía a los intereses de la OTAN.  Episodios como éste, aunque superados por los hechos, ejemplifican su método retórico: convertir el escepticismo en incredulidad y la incredulidad en persuasión.

Tras su salida de RT, Afinogenova ha seguido operando en círculos mediáticos ideológicamente afines a la izquierda latinoamericana, reforzando un discurso que equipara la prensa occidental con la manipulación y el imperialismo.  Medios como Expediente Público han señalado su papel en la configuración de narrativas dentro de campañas partidistas, a menudo reflejando líneas de comunicación promovidas por Estados o intereses geopolíticos de Rusia, China o Irán.   A través de Canal Red y Diario Red, ambos asociados a Pablo Iglesias, participa en ecosistemas mediáticos que con frecuencia reciclan contenidos de emisoras internacionales como CGTN.   En países como Honduras, se le ha acusado de contribuir a estrategias comunicativas que favorecen a candidatos de izquierda bajo la apariencia de una “comunicación soberana”.   Aunque no existe evidencia de una cadena de mando directa que la vincule con un régimen específico, el patrón de coherencia temática revela una alineación ideológica más que un ejercicio de periodismo independiente.

Esa alineación ha suscitado un renovado debate desde la publicación de su reciente vídeo “¿Premio Nobel de la Paz… o de la Guerra?”, donde presenta el galardón concedido a María Corina Machado como una maniobra de diseño geopolítico más que como un reconocimiento moral.   El vídeo no examina tanto los hechos como las intenciones, sugiriendo que el premio responde a los intereses de Occidente más que a la valentía cívica.  El argumento, aunque retóricamente eficaz, confunde correlación con causalidad.  Es posible reconocer las imperfecciones de las instituciones internacionales sin negar el peso ético del valor público.  El Premio Nobel, como toda institución humana, refleja juicios; pero en este caso distingue una vida de riesgo asumido sin armas, sin privilegios y sin acceso al poder coercitivo del Estado.

Cuestionar los motivos es legítimo; insinuar conspiraciones sin pruebas, no.   Toda voz crítica conlleva responsabilidad, porque la verdad exige proporción, no proyección.   La lucha de María Corina Machado no puede reducirse a la retórica de la “intervención occidental” ni descartarse como “disidencia fabricada”.  Pertenece a la conciencia de un pueblo que busca su autodeterminación por vías legítimas tras décadas de despojo.   Respetar la pluralidad significa conceder a los demás la misma buena fe intelectual que uno exige para sí.   El debate ennoblece la democracia sólo cuando se sostiene en hechos verificables y en claridad moral, no cuando convierte la sospecha en argumento.   Entre el escepticismo necesario y la sospecha sistemática existe una frontera moral:  cruzarla es pasar de pensar libremente a servir sin saberlo.


« El Nuevo Rostro de la Vieja Tiranía: …

August 1, 2025

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… La persistencia del franquismo y el malestar que lo sostiene »


Ricardo Morin
Mitad republicano, mitad falangista
CGI
2025

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Por Ricardo Morin

1 de agosto de 2025

No se puede comprender el clima político español sin mencionar el ascenso de VOX, un partido de extrema derecha fundado en 2013 por exmiembros del conservador Partido Popular. Desde 2018, VOX ha ganado apoyo oponiéndose a la autonomía regional, a la legislación feminista y a la inmigración, mientras defiende una agenda nacionalista que incluye la revisión —o incluso la negación— del proceso histórico de reconciliación con el franquismo.

Esto no responde únicamente a una evocación del pasado, sino a un síntoma más profundo de desencanto democrático. No se trata de una memoria histórica que resurge espontáneamente, sino de un marco político e identitario que reaparece cuando los consensos que daban coherencia al presente se debilitan. La referencia al franquismo en el discurso de VOX no suele ser doctrinaria ni explícita, pero es reconocible en su rechazo sistemático a la Ley de Memoria Democrática, en su exaltación de la unidad nacional como principio innegociable, en su condena del Estado autonómico y en su apelación a un “orden natural” que legitima la jerarquía, la familia tradicional y la desigualdad como si fueran datos objetivos de la historia.

Pero lo preocupante no es tanto que existan voces que reivindiquen estas posiciones —han existido siempre—, sino que hayan recuperado poder institucional y legitimidad cultural. El descontento con el sistema político, la fatiga ante el parlamentarismo ineficaz, y la sensación de desarraigo identitario alimentan un malestar transversal. Ese malestar puede ser compartido por sectores muy diversos: desde pequeños empresarios que perciben un Estado hostil hasta jóvenes que no encuentran sentido en una política institucional plagada de lenguaje vacío. Las quejas son múltiples, pero la extrema derecha ofrece un único cauce: la simplificación emocional del conflicto, transformando el miedo en obediencia y la incertidumbre en orgullo herido.

En ese marco, VOX se presenta como el único actor político con una narrativa cohesionada. Su fuerza no reside en la gestión, sino en la afirmación. No propone una política pública sólida, sino una identidad política clara, reactiva y excluyente. Y es allí donde muchas veces la crítica progresista se vuelve insuficiente. Mientras la izquierda institucional —representada por el PSOE y los sectores heredados de Unidas Podemos— recurre a marcos retóricos ya desgastados por el uso burocrático del lenguaje inclusivo, sectores del pensamiento progresista académico (como ciertos institutos universitarios que monopolizan la producción editorial subvencionada) han optado por una defensa casi ritual de la democracia, sin revisar los fundamentos ni renovar los términos con los que se comunica su valor. La repetición de consignas —por muy justas que sean— termina convirtiéndose en eco.

Peor aún, en nombre del pluralismo o del miedo a caer en el “sectarismo de izquierdas”, ciertos espacios culturales (medios como El País, editoriales como Taurus o debates promovidos desde centros como el Círculo de Bellas Artes) han dado cabida a voces reaccionarias bajo el pretexto de abrir el debate. Con ello, han normalizado un lenguaje que desmantela poco a poco los consensos éticos que deberían sostener el espacio democrático. Lo que se presenta como tolerancia puede, en realidad, ser una cesión estructural.

La historia española arrastra heridas que nunca se cerraron del todo. Los pactos de la Transición, por necesidad política, apostaron por el silencio compartido como precio de la estabilidad. Ese silencio permitió una paz institucional, pero dejó sin resolver el relato del pasado. Hoy, cuando ese relato comienza tímidamente a reorganizarse a través de la Ley de Memoria, reaparece el miedo: miedo a que el reconocimiento histórico implique deslegitimar el presente. VOX capitaliza ese miedo con habilidad discursiva, no tanto defendiendo una política concreta como ofreciendo refugio simbólico a una España que se siente perdida.

La responsabilidad intelectual, en este contexto, no consiste en reafirmar las certezas heredadas ni en repetir fórmulas morales. Consiste en sostener la complejidad: resistir la tentación de la consigna, reconocer la fatiga de los marcos progresistas sin entregarse al cinismo, y ofrecer nuevas formas de pensamiento que no renuncien ni al rigor ni a la empatía. Porque mientras el discurso reaccionario avanza a golpe de simplificación, el pensamiento crítico tiene el deber de no renunciar al matiz —aunque no sea viral, aunque no garantice adhesiones inmediatas.

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Bibliografía anotada

Preston, Paul: The Spanish Holocaust: Inquisition and Extermination in Twentieth-Century Spain. Barcelona: Debate, 2012. (Esta obra ofrece un análisis riguroso de la violencia sistemática del franquismo, y es clave para comprender el trasfondo histórico del revisionismo autoritario que persiste en sectores de la sociedad española.)

Snyder, Timothy: On Tyranny: Twenty Lessons from the Twentieth Century. Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2017. (Un compendio accesible y urgente que advierte sobre los signos tempranos del autoritarismo, trazando paralelismos útiles para interpretar el presente político en Europa.)

Stanley, Jason: How Fascism Works: The Politics of Us and Them. Barcelona: Blackie Books, 2020. (Este análisis de los mecanismos retóricos del fascismo contemporáneo resulta particularmente útil para entender las estrategias discursivas de movimientos como VOX.)

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« Censura, Calígula y el retorno de la propaganda imperial »

July 31, 2025

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Ricardo Morin
Una bandera en apuros
CGI
2025


Autor: Ricardo Morin

31 de Julio de 2025

La reciente defensa pública de la censura en los medios de comunicación por parte del actual presidente de la Comisión Federal de Comunicaciones (Federal Communications Commission [FCC])—un funcionario designado durante la administración de Donald Trump—marca un giro inquietante en la estrategia de instrumentalización institucional al servicio de una política de agravios. Amparada bajo el pretexto de combatir la supuesta “ideología insidiosa” asociada a los principios de Diversidad, Equidad e Inclusión (Diversity, Equity, and Inclusion [DEI]), esta postura revela un intento más amplio de depuración ideológica, no para restaurar una supuesta neutralidad, sino para erradicar el pluralismo mismo.

La censura que se presenta como defensa frente al “adoctrinamiento ideológico” constituye, en realidad, una negación explícita de los compromisos democráticos fundamentales, en particular del principio de libertad de expresión. No es la promoción de la equidad lo que amenaza la cohesión democrática, sino el aparato represivo que se consolida para desacreditarla y silenciarla. Esta estrategia no responde a una lógica normativa, sino escénica: se trata de un espectáculo de poder, no de un ejercicio legítimo de gobierno.

En este sentido, la comparación con el reinado de Calígula resulta reveladora. El emperador romano convirtió la política en un teatro personalista, donde el capricho se imponía al derecho y el castigo se escenificaba como afirmación de dominio. Su propósito no era solo gobernar, sino someter: degradar la ley a mero decorado de su voluntad. En la era Trump, la manipulación institucional, la obsesión con la lealtad personal y la teatralización del conflicto reproducen esta misma lógica. Lo que importa no es la verdad ni la legalidad, sino la puesta en escena de una autoridad incontestable.

La transformación de la FCC en un órgano de fiscalización ideológica—lejos de ser una excepción—es parte de un patrón más amplio. La supuesta protección del público frente a contenidos “divisivos” opera como coartada para censurar narrativas que cuestionan la desigualdad estructural, la exclusión racial o los privilegios históricos. Bajo esta retórica, la equidad y la justicia social se convierten en amenazas, y la censura en una forma de salvaguarda cultural.

Si esta deriva continúa, lo que se desmantelará no será únicamente un ecosistema mediático plural, sino la posibilidad misma de un espacio democrático de deliberación. En su lugar, se impondrá un orden comunicativo vigilado, donde solo se autorizarán discursos que reconfirmen la identidad del poder. Lejos de promover la unidad nacional, este régimen de censura construye una uniformidad forzada, disfrazada de patriotismo.

Esto no es un retorno al orden institucional, sino a la arbitrariedad imperial. La pregunta que se impone, hoy más que nunca, es si las instituciones estadounidenses seguirán sirviendo a la rendición de cuentas democrática o si acabarán convertidas, como el Senado romano bajo Calígula, en un simple telón de fondo para un poder que ya no se molesta en disimular su desprecio por la disidencia.

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