Posts Tagged ‘Pérdida’

« Intervalos »

September 2, 2025

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Portada diseño de Ricardo Morín
Aposento Nº 2: Intervalos
29″ x 36″
Óleo sobre lienzo
1994

Nota del Autor

Intervalos está escrito en una cadencia tensada en el umbral de la vida y la muerte. No se oculta, aunque su lenguaje permanece despojado de explicación. La ambivalencia puede ser ineludible, pero no es la intención. El anonimato de la voz es deliberado, para mantener la atención en lo dicho y no en quién lo dice.

Ricardo Morín, 11 de septiembre de 2025. Bala Cynwyd, Pa.

Intervalos

Para sanarse, solía cubrirse el cuerpo de barro y luego enjuagárselo. Agazapado bajo el sol ardiente, miraba en diagonal desde una esquina hacia el extremo opuesto del patio. De la cuerda de tender colgó un paraguas negro, boca abajo. En él arrojó el último puñado de pócimas. De su derrumbe, pesado, esperaba esquivar su propia muerte.

Cubrió sus libros con una sábana negra; a ciegas sacaba uno por vez y, tras hallar una frase que diera sentido a sus pensamientos, lo devolvía. Esperaba una revelación. Su madre, ya anciana, sacaba otro libro y buscaba una respuesta mejor.

Agotado y sin dormir, se tendió envuelto en una manta roja, de espaldas al espejo. Empapado en lágrimas, yacía deshecho. Escalofríos recorrieron su espalda, como si las entrañas ardieran en fuego.

Despertó con el sonido del agua corriendo. Su madre restregaba las prendas hasta que la tela comenzaba a deshilacharse. Había pintado las paredes de blanco; las puertas dejaron de ser marrones. Un intruso saltó la verja. Luego, con una fuerza que lo sorprendió poseer, arrancó el jardín.

Siguieron noches en vela. No era consciente de sus pómulos hundidos; sólo la mirada de los vecinos lo veía consumirse. Logró volar lejos. Aunque atento a la vida, encontró la decepción.

A su llegada, el hotel llamó a una ambulancia. Tras un vuelo de diez horas, lo asaltó un choque séptico; una enfermera le pidió elegir un destino. Los escalofríos regresaron. Vio morir a muchos, aunque no era su turno. Días después, su carne volvió a la vida.

Con el recuerdo de antiguos lazos, partió de nuevo decepcionado. Cruzó otra distancia y supo cuán frágil era su soledad.

Tú lo rescataste y él a ti. Un puente se levantó desde la nostalgia. Tres años de pasión no remendaron el abismo; él se quitó la vida y tú quedaste.

Un cura romano atendió los clamores de su madre, mientras tergiversaba los de su hijo. Poco sabía el cura que era por su propio designio. El hijo te llamó, a ti, un nuevo amor, para que vinieras. Para amar, para sostener el lazo del momento.


Epílogo

Intervalos descansa sobre nuestra temerosa percepción de la muerte, la soledad, la supervivencia y la fractura (un intervalo es la cadencia del tiempo y su final es el vaciamiento de lo que la conciencia del miedo lleva en sí). Un intervalo no busca consuelo ni resolución; permanece con lo que ocurre, en la intemperie donde la soledad y la fractura revelan la fragilidad de la existencia.


« La huella del vínculo »

June 3, 2025

Ricardo Morín
Buffalo Series, Nº 12
46″ x 60″
Óleo sobre lienso
1979

Para quienes hemos perdido a alguien,

cuya presencia reposa en la memoria

y cuya ausencia da forma a lo que somos.

Que esta historia preserve algo de su huella perdurable.


Julián intentó consignar por escrito lo que había soñado.

Se preguntó:    ¿podía la escritura ser fiel a aquel que observa, tiembla y anhela comprender?

Soñó que ofrecía a su madre un cuenco de caldo de víbora.    La cabeza de la serpiente y los fragmentos de su cuerpo desgarrado aún se agitaban, como si ignorasen su condición:    viva, aunque deshecha.    Sostenía el cuenco con ambas manos; se lo había entregado una anciana sentada al otro extremo de un estanque circular, extenso y poco profundo.    El estanque parecía contener algo más que agua:   quizá tiempo, o memoria, o destino.    A su alrededor se perfilaban sombras—figuras difusas que repetían el mismo rito, o quizá ninguno.    No podía discernirlo.

El camino hacia su madre era arduo; el suelo, resbaladizo por una sustancia que no sabía nombrar.    El aire era espeso, cargado de un silencio opresivo que volvía cada paso lento, gravoso.    La víbora se revolvía en el caldo, intentando huir.    Aun así, él mantenía el cuenco firme.   Creía—en algún rincón de sí mismo—que si su madre bebía, podría alcanzarse la curación, o la comprensión, o la paz para ambos.

Al llegar junto a ella, se arrodilló.    Le habló con dulzura, instándola a beber mientras el caldo aún conservaba el calor.    “Sujeta bien la cuchara,” susurró.    “Solo pequeños sorbos.”    Pero ella desvió el rostro.    No quiso beber.    Si por miedo, por orgullo o por rechazo a lo ofrecido, no lo sabía.    La víbora se estremeció, y su corazón se tensó de angustia.

Despertó inquieto, sin haber descansado.    El sueño aún velaba su percepción.    Su aliento era forzado, escaso bajo el aire denso de la alcoba.    ¿Por qué no lograba serenarse?    ¿Qué, con exactitud, le mantenía en vela?

Se preguntó si se trataba de una premonición—el temor latente de su propio deterioro.    ¿Era la serpiente que se agitaba una imagen de la mente al perder su serenidad?    ¿Eran la marcha lenta, el suelo lábil, las manos temblorosas, un ensayo de su propio declive?    ¿O era el duelo—ese que se desliza sigiloso por el alma, que exige alimento sin hallar nunca saciedad?

Solo sabía que intentaba ayudar, sostener, ofrecer consuelo que no podía ser acogido.    Y, al hacerlo, se enfrentaba no solo a la ausencia de su madre, sino también a la sombra de su propia angustia—la interrogante de quién caminaría a su lado cuando llegara su hora de despedida.

Pero acaso—pensó—haya algo sagrado en ese intento.    En la ofrenda, incluso cuando es rechazada.   En el andar pausado—por incierto que sea.


Allí puede habitar la humildad:

la que no exige,

y sin embargo, desarma el dolor

con su presencia—

demasiado firme para ser rechazada.

No se le opone resistencia—

basta con aceptar su invitación a ser acogida.

Ricardo F. Morín

Bala Cynwyd, Pa, 2 de junio de 2025


« Una mesa entre nosotros »

February 27, 2025

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Díptico Silencioso
por Ricardo Morín
Técnica: Óleo sobre lino
Dimensiones: 45,7 × 71,1 × 1,9 cm
Año: 2010

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Prólogo

Díptico Silencioso no es una ilustración, sino una resonancia—una meditación sobre el silencio, no como vacío, sino como un estado de receptividad.     Es el espacio donde el juicio se disuelve, donde la conexión humana persiste entre las palabras, donde el significado se siente más que se expresa.     En su quietud, sostiene lo que permanece irresuelto.     Hay silencios apacibles.     Otros, en cambio, están cargados de historia.

RFMT


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Nuestra cena temprana siguió a una función matinal de Parade, un musical impregnado de historia, de indignidad, del peso de una vida arrebatada y de un veredicto que aún pendía sin resolución.     En la mesa, hablamos de Leo Frank, el judío linchado en Georgia hace un siglo—indultado décadas después, pero nunca absuelto.     Su verdadero asesino jamás fue perseguido.

Éramos seis en la mesa.     Tres de nosotros éramos judíos.     Comprendían, de un modo que los demás solo podíamos reconocer pero nunca encarnar del todo, el dolor particular de ser convertido en chivo expiatorio.     Los otros simpatizaban, pero no podían sentir la misma alienación—no en la médula, no en esa forma heredada en la que la historia se imprime en unos más que en otros.

Era una conversación densa, pero no triste.     Hablábamos con la claridad que llega cuando los hechos llevan mucho tiempo asentados, pero sus ecos persisten.

Entonces, la interrupción:

La mujer en la mesa de al lado se volvió hacia nosotros con una pregunta, su voz atravesando con facilidad nuestra conversación.

—¿Dónde están las chicas?

Miré a mis compañeros, los seis cómodamente instalados en la familiaridad del grupo.

—¿Qué chicas? —pregunté, sin acritud.

Ella parpadeó, como si esperara que la respuesta fuese evidente.

—Ya estamos casados entre nosotros —dije.

Se giró sin decir nada más.

No era necesario detenerse en ello.     El momento era conocido.     Un encuentro menor, el tipo de episodio que apenas registrábamos después de años de saber exactamente cómo el mundo podía inclinarse ante nuestra presencia.

Para desviar la conversación, dije:

—Freud diría que todas las relaciones son intentos de resolver asuntos pendientes con nuestros padres.

Alguien sonrió con ironía.     Un tenedor se posó en el plato.     Un instante de silencio, no de incomodidad, sino de reflexión.

—Los hombres con sus padres, las mujeres con sus madres —continué.

Las respuestas fueron variadas.     Aprobación.     Desvíos.     Un cambio de tono.     Algunos hablaron de no haber cumplido las expectativas de sus padres.     Otros, de odio.     Otros, de desapego.     Algunos, de nada en absoluto.

Mencioné a mi padre.     Su certeza de que nosotros, sus hijos, no sabríamos sobrevivir sin él.     Se refería, por supuesto, a lo económico.     Su generación tenía su propia concepción de lo que significaba perdurar.

—¿Cuántos hermanos tienes? —preguntó alguien.

—Cinco —respondí—. Incluyendo a mi hermana menor, que acaba de fallecer.

Una pausa.

—Era angelical.

—Sesenta y nueve.

Hubo simpatía, cálida e inmediata.     Un momento sostenido el tiempo justo.

Y luego, como si fuese natural, la conversación viró—con facilidad, instintivamente.     Hacia el teatro.     Hacia los Premios Tony.     Hacia la vida y el talento de voces que se han ido, pero que quedaron para siempre registradas.

En la mesa contigua, la mujer reía ahora, el momento entre nosotros ya olvidado de su lado.

Y nosotros también reíamos—por algo más liviano, algo que no pedía ser examinado demasiado de cerca.

El momento permaneció, inadvertido, pero no olvidado.

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Epílogo

Como la pintura, el momento persistió—no exigiendo resolución, sino esperando, en silencio, a ser comprendido.     El peso de la historia, las sutilezas del sentido de pertenencia, las pausas en la conversación donde la verdad se siente, pero no se dice.

El silencio, al final, nunca está vacío.     Es el espacio donde todo permanece.

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Ricardo F. Morín Tortolero

27 de febrero de 2025; Oakland Park, Florida