Sobre Trump, Putin y el eje velado de Kiev a Caracas
Ricardo Morin
7 de Julio de 2025
En las últimas semanas, he observado con creciente inquietud cómo ciertas decisiones de política exterior adoptadas bajo la administración de Donald Trump se despliegan con una simetría peculiar: una que parece resonar, beneficiar o incluso habilitar discretamente las prioridades estratégicas de Vladímir Putin. Aunque estas decisiones se presentan públicamente como cuestiones de diplomacia, seguridad o control migratorio, el patrón que se dibuja —al considerar la geografía y el calendario— resulta difícil de ignorar. Sugiere no solo una convergencia de intereses, sino también una convergencia de silencios: de cosas que no se dicen, no se cuestionan, no se confrontan.
Un artículo de opinión agudo y bien fundamentado publicado en The Washington Post por Marian Da Silva Parra, investigadora del Instituto de Derechos Humanos de la Facultad de Derecho de Columbia, denunció con claridad la ampliación de las restricciones de viaje impuestas por la administración: políticas que penalizan a disidentes venezolanos y refuerzan, de hecho, el control de Nicolás Maduro al permitirle presentar a sus opositores como amenazas extranjeras. Pero lo más revelador no es el contenido del artículo, sino el hecho de que haya aparecido únicamente como una opinión, y no como objeto de atención periodística sostenida en las páginas principales. Por sustantiva que sea la crítica, su forma de publicación la reduce a comentario más que a advertencia.
Simultáneamente, el respaldo estadounidense a Ucrania se muestra cada vez más vacilante. Se pausaron discretamente los envíos de ayuda militar, y solo se reanudaron tras la presión pública provocada por el bombardeo del 4 de julio sobre Kiev. La coordinación de sanciones internacionales se ha debilitado y ahora se ejerce presión diplomática sobre Ucrania para que acepte un alto el fuego que el Kremlin, hasta ahora, no ha mostrado voluntad alguna de respetar.
No se trata de gestos aislados. Todos favorecen, una y otra vez, los intereses de Moscú.
Esto plantea una pregunta de mayor alcance: ¿Estamos presenciando la configuración silenciosa de un desplazamiento geopolítico a dos frentes —de Europa del Este al hemisferio occidental— en el que la política exterior de Estados Unidos, ya sea por intención o por inercia, está facilitando la proyección internacional de Rusia? ¿O se trata simplemente de decisiones motivadas por cálculos internos, cuyos efectos colaterales en el exterior no han sido medidos?
Cabe decirlo con claridad: no hay pruebas concluyentes de una coordinación deliberada. Pero los resultados importan. Una Ucrania debilitada. Un Maduro envalentonado. Una prensa distraída y desmoralizada. Una opinión pública alimentada más por gestos que por sustancia. Lo que se configura no es una conspiración, sino una escenografía —no examinada, no cuestionada, y peligrosamente alineada con una visión del mundo en la que la resistencia democrática se considera desestabilizadora y la consolidación autoritaria, restauradora del orden.
En un clima así, la percepción no es una cuestión de imagen. Se convierte en el único terreno donde aún es posible navegar aquello que el lenguaje oficial se niega a nombrar.
La guerra en Ucrania suele presentarse como un enfrentamiento geopolítico entre Occidente y Rusia, pero esta interpretación puede oscurecer una realidad más profunda: el auge del autoritarismo como fuerza global. Noam Chomsky, una de las voces más influyentes en la crítica a la política exterior de Estados Unidos, ha argumentado que la hegemonía estadounidense es el factor principal que impulsa el conflicto. Su enfoque, arraigado en la lógica de la Guerra Fría, ha sido esencial para comprender las dinámicas del poder global. Sin embargo, cabe preguntarse si este marco sigue siendo suficiente para analizar la expansión coordinada de los regímenes autocráticos en el mundo actual.
La cuestión ya no es simplemente si la política estadounidense contribuyó a la agresión rusa, sino si las democracias pueden resistir el avance deliberado de gobiernos que buscan consolidar su poder a cualquier costo. Lo que está en juego trasciende la soberanía de Ucrania: es la supervivencia de la democracia en el mundo.
Chomsky sostiene que la ampliación de la OTAN y el dominio financiero de EE. UU. exacerbaron las tensiones con Rusia y limitaron las posibilidades de diplomacia. Su visión propone un mundo donde el poder se distribuya entre Estados Unidos, Europa, China y Rusia, lo que, a su juicio, generaría un equilibrio más estable y justo. Esta perspectiva ha sido crucial para cuestionar los excesos del intervencionismo estadounidense. No obstante, en el mundo actual, donde el autoritarismo no solo reacciona contra Occidente, sino que busca activamente rediseñar el orden global, ¿basta con un enfoque basado únicamente en la contención de la hegemonía estadounidense?
El auge de los regímenes autocráticos no es solo una respuesta a la influencia occidental; es una estrategia deliberada para consolidar el poder. Mientras que Chomsky ha enfatizado la importancia de distribuir el poder global, es crucial analizar la naturaleza de quienes ocuparían ese vacío. Rusia y China no buscan simplemente estabilidad multipolar; sus acciones reflejan un intento de ejercer control absoluto, sin restricciones democráticas. La crítica de Chomsky nos ayuda a comprender las raíces de los conflictos internacionales, pero tal vez deba ampliarse para incorporar el modo en que estos regímenes están transformando la estructura misma de la política global.
Uno de los desafíos en aplicar el análisis tradicional de Chomsky al presente es que el autoritarismo actual ya no responde únicamente a las divisiones ideológicas del pasado. Ya no se trata de una lucha entre socialismo y capitalismo, izquierda y derecha. Más bien, estos regímenes comparten un objetivo común: desmantelar las instituciones democráticas para garantizar su permanencia en el poder.
Putin, por ejemplo, invoca la nostalgia soviética mientras prohíbe cualquier revisión crítica del estalinismo. China fusiona el capitalismo de Estado con un control político absoluto. Hungría e India, que alguna vez fueron consideradas democracias alineadas con Occidente, han adoptado modelos autocráticos. Al mismo tiempo, la extrema derecha estadounidense, que históricamente se opuso al comunismo, ha comenzado a adoptar la narrativa del Kremlin, presentándolo como un defensor frente a las “élites globalistas”.
Este alineamiento ideológico hace que el autoritarismo moderno sea más peligroso que nunca. No solo trasciende los bloques de poder tradicionales, sino que también se refuerza mediante alianzas estratégicas, mutuo respaldo y la erosión de las democracias desde dentro. Ningún lugar ilustra esto mejor que Estados Unidos. La presidencia de Trump reveló una vulnerabilidad inesperada: la posibilidad de que el autoritarismo prospere dentro de la democracia más influyente del mundo. Aquí, el debate ya no se reduce a una cuestión de aislacionismo o intervencionismo, sino al riesgo real de que las tácticas autocráticas se normalicen en la política interna.
La administración Trump envió señales contradictorias respecto al Kremlin, debilitando el principio de disuasión. En lugar de establecer una línea clara contra la expansión autoritaria, su ambigüedad permitió que regímenes como el de Putin interpretaran la falta de firmeza como una oportunidad para actuar con impunidad. Mientras figuras como Marco Rubio han defendido una postura inequívoca que refuerce la credibilidad estratégica de EE.UU., la incoherencia en la política exterior de la administración Trump contribuyó a la percepción de que Occidente estaba dividido y vacilante.
Este debilitamiento del liderazgo democrático no ha ocurrido en un vacío. La globalización del autoritarismo es un fenómeno en el que los regímenes autocráticos no solo desafían directamente a las democracias, sino que también se respaldan mutuamente para eludir sanciones, subvertir la presión internacional y consolidar su dominio interno. La invasión de Ucrania debe entenderse dentro de este marco: no es solo un conflicto regional ni una reacción ante la OTAN, sino una apuesta calculada dentro de una estrategia más amplia para debilitar la democracia global.
Durante décadas, críticos como Chomsky han sido fundamentales para evidenciar los efectos del dominio estadounidense en la política global. Su análisis ha permitido entender cómo la hegemonía de EE.UU. ha influido en múltiples conflictos. Sin embargo, la evolución del autoritarismo plantea preguntas que requieren ampliar esta perspectiva. La mayor amenaza para la democracia ya no es exclusivamente el poder estadounidense, sino la consolidación de un modelo autocrático global que avanza con estrategias coordinadas.
Responsabilizar a EE.UU. de cada crisis geopolítica puede pasar por alto un cambio crucial: los regímenes autocráticos han pasado de ser una reacción ante la influencia de Washington a convertirse en una estrategia activa para reemplazar el modelo democrático occidental. Reconocer este cambio no significa absolver a EE.UU. de sus fracasos en política exterior, pero sí exige entender que contrarrestar el autoritarismo requiere más que una crítica constante a su hegemonía. Implica reconocer que la democracia enfrenta una amenaza coordinada y sin precedentes.
La visión de Chomsky sobre un mundo multipolar es, en teoría, atractiva. Sin embargo, ¿qué implicaciones tendría en la práctica si los actores que llenan el vacío dejado por EE. UU. no están interesados en preservar la democracia? El verdadero desafío no es solo contener las ambiciones territoriales de Putin, sino evitar que su modelo de gobierno—basado en el desmantelamiento de las instituciones democráticas—gane tracción en el mundo occidental.
Chomsky sigue siendo uno de los críticos más incisivos de la política exterior estadounidense, y su obra ha sido fundamental para comprender los efectos del poder en las relaciones internacionales. Su análisis ha arrojado luz sobre las fallas del intervencionismo y la dinámica de la hegemonía global. Sin embargo, el mundo ha cambiado, y con él, los desafíos que enfrentan las democracias. Hoy, la crisis en Ucrania no se reduce únicamente a un debate sobre la OTAN, la intervención de EE.UU. o la hipocresía de Occidente. Es parte de una lucha más amplia entre democracia y autocracia, una contienda que no termina en las fronteras ucranianas, sino que se extiende hasta las propias instituciones políticas de Occidente.
Si no reconocemos este cambio, corremos el riesgo no solo de perder a Ucrania, sino también de subestimar el alcance de las amenazas que enfrentan las democracias en todo el mundo. La neutralidad ya no es una opción cuando el desafío es la supervivencia de las sociedades libres. Más allá de los errores de Occidente, el ascenso del autoritarismo requiere una respuesta que no se limite a la crítica de la hegemonía estadounidense, sino que asuma la defensa activa de los valores democráticos allí donde estén en peligro.