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« ACTIVISMO »

February 1, 2026

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Ricardo F. Morín
Paisaje II
45,7 x 61 cm
Óleo sobre tabla
2000

Ricardo F. Morín

1 de Febrero de 2026

Oakland Park, FL

La palabra activismo funciona hoy en el lenguaje público como un dispositivo de descalificación más que de descripción.  Aparece cuando alguien protesta, informa o cuestiona la forma en que se ejerce el poder.  La palabra no explica lo ocurrido ni si se siguieron las normas.  Asigna sospecha a la persona que habla.  Una vez que la palabra entra en una oración, la atención se desplaza de los hechos a las intenciones, y la indagación se detiene antes de poder avanzar.

Este uso lingüístico de activismo depende de presentar el orden existente como algo que no admite cuestionamiento legítimo.  Lo que ya existe se describe como normal, legal y necesario.  Aquello que lo cuestiona se etiqueta como activismo.  La estructura de la frase supone que la autoridad no necesita justificarse, mientras que quienes se ven afectados por ella sí.  De este modo, el lenguaje distribuye legitimidad de antemano y protege al poder de la explicación.

Las órdenes ejecutivas recientes en materia migratoria hacen que este mecanismo sea concreto y visible.  Políticas que antes se describían como control fronterizo se han extendido profundamente al interior del país.  Agentes federales operan ahora en ciudades, pueblos, lugares de trabajo y viviendas privadas lejos de cualquier frontera.  Este cambio no es solo geográfico.  Modifica quién queda expuesto al poder del Estado y bajo qué supuestos.

La aplicación migratoria en el interior del país trata ahora en la práctica como intercambiables a categorías de personas que son distintas.  El objetivo declarado es detener a personas con antecedentes penales y asumir custodia de quienes ya están arrestados.  Al mismo tiempo, las operaciones están diseñadas para recoger a cualquiera que esté presente, cercano o vagamente asociado.  Personas sin antecedentes penales son detenidas junto a personas acusadas de delitos.  Residentes de larga data, personas mayores, trabajadores con familia e incluso ciudadanos quedan atrapados en los mismos operativos.  Las distinciones legales permanecen en el papel pero se derrumban en la ejecución.

Esta mezcla operativa se presenta por las autoridades como coherente, pero su coherencia se afirma más de lo que se demuestra.  Detener a una persona condenada por un delito violento y arrestar a un vecino sin historial criminal se describen como partes de una misma misión.  El lenguaje sugiere unidad y propósito.  En la práctica, objetivos distintos se combinan por escala, no por claridad.  El resultado es que nadie puede saber dónde termina la aplicación de la ley, y la incertidumbre misma se convierte en la condición dominante.

El perfilamiento aporta el método práctico que permite sostener esta expansión.  Lejos de la frontera, los agentes no pueden basarse en cruces o violaciones documentadas.  Se apoyan en la apariencia, el acento, la ubicación o la asociación.  Las personas son detenidas no por lo que han hecho, sino por lo que se supone que son.  La ciudadanía, la residencia y la legalidad dejan de funcionar como protecciones confiables en el momento del encuentro.

La respuesta comunitaria surge cuando estas prácticas se vuelven visibles en la vida cotidiana.  En lugares como Montana, los residentes han visto a vecinos sacados de sus hogares en horas tempranas, a personas mayores retiradas casi sin vestir, a niños detenidos junto a adultos y a pueblos alterados por grandes despliegues federales.  En otras partes del país, ciudadanos han muerto durante operativos de aplicación migratoria.  A medida que estos hechos se repiten, dejan de parecer excepcionales y comienzan a registrarse como condiciones que se espera que la población tolere.

La protesta pública surge de este reconocimiento del daño y no de una actuación ideológica.  Las personas se reúnen, hablan y exigen respuestas porque se ha cruzado algo familiar.  Su reacción se basa en lo que han visto y vivido.  Sin embargo, esta respuesta suele descartarse como activismo, un término que evita examinar la conducta que la provocó y cuestiona en cambio si reaccionar era permitido.

La etiqueta activismo desplaza la responsabilidad de la acción estatal hacia la respuesta cívica.  La palabra no pregunta si la aplicación de la ley fue legal, proporcionada o humana.  Pregunta si la gente debió haber objetado.  De este modo, la conducta de la autoridad queda fuera de escrutinio y la disidencia pasa a ser el objeto del juicio.  La rendición de cuentas se invierte.

El mismo recurso lingüístico se aplica al periodismo que documenta estos hechos.  Cuando los periodistas registran redadas, publican testimonios o muestran imágenes de arrestos, su trabajo a veces se descarta como periodismo activista.  La acusación no es que los hechos sean falsos, sino que fueron reunidos con una intención indebida.  La precisión se sustituye por sospecha, y el acto mismo de documentar se trata como una falta.

Este patrón de lenguaje altera gradualmente la forma en que se entiende la democracia.  La vida democrática depende de cuestionar a la autoridad, revisar decisiones y objetar cuando se produce daño.  Bajo la gramática del activismo, estas acciones se tratan como interrupciones.  La aceptación silenciosa es elogiada.  El escrutinio se presenta como exceso.  La estabilidad se eleva por encima de la justicia.

La consecuencia ética de este desplazamiento es la negación de la agencia cívica ordinaria.  Cuando a trabajadores, padres y vecinos se les dice que al hablar se convierten en activistas, dejan de ser tratados como ciudadanos capaces de razonar.  Son tratados como obstáculos que deben gestionarse.  La autoridad deja de explicarse y pasa a afirmar la continuidad como justificación suficiente.

Una definición cada vez más estrecha de pertenencia nacional avanza junto a este cambio lingüístico.  La pertenencia se mide por el silencio.  La lealtad se mide por la obediencia.  La diferencia se trata como amenaza.  La supremacía no entra por una declaración abierta, sino por la repetición, a medida que se pide una y otra vez a las personas que acepten lo que ya no se les permite cuestionar.

Una sociedad plural no puede sostenerse bajo una gramática que trata el cuestionamiento como desviación.  Dicha sociedad no depende de un origen compartido, una cultura única o una creencia uniforme.  Depende del reconocimiento de que ningún grupo posee en exclusividad el significado de la nación.  Cuando el lenguaje se usa para descartar a quienes señalan daños o exigen explicaciones, la democracia no se defiende.  Se redefine silenciosamente contra las personas a las que debería servir.


« Ecos de un decantador: reflexiones sobre Historia y Trabajo »

March 16, 2025


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Decantation [2003], CGI by Ricardo Morín

El aire dentro de la vieja fábrica era denso, cargado de polvo y convicción.      Habían fregado los suelos, repintado las paredes, reclamado el espacio de su pasado, pero el olor a óxido y mugre aún persistía.      El aire conservaba el rastro de un esfuerzo olvidado, de una historia impregnada en el polvo, como una huella que se rehúsa a desvanecerse

Emilio se encontraba sobre un escenario improvisado, elevado por dos palés apilados.      Su voz se proyectaba por toda la sala, cada palabra golpeando con certeza.

—No estamos repitiendo errores pasados.      Estamos forjando un nuevo camino, más allá de los fallos del capitalismo y las traiciones del socialismo.      Esta vez, lo haremos bien.

Aplausos.      Asentimientos de aprobación.      Ya habían escuchado esas palabras antes, pero esta vez, las creían.

Griselda permanecía sentada al fondo, con los brazos cruzados y el rostro inescrutable.      Décadas atrás, había estado en el mismo sitio, escuchando una voz diferente, pero la misma promesa.      La fábrica, resucitada otra vez, parecía distinta, pero el sitio seguía siendo el mismo: un decantador astillado, vertiendo la misma historia, lenta e inexorablemente.

Tras el discurso, mientras la gente se agrupaba en pequeños círculos de conversación animada, Emilio se acercó a ella.

—No pareces convencida.

—La pasión es fácil—dijo ella, tras una breve pausa.      Más exigente es la dirección.

Emilio le sonrió como quien concede indulgencia a un anciano.

—Esta vez es diferente, Griselda.      Hemos estudiado la historia.      No repetiremos sus fallas.

Ella exhaló y dirigió la mirada más allá de él, hacia la multitud.      La fábrica vibraba apacible detrás de ellos, como una máquina empezando a recordar sus ritmos de antaño.

—Malinterpretas la historia —murmuró—.      No es algo que se repite.      Es algo que se te vuelve, lo invites o no.

Él ladeó con la cabeza y dijo:      « No creo en fantasmas ».      Pero el aire, plúmbeo con el peso del pasado, parecía vibrar con una inevitabilidad tácita.      Le hacía recordar a Griselda algo contenido en cristal:      preservado, pero condenado a la fragilidad de quien le observa.


Las primeras semanas fueron como una superficie pulida, sin arañazos, resplandeciente.      Pero las fisuras aparecieron, pequeñas al principio, como una fina línea que se extiende sin que nadie la viera venir.

Cada decisión pasaba por la asamblea.      Cada trabajador tenía voz, parte e interés por igual.      El viejo engranaje rugía de nuevo bajo manos rehabilitadas.      Imprimían nuevos carteles proclamando la abolición del patrón, el renacimiento del trabajo.

Por fin, el trabajo tenía un propósito más justo.

Las primeras fisuras aparecieron, discretas al principio.

Las reuniones se alargaban durante horas, debates circulares sin resolución.      Algunas tareas eran más deseables que otras; algunos evitaban las más arduas, invocando objeciones ideológicas.

—¿Por qué uno debe cargar con el trabajo pesado mientras otro coordina?

—Griselda dejó la pregunta suspendida en el aire.

Luego llegó la primera crisis real:    un pedido grande, una fecha límite, la necesidad de eficiencia.      La fábrica se movía demasiado lento.      La asamblea se estancó.      Estallaron discusiones.

—Necesitamos a alguien que supervise la producción —admitió Emilio—.      Sólo temporalmente!

Se sometió a votación.      Se designó a un mediador.      No era un gerente, se decían a sí mismos, sino un guía.      Pero el equilibrio ya había cambiado.      La fábrica, como un navío atrapado en una marea implacable, comenzaba a cargar más de lo que podía sostener, como el plomo en un decantador de cristal.

Griselda observaba en silencio.


El mediador, para mantener el flujo de trabajo, tomó decisiones rápidas.      La asamblea las aprobaba después.      La diferencia era sutil, pero creció.

Algunos trabajadores eran más hábiles en ciertas tareas, por lo que los roles se solidificaron.      Alguien debía negociar con los proveedores.      Alguien debía asegurarse de que se cumplieran los plazos.      El mediador asumió esas funciones porque era lo más práctico.

—Necesitamos estructura.      No jerarquía, sólo orden—Emilio asintió con un gesto de firmeza—sus ojos vacilaban.

Emilio, agotado, asintió sin convicción, como si el peso de las palabras que acababa de pronunciar le resultara cada vez más ajeno.      El engranaje, que al principio giraba sin trabas, empezó a arrastrarse bajo un peso creciente.      Algo obstinado y transitorio a la vez, reacio a ceder a la voluntad de nadie.      Como el decantador que vierte un líquido pesado, pero nunca termina del todo su confinamiento.

Una noche, solo en su oficina—la oficina que no debía existir—, hojeó viejos libros.      Las palabras le eran familiares, pero ahora las leía de otro modo.      Encontró un pasaje de un antiguo texto revolucionario, subrayado por su propia mano años atrás:

« La gran ilusión del poder es fingir que no existe ».

Cerró el libro, apesumbrado por su claridad irrefutable.      Sus dedos se demoraron en el borde del papel, como si buscasen algo que ya se había escapado, como el agua filtrándose por una grieta.

Emilio cerró los ojos por un momento, como si ese simple gesto pudiera anular la brutalidad de la realidad.      Los pasillos vacíos de la fábrica resonaban con ecos lejanos, ecos de promesas rotas.      ¿Cuánto tiempo había creído que el poder era algo que podía manejar?      Pero la verdad, al final, era innegable.      La gran ilusión del poder, pensó, es fingir que no existe.      Fingir que no es una farsa tan cruda como esta.


La siguiente crisis llegó sin aviso.      Una huelga.      Contra ellos mismos.

Algunos exigían un salario más alto.

—¿No debería el trabajo ser compensado según el esfuerzo?

Eran iguales, pero algunos cargaban más trabajo que otros.

Emilio intentó razonar con ellos.

—Así no funciona esto.      Estamos rompiendo un ciclo.

—¿Rompiendo?— La palabra flotó en el aire como un desafío.      Luego, una sonrisa amarga se formó en sus labios, casi imperceptible.    

—Entonces, ¿por qué tú te sientas en la oficina mientras nosotros sudamos en el taller?

No tuvo respuesta.

Otra votación.      Otra reestructuración.      Una nueva propuesta:     un comité de supervisión.      El comité se convirtió en una junta.      Inversores externos ofrecieron estabilidad financiera.      Una pequeña concesión.      Un mal necesario.

Al cerrar el año, la fábrica era un laberinto de regulaciones.      Justo lo que juraron evitar.

Los pasillos, antes llenos de un bullicioso fervor, ahora eran como túneles de murmullos sospechosos.      Los trabajadores, ya no unidos en su causa, susurraban sobre la ‘junta’ como si fuera una entidad distante, ajena a sus vidas.      La huelga había pasado de ser un grito colectivo a una sombra solitaria, con rostros antes iluminados por la esperanza ahora marcados por la desconfianza.      La solidaridad se deshacía como el polvo bajo sus pies.

Emilio encontró a Griselda en la sala de descanso, tomando té.

—Lo intentamos —dijo él.

—Nosotros también —respondió ella.

Silencio.

—¿Por qué siempre termina así?

Griselda puso la taza sobre la mesa.      Sus ojos, presos del agotamiento, como si cada mirada llevara el peso de promesas rotas.

—Porque somos humanos. . . , imperfectos.


Años después, Emilio pasó frente a la fábrica.      Seguía en pie, funcionando.      No revolucionaria.      No un fracaso.

Dentro, un nuevo grupo de jóvenes activistas se había reunido.      Su líder, apenas mayor de lo que él había sido, hablaba con fervor, de pie sobre palés apilados.

—No estamos repitiendo el pasado.      Estamos forjando un nuevo camino.      Esta vez, lo haremos bien.

Emilio no se detuvo a escuchar.

A la distancia, Griselda observaba.

—Y así otra vez—susurró Griselda, como si las palabras fueran una condena, un eco de todo lo que ya había vivido.


Ricardo Federico Morín Tortolero
15 de marzo de 2025; Oakland Park, Florida