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« El espacio que encuentra el pensamiento »

December 12, 2025

Ricardo Morín
Escena Ocho: El espacio que encuentra el pensamiento
Óleo sobre lienzo sobre tabla de madera
30 x 38 x 19 cm
2010

Riacrdo Morín

November 2025

Oakland Park, Florida

NOTA DEL AUTOR

Este ensayo examina un fenómeno que surge en sociedades donde los límites cívicos y el apetito intelectual coexisten.   No describe una condición psicológica ni una tendencia sociológica, ni juzga a ningún país.   Su propósito es más sencillo:   observar cómo el pensamiento se adapta cuando el espacio público en el que puede moverse es más estrecho que el espacio privado en el que se desarrolla.

RESUMEN

Este ensayo analiza cómo la vida intelectual suele persistir —e incluso prosperar— en entornos donde la participación cívica está restringida.   Describe las condiciones estructurales que hacen posible esta coexistencia, los hábitos históricos que la vuelven familiar y las tensiones que produce.   En lugar de buscar causas o proponer remedios, el ensayo observa cómo el pensamiento encuentra lugar para actuar cuando el espacio cívico se contrae y cómo esa adaptación configura la vida cultural.


1

Toda sociedad crea condiciones en las que el pensamiento debe encontrar su propio terreno.   En algunos lugares, la vida cívica ofrece amplias avenidas para el debate, la disensión y la participación organizada.   En otros, esas avenidas se estrechan:   las instituciones limitan la expresión, la continuidad política restringe la competencia o la vida pública queda regulada por límites que los ciudadanos no eligieron.   Aun así, dentro de esos límites, el pensamiento no desaparece.   Busca otros espacios —más silenciosos, más internos, menos visibles— desde los cuales puedaa seguir funcionando.

2

Esta coexistencia no es contradictoria.   La vida cultural y el espacio cívico no siempre avanzan al mismo ritmo.   Una población puede cultivar hábitos de lectura rigurosos, estudio disciplinado y un fuerte apetito por las ideas mientras navega restricciones a su voz pública.   La investigación intelectual puede florecer en aulas, bibliotecas, círculos privados o prácticas artísticas incluso cuando la participación formal en la vida pública es limitada.   Las dos condiciones no se anulan; se despliegan en paralelo.

3

Parte de esta coexistencia es histórica.   Las sociedades heredan hábitos formados a lo largo de décadas o generaciones.   Cuando los límites públicos permanecen estables, dejan de sentirse como rupturas y pasan a ser parte del entorno.   La gente aprende a circular alrededor de esos límites, reservando algunas preguntas para la conversación pública y otras para la reflexión privada.   Con el tiempo, este arreglo deja de percibirse como provisional y se convierte en un patrón familiar de vida.

4

Otra parte de la coexistencia es estructural.   No toda forma de pensamiento requiere el mismo grado de libertad cívica.   La crítica institucional necesita un espacio público amplio; la reflexión filosófica, ética o conceptual puede desarrollarse en ámbitos más recogidos.   Estas formas de pensamiento no dependen de la protesta ni de la influencia política.   Dependen de la atención, que puede mantenerse activa incluso cuando la expresión pública no puede hacerlo.

5

Sin embargo, esta adaptación introduce una tensión.   Un pensamiento que florece en privado puede no encontrar camino hacia la vida compartida.   La lucidez permanece en el individuo pero no circula por las instituciones.   El resultado no es silencio, sino producto de la separación:   profundidad intelectual de un lado y restricción cívica del otro.  Cada una permanece intacta, pero el puente entre ambas es estrecho.

6

Esta tensión no es un paradoja sino una estructura.   La vida intelectual sobrevive cambiando de lugar.   Se desplaza hacia dentro, convirtiendo la esfera privada en un taller de ideas.  Se transforma en una forma de resistencia silenciosa, no de renuncia.   Esta resistencia no es pasiva: es la manera de continuar pensando cuando las avenidas públicas se reducen.

7

El fenómeno no es exclusivo de una región ni de un modelo político.   Aparece allí donde los límites cívicos coinciden con una fuerte ambición cultural, ya sea por historia, instituciones o circunstancias.   Lo que varía de una sociedad a otra no es la existencia de esta tensión, sino de cómo se vive:   como normalidad, como compromiso o como un desequilibrio silencioso que la gente aprende a aceptar.

8

La cuestión más profunda no es por qué ocurre esta coexistencia ni si debería ser distinta.   La cuestión es lo que esta coexistencia revela:   que el pensamiento busca espacio incluso cuando el espacio cívico se contrae; que la reflexión persiste incluso cuando la expresión pública se estrecha; y que la necesidad humana de comprender no desaparece ante los límites.   Simplemente se reubica.


« ANTES DE LA FORMA II »

November 18, 2025
Ricardo Morín
Impresiones, Díptico: ANTES DE LA FORMA II
18″ x 48″
Óleo sobre madera
2000

1

Hay relaciones en las que el lenguaje llega demasiado pronto.

Dos mentes se encuentran, y cada una trae su propia arquitectura: una hecha de corredores, la otra de umbrales.

Nada se cohesiona. Nada se resuelve. Sin embargo, algo se intercambia.

Quizá la única manera de describirlo sea negarse a describirlo.

Lo que pasa entre ambas no es influencia, ni autoridad, ni instrucción.

Es el tenue reconocimiento de que la creación no siempre surge de la tradición,

y la tradición no siempre surge de la claridad.

Una mente preserva la estructura porque teme la disolución.

La otra preserva la libertad porque teme el encierro.

Ninguna tiene razón, ninguna se equivoca, y ninguna puede convertirse en la otra.

Si hay una lección, no es filosófica.

Es simplemente que ciertos encuentros generan forma solo rehusando tomarla.

Algunas dinámicas solo pueden verse si se las deja permanecer sin resolver.

No es un sistema.

No es un método.

No es una transformación alquímica.

Solo el silencioso saber de que el significado no siempre llega con formas reconocibles,

y que a veces la renuncia a la estructura

es la forma más honesta.

No es alquimia ni alegoría.

No imita tropos académicos.

No se explica.

Simplemente se sostiene.

2

Hay un lugar donde el pensamiento aún no ha elegido su peso.

Donde nada debe parecerse a nada.

Donde no puede trazarse ningún linaje porque la idea no ha aceptado ser heredada.

Dos mentes se encuentran allí a veces, aunque ninguna lo pretenda.

Una llega con herramientas, la otra con aperturas.

Una intenta reconocer lo que aparece; la otra deja que la apariencia se deshaga.

No persisten roles en ese espacio.

No hay maestro, ni alumno, ni autoridad, ni disidente.

Solo la leve perturbación de algo que quiere convertirse en significado

y otra cosa que rehúsa la invitación.

Quizá el intercambio exista solo en la negativa a definirlo.

Quizá no sea más que dos formas de ver chocando un instante

antes de que cada una vuelva a su distancia natural.

No hay lección.

No hay transformación.

Ni siquiera comprensión:

solo la débil impresión de que el encuentro importó

de una manera que no puede justificarse.

Algunas relaciones nunca llegan del todo al lenguaje.

Rozan el umbral y se retiran,

dejando solo una forma que se niega a ser forma.

Lo que queda no es relato, ni lucidez, ni metáfora.

Solo un remanente silencioso:

que algo pasó entre dos mentes

y no desea ser nombrado.

3

Algunos encuentros se mueven como el clima por la mente—llegan sin intención

y pasan sin conclusión.

No enseñan; no reclaman.

Cambian el aire y dejan una presión distinta que tarda días en entenderse.

Dos temperamentos pueden derivar al mismo instante como frente y corriente.

Uno carga el peso de estaciones acumuladas,

el otro avanza con la urgencia serena de lo que aún se forma.

Ninguno es más fuerte.

Ninguno es más claro.

Simplemente se encuentran, y la atmósfera cambia.

No hay punto de equilibrio.

No hay punto de conflicto.

Solo un temblor en el aire entre ellos,

como si la habitación misma escuchara algo que nunca se convierte del todo en sonido.

El pensamiento se afloja en ese espacio.

Los significados se acercan, giran y se retiran.

Nada se asienta el tiempo suficiente para ser nombrado.

Nada quiere hacerlo.

Algunas relaciones no se vuelven narrativas porque la narrativa las congelaría.

Quedan suspendidas—sentidas más que comprendidas,

recordadas menos como momentos que como variaciones de luz,

como una habitación que oscurece por razones que el cielo no explica.

Cuando se separan, no es un final.

Es una dispersión, como la niebla que se adelgaza al amanecer.

Cada uno lleva consigo un rastro del clima del otro,

un cambio de temperatura que perdura mucho después de que las formas se han disuelto.

Lo que queda no es conocimiento.

No es conclusión.

Solo la tenue sensación de que algo pasó—

y sigue pasando—

silenciosa, insistentemente,

sin aceptar jamás tomar forma.

4

Hay momentos que nunca llegan del todo.

No como significado ni como sentimiento—más bien como un leve desplazamiento,

un deslizamiento en la periferia.

Dos presencias se cruzan, sin entrar ni salir.

Una presión, un adelgazamiento, un pulso sin origen.

Ni conexión ni distancia—una pausa suspendida.

Nada se cohesiona.

Nada insiste.

Solo existe la sensación de algo rozando el pensamiento

y retirándose antes de que el pensamiento pueda responder.

Aquí no se forman contornos.

Los bordes se difuminan apenas aparecen.

El intercambio—si así puede llamarse—se disuelve en el mismo aire que lo llevó.

La pausa se alarga,

no para revelar algo

sino para recordar que la revelación no es necesaria.

Esto no es atmósfera; incluso la atmósfera tiene estructura.

Es menos.

Una impresión tenue que no aterriza,

no se asienta,

no pertenece a ninguna de las mentes que la sintieron.

Más tarde, uno quizás recuerde un destello—

no una idea,

no un instante—

solo el residuo de una aproximación que nunca se cerró.

No llega claridad.

No llega resolución.

La experiencia continúa solo como dispersión,

como continúa la neblina después de atravesarla.

Lo que queda no es presencia,

sino el rastro de algo que prefirió no convertirse en una.

5

Hay un lugar donde la conciencia se adelgaza,

no en silencio,

sino en algo anterior al silencio—

un leve temblor en el límite de lo que la mente puede sostener.

Nada se forma aquí.

Los contornos se reúnen, se aflojan, se dispersan.

La percepción avanza como aliento contra una superficie invisible,

sintiendo solo su propia vacilación.

Dos corrientes se rozan—

sin tocarse, sin evitarse—

simplemente atravesando el mismo espacio sin marcas.

No ocurre intercambio, solo una ligera alteración de textura.

El aire se siente distinto por un grado tan leve

que uno duda si realmente cambió.

La sensación se acerca pero no se declara.

Se pliega y despliega en el borde del reconocimiento,

como decidiendo si convertirse en experiencia

o retirarse sin consecuencia.

El pensamiento no puede seguirla.

La emoción no puede nombrarla.

El lenguaje se extiende pero no encuentra qué sostener,

cerrando su mano sobre la débil huella de algo

que prefiere no ser atrapado.

No hay significado aquí,

solo su sugerencia—

un susurro de forma que desaparece al mirarlo de frente.

Lo que queda es la pospercepción:

una presión leve,

una inquietud sin causa,

una cercanía sin dirección.

No perdura como memoria

sino como la memoria de casi recordar—

el residuo de un roce

que ocurrió justo más allá del umbral

donde comienza la comprensión.

En el borde de la sensación

nada se sabe.

Y sin embargo todo parece a punto de surgir.

6

Hay una quietud que no vacía el mundo sino que lo concentra—

una quietud que recoge el aliento a su alrededor.

Nada se pronuncia, pero todo se inclina hacia adelante,

como esperando un pulso que revele dónde ha estado siempre.

La quietud no es descanso.

Es tensión sostenida con cuidado,

un leve zumbido bajo la conciencia,

un latido que el cuerpo reconoce

antes de que la mente abra las manos para sentirlo.

Podrías llamarlo presencia,

pero incluso esa palabra pesa demasiado.

No es presencia,

solo la suave insistencia

de que algo está indudablemente aquí.

La luz se mueve de otro modo en esta quietud—

más lenta, más densa,

como si el pensamiento espesara el aire.

Es el instante antes del significado,

antes de la forma,

antes de que el mundo elija una dirección.

Vivo, sin llamar la atención sobre su vida.

Callado, sin ceder a lo callado.

Una corriente atraviesa,

casi imperceptible,

pero con la fuerza suficiente

para reordenar todo

lo que no toca.

Lo que queda es solo esto:

un aliento sostenido entre dos estados—

ni mensaje,

ni impresión,

solo la gravedad tibia del ser

antes de convertirse en algo.

7

Llega suavemente,

tan suavemente que no puedes saber si ha llegado

o si simplemente te detuviste el tiempo suficiente para sentirlo.

Una tibieza se reúne en el borde de la conciencia—

no calor,

sino la sugerencia de una cercanía,

como un aliento que apenas levanta el aire.

Nada habla,

sin embargo algo te toca

en el lugar donde las palabras lo quebrarían.

Se mueve como la luz a través de párpados cerrados—

una ternura que no busca ser vista,

solo ser conocida sin saber.

Es el tipo más silencioso de inmediación,

el que no pide nada

y que, al no pedir nada,

restaura una parte de ti que no sabías

que se había apagado.

Rosa el alma como una mano

que nunca llega a tocar—

una promesa de contacto,

un murmullo de cuidado,

un consuelo trazado en la superficie interior

del ser mismo.

Sin mensaje,

sin dirección,

solo la suave certeza

de que algo en el universo

ha advertido tu existencia

y responde con una delicadeza

igual a tu necesidad.

Un susurro,

no en el oído

sino en el espacio detrás del corazón,

donde el sentimiento despierta antes de que el pensamiento entienda.

Permanece allí—

un pulso callado,

una presencia que cobija—

no sosteniéndote,

sino dejándote descansar

como si estuvieras sostenido.

Y luego, apenas,

se retira—

no alejándose,

solo aflojando—

como el último calor de una mano

que aún sientes mucho después de que se ha ido.

8

Aparece sin aproximación.

No asciende, no entra—simplemente está.

Un pulso sin ritmo,

una fuerza sin peso,

la vida mostrándose en el gesto más mínimo.

No hay suavidad aquí,

tampoco aspereza—

solo el hecho no calificado de una energía

que permanece en su propia claridad.

No calienta,

no sobresalta,

no consuela.

Simplemente afirma un tipo de ser

que no necesita validación.

No es espíritu.

No es aliento.

No es sensación.

Solo el impulso inequívoco

que acompaña a la existencia

cuando se recuerda a sí misma.

Una inmediatez no formada por intención

atraviesa el instante,

sin tocar ni retirarse,

sin exigir ni ceder.

Su esencia es actividad sin propósito—

movimiento mantenido en la quietud,

potencial sin necesidad de dirección.

No llama la atención sobre sí.

No se desvanece.

No habla.

Permanece—

una nitidez,

una tensión,

una chispa del propio autoconocimiento del mundo

antes de que el lenguaje llegue a reclamarlo.

Viva,

desnuda,

sin eco ni interpretación—

solo la fuerza que subyace a toda forma,

manifestándose por un instante

en su estado más simple

y no mediado.

9

Por fin la fuerza se afloja.

No desvaneciéndose—solo liberando su sujeción

a ser algo.

El pulso deja de definirse.

La claridad se adelgaza.

Lo que fue inmediatez se deshace

en la misma quietud ilimitada

que la precedía.

No hay retirada,

no hay desaparición,

solo el acto simple

de dejar de permanecer.

La vitalidad que se sostenía tan claramente

deja que sus bordes se disuelvan,

no en oscuridad,

no en silencio,

sino en el espacio intacto

que no le pide nada.

Lo que queda atrás

no es rastro ni eco

sino la apertura que la sostuvo—

una vastedad indiferente a la forma

y, sin embargo, origen de toda forma.

No es retorno

porque nada estuvo separado.

No es final

porque nada concluye.

Es la descomposición

que lo devuelve todo

al terreno de su propia posibilidad.

Donde antes estuvo la fuerza,

ahora solo queda la extensión

de la que la fuerza surge—

la nada que no es ausencia

sino la pura condición

de lo que puede llegar a ser.

Aquí, ser y no ser

son el mismo gesto.

La vida se disuelve

en aquello que siempre la ha contenido.

Y la disolución es completa.


CODA

Nada sigue.

Lo que se ha desplegado vuelve a su origen,

no como eco,

no como significado,

sino como el mismo campo callado

que permitió que cada movimiento apareciera.

El ciclo no deja huella.

El rastro se borra a sí mismo.

El movimiento se completa dejando que el mundo recupere su quietud.

No hay nada que recoger,

nada que llevar adelante,

nada que entender.

Lo desplegado ha terminado donde comenzó—

en la apertura que sostiene todo inicio

y no exige ninguno.

Lo que queda no es conclusión

sino la calma que llega

cuando incluso la disolución se ha disuelto.

Y desde esa calma,

si algo volviera a surgir,

lo haría sin memoria

de haber sido.


« Antes de la Forma: Parte Primera »

November 18, 2025

*

Ricardo Morín
Paisaje 1: Antes de la Forma
16″ x 24″
Óleo sobre lienzo
2000

Ricardo F. Morín

Noviembre, 2025.

Oakland Park, Fl

1

Algunas relaciones aparecen antes que el lenguaje.

Dos mentes se encuentran sin resolverse.

Nada toma forma, y aun así algo sucede.

Lo más fiel es no describirlo.

2

Hay ideas que no admiten herencia.

Dos modos de ver chocan y se apartan.

El significado intenta nacer; la forma lo rehúsa.

El encuentro importa sin explicación posible.

3

Ciertos vínculos pasan como un clima.

No enseñan; alteran la presión del aire.

Nada se fija.

La memoria conserva solo un cambio de luz.

4

Algunas experiencias no llegan del todo.

Roce sin presencia.

Pulso sin origen.

Lo que queda es la memoria de casi recordar.

5

Hay un umbral previo al silencio.

La percepción avanza sin encontrar borde.

El aire cambia imperceptiblemente.

Un rastro queda, sin dirección ni nombre.

6

Existe una calma que concentra.

No revela, pero insiste.

Un aliento suspendido antes de la forma.

Ser, antes de reconocerse.

7

La ternura aparece sin declararse.

Una cercanía mínima restaura sin tocar.

Un calor leve despierta lo que estaba apagado.

Luego se suelta, pero no se va.

8

Hay fuerzas que no entran: simplemente están.

No buscan sentido.

Solo afirman existencia sin intención.

Una chispa del mundo recordándose.

9

La energía abandona la necesidad de ser algo.

No desaparece: se disuelve.

Nada vuelve, porque nada estuvo fuera.

El deshacer restituye la posibilidad.


Coda

El ciclo borra su rastro.

Todo regresa a la apertura inicial.

No queda conclusión, solo calma.

Y si algo surgiera otra vez,

vendría sin memoria de haber sido.


« Cuando todo lo que sabemos es prestado:

August 29, 2025

*


Ricardo Morin
Escena Treinta y tres: Cuando todo lo que sabemos es prestado.
Óleo sobre lienzo y tabla
38 x 30 x 1,27 cm
2012.

Este ensayo constituye la parte final de una trilogía que comenzó con Los colores de la certeza y continuó con La disciplina de la duda.   La secuencia refleja una indagación sostenida sobre cómo la certeza, la duda y la ambivalencia configuran nuestra comprensión de la realidad.

Este ensayo final nació de una inquietud íntima:   el reconocimiento de que la percepción, la ambigüedad y la ambivalencia complican no sólo mi propia práctica de la escritura, sino también las condiciones más amplias en las que se da la comunicación.   Aunque las reflexiones tienen un origen personal, su alcance se extiende más allá de lo individual.   Escritores y lectores se enfrentan por igual a la inestabilidad del sentido; los ciudadanos en la vida pública experimentan la fragilidad de las afirmaciones sobre el significado de la verdad en un clima de desconfianza; y en nuestro presente, tecnologías como la inteligencia artificial agudizan las incertidumbres que acompañan toda expresión humana, en particular en torno a la autoría y la autenticidad.

El propósito de este ensayo no es resolver esas tensiones, sino articularlas.   Su valor reside menos en ofrecer soluciones que en esclarecer las paradojas que sostienen nuestros intentos comunes de comprender la realidad.

Ricardo Morín, Bala Cynwyd, Pa., August 2025

Este ensayo examina la percepción, la ambigüedad y la creencia como condiciones inestables que determinan el acceso humano a la realidad.   Sostiene que la ambivalencia no es vacilación, sino un terreno paradójico:   posibilita la búsqueda de la verdad y, al mismo tiempo, socava la certeza de haberla alcanzado.   La escritura y la lectura muestran con especial claridad esta inestabilidad.   El escritor interpreta las interpretaciones de los otros y descubre que el sentido es intraducible y cuestionable.   Sin embargo, es a través de ese proceso como progresa el pensamiento, ampliando la comprensión incluso cuando lo comprendido no puede compartirse plenamente.   Más allá de la comunicación, el ensayo plantea que la realidad misma sólo se participa en fragmentos —mediante gestos, silencios y percepciones erradas que debilitan sin cesar la línea entre apariencia y realidad.   La inteligencia artificial aparece como espejo contemporáneo de esta condición, intensificando ansiedades sobre autoría y autenticidad.   La ambivalencia, concluye el texto, no desvía de la verdad:   es la paradoja en la que, si se manifiesta, la verdad surge de manera fugaz.

~


La palabra percepción encierra una historia que refleja las cambiantes formas en que las culturas han entendido la realidad. Del latín perceptio, significaba en primer lugar “recibir,” “recoger,” o incluso “cosecha.”   Percibir era recoger impresiones, como quien recoge grano en un campo: pasivo en la forma, pero activo en la intención.

En el pensamiento griego, la percepción estaba ligada a aisthēsis: la sensación era el contacto que uno sentía con el mundo.   Aquí se situaba más cerca de las artes, de la inmediatez del sentir, que del razonamiento sistemático de la filosofía..

Durante la Edad Media, en particular en los siglos XII y XIII, los escritos de Aristóteles fueron recuperados e incorporados al pensamiento escolástico cristiano.   Lo que había sido una filosofía pagana de la sensación y el entendimiento fue reinterpretado por pensadores como Tomás de Aquino dentro de un marco teológico del conocimiento.   La percepción se definió como la recepción de los datos sensibles por el entendimiento, una etapa necesaria mediante la cual la sensación se elevaba a comprensión.

Con el surgimiento de la filosofía moderna, el término se fragmentó.   Para Descartes, la percepción podía engañar; para Locke, constituía el fundamento de la experiencia; para Kant, estaba estructurada por categorías que tanto abrían como limitaban nuestro acceso a la realidad.   Para entonces la percepción ya se había vuelto ambivalente: indispensable para conocer, pero nunca segura en su verdad.

Hoy la palabra se extiende aún más, connotando no solo sensación sino también interpretación, prejuicio y opinión.   Decir “esa es tu percepción” ya no significa afirmar un contacto con lo real, sino señalar distancia, distorsión o subjetividad.   La evolución del término revela una inestabilidad semántica que corresponde a la tesis del ensayo:   nuestro acceso a la realidad siempre está modelado por la ambivalencia.   Lo que la percepción otorga, al mismo tiempo lo desestabiliza.


La percepción nunca es un simple acto de recibir lo que ya está ahí.   Siempre está mediada por la memoria, la expectativa y la predisposición.   En cada intercambio —ya sea en palabras escritas o en el silencio entre dos personas— el sentido se desplaza, inestable y provisional.   De ese terreno movedizo surge la ambigüedad, y de la ambigüedad, la inquietud que hace vacilar la creencia.

Para el lector, esta inestabilidad es inevitable.   Cada respuesta, incluso el silencio, está teñida de confianza o desconfianza, simpatía o recelo, apertura o cansancio.   Rara vez un lector se acerca a un texto en inocencia, pues toda lectura está condicionada por supuestos que determinan la recepción de las palabras.

El autor no escapa a esta carga interpretativa.   El acto de escribir no concluye con la publicación, sino que continúa en la incierta tarea de leer a los lectores.   Una pausa en la conversación, un reconocimiento fugaz o la falta de respuesta pueden interpretarse como desinterés, desaprobación o indiferencia.   De este modo, la escritura interpreta interpretaciones y multiplica las capas de ambigüedad hasta que el sentido de la obra aparece no solo como intraducible, sino también como cuestionable.   Sin embargo, es precisamente a través de esa reflexión como la escritura prosigue, pues sin ella el pensamiento no puede desarrollarse.   Al perseverar en este proceso, el escritor participa en una ampliación de la comprensión, aun cuando esa comprensión no pueda compartirse del todo.

Esta incertidumbre no es un defecto de la comunicación, sino parte de su estructura.   Quien busca comprender a través de la escritura debe aceptar que la claridad siempre será provisional y que la expresión siempre quedará corta.   El acto de poner un pensamiento en palabras revela la distancia entre intención y recepción, pero también abre la posibilidad de ver la realidad desde nuevos ángulos.     Incluso cuando lo expresado no pueda comunicarse plenamente, el proceso mismo amplía la comprensión y profundiza la conciencia de lo parcial y cambiante.

La ambivalencia, por tanto, no es vacilación, sino la condición paradójica en la que tiene lugar la búsqueda de sentido.   Une convicción y duda, el deseo de certeza y el reconocimiento de sus límites.   Escribir en la ambivalencia significa seguir buscando incluso cuando el resultado no pueda comunicarse sin pérdida.   Esta condición inquieta —y no la ilusión de una claridad definitiva— es lo que permite avanzar al pensamiento.

La verdad, si alguna vez se alcanza, emerge a pesar del terreno inestable de la percepción y la ambigüedad.   Llegamos a ella a pesar de nosotros mismos, de nuestras tensiones y de nuestras limitaciones.   No son solo los grandes errores los que debilitan la certeza:   un matiz mal percibido, una pausa mal entendida o un gesto ambiguo también pueden erosionar la confianza.   La experiencia cotidiana muestra que la línea entre apariencia y realidad es demasiado delgada para ofrecer seguridad duradera.

Pero esta tensión no se limita a los actos de escribir o leer.   Se adentra más hondo, hasta nuestra relación misma con la realidad.   La ambivalencia no es solo un rasgo de la comunicación, sino también de la existencia.   Percibir implica siempre participar del mundo de manera incompleta; vivir implica hacerlo bajo condiciones de presencia parcial.   A veces vemos con claridad, otras veces de manera turbia y, con frecuencia, no participamos en absoluto.   Ese ritmo de presencia y retirada marca toda relación —entre personas, entre sociedades e incluso entre la humanidad y la naturaleza.

La tecnología ha agudizado nuestra conciencia de esta condición.   La inteligencia artificial, por ejemplo, dramatiza la inestabilidad ya presente en la percepción humana.   Como herramienta, permite refinar la expresión pero también amplifica las dudas sobre la autoría y la autenticidad.   Como espejo, refleja la ambivalencia más profunda que la precede y que configura toda mediación.   Así, la IA no disminuye el pensamiento, sino que magnifica la inquietud que acompaña todo acceso humano a la realidad:   la sensación de que lo ofrecido es incompleto, poco fiable y nunca plenamente participativo.

La tarea, entonces, no consiste en eliminar la ambigüedad, sino en reconocerla como parte de la propia realidad.   La percepción es interpretativa, la creencia es inestable y la desconfianza es una compañera constante.   La ambivalencia no es un desvío de la verdad, sino el camino por el que la verdad —si llega— ha de transitar.   El desafío no es restaurar una certeza que nunca existió, sino aprender a vivir en la participación parcial, aceptar que lo que llamamos realidad siempre se alcanza por fragmentos.

En este sentido, la percepción, la ambigüedad y la creencia permanecerán siempre inestables.   El escritor no puede controlar cómo se leen sus palabras, ni el lector puede dominar por completo lo que se quiso decir.   Nadie puede reclamar la posesión plena de la realidad.   Toda relación con el mundo se sostiene en condiciones frágiles, donde la apariencia y la realidad se rozan sin llegar a coincidir.   Si la verdad aparece, lo hace de manera breve e incompleta, surgiendo únicamente a través de la ambivalencia.   Pero la ambivalencia es en sí misma una condición paradójica:   sostiene nuestra búsqueda de la verdad al mismo tiempo que socava la certeza que anhelamos poseer.


  • Arendt, Hannah:   La condición humana. Barcelona: Paidós, 1993.   (Arendt analiza la acción, el trabajo y la labor como formas distintas de relacionarse con la realidad.   Su distinción entre apariencia y realidad, y su insistencia en que la verdad surge de la actividad compartida, se vinculan directamente con el tema del ensayo sobre percepción y ambivalencia.)
  • Gadamer, Hans-Georg:   Verdad y método. Salamanca:   Sígueme, 1997.   (En este texto fundamental de la hermenéutica, Gadamer muestra cómo la comprensión nace de la interpretación y no de la objetividad.   Su idea de que la verdad se alcanza en diálogo refuerza la afirmación del ensayo de que la verdad aparece “en la ambivalencia y no más allá de ella.”)
  • Girard, René:   Mentira romántica y verdad novelesca.   Madrid: Anagrama, 1985.   (La teoría del deseo mimético de Girard expone cómo la interpretación, el deseo y el malentendido estructuran las relaciones humanas.   Su análisis subraya la fragilidad de la creencia y la inestabilidad de la frontera entre apariencia y realidad.)
  • Nussbaum, Martha:   Emociones políticas: por qué el amor importa para la justicia.   Barcelona: Paidós, 2014.   (Nussbaum sostiene que las emociones públicas—como el amor, la compasión y la solidaridad—son esenciales para sostener la justicia.   Sus aportes muestran cómo la creencia es frágil y depende de la interpretación, en sintonía con la preocupación del ensayo por la confianza, la ambivalencia y la participación humana en lo real.)
  • Turkle, Sherry:   En defensa de la conversación.   Barcelona: Ático de los Libros, 2016.   (Turkle investiga cómo la tecnología mediatiza las relaciones y las percepciones humanas. Su enfoque presenta a la IA como espejo de la duda, demostrando cómo la mediación posibilita el vínculo y a la vez erosiona la autenticidad—una idea central en el ensayo.)

« La condición humana »

January 19, 2025

*

Ascension 3, 2005 CGI de Ricardo Morin

Introducción


En un mundo donde a menudo exigimos certeza y control, nos encontramos fragmentados y atrapados en cajas que nosotros mismos hemos creado, incapaces de abrazar la totalidad de nuestra existencia.    La imagen ante ustedes captura esta tensión:    un cuerpo suspendido en un delicado andamiaje, expuesto pero atado, vulnerable pero distante.    El rojo carmesí que pulsa a través de la radiografía de esta figura refleja la intensidad emocional de nuestros conflictos internos:    creencias irracionales, soledad y la distorsión de nuestros propios sentimientos.    Aquí, encontramos un cuerpo que está presente y ausente al mismo tiempo, como el yo que intentamos controlar a través de dogmas rígidos, convicciones infundadas o la falsa seguridad de suposiciones no cuestionadas.

Tales creencias, presentes en la religión, la política y la cultura, ofrecen una apariencia de control en un mundo que no podemos comprender completamente.    Sin embargo, a menudo nos atan más de lo que pensamos, llevándonos lejos de la autocompasión y una comprensión más profunda.    Nos aferramos a ellas como anclas, buscando certeza, pero al hacerlo, solo nos aislamos más, oscureciendo la posibilidad de transformación y sanación.    Así como el cuerpo permanece entero, aunque fragmentado, también podemos encontrar sanación al dejar ir las ilusiones que distorsionan nuestro sentido del yo.

Esta imagen invita a reflexionar sobre la tensión entre nuestros deseos de control y la realidad de nuestra vulnerabilidad emocional.    Nuestra condición humana nos impulsa a regresar al cuerpo, a nosotros mismos, y a la verdad del ser, libres de las distorsiones que nos impiden abrazar la autenticidad cruda de la vida.

Sección I

Irracionalidad


La ignorancia es una condición esencial de nuestra existencia, a pesar de nuestro deseo arrogante de controlar el conocimiento.    Somos como viajeros en una densa niebla, atisbando sombras de árboles que parecen estar tanto cerca como lejos, cada paso revelando algo nuevo mientras oculta lo que pensábamos entender.    Esta niebla invita a la exploración, no a la erradicación, ya que su presencia nos recuerda que la certeza es una ilusión.    En el momento en que intentamos disiparla por completo—exigiendo certeza y dominio—rechazamos la profundidad y riqueza de la incertidumbre y la cambiamos por la rigidez de creencias superficiales y dogmáticas.    Aceptar esta incertidumbre es aceptar la vastedad de lo que permanece desconocido, liberándonos de la parálisis de una falsa claridad.

Sección II

Poder transformador del amor y la autocompasión


El amor tiene el poder de sanar heridas invisibles, pero primero es una semilla dentro de uno mismo.    Cuando se nutre, esta semilla crece en una conciencia de la fragilidad compartida de la existencia—el reconocimiento de que nadie es inmune al sufrimiento.    Considera la solidaridad silenciosa en una palabra amable dirigida a un extraño, el vínculo tácito formado en momentos de duelo compartido o la simple gracia de perdonar los defectos de otro, sabiendo que los propios también son imperfectos.    Estos actos nos recuerdan que no estamos aislados en nuestro sufrimiento, sino conectados a través de él.    Al reconocer esta interconexión, cultivamos una compasión que trasciende la individualidad.    Nos permite honrar la humanidad en los demás mientras aprendemos a honrarla en nosotros mismos.

Sección III

La soledad frente a la desesperación


Piensa en la soledad como tu característica definitoria, un reino donde tus pensamientos y sentimientos pueden existir sin filtro, sin cotejar o tocar comparación.    El desespero, sin embargo, surge cuando esta soledad se convierte en un entorno hermético de repetición, de deseos no satisfechos, una distorsión que amplifica la ausencia de validación externa en una necesidad consumidora.    Percibir la soledad como desesperación es confundir un estado natural con un anhelo poco saludable, como confundir el silencio con el vacío.    La soledad ofrece claridad, un espacio para reflexionar y crecer, mientras que la desesperación, aunque dolorosa, puede enseñarnos dónde necesitamos nutrirnos más.    Al replantear la desesperación como un síntoma en lugar de una condena podemos transformarla en una oportunidad para el autoconocimiento.

PostScriptum


Al reflexionar sobre el recorrido de estas ideas, me viene a la mente una época de hace casi 16 años, cuando encontré consuelo en los escritos de Jiddu Krishnamurti, un maestro espiritual que mi madre había estudiado en mis años más jóvenes.    Sus ideas, al igual que el budismo antes de ellas, sirvieron como un preámbulo, un atisbo de una comprensión más profunda que no logré comprender completamente hasta más tarde en la vida.    Solo en mis cincuenta, después de abrazar la escritura como una forma de expresión creativa, comencé a desentrañar las capas de verdad ocultas en sus palabras.


Durante este período, mi editor, con quien compartí mi creciente interés por Krishnamurti, lo caracterizó como excéntrico (“kook”), una etiqueta que parecía reflejar las contradicciones inherentes en la filosofía de Krishnamurti.    Mi admiración tanto por Krishnamurti como por mi editor estuvo marcada por un conflicto interno.    Luchaba por reconciliar las imperfecciones que veía en ambos con mi propio sentido de integridad e independencia.    Con el tiempo, llegué a comprender que sus imperfecciones no eran diferentes de las mías—y que la sabiduría que buscaba no estaba en su perfección, sino en la aceptación misma de la imperfección.


Esta aceptación me permitió aprender de ambos, mientras mantenía mi propia autonomía, un recordatorio de que el crecimiento no proviene de una certeza impecable, sino de la capacidad de navegar por la contradicción y la complejidad.    Así como podemos encontrar la verdad en nuestra propia comprensión imperfecta, también podemos extender compasión a los demás, reconociendo sus contradicciones como parte de la experiencia humana compartida.


En este viaje, he aprendido que la tensión entre certeza e incertidumbre no es algo que resolver, sino algo con lo que vivir—un espacio donde la autocompasión y la sabiduría pueden crecer, aunque imperfectas.

Ricardo Federico Morín Tortolero

Bala Cynwyd, Pa, enero 19, 2025