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« Río de Hierba »

December 6, 2025

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Ricardo Morin
Paisaje II: Río de Hierba
18 x 24 pulgadas
Sepia sobre papel de periódico
2003

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Ricardo F. Morin

6 de diciembre de 2025

Naples, Florida

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Este díptico, “Río de hierba” y “Naples por la mañana”, aúna una reflexión sobre la continuidad y una breve observación de la vida cotidiana.   Dos escenas —una sostenida, la otra fugaz— muestran cómo la experiencia, el silencio y la atención dan forma a la presencia.   La primera parte, “Río de hierba”, no presenta un argumento, una confesión ni una teoría.   Ofrece una observación moldeada con el tiempo por la cercanía más que por la distancia.    El enfoque no está en la psicología individual ni en el conflicto relacional, sino en patrones que toman forma a través de las generaciones y persisten silenciosamente en la vida cotidiana.

Lo que sigue evita la explicación moral y la resolución narrativa.    Atiende, en cambio, a la continuidad:  a cómo la contención, la generosidad y la presencia pueden transmitirse no mediante instrucción o memoria, sino a través de la postura, el hábito y la orientación.   La intención es describir sin juzgar, y aclarar sin asignar causas allí donde estas no pueden aislarse con limpieza.   Lo que aquí se traza representa una orientación posible entre muchas, moldeada por la herencia pero no exhaustiva de sus efectos—una invitación a no confundir el cauce con el océano.


Orientación de “Río de Hierba”

Lo que sigue atiende a aquello que persiste cuando las vidas son moldeadas por la continuidad más que por la interrupción.

No toda herencia llega como memoria.   Algunas se transmiten sin relato, sin fecha, sin lenguaje.   Entran por la atmósfera más que por la narración—por el ritmo, la contención, la postura y una preferencia por la continuidad antes que por la exhibición.   En tales casos, la historia no se recuerda; se lleva consigo.

Esta forma de herencia no se anuncia como trauma.   No deja una escena única que revisitar ni un episodio que pueda aislarse y explicarse.   Aparece, en cambio, como una manera de estar en el mundo:   medido, atento, resistente al exceso.  El pasado ejerce su influencia no por instrucción, sino al moldear lo que se siente permitido, sostenible o necesario.

En estas condiciones, la contención no se experimenta como pérdida.  Funciona como orientación.  La acomodación no indica sumisión, sino competencia.   La estabilidad no refleja la ausencia de deseo, sino la colocación silenciosa del deseo entre otras prioridades.   Lo que se transmite no es miedo, sino cautela—una ética de la resistencia afinada con el tiempo.

Como ningún acontecimiento ocupa el primer plano, poco invita a la interpretación.   La ausencia de angustia visible favorece la suposición de facilidad.   La vida parece ordenada, generosa e íntegra.   Sin embargo, la herencia permanece activa, estructurando la conducta sin requerir reconocimiento.  Persiste no como memoria, sino como forma.

Esta herencia suele resistir el reconocimiento precisamente porque ha tenido éxito.  El pasado no se ha repetido.  La continuidad ha sido preservada.  Lo que queda es una postura orientada a sostener esa continuidad—una vigilancia tan normalizada que pasa por temperamento más que por historia.

La contención, en este contexto, no opera como inhibición ni negación.   Funciona como una orientación estabilizadora—una calibración interna moldeada con el tiempo.   La acción se rige menos por la expresión que por la proporción y la durabilidad.   Lo que gobierna la elección no es el juicio moral, sino la coherencia.

Esta contención suele coexistir con claridad y decisión.   Los límites se mantienen sin conflicto; las decisiones se toman sin énfasis excesivo.  Lo que se evita no es la agencia, sino el excedente.  La expresión se modera no por temor a las consecuencias, sino por un sentido interno de suficiencia.

La acomodación aquí suele malinterpretarse.   No surge del cumplimiento pasivo ni de la incertidumbre, sino de una evaluación del impacto.   El espacio cedido a otros refleja confianza en la estructura y no una retirada de la posición.   La presencia permanece intacta incluso cuando no se coloca en primer plano.

Esta orientación produce una estabilidad que puede parecer sin esfuerzo.   La fricción se minimiza.   Las exigencias son escasas.   La ausencia de insistencia se confunde fácilmente con comodidad o satisfacción.   Sin embargo, la contención que opera es activa, no pasiva, y moldea continuamente lo que se articula, se posterga o queda sin decir.

Con el tiempo, la contención se vuelve difícil de distinguir de la identidad.  Deja de experimentarse como una elección entre alternativas y se endurece en postura.  La cuestión de la expresión se desvanece, sustituida por un énfasis en la responsabilidad, la proporción y la no disrupción.

La generosidad moldeada por la contención heredada rara vez se anuncia.   No busca reconocimiento ni reciprocidad, ni depende de la visibilidad para validarse.  Aparece más bien como disponibilidad, como la remoción silenciosa de obstáculos, como la disposición a ceder espacio sin relato ni sacrificio.

En esta forma, el dar no es transaccional.   No se lleva registro de balances ni se anticipa retorno alguno.  Lo que se ofrece es firmeza más que favor.   El apoyo se despliega sin apelación, a menudo sin ser notado, absorbido por la conducta cotidiana.  La ausencia de exigencia es integral, no accidental.

Al no imponer peso alguno, esta generosidad deja poco rastro.  Otros experimentan libertad sin percibir su origen.   La autonomía se habilita sin atribución.  Quien da permanece presente, pero sin marca.

Con el tiempo, el hábito de hacer espacio se vuelve más practicado que el hábito de ocuparlo.   La atención se desplaza hacia afuera, refinando la capacidad de respuesta mientras se estrecha la articulación dirigida hacia uno mismo.  Lo que persiste no es la pérdida, sino la redirección.

Esta configuración resiste lecturas convencionales de desequilibrio.   No surge agravio alguno; ningún conflicto anuncia asimetría.   La generosidad permanece intacta, incluso ejemplar.   Lo que se desplaza sutilmente es el énfasis interno: una presencia ejercida mediante la concesión más que mediante la afirmación.

El deseo, dentro de esta orientación, no es negado ni reprimido.  Es reubicado.   Su legitimidad no se cuestiona, pero su urgencia se atenúa.   Lo que se deja de lado no es el anhelo en sí, sino la expectativa de que el anhelo deba organizar la vida.

El deseo es reconocido, aunque rara vez central.   La expresión se permite más fácilmente hacia afuera que cuando se reclama internamente.   La atención gravita hacia aquello que preserva la estabilidad más que hacia lo que intensifica la experiencia.   La satisfacción surge de la coherencia y no de la culminación.

Esto no produce vacío alguno.   La vida permanece comprometida y disponible.  Lo que disminuye es la insistencia.  La continuidad pasa a importar más que el apetito; la durabilidad más que la inmediatez.

Como este arreglo no se presenta como renuncia, suele pasar inadvertido.   Ningún lenguaje moral lo rodea.   Nada se nombra como sacrificio.   El deseo persiste a cierta distancia—observado, gestionado, postergado sin conflicto.

Con el tiempo, la identidad se modela menos por la búsqueda que por el mantenimiento.   La expresión cede paso a la prudencia.   El sentido se acumula no a través de la llegada, sino evitando la ruptura.

Los patrones organizados en torno a la contención y la continuidad suelen confundirse con logro moral.  La compostura se lee como sabiduría; la acomodación como madurez; el silencio como profundidad.   Al no surgir perturbación alguna, la orientación escapa al examen.  Lo que funciona sin fricción se presume completo.

Esta lectura errónea se refuerza por marcos sociales que recompensan la estabilidad más que la indagación.   La ausencia de conflicto se toma como evidencia de equilibrio.  La generosidad sin exigencia se elogia en lugar de interrogarse.  Sus costos permanecen ocultos precisamente porque no imponen carga alguna a los demás.

La virtud, en este contexto, se vuelve indistinguible del hábito. La orientación adaptativa se solidifica en carácter, y el carácter en expectativa.  La fiabilidad se afirma una y otra vez, profundizando su arraigo.

El resultado no es engaño, sino omisión.  La firmeza es genuina. Lo que no se reconoce es hasta qué punto tal arreglo organiza la vida en torno a la preservación más que a la presencia.   La pregunta por el desplazamiento no se rechaza; simplemente no se formula.

La confusión surge del éxito.  Las relaciones perduran.   Las estructuras se mantienen.  No aparece daño evidente.   Y así, la configuración más profunda—silenciosa, duradera, moldeada por la historia—continúa operando bajo el lenguaje de la virtud.

En cierto umbral, la continuidad deja de ser un medio y se convierte en el fin rector.   La vida se organiza no en torno a la realización, sino a la preservación.  Lo que más importa es que nada esencial quede expuesto a la ruptura, bien sea por una exigencia excesiva o una afirmación no probada.

La realización no se rechaza, pero se subordina.  La satisfacción proviene de la duración más que de la intensidad.   El tiempo se orienta hacia la extensión, no hacia la culminación.   Lo que se valora es la capacidad de seguir adelante sin quebrarse.

Esto resulta eficaz.  El pasado no se repite.  La estabilidad se sostiene.   La pérdida se contiene en lugar de amplificarse.  Los imperativos heredados se honran no mediante el recuerdo, sino a través de la conducta.

Sin embargo, cuando la continuidad ocupa esta posición, el rango de movimiento permitido se estrecha.  El cambio debe justificarse de antemano.  El deseo debe demostrar durabilidad antes de ponerse en acto.  La expresión cede ante el mantenimiento.

El futuro se aborda como responsabilidad más que como terreno abierto.  El sentido se acumula mediante la salvaguarda de lo esencial y no mediante la exploración de posibilidades.  El éxito pasa a ser sinónimo de la preservación de la continuidad.

La presencia, en su forma final aquí, no se organiza en torno a la posición ni a la prioridad.   Funciona de manera lateral y sostiene la estructura sin convertirse en su centro.   La vida se mantiene unida mediante la atención más que mediante reclamaciones de autoridad o legitimidad.  El curso de la vida compartida avanza sin la presión de llegar a una explicación que garantice su coherencia.

Este modo de presencia resiste la visibilidad.  No busca reconocimiento ni afirma precedencia.  Su eficacia reside en aquello que permanece intacto más que en lo que se logra.  Otros se mueven con libertad, a menudo sin advertir el soporte que hace posible esa libertad.

Permanecer fuera del centro no constituye retirada.  La participación continúa—medida, receptiva, íntegra.  Lo que se evita no es la implicación, sino la dominación.  La influencia se ejerce mediante la estabilidad más que mediante la dirección.

La imagen sugerida por el título toma forma aquí.   Un río que avanza sin fuerza, modelando el terreno a través de la persistencia de su cauce.  Movimiento sin espectáculo.   Resistencia sin inscripción.  El curso se mantiene fluyendo alrededor del obstáculo en lugar de enfrentarlo.

Lo que permanece es la continuidad misma—sostenida en silencio, rara vez notada y difícil de nombrar.


*

« Naples por la mañana »

Estaba sentado frente a mi esposo en un lugar de desayunos en Naples, Florida.   En diagonal, detrás de él, se sentaba una pareja joven. La mujer era pequeña—casi infantil en proporción—junto a su esposo, que superaba ampliamente los seis pies de estatura.

Aún ninguno de nosotros había ordenado.   Ella dispuso cuidadosamente los cubiertos y la servilleta, alineándolos con una precisión deliberada, casi ritual. El cabello le caía hacia delante, dividido a ambos lados del rostro como cortinas corridas.   Al levantar el mentón, sus rasgos faciales—de apariencia asiática—quedaron brevemente a la vista.   A pesar de su menudez, su postura sugería control más que fragilidad.

Cuando nuestras miradas se cruzaron, sostuvo la mía más tiempo del esperado, casi fijamente.   Luego bajó la cabeza, ocultándose de nuevo tras el cabello.   Instantes después la alzó una vez más e hizo la señal de la cruz—frente, pecho, hombro a hombro—antes de volver a orientarse por completo hacia su esposo. No se intercambiaron palabras.

Cuando llegó la comida, retomó la misma actitud cuidadosa.   Cortó su omelette en pequeños cuadrados uniformes, dejó el cuchillo y se detuvo.  Cada pieza fue llevada a su boca por separado, lentamente, con una repetición ininterrumpida, como si el gesto hubiera sido ensayado.   La secuencia tenía un carácter performativo.   Aunque permanecía orientada hacia su esposo, el torso se desplazaba intermitentemente, inclinándose levemente en mi dirección.

Cuando terminaron y se dirigieron a la cajera, ella se levantó primero y avanzó delante de él, con el mentón bajo y el cabello volviendo a cubrir su entorno.  Él la siguió—alto, corpulento, desplazándose por el local con visible naturalidad.   Su andar era amplio, desprotegido.

Se marcharon sin hablar.

Díptico.


« Ritual: Una filosofía de la necesidad »

September 20, 2025

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Ricardo Morín
Serie Nueva York, Nº 5: Ritual
137 × 213 cm
Óleo sobre lienzo
1992

Prefacio

Este ensayo busca definir los rituales sin recurrir a metáforas, abstracciones ni juicios morales.   El método comienza con la etimología, sigue con su fundamento biológico y continúa con la extensión del ritual en la conducta humana.   El ritual se entiende como repetición con forma, llevada a cabo por necesidad para contener fuerzas incontrolables por mandato o intención.

El análisis distinguirá el ritual de la creencia y de la superstición.    La creencia atribuye poder más allá de la función inmediata.    La superstición surge cuando la creencia asigna causalidad donde no existe.    El ritual no es una creencia, sino únicamente un procedimiento.   Su función es regular la vida mediante la repetición ordenada.

Los capítulos que siguen abordan los principales ámbitos en los que opera el ritual.    En la sexualidad, el ritual previene la desestabilización al dar al deseo una forma por la que puede moverse sin derrumbarse.    En la desconfianza, la amistad, la enemistad y el amor, el ritual contiene estados que resisten el control y los hace habitables.    En el gobierno, el ritual mantiene las diferencias ideológicas dentro de límites que preservan la continuidad de la comunidad.

El ritual es necesario para la existencia.   No elimina el instinto, la emoción ni el conflicto.   Les da forma y permite que la vida continúe sin desintegrarse.    Esta necesidad no es externa, sino generada por la propia vida.   Donde las fuerzas exceden el control, el ritual provee orden.

Ricardo Morín. 12 de septiembre de 2025, Bala Cynwyd, Pa.

I

La palabra ritual proviene del latín ritus (acto prescrito realizado de manera ordenada).   Su esencia es la repetición.   Hablar de ritual no es hablar de tradición o de abstracción, sino de una necesidad llevada a cabo por un anhelo primordial.

La base biológica del ritual es clara.    En muchas especies, los impulsos instintivos conflictivos se contienen mediante acciones repetidas que reducen la incertidumbre.   Los pájaros realizan danzas antes de aparearse.   Los lobos muestran sumisión para evitar el ataque.    Los primates se acicalan unos a otros para aliviar la tensión.    Estas acciones no alteran el mundo externo.    No aseguran el apareamiento, ni previenen el peligro, ni eliminan la agresión.   Funcionan regulando la conducta de manera que se evita la desestabilización.   Surgen por necesidad:   sin el ritual, la reproducción, la supervivencia o la cohesión quedarían en riesgo.

La conducta humana prolonga este principio biológico.    El apretón de manos es un acto repetido que señala la no agresión entre desconocidos.   Un funeral ordena el duelo en secuencias y permite a los deudos soportar la pérdida.    Una comida compartida afirma la cooperación y reduce la posibilidad de conflicto.    Ninguna de estas acciones es eficaz por una creencia en la causalidad.   Son eficaces porque son producto de la repetición y del reconocimiento dentro del grupo.   Son necesarias porque, sin ellas, la desconfianza, el duelo o la rivalidad permanecerían sin contención.

El instinto y la emoción generan fuerzas que no pueden controlarse plenamente por mandato o intención.   La repetición les da forma sin eliminarlas. Aquí radica la necesidad: la vida produce fuerzas que exceden el control, y el ritual provee el procedimiento para llevarlas sin colapso.    Sobre este fundamento descansa toda indagación posterior.

II

La creencia comienza donde un acto o un acontecimiento se considera portador de un poder más allá de su función inmediata.   Creer es atribuir un significado no evidente en el acto mismo.    La creencia orienta, pero también crea vulnerabilidad.

De la creencia crece la superstición.   La superstición ocurre cuando un gesto, una señal o un accidente se toma como determinante de buena o mala suerte.   Se dice que romper un vidrio trae desgracia.    Se dice que un número trae fortuna.    El acto o la señal reciben un poder que no poseen.   La superstición es la creencia desviada.    Se apoya en la convicción de que fuerzas ocultas gobiernan los acontecimientos externos y que se vuelven accesibles por medio de signos y gestos.

El ritual no depende de la creencia de que un acto pueda cambiar el destino o invocar un poder oculto.   Su eficacia no descansa en lo imaginado, sino en lo realizado.    Un apretón de manos evita la desconfianza porque se basa en la repetición y el reconocimiento, no en su magia.   Un funeral provee una secuencia ordenada y permite el duelo, pero no altera la muerte.   Una comida compartida asegura cooperación por su mutua realización, no porque invoque la suerte.

La distinción es exacta.   Si el ritual es la forma, el deseo es la corriente que se mueve en ella.   Las tradiciones religiosas han presentado el deseo como déficit, desorden o tentación que debe reprimirse.   Pero el deseo no es déficit ni desorden; es vitalidad misma:    una energía que presiona hacia la expresión.    El ritual no restringe esta fuerza; la restricción pertenece al miedo y al sufrimiento.   El ritual contiene el deseo y mantiene su exceso dentro de los límites de la resistencia y la necesidad.   El ayuno, por ejemplo, no suprime el hambre, sino que la sostiene en ritmo; convierte el apetito en medida y no en castigo.    Por el contrario, una prohibición que niega la legitimidad del deseo transforma la vitalidad en ansiedad.   De este modo, el ritual y el deseo no se oponen, sino que son interdependientes: el primero es el cauce, el segundo la corriente.

III

El impulso sexual es omnipresente en la vida humana.   Sin forma, desestabiliza tanto al individuo como a la comunidad.   Su poder reside en la persistencia.   El mandato no puede suprimir el deseo.   El deseo presiona hacia la expresión.    Toda cultura ha desarrollado rituales para contenerlo y regularlo.

Sin embargo, la base del ritual sexual no es la represión sino la repetición.   El sustento primigenio marca desde el nacimiento la condición humana:   en la lactancia, ese sustento consiste en ser alimentado, sostenido y mantenido por el cuerpo de otro.    En ese estado original, la intimidad asegura la supervivencia.    Más tarde, el deseo repite esa estructura.   La búsqueda de unión es a la vez un retorno a aquella primera condición de dependencia y una transformación de ella en adultez.   El ritual sexual prolonga esa primera experiencia:    lleva dentro de sí la huella de la lactancia.    No es cuestión de vergüenza ni de juicio, sino de continuidad.

El cortejo es el modelo.    Los gestos repetidos marcan el acercamiento a la intimidad.   Las ceremonias (palabras, regalos, danzas) estructuran el encuentro.   El deseo no se elimina, sino que da forma a la sexualidad y le permite avanzar sin conflicto inmediato.    El matrimonio prolonga el proceso y establece reglas para su ejercicio en un marco reconocible.   El ritual transforma una fuerza disruptiva en una relación que puede sostenerse en orden.

Diversos ejemplos culturales muestran la variedad de este proceso.   En Japón, las ceremonias del té y las visitas formales estructuraron las primeras etapas de la negociación matrimonial.   En la Inglaterra victoriana, la presencia de acompañantes cumplía una función de vigilancia y marcaba límites en el cortejo.    Entre los navajos de Norteamérica, la ceremonia Kinaaldá marca la transición de la niña a la mujer y vincula el deseo individual y la fertilidad con la continuidad de la comunidad.   En cada caso, el ritual no extingue el instinto, sino que lo canaliza hacia la vida social.

Cuando el deseo no puede realizarse sin riesgo, las personas recurren a actos repetidos que ofrecen desahogo sin colapso.    Las tradiciones monásticas de diversas culturas desarrollaron rituales de celibato, apoyados en la oración, el ayuno y otras disciplinas, que contienen la fuerza sexual.    En la vida cotidiana, otros recurren a la imaginación (fantasía, sueño o representación artística) y escenifican simbólicamente actos que anhelan pero no pueden llevar a cabo.   Otros más establecen hábitos (ejercicio, meditación o creación artística) que redirigen la energía sexual hacia formas manejables.   El anhelo no desaparece.   Su estructura asegura que el deseo se mueva dentro de parámetros definidos sin volverse abrumador.

La obsesión surge cuando el deseo queda sin resolverse e irrumpe en el pensamiento; se repite sin alivio y amenaza la estabilidad.    El ritual ofrece una forma de contener la obsesión.   Mediante la repetición, reconoce la fuerza y la reconfigura.    No la elimina, pero la delimita.

El ritual en el ámbito de la sexualidad no es opcional sino necesario.    Proporciona una forma allí donde el instinto excedería la medida.

IV

El ser humano no se gobierna sólo por la razón.    Los estados emocionales persisten de modos que resisten el control.   La desconfianza, la amistad, la enemistad y el amor no pueden eliminarse por decreto ni mantenerse sólo con pensamiento.    Cada caso requiere del ritual para asegurar continuidad y encausamiento.

Las palabras solas no borran la sospecha.   La desconfianza es uno de los estados más persistentes.   La sospecha no puede ser borrada por la emoción.   La sospecha permanece y desestabiliza la interacción.   El ritual reduce su alcance.    Un saludo, un juramento o un contrato son actos ceremoniales repetidos en los encuentros; establecen un mínimo terreno sobre el cual puede darse la cooperación.    Estos actos no eliminan la sospecha, pero permiten que la relación prosiga a pesar de ella.

La amistad depende de los sentimientos, pero los sentimientos sin forma se desvanecen.    El ritual da duración a la amistad.   Comidas compartidas, visitas recurrentes, intercambios de favores, entre otros, son actos pautados que afirman una relación.   Por sí solos no crean la amistad, pero sin ellos ésta se debilita.   Los rituales sostienen lo que no puede exigirse:    la persistencia de la confianza y del apego a través del tiempo.

La enemistad no es menos poderosa.   La hostilidad sin límites se intensifica hasta que la destrucción se produce.   Los rituales canalizan la hostilidad en formas acotadas:   un duelo, una competencia, un debate formal—cada uno provee un marco en el que la enemistad puede expresarse sin colapso.    Incluso en la guerra, los tratados funcionan como formas rituales que restringen la violencia a límites reconocibles.    Sin ellos, el conflicto pierde proporción.

El amor en sí mismo es inestable.   Comienza en el impulso y sólo perdura con la repetición.   Gestos diarios, promesas renovadas, aniversarios y actos continuos de ternura le otorgan una forma que lo sostiene.   Estos rituales no garantizan la permanencia, pero dan al amor una estructura dentro de la cual puede perdurar.   Sin estos rituales, el amor se disipa.

En todos estos estados, el ritual cumple la misma función.    Da orden donde la fuerza no puede controlarse directamente.   No elimina la desconfianza, la amistad, la sexualidad, la enemistad ni el amor.   Los hace admisibles.

V

La gobernanza es el ámbito donde las fuerzas humanas se amplifican por la magnitud.    La desconfianza, la enemistad y las lealtades en conflicto aparecen no sólo entre individuos sino entre grupos.    Las diferencias ideológicas no pueden eliminarse; pueden manejarse.   El ritual provee el procedimiento para hacerlo.

Un ejemplo es el procedimiento parlamentario.   El debate, el turno de palabra y la votación son actos repetidos que permiten expresar el conflicto sin que la asamblea se disuelva.   Las formas en sí mismas no crean acuerdo.    Proporcionan límites dentro de los cuales la discrepancia puede persistir.

Las ceremonias cívicas cumplen una función similar.   Inauguraciones, juramentos públicos y conmemoraciones nacionales no cambian en sí mismos las condiciones políticas.    Su repetición afirma la continuidad de la autoridad y confiere reconocimiento a las transiciones de poder.    Los actos son simbólicos sólo en apariencia; su verdadera función es la estabilidad normativa e institucional.

Las elecciones son un caso más directo.   No eliminan la división ideológica.    Proporcionan un método repetido para canalizar el conflicto hacia resultados reconocibles por las partes opuestas.   Sin elecciones, o cuando sus resultados no se reconocen, la división tiende a la ruptura.

El ritual es necesidad.   La gobernanza depende de él.   A través de las especies, el ritual surge de la necesidad de contener fuerzas que exceden el control directo.   La conducta humana continúa este principio.

En la Atenas antigua, la asamblea y el uso del sorteo permitían expresar la oposición sin disolver el orden cívico.   Más tarde, parlamentos y consejos proporcionaron estructuras rituales para la negociación entre monarcas absolutos y súbditos.    En las democracias modernas, constituciones y ciclos electorales mantienen la continuidad repitiendo formas que regulan la transferencia de poder.   Cuando estos rituales fallan, el resultado es previsible.   La gobernanza es un ritual que hace admisibles las diferencias ideológicas.    Sin el ritual, la política se reduce a dominación y resistencia, un ciclo que no puede sostener el orden.

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Bibliografía anotada

  • Arendt, Hannah: On Revolution. New York: Viking, 1963. (Arendt enfatiza el papel de los procedimientos cívicos en el sostenimiento del gobierno; esto fundamenta la afirmación del Capítulo V de que el ritual hace vivible la diferencia ideológica.)
  • Douglas, Mary: Purity and Danger: An Analysis of Concepts of Pollution and Taboo. London: Routledge, 1966. (El trabajo de Douglas sobre los límites rituales informa la discusión del Capítulo IV sobre la desconfianza, la enemistad y la gestión de la inestabilidad mediante actos repetidos.)
  • Durkheim, Émile: The Elementary Forms of Religious Life. New York: Free Press, 1995. (urkheim sostiene que el ritual es la base de la cohesión social, idea reflejada en el Capítulo I, que afirma que los rituales regulan la conducta y previenen la desestabilización.)
  • Freud, Sigmund: Three Essays on the Theory of Sexuality. New York: Basic Books, 2000. (La discusión psicoanalítica de Freud sobre el impulso sexual y la obsesión se corresponde con el tratamiento del Capítulo III sobre rituales privados y la contención del deseo no resuelto.)
  • Geertz, Clifford: The Interpretation of Cultures. New York: Basic Books, 1973. (Geertz considera el ritual como “modelos de” y “modelos para” la realidad; su análisis etnográfico respalda la extensión del ritual de la sexualidad al gobierno en los Capítulos IV y V.)
  • Habermas, Jürgen: Between Facts and Norms: Contributions to a Discourse Theory of Law and Democracy. Cambridge: MIT Press, 1996. (Habermas muestra cómo los procedimientos ritualizados en el discurso y el derecho preservan el gobierno bajo el conflicto, apoyando el tratamiento de este ensayo sobre el debate parlamentario y las elecciones.)
  • Jung, Carl Gustav: Symbols of Transformation. Princeton: Princeton University Press, 1956. (Jung rastrea cómo los impulsos instintivos, especialmente la sexualidad, se ritualizan tanto en la psicología individual como en la cultura colectiva, complementando el Capítulo III.)
  • Turner, Victor: The Ritual Process: Structure and Anti-Structure. Chicago: Aldine, 1969. (El análisis de Turner sobre la liminalidad informa los Capítulos III y IV, donde la sexualidad, la amistad y la enemistad requieren marcos rituales para llevar fuerzas disruptivas sin colapso.)