Posts Tagged ‘continuidad’

« Río de Hierba »

December 6, 2025

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Ricardo Morin
Paisaje II: Río de Hierba
18 x 24 pulgadas
Sepia sobre papel de periódico
2003

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Ricardo F. Morin

6 de diciembre de 2025

Naples, Florida

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Este díptico, “Río de hierba” y “Naples por la mañana”, aúna una reflexión sobre la continuidad y una breve observación de la vida cotidiana.   Dos escenas —una sostenida, la otra fugaz— muestran cómo la experiencia, el silencio y la atención dan forma a la presencia.   La primera parte, “Río de hierba”, no presenta un argumento, una confesión ni una teoría.   Ofrece una observación moldeada con el tiempo por la cercanía más que por la distancia.    El enfoque no está en la psicología individual ni en el conflicto relacional, sino en patrones que toman forma a través de las generaciones y persisten silenciosamente en la vida cotidiana.

Lo que sigue evita la explicación moral y la resolución narrativa.    Atiende, en cambio, a la continuidad:  a cómo la contención, la generosidad y la presencia pueden transmitirse no mediante instrucción o memoria, sino a través de la postura, el hábito y la orientación.   La intención es describir sin juzgar, y aclarar sin asignar causas allí donde estas no pueden aislarse con limpieza.   Lo que aquí se traza representa una orientación posible entre muchas, moldeada por la herencia pero no exhaustiva de sus efectos—una invitación a no confundir el cauce con el océano.


Orientación de “Río de Hierba”

Lo que sigue atiende a aquello que persiste cuando las vidas son moldeadas por la continuidad más que por la interrupción.

No toda herencia llega como memoria.   Algunas se transmiten sin relato, sin fecha, sin lenguaje.   Entran por la atmósfera más que por la narración—por el ritmo, la contención, la postura y una preferencia por la continuidad antes que por la exhibición.   En tales casos, la historia no se recuerda; se lleva consigo.

Esta forma de herencia no se anuncia como trauma.   No deja una escena única que revisitar ni un episodio que pueda aislarse y explicarse.   Aparece, en cambio, como una manera de estar en el mundo:   medido, atento, resistente al exceso.  El pasado ejerce su influencia no por instrucción, sino al moldear lo que se siente permitido, sostenible o necesario.

En estas condiciones, la contención no se experimenta como pérdida.  Funciona como orientación.  La acomodación no indica sumisión, sino competencia.   La estabilidad no refleja la ausencia de deseo, sino la colocación silenciosa del deseo entre otras prioridades.   Lo que se transmite no es miedo, sino cautela—una ética de la resistencia afinada con el tiempo.

Como ningún acontecimiento ocupa el primer plano, poco invita a la interpretación.   La ausencia de angustia visible favorece la suposición de facilidad.   La vida parece ordenada, generosa e íntegra.   Sin embargo, la herencia permanece activa, estructurando la conducta sin requerir reconocimiento.  Persiste no como memoria, sino como forma.

Esta herencia suele resistir el reconocimiento precisamente porque ha tenido éxito.  El pasado no se ha repetido.  La continuidad ha sido preservada.  Lo que queda es una postura orientada a sostener esa continuidad—una vigilancia tan normalizada que pasa por temperamento más que por historia.

La contención, en este contexto, no opera como inhibición ni negación.   Funciona como una orientación estabilizadora—una calibración interna moldeada con el tiempo.   La acción se rige menos por la expresión que por la proporción y la durabilidad.   Lo que gobierna la elección no es el juicio moral, sino la coherencia.

Esta contención suele coexistir con claridad y decisión.   Los límites se mantienen sin conflicto; las decisiones se toman sin énfasis excesivo.  Lo que se evita no es la agencia, sino el excedente.  La expresión se modera no por temor a las consecuencias, sino por un sentido interno de suficiencia.

La acomodación aquí suele malinterpretarse.   No surge del cumplimiento pasivo ni de la incertidumbre, sino de una evaluación del impacto.   El espacio cedido a otros refleja confianza en la estructura y no una retirada de la posición.   La presencia permanece intacta incluso cuando no se coloca en primer plano.

Esta orientación produce una estabilidad que puede parecer sin esfuerzo.   La fricción se minimiza.   Las exigencias son escasas.   La ausencia de insistencia se confunde fácilmente con comodidad o satisfacción.   Sin embargo, la contención que opera es activa, no pasiva, y moldea continuamente lo que se articula, se posterga o queda sin decir.

Con el tiempo, la contención se vuelve difícil de distinguir de la identidad.  Deja de experimentarse como una elección entre alternativas y se endurece en postura.  La cuestión de la expresión se desvanece, sustituida por un énfasis en la responsabilidad, la proporción y la no disrupción.

La generosidad moldeada por la contención heredada rara vez se anuncia.   No busca reconocimiento ni reciprocidad, ni depende de la visibilidad para validarse.  Aparece más bien como disponibilidad, como la remoción silenciosa de obstáculos, como la disposición a ceder espacio sin relato ni sacrificio.

En esta forma, el dar no es transaccional.   No se lleva registro de balances ni se anticipa retorno alguno.  Lo que se ofrece es firmeza más que favor.   El apoyo se despliega sin apelación, a menudo sin ser notado, absorbido por la conducta cotidiana.  La ausencia de exigencia es integral, no accidental.

Al no imponer peso alguno, esta generosidad deja poco rastro.  Otros experimentan libertad sin percibir su origen.   La autonomía se habilita sin atribución.  Quien da permanece presente, pero sin marca.

Con el tiempo, el hábito de hacer espacio se vuelve más practicado que el hábito de ocuparlo.   La atención se desplaza hacia afuera, refinando la capacidad de respuesta mientras se estrecha la articulación dirigida hacia uno mismo.  Lo que persiste no es la pérdida, sino la redirección.

Esta configuración resiste lecturas convencionales de desequilibrio.   No surge agravio alguno; ningún conflicto anuncia asimetría.   La generosidad permanece intacta, incluso ejemplar.   Lo que se desplaza sutilmente es el énfasis interno: una presencia ejercida mediante la concesión más que mediante la afirmación.

El deseo, dentro de esta orientación, no es negado ni reprimido.  Es reubicado.   Su legitimidad no se cuestiona, pero su urgencia se atenúa.   Lo que se deja de lado no es el anhelo en sí, sino la expectativa de que el anhelo deba organizar la vida.

El deseo es reconocido, aunque rara vez central.   La expresión se permite más fácilmente hacia afuera que cuando se reclama internamente.   La atención gravita hacia aquello que preserva la estabilidad más que hacia lo que intensifica la experiencia.   La satisfacción surge de la coherencia y no de la culminación.

Esto no produce vacío alguno.   La vida permanece comprometida y disponible.  Lo que disminuye es la insistencia.  La continuidad pasa a importar más que el apetito; la durabilidad más que la inmediatez.

Como este arreglo no se presenta como renuncia, suele pasar inadvertido.   Ningún lenguaje moral lo rodea.   Nada se nombra como sacrificio.   El deseo persiste a cierta distancia—observado, gestionado, postergado sin conflicto.

Con el tiempo, la identidad se modela menos por la búsqueda que por el mantenimiento.   La expresión cede paso a la prudencia.   El sentido se acumula no a través de la llegada, sino evitando la ruptura.

Los patrones organizados en torno a la contención y la continuidad suelen confundirse con logro moral.  La compostura se lee como sabiduría; la acomodación como madurez; el silencio como profundidad.   Al no surgir perturbación alguna, la orientación escapa al examen.  Lo que funciona sin fricción se presume completo.

Esta lectura errónea se refuerza por marcos sociales que recompensan la estabilidad más que la indagación.   La ausencia de conflicto se toma como evidencia de equilibrio.  La generosidad sin exigencia se elogia en lugar de interrogarse.  Sus costos permanecen ocultos precisamente porque no imponen carga alguna a los demás.

La virtud, en este contexto, se vuelve indistinguible del hábito. La orientación adaptativa se solidifica en carácter, y el carácter en expectativa.  La fiabilidad se afirma una y otra vez, profundizando su arraigo.

El resultado no es engaño, sino omisión.  La firmeza es genuina. Lo que no se reconoce es hasta qué punto tal arreglo organiza la vida en torno a la preservación más que a la presencia.   La pregunta por el desplazamiento no se rechaza; simplemente no se formula.

La confusión surge del éxito.  Las relaciones perduran.   Las estructuras se mantienen.  No aparece daño evidente.   Y así, la configuración más profunda—silenciosa, duradera, moldeada por la historia—continúa operando bajo el lenguaje de la virtud.

En cierto umbral, la continuidad deja de ser un medio y se convierte en el fin rector.   La vida se organiza no en torno a la realización, sino a la preservación.  Lo que más importa es que nada esencial quede expuesto a la ruptura, bien sea por una exigencia excesiva o una afirmación no probada.

La realización no se rechaza, pero se subordina.  La satisfacción proviene de la duración más que de la intensidad.   El tiempo se orienta hacia la extensión, no hacia la culminación.   Lo que se valora es la capacidad de seguir adelante sin quebrarse.

Esto resulta eficaz.  El pasado no se repite.  La estabilidad se sostiene.   La pérdida se contiene en lugar de amplificarse.  Los imperativos heredados se honran no mediante el recuerdo, sino a través de la conducta.

Sin embargo, cuando la continuidad ocupa esta posición, el rango de movimiento permitido se estrecha.  El cambio debe justificarse de antemano.  El deseo debe demostrar durabilidad antes de ponerse en acto.  La expresión cede ante el mantenimiento.

El futuro se aborda como responsabilidad más que como terreno abierto.  El sentido se acumula mediante la salvaguarda de lo esencial y no mediante la exploración de posibilidades.  El éxito pasa a ser sinónimo de la preservación de la continuidad.

La presencia, en su forma final aquí, no se organiza en torno a la posición ni a la prioridad.   Funciona de manera lateral y sostiene la estructura sin convertirse en su centro.   La vida se mantiene unida mediante la atención más que mediante reclamaciones de autoridad o legitimidad.  El curso de la vida compartida avanza sin la presión de llegar a una explicación que garantice su coherencia.

Este modo de presencia resiste la visibilidad.  No busca reconocimiento ni afirma precedencia.  Su eficacia reside en aquello que permanece intacto más que en lo que se logra.  Otros se mueven con libertad, a menudo sin advertir el soporte que hace posible esa libertad.

Permanecer fuera del centro no constituye retirada.  La participación continúa—medida, receptiva, íntegra.  Lo que se evita no es la implicación, sino la dominación.  La influencia se ejerce mediante la estabilidad más que mediante la dirección.

La imagen sugerida por el título toma forma aquí.   Un río que avanza sin fuerza, modelando el terreno a través de la persistencia de su cauce.  Movimiento sin espectáculo.   Resistencia sin inscripción.  El curso se mantiene fluyendo alrededor del obstáculo en lugar de enfrentarlo.

Lo que permanece es la continuidad misma—sostenida en silencio, rara vez notada y difícil de nombrar.


*

« Naples por la mañana »

Estaba sentado frente a mi esposo en un lugar de desayunos en Naples, Florida.   En diagonal, detrás de él, se sentaba una pareja joven. La mujer era pequeña—casi infantil en proporción—junto a su esposo, que superaba ampliamente los seis pies de estatura.

Aún ninguno de nosotros había ordenado.   Ella dispuso cuidadosamente los cubiertos y la servilleta, alineándolos con una precisión deliberada, casi ritual. El cabello le caía hacia delante, dividido a ambos lados del rostro como cortinas corridas.   Al levantar el mentón, sus rasgos faciales—de apariencia asiática—quedaron brevemente a la vista.   A pesar de su menudez, su postura sugería control más que fragilidad.

Cuando nuestras miradas se cruzaron, sostuvo la mía más tiempo del esperado, casi fijamente.   Luego bajó la cabeza, ocultándose de nuevo tras el cabello.   Instantes después la alzó una vez más e hizo la señal de la cruz—frente, pecho, hombro a hombro—antes de volver a orientarse por completo hacia su esposo. No se intercambiaron palabras.

Cuando llegó la comida, retomó la misma actitud cuidadosa.   Cortó su omelette en pequeños cuadrados uniformes, dejó el cuchillo y se detuvo.  Cada pieza fue llevada a su boca por separado, lentamente, con una repetición ininterrumpida, como si el gesto hubiera sido ensayado.   La secuencia tenía un carácter performativo.   Aunque permanecía orientada hacia su esposo, el torso se desplazaba intermitentemente, inclinándose levemente en mi dirección.

Cuando terminaron y se dirigieron a la cajera, ella se levantó primero y avanzó delante de él, con el mentón bajo y el cabello volviendo a cubrir su entorno.  Él la siguió—alto, corpulento, desplazándose por el local con visible naturalidad.   Su andar era amplio, desprotegido.

Se marcharon sin hablar.

Díptico.


« Geografías de supervivencia »

December 2, 2025

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Ricardo Morin
Escena Treinta y Siete: Geografías de supervivencia
Óleo sobre lienzo y tabla
38 x 30 x 1,27 cm
2012

Ricardo F. Morín

Noviembre de 2025

Oakland Park, Florida

Este ensayo examina cómo responden los grupos humanos a la inestabilidad cuando las condiciones que antes los sostenían comienzan a fallar.   Su enfoque no recae en crisis, acontecimientos o regiones específicas, sino en las presiones estructurales que obligan a las poblaciones a desplazarse o a defender su lugar.   Abordo el tema sin interpretación moral y sin atribuir virtud o culpa a las decisiones que toman las comunidades bajo presión.   El propósito es describir las gramáticas de comportamiento que emergen cuando la supervivencia se vuelve incierta y trazar cómo la identidad, las reclamaciones de legitimidad y los patrones de continuidad se reorganizan bajo esas tensiones.   El ensayo no propone soluciones ni anticipa resultados; observa los patrones que surgen cuando la estabilidad se disuelve y la tierra deja de ofrecer garantías.

« Geografías de la supervivencia » explora dos respuestas fundamentales frente a la inestabilidad:   la migración y el atrincheramiento.   Cuando la alteración climática, la escasez o el deterioro cívico superan la capacidad de una comunidad para sostenerse, las poblaciones buscan estabilidad ya sea moviéndose o defendiendo su posición.   La migración reorganiza la identidad mediante la adaptación a nuevas condiciones; el atrincheramiento la intensifica para preservar la continuidad en un mismo lugar.   Estas respuestas surgen de las mismas presiones y funcionan como estrategias paralelas de supervivencia, no como posiciones morales opuestas.   El ensayo examina cómo las reclamaciones de legitimidad, los patrones de identificación y la búsqueda de continuidad se transforman bajo estas presiones, y cómo la fricción entre movimiento y resistencia refleja fuerzas estructurales más que incompatibilidades culturales.   Su propósito es iluminar las condiciones bajo las cuales emergen estas gramáticas de supervivencia y las formas en que transforman el significado de tierra, estabilidad y vida colectiva.

Geografías de la supervivencia explora dos respuestas fundamentales frente a la inestabilidad:   la migración y el atrincheramiento.   Cuando la alteración climática, la escasez o el deterioro cívico superan la capacidad de una comunidad para sostenerse, las poblaciones buscan estabilidad ya sea moviéndose o defendiendo su posición.   La migración reorganiza la identidad mediante la adaptación a nuevas condiciones; el atrincheramiento la intensifica para preservar la continuidad en un mismo lugar.   Estas respuestas surgen de las mismas presiones y funcionan como estrategias paralelas de supervivencia, no como posiciones morales opuestas.   El ensayo examina cómo las reclamaciones de legitimidad, los patrones de identificación y la búsqueda de continuidad se transforman bajo estas presiones, y cómo la fricción entre movimiento y resistencia refleja fuerzas estructurales más que incompatibilidades culturales.   Su propósito es iluminar las condiciones bajo las cuales emergen estas gramáticas de supervivencia y las formas en que transforman el significado de tierra, estabilidad y vida colectiva.


1

La migración suele describirse como el traslado de personas de un lugar a otro, pero esa descripción oculta fuerzas más profundas.   La migración no es solo geografía en movimiento; es también la expresión de una gramática de supervivencia que se hace visible cuando una comunidad enfrenta condiciones que ya no puede absorber.   Los cambios climáticos, los colapsos económicos, el derrumbe institucional y la inseguridad persistente generan presiones que exceden la capacidad de las estructuras existentes.   Bajo esas presiones, una población se enfrenta a una decisión tan elemental que antecede a la ideología:   bien sea al moverse o atrincherarse.

2

No son opciones paralelas.   Son respuestas opuestas construidas con los mismos materiales:   el miedo, la inestabilidad y la búsqueda de continuidad.   La migración busca estabilidad desplazándose; el atrincheramiento busca estabilidad confrontando directamente a los agentes de la inestabilidad.   Ninguna respuesta es superior.   Ninguna es voluntaria.   Ambas emergen de condiciones que comprimen el juicio, reducen las posibilidades y obligan a las comunidades a defenderse de fuerzas demasiado grandes para ser negociadas.

3

La migración comienza cuando un grupo concluye que la geografía que lo sostenía ya no puede garantizar su supervivencia.   La tierra falla, o las instituciones colapsan, o el futuro se estrecha.   El movimiento se convierte en la única forma de protección aún disponible.   Sin embargo, el movimiento no disuelve la identidad:   la reorganiza.   Una población migrante debe redefinir su cohesión interna en relación con entornos desconocidos.   La identidad se vuelve adaptativa no por preferencia, sino por necesidad.   Adaptación no es reinvención:   es supervivencia.

4

El atrincheramiento avanza en dirección contraria.   Cuando un grupo elige permanecer en su lugar, debe defender aquello que el movimiento dejaría atrás:   territorio, memoria, continuidad y la estabilidad que proviene del arraigo.   El atrincheramiento intensifica la identificación en lugar de aflojarla.   Los límites se endurecen.   Los relatos se vuelven rígidos.   El conflicto se convierte en estrategia más que en interrupción.   Una comunidad que lucha por permanecer donde está debe creer que el desplazamiento la borraría.   La confrontación se vuelve un método de preservación.

5

La confrontación cultural surge con mayor fuerza cuando una población migrante se asienta en una tierra que otro grupo interpreta como una extensión de su propia continuidad.   Para la comunidad migrante, la tierra representa seguridad, posibilidad o alivio frente a presiones que hicieron inevitable la partida.   Para la comunidad atrincherada, esa misma tierra representa memoria, herencia y el límite que protege su coherencia histórica.   Cada grupo ve al otro como agente de una posible desaparición:   los migrantes perciben exclusión y hostilidad; los atrincherados perciben invasión y pérdida.   El conflicto escala no porque uno u otro busquen dominación, sino porque cada uno interpreta la supervivencia mediante una gramática distinta:   adaptación para unos, preservación para otros.

6

Las políticas adoptadas en países como Dinamarca y el Reino Unido ilustran cómo responden las sociedades atrincheradas cuando la migración se percibe como una amenaza.   Para muchos solicitantes de asilo, estas medidas disuasorias reducen la distancia entre las presiones que los obligaron a partir y las presiones que encuentran a su llegada —haciendo que la estabilidad sea difícil de distinguir de la exclusión.   Los gobiernos suelen justificar las políticas de atrincheramiento alegando que los recursos necesarios para atender a los solicitantes de asilo son limitados y que ampliarlos pondría en riesgo los sistemas existentes de bienestar, vivienda y orden público.

7

Las respuestas de movimiento y atrincheramiento parecen incompatibles, pero describen una misma realidad:   las poblaciones bajo presión actúan según las estrategias de supervivencia disponibles, no según relatos idealizados de cultura o voluntad.   Cuando migrantes y atrincherados entran en contacto, cada uno ve al otro a través del lente de sus propias presiones.   Los migrantes ven protección; los atrincherados ven amenaza.   Los migrantes cargan adaptación; los atrincherados cargan defensa.   Cada postura malinterpreta a la otra porque cada una responde a formas distintas de vulnerabilidad.

8

El cambio climático intensifica estas respuestas divergentes, no determinándolas, sino estrechando las condiciones dentro de las cuales las comunidades deben decidir.   El clima no genera conflictos por sí solo; modifica los márgenes dentro de los cuales la estabilidad es posible.   Regiones antes previsibles se vuelven irregulares; recursos antes continuos se vuelven intermitentes.   A medida que estos márgenes se reducen, algunas poblaciones interpretan el desplazamiento como la única salvaguarda viable, mientras que otras interpretan permanecer como la única continuidad defendible.   La misma presión expone vulnerabilidades distintas, y cada comunidad responde según su propia historia, su capacidad y sus umbrales de resistencia —no según el clima únicamente.

9

La fricción entre estas gramáticas —movimiento y atrincheramiento— no debe confundirse con un choque de civilizaciones.   Es una colisión entre dos interpretaciones de la amenaza.   Un grupo entiende la supervivencia como reubicación; el otro, como resistencia.   Ambas posturas surgen de la inestabilidad; ambas utilizan la identidad como herramienta moldeada por la circunstancia más que como herencia fija.     La identidad se vuelve instrumento de continuidad, configurada por condiciones que dejan poco espacio para la reflexión o la negociación.

10

El mundo suele interpretar estas colisiones a través de marcos morales, ideológicos o geopolíticos, pero tales marcos ocultan un movimiento más profundo:   la inestabilidad reorganiza la identidad más rápido de lo que la identidad reorganiza el mundo.   Cuando la geografía cambia, las poblaciones se adaptan.   Cuando las poblaciones se adaptan, los significados cambian.   La vida colectiva se vuelve conflictiva no porque las culturas sean inherentemente antagónicas, sino porque las presiones de supervivencia obligan a los grupos a adoptar patrones que no elegirían en condiciones estables.

11

Si existe un carácter universal en el siglo presente, es este:   las presiones que producen migración son las mismas que producen conflicto entre quienes se niegan a migrar.   Comprender una sin la otra es comprender mal ambas.   Movimiento y atrincheramiento no son opuestos, sino consecuencias—expresiones de la inestabilidad estructural que ahora configura cada región, cada cultura y cada reclamación de continuidad.

12

La pregunta que sigue no es predictiva ni ideológica.   Es simplemente el siguiente paso lógico de este análisis:   ¿Qué formas de estabilidad se vuelven posibles cuando la migración y el atrincheramiento se entienden no como posiciones morales opuestas, sino como respuestas paralelas ante un mundo que cambia?   La respuesta aún no es visible, pero las condiciones que la harán posible ya lo son.


El mito de la ruptura

September 30, 2025

La continuidad como condición habilitante del cambio


Ricardo F. Morín
El mito de la ruptura
Acuarela, creyón de óleo, pluma sharpie negro y gesso sobre papel
10”x12”
2003

Ricardo Morin — 30 de septiembre de 2025; Bala Cynwyd, Pensilvania

Nada humano comienza desde la nada. Las instituciones, las lenguas, los sistemas de creencias y las obras de arte surgen siempre de aquello que las precede. Crear no significa rechazar la herencia, sino transformarla. Todo acto de creación se nutre de una percepción, una memoria y una experiencia acumuladas. Esta idea resulta crucial para comprender la cultura contemporánea, en la que las proclamaciones de un cambio sin precedentes suelen ocultar profundas continuidades bajo la superficie de la novedad. Los seres humanos, sujetos a la temporalidad, no pueden desprenderse de lo que ha sido; sólo pueden reorganizar y reinterpretar los materiales que ya tienen a su alcance.

La noción de invención suele describirse como una ruptura con el pasado, un salto hacia lo desconocido. Sin embargo, incluso las transformaciones más radicales están modeladas por lo que vino antes. Los ideales de la democracia moderna, por ejemplo, no surgieron espontáneamente. Se construyeron sobre ideas clásicas griegas de ciudadanía entendida como responsabilidad cívica compartida, arraigada en la isonomia —la igualdad ante la ley— y en la convicción de que la autoridad legítima emana de la deliberación y participación de los ciudadanos libres. También se inspiraron profundamente en concepciones romanas del derecho como un orden universal y racional capaz de unir a diversos pueblos en un marco político común, así como en el principio de res publica, que concebía al Estado como una entidad pública orientada al bien común y no a la voluntad de un solo gobernante. Estas ideas fundacionales, adaptadas y reinterpretadas a lo largo de los siglos, proporcionaron la arquitectura intelectual sobre la cual se erigieron las instituciones democráticas modernas. La percepción enmarca la invención: proporciona el vocabulario, los supuestos y las herramientas conceptuales que hacen posible las nuevas ideas. Aquello que parece completamente nuevo aún lleva la huella de aquello que trató de superar. Un examen más detallado revela que los productos de la creatividad no son actos aislados de originalidad, sino reconfiguraciones de estructuras preexistentes. La evolución, más que la aparición espontánea, gobierna la manera en que las ideas, las instituciones y las culturas toman forma.

La memoria sustenta este proceso. No es un registro pasivo de acontecimientos, sino un medio activo a través del cual se conciben posibilidades y las acciones adquieren sentido. La imaginación obtiene su material de la memoria: lo combina y lo reorienta hacia condiciones aún no realizadas. Esto se manifiesta de forma particularmente clara en la idea de libertad, un concepto que resiste definiciones simples pero que desde la antigüedad ha tenido dos significados complementarios. El primero, articulado con mayor claridad en la tradición clásica griega, concibe la libertad como eleutheria: la condición de vivir sin dominación ni restricción externa, un estado en el que los individuos no están sujetos a un poder arbitrario. El segundo, enraizado en la tradición jurídica y cívica romana, entiende la libertad como libertas (del Latín): la capacidad de participar activamente en el gobierno de la comunidad política y de dar forma a sus leyes e instituciones. Ambos significados revelan hasta qué punto la libertad depende de precedentes históricos: requiere un lenguaje que articule sus demandas, instituciones que garanticen su ejercicio y una memoria colectiva que enmarque su significado. Lejos de existir al margen de lo que ha sido, la libertad está modelada y posibilitada por lo que ya ha sido concebido, debatido y puesto en práctica. La experiencia previa proporciona las referencias y alternativas frente a las cuales las decisiones adquieren significado. Sin ese reservorio de conocimiento, la novedad carecería de coherencia y dirección, y el ejercicio de la libertad se reduciría a un impulso arbitrario. Los seres humanos no inventan en el vacío: trabajan dentro de la continuidad del tiempo y adaptan lo vivido y aprendido en formas adecuadas a lo que está por venir.

Esta misma dinámica define la formación de la identidad. El yo no es un acto aislado de invención, sino una negociación continua con lo que se ha recibido. La propia idea del yo ha evolucionado a lo largo de la historia: en la filosofía clásica, a menudo se concebía como psyche, una esencia interior modelada por la razón y la virtud, inserta en un orden cósmico mayor. El pensamiento cristiano reinterpretó esta concepción mediante la noción del alma como portadora única de responsabilidad moral, orientada a la salvación y definida por su relación con Dios. Posteriormente, pensadores de la temprana modernidad, como John Locke, transformaron esta herencia al fundamentar la identidad personal en la memoria y la conciencia —una concepción que influiría en las ideas modernas de autonomía individual. Incluso el impulso por definirse en oposición al pasado depende de categorías heredadas de él. La identidad, por tanto, no es estática ni completamente autogenerada; es un proceso de reinterpretación mediante el cual el individuo sitúa lo dado en relación con lo elegido. Los seres humanos existen en la tensión entre herencia y aspiración, entre el peso de la memoria y el deseo de renovación. Esa tensión no es un obstáculo para la autenticidad, sino su condición, pues sin el marco que proporciona el pasado no habría nada de lo que apartarse. Continuidad y cambio no son fuerzas opuestas. Sin continuidad, no hay base sobre la cual llegar a ser. Sin cambio, la continuidad se endurece en mera repetición. El acto de convertirse depende de la dinámica entre ambas.

Desde esta perspectiva, la condición humana se define menos por la invención pura que por la capacidad de transformar. Lo que se denomina “nuevo” es lo familiar reorganizado con nuevas intenciones, lo establecido redirigido hacia nuevos fines. Reconocer esto no disminuye la creatividad: aclara su naturaleza. Los logros más significativos de la humanidad —en la política, el arte, la ciencia y el pensamiento— no son fugas del pasado. Son reinterpretaciones deliberadas de lo que ha sido, moldeadas para responder a nuevas preguntas y enfrentar nuevas circunstancias. En la ciencia, los cambios de paradigma, a menudo descritos como revoluciones, siguen este patrón. La teoría de la relatividad de Einstein no eliminó la mecánica newtoniana; incorporó y amplió sus principios; una revisión que reveló sus límites al tiempo que preservó su utilidad dentro de una comprensión más amplia del espacio, el tiempo y el movimiento. Este mismo principio rige la innovación artística. El renacimiento de las formas clásicas durante el Renacimiento no se limitó a reproducir la Antigüedad; reinterpretó sus lenguajes visuales antiguos para expresar las preocupaciones espirituales y humanistas de una nueva era. La evolución de la comunicación digital y de la inteligencia artificial refleja una continuidad comparable. Internet no sustituyó la interacción humana; amplió su alcance y escala, una transformación que cambió la forma en que el lenguaje circula, la manera en que se archiva la memoria y el modo en que se forma el conocimiento colectivo. Del mismo modo, la inteligencia artificial —a menudo presentada como autónoma o sin precedentes— se basa en siglos de desarrollos lingüísticos, matemáticos y conceptuales. Estos sistemas amplían, más que reemplazan, la herencia cognitiva de la que provienen. El futuro se construye así: no en el rechazo del pasado, sino en su interacción continua con él.

La resistencia a esta comprensión persiste allí donde se niega la idea de evolución. Tal resistencia rara vez es sólo una cuestión de evidencia. Refleja un deseo de permanencia —de un origen intocado por el cambio y de una verdad que se mantenga al margen del tiempo. Ofrece certeza donde el proceso no la permite y promete estabilidad en lugar de adaptación. Sin embargo, incluso esta resistencia está moldeada por las fuerzas que pretende eludir. Las lenguas evolucionan, las creencias se ajustan y las tradiciones se adaptan, incluso cuando proclaman su inmutabilidad. Quienes defienden lo inmutable lo hacen con conceptos y argumentos que ellos mismos han sido formados por el cambio histórico. Las doctrinas que reclaman autoridad intemporal —como la concepción medieval de la soberanía divina, utilizada en su momento para legitimar las monarquías y luego transformada en el principio de soberanía popular en los sistemas constitucionales modernos— revelan esta dependencia: persisten no permaneciendo inalteradas, sino siendo reinterpretadas continuamente para responder a nuevos contextos. El contraste, por tanto, no es entre evolución y su ausencia, sino entre reconocimiento y negación. La realidad permanece: la existencia se despliega a través de la transformación, y la humanidad, consciente o no, participa en ese despliegue —una verdad con profundas implicaciones para la manera en que las sociedades recuerdan su pasado, configuran su presente e imaginan su futuro.


Lecturas recomendadas:


• Arendt, Hannah: Entre el pasado y el futuro: ocho ejercicios sobre el pensamiento político. Nueva York: Viking Press, 1961.


• Kuhn, Thomas S.: La estructura de las revoluciones científicas. Chicago: University of Chicago Press, 1962.


• MacIntyre, Alasdair: Tras la virtud: un estudio sobre la teoría moral. Notre Dame, IN: University of Notre Dame Press, 1981.


• Floridi, Luciano: La filosofía de la información. Oxford: Oxford University Press, 2011.


• Koselleck, Reinhart: Futuros pasados: sobre la semántica del tiempo histórico. Trad. Keith Tribe. Nueva York: Columbia University Press, 2004.