Archive for July, 2025

Un Soliloquio

July 6, 2025

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Ricardo F. Morin, Serie Nueva York, nº 1
142 cm x 213 cm
Óleo sobre tela
1992

Prefacio

Este texto no se deja reducir ni anuncia lo que contiene.  Avanza hacia lo interior—a través de la observación, el pensamiento y la tensión entre la claridad y la desaparición.  El soliloquio mantiene su curso sin desviarse: no actúa ni explica, sino que sostiene una mirada interior.  Leerlo no es dejarse conducir, sino permanecer con él—donde el pensamiento se vuelve presencia y el lenguaje mide aquello que perdura.



Soliloquio

Había en el escritor, desde siempre, una energía creadora—una fuerza y pasión por expresarse—que le sostenía.  No era invocada; simplemente persistía.  Tan imponente era esa presencia que no podía ser sometida a la rutina, ni encauzada en hábitos que favorecieran la resistencia física.  No podía detenerse para caminar ni entregarse a ninguna actividad que no formara ya parte del acto mismo de crear.  Había aprendido a escribir de pie, a leer caminando, a pensar incluso en el sueño.

Su experiencia nunca fue una aflicción que debiera nombrarse o curarse, sino una vida que debía vivirse en sus propios términos — un testimonio creativo de la plenitud del ser, no una nota clínica al pie de la definición de otro..  Negarse a ser definido por ella era honrar tanto su libertad como su obra de toda una vida.  Era una condición que sólo podía comprenderse en soledad, aunque eventualmente compartida por escrito—pero nunca como búsqueda de validación.

Dentro de los límites del conocimiento íntimo, esa experiencia se revelaba como una forma de absorción devocional, capaz de conferir dignidad incluso en momentos de desgaste físico o envejecimiento.

Su rechazo de la validación no era un desafío a la autoridad, sino la negación de que debiera existir presión externa alguna.

Se decía que no había nada único en nadie, que toda expresión reflejaba únicamente lo aprendido.  El escritor no contradecía esa idea, pero sabía que había más en el ser que lo recibido—más incluso que la experiencia.  Tal vez nadie fuese único, pero cada voz era distinta, formada por la suma irreductible de una existencia imposible de equiparar.  De una mezcla aleatoria, de una suma inefable, surgía algo:  algo irrepetible e insustituible, no porque fuese superior, sino porque pertenecía únicamente a quien lo sostenía.

Temía a la locura—no como espectáculo, sino como esa lenta deriva en la que el sentido se aparta hacia la soledad.  La fuerza que lo impulsaba era real, pero insuficiente si no encontraba verdad—una verdad que resonara no sólo en su lógica, sino también en la de los otros.  ¿Cómo reconocerse uno a sí mismo si la inteligencia permanecía sola?  Sin eco, el pensamiento se volvía cámara sellada: intrincada, sí, pero sin aire.  No buscaba certeza; buscaba correspondencia.  No temía la soledad, sino el ser intraducible.

La vida se le aparecía ahora como algo fugaz, precario.  Atemporal en la percepción, pero arraigada en el tiempo.  Se deslizaba con sigilo—entre fracasos, desengaños y repentinos momentos de claridad luminosa.  Nada podía repetirse.  Pero había llegado a aceptar eso:  no porque todo se perdiera, sino porque incluso la memoria alteraba lo que retenía.  Lo que volvía no era el momento mismo, sino el acto de percibir—la profundización de la atención.  Y por eso no vivía para conservar lo que fue, sino para mantenerse presente ante lo que cambia.  No había retorno, solo un avanzar—con más atención, más conciencia.

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Ricardo F. Morin Tortolero

En tránsito, 6 julio de 2025


71 años

July 2, 2025

Una nota sobre la supervivencia, el sufrimiento y la esperanza de alivio

Por Ricardo Morín

Hoy cumplo 71 años, y quiero comenzar dando las gracias por vuestro buen deseo de cumpleaños.  Recibo cada palabra con profunda gratitud y con plena conciencia de lo que significa llegar a esta edad, sostenido por mensajes que me abrazan en silencio.

Aún me asombro—no por ingenuidad, sino con mirada lúcida—de haber vivido más de cuarenta de esos años con VIH.

No ha sido una supervivencia sencilla.  Ha sido una lucha titánica marcada por un sufrimiento constante:  neuropatía dolorosa, diarrea crónica, diabetes, y una carga emocional que se ha incrustado en mi cuerpo.  He resistido todo eso, sí—pero no sin consecuencias.

En esta etapa de mi vida, mi mayor deseo es poder acceder a un tratamiento que haga esta carga más llevadera.  La buena noticia es que ese tratamiento ya existe, aunque todavía esté pendiente de aprobación para su uso ampliado:  Capavir, una inyección semestral que podría aliviar parte del desgaste neurológico y gastrointestinal acumulado tras décadas de terapia.  No se trata solo de un avance médico:  se trata de una posibilidad de alivio.  De descanso.  De calidad de vida.

Capavir se promueve por su capacidad de frenar la propagación del VIH.  Pero para mí, su promesa más urgente es esta:  que pueda mejorar la vida de quienes hemos vivido con el virus durante décadas.  Porque a estas alturas, ya no se trata únicamente de vivir más tiempo—se trata de vivir con más dignidad, con menos dolor, con mayor humanidad.

Así que hoy no solo marco un cumpleaños.  Hoy celebro la claridad de seguir buscando alivio.  Celebro no haberme rendido.  Celebro el derecho que tenemos los sobrevivientes de largo plazo a una medicina que no solo prolongue la vida, sino que nos permita vivirla bien.

Porque a mis 71 años, después de todo lo vivido, sé con certeza: me lo merezco.