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« ANTES DE LA FORMA II »

November 18, 2025
Ricardo Morín
Impresiones, Díptico: ANTES DE LA FORMA II
18″ x 48″
Óleo sobre madera
2000

1

Hay relaciones en las que el lenguaje llega demasiado pronto.

Dos mentes se encuentran, y cada una trae su propia arquitectura: una hecha de corredores, la otra de umbrales.

Nada se cohesiona. Nada se resuelve. Sin embargo, algo se intercambia.

Quizá la única manera de describirlo sea negarse a describirlo.

Lo que pasa entre ambas no es influencia, ni autoridad, ni instrucción.

Es el tenue reconocimiento de que la creación no siempre surge de la tradición,

y la tradición no siempre surge de la claridad.

Una mente preserva la estructura porque teme la disolución.

La otra preserva la libertad porque teme el encierro.

Ninguna tiene razón, ninguna se equivoca, y ninguna puede convertirse en la otra.

Si hay una lección, no es filosófica.

Es simplemente que ciertos encuentros generan forma solo rehusando tomarla.

Algunas dinámicas solo pueden verse si se las deja permanecer sin resolver.

No es un sistema.

No es un método.

No es una transformación alquímica.

Solo el silencioso saber de que el significado no siempre llega con formas reconocibles,

y que a veces la renuncia a la estructura

es la forma más honesta.

No es alquimia ni alegoría.

No imita tropos académicos.

No se explica.

Simplemente se sostiene.

2

Hay un lugar donde el pensamiento aún no ha elegido su peso.

Donde nada debe parecerse a nada.

Donde no puede trazarse ningún linaje porque la idea no ha aceptado ser heredada.

Dos mentes se encuentran allí a veces, aunque ninguna lo pretenda.

Una llega con herramientas, la otra con aperturas.

Una intenta reconocer lo que aparece; la otra deja que la apariencia se deshaga.

No persisten roles en ese espacio.

No hay maestro, ni alumno, ni autoridad, ni disidente.

Solo la leve perturbación de algo que quiere convertirse en significado

y otra cosa que rehúsa la invitación.

Quizá el intercambio exista solo en la negativa a definirlo.

Quizá no sea más que dos formas de ver chocando un instante

antes de que cada una vuelva a su distancia natural.

No hay lección.

No hay transformación.

Ni siquiera comprensión:

solo la débil impresión de que el encuentro importó

de una manera que no puede justificarse.

Algunas relaciones nunca llegan del todo al lenguaje.

Rozan el umbral y se retiran,

dejando solo una forma que se niega a ser forma.

Lo que queda no es relato, ni lucidez, ni metáfora.

Solo un remanente silencioso:

que algo pasó entre dos mentes

y no desea ser nombrado.

3

Algunos encuentros se mueven como el clima por la mente—llegan sin intención

y pasan sin conclusión.

No enseñan; no reclaman.

Cambian el aire y dejan una presión distinta que tarda días en entenderse.

Dos temperamentos pueden derivar al mismo instante como frente y corriente.

Uno carga el peso de estaciones acumuladas,

el otro avanza con la urgencia serena de lo que aún se forma.

Ninguno es más fuerte.

Ninguno es más claro.

Simplemente se encuentran, y la atmósfera cambia.

No hay punto de equilibrio.

No hay punto de conflicto.

Solo un temblor en el aire entre ellos,

como si la habitación misma escuchara algo que nunca se convierte del todo en sonido.

El pensamiento se afloja en ese espacio.

Los significados se acercan, giran y se retiran.

Nada se asienta el tiempo suficiente para ser nombrado.

Nada quiere hacerlo.

Algunas relaciones no se vuelven narrativas porque la narrativa las congelaría.

Quedan suspendidas—sentidas más que comprendidas,

recordadas menos como momentos que como variaciones de luz,

como una habitación que oscurece por razones que el cielo no explica.

Cuando se separan, no es un final.

Es una dispersión, como la niebla que se adelgaza al amanecer.

Cada uno lleva consigo un rastro del clima del otro,

un cambio de temperatura que perdura mucho después de que las formas se han disuelto.

Lo que queda no es conocimiento.

No es conclusión.

Solo la tenue sensación de que algo pasó—

y sigue pasando—

silenciosa, insistentemente,

sin aceptar jamás tomar forma.

4

Hay momentos que nunca llegan del todo.

No como significado ni como sentimiento—más bien como un leve desplazamiento,

un deslizamiento en la periferia.

Dos presencias se cruzan, sin entrar ni salir.

Una presión, un adelgazamiento, un pulso sin origen.

Ni conexión ni distancia—una pausa suspendida.

Nada se cohesiona.

Nada insiste.

Solo existe la sensación de algo rozando el pensamiento

y retirándose antes de que el pensamiento pueda responder.

Aquí no se forman contornos.

Los bordes se difuminan apenas aparecen.

El intercambio—si así puede llamarse—se disuelve en el mismo aire que lo llevó.

La pausa se alarga,

no para revelar algo

sino para recordar que la revelación no es necesaria.

Esto no es atmósfera; incluso la atmósfera tiene estructura.

Es menos.

Una impresión tenue que no aterriza,

no se asienta,

no pertenece a ninguna de las mentes que la sintieron.

Más tarde, uno quizás recuerde un destello—

no una idea,

no un instante—

solo el residuo de una aproximación que nunca se cerró.

No llega claridad.

No llega resolución.

La experiencia continúa solo como dispersión,

como continúa la neblina después de atravesarla.

Lo que queda no es presencia,

sino el rastro de algo que prefirió no convertirse en una.

5

Hay un lugar donde la conciencia se adelgaza,

no en silencio,

sino en algo anterior al silencio—

un leve temblor en el límite de lo que la mente puede sostener.

Nada se forma aquí.

Los contornos se reúnen, se aflojan, se dispersan.

La percepción avanza como aliento contra una superficie invisible,

sintiendo solo su propia vacilación.

Dos corrientes se rozan—

sin tocarse, sin evitarse—

simplemente atravesando el mismo espacio sin marcas.

No ocurre intercambio, solo una ligera alteración de textura.

El aire se siente distinto por un grado tan leve

que uno duda si realmente cambió.

La sensación se acerca pero no se declara.

Se pliega y despliega en el borde del reconocimiento,

como decidiendo si convertirse en experiencia

o retirarse sin consecuencia.

El pensamiento no puede seguirla.

La emoción no puede nombrarla.

El lenguaje se extiende pero no encuentra qué sostener,

cerrando su mano sobre la débil huella de algo

que prefiere no ser atrapado.

No hay significado aquí,

solo su sugerencia—

un susurro de forma que desaparece al mirarlo de frente.

Lo que queda es la pospercepción:

una presión leve,

una inquietud sin causa,

una cercanía sin dirección.

No perdura como memoria

sino como la memoria de casi recordar—

el residuo de un roce

que ocurrió justo más allá del umbral

donde comienza la comprensión.

En el borde de la sensación

nada se sabe.

Y sin embargo todo parece a punto de surgir.

6

Hay una quietud que no vacía el mundo sino que lo concentra—

una quietud que recoge el aliento a su alrededor.

Nada se pronuncia, pero todo se inclina hacia adelante,

como esperando un pulso que revele dónde ha estado siempre.

La quietud no es descanso.

Es tensión sostenida con cuidado,

un leve zumbido bajo la conciencia,

un latido que el cuerpo reconoce

antes de que la mente abra las manos para sentirlo.

Podrías llamarlo presencia,

pero incluso esa palabra pesa demasiado.

No es presencia,

solo la suave insistencia

de que algo está indudablemente aquí.

La luz se mueve de otro modo en esta quietud—

más lenta, más densa,

como si el pensamiento espesara el aire.

Es el instante antes del significado,

antes de la forma,

antes de que el mundo elija una dirección.

Vivo, sin llamar la atención sobre su vida.

Callado, sin ceder a lo callado.

Una corriente atraviesa,

casi imperceptible,

pero con la fuerza suficiente

para reordenar todo

lo que no toca.

Lo que queda es solo esto:

un aliento sostenido entre dos estados—

ni mensaje,

ni impresión,

solo la gravedad tibia del ser

antes de convertirse en algo.

7

Llega suavemente,

tan suavemente que no puedes saber si ha llegado

o si simplemente te detuviste el tiempo suficiente para sentirlo.

Una tibieza se reúne en el borde de la conciencia—

no calor,

sino la sugerencia de una cercanía,

como un aliento que apenas levanta el aire.

Nada habla,

sin embargo algo te toca

en el lugar donde las palabras lo quebrarían.

Se mueve como la luz a través de párpados cerrados—

una ternura que no busca ser vista,

solo ser conocida sin saber.

Es el tipo más silencioso de inmediación,

el que no pide nada

y que, al no pedir nada,

restaura una parte de ti que no sabías

que se había apagado.

Rosa el alma como una mano

que nunca llega a tocar—

una promesa de contacto,

un murmullo de cuidado,

un consuelo trazado en la superficie interior

del ser mismo.

Sin mensaje,

sin dirección,

solo la suave certeza

de que algo en el universo

ha advertido tu existencia

y responde con una delicadeza

igual a tu necesidad.

Un susurro,

no en el oído

sino en el espacio detrás del corazón,

donde el sentimiento despierta antes de que el pensamiento entienda.

Permanece allí—

un pulso callado,

una presencia que cobija—

no sosteniéndote,

sino dejándote descansar

como si estuvieras sostenido.

Y luego, apenas,

se retira—

no alejándose,

solo aflojando—

como el último calor de una mano

que aún sientes mucho después de que se ha ido.

8

Aparece sin aproximación.

No asciende, no entra—simplemente está.

Un pulso sin ritmo,

una fuerza sin peso,

la vida mostrándose en el gesto más mínimo.

No hay suavidad aquí,

tampoco aspereza—

solo el hecho no calificado de una energía

que permanece en su propia claridad.

No calienta,

no sobresalta,

no consuela.

Simplemente afirma un tipo de ser

que no necesita validación.

No es espíritu.

No es aliento.

No es sensación.

Solo el impulso inequívoco

que acompaña a la existencia

cuando se recuerda a sí misma.

Una inmediatez no formada por intención

atraviesa el instante,

sin tocar ni retirarse,

sin exigir ni ceder.

Su esencia es actividad sin propósito—

movimiento mantenido en la quietud,

potencial sin necesidad de dirección.

No llama la atención sobre sí.

No se desvanece.

No habla.

Permanece—

una nitidez,

una tensión,

una chispa del propio autoconocimiento del mundo

antes de que el lenguaje llegue a reclamarlo.

Viva,

desnuda,

sin eco ni interpretación—

solo la fuerza que subyace a toda forma,

manifestándose por un instante

en su estado más simple

y no mediado.

9

Por fin la fuerza se afloja.

No desvaneciéndose—solo liberando su sujeción

a ser algo.

El pulso deja de definirse.

La claridad se adelgaza.

Lo que fue inmediatez se deshace

en la misma quietud ilimitada

que la precedía.

No hay retirada,

no hay desaparición,

solo el acto simple

de dejar de permanecer.

La vitalidad que se sostenía tan claramente

deja que sus bordes se disuelvan,

no en oscuridad,

no en silencio,

sino en el espacio intacto

que no le pide nada.

Lo que queda atrás

no es rastro ni eco

sino la apertura que la sostuvo—

una vastedad indiferente a la forma

y, sin embargo, origen de toda forma.

No es retorno

porque nada estuvo separado.

No es final

porque nada concluye.

Es la descomposición

que lo devuelve todo

al terreno de su propia posibilidad.

Donde antes estuvo la fuerza,

ahora solo queda la extensión

de la que la fuerza surge—

la nada que no es ausencia

sino la pura condición

de lo que puede llegar a ser.

Aquí, ser y no ser

son el mismo gesto.

La vida se disuelve

en aquello que siempre la ha contenido.

Y la disolución es completa.


CODA

Nada sigue.

Lo que se ha desplegado vuelve a su origen,

no como eco,

no como significado,

sino como el mismo campo callado

que permitió que cada movimiento apareciera.

El ciclo no deja huella.

El rastro se borra a sí mismo.

El movimiento se completa dejando que el mundo recupere su quietud.

No hay nada que recoger,

nada que llevar adelante,

nada que entender.

Lo desplegado ha terminado donde comenzó—

en la apertura que sostiene todo inicio

y no exige ninguno.

Lo que queda no es conclusión

sino la calma que llega

cuando incluso la disolución se ha disuelto.

Y desde esa calma,

si algo volviera a surgir,

lo haría sin memoria

de haber sido.


« Lenguaje y matemáticas ante la promesa y los límites de la inteligencia artificial »

August 20, 2025

*

Ricardo Morín
(Serie Triangulation)
Musica Universalis
Acolchado de seda tensado sobre lino
94 × 152 cm
2013–18

~

Una construcción geométrica de un dodecaedro dentro de una composición de Fibonacci, reforzada por un triángulo rectángulo: una meditación sobre la armonía del universo, donde las matemáticas y el lenguaje convergen sin llegar nunca a encerrar del todo la realidad.


Ricardo Morin, 20 de agosto de 2025

*

Resumen

Este ensayo examina la interdependencia del lenguaje y las matemáticas como los dos pilares del conocimiento, indispensables ambos pero incompletos el uno sin el otro. Mientras las matemáticas aseguran la precisión y la abstracción, el lenguaje vuelve inteligible y comunicable el razonamiento; juntos se aproximan, aunque nunca logran captar plenamente, una realidad más rica que cualquier formulación. El análisis sitúa a la inteligencia artificial como un caso paradigmático de esta condición. Comercializada a un costo elevado pero marcada por deficiencias en coherencia, la IA dramatiza lo que sucede cuando el poder matemático se privilegia sobre el rigor lingüístico. Lejos de sustituir el pensamiento humano, estos sistemas ponen a prueba nuestra capacidad de imponer significado, resistir la vaguedad y refinar las ideas. Entretejiendo reflexión filosófica y crítica contemporánea, el ensayo sostiene que tanto las matemáticas como el lenguaje deben cultivarse de manera continua para que el conocimiento progrese. Su alianza no cierra la brecha entre comprensión y realidad; la mantiene abierta, asegurando que la verdad siga siendo una búsqueda interminable.


Lenguaje, matemáticas y el costo de la inteligencia artificial

Toda sociedad progresa refinando sus instrumentos de pensamiento. Dos se elevan sobre los demás: las matemáticas, que destilan patrones con precisión, y el lenguaje, que da forma y sentido al razonamiento. Ninguno basta por sí solo. Privilegiar uno en detrimento del otro es debilitar la arquitectura misma del conocimiento.

La inteligencia artificial dramatiza tanto sus promesas como sus limitaciones. El anuncio de una cuota mensual de 200 dólares para acceder a ChatGPT-5 es revelador. Comercializado como un servicio de lujo “para quienes puedan permitírselo”, subraya la creciente brecha entre privilegio tecnológico y necesidad cultural. Quienes disponen de recursos afinan su productividad; quienes no, quedan excluidos. Pero incluso para los bien equipados, la pregunta persiste: ¿qué se está comprando realmente?

La máquina deslumbra por su velocidad y escala, pero sus carencias resultan igualmente evidentes. Los ingenieros pueden ser virtuosos de los algoritmos, pero la gramática no es su instrumento. Los resultados son con demasiada frecuencia coloquiales, vagos o carentes de rigor. Para extraer coherencia, el usuario no puede ser un consumidor pasivo: debe actuar como editor, capaz de clarificar, reestructurar e imponer sentido. La paradoja es inequívoca: la herramienta promocionada como liberación exige de su operador la disciplina que ella misma no puede aportar.

Esa paradoja refleja una verdad mayor sobre el conocimiento. El lenguaje y las matemáticas son ambos indispensables y ambos incompletos. Las matemáticas alcanzan la abstracción, pero sus resultados quedan inertes si el lenguaje no los vuelve inteligibles y comunicables. El lenguaje transmite el pensamiento, pero se tambalea sin el rigor que las matemáticas proporcionan. Lo que uno asegura, el otro interpreta.

Sin embargo, ambos están sujetos a una condición más profunda: la realidad excede toda formulación. Nuestras teorías—ya sean modelos matemáticos o descripciones lingüísticas—son aproximaciones moldeadas por el observador. El lenguaje no puede agotar el sentido; las matemáticas no pueden capturar la finitud. El conocimiento nunca es absoluto: es una negociación con una realidad más rica que cualquier modelo o enunciado.

La inteligencia artificial expone con crudeza esta condición. Puede automatizar estructuras, pero no aportar sabiduría; puede reproducir lenguaje, pero no garantizar significado. Su verdadero valor no radica en sustituir al pensador, sino en poner a prueba nuestra capacidad de resistir la vaguedad, de imponer coherencia y de refinar el pensamiento. Lo que se presenta como libertad puede, en realidad, exigir mayor vigilancia.

Desestimar el lenguaje y las humanidades como secundarios, o imaginar que las matemáticas y la computación bastan por sí solas, es malinterpretar su interdependencia. Estas disciplinas no son rivales, sino compañeras que se refinan mutuamente. La IA magnifica tanto sus fortalezas como sus deficiencias, recordándonos que el progreso depende de la depuración constante de ambas: las matemáticas para modelar la realidad, el lenguaje para preservar su sentido.

El camino del conocimiento permanece abierto. El lenguaje y las matemáticas no cierran la brecha entre nuestra comprensión finita y la riqueza inagotable de la realidad; la mantienen abierta. Nos permiten aproximarnos a la verdad sin pretender poseerla. La inteligencia artificial, como todo instrumento del pensamiento, nos muestra no el fin del saber, sino su condición inacabable: un diálogo entre lo que puede medirse, lo que puede decirse y lo que siempre nos excede.


Bibliografía anotada

  • Arendt, Hannah: The Life of the Mind. Vol. 1: Thinking. Nueva York: Harcourt, Brace, Jovanovich, 1971. (Arendt examina el acto de pensar y los límites de la expresión, mostrando cómo el pensamiento requiere del lenguaje para volverse compartible sin agotar la realidad. Su obra refuerza la tesis del ensayo de que razonar sin expresión no puede hacer avanzar el conocimiento.)
  • Bender, Emily M., y Koller, Alexander: “Climbing towards NLU: On Meaning, Form, and Understanding in the Age of Data.” Proceedings of ACL, 2020. (Vender and Koller sostienen que los grandes modelos de lenguaje procesan la forma sin verdadera comprensión; esto pone de relieve la brecha entre el reconocimiento matemático de patrones y el significado lingüístico, apoyando la advertencia del ensayo de que la IA deslumbra por la forma pero falla en la coherencia.)
  • Chomsky, Noam: Language and Mind. 3.ª ed. Cambridge: Cambridge University Press, 2006. (Chomsky explora las estructuras innatas del lenguaje y su papel en la configuración de la cognición; ello afirma que el lenguaje condiciona la posibilidad del pensamiento, aunque sigue siendo limitado a la hora de capturar la realidad.)
  • Devlin, Keith: Introduction to Mathematical Thinking. Stanford: Keith Devlin, 2012. (Devlin explica cómo el razonamiento matemático destila estructura y patrón, al tiempo que reconoce que la abstracción es una aproximación; refuerza así la idea de que las matemáticas, como resguardo de la precisión, no pueden agotar el mundo que modelan.)
  • Floridi, Luciano: The Fourth Revolution: How the Infosphere Is Reshaping Human Reality. Oxford: Oxford University Press, 2014. (Floridi sitúa las tecnologías digitales y la IA en una historia más amplia del autoconocimiento, lo que enriquece el argumento del ensayo de que las matemáticas y el lenguaje—extendidos ahora a la computación—siguen siendo aproximaciones de una realidad más allá de todo control pleno.)
  • Lakoff, George, y Núñez, Rafael: Where Mathematics Comes From: How the Embodied Mind Brings Mathematics into Being. Nueva York: Basic Books, 2000. (Lakoff y Núñez sostienen que las matemáticas surgen de la metáfora y de la cognición encarnada, lo que revela su dependencia de la interpretación humana y confirma que las teorías matemáticas, como las lingüísticas, siguen ligadas al observador.)
  • Mitchell, Melanie: Artificial Intelligence: A Guide for Thinking Humans. Nueva York: Farrar, Straus and Giroux, 2019. (Mitchell ofrece una visión crítica de las capacidades y límites de la IA, mostrando cómo los avances en el reconocimiento de patrones no cierran las brechas fundamentales de comprensión y paralelizan la crítica del ensayo a la pobreza gramatical de la IA.)
  • Polanyi, Michael: Personal Knowledge: Towards a Post-Critical Philosophy. Chicago: University of Chicago Press, 1962. (Polanyi enfatiza el conocimiento tácito y la necesidad de articularlo para validarlo; refleja la idea de que las matemáticas y el lenguaje refinan la comprensión pero nunca alcanzan la clausura.)
  • Snow, C. P.: The Two Cultures. Cambridge: Cambridge University Press, 1993 [1959]. (Snow diagnostica la fractura entre ciencias y humanidades, apoyando el llamado del ensayo a tratar el lenguaje y las matemáticas como pilares complementarios de la comprensión.)