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« Autoridad fabricada »

January 21, 2026
Ricardo F. Morín
La irracionalidad, la propaganda y el tribalismo
CGI
2026

1. Una afirmación política entra ordinariamente en la vida pública a través de instituciones.  Una ley se debate, se promulga, se interpreta, se impugna.  Un discurso se pronuncia desde un cargo conocido, ante un público definido, sujeto a réplica y registro.  La autoridad, en estos casos, surge de la responsabilidad y de la restricción.  

 

2. El texto aquí examinado no satisface ninguna de estas condiciones.  

 

3. El texto atribuye a una transmisión anónima el poder de alterar el estatus jurídico.  El texto presenta a un orador no como un ciudadano que habla, sino como una conciencia que dicta.  El texto declara efectos que ningún estatuto, ninguna orden ejecutiva y ningún tribunal poseen autoridad para producir.  El texto anuncia asentimiento nacional en ausencia de cualquier foro capaz de conceder asentimiento.  

 

4. No aparece promulgación alguna.  No ocurre interpretación alguna.  No es posible revisión alguna.  

 

5. Nada en esta secuencia se argumenta.  Nada en esta secuencia se demuestra.  Nada en esta secuencia es susceptible de verificación.  

 

6. La autoridad no se deriva de cargo, de ley ni de responsabilidad.  La autoridad se asigna por disposición narrativa.  

 

7. El orador recibe legitimidad moral por reconocimiento únicamente.  La ley es desplazada por el espectáculo.  El público es situado como testigo de un veredicto que precede a la deliberación.  El silencio es tratado como confirmación.  La inmovilidad es tratada como consentimiento.  

 

8. Lo que aparece como denuncia funciona como sustitución.  

 

9. El lugar de las instituciones es ocupado por una voz.  El lugar del argumento es ocupado por la proclamación.  El lugar del juicio es ocupado por la reacción.  

 

10. El resultado no es persuasión.  El resultado es conversión.  

 

11. Los ciudadanos no son interpelados como agentes capaces de impugnar afirmaciones.  Los ciudadanos son interpelados como espectadores invitados a recibir una escena moral cuyo significado ha sido fijado de antemano.  

 

12. Cuando un testimonio inventado es recibido como registro político, el límite entre acontecimiento y deseo desaparece.  Cuando el espectáculo es tratado como veredicto, la corrección pierde autoridad.  Cuando la conciencia es producida como actuación, ninguna institución permanece capaz de restringir a la conciencia.  

 

13. Esto no es desinformación en el sentido ordinario.  

 

14. Este fenómeno es la sustitución del juicio por autoridad fabricada.  

 

15. La autoridad se adhiere ordinariamente a un cargo antes de adherirse a una voz, porque el cargo proporciona los límites bajo los cuales el discurso puede reclamar consecuencia.  Existe un tribunal, por eso habla un juez.  Existe una cámara, por eso habla un legislador.  Existe una administración, por eso habla un ejecutivo.  En cada caso la legitimidad precede a la enunciación, y el público puede localizar la responsabilidad localizando el foro en el que se formula la afirmación.  

 

16. El texto aquí examinado invierte ese orden.  El texto presenta una voz cuya legitimidad no se funda en ningún cargo que pueda nombrarse, en ninguna jurisdicción que pueda definirse ni en ningún foro que pueda reconocerse.  No se declara delegación alguna.  No es visible mandato alguno.  No se asume responsabilidad alguna.  Sin embargo, la voz habla como si estuviera habilitada para dictar sobre materias cuya fuerza depende, en la vida cívica ordinaria, de promulgación, interpretación y revisión.  

 

17. Esta inversión importa porque el cargo establece el ámbito bajo el cual una afirmación puede operar, la jurisdicción fija el alcance de los efectos, y el procedimiento somete tanto el ámbito como el alcance a impugnación y registro.  Una afirmación que surge bajo estas restricciones puede ser impugnada porque la legitimidad puede ser impugnada.  La afirmación aquí no surge bajo restricción;  la afirmación surge por recepción.  La legitimidad depende del reconocimiento en lugar de la jurisdicción, y el reconocimiento no es una categoría cívica que admita examen.  

 

18. Puede disputarse un mandato.  Puede negarse la jurisdicción de un tribunal.  Puede invocarse el procedimiento y exigir réplica.  El reconocimiento no ofrece instrumento equivalente.  El reconocimiento confiere autoridad sin especificar alcance, y el reconocimiento permite que una voz se presente como conciencia sin aceptar las obligaciones que hacen a la conciencia responsable en la vida pública.  

 

19. El efecto no es meramente que una voz hable fuera de cargo.  El efecto es que el papel del cargo es reemplazado.  En un sistema en el que la legitimidad precede al discurso, el discurso puede limitarse porque el foro puede limitarse.  En un sistema en el que la legitimidad sigue al discurso, el discurso se expande hasta que algo externo impone un límite.  

 

20. El texto no se apoya en límite alguno de esa naturaleza.  El texto presenta la legitimidad moral como completa en el momento de la enunciación, y el texto trata la recepción como confirmación.  El público es situado menos como un público capaz de impugnar que como un testigo de una proclamación cuya autoridad se presume en lugar de ganarse.  

 

21. En tal disposición la pretensión de hablar conlleva consecuencia sin jurisdicción, y la autoridad aparece allí donde ninguna institución puede ser identificada como fuente de autoridad.  

 

22. La autoridad que no surge de cargo no puede apoyarse en procedimiento.  El procedimiento requiere foro.  El foro requiere jurisdicción.  La jurisdicción requiere mandato.  Ninguno está presente aquí.  

 

23. La afirmación por tanto no procede por secuencia.  La afirmación procede sin premisas, sin fundamentos y sin anticipación de réplica.  La enunciación no argumenta.  La enunciación proclama.  

 

24. Lo que ordinariamente requeriría promulgación es declarado completo.  Lo que ordinariamente requeriría interpretación es declarado resuelto.  Lo que ordinariamente requeriría revisión es presentado como definitivo.  El veredicto precede al foro.  

 

25. Esta inversión altera la función misma del discurso.  El discurso ya no busca asentimiento mediante razonamiento.  El discurso produce asentimiento por declaración.  El juicio ya no sigue a la deliberación.  El juicio se instala antes de que la deliberación pueda ocurrir.  

 

26. Una vez que la proclamación es recibida como veredicto, la prueba se vuelve irrelevante.  

 

27. Una vez que el argumento es retirado de la secuencia, el asentimiento ya no surge del juicio.  El asentimiento surge del reconocimiento.  La afirmación no pide ser examinada.  La afirmación pide ser recibida.  La fuerza de la afirmación depende menos de lo que la afirmación establece que de a quién la afirmación se dirige.  

 

28. El público no es invitado a considerar si el veredicto se sigue de la ley ni si la autoridad invocada posee legitimidad para dictar.  El público es invitado a reconocerse en el veredicto.  

 

29. Este desplazamiento altera la función del acuerdo.  En ámbitos deliberativos, el asentimiento sigue a la impugnación.  Uno acepta una conclusión porque ha sopesado una afirmación frente a alternativas.  Aquí, el asentimiento precede a cualquier ponderación.  El veredicto llega ya formado, y la recepción suministra confirmación.  

 

30. El acuerdo ya no señala convicción, sino afiliación, una postura definida menos por convicción que por posición.  

 

31. El reconocimiento, en esta disposición, realiza el trabajo que antes realizaba el argumento.  Aceptar la afirmación es afirmar pertenencia a una posición moral ya definida.  El veredicto no obliga porque el veredicto sea correcto.  El veredicto obliga porque el veredicto identifica.  

 

32. Quienes reciben el veredicto no lo hacen como jueces de coherencia, sino como participantes en la postura que el veredicto confiere.  La afirmación triunfa no persuadiendo a adversarios, sino consolidando a quienes ya están dispuestos a aceptarla.  

 

33. Esta función explica la ausencia de procedimiento.  La deliberación introduciría fractura.  La impugnación introduciría diferenciación.  La revisión expondría divergencia.  Ninguna sirve al propósito en curso.  

 

34. La afirmación por tanto elude toda etapa en la que pudiera aparecer el desacuerdo.  La afirmación ofrece en su lugar un juicio ya concluido cuyo efecto principal es ordenar reconocimiento y rechazo.  

 

35. El resultado no es creencia en el sentido ordinario, sino afiliación, una postura definida menos por convicción que por posición.  Asentir es adoptar una posición dentro de una alineación moral cuyos límites son trazados por la recepción misma.  Quienes aceptan son confirmados.  Quienes dudan son marcados.  

 

36. La autoridad, en esta forma, no gobierna por medio de la ley.  La autoridad gobierna por identificación.  

 

37. Una vez que la legitimidad es conferida por recepción, los límites restantes no pueden sostenerse.  

 

38. Una vez que la autoridad es producida de esta manera, la sustitución se vuelve inevitable.  En esta disposición el cargo cede ante la presencia, la jurisdicción cede ante el reconocimiento, el procedimiento cede ante la proclamación, y el juicio cede ante la reacción, hasta que ningún límite permanece capaz de detener la expansión que sigue.  

 

39. Cada sustitución elimina un límite.  Cada sustitución amplía el alcance.  Cada sustitución disuelve responsabilidad.  

 

40. Lo que permanece es una forma de autoridad que no puede ser impugnada porque no permanece foro alguno en el que pueda ocurrir impugnación.  

 

41. La consecuencia para la ciudadanía sigue directamente.  Un ciudadano participa ordinariamente en el juicio sopesando afirmaciones, impugnando legitimidad e invocando procedimiento.  Aquí, ese papel desaparece.  El ciudadano ya no es situado como participante en deliberación.  El ciudadano es situado como receptor de veredicto.  

 

42. La agencia cede ante la recepción, el juicio cede ante la alineación y la responsabilidad cede ante la lealtad, hasta que el desacuerdo mismo ya no puede aparecer como acto cívico.  

 

43. En esta postura el desacuerdo deja de ser un acto cívico.  El desacuerdo se vuelve una ruptura de afiliación.  La duda se vuelve deslealtad.  La corrección se vuelve defección.  

 

44. Una vez que el juicio es desplazado de este modo, la reparación se vuelve imposible.  La corrección presupone foro.  La revisión presupone jurisdicción.  La réplica presupone legitimidad.  Ninguna permanece disponible.  

 

45. Un veredicto que llega sin foro no puede ser devuelto a impugnación.  Una autoridad que surge sin cargo no puede ser sometida a revisión.  Una afirmación que gobierna mediante reconocimiento únicamente no puede ser corregida sin amenazar la pertenencia misma.  

 

46. La persistencia de la fabricación no sigue de confusión, sino de función.  La fabricación perdura porque la fabricación estabiliza alineación.  La fabricación circula porque la fabricación confirma posición.  La fabricación resiste corrección porque la corrección disolvería la postura que la fabricación sostiene.  

 

47. La autoridad, una vez separada de cargo y restricción, no desaparece.  La autoridad reaparece en forma alterada.  El veredicto se separa del foro.  La conciencia se separa de la responsabilidad.  El asentimiento se separa de la deliberación.  

 

48. Lo que permanece es una pretensión de gobernar sin jurisdicción.  

 

49. Esto no es la corrupción del juicio.  Esto es desplazamiento.  

 

50. El juicio ya no se ejerce.  El juicio se produce.


« Un acuerdo para disentir »

January 10, 2026

Ricardo F. Morín
Un acuerdo para disentir
Acuarela, gouache, corrector líquido y tinta negra sobre papel
14″x20″
2005

Ricardo F. Morín

9 de enero de 2026

Oakland Park, Fl.

Algunos antagonismos no reclaman vindicación, sino claridad

* 

Nuestro intercambio reveló no un desacuerdo susceptible de resolución, sino una desalineación que no podía repararse mediante una argumentación adicional.  Lo que en un inicio pareció una diferencia analítica fue dejando ver una divergencia más profunda en la manera misma de abordar la comprensión.  En ese punto, la explicación dejó de aclarar y comenzó a oscurecer.  

Hay momentos en la vida en los que las relaciones antagónicas deben ser afrontadas no para prevalecer, sino para reconocer límites.  No todo cuestionamiento constituye una invitación al intercambio, ni toda afirmación de autoridad merece respuesta.  Cuando el discurso se desplaza de la indagación hacia la autoafirmación, la tarea deja de ser la persuasión y pasa a ser el reconocimiento:  de lo que puede compartirse, de lo que no, y de cuándo la distancia se convierte en una forma de integridad y no de evasión.  

El distanciamiento, así entendido, no supone una abdicación de la razón ni una retirada del rigor.  Supone el reconocimiento de que la autoridad intelectual no surge de la superioridad moral, de la acumulación de fuentes ni de la exigencia de ser reconocido como correcto.  Una autoridad que no tolera límites se socava a sí misma por la postura que adopta.  

El distanciamiento, entonces, no es ni silencio ni concesión.  Es un apartamiento que tiene peso:  liberador y decepcionante, real y conmovedor.  No ofrece consuelo, pero afirma la vida misma al negarse a persistir en la distorsión.  Lo que permanece no es la victoria, sino una verdad preservada mediante la contención.  

La autoridad intolerante de los límites sucumbe a la soberbia por sí misma.  

« Ecos de un decantador: reflexiones sobre Historia y Trabajo »

March 16, 2025


*

Decantation [2003], CGI by Ricardo Morín

El aire dentro de la vieja fábrica era denso, cargado de polvo y convicción.      Habían fregado los suelos, repintado las paredes, reclamado el espacio de su pasado, pero el olor a óxido y mugre aún persistía.      El aire conservaba el rastro de un esfuerzo olvidado, de una historia impregnada en el polvo, como una huella que se rehúsa a desvanecerse

Emilio se encontraba sobre un escenario improvisado, elevado por dos palés apilados.      Su voz se proyectaba por toda la sala, cada palabra golpeando con certeza.

—No estamos repitiendo errores pasados.      Estamos forjando un nuevo camino, más allá de los fallos del capitalismo y las traiciones del socialismo.      Esta vez, lo haremos bien.

Aplausos.      Asentimientos de aprobación.      Ya habían escuchado esas palabras antes, pero esta vez, las creían.

Griselda permanecía sentada al fondo, con los brazos cruzados y el rostro inescrutable.      Décadas atrás, había estado en el mismo sitio, escuchando una voz diferente, pero la misma promesa.      La fábrica, resucitada otra vez, parecía distinta, pero el sitio seguía siendo el mismo: un decantador astillado, vertiendo la misma historia, lenta e inexorablemente.

Tras el discurso, mientras la gente se agrupaba en pequeños círculos de conversación animada, Emilio se acercó a ella.

—No pareces convencida.

—La pasión es fácil—dijo ella, tras una breve pausa.      Más exigente es la dirección.

Emilio le sonrió como quien concede indulgencia a un anciano.

—Esta vez es diferente, Griselda.      Hemos estudiado la historia.      No repetiremos sus fallas.

Ella exhaló y dirigió la mirada más allá de él, hacia la multitud.      La fábrica vibraba apacible detrás de ellos, como una máquina empezando a recordar sus ritmos de antaño.

—Malinterpretas la historia —murmuró—.      No es algo que se repite.      Es algo que se te vuelve, lo invites o no.

Él ladeó con la cabeza y dijo:      « No creo en fantasmas ».      Pero el aire, plúmbeo con el peso del pasado, parecía vibrar con una inevitabilidad tácita.      Le hacía recordar a Griselda algo contenido en cristal:      preservado, pero condenado a la fragilidad de quien le observa.


Las primeras semanas fueron como una superficie pulida, sin arañazos, resplandeciente.      Pero las fisuras aparecieron, pequeñas al principio, como una fina línea que se extiende sin que nadie la viera venir.

Cada decisión pasaba por la asamblea.      Cada trabajador tenía voz, parte e interés por igual.      El viejo engranaje rugía de nuevo bajo manos rehabilitadas.      Imprimían nuevos carteles proclamando la abolición del patrón, el renacimiento del trabajo.

Por fin, el trabajo tenía un propósito más justo.

Las primeras fisuras aparecieron, discretas al principio.

Las reuniones se alargaban durante horas, debates circulares sin resolución.      Algunas tareas eran más deseables que otras; algunos evitaban las más arduas, invocando objeciones ideológicas.

—¿Por qué uno debe cargar con el trabajo pesado mientras otro coordina?

—Griselda dejó la pregunta suspendida en el aire.

Luego llegó la primera crisis real:    un pedido grande, una fecha límite, la necesidad de eficiencia.      La fábrica se movía demasiado lento.      La asamblea se estancó.      Estallaron discusiones.

—Necesitamos a alguien que supervise la producción —admitió Emilio—.      Sólo temporalmente!

Se sometió a votación.      Se designó a un mediador.      No era un gerente, se decían a sí mismos, sino un guía.      Pero el equilibrio ya había cambiado.      La fábrica, como un navío atrapado en una marea implacable, comenzaba a cargar más de lo que podía sostener, como el plomo en un decantador de cristal.

Griselda observaba en silencio.


El mediador, para mantener el flujo de trabajo, tomó decisiones rápidas.      La asamblea las aprobaba después.      La diferencia era sutil, pero creció.

Algunos trabajadores eran más hábiles en ciertas tareas, por lo que los roles se solidificaron.      Alguien debía negociar con los proveedores.      Alguien debía asegurarse de que se cumplieran los plazos.      El mediador asumió esas funciones porque era lo más práctico.

—Necesitamos estructura.      No jerarquía, sólo orden—Emilio asintió con un gesto de firmeza—sus ojos vacilaban.

Emilio, agotado, asintió sin convicción, como si el peso de las palabras que acababa de pronunciar le resultara cada vez más ajeno.      El engranaje, que al principio giraba sin trabas, empezó a arrastrarse bajo un peso creciente.      Algo obstinado y transitorio a la vez, reacio a ceder a la voluntad de nadie.      Como el decantador que vierte un líquido pesado, pero nunca termina del todo su confinamiento.

Una noche, solo en su oficina—la oficina que no debía existir—, hojeó viejos libros.      Las palabras le eran familiares, pero ahora las leía de otro modo.      Encontró un pasaje de un antiguo texto revolucionario, subrayado por su propia mano años atrás:

« La gran ilusión del poder es fingir que no existe ».

Cerró el libro, apesumbrado por su claridad irrefutable.      Sus dedos se demoraron en el borde del papel, como si buscasen algo que ya se había escapado, como el agua filtrándose por una grieta.

Emilio cerró los ojos por un momento, como si ese simple gesto pudiera anular la brutalidad de la realidad.      Los pasillos vacíos de la fábrica resonaban con ecos lejanos, ecos de promesas rotas.      ¿Cuánto tiempo había creído que el poder era algo que podía manejar?      Pero la verdad, al final, era innegable.      La gran ilusión del poder, pensó, es fingir que no existe.      Fingir que no es una farsa tan cruda como esta.


La siguiente crisis llegó sin aviso.      Una huelga.      Contra ellos mismos.

Algunos exigían un salario más alto.

—¿No debería el trabajo ser compensado según el esfuerzo?

Eran iguales, pero algunos cargaban más trabajo que otros.

Emilio intentó razonar con ellos.

—Así no funciona esto.      Estamos rompiendo un ciclo.

—¿Rompiendo?— La palabra flotó en el aire como un desafío.      Luego, una sonrisa amarga se formó en sus labios, casi imperceptible.    

—Entonces, ¿por qué tú te sientas en la oficina mientras nosotros sudamos en el taller?

No tuvo respuesta.

Otra votación.      Otra reestructuración.      Una nueva propuesta:     un comité de supervisión.      El comité se convirtió en una junta.      Inversores externos ofrecieron estabilidad financiera.      Una pequeña concesión.      Un mal necesario.

Al cerrar el año, la fábrica era un laberinto de regulaciones.      Justo lo que juraron evitar.

Los pasillos, antes llenos de un bullicioso fervor, ahora eran como túneles de murmullos sospechosos.      Los trabajadores, ya no unidos en su causa, susurraban sobre la ‘junta’ como si fuera una entidad distante, ajena a sus vidas.      La huelga había pasado de ser un grito colectivo a una sombra solitaria, con rostros antes iluminados por la esperanza ahora marcados por la desconfianza.      La solidaridad se deshacía como el polvo bajo sus pies.

Emilio encontró a Griselda en la sala de descanso, tomando té.

—Lo intentamos —dijo él.

—Nosotros también —respondió ella.

Silencio.

—¿Por qué siempre termina así?

Griselda puso la taza sobre la mesa.      Sus ojos, presos del agotamiento, como si cada mirada llevara el peso de promesas rotas.

—Porque somos humanos. . . , imperfectos.


Años después, Emilio pasó frente a la fábrica.      Seguía en pie, funcionando.      No revolucionaria.      No un fracaso.

Dentro, un nuevo grupo de jóvenes activistas se había reunido.      Su líder, apenas mayor de lo que él había sido, hablaba con fervor, de pie sobre palés apilados.

—No estamos repitiendo el pasado.      Estamos forjando un nuevo camino.      Esta vez, lo haremos bien.

Emilio no se detuvo a escuchar.

A la distancia, Griselda observaba.

—Y así otra vez—susurró Griselda, como si las palabras fueran una condena, un eco de todo lo que ya había vivido.


Ricardo Federico Morín Tortolero
15 de marzo de 2025; Oakland Park, Florida