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Silencio III
22’ x 30”
Acuarela, grafito, yeso, acrílico sobre papel
2010
Ricardo F. Morín
15 de Febrero, 2026
Oakland Park, Fl
- Repensar la identidad y la legitimidad en la vida cívica
1
La expresión « mi gente » aparece con frecuencia en el habla cotidiana. Puede expresar familiaridad, memoria compartida o reconocimiento. Sin embargo, las mismas palabras trazan líneas; las mismas palabras separan a un grupo de otro. Surge una frontera, a veces sin intención. Quienes están dentro se sienten afirmados; quienes quedan fuera pueden sentirse desestimados o invisibles.
2
Estos momentos rara vez comienzan como actos de exclusión. Surgen de impulsos humanos ordinarios: el deseo de proteger lo familiar, de defender lo que ha sido herido o de reclamar un espacio allí donde alguien se ha sentido ignorado. Pero cuando la identidad se convierte en el lenguaje principal mediante el cual se formulan las demandas, las conversaciones cambian. El desacuerdo se vuelve personal. Escuchar se vuelve estratégico. El espacio en el que las personas se encuentran como iguales se estrecha.
3
La identidad de grupo ha proporcionado durante largo tiempo fuerza y protección. Ayuda a las personas a recuperar dignidad cuando se sienten ignoradas o incomprendidas, y ofrece un lenguaje mediante el cual las experiencias compartidas pueden ser reconocidas. Sin embargo, esa misma fuerza puede estrechar la percepción. Cuando la identidad de grupo se convierte en el principal lente mediante el cual se juzga a los demás, las ideas se evalúan menos por su mérito y más por la afiliación de quien las expresa.
4
Cuando las ideas comienzan a ser juzgadas principalmente a través de la identidad en lugar del mérito, el cambio suele ser sutil. Un intercambio que comienza de forma abierta puede volverse defensivo cuando los participantes buscan señales de alineación u oposición. Las palabras se ponderan en función de la lealtad. Las preguntas se interpretan como desafíos más que como invitaciones a examinar ideas en conjunto. Con el tiempo, el diálogo pasa de la exploración a la defensa de posiciones.
5
Muchas personas llevan a la vida pública la expectativa de ser tratadas de manera consistente. Las reglas desiguales se reconocen rápidamente. Cuando la identidad determina qué voz cuenta antes de que las ideas sean escuchadas, surge resentimiento no solo entre quienes son excluidos, sino también entre quienes no saben si son vistos como individuos o como representantes de una categoría.
6
Los problemas se profundizan cuando la identidad deja de ser una parte de la experiencia de una persona y comienza a eclipsar todas las demás. El debate público se estrecha. Los argumentos se interpretan como ataques a la identidad más que como desacuerdos sobre ideas. Las personas se sienten obligadas a defender posiciones no porque estén persuadidas por ellas, sino porque reconsiderar públicamente puede interpretarse como traición. El resultado no es una comunidad más fuerte, sino una rigidez creciente, donde escuchar implica riesgo y reconsiderar se percibe como vacilación e inseguridad.
7
Las personas se inclinan hacia la simplificación y el absolutismo para reducir la incertidumbre y aliviar la carga de la complejidad. Esta tendencia no define de manera permanente la interacción humana. Marca momentos en los que la ambigüedad resulta intolerable y la certeza parece más fácil de sostener. La tensión no desaparece; solo cambia la forma en que las personas intentan gestionarla.
8
Las tecnologías contemporáneas de comunicación aceleran la circulación y la visibilidad de la opinión. Las expresiones que prometen certeza o provocan temor viajan más lejos y más rápido; las expresiones que sostienen la ambigüedad se desplazan con mayor lentitud. Esta circulación amplifica las tendencias hacia la simplificación, no muy distinto de cómo la exposición constante a ciertas señales en otros ámbitos puede orientar la atención hacia la inmediatez en lugar de la reflexión.
9
Cuando la identidad se convierte en la base para decidir quiénes son los demás antes de que el diálogo tome forma, el examen cede lugar al etiquetado. La complejidad se deja de lado. Los individuos se transforman en símbolos de conflictos más amplios, y los encuentros ordinarios cargan con el peso de disputas mayores. En estas condiciones, el desacuerdo se asemeja a la confrontación incluso cuando las intenciones sean de buena fe.
10
La vida pública descansa sobre la expectativa de que las mismas reglas se apliquen a todos. La aplicación desigual se vuelve visible cuando algunas voces son escuchadas con mayor facilidad que otras o cuando la identidad determina la credibilidad antes de considerar las ideas. Bajo estas condiciones, la conversación se desplaza del intercambio hacia la competencia por el reconocimiento, y la posibilidad de un juicio compartido pierde consistencia.
11
La tensión no pertenece a un solo grupo; esta situación afecta a todos quienes participan en la vida pública. Cada persona busca reconocimiento mientras teme ser malinterpretada. Los intentos de resolver el desacuerdo únicamente mediante la persuasión suelen encontrar límites más allá del control individual. Escuchar, en estas condiciones, no elimina la distancia, pero permite que la interacción continúe a pesar de ella.
12
Las diferencias permanecen y el desacuerdo persiste. Las líneas que dividen no desaparecen; se desplazan, se endurecen o se suavizan a medida que las personas responden unas a otras en encuentros ordinarios. Vivir juntos no elimina la tensión; vivir juntos revela la tensión. Ninguna respuesta compartida resuelve la cuestión. Cada persona decide cómo responder y cómo convivir con los demás dentro de límites que nadie controla por completo.