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« El paradigma de la extracción »

March 18, 2026

Ricardo Morin
Sin título nº 5: El paradigma de la extracción
25,4 x 30,5 cm
Acuarela
2003

Por Ricardo F. Morín

Octubre de 2025

Oakland Park, Florida

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La historia de la inteligencia artificial (IA) suele contarse como un relato de promesas infinitas: una tecnología destinada a transformar las economías y redefinir el potencial humano.   Sin embargo, bajo ese optimismo se oculta una realidad más antigua:   la conversión de la creatividad humana en riqueza concentrada.   Lo que se presenta como progreso repite el patrón económico más viejo de todos:   extraer valor de muchos para beneficio de pocos.   El lenguaje que rodea a la IA disfraza esta continuidad.   Convierte la innovación en un espectáculo de inevitabilidad, una visión de abundancia que oculta sus cimientos desiguales.

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Ese espectáculo depende de la persuasión.   Expresiones como inteligencia manifestada, la próxima frontera del billón de dólares o transformación inevitable no son descripciones, sino estrategias de mercadotecnia.   Presentan el beneficio como destino e invitan a participar no en el descubrimiento, sino en la especulación.   Cifras como “80 billones” o “25.000 % de retorno” se repiten en los medios como profecías, transformando las previsiones financieras en certezas morales.   Esta retórica moldea la imaginación pública:   la IA deja de ser una herramienta para resolver problemas humanos y se convierte en un fenómeno financiero—una historia sobre riqueza más que sobre comprensión.

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Estas promesas no marcan un nuevo comienzo.   Repiten el mismo ciclo que acompañó a cada gran invención.   La Revolución Industrial transformó el trabajo pero profundizó las divisiones sociales.   La revolución digital difundió la información pero concentró la propiedad.   La IA entra ahora en esa historia como su expresión más reciente.   Su capacidad para ampliar el conocimiento y servir al bien común es real, pero su primera lealtad sigue siendo el lucro.   Dentro de las estructuras existentes, acelera la acumulación de capital en lugar de corregir su desequilibrio.

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Los mecanismos de esa concentración son visibles.   Los modelos propietarios cercan el conocimiento tras muros de pago y patentes.   Los datos recolectados del público se convierten en propiedad privada.   El costo de la potencia informática y del talento especializado limita quién puede participar.   El resultado es previsible:   la mayoría experimentará la IA no como empoderamiento, sino como dependencia.   Lejos de reducir la desigualdad, la incorpora a la infraestructura del futuro.

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Esta dirección resulta más inquietante frente a las necesidades urgentes del mundo.   Miles de millones de personas aún viven sin acceso confiable a alimentos, salud o educación—condiciones que la tecnología podría transformar pero rara vez aborda.   Los usos más rentables de la IA optimizan la publicidad, manipulan el comportamiento y amplían la vigilancia.   No son accidentes; son la consecuencia lógica de un sistema que valora la rentabilidad por encima del bienestar humano.   Cuando el progreso se mide solo por el valor para el accionista, la tecnología pierde su brújula moral y la sociedad pierde su sabiduría.

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Un uso más reciente y peligroso de estos sistemas ha surgido en la esfera política.   Las mismas herramientas que dirigen anuncios ahora dirigen conciencias.   Gobiernos de tendencia autocrática han comenzado a utilizar modelos generativos para inundar el discurso público con contenidos persuasivos, borrar la frontera entre verdad y ficción y cultivar obediencia mediante la simulación.   Informes recientes muestran cómo oficinas ejecutivas emplean la IA para redactar mensajes políticos, amplificar medios afines y silenciar voces disidentes.   Tales prácticas convierten la inteligencia en propaganda y los datos en dominación.   Cuando un Estado puede administrar algorítmicamente la percepción, la democracia se convierte en representación teatral.   La concentración de la riqueza converge así con la concentración de la creencia—cada una reforzando a la otra.

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Ya hemos visto este patrón.   En cada era tecnológica, la riqueza se transforma en poder político y luego utiliza ese poder para protegerse.   Los magnates ferroviarios consolidaron monopolios en el siglo XIX.   Las potencias petroleras moldearon la política exterior en el XX.   Hoy, los conglomerados digitales redactan las reglas que mantienen su dominio.   La IA sigue la misma fuerza gravitacional, guiada menos por visión humana que por la inercia del capital.

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En el orden actual, la unión del poder tecnológico y la especulación financiera ya no produce descubrimiento, sino dependencia.   La riqueza circula dentro de una economía cerrada de influencias, recompensando a quienes diseñan los mecanismos de acceso en lugar de a quienes amplían el alcance del conocimiento.   Lo que aparece como innovación suele ser un ensayo del privilegio:   un intercambio de capital entre los mismos centros de autoridad, cada uno validando al otro mientras la sociedad asume el costo.   Cuando la creatividad se convierte en garantía y la inteligencia en arrendamiento, el progreso deja de servir al público y empieza a servirse a sí mismo.

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La ilusión más seductora que sostiene este orden es la del mito de la inevitabilidad:   la creencia de que el avance tecnológico debe producir desigualdad y que nadie es responsable del resultado.   Es una ficción útil, pues exime a los poderosos del escrutinio moral al convertir la explotación en destino.   Pero la inevitabilidad es una elección disfrazada de naturaleza.   Las sociedades siempre han dado forma al uso de la tecnología mediante sus leyes, sus valores y su coraje para intervenir.   Aceptar la desigualdad como destino es renunciar a esa responsabilidad.

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Rechazar la inevitabilidad implica recuperar la idea misma de progreso.   La innovación no es progreso si no amplía la libertad y la seguridad humanas.   Ello requiere dirección deliberada—mediante inversión pública, impuestos justos, estándares transparentes y cooperación internacional.   No son obstáculos al crecimiento; son las condiciones que lo hacen justo y sostenible.   Los mercados por sí solos no garantizan justicia, y la tecnología sin ética no es avance, sino aceleración sin rumbo.

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Medir el progreso de otro modo transformaría lo que celebramos.   Si un sistema de IA reduce errores médicos en comunidades pobres, fortalece la educación donde faltan recursos o mejora la participación democrática, su valor supera al de aquel que solo aumenta los márgenes de ganancia.   La verdadera medida de la inteligencia—artificial o humana—es el bien que aporta al mundo.   El beneficio es solo una forma de valor; la dignidad humana es otra.

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En el centro de este orden persiste una hipocresía silenciosa.   Se elogia la riqueza como recompensa al esfuerzo y la inteligencia, pero depende de la extracción constante de valor de otros—del trabajador, del consumidor, del entorno.   Lo que parece mérito suele descansar en la desigualdad disfrazada de eficiencia.   El mismo patrón define a la inteligencia artificial.   Construida a partir del conocimiento y la creatividad humanos, se encierra en sistemas que venden el acceso a lo que fue dado libremente.   Ambas formas de acumulación—la financiera y la tecnológica—obtienen su poder de los mismos recursos que agotan:   el trabajo, la atención y la imaginación humanos.   Al pretender impulsar a la sociedad, reproducen la inequidad que convierte la vitalidad en estancamiento—la inversión de lo que el progreso debería ser.

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El discurso febril sobre oportunidades de billones pertenece a un vocabulario antiguo:   el lenguaje de la extracción confundido con el de la evolución.   La cuestión esencial es si la inteligencia seguirá sirviendo a la riqueza o empezará a servir a la humanidad.   La inteligencia artificial ofrece esa elección:   repetir la lógica que durante siglos confundió acumulación con progreso, o construir un futuro en que el conocimiento y la prosperidad se compartan.   Esa decisión no surgirá por sí sola; depende de lo que las sociedades exijan, de lo que los gobiernos regulen y de los valores que definan el éxito.   La ventana para decidir sigue abierta, aunque se estrecha cada vez que el lucro habla más alto que la conciencia.

Las observaciones anteriores se refieren a las consecuencias de la extracción.  La lógica institucional que produce estas consecuencias pertenece a un patrón histórico más amplio dentro del desarrollo económico moderno.  Ese patrón se examina por separado en La lógica de la extracción.


« Ecos de un decantador: reflexiones sobre Historia y Trabajo »

March 16, 2025


*

Decantation [2003], CGI by Ricardo Morín

El aire dentro de la vieja fábrica era denso, cargado de polvo y convicción.      Habían fregado los suelos, repintado las paredes, reclamado el espacio de su pasado, pero el olor a óxido y mugre aún persistía.      El aire conservaba el rastro de un esfuerzo olvidado, de una historia impregnada en el polvo, como una huella que se rehúsa a desvanecerse

Emilio se encontraba sobre un escenario improvisado, elevado por dos palés apilados.      Su voz se proyectaba por toda la sala, cada palabra golpeando con certeza.

—No estamos repitiendo errores pasados.      Estamos forjando un nuevo camino, más allá de los fallos del capitalismo y las traiciones del socialismo.      Esta vez, lo haremos bien.

Aplausos.      Asentimientos de aprobación.      Ya habían escuchado esas palabras antes, pero esta vez, las creían.

Griselda permanecía sentada al fondo, con los brazos cruzados y el rostro inescrutable.      Décadas atrás, había estado en el mismo sitio, escuchando una voz diferente, pero la misma promesa.      La fábrica, resucitada otra vez, parecía distinta, pero el sitio seguía siendo el mismo: un decantador astillado, vertiendo la misma historia, lenta e inexorablemente.

Tras el discurso, mientras la gente se agrupaba en pequeños círculos de conversación animada, Emilio se acercó a ella.

—No pareces convencida.

—La pasión es fácil—dijo ella, tras una breve pausa.      Más exigente es la dirección.

Emilio le sonrió como quien concede indulgencia a un anciano.

—Esta vez es diferente, Griselda.      Hemos estudiado la historia.      No repetiremos sus fallas.

Ella exhaló y dirigió la mirada más allá de él, hacia la multitud.      La fábrica vibraba apacible detrás de ellos, como una máquina empezando a recordar sus ritmos de antaño.

—Malinterpretas la historia —murmuró—.      No es algo que se repite.      Es algo que se te vuelve, lo invites o no.

Él ladeó con la cabeza y dijo:      « No creo en fantasmas ».      Pero el aire, plúmbeo con el peso del pasado, parecía vibrar con una inevitabilidad tácita.      Le hacía recordar a Griselda algo contenido en cristal:      preservado, pero condenado a la fragilidad de quien le observa.


Las primeras semanas fueron como una superficie pulida, sin arañazos, resplandeciente.      Pero las fisuras aparecieron, pequeñas al principio, como una fina línea que se extiende sin que nadie la viera venir.

Cada decisión pasaba por la asamblea.      Cada trabajador tenía voz, parte e interés por igual.      El viejo engranaje rugía de nuevo bajo manos rehabilitadas.      Imprimían nuevos carteles proclamando la abolición del patrón, el renacimiento del trabajo.

Por fin, el trabajo tenía un propósito más justo.

Las primeras fisuras aparecieron, discretas al principio.

Las reuniones se alargaban durante horas, debates circulares sin resolución.      Algunas tareas eran más deseables que otras; algunos evitaban las más arduas, invocando objeciones ideológicas.

—¿Por qué uno debe cargar con el trabajo pesado mientras otro coordina?

—Griselda dejó la pregunta suspendida en el aire.

Luego llegó la primera crisis real:    un pedido grande, una fecha límite, la necesidad de eficiencia.      La fábrica se movía demasiado lento.      La asamblea se estancó.      Estallaron discusiones.

—Necesitamos a alguien que supervise la producción —admitió Emilio—.      Sólo temporalmente!

Se sometió a votación.      Se designó a un mediador.      No era un gerente, se decían a sí mismos, sino un guía.      Pero el equilibrio ya había cambiado.      La fábrica, como un navío atrapado en una marea implacable, comenzaba a cargar más de lo que podía sostener, como el plomo en un decantador de cristal.

Griselda observaba en silencio.


El mediador, para mantener el flujo de trabajo, tomó decisiones rápidas.      La asamblea las aprobaba después.      La diferencia era sutil, pero creció.

Algunos trabajadores eran más hábiles en ciertas tareas, por lo que los roles se solidificaron.      Alguien debía negociar con los proveedores.      Alguien debía asegurarse de que se cumplieran los plazos.      El mediador asumió esas funciones porque era lo más práctico.

—Necesitamos estructura.      No jerarquía, sólo orden—Emilio asintió con un gesto de firmeza—sus ojos vacilaban.

Emilio, agotado, asintió sin convicción, como si el peso de las palabras que acababa de pronunciar le resultara cada vez más ajeno.      El engranaje, que al principio giraba sin trabas, empezó a arrastrarse bajo un peso creciente.      Algo obstinado y transitorio a la vez, reacio a ceder a la voluntad de nadie.      Como el decantador que vierte un líquido pesado, pero nunca termina del todo su confinamiento.

Una noche, solo en su oficina—la oficina que no debía existir—, hojeó viejos libros.      Las palabras le eran familiares, pero ahora las leía de otro modo.      Encontró un pasaje de un antiguo texto revolucionario, subrayado por su propia mano años atrás:

« La gran ilusión del poder es fingir que no existe ».

Cerró el libro, apesumbrado por su claridad irrefutable.      Sus dedos se demoraron en el borde del papel, como si buscasen algo que ya se había escapado, como el agua filtrándose por una grieta.

Emilio cerró los ojos por un momento, como si ese simple gesto pudiera anular la brutalidad de la realidad.      Los pasillos vacíos de la fábrica resonaban con ecos lejanos, ecos de promesas rotas.      ¿Cuánto tiempo había creído que el poder era algo que podía manejar?      Pero la verdad, al final, era innegable.      La gran ilusión del poder, pensó, es fingir que no existe.      Fingir que no es una farsa tan cruda como esta.


La siguiente crisis llegó sin aviso.      Una huelga.      Contra ellos mismos.

Algunos exigían un salario más alto.

—¿No debería el trabajo ser compensado según el esfuerzo?

Eran iguales, pero algunos cargaban más trabajo que otros.

Emilio intentó razonar con ellos.

—Así no funciona esto.      Estamos rompiendo un ciclo.

—¿Rompiendo?— La palabra flotó en el aire como un desafío.      Luego, una sonrisa amarga se formó en sus labios, casi imperceptible.    

—Entonces, ¿por qué tú te sientas en la oficina mientras nosotros sudamos en el taller?

No tuvo respuesta.

Otra votación.      Otra reestructuración.      Una nueva propuesta:     un comité de supervisión.      El comité se convirtió en una junta.      Inversores externos ofrecieron estabilidad financiera.      Una pequeña concesión.      Un mal necesario.

Al cerrar el año, la fábrica era un laberinto de regulaciones.      Justo lo que juraron evitar.

Los pasillos, antes llenos de un bullicioso fervor, ahora eran como túneles de murmullos sospechosos.      Los trabajadores, ya no unidos en su causa, susurraban sobre la ‘junta’ como si fuera una entidad distante, ajena a sus vidas.      La huelga había pasado de ser un grito colectivo a una sombra solitaria, con rostros antes iluminados por la esperanza ahora marcados por la desconfianza.      La solidaridad se deshacía como el polvo bajo sus pies.

Emilio encontró a Griselda en la sala de descanso, tomando té.

—Lo intentamos —dijo él.

—Nosotros también —respondió ella.

Silencio.

—¿Por qué siempre termina así?

Griselda puso la taza sobre la mesa.      Sus ojos, presos del agotamiento, como si cada mirada llevara el peso de promesas rotas.

—Porque somos humanos. . . , imperfectos.


Años después, Emilio pasó frente a la fábrica.      Seguía en pie, funcionando.      No revolucionaria.      No un fracaso.

Dentro, un nuevo grupo de jóvenes activistas se había reunido.      Su líder, apenas mayor de lo que él había sido, hablaba con fervor, de pie sobre palés apilados.

—No estamos repitiendo el pasado.      Estamos forjando un nuevo camino.      Esta vez, lo haremos bien.

Emilio no se detuvo a escuchar.

A la distancia, Griselda observaba.

—Y así otra vez—susurró Griselda, como si las palabras fueran una condena, un eco de todo lo que ya había vivido.


Ricardo Federico Morín Tortolero
15 de marzo de 2025; Oakland Park, Florida