Posts Tagged ‘límites’

« LA RUPTURA »

February 18, 2026
Ricardo F. Morín
Serie Nueva York, Nº 11
54″ x 84″
Óleo sobre lienzo
1989

Ricardo F. Morín

1 de enero de 2026

Oakland park, Fl

El trabajo comenzó dentro de una relación marcada por la camaradería y la solidaridad.  La atención al lenguaje, la disciplina y la contención se desarrolló mediante un esfuerzo compartido, más que por la imposición de autoridad.  Los estándares se aprendieron a través de la proximidad, la conversación y el tiempo.  Cualquiera que fuera la forma que más tarde asumiera la escritura, no surgió en aislamiento; tomó forma dentro de un intercambio sostenido orientado al oficio.

Durante un tiempo, ese arreglo se sostuvo.  El crecimiento avanzó en una dirección común.  La guía aclaraba en lugar de restringir.  La corrección afinaba en lugar de estrechar.  En esa etapa, no había razón para imaginar que la continuidad exigiría algo distinto a más trabajo.

A medida que la escritura se desarrolló, apareció una fricción sin una fuente clara.  Surgieron preguntas que no se resolvían con facilidad.  Las revisiones se acumularon sin aclarar aquello que pretendían resolver.  Lo que antes se sentía como depuración empezó a sentirse como ajuste, aunque la diferencia no fue inmediata.  El trabajo continuó, pero con mayor vacilación.

La gratitud complicó el reconocimiento.  Lo recibido era evidente y no podía negarse.  Cuestionar la forma presente de la relación parecía prematuro, incluso ingrato.  La resistencia parecía preferible a la interrupción, especialmente mientras la incertidumbre aún podía explicarse como parte del crecimiento.

Con el tiempo, se acumularon pequeños indicios.  Las decisiones se pospusieron.  Las direcciones cambiaron después del acuerdo.  Las sugerencias se reconocieron pero regresaron sin cambios.  La escritura se ralentizó.  No ocurrió nada dramático, pero el progreso dejó de sentirse proporcional al esfuerzo.

Se intentó restablecer el equilibrio.  Se ofrecieron aclaraciones.  Se aceptaron ajustes.  La expectativa era que la afinación de los términos recuperara la fluidez anterior.  En su lugar, la misma tensión reapareció, reformulada, sin resolver aquello que la había provocado.

En cierto punto, la dificultad ya no pudo tratarse como algo temporal.  Continuar comenzó a exigir formas de acomodación que alteraban el modo en que operaba el juicio al escribir.  Se tomaron decisiones para preservar la relación más que el trabajo.  Aquello que se estaba protegiendo se volvió más difícil de nombrar.

El reconocimiento no llegó como certeza.  Llegó como un límite.  Hubo cosas que el trabajo ya no podía hacer sin distorsión.  Hubo direcciones que ya no podía tomar sin una resistencia que no disminuía con el tiempo.

La ruptura siguió a la vacilación, el aplazamiento y la resistencia.  No resolvió nada de manera limpia.  Puso fin a una forma de continuidad que había sido formativa.  Lo que se abandonó no fue la gratitud, sino la dependencia.  Lo que permaneció fue el trabajo mismo, ahora avanzando sin mediación.

El costo de la ruptura no fue el conflicto, sino la exposición.  Los estándares tuvieron que sostenerse sin refuerzo.  Las decisiones ya no pudieron diferirse.  El fracaso, si llegaba, ya no sería compartido.

Nada en la ruptura borró lo aprendido.  Marcó el punto en el que el aprendizaje ya no podía continuar de la misma forma.  Lo que siguió no fue libertad en abstracto, sino autoría en el sentido estricto:  juicio sostenido sin resguardo.


« UNA NEGATIVA »

February 4, 2026
Ricardo F. Morín
Mi nido
24″ x 30″
Óleo sobre lino
1999

Ricardo F Morín

January 1, 2026

Oakland Park, Fl

La ayuda no se ofreció de manera casual.  Se ofreció a lo largo del tiempo,   modelada por la historia,   la familiaridad y la creencia de que la lealtad exigía permanecer presente cuando las circunstancias eran inestables.  Se aceptaron compromisos imprecisos con la expectativa de que la constancia pudiera compensar la inestabilidad,   y de que la paciencia permitiría que la claridad llegara allí donde aún no aparecía.

Con el paso del tiempo,   esos compromisos se volvieron más difíciles de anticipar.  Los planes cambiaban después de haber sido aceptados.  Las expectativas se modificaban sin ser expresadas.  Lo acordado una semana se revisaba la siguiente.  Cada ajuste se absorbía en lugar de cuestionarse.  Las reuniones dejaron de producir decisiones.  Los acuerdos ya no sobrevivían a la semana.  El esfuerzo por ser justo se convirtió en un esfuerzo por ser adaptable.  Aquello que no se confrontaba se cargaba.

Había vacilación al nombrar lo que estaba ocurriendo.  Hacerlo parecía severo.  Corría el riesgo de parecer poco caritativo o impaciente.  El silencio solía parecer preferible a la objeción,   no porque no se viera nada,   sino porque lo que se veía resistía una articulación sencilla.  El silencio,   que alguna vez fue una forma de contención,   había dejado de aclarar algo.  La resistencia parecía más segura que el juicio.

Gradualmente,   los efectos de esa resistencia se hicieron visibles.  La lealtad no estabilizó la situación.  La prolongó.  Cuanta más incertidumbre se acomodaba,   más se convertía en la condición organizadora.  Los compromisos perdieron sus contornos.  La responsabilidad se dispersó.  El cuidado,   extendido sin límite,   dejó de corregir algo y,   en cambio,   facilitó la continuidad de la inestabilidad.

En cierto momento,   un amigo adoptó una postura distinta.  Permaneció atento,   pero a distancia.  No intervino repetidamente ni intentó sostener aquello que no mostraba signos de sostenerse.  En ese momento,   esa distancia fue fácil de malinterpretar.  El compromiso,   tal como entonces se entendía,   parecía exigir proximidad.  La contención parecía más bien una retirada.

Solo más tarde se hizo clara la importancia de esa postura.  Lo que había parecido pasivo era una forma de ver las cosas.  Los límites habían sido reconocidos antes,   y la conducta ajustada en consecuencia.  La distancia no señalaba indiferencia,   sino la comprensión de que la presencia,   en condiciones inestables,   no siempre mejora los resultados.  La diferencia no residía en la intención,   sino en el momento.

Este reconocimiento perturbó supuestos anteriores.  La proximidad se había confundido con responsabilidad.  La resistencia se había tratado como virtud sin preguntarse si sostenía algo más allá de la apariencia de un buen cuidado.  Lo que se sentía como lealtad se había convertido,   en parte,   en permiso.  La admisión más difícil no se refería a las acciones de otros,   sino al papel desempeñado al permitir que esas acciones continuaran sin consecuencia.

La distancia no llegó de inmediato.  Surgió después de intentos reiterados por restablecer la proporción,   después de que las explicaciones dejaran de sostenerse y después de que el silencio dejara de aclarar algo.  Retirarse no fue un rechazo del interés.  Fue una forma de preservar el juicio, de evitar que el interés quedara consumido por la imprevisibilidad y de dejar abierta la posibilidad de que las condiciones aún pudieran cambiar.

La negativa,   entendida de este modo,   no es dramática.  No acusa ni se anuncia.  No busca reconocimiento.  Retira el consentimiento en silencio,   permitiendo que los arreglos puedan estabilizarse o revelar sus propios límites.  Lo que termina no es el cuidado,   sino la participación en condiciones que requieren autoengaño para sostenerse.

Esta forma de negativa no es superioridad moral.  Es responsabilidad vuelta hacia adentro.  Comienza cuando permanecer presente exige abandonar el propio juicio y cuando la lealtad,   sin control,   socava aquello que pretendía proteger.  El silencio,   en ese punto,   no elude la obligación.  Restaura la coherencia.

El acto es contenido.  Sus consecuencias son duraderas.  Al dar un paso atrás,   se deja de suministrar la energía de la que depende la inestabilidad, sin cerrar la posibilidad de una renovación o el restablecimiento de proporción.  Lo que permanece intacto es el juicio.  Lo que se abandona es la creencia de que la resistencia siempre es ética —y la negativa se convierte en el medio mediante el cual se mantiene la claridad, y no la ruptura.


« Un acuerdo para disentir »

January 10, 2026

Ricardo F. Morín
Un acuerdo para disentir
Acuarela, gouache, corrector líquido y tinta negra sobre papel
14″x20″
2005

Ricardo F. Morín

9 de enero de 2026

Oakland Park, Fl.

Algunos antagonismos no reclaman vindicación, sino claridad

* 

Nuestro intercambio reveló no un desacuerdo susceptible de resolución, sino una desalineación que no podía repararse mediante una argumentación adicional.  Lo que en un inicio pareció una diferencia analítica fue dejando ver una divergencia más profunda en la manera misma de abordar la comprensión.  En ese punto, la explicación dejó de aclarar y comenzó a oscurecer.  

Hay momentos en la vida en los que las relaciones antagónicas deben ser afrontadas no para prevalecer, sino para reconocer límites.  No todo cuestionamiento constituye una invitación al intercambio, ni toda afirmación de autoridad merece respuesta.  Cuando el discurso se desplaza de la indagación hacia la autoafirmación, la tarea deja de ser la persuasión y pasa a ser el reconocimiento:  de lo que puede compartirse, de lo que no, y de cuándo la distancia se convierte en una forma de integridad y no de evasión.  

El distanciamiento, así entendido, no supone una abdicación de la razón ni una retirada del rigor.  Supone el reconocimiento de que la autoridad intelectual no surge de la superioridad moral, de la acumulación de fuentes ni de la exigencia de ser reconocido como correcto.  Una autoridad que no tolera límites se socava a sí misma por la postura que adopta.  

El distanciamiento, entonces, no es ni silencio ni concesión.  Es un apartamiento que tiene peso:  liberador y decepcionante, real y conmovedor.  No ofrece consuelo, pero afirma la vida misma al negarse a persistir en la distorsión.  Lo que permanece no es la victoria, sino una verdad preservada mediante la contención.  

La autoridad intolerante de los límites sucumbe a la soberbia por sí misma.