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« Melania »

March 10, 2026

Ricardo F. Morín

10 de Marzo de 2026

Oakland Patrk, Florida

El documental Melania se desarrolla dentro del paisaje ceremonial que rodea el regreso de Donald Trump a la presidencia.  La voz de Melania Trump conduce el hilo narrativo.  Comienza con un relato de herencia.  Atribuye a la fortaleza serena y a la devoción de su madre por la familia el haber formado a la persona que ha llegado a ser.  Presenta esa herencia como el fundamento de su papel público.

Esa afirmación de su origen se sitúa dentro de escenarios que despliegan su significado.  En la Catedral de San Patricio un sacerdote ofrece su bendición.  El momento entra en el lenguaje de la ceremonia nacional.  Melania declara que usará su influencia y su poder para defender a quienes lo necesiten.  Vincula esa promesa con la disciplina que guió su carrera anterior en París y Milán, donde altos estándares personales moldearon sus primeras ambiciones.

Desde la catedral la narración pasa a la transferencia de autoridad.  El presidente Joe Biden y Jill Biden acompañan a Donald Trump y Melania Trump hacia la Casa Blanca.  La procesión avanza dentro de la coreografía conocida de la investidura.

En ese momento un reportero irrumpe desde la línea de prensa y lanza una pregunta:  “¿Sobrevivirá Estados Unidos al próximo presidente?”  Su resonancia concede a la secuencia una franqueza inesperada.

La narración vuelve entonces a la voz de Melania cuando entra en la Rotonda del Capitolio.  Describe el momento como el punto de encuentro entre la historia nacional y su propio recorrido como inmigrante.  Habla de derechos que deben protegerse y de una humanidad compartida entre orígenes distintos.

Cuando la ceremonia avanza hacia el juramento presidencial a la Constitución, Jill Biden permanece centrada en el encuadre de la cámara hasta que Tiffany, hija de Trump, da un paso al frente y la bloquea de la vista.

Donald Trump presta entonces juramento.  Anuncia que una edad dorada comienza de inmediato.  Promete prosperidad nacional, respeto internacional y la restauración de una justicia imparcial bajo el estado constitucional de derecho.  Nombra la paz y la unidad como las marcas de su legado futuro.

Aunque la producción lleva el nombre de Melania, el material ante la cámara consiste en ceremonia, lenguaje preparado y exhibición pública.  En tales condiciones un retrato no puede revelar a una figura privada.  Registra el papel simbólico que se le asigna dentro del espectáculo que rodea el regreso de Trump al poder.

Trump le dice que parece una estrella de cine.  La cámara vuelve sucesivamente a su rostro.  El intento de suavizar su belleza no tiene éxito.  Sus ojos se estrechan.  La línea de su boca se tensa en un gesto que rehúsa la facilidad de una sonrisa ceremonial.

La reiterada presencia de zapatos de tacón de aproximadamente doce centímetros pasa a formar parte de la composición visual.  El efecto sugiere un intento de acentuar la presencia física en un entorno donde la estatura ya está construida simbólicamente. 

Vistas desde el segundo año del segundo mandato de Trump, las promesas escuchadas a lo largo del documental:  fidelidad constitucional, respeto por los derechos, orgullo por la contribución del inmigrante a la vida nacional, y la afirmación de que la pluralidad permanece unida dentro de una comunidad cívica común, contrastan con la conducta de gobierno que siguió.

El montaje conserva así algo más que un retrato de Melania Trump.  La ceremonia enmarca el poder con un lenguaje tomado de la herencia, del deber constitucional y de la unidad cívica.  Cuando los acontecimientos ponen a prueba las promesas unidas a ese lenguaje, la ceremonia permanece mientras la sustancia se debilita.

La belleza, la piedad y el simbolismo patriótico ocupan el primer plano de la ceremonia y conceden al momento dignidad y continuidad.  Cuando el registro del gobierno entra en el encuadre, esos mismos elementos permanecen después de que las promesas unidas a ellos han fracasado.  El documental deja la imagen de la superficie sobre la cual esas promesas fueron escritas.

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Epílogo

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El documental no construye un lenguaje capaz de reconocer su propio artificio.  La ceremonia permanece en el nivel de la presentación.  No se transforma en representación consciente.

Precedentes artísticos en el género documental y en el tema literario del poder gubernamental han mostrado que el poder puede ser expuesto a través de su propia teatralidad.  Cuando ese lenguaje se establece, el espectáculo se vuelve legible como construcción.  El artificio deja de ocultarse y pasa a formar parte del significado.

Aquí ocurre lo contrario.  La escenografía, el vestuario, la coreografía y el discurso se presentan sin distancia.  No hay un registro que permita observarlos como construcción.  El resultado no es una interpretación del poder, sino su reiteración.

La condición misma de la obra contribuye a este resultado.  Se trata de una producción comisionada.  Su costo, cercano a los 48 millones de dólares, intensifica la presentación de la superficie sin ampliar el campo del lenguaje.

Esa circunstancia modifica el sentido de lo que se ve.  La ceremonia conserva sus formas, pero pierde la capacidad de producir conciencia sobre sí misma.  El lenguaje sigue enunciando legitimidad, pero no alcanza a examinarla.

La producción, sin proponérselo, deja expuesta esa insuficiencia.  No revela el artificio del poder.  Muestra, en cambio, un poder que no dispone del lenguaje necesario para reconocerse como artificio.

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« Desenmascarar la desilusión: Serie III—Part I »

February 4, 2026

Alegoría, virtud y la medida de la gobernanza


“Geometric Allegory”, pintura digital 2023 por Ricardo Morín (artista visual estadounidense nacido en Venezuela–1954)

Ricardo F. Morin

25 de Diciembre de 2025

Oakland Park, Fl

Nota del autor

Este conjunto de capítulos marca un desplazamiento dentro de la serie Desenmascarar la desilusión.    El análisis se mueve desde la orientación simbólica hacia un criterio de evaluación: no para proponer un modelo de gobierno ni para formular una ética normativa, sino para establecer una medida mediante la cual la práctica política pueda ser examinada.

Los capítulos iniciales no presentan la alegoría como instrucción metafísica ni como refugio interpretativo.    La tratan como un instrumento de reconocimiento:    una forma de identificar cuándo el lenguaje político conserva su función orientadora y cuándo comienza a operar desligado de responsabilidad.    Sin algún marco de justicia, contención y discernimiento entendido como límite relacional, la desilusión deja de ser legible como resultado estructural y se confunde con agravio retrospectivo o reacción moral.

Lo que aquí se propone no es una aspiración, sino una condición de medida.    La virtud se considera operativa solo en la medida en que actúa como restricción sobre el ejercicio del poder.    Cuando persiste únicamente como vocabulario, sin función reguladora, pierde capacidad explicativa.    Este umbral —entre forma y retórica, entre límite y símbolo— establece el punto desde el cual los capítulos posteriores examinarán su progresiva distorsión.


El modo alegórico

La resistencia a la autoridad recurre con frecuencia a un simbolismo que exige interpretación y, al hacerlo, desvincula el significado de la responsabilidad.    En el espíritu de Platón, propongo que el verdadero filósofo sea un alegorista invertido.    En lugar de limitarse a descifrar símbolos, el filósofo distingue entre aquello que significa y aquello que gobierna.

Los símbolos y las alegorías no son meros reflejos del mundo material, sino puertas de acceso a aquello que lo excede.    La alegoría funciona como reconocimiento solo allí donde los símbolos han dejado de orientar la conducta:    una orientación hacia aquello con lo cual el filósofo procura alinearse.


El gobierno ideal y el poder de la virtud

Allégorie de la Géométrie, del pintor barroco francés Laurent de La Hyre [1606–56], óleo sobre lienzo, ca. 1649 (40 7/8 x 86 1/8 in.) – Fine Arts Museums of San Francisco. Adquisición museística, Roscoe and Margaret Oakes Income Fund.

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Allégorie de la Géométrie, de Laurent de La Hyre (1649), evoca una concepción del gobierno ideal entendida como una geometría de virtudes, en la que el equilibrio depende de la proporción y no de la invocación. Justicia, templanza y sabiduría forman una tríada cuya significación no reside en su enumeración, sino en las relaciones que establecen entre sí. Como en la geometría, la estabilidad se mantiene únicamente mientras dichas proporciones se sostienen.

Así como el filósofo no se detiene en los símbolos, la evaluación del gobierno no puede quedar sometida a los caprichos del poder.    En el espíritu de las Formas platónicas, un gobierno se mide por su adhesión a principios que no dependen de la circunstancia:    justicia, templanza y sabiduría.    Allí donde estos criterios operan, la política deja de organizarse únicamente en torno al poder.

El concepto de virtud en la gobernanza trasciende la abstracción moral; opera como una condición relacional entre gobernantes y gobernados.    La virtud no pertenece de forma exclusiva a unos u otros, sino que emerge de la forma que adopta esa relación y de los límites que esta sostiene.    Allí donde la virtud opera, la gobernanza no se organiza en torno a la acumulación de poder, sino alrededor de restricciones que regulan su ejercicio:    justicia para limitar la arbitrariedad, templanza para contener el exceso y sabiduría para disciplinar la decisión.

El gobierno entendido como una forma estructurada por la virtud permite identificar los abusos de poder no como desviaciones excepcionales, sino como fallas de estructura.    Cuando símbolos como la equidad o la pluralidad se separan de sus funciones reguladoras, quedan disponibles para su uso como instrumentos de control.    Allí donde la virtud conserva un papel operativo, tales símbolos dejan de oscurecer el poder y retoman su función como límites a su ejercicio.

El chavismo, tal como se configuró bajo Hugo Chávez y continuó bajo Nicolás Maduro, se sitúa en contraste directo con estas condiciones.    Aunque el régimen recurrió de manera extensiva al lenguaje de la justicia y la equidad, dichas referencias dejaron de funcionar como restricciones sobre el poder.    Los símbolos asociados a la virtud fueron desligados de sus funciones reguladoras y reutilizados como mecanismos de legitimación.    De este modo, la gobernanza persistió en el vocabulario de la virtud mientras operaba sin sus funciones limitantes.

La gobernanza virtuosa adopta la forma de una estructura equilibrada:    no gobernada por la corriente del poder, sino constreñida por la justicia.    Un sistema de este tipo no privilegia la voluntad del gobernante por encima del bien común, ni se apoya en apelaciones que fluctúan con la circunstancia.    Allí donde estas restricciones se mantienen, el orden se vuelve posible, no como aspiración, sino como condición.