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« La disciplina de la duda »

August 24, 2025

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Ricardo Morín
Serie de periódicos Nº 2: La disciplina de la duda
130 × 165 cm.
Tinta, corrector líquido y óleo absorbido sobre papel de periódico
2006

Ricardo F. Morín

August de 2025

Bala Cynwyd, Pa

Este ensayo es la segunda parte de una trilogía que examina la certeza, la duda y la ambivalencia como condiciones que configuran nuestra comprensión de la realidad. Se centra en la duda como disciplina y carga: una práctica que desestabiliza las afirmaciones de conocimiento y, sin embargo, hace posible la comprensión. Aquí la duda no se presenta como debilidad, sino como una postura necesaria dentro de la comunicación humana. Su valor no reside en el cierre, sino en mantener abierta la frágil línea entre apariencia y realidad. La trilogía comienza con Los colores de la certeza y concluye con Cuando todo lo que sabemos es prestado.

El escepticismo y la duda suelen mencionarse como si fueran lo mismo, pero difieren en aspectos esenciales. El escepticismo se inclina hacia la desconfianza: supone que las afirmaciones son falsas hasta que se demuestre lo contrario. La duda, en cambio, no parte del rechazo. Suspende el juicio, reteniendo tanto la aceptación como la negación, para que las preguntas puedan desplegarse. El escepticismo cierra la investigación de manera prematura; la duda preserva su posibilidad. Bien entendida, la indagación pertenece no a la creencia ni a la incredulidad, sino a la duda.

Esta distinción importa porque la indagación rara vez sigue un camino directo hacia la certeza. Con frecuencia es estratificada, inquieta e incompleta. Considérese el caso de la medicina. Un paciente puede recibir un diagnóstico inquietante y consultar a varios médicos, cada uno ofreciendo un pronóstico distinto. Uno puede ser más esperanzador, otro más cauteloso, pero ninguno plenamente concluyente. La tentación en tales circunstancias es aferrarse a la respuesta más tranquilizadora o descartar todas como poco confiables. Ambos impulsos distorsionan la situación. La indagación exige otro camino: comparar, sopesar, poner a prueba y, en última instancia, aceptar que la certeza puede no ser alcanzable. En este reconocimiento, la duda demuestra su disciplina: sostiene la investigación sin prometer resolución y enseña que la ausencia de final no es un fracaso, sino la condición para un entendimiento continuo.

Incluso dentro de la propia medicina, los líderes reconocen esta tensión. Abraham Verghese, junto con otros académicos de Stanford, ha señalado que apenas la mitad de lo que se enseña en las facultades de medicina resulta directamente relevante para el diagnóstico; el resto es especulativo o infundado. Esta observación no pretende desacreditar la formación médica, sino subrayar la necesidad de un método que priorice la verificación sobre la repetición acrítica. El diagnóstico clínico, por tanto, no se apoya en una acumulación de certezas, sino en la práctica constante de la duda disciplinada: cuestionar, descartar lo irrelevante y sostener lo provisional mientras se busca mayor precisión.

La historia ofrece otra lección vívida en la figura de Galileo Galilei. Cuando entrenó su telescopio hacia el cielo en 1609, observó cuatro lunas orbitando Júpiter y fases de Venus que sólo podían explicarse si el planeta giraba alrededor del sol. Estos descubrimientos contradecían el sistema ptolemaico, que durante siglos había colocado la tierra en el centro de la creación. La creencia exigía obediencia a la tradición; el escepticismo podía haber descartado todo conocimiento heredado como corrupto. El camino de Galileo fue distinto. Midió, documentó y publicó, sabiendo que la evidencia debía sopesarse antes de ser afirmada o negada. El costo de esta duda fue severo: interrogatorio, censura y arresto domiciliario. Sin embargo, fue precisamente su negativa a asentir con demasiada rapidez—su suspensión del juicio hasta que la evidencia resultara contundente—lo que hizo posible la indagación. Galileo muestra cómo la duda puede preservar las condiciones del conocimiento incluso bajo la mayor presión para creer.

La literatura ofrece un paralelo. En Hamlet de Shakespeare, el joven príncipe es confrontado por el espectro de su padre asesinado, que exige venganza. Creer significaría aceptar de inmediato la palabra de la aparición y matar al rey sin vacilación. Ser escéptico equivaldría a descartarla como alucinación o engaño. Hamlet no hace ni lo uno ni lo otro. Permite que la duda gobierne su respuesta. Pone a prueba la afirmación del espectro montando una obra que reproduce el supuesto crimen y observa la reacción del rey en busca de confirmación. Su negativa a actuar únicamente con base en la creencia, y su renuencia a descartar al espectro sin más, ilustran la disciplina de la duda. Su tragedia no radica en dudar, sino en llevar la duda más allá de lo proporcionado, hasta que la vacilación misma consume la acción. Shakespeare deja claro que la indagación requiere equilibrio: suficiente duda para poner a prueba lo que se afirma, suficiente resolución para actuar cuando la evidencia habla.

Las exigencias de la vida pública muestran con igual claridad la diferencia. En los primeros meses de la pandemia de COVID-19, se pidió a los ciudadanos confiar de inmediato en los pronunciamientos oficiales o, por el contrario, descartarlos como falsedades deliberadas. La creencia llevó a algunos a aferrarse acríticamente a cada garantía, por contradictoria que fuera; el escepticismo llevó a otros a rechazar todas las orientaciones como propaganda. La duda ofreció otro camino: preguntar qué pruebas sustentaban las afirmaciones, comparar los primeros informes con los estudios posteriores y aceptar que el conocimiento era provisional y cambiante. La incertidumbre era incómoda, pero también la única respuesta honesta a una realidad en rápida transformación.

Un patrón semejante surgió tras los ataques del 11 de septiembre. Los gobiernos urgieron a las poblaciones a escoger: apoyar la intervención militar o ser acusados de deslealtad. La creencia aceptó la justificación de la guerra al pie de la letra; el escepticismo descartó todas las afirmaciones oficiales como manipulación. La duda, sin embargo, preguntó qué pruebas existían sobre armas de destrucción masiva, qué intereses moldeaban la prisa por invadir y qué alternativas se estaban excluyendo. Dudar en tales circunstancias no fue deslealtad, sino responsabilidad: el intento de retener el asentimiento hasta que las afirmaciones pudieran ser verificadas. Estos ejemplos muestran que la duda no es pasividad. Es la disciplina activa de someter a prueba lo que se dice frente a lo que se puede saber, resistiendo la seducción del cierre prematuro.

La verificación exige precisamente esta suspensión: no la comodidad de la creencia, ni el descarte del escepticismo, sino la disciplina de demorarse en la incertidumbre el tiempo suficiente para que la prueba cobre forma. Puede decirse que sólo es posible verificar cuando la creencia queda en suspenso. La creencia anhela un cierre, el escepticismo presume la falsedad, pero la duda aquieta la mente en el intervalo, allí donde la verdad puede aproximarse sin la ilusión de ser poseída.

El mismo principio alcanza a las tentaciones del éxito y del reconocimiento. El éxito y la fama se asemejan a cenizas: restos vacíos de un fuego que alguna vez ardió y que ahora yace extinguido, incapaces de ofrecer verdadero gozo a una mente indagadora. Las cenizas evocan una llama que se consumió en su propio ardor. Así ocurre con la fama: cuando cesa el aplauso, sólo queda el residuo. También la creencia brinda amparo pasajero, pero se vuelve frágil cuando nunca se somete a prueba. El reconocimiento y la convicción prometen permanencia, y sin embargo ambos se quiebran con facilidad. Una mente entregada a la indagación no puede reposar en ellos. Requiere algo menos visible, más perdurable: la negativa a definirse con premura, la disciplina del anonimato.

El anonimato aquí no significa apartarse del mundo. Significa, más bien, contener la afirmación o el propósito hasta que el conocimiento madure. Declarar con exceso de rapidez lo que uno es, o lo que uno sabe, equivale a clausurar el descubrimiento. Por necesidad, la mente indagadora permanece anónima. Se resiste a ser apresada por etiquetas o sostenida en reconocimientos. Su apertura es su fuerza. Permanece atenta a lo que aún no ha sido revelado.

La época presente vuelve aún más apremiante esta disciplina. La tecnología acelera cada demanda de certeza: los titulares han de ser inmediatos, las opiniones instantáneas, las identidades reducidas a perfiles y etiquetas. Las redes sociales prosperan en la afirmación repetida de la creencia, rara vez en la duda considerada y puesta a prueba. Los algoritmos recompensan la prisa y la indignación, castigando la vacilación como debilidad y la contradicción como traición. Cultivar la duda y el anonimato es, por ello, una forma de resistencia. Resguarda la sutileza del pensamiento frente a la presión de la velocidad y el espectáculo. Se niega a que la indagación se reduzca a consignas o a que la certeza se comprima en frases hechas.

La disciplina de la duda enseña que la verdad nunca se posee, sólo se persigue. El éxito, la fama y la creencia pueden fulgurar un instante, pero acaban desmoronándose en cenizas. Lo que permanece es la labor callada de preguntar, la paciencia de permanecer indefinido hasta que el conocimiento tome cuerpo. Creer es instalarse en el residuo; dudar es sostenerse en el fuego vivo. Preguntar es avivar la llama; creer es juntar cenizas.


Bibliografía anotada

  • Arendt, Hannah: Between Past and Future. New York: Viking Press, 1961. (Arendt examina la importancia de pensar sin apoyos absolutos; ilumina cómo la disciplina de la duda resiste certezas políticas y sociales).
  • Bauman, Zygmunt: Liquid Modernity. Cambridge: Polity Press, 2000. (Bauman describe la fluidez y la precariedad de las certezas en la modernidad; refuerza la idea de la duda como condición frente a la volatilidad contemporánea).
  • Berlin, Isaiah: The Crooked Timber of Humanity. Princeton: Princeton University Press, 1991. (Berlin analiza el pluralismo de valores y la imposibilidad de certezas únicas; sostiene la necesidad de vivir con tensiones irresueltas).
  • Bitbol-Hespériès, Annie: Descartes’ Natural Philosophy. New York: Routledge, 2023. (Bitbol-Hespériès examina cómo la filosofía natural cartesiana surge de un ejercicio constante de duda metódica; ofrece una lectura contemporánea que conecta ciencia y metafísica).
  • Han, Byung-Chul: In the Swarm: Digital Prospects. Cambridge, MA: MIT Press, 2017. (Han examina la presión de la transparencia y la aceleración digital; aporta claves para entender cómo la tecnología desvirtua la paciencia de la duda).
  • Croskerry, Pat; Cosby, Karen S.; Graber, Mark; and Singh, Hardeep, eds.: Diagnosis: Interpreting the Shadows. Boca Raton, FL: CRC Press, 2017. (Abordan la complejidad cognitiva del razonamiento diagnóstico; muestra cómo la incertidumbre es inherente a la práctica clínica y cómo la duda disciplinada puede reducir los errores diagnósticos).
  • Elstein, Arthur S. y Schwartz, Alan: Clinical Problem Solving and Diagnostic Decision Making: Selective Review of the Cognitive Literature. New York: Oxford University Press, 2002. (Un estudio fundamental en la toma de decisiones médicas, que muestra cómo el razonamiento diagnóstico depende menos de un conocimiento estático y más de la duda metódica y la verificación).
  • Finocchiaro, Maurice: Retrying Galileo, 1633–1992. Berkeley: University of California Press, 2005. (Finocchiaro explora los juicios y revisiones históricas del proceso contra Galileo; muestra cómo la duda científica chocó con la autoridad religiosa y cómo ha sido reinterpretada).
  • Gaukroger, Stephen: Descartes: An Intellectual Biography. Oxford: Oxford University Press, 2002. (Una biografía intelectual que sitúa a Descartes en el contexto cultural del siglo XVII; ilumina cómo la duda cartesiana fue también estrategia frente a tensiones religiosas y científicas).
  • Garber, Daniel: Descartes Embodied: Reading Cartesian Philosophy through Cartesian Science. Cambridge: Cambridge University Press, 2001. (Garber analiza la estrecha relación entre la ciencia de Descartes y su método filosófico; subraya cómo la práctica científica refuerza la disciplina de la duda).
  • Graber, Mark L.; Schiff, Gordon D.; and Singh, Hardeep: The Patient and the Diagnosis: Navigating Clinical Uncertainty. New York: Oxford University Press, 2020. (Graber explora cómo los médicos gestionan la incertidumbre, subrayando que la precisión en el diagnóstico surge de métodos estructurados más que de un conocimiento incuestionado).
  • Han, Byung-Chul: The Disappearance of Rituals. Cambridge: Polity Press, 2020. (Han explora cómo la sociedad digital erosiona los espacios de repetición y espera; ilumina la urgencia de recuperar anonimato y demora en la indagación).
  • Machamer, Peter, ed.: The Cambridge Companion to Galileo. Cambridge: Cambridge University Press, 1998. (Colección de ensayos actualizados que presentan la obra de Galileo desde la historia de la ciencia, la filosofía y la política; ilumina cómo la duda empírica transformó la cosmología).
  • Nussbaum, Martha: Political Emotions: Why Love Matters for Justice. Cambridge, MA: Harvard University Press, 2013. (Nussbaum examina cómo las instituciones liberales pueden cultivar de manera responsable las emociones públicas—como el amor, la tolerancia y la solidaridad—enriqueciendo así la sección del ensayo sobre la vida cívica, que muestra cómo el cultivo emocional, más allá de la creencia o el escepticismo, sostiene la indagación social).
  • Popkin, Richard: The History of Scepticism: From Savonarola to Bayle. Oxford: Oxford University Press, 2003. (Estudio histórico del escepticismo, mostrando cómo evoluciona entre desconfianza radical y disciplina de la indagación).
  • Shakespeare, William: Hamlet. New Haven: Yale University Press, 2003. (Encarnación literaria de la duda como fuerza ambivalente: motor de la indagación y riesgo de la parálisis).
  • Shea, William, and Mariano Artigas: Galileo in Rome: The Rise and Fall of a Troublesome Genius. Oxford: Oxford University Press, 2003. (Narración accesible y documentada del enfrentamiento de Galileo con la Iglesia; ilustra cómo la persistencia en la duda verificadora tuvo consecuencias vitales y políticas).
  • Verghese, Abraham; Saint, Sanjay; and Cooke, Molly: “Critical Analysis of the ‘One Half of Medical Education Is Wrong’ Maxim.” Academic Medicine 86, no. 4 (2011): 419–423. (Autorizado por académicos vinculados a Stanford en educación médica; argumenta que gran parte de la enseñanza médica carece de relevancia directa para la exactitud diagnóstica, lo que subraya la necesidad de la duda disciplinada y la reevaluación).

« Meditaciones sobre José Ortega y Gasset »

December 20, 2022

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En Reconocimiento

I

En primer lugar, me gustaría compartir con mis lectores mi mayor agradecimiento a Billy Bussell Thompson (n. 23 de noviembre de 1942), Ph.D., Profesor Emérito de Lingüística de la Universidad de Hofstra, por su generosidad al ser mentor y editor.    Su trayectoria académica va desde 1963 hasta 1993.   Entre sus publicaciones más destacadas en español, tenemos:   La razón de algunos refranes . . .; La vida de Santa María Egipçiaca . . .; Historia del virtuoso caballero don Túngano . . .; La leyenda medieval de Santo Toribio y su arca santa. . .; etcétera…

II

Desde 1989, nuestra amistad se ha extendido por más de tres décadas.   Hemos trabajado en estrecha colaboración en al menos una docena de artículos y cuentos (publicados en WordPress).   He tenido la suerte de contar con su franqueza y apoyo.  Nunca ha andado con rodeos.  Fue contundente, cuando cualquiera de mis borradores parecía sin mérito.  Cuando ése era el caso, los artículos se trituraban y quedé satisfecho con la integridad de su prosa, además de comprender mis propias limitaciones como escritor.   El Prof. Bussell Thompson (B.B.T.) generalmente compara la habilidad de escribir en prosa con la de un cono de visión cada vez más estrecho.   Este cono selectivo es similar a la integridad estética de una obra de arte plástica.   Con el presente esfuerzo, el Prof. B.B.T. creyó, desde el principio, en la posibilidad de sacar adelante esta historia en equipo.  A pesar de que vivimos en distintas regiones – geográficamente muy alejadas – de EE. UU., no hemos tenido problemas para comunicarnos por teléfono y correo electrónico.

III

Esta narrativa busca explicar la confusión que se encuentra en la sociedad y la política, e incluso su aparente falta de propósito.   De hecho, por este impulso dedico mi narración a los lectores.

IV

Inicialmente, no sabía a dónde conduciera esto.    Presenté un borrador de cinco párrafos al profesor B.B.T.  Cuando empezó a leer, hizo una pausa y me preguntó si me estaba refiriendo a la alegoría de la caverna de Platón.  Sorprendido, le pedí que se detuviera.   Respondí que su referencia a Platón me colocaba en una perspectiva diferente.   Agradecido, añadí que su pregunta fue bien recibida; en ese momento, quería proseguir con la investigación antes de continuar.

V

B.B.T. me animó a releer los diálogos de Platón.   A esto añadió que tomara en cuenta cualquier ambigüedad asociada con la concepción de Platón sobre la autoridad ideal del Estado (politeia) o Nación.   B.B.T. se refiría a las ideas platónicas controvertidas en los debates actuales.  También recomendó la lectura de José Ortega y Gasset (1883-1955).   Incluyó La rebelión de las masas [1929] y La deshumanización del arte [1925].  Me sugirió que fuera consciente de la perspectiva liberal meritocrática de Ortega (aunque creíamos que Ortega no se había caracterizado por respaldar abiertamente ninguna ideología política) y que prestara atención a la relevancia que Ortega le da al hombre que es consciente de sus limitaciones, frente al hombre que las ignora:    tanto en el caso de la burguesía como el caso del hombre de masas (que ejemplifican, para él, “la razón sinrazón”) – tal como lo explica en La rebelión de las masas.  Y finalmente, que me centrara en la distinción entre “contenido” y “forma”, para explicar la ruptura de la vanguardia con la burguesía.

VI

El profesor B.B.T. y yo también tuvimos un intercambio de ideas sobre los paralelismos entre el pensamiento platónico y el orteguiano.  Me aconsejó entonces que leyera de nuevo Meditaciones sobre el Quijote [1914] tanto en español como en inglés.  Allí, B.B.T. pensaba que yo podría encontrar un terreno fértil de ideas significativas sobre lo cual reflexionar y, así, poder desarrollar mis propias interpretaciones sobre la naturaleza del conocimiento, sus límites y cómo encontrar el significado del ideal de la verdad.

VII

Al escribir mi último cuento, titulado En la oscuridad el profesor B.B.T. ya me había instado a investigar el significado de “circunstancia”1, tal como define el vocablo Ortega en Meditaciones sobre el Quijote.    Nos quedaba claro que tanto el enfoque fenomenológico de la “circunstancia” de Ortega como la tesis de Platón sobre la transformación del individuo (a través del conocimiento) compartían puntos en común, que nutrirían mi propia narrativa.

VIII

Pero el viaje narrativo resultó ser tan desafiante como el profesor B.B.T. había previsto.  Su crítica, incluso entonces, nunca dejó de ser constructiva y entusiasta.  Su compasión estuvo presente siempre que me percatara de la necesidad de ser claro y preciso.   A menudo citaba la autenticidad y precisión de Ernest Hemingway.

IX

Una y otra vez me invadía un desgarrante dolor al tratar de comprender lo que deseaba expresar.  Liberar mi prosa de la superficialidad era tal cual como respirar profundo para así exhalar la vaguedad de mis angustias   A veces era incapaz de alejarme de lo obvio.  Otras veces, o me escondía detrás de lo complejo o me aferraba al pensamiento abstracto y críptico:  al igual que la jerga reduccionista de las ciencias sociales.  El profesor B.B.T. sugería repetidamente ser breve:  Necesito respetar, ante todo, la sencillez del lenguaje y abrir el camino hacia su acceso.  Llevar a Platón y Ortega al lector era mi responsabilidad.   No debía imitarles ni pensar como ellos, sino representarles auténticamente.   Mi primera obligación es con el lector.   Para ello es esencial evitar eufemismos, aleatoriedad y devaneo.  El asentimiento de una comunicación efectiva es el objetivo de mayor importancia:  sólo me entiendo a mí mismo si comprendo al lector.

X

Las insistencias y críticas de B.B.T., las acogí con entusiasmo.   Su desafío se convirtió en el mío.  Hacía dos décadas que él me exorcizaba las limitaciones:  siempre que trabajáramos juntos, descubriera algo nuevo en mí y me hallara más en sintonía con la lengua inglesa y española.   Habría de ser mi propio traductor.   En dichos casos, tornaría con mayor respeto hacia ambas lenguas.   Habría de captar sus esencias, comparando los dos idiomas, mientras el uno informara al otro.


Prólogo

En el diálogo Teeteto de Platón [alrededor del 369 a.E.C.], Sócrates propone que la extracción extraordinaria de ideas es como producir una vida nueva y purgar lo superfluo e innecesario.  Asimismo, el objetivo aquí es producir y discutir qué es la iluminación y cuáles sean los obstáculos para su logro.  Sócrates me ha ayudado en cómo definir el conocimiento:  ¿Es la moralidad universal?, o incluso, ¿es posible la moralidad objetiva?  Por estas ideas estoy en deuda con Platón y Ortega y Gassett.


Ricardo F. Morín, 20 de diciembre de 2022
Redactor Billy Bussell Thompson


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Platón, busto romano de mármol copiado de un original griego, siglo IV, a. E.C., Museos Capitolinos, Roma

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Sócrates, busto romano de mármol copiado de un original griego, segunda mitad del siglo IV, a. E.C., Museos Capitolinos, Roma.

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José Ortega y Gasset (1883-1955), detalle de fotografía de su personificación de Honoré de Balzac, hacia 1900.

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Una forma de objetividad es reconocer la propia subjetividad.   Escasean las metáforas para comprender la realidad.   Uno observa el mundo principalmente a través de su propia experiencia.   Es difícil (aunque no imposible) comprender lo que uno no ha experimentado.   La verdad nunca descansa:   No es singular, sino siempre plural.

Anónimo

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Índice

  • 1. Conciencia de la Transformación de Uno Mismo:

El principio supremo de la indagación es la conciencia de uno mismo.   En la indagación yacen los comienzos del cambio.

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Índice

  • 2. La Ausencia de Confianza:

En nuestra era de incredulidad, las historias que nos contamos sobre el pasado y el presente parecen estar en un estado de colapso.   Hay una falta de continuidad en el orden social, cada vez más asfixiado por la desinformación y la desconfianza.   Nos desafiamos unos a otros sobre lo que es real y lo que no lo es.

3

Índice

  • 3. La verdad incuestionable:

Para la mayoría de nosotros, una verdad última sigue siendo inalcanzable y las historias que compartimos del pasado y el presente ya nos parecen inútiles.   Junto con la desaparición de nuestras historias pasadas, la persona que busca la verdad y el acto de dar a una persona lo que le corresponde están en crisis.   Nuestra sociedad se encuentra marcada por una disminución de la confianza en el gobierno y sus instituciones.   Desesperadamente, el desafío de la creación de nuevas historias se ha convertido en un acto de preservación.   Asimismo, la autocracia está en ascenso.   La pérdida de fe ha sembrado la falta de sentido.   ¿Qué puede cambiar este curso de desesperanza?   ¿Cómo nos proporcionaremos una iluminación?

4

Índice

  • 4. La conciencia:

El conocimiento está en constante cambio y el resultado de esta desestabilización nos lleva a un mayor desorden.   Por eso la claridad es más necesaria para que nos entendamos.   Aunque la claridad no siempre sea posible, conocerse a sí mismo es imperativo.   Surge así la contradicción entre continuidad y cambio.   Aquí yace la búsqueda de la supervivencia.

5

Índice

  • 5. El no saber

No saber es la condición esencial de la existencia, a pesar del aparente deseo del saber o de su autoridad.   Saber es indagar.   La realidad, aunque fugaz, inspira a la reflexión.   El cambio comienza con el reconocimiento de que uno no está aislado.   Ni siquiera aquel (quien busca el sacrificio de sí mismo para su avance espiritual), mediante una clausura absoluta, podría librarse de su enredo con el mundo.   Es relacionándose con otras personas y con su entorno que esta persona pueda llegar a saber quién es.   Ni siquiera aquel (quien desprecia supuestos símbolos del miedo) es capaz de liberarse de su angustia.   El miedo a no saber se cierne sobre todos nosotros.   Es posible que esforzarse sin medida alguna (en la aspiración a la racionalidad) sólo nos lleva a terminar siendo irracionales:   Aquí radica el origen de la complejidad dado el abandono de nuestra inocencia.

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Índice

  • 6. La energía vital:

En su teoría de los atributos culturales (Meditaciones del Quijote, Meditación preliminar; Índice 8, La pantera o del sensualismo, pág. 21), José Ortega y Gasset nos entrega su concepto de razón vital2, es decir, la razón se expresa a través de la vida misma.   Ortega disecciona la mente europea en dos arquetipos:   el “germánico” y el “mediterráneo”.   El primero es meditativo y el segundo sensual.   De lo sensual dice:   El predominio de los sentidos arguye de ordinario falta de potencias interiores.   ¿Qué es meditar comparado al ver?   Apenas herida la retina por la saeta forastera, acude allí nuestra íntima, personal energía, y detiene la irrupción.    La impresión es filiada, sometida a civilidad, pensada – y de este modo, entra a cooperar en el edificio de nuestra personalidad (Meditación preliminar, Índice 8, pág. 41).    La advertencia orteguiana aquí es encontrar un equilibrio entre extremos:   entre los excesos y las deficiencias de estos dos arquetipos.

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Índice

  • 7. La agencia humana y su historia:

Una segunda fuente para mi comprensión de la mente y los sentidos se encuentra en la República de Platón (politeia) en el diálogo de Sócrates sobre la alegoría de la caverna al comienzo del Libro Siete.   Han habido una gran cantidad de interpretaciones.   La mía diferirá.   Mi propósito es escindir el significado del sufrimiento de la mente del esclavo liberado.   Una vez liberada de las ataduras, la mente del liberto (que asciende a la boca de la cueva) descubre su propia visión del mundo.   A pesar del resplandor del sol, la mente sin educación es transformada por el nuevo ideal de la verdad.   Pero la conciencia del cautivo (que se ha quedado atrás) es inseparable de la condición del liberado:    El esclavo (que permanece en las sombras del sufrimiento) no es enteramente separable de la memoria del liberado.   Debido al sufrimiento, la mente del hombre libre es consciente de su incapacidad para saber.   Al mismo tiempo, la mente libre aprende cómo su propia transformación puede depender del nuevo curso de su historia.   Las acciones de esta mente permiten la participación en el cambio y el cambio es posible a través del examen de si misma.   La mente se examina mientras medita sobre sí misma.   La meditación no es una obligación, sino una necesidad.   La meditación es el resultado de la libertad de la mente y es el medio para comprender sus propias elecciones al aproximarse a la verdad:   Pero dicho esfuerzo es tan sólo una aproximación a la infinitud de la verdad.   Aquí la mente liberada (deficiente frente al mundo visible), reconoce que ni sus acciones ni el curso de su historia son predecibles.   Ellos (es decir, las acciones de la mente y el curso de su historia) provienen de múltiples posibilidades sobre la creencia.

La mente liberada se da cuenta de que el tiempo es una ilusión:   el tiempo es fugaz, falso y engañoso.   La mente, habitualmente atrapada en su pasado, permanece sumida en el dolor.   La ira (que viene del pasado en busca de la justicia) tiene por único fin la manifestación del resentimiento.   Pero la ira sólo logra poner su existencia en suspenso, a la espera de una compensación.   Así como el tiempo es una ilusión para la mente, la búsqueda de una reparación emocional también es ilusión.   Para la mente, no hay reivindicación al estar atrapada en el laberinto de la ilusión.   Sólo la racionalidad del amor activo puede compensar la ira.   Si la mente del amador de la verdad puede proyectarse amorosamente en la dirección que le molesta, entonces surge hacia sí misma un sentido liberador de valentía.   La ira y el sentimentalismo son lo mismo.   A medida que la fuerza del amor se deshace del sentimentalismo, los deseos se disipan y con ellos también la ira.   Por lo tanto, la violencia deja de existir.   La alegoría de la mente de Sócrates (liberada del sufrimiento) lleva todas estas implicaciones y comparaciones hacia una meta de la Verdad Ideal.

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Índice

  • 8. Vigilancia e intuición:

En un esfuerzo por entender el concepto de circunstancia de Ortega, su Meditación preliminar, Índice 6, Cultura mediterránea, nos explica que cuando transita por el paisaje de las ideas tiene que meditar con atención sobre la influencia de sus experiencias.   No hace falta decir que esto incluye todas sus relaciones pasadas y presentes, las geografías que ha ocupado y todo aquello que ha hecho en la vida.   Ortega nos advierte de los riesgos de este acto de meditación:   Una viva sospecha nos acompaña de que a la menor vacilación por nuestra parte, todo aquello se vendría abajo y nosotros con ello.   Tiene que sostenerse el ánimo a toda tensión; es un esfuerzo doloroso e integralÍndice 6, Cultura Mediterránea, pág. 13.   En los diálogos de Platón se encuentra el mismo “esfuerzo”:   Mediante el acto de la meditación, el hombre libre de Sócrates extrae transformación y redención de las estrechas hendiduras entre las ideas:   La meditación ayuda al amador de la verdad a acercarse a su condición existencial; le ofrece la posibilidad de reaccionar de distinta manera y le sostiene con la misma energía que le da la vida.

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Índice

  • 9. La Fe:

Para la persona quien teme a la meditación, tener fe en las propias acciones y cambios no es suficiente para cumplir con su propia indagación.   Para ella, la historia no está viva:   está en un punto sin retorno; está muerta.   Ésta está en un mundo de desesperación, rodeada por la danza proverbial de las sombras.   Ésta está atada por sus propias cadenas, está abrumada por la falta de confianza y, sin confianza, es incapaz de dar el salto de fe.   Ni la noción de individualidad ni el concepto de libre albedrío parecen ya satisfactorios.   Ésta renuncia a su propio poder sin darse cuenta de las fuerzas que le influyen en la mente y los sentidos.   Su negativa a enfrentarse a la realidad se convierte en una decisión consciente de supresión de la verdad.   Este rechazo es antitético a la vida misma.   Para ella, la vida se convierte en esclavitud, oponiéndose al hombre liberado (quien reflexiona sin miedo sobre la realidad del mundo visible) y oponiéndose a quien se adentra apasionadamente en la exploración de lo desconocido.   La mente del liberto representa el concepto de la razón vital orteguiana, deseosa de ser absorbida por ella.

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Índice

  • 10. La salvación:

Las distracciones pueden ser múltiples.   En éste análisis lúdico orteguiano, él nos da a entender que si la meditación se ajena por los miedos (de la mente), ésta puede sucumbir a la obsesión, e incluso caer desesperadamente en manías.   Ortega valora la relevancia de cada influencia.   Él entiende que un ser humano y un paisaje no están separados.   La unidad de los dos significa su salvación por “circunstancia”:   Así su apreciación concluye “Yo soy yo y mi circunstancia, si no la salvo a ella no me salvo yo –   Al Lector, Índice, pág. 41. (lo que a mi ver interpreto “soy yo mismo [en un mundo de percepciones] y en relación al mundo material que me rodea; si no los salvo a ambos, no me salvo a mí mismo”).   Por cierto, aquí Ortega se adelanta a su conclusión con lo que habría leído en la Biblia:   Benefac loco illi quo notus es3 (traducido libremente al español “haz el bien en el lugar donde eres conocido”).   Con estas declaraciones, Ortega refuerza la idea de que es incapaz de desvincularse de su entorno.   Para que florezca y encuentre la salvación, será necesario que se comprenda y proteja lo que comparte con el entorno.

Paralelo al análisis de Ortega se encuentra la alegoría socrática de Platón, quien nos enseña el efecto que el mundo visible ejerce sobre nuestra mente.   Desde estas dos perspectivas, la mente tiende a desanimarse por lo que no comprende.   La conciencia del mundo visible (de su influencia) es para ambos pensadores un instinto de sobrevivir.   Ser consciente, por lo tanto, significa estar en silencio, lejos del sonido ensordecedor del miedo.   Mientras haya miedo, promovido por el progreso de la civilización, no habrá movimiento ni separación de las distracciones.   Enfrentar el miedo significa dispersarlo, hacerlo desaparecer.   La dispersión del miedo es fundamental para la comprensión del yo.   Liberarse del miedo es enfrentarse al propio no-saber.   La esclavitud (en el fondo de la cueva) equivale a aceptar las imposiciones del miedo.   Tanto para Ortega como para Platón, la oposición a la indiferencia se encuentra a través de la meditación; así uno es capaz de estar alerto y conocerse a sí mismo.

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  • 11. La percepción y su narrativa:

Vivir en la incertidumbre es la verdadera confianza.   El hecho es que los seres humanos se organizan en torno a las historias.   Cada historia creada es un acto de piedad que consuela la mente.   Sin embargo, las historias nuevas y antiguas son herramientas provisionales que llenan la ausencia de la fe, volcándose sobre el vacío de nuestra ignorancia.   Sea cierta o no, ella, la historia, es decir contar historias, nos rescata de nosotros mismos.   Contar historias es la razón vital.   Ella busca exponernos al mejor significado posible:   Éste se encuentra invirtiéndonos en el afán de superar la adversidad.   Éste se encuentra en algo nuevo dentro de sí mismo.   Éste se encuentra en el dolor constante por superar la adversidad.   Este proceso revela que la verdad no se puede controlar.   La felicidad depende de cómo se acepte la ausencia de control de la verdad y de cómo se deje de sentir aversión sobre las limitaciones.

La narración nos persuade a pensar que las propias acciones se extiendan profundamente en la conciencia misma.   Es posible que no se derrote el elemento preconcebido, porque el sesgo siempre está presente.   El sesgo persistirá siempre que exista el sufrimiento, la incertidumbre y el esfuerzo por superarlos.   El sesgo acecha detrás de nuestros pensamientos (insidioso y en silencio) y permanece allí a pesar de sus efectos nocivos.   La ironía es que si uno desterrara las ideas preconcebidas del sesgo, no habría progreso.   En cualquier historia, si el héroe supera la villanía del sesgo4 es porque él es capaz de cambiar:    Si no se vence el sesgo, uno deja de crecer y no hay transformación.   El éxito es menos importante que la lucha por superar los prejuicios.   Cada vez que la adversidad aparece, es un momento para reconocer esos prejuicios que aún residen en nosotros.   El éxito no proporciona la felicidad.   La felicidad sólo es posible a través del auto-descubrimiento.   Como tal, uno se convierte simbólicamente en la humanidad entera.   Ésta es su máxima expresión:   La creación de algo nuevo ante la adversidad, y cuanto peor es la adversidad, mayor la oportunidad.

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  • 12. El Razonamiento (sensibilidad versus sapiencia):

La conciencia de la ficción es la apreciación de la paradoja entre lo que es y lo que no lo es.   El conocimiento expresa no sólo la conciencia de las propias intuiciones y sentidos, sino también el propio razonamiento sobre dichas intuiciones, sentidos o impresiones.   Es decir, cada vez que examinamos la percepción de nuestra memoria, estamos reinterpretando nuestra comprensión.   Así, la forma en que nos organizamos y nos observamos proviene de nuestros deseos y sentidos del momento, aunque estos (los deseos y sentidos) parten de nuestros recuerdos y preferencias habituales.   Por ejemplo, es difícil para nosotros estar de acuerdo con un origen en común, o con un hilo singular que nos una como especie, incluso si sea cierto.   Lo queramos o no, nos definimos por las historias que creamos ya sea por grupos o por países.   Al hacerlo, en realidad estamos imaginando creencias separadas y fragmentadas de que pertenecemos a lugares, culturas y razas distintos, aunque exista ese hilo insoslayable que nos conecta como especie.   Tal composición se encuentra en nuestra oriundez (común y preponderante) aunque nuestra percepción se resista a formar parte de ella.   Nos dotamos de diferencias dictadas por el condicionamiento de nuestras percepciones.   En La rebelión de las masas, Ortega se refiere a esta condición como la razón de sinrazón, lo que explica nuestra arraigada irracionalidad y fragmentación.   El conocimiento implica mayor contenido del que se adquiere a través de la forma de nuestras percepciones.   Nuestras mentes tienden a abreviar la historia, aun creyendo inclusive que no existe.   Sin embargo, cuanto más expansiva es la “circunstancia” o condición de aprehensión de la verdad, la razón vital de nuestra existencia nos exije mayor madurez.

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  • 13. La inteligencia Emocional:

Si un ser humano es la medida de todas las cosas, entonces también se llega a apreciar que el conocimiento es siempre inconcluso.    De allí que sea productivo que la meditación fortalezca nuestra mente, nuestra memoria, nuestro aprendizaje, nuestra atención y nuestra autoconciencia.   La meditación sobre el pasado, el presente o el futuro depende de la inteligencia emocional.   La inteligencia emocional se basa en captar la importancia de las influencias de todas las áreas de la vida del ser humano, desde su comportamiento hasta la relación con los demás y su entorno.   La realidad última depende del nivel de madurez de una persona, y es a través de la meditación que uno madura.   Por lo tanto, la forma en que una persona elija actuar depende de la meditación y de su nivel de inteligencia emocional.   Para el fanático (obsesionado por el miedo) la meditación parece imposible.   Para el fanático, la duda no es el problema.   El fanático busca reiterar ciclos.   El fanático no logra comprender que el miedo al cambio es irracional porque es inevitable que el mundo esté en constante evolución.   El fanático busca cambiar lo que está fuera de su control.   Desde el punto de vista orteguiano, esta persona, dentro de un sistema de valoración cerrado, no encuentra consuelo alguno porque su mente teme lo que no entiende.

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  • 14. Conexión con nuestro universo:

Desde la perspectiva orteguiana del Quijote de Cervantes [1605-15], aprendemos que la valentía que otorga el Amor – no el odio – nos impulsa a comprender … las materias de todo orden que la vida, en su resaca perenne, arroja a nuestros pies como restos inhábiles de un naufragio (Al lector, Índice, pág. 18)  : Amor es un divino arquitecto que bajó al mundo, según Platón -ὥστε τὀ πᾶν αὐτῶ ξυνδέδέσθα- «a fin de que todo en el universo viva en conexión.»   La inconexión es el aniquilamiento.   El odio que fabrica la inconexión , que aísla y desliga, atomiza el orbe y pulveriza la individualidad (Al lector, Índice, pág.18).  

Así, Ortega explica que el imperativo para el individuo es reflexionar sobre su circunstancia
(in medias res) … para despertar el deseo de comprender lo universal en sus particulares:   Desconocer que cada cosa tiene su propia condición y no la que nosotros queremos exigirle es, a mi juicio, el verdadero pecado capital, que yo llamo pecado cordial, por tomar su oriundez de la falta de amor.   Nada hay tan ilícito como empequeñecer el mundo por medio de nuestras manías y cegueras, disminuir la realidad, suprimir imaginariamente pedazos de lo que es.   Esto acontece cuando se pide a lo profundo que se presente de la misma manera que lo superficial.   No; hay cosas que presentan de sí mismas lo estrictamente necesario para que nos percatemos de que ellas están detrás ocultas. [Al lector, Índice 2, Profundidad y superficie, pág. 4].

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  • 15. Una perspectiva heroica:

Antes del fanatismo viene el conocimiento.   El fanatismo es para Ortega el rechazo a las perspectivas ajenas.   Ortega subraya el razonamiento como un acto de caridad, que descubre las diferencias, y sugiere que la comprensión sea como el vuelo de un águila en círculos.   Para Ortega y Cervantes ser uno mismo es igual.   El acto de ser un héroe se lleva a cabo a través de una exploración sensible de la naturaleza de la realidad.   En la opinión de Ortega, así como la de Cervantes, la voluntad del héroe pertenece sólo a la persona de Don Quijote:   Porque ser héroe consiste en ser uno mismo.   Si nos resistimos a que la herencia, a que lo circunstante nos impongan unas acciones determinadas es que buscamos asentar en nosotros, y sólo en nosotros el origen de nuestros actos.   Cuando el héroe quiere, no son los antepasados en él o los usos del presente quienes quieren, sino él mismo.   Y este querer él ser él mismo es la heroicidad – Meditación Primera, Índice 15–pág. 41.  
No creo que exista especie de originalidad mas profunda que esta originalidad “práctica”, activa del héroe.   Su vida es una perpetua resistencia a lo habitual y consueto.   Cada movimiento que hace ha necesitado primero vencer a la costumbre e inventar una nueva manera de gesto.   Una vida así es un perenne dolor, un constante desgarrarse de aquella parte de sí mismo rendida al hábito prisionera de la materia.Índice 15–pág. 63.

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  • 16. El temor al azar:

Una vida socrática es heroica, que de no examinarse, carece de valor.   En el dolor de vivir, uno tiene que aceptar como un hecho que el examen del miedo es parte integral de la vida.   Junto al miedo el destino nunca es postizo.   El destino no engaña, ni siquiera en nuestros infortunios.   El destino no es ilusorio, aunque nuestra percepción del tiempo pueda serlo.   De hecho, el destino nos desafía a cambiar.   El destino nos protege del estancamiento.   Lo que parece ser aleatorio es de cierto una oportunidad para aprender.   En consecuencia, el destino no existe para atacar, sino para estimular nuestra transformación.   El destino no se mueve en nuestra contra, sino que nos reta al cambio mientras enfrentamos obstáculos.   El destino ataca el miedo, porque el miedo de uno le quita la capacidad de tomar decisiones.   Las narrativas del miedo resultan ser profecías que se cumplen por nuestra propia voluntad.   El miedo engaña y nos define.   Dificulta la supervivencia.   El miedo nos impide evolucionar, nos paraliza:   Nos resistimos a abandonar los hábitos por miedo.   Así pues, uno languidece y no logra vencer la incredulidad.

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  • 17. La infinitud y la humildad:

La sombra de la vergüenza representa los defectos de uno.   La sombra es lo que uno desea no ser, aunque su sombra sea parte de uno mismo.   Sólo cuando la sombra es aceptada con humildad, sus defectos se disuelven en el acto de uno amarse con compasión.   En última instancia, el fanático reconocerá su inconclusión y se dará cuenta de su propia insignificancia:   La incapacidad para la plenitud se cierne sobre todos nosotros.   Sólo a través del riesgo se aprende el alcance de los propios límites y cuánto más allá se pueda llegar.   Avanzamos a través de la humildad y la humildad no aprecia ni la verdad ni la falsedad.   La humildad es el reconocimiento del propio alejamiento inexorable de la verdad infinita.   Sólo la voz humilde reconoce la lucha por el entendimiento y la necesidad del cambio.   Ambos (el entendimiento y el cambio) dependen de huir de la desesperación.   Para Ortega y para Platón, la marca de los más altos valores se encuentra en nuestra vulnerabilidad.   Si nos entregamos absolutamente, entonces encontramos nuestra redención.

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  • 18. Epilogo:

Mi perspectiva trata a Platón y Ortega fuera de cualquier justificación teísta.   Dejo de un lado cualquier aplicación de Platón al pensamiento teológico.   Asimismo, hago caso omiso a cualquier intento de atribuir respetos religiosos a la teoría de los valores de Ortega.   Para mí, sus nociones, cuando se sobreponen a la teología, no son creíbles.   Entiendo a Platón y Ortega en su búsqueda de los límites de la percepción y la racionalidad humana.   Los esfuerzos de sobreponer sus filosofías como fundamentos religiosos no se prestan a mi meta.

La profundidad del pensamiento de Platón y Ortega no se encuentra en un método para la moral objetiva.   Tampoco es relativismo ético, ni siquiera se encuentra en una pretensión de universalidad.   Las ideologías sobre la moralidad se derivan de normas dictadas por teólogos, aparentemente reacios a renunciar a la autoridad.   El papel del amador de la verdad no consiste en dictar la virtud ni definir una deidad.   Sus enseñanzas se centran en el racionalismo.   Su humanismo se asienta sobre un concepto de justicia que es antitético a normas fijas.   El paradigma del verdadero conocimiento – según Platón y Ortega – se deriva del amor basado en la originalidad del heroísmo.   Este amor no reside fuera del individuo.   No se encuentra en la promesa de un mundo trascendental.   El amor encuentra la salvación del ser humano en el presente.   Él requiere del propio examen de uno mismo.   Y sobre todo, este amor es una liberación del entumecimiento de la mente.

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Notas finales:

1Circunstancia“, es una representación de la suma total de influencias en la conciencia del individuo, expresando así la razón por su existencia.

2 “Razón vital” se erige como la filosofía de Ortega y Gasset que considera que la razón es, en sí misma, una expresión de la vida, mientras que “circunstancias”, es una representación de la suma total de influencias en la conciencia del individuo, expresando así la razón de su existencia.

3 He fallado en encontrar esta nota bíblica.

4  La villanía del sesgo se refiere al concepto definido por la filosofía del Dr. John Stutz (autor, psiquiatra y terapista en Bronx, NY) tal cómo lo arguye en el documental de Netflix dirigido por Jonah Hill.    Veáse en https://youtu.be/UKCmefQdplI

Bibliografía

  • Ortega y Gasset, José, Meditaciones del Quijote:    Meditación Preliminar y Meditación Primera, (Madrid:, PUBLICACIONES DE LA RESIDENCIA DE ESTUDIANTES, SERIE II.—VOL. I, Universidad Central de Madrid, 1914)
  • Ortega y Gasset, José, La rebelión de las masas (Madrid: Editorial Revista de Occidente, 1928).   Fue publicado inicialmente en 1927 como una serie de artículos en el diario El Sol, antes de ser recopilado en formato de libro en 1928 por Editorial Revista de Occidente en Madrid.
  • Cervantes Saavedra, Miguel de. Las aventuras de Don Quijote de la Mancha [1605–1615].   Edición de Francisco Rico (Barcelona: Instituto Cervantes, 1998)