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« Río de Hierba »

December 6, 2025

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Ricardo Morin
Paisaje II: Río de Hierba
18 x 24 pulgadas
Sepia sobre papel de periódico
2003

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Ricardo F. Morin

6 de diciembre de 2025

Naples, Florida

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Este díptico, “Río de hierba” y “Naples por la mañana”, aúna una reflexión sobre la continuidad y una breve observación de la vida cotidiana.   Dos escenas —una sostenida, la otra fugaz— muestran cómo la experiencia, el silencio y la atención dan forma a la presencia.   La primera parte, “Río de hierba”, no presenta un argumento, una confesión ni una teoría.   Ofrece una observación moldeada con el tiempo por la cercanía más que por la distancia.    El enfoque no está en la psicología individual ni en el conflicto relacional, sino en patrones que toman forma a través de las generaciones y persisten silenciosamente en la vida cotidiana.

Lo que sigue evita la explicación moral y la resolución narrativa.    Atiende, en cambio, a la continuidad:  a cómo la contención, la generosidad y la presencia pueden transmitirse no mediante instrucción o memoria, sino a través de la postura, el hábito y la orientación.   La intención es describir sin juzgar, y aclarar sin asignar causas allí donde estas no pueden aislarse con limpieza.   Lo que aquí se traza representa una orientación posible entre muchas, moldeada por la herencia pero no exhaustiva de sus efectos—una invitación a no confundir el cauce con el océano.


Orientación de “Río de Hierba”

Lo que sigue atiende a aquello que persiste cuando las vidas son moldeadas por la continuidad más que por la interrupción.

No toda herencia llega como memoria.   Algunas se transmiten sin relato, sin fecha, sin lenguaje.   Entran por la atmósfera más que por la narración—por el ritmo, la contención, la postura y una preferencia por la continuidad antes que por la exhibición.   En tales casos, la historia no se recuerda; se lleva consigo.

Esta forma de herencia no se anuncia como trauma.   No deja una escena única que revisitar ni un episodio que pueda aislarse y explicarse.   Aparece, en cambio, como una manera de estar en el mundo:   medido, atento, resistente al exceso.  El pasado ejerce su influencia no por instrucción, sino al moldear lo que se siente permitido, sostenible o necesario.

En estas condiciones, la contención no se experimenta como pérdida.  Funciona como orientación.  La acomodación no indica sumisión, sino competencia.   La estabilidad no refleja la ausencia de deseo, sino la colocación silenciosa del deseo entre otras prioridades.   Lo que se transmite no es miedo, sino cautela—una ética de la resistencia afinada con el tiempo.

Como ningún acontecimiento ocupa el primer plano, poco invita a la interpretación.   La ausencia de angustia visible favorece la suposición de facilidad.   La vida parece ordenada, generosa e íntegra.   Sin embargo, la herencia permanece activa, estructurando la conducta sin requerir reconocimiento.  Persiste no como memoria, sino como forma.

Esta herencia suele resistir el reconocimiento precisamente porque ha tenido éxito.  El pasado no se ha repetido.  La continuidad ha sido preservada.  Lo que queda es una postura orientada a sostener esa continuidad—una vigilancia tan normalizada que pasa por temperamento más que por historia.

La contención, en este contexto, no opera como inhibición ni negación.   Funciona como una orientación estabilizadora—una calibración interna moldeada con el tiempo.   La acción se rige menos por la expresión que por la proporción y la durabilidad.   Lo que gobierna la elección no es el juicio moral, sino la coherencia.

Esta contención suele coexistir con claridad y decisión.   Los límites se mantienen sin conflicto; las decisiones se toman sin énfasis excesivo.  Lo que se evita no es la agencia, sino el excedente.  La expresión se modera no por temor a las consecuencias, sino por un sentido interno de suficiencia.

La acomodación aquí suele malinterpretarse.   No surge del cumplimiento pasivo ni de la incertidumbre, sino de una evaluación del impacto.   El espacio cedido a otros refleja confianza en la estructura y no una retirada de la posición.   La presencia permanece intacta incluso cuando no se coloca en primer plano.

Esta orientación produce una estabilidad que puede parecer sin esfuerzo.   La fricción se minimiza.   Las exigencias son escasas.   La ausencia de insistencia se confunde fácilmente con comodidad o satisfacción.   Sin embargo, la contención que opera es activa, no pasiva, y moldea continuamente lo que se articula, se posterga o queda sin decir.

Con el tiempo, la contención se vuelve difícil de distinguir de la identidad.  Deja de experimentarse como una elección entre alternativas y se endurece en postura.  La cuestión de la expresión se desvanece, sustituida por un énfasis en la responsabilidad, la proporción y la no disrupción.

La generosidad moldeada por la contención heredada rara vez se anuncia.   No busca reconocimiento ni reciprocidad, ni depende de la visibilidad para validarse.  Aparece más bien como disponibilidad, como la remoción silenciosa de obstáculos, como la disposición a ceder espacio sin relato ni sacrificio.

En esta forma, el dar no es transaccional.   No se lleva registro de balances ni se anticipa retorno alguno.  Lo que se ofrece es firmeza más que favor.   El apoyo se despliega sin apelación, a menudo sin ser notado, absorbido por la conducta cotidiana.  La ausencia de exigencia es integral, no accidental.

Al no imponer peso alguno, esta generosidad deja poco rastro.  Otros experimentan libertad sin percibir su origen.   La autonomía se habilita sin atribución.  Quien da permanece presente, pero sin marca.

Con el tiempo, el hábito de hacer espacio se vuelve más practicado que el hábito de ocuparlo.   La atención se desplaza hacia afuera, refinando la capacidad de respuesta mientras se estrecha la articulación dirigida hacia uno mismo.  Lo que persiste no es la pérdida, sino la redirección.

Esta configuración resiste lecturas convencionales de desequilibrio.   No surge agravio alguno; ningún conflicto anuncia asimetría.   La generosidad permanece intacta, incluso ejemplar.   Lo que se desplaza sutilmente es el énfasis interno: una presencia ejercida mediante la concesión más que mediante la afirmación.

El deseo, dentro de esta orientación, no es negado ni reprimido.  Es reubicado.   Su legitimidad no se cuestiona, pero su urgencia se atenúa.   Lo que se deja de lado no es el anhelo en sí, sino la expectativa de que el anhelo deba organizar la vida.

El deseo es reconocido, aunque rara vez central.   La expresión se permite más fácilmente hacia afuera que cuando se reclama internamente.   La atención gravita hacia aquello que preserva la estabilidad más que hacia lo que intensifica la experiencia.   La satisfacción surge de la coherencia y no de la culminación.

Esto no produce vacío alguno.   La vida permanece comprometida y disponible.  Lo que disminuye es la insistencia.  La continuidad pasa a importar más que el apetito; la durabilidad más que la inmediatez.

Como este arreglo no se presenta como renuncia, suele pasar inadvertido.   Ningún lenguaje moral lo rodea.   Nada se nombra como sacrificio.   El deseo persiste a cierta distancia—observado, gestionado, postergado sin conflicto.

Con el tiempo, la identidad se modela menos por la búsqueda que por el mantenimiento.   La expresión cede paso a la prudencia.   El sentido se acumula no a través de la llegada, sino evitando la ruptura.

Los patrones organizados en torno a la contención y la continuidad suelen confundirse con logro moral.  La compostura se lee como sabiduría; la acomodación como madurez; el silencio como profundidad.   Al no surgir perturbación alguna, la orientación escapa al examen.  Lo que funciona sin fricción se presume completo.

Esta lectura errónea se refuerza por marcos sociales que recompensan la estabilidad más que la indagación.   La ausencia de conflicto se toma como evidencia de equilibrio.  La generosidad sin exigencia se elogia en lugar de interrogarse.  Sus costos permanecen ocultos precisamente porque no imponen carga alguna a los demás.

La virtud, en este contexto, se vuelve indistinguible del hábito. La orientación adaptativa se solidifica en carácter, y el carácter en expectativa.  La fiabilidad se afirma una y otra vez, profundizando su arraigo.

El resultado no es engaño, sino omisión.  La firmeza es genuina. Lo que no se reconoce es hasta qué punto tal arreglo organiza la vida en torno a la preservación más que a la presencia.   La pregunta por el desplazamiento no se rechaza; simplemente no se formula.

La confusión surge del éxito.  Las relaciones perduran.   Las estructuras se mantienen.  No aparece daño evidente.   Y así, la configuración más profunda—silenciosa, duradera, moldeada por la historia—continúa operando bajo el lenguaje de la virtud.

En cierto umbral, la continuidad deja de ser un medio y se convierte en el fin rector.   La vida se organiza no en torno a la realización, sino a la preservación.  Lo que más importa es que nada esencial quede expuesto a la ruptura, bien sea por una exigencia excesiva o una afirmación no probada.

La realización no se rechaza, pero se subordina.  La satisfacción proviene de la duración más que de la intensidad.   El tiempo se orienta hacia la extensión, no hacia la culminación.   Lo que se valora es la capacidad de seguir adelante sin quebrarse.

Esto resulta eficaz.  El pasado no se repite.  La estabilidad se sostiene.   La pérdida se contiene en lugar de amplificarse.  Los imperativos heredados se honran no mediante el recuerdo, sino a través de la conducta.

Sin embargo, cuando la continuidad ocupa esta posición, el rango de movimiento permitido se estrecha.  El cambio debe justificarse de antemano.  El deseo debe demostrar durabilidad antes de ponerse en acto.  La expresión cede ante el mantenimiento.

El futuro se aborda como responsabilidad más que como terreno abierto.  El sentido se acumula mediante la salvaguarda de lo esencial y no mediante la exploración de posibilidades.  El éxito pasa a ser sinónimo de la preservación de la continuidad.

La presencia, en su forma final aquí, no se organiza en torno a la posición ni a la prioridad.   Funciona de manera lateral y sostiene la estructura sin convertirse en su centro.   La vida se mantiene unida mediante la atención más que mediante reclamaciones de autoridad o legitimidad.  El curso de la vida compartida avanza sin la presión de llegar a una explicación que garantice su coherencia.

Este modo de presencia resiste la visibilidad.  No busca reconocimiento ni afirma precedencia.  Su eficacia reside en aquello que permanece intacto más que en lo que se logra.  Otros se mueven con libertad, a menudo sin advertir el soporte que hace posible esa libertad.

Permanecer fuera del centro no constituye retirada.  La participación continúa—medida, receptiva, íntegra.  Lo que se evita no es la implicación, sino la dominación.  La influencia se ejerce mediante la estabilidad más que mediante la dirección.

La imagen sugerida por el título toma forma aquí.   Un río que avanza sin fuerza, modelando el terreno a través de la persistencia de su cauce.  Movimiento sin espectáculo.   Resistencia sin inscripción.  El curso se mantiene fluyendo alrededor del obstáculo en lugar de enfrentarlo.

Lo que permanece es la continuidad misma—sostenida en silencio, rara vez notada y difícil de nombrar.


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« Naples por la mañana »

Estaba sentado frente a mi esposo en un lugar de desayunos en Naples, Florida.   En diagonal, detrás de él, se sentaba una pareja joven. La mujer era pequeña—casi infantil en proporción—junto a su esposo, que superaba ampliamente los seis pies de estatura.

Aún ninguno de nosotros había ordenado.   Ella dispuso cuidadosamente los cubiertos y la servilleta, alineándolos con una precisión deliberada, casi ritual. El cabello le caía hacia delante, dividido a ambos lados del rostro como cortinas corridas.   Al levantar el mentón, sus rasgos faciales—de apariencia asiática—quedaron brevemente a la vista.   A pesar de su menudez, su postura sugería control más que fragilidad.

Cuando nuestras miradas se cruzaron, sostuvo la mía más tiempo del esperado, casi fijamente.   Luego bajó la cabeza, ocultándose de nuevo tras el cabello.   Instantes después la alzó una vez más e hizo la señal de la cruz—frente, pecho, hombro a hombro—antes de volver a orientarse por completo hacia su esposo. No se intercambiaron palabras.

Cuando llegó la comida, retomó la misma actitud cuidadosa.   Cortó su omelette en pequeños cuadrados uniformes, dejó el cuchillo y se detuvo.  Cada pieza fue llevada a su boca por separado, lentamente, con una repetición ininterrumpida, como si el gesto hubiera sido ensayado.   La secuencia tenía un carácter performativo.   Aunque permanecía orientada hacia su esposo, el torso se desplazaba intermitentemente, inclinándose levemente en mi dirección.

Cuando terminaron y se dirigieron a la cajera, ella se levantó primero y avanzó delante de él, con el mentón bajo y el cabello volviendo a cubrir su entorno.  Él la siguió—alto, corpulento, desplazándose por el local con visible naturalidad.   Su andar era amplio, desprotegido.

Se marcharon sin hablar.

Díptico.


« Nuestras historias y su sombra »

August 18, 2025

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Ricardo Morin
« Nuestras historias y su sombra »
(Serie de plantillas)
3.ª de seis
Cada una mide 76 cm x 56 cm = 167 cm de alto x 167 cm en total
Acuarela sobre papel
2005

A la memoria que todos heredamos—capaz de tender puentes entre distancias, aunque con mayor frecuencia las ahonde.


Por Ricardo Morin

12 de agosto de 2025

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A través de las culturas, los rituales son a la vez recipientes de historia e instrumentos de adaptación. Llevan consigo el peso de la memoria colectiva mientras responden a las cambiantes condiciones del presente, negociando entre las formas heredadas y las realidades en las que se practican.

En una boda reciente dentro de una tradición centenaria, dos miembros de la familia —un rabino y una mujer— compartieron las funciones de oficiar, incorporando adaptaciones contemporáneas a la ceremonia. Los roles compartidos, los gestos y las bendiciones mostraron cómo la continuidad y la innovación pueden habitar en un mismo espacio, entretejiendo memoria y renovación.

Tales ocasiones se desarrollan en atmósferas moldeadas tanto por el discurso público como por la herencia personal. Demuestran que las ceremonias nunca son estáticas: están marcadas por los ecos del pasado, pero se reconfiguran bajo las urgencias y esperanzas del presente.

Este juego entre lo ceremonial y lo político dista mucho de ser único. Las diásporas en todo el mundo han equilibrado por largo tiempo la preservación de formas esenciales con la incorporación de nuevas influencias. Mi propia ascendencia se remonta a comunidades que, a lo largo de generaciones, conservaron elementos de prácticas anteriores mientras se integraban a nuevos entornos —una trayectoria familiar para muchos que han sido moldeados por la migración y las presiones de la asimilación.

La pregunta persistente, visible en ceremonias de muchas culturas, es si las costumbres sobreviven mejor cuando se aferran firmemente a las formas heredadas o cuando se adaptan para acoger la diversidad y salvaguardar la integridad de los demás. Como con muchos legados, la historia responderá a su debido tiempo.

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Bibliografía anotada

  • Anderson, Benedict: Comunidades imaginadas: Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo. Londres: Verso, 2006. (En esta obra influyente, Anderson examina cómo las narrativas y rituales culturales compartidos crean un sentido de pertenencia entre poblaciones dispersas. Andersen explora cómo las comunidades sostienen la identidad a lo largo de generaciones, ofreciendo un contexto para comprender la persistencia de la tradición en las diásporas.)
  • Gerber, Jane S.: Los judíos de España: Historia de la experiencia sefardí. Nueva York: Free Press, 1992. (Gerber rastrea la historia del judaísmo sefardí desde la España medieval hasta la diáspora, detallando cómo las tradiciones culturales y religiosas se adaptaron a nuevos entornos. Ofrece un relato accesible de la resiliencia frente al desplazamiento y la persecución.)
  • Hobsbawm, Eric, y Ranger, Terence, eds.: La invención de la tradición. Cambridge: Cambridge University Press, 1983. (Hobsbawm y Ranger reúnen estudios sobre cómo las tradiciones a menudo son construidas o adaptadas conscientemente para servir a necesidades contemporáneas. Su análisis invita a considerar cómo la continuidad ritual se moldea bajo contextos políticos y sociales cambiantes.)
  • Sorkin, David: La emancipación judía: Una historia a través de cinco siglos. Princeton: Princeton University Press, 2019. (Sorkin presenta un amplio relato histórico de los movimientos de emancipación judía en Europa y más allá, mostrando cómo los cambios en climas políticos y culturales influyeron en la práctica religiosa y en la formación de identidades.)
  • Todorov, Tzvetan: La conquista de América: La cuestión del otro. Nueva York: Harper & Row, 1984. (Todorov explora cómo las culturas se definen en relación con el “otro”, con especial atención a los encuentros entre Europa y América. Su obra ilumina cómo el contacto intercultural transforma tanto la identidad como la tradición.)

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« El Nuevo Rostro de la Vieja Tiranía: …

August 1, 2025

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… La persistencia del franquismo y el malestar que lo sostiene »


Ricardo Morin
Mitad republicano, mitad falangista
CGI
2025

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Por Ricardo Morin

1 de agosto de 2025

No se puede comprender el clima político español sin mencionar el ascenso de VOX, un partido de extrema derecha fundado en 2013 por exmiembros del conservador Partido Popular. Desde 2018, VOX ha ganado apoyo oponiéndose a la autonomía regional, a la legislación feminista y a la inmigración, mientras defiende una agenda nacionalista que incluye la revisión —o incluso la negación— del proceso histórico de reconciliación con el franquismo.

Esto no responde únicamente a una evocación del pasado, sino a un síntoma más profundo de desencanto democrático. No se trata de una memoria histórica que resurge espontáneamente, sino de un marco político e identitario que reaparece cuando los consensos que daban coherencia al presente se debilitan. La referencia al franquismo en el discurso de VOX no suele ser doctrinaria ni explícita, pero es reconocible en su rechazo sistemático a la Ley de Memoria Democrática, en su exaltación de la unidad nacional como principio innegociable, en su condena del Estado autonómico y en su apelación a un “orden natural” que legitima la jerarquía, la familia tradicional y la desigualdad como si fueran datos objetivos de la historia.

Pero lo preocupante no es tanto que existan voces que reivindiquen estas posiciones —han existido siempre—, sino que hayan recuperado poder institucional y legitimidad cultural. El descontento con el sistema político, la fatiga ante el parlamentarismo ineficaz, y la sensación de desarraigo identitario alimentan un malestar transversal. Ese malestar puede ser compartido por sectores muy diversos: desde pequeños empresarios que perciben un Estado hostil hasta jóvenes que no encuentran sentido en una política institucional plagada de lenguaje vacío. Las quejas son múltiples, pero la extrema derecha ofrece un único cauce: la simplificación emocional del conflicto, transformando el miedo en obediencia y la incertidumbre en orgullo herido.

En ese marco, VOX se presenta como el único actor político con una narrativa cohesionada. Su fuerza no reside en la gestión, sino en la afirmación. No propone una política pública sólida, sino una identidad política clara, reactiva y excluyente. Y es allí donde muchas veces la crítica progresista se vuelve insuficiente. Mientras la izquierda institucional —representada por el PSOE y los sectores heredados de Unidas Podemos— recurre a marcos retóricos ya desgastados por el uso burocrático del lenguaje inclusivo, sectores del pensamiento progresista académico (como ciertos institutos universitarios que monopolizan la producción editorial subvencionada) han optado por una defensa casi ritual de la democracia, sin revisar los fundamentos ni renovar los términos con los que se comunica su valor. La repetición de consignas —por muy justas que sean— termina convirtiéndose en eco.

Peor aún, en nombre del pluralismo o del miedo a caer en el “sectarismo de izquierdas”, ciertos espacios culturales (medios como El País, editoriales como Taurus o debates promovidos desde centros como el Círculo de Bellas Artes) han dado cabida a voces reaccionarias bajo el pretexto de abrir el debate. Con ello, han normalizado un lenguaje que desmantela poco a poco los consensos éticos que deberían sostener el espacio democrático. Lo que se presenta como tolerancia puede, en realidad, ser una cesión estructural.

La historia española arrastra heridas que nunca se cerraron del todo. Los pactos de la Transición, por necesidad política, apostaron por el silencio compartido como precio de la estabilidad. Ese silencio permitió una paz institucional, pero dejó sin resolver el relato del pasado. Hoy, cuando ese relato comienza tímidamente a reorganizarse a través de la Ley de Memoria, reaparece el miedo: miedo a que el reconocimiento histórico implique deslegitimar el presente. VOX capitaliza ese miedo con habilidad discursiva, no tanto defendiendo una política concreta como ofreciendo refugio simbólico a una España que se siente perdida.

La responsabilidad intelectual, en este contexto, no consiste en reafirmar las certezas heredadas ni en repetir fórmulas morales. Consiste en sostener la complejidad: resistir la tentación de la consigna, reconocer la fatiga de los marcos progresistas sin entregarse al cinismo, y ofrecer nuevas formas de pensamiento que no renuncien ni al rigor ni a la empatía. Porque mientras el discurso reaccionario avanza a golpe de simplificación, el pensamiento crítico tiene el deber de no renunciar al matiz —aunque no sea viral, aunque no garantice adhesiones inmediatas.

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Bibliografía anotada

Preston, Paul: The Spanish Holocaust: Inquisition and Extermination in Twentieth-Century Spain. Barcelona: Debate, 2012. (Esta obra ofrece un análisis riguroso de la violencia sistemática del franquismo, y es clave para comprender el trasfondo histórico del revisionismo autoritario que persiste en sectores de la sociedad española.)

Snyder, Timothy: On Tyranny: Twenty Lessons from the Twentieth Century. Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2017. (Un compendio accesible y urgente que advierte sobre los signos tempranos del autoritarismo, trazando paralelismos útiles para interpretar el presente político en Europa.)

Stanley, Jason: How Fascism Works: The Politics of Us and Them. Barcelona: Blackie Books, 2020. (Este análisis de los mecanismos retóricos del fascismo contemporáneo resulta particularmente útil para entender las estrategias discursivas de movimientos como VOX.)

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