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« Gestos de lo Inasible »

June 14, 2025

« Una vida entregada al arte »

*

Ricardo F Morin
Serie Triangulación Nº 38
9” x 13”
Oleo sobre lino
2009

*

In memoriam José Luis Montero


Para él, la inspiración no irrumpía—se asentaba.
Llegaba no con respuestas, sino con permiso para comenzar.

No había ritual.
Ni punto de inflexión dramático.
Solo el lienzo, el olor del óleo, la luz desplazándose por el suelo.
Un día plegándose sobre el siguiente, hasta que el trabajo se convirtió en su propio clima—
a veces despejado, a veces tormentoso, pero siempre presente.

Creía en la atención, no en el dominio.

Lo que le conmovía no era cómo se lograba la pintura en un momento dado,
sino que, al ser deconstruida, tenía que recuperarla—
no por destreza, sino por necesidad—
cuando la mano se adelantaba al pensamiento,
y algo más honesto que la intención comenzaba a conducir.
Y cuando eso ocurría, le exigía todo.

Cualquiera que lo observara—
cualquiera menos él—
habría visto muy poco.
Un rastro.
Una pausa.
Un leve ajuste.
Pero en su interior, algo escuchaba—
no a sí mismo,
sino al mundo, al material, al eco de una forma aún desconocida.

No hacía obras para ser recordado,
aunque cargara cada una como a un hijo.
Las hacía para seguir con vida.
Y cuando se topaba con una pintura acabada años después,
se le agitaba el cuerpo.
No era nostalgia.
Era el olor del pigmento,
el sonido de las cerdas,
el duelo de algo casi logrado—
perdido, y luego vuelto a encontrar.

Algunos días, el trabajo fluía con cierta facilidad.
Otros, se resistía.
Aprendió a no perseguir ninguno de los dos.

Siempre comenzaba sin saber qué buscaba.
Un matiz.
Un destello de transparencia.
Una pincelada que alterara la superficie.
A menudo, el pincel quedaba suspendido en el aire,
esperando que el siguiente gesto se revelara.
A veces, no llegaba nada.
Esas piezas quedaban intactas durante semanas—
una inquietud callada en la esquina del cuarto.

Vivía junto a su silencio.

El estudio nunca estaba limpio, pero siempre ordenado.
Trapos doblados.
Tarros empañados con trementina vieja.
Paredes con siluetas suaves de lienzos pasados.
El desorden no era descuido.
Era habitado—no descuidado, sino vivido.
Notas sobre la armonía piramidal de Goethe colgaban junto a muestras minerales,
bocetos, círculos cromáticos, cartas rasgadas de marchantes.
No por revelación, sino por proximidad.

No todas las piezas se sostenían.
Algunas fracasaban por completo.
Otras, de forma gradual, perdiendo urgencia capa a capa.
También conservaba esas—
no como archivos, sino como recordatorios.
Donde la mano se había vuelto muda.
Donde la obra había dejado de pedir.
Y sin embargo, se convertían en plataformas—
espacios para volver, para entrar más hondo.

Sus días no tenían horario fijo,
aunque con los años surgió un ritmo—
una larga devoción, interrumpida, reanudada, sostenida.

Ahora, llegaba desde la ciudad a media mañana.
El estudio retenía el leve olor a cera y trementina,
entreverado con algo más antiguo—
polvo, tejido, memoria.
Abría una ventana si el clima lo permitía.
No por la luz, sino por el aire.
Por el movimiento.
Por el lento girar de los ventiladores como respiración.

Preparaba té.
A veces ponía a Bach, o a algún pianista,
cuyos dedos presionaban más hondo que los demás.
Otras mañanas:    La estación de radio NPR;
Un poeta, un científico, alguien intentando decir lo imposible a través de lo coloquial.
Le gustaba más el intento que la declaración.

Pintaba de pie—rara vez sentado.
Algunos días se movía sin cesar entre el caballete, el fregadero y la mesa de mezclas.
Otros apenas se movía.
Solo miraba.

El almuerzo era sencillo.
Pan.
Fruta.
Un poco de queso.
A veces huevos, lentejas, sopa durante varios días.
No solía salir a comer—
no por principio, sino porque rompía el hilo.

Si estaba cansado, se tumbaba en el sofá contra la pared del fondo.
Veinte, treinta minutos.
No más.
Y al despertar, la luz había cambiado otra vez—
más oblicua, suavizada, más indulgente.
El lienzo parecía distinto.
Como si hubiese esperado su ausencia.

Las últimas horas de la tarde eran a menudo las mejores.
Recuperaba fuerzas, libre de presión.
El aire tenía una soltura nacida del saber que nadie llamaría ni golpearía la puerta.
Entonces le hablaba a la obra—
no en voz alta, sino hacia dentro.
¿Este tinte? Demasiado cálido.
¿Este trazo? Demasiado seguro.
Déjalo quebrar.
Déjalo respirar.
Déjalo hablar sin decir.

A veces el medio se resistía.
El pincel vacilaba.
Un gesto colapsaba.
No luchaba.
Le daba espacio.
Si se mantenía paciente, el ritmo volvía.

No todo llegaba a completarse.
Algunas obras quedaban abiertas—
no abandonadas, sino suficientemente terminadas.
Otras surgían de golpe, como música que suena sin levantar los dedos.

Al anochecer, limpiaba sus enseres.
Sin apuro.
Limpiaba la paleta.
Enjuagaba los frascos.
Colgaba los trapos para que se secaran.
Era una forma de dar las gracias.
No a la pintura.
Al día.

Luego, las luces apagadas.
La puerta cerrada.
Nada declarado.
Nada concluido.
Y sin embargo, algo siempre avanzaba.

El duelo también permanecía.
Vivía en la sala como el polvo—
acumulado en las esquinas, aferrado a bastidores aún desnudos,
entrelazado en sábanas viejas y blancas.

La enfermedad de su hermana llegó despacio, y luego de golpe—
mientras sonaba el Adagio en sol menor a bajo volumen en el estudio.
Pintó durante todo ese tiempo.
No para evadir, sino porque parar lo habría deshecho.
En el silencio entre pinceladas, sentía cómo se debilitaba su respiración.
A veces imaginaba que ella podía ver su trabajo desde donde estuviera.
Que cada pieza acabada llevaba una palabra que no se atrevía a decir.
Ella lo habría comprendido.
Siempre lo hizo.

Más tarde, cuando su antiguo amante murió—
solo, inesperadamente, en Berlín—
dejó de pintar por completo.
El estudio se volvió quieto de una manera a la que no podía acceder.
Incluso el lienzo se le volvió de espaldas.
Cuando regresó, fue con una paleta apagada.
Seca.
Indiferente.
La primera pincelada se quebró en dos.
La dejó así.
Y continuó.

El deseo también se había aquietado.
No desaparecido.
Solo suavizado.
En su juventud había sido urgente, incontenible.
Ahora flotaba—
un eco que venía y se iba.
No lo avergonzaba ni lo fingía.
Vivía a su lado, como se vive junto a un campo que ardió y ahora reverdece.

El duelo no interrumpió el trabajo.
Lo profundizó.
No en tema, sino en textura.
Algunas de esas pinturas parecían usuales para los demás.
Pero él sabía lo que contenían—
el peso de mantenerse firme mientras se desmoronaba por dentro.

Aún ahora, algunos colores le recordaban un lecho.
Un paseo invernal.
El sonido de alguien que ya no respira.
Un gris plano.
Un azul que antes brillaba, ahora templado entre anhelo y contención.

A veces se preguntaba por esa tensión.

Pero al pintar, volvía la quietud.

Hace diecisiete años, cuando terminó la quimioterapia, los días se volvieron más callados.

No hubo triunfo.
Solo un lento retorno al ritmo—
distinto ahora.
El cuerpo había cambiado.
También la mente.
Ya no podía pintar durante horas sin fatiga.
Los gestos antes fluidos eran más pesados, más vacilantes.

No se resistía.

El estudio seguía, pero el centro de gravedad se desplazó.
Donde antes alcanzaba un pincel, ahora cogía una pluma.
Al principio, solo apuntes.
Fragmentos.
Una forma de sostener el día.
Luego llegaron las frases.
Los párrafos.
No sobre sí mismo, no directamente.
Sobre el tiempo.
La memoria.
La presencia.
Escribir se volvió un consuelo.
Una forma de dar forma a lo que el cuerpo ya no podía cargar.
Un lugar donde aún moverse, con cuidado.

No fue el fin de la pintura.
Solo una pausa.
Una migración.
La escritura exigía su propia atención, su propia paciencia.
Y en eso reconocía una devoción conocida.

A veces, el lienzo aún lo llamaba.
Permanecía intacto durante semanas.
Y un día, sin anuncio, volvía a empezar.

Las dos prácticas vivían una junto a la otra.
Algunos días, el pincel.
Otros, la página.
Sin jerarquías.
Sin arrepentimientos.
Solo la persistencia callada de una vida que aún se despliega.

No hay obra final.
Ni última palabra.

Ahora lo comprende:
una vida no se hace de cosas acabadas,
sino de gestos continuados—
huellas hechas con fe,
incluso cuando nadie mira.
Una frase iniciada.
Un color mezclado.
Un lienzo vuelto hacia la pared—
no por vergüenza, sino porque ya ha dicho lo suficiente.

Ya no se pregunta qué viene después.
Esa pregunta ya no lo inquieta.

Si algo permanece, no será el nombre,
ni el archivo,
ni siquiera los objetos.
Será la integridad callada de la atención—
la forma en que volvió, una y otra vez,
a encontrarse con el momento tal como era.

No para hacer algo duradero.
Sino para vivir, aunque fuese brevemente, en verdad.

*

Ricardo F Morin Tortolero

Bala Cynwyd, Pa., June 14, 2025


Nota del autor

Este retrato está dedicado a David Lowenberger, a José Luis Montero, a mis padres, y a Billy Bussell Thompson.   
A todos los que me han enseñado que vivir con atención es ya una forma de amor perdurable.

*


« La huella del vínculo »

June 3, 2025

Ricardo Morín
Buffalo Series, Nº 12
46″ x 60″
Óleo sobre lienso
1979

Para quienes hemos perdido a alguien,

cuya presencia reposa en la memoria

y cuya ausencia da forma a lo que somos.

Que esta historia preserve algo de su huella perdurable.


Julián intentó consignar por escrito lo que había soñado.

Se preguntó:    ¿podía la escritura ser fiel a aquel que observa, tiembla y anhela comprender?

Soñó que ofrecía a su madre un cuenco de caldo de víbora.    La cabeza de la serpiente y los fragmentos de su cuerpo desgarrado aún se agitaban, como si ignorasen su condición:    viva, aunque deshecha.    Sostenía el cuenco con ambas manos; se lo había entregado una anciana sentada al otro extremo de un estanque circular, extenso y poco profundo.    El estanque parecía contener algo más que agua:   quizá tiempo, o memoria, o destino.    A su alrededor se perfilaban sombras—figuras difusas que repetían el mismo rito, o quizá ninguno.    No podía discernirlo.

El camino hacia su madre era arduo; el suelo, resbaladizo por una sustancia que no sabía nombrar.    El aire era espeso, cargado de un silencio opresivo que volvía cada paso lento, gravoso.    La víbora se revolvía en el caldo, intentando huir.    Aun así, él mantenía el cuenco firme.   Creía—en algún rincón de sí mismo—que si su madre bebía, podría alcanzarse la curación, o la comprensión, o la paz para ambos.

Al llegar junto a ella, se arrodilló.    Le habló con dulzura, instándola a beber mientras el caldo aún conservaba el calor.    “Sujeta bien la cuchara,” susurró.    “Solo pequeños sorbos.”    Pero ella desvió el rostro.    No quiso beber.    Si por miedo, por orgullo o por rechazo a lo ofrecido, no lo sabía.    La víbora se estremeció, y su corazón se tensó de angustia.

Despertó inquieto, sin haber descansado.    El sueño aún velaba su percepción.    Su aliento era forzado, escaso bajo el aire denso de la alcoba.    ¿Por qué no lograba serenarse?    ¿Qué, con exactitud, le mantenía en vela?

Se preguntó si se trataba de una premonición—el temor latente de su propio deterioro.    ¿Era la serpiente que se agitaba una imagen de la mente al perder su serenidad?    ¿Eran la marcha lenta, el suelo lábil, las manos temblorosas, un ensayo de su propio declive?    ¿O era el duelo—ese que se desliza sigiloso por el alma, que exige alimento sin hallar nunca saciedad?

Solo sabía que intentaba ayudar, sostener, ofrecer consuelo que no podía ser acogido.    Y, al hacerlo, se enfrentaba no solo a la ausencia de su madre, sino también a la sombra de su propia angustia—la interrogante de quién caminaría a su lado cuando llegara su hora de despedida.

Pero acaso—pensó—haya algo sagrado en ese intento.    En la ofrenda, incluso cuando es rechazada.   En el andar pausado—por incierto que sea.


Allí puede habitar la humildad:

la que no exige,

y sin embargo, desarma el dolor

con su presencia—

demasiado firme para ser rechazada.

No se le opone resistencia—

basta con aceptar su invitación a ser acogida.

Ricardo F. Morín

Bala Cynwyd, Pa, 2 de junio de 2025


« Lo que la mente olvida, el corazón lo guarda en el silencio »

April 20, 2025

*

Mario Vargas Llosa

*


“Mario Vargas Llosa fue un valiente buscador de la verdad.   También fue mi amigo.”

— Marie Arana, The Washington Post

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*

Le envié a mi hermana el emotivo homenaje de Marie Arana.   Bonnie había dirigido varias obras de Vargas Llosa en teatros madrileños y se había cruzado con él en más de una ocasión.    Sabía que esta noticia tocaría una fibra muy íntima.

“Es evidente cuánto te ha afectado la muerte de Vargas Llosa,” le escribí.

“Lo sentías cercano—no sólo como lectora o dramaturga, sino como alguien cuya voz te acompañó durante muchas etapas de tu vida.    Tu duelo resuena en mí, porque entiendo lo que significa perder a una figura que, sin ser familia, forma parte de nuestro paisaje interior—moldeando nuestras ideas, nuestras convicciones, incluso nuestra manera de ver el mundo.”

Ella respondió:    “la muerte de una mente tan brillante, tan presente durante décadas, deja un vacío difícil de nombrar.”   Esa idea me conmovió.

“Me entristece profundamente,” le contesté,

“pensar en el silencio que ahora lo sigue.    Entiendo por qué esto te duele tanto—quizás porque Vargas Llosa representaba precisamente lo contrario:    un intelecto luminoso, intensamente elocuente.    Imaginar que incluso él ya no está…    duele.”

“Estoy contigo,” añadí.

“Y aunque esté lejos te acompaño en este duelo.”

Estas reflexiones despertaron recuerdos de nuestra propia familia—de nuestro padre, cuya lucidez comenzó a desvanecerse tras un traumatismo cerebral.    Fue perdiendo poco a poco el habla, la claridad, la comprensión del mundo que lo rodeaba.

Y de nuestra madre, que aguantó muchos más, también acabó desvaneciéndose poco a poco—su presencia esfumándose en cámara lenta.

Nuestros tíos, Calixto y Fredy—por parte paterna y materna—vivieron un mismo tipo de despedida silenciosa.    Años de silencio.   Desapariciones graduales.    Pérdidas que no siempre supimos nombrar, pero que nos marcaron a todos.

Es un patrón que no puedo ignorar.

He investigado.    (Tal vez no lo sabías.)   Genéticamente, mi riesgo de atravesar algo similar está en un rango moderado.    No es ni un veredicto ni una certeza—sólo una presencia.    Una sombra que camina a mi lado, sin decir nada, sin revelar nada.

A veces me pregunto si saberlo ayuda o hiere más.

Pero elijo saber.

Elijo mirar de frente.

Porque si algún día me toca recorrer ese camino, quiero hacerlo con la misma dignidad que vi en nuestros padres—aún en la confusión, aún en el silencio—cuando sus ojos aún podían reconocernos con un detello de ternura.

Y quiero que tú lo sepas.

Y que los dos lo recordemos.

*

Ricardo Federico Morín Tortolero

17 de abril de 2025

En tránsito de Florida a Pensilvania