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« UNA NEGATIVA »

February 4, 2026
Ricardo F. Morín
Mi nido
24″ x 30″
Óleo sobre lino
1999

Ricardo F Morín

January 1, 2026

Oakland Park, Fl

La ayuda no se ofreció de manera casual.  Se ofreció a lo largo del tiempo,   modelada por la historia,   la familiaridad y la creencia de que la lealtad exigía permanecer presente cuando las circunstancias eran inestables.  Se aceptaron compromisos imprecisos con la expectativa de que la constancia pudiera compensar la inestabilidad,   y de que la paciencia permitiría que la claridad llegara allí donde aún no aparecía.

Con el paso del tiempo,   esos compromisos se volvieron más difíciles de anticipar.  Los planes cambiaban después de haber sido aceptados.  Las expectativas se modificaban sin ser expresadas.  Lo acordado una semana se revisaba la siguiente.  Cada ajuste se absorbía en lugar de cuestionarse.  Las reuniones dejaron de producir decisiones.  Los acuerdos ya no sobrevivían a la semana.  El esfuerzo por ser justo se convirtió en un esfuerzo por ser adaptable.  Aquello que no se confrontaba se cargaba.

Había vacilación al nombrar lo que estaba ocurriendo.  Hacerlo parecía severo.  Corría el riesgo de parecer poco caritativo o impaciente.  El silencio solía parecer preferible a la objeción,   no porque no se viera nada,   sino porque lo que se veía resistía una articulación sencilla.  El silencio,   que alguna vez fue una forma de contención,   había dejado de aclarar algo.  La resistencia parecía más segura que el juicio.

Gradualmente,   los efectos de esa resistencia se hicieron visibles.  La lealtad no estabilizó la situación.  La prolongó.  Cuanta más incertidumbre se acomodaba,   más se convertía en la condición organizadora.  Los compromisos perdieron sus contornos.  La responsabilidad se dispersó.  El cuidado,   extendido sin límite,   dejó de corregir algo y,   en cambio,   facilitó la continuidad de la inestabilidad.

En cierto momento,   un amigo adoptó una postura distinta.  Permaneció atento,   pero a distancia.  No intervino repetidamente ni intentó sostener aquello que no mostraba signos de sostenerse.  En ese momento,   esa distancia fue fácil de malinterpretar.  El compromiso,   tal como entonces se entendía,   parecía exigir proximidad.  La contención parecía más bien una retirada.

Solo más tarde se hizo clara la importancia de esa postura.  Lo que había parecido pasivo era una forma de ver las cosas.  Los límites habían sido reconocidos antes,   y la conducta ajustada en consecuencia.  La distancia no señalaba indiferencia,   sino la comprensión de que la presencia,   en condiciones inestables,   no siempre mejora los resultados.  La diferencia no residía en la intención,   sino en el momento.

Este reconocimiento perturbó supuestos anteriores.  La proximidad se había confundido con responsabilidad.  La resistencia se había tratado como virtud sin preguntarse si sostenía algo más allá de la apariencia de un buen cuidado.  Lo que se sentía como lealtad se había convertido,   en parte,   en permiso.  La admisión más difícil no se refería a las acciones de otros,   sino al papel desempeñado al permitir que esas acciones continuaran sin consecuencia.

La distancia no llegó de inmediato.  Surgió después de intentos reiterados por restablecer la proporción,   después de que las explicaciones dejaran de sostenerse y después de que el silencio dejara de aclarar algo.  Retirarse no fue un rechazo del interés.  Fue una forma de preservar el juicio, de evitar que el interés quedara consumido por la imprevisibilidad y de dejar abierta la posibilidad de que las condiciones aún pudieran cambiar.

La negativa,   entendida de este modo,   no es dramática.  No acusa ni se anuncia.  No busca reconocimiento.  Retira el consentimiento en silencio,   permitiendo que los arreglos puedan estabilizarse o revelar sus propios límites.  Lo que termina no es el cuidado,   sino la participación en condiciones que requieren autoengaño para sostenerse.

Esta forma de negativa no es superioridad moral.  Es responsabilidad vuelta hacia adentro.  Comienza cuando permanecer presente exige abandonar el propio juicio y cuando la lealtad,   sin control,   socava aquello que pretendía proteger.  El silencio,   en ese punto,   no elude la obligación.  Restaura la coherencia.

El acto es contenido.  Sus consecuencias son duraderas.  Al dar un paso atrás,   se deja de suministrar la energía de la que depende la inestabilidad, sin cerrar la posibilidad de una renovación o el restablecimiento de proporción.  Lo que permanece intacto es el juicio.  Lo que se abandona es la creencia de que la resistencia siempre es ética —y la negativa se convierte en el medio mediante el cual se mantiene la claridad, y no la ruptura.