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« Desenmascarar la desilusión: Serie III—Part I »

February 4, 2026

Alegoría, virtud y la medida de la gobernanza


“Geometric Allegory”, pintura digital 2023 por Ricardo Morín (artista visual estadounidense nacido en Venezuela–1954)

Ricardo F. Morin

25 de Diciembre de 2025

Oakland Park, Fl

Nota del autor

Este conjunto de capítulos marca un desplazamiento dentro de la serie Desenmascarar la desilusión.    El análisis se mueve desde la orientación simbólica hacia un criterio de evaluación: no para proponer un modelo de gobierno ni para formular una ética normativa, sino para establecer una medida mediante la cual la práctica política pueda ser examinada.

Los capítulos iniciales no presentan la alegoría como instrucción metafísica ni como refugio interpretativo.    La tratan como un instrumento de reconocimiento:    una forma de identificar cuándo el lenguaje político conserva su función orientadora y cuándo comienza a operar desligado de responsabilidad.    Sin algún marco de justicia, contención y discernimiento entendido como límite relacional, la desilusión deja de ser legible como resultado estructural y se confunde con agravio retrospectivo o reacción moral.

Lo que aquí se propone no es una aspiración, sino una condición de medida.    La virtud se considera operativa solo en la medida en que actúa como restricción sobre el ejercicio del poder.    Cuando persiste únicamente como vocabulario, sin función reguladora, pierde capacidad explicativa.    Este umbral —entre forma y retórica, entre límite y símbolo— establece el punto desde el cual los capítulos posteriores examinarán su progresiva distorsión.


El modo alegórico

La resistencia a la autoridad recurre con frecuencia a un simbolismo que exige interpretación y, al hacerlo, desvincula el significado de la responsabilidad.    En el espíritu de Platón, propongo que el verdadero filósofo sea un alegorista invertido.    En lugar de limitarse a descifrar símbolos, el filósofo distingue entre aquello que significa y aquello que gobierna.

Los símbolos y las alegorías no son meros reflejos del mundo material, sino puertas de acceso a aquello que lo excede.    La alegoría funciona como reconocimiento solo allí donde los símbolos han dejado de orientar la conducta:    una orientación hacia aquello con lo cual el filósofo procura alinearse.


El gobierno ideal y el poder de la virtud

Allégorie de la Géométrie, del pintor barroco francés Laurent de La Hyre [1606–56], óleo sobre lienzo, ca. 1649 (40 7/8 x 86 1/8 in.) – Fine Arts Museums of San Francisco. Adquisición museística, Roscoe and Margaret Oakes Income Fund.

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Allégorie de la Géométrie, de Laurent de La Hyre (1649), evoca una concepción del gobierno ideal entendida como una geometría de virtudes, en la que el equilibrio depende de la proporción y no de la invocación. Justicia, templanza y sabiduría forman una tríada cuya significación no reside en su enumeración, sino en las relaciones que establecen entre sí. Como en la geometría, la estabilidad se mantiene únicamente mientras dichas proporciones se sostienen.

Así como el filósofo no se detiene en los símbolos, la evaluación del gobierno no puede quedar sometida a los caprichos del poder.    En el espíritu de las Formas platónicas, un gobierno se mide por su adhesión a principios que no dependen de la circunstancia:    justicia, templanza y sabiduría.    Allí donde estos criterios operan, la política deja de organizarse únicamente en torno al poder.

El concepto de virtud en la gobernanza trasciende la abstracción moral; opera como una condición relacional entre gobernantes y gobernados.    La virtud no pertenece de forma exclusiva a unos u otros, sino que emerge de la forma que adopta esa relación y de los límites que esta sostiene.    Allí donde la virtud opera, la gobernanza no se organiza en torno a la acumulación de poder, sino alrededor de restricciones que regulan su ejercicio:    justicia para limitar la arbitrariedad, templanza para contener el exceso y sabiduría para disciplinar la decisión.

El gobierno entendido como una forma estructurada por la virtud permite identificar los abusos de poder no como desviaciones excepcionales, sino como fallas de estructura.    Cuando símbolos como la equidad o la pluralidad se separan de sus funciones reguladoras, quedan disponibles para su uso como instrumentos de control.    Allí donde la virtud conserva un papel operativo, tales símbolos dejan de oscurecer el poder y retoman su función como límites a su ejercicio.

El chavismo, tal como se configuró bajo Hugo Chávez y continuó bajo Nicolás Maduro, se sitúa en contraste directo con estas condiciones.    Aunque el régimen recurrió de manera extensiva al lenguaje de la justicia y la equidad, dichas referencias dejaron de funcionar como restricciones sobre el poder.    Los símbolos asociados a la virtud fueron desligados de sus funciones reguladoras y reutilizados como mecanismos de legitimación.    De este modo, la gobernanza persistió en el vocabulario de la virtud mientras operaba sin sus funciones limitantes.

La gobernanza virtuosa adopta la forma de una estructura equilibrada:    no gobernada por la corriente del poder, sino constreñida por la justicia.    Un sistema de este tipo no privilegia la voluntad del gobernante por encima del bien común, ni se apoya en apelaciones que fluctúan con la circunstancia.    Allí donde estas restricciones se mantienen, el orden se vuelve posible, no como aspiración, sino como condición.